EL
TÍO BORDADO CON PASIÓN
A
Paulino Arena lo conocí en un viaje de Llallagua a Oruro. Era mi compañero de
asiento. Nos saludamos e intercambiamos miradas por un instante. Ya en el
trayecto, entablamos una amena conversación. Me contó que vivía en Oruro, pero
que era oriundo de Chuquihuta, municipio de la comunidad jucumani, ubicado en
la provincia Rafael Bustillo del departamento de Potosí.
–¿Y
qué haces en Oruro? –le pregunté.
–Trabajo
como bordador –contestó.
Cerré
la boca y, por un instante, pensé: Si es cierto lo que me dice, entonces es una
revelación que un joven proveniente de un pueblo cercano a las altas montañas
de la Cordillera Central de los Andes, se estuviese ganando un lugar en la
capital del folklore boliviano, donde hay eximios mascareros y bordadores, con
una merecida fama que ha trascendido más allá de las fronteras nacionales.
–¿Y
qué tipo de trajes bordas?
–Para
los danzarines del tinku, esa es mi
especialidad –contestó, mientras buscaba en su celular algunas fotos, que luego
me las enseñó como quien enseña su carnet de identidad. Deslizó la pantalla con
el dedo pulgar y pude ver unos maravillosos bordados que lucían los chalecos
destinados a los danzarines de las fraternidades del tinku, que se baila con energía y actitud de confrontación con el
rival en las festividades folklóricas y religiosas de todo el país, donde esta
danza originaria de los ayllus del
norte de Potosí, conocida por la colorida y originaria vestimenta de las
mujeres, y por la inagotable energía de los hombres, quienes lucen monteras
adornadas con plumas, chaquetas con bordados andinos, pantalones de bayeta,
bufandas, abarcas, chumpis y ch’uspas, y cuyas patadas al aire,
coreografías con choques de hombros o pechos entre contrincantes y golpes de
montera contra el suelo, cautiva a los espectadores tanto por sus briosos
movimientos como por sus gritos de combate, acompañados por la música de
quenas, zampoñas y bombos que marcan un compás dinámico y marcial, que forman
parte de la tradición ancestral, ritual y cultural de los pueblos originarios
como Macha o Aymaya.
–Qué
hermosos bordados –le comenté.
Él
me miró en silencio y apenas dijo nada. El auto noah seguía ganando distancia
entre los gibosos cerros y nosotros retomamos la conversación.
–¿Hace
mucho que te dedicas al oficio de bordador?
–Hace
ya algunos años que empecé a trabajar en el taller de un familiar –contestó.
Guardó su celular y, tras acomodarse en el asiento, añadió–: Él se ha
especializado en bordar trajes para el tinku.
En
ese instante, a la altura de la población de Huanuni y mientras contemplaba el
paisaje del altiplano desde la ventanilla, se me ocurrió preguntarle algo que
me andaba rondando en la cabeza, pero que no sabía exactamente cómo decírselo,
hasta que el auto dio un barquinazo y nosotros nos miramos esbozando una
sonrisa. Esa fue la ocasión que aproveché para lanzarle la pregunta:
–¿Te
animarías a bordar un Tío de la mina? Tú sabes quién es el Tío, ¿verdad?
–Sí
–dijo–. Algunos de mis parientes han sido mineros en Llallagua.
–¡Qué
bueno! –exclamé–. Entonces sabes de lo que estoy hablando.
Él
se quedó mirándome de sesgo, pensó por un instante y dijo:
–Nunca
he bordado un Tío, pero puedo intentarlo.
–¡Qué
maravilla, hermano! Te lo agradecería mucho.
–Te
comunicaré por WhatsApp cuando lo tenga listo –concluyó como poniendo un punto
final a ese tema de la conversación.
Cuando
llegamos a las afueras de Oruro, él se despidió amigablemente y descendió del
auto. Lo miré por la ventanilla, mientras el conductor descargaba del
portaequipajes unos bultos repletos de madejas de lana de oveja y de llama, que
Paulino Arena adquirió de las hilanderas en las poblaciones del norte de
Potosí. El auto arrancó el motor y nosotros nos despedimos haciendo señas con
la mano.
Por
un tiempo, no volví a saber de él, hasta que un día me escribió por WhatsApp: El Tío estará listo para el 6 de agosto,
amigo Víctor.
¡Qué excelente
noticia, hermano!,
le contesté de inmediato. Tú me dirás
cuándo y dónde lo recojo, ¿en Oruro o en otra parte?
Pasaron
los días y nos encontramos en la ciudad de Oruro, en la antigua terminal de
buses.
Él
trajo el bordado en su mochila, metido en una bolsa de plástico. Lo extendió
sobre la mesa de una cafetería y se limitó a mirarme en silencio, pero decidido
a sorprenderme con su trabajo. Se trataba de una verdadera creación artística.
Ni
bien lo tuve entre las manos, me fue difícil entender cómo un artesano bordador
pudo haber decorado la imagen del Tío sobre la superficie de una tela, sin más
instrumentos que los dedos de las manos y sin más materiales que una aguja, un
bastidor, una tijera, un dedal y unos hilos de diversos colores y grosores.
