martes, 1 de septiembre de 2026

MICROTEXTOS XVII

La prosa y la poesía

En mi vida, la poesía fue una tarea de soledad, se dijo Óscar Cerruto. ¿Y la prosa?, se preguntó y se contestó a sí mismo: fue haber escrito Aluvión de fuego  y Cerco de penumbras, mientras me tomaba un trago y me fumaba un cigarrillo. Todo lo demás fue un tiempo ganado y otro tiempo perdido, tanto en la diplomacia como en el periodismo.

El cuentista homicida

Se dedicaba a reescribir sus cuentos una y otra vez, y nunca estaba conforme con el resultado final, hasta que lo sorprendía la hora de dormir. Así que al día siguiente, apenas penetraba la luz por la ventana, se levantaba y seguía puliendo los textos, como el artesano pule y pule la obra de su creación, con la ilusión de dejarla acabada con su luminoso fulgor.

Era escritor de escritores, un creador que se rompía las manos para escribir un manojo de cuentos sin un punto menos ni una coma por demás. Tanto la forma como el contenido debían fundirse como el anverso y reverso de la moneda, en tanto los personajes debían tener vida propia y vivir historias parecidas a la tuya y a la mía.

Cuando los tenía listos, festejaba su logro con dos copas de licor, fijaba la mirada en los cuentos escritos en las hojas de papel, los releía por última vez, cogía un encendedor y les prendía fuego hasta reducirlos a nada, como todo cuentista homicida que les quita la vida a sus personajes, con la esperanza de que no volvieran a nacer.

Discrepancias

No comparto opiniones con escritores que reciben premios y condecoraciones de dictadores, cuyas manos están manchadas de sangre. Tampoco con quienes hablan a nombre de los escritores exiliados, como si todos hubiésemos olvidado y perdonado los crímenes de lesa humanidad que, durante la denominada Operación Cóndor, desangraron a los países del cono sur de América Latina.

La censura

Los pensamientos del escritor no se queman, así sus libros ardan entre las llamas de la censura. Los censores pueden arrojarlos a la papelera, prenderlos fuego y reducirlos a un puñado de cenizas, creyendo que así terminan con el ímpetu de sus ideas y el fuego de su palabra, aun sabiendo que el fuego, a pesar de todos los pesares, no quema al fuego, y que los pensamientos del escritor, más temprano que tarde, vuelven a ser impresos en el papel, como si renacieran de las cenizas como el ave Fénix.

El lenguaje

Se supone que los hombres primitivos, que todavía moraban en las cavernas, hacían simples gestos acompañados de gritos e interjecciones, a la manera de ciertos animales salvajes, hasta que pasó a designar oralmente a las cosas de su entorno. Esta designación de las ideas mediante sonidos constituyó la piedra angular en el desarrollo cultural y social de los hombres primitivos, que inventaron el lenguaje para comunicarse entre sí, habida cuenta de que cada signo o palabra representaba una idea común para todos.

Después, para comunicarse y entenderse mejor, tuvieron que estructurar un lenguaje sobre la base de normas gramaticales, sintácticas, semánticas y otras de carácter lógico, como si tuviesen que añadir un sexto sentido a los cinco tradicionales, debido a que el habla, una facultad de coordinar las ideas mediante las palabras, los diferenciaba de los seres irracionales, con los que compartían: vista, oído, tacto, olfato y gusto.

De modo que los hombres primitivos, dotados de la facultad de hablar, habían dado nacimiento a las primeras palabras y frases, coincidiendo con el empleo de los primeros utensilios para sobrevivir en medio de la naturaleza salvaje. Desde entonces, el lenguaje no solo es una facultad social, sino también un prodigioso instrumento que permite compartir pensamientos, sentimientos y conocimientos.

Evolución del lenguaje

El idioma no es un producto hecho, estático, sino una ejercicio dialéctico; una actividad viva en constante transformación y de permanente actualización en los diccionarios de las Academias de la Lengua. El lenguaje es tan vivo como el ser humano, algo que evoluciona sin cesar, como evoluciona todo lo demás que se mueve en el cielo, la tierra y el agua.

Sabido es que la lengua ha cambiado a través de los años y los siglos. En el lenguaje es también aplicable el método filosófico de Hegel, que explica cómo el pensamiento, la historia y la realidad avanzan a través de tensiones y contradicciones, considerando que todo evoluciona mediante un proceso dinámico compuesto por tres momentos fundamentales, conocidos como la ley tríadica: Tesis, antítesis y síntesis. Así es la dialéctica del lenguaje, que se va probando constantemente en la práctica tanto en su forma oral como escrita.

Si la evolución es el combustible del progreso, entonces los poetas, en su condición de obreros de la palabra escrita, son los principales revolucionarios del lenguaje, porque primero están ellos y luego los gramáticos. No en vano se dice que donde terminan las normas de la gramática, empiezan las creaciones de los poetas, que enseñan la belleza del lenguaje desde el lenguaje mismo, que nunca se detiene y que siempre avanza con las botas de siete leguas de Pulgarcito.

Charles Darwin

El naturalista británico, padre de diez hijos, navegó y navegó, hasta que en las Islas Galápagos, observando los picos de los pinzones, descubrió las bases de sus futuras teorías.

El concepto central en la vida y obra de Charles Darwin, que parecía haber escrito el evangelio del diablo y haber afirmado que el hombre no fue creado por obra y gracia de un ser Supremo, estaba sustentada en sus investigaciones sobre la evolución biológica mediante la selección natural de las especies; una teoría que nos acercó a la adaptación, la complejidad y la diversidad entre las criaturas vivientes en la tierra, el cielo y el agua: una gran revolución en la ciencia y el nacimiento de la teoría evolutiva, cuyos conocimientos científicos, a contrapelo de las suposiciones creacionistas, iluminaron las conciencias contra el oscurantismo religioso y confirmaron que los humanos somos el resultado de un largo proceso de selección natural de las especies y que todas las especies descienden de un ancestro común, como las ramas de un árbol nacen del mismo tronco.

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