miércoles, 4 de febrero de 2026

LECTURA DE LA SUERTE EN PLOMO

En La Ceja de la ciudad de El Alto, en plena feria de la Alasita, vi a un yatiri sentado detrás de una pequeña mesa, atendiendo a sus clientes del más diverso linaje, quienes le solicitaban que les leyera la suerte y el futuro en un trozo de plomo que, entre volutas de espeso humo, era derretido en un cucharón colocado sobre el brasero calentado con carbón, para luego ser vertido en un recipiente de agua fría.

El yatiri, originario de una provincia del norte paceño, era un sujeto serio y maduro, de pelo blanco y rala barba; tenía un punto de sorna en la mirada y, supuestamente, mucha experiencia en el arte de adivinación; vestía con poncho rojo, gorro de lana, pantalón negro y calzados envejecidos por las interminables caminatas.

Delante del yatiri estaba una mujer que, tras la interpretación espiritual de las formas metálicas, que le predijeron su desdichado destino, se levantó batiendo las polleras y enjugándose las lágrimas que le brotaban de sus hermosos ojos negros. Fue entonces que, impulsado por la curiosidad de conocer lo que me deparaba la vida, decidí que el enigmático personaje me adivinara el futuro, nada menos que en un trozo de plomo derretido al fuego y solidificado en agua fría.

El yatiri, acostumbrado a predecir el futuro de la gente en cuestión de salud, amor, negocios y viajes, se decía a sí mismo que estaba conectado con los achachilas, espíritus que moran en las cumbres nevadas de los Andes, quienes le concedían el prodigio de ser un agorero del género humano.

–Toma asiento –dijo con su boca llena de coca, presto a explorar mi futuro por unas pocas monedas.

Me senté en la pequeña banca de madera y me dispuse a esperar, con infinita paciencia y mucha expectativa, el resultado que arrojaría el plomo fundido.

Encima de la mesa, de un metro por un metro, yacía una bolsa de coca, una botella de aguardiente, un crucifijo y un brasero ardiente, con un cucharón donde ponía el trozo de plomo para que fuese derretido por las llamas del carbón que ardía al rojo vivo.

El yatiri andino, que atendía a sus clientes furtivos, sentados en la pequeña banca, mientras avivaba las llamas de las brasas, procedió a colocar el pedazo de plomo dentro del cucharón. Después sorbió un trago de aguardiente directamente de la botella y, mirando cómo el fuego fundía el metal entre burbujas, dijo:

–La fe mueve montañas.

Al cabo de un tiempo, retiró el cucharón del brasero, con el plomo todavía en ebullición, y lo vació rápidamente en el recipiente de agua fría, formando figuras caprichosas y sólidas al instante, que fueron escrupulosamente interpretadas por el adivino andino, como quien quiere encontrar las futuras claves de la vida en un trozo de metal tóxico.

Yo miraba en derredor, casi perdido en medio de la multitud que asistió a la Alasita, y el yatiri parecía rezar para sus adentros, invocando a sus recursos internos, que emanaban desde el fondo de su alma, como si pusiera en acción otros poderes sobrenaturales lejos de la ciencia y la razón.

Al advertir que estaba algo distraído pero inquieto, aguardando que leyera mi suerte en las figuras amorfas formadas en el plomo solidificado, movió la cabeza de arriba abajo y, sorbiendo otro trago de aguardiente, exclamó:

–¡Tendrás un brillante futuro! Las figuras son elevadas, claras y sin manchas…

Esbocé una ligera sonrisa y no dije nada. Le pagué las monedas por su servicio, me levanté de la banca con el cuerpo pesado y me dispuse a proseguir mi camino.

–Espera un momento –dijo, deteniéndome en seco.

Me volví con parsimonia, sin saber lo que quería el yatiri, quien me invitó a sentarme otra vez.

–No sé por qué –dijo–, pero me t’inka que tú eres la persona indicada para contarte en qué consiste mi trabajo.

De entrada, se definió como un hombre dedicado al estudio de los fenómenos paranormales, esotéricos y místicos, una sabiduría que le permitía escuchar voces en medio del silencio, ver espíritus del más allá, conversar con ellos y transmitir energías cósmicas a través de la palma de las manos; más todavía, me confesó que se dedicaba a practicar rituales andinos desde siempre, ritos para encontrar a la pareja ideal y sanar a los enfermos, ritos para hacer milagros y prever con anticipación las catástrofes naturales.

No en vano, en el tronco del árbol, donde apoyaba su robusta espalda, colgó un letrero en cuyo texto se leía: Yatiri aymara ausculta la suerte en plomo derretido. Aquí se da respuesta sobre la infidelidad de la pareja, la forma de salir de la pobreza o revelar el nombre de la persona que te embrujó por celos o por envidia. Aquí se le lee la suerte y lo qué depara el mañana, con solo derretir un metal que atrae la energía de las personas y tiene los mismos poderes provenientes de Dios.

El hombre, dedicado a la lectura de la suerte en plomo, al advertir interrogantes y dudas en mi frente, sacó de su bolsa de lana una serie de piedras talladas y me las ofreció, a buen precio, como talismanes para mejorar mi vida, hacer cumplir mis deseos y evitar el mal de ojo o los maleficios a los que podían someterme mis enemigos.

