viernes, 8 de mayo de 2026
viernes, 17 de abril de 2026
EL
TÍO SIN TATUAJES
En
el segundo piso de una galería ubicada en la Avenida Antofagasta, de la zona
Villa Dolores de La Ceja de la ciudad de El Alto, donde se leían por doquier
luminosos letreros destacando la palabra tattoos
–y cuyos propietarios, de un modo general, eran jóvenes que ostentaban
tatuajes, como ornamentación corporal, en las manos, los brazos y el rostro–,
conocí a Freddy, Dark y Dayko Requena, tres amigos con quienes, desde el primer
roce personal, me llevé muy bien, quizás porque, a través de la amena charla
que sostuvimos, nos dimos cuenta de que coincidíamos en algunos principios básicos
de la filosofía práctica de la vida.
En
mi primer encuentro con ellos, que se dio de un modo casual, eché un vistazo a
la redonda y advertí que el estudio estaba bastante equipado, porque, aparte de
cumplir con las normas sanitarias de rigor, contaba con camillas, lámparas,
máquinas de tatuar eléctricas, unos para delinear y otras para sombrear, agujas
de diversos calibres, cartuchos de tinta en una gama de colores, pigmentos,
guantes de tipo quirúrgico, además de materiales esterilizados y de protección.
Mientras
conversábamos de temas diversos, me di cuenta que esta forma de arte corporal
consistía en inyectar la tinta en la dermis, mediante el uso de maquinitas
eléctricas con agujas, que causan un leve sangrado y dolor; una profesión que
requiere de paciencia, experiencia y mucha creatividad, debido a que los
diseños, plasmados en las piernas, los brazos, la espalda, el torso y el
rostro, pueden ir desde la composición de un texto, como una simple rosa de
colores encendidos, hasta la compleja réplica de una fotografía, pasando por
los tatuajes basados en tintas de colores primarios.
Dayko
Requena, que ejercía esta profesión desde hace tiempo, había adquirido
experiencia en Argentina, a pesar del estigma social que todavía existe en
torno a las personas que portan en el cuerpo tatuajes de diversa índole, ya que
esta forma de arte, más allá del sentido estético, es una forma de identificarse
con los seres rebeldes, irreverentes con las normas éticas y morales de una
sociedad religiosa, conservadora y retrógrada, que los identifica con las
subculturas underground, donde estos
movimientos artísticos y culturales alternativos viven en situaciones de
marginalidad, cargando el peso de los prejuicios desfavorables que los
convierten en los outsiders de una
colectividad forjada sobre la base de reglas establecidas por los poderes de
dominación y los ciudadanos de buen vivir,
que asocian los tatuajes con el crimen y la delincuencia.
Con
todo, Dayko Requena y sus compañeros corresponden a esa categoría de artistas
profesionales que, además de tener un pulso firme para el dibujo, deben grabar
imágenes permanentes en la piel utilizando agujas y pigmentos, a partir de
diseños propios o a partir de la preferencia del cliente.
Otro
detalle que me llamó la atención fue el enorme agujero en el lóbulo de la oreja
de donde pendía una joya y ese piercing
microdermal en el pómulo de Dayko, ese piercing
que, siendo otra forma de arte corporal, refuerza el carácter de su
personalidad. Me imagino que esas pequeñas perforaciones realizadas con una
cánula especial en partes del rostro le causó un dolor parecido a la picazón de
una abeja, para luego ser atravesada por una joya de titanio u oro de 18
quilates.
Mientras
conversábamos de ángeles y demonios, de la máscara de diablo que pendía de la
pared y la Ñatita rodeada de copas de
alcohol, puñados de coca y un cigarrillo entre los dientes, se me ocurrió
proponerle la realización de una estatuilla del Tío de la mina, personaje que
él conocía desde su infancia, debido a que tanto su padre como sus parientes
fueron trabajadores del subsuelo en la población minera de Caracoles. Le dije
que hiciera un Tío, pero sin tatuajes en el cuerpo, ni en el rostro, ni en el
alma.
Me
miró con cierto escepticismo, pensó un instante y aceptó el reto de hacer la
estatuilla a cambio de mis libros que despertaron su interés, con solo ver las
portadas y leer los títulos: Cuentos de
la mina, Conversaciones con el Tío de
Potosí, Cuentos violentos y El eco de la conciencia. Le agradecí por
su predisposición y le estreché la mano amiga.
No
era casual que los libros le llamaran la atención, debido a que Dayko Requena conocía
el mundo minero tanto como yo, porque su padre y sus parientes fueron mineros
en Caracoles, donde incluso fue asesinado su tío paterno cerca de la bocamina,
poco después de la asonada militar, conocida como el narco-golpe de Estado,
protagonizada por García Meza y Arce Gómez,
en julio de 1980; ocasión en que las tropas del ejército intervinieron la
población minera, dejando muertos, heridos y, sobre todo, viudas y huérfanos
sumidos en el dolor y el llanto.
Después
de la amena charla, quedamos en vernos otro día, cuando la estatuilla estuviese
terminada. Así ocurrió al cabo de un tiempo. Él me recibió con la amabilidad de
siempre y me enseñó su creación al ritmo de la música rap. Apenas vi la
estatuilla del Tío de la mina, nacida de las manos y la imaginación de este artista
del tatuaje, el dibujo y la escultura, me pareció una excelente obra de arte.
Como es natural, me quedé fascinado ante esta maravilla que estaba destinada a
formar parte de mi colección personal, donde atesoro a varios Tíos y una
Chinasupay, elaborados en distintos materiales y por la fuerza creativa de
varios artistas nacionales.
Le
agradecí por su generosidad, sin dejar de alagar su talento, que le brotaba a
flor de piel. Él no dejaba de sonreír, haciendo más amplia su boca por los
tatuajes que, en formas de delgados cordones, le nacían en la comisura de los
labios y se perdían detrás de las patillas. Le entregué los libros, como habíamos
acordado, y en el libro Conversaciones
con el Tío de Potosí, estampé mi autógrafo, con un texto que decía: De un hijo de minero para otro hijo de
minero.
El
Tío no tenía tatuajes en el cuerpo ni en la cara, estaba limpió como el pecho
de una monja, pero sí tenía el aspecto de diablo, de ese personaje del mundo
mágico y mítico de los mineros, de ese Lucifer del Carnaval de Oruro, donde los
mitayos de la época de la colonia, en
actitud de sumisión y veneración, decidieron disfrazarse de Tío, para rendirle honor y pleitesía,
bailando la danza de la diablada en presencia de la Virgen de la Candelaria, la
mamita milagrosa del Socavón.
Así
comenzó la manifestación cultural de la festividad pagano-religiosa, cuyos usos
y costumbres tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo
occidental y el paganismo de las civilizaciones ancestrales; una fusión de la imagen
del Tío de las entrañas de la tierra y del diablo Occidental, que dio origen a
la danza de la diablada, donde se representa la lucha del Bien contra el Mal,
entre el arcángel San Miguel y el Lucifer de los infiernos; una danza infernal
de tradición minera, en la que convergen lo sagrado y lo profano.
Este
Tío de la mina es el amo y señor de los mineros, desde la época de los mitayos de la colonia, quienes,
influidos por las creencias católicas de los catequizadores y extirpadores de
idolatrías, confundieron al Supay de
la cosmovisión andina –a ese ser que habita en las profundidades del Ukhupacha–, con el diablo de la religión
católica, cuyo protagonista central es Luzbel, conocido como el ángel rebelde,
de cola y cuernos, señor de las tinieblas y tentador del género humano.
Sin
embargo, el Tío, según cuentan las diversas leyendas ancestrales, es la
encarnación del dios Huari de los Urus, el absoluto dueño de las riquezas
minerales y el protector de los trabajadores del subsuelo. El Tío es, en su
condición de dios y diablo a la vez, el único e incuestionable soberano de las
minas bolivianas.
Antes
de llevármelo a casa, y por razones de respeto y tradición ancestral, abrimos
las granadas de Singani y ch’allamos
en honor a la estatuilla del Tío, encendiéndole un cigarrillo en los labios.
