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viernes, 17 de abril de 2026

 

EL TÍO SIN TATUAJES

En el segundo piso de una galería ubicada en la Avenida Antofagasta, de la zona Villa Dolores de La Ceja de la ciudad de El Alto, donde se leían por doquier luminosos letreros destacando la palabra tattoos –y cuyos propietarios, de un modo general, eran jóvenes que ostentaban tatuajes, como ornamentación corporal, en las manos, los brazos y el rostro–, conocí a Freddy, Dark y Dayko Requena, tres amigos con quienes, desde el primer roce personal, me llevé muy bien, quizás porque, a través de la amena charla que sostuvimos, nos dimos cuenta de que coincidíamos en algunos principios básicos de la filosofía práctica de la vida.

En mi primer encuentro con ellos, que se dio de un modo casual, eché un vistazo a la redonda y advertí que el estudio estaba bastante equipado, porque, aparte de cumplir con las normas sanitarias de rigor, contaba con camillas, lámparas, máquinas de tatuar eléctricas, unos para delinear y otras para sombrear, agujas de diversos calibres, cartuchos de tinta en una gama de colores, pigmentos, guantes de tipo quirúrgico, además de materiales esterilizados y de protección.

Mientras conversábamos de temas diversos, me di cuenta que esta forma de arte corporal consistía en inyectar la tinta en la dermis, mediante el uso de maquinitas eléctricas con agujas, que causan un leve sangrado y dolor; una profesión que requiere de paciencia, experiencia y mucha creatividad, debido a que los diseños, plasmados en las piernas, los brazos, la espalda, el torso y el rostro, pueden ir desde la composición de un texto, como una simple rosa de colores encendidos, hasta la compleja réplica de una fotografía, pasando por los tatuajes basados en tintas de colores primarios.

Dayko Requena, que ejercía esta profesión desde hace tiempo, había adquirido experiencia en Argentina, a pesar del estigma social que todavía existe en torno a las personas que portan en el cuerpo tatuajes de diversa índole, ya que esta forma de arte, más allá del sentido estético, es una forma de identificarse con los seres rebeldes, irreverentes con las normas éticas y morales de una sociedad religiosa, conservadora y retrógrada, que los identifica con las subculturas underground, donde estos movimientos artísticos y culturales alternativos viven en situaciones de marginalidad, cargando el peso de los prejuicios desfavorables que los convierten en los outsiders de una colectividad forjada sobre la base de reglas establecidas por los poderes de dominación y los ciudadanos de buen vivir, que asocian los tatuajes con el crimen y la delincuencia.

Con todo, Dayko Requena y sus compañeros corresponden a esa categoría de artistas profesionales que, además de tener un pulso firme para el dibujo, deben grabar imágenes permanentes en la piel utilizando agujas y pigmentos, a partir de diseños propios o a partir de la preferencia del cliente.

Otro detalle que me llamó la atención fue el enorme agujero en el lóbulo de la oreja de donde pendía una joya y ese piercing microdermal en el pómulo de Dayko, ese piercing que, siendo otra forma de arte corporal, refuerza el carácter de su personalidad. Me imagino que esas pequeñas perforaciones realizadas con una cánula especial en partes del rostro le causó un dolor parecido a la picazón de una abeja, para luego ser atravesada por una joya de titanio u oro de 18 quilates.

Mientras conversábamos de ángeles y demonios, de la máscara de diablo que pendía de la pared y la Ñatita rodeada de copas de alcohol, puñados de coca y un cigarrillo entre los dientes, se me ocurrió proponerle la realización de una estatuilla del Tío de la mina, personaje que él conocía desde su infancia, debido a que tanto su padre como sus parientes fueron trabajadores del subsuelo en la población minera de Caracoles. Le dije que hiciera un Tío, pero sin tatuajes en el cuerpo, ni en el rostro, ni en el alma.

Me miró con cierto escepticismo, pensó un instante y aceptó el reto de hacer la estatuilla a cambio de mis libros que despertaron su interés, con solo ver las portadas y leer los títulos: Cuentos de la mina, Conversaciones con el Tío de Potosí, Cuentos violentos y El eco de la conciencia. Le agradecí por su predisposición y le estreché la mano amiga.

No era casual que los libros le llamaran la atención, debido a que Dayko Requena conocía el mundo minero tanto como yo, porque su padre y sus parientes fueron mineros en Caracoles, donde incluso fue asesinado su tío paterno cerca de la bocamina, poco después de la asonada militar, conocida como el narco-golpe de Estado, protagonizada por García Meza y  Arce Gómez, en julio de 1980; ocasión en que las tropas del ejército intervinieron la población minera, dejando muertos, heridos y, sobre todo, viudas y huérfanos sumidos en el dolor y el llanto.   

Después de la amena charla, quedamos en vernos otro día, cuando la estatuilla estuviese terminada. Así ocurrió al cabo de un tiempo. Él me recibió con la amabilidad de siempre y me enseñó su creación al ritmo de la música rap. Apenas vi la estatuilla del Tío de la mina, nacida de las manos y la imaginación de este artista del tatuaje, el dibujo y la escultura, me pareció una excelente obra de arte. Como es natural, me quedé fascinado ante esta maravilla que estaba destinada a formar parte de mi colección personal, donde atesoro a varios Tíos y una Chinasupay, elaborados en distintos materiales y por la fuerza creativa de varios artistas nacionales.

Le agradecí por su generosidad, sin dejar de alagar su talento, que le brotaba a flor de piel. Él no dejaba de sonreír, haciendo más amplia su boca por los tatuajes que, en formas de delgados cordones, le nacían en la comisura de los labios y se perdían detrás de las patillas. Le entregué los libros, como habíamos acordado, y en el libro Conversaciones con el Tío de Potosí, estampé mi autógrafo, con un texto que decía: De un hijo de minero para otro hijo de minero.  

El Tío no tenía tatuajes en el cuerpo ni en la cara, estaba limpió como el pecho de una monja, pero sí tenía el aspecto de diablo, de ese personaje del mundo mágico y mítico de los mineros, de ese Lucifer del Carnaval de Oruro, donde los mitayos de la época de la colonia, en actitud de sumisión y veneración, decidieron disfrazarse de Tío, para rendirle honor y pleitesía, bailando la danza de la diablada en presencia de la Virgen de la Candelaria, la mamita milagrosa del Socavón.

Así comenzó la manifestación cultural de la festividad pagano-religiosa, cuyos usos y costumbres tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo occidental y el paganismo de las civilizaciones ancestrales; una fusión de la imagen del Tío de las entrañas de la tierra y del diablo Occidental, que dio origen a la danza de la diablada, donde se representa la lucha del Bien contra el Mal, entre el arcángel San Miguel y el Lucifer de los infiernos; una danza infernal de tradición minera, en la que convergen lo sagrado y lo profano.

Este Tío de la mina es el amo y señor de los mineros, desde la época de los mitayos de la colonia, quienes, influidos por las creencias católicas de los catequizadores y extirpadores de idolatrías, confundieron al Supay de la cosmovisión andina –a ese ser que habita en las profundidades del Ukhupacha–, con el diablo de la religión católica, cuyo protagonista central es Luzbel, conocido como el ángel rebelde, de cola y cuernos, señor de las tinieblas y tentador del género humano.

Sin embargo, el Tío, según cuentan las diversas leyendas ancestrales, es la encarnación del dios Huari de los Urus, el absoluto dueño de las riquezas minerales y el protector de los trabajadores del subsuelo. El Tío es, en su condición de dios y diablo a la vez, el único e incuestionable soberano de las minas bolivianas.

Antes de llevármelo a casa, y por razones de respeto y tradición ancestral, abrimos las granadas de Singani y ch’allamos en honor a la estatuilla del Tío, encendiéndole un cigarrillo en los labios. En la ch’alla nos acompañó Freddy y la novia de Dayko. Después nos metimos otro trago entre pecho y espalda, para soldar nuestra amistad ante la fulgurante mirada del Tío.