Le miré a los ojos, diminutos como los de un ratón, y recorrí por el mapa de su rostro, que dibujaba gestos parecidos a los de un p’ajpaku, con una verborrea a flor de labios y una actitud de hombre pícaro.

Poco después, en medio del bullicio de la calle, me levanté del asiento y, sin ni siquiera despedirme, me alejé del lugar, sin dejar de pensar en que todos, en épocas de crisis económica, buscan la manera de ganarse el pan del día, así sea con las tradiciones propias de una comunidad ancestral, donde las supersticiones forman parte de la vida y la mente de sus habitantes.

Glosario

Achachilas: Espíritus ancestrales en la cosmovisión andina. Protectores de las comunidades, personificados en las montañas o cerros.

Alasita: Feria tradicional de miniaturas dedicada a la abundancia y la prosperidad.

P’ajpaku: Charlatán, embustero, embaucador callejero.

T’inka: Corazonada, presentimiento, intuición o impulso espontáneo, a menudo irracional.

Yatiri: Curandero, adivino, chamán, guía espiritual en la comunidad aymara.

miércoles, 28 de enero de 2026

PRESENTACIÓN DE LIBRO EN LA CIUDAD DE EL ALTO

El viernes 6 de febrero, a Hrs. 19:00, se presentará el libro Cuentos violentos, del escritor Víctor Montoya, en el local del Centro de Poesía, Cultura y Arte ALBOR. Dirección: Plaza Obelisco, Zona C.6, Villa Dolores.

viernes, 23 de enero de 2026

 

LAS LAMAS DEL K’ENKO EN CATAVI

¡Ah, carajo! ¡Todo se fue a la mierda!, exclamó un cataveño, mientras miraba las imágenes, que se transmitían por medio de las aplicaciones de TikTok, sobre la catástrofe medioambiental que tuvo como escenario la pequeña comunidad de Andavilque.

La laguna artificial el K’enko, que estaba ubicada al lado de la población de Catavi, conservaba una gran reserva de mineral en forma de lama, ya que durante mucho tiempo se bombearon a esta laguna las colas o los desperdicios provenientes de la planta de concentración de estaño denominado Ingenio Victoria. Así se conservó varias décadas, desde la época en que el empresario minero Simón I. Patiño perdió su imperio en este sitio del municipio de Llallagua, al norte del departamento de Potosí.

La laguna el K’enko era un lugar casi turístico, donde los enamorados iban a caminar por las orillas y a tomarse fotografías, No faltaban los cataveños que, motivados por la nostalgia de los años idos y vividos, retornaban desde el interior del país para ir a contemplar las aguas plomizas de la laguna que se les quedó grabada en la memoria desde la más tierna infancia. 

Todo era asombro y maravilla en esta zona de la pampa de Catavi, hasta el día en que la laguna, tras la falta de mantenimiento y las intensas precipitaciones pluviales, colapsó y se desbordó, generando una gigantesca mazamorra, mezcla de lama, agua y residuos minerales, que se descolgó desde las alturas y, llevándose todo a su paso, se precipitó cuesta abajo, hasta inundar el pequeño poblado de Andavilque.

El desastre ocurrió aproximadamente a las 5:00 de la madrugada del 16 de marzo del 2025. Los testigos cuentan que se oyó un repentino estrépito que sacudió la parte sud de Catavi. Los pobladores ni siquiera alcanzaron a ponerse de pie, cuando la mazamorra inundó la comunidad precolombina de Andavilque, perteneciente al ayllu Chullpa, cuya población se dedicaba a la producción agrícola, crianza de ovinos, camélidos, vacunos, curtiembre y hasta a la elaboración de chicha y chicharrón.

La laguna artificial el K’enko, un dique que se encontraba en la parte alta de Andavilque, cerca de los desmontes de colas-arenas, fue vencida por las fuerzas de la naturaleza y sus espesas aguas se desbordaron como en una película de ciencia ficción. Los pobladores quedaron en estado de espanto y de llanto. El rebalse causó graves daños medioambientales, porque el dique contenía plomo, zinc, cadmio, sulfuros y estaño de baja ley.

El pánico y la zozobra alcanzaron dimensiones apocalípticas. Las personas y los animales, en un intento por poner a salvo sus vidas, se abrieron paso entre el lodo plomizo y espeso, mientras los gritos de auxilio se oían junto al zumbido de las aguas y la lama encajonándose río abajo.

Varios animales, entre ellos perros y gatos, fueron sorprendidos y enterrados por la lama. La mazamorra primero se comió la cancha de fútbol y luego las viviendas de adobes y techos de calamina. Por suerte, algunos pobladores alcanzaron a huir hacia las partes altas del terreno y a subirse a los techos para evitar ser llevados por el material de arrastre.

En poco tiempo todo estaba consumado. El lodazal, que descendió hasta apoderarse de Andavilque, dejó un panorama pintando de color plomizo, como si toda la lama de Catavi, acumulada durante décadas por la industria minera, se hubiese rebelado contra la codicia humana, que no dejó de horadar el vientre de la Pachamama ni dejó de explotar los yacimientos estañìferos del norte de Potosí.