En la ch’alla nos acompañó Freddy y
la novia de Dayko. Después nos metimos otro trago entre pecho y espalda, para
soldar nuestra amistad ante la fulgurante mirada del Tío.
Retorné a casa más feliz que nunca, cargando la estatuilla como una joya preciosa, teniendo el cuidado de no tropezar en el empedrado de la acera ni hacerlo caer en el camino. Lo cargué como a una guagua recién nacida, con todos los cuidados y consideraciones. De modo que de solo tener la estatuilla en mis brazos, me hacía palpitar el corazón con honda satisfacción y me iluminaba la mente con ilusiones de candor y regocijo, porque me sentía como un niño que tenía un nuevo juguetito entre las manos.
viernes, 31 de enero de 2025
MICROTEXTOS VIII
El Tío, amo y mentor
El Tío, que era mi amo y mentor, me saludó con un beso en la
frente y dijo:
–¡Soy yo quien hace que hables o que no hables! ¡Soy yo quien hace
que puedas oír o que no oigas nada! ¡Soy yo quien puede hacerte ver o dejarte
ciego! ¡Soy yo quien te dicta lo que debes escribir, pues si no te dicto, tú no
sabes qué escribir para atrapar la atención de los lectores.
–Ya no quiero que me dictes nada –supliqué enfurecido.
–Si no te dicto, ¿qué escribirás?
–No quiero ser más tu escribano. No quiero escribir nada, nada de
nada.
–Si esa es tu voluntad. ¡Jódete, pues, carajo!
Escribano del Tío
–¿Por qué escribo sobre los mineros?
–Porque me da la gana.
–¿Por qué escribo lo que escribo?
–Porque me da la gana.
–¿Y por qué escribo sobre el Tío de la mina?
–Porque soy su escribano. Nada más ni nada menos que su escribano.
Simple esclavo
–¿Por qué me vas a quitar la vida? –preguntó el Tío.
–Porque el escritor decide sobre la vida y la muerte de sus
personajes.
El Tío me miró a los ojos con los ojos anegados en lágrimas y
exhaló un lastimero suspiro.
Lo miré entero y, como tantas veces que lo tuve entre mis manos,
añadí:
–El escritor siempre tiene la última palabra. Él decide cuando
darles vida a sus personajes y cuando quitárselas.
–¡No me jodas con eso!
–exclamó el Tío–. Tú no eres mi creador, sino apenas mi escribano. Por lo
tanto, yo te diré cuándo debes quitarme la vida, mientras tanto sigue
escribiendo sobre mis aventuras y desventuras, porque tú no eres un escritor
independiente, sino mi esclavo, nada más que mi simple esclavo…
Es que…
Hace tiempo que no te sientas junto a mí, no compartes un
trago conmigo, ni me ch’allas como
debe ser.
–Es que…
–Además, me gustaría saber para qué me trajiste a tu casa,
sabiendo que soy pájaro de otra jaula.
–Es que…
–¡Devuélveme a la misma mina de donde me sacaste o te arrepentirás
de haber nacido, carajo!
–Es que…
–¡Es que…, es que…, es que…! ¡Eso es lo único que sabes
balbucear como un opa, carajo! Si esta noche no traes mis golosinas -lo que más
me gusta, y guarde que no te estoy pidiendo que me traigas a tu mujer, que
también me gusta, sino mis k’uyunas,
mis botellas de alcohol de 90 grados y mis hojas de coca-, te joderás para
siempre. Dejaré de contarte mis historias y tú dejarás de ser mi escribano…
–Es que…
–Ya sabes, carajo. Si no cumples con las obligaciones que
tienes conmigo, haré que te tragues a todos los sapos que tienes en tu
colección, que arrojes gusanos por todos los agujeros de tu cuerpo y que tu
muñeco no vuelva a pararse más, así tengas a la mujer más bella del mundo
delante de tus ojos. ¡Te castigaré sin remordimientos ni contemplaciones, para
que aprendas, de una vez y para siempre, quién es tu amo y señor, carajo!
–Es que…
–Deja ya de decir es
que, porque me haces doler la cabeza como cuando me hablas de Dios. Ahora
date prisa y trae mis golosinas antes de que te borre de un plumazo del mapa.
–Es que…, es que…, es que no sé cómo decirte para que me
dejes seguir siendo tu escribano, nada más que tu escribano….
–Para empezar, tienes que terminar de decir es que…
domingo, 10 de noviembre de 2024
EL TÍO DE LA MINA EN MONTREAL
Mi amigo Michel Gladu, canadiense con amores en Bolivia,
me contó que mientras paseaba por el Jardín Chino, un día de otoño, disfrutando
del espectáculo de La Magia de los
Faroles, que cada año tiene lugar en el Jardín Botánico de Montreal, se vio
sorprendido por algo que le pareció inusual.
Ya había recorrido por caminos sinuosos, adornados de
linternas rojas y ovaladas, ya había atravesado por una montaña artificial, un
pequeño lago y un edificio de viviendas con una colección de bonsái y penjing,
acompañado por el ritmo del melodioso lamento del erhu y guiado por hermosas
mujeres ataviadas con ropas de seda, cuando, de repente, en un retirado recodo
del Jardín, tropezó con un árbol en cuyo tronco, que parecía estar siendo
devorado por las hormigas, divisó la imagen del Tío de la mina, con el miembro
viril erecto y un ojo abierto, como atisbando de sesgo a los visitantes del
Jardín Botánico.
Primero pensó que el árbol, de macizo tronco y abundante
follaje, adolecía de alguna enfermedad o defectuosidad natural, pero después
pensó que lo que tenía ante sus ojos era una verdadera maravilla. Lo contempló
por un instante y, como atravesado por un rayo, llegó a su mente la idea de que
se trataba de un árbol monstruoso, dentro del cual se escondía el guardián del
Jardín, con un aspecto semejante al del Tío de la mina.
Al día siguiente, volvió al lugar y tomó una fotografía
desde el ángulo más perfecto y retrató la insólita imagen que parecía no haber
advertido ningún otro visitante del Jardín Botánico, debido a que ellos, sin
verlo ni saberlo, pasaban y repasaban por ese lugar de apariciones mágicas.
¡Qué raro!, se
dijo... ¿Nadie lo ha visto? Quizás,
porque la imagen, como tallada en el tronco, solo puede verse desde un ángulo
especial, ése que él descubrió la noche de La
Magia de los Faroles.
Es el Tío, se
volvió a decir, sin dudar un solo instante. ¿Y
cómo habrá llegado hasta aquí?, se preguntó una y otra vez.
La respuesta es que el Tío está en todas partes sin estar
en ninguna. Sólo quienes quieren verlo y conocerlo, tienen la oportunidad de
encontrarlo donde menos se lo imaginan, como en el tronco de este árbol que
está lejos de las minas de la cordillera andina y tan cerca de la provincia de
Quebec, entre el río San Lorenzo y la Rivière des Prairies.
martes, 17 de septiembre de 2024
CONVERSACIONES
CON EL TÍO DE POTOSÍ
El
protagonista principal de Conversaciones
con el Tío de Potosí es un ser ambivalente entre lo sagrado y lo profano,
entre lo celestial y lo infernal, que habita desde tiempos de la colonia en los
tenebrosos socavones del Sumaj Orq’o.
Es una de las deidades centrales de la cosmovisión andina y un personaje
fantástico del mundo minero, donde los mitos y las leyendas se ensamblan de
manera extraordinaria con las creencias y tradiciones de las culturas
ancestrales.
Los
relatos de este libro se fraguaron en una oscura habitación de la ciudad de El
Alto, donde entablé amenas conversaciones con la estatuilla del Tío de Potosí,
quien, en su condición de ser fabuloso, apareció en el ámbito minero tras el
sensacional descubrimiento de los yacimientos de plata en las serranías del
altiplano, donde miles de conquistadores se dieron cita con la intención de
amasar fortunas. Desde entonces, el pueblo quechua de Kantumarca se convirtió
en la Villa Imperial de Potosí y sus riquezas minerales en recursos que
llenaron las arcas de la monarquía europea.