Retorné a casa más feliz que nunca, cargando la estatuilla como una joya preciosa, teniendo el cuidado de no tropezar en el empedrado de la acera ni hacerlo caer en el camino. Lo cargué como a una guagua recién nacida, con todos los cuidados y consideraciones. De modo que de solo tener la estatuilla en mis brazos, me hacía palpitar el corazón con honda satisfacción y me iluminaba la mente con ilusiones de candor y regocijo, porque me sentía como un niño que tenía un nuevo juguetito entre las manos.

viernes, 31 de enero de 2025

MICROTEXTOS VIII

El Tío, amo y mentor          

El Tío, que era mi amo y mentor, me saludó con un beso en la frente y dijo:

–¡Soy yo quien hace que hables o que no hables! ¡Soy yo quien hace que puedas oír o que no oigas nada! ¡Soy yo quien puede hacerte ver o dejarte ciego! ¡Soy yo quien te dicta lo que debes escribir, pues si no te dicto, tú no sabes qué escribir para atrapar la atención de los lectores.

–Ya no quiero que me dictes nada –supliqué enfurecido.

–Si no te dicto, ¿qué escribirás?

–No quiero ser más tu escribano. No quiero escribir nada, nada de nada.

–Si esa es tu voluntad. ¡Jódete, pues, carajo!

Escribano del Tío

–¿Por qué escribo sobre los mineros?

–Porque me da la gana.

–¿Por qué escribo lo que escribo?

–Porque me da la gana.

–¿Y por qué escribo sobre el Tío de la mina?

–Porque soy su escribano. Nada más ni nada menos que su escribano.

Simple esclavo

–¿Por qué me vas a quitar la vida? –preguntó el Tío.

–Porque el escritor decide sobre la vida y la muerte de sus personajes.

El Tío me miró a los ojos con los ojos anegados en lágrimas y exhaló un lastimero suspiro.

Lo miré entero y, como tantas veces que lo tuve entre mis manos, añadí:

–El escritor siempre tiene la última palabra. Él decide cuando darles vida a sus personajes y cuando quitárselas.

 –¡No me jodas con eso! –exclamó el Tío–. Tú no eres mi creador, sino apenas mi escribano. Por lo tanto, yo te diré cuándo debes quitarme la vida, mientras tanto sigue escribiendo sobre mis aventuras y desventuras, porque tú no eres un escritor independiente, sino mi esclavo, nada más que mi simple esclavo…

Es que…

Hace tiempo que no te sientas junto a mí, no compartes un trago conmigo, ni me ch’allas como debe ser.

–Es que…

–Además, me gustaría saber para qué me trajiste a tu casa, sabiendo que soy pájaro de otra jaula.

–Es que…

–¡Devuélveme a la misma mina de donde me sacaste o te arrepentirás de haber nacido, carajo!

–Es que…

–¡Es que…, es que…, es que…! ¡Eso es lo único que sabes balbucear como un opa, carajo! Si esta noche no traes mis golosinas -lo que más me gusta, y guarde que no te estoy pidiendo que me traigas a tu mujer, que también me gusta, sino mis k’uyunas, mis botellas de alcohol de 90 grados y mis hojas de coca-, te joderás para siempre. Dejaré de contarte mis historias y tú dejarás de ser mi escribano…

–Es que…

–Ya sabes, carajo. Si no cumples con las obligaciones que tienes conmigo, haré que te tragues a todos los sapos que tienes en tu colección, que arrojes gusanos por todos los agujeros de tu cuerpo y que tu muñeco no vuelva a pararse más, así tengas a la mujer más bella del mundo delante de tus ojos. ¡Te castigaré sin remordimientos ni contemplaciones, para que aprendas, de una vez y para siempre, quién es tu amo y señor, carajo!

–Es que…

–Deja ya de decir es que, porque me haces doler la cabeza como cuando me hablas de Dios. Ahora date prisa y trae mis golosinas antes de que te borre de un plumazo del mapa.

–Es que…, es que…, es que no sé cómo decirte para que me dejes seguir siendo tu escribano, nada más que tu escribano….

–Para empezar, tienes que terminar de decir es que…

domingo, 10 de noviembre de 2024

EL TÍO DE LA MINA EN MONTREAL

Mi amigo Michel Gladu, canadiense con amores en Bolivia, me contó que mientras paseaba por el Jardín Chino, un día de otoño, disfrutando del espectáculo de La Magia de los Faroles, que cada año tiene lugar en el Jardín Botánico de Montreal, se vio sorprendido por algo que le pareció inusual.

Ya había recorrido por caminos sinuosos, adornados de linternas rojas y ovaladas, ya había atravesado por una montaña artificial, un pequeño lago y un edificio de viviendas con una colección de bonsái y penjing, acompañado por el ritmo del melodioso lamento del erhu y guiado por hermosas mujeres ataviadas con ropas de seda, cuando, de repente, en un retirado recodo del Jardín, tropezó con un árbol en cuyo tronco, que parecía estar siendo devorado por las hormigas, divisó la imagen del Tío de la mina, con el miembro viril erecto y un ojo abierto, como atisbando de sesgo a los visitantes del Jardín Botánico.

Primero pensó que el árbol, de macizo tronco y abundante follaje, adolecía de alguna enfermedad o defectuosidad natural, pero después pensó que lo que tenía ante sus ojos era una verdadera maravilla. Lo contempló por un instante y, como atravesado por un rayo, llegó a su mente la idea de que se trataba de un árbol monstruoso, dentro del cual se escondía el guardián del Jardín, con un aspecto semejante al del Tío de la mina.

Al día siguiente, volvió al lugar y tomó una fotografía desde el ángulo más perfecto y retrató la insólita imagen que parecía no haber advertido ningún otro visitante del Jardín Botánico, debido a que ellos, sin verlo ni saberlo, pasaban y repasaban por ese lugar de apariciones mágicas.

¡Qué raro!, se dijo... ¿Nadie lo ha visto? Quizás, porque la imagen, como tallada en el tronco, solo puede verse desde un ángulo especial, ése que él descubrió la noche de La Magia de los Faroles

Es el Tío, se volvió a decir, sin dudar un solo instante. ¿Y cómo habrá llegado hasta aquí?, se preguntó una y otra vez.

La respuesta es que el Tío está en todas partes sin estar en ninguna. Sólo quienes quieren verlo y conocerlo, tienen la oportunidad de encontrarlo donde menos se lo imaginan, como en el tronco de este árbol que está lejos de las minas de la cordillera andina y tan cerca de la provincia de Quebec, entre el río San Lorenzo y la Rivière des Prairies.

 

martes, 17 de septiembre de 2024

 

CONVERSACIONES CON EL TÍO DE POTOSÍ

El protagonista principal de Conversaciones con el Tío de Potosí es un ser ambivalente entre lo sagrado y lo profano, entre lo celestial y lo infernal, que habita desde tiempos de la colonia en los tenebrosos socavones del Sumaj Orq’o. Es una de las deidades centrales de la cosmovisión andina y un personaje fantástico del mundo minero, donde los mitos y las leyendas se ensamblan de manera extraordinaria con las creencias y tradiciones de las culturas ancestrales.

Los relatos de este libro se fraguaron en una oscura habitación de la ciudad de El Alto, donde entablé amenas conversaciones con la estatuilla del Tío de Potosí, quien, en su condición de ser fabuloso, apareció en el ámbito minero tras el sensacional descubrimiento de los yacimientos de plata en las serranías del altiplano, donde miles de conquistadores se dieron cita con la intención de amasar fortunas. Desde entonces, el pueblo quechua de Kantumarca se convirtió en la Villa Imperial de Potosí y sus riquezas minerales en recursos que llenaron las arcas de la monarquía europea.