Ese mismo día, los medios de comunicación y las redes sociales difundieron imágenes capaces de erizar la piel y golpear los sentidos. Los informes oficiales de lo sucedido, de las causas y consecuencias del lago artificial, considerado por muchos un atractivo turístico, dieron cuenta de que el 80% de las viviendas y los cultivos quedaron como navegando en medio de la desgracia y bajo un cielo cargado de nubes. No solo quedaron cientos de damnificados, sino que la laguna el K’enko contenía minerales tóxicos, que dañarían la salud de los pobladores, constituyéndose en una irreparable catástrofe medioambiental, que afectó también a otras comunidades campesinas a lo largo del río.

La laguna artificial el K’enko, que causó una colosal catástrofe en Andavilque, desapareció del mapa de la noche a la mañana, como desaparecen los malos proyectos de un soplo. Por cuanto lo que un día fue una de las reservas más importantes de la Empresa Minera Catavi, un sitio donde los enamorados y turistas acudían para darse besos y tomarse fotografías, otro día se convirtió en un paisaje desolado y en un ejemplo del manejo irresponsable de una industria minera que la abandonó a su suerte, tras el maldito Decreto Supremo 21060 de 1985, que provocó el cierre de las minas nacionalizadas y una relocalización sin precedentes en la historia de Bolivia.

Glosario

Colas-arenas: Residuos de mineral procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.

Chicha: Bebida alcohólica hecha con jugo de maíz fermentado.

K’enko: Laguna artificial ubicada cerca de la población de Catavi. Conserva una gran reserva de estaño, debido a que durante décadas se bombardearon los residuos minerales provenientes del “Ingenio Victoria” de la Empresa Minera Catavi.

Lama: Greda pegajosa que se produce durante la perforación. Residuos de mineral fino (polvo) procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.

Relocalización: Despido masivo de trabajadores mineros, que buscan nueva residencia.

miércoles, 7 de enero de 2026

MICROTEXTOS XII

Los muñecos

En varias calles de la ciudad de El Alto, acechadas por la delincuencia diurna y nocturna, los vecinos colgaron enormes muñecos de las luminarias. Están hechos de ropas embutidas con trapos de todos los colores y tamaños. No tienen rostros, ni edades, ni nombres, pero sí un letrero en el pecho y un texto parecido a la sangre: Ladrón pillado será linchado y quemado.

El líder

Sembraba la palabra, con vehemencia y coherencia, sin saber si sus partidarios eran tierras fecundas, donde un día podían cosecharse sus ideas revolucionarias  y sabias enseñanzas. Hablaba y hablaba, en las asambleas, congresos y reuniones, no por ser un hablador, sino un auténtico líder de las masas y un magnífico representante de las aspiraciones populares. 

La corrupción

En un país bananero, donde todo anda de cabeza, el político que roba es aplaudido y el policía honesto es ridiculizado, el que miente es aplaudido y el que dice la verdad es abucheado. En un país bananero, donde todo anda patas arriba, la honestidad es plata y la corrupción es oro.

El pecado

Dicen que en el Paraíso, el diablo tomó la forma de una serpiente, una criatura dotada del don de la palabra y capaz de expresar sus pensamientos con deslumbrante lucidez. Se alzó sobre su cola y le convenció a Eva para que le diera de comer el fruto prohibido a Adán, ya que si ambos comían del árbol de la sabiduría, de lo Bueno y lo Malo, no morirían, como les dejó dicho Dios, sino que se les abriría los ojos y los oídos, y serían como su Creador. Ella le obedeció como mujer sumisa y probó el fruto prohibido del árbol de la sabiduría, que Dios, por alguna divina equivocación, puso en medio del jardín del Edén. Poco después, Eva le entregó la fruta prohibida a Adán, quien, como hombre sumiso, hincó los dientes en la manzana. Así fue como nuestros primeros padres, incitados por la serpiente y desobedeciendo el mandamiento de su Creador, introdujeron el pecado y la muerte en este mundo.

Cuestión de gatos

Eduardo Mondragón no compartía la idea de que los gatos eran animales sagrados, como se imaginaban los antiguos egipcios, y mucho menos dioses protectores de la salud y la fortuna. Tampoco había por qué venerarlos y mimarlos como lo hacían los budistas tibetanos, que los consideraban acompañantes en el tránsito obituario y que en la vida eran como hermanos del alma, sobre todo, si se los trataba con consideración y cariño.

Tampoco le interesaba si  Julio Cortázar tuvo una extraordinaria afición por los gatos en París, si Ernest Hemingway criaba numerosos gatos en su casa de Cuba, si Carlos Monsiváis vivía rodeado de gatos, si Edgar Allan Poe inmortalizó a su gato negro y si Stephen King, en su novela, Cementerio de animales, retrató a un gato capaz de resucitar a los muertos, ni para qué citar a los otros querendones de felinos como T.S. Eliot, Mark Twain, Charles Dickens y otros.

Le tenía sin cuidado que también las escritoras como Charlotte Brontë, Colette, Patricia Highsmith, Elizabeth Bishop, Elena Poniatowska y Doris Lessing, entre otras, hayan sido amantes de los gatos. Lo único que le interesaba a Eduardo Mondragón, el enemigo principal de los gatos, era que estos felinos, que por las noches se tornaban en pardos, desaparecieran del mapa por ser carniceros de dientes afilados. Los odiaba con todas las fuerzas de su alma, desde el día en que un gato se entró por la ventana de su cuarto y se comió al canario de su vida.

sábado, 3 de enero de 2026

APRENDIZAJE DE LA ESCRITURA

De la misma forma que existe un “centro cerebral del lenguaje”, existe también un “centro de la escritura”, que dirige y coordina todos los movimientos delicados de la mano que participan en el acto de escribir. La escritura es, por lo tanto, un acto complejo y asociado, cuya realización exige la colaboración armónica funcional de los centros ópticos, acústicos y motores del cerebro.

