miércoles, 25 de diciembre de 2013


REALISMO SOCIAL EN LA PROSA DE MARCO MINGUILLO

Los relatos de este libro, de prosa pulcra y amena, son la expresión de un espíritu inquieto por los temas humanos, cuyos conflictos encuentran su mejor asidero en una propuesta que desafía la frivolidad y deja constancia de que la ficción tiene también su punto de partida en una realidad compleja y contradictoria, que no deja indiferente a ningún lector acostumbrado ya al discurso poético y narrativo de este autor peruano, quien conoce el drama que azota a los desposeídos de su tierra natal y los avatares del inmigrante en Suecia, donde escribió la totalidad de su breve pero intensa obra literaria.

A medida que nos adentramos en las páginas del libro, se advierte que Marco Minguillo puso especial énfasis en las descripciones de los paisajes, las situaciones y los personajes, con el desparpajo de quien está consciente de que un libro debe ser transparente como la radiografía del alma, sin que por ello los pensamientos dejen de ser embellecidos por la imaginación y enardecidos por la experiencia.

Si Al borde del camino es un buen ejemplo de la literatura de compromiso social y realismo concreto, Madriguera de topos, trazada con pinceladas autobiográficas, tiene la fuerza de ubicarnos en los años de la represión política y la vida clandestina de los jóvenes militantes de izquierda en un Perú que durante decenios se desangró bajo gobiernos civiles y militares.

Por el otro, sin descuidar el sentido del humor que, a pesar de la ironía y el contrasentido, es un buen recurso en materia literaria, el autor nos narra las experiencias de algunos inmigrantes ilegales enfrentados a la distorsión de una nueva realidad, donde todo se torna en dificultad, incluso el vehículo de comunicación que constituye el idioma, como ocurre en Sueños, pesadillas y escondidas; un relato que se convierte en un regio alegato de las aspiraciones y esperanzas de los inmigrantes anónimos, como la de ese personaje que, al mismo tiempo que disfruta de sus Vacaciones de verano en el Mediterráneo, vive añorando a su país, puesto que en cada lugar y espacio, incluidas las situaciones de vida o muerte, encuentra similitudes con la tierra que lo vio nacer.

El relato Para arriba y para abajo, hecho de necesidades y penurias, nos enfrenta a la cruda realidad de que los humanos y su entorno inmediato forman parte de una sociedad que desprecia a los excluidos, quienes, por mucho que se esfuerzan por superar su situación existencial, no lo consiguen en un mundo cada vez más hostil y competitivo. La ciudad de Lima es sólo un ejemplo para darnos cuenta de que en las zonas suburbanas sobreviven las prostitutas, los pandilleros carteristas y los mendigos andariegos al amparo de la luna, mientras en las casuchas de lata y cartón se violan los derechos más elementales de los menores de edad, convencidos de que al día siguiente todo seguirá igual. Marco Minguillo, acaso sin proponérselo, nos recuerda que la pobreza multiplica la pobreza y la podredumbre humana, lejos de las zonas residenciales y el despacho de las autoridades gubernamentales, se expande por los barriales como sargazos en el mar.

Con todo, y a pesar de los pesares, hay algunos que no pierden la ilusión de salvarse algún día de la miseria, ya sea por un golpe de fortuna o gracias a la mano extendida de alguna alma piadosa. Esto es lo que se refleja en Para arriba y para abajo, donde se retrata la conmovedora historia de una niña, que un día tiene un desenlace relativamente feliz, al menos para el consuelo de los lectores ávidos de historias clásicas en el mejor sentido de la palabra.

En este libro, compuesto por ocho títulos de extensión variada, no podían faltar los relatos escritos con sorprendente hedonismo, como José y Manuel. Planes de primavera y Puerto de tránsito, en los cuales resalta una prosa poética, dejando que el lector se deleite más con el juego de palabras, los vestigios de la memoria y las pasiones encendidas. Queda claro que el hilo argumental de estos relatos, a diferencia de los tópicos que caracterizan a este género literario, da paso a una fuerte dosis de ludismo creativo y transgresión narrativa. Las palabras, en estos casos, son los signos de las ideas, pero no siempre las palabras tienen por fin la expresión simple de los pensamientos. Cuando se habla o escribe bajo la impresión de la emoción estética, sucede, y a veces es indispensable, que el artista literario se aparte de la fría, esquemática forma simplemente gramatical, sintáctica o semántica, para dar a los pensamientos formas más ágiles, armoniosas y poéticas.

El penúltimo relato, titulado El centrodelantero, que bien podía haber sido la llave para cerrar el libro tras de una apasionante lectura, lo revela como a un escritor fanático del fútbol. No es para menos, cuando se piensa que este deporte, que hace mucho dejó de ser un puro juego para trocarse en un negocio rentable, ocupa la mente y el tiempo de millones de seres cuyas vidas giran en torno al balón, que se parece a una bola mágica donde confluyen los sueños de quienes la practican de manera activa y de quienes la contemplan de manera pasiva. Ojalá el fútbol, como sucede en el relato, volviera a ser el deporte de todos, de los aficionados que juegan en los barrios y en las canchas pedregosas, sin importarles la fama ni el dinero, aunque todos, consciente o inconscientemente, escondan en lo más profundo de su corazón las ansias de conocer alguna vez el triunfo y la gloria.

Con este relato, estructurado sobre la base de un anhelo universal, Marco Minguillo consigue pegar un fuerte puntapié contra el balón literario, con la esperanza de marcar el gol deseado en medio de una tribuna de lectores que esperan lo mejor de su artífice de relatos reales y rotundos. Por mi parte, sólo me queda augurarle un venturoso viaje de la mano de su nueva criatura del alma.

domingo, 15 de diciembre de 2013


CONVERSACIONES CON EL TÍO DE POTOSÍ

El protagonista principal de mi reciente libro es el Tío de la mina, un ser ambivalente entre lo profano y lo sagrado, que habita desde los tiempos de la colonia en los tenebrosos socavones del Sumaj Orq’o (Cerro Rico). Es una de las deidades centrales en la cosmovisión andina y un personaje fantástico en el mundo minero, donde los mitos y las leyendas se ensamblan de manera extraordinaria con las creencias y tradición de las culturas ancestrales.

Los relatos se fraguaron en una oscura habitación de la ciudad de El Alto, donde entablé amenas conversaciones con la estatuilla del Tío de Potosí, quien, en su condición de dios y diablo a la vez, aparece en el ámbito minero tras el sensacional descubrimiento de los yacimientos de plata en las sierras del altiplano, donde miles de conquistadores se dieron cita con la intención de amasar fortunas. Desde entonces el pueblo quechua de Kantumarka se convirtió en la Villa Imperial y sus riquezas minerales en recursos que llenaron las arcas de la monarquía española.

Como en anteriores ocasiones, fascinado por la mitología del Supay (diablo) y las tradiciones mineras, volví a sumergirme en el contexto mágico del macizo andino, para acercar a los lectores hacia los misterios escondidos en el vientre de la Pachamama, salvo que esta vez no con historias narradas en el género del cuento ni la novela, sino a través de relatos dialogados en los cuales el Tío cobra vida y se expresa con voz propia sobre un abanico de temas que revelan sus más genuinos sentimientos y pensamientos.

Debo confesarles que, a poco de retornar de Europa, visité una de las minas en el Cerro Rico, que en otrora manaba ingentes cantidades del preciado metal, para conocer el hábitat natural del protagonista de mi obra, consciente de que el Tío, soberano de las oscuras galerías y dueño absoluto de las riquezas minerales, aparte de reunir todos los atributos que requiere un personaje literario, representa el mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre el monoteísmo católico y el politeísmo de las civilizaciones precolombinas.

En Conversaciones con el Tío de Potosí, lejos de reflejar la realidad agobiante de las minas y la tragedia de los mineros, propongo textos contextualizados en un laberinto hecho de mitos, leyendas y supersticiones, como si desde un principio hubiese optado por tener una mirada sesgada de la realidad, para luego recrearla y reinventarla, con un desparpajo que pone a prueba la capacidad del narrador y la inteligente expectativa del lector.

Cabe anotar que en el libro se destila una irreverencia inusual y un sentido del humor cargado de una fuerte dosis de transgresiones éticas y morales, sin que por ello los pensamientos dejen de ser embellecidos por la imaginación y enardecidos por el alma de quien, sin más recursos que la honestidad y el conocimiento de causa, intenta encandilar la mente incluso de los escépticos acostumbrados a cuestionar la cuasi verosimilitud de las obras construidas sobre los andamios de la realidad y la fantasía.

En Conversaciones con el Tío de Potosí, como en toda obra que nos acerca a los vericuetos de la condición humana, se plantean temas filosóficos de la vida cotidiana y se penetra en las manifestaciones subconscientes de los mineros, quienes, durante quinientos años de colonización, asimilaron las costumbres de los conquistadores ibéricos y conservaron las costumbres de las civilizaciones originarias.

En este libro, como en otros de mi producción literaria, retomé la temática minera, procurando recrearla a partir de las aventuras y desventuras fantásticas de uno de los personajes más emblemáticos de la tradición popular boliviana. El Tío de la mina, sentado frente a su interlocutor y dispuesto a deleitar con la versatilidad del verbo, no deja de sorprender con su sabiduría en cada una de las conversaciones en las que fluyen las ideas y palabras con una enorme carga emocional. Es decir, la magia de la palabra permite que el Tío, a pesar de su aspecto demoniaco y sus poderes sobrenaturales, aparezca retratado desde una perspectiva humana, como si de veras fuera un individuo de carne y hueso.

