VICTOR MONTOYA
LA CUEVA DEL TIO DE LA MINA
martes, 21 de julio de 2026
MICROTEXTOS
XVI
Amar
con el corazón
El
amor no es asunto del corazón, sino del cerebro. Las sensaciones del amor se
procesan en el cerebro, donde se liberan químicos como dopamina, oxitocina y
endorfina, generando placer y apego hacia el sexo contrario.
El
corazón no recibe las sensaciones del amor, sino la sangre oxigenada de los
pulmones, para luego suministrar, a través del sistema cardiovascular, a los
órganos y tejidos del cuerpo; en tanto el cerebro, que actúa como el centro de
mando y motor principal del cuerpo, tiene por función procesar los pensamientos
y sentimientos del amor.
Ahora
bien, lejos de toda explicación científica, lo cierto es que la reacción física
del amor se siente en el pecho, como burbujas de una gaseosa y como mariposas
revoloteando en el estómago, a pesar de que una persona no ama con el corazón
sino con la cabeza. Amar con el corazón
es una simple metáfora, como cuando se dice que en el cielo está el reino de
Dios.
Inmenso
amor
Toda
vez que repito tu nombre, se me anuda la lengua, como cada vez que te miro, se
me derraman los ojos. ¿Acaso no te das cuenta que, cuando me hablas con pasión,
respiro tu tibio aliento, teniéndote metida en mi corazón como te tengo metida
en mis pensamientos?
Siento
tu amor en el modo de hacer eso. Solo yo sé cómo se siente cada vez que estás
conmigo, recostada sobre un manto de estrellas y un cielo raso desnudo como la
luna, cobijándonos cual confidente amiga y escondiendo nuestros secretos que,
más que secretos, son pruebas diáfanas de nuestro inmenso amor.
Estar
contigo es sentir un mar de felicidad y estar lejos es como estar sumido en una
impenetrable oscuridad. Ojalá que tu mirada iluminara siempre nuestros senderos
y muestras vidas, que tienen más vida cada vez que nos fundimos en el fuego de
nuestros cuerpos.
El
amante
Abrió
la puerta con la misma llave que ella le entregó, cogió la manilla y la empujé
hacia adentro, franqueó el dintel y se enfrentó al rostro del amante de su
mujer, quien estaba parado cerca, como a punto de abrir la puerta desde el otro
lado. Penetró barriendo el helado aire y él se hizo a un lado, luego el amante
cerró la puerta y se volvió como empujado por el viento, que le sopló en el
rostro como anunciándole una inminente tragedia.
Ella
estaba todavía tendida en la cama, desnuda y arreglándose los mechones. Al ver
a su marido, se puso de pie, se cubrió los senos con los brazos y entornó los
ojos como si nada hubiese pasado.
–¿Así
que me engañabas? –preguntó con un soplo de desaliento.
–Así
es –contestó ella–. Te engañaba porque tú nunca estabas en casa.
Él
sacó el revólver del cinto y le plantó dos tiros en el pecho.
–¡Qué
has hecho! –gritó el amante.
El
marido de la mujer le apuntó con el revólver y, con los ojos empañados por las
lágrimas y exhalando un profundo suspiro, le dijo:
–Tú
no has visto nada, así que desaparece y no vuelvas a cruzarte en mi camino.
El
amante abrió la puerta, ganó la calle y, mientras caminaba con rumbo
desconocido, escuchó otros dos disparos en la vivienda que él frecuentaba cada
día.
Una
pareja perfecta
La
mujer, siempre que hablaba con su esposo, hablaba en voz alta y hasta
chillando, le reprochaba por todo y por nada; en cambio él hacía todo lo que se
le venía en gana, galanteaba con cuanta mujer encontraba y hasta la engañaba
sin que se diera cuenta. A pesar de todo, de puertas para afuera, parecían una
pareja perfecta. Él era sordo y ella era ciega.