Los niños en edad preescolar, que aprenden a escribir las letras de su nombre, lo hacen combinando el sonido y el signo alfabético que lo representa; un proceso de aprendizaje que, como todo conocimiento adquirido, requiere de ciertas destrezas físicas y facultades mentales, pues la estructuración de las letras y, en cierto modo, el aprendizaje de los sonidos y nombres de las letras implica una forma avanzada de coordinación sensorial y motriz. Así, el aprendizaje de un sonido para una letra requiere de una capacidad lógica en la percepción, una capacidad mental que no siempre está desarrollada en los niños que aprenden a leer antes de la edad escolar.                                           

El niño, en su condición de sujeto pensante y principal artífice en el proceso de aprendizaje, investiga desde un principio su entorno inmediato, constatando la existencia de dimensiones como “arriba” y “abajo”, “izquierda” y “derecha”, “delante” y “detrás”. Después adquiere un conocimiento mucho más detallado sobre las relaciones cognitivas, a partir de sus experiencias y vivencias cotidianas; un permanente proceso de asimilación que lo conduce al aprendizaje paulatino de la escritura, que no siempre está exenta de dificultades en todos los casos.

Los especialistas en el tema recomiendan a los educadores del ciclo preescolar estimular en los niños el ejercicio de dibujar, debido a que constituye una práctica necesaria en el proceso de aprendizaje de la escritura. Según el psicólogo norteamericano Jerome Bruner, la temprana creación pictórica ayuda a entrenar las funciones de la memoria y es determinante en el desarrollo idiomático. Bruner concibe la imagen gráfica y el idioma verbal como una evolución ordenada durante el periodo preescolar y considera el lenguaje escrito como algo único en el desarrollo cognitivo. Lo mismo que para el psicólogo ruso Lev Vygotsky, el dibujo es el primer paso del lenguaje escrito y una poderosa herramienta para el pensamiento, puesto que las letras no son más que una suerte de dibujos en miniatura; es más, el educando debe hacer que el niño asimile una conciencia idiomática, al menos cuando se sabe que vivimos en una Era de comunicación tecnológica, en la que el lenguaje escrito constituye un elemento funcional y fundamental.

El niño tiene que aprender primero a reconocer y distinguir cada una de las letras y grupos de letras, imprimiendo en su cerebro las respectivas imágenes o representaciones visuales. Debe aprender los respectivos sonidos y “almacenar” en el cerebro las correspondientes imágenes sonoras. De esta forma puede el niño empezar a escribir, relacionando la imagen sonora y la visual de cada una de las letras y grupo de letras. Al mismo tiempo, entra en función el centro motor de los músculos de la mano (y del antebrazo), que realizan la reproducción gráfica de las letras y palabras, primero copiando o al dictado (con lo que se recuerdan las imágenes visuales y sonoras de las letras) y después espontáneamente.

El aprendizaje de la escritura, que es un medio fundamental de expresión del pensamiento, depende, de un modo general, de los siguientes factores: 1. de una facultad mental que le permita asimilar el concepto de letra durante el proceso de aprendizaje. 2. de una organización necesaria y una destreza sensomotriz. 3. de una motivación social de parte de la familia y el entorno escolar. 4. de una metodología de enseñanza adecuada en la escuela primaria.

viernes, 26 de diciembre de 2025

SEGUNDO RECONOCIMIENTO PARA VÍCTOR MONTOYA EN CATAVI

El 21 de diciembre del año en curso, el escritor Víctor Montoya fue reconocido en sesión de honor por su amplia trayectoria literaria y cultural. A continuación transcribimos las palabras vertidas en el evento:  

Quiero expresar mis más sinceros agradecimientos a la Subalcaldía de Catavi, al Concejo del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, al Comité de Defensa de los Intereses de Catavi (CODINCA) y a las organizaciones vivas de este valeroso distrito minero, por haber tenido a bien concederme un reconocimiento en el marco de la conmemoración del Día del Minero Boliviano y los 58 años de celebración de la efemérides de Catavi.

Cómo no voy a sentirme honrado de ser reconocido en una población que fue la cuna de grandes pintores y muralistas como Miguel Alandia Pantoja y Enrique Arnal. En estas mismas tierras, de volcanes apagados y campos deportivos que atesoraron sus épocas de gloria, nacieron también los escritores Ted Córdova Claure, Roy Querejazu Lewis, Walter Espinoza Barrientos y Raúl Azurduy Rossel, entre otros.

Catavi permanece en mi mente y mi corazón desde los años de mi infancia. Frecuenté los baños termales, su plaza y sus calles durante mi adolescencia. Conozco sus grandezas y sus miserias. Fui alumno del colegio “Junín” y un inquieto investigador de su memoria colectiva e histórica.   