En las treinta conversaciones que componen el libro, donde los diálogos están hilvanados con un lenguaje coloquial, cruzamientos narrativos, contrapuntos e intertextualidades, el lector podrá familiarizase también con las creencias y hábitos de los mineros, en los que destacan el Carnaval pagano-religioso y la ch’alla, un ritual de ofrenda y agradecimiento a la Pachamama, la divinidad que entrega los frutos de su vientre a sus hijos terrenales, y al Tío de la mina, protector de las riquezas minerales y amo de los mineros, quienes sentados alrededor de su trono, a la usanza de los mitayos de antaño, le rinden pleitesía ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente, a modo de congraciarse con él, a quien lo veneran tanto como al misericordioso Tata Q’aqcha (Cristo Minero).

Conversaciones con el Tío de Potosí, además de ser un volumen que enseña y entretiene, es un justo homenaje a la Villa Imperial y al Cerro Rico, donde todavía reina el Tío, haciendo gala de su milenaria existencia y su poder infinito, mientras el afamado cerro, en cuyas faldas se levantaron las primeras casas de la Villa Imperial, hoy mira a sus habitantes con un gesto de tristeza y melancolía, como diciéndoles que todo lo que un día empieza siendo grande, otro día termina siendo pequeño, que la riqueza termina en la pobreza y que todo lo que tiene un comienzo está condenado a tener un final.

El Tío es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más insólitos en las minas potosinas, donde encontré la veta más rica del imaginario popular, para luego explotarla y usarla como materia prima en la elaboración de mi obra literaria que, analizada desde cualquier punto de vista, no es otra cosa que el rescate de la memoria colectiva y la demostración de que sí existe un realismo fantástico, cuya exuberancia se experimenta a través de la simbiosis inherente entre los trabajadores del subsuelo y el protagonista de mi obra, que no sólo es una de las deidades mitológicas más significativas de las culturas ancestrales, sino también el dios y diablo recluido en las dantescas galerías de la mina.

domingo, 8 de diciembre de 2013


MONTOYA SERÁ CONDECORADO EN POTOSÍ     

Víctor Montoya, en reconocimiento a su importante aporte literario y su extensa labor cultural realizada tanto en Bolivia como en el exterior, será condecorado por el Honorable Concejo del Gobierno Autónomo Municipal de Potosí, donde presentó su más reciente libro el pasado mes de noviembre.

La sesión de honor, que tendrá lugar en el Palacio Consistorial de la alcaldía, el martes 10 de diciembre, a Hrs. 10 a.m., contará con la presencia de dirigentes de organizaciones sociales, el presidente del Honorable Concejo Municipal, el burgomaestre René Joaquino Cabrera y otras autoridades departamentales.

La condecoración se llevará a cabo en el marco de la celebración del Día de los Derechos Humanos, que la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció para el 10 de diciembre desde 1950; fecha que para Víctor Montoya, expreso político y exiliado durante la dictadura militar de los años 70, es de vital importancia, no sólo porque forma parte de la democracia política en cualquier parte del mundo, según manifestó el autor, sino también porque abracé desde siempre los ideales basados en los principios de la justicia social, la libertad y la plena igualdad entre los seres humanos, quienes deben exigir el respeto a su dignidad dondequiera que se encuentren.

Esta condecoración se sumará a  otros reconocimientos que recibió el escritor paceño, cuya obra literaria está traducida a varios idiomas. Es autor de cuentos, novelas, ensayo y crónicas periodísticas. Tiene cuentos en antologías nacionales y extranjeras. Escribe en publicación de América Latina, Europa y Estados Unidos.

domingo, 1 de diciembre de 2013


RICARDO JAIMES FREYRE,
IMPULSOR DEL MODERNISMO LITERARIO

El poeta Ricardo Jaimes Freyre (Tacna, 1868 – Buenos Aires, 1933), hijo del destacado escritor potosino Julio Lucas Jaimes y de la escritora peruana Carolina Freyre, nació en el consulado boliviano de Tacna, donde su padre ejercía como diplomático. Inició su obra poética en Argentina, país en el cual pasó gran parte de su vida. En 1901, se instaló en Tucumán para desempeñar tareas culturales, universitarias y periodísticas por el lapso de veinte años. Fue redactor del diario El País y dirigió la Revista de Letras y Ciencias Sociales, una propuesta única y vanguardista en su época.

Sus biógrafos aseveran que este hombre de personalidad cautivante, de mostachos erguidos y melena alborotada, se convirtió en un personaje singular en la vida cultural tucumana no sólo porque lucía una capa española y un sombrero alón, sino también por el timbre de su voz que lo destacaba como un declamador de primera línea. Se dice que fue un talentoso orador, cuya retórica, hecha a la medida de sus dotes de poeta y al magistral manejo de sus ideas, dejaba pasmados a los hombres de letras y a los políticos acostumbrados a los debates más exquisitos en los recintos parlamentarios.

Su amor por Tucumán lo llevó a escribir varios libros historiográficos de la ciudad. Su prestigio se acrecentó tras la publicación de su Historia de la República de Tucumán (1911); un trabajo que todavía hoy constituye una piedra angular en la interpretación de la realidad argentina, país que le extendió su carta de ciudadanía en 1917 y donde llegó a ser miembro de la Academia de Letras y de la Sociedad Sarmiento, gracias a su sólida formación humanista y al estímulo literario encausado por su entorno familiar.

Años más tarde, motivado por la actividad política, las ideas socialistas y las concepciones anticlericales, James Freyre retornó a Bolivia dispuesto a trabajar por el bienestar del país andino, pues pertenecía -y pertenece- a esa categoría de seres que, además de tener una alta sensibilidad por los asuntos humanos, poseen un caudal intelectual que les permite visualizar los entretelones de la vida social, donde está presente el drama cotidiano de quienes no tienen acceso a los privilegios de las clases dominantes.

Colaboró con el presidente republicano Bautista Saavedra. Ejerció los cargos de ministro, canciller, diputado y diplomático en México, Chile, Estados Unidos y Brasil. En 1926, fue candidato a la presidencia de la República; pero, al ser elegido Hernando Siles, con quien estuvo en desacuerdo sobre el rumbo que debía tomar el país, renunció a su cargo diplomático y volvió a establecerse en Buenos Aires hasta el día de su muerte. El 8 de noviembre de 1933, sus restos, junto a los de su padre, fueron trasladados a Potosí, para ser depositados en la Catedral de la ciudad, con los honores que ameritan a los hombres cuyos aportes son indiscutibles en las naciones iluminadas por sus obras y sus ideas.

Ricardo Jaimes Freyre, dueño de una fulgurante personalidad y un estilo literario inconfundible, está considerado como el primer poeta boliviano de relieve continental. Tuvo el mérito histórico de haber sido uno de los artífices del movimiento modernista en América, pero también un maestro en el manejo del lenguaje rítmico y la métrica en el arte de la versificación castellana.

En Buenos Aires, con la colaboración del nicaragüense Rubén Darío, fundó  la Revista de América (1899), publicación que, a pesar de su fugaz existencia, impulsó decisivamente la difusión sus teorías enmarcadas en el objetivo de trabajar por el brillo de la lengua española en América y, al par que por el tesoro de sus riquezas antiguas, por el engrandecimiento de esas mismas riquezas, en vocabulario, rítmica, plasticidad y matiz... En efecto, los versos de Jaimes Freyre, lejos de la embriaguez verbal de los románticos, tienen rima, vocablos nuevos y giros insólitos, que resuenen por mucho tiempo en la mente de los lectores. La musicalidad de sus versos ha sido admirada por propios y extraños. No es casual que Borges, a tiempo de citar: Peregrina paloma imaginaria/ que enardece los últimos amores,/ alma de luz, de música y de flores,/ peregrina paloma imaginaria..., manifestó que no entendía el significado de estos versos, pero que éstos sí tenían un ritmo y una musicalidad agradables al oído.

No cabe duda de que Ricardo Jaimes Freyre, que sabía manejar con maestría sus conocimientos lingüísticos, se esforzó en fusionar la forma y el contenido en la musicalidad de la poesía, consciente de que el ritmo era más importante que el significado y tratando siempre de evitar que la poesía se convierta en un simple híbrido de la prosa y el verso. Aunque algunos críticos calificaron su poesía de preciosista y excesivamente meditada, lo cierto es que el vate boliviano, quien no sólo fue considerado el teórico del modernismo tras la publicación de su obra Leyes de la versificación castellana (1912), ha dado muestras suficientes de que los temas universales, inherentes al ser humano y su problemática social, pueden expresarse a través de la musicalidad recóndita que conllevan los versos.

Siguiendo los principios métricos de Jaimes Freyre, quien también usó el hexámetro yámbico que empleaba Darío, se puede constatar que, en su poema Las Hadas, se repite, a modo de estribillo, el verso inicial de la primera: Con sus rubias cabelleras luminosas,/ en la sombra se aproximan. Son las Hadas./ A su paso los abetos de la selva,/ como ofrenda tienden las crujientes ramas./ Con sus rubias cabelleras luminosas se acercan las Hadas./ Bajo un árbol, en la orilla del pantano,/ yace el cuerpo de la virgen. Su faz blanca,/ su faz blanca, como un lirio de la selva;/ dormida en sus labios la postrer plegaria./ Con sus rubias cabelleras luminosas/ se acercan las Hadas. En tanto en su poema Los cuervos: Sobre el himno del combate y el clamor de los guerreros,/ pasa un lento batir de alas; se oye un lúgubre graznido,/ y penetran los dos Cuervos, los divinos, tenebrosos mensajeros,/ y se posan en los hombros del Dios y hablan a su oído, los cinco primeros versos de cada estrofa están escritor en seis periódicos prosódicos disílabos puros, y el sexto, en tres períodos prosódicos puros.