En el primer relato, titulado El Tío del Sumaj Orq´o, el autor presenta al personaje central de la obra. Acto seguido, ambos se encierran en un cuarto para intercambiar opiniones de carácter pagano, religioso y científico, como si de veras los diálogos estuviesen estructurados sobre la base de argumentos válidos tanto para los creyentes como para los agnósticos.

Conversaciones con el Tío de Potosí, cuyo personaje principal es el dios y el diablo de la mitología minera, es un volumen compuesto por más de una treintena de relatos en los que se abordan diversos temas inherentes a la condición humana y al sincretismo pagano-religioso vigente en la cultura boliviana. Las conversaciones no están exentas de polémicas discusiones y encendidas arengas, en las que se ventilan tratados filosóficos, la sabiduría popular, los postulados religiosos y, como es natural, una serie de críticas sociales que, con palabras y frases corrosivas, generan sátiras socioculturales del presente y el pasado.

No pocas veces, los diálogos entre el autor y el Tío, que empiezan como una amable conversación, terminan en acaloradas discusiones, que se intensifican con la connotación semántica de las palabras, pero también con los signos paralingüísticos y cinéticos, destacando la intensidad de la voz, los gestos, el estado de ánimo, el movimiento de las manos y la postura del cuerpo. Otras veces, el diálogo espontáneo, improvisado, libre y amistoso, deriva en una suerte de charla, donde los interlocutores desgranan sus ideas y argumentos sin importar las circunstancias, el tiempo ni las controversias en torno a un tema específico.

Desde luego que en Conversaciones con el Tío de Potosí, como en toda obra literaria, se procura recrear el habla de los personajes que forman parte de la narración como si se tratara de un diálogo real, reproduciendo palabras coloquiales, frases comunes, jergas, modismos y giros idiomáticos con la intención de agregarle un valor estético al discurso narrativo. A propósito del tema, es necesario mencionar que las voces provenientes del quechua, aymara y voces propias del lenguaje minero, se precisan en el glosario del libro, sobre todo, para los lectores no locales ni nacionales, que necesitan comprender las expresiones idiomáticas y giros lingüísticos que no están registrados en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. No obstante, para que las conversaciones fluyan de manera natural y sea de fácil comprensión, se ha evitado el excesivo uso de jergas que podían sonar demasiado artificiales y exageradas.

Como en repetidas ocasiones, fascinado por la mitología del Supay y las tradiciones mineras, volví a sumergirme en el contexto mágico del macizo andino, para acercar a los lectores hacia los misterios escondidos en las entrañas de la Pachamama, salvo que esta vez no con historias narradas en el género del cuento ni la novela, sino a través de relatos dialogados que le permitieron al Tío cobrar vida y expresarse con voz propia sobre un abanico de cuestiones que traslucen sus más genuinos pensamientos y sentimientos.

Debo confesarles que, a poco de retornar de Europa, visité una de las minas en el Cerro Rico, que en otrora manaba ingentes cantidades del preciado metal, para conocer el hábitat natural del protagonista de mi obra, consciente de que el Tío, aparte de reunir todos los atributos que requiere un personaje literario, representa el mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre el monoteísmo católico y el politeísmo de las civilizaciones precolombinas.

En Conversaciones con el Tío de Potosí, lejos de reflejar la realidad agobiante de las minas y la tragedia de los mineros, propongo textos contextualizados en un territorio hecho de mitos, leyendas y supersticiones, como si desde un principio hubiese optado por tener una mirada sesgada de la realidad, para luego recrearla y reinventarla, con un desparpajo que pone a prueba la destreza del narrador y la inteligencia del lector.

Cabe anotar que en el libro, cuyas conversaciones son los principales pilares que sostienen la estructura básica de los relatos, se destila una irreverencia inusual y un fino sentido del humor, cargado de una fuerte dosis de transgresiones éticas y morales, sin que por ello los pensamientos dejen de ser embellecidos por la imaginación y enardecidos por el alma de quien, sin más recursos que la honestidad y conocimiento de causa, intenta encandilar la mente incluso de los escépticos acostumbrados a cuestionar la cuasi verosimilitud de las obras construidas sobre los andamios de la realidad y la fantasía.

En Conversaciones con el Tío de Potosí, como en toda obra que nos acerca a los vericuetos de la condición humana, se plantean concepciones filosóficas de la vida cotidiana y se penetra en las manifestaciones subconscientes de los trabajadores del subsuelo, quienes, durante más de quinientos años de colonización, asimilaron las costumbres de los conquistadores ibéricos y conservaron las costumbres de las civilizaciones originarias. No en vano el Tío de la mina, que adquiere protagonismo a lo largo de la obra, se encuentra a medio camino entre la religión católica y las creencias paganas de las comunidades indígenas. Así como el catolicismo predica la doctrina de que el subsuelo está poblado de seres demoníacos, en las culturas originarias se admite también la existencia de seres subterráneos, pero no revestidos con los mismos atributos que los demonios descritos en las páginas bíblicas.

En este libro, como en otros de mi producción literaria, retomé la temática minera, procurando recrearla a partir de las aventuras y desventuras fantásticas de uno de los personajes más emblemáticos de la tradición popular boliviana: el Tío de la mina, celoso guardián de las riquezas minerales, que castiga sin contemplaciones, cuando no se ha cumplido con él. De ahí que los mineros, para no sufrir castigos, accidentes ni muertes, le rinden pleitesía y le conceden ofrendas al entrar y al salir de la mina. Mastican hojas de coca en su presencia y rocían aguardiente en su paraje, donde ellos mismos levantaron su estatuilla de greda y granito, sin ser alfareros ni escultores; más todavía, le concedieron propiedades y facultades que resultan del sincretismo entre las supersticiones de las culturas ancestrales y las creencias judeocristianas impuestas por los conquistadores.

El Tío tiene cuernos como los demonios, ojos redondos, colmillos afilados, orejas largas, pesuñas en manos y pies. Por lo general, está sentado en su trono y su cuerpo monstruoso exhibe uno de los atributos que mejor lo caracteriza: su miembro viril, extremadamente enorme, que en la visión de los mineros, además de ser un elemento de carácter erótico y culto fálico, tiene la función de fecundar a la Pachamama, la diosa andina de la tierra, y abrir los rajos con la misma fuerza con que el barreno de una perforadora penetra en las duras rocas de la montaña.

Conversaciones con el Tío de Potosí es un libro que ofrece conocimientos, entretenimiento y, lo más importante, un paseo literario por los laberintos de un personaje, mitad dios y mitad demonio, que puede moverse por doquier, con la misma maestría y sutileza de quien posee una personalidad omnipotente y poderes mágicos, capaces de envilecer a cualquiera que se deje conducir hacia el interior de la mina, hacia un tétrico submundo, donde los topos humanos explotan las rocas para hacerse de las riquezas minerales que le pertenecen a la Pachamama, al Tío y la Chinasupay, al menos, según las tradiciones de quienes están acostumbrados a rendirles culto a los elementos mágicos y míticos, reales y ficticios, vivos y muertos, de la cosmovisión andina.

En Conversaciones con el Tío de Potosí, este esperpéntico personaje, que habita en el mundo mágico y secreto de los mineros, aparece sentado frente a su interlocutor, dispuesto a deleitar con la versatilidad de su verbo. No deja de sorprender con su sabiduría en cada una de las conversaciones en las que fluyen las ideas y palabras con una enorme carga emocional. Es decir, la magia de la palabra permite que el Tío, a pesar de su aspecto demoniaco y sus poderes sobrenaturales, aparezca retratado desde una perspectiva humana, con sus luces y sus sombras, como si de veras fuera un interlocutor de carne y hueso, y no un personaje mitológico creado por la fuerza y el candor de la invención popular, deslumbrando con la magia de su verbo y sabiduría.