En
el primer relato, titulado El Tío del
Sumaj Orq´o, el autor presenta al personaje central de la obra. Acto
seguido, ambos se encierran en un cuarto para intercambiar opiniones de
carácter pagano, religioso y científico, como si de veras los diálogos
estuviesen estructurados sobre la base de argumentos válidos tanto para los
creyentes como para los agnósticos.
Conversaciones
con el Tío de Potosí,
cuyo personaje principal es el dios y el diablo de la mitología minera, es un
volumen compuesto por más de una treintena de relatos en los que se abordan
diversos temas inherentes a la condición humana y al sincretismo
pagano-religioso vigente en la cultura boliviana. Las conversaciones no están
exentas de polémicas discusiones y encendidas arengas, en las que se ventilan
tratados filosóficos, la sabiduría popular, los postulados religiosos y, como
es natural, una serie de críticas sociales que, con palabras y frases
corrosivas, generan sátiras socioculturales del presente y el pasado.
No pocas veces, los diálogos entre el autor y el Tío, que empiezan como una amable conversación, terminan en acaloradas discusiones, que se intensifican con la connotación semántica de las palabras, pero también con los signos paralingüísticos y cinéticos, destacando la intensidad de la voz, los gestos, el estado de ánimo, el movimiento de las manos y la postura del cuerpo. Otras veces, el diálogo espontáneo, improvisado, libre y amistoso, deriva en una suerte de charla, donde los interlocutores desgranan sus ideas y argumentos sin importar las circunstancias, el tiempo ni las controversias en torno a un tema específico.
Desde
luego que en Conversaciones con el Tío de
Potosí, como en toda obra literaria, se procura recrear el habla de los personajes
que forman parte de la narración como si se tratara de un diálogo real,
reproduciendo palabras coloquiales, frases comunes, jergas, modismos y giros
idiomáticos con la intención de agregarle un valor estético al discurso
narrativo. A propósito del tema, es necesario mencionar que las voces
provenientes del quechua, aymara y voces propias del lenguaje minero, se precisan
en el glosario del libro, sobre todo, para los lectores no locales ni
nacionales, que necesitan comprender las expresiones idiomáticas y giros
lingüísticos que no están registrados en el Diccionario de la Real Academia de
la Lengua Española. No obstante, para que las conversaciones fluyan de manera
natural y sea de fácil comprensión, se ha evitado el excesivo uso de jergas que
podían sonar demasiado artificiales y exageradas.
Como
en repetidas ocasiones, fascinado por la mitología del Supay y las tradiciones mineras, volví a sumergirme en el contexto
mágico del macizo andino, para acercar a los lectores hacia los misterios
escondidos en las entrañas de la Pachamama, salvo que esta vez no con historias
narradas en el género del cuento ni la novela, sino a través de relatos
dialogados que le permitieron al Tío cobrar vida y expresarse con voz propia
sobre un abanico de cuestiones que traslucen sus más genuinos pensamientos y
sentimientos.
Debo confesarles que, a poco de retornar de Europa, visité una de las minas en el Cerro Rico, que en otrora manaba ingentes cantidades del preciado metal, para conocer el hábitat natural del protagonista de mi obra, consciente de que el Tío, aparte de reunir todos los atributos que requiere un personaje literario, representa el mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre el monoteísmo católico y el politeísmo de las civilizaciones precolombinas.
En
Conversaciones con el Tío de Potosí,
lejos de reflejar la realidad agobiante de las minas y la tragedia de los
mineros, propongo textos contextualizados en un territorio hecho de mitos,
leyendas y supersticiones, como si desde un principio hubiese optado por tener
una mirada sesgada de la realidad, para luego recrearla y reinventarla, con un
desparpajo que pone a prueba la destreza del narrador y la inteligencia del
lector.
Cabe
anotar que en el libro, cuyas conversaciones son los principales pilares que
sostienen la estructura básica de los relatos, se destila una irreverencia
inusual y un fino sentido del humor, cargado de una fuerte dosis de
transgresiones éticas y morales, sin que por ello los pensamientos dejen de ser
embellecidos por la imaginación y enardecidos por el alma de quien, sin más
recursos que la honestidad y conocimiento de causa, intenta encandilar la mente
incluso de los escépticos acostumbrados a cuestionar la cuasi verosimilitud de
las obras construidas sobre los andamios de la realidad y la fantasía.
En
Conversaciones con el Tío de Potosí,
como en toda obra que nos acerca a los vericuetos de la condición humana, se
plantean concepciones filosóficas de la vida cotidiana y se penetra en las
manifestaciones subconscientes de los trabajadores del subsuelo, quienes,
durante más de quinientos años de colonización, asimilaron las costumbres de
los conquistadores ibéricos y conservaron las costumbres de las civilizaciones
originarias. No en vano el Tío de la mina, que adquiere protagonismo a lo largo
de la obra, se encuentra a medio camino entre la religión católica y las
creencias paganas de las comunidades indígenas. Así como el catolicismo predica
la doctrina de que el subsuelo está poblado de seres demoníacos, en las
culturas originarias se admite también la existencia de seres subterráneos,
pero no revestidos con los mismos atributos que los demonios descritos en las
páginas bíblicas.
En
este libro, como en otros de mi producción literaria, retomé la temática
minera, procurando recrearla a partir de las aventuras y desventuras
fantásticas de uno de los personajes más emblemáticos de la tradición popular
boliviana: el Tío de la mina, celoso guardián de las riquezas minerales, que
castiga sin contemplaciones, cuando no se ha cumplido con él. De ahí que los
mineros, para no sufrir castigos, accidentes ni muertes, le rinden pleitesía y
le conceden ofrendas al entrar y al salir de la mina. Mastican hojas de coca en
su presencia y rocían aguardiente en su paraje,
donde ellos mismos levantaron su estatuilla de greda y granito, sin ser
alfareros ni escultores; más todavía, le concedieron propiedades y facultades
que resultan del sincretismo entre las supersticiones de las culturas ancestrales
y las creencias judeocristianas impuestas por los conquistadores.
El Tío tiene cuernos como los demonios, ojos redondos, colmillos afilados, orejas largas, pesuñas en manos y pies. Por lo general, está sentado en su trono y su cuerpo monstruoso exhibe uno de los atributos que mejor lo caracteriza: su miembro viril, extremadamente enorme, que en la visión de los mineros, además de ser un elemento de carácter erótico y culto fálico, tiene la función de fecundar a la Pachamama, la diosa andina de la tierra, y abrir los rajos con la misma fuerza con que el barreno de una perforadora penetra en las duras rocas de la montaña.
Conversaciones
con el Tío de Potosí
es un libro que ofrece conocimientos, entretenimiento y, lo más importante, un
paseo literario por los laberintos de un personaje, mitad dios y mitad demonio,
que puede moverse por doquier, con la misma maestría y sutileza de quien posee
una personalidad omnipotente y poderes mágicos, capaces de envilecer a
cualquiera que se deje conducir hacia el interior de la mina, hacia un tétrico
submundo, donde los topos humanos explotan las rocas para hacerse de las
riquezas minerales que le pertenecen a la Pachamama, al Tío y la Chinasupay, al
menos, según las tradiciones de quienes están acostumbrados a rendirles culto a
los elementos mágicos y míticos, reales y ficticios, vivos y muertos, de la
cosmovisión andina.
En
Conversaciones con el Tío de Potosí,
este esperpéntico personaje, que habita en el mundo mágico y secreto de los
mineros, aparece sentado frente a su interlocutor, dispuesto a deleitar con la
versatilidad de su verbo. No deja de sorprender con su sabiduría en cada una de
las conversaciones en las que fluyen las ideas y palabras con una enorme carga
emocional. Es decir, la magia de la palabra permite que el Tío, a pesar de su
aspecto demoniaco y sus poderes sobrenaturales, aparezca retratado desde una
perspectiva humana, con sus luces y sus sombras, como si de veras fuera un
interlocutor de carne y hueso, y no un personaje mitológico creado por la
fuerza y el candor de la invención popular, deslumbrando con la magia de su
verbo y sabiduría.