Ricardo Jaimes Freyre, como pocos de sus contemporáneos, tenía una auténtica vocación por el arte de la versificación y un amor por las palabras que denotan belleza en una sintaxis que refleja con coherencia las vibraciones del poeta, quien es capaz de captar las sensaciones más sutiles del alma y verterlas en palabras con una soltura y armonía que no dejan indiferentes al lector acostumbrado al impacto de los versos y al significado que éstos transmiten a través de las metáforas y las figuras de dicción, donde se alteran en cierto modo las normas del lenguaje en afán de conseguir giros y expresiones que enriquezcan la expresión poética.

Su afamado poemario Castalia Bárbara (1899), además de reafirmar su talento y sus conocimientos de las estructuras rítmicas del lenguaje, marcó un hito en la poesía iberoamericana por su evidente pasión y su honda emoción humana. En sus versos, cargados de simbolismos y finas metáforas, trasciende su filosofía, su fantasía y su interés por los mitos de la tradición oral escandinava. Leopoldo Lugones, en el meditado prólogo del libro, confirma la propuesta estética de su amigo y colega: Todo poema consta de tres elementos internos o de concepción: la idea, el sentimiento y la proporción; y, de tres externos o de realización: la perspectiva, la metáfora y el ritmo (...) Se quiere que cada verso sea un diamante cuyas facetas produzcan fulguraciones diversas a la vez. Por esto la reforma en el ritmo, en la perspectiva, en la metáfora -los nuevos modos de decir adaptados a los nuevos modos de pensar.

Castalia bárbara presenta trece composiciones, precedidas por el poema Siempre. El autor, en su afán de narrar de manera épica las sagas de la mitología y el paganismo nórdicos, exalta la violencia y el heroísmo en un Olimpo bárbaro; una realidad que, por ser lejana y extraña a su medio, se torna en fantástica y misteriosa. Es aquí donde el lector, en medio de la furia y la belleza, se encuentra con paisajes que exhiben mares de olas encrespadas, noches de hielo, oscuros bosques y tierras envueltas en sangre y nieve, donde se oyen los aullidos de los lobos y el raudo vuelo de los cuervos sobre los pinos solitarios. En el paraíso o Walhalla, cuya cosmogonía es propia de la invención popular, aparecen personajes de cabelleras blondas como los elfos, las hadas y valquirias; héroes con alma guerrera y montados en negros caballos, blandiendo lanzas y espadas, y cubriéndose el pecho con escudos. Los versos dejan constancia de la omnipresencia de Odín y sus cuervos, la belleza de Freiya y el heroísmo de Thor, dios del trueno y la guerra, quien, conduciendo una carreta tirada por machos cabríos voladores, se enfrenta en las batallas con su martillo mágico.

Castalia bárbara, junto con Prosas profanas (1896) de Rubén Darío y Las montañas de oro (1897) de Leopoldo Lugones, está considerada como una de las piezas claves para comprender las visiones de un movimiento literario que coincidió con el pujante desarrollo de algunas ciudades latinoamericanas que, aparte de tornarse en cosmopolitas, intensificaron sus relaciones comerciales y culturales con la Europa de principios del siglo pasado.

Por mucho de que su obra poética, a diferencia de su prosa, sea breve en extensión -en el lapso de casi veinte años publicó sólo libros de poesía: Castalia bárbara y Los sueños son vida-, nadie pone en duda de que sus teorías planteadas en Leyes de la versificación castellana, han contribuido a perpetuar la genialidad de Ricardo Jaimes Freyre, considerado uno de los poetas iberoamericanos más grandes del siglo XX.

lunes, 25 de noviembre de 2013


MIEDO Y ESPANTO EN LA OBRA DE VELIA CALVIMONTES

El libro Misteria pavoria. Cuentos de terror, publicado por la editorial colombiana Panamericana e ilustrado por Luz Stella Rodríguez, es una verdadera cajita de sorpresas. Se trata de una obra compuesta por cinco cuentos de espanto y aparecidos, reunidos bajo un título sugestivo que atrapa de inmediato la atención del lector. La narrativa de Velia Calvimontes, avalada por un estilo limpio de ripios, hace gala de un lenguaje sencillo y ofrece una lectura amena a los lectores de todas las edades. 

Los cuentos, que destacan por el buen manejo del hilo discursivo, nos relatan las historias de muertos, almas en pena y personajes del mundo esotérico, poniendo en boca de sus personajes palabras apropiadas y recreando situaciones sobrecogedoras, como en los cuentos A dedo y El fraile encapuchado. Los relatos más tétricos discurren en ámbitos insólitos, que van desde un cementerio hasta el patio trasero de una casona de antaño. No faltan los gallos y caballos, el tañido de la campana, el llanto de los difuntos, el lamento de los condenados, el viento y la tormenta, que son también personajes secundarios. Todo esto recuerda a esos seres que estando muertos, según la tradición y creencia popular, retornan al reino de los vivos para vengarse de sus enemigos y ajustar cuentas con sus deudores. Son cuentos de la más pura tradición oral que los niños bolivianos, hasta el día de hoy, se siguen contando sentados en un ruedo y bajo el resplandor de la luna.  

Así ocurría en las tabernas coloniales, donde se daban cita truhanes y cuenteros, músicos y ciudadanos de vida alegre, en afán de confabular los sucesos más inverosímiles que imaginarse pueda. Los parroquianos, blandiendo el verbo cual espada de doble filo, abordaban temas de miedo y espanto, con una imaginación desbordante y acaso proclive a las supersticiones. Muchos de esos relatos llegaron con los colonizadores que se asentaron en la Villa Imperial de Potosí una vez descubiertos los ricos yacimientos de plata. De ahí que Velia Calvimontes, en su cuento Un aullido en el cementerio, ambientando en el siglo XVII, nos recuerda que las naves llegadas de allende los mares, además de traer noticias del Viejo Mundo, venían cargadas de historias que fascinaban a propios y extraños

Las consejas coloniales, atravesadas por personaje que aparecían y desaparecían de un modo misterioso y sin ninguna explicación lógica, se mezclaban con la chismografía sobre la vida privada de los habitantes de las urbes, sobre todo, de las familias consideradas poderosas, donde aparentemente sucedían hechos increíbles y macabros, como ocurre en Un aullido en el cementerio, cuyo argumento gira en torno a un hombre que, siendo en vida rico pero avaro, se condena a poco de ser sepultado. Las beatas dicen que se trata de un castigo por haberle negado al cura una contribución para reparar la campana de la iglesia. Los vecinos saben también que los aullidos lastimeros son de don Crisanto, quien, presa de su avaricia, no encuentra paz en su tumba. Mientras esto se comenta de boca en boca, los jóvenes parroquianos, reunidos en la taberna y en plan de desafío, hacen apuestas por quien se atreva a entrar en el cementerio a medianoche y, en señal de su valentía, dejar un puñal sobre la tumba de don Crisanto; un reto que no pocos rechazan atravesado por un temor que les recorre el espinazo. Sin embargo, como en todo cuento bien contado, no falta uno que, luciendo espada al cinto y aspecto de valiente mancebo, se atreve a probar su bravura. Entra en el camposanto, se acerca a la tumba de don Crisanto y, en el justo instante en que va a clavar el puñal en el lugar preciso, se le aparece el muerto envuelto en un manto oscuro. El mancebo se lleva tal susto que cae fulminado por un ataque al corazón. A la mañana siguiente, sus amigos que apostaron por él,  lo encuentran con el rostro ensangrentado y sin un hálito de vida.

En el cuento Las tres vueltas del gallo, escrito con un halo de misterio y contextualizado en una casona colonial de la ciudad de Sucre, nos transporta al mundo fascinante de Eliza, la joven protagonista, quien cuida de sus hermanas menores hasta altas horas de la noche, mientras su madre trabaja como empleada doméstica. Eliza, luego de acostar a sus hermanas, se reúne con un grupo de amigas que se transmiten cuentos de espanto y aparecidos. Una de esas noches, al retornar a su hogar, cruza ante su mirada atónica un gallo de alas desplegadas. El animal se acerca a una tapia y, dando tres vueltas, escarba la tierra. Luego desaparece con el mismo misterio con el que aparece. Eliza le relata a su madre lo acaecido, pero ésta guarda silencio y espera la mejor oportunidad para cerciorarse personalmente del hecho, hasta que llega la festividad de la Virgen de Guadalupe. Entonces, en tanto el pueblo asiste a la celebración, madre e hija deciden revelar el misterio que representa el gallo y, justo allí donde éste escarbaba la tierra, encuentran enterrada una petaca de cuero que contiene joyas y monedas de oro y de plata.

En El fraile encapuchado, donde el suspenso y la curiosidad se apoderan del lector, se recrea un suceso que se arrastra desde la época colonial en Potosí, donde años más tarde, en el patio de una escuela, Elvira avista a un fraile con el rostro cubierto por la capucha de su hábito. La protagonista, como suele suceder en las historias de aparecidos, se queda helada y con el grito atascado en la garganta. No obstante, y sin salir de su asombro ante tal aparición, guarda el secreto por un tiempo. No se lo cuenta al cura de la parroquia ni a su marido. Primero decide comprobar que la aparición del fantasma no es una aberración de su mente sino un caso real. Para comprobarlo, un día arroja una piedra contra el hábito del fraile; la piedra atraviesa la vestidura y deja un impacto en la pared a modo de señal. Sólo entonces Elvira decide revelarle el secreto a su marido, quien, a pesar del miedo que se le mete entre pecho y espalda, no tiene más remedio que ayudarle a descifrar el misterio de aquella extraña aparición.

