sábado, 15 de abril de 2017



JESUCRISTO, EL NAZARENO

Bastó mirar esta fotografía para comprender que los alfareros latinoamericanos venden tu imagen pintada con los mismos colores que representa su población tras más de quinientos años de colonización y mestizaje.

Esta misma fotografía me despertó la curiosidad de saber algo más sobre tu vida. Claro está, cómo no me voy a sentir intrigado por las proezas de quien era capaz de caminar sobre la superficie del agua, sin hundirse ni mojarse, que amainaba las tempestades con un soplo, que convertía el agua en vino y la tierra en pan, que saciaba la sed y el hambre de miles de personas con sólo cinco panes y dos pescados, que curaba a los enfermos y resucitaba a los muertos.

Sin embargo, varias de mis preguntas han quedado sin respuestas. Nadie puede explicarme, por ejemplo, cómo te concibieron por obra y gracia del Espíritu Santo en el vientre de María, una mujer que era virgen a pesar de tener marido y que siguió siendo virgen después del parto. Es misteriosa tu encarnación, por eso supongo que si eres el hijo de Dios, hecho hombre para redimir al género humano, no eres el hijo biológico de José, el carpintero y legítimo marido de tu madre, sino sólo su hijo adoptivo.

Tampoco se sabe la fecha exacta de tu nacimiento; unos dicen que fue durante el reinado de Augusto; otros, en cambio, aseveran que llegaste al mundo durante el gobierno de Herodes, el tirano de Judea y enamorado de Salomé, su bellísima hijastra, quien, a cambio de entregarle las llaves de su amor, le pidió la cabeza decapitada de Juan Bautista, el profeta que vivió en el desierto, alimentándose con saltamontes y miel salvaje, y quien, metido en las aguas del río Jordán, bautizó a los creyentes, anunciándoles con voz encendida: ¡El verdadero Mesías está ya en camino y pronto se hará el Reino de Dios!...

Cuando los adivinos y sacerdotes le anunciaron a Herodes que habías nacido en un pesebre de Belén, con la misión de gobernar a tu pueblo e instaurar un imperio de paz y de amor, Herodes se sobrecogió de asombro y, acosado por el pánico, mandó a degollar a los niños menores de tres años, temeroso de que el príncipe de la paz, anunciado por las profecías, hubiese ya nacido cerca de sus narices. Lo demás es puro cuento, y tú lo sabes bien. Te salvaste del filo de la espada por milagro y por milagro fuiste a dar en Egipto y otra vez en Nazaret. Pero lo que no queda claro es la fecha de tu nacimiento. Si los investigadores de las Sagradas Escrituras dicen que Herodes murió cuatro años antes de tu nacimiento, entonces habría que deducir que naciste algunos años antes de la muerte de Herodes. Es decir, la llamada Era común, que también lleva tú nombre, está cronológicamente mal calculada.

Los cuatro evangelios, así como no revelan varios detalles de cómo viviste hasta los 30 años de edad, aparte de la suposición de que ejercías de carpintero como tu padre adoptivo y diestro polemista contra los fariseos y saduceos, tampoco revelan qué idiomas hablabas, además de ese dialecto cercano al hebreo, que te identificaba como a Galileo. Algunas veces pienso que, por ser el hijo de Dios, creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles, dominabas todas las lenguas que él mismo las confundió por castigo en la Torre de Babel. Otras veces me sigo preguntando si acaso hablabas el griego y el latín; de no haber sido así, ¿en qué idioma te comunicabas con el procurador romano Poncio Pilato y en qué idioma conversabas con los forasteros que cruzaban tu camino? ¿Conocías La República de Platón y El Estado de Aristóteles? ¿Sabías algo sobre los dioses del Olimpo y las tragedias griegas?... Los evangelios no me dan las respuestas por mucho que las busco sobre líneas y entre líneas. De modo que, recogido en mis dudas e interrogantes, me veo obligado a sacar mis propias conclusiones, que no siempre son coherentes ni satisfactorias.