Catavi fue el epicentro de la fabulosa industria minera durante la “Era del Estaño”, con una densidad demográfica relativamente pequeña, pero con una importancia histórica que supera a varias de las poblaciones del norte de Potosí. Aquí se estableció la empresa “Patiño Mines”, que controlaba la economía nacional desde la Casa Gerencia. Aquí se ejecutó la masacre minera el 21 de diciembre de 1942, en esas mismas pampas que luego se llegaron a conocer con el nombre de “Campos de María Barzola”. Aquí se firmó la Nacionalización de las Minas en octubre de 1952 y aquí se organizó el Archivo Historia Minero de Catavi, con proyecciones de convertirse en un nuevo museo del norte de Potosí.

En Catavi, junto a Uncía y Siglo XX, se puso en pie al sindicalismo revolucionario, que por muchas décadas se constituyó en la vanguardia indiscutible de las luchas sociales de Bolivia, exigiendo mejores condiciones de vida y de trabajo para los obreros y sus familias, hasta que su fuerza combativa declinó considerablemente tras el infame decreto 21060 de 1985. Mas no por eso sus líderes sindicales quedaron en el olvido. La gente todavía los recuerda con admiración y cariño. Ahí tenemos a Filemón Escóbar y Emilio Sejas, cuyos monumentos lucen estoicos en la Plaza 6 de Agosto. No son menos importes los esclarecidos dirigentes del Sindicato Mixto de Trabajadores de Catavi, como Arturo Crespo, Francisco Taquichiri, Gualberto Vega y Octavio Carvajal, entre muchos otros.

Por todo lo expresado, está claro que este reconocimiento, que recibo con afecto y humildad, me causa un enorme regocijo en lo más hondo de mi ser, pues nunca he dejado de considerarme un hijo de entrañas mineras y un escritor del norte de Potosí.

Gracias, una vez más, a todos los implicados en esta conmemoración del Día del Minero Boliviano y los 58 años de celebración de Catavi.


 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

EL TABLERO DE LA MUERTE

Atahuallpa está tendido de bruces en un rincón de su fortaleza convertida en prisión. Tiene cadenas en los pies, las manos y el cuello, y lleva un manto tejido por las vírgenes del Sol.

El Inca alza su rostro, mira las paredes de granito y el techo de paja. Se levanta con el chirrido de las cadenas y arrastra los pies en dirección a la puerta. En el patio, los soldados encargados de su custodia hacen rodar los dados sobre la piel del tambor, mientras Hernando de Soto y Riquelme juegan al ajedrez en un tablero pintado sobre una mesa, con piezas hechas de barro y cocidas al horno.

El Inca contempla la partida de ajedrez desde el quicio de la puerta y recuerda el ocaso de su Imperio:

El día que acudí al encuentro de este puñado de ladrones salidos de la mar, con mentiras en la lengua y en el alma, llegué a la plaza amurallada de Cajamarca, sentado en una litera empenachada con plumas. Llevaba mis vestiduras más suntuosas, una diadema de lapislázuli y un cetro mitad oro, mitad madera. Junto a mí estaba la comitiva de nobles, portando joyas en las orejas, collares de esmeraldas y conchas marinas. Atrás venían mis concubinas de túnicas flotantes y un ejército de guerreros armados de hondas, mazas, lanzas, arcos y flechas.

Al caer la noche, precedida por ventarrones aullantes, aguardé la llegada de los hombres de caras blancas y barbas luengas que, según versiones del chasqui, no eran dioses sino mortales, que iban embutidos en cascos y túnicas metálicas, montados en animales más veloces que las llamas y cargando fierros que sonaban como truenos.

Al otro día, el capitán de barba prieta, que escondió a sus soldados detrás de los muros, advirtiéndoles arrancar de su corazón todo temor como mala hierba, ordenó a Hernando de Soto venir a mi encuentro en compañía del lengüilla Felipillo y de un grupo de diestros jinetes. Los caballos galoparon abriéndose paso entre mis guerreros y concubinas, quienes, al ver esos monstruos de cuatro patas y dos cabezas, quedaron con el alma en vilo; algunas se desplomaron y otras se desbandaron al son de relinchos y cascabeles.

Cuando Hernando de Soto se acercó a mi litera, tiró de las riendas con todo el furor de sus fuerzas y el caballo se alzó sobre sus patas traseras, esparciendo babas sobre mi manto sagrado. Permanecí impertérrito, con la mirada clavada en el suelo. El conquistador se apeó de un brinco y, por intermedio de Felipillo, me transmitió el mensaje de Francisco Pizarro. Levanté la cabeza, le toqué la coraza y me herí los dedos con la espada. De Soto volvió a montar a caballo y desapareció entre remolinos de polvo.

En ese instante, Atahuallpa escucha la palabra jaque y una algarabía de voces y gritos. Después retira la mirada del tablero y retoma el hilo de su recuerdo: En la plaza se hizo un gran silencio; callaron los tambores, enmudecieron los cantores y pararon las bailarinas. Era tan grande el silencio, que ni las hojas de los árboles se mecían, ni los pájaros remontaban el vuelo. De la puerta del centro salió una figura ataviada con túnicas negras, dos palos cruzados sobre el pecho y un objeto extraño en la mano. Se llamaba Vicente Valverde y su misión era conquistar nuestras tierras y nuestros corazones.

–Este es el Dios verdadero, el breviario –dijo, entregándome ese objeto extraño.