Una noche acuden al lugar donde el fraile hacia acto de presencia. Abren a fuerza de pico un boquete en la pared de adobe, se deslizan por él y, apenas iluminados por la luz mortecina de la luna, distinguen a sus pies una entrada que conduce hacia un sótano. Para continuar su pesquisa, se arman de velas y mecheros. Una vez en el fondo del sótano, quedan deslumbrados ante una abundante riqueza junto a una docena de ropajes de altos prelados de la iglesia cubiertos de pedrería. Durante tres largas noches, Elvira y su marido acarrean a su casa el tesoro escondido, y, una vez convertidos en ciudadanos prósperos, abandonan Potosí para disfrutar de su fortuna en una ciudad valluna. Hasta aquí, todo parece tener un final feliz como en los clásicos cuentos de hadas, pero no, en El fraile encapuchado los sueños se tornan en pesadillas; primero se desvanece la dicha en la familia de la pareja, y después Elvira, la protagonista principal, acaba enloquecida por haber visto y tocado lo que no debía.

En La muerte azul, inspirado en un acápite del libro Exploración Fawcett del explorador inglés Robert Fawcett, nos arrima a finales del siglo XIX y al peligroso trayecto entre La Paz y los Yungas; un recorrido que los aventureros, arrieros y errantes hacían a lomo de bestias. En este territorio, cubierto de niebla, precipitaciones y vegetación exuberante, el protagonismo recae en un jinete buscador de fortunas, quien, en procura de pasar la noche, pide hospedaje en un aposento. El posadero le niega arguyendo que todos los cuartos están ocupados, mas el forastero, pistola al cinto y sin darse por vencido, solicita el último que queda, justo aquél donde todo quien entra no sale con vida. Aquí valga destacar que la sola descripción del cuarto, como en las historias de crímenes y terror, constituye un excelente recurso literario que le permite al lector ubicarse en un contexto escalofriante.

Entrada la noche, y mientras afuera la tormenta ruge como bestia herida, en el cuarto de la muerte, donde descansa el forastero, se oye el estampido de un disparo. El dueño de la posada, que apenas alcanzó a cerrar los ojos, salta de la cama y se dirige al temible lugar, donde el forastero sigue con vida, aunque visiblemente pálido. Ante semejante realidad, el posadero no se lo puede creer, pero el protagonista del cuento se encarga de explicarle que estando en la cama, todavía despierto, vio que por el orificio del cielo raso descendía una gigantesca tarántula, que era la causante de las muertes que se producían en ese cuarto, donde todos aparecían al nacer el día con la cara y el cuello azules.
  
Misteria pavoria. Cuentos de terror (2005) es una obra breve que tiene la propiedad de suspender al lector en el terror de la imaginación, con narraciones que descubren un mundo de misterios y se sumergen en el subconsciente colectivo, lejos del maniqueísmo didáctico y las normas de moralización, tan propias en la mayoría de los libros destinados a los jóvenes y niños.

Velia Calvimontes Salinas (Cochabamba, Bolivia, 1935). Escritora y profesora de idiomas. Figura destacada de la narrativa infantil y juvenil. Según reveló en una entrevista, desde niña supo que sería escritora pero no fue sino hasta 1963, cuando residía en Chicago, Estados Unidos, que empezó a escribir. Debutó con su libro Y el mundo sigue girando... (1975). Obtuvo premios nacionales e internacionales. Entre sus obras destacan: Abre la tapa y destapa un cuento (1991), La ronda de los niños (1991), El uniforme (1993), Amigo de papel (1995), Lágrimas y risas (1995), Cuentos de la vida (1997), En busca de hogar (2002), Sabor a Navidad (2005), Nueve noches y un día (2007), El niño de la pérgola (2007) y la serie de libros sobre Babirusa que, desde el año en que empezó a publicarse (1993), se ha convertido en una referente de la literatura infantil boliviana, como Papelucho, la clásica obra de Marcela Paz, es un referente del cuento infantil chileno.

jueves, 14 de noviembre de 2013


CONVERSACIONES CON EL TÍO DE POTOSÍ

El miércoles 13 de noviembre, en el Salón Consistorial de la Alcaldía, se presentó en acto solemne el libro Conversaciones con el Tío de Potosí, del escritor Víctor Montoya, ante los medios de prensa y el público interesado en el tema. El acto contó con la presencia de las autoridades edilicias y de la Gobernación del departamento de Potosí. La inauguración estuvo a cargo de Humberto Morales, Oficial Mayor de Desarrollo Humano y Cultura, quien destacó la labor que realiza el Municipio a favor de la promoción y difusión de la literatura relaciona con el pasado y el presente históricos de la ciudad.

Tomás Cortez, a nombre del Magistrado Pastor Segundo Mamani, autor del prólogo del libro, y del Centro Cultural Nuevos Horizontes, hizo una reseña del contenido de la obra y trazó un esbozo biográfico de Víctor Montoya, a quien lo consideró uno de los escritores más representativos de la literatura minera a nivel nacional e internacional, no sin antes elogiar el compromiso político del autor, quien, durante la dictadura militar de los años 70, fue condenado a la prisión y el exilio. Dijo también que los relatos del libro ofrecen una lectura amena, ya que los diálogos con el Tío de la mina están construidos sobre la base de la ironía, las reflexiones en torno a la problemática humana y el sentido del humor, recursos poco frecuentes en la literatura nacional.  

René Joaquino Cabrera, Alcalde del Gobierno Autónomo Municipal, manifestó que la obra literaria de Víctor Montoya rescata una temática que interesa no sólo a los ciudadanos potosinos, sino también a los turistas que visitan la ciudad interesados por conocer las tradiciones mineras vinculadas al Tío. un personaje que es tan conocido fuera de Bolivia como el mismo Cerro Rico, afirmó en su intervención, a tiempo de felicitar al autor por entregar este valioso libro que, como parte del proyecto de apoyo a  la impresión de obras inéditos, será distribuido gratuitamente a través de las bibliotecas, el Museo Minero, la Casa de la Moneda, las instituciones culturas y los centros dedicados al turismo.

En el acto no faltaron las palabras de las representantes de la Gobernación, Martha Urdininea, y de la Comisión de Cultura del Honorable Concejo Municipal, quienes ponderaron la publicación de un libro dedicado a la ciudad de Potosí y felicitaron al autor por contribuir, desde la literatura, a rescatar y destacar las tradiciones culturales de uno de los departamentos que más beneficios aportó al país desde la época de la colonia.   

Por último, Víctor Montoya agradeció al Gobierno Autónomo Municipal por su incondicional apoyo en la publicación de Conversaciones con el Tío de Potosí, que, según sus palabras, es una obra que pone de relieve al Tío de las minas del Cerro Rico, donde se explotaron ingentes cantidades de riquezas minerales y murieron miles de mitayos y mineros desde la fundación de la Villa Imperial. No dejó de recordar su infancia en las poblaciones del norte de Potosí, donde escuchó hablar por primera vez, en boca de su abuelo, las leyendas del Tío de la mina. Recordó también que este ser ambivalente entre lo divino y lo demoníaco lo fascinó desde siempre y que hoy, con todas sus características, es uno de los personajes más conocidos de su mundo literario. Conversaciones con el Tío de Potosí, dijo Montoya, es una obra que ha sido escrita para enriquecer el acervo cultural de una ciudad que, más que el olvido, merece el reconocimiento de todos los ciudadanos y todas las autoridades del país, porque Potosí ha sido la columna vertebral de la economía nacional durante siglos.

El acto concluyó con un brindis de honor y el libro se distribuyó entre los presentes, que no dudaron en hacer fila para obtener el autógrafo del autor, quien dijo considerarse un potosino de corazón y uno de los cronistas contemporáneos de este departamento, que todavía tiene muchos secretos que revelar al mundo a través de la literatura. 

miércoles, 30 de octubre de 2013


MONTOYA PRESENTARÁ SU NUEVA OBRA EN POTOSÍ

Conversaciones con el Tío de Potosí, el más reciente libro del escritor Víctor Montoya, será presentado en el marco de las celebraciones de los 468 años de fundación de la Villa Imperial, que este año tendrá un espacio dedicado a la Feria Internacional de Cultura.

El libro está prologado por el Magistrado Pastor Segundo Mamani e ilustrado con imágenes del Tío de la mina. Su publicación está auspiciada por el Gobierno Autónomo Municipal, debido a que en sus 230 páginas se aborda una temática relacionada con las tradiciones mineras de esta ciudad que, desde el descubrimiento de los yacimientos de plata en el Sumaj Orq’o, fue codiciada por las monarquías europeas durante la colonia y trascendió al tesauro del idioma español con la frase: Vale un Potosí, escrita por Miguel de Cervantes en su monumental obra Don Quijote de la Mancha.      

El personaje central de la obra de Víctor Montoya es el Tío de Potosí, un ser ambivalente entre lo profano y lo sagrado, que habita en los tenebrosos socavones del Cerro Rico. Es una de las deidades centrales en la cosmovisión andina y un personaje fantástico en el mundo minero, donde los mitos y las leyendas se ensamblan con la tradición oral de las culturas ancestrales.

Los mineros, sentados al alrededor de su impresionante estatuilla, a la usanza de los mitayos de antaño, le rinden pleitesía ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente, a modo de congraciarse con él, a quien lo consideran dueño de las riquezas minerales y amo de los trabajadores del subsuelo.