En
las conversaciones que componen el libro, donde los diálogos están hilvanados
con un lenguaje coloquial, cruzamientos narrativos, contrapunteos e
intertextualidades, el lector podrá familiarizase también con las creencias y
hábitos de los mineros, en los que destacan el carnaval pagano-religioso y la ch’alla, un ritual de ofrenda y
agradecimiento a la Pachamama, la divinidad que entrega los frutos de su
vientre a sus hijos terrenales, y al Tío de la mina, protector de las riquezas
minerales y amo de los mineros, quienes, sentados alrededor de su trono, le
rinden pleitesía ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente, a modo
de congraciarse con él, a quien lo veneran tanto como al misericordioso Tata Q’aqcha.
Conversaciones con el Tío de Potosí, además de ser un volumen que enseña y entretiene, es un justo homenaje a la Villa Imperial y al Cerro Rico, donde todavía reina el Tío, haciendo gala de su milenaria existencia y su poder infinito, mientras el afamado cerro, en cuyas faldas se levantaron las primeras casas de la Villa Imperial de Potosí, hoy mira a sus habitantes con un gesto de tristeza y melancolía, como diciéndoles que todo lo que un día empieza siendo grande, otro día termina siendo pequeño, que la riqueza termina en la pobreza y que todo lo que tiene un comienzo está condenado a tener un final.
El
Tío, sin lugar a dudas, es uno de los personajes más insólitos en las minas
potosinas, donde encontré la veta más rica del imaginario popular, para luego
explotarla y usarla como materia prima en la elaboración de mi obra literaria
que, analizada desde cualquier punto de vista, no es otra cosa que el rescate
de la memoria colectiva y la demostración de que sí existe un realismo fantástico
en el ámbito minero, cuya exuberancia se experimenta a través de la simbiosis
inherente entre los trabajadores del subsuelo y el protagonista de mi obra, que
no solo es una de las deidades mitológicas más significativas de las culturas
ancestrales, sino también el dios-diablo recluido en las dantescas galerías de
la mina.
El
Tío, a estas alturas de mi vida, se ha convertido en un personaje literario
que, como reiteré en varias ocasiones, no me deja ya vivir en paz, ni de día ni
de noche, exigiéndome que lo universalice, de una vez y para siempre, a través
de mis relatos que revelan su potestad en el interior de la mina y su fuero
interno hecho de asombro y maravilla. Por eso mismo, volví a retomarlo, con
pelos y señales, en Conversaciones con el
Tío de Potosí, que, a decir verdad, es una suerte de testimonio de las
desgracias y los milagros que definen su existencia en el imaginario popular,
donde la ficción y la realidad parecen las dos caras de una misma moneda.
Conversaciones con el Tío de Potosí, sin ser blasfema con las religiones oficiales, es un libro que aborda temáticas que cuestionan las verdades absolutas acuñadas por las Sagradas Escrituras, desde una perspectiva humanista y libre de prejuicios sociales, culturales, raciales y sexuales. Es, en resumidas cuentas, un libro que busca un asidero en la memoria de los lectores deseosos por compartir los diálogos que conforman las páginas de Conversaciones con el Tío de Potosí, cuya fuerza narrativa está sustentada por el estilo del autor y la lucidez verbal de uno de los principales protagonistas de la mitología minera.
miércoles, 21 de agosto de 2024
Este
Tío, que parece haber dejado su traje de luces en algún paraje de la mina, no
lleva pañoleta en el cuello ni pechera llena de lentejuelas resplandecientes
como el sol; tampoco viste pollerín, con una faja llena de monedas tintineantes
en la cintura; no usa buzo ceñido a las nalgas y piernas; no lleva una blusa
con piedras de fantasía ni hilos plateados de Milán; no lleva guantes rojos con
manguetas bordadas en las muñecas ni tiene botas cortas, con espuela en el
tacón izquierdo; tampoco lleva una capa con alimañas que forman parte de la
iconografía de los mitos ancestrales; no tiene pañoleta bordada en la mano
derecha ni una serpiente en la mano izquierda.
Este
Tío, con aspecto de diablo, no necesita usar peluca ni lucir alimañas como
víboras, sapos, lagartos y hormigas –seres de la mitología de los urus–;
tampoco tiene una máscara multicolor confeccionada en hojalata, ni pequeños
cuernos de carnero, ni piel de cabra, ni nariz ni caninos de cerdo. Le basta
con tener el semblante de ferocidad y espanto, cuernos retorcidos, ojos
saltones y orejas de asno, ya que su rostro, así como se contempla en esta
estatuilla, parece salido del mismísimo infierno, con un aspecto que, si se lo
escruta de cerca, parece una obra de arte; tiene un falo respetable y los
labios al borde de pronunciar palabras profanas destinadas a herir, como lanzas
con puntas de pedernal, el corazón de los creyentes y guerreros de Dios.
Si
bien podemos coincidir en que tiene el aspecto de un auténtico ángel rebelde,
también podemos coincidir en que luce una pinta impresionante y que la
expresión de sus redondos ojos, brillantes y mirada penetrante, reflejan la
vivacidad de su mente y alma, como si su cuerpo fuese el templo de todos los
saberes y demonios juntos, dispuestos a salir a la superficie, escabulléndose
entre los humanos, quienes lo miran con hondo temor y lo reprochan por haberse
rebelado contra el divino poder de las alturas.
Eso
sí, debe quedar clarito que este Tío no es la personificación del Mal, tampoco
es una fuerza hostil ni destructiva, menos una serpiente venenosa, un dragón de
siete cabezas o un dios de magia negra. Es, contrariamente a lo que muchos
piensan, la deidad de las culturas ancestrales, el Supay de la cosmovisión andina, el soberano de las profundidades y
el dueño de las riquezas minerales.
Si
en algunas estatuillas tiene cola, cuernos y patas de cabra, es porque la
catequización de los indígenas influyó en el imaginario de las culturas
ancestrales que fueron colonizadas por los inquisidores, que impusieron la
imagen de Satanás, comparándolo con el Tío, mientras combatían las creencias
indígenas calificándolas de idolatrías paganas, que debían ser exterminadas a
sangre y fuego, usando la cruz y la espada como las mejores armas más efectivas
de la conquista y la catequización.
Los
estudiosos de la mitología minera concluyen en que el Tío es una suerte de
metamorfosis de Wari, conocido en la
tradición oral de los urus como el dios de los camélidos y los habitantes del
lago Poopo, que sobrevivieron a los embates de aymaras, quechuas y españoles.
Es un dios indígena a quien los mineros, igual que los mitayos de antaño, le
ofrendan alimentos líquidos y sólidos, en rituales que no son satánicos, sino
actos de veneración para que les conceda vetas ricas en minerales, el principal
sustento de las familias mineras.
Ya
dijimos, en repetidas ocasiones, que durante la colonia fue confundido con el
diablo de la cultura cristiana, que los conquistadores trajeron en sus
carabelas junto a la Biblia, los
caballos y los cañones. Con la conquista, además de llegar un nuevo idioma al
Abya Ayala, llegó también la moral cristiana y una nueva forma de ver las
relaciones humanas –según los principios basados en las Sagradas Escrituras–, la misma moral sustentada por los poderes de
dominación en la Europa medieval. Desde entonces, toda conducta que atentara
contra la fe cristiana fue considerada como un acto inmoral y una amenaza
contra los mandatos de la sagrada familia;
por ejemplo, toda forma de relación carnal al margen de lo establecido por los jerarcas de la Iglesia no solo era
calificada como un acto sacrílego, sino que el acusado era condenado a atroces
torturas o a la hoguera por irreverencia y perversión.
Los
conquistadores, una vez impuesta la presencia del diablo en las comunidades
originarias, con todas sus características de maldad y fealdad, propagaron la
leyenda negra de que el Supay o Wari era el mismísimo demonio, generador
de vicios y maleficios, y que, por lo tanto, había que combatirlo y destruido a
nombre de Dios, para evitar que permaneciera en la mente y el corazón de los
nativos, que ofrecían ritos en su honor, sin obedecer las recomendaciones del
clero y el virreinato.