El
túnel
Bastará decir
que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el
proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores
explicaciones sobre mi persona. Así comienza el primer capítulo de la
novela El túnel, de Ernesto Sábato,
que no es otra cosa que una poderosa confesión convertida en una metáfora
existencial que simboliza la soledad absoluta. Juan Pablo Castel es el
feminicida que comete un crimen pasional por amor obsesivo, celos enfermizos y
que, por vivir de espaldas al mundo y la mente perdida en un túnel sin salida,
es víctima de sus bajos instintos y pasiones destructivas, que desenlazan en el
asesinato de la mujer amada, la locura y la tragedia sin retorno ni perdón.
Ritual
mañanero
La
gringa, cuya belleza tenía más fulgores que todas las luces del universo, era
una mujer liberada de los prejuicios y las ataduras sexuales; por eso mismo,
todas las mañanas, al salir a su exuberante jardín, se acercaba al palomar y,
mirando a los curiosos que la observaban desde sus balcones, saludaba a la
fresca madrugada con todos los poros de la piel y respiraba a todo pulmón.
Después dejaba escapar de su mano una paloma blanca y de su blanca bata una
blanca teta, aureolada por un pezón rosado, propio de las mujeres que superan
el rubio platinado. Volvía a entrar en el dormitorio, cerraba las cortinas de
la ventana y no volvía a aparecer en el jardín hasta el día siguiente, a la
misma hora en que los curiosos acudían a sus balcones para verla repetir su
ritual mañanero entre una bandada de palomas que revoloteaban alrededor y una
explosión de flores que exaltaban su belleza.
La
cama
La
cama es el territorio más libre de la vida, donde el acto sexual adquiere
dimensiones sacramentales, como en el rito hindú, donde tanto el hombre como la
mujer, antes de acostarse, deben bañar cuidadosamente sus intimidades,
limpiarse los dientes, aplicarse una cantidad limitada de ungüentos y perfumes.
Luego
acostarse en la cama, predispuestos a someterse a las llamas del amor,
trenzarse con brazos y piernas, devorarse a besos, acariciarse las concavidades
del cuerpo y estallar en vibrantes sensaciones, hasta fundirse en una entrega
total, practicando el estilo 69, con el cunnilingus y la felación, que es una
variante sexual en la que cada uno puede estimular, con labios y lengua, los
órganos genitales de la pareja. Luego entregarse a las pasiones carnales sin
ninguna inhibición ni ataduras morales, abriéndose a un paraíso de prácticas
eróticas, desde la postura del “misionero”, hasta la postura del perrito, cuando la mujer se pone de
cuatro y el hombre la embiste por atrás.
Siempre
es mejor practicar el amor en la cama, con sábanas o sin ellas, porque la cama,
sin importar el material del que esté fabricada, el precio, la forma y el
tamaño, es el único escenario donde los enamorados pueden alcanzar las
estrellas con las manos y la imaginación.
Los
besos
Si
el hombre logra hacer un nudo con el tallo de la cereza, solo con la lengua y
sin tocarlo con las manos, significa que sabe besar como un amante perfecto; lo
mismo que la mujer que puede comer una salteña jugosa, sin derramar una sola
gota del jigote, sabe besar como succionando un chupete de cerezas.
El
amor
En
una discusión de pareja, la mujer le recriminó a su esposo, diciéndole que él
no le mostraba su amor ni en sus gestos ni en sus acciones. A lo que él,
postrándose de rodillas y besándole la mano, le replicó: El amor se siente,
pero no se ve, mi amor, porque lo
esencial es invisible a los ojos, como afirmó el zorro, en El principito, la obra clásica de
Antoine de Saint-Exupéry.
Verano
sueco
Cuando
el día se alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta
alrededor de un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se
yergue como un falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con
guirnaldas de hojas y flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en
posición de cuclillas, interpretan canciones similares a las rondas infantiles
y, bailando con pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca...
Horas
después, sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros,
comen productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill (arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y
papas nuevas hervidas con eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de
cereales) en copas del tamaño de un dedal, a la espera de que el día, largo
como en todos los solsticios de verano, se haga noche y convoque a la cama.
En
esta estación del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y
playas, donde el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres,
rubias como las valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas
en los arrecifes, para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda
cabellera tendida sobre la arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.
Otoño
sueco
En
el otoño, cuando la naturaleza se torna en un disco cromático, todo el paisaje,
pintado con diversos matices, es digno de ser contemplado y admirado. Las
noches se hacen más largas y frías, las hojas caen como mixturas de los árboles
y los vientos soplan arrastrando las últimas rachas del verano.
