sábado, 1 de octubre de 2011


EL CASCO DEL MINERO

El monumento al guardatojo del minero es ya un emblema que comenzó el año 2002 y culminó el 2003, como un homenaje a los trabajadores del subsuelo en una ciudad inundada de mitos, ritos y leyendas, y en cuyos cerros, que a la distancia parecen una recua de llamas en reposo, se explotaron primero los yacimientos de plata y luego los filones de estaño desde las sombrías épocas de la colonia.

Hace mucho tiempo, cuando lo vi por primera vez en una fotografía digital, me quedé pasmado ante la magnífica creación del artista que lo diseñó y plasmó con maestría y talento. Lo contemplé por un rato sin salir de mi asombro y, como quien se identifica desde siempre con el destino de los mineros, me cruzó por la mente la idea de que si alguna vez pisaba la tierra de los urus, me tomaría una fotografía sin falta, al menos para dejar constancia de mi amor desmedido por la Villa Real de San Felipe de Austria.

El Casco del Minero, de aproximadamente seis metros de diámetro, está hecho de hojalata y metal bruñido; por eso en su copa y su ala destellan los rayos del sol y su magnífica estructura ornamental da la bienvenida a los visitantes que ingresan a la ciudad por la zona norte. Ocupa la parte central de una rotonda de césped, cactus, piedras y cemento, y está flanqueado por las figuras que representan a las cuatro plagas de la leyenda de los urus, cuyo relato apasionante cuenta la historia de que la víbora, el sapo, el lagarto y las hormigas fueron enviados como castigo por el dios Huari, para exterminar a los apacibles habitantes del lago Uru-Uru, quienes le dieron las espaldas para adorar a otro dios más poderoso y luminoso que era el Inti (Sol). No obstante, como suele suceder en la mayoría de  los relatos de la tradicional oral, los urus fueron salvados por los poderes mágicos de una Ñusta, la misma que se apareció flameando en el cielo diáfano del altiplano, y con cuya espada, que lanzaba rayos mortíferos, logró petrificar a las cuatro plagas, que hoy forman parte del ornamento de una ciudad que, año tras año, ofrece un espectáculo folklórico hecho de luces y de sueños.

Si se observa con detenimiento, el Casco del Minero, allí donde debía estar la lámpara frontal, lleva la imagen de la Virgen del Socavón, patrona de los mineros y mamita de quienes, en sumisa veneración, le rinden culto celebrando una fiesta que, durante varios días y varias noches, refleja la tradición ancestral de una urbe que parece vivir a ritmo de platillos, bombos, trompetas y matracas.

Tomarme una foto al pie del guardatojo no sólo fue un hecho obligatorio, por ser hijo de entrañas mineras, sino también un buen pretexto para tener una imagen en la rotonda, donde yace los animales más representativos de la tradición milenaria de un pueblo que, así como supo sobrellevar con dignidad las etapas más sufridas de su historia, sabe engalanarse con sus mejores atuendos a la hora de embelesar al visitante que llega desde lejos, dispuesto a dejarse atrapar por la magia de la cosmovisión andina, como un hombre se deja atrapar por los encantos de una hermosa chinamorena.
  
No cabe duda de que la esencia minera se apoderó de la ciudad. Es cuestión de extender la mirada y dejarla pasear en derredor, para comprender que esta tierra, que durante siglos dio de mamar sus riquezas al mundo a cambio de pobreza, se alza estoica en medio de la altipampa, donde los vientos silban, chillan y levantan polvareda como zampoñeros en comparsa.

En las zonas aledañas a los socavones, donde el olor de la copagira se mezcla con el olor de la alcantarilla, se siente la presencia del mitológico Tío; dueño absoluto de las riquezas minerales, amo de los mineros y generador principal del Carnaval orureño, en cuya fraternidad de los diablos baila con su traje de Lucifer, desafiándole al arcángel San Miguel y suplicándoles a las chinasupay que aplaquen con su lujuria las llamas encendidas de su corazón.

Este monumental Casco del Minero, forjado entre la luz y el aire, no es la obra de un escultor orureño, como podrían imaginarse los visitantes nacionales y extranjeros, sino la creación del cochabambino Fernando Crespo, un artista que, a fuerza de imaginación y trabajo forzado, logró dotarle a la ciudad minera uno de sus emblemas más característicos. La obra, que llama la atención del caminante desde cualquier ángulo que se la contemple, fue colocada en plena vía que conecta a Oruro con los departamentos situados al norte del país.

Por lo demás, querido lector, sólo cabe aclararte que esta crónica es la expresión más genuina del sentir de un escritor, que un día concibió la idea de retratarse al pie de este guardatojo de hojalata y que otro día cumplió con su promesa, gracias a que detrás de la cámara estaba Carla Faviana Gonzáles Gareca, lista para presionar el disparador e inmortalizar este instante de emociones desatadas, justo cuando las laderas de los cerros empezaban a teñirse con el rosado resplandor del ocaso.

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