Si aún no lo sabías, te anuncio que eres un Jesucristo hecho a imagen y semejanza de cada pueblo, raza y cultura. Tal vez por eso, en los mercados de la América mestiza se venden Jesucristos blancos y Jesucristos morenos, ya que en los cuatro evangelios, donde se citan tus palabras y se describen tus milagros, no se menciona casi nada sobre tu aspecto físico. Nadie parece saber si fuiste alto o bajo, gordo o flaco; si tenías el pelo negro o rubio, rizado o lacio. Ningún apóstol te ha descrito con ese lujo de detalles tan propio en los protagonistas de los novelistas o dramaturgos, aunque algunos pintores intentaron retratarte con la melena desgreñada y la barba crecida, el cuerpo magro y el rostro macilento, una imagen a la que nos fuimos acostumbrando con el correr de los siglos.

Los cuatro evangelios, escritos probablemente entre los años 70 y 80 después de tu muerte y resurrección, se refieren sólo a los dos o tres últimos años de tu vida pública, en los cuales escogiste a tus apóstoles y predicaste verdades profundas, perseguido por tiranos y fariseos, quienes consideraban tus palabras un fenómeno sacrílego de peligrosa agitación y, lo que es peor, no veían en ti al redentor de la humanidad, sino al simple impostor que, vestido en harapos, se mezclaba con los pordioseros, las prostitutas y los pecadores. Por lo tanto, el Mesías esperado por el pueblo hebreo no eras tú, que decías haber llegado para liberarnos del pecado original, sino en ese otro que llegaría ataviado como un verdadero rey, dispuesto a sentarse en su trono para gobernar a su pueblo.

Los tres años que predicaste contra viento y marea, infundiendo una sencillez y una pureza sin par, no fueron suficientes para hacerte profeta en tu propia tierra ni para salvarte del suplicio final, pues en una de tus visitas a Jerusalén, la ciudad prometida, fuiste delatado por uno de tus doce apóstoles y hecho prisionero por Poncio Pilato, quien, por medio de un consenso en el que tus enemigos votaron en contra de tu libertad, te condenó a morir crucificado entre dos ladrones. O sea que a los 33 años de edad, tú, Hombre y Dios a la vez, recorriste el largo camino del Gólgota, sin poderte salvar de la cruz, los látigos y la corona de espinas.

Desde entonces, tú, que asumiste el castigo por nosotros los pecadores y sacrificaste tu vida para salvarnos de las calamidades, te has convertido en el talismán de los falsos profetas, en cuyas iglesias usan tu imagen y tu nombre para predicar evangelios ajenos a los que nos legaron tus apóstoles, quienes, fieles a las sabias enseñanzas de su Maestro, nos acercaron a uno de los testimonios más trascendentales de todos los tiempos.

Por todo lo expuesto, no importa que me quede suspendido entre las dudas, o me cambien las preguntas cuando ya tengo las respuestas, puesto que estoy convencido de que a veces, como bien decía Jorge Luis Borges, son más importantes los enigmas que las explicaciones.

viernes, 14 de abril de 2017


TRECE TESTIMONIOS DEL EXILIO

La editorial francesa L´Harmattan publicó el libro Paroles d’exil (Palabras de exilio, 2017), un volumen que compendia trece entrevistas a escritoras y escritores latinoamericanos, quienes no sólo fueron víctimas de la represión y la violencia del terrorismo de Estado, sino que también vivieron en la diáspora del exilio tras el advenimiento de las dictaduras militares en América Latina.

Las escritoras y escritores fueron entrevistados entre octubre de 2014 y marzo de 2016, con el propósito de registrar, con sus propias palabras, un testimonio personal y colectivo de una de las etapas más sombrías de la historia de un continente que fue asolado por los gobiernos que, dejando a su paso un reguero de muertos, heridos y desaparecidos, se encaramaron en el poder entre 1960 y 1990.

Los autores, que son de Chile, Uruguay, Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil, evocan las circunstancias de su forzada partida del país de origen, las secuelas del sufrimiento físico y psicológico provocadas por la sistemática represión política, la capacidad de adaptación en el país que los acogió en condición de exiliados y el vigor de su escritura como arma de denuncia y protesta.

Entre los escritores entrevistados, y cuyas obras fueron traducidas al francés, figuran Isabel Allende, Carlos Liscano, Eduardo Galeano, Zoé Valdés, Sergio Zamora y Víctor Montoya, entre otros. Algunos de ellos retornaron al país que los vio nacer después del rescate de la democracia cautiva, en tanto otros permanecieron en su segunda patria, que es el país que los acogió solidariamente en los peores momentos de su vida ciudadana. 