Los treinta textos del libro, escritos con irreverencia, fino sentido del humor y destreza narrativa, son una prueba de que el autor, mediante los recursos propios de la imaginación, fue capaz de entablar una serie de conversaciones amenas con uno de los  personajes más emblemáticos de la tradición popular, como si de veras estuviesen sentados frente a frente, delante de nuestros ojos, deleitándonos con la magia del verbo y la sabiduría.

Con la publicación de esta nueva obra, auspiciada por el Gobierno Autónomo Municipal de Potosí, bajo la gestión del burgomaestre René Joaquino Cabrera, se confirma que el escritor Víctor Montoya, considerado hijo legítimo de las entrañas mineras, ha logrado convertir al Tío de la mina en uno los principales protagonistas de su magnífica creación literaria.

viernes, 25 de octubre de 2013


A DIEZ AÑOS DE LA MASACRE DE OCTUBRE

Los muertos y heridos en la masacre de octubre, apenas asoman a mi mente y mi corazón, me duelen como hace diez años atrás, cuando me enteré, a través de los medios de comunicación, de la tragedia en la urbe alteña que -al son del grito de combate: ¡El Alto de pie, nunca de rodillas!- se desangró en defensa de la soberanía nacional.

Al cumplirse una década de la denominada Guerra del Gas, y en mi condición de ciudadano con derecho a voz y voto, no dejó de reflexionar sobre las dramáticas consecuencias de aquellas jornadas que cambiaron el curso de la historia contemporánea de nuestro país y, al mismo tiempo, no dejó de condenar la bestialidad de las fuerzas represivas del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada que, en octubre de 2003, provocaron un baño de sangre entre los manifestantes de la ciudad de El Alto.

A 31 años de la “recuperación de la democracia”, que estaba acuartelada por una de las dictaduras militares más sombrías de la historia nacional, se ingresó a una etapa de gobiernos de consenso, cuyas democraduras sirvieron no sólo para acallar la protesta popular con atropellos de lesa humanidad, sino también para masacrar a los acusados de “sediciosos y promotores de proyectos subversivos organizados y financiados desde el exterior”, aun sabiendo que no era posible una democracia formal en un país que se retorcía en medio de la pobreza, el analfabetismo y la desigualdad social.

A estas alturas del proceso de cambio, cuando todo parece demostrar que ha llegado el momento de transformar las caducas estructuras del sistema capitalista, nadie queda indiferente ante las convulsiones sociales que, en el llamado Octubre Negro, sacudieron los cimientos del Estado proimperialista, donde los sectores más empobrecidos, armados con piedras, palos, cólera e indignación, ganaron las calles para hacer escuchar su grito de protesta contra quienes detentaban el poder, rifando al país en pedacitos y al mejor postor.

Durante la Guerra del Gas, que en la ciudad de El Alto, arrojó el saldo de decenas de muertos y centenas de heridos, el pueblo dio su ultimátum al gobierno: Si el presidente no puede solucionar los problemas, lo mejor será que se vaya a su casa. Es decir, los ciudadanos de oriente y occidente, conscientes de la imperiosa necesidad de salvar al país del caos y la anarquía, exigieron la renuncia del primer mandatario porque tenía las manos manchadas de sangre y porque perdió el control de los conflictos sociales.

El país requería de soluciones rápidas y concretas. Y, para lograr este objetivo, no bastó con que el vicepresidente asumiera la primera magistratura, intentando salvar la democracia burguesa, sino en que todas las autoridades de gobierno se pusieran la mano en el pecho e hicieran conciencia de que las protestas y los conflictos no se resolvían disparando las armas contra el pueblo, sino ofreciendo a los sectores más empobrecidos mejores condiciones de vida y de trabajo.

Está demostrado que no se puede controlar la rebelión de las masas cuando éstas no están dispuestas a vivir en la zozobra ni bajo la inestabilidad del aparato estatal. Por cuanto fue legítimo que los ciudadanos propusieran cambios, en procura de impedir la entrega del gas a consorcios extranjeros sin previa consulta al pueblo; tampoco fue casual que se hubiesen unido en torno a una Asamblea Constituyente, que exigía la modificación de la Ley de Hidrocarburos y del Código Tributario, y que se resguardaran los intereses de la nación y sus habitantes, oponiéndose a las injerencias del portavoz del gobierno norteamericano en los asuntos internos del Estado boliviano; más todavía, fue urgente rechazar las insinuaciones de las empresas transnacionales, interesadas en saquear las riquezas naturales en desmedro de quienes vivían sumidos en la miseria, la desocupación, la deserción escolar, la criminalidad y la corrupción institucionalizada.

Cabe preguntarse, aquí y ahora, para qué servía un gobierno que no representaba los intereses de las inmensas mayorías, un presidente que se aferraba al poder para defender los privilegios de los empresarios privados y la política expansionista del imperialismo, cuyo embajador encaramado en la sede de gobierno, asumiendo la misma arrogancia y supremacía de su jefe en la Casa Blanca, declaró a la prensa: “Estados Unidos no tolerará una interrupción del orden constitucional en Bolivia y no apoyará a ningún gobierno no democrático”, como dando a entender que el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada era uno de los más democráticos de la historia republicana, y que la oposición, compuesta por los partidos políticos que rechazaban un sistema neoliberal de gobierno y las imposiciones arbitrarias del imperio, representaba un peligro para la democracia.

Los campeones de la democracia, que en otrora se denominaban izquierdistas y revolucionarios, respaldaron también la política represiva y neoliberal del gobierno, mientras sujetaban en la mano la Carta Democrática de los organismos internacionales que, teóricamente, condenaban el uso de la violencia que tendían a alterar el orden constitucional del país; cuando en realidad, el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, a espaldas de lo establecido en la Constitución Política del Estado, dio su beneplácito a las Fuerzas Armadas para reprimir al pueblo, violentando así los Derechos Humanos y pasándose por las narices las Cartas Magnas tanto de la ONU como de la OEA.

Ante semejante fechoría, es necesario preguntarse: ¿De qué tipo de democracia nos hablaban estos asesinos? Si el propio presidente de la nación no respetaba la institucionalidad democrática, como la única vía aceptable para resolver los conflictos sociales, y fue capaz de arremeter contra sus opositores, tildándolos de subversivos y sediciosos, hasta que se le fue la mano y ordenó meter bala contra una turba de mujeres, hombres y niños en la ciudad de El Alto.

Por todos es conocido que las agresiones físicas de las fuerzas represivas contra los manifestantes alteños fueron tan contundentes como las declaraciones del representante del Departamento de Estado, quien, en su afán de controlar la producción de coca y mantener en jaque a los críticos del régimen, aplicó una política coercitiva que, en lugar de apaciguar la furia encendida de los manifestantes, provocó una mayor protesta entre quienes estaban ya cansados de soportar los mandatos del imperialismo y del gobierno entreguista de Gonzalo Sánchez de Lozada, quien no hacía otra cosa que acrecentar la injusticia social, la crisis económica y la discriminación racial.

Los campesinos, mineros, fabriles, estudiantes, profesores, comerciantes y otros, tenían todo el derecho de velar por sus vidas e intereses, y de protestar contra los engaños y las falsas promesas de los señores del poder, quienes estaban más interesados en la repartija de pegas, que en resolver los problemas reales de los sectores empobrecidos por la política entreguista de los ministros y diputados neoliberales, cuya incapacidad de gobernar un país en crisis quedó al descubierto desde el instante en que asumieron el mando del poder con el apoyo de los partidos oficialistas que, durante y después de su campaña proselitista, prometieron demagógicamente un mejor destino para los bolivianos.

Las huelgas, bloqueos, barricadas y marchas de protesta, que tuvieron lugar en la ciudad de El Alto en octubre de 2003, reflejaron el descontento popular contra un gobierno que, al margen de haber sido incapaz de cumplir con el compromiso y los convenios firmados con los sectores en conflicto, tuvo la osadía de movilizar a las tropas del Ejército contra los movimientos progresistas, compuestos en su gran mayoría por los relocalizados de las minas, cansados de vivir en un país donde no se respetaban los Derechos Humanos y donde sobrevivían los resabios de la discriminación social y racial, y donde unos creían ser dueños de las riquezas naturales y dueños absolutos del poder.

Ya sabemos que los desposeídos no piden mucho y lo poco que piden es que se respeten sus costumbres y tradiciones, que se respeten sus fuentes de trabajo y el cultivo de la hoja de coca, que se mejore el sistema educativo y la asistencia médica, que se instale energía eléctrica y agua potable en las regiones rurales; reivindicaciones elementales que incomodaron a los amos del poder político y económico, entre los que se contaba Gonzalo Sánchez de Lozada, quien por entonces fungía como presidente constitucional de Bolivia.

Con todo, ser testigo de un pueblo que luchaba en defensa de los intereses nacionales, mientras su gobierno se esforzaba cada vez más por defender los intereses del imperialismo, duele en lo más hondo del alma, sobre todo, cuando los medios de comunicación informaban que los caídos bajo las balas fratricidas eran hermanos que, de un modo consciente o inconsciente, apostaron desde siempre por los ideales de la libertad y la justicia.