En el día de Todos los Santos, a diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere, muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.
miércoles, 15 de julio de 2026
NUEVO
LIBRO DE VÍCTOR MONTOYA
Subterránea
Editores acaba de publicar el libro Erotismo a flor de piel, del
escritor Víctor Montoya; un volumen de cuentos y relatos de tendencia erótica,
que muestra una nueva vertiente en la extensa y prolífica creación literaria
del autor boliviano, quien ha cultivado la narrativa erótica desde hace tiempo,
como una forma de transgredir los tabúes sexuales y los prejuicios sociales en
el seno de una colectividad relativamente conservadora.
El libro está a la venta en Librería Subterráneo de la ciudad de La Paz, edificio Torres Ferrara Of. 7, Avenida 6 de Agosto N° 556.
domingo, 12 de julio de 2026
LECTURA
EN MOVIMIENTO EN LOS BUSES PUMAKATARI
El
escritor Víctor Montoya, el viernes 10 de julio y dentro del marco de las
Fiestas Julias, fue invitado a participar en la inauguración de Tu Puma Lee; un proyecto impulsado por
La Paz Bus PumaKatari y el Gobierno Autónomo Municipal de la Ciudad Maravilla. El acto se llevó a
cabo en Plaza Camacho.
Víctor
Montoya, en su condición de escritor paceño, manifestó que la lectura en movimiento y la existencia de
bibliotecas itinerantes en los buses
PumaKatari, son excelentes iniciativas para que los usuarios pueden acceder a
materiales con textos breves, para una lectura breve, mientras viajan en los
buses, donde, por otra parte, se tiene previsto crear cápsulas o cabinas de
lectura para niños y adolescentes, con el objetivo de desarrollar actividades
como Te Cuento un Cuento.
Promover
el hábito de la lectura en los estudiantes y población en general, dentro de
los buses PumaKatari, es una forma efectiva de acercar a los lectores y
escritores en un ámbito poco habitual en Bolivia. Asimismo, esta iniciativa,
loable desde todo punto de vista, es una forma de promocionar y difundir la
literatura de los autores nacionales.
La
idea de la lectura en movimiento no
es reemplazar el celular por el libro, revista o periódico, sino la de
proporcionar herramientas para que los ciudadanos se acerquen a la lectura de
los libros en soporte de papel. Actualmente, las personas -niños, jóvenes y
adultos-, que se movilizan en los buses PumaKatari, lo primero que hacen es
sentarse y luego sacar el celular.
El proyecto Tu Puma Lee tiene el interés de impulsar el hábito de la lectura, entregando textos de lectura a los pasajeros del PumaKatari, para que lean mientras aguardan la partida del bus municipal y mientras se desplazan hacia su destino, de una parada a otra.
El
objetivo central de Tu Puma Lee, en
opinión del escritor paceño, es que los ciudadanos no pierdan el gusto por la
lectura de un libro en soporte de papel que, además de su forma y contenido,
puede proporcionar otras sensaciones como el olor de la tinta y del papel, que
están ausentes en los libros digitales o electrónicos.
Víctor
Montoya recordó que no faltan las propuestas para programar actividades de
lectura en fechas específicas, como el Día Plurinacional de la Lectura (5 de
septiembre, recordando el natalicio del poeta y narrador tarijeño Óscar
Alfaro), el Día Internacional del libro Infantil y Juvenil (2 de abril, en
homenaje al natalicio del escritor danés Hans Christian Andersen), el Día
Mundial del Libro y del Derechos de
Autor (23 de abril, en homenaje al fallecimiento de grandes figuras de la
literatura universal, como Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca
Garcilaso de la Vega, entre otros.). Y, por qué no, programar actividades
literarias en homenaje a los destacados escritores paceños.
miércoles, 8 de julio de 2026
EL
TÍO VESTIDO DE DIABLO
El
día que me enteré que José García, miembro del elenco de teatro Albor,
realizaba accesorios para los danzarines de la fiesta de la Virgen del Carmen
en la ciudad de El Alto, no dejé de preguntarle si acaso me lo podía hacer una
estatuilla del Tío de la mina. Él me comentó que su trabajo artesanal lo
realizaba junto a su esposa, a quien la conoció en el mismo Centro de Arte y Cultura
Albor.
Mientras
caminábamos por la Avenida Antofagasta y conversábamos sobre su trabajo como artesano,
me confesó que tenía un manojo de cuentos a la espera de su publicación. No edité hasta ahora el libro –dijo–, porque primero falta que alguien lo corrija.
En
ese mismo instante, como iluminado por una brillante idea, le dije que podía
corregírselo, si estaba de acuerdo, a cambio de la estatuilla del Tío. De acuerdo, replicó de inmediato, con
voz firme y sin disimular su entusiasmo. Ahora
mismo me estoy mudando de vivienda, pero una vez que esté listo con este
asunto, me pondré manos a la obra.
El
trato estaba hecho, era cuestión de esperar un tiempo para ver la obra de su
creación. No dudé de su palabra, sabía que José García, uno de los pilares más
importantes del grupo de teatro Albor, era un hombre que cumplía con sus
compromisos así se cayera el cielo.
Al
cabo de un tiempo, nos contactamos por WhatsApp y acordamos vernos en la Plaza
Juana Azurduy de Padilla. Yo corregí sus cuentos y él prometió entregarme la
estatuilla del Tío.
El
día que nos encontramos, trajo la estatuilla dentro de una bolsa. No me la
enseñó en ese momento, dejó simplemente que mirara la bolsa, como si pusiera a
prueba mi capacidad de resistir la curiosidad y mantener a jaque mi
insoportable paciencia. Cerca del mediodía, la plaza era un hervidero de gente.
Ahora qué hacemos, le pregunté, sin
quitar la mirada de la bolsa. Él me propuso comprar una granada de singani y
luego ir a almorzar en algún restaurante. Ahí
te entregaré la estatuilla, dijo, mientras caminábamos rumbo a las casetas
donde vendían la granada de singani.
Una
vez en el restaurante, sentados cerca de la puerta que daba a la calle, pedimos
el menú del día y dos vasos de cristal para el singani. Me acomodé lo mejor que
pude en la silla, sin dejar de mirar a los comensales que ocupaban todas las
mesas. Él sacó la estatuilla de la bolsa y me la enseñó: ¿Qué te parece?, preguntó. ¡Es
una maravilla!, contesté. Luego, con la misma satisfacción de quien recibe
un precioso regalo, proseguí: ¡Lo hiciste
con su traje de diablo! José García se sonrió, volteó la mirada hacia la
estatuilla y aclaró: Este Tío lo hice con
la ayuda de mi esposa. Ella modeló su pene.
El
Tío, visto desde cualquier ángulo, estaba vestido de diablo; tenía la máscara
colorada, el iris de los ojos ardientes como brasa, la nariz estallada, los
dientes afilados, las orejas enormes y los cuernos terminados como la punta de
una lanza. Lucía la pechera engastada con piedras preciosas y el pollerín
dorado como el sol. Además, llevaba una bolsa de coca en una mano y el bastón
de mando en la otra. Y, como si fuera poco, el bastón tenía la cabeza de una
serpiente con la lengua colgante y el aspecto de dragón.
Después,
antes de almorzar, abrimos la granada de singani, llenamos los vasos y, tras
rociar algunas gotas de aguardiente en honor a la Pachamama, ch’allamos junto a la estatuilla, que
llamó la atención de los comensales, quienes nos miraban por el rabillo del
ojo, como cuando se mira un objeto sacrílego en la “Casa de Dios".
Apenas
terminamos de comer y ch’allar, me
hice de la estatuilla del Tío y ganamos la ajetreada calle, donde nos
despedimos con un fuerte abrazo, como cada vez que coincidíamos en alguna
actividad cultural que se llevaba a cabo en la ciudad de La Paz o El Alto.