Lo tomé en la mano, lo agité contra la oreja y, al comprobar que no tenía voz, lo arrojé lejos de mí. Valverde se ofendió, retrocedió a paso lento y exclamó: ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! Pizarro desenvainó la afilada espada y ordenó abrir fuego. Así empezó el ataque; los caballos hicieron retumbar sus cascos, las ballestas sembraron el pánico y los estampidos de los arcabuces sacudieron mi litera como si flotara en alta mar. Al cabo de media hora, todo estaba consumado. Pizarro se apoderó de mi litera, y los soldados, encadenándome las manos y el cuello, me condujeron a la Casa de la Serpiente, en cuyo patio, los capitanes empezaron a jugar al ajedrez, apostando esmeraldas y mariposas áureas que de un soplo se elevaban del suelo.

A dos días de mi cautiverio les ofrecí a los capitanes un fabuloso rescate a cambio de mi libertad. Les propuse llenar una habitación de oro y dos de plata. Me empiné y alcé mi brazo en alto. Un soldado marcó con tinta el lugar por mí señalado y un notario redactó el convenio.

A lo largo de tres meses, caravanas de indígenas acudieron con los tesoros de todo el Imperio. Desde el Cuzco venían las láminas de oro que fueron arrancadas del Recinto Dorado: leñadores con árboles de algarrobo, un niño tendido en una hamaca, discos con cabezas humanas y cuerpos de animales salvajes, copas con piedras preciosas que sonaban como matracas, una araña que paría perlas y una vasija en forma de concha de caracol, cinturones con cabezas de jaguar, coronas engastadas de zafiros y lapislázulis, un jardín con frutos de oro macizo y una fauna de plata y turquesa.

Pizarro, hijo bastardo y cuidador de cerdos en su niñez, se convirtió en el conquistador más afortunado de la historia y un soldado hizo plañir la trompeta, para que los orfebres fundieran en nuevas fraguas las obras de su creación. El horno engulló dioses y adornos, y vomitó lingotes de oro y plata.

Al precipitarse el sol tras el hilo tenso del horizonte, Hernando de Soto y Riquelme hacen los últimos movimientos sobre el tablero de ajedrez. En la frente les perla el sudor y en el pecho les galopa salvajemente el corazón. Cuando de Soto se dispone a mover un caballo, el Inca le toca el hombro y dice: No, capitán. La torre, mejor la torre. Hernando de Soto sigue el consejo y hace jaque mate a Riquelme. Ambos se miran asombrados al comprobar que el Inca había aprendido todos los movimientos y trucos del juego, simplemente observando lo que hacían los jugadores. Mas de nada le sirve al Inca su habilidad y el fabuloso rescate pagado a cambio de su libertad, puesto que la imprudencia de inmiscuirse en lo ajeno, lo llevaría a perder el Imperio y la vida.

Al otro día, Francisco Pizarro, sentándose frente a Atahuallpa, le anuncia que, con trece votos a favor y once en contra, habían decidido condenarlo a morir en la hoguera. El Inca se agarra la cabeza y contesta: No me digas burlas. ¿Qué hice yo para merecer este castigo? Pizarro se retira y desaparece.

Cuatro soldados conducen al Inca hacia la hoguera, pero como él no quiere desaparecer del mundo como ceniza, sino seguir reinando momificado en una chullpa, acepta su conversión al cristianismo para cambiar el tormento de la hoguera por el privilegio de la muerte por estrangulamiento.

El Inca avanza hacia el patíbulo con la cabeza gacha y besando la cruz. Se sienta en una burda silla de madera, apoya la espalda contra un poste y el garrote le parte la nuca, dejándolo con la mirada perdida en la nada.

jueves, 4 de diciembre de 2025

MICROTEXTOS XI

Sobreviviente

Los corsarios del Caribe cazaron a un gigantesco animal marino y en su vientre, entre otros objetos, hallaron anclas de barcos mercantes, cañones de fragatas sucumbidas en las batallas y, atónitos de asombro, hallaron vivo a un hombre, quien permaneció durante tres días y tres noches en el vientre del animal, que Dios puso entre las olas de alta mar para salvarlo del naufragio.

Criaturas imperfectas

Desde el principio, desde la génesis del mundo, el hombre y la mujer no fueron criaturas perfectas, como si Dios los hubiese creado más como un pasatiempo que a su imagen y semejanza. Desde entonces se jodió la humanidad entera. Por Adán y Eva entró la muerte en la Tierra, y por Caín y Abel, sus hijos enemigos, entró la violencia en el cuerpo y el alma del género humano.

Equidad de género

La relación entre un hombre y una mujer, a pesar de las leyes promulgadas en torno a la equidad de género, seguirá siendo compleja, debido a que los sentimientos más profundos no siempre son lineales ni eternos, como hubiésemos deseado que fuesen, sino sensaciones variables que no dejan de sorprendernos a lo largo de la vida.

Las relaciones humanas no han cambiado en lo esencial durante milenios ni cambiará jamás, como no cambiará la relación compleja entre los géneros.

Sin embargo, no cabe duda de que el amor entre el hombre y la mujer haya sido uno de los motores impulsores del desarrollo de las sociedades. No pocos hombres han protagonizado guerras por el amor de una mujer o mujeres que se han movido como maquinarias detrás de los triunfos de un hombre. Desde esta perspectiva social, biológica y emocional, es lógico suponer que la complementariedad en una relación de pareja es un poderoso instrumento capaz de trocar los sueños en realidad.