Me
imaginé, por razones obvias, que primero dibujó la imagen del Tío en un papel
para después replicarlo con un marcador en la tela de bayeta, colocada en el
bastidor de manera uniforme, de modo que pudiera comenzar con el bordado,
puntada por puntada, hasta ir perfilando los detalles del rostro y del cuerpo,
con ricas texturas, relieves y una destreza propia de los maestros respetados
por su oficio en esta técnica artística de usar las agujas como pinceles y las
hebras de lana como pinturas. Y, como es de suponer, remató el trabajo con un
acabado final, resaltando los contornos de la imagen con una costura fina,
hecha con un hilo metálico de color plateado y, alrededor de su cuello, con
tiras de serpentinas multicolores como en los días de Carnaval.
Si
uno se fija bien en la imagen, el Tío parece bordado con la poesía de las lanas
de ovejas y llamas, que las hilanderas le proveen a Paulino Arena, quien, de
cuando en cuando, se da una vuelta por las poblaciones del norte de Potosí,
para comprar los quintales de ovillo de lana que acaban convertidos en hermosos
ornamentos en los trajes de los danzarines del tinku, una de las danzas tradicionales más renombradas de los
pueblos de Macha y Aymaya, donde cada año se celebra esta festividad ancestral,
en medio de cantos, músicas y enfrentamientos de pugilato entre los hombres de
los distintos ayllus que pueblan esas
tierras donde nacieron el líder indígena Tomás Kartari y el teórico indianista
Fausto Reinaga.
Mientras
nos despedíamos con un abrazo y un fuerte apretón de manos, como si
reafirmáramos una vieja amistad, me imaginé también que Paulino Arena bordó lleno o cerrado, con un punto de cruz, que le permitió trabajar con mayor
soltura, en sentido horizontal, vertical y diagonal, con el propósito de lograr
un resultado de gran calidad estética y belleza extraordinaria, donde la figura
del Tío de la mina, apoltronado sobre una roca mineralizada, se muestra de
cuerpo entero, con sus retorcidos cuernos apuntados a los costados, sus patas
de macho cabrío, su pene de respetables dimensiones y su piel encendida como
las llamas del infierno.
No
cabe duda de que Paulino Arena, desde que quedó atrapado en el trabajo de
bordador, como clavado por las agujas y enredado por los hilos, es un joven
artista del bordado, con aspiraciones de abrirse un notable espacio en la
tierra de mascareros y bordadores, compitiendo con las familias dedicadas a
esta labor artesanal, cuya destreza en la elaboración de trajes se transmiten
de generación en generación; una actividad que en principio les pertenecía solo
a las mujeres, pero que, con el paso del tiempo, llegaron también a practicar
los hombres, hasta que empezó a valorarse el aspecto técnico y artístico del
bordado, sobre todo, en las ciudades de Oruro y La Paz, donde algunos son
capaces de bordar trajes de diablos y morenos con incrustaciones de vidrio,
pedrería, perlas, lentejuelas, plumas de ave, ramas de plantas, conchas
marinas, canutos, hilos de color plata y oro, entre otros materiales conocidos
y reconocidos por los maestros bordadores.
Este
magnífico trabajo de imaginería, cuyo
principal motivo es el Tío de la mina, resultó ser una magnífica obra de arte,
nacida de la fantasía y las manos de Paulino Arena, quien aprendió a domar su
oficio a costa de pincharse la falange de los dedos y mantener la paciencia sin
quejarse ni rendirse, para lograr un resultado que superara sus propias
expectativas, ya que el bordado, que se caracteriza por ser un proceso manual,
donde cada puntada permite un control total sobre el diseño y los detalles,
requiere de mucha práctica, paciencia y precisión, debido a que no es lo mismo
pintar con pinceles sobre un lienzo que crear una compleja imagen con la ayuda
de una aguja y la aplicación de hilados nortepotosinos sobre una tela menos
tensa y menos sólida.
Ahora
que este bordado forma parte de mi colección privada, solo espero que, a pesar
del inexorable paso del tiempo, la iconografía del Tío, con su infaltable
cigarrillo, coca y alcohol, hecha con mucho detalle y con mucha pasión, a mano
y no a máquina, no se deshilache como una tela cualquiera ni quede convertida
en jirones como un bordado abandonado a su maldita suerte. Ojalá que el mismo
Tío, apelando a sus poderes mágicos y sobrenaturales, me ayude a proteger y
conservar su imagen de amo, dueño y señor de las minas bolivianas.
GLOSARIO
Ayllu: Unidad básica de la organización social en
las comunidades quechuas y aymaras.
Chumpi: Faja ancha para la cintura, tejida con lana
de oveja o llama.
Ch’uspa: Bolsa pequeña de lana para llevar coca,
“lejía”, cigarrillos y otros.
Pachamama: Madre Tierra.
Tinku: Encuentro. Combate ritual originario entre
“ayllus” del norte de Potosí. Es una ceremonia preincaica donde los pobladores
se enfrentan físicamente a golpes como ofrenda de sangre a la “Pachamama”, para
asegurar una buena cosecha.

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