A diez años de la masacre de octubre en la ciudad de El Alto, donde las organizaciones sociales todavía se mantienen de pie, queda la lección de que las grandes transformaciones socioeconómicas de un país se logran gracias a al coraje y la conciencia de un pueblo dispuesto a combatir hasta las últimas consecuencias por conquistar la soberanía nacional, la defensa de los recursos naturales y la dignidad que se merecen todos en un Estado de derecho. 

jueves, 24 de octubre de 2013


ALBOR PUBLICA MUÑECOS, HECES Y REFLEJOS

Esta breve antología de poemas y relatos es una muestra de lo mucho que tienen por ofrecer los/las jóvenes de la ciudad de El Alto. En Muñecos, Heces y Reflejos, que es un libro transparente, como la radiografía del alma, se refleja la preocupación de un grupo de talleristas que, en su inquietud por describir la realidad urbana contemplada desde las cuatro esquinas, juegan con las palabras, ideas e imágenes poéticas que, con mayores o menores aciertos, logran atrapar los aspectos más peculiares de una ciudad atravesada por los idiomas y las costumbres de diversas culturas.

En la introducción del libro, que lleva la firma del escritor Víctor Montoya, se dice que este pequeño libro, elaborado de manera artesanal, es el fruto de un Taller de Literatura, donde participaron una veintena de jóvenes interesados por cultivar el arte de la palabra escrita. El Taller contó con los auspicios del Centro de Arte y Cultura ALBOR; una organización juvenil que cumple con un cronograma de actividades concernientes a la literatura, la declamación y el arte escénico.

A manera de introducción

Un Taller de Literatura, como el que se llevó a cabo en la sede de ALBOR, puede constituirse en un nuevo semillero de poetas y narradores alteños, al menos si se lo considera no sólo una instancia donde aflora el fulgor de la fantasía y la palabra, sino también un instrumento destinado a cumplir una función social al servicio de los ideales más nobles de una comunidad, que empuja las ruedas de la historia en un proceso de cambio en el que se requiere de la participación activa de los intelectuales y artesanos del verso y la imaginación.

La intención de cualquier escritor novel es siempre la de escribir cada vez mejor, ya sea en prosa o en verso, debido a que la palabra escrita es una de las formas de comunicación más apreciable para expresar emociones, sentimientos, ideas filosóficas e inquietudes sociales, que forman parte de la interrelación habida entre el individuo y la sociedad.

El poeta, como el narrador, es el artífice del lenguaje figurado capaz de transformar la realidad racional en un mundo en el que se funden la pasión y la imaginación en un mosaico que expresa, de un modo consciente o inconsciente, las cuestiones que ocupan la mente y el corazón de los seres enamorados de la vida, la libertad y la justicia.

La finalidad de este Taller, desde sus inicios, fue fomentar el apoyo a los poetas y narradores jóvenes de El Alto, deseosos de aprender a versificar y expresar sus ideas de una manera más coherente, sentida y elegante, usando siempre los parámetros de la literatura modernista, que no conoce fronteras que la atrapen ni esquemas premeditados y doctorales. Este Taller les hizo tomar conciencia de que las situaciones y los pensamientos que inspiran las sensaciones arrobadoras o misteriosas, ensoñación, melancolía, alegría o ideas de belleza y perfección, es la vida misma, la realidad cotidiana y las aspiraciones de un futuro placentero para todos.

En este Talle de Literatura, donde se dieron cita jóvenes con mayor o menor experiencia en el oficio de tejer ideas y palabras, se plantearon tres temas principales en torno a los cuales debían girar los poemas y relatos breves. Cada uno de ellos ligado a elementos que, con el devenir del tiempo, acabaron siendo tópicos que identifican a una ciudad en pugna por alcanzar la modernidad, a pesar de los problemas que lo acechan en plazas y avenidas, en las noches y en los días, como son los muñecos colgados en los postes de las esquinas y los perros andariegos que nos recuerdan que ellos también son habitantes de una ciudad cosmopolita, cuya demografía se disparó en los últimos decenios.

En los poemas y relatos de esta entrega, modesta pero significativa, se explayan también otros temas intimistas, con la intención de que las proyecciones y los reflejos de uno mismo encuentren el eco de su propia voz. El poeta habla en primera persona, como si, en primer lugar, sus versos estuviesen dirigidos hacia sí mismo, con la fuerza de un existencialismo devorador que desemboca en lo más hondo de su ser, para luego virar en otras direcciones, en procura de llegar a la sensibilidad de los lectores que, acaso sin darse cuenta, internalizan lo expresado por el poeta.

Al término de este Taller de Literatura, se comprobó que la poesía, como el relato breve, es el género literario que mejor expresa, de un modo estético, los sentimientos y pensamientos de una persona que, en atribución a los deseos de su fuero interno, juega con las ideas y palabras en un intento por manifestarse de una manera bella y concisa, como si en cada uno de los cultores de la palabra escrita se escondiese un mago que convierte la realidad circundante en una serie de metáforas y frases con propiedades de síntesis y asociación, que se posan en el alma como mariposas que buscan un asidero en las flores de un jardín hecho de ritmo, pasión y armonía.

Para quien escribe estas líneas fue un hondo placer trabajar con estos jóvenes alteños que, hermanados por las ansias de concederle una identidad literaria a la ciudad, cumplieron con interés todos los parámetros trazados por el Taller, cuyo resultado final ahora tienen ustedes en sus manos, como un testimonio más de lo mucho que se está haciendo en El Alto en materia de literatura. 

jueves, 10 de octubre de 2013


EL PREMIO DINAMITA DE LITERATURA

–En los pasados días concedieron el Premio Dinamita de Literatura –dijo el Tío, apenas entré en el cuarto, donde su mirada parecía un rayo de luz atravesando la oscuridad.

–Así es –asentí, mientras encendía la luz.

–Pero de seguro que tú ni conocías el nombre del galardonado ¿verdad?

Me detuve cerca de la puerta, agaché la cabeza y no contesté ni sí ni no. Mas el Tío, al término de leer mis pensamientos, se alzó un poco en su trono y dijo:

–A los miembros de la Academia Sueca, salvo raras excepciones, parece no interesarles la popularidad de un autor ni el prestigio que éste se ganó gracias a su puño y letra. Si no consideran las afinidades políticas del candidato, dependiendo de qué lado soplan los vientos, se guían por el grado de complejidad de su escritura; mientras más compleja, mejor todavía. Por suerte existen quienes, sin haber sido distinguidos con el Premio Dinamita, son queridos y requeridos por los lectores de todo el mundo. Un Franz Kafka y un Jorge Luis Borges, por citar a dos de los mastodontes de la literatura universal, no recibieron este prestigioso premio y, sin embargo, gozan de fama y sus libros corren, de mano en mano, como chispas en un polvorín.

–Que yo sepa –precisé–, a Kafka no se lo dieron porque gran parte de su obra permaneció inédita hasta después de su muerte y a Borges porque, siendo un genio en literatura, era un idiota en política, nada menos que querendón de los dictadores como Augusto Pinochet.

–A mí no me consta –repuso–, pero si no se lo dieron a Borges ni a muchos otros será porque los miembros de la Academia Sueca leen tanto que ya no saben lo que leen. Están como Sócrates, quien, de tanto saber tanto, decía: Yo sólo sé que nada sé.  

Cerré la boca, pues meterse en discusiones filosóficas con el Tío era como meterse en los laberintos de la mina, donde las galerías son profundas y entreveradas como las mismísimas catacumbas del infierno.

El Tío pensó un instante y, aun sabiendo que soy un aprendiz de escritor, un pichoncito de cóndor, lanzó una sonrisa afable, barrió mi rostro con su penetrante olor a tabaco y dijo:

–No tienes por qué envidiar a los escritores que primero se hacen de fama y luego se echan en cama, ni por qué pensar en el Premio Dinamita de Literatura. Para reconocer tu talento de escribano del diablo, nosotros los cornudos -no porque nos engaña la mujer, sino porque tenemos cuernos-, te daremos el premio que te mereces por ateo. Yo mismo, en mi condición de dios y diablo de los mineros, colgaré en tu cuello la medalla de los quintos infiernos y te entregaré el pergamino decorado con los fuegos fatuos de los Avernos. Y guarde que este premio es único e inapelable... y nadie lo pondrá en duda, ni Dios ni la Virgen del Socavón.

Le escuché perplejo, y él prosiguió:

–La única desventaja es que el premio lo recibirás después de la muerte, por cuanto no esperes en vida ni desesperes. Ten un cachito de paciencia, con paciencia y salivita hasta un elefante le hizo el amor a una hormiguita. Ah, eso sí, tampoco tengas muuucha paciencia, porque Cristo dijo: paciencia, y lo mataron... De otro lado, el premio del infierno es más importante que el Premio Dinamita, esa sustancia explosiva que, desde cuando Alfred Nobel inventó en su laboratorio, los mineros usan para atronar el vientre de la Pachamama. Por si no lo sabías, los mineros preparan el armado pasito a paso: primero meten la cápsula de la guía de pólvora en el cartucho de dinamita, después ajustan la dinamita en el orificio abierto por el taladro en la roca y, al cabo de chispear la pólvora, huyen a un paraje aledaño entre gritos: ¡Tiro!, ¡Tiro!, ¡Tiro! A los dos o tres minutos, ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!, se oye la descarga de la explosión maldita, provocando un traquido y una ventolera con olor a caldo de gallina...

–Sólo una preguntita, Tío –le interrumpí en lo mejor de su cháchara–. ¿De qué me va a servir un premio después de la muerte?

–¡Qué preguntita, carajo! Cómo no te vas a dar cuenta. Si no te lo damos antes, en plena vida y alegría, es para que no se te suban los humos ni te hagas el farsante. Es para evitar que los envidiosos te serruchen el piso con el mismo ímpetu con que tus admiradoras te ponen en el pedestal. Oye bien, dije tus admiradoras, sabiendo que las mujeres leen más que los hombres, aparte de que devoran los libros con la misma pasión con que devoran al amante. Y si todavía lo dudas, pregúntaselo a tu mujer, quien, junto a los versos de Amado Nervo -y no amado nervio, que es otra cosa-, lee con los cinco sentidos las burradas que escribes a diario.