Aunque
los catequizadores se empeñaron en compararlo con el demonio bíblico, este Tío
no tiene la marca de Satanás ni su número de ficha es el seiscientos sesenta y
seis (666); tampoco vino al mundo para tentar a nadie, ni develar la hipocresía
y doble moral de los falsos profetas,
ni evitar que los sabios alcancen la iluminación y destruyan su Ego. Eso sí, a
veces, atenido a su sabiduría por causa de su esplendor, pretendía asemejarse
al Supremo todo poderoso, procurando milagros en el interior de la mina, en su
afán de proporcionarles a los topos humanos los mejores filones del preciado
metal.
El
Tío, convertido en el Lucifer de la danza de la diablada en el Carnaval
boliviano, es un personaje que corresponde al sincretismo religioso entre la
tradición católica y el paganismo ancestral, y representa al dios y al diablo
que habita en las galerías de la mina, donde los trabajadores le rinden
pleitesía, ofrendándole lo que ellos mismos consumen durante la ch´alla y la wilancha, todo para tenerlo risueño y satisfecho, no como manda
Dios, sino como manda el mismísimo Tío.
Algunos
de los escritores de la narrativa minera –entre los que me encuentro desde
siempre– lo han convertido en el personaje de sus poemas, cuentos, relatos y
novelas, haciendo gala de los mismos recursos literarios del llamado realismo mágico, que tuvo a sus mejores
exponentes en la generación del boom
de la literatura latinoamericana de la pasada centuria. Así es como en mis
novelas, cuentos y relatos, además de haber incursionado en el campo literario
del llamado realismo social, he
recreado mitos, leyendas y consejas del mágico mundo de los mineros, quienes,
desde los albores de la colonia, empezaron a venerar al Tío, una deidad
mitológica, mitad dios y mitad demonio, que reina en los tenebrosos socavones,
donde los mineros dejan sus pulmones a cambio de un mísero salario.
Palabras más, palabras menos, lo único cierto e indiscutible es que esta escultura, que ven aquí y ahora, es mi Tío; es decir, mi propio Tío. Lo esculpí con mis manos, como si fuese un escultor sin serlo; más todavía, mientras lo esculpía, tenía la sensación de estar reivindicándolo de la maldad del fanatismo religioso, como si lo estuviese salvando del mismísimo infierno, evitando que las piedras de fuego lo devoraran hasta reducirlo a cenizas. Lo esculpí tal como llegó al mundo, por eso no tiene traje alguno cubriéndole su desnuda humanidad; no tiene un manto de piedras preciosas ni pechera hecha con rubí, topacio, diamante, crisólito, piedra de ónice, jaspe, zafiro, malaquita y esmeralda; algo más, no lleva pendientes labrados en oro ni querubines que engalanen su personalidad. No es bello ni perfecto. Es como lo ven, con la fealdad al límite de la monstruosidad, como si fuese el reflejo de una horrible pesadilla huyendo de la muerte. Es mi Tío, mi propio Tío, y lo quiero como al fiel compañero de mi vida, como se quiere a una mujer sin condiciones ni límites de tiempo.
lunes, 2 de noviembre de 2020
LA
EVOLUCIÓN
Un
nuevo día. El Tío se remeció en su trono, mientras le servía su infaltable
trago; bostezó como si no hubiese dormido lo suficiente ni se hubiese soñado
con angelitos, me siguió con la mirada, alumbrándome con la luz de sus ojos
enrojecidos como brasas y dejó que le complaciera con mis servicios hechos de
voluntad y pleitesía.
–Ya
que hemos conversado sobre las teorías de la creación –dijo con voz carrasposa–,
ahora nos toca conversar sobre otras teorías de la evolución. ¿Qué te parece?
Yo
puse la copa llena de alcohol a su alcance, me senté en la silla que estaba
cerca de la mesa y, sin muchas ganas de meterme en un tema que me parecía harto
complicado, me hice el sueco; o por mejor decir, el del otro viernes, pero el
Tío, sin considerar si estaba o no de acuerdo con su propuesta, se metió de
cabeza en el tema diciéndome:
–Estuve
pensando que el Diablo fue creado el mismo día que Dios creó al hombre.
–¿Cómo
así? –pregunté.
–Sí
–contestó, echándose el primer sorbo de la copa–. Estuve pensando en que tanto
Dios como el Diablo fueron creados por la imaginación del hombre, una creación
fantástica que los mismos humanos se encargaron de transmitirla de generación
en generación y de boca en boca. Por cuanto ni Dios ni el Diablo existen de
manera física, como la Tierra que es materia palpable, sino de una manera
inmaterial, como son los sueños y las fantasías, que sólo existen en la mente
de los humanos.
–Aunque
estoy de acuerdo en que la fantasía humana es capaz de crear incluso lo
inimaginable, no creo que el hombre haya creado a Dios y mucho menos al Diablo…
El
Tío me pidió, con la lumbre de sus ojos, que le encendiera un cigarrillo. Así
lo hice, conociéndolo como cualquier siervo conoce los caprichos y gustos de su
amo, aparte de que él no podía beber alcohol si no lo acompañaba con una hebra
de tabaco en los labios.
–La
existencia de la materia es objetiva y demostrable, a diferencia de la
existencia de Dios, quien sólo vive en la mente de la gente y no en el mundo
real.
–Entonces
Dios, al ser un producto de la imaginación, no es un ser de carne y hueso como
nosotros, ¿verdad?
–¡Correcto!
–contestó–. Dios es un ser ideal, imperceptible, inmaterial, impalpable; un
personaje intangible, al que no se puede ver, tocar ni oír; es como un alma en
pena, a quien, según la imaginación popular, se le siente cerca de nosotros,
pero al que no se lo puede ver ni tocar. En este caso, para creer o no en su
existencia, más vale la pena repetir el lema: Ver para creer…
No
sabía si me estaba hablando de los cuentos del más allá, de esos seres que,
después de la muerte, retornan al reino de los vivos; pero, como estuvimos
hablando de creaciones, imaginaciones y fantasías, le pregunté:
–Y
a ti, ¿quién te creó?
Me
miró algo extrañado, frunció el ceño y, metiéndose un trago al mismo tiempo que
echaba humo por las fosas nasales, me dijo en tono de reproche:
–Tú,
¿qué tienes en la cabeza? ¿Piedras? ¿Barro? Ya te dije repetidas veces que a mí
me crearon los mineros a su imagen y semejanza. No soy como Adán ni como Eva,
no soy hombre ni mujer, porque puedo transformarme en lo que me da la santísima
gana; puedo ser hombre y mujer a la vez, ave o pez, ser terrestre, aéreo o
acuático, de acuerdo a las circunstancias, necesidades y peligros que me
acechan.
Sus
palabras hicieron sentirme como un idiota que no aprende lo que se le enseña;
peor aún, como a un tarado que, en lugar de sesos, tiene piedras y barro en la
cabeza. Así que, sólo por salir de aprietos, no se me ocurrió otra cosa que
cambiar el rumbo de la conversación.
–Por
qué mejor no hablamos de cómo Dios creó la Tierra y sobre todo lo que existe
sobre ella –propuse como queriendo salirme por la tangente.
–La
Tierra no fue creada por Dios –corrigió taxativo–, sino por las fuerzas
naturales asociadas a los quintos infiernos.
–¡¿Cómo?!
¡¿Qué dices?!
–Lo
que oíste –replicó el Tío–. La Tierra no fue creada por un ser Supremo, tampoco
el sistema solar ni las demás galaxias que existen fuera del sistema solar. El
universo surgió aproximadamente hace 14.000 millones de años atrás, a partir de
una gran explosión conocida como el Big
Bang. Los científicos dicen que no fue un escupitajo más de una estrella
enana que, en un tiempo sin tiempo, hizo ¡¡¡Big
Bang!!!, esparciendo sus pedacitos en el manto misterioso del universo.
–¡Big
Bang! –repetí con gesto enérgico–. ¿Cómo la dinamita que hace Big Bang cuando revienta la roca en la
mina?
–El
planeta Tierra es apenas un puntito perdido en el espacio infinito. Esto quiere
decir que la materia visible, visible solo con un poderoso telescopio, como las
estrellas, los planetas, el sol, la luna y los satélites, constituye apenas el cinco
por ciento del universo. El otro veinte cinco por ciento es materia nebulosa y
el restante setenta por ciento es un infinito abismo de oscuridad y misterio…
–Oscuro
como la mina, donde todo es polvo, gases, goteras y silencio… –dije, otra vez
con un acento más de ignorante que de inocente.