Las entrevistas fueron realizadas por la periodista francesa Marianne Boscher-Gontier, nacida en 1956, cerca de París, donde reside desde hace cuarenta años. Las traducciones al francés corresponden al profesor y traductor franco-español Mathieu Vicens, nacido en 1981, en Burdeos, hijo de madre vietnamita y padre hispano. La ilustración de la cubierta y los retratos de los escritores fueron plasmados por el diseñador argentino Agustín Herrera.

No cabe duda de que este libro, que constituye un valioso documento de la historia contemporánea, fue elaborado por dos apasionados de la literatura latinoamericana y dos intelectuales interesados por rescatar la memoria viva de los escritores que fueron perseguidos, torturados, encarcelados y exiliados por el único delito de haberse opuesto a la ideología de exterminio y violencia de los regímenes antidemocráticos, que vulneraron los derechos humanos y cometieron crímenes de lesa humanidad.

Por lo demás, el exilio político no es un acto heroico ni una forma de vida que valga la pena recomendar a las futuras generaciones. Como bien decía Eduardo Galeano: Nadie es un héroe por haber abandonado el país, nadie es patriota por permanecer allí. El exilio es, simple y llanamente, un destierro que se debe asumir con los puños y dientes apretados, porque es el último refugio al que uno acude para poner a salvo su vida, constantemente amenazada por un sistema político totalitario que no tolera la libertad de expresión ni respeta la dignidad humana.

jueves, 13 de abril de 2017

EL MAGO DE LA BOTELLA


Otra vez frente al Diablo, el corazón acongojado y la botella de aguardiente en la mano.

–Desde el maldito día en que empezaste a beber como un condenado, has perdido la dignidad y el decoro –me regañó el Diablo–. No eres ya el mago de la palabra, sino el mago de la botella.

Me estremecí al oír sus palabras. Suspiré y me quedé callado. Lo miré desde abajo y él me devolvió la mirada con desprecio, mientras sus colmillos, afilados y de blanco esmalte, centelleaban como la ascua de sus ojos. 

–Has llegado al extremo en que tu tufo espanta a la gente y sólo atrae a las moscas –dijo el Diablo, en tanto yo procuraba mantener el gollete de la botella en los labios–. Primero has perdido tu casa y tu trabajo, después a tus hijos y a tus amigos. A tu mujer nunca la perdiste, porque nunca la tuviste. Ella se burló de tus nobles sentimientos y te puso cuernos conmigo. De nada sirvió que le entregaras tu amor y le demostraras tu fidelidad de perro. Ahora es tarde, demasiado tarde. No pararás de beber hasta que la muerte te encuentre tirado en el piso cual un miserable diablillo entre los diablos...

Permanecí callado pero sin derramar lágrimas, aunque sus reproches me dolían en el cuerpo y en el alma, con la misma intensidad con que le duele a cualquiera que no tiene el corazón de piedra ni el puño de hierro.

Aligeré otro sorbo y, moviéndome como la llama de una vela mecida por un soplo, le pregunté entre hipo e hipo:

–¿Y qué debo hacer para dejar la botella y volver a ser el mago de la palabra?

–Debes sobreponerte a tus debilidades, liberarte de los fantasmas del pasado, superar las frustraciones del presente y tender tu mirada altiva en el horizonte del porvenir. Sólo así lograrás vencer las tentaciones del alcohol que, tal cual habrás constatado, son mucho más fuertes que mis propias tentaciones.

–Si me ayudas –supliqué sintiendo que la angustia me devoraba por dentro–, estoy dispuesto a darle un giro a mi vida, desterrar la botella y volver a ser un ratón de bibliotecas; es más, quiero que me conviertas otra vez en el mago de la palabra, aunque tú sabes, en lo más hondo de tu ser, que no soy una maquinaria de palabras, sino un artesano que me rompo las manos para escribir lo poco que escribo, con un esfuerzo que a veces me deja postrado como a todo aquel que padece la enfermedad de las palabras. Pero eso sí, y esto también lo sabes bien, estoy dispuesto a consagrarme como el mago de la palabra, a seguir escribiendo los dictados de la razón y del corazón, y, de pasadita, seguir escribiendo tus dictados que, de un tiempo a esta parte, me traen de cabeza como a un loco de remate. Pero con todo, quiero que conviertas la botella en un tintero y me devuelvas las ganas para continuar escribiendo lo que pienso y siento.