Los mil y un cuentos

Soy el Sultán Sahinar  de Las mil y una noches, capaz de recontar los mil y un cuentos que escuché en boca de la joven y hermosa Scheherezade, quien, con voz dulce y dulce cuerpo, me entretuvo noche tras noche con sus fabulosas narraciones, encadenándolas una tras otra y dentro de otra, para poner a salvo su vida y no terminar como las tres mil mujeres que desposé, que mandé decapitar y encerrar en el secreto sótano de mi palacio, temeroso de que me traicionaran con otros hombres mejor dotados que yo.

Complementariedad

En todo hay complementariedad, como en la cosmogonía andina, donde el día se complementa con la noche, la mujer con el hombre, el blanco con el negro, la vida con la muerte, la bondad con la maldad y, quiérase o no, el bien se complementa con el mal, como Dios se complementa con el Diablo, para bien o para mal.

miércoles, 22 de octubre de 2025

VÍCTOR MONTOYA RECIBIÓ UN RECONOCIMIENTO EN CATAVI

El 13 de octubre del 2025, en el marco de la conmemoración del 54 Aniversario de Fundación de la Unidad Educativa Junín, el escritor boliviano fue reconocido por el personal docente, junta escolar y dirección de la mencionada unidad educativa, con una estatuilla negra decorada con un león amarillo, que reafirma su contribución en el ámbito literario y cultural en general, como ex alumno de este colegio fundado el 3 de febrero de 1971, año que el escritor cursó el séptimo intermedio, hasta que se produjo el golpe de Estado en agosto de 1971.

Víctor Montoya agradeció el reconocimiento y recordó que en el entonces Colegio Junín nació su interés por la literatura. No es casual que su primera novela, El laberinto del pecado, publicado en Estocolmo-Suecia en 1993, tenga como eje temático sus experiencias en este establecimiento educativo que, en el pasado, estaba ubicado en los Campos de María Barzola, una pampa donde se perpetró la masacre obrera el 21 de diciembre de 1942 y se firmó el Decreto de la Nacionalización de las Minas el 31 de octubre de 1952. 

En el acto programado por la dirección de la unidad educativa, creada por los empleados y obreros de la Empresa Minera Catavi, el escritor vertió palabras de honda emoción, aduciendo que los hijos de los mineros y las palliris son también capaces de enaltecer a la clase obrera con actividades y profesiones que son dignas de ser ponderadas a nivel nacional e internacional.

El escritor Víctor Montoya es solo un ejemplo de los estudiantes juninenses que han aportado al país en las ciencias técnicas y humanísticas, habida cuenta de que son cientos los profesionales que tienen el corazón puesto en el distrito de Catavi y se sienten orgullosos de haber sido alumnos de la Unidad Educativa Junín

sábado, 18 de octubre de 2025

EN LLALLAGUA SE PRESENTÓ MI VIDA JUNTO A FILIPPO

El pasado 16 de octubre de 2025, en el auditorio del Centro de Eventos Académicos de la Universidad Nacional Siglo XX, se presentó el libro autobiográfico de la Prof. Olga Vásquez de Escóbar. Se trata de un invalorable testimonio de vida, de amor y de lucha, que la autora escribió, en primera instancia, para sus hijos y nietos, para que ellos conozcan la verdadera historia de la familia Escóbar-Vásquez.

Sin embargo, el libro tiene una trascendencia mayor al tratarse de un testimonio biográfico que dejará mucho que hablar y dejará muy sorprendidos a quienes dudaban de la intensa vida política, sindical y romántica de Filemón Escobar, más conocido como Filippo entre los suyos, debido a que el libro nos revela facetas hasta hoy desconocidas por propios y extraños, ya que este ideólogo y dirigente sindical de estirpe, a diferencia de otros ejecutivos de la Central Obrera Boliviana, fue un amante de la literatura, la música clásica, la pintura y la cultura en general, que lo convirtió en uno de los pocos obreros intelectuales. Nos legó seis obras de su autoría y una vasta enseñanza sobre la moral y la ética de un político que nunca dejó de luchar por mejorar las condiciones de vida y trabajo de sus compañeros de clase.

La Prof. Olga Vásquez, con datos que nacen de su propia experiencia y vivencia junto al líder sindical, nos retrata a un Filippo que supo ser fiel a sus convicciones ideológicas, incluso en los momentos en que los vientos políticos soplaban en su contra.

El libro es un recuento de más de medio siglo de luchas, derrotas, triunfos, esperanzas y sueños, que les tocó vivir a la familia Escóbar-Váquez, pero, además, este testimonio de primera mano, nos presenta un puñado de poemas escritos por el líder sindical, una de las facetas hechas en versos, quizás la menos conocida, que sorprenderá a más de un lector, que solo llegó a conocerlo en su ajetreada vida pública, política y sindical.