–Los
astrónomos dicen que sólo en la Vía Láctea, en la galaxia que alberga el
sistema solar, existen miles de millones de planetas, y no sólo los nueve que a
ti te enseñaron en la escuela.
–Sí,
pues –le dije–. Yo sólo conocía el nombre de los nueve planetas del sistema
solar, como Marte, Júpiter, Plutón…
El
Tío volvió a sorber un trago y a fumar, instante que yo aproveché para
preguntarle:
–¿Habrán
otros seres vivos u otras formas de vida en los otros planetas?
–Sí
–dijo el Tío–, quizás seres que se parecen a mí, pues hay planetas que están
hechos de fuego como el infierno. El sol, de hecho, no es un planeta pero sí
una bola en llamas, una gigantesca pelota hecha de fuego…No en vano el sol
parece un volcán de fuego y lava al mismo tiempo. Da luz y calor con su
candente cuerpo. Sin el sol no habría vida en el planeta Tierra.
–Pero
en la Biblia se afirma que Dios
decidió que solo hubiese vida en el planeta Tierra
–Eso
es lo que dice la Biblia, pero las
investigaciones científicas afirman lo contrario; por citar un caso, el físico
Stephen Hawking, en su famosa obra, Breve
historia del tiempo, afirmó que las leyes de la naturaleza pudieron hacer
que el universo apareciera de repente sin que nadie lo ayudara y que no hacía
falta la presencia de Dios para explicar el origen de todo.
–Eso
quiere decir que todo lo narrado en el Génesis
es una simple visión teológica y no científica, aunque se diga que la existencia
de la Tierra es consecuencia de la acción directa de un único Dios, que
intervino incuestionablemente en la creación del mundo y los seres vivos.
–Todo
eso dice la Biblia –dijo–, pero hay
muchos otros, como los materialistas y ateos, quienes sostienen que Dios no
existe y que todo obedece al desarrollo natural de la materia, como son los
planetas y los elementos vivos y muertos existentes en el planeta Tierra.
Lo
miré con un claro escepticismo dibujado en mi rostro. Entonces el Tío, al ver
un enorme signo de interrogación dibujado en mi frente, me disparó una mirada
chispeante y dijo:
–¡No
me jodas! Tú que eres un aprendiz de los clásicos del marxismo, debías dominar
este tema mucho mejor que yo, que sólo leo a los clásicos del infierno. No
puedes negar que tú te formaste leyendo los mamotretos de Marx y Engels, dos
ateos que negaban la existencia de Dios y que, de pasadita, apuntalaron la
teoría de que la religión es el opio de
los pueblos.
–Es
cierto –dije con absoluta convicción–, los padres del marxismo estaban
convencidos de que la religión, más que obedecer a la esencia natural de las
cosas, era el producto de la necesidad existencial y la fantasía humana. No en
vano el materialismo dialéctico se basa en el conocimiento científico de las cosas
y no en la mera superstición, suposición o creencia religiosa.
–No
sólo eso –corroboró el Tío–. Los marxistas no creen que Dios fue quien creó el
mundo y los seres vivos. Te reitero, Karl Marx decía que la religión era el opio de los pueblos, debido a que los
pobres eran quienes más creían en Dios y en las salvaciones de la Divina
Providencia. El opio equivale a una droga que anula la voluntad y las
facultades intelectuales. Y no me refiero al opio, que es utilizado
frecuentemente como analgésico, sino a ese otro opio que adormece la mente de
los humanos para consolar a los desposeídos y afligidos, intentando calmar sus
sufrimientos, prometiéndoles que, si cumplen con los Diez Mandamientos, en el reino de Dios tendrán todo lo que no
tuvieron en la vida terrenal. Su amigo y camarada Friedrich Engels fue más
lejos, afirmando que el hombre primitivo, perdido en la naturaleza salvaje,
expuesto a los peligros de los fenómenos naturales, creó a Dios por necesidad y
no a la inversa.
–¿Cómo
es eso? A ver, explícate mejor… ¿Dijiste que el hombre primitivo creó a Dios?
–Así
es –repuso el Tío–. El hombre primitivo necesitaba la protección de un ser
Supremo, como el niño necesita de la protección de los mayores, atemorizado
ante los fenómenos físicos y naturales, como son los truenos o los rayos, que
no siempre han sido comprendidos por el hombre primitivo, quien incluso
consideraba que el sol y la luna eran dioses a los que había que ofrendarles
sacrificios y rendirles pleitesía. Ante la realidad incomprensible, el hombre
primitivo se vio obligado a creer en su imaginación a un ser Supremo, que
tuviera bajo su dominio todos estos fenómenos naturales que estaban lejos de la
mano del hombrecito perdido en los laberintos de una suerte de selva peligrosa
e impenetrable…
–¿Entonces
Dios no tuvo nada que ver con la creación del mundo ni con la existencia de los
seres vivos? –pregunté.
–Por
supuesto que no, no y no –contestó–. Algunos hombres de ciencia, como los
Premio Nobel de Física del año 2019, los suizos Michel Mayor y Didier Qualoz,
pensaban igual que Stephen Hawking, quien sostuvo que para crear el universo no
fue necesario un ser Supremo. Ellos niegan la presencia de Dios en la formación
de la Tierra y el universo. Y, por si se enojaran los creyentes más fanáticos,
aclararon que Dios es para las creencias
y el corazón, pero que no tuvo nada que ver en la formación de los seres vivos
ni de la vida. Ellos sostuvieron la teoría de que la vida surgió a través
de un proceso natural, en el cual no encajan los relatos bíblicos sobre Adán y
Eva, la manzana, la serpiente y el pecado.
–Si
bien es cierto que no hay pruebas científicas de lo que se dice en la Biblia, es también cierto que la mayoría
de la población mundial cree en la teoría de que el hombre fue creado por un
ser Supremo- ¿Es verdad o no?
–Es
verdad que siempre hubieron y habrán personas que, independientemente de lo que
digan los físicos o científicos en torno al mundo y el universo, creerán en la
existencia de un ser Supremo, como los mineros creen en mi existencia y me
tienen en su corazón y su mente. Por lo tanto, los conocimientos científicos no
cambian la conciencia de las personas, como la fe religiosa que es la filosofía
de Dios sobre la faz de la Tierra.
–Pero,
¿No todo está dicho, verdad?
–Lo
cierto es que siguen esperándose nuevas investigaciones que echen más luces
sobre la existencia humana en nuestro
planeta. De todos modos, de una cosa debemos estar seguros: las ideas se forman
con el tiempo, como las ramas se forman con el tiempo del tronco de un árbol o
como las ranas se forman con el tiempo de los renacuajos.
–En la historia de la humanidad, siempre resultó más fácil hablar de la creación del hombre por un ser Supremo, que de las teorías evolucionistas que sostienen la concepción de que los humanos son el producto de un largo proceso de evolución y selección natural de las especies.
–Quizás porque esa teoría, la denominada evolucionista, desde el instante en que afirma que el hombre no fue creado por un ser Supremo, sino que surgió por evolución a partir de seres inferiores, permite que nos realicemos una serie de preguntas como: ¿Cuándo?, ¿Cómo?, ¿dónde?...
–Debo
aclararte que esas preguntas han sido ya respondidas por Charles Darwin y sus
seguidores.
–¡Ah,
sí! –exclamé algo confundido–. Sería genial que me expliques, de manera clara y
concisa, ¿en qué consiste la teoría de la evolución?
–La
teoría de la evolución nos ayuda a comprender el mundo y sus asuntos mejor que
en el pasado histórico –dijo el Tío–. No sólo es profundamente convincente,
sino que está sustentada en abundantes pruebas, que son cada vez más
crecientes, sólidamente conectadas y fácilmente disponibles en museos, enciclopedias,
libros de texto y en un cúmulo de estudios científicos evaluados por expertos.