–Si ése es tu deseo, retirarte del vicio y no caer en un tonel sin fondo, así lo haré –dijo el Diablo–. Te concederé tu deseo como el genio de la lámpara maravillosa concedió los deseos de Aladino, pero..., pero con una condición...

–¿Qué condición?

–Que me rindas tributo y no me reclames tu alma, porque tu destino no está ya en tus manos sino en las mías; más aún ahora que convivo contigo noche y día, en tu casa y en tu cuerpo.

–¡¿Cómo?! –retrocedí tambaleante, mirando doble y la botella todavía en la mano.

–Sí –reafirmó el Diablo–. A estas alturas de nuestra relación, tu vida vale más que la mía. Eres mis cinco sentidos y mi voz. Eres mi carne, mis huesos y mi sangre. Además, a diferencia de lo que ocurrió entre Fausto y Mefistófeles, tú no me vendiste tu alma a cambio de conservar una eterna juventud, sino que yo te la arrebaté desde el primer día en que me viste, en mi estado más natural, en la galería principal de la mina en Siglo XX. ¿Recuerdas?..., ¿recuerdas?

Me quedé atónito, cabizbajo, hasta que de pronto, como quien retorna a la sobriedad bañado por un cubetazo de agua fría, reflexioné un instante y repliqué:

–Si la condición para volver a ser el mago de la palabra es que te entregue mi vida y te rinda tributo por el resto de mis días, entonces prefiero seguir siendo el mago de la botella así me cargue la muerte.

–¡No seas pendejo! –gruñó el Diablo, con el rostro encendido como por las llamas del infierno–. ¿Cómo puedes permitir que el alcohol se lleve tu vida? ¿Cómo puedes creer que el mal de borrachera sólo se cura con la muerte? En lugar de vivir cual fantasma errante, agarrado de la botella como un crío de su mamadera, piensa en que si me sigues idolatrando, tendrás lo que andas buscando, no sólo salud, dinero y amor, sino también la capacidad de convertir en literatura todo lo que toques; de desnudar tu alma como los poetas, de transformar tus pensamientos más profundos en metáforas alucinantes, de atravesar los corazones enamorados como los flechazos de Cupido; en fin, serás un mago entre los magos de la palabra y no un pobre diablillo entre los diablos...

Fue entonces cuando me cargué de coraje, alcé el tono de la voz y dije:

–No es el alcohol el que se lleva mi vida, ni el que me roba el alma. Eres tú, solamente tú, quien anda metido en el fondo de la botella como el genio andaba metido en la lámpara de Aladino...

El Diablo me miró por el rabillo del ojo, con un aire de solemne superioridad, y sentenció:

–Si quieres dejar de ser el mago de la botella y volver a ser el mago de la palabra, y seguir escribiendo cada día como si fuese el último de tu vida, ya sabes, no tienes otro remedio que someterte a mis designios y temerme como el siervo le teme al amo, porque quien teme al diablo, no teme a la muerte...

–Quizás sea cierto –dije acercándome hacia él, mientras un sudor pegajoso cundía en la palma de mis manos–. Me rendiré a tus pies y me someteré a tu voluntad, pero sólo hasta que se me rompa la botella y tú desaparezcas de mi vida como por ensalmo.

El Diablo, aunque intentó inclinarse hacia atrás, recibió una repugnante tufarada en el rostro. Luego, malhumorado, frunció el entrecejo en actitud de reproche. Me clavó su mirada diabólica, se restregó las manos ante el fuego de sus ojos y, consciente de tenerme atrapado en sus redes, se dispuso a decirme algo, pero...

En ese instante, cuando la botella se me resbaló de la mano y saltó en pedazos contra el piso, desperté de un sueño alborotado, el cuerpo terriblemente machucado y una resaca pidiéndome a gritos hacer aparecer más botellas destiladas por el Diablo.