–Pierde cuidado –le dije–. Con premios o sin premios, jamás se me subirán los humos ni me haré el farsante. Soy más terrenal que la serpiente del paraíso y más realista que el escudero de Don Quijote.

–¡Enhorabuena! Siente orgullo de ti mismo, de ser hijo de entrañas mineras y de venir del pobrerío, porque en la vida los cuentos mejor contados tratan de personajes que un día no tuvieron nada y que otro día llegan a tener todo. Piensa en El patito feo, de Hans Christian Andersen; y en la Cenicienta, de Charles Perrault, y te darás cuenta de que estos cuentos no serían igual de lindos contados a la inversa. Además, recuerda lo que Don Quijote le aconsejó a su escudero: Haz gala Sancho de la humildad de tu linaje y no desprecies decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, nadie podrá correrte (...) Haz de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey.

Escuché atento las sabias palabras referidas por el Tío, quien, lejos de ser un simple diablo, es un cerebro prodigioso que parió la humanidad. Sus juicios son tan certeros como los de Don Quijote, quien, siendo un loco de remate, era el más cuerdo entre los cuerdos.

–Ya sabes –insistió–. Ten orgullo de tu linaje, cultura y raza. No te hagas el rico siendo pobre ni te hagas el gringo siendo indio. No seas como el sapo que quiere ser estrella, un presumido que, en lugar de brillar en las alturas, cae estrellado en el fango. Tampoco creas en el dicho que reza: Tanto vales cuanto tienes, porque no es cierto. De serlo, cualquier hijo de vecino, cualquier villano y cualquier malevo, se ganaría el respeto de los crédulos sin merecerlo. Tampoco te dejes llevar por las falsas adulaciones de quienes, fingiendo admirar tu obra, desean tu fracaso en el fondo de su alma...

–Gracias por tus consejos –agradecí con humildad y reverencia. Luego añadí–: Pero ahora dime, ¿cómo lo hacemos con los bolivianos que, siendo cabezas negras en Suecia, se hacen los suecos?

El Tío se agarró la cabeza, pensó un instante y dijo:   

–A ésos hay que tratarlos como a chuecos, porque no se dan cuenta de que el cabeza negra es cabeza negra, así tenga el apellido que tenga y así venga de donde venga. Por ejemplo, no importa de qué parte de Bolivia vengas, ni qué apellido tengas. Para los suecos, rubios y robustos como los vikingos, todos somos igual de indios y para los racistas unos inmigrantes de mierda.

–Guarda tus palabras, Tío –le dije–. Ten pelos en la lengua...

–¡¿Cómo?! –arqueó las cejas y alzó el tono de la voz–. Desde cuándo está prohibido llamar las cosas por su nombre: al pan, pan, y al vino, vino.

–El problema no está en eso –aclaré con la mirada sombría–, sino en que las malas lenguas dicen que soy atrevido y grosero, porque mis textos, en afán de recrear tu lenguaje coloquial, están escritos con garabatos, ajos y pimientas.

–Si eso es lo que dicen, ¿qué esperas? ¡Mándalos al carajo y listo! –propuso con fuerza, procurando arrancarme el temor del cuerpo como mala hierba–. Ya te dije que la literatura se parece a la comida: para que sepa exquisita, necesita una buena porción de condimentos y una pizca de humor con sentimientos, así los sesudos de la Academia Sueca jamás barajen tu nombre entre los candidatos al Premio Dinamita, porque en ese premio, como en muchos otros, Dios puso sus milagrosas manos sin considerar la opinión de los diablos...

Apagué la luz y, sin recordar a qué entré en el cuarto, me despedí del Tío, cuyo cuerpo de Minotauro se trocó en oscuridad y silencio.

jueves, 3 de octubre de 2013


LISBOA, ENTRE FERNANDO PESSOA
Y LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES

El año que visité la ciudad, que parecía nacida del abrazo del río Tajo y el mar, desparramada por las siete colinas que dominan las aguas de la Paja, tenía las fachadas leprosas y los pavimentos agujereados. Esta capital, que antes olía a jazmín y canela, a sardinas asadas a la brasa y a café recién tostado, no olía más que a tubos de escape y gases de automóviles, y, por las tardes, cuando los cubos de basura salían a la calle, se observaba incluso a personas que buscaban su comida entre los desperdicios como aves de rapiña.

Todos los días, cuando el resplandor rosáceo de los rayos del sol anunciaba el ocaso, unas escalinatas y un laberinto de calles empinadas me conducían a los barrios típicos de Alfama, la Mauraria y el Barrio Alto; uno de los más pintorescos del casco antiguo de la ciudad, y hasta cuya cima se debía ascender por medio de un funicular en el que cabían pocas personas. Todo esfuerzo valía la pena si se quería degustar un buen plato de gambas con piri-piri cerca de la ventana de un restaurante que permitiera contemplar las aguas glaucas del mar y ver el aire salpicado de gaviotas.


 Por las noches, como todo visitante ansioso por vivir y revivir las emociones más vibrantes de la ciudad, recorría por las callejuelas estrechas de Alfama. De las ventanas salían jirones de música portuguesa o africana y de las puertas actores entrados en años. En medio de la calle habían hombres ataviados de negro, invitando a los transeúntes a pasar la noche en una especie de peña folklórica llamada fado, donde los portugueses ofrecían un espectáculo de su tragedia y tristeza, a través de una viola acompañada por un canto desgarrado y melancólico. Además, en este barrio de vida nocturna, al igual que en el centro comercial de Baixa, que está entre la plaza del Rocío y la del Comercio, daba la impresión de haberse instalado el lujo en medio de la pobreza y los monumentos emblemáticos de la ciudad.

Tras las huellas de Fernando Pessoa

Cualquiera que esté en Lisboa, como un visitante más entre la muchedumbre agolpada en las calles, se plantea la necesidad de conocer los barrios por donde caminó, a paso ligero y portafolio en la mano, uno de los escritores portugueses que revolucionó la poesía universal del siglo XX, sin más artilugios que la capacidad innata de captar el instante poético y transmitirlo por medio de seudónimos que escondían su verdadera identidad.

Estando en el área metropolitana, después de muchas idas y venidas, decidí ir tras las huellas de Fernando Pessoa, un hombre enigmático y de heterónimos diversos, que de día ejercía como traductor, más exactamente como corresponsal extranjero de casas comerciales, y de noche escribía poesía, una poesía que se desdoblaba en varios autores ficticios, como cuando un niño juega a su gusto y capricho con los personajes creados por las aventuras de la imaginación.


Aunque sus biógrafos coinciden en señalar que era partidario de un nacionalismo místico, del que debía ser abolida toda infiltración católica-romana, tenía divergencias con las ideas comunistas y simpatizaba con el orden monárquico de una nación. Consideraba que el sistema monárquico era el más apropiado para un país como Portugal, que por entonces tenía bajo su control a colonias allende los mares. Sin embargo, de haberse dado un plebiscito para elegir entre un régimen monárquico y un Estado republicano, él habría votado a favor de la República.

Seguir las huellas de Pessoa, es seguir los pasos de uno de los escritores más descollantes de la lengua portuguesa, a pesar de que él se despidió del mundo sin haber visto publicada la mayor parte de su obra literaria, que sigue siendo motivo de análisis y controversias. Murió a los 47 años de edad debido a afecciones hepáticas, asociadas a una cirrosis provocada por el excesivo consumo de Águia Real, un aguardiente que hoy se bebe tanto como la poesía de quien lo hizo famoso. Por eso los aficionados a su obra y al alcohol, están casi obligados a echarse unas copas de Águia Real a su paso por las calles donde estuvo el poeta como un fantasma enfundado en un traje oscuro, abrigo, sombrero y gafas.


Caminar por las calles de Chiado, que es una de las zonas más tradicionales de la ciudad, entre el Barrio Alto y la Baixa, es respirar y escuchar los versos de los poetas que frecuentaron los bares y restaurantes de este barrio a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. De todos ellos, Fernando Pessoa es quien más huellas ha dejado en las aceras. Por eso no es casual que, con el transcurso del tiempo, se le haya erigido una estatua de bronce situada en la calle Garrett, cerca del Largo do Chiado, donde sus admiradores y admiradoras pueden verlo sentado en su silla preferida, luciendo su figura espigada, con la pierna cruzada y la mano apoyada sobre la mesa, como quien espera con insoportable paciencia la copa que solicitó alejado de los quitasoles y consciente de que ser poeta o escritor no constituye una profesión, sino una vocación, al menos así como debe entenderse el oficio de cazar palabras para luego ensartarlas en ideas concebidas por la lucidez mental y la pasión del alma.

Y, por si fuera poco, Pessoa, con la sabiduría de quien conoce las leyes de la vida, intuía, desde antes de cerrar los ojos como un niño para dormir su muerte, que su voz quedaría para siempre entre nosotros y que su biografía, la más fecunda en lengua portuguesa, sería mucho más de lo que él afirmó cuando le nacieron unos versos llenos de meditación y alegoría: Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía/ no hay nada más sencillo./ Tiene sólo dos fechas/ la de mi nacimiento y la de mi muerte./ Entre una y otra todos los días son míos./ Soy fácil de describir./ He vivido como un loco...