Yo
estaba con un cúmulo de dudas girándome en la cabeza. Ya no sabía, a ciencia
cierta, si el hombre existía por creación, como dice la Biblia, o por evolución, que se dio durante millones de años, desde
que los seres vivos se desarrollaron a partir del CHON -carbono, hidrógeno,
oxígeno y nitrógeno-, primero en el agua y luego en el la superficie terrestre.
El
Tío se echó otro trago, fumó y dijo:
–Entonces
seguimos con la teoría evolucionista de Charles Darwin, ¿si o…?
–¿Darwin?
–dije, dejando al descubierto mi universal ignorancia–. ¿Y quién era ese tal
Darwin.
–Charles
Darwin era un científico inglés del siglo XVIII. Sus teorías se propagaron
junto a la revolución industrial, en una época en la que se abrieron nuevas
perspectivas para la ciencia y la tecnología. La ciencia estudia los fenómenos
naturales y sociales, las compara y relaciona con otras ciencias. Después
elabora leyes para explicarlos y la sociedad se apropia de esos conocimientos. Sin
embargo, te aclaro que no por esta lógica, la ciencia se ocupará de hacer arder
las iglesias.
–No
te pregunté en qué momento se propagaron sus teorías, sino quién era Darwin
como persona…
–¡Ah!
–exclamó el Tío, haciéndose el despistado. Pero luego de un rato, volvió a
retomar el carril de la conversación–: Dicen que era un tipo tímido y
meticuloso, un terrateniente adinerado y con amigos cercanos, que tenía diez
hijos en la misma mujer que, además de ser su prima hermana, era la columna
vertebral de la economía familiar, gracias a las herencias que a ella le
dejaron sus padres. Estudió teología, con la intención de convertirse en
clérigo, antes de descubrir su verdadera vocación de científico, y que se dedicó
22 años, en secreto, a reunir pruebas para desarrollar sus argumentos, a favor
y en contra de sus teorías, antes de ponerse a escribir su mamotreto. No quería
tener notoriedad sin tener fundamentos sólidos. A estas alturas de la historia,
nadie o casi nadie cuestiona su correcta apreciación acerca del origen de la
adaptación, complejidad y diversidad entre las criaturas vivientes en el planea
Tierra. Sus teorías son la piedra angular de la biología moderna y su obra se
constituye en el cimiento sobre el cual descansa dicha teoría que, a pesar de
los peros que le pusieron los
religiosos de toda laya, develó el
misterio de los misterios: ¿De dónde vienen los seres vivos? Si vienen por
creación o evolución.
Yo estaba cada vez más confundido e inseguro. No sabía si lo que me decía el Tío era evidente o, como tantas veces, una más de sus invenciones como invenciones eran los cuentos de mi modesta obra literaria.
–Si
tú eres escéptico por naturaleza y desconoces la terminología de la ciencia e
ignoras las abundantes pruebas, dirás que los aportes de Darwin son tan sólo
teorías, puras teorías, ¿no es así? Dirás que la formación de las plataformas
continentales es una teoría. Y que la existencia, estructura y dinámica de los
átomos, son teorías atómicas. Incluso dirás que la electricidad es una
construcción teórica, que involucra electrones, diminutas unidades de materia
cargada que nadie ha visto nunca. Dirás que todos los avances científicos son
puras teorías, ¿sí o no?
Dudé
un instante y contesté:
–Si
tú mismo dices que los aportes de Darwin son teorías sobre la evolución de la especies, entonces lo que está
escrito en la Biblia son también teorías, ¿verdad?
–Las
teorías bíblicas son más viejas que Adán y Eva, de quienes se dice que pecaron
por comer el fruto prohibido del árbol de la sabiduría, que Dios hizo brotar
del suelo en medio del Jardín del Edén. Esas teorías bíblicas, más que teorías,
son creencias, puras creencias, sin ningún fundamento ni bases científicas. Son
teorías que no pueden demostrarse a través de la observación y experimentación,
como las teorías de Darwin que, más que ser simples teorías, son verídicas y
científicas, que se pueden mostrar y demostrar; algo que no se puede hacer con
la creencia sobre la existencia de Dios, a quien nunca se lo ha visto ni a luz
ni a sombra.
–¿Y
cómo puedes estar seguro que las teorías de Darwin son irrefutables?
–Las
teorías de Darwin pueden demostrarse con pruebas y hechos concretos. Algo que
no es posible hacer con las teorías bíblicas sobre la creación del mundo y los
seres vivos.
–¿Eso
quiere decir que Darwin tenía pruebas contundentes para demostrar las teorías
basadas en sus investigaciones?
–Así
es–. Darwin tenía muchas pruebas después de haber visitado las Islas Galápagos,
a bordo del buque de investigación Beagle.
Las Galápagos, en las costas del Ecuador, fue su laboratorio durante cinco años
de obsesivo trabajo para acumular los materiales necesarios para estructurar la
piedra angular de su teoría sobre la evolución. Por ejemplo, reunió una
variedad de pájaros y los clasificó de acuerdo a sus peculiaridades, convencido
de que lo determinante en la forma de un animal son los aspectos genéticos y no
el medio ambiente en el cual vive; es decir, los genes hacen que todos seamos
diferentes, como las huellas digitales de nuestras manos. Realizó más viajes de
investigación a países como Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, donde también
observó a otras criaturas naturales y reunió abundantes materiales, confirmando
así sus teorías sobre la evolución de las especies.
Yo
me quedé confundido, sin preguntas ni respuestas; o por mejor decir, con más
preguntas que respuestas, pero no le dije nada y dejé que el Tío siguiera con
su cotorra:
–Cuando
Darwin retornó a su casa, además de una enorme colección de insectos y aves
–dijo con aire más de sobrador que de sabelotodo–, tenía unas 300 páginas
escritas de paleontología, biología, arqueología; un material que, empero, no
fue suficiente. Por eso siguió paseándose por el jardín de su casa, pensando y
tomando apuntes sobre la evolución de las especies, hasta que en 1859 publicó
un resumen del enorme volumen en el
que había trabajado durante años en torno a sus teorías sobre la evolución de
las especies mediante la selección natural.
–¿Y
por qué no publicó el libro completo y por qué no antes de 1859?
–Por respeto a su esposa que era religiosa, cristiana confesa, y por temor
a que los religiosos lo criticaran y acusaran de haber escrito el Evangelio del
Diablo. No obstante, On the Origin of Species by Means of
Natural Selection (El origen de las especies por medio de la
selección natural), a pesar de su elevado precio y sus 490 páginas, fue todo un
bestseller para su época. La primera
edición se agotó el mismo día que apareció, el 24 de noviembre de 1859, a
diferencia de tus libritos, que se venden como cuenta gotas, por no decir que
se vende un ejemplar cada vez que se muere un Papa.
–Supongo
que sus oponentes, entre ellos los cristianos, lo criticaron por el contenido
de su obra, ¿verdad?
–Por
supuesto que sí –dijo mirándome fijamente–. Las críticas y los improperios no
se dejaron esperar. Ni bien se leyó el libro en los círculos eclesiásticos, se
desató un torbellino de protestas. Lo tildaron de impostor y ateo. Las
manifestaciones de protesta provenían de diversas partes, incluso de personas
que no entendían el contenido de la obra y de otras que ni siquiera la habían
leído, pero que se oponían con mucha vehemencia a la difusión del libro.
–¿Y
cómo reaccionó Darwin?
–Estaba
claro que sus teorías desafiaban las creencias religiosas convencionales. Así
que, sobreponiéndose incluso a las creencias cristianas de su esposa, que fue su
primera crítica, renunció discretamente a la religión durante su edad madura,
hasta que más tarde se describió como agnóstico, poniendo en duda la existencia
de un único Dios, pero seguía creyendo en una deidad distante e impersonal de
algún tipo, una entidad mayor que había puesto en movimiento al universo y sus
leyes, pero convencido de que en la Tierra todo se generó por evolución y no
por obra y gracia de un ser Supremo como se sostiene en la Biblia.
Me
quedé callado, bajé la mirada y sentí una sensación extraña como cuando yo me
veía acorralado por mis críticos más biliosos. No hubiera querido estar en los
zapatos de Darwin, ya que en su época sería más difícil enfrentarse a una
poderosa institución como eran la Iglesia Católica y la Iglesia Protestante.
–Los
padres de la Iglesia lo criticaron hasta el cansancio –manifestó el Tío–. Igual
o peor que cuando los prelados de la Santa Inquisición condenaron a Nicolás
Copérnico y Galileo Galilei por haber afirmado que la Tierra no era el centro
del universo y que todos los planetas giraban alrededor del sol y no de la
Tierra.
Yo me quedé sorprendido de sólo escuchar los nombres de esos dos señores, cuyos nombres, descocidos hasta ese día para mí, el Tío pronunció en la lengua original de cada uno de ellos. Del primero con acento polaco y del segundo con acento italiano.
–¿Y
qué tiene que ver Nicolás Copérnico con el tema que nos ocupa?
–Copérnico
fue un monje y astrónomo polaco, el científico más importante del Renacimiento,
quien desmintió que el centro del universo era la Tierra y que todos los
planetas giraban alrededor del sol, desde Mercurio hasta Saturno. En ese
entonces no se conocían todavía Urano ni Neptuno y mucho menos el resto de los
planetas del sistema solar. Copérnico confirmó la teoría de que el sol
permanecía fijo, mientras que la Tierra tenía tres movimientos distintos: el
movimiento de rotación, traslación y declinación. Por tanto, a diferencia de lo
que pensaban los padres de la Iglesia, la Tierra no era el centro del universo
y que todos los planetas giraban alrededor del sol y no alrededor de la Tierra.
–¿Y
qué dijo Galileo Galilei para que lo jodan?
–Galilei
fue otro astrónomo, filósofo y físico italiano, que pasó a la historia como el padre de la astronomía moderna, padre de la física moderna y padre de la ciencia. Él dijo, como contraviniendo
los preceptos de los clérigos, que los cuerpos celestes del universo giraban
alrededor del sol; un avance científico que lo llevó a ser condenado por las
Santa Inquisición, acusado de que los resultados de sus investigaciones eran
productos de la herejía, debido a que desmentían que Dios hubiese sido el
creador del mundo y el universo.
Yo pensé un instante. Estaba algo apabullado con tanta información. No sé si como la Tierra que gira alrededor del sol o al revés, pero eso sí, estaba como un astronauta extraviado en el espacio infinito del universo. El Tío me miró con el ceño fruncido y, como toda vez que me veía con la cara de yo no sé, preguntó:
–¿Estás
aprendiendo los conocimientos científicos, como aprendiste los disparates que
te enseñaron en la escuela y la iglesia?
–Sí
–le contesté sólo para evitar más preguntas. Pero, optando por una salida más
fácil, añadí–: ¿Estos hombres de ciencia eran creyentes o ateos?
–Eran
creyentes confesos –respondió–, pero sus investigaciones los indujeron a
contradecir lo que creían los creyentes de su época. Rompieron con las normas
establecidas por la religión, como al chofer rompe con las normas de tránsito al
conducir en contra ruta; más todavía, los conocimientos científicos iluminaron
las conciencias contra el oscurantismo religioso que, en algunos episodios de
la historia humana, cometió estragos a nombre de Dios, como ocurrió en la
Europa medieval, donde se desató la furia religiosa contra quienes no abogaban
a favor de la Fe Católica.
Me
quedé acorralado por un montón de dudas y, al cabo de un instante de
cavilación, volví a preguntar:
–Si
todo evolucionó durante miles y millones de años, ¿entonces los seres humanos teníamos
otras formas en el pasado, verdad? Me imagino que hasta los mares y las
montañas tenían otras formas, ¿verdad? De ser así, ¿entonces por qué el hombre
y la mujer siguen teniendo la misma forma desde el día en que fueron creados
por Dios, como si no hubiesen cambiado absolutamente en nada?
–Eso
es lo que se creía antes. Como se describe en el Génesis, Adán y Eva fueron creados casi perfectos, erguidos como
los hombres y las mujeres de hoy, dotados de un lenguaje comprensible y sin
pelos en el cuerpo. Hasta bien entrado el siglo XVIII, la Tierra y sus formas
orogénicas, para los creyentes, eran fijas y eternas como las creó Dios. ¡Nada
más equivocado! Lo cierto es que las teorías evolutivas de Darwin nos enseñan
que la vida es el resultado de un proceso evolutivo surgido por mecanismos
naturales, demostrables y lógicos. El desarrollo de la geología primero y el de
la paleontología después provocaron un profundo cambio en las creencias
religiosas. Se descubrió que en los lugares en los que hay cordilleras, hubo
mares en el pasado. Estos hechos demuestran que en la prehistoria, la forma de
la Tierra y el reparto de mares y continentes, cordilleras y llanuras fueron
completamente diferentes a los que tenemos actualmente, incluso las zonas
climáticas estuvieron distribuidas de otro modo. ¡¿Qué te parece esa evidencia
científica, eh?! ¡Qué te parece, cholito!
–Por
eso lo criticaron a Darwin, ¿verdad? Por haber dicho que el hombre evolucionó
desde su condición de primate.
–Esa
su osada afirmación lo convirtió en víctima de ataques, burlas y mofas desde
todos los flancos habidos y por haber. La mayoría de las críticas eran lanzadas
desde la perspectiva teológica y nada científica. Algunos le dedicaron incluso
caricaturas con aspecto de orangután o chimpancé, que, desde luego, no le
quedaba nada mal; es más, a los caricaturistas no les hacía falta incluirle
pelos en la cara, ya que Darwin lucía una barba parecida a la de un
primate….
–Pero nosotros no descendemos de los primates, ¿verdad? No somos parientes cercanos del mono, ¿verdad? –le dije dubitativo y mirándome de arriba abajo.
–¡Ja,
ja, ja…! –estalló en una vibrante carcajada–. Cómo no aceptar, algunos no sólo
se comportan como monos, sino que se parecen y hasta tienen el cuerpo cubierto
de pelos, como tú tienen pelos en la cara, el pecho, las axilas y el pubis.
Otra cosita más, ¿por qué siempre dices: verdad, verdad, verdad..., todo el
maldito rato? ¡No puedes inventarte otra palabra! –dijo visiblemente molesto–.
Además, tú sabes que una verdad absoluta no existe, habida cuenta de que todo
es relativo, como ya lo explicó Albert Einstein, el padre de la ley de la relatividad…
Lo
miré desconcertado al notar que sus carcajadas estaban acompañadas de críticas
sarcásticas contra mi palabra, siempre entre signos de interrogación: ¿verdad?, ¿verdad?…
–Otra
cosa que no aceptaron sus críticos fue el hecho fáctico de que todo es
dialéctico y que nada es estático.
–¿Eso
quiere decir que todo ha evolucionado desde que el mundo es mundo?
–Eso
es lo que te estoy diciendo todo el tiempo. Todo ha cambiado y seguirá
cambiando. El único que no ha cambiado a lo largo de la historia del planeta y
la humanidad he sido yo, porque sigo siendo el mismo Diablo de siempre –dijo sonriéndose
de sí mismo. Sorbió el último trago de la copa, aplastó la colilla del
cigarrillo en las pezuñas de su mano y añadió–: Esito sería por ahora. Otro día
seguiremos con otras teorías que tienen que ver con el mundo, el universo y la
existencia de los seres vivos sobre la faz de la Tierra….
–Está
bien –acepté, con un montón de ideas girándome como un carrusel en la cabeza.
El
Tío cerró los ojos y se quedó callado. Me levanté de la silla y dirigí mis
pasos hacia la puerta, pero sin dejar de pensar en que, como muchas otras veces
antes, mi conversación sobre la evolución del mundo, la existencia de los seres
vivos y el desarrollo del universo en general, fue otra de mis conversaciones;
o por mejor decir, otra de mis batallas perdidas contra el Tío, quien parecía
más sabio que todos los físicos y filósofos juntos. Y, como era de suponer, de
esas sesudas discusiones el que no salía dormido, al menos salía más jodido y
confundido. Con todo, algo estaba más claro que el agua: el Tío sabía de todo,
y no poco sino mucho, más por viejo que
por Diablo.