El libro, Mi vida junto a Filippo, es una obra que está destinada a ser un libro de lectura obligatoria para quienes quieren conocer, más a fondo,  las luces y sombras de uno de los ideólogos de la izquierda boliviana, cuyo monumento luce en la actualidad en el distrito minero de Catavi, donde fue secretario general del Sindicato Mixto y donde escribió la Tesis de Catavi, en 1985, un documento aprobado por el Congreso de la Federación de Mineros y base principal para la planificación de la Marcha por la Vida en 1986.

viernes, 19 de septiembre de 2025

EL CINTURÓN DE CASTIDAD

En la Edad Media, cuando el cinturón de castidad se usaba para controlar la infidelidad y los deslices sexuales de las esposas durante los largos períodos de ausencia de los maridos, un aguerrido caballero, que se marchaba a la cruzada para enfrentarse a los enemigos del Rey y el Papa, le pidió al joven cerrajero de la aldea que confeccionara un cinturón de castidad para asegurarse de la fidelidad de su esposa, una dama de carácter jovial y conducta coqueta que, siendo de facciones bellas y voluptuosas carnes, corría el riesgo de descarriarse apenas él montara a caballo para marcharse a la guerra.

–Tú sabes que las esposas disfrutan poniéndoles cachos a los maridos –le dijo al joven cerrajero, entregándole una bolsista llena de monedas–. El cuerpo de la mujer incita al pecado, tiene las frutas prohibidas que desea el prójimo y su vagina es como la boca de un infiernito donde quiere meterse cualquier diablito. No quisiera que mi esposa, aprovechándose de mi ausencia, saciara su sed de amor con el unicornio de un furtivo amante.

El joven cerrajero, sin levantar la mirada de la ardiente fragua, escuchó en silencio los argumentos del caballero que, al parecer, tenía mucha razón al esgrimir argumentos difíciles de contradecir; quizás por eso, como enseñaban los más viejos, nadie hablaba sin experiencia ni nadie pensaba en lo que por sí no pasaba.

El joven cerrajero, mientras meditaba en que ese artefacto metálico se utilizaba para impedir que el cuerpo de la mujer sucumbiera a las tentaciones de la carne, confeccionó el cinturón con una banda de acero más fina que el muelle de reloj, recubierto con cuero blando y provisto de un minúsculo candado sujeto en la juntura del aro. El cinturón pasaría por entre las piernas, se dividiría a la altura del ano y cerraría la vulva mediante una delgada lámina convexa de latón en la que había una pequeña abertura para evacuar la orina y todo lo demás.

El día en que el caballero pasó a recoger el encargo, el joven cerrajero le entregó el cinturón de castidad y le explicó que una vez cerrado el candadito y retirada la llave, sería imposible que un hombre pudiera acceder a las carnes de su esposa, debido a la presencia de púas allí donde estaba la boca del infiernito por donde se metía el lujurioso diablito.

El caballero quedó maravillado ante el objeto reluciente como una joya de orfebrería y pensó que por fin tendría asegurado la fidelidad de su bellísima esposa. El joven cerrajero, a tiempo de despedirse con sumo respeto, le dijo que le deseaba bienaventuranzas en la cruzada, pero lo que no le dijo es que el cinturón tenía dos llaves, uno para cada uno; lo que le permitiría al cerrajero meterse en la alcoba de la dama y abrir el candadito cuando se le pegara la santísima gana.

El caballero, antes de montar al corcel de alta parada y marcharse a la cruzada, aseguró el candadito del cinturón y se llevó la llave colgada como un collar, pues la tendría en las batallas como amuleto contra la muerte y la infidelidad, aparte de sentirse el amo y dueño absoluto de la sexualidad de su esposa, a quien se la imaginaría aguardándolo en la alcoba, tendida sobre la cama con su bendito cuerpo al aire, pero con las partes íntimas custodiadas por el cinturón de castidad.

El joven cerrajero, al saberse dueño de la llave que le daba acceso al santo de los santos de la dama del caballero, se quitó el delantal de cuero curtido, se lavó la cara y el cuerpo. Pegó dos golpes de martillo sobre el yunque y se dirigió a la mansión señorial del caballero ausente, donde estaba la dama con ansias de que la despojaran de esa prenda metálica que, más que ser un mecanismo de seguridad, era un doloroso instrumento de tortura.

Una vez que la dama quedó liberada de esa prenda insoportable, que le rozaba la piel causándole malestar, hizo sus necesidades fisiológicas con placer y complació los insaciables deseos del joven cerrajero, quien gozó con los perturbadores encantos de la dama y cuyas visitas se repitieron noche tras noche, hasta que ella quedó embarazada una y otra vez.

Cuando el caballero volvió de la cruzada, donde había perdido un ojo, un brazo y una pierna, comprobó que su esposa seguía con el cinturón de acero, pero que su familia había crecido como por obra y gracia divina. Así que el caballero, como todo guerrero acostumbrado a dar la vida a nombre del Rey y el Papa, hizo loas a Dios por haberle concedido una fiel esposa y aceptó a los niños como una recompensa por la sangre derramada en Tierra Santa.

Al fin y al cabo, solamente el joven cerrajero sabía que el cinturón de castidad servía no solo para reprimir la sexualidad de la mujer, sino también para demostrar la estupidez de un hombre que no aceptaba el sabio proverbio que reza: El hombre es fuego, la mujer estopa; viene el diablo y sopla, o, dicho de otra manera, al hombre no se le puede pedir que no desee a la mujer del prójimo ni a la mujer se le puede privar de sus necesidades con un candadito y dos llaves.