Ya
se sabe que la diablada de Oruro se remonta a
la época de la colonia y que tuvo su origen a finales del siglo XVIII,
probablemente el año 1789, cuando los “mitayos” de una mina de plata en la Real
Villa de San Felipe de Austria (actualmente Oruro), decidieron disfrazarse de
diablos, a semejanza del Tío de la mina, para bailar la danza de la diablada en
presencia de la Virgen de la Candelaria –o Virgen del Socavón–, cuya imagen,
según cuenta la leyenda, apareció, de manera milagrosa, pintada en un muro de
la guarida del Chiru-Chiru, el legendario ladrón que asaltaba a los ricos para
distribuir el botín entre los pobres.
Todo
hace suponer que esta festividad pagano-religiosa, cuyos usos y costumbres
tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo occidental y
el paganismo de las culturas ancestrales, se inició cuando los mineros nativos
de la época, influidos por la catequización y los extirpadores de idolatrías,
confundieron al Supay –deidad
protectora de los humanos y sus bienes en la cosmovisión andina– con el diablo
de la liturgia católica, cuyo personaje central es Lucifer, el príncipe de las
tinieblas.
Se
cuenta que los mitayos de la mina de
plata fueron los primeros en practicar la danza de la diablada, desde el día en
que determinaron disfrazarse de diablos, personificando al Tío de la mina, que
no era otro que el Supay o el dios Wari
de la mitología Uru-Uru, el protector de los auquénidos y los habitantes de las
cercanías del Lago Poopo, y para rendirle devoción y veneración a la Virgen del
Socavón, a quien la reconocieron como la mamita
y patrona protectora de los
trabajadores y sus familias desde que su imagen fue hallada en la guarida del
Chiru-Chiru. Así comenzó la tradición cultural del Carnaval de Oruro, en las
faldas del cerro Pie de Gallo, con la
danza de la diablada, donde destacan el Arcángel San Miguel y Lucifer, el ángel
rebelde que fue expulsado del reino de los cielos.
La
estatuilla hecha por José García y su señora esposa, nos reafirma la teoría de
que la diablada se inició en los socavones, donde los mineros adoraban al Tío,
quien es una suerte de encarnación del Supay
y el Wari de la mitología de los Uru-Uru, un ser ambivalente entre los sacro y
lo profano, que está considerado como el dueño de los metales preciosos como el
oro, la plata, el estaño y otros; un ser que premia con ricos filones de
mineral a quienes realizan en su honor ch’allas,
k’oas y q’arakus.
Ya dijimos que la danza de la diablada
representa el sincretismo religioso entre el paganismo ancestral y la religión
Católica, que tiene su origen en los inicios del período colonial, cuando los “mitayos”
creyeron encontrar al Tío en las entrañas de la montaña; más todavía, la
diablada fue la primera fraternidad que dio origen al fastuoso Carnaval de
Oruro, en cuya festividad, declarada “Obra Maestra del Patrimonio Oral e
Intangible de la Humanidad” por la UNESCO, no puede faltar el Tío, quien sale
después de un año de encierro en las profundas y oscuras galerías, para
encabezar la danza de la diablada. Es en el fastuoso Carnaval donde el Tío luce
su lujoso traje de Lucifer, con su capa confeccionada con luces y ricas
pedrerías, sus botines de cuero repujado y una espectacular máscara en la que
destacan el lagarto, la víbora y el sapo; seres pertenecientes a la mitología
Uru-Uru y, por tanto, al Carnaval de Oruro.
José
García, consumado actor de teatro y artesano de accesorios que los danzarines
lucen en la festividad de la Virgen del Carmen, estaba convencido de que el Tío
se veía mejor con su traje de diablo. Y así lo hizo, debido a que la danza de
la diablada está inspirada en el Tío de la mina. ¿Acaso?, se preguntarán algunos, que desconocen la tradición de
esta danza infernal que, año tras año, se baila en la Capital Folclórica de Bolivia.
Hasta aquí la explicación sobre el diablo y la diablada, y volviendo al tema de la estatuilla del Tío de la mina, que es la mejor representación de la mitología minera, solo falta añadir que esta obra de arte, realizada por José García y su señora esposa, se constituye en una magnífica muestra de que el sincretismo religioso ha sido capaz de dar nacimiento a manifestaciones culturales que son fuentes de inspiración para quienes se dedican a enriquecer las diversas expresiones artísticas en un país esencialