EL
TÍO SIN TATUAJES
En
el segundo piso de una galería ubicada en la Avenida Antofagasta, de la zona
Villa Dolores de La Ceja de la ciudad de El Alto, donde se leían por doquier
luminosos letreros destacando la palabra tattoos
–y cuyos propietarios, de un modo general, eran jóvenes que ostentaban
tatuajes, como ornamentación corporal, en las manos, los brazos y el rostro–,
conocí a Freddy, Dark y Dayko Requena, tres amigos con quienes, desde el primer
roce personal, me llevé muy bien, quizás porque, a través de la amena charla
que sostuvimos, nos dimos cuenta que coincidíamos en algunos principios básicos
de la filosofía práctica de la vida.
En
mi primer encuentro con ellos, que se dio de un modo casual, eché un vistazo a
la redonda y advertí que el estudio estaba bastante equipado, porque, aparte de
cumplir con las normas sanitarias de rigor, contaba con camillas, lámparas,
máquinas de tatuar eléctricas, unos para delinear y otras para sombrear, agujas
de diversos calibres, cartuchos de tinta en una gama de colores, pigmentos,
guantes de tipo quirúrgico, además de materiales esterilizados y de protección.
Mientras
conversábamos de temas diversos, me di cuenta que esta forma de arte corporal
consistía en inyectar la tinta en la dermis, mediante el uso de maquinitas
eléctricas con agujas, que causan un leve sangrado y dolor; una profesión que
requiere de paciencia, experiencia y mucha creatividad, debido a que los
diseños, plasmados en las piernas, los brazos, la espalda, el torso y el
rostro, pueden ir desde la composición de un texto, como una simple rosa de
colores encendidos, hasta la compleja réplica de una fotografía, pasando por
los tatuajes basados en tintas de colores primarios.
Dayko
Requena, que ejercía esta profesión desde hace tiempo, había adquirido
experiencia en Argentina, a pesar del estigma social que todavía existe en
torno a las personas que portan en el cuerpo tatuajes de diversa índole, ya que
esta forma de arte, más allá del sentido estético, es una forma de identificarse
con los seres rebeldes, irreverentes con las normas éticas y morales de una
sociedad religiosa, conservadora y retrógrada, que los identifica con las
subculturas underground, donde estos
movimientos artísticos y culturales alternativos viven en situaciones de
marginalidad, cargando el peso de los prejuicios desfavorables que los
convierten en los outsiders de una
colectividad forjada sobre la base de reglas establecidas por los poderes de
dominación y los ciudadanos de buen vivir,
que asocian los tatuajes con el crimen y la delincuencia.
Con
todo, Dayko Requena y sus compañeros corresponden a esa categoría de artistas
profesionales que, además de tener un pulso firme para el dibujo, deben grabar
imágenes permanentes en la piel utilizando agujas y pigmentos, a partir de
diseños propios o a partir de la preferencia del cliente.
Otro
detalle que me llamó la atención fue el enorme agujero en el lóbulo de la oreja
de donde pendía una joya y ese piercing
microdermal en el pómulo de Dayko, ese piercing
que, siendo otra forma de arte corporal, refuerza el carácter de su
personalidad. Me imagino que esas pequeñas perforaciones realizadas con una
cánula especial en partes del rostro le causó un dolor parecido a la picazón de
una abeja, para luego ser atravesada por una joya de titanio u oro de 18
quilates.
Mientras
conversábamos de ángeles y demonios, de la máscara de diablo que pendía de la
pared y la Ñatita rodeada de copas de
alcohol, puñados de coca y un cigarrillo entre los dientes, se me ocurrió
proponerle la realización de una estatuilla del Tío de la mina, personaje que
él conocía desde su infancia, debido a que tanto su padre como sus parientes
fueron trabajadores del subsuelo en la población minera de Caracoles. Le dije
que hiciera un Tío, pero sin tatuajes en el cuerpo, ni en el rostro, ni en el
alma.
Me
miró con cierto escepticismo, pensó un instante y aceptó el reto de hacer la
estatuilla a cambio de mis libros que despertaron su interés, con solo ver las
portadas y leer los títulos: Cuentos de
la mina, Conversaciones con el Tío de
Potosí, Cuentos violentos y El eco de la conciencia. Le agradecí por
su predisposición y le estreché la mano amiga.
No
era casual que los libros le llamaran la atención, debido a que Dayko Requena conocía
el mundo minero tanto como yo, porque su padre y sus parientes fueron mineros
en Caracoles, donde incluso fue asesinado su tío paterno cerca de la bocamina,
poco después de la asonada militar, conocida como el narco-golpe de Estado,
protagonizada por García Meza y Arce Gómez,
en julio de 1980; ocasión en que las tropas del ejército intervinieron la
población minera, dejando muertos, heridos y, sobre todo, viudas y huérfanos
sumidos en el dolor y el llanto.
Después
de la amena charla, quedamos en vernos otro día, cuando la estatuilla estuviese
terminada. Así ocurrió al cabo de un tiempo. Él me recibió con la amabilidad de
siempre y me enseñó su creación al ritmo de la música rap. Apenas vi la
estatuilla del Tío de la mina, nacida de las manos y la imaginación de este artista
del tatuaje, el dibujo y la escultura, me pareció una excelente obra de arte.
Como es natural, me quedé fascinado ante esta maravilla que estaba destinada a
formar parte de mi colección personal, donde atesoro a varios Tíos y una
Chinasupay, elaborados en distintos materiales y por la fuerza creativa de
varios artistas nacionales.
Le
agradecí por su generosidad, sin dejar de alagar su talento, que le brotaba a
flor de piel. Él no dejaba de sonreír, haciendo más amplia su boca por los
tatuajes que, en formas de delgados cordones, le nacían en la comisura de los
labios y se perdían detrás de las patillas. Le entregué los libros, como habíamos
acordado, y en el libro Conversaciones
con el Tío de Potosí, estampé mi autógrafo, con un texto que decía: De un hijo de minero para otro hijo de
minero.
El
Tío no tenía tatuajes en el cuerpo ni en la cara, estaba limpió como el pecho
de una monja, pero sí tenía el aspecto de diablo, de ese personaje del mundo
mágico y mítico de los mineros, de ese Lucifer del Carnaval de Oruro, donde los
mitayos de la época de la colonia, en
actitud de sumisión y veneración, decidieron disfrazarse de Tío, para rendirle honor y pleitesía,
bailando la danza de la diablada en presencia de la Virgen de la Candelaria, la
mamita milagrosa del Socavón.
Así
comenzó la manifestación cultural de la festividad pagano-religiosa, cuyos usos
y costumbres tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo
occidental y el paganismo de las civilizaciones ancestrales; una fusión de la imagen
del Tío de las entrañas de la tierra y del diablo Occidental, que dio origen a
la danza de la diablada, donde se representa la lucha del Bien contra el Mal,
entre el arcángel San Miguel y el Lucifer de los infiernos; una danza infernal
de tradición minera, en la que convergen lo sagrado y lo profano.
Este
Tío de la mina es el amo y señor de los mineros, desde la época de los mitayos de la colonia, quienes,
influidos por las creencias católicas de los catequizadores y extirpadores de
idolatrías, confundieron al Supay de
la cosmovisión andina –a ese ser que habita en las profundidades del Ukhupacha–, con el diablo de la religión
católica, cuyo protagonista central es Luzbel, conocido como el ángel rebelde,
de cola y cuernos, señor de las tinieblas y tentador del género humano.
Sin
embargo, el Tío, según cuentan las diversas leyendas ancestrales, es la
encarnación del dios Huari de los Urus, el absoluto dueño de las riquezas
minerales y el protector de los trabajadores del subsuelo. El Tío es, en su
condición de dios y diablo a la vez, el único e incuestionable soberano de las
minas bolivianas.
Antes
de llevármelo a casa, y por razones de respeto y tradición ancestral, abrimos
las granadas de Singani y ch’allamos
en honor de la estatuilla del Tío, encendiéndole un cigarrillo en los labios.
En la ch’alla nos acompañó Freddy y
la novia de Dayko. Después nos metimos otro trago entre pecho y espalda, para
soldar nuestra amistad ante los fulgurantes ojos del Tío.
Retorné a casa más feliz que nunca, cargando la estatuilla como una joya preciosa, teniendo el cuidado de no tropezar en el empedrado de la acera ni hacerlo caer en el camino. Lo cargué como a una guagua recién nacida, con todos los cuidados y consideraciones. De modo que de solo tener la estatuilla en mis brazos, me hacía palpitar el corazón con honda satisfacción y me iluminaba la mente con ilusiones de candor y regocijo, porque me sentía como un niño que tenía un nuevo juguetito entre las manos.

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