En las conversaciones que componen el libro, donde los diálogos están hilvanados con un lenguaje coloquial, cruzamientos narrativos, contrapunteos e intertextualidades, el lector podrá familiarizase también con las creencias y hábitos de los mineros, en los que destacan el carnaval pagano-religioso y la ch’alla, un ritual de ofrenda y agradecimiento a la Pachamama, la divinidad que entrega los frutos de su vientre a sus hijos terrenales, y al Tío de la mina, protector de las riquezas minerales y amo de los mineros, quienes, sentados alrededor de su trono, le rinden pleitesía ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente, a modo de congraciarse con él, a quien lo veneran tanto como al misericordioso Tata Q’aqcha.

Conversaciones con el Tío de Potosí, además de ser un volumen que enseña y entretiene, es un justo homenaje a la Villa Imperial y al Cerro Rico, donde todavía reina el Tío, haciendo gala de su milenaria existencia y su poder infinito, mientras el afamado cerro, en cuyas faldas se levantaron las primeras casas de la Villa Imperial de Potosí, hoy mira a sus habitantes con un gesto de tristeza y melancolía, como diciéndoles que todo lo que un día empieza siendo grande, otro día termina siendo pequeño, que la riqueza termina en la pobreza y que todo lo que tiene un comienzo está condenado a tener un final.

El Tío, sin lugar a dudas, es uno de los personajes más insólitos en las minas potosinas, donde encontré la veta más rica del imaginario popular, para luego explotarla y usarla como materia prima en la elaboración de mi obra literaria que, analizada desde cualquier punto de vista, no es otra cosa que el rescate de la memoria colectiva y la demostración de que sí existe un realismo fantástico en el ámbito minero, cuya exuberancia se experimenta a través de la simbiosis inherente entre los trabajadores del subsuelo y el protagonista de mi obra, que no solo es una de las deidades mitológicas más significativas de las culturas ancestrales, sino también el dios-diablo recluido en las dantescas galerías de la mina.

El Tío, a estas alturas de mi vida, se ha convertido en un personaje literario que, como reiteré en varias ocasiones, no me deja ya vivir en paz, ni de día ni de noche, exigiéndome que lo universalice, de una vez y para siempre, a través de mis relatos que revelan su potestad en el interior de la mina y su fuero interno hecho de asombro y maravilla. Por eso mismo, volví a retomarlo, con pelos y señales, en Conversaciones con el Tío de Potosí, que, a decir verdad, es una suerte de testimonio de las desgracias y los milagros que definen su existencia en el imaginario popular, donde la ficción y la realidad parecen las dos caras de una misma moneda.

Conversaciones con el Tío de Potosí, sin ser blasfema con las religiones oficiales, es un libro que aborda temáticas que cuestionan las verdades absolutas acuñadas por las Sagradas Escrituras, desde una perspectiva humanista y libre de prejuicios sociales, culturales, raciales y sexuales. Es, en resumidas cuentas, un libro que busca un asidero en la memoria de los lectores deseosos por compartir los diálogos que conforman las páginas de Conversaciones con el Tío de Potosí, cuya fuerza narrativa está sustentada por el estilo del autor y la lucidez verbal de uno de los principales protagonistas de la mitología minera.

miércoles, 21 de agosto de 2024


TÍO MÍO

Este Tío, que parece haber dejado su traje de luces en algún paraje de la mina, no lleva pañoleta en el cuello ni pechera llena de lentejuelas resplandecientes como el sol; tampoco viste pollerín, con una faja llena de monedas tintineantes en la cintura; no usa buzo ceñido a las nalgas y piernas; no lleva una blusa con piedras de fantasía ni hilos plateados de Milán; no lleva guantes rojos con manguetas bordadas en las muñecas ni tiene botas cortas, con espuela en el tacón izquierdo; tampoco lleva una capa con alimañas que forman parte de la iconografía de los mitos ancestrales; no tiene pañoleta bordada en la mano derecha ni una serpiente en la mano izquierda.

Este Tío, con aspecto de diablo, no necesita usar peluca ni lucir alimañas como víboras, sapos, lagartos y hormigas –seres de la mitología de los urus–; tampoco tiene una máscara multicolor confeccionada en hojalata, ni pequeños cuernos de carnero, ni piel de cabra, ni nariz ni caninos de cerdo. Le basta con tener el semblante de ferocidad y espanto, cuernos retorcidos, ojos saltones y orejas de asno, ya que su rostro, así como se contempla en esta estatuilla, parece salido del mismísimo infierno, con un aspecto que, si se lo escruta de cerca, parece una obra de arte; tiene un falo respetable y los labios al borde de pronunciar palabras profanas destinadas a herir, como lanzas con puntas de pedernal, el corazón de los creyentes y guerreros de Dios.

Si bien podemos coincidir en que tiene el aspecto de un auténtico ángel rebelde, también podemos coincidir en que luce una pinta impresionante y que la expresión de sus redondos ojos, brillantes y mirada penetrante, reflejan la vivacidad de su mente y alma, como si su cuerpo fuese el templo de todos los saberes y demonios juntos, dispuestos a salir a la superficie, escabulléndose entre los humanos, quienes lo miran con hondo temor y lo reprochan por haberse rebelado contra el divino poder de las alturas.

Eso sí, debe quedar clarito que este Tío no es la personificación del Mal, tampoco es una fuerza hostil ni destructiva, menos una serpiente venenosa, un dragón de siete cabezas o un dios de magia negra. Es, contrariamente a lo que muchos piensan, la deidad de las culturas ancestrales, el Supay de la cosmovisión andina, el soberano de las profundidades y el dueño de las riquezas minerales.

Si en algunas estatuillas tiene cola, cuernos y patas de cabra, es porque la catequización de los indígenas influyó en el imaginario de las culturas ancestrales que fueron colonizadas por los inquisidores, que impusieron la imagen de Satanás, comparándolo con el Tío, mientras combatían las creencias indígenas calificándolas de idolatrías paganas, que debían ser exterminadas a sangre y fuego, usando la cruz y la espada como las mejores armas más efectivas de la conquista y la catequización.

Los estudiosos de la mitología minera concluyen en que el Tío es una suerte de metamorfosis de Wari, conocido en la tradición oral de los urus como el dios de los camélidos y los habitantes del lago Poopo, que sobrevivieron a los embates de aymaras, quechuas y españoles. Es un dios indígena a quien los mineros, igual que los mitayos de antaño, le ofrendan alimentos líquidos y sólidos, en rituales que no son satánicos, sino actos de veneración para que les conceda vetas ricas en minerales, el principal sustento de las familias mineras.

Ya dijimos, en repetidas ocasiones, que durante la colonia fue confundido con el diablo de la cultura cristiana, que los conquistadores trajeron en sus carabelas junto a la Biblia, los caballos y los cañones. Con la conquista, además de llegar un nuevo idioma al Abya Ayala, llegó también la moral cristiana y una nueva forma de ver las relaciones humanas –según los principios basados en las Sagradas Escrituras–, la misma moral sustentada por los poderes de dominación en la Europa medieval. Desde entonces, toda conducta que atentara contra la fe cristiana fue considerada como un acto inmoral y una amenaza contra los mandatos de la sagrada familia; por ejemplo, toda forma de relación carnal al margen de lo establecido por los jerarcas de la Iglesia no solo era calificada como un acto sacrílego, sino que el acusado era condenado a atroces torturas o a la hoguera por irreverencia y perversión.

Los conquistadores, una vez impuesta la presencia del diablo en las comunidades originarias, con todas sus características de maldad y fealdad, propagaron la leyenda negra de que el Supay o Wari era el mismísimo demonio, generador de vicios y maleficios, y que, por lo tanto, había que combatirlo y destruido a nombre de Dios, para evitar que permaneciera en la mente y el corazón de los nativos, que ofrecían ritos en su honor, sin obedecer las recomendaciones del clero y el virreinato.