Fernando Antonio Nogueira Pessoa (Lisboa, 1888 – 1935). Escribió tanto en verso como en prosa. Parte de su extensa producción literaria, traducida al español, consta de los siguientes títulos: El regreso de los dioses (2006), Cantares (2006), La educación del estoico (2005), Crítica: ensayos, artículos y entrevistas (2003), Libro del desasosiego (2002), La hora del diablo (2003), Mensaje (1997), Un corazón de nadie. Antología poética, 1913-1935 (2001), Odas de Ricardo Reis (1995), Noventa poemas últimos, 1930-1935 (1993), Antología poética. El poeta es un fingidor (1982), Poemas de Alberto Caeiro (1980), Oda marítima (1963), Antología (1962), entre otros.

Los capitanes de la Revolución de los Claveles

En abril de 1974, bajo la luz pálida de un amanecer, se derrumbó a la dictadura fascista más vieja del Viejo Mundo, en menos de 24 horas y bajo la dirección de 200 capitanes, marcados por la experiencia de la guerra colonial.


Era de esperarse, pues ya a finales de la década de los años 60, el régimen dictatorial se aisló y anquilosó, en un mundo occidental en plena efervescencia social e intelectual. Entretanto sus colonias, como Mozambique y Angola, arrastradas por los movimientos de descolonización, habían estallado en revueltas desde principios de la década y obligaban a Portugal a mantener por la fuerza de las armas el imperio portugués que estaba instalado en el imaginario de los ideólogos del régimen. De ahí que el país se vio abocado a invertir grandes esfuerzos en una guerra colonial de pacificación, actitud que contrastaba con el resto de potencias coloniales que trataban de asegurarse la salida del continente africano de la mejor manera posible.

Mientras esto sucedía en las colonias, en la capital portuguesa se abrían las alamedas para el triunfo de la revolución de abril; una sublevación armada en la cual no corrió sangre y que fue bautizada casi inmediatamente como la Revolución de los Claveles, gracias a una mujer anónima que, pertrechada de la flor de temporada, regaló un ramo de claveles a los soldados que tomaban posición en las calles de Lisboa. Horas más tarde, los millones de claves, que llegaron de los huertos y campos aledaños a la ciudad, fueron puestos en el cañón de los fusiles, en los ojales de las camisas, en los jarrones, cubos y latas. Así, la revolución de abril encontró su bandera en las manos de una mujer que, besando y abrazando a los soldados, distribuyó claveles en lugar de pitillos y cerillas.

En la madrugada del 26 de abril, la Junta de Salvación Nacional aparece en las pantallas de la televisión. En su primer mensaje, la Junta habla de la creación de una Asamblea Constituyente, la celebración de elecciones y devolución del poder a los civiles. El pueblo festejó tres días y tres noches el fin de la dictadura y el desplome de un imperio de siglos en África. La alegría popular no cesó en las calles y la marcha del Primero de mayo, autorizada por primera vez, fue el punto culminante de la revolución esperada. Los dirigentes políticos de la oposición retornaron del exilio y los aliados del Dictador Oliveira Salazar abandonaron el país, seguidos por los empresarios privados.


Durante veinte meses, los portugueses vivieron la borrachera revolucionaria. Los campesinos tomaron las tierras y los obreros ocuparon las fábricas. Los grandes capitalistas huyeron con el dinero a cuestas y los esbirros de la dictadura fueron juzgados. La banca y las empresas transnacionales cayeron a golpes de nacionalización; en otras palabras, se liquidó en poco tiempo el latifundio y el capitalismo monopolista de Estado. Con todo, el Portugal, que producía vagones para el Metro de Chicago, grúas para el puerto de Nueva York y equipaba los teléfonos de Bahreim, seguía siendo un país subdesarrollado como cualquiera de África o América Latina.

Portugal nunca fue una potencia, ni antes ni después de la revolución de abril. Siempre mantuvo a una enorme burocracia parásita que vivía a costa del Estado, y a una clase media que se modernizaba por fuera pero no por dentro. Portugal era un país que importaba la mitad de los alimentos que consumía, aunque uno de cada cuatro habitantes trabajaba en la agricultura. 
  
Sin embargo, nadie duda de que este país crecido a orillas del mar, desde donde un puñado de aventureros se lanzaron a conquistar África y América, haya sido en otrora un poderoso imperio, pero al mismo tiempo una colonia; primero de los ingleses y después de las transnacionales. Como es de suponer, lo extraño no estriba en que Portugal siga siendo un país capitalista atrasado y dependiente, sino en que ese movimiento militar iniciado por los capitanes rebeldes, al son de una canción popular prohibida por el régimen dictatorial, haya desembocado en un proceso contrarrevolucionario. Primero, porque eliminó del escenario político al carismático teniente coronel Otelo Saraiva de Carvalho; y, segundo, porque el pueblo se volvió a dividir en dos bloques que representan dos modelos distintos de sociedad: la socialista y la capitalista.


Salir a las calles de Lisboa en julio de 1987, entre una turba vociferando a cielo abierto, era como salir a experimentar una confusa convulsión social, donde nadie entendía a nadie. En las plazas miles de personas organizaban mítines para respaldar a sus respectivos candidatos; claro está, en medio de una agitación nacionalista y vocinglera. La caravana que acompañaba el coche del candidato socialdemócrata, Aníbal Cavaco Silva, iba rodeado de jóvenes embanderados en una ola de color naranja, mientras el candidato del Partido Socialista (PS), Víctor Constancio, caminaba seguido por una camioneta, desde la cual coreaban sus partidarios: ¡Constancio va a pie y no en un coche blindado! Cuando el líder socialista ingresó a la plaza, abriéndose paso entre la multitud, algunas de sus admiradoras se le abalanzaron queriendo besarle en la mejilla, mientras otros intentaban mirarle de cerca y estrecharle la mano. Y, entre vozarrones que ensordecían a cualquiera, Constancio levantó el puño y prometió: No nos aliaremos con el Partido Socialdemócrata ni negociaremos con el Partido Comunista.

En medio de este alboroto organizado, el Partido Comunista, dirigido por Álvaro Cunhal desde 1961, fue la única fuerza de izquierda capaz de retener un poco el vendaval de la derecha, con una actitud militante y eficaz. Al cierre de las urnas, se conocía ya la irresistible ascensión al poder de los socialdemócratas, con más del cincuenta por ciento de los votos. Este triunfo histórico de la derecha, que por primera vez obtuvo la mayoría desde la conquista de la democracia en 1974, implicaba el entierro definitivo de la Revolución de los Claveles, la estrepitosa derrota del Partido Renovador Democrático (PRD), del general Antonio Ramalho Eanes, y un jaque peligroso para la oposición de izquierda, dividida entre socialistas y comunistas.


Años después de aquel bullicio electoral, donde los partidarios de Cavaco Silva apoyaron el modelo de modernización marcado por el liberalismo económico, los portugueses han vuelto a su silenciosa rutina, las contradicciones de clase se han polarizado, las empresas capitalistas han vuelto a retomar el control de la economía nacional y, lo que es lamentable, la Revolución de los Claveles no es más que un viejo recuerdo, como tantas otras que se marchitaron antes de alcanzar su florecimiento total.

Noticias vienen, noticias van

En noviembre de 1987, a tres meses de mi retorno a Estocolmo, el teniente coronel Otelo Saraiva de Carvalho, símbolo de la Revolución de los Claveles, fue condenado a 15 años de prisión, por un tribunal que lo declaró culpable de sedición contra las instituciones del Estado.

En las fotografías de la prensa se lo veía sentado dentro de una jaula de cristal y hierro, en tanto el tribunal declaraba que la organización clandestina denominada Fuerza Revolucionaria, fundada y comandada por él, se dedicó a realizar actos voluntarios y violencia armada en Lisboa, como atentados con explosivos, atracos y atentados personales contra empresarios y agentes de las fuerzas de seguridad del Estado. El tribunal también consideró que la organización defendía el uso de la violencia para impedir un eventual golpe fascista e instaurar el poder popular por el camino de la insurrección armada.


El encarcelamiento de este militar carismático, que devolvió la democracia en Portugal y la independencia en Mozambique (colonia donde nació en 1936), dividió a los portugueses en partidarios y adversarios de la tesis de culpabilidad o inocencia. Los que estaban a favor dijeron que el proceso judicial contra él era un proceso político contra la Revolución de los Claveles, en tanto los más reaccionarios e institucionalistas dijeron que había que condenarlo a cadena perpetua por terrorista de extrema izquierda; cuando en realidad, este hombre que fue el estratega del golpe de Estado que volteó a la dictadura fascista, debía haber sido considerado un héroe nacional. No en vano Saraiva de Carvalho fue homenajeado por Fidel Castro en persona, el 26 de julio de 1975; ocasión en la cual el mandatario cubano consideró al carismático líder militar un héroe de la revolución portuguesa contra el fascismo, el imperialismo y la reacción.

De todos modos, Saravia de Carvalho pasó varios años haciendo rayitas en las paredes de su celda, como quien ha perdido toda esperanza de transformarse en el Fidel Castro portugués y en el protagonista de un proceso histórico que empezó con él y que acabó arrojándolo a la cárcel, como si hubiese sido estrangulado por la misma criatura que él vio nacer. Por suerte, como todo tiene solución en esta vida, gracias a su condición de líder de la revolución del 25 de abril, se formó un amplio movimiento popular en demanda de su indulto, a consecuencia de lo cual se abrevió notoriamente su condena y el presidente Mário Soares le otorgó la amnistía en 1996, aun sabiendo que Saraiva de Carvalho seguiría siendo un puntal de referencia para la izquierda alternativa en Portugal, porque quien nació un día para vocear las aspiraciones populares, voceando muere otro día.