LA
MÁSCARA DEL DIABLO EN UN CHOLET
Cualquiera
que camine por la zona Villa Dolores de la ciudad de El Alto, se encontrará,
tarde o temprano, con el famoso cholet de
la diablada, donde destaca la gigantesca máscara de diablo en la terraza y
frontis del edificio Sumaj –Qué bien–,
inaugurado en 2019; una identidad personal de los propietarios, quienes, además
de ser oriundos de la capital folklórica de Bolivia, quisieron rendirle un
homenaje a la danza de la diablada, a través de esta maravillosa máscara que
deslumbra a cualquiera que transita por la Avenida Antofagasta o la contemplan
desde las cabinas de la Línea Morada del Teleférico, un moderno sistema de
transporte masivo, que cruza por encima de los edificios que se encuentran en
la zona Villa Dolores.
Este
cholet –combinación de las palabras cholo y chalet– es una de las tantas edificaciones que caracterizan a la
arquitectura neo-andina de la ciudad de El Alto, quizás única en el mundo y una
de las atracciones turísticas que se alza a 3.900 metros sobre el nivel del
mar.
La
monumental máscara, que pesa aproximadamente una tonelada, fue diseñada por el
escultor orureño Juan García Guzmán y la empresa constructora Conpaz. El
trabajo se realizó durante tres meses en la ciudad de Cochabamba, a base de
fibra de vidrio y botellas de plástico reciclado. Una vez concluido, fue
transportado hasta El Alto, dividido en 20 piezas, que fueron soldadas una a
una, hasta que, afinados los últimos detalles, la máscara fue instalada con la
ayuda de una imponente grúa en la parte alta del edificio de ocho pisos, ante
el asombro de quienes no dejaron de contemplar esta obra de arte que tiene una
altura de 6.50 metros.
Los
ciudadanos, a simple vista, pueden apreciar que la máscara posee los ojos
protuberantes, pupilas brillantes y mirada cautivante, nariz estallada, dientes
feroces y en la parte superior un dragón de tres cabezas, con sus respectivas
patas traseras y delanteras; todo una fantasía en la que se aprecia el
profesionalismo y la creatividad del artista proveniente de la tierra donde,
según cuenta la tradición minera, nació la danza de la diablada.
La
máscara del diablo es, en esencia, una bella obra de arte, con cuernos
retorcidos, enormes ojos desorbitados, nariz deformada, labios y dientes
exageradamente pronunciados, y decorado con animales como dragones, arañas,
víboras, que coronan la frente. En principio, las máscaras eran más simples,
confeccionadas en material de hojalata, con los cachos pequeños y semicurvos,
los ojos, la nariz y la boca casi similares a la de los humanos. Con el
transcurso de los años, las máscaras han evolucionado, desde la simple
mascarilla de yeso y cartón, hasta las máscaras alucinantes que se exhiben en
la actualidad, porque las pequeñas máscaras coloradas de principios del siglo
XX han dado paso a modelos que ahora superan el metro de altura, con cuernos
retorcidos, ojos saltones y dragones de hasta cinco cabezas, que se han
perfeccionado hasta convertirse en verdaderas obras de arte, que rayan en un
surrealismo desbordante que solo es posible en culturas donde en el grotesco
social y el realismo mágico, gracias a la capacidad creativa de los mascareros,
se constituyen en auténticas piezas de belleza artística.
La máscara del diablo, que luce el cholet de El Alto, es una magnífica representación del Carnaval de Oruro, declarado por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, debido a que el Carnaval es una de las máximas expresiones de la fabulosa riqueza cultural que atesora Bolivia desde la época en que se produjo el mestizaje racial y el sincretismo religioso entre las creencias paganas de las culturas ancestrales y el fervor religioso de los catequizadores que predicaban las creencias judeocristianas.
La
danza de la diablada tiene una belleza singular, que se ha convertido, con el
correr de los años, en un espectáculo deslumbrante para propios y extraños, con
sus personajes principales, como la Chinasupay, el Arcángel San Miguel y el Lucifer,
que baila acompañado por los diablos que personifican a los siete pecados
capitales –Pereza, Envidia, Ira, Lujuria, Soberbia, Gula y Avaricia–, pero que
todos son capitaneados por el arcángel San Miguel, triunfador del bien contra
el mal en el dramático combate sostenido en el reino celestial.
La
máscara del diablo, que actualmente luce en el cholet alteño, es la mejor expresión cultural de Oruro, que se
remonta a finales del siglo XVII, cuando los mitayos –mineros de la época
colonial– comenzaron a venerar a la Virgen del Socavón, bailándole su diablada,
con sus saltos en zigzag y sus gritos de ¡Arrr…
arrr… arrr...!, en representación del Tío de la mina –que no es más que la
proyección del dios Wari de los urus–, confundido con el demonio bíblico por
influjo de los extirpadores de idolatrías.
Por lo demás, tal como refiere la tradición orureña del Carnaval, entre los atributos más importantes de la máscara del diablo se encuentran el lagarto, la víbora y el sapo, que forman parte de seres de la mitología de los urus, vinculada al dios Wari y a las cuatro plagas que mandó como castigo contra los habitantes del pueblo que él mismo creó a orillas del lago Poopó.