Aunque los catequizadores se empeñaron en compararlo con el demonio bíblico, este Tío no tiene la marca de Satanás ni su número de ficha es el seiscientos sesenta y seis (666); tampoco vino al mundo para tentar a nadie, ni develar la hipocresía y doble moral de los falsos profetas, ni evitar que los sabios alcancen la iluminación y destruyan su Ego. Eso sí, a veces, atenido a su sabiduría por causa de su esplendor, pretendía asemejarse al Supremo todo poderoso, procurando milagros en el interior de la mina, en su afán de proporcionarles a los topos humanos los mejores filones del preciado metal.

El Tío, convertido en el Lucifer de la danza de la diablada en el Carnaval boliviano, es un personaje que corresponde al sincretismo religioso entre la tradición católica y el paganismo ancestral, y representa al dios y al diablo que habita en las galerías de la mina, donde los trabajadores le rinden pleitesía, ofrendándole lo que ellos mismos consumen durante la ch´alla y la wilancha, todo para tenerlo risueño y satisfecho, no como manda Dios, sino como manda el mismísimo Tío.

Algunos de los escritores de la narrativa minera –entre los que me encuentro desde siempre– lo han convertido en el personaje de sus poemas, cuentos, relatos y novelas, haciendo gala de los mismos recursos literarios del llamado realismo mágico, que tuvo a sus mejores exponentes en la generación del boom de la literatura latinoamericana de la pasada centuria. Así es como en mis novelas, cuentos y relatos, además de haber incursionado en el campo literario del llamado realismo social, he recreado mitos, leyendas y consejas del mágico mundo de los mineros, quienes, desde los albores de la colonia, empezaron a venerar al Tío, una deidad mitológica, mitad dios y mitad demonio, que reina en los tenebrosos socavones, donde los mineros dejan sus pulmones a cambio de un mísero salario.

Palabras más, palabras menos, lo único cierto e indiscutible es que esta escultura, que ven aquí y ahora, es mi Tío; es decir, mi propio Tío. Lo esculpí con mis manos, como si fuese un escultor sin serlo; más todavía, mientras lo esculpía, tenía la sensación de estar reivindicándolo de la maldad del fanatismo religioso, como si lo estuviese salvando del mismísimo infierno, evitando que las piedras de fuego lo devoraran hasta reducirlo a cenizas. Lo esculpí tal como llegó al mundo, por eso no tiene traje alguno cubriéndole su desnuda humanidad; no tiene un manto de piedras preciosas ni pechera hecha con rubí, topacio, diamante, crisólito, piedra de ónice, jaspe, zafiro, malaquita y esmeralda; algo más, no lleva pendientes labrados en oro ni querubines que engalanen su personalidad. No es bello ni perfecto. Es como lo ven, con la fealdad al límite de la monstruosidad, como si fuese el reflejo de una horrible pesadilla huyendo de la muerte. Es mi Tío, mi propio Tío, y lo quiero como al fiel compañero de mi vida, como se quiere a una mujer sin condiciones ni límites de tiempo.

lunes, 2 de noviembre de 2020

 

LA EVOLUCIÓN

Un nuevo día. El Tío se remeció en su trono, mientras le servía su infaltable trago; bostezó como si no hubiese dormido lo suficiente ni se hubiese soñado con angelitos, me siguió con la mirada, alumbrándome con la luz de sus ojos enrojecidos como brasas y dejó que le complaciera con mis servicios hechos de voluntad y pleitesía.

–Ya que hemos conversado sobre las teorías de la creación –dijo con voz carrasposa–, ahora nos toca conversar sobre otras teorías de la evolución. ¿Qué te parece?

Yo puse la copa llena de alcohol a su alcance, me senté en la silla que estaba cerca de la mesa y, sin muchas ganas de meterme en un tema que me parecía harto complicado, me hice el sueco; o por mejor decir, el del otro viernes, pero el Tío, sin considerar si estaba o no de acuerdo con su propuesta, se metió de cabeza en el tema diciéndome:

–Estuve pensando que el Diablo fue creado el mismo día que Dios creó al hombre.

–¿Cómo así? –pregunté.

–Sí –contestó, echándose el primer sorbo de la copa–. Estuve pensando en que tanto Dios como el Diablo fueron creados por la imaginación del hombre, una creación fantástica que los mismos humanos se encargaron de transmitirla de generación en generación y de boca en boca. Por cuanto ni Dios ni el Diablo existen de manera física, como la Tierra que es materia palpable, sino de una manera inmaterial, como son los sueños y las fantasías, que sólo existen en la mente de los humanos.

–Aunque estoy de acuerdo en que la fantasía humana es capaz de crear incluso lo inimaginable, no creo que el hombre haya creado a Dios y mucho menos al Diablo…

El Tío me pidió, con la lumbre de sus ojos, que le encendiera un cigarrillo. Así lo hice, conociéndolo como cualquier siervo conoce los caprichos y gustos de su amo, aparte de que él no podía beber alcohol si no lo acompañaba con una hebra de tabaco en los labios.  

–La existencia de la materia es objetiva y demostrable, a diferencia de la existencia de Dios, quien sólo vive en la mente de la gente y no en el mundo real.

–Entonces Dios, al ser un producto de la imaginación, no es un ser de carne y hueso como nosotros, ¿verdad?

–¡Correcto! –contestó–. Dios es un ser ideal, imperceptible, inmaterial, impalpable; un personaje intangible, al que no se puede ver, tocar ni oír; es como un alma en pena, a quien, según la imaginación popular, se le siente cerca de nosotros, pero al que no se lo puede ver ni tocar. En este caso, para creer o no en su existencia, más vale la pena repetir el lema: Ver para creer

No sabía si me estaba hablando de los cuentos del más allá, de esos seres que, después de la muerte, retornan al reino de los vivos; pero, como estuvimos hablando de creaciones, imaginaciones y fantasías, le pregunté:

–Y a ti, ¿quién te creó?

Me miró algo extrañado, frunció el ceño y, metiéndose un trago al mismo tiempo que echaba humo por las fosas nasales, me dijo en tono de reproche:

–Tú, ¿qué tienes en la cabeza? ¿Piedras? ¿Barro? Ya te dije repetidas veces que a mí me crearon los mineros a su imagen y semejanza. No soy como Adán ni como Eva, no soy hombre ni mujer, porque puedo transformarme en lo que me da la santísima gana; puedo ser hombre y mujer a la vez, ave o pez, ser terrestre, aéreo o acuático, de acuerdo a las circunstancias, necesidades y peligros que me acechan.

Sus palabras hicieron sentirme como un idiota que no aprende lo que se le enseña; peor aún, como a un tarado que, en lugar de sesos, tiene piedras y barro en la cabeza. Así que, sólo por salir de aprietos, no se me ocurrió otra cosa que cambiar el rumbo de la conversación. 

–Por qué mejor no hablamos de cómo Dios creó la Tierra y sobre todo lo que existe sobre ella –propuse como queriendo salirme por la tangente.

–La Tierra no fue creada por Dios –corrigió taxativo–, sino por las fuerzas naturales asociadas a los quintos infiernos.

–¡¿Cómo?! ¡¿Qué dices?!

–Lo que oíste –replicó el Tío–. La Tierra no fue creada por un ser Supremo, tampoco el sistema solar ni las demás galaxias que existen fuera del sistema solar. El universo surgió aproximadamente hace 14.000 millones de años atrás, a partir de una gran explosión conocida como el Big Bang. Los científicos dicen que no fue un escupitajo más de una estrella enana que, en un tiempo sin tiempo, hizo ¡¡¡Big Bang!!!, esparciendo sus pedacitos en el manto misterioso del universo.

–¡Big Bang! –repetí con gesto enérgico–. ¿Cómo la dinamita que hace Big Bang cuando revienta la roca en la mina?

–El planeta Tierra es apenas un puntito perdido en el espacio infinito. Esto quiere decir que la materia visible, visible solo con un poderoso telescopio, como las estrellas, los planetas, el sol, la luna y los satélites, constituye apenas el cinco por ciento del universo. El otro veinte cinco por ciento es materia nebulosa y el restante setenta por ciento es un infinito abismo de oscuridad y misterio…

–Oscuro como la mina, donde todo es polvo, gases, goteras y silencio… –dije, otra vez con un acento más de ignorante que de inocente.

–Los astrónomos dicen que sólo en la Vía Láctea, en la galaxia que alberga el sistema solar, existen miles de millones de planetas, y no sólo los nueve que a ti te enseñaron en la escuela.

–Sí, pues –le dije–. Yo sólo conocía el nombre de los nueve planetas del sistema solar, como Marte, Júpiter, Plutón… 

El Tío volvió a sorber un trago y a fumar, instante que yo aproveché para preguntarle:

–¿Habrán otros seres vivos u otras formas de vida en los otros planetas?

–Sí –dijo el Tío–, quizás seres que se parecen a mí, pues hay planetas que están hechos de fuego como el infierno. El sol, de hecho, no es un planeta pero sí una bola en llamas, una gigantesca pelota hecha de fuego…No en vano el sol parece un volcán de fuego y lava al mismo tiempo. Da luz y calor con su candente cuerpo. Sin el sol no habría vida en el planeta Tierra.

–Pero en la Biblia se afirma que Dios decidió que solo hubiese vida en el planeta Tierra

–Eso es lo que dice la Biblia, pero las investigaciones científicas afirman lo contrario; por citar un caso, el físico Stephen Hawking, en su famosa obra, Breve historia del tiempo, afirmó que las leyes de la naturaleza pudieron hacer que el universo apareciera de repente sin que nadie lo ayudara y que no hacía falta la presencia de Dios para explicar el origen de todo.

–Eso quiere decir que todo lo narrado en el Génesis es una simple visión teológica y no científica, aunque se diga que la existencia de la Tierra es consecuencia de la acción directa de un único Dios, que intervino incuestionablemente en la creación del mundo y los seres vivos.

–Todo eso dice la Biblia –dijo–, pero hay muchos otros, como los materialistas y ateos, quienes sostienen que Dios no existe y que todo obedece al desarrollo natural de la materia, como son los planetas y los elementos vivos y muertos existentes en el planeta Tierra.

Lo miré con un claro escepticismo dibujado en mi rostro. Entonces el Tío, al ver un enorme signo de interrogación dibujado en mi frente, me disparó una mirada chispeante y dijo:

–¡No me jodas! Tú que eres un aprendiz de los clásicos del marxismo, debías dominar este tema mucho mejor que yo, que sólo leo a los clásicos del infierno. No puedes negar que tú te formaste leyendo los mamotretos de Marx y Engels, dos ateos que negaban la existencia de Dios y que, de pasadita, apuntalaron la teoría de que la religión es el opio de los pueblos.

–Es cierto –dije con absoluta convicción–, los padres del marxismo estaban convencidos de que la religión, más que obedecer a la esencia natural de las cosas, era el producto de la necesidad existencial y la fantasía humana. No en vano el materialismo dialéctico se basa en el conocimiento científico de las cosas y no en la mera superstición, suposición o creencia religiosa.

–No sólo eso –corroboró el Tío–. Los marxistas no creen que Dios fue quien creó el mundo y los seres vivos. Te reitero, Karl Marx decía que la religión era el opio de los pueblos, debido a que los pobres eran quienes más creían en Dios y en las salvaciones de la Divina Providencia. El opio equivale a una droga que anula la voluntad y las facultades intelectuales. Y no me refiero al opio, que es utilizado frecuentemente como analgésico, sino a ese otro opio que adormece la mente de los humanos para consolar a los desposeídos y afligidos, intentando calmar sus sufrimientos, prometiéndoles que, si cumplen con los Diez Mandamientos, en el reino de Dios tendrán todo lo que no tuvieron en la vida terrenal. Su amigo y camarada Friedrich Engels fue más lejos, afirmando que el hombre primitivo, perdido en la naturaleza salvaje, expuesto a los peligros de los fenómenos naturales, creó a Dios por necesidad y no a la inversa.

–¿Cómo es eso? A ver, explícate mejor… ¿Dijiste que el hombre primitivo creó a Dios?

–Así es –repuso el Tío–. El hombre primitivo necesitaba la protección de un ser Supremo, como el niño necesita de la protección de los mayores, atemorizado ante los fenómenos físicos y naturales, como son los truenos o los rayos, que no siempre han sido comprendidos por el hombre primitivo, quien incluso consideraba que el sol y la luna eran dioses a los que había que ofrendarles sacrificios y rendirles pleitesía. Ante la realidad incomprensible, el hombre primitivo se vio obligado a creer en su imaginación a un ser Supremo, que tuviera bajo su dominio todos estos fenómenos naturales que estaban lejos de la mano del hombrecito perdido en los laberintos de una suerte de selva peligrosa e impenetrable…

–¿Entonces Dios no tuvo nada que ver con la creación del mundo ni con la existencia de los seres vivos? –pregunté.

–Por supuesto que no, no y no –contestó–. Algunos hombres de ciencia, como los Premio Nobel de Física del año 2019, los suizos Michel Mayor y Didier Qualoz, pensaban igual que Stephen Hawking, quien sostuvo que para crear el universo no fue necesario un ser Supremo. Ellos niegan la presencia de Dios en la formación de la Tierra y el universo. Y, por si se enojaran los creyentes más fanáticos, aclararon que Dios es para las creencias y el corazón, pero que no tuvo nada que ver en la formación de los seres vivos ni de la vida. Ellos sostuvieron la teoría de que la vida surgió a través de un proceso natural, en el cual no encajan los relatos bíblicos sobre Adán y Eva, la manzana, la serpiente y el pecado.

–Si bien es cierto que no hay pruebas científicas de lo que se dice en la Biblia, es también cierto que la mayoría de la población mundial cree en la teoría de que el hombre fue creado por un ser Supremo- ¿Es verdad o no?

–Es verdad que siempre hubieron y habrán personas que, independientemente de lo que digan los físicos o científicos en torno al mundo y el universo, creerán en la existencia de un ser Supremo, como los mineros creen en mi existencia y me tienen en su corazón y su mente. Por lo tanto, los conocimientos científicos no cambian la conciencia de las personas, como la fe religiosa que es la filosofía de Dios sobre la faz de la Tierra.

–Pero, ¿No todo está dicho, verdad?

–Lo cierto es que siguen esperándose nuevas investigaciones que echen más luces sobre la  existencia humana en nuestro planeta. De todos modos, de una cosa debemos estar seguros: las ideas se forman con el tiempo, como las ramas se forman con el tiempo del tronco de un árbol o como las ranas se forman con el tiempo de los renacuajos.

–En la historia de la humanidad, siempre resultó más fácil hablar de la creación del hombre por un ser Supremo, que de las teorías evolucionistas que sostienen la concepción de que los humanos son el producto de un largo proceso de evolución y selección natural de las especies.

–Quizás porque esa teoría, la denominada evolucionista, desde el instante en que afirma que el hombre no fue creado por un ser Supremo, sino que surgió por evolución a partir de seres inferiores, permite que nos realicemos una serie de preguntas como: ¿Cuándo?, ¿Cómo?, ¿dónde?...

–Debo aclararte que esas preguntas han sido ya respondidas por Charles Darwin y sus seguidores.

–¡Ah, sí! –exclamé algo confundido–. Sería genial que me expliques, de manera clara y concisa, ¿en qué consiste la teoría de la evolución?  

–La teoría de la evolución nos ayuda a comprender el mundo y sus asuntos mejor que en el pasado histórico –dijo el Tío–. No sólo es profundamente convincente, sino que está sustentada en abundantes pruebas, que son cada vez más crecientes, sólidamente conectadas y fácilmente disponibles en museos, enciclopedias, libros de texto y en un cúmulo de estudios científicos evaluados por expertos.

Yo estaba con un cúmulo de dudas girándome en la cabeza. Ya no sabía, a ciencia cierta, si el hombre existía por creación, como dice la Biblia, o por evolución, que se dio durante millones de años, desde que los seres vivos se desarrollaron a partir del CHON -carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno-, primero en el agua y luego en el la superficie terrestre.

El Tío se echó otro trago, fumó y dijo:  

–Entonces seguimos con la teoría evolucionista de Charles Darwin, ¿si o…?

–¿Darwin? –dije, dejando al descubierto mi universal ignorancia–. ¿Y quién era ese tal Darwin.

–Charles Darwin era un científico inglés del siglo XVIII. Sus teorías se propagaron junto a la revolución industrial, en una época en la que se abrieron nuevas perspectivas para la ciencia y la tecnología. La ciencia estudia los fenómenos naturales y sociales, las compara y relaciona con otras ciencias. Después elabora leyes para explicarlos y la sociedad se apropia de esos conocimientos. Sin embargo, te aclaro que no por esta lógica, la ciencia se ocupará de hacer arder las iglesias.

–No te pregunté en qué momento se propagaron sus teorías, sino quién era Darwin como persona…

–¡Ah! –exclamó el Tío, haciéndose el despistado. Pero luego de un rato, volvió a retomar el carril de la conversación–: Dicen que era un tipo tímido y meticuloso, un terrateniente adinerado y con amigos cercanos, que tenía diez hijos en la misma mujer que, además de ser su prima hermana, era la columna vertebral de la economía familiar, gracias a las herencias que a ella le dejaron sus padres. Estudió teología, con la intención de convertirse en clérigo, antes de descubrir su verdadera vocación de científico, y que se dedicó 22 años, en secreto, a reunir pruebas para desarrollar sus argumentos, a favor y en contra de sus teorías, antes de ponerse a escribir su mamotreto. No quería tener notoriedad sin tener fundamentos sólidos. A estas alturas de la historia, nadie o casi nadie cuestiona su correcta apreciación acerca del origen de la adaptación, complejidad y diversidad entre las criaturas vivientes en el planea Tierra. Sus teorías son la piedra angular de la biología moderna y su obra se constituye en el cimiento sobre el cual descansa dicha teoría que, a pesar de los peros que le pusieron los religiosos de toda laya, develó el misterio de los misterios: ¿De dónde vienen los seres vivos? Si vienen por creación o evolución.

Yo estaba cada vez más confundido e inseguro. No sabía si lo que me decía el Tío era evidente o, como tantas veces, una más de sus invenciones como invenciones eran los cuentos de mi modesta obra literaria.

–Si tú eres escéptico por naturaleza y desconoces la terminología de la ciencia e ignoras las abundantes pruebas, dirás que los aportes de Darwin son tan sólo teorías, puras teorías, ¿no es así? Dirás que la formación de las plataformas continentales es una teoría. Y que la existencia, estructura y dinámica de los átomos, son teorías atómicas. Incluso dirás que la electricidad es una construcción teórica, que involucra electrones, diminutas unidades de materia cargada que nadie ha visto nunca. Dirás que todos los avances científicos son puras teorías, ¿sí o no?

Dudé un instante y contesté:

–Si tú mismo dices que los aportes de Darwin son teorías sobre la evolución de la especies, entonces lo que está escrito en la Biblia son también teorías, ¿verdad?

–Las teorías bíblicas son más viejas que Adán y Eva, de quienes se dice que pecaron por comer el fruto prohibido del árbol de la sabiduría, que Dios hizo brotar del suelo en medio del Jardín del Edén. Esas teorías bíblicas, más que teorías, son creencias, puras creencias, sin ningún fundamento ni bases científicas. Son teorías que no pueden demostrarse a través de la observación y experimentación, como las teorías de Darwin que, más que ser simples teorías, son verídicas y científicas, que se pueden mostrar y demostrar; algo que no se puede hacer con la creencia sobre la existencia de Dios, a quien nunca se lo ha visto ni a luz ni a sombra.   

–¿Y cómo puedes estar seguro que las teorías de Darwin son irrefutables?

–Las teorías de Darwin pueden demostrarse con pruebas y hechos concretos. Algo que no es posible hacer con las teorías bíblicas sobre la creación del mundo y los seres vivos.

–¿Eso quiere decir que Darwin tenía pruebas contundentes para demostrar las teorías basadas en sus investigaciones?

–Así es–. Darwin tenía muchas pruebas después de haber visitado las Islas Galápagos, a bordo del buque de investigación Beagle. Las Galápagos, en las costas del Ecuador, fue su laboratorio durante cinco años de obsesivo trabajo para acumular los materiales necesarios para estructurar la piedra angular de su teoría sobre la evolución. Por ejemplo, reunió una variedad de pájaros y los clasificó de acuerdo a sus peculiaridades, convencido de que lo determinante en la forma de un animal son los aspectos genéticos y no el medio ambiente en el cual vive; es decir, los genes hacen que todos seamos diferentes, como las huellas digitales de nuestras manos. Realizó más viajes de investigación a países como Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, donde también observó a otras criaturas naturales y reunió abundantes materiales, confirmando así sus teorías sobre la evolución de las especies.

Yo me quedé confundido, sin preguntas ni respuestas; o por mejor decir, con más preguntas que respuestas, pero no le dije nada y dejé que el Tío siguiera con su cotorra:

–Cuando Darwin retornó a su casa, además de una enorme colección de insectos y aves –dijo con aire más de sobrador que de sabelotodo–, tenía unas 300 páginas escritas de paleontología, biología, arqueología; un material que, empero, no fue suficiente. Por eso siguió paseándose por el jardín de su casa, pensando y tomando apuntes sobre la evolución de las especies, hasta que en 1859 publicó un resumen del enorme volumen en el que había trabajado durante años en torno a sus teorías sobre la evolución de las especies mediante la selección natural.

–¿Y por qué no publicó el libro completo y por qué no antes de 1859?

–Por respeto a su esposa que era religiosa, cristiana confesa, y por temor a que los religiosos lo criticaran y acusaran de haber escrito el Evangelio del Diablo. No obstante, On the Origin of Species by Means of Natural Selection (El origen de las especies por medio de la selección natural), a pesar de su elevado precio y sus 490 páginas, fue todo un bestseller para su época. La primera edición se agotó el mismo día que apareció, el 24 de noviembre de 1859, a diferencia de tus libritos, que se venden como cuenta gotas, por no decir que se vende un ejemplar cada vez que se muere un Papa. 

–Supongo que sus oponentes, entre ellos los cristianos, lo criticaron por el contenido de su obra, ¿verdad?

–Por supuesto que sí –dijo mirándome fijamente–. Las críticas y los improperios no se dejaron esperar. Ni bien se leyó el libro en los círculos eclesiásticos, se desató un torbellino de protestas. Lo tildaron de impostor y ateo. Las manifestaciones de protesta provenían de diversas partes, incluso de personas que no entendían el contenido de la obra y de otras que ni siquiera la habían leído, pero que se oponían con mucha vehemencia a la difusión del libro.

–¿Y cómo reaccionó Darwin?

–Estaba claro que sus teorías desafiaban las creencias religiosas convencionales. Así que, sobreponiéndose incluso a las creencias cristianas de su esposa, que fue su primera crítica, renunció discretamente a la religión durante su edad madura, hasta que más tarde se describió como agnóstico, poniendo en duda la existencia de un único Dios, pero seguía creyendo en una deidad distante e impersonal de algún tipo, una entidad mayor que había puesto en movimiento al universo y sus leyes, pero convencido de que en la Tierra todo se generó por evolución y no por obra y gracia de un ser Supremo como se sostiene en la Biblia.

Me quedé callado, bajé la mirada y sentí una sensación extraña como cuando yo me veía acorralado por mis críticos más biliosos. No hubiera querido estar en los zapatos de Darwin, ya que en su época sería más difícil enfrentarse a una poderosa institución como eran la Iglesia Católica y la Iglesia Protestante.

–Los padres de la Iglesia lo criticaron hasta el cansancio –manifestó el Tío–. Igual o peor que cuando los prelados de la Santa Inquisición condenaron a Nicolás Copérnico y Galileo Galilei por haber afirmado que la Tierra no era el centro del universo y que todos los planetas giraban alrededor del sol y no de la Tierra.

Yo me quedé sorprendido de sólo escuchar los nombres de esos dos señores, cuyos nombres, descocidos hasta ese día para mí, el Tío pronunció en la lengua original de cada uno de ellos. Del primero con acento polaco y del segundo con acento italiano. 

–¿Y qué tiene que ver Nicolás Copérnico con el tema que nos ocupa?

–Copérnico fue un monje y astrónomo polaco, el científico más importante del Renacimiento, quien desmintió que el centro del universo era la Tierra y que todos los planetas giraban alrededor del sol, desde Mercurio hasta Saturno. En ese entonces no se conocían todavía Urano ni Neptuno y mucho menos el resto de los planetas del sistema solar. Copérnico confirmó la teoría de que el sol permanecía fijo, mientras que la Tierra tenía tres movimientos distintos: el movimiento de rotación, traslación y declinación. Por tanto, a diferencia de lo que pensaban los padres de la Iglesia, la Tierra no era el centro del universo y que todos los planetas giraban alrededor del sol y no alrededor de la Tierra.

–¿Y qué dijo Galileo Galilei para que lo jodan?

–Galilei fue otro astrónomo, filósofo y físico italiano, que pasó a la historia como el padre de la astronomía moderna, padre de la física moderna y padre de la ciencia. Él dijo, como contraviniendo los preceptos de los clérigos, que los cuerpos celestes del universo giraban alrededor del sol; un avance científico que lo llevó a ser condenado por las Santa Inquisición, acusado de que los resultados de sus investigaciones eran productos de la herejía, debido a que desmentían que Dios hubiese sido el creador del mundo y el universo.

Yo pensé un instante. Estaba algo apabullado con tanta información. No sé si como la Tierra que gira alrededor del sol o al revés, pero eso sí, estaba como un astronauta extraviado en el espacio infinito del universo. El Tío me miró con el ceño fruncido y, como toda vez que me veía con la cara de yo no sé, preguntó:

–¿Estás aprendiendo los conocimientos científicos, como aprendiste los disparates que te enseñaron en la escuela y la iglesia?

–Sí –le contesté sólo para evitar más preguntas. Pero, optando por una salida más fácil, añadí–: ¿Estos hombres de ciencia eran creyentes o ateos?

–Eran creyentes confesos –respondió–, pero sus investigaciones los indujeron a contradecir lo que creían los creyentes de su época. Rompieron con las normas establecidas por la religión, como al chofer rompe con las normas de tránsito al conducir en contra ruta; más todavía, los conocimientos científicos iluminaron las conciencias contra el oscurantismo religioso que, en algunos episodios de la historia humana, cometió estragos a nombre de Dios, como ocurrió en la Europa medieval, donde se desató la furia religiosa contra quienes no abogaban a favor de la Fe Católica.

Me quedé acorralado por un montón de dudas y, al cabo de un instante de cavilación, volví a preguntar:

–Si todo evolucionó durante miles y millones de años, ¿entonces los seres humanos teníamos otras formas en el pasado, verdad? Me imagino que hasta los mares y las montañas tenían otras formas, ¿verdad? De ser así, ¿entonces por qué el hombre y la mujer siguen teniendo la misma forma desde el día en que fueron creados por Dios, como si no hubiesen cambiado absolutamente en nada? 

–Eso es lo que se creía antes. Como se describe en el Génesis, Adán y Eva fueron creados casi perfectos, erguidos como los hombres y las mujeres de hoy, dotados de un lenguaje comprensible y sin pelos en el cuerpo. Hasta bien entrado el siglo XVIII, la Tierra y sus formas orogénicas, para los creyentes, eran fijas y eternas como las creó Dios. ¡Nada más equivocado! Lo cierto es que las teorías evolutivas de Darwin nos enseñan que la vida es el resultado de un proceso evolutivo surgido por mecanismos naturales, demostrables y lógicos. El desarrollo de la geología primero y el de la paleontología después provocaron un profundo cambio en las creencias religiosas. Se descubrió que en los lugares en los que hay cordilleras, hubo mares en el pasado. Estos hechos demuestran que en la prehistoria, la forma de la Tierra y el reparto de mares y continentes, cordilleras y llanuras fueron completamente diferentes a los que tenemos actualmente, incluso las zonas climáticas estuvieron distribuidas de otro modo. ¡¿Qué te parece esa evidencia científica, eh?! ¡Qué te parece, cholito!

–Por eso lo criticaron a Darwin, ¿verdad? Por haber dicho que el hombre evolucionó desde su condición de primate.

–Esa su osada afirmación lo convirtió en víctima de ataques, burlas y mofas desde todos los flancos habidos y por haber. La mayoría de las críticas eran lanzadas desde la perspectiva teológica y nada científica. Algunos le dedicaron incluso caricaturas con aspecto de orangután o chimpancé, que, desde luego, no le quedaba nada mal; es más, a los caricaturistas no les hacía falta incluirle pelos en la cara, ya que Darwin lucía una barba parecida a la de un primate….  

–Pero nosotros no descendemos de los primates, ¿verdad? No somos parientes cercanos del mono, ¿verdad? –le dije dubitativo y mirándome de arriba abajo.

–¡Ja, ja, ja…! –estalló en una vibrante carcajada–. Cómo no aceptar, algunos no sólo se comportan como monos, sino que se parecen y hasta tienen el cuerpo cubierto de pelos, como tú tienen pelos en la cara, el pecho, las axilas y el pubis. Otra cosita más, ¿por qué siempre dices: verdad, verdad, verdad..., todo el maldito rato? ¡No puedes inventarte otra palabra! –dijo visiblemente molesto–. Además, tú sabes que una verdad absoluta no existe, habida cuenta de que todo es relativo, como ya lo explicó Albert Einstein, el padre de la ley de la relatividad

Lo miré desconcertado al notar que sus carcajadas estaban acompañadas de críticas sarcásticas contra mi palabra, siempre entre signos de interrogación: ¿verdad?, ¿verdad?

–Otra cosa que no aceptaron sus críticos fue el hecho fáctico de que todo es dialéctico y que nada es estático.

–¿Eso quiere decir que todo ha evolucionado desde que el mundo es mundo?

–Eso es lo que te estoy diciendo todo el tiempo. Todo ha cambiado y seguirá cambiando. El único que no ha cambiado a lo largo de la historia del planeta y la humanidad he sido yo, porque sigo siendo el mismo Diablo de siempre –dijo sonriéndose de sí mismo. Sorbió el último trago de la copa, aplastó la colilla del cigarrillo en las pezuñas de su mano y añadió–: Esito sería por ahora. Otro día seguiremos con otras teorías que tienen que ver con el mundo, el universo y la existencia de los seres vivos sobre la faz de la Tierra….

–Está bien –acepté, con un montón de ideas girándome como un carrusel en la cabeza.

El Tío cerró los ojos y se quedó callado. Me levanté de la silla y dirigí mis pasos hacia la puerta, pero sin dejar de pensar en que, como muchas otras veces antes, mi conversación sobre la evolución del mundo, la existencia de los seres vivos y el desarrollo del universo en general, fue otra de mis conversaciones; o por mejor decir, otra de mis batallas perdidas contra el Tío, quien parecía más sabio que todos los físicos y filósofos juntos. Y, como era de suponer, de esas sesudas discusiones el que no salía dormido, al menos salía más jodido y confundido. Con todo, algo estaba más claro que el agua: el Tío sabía de todo, y no poco sino mucho, más por viejo que por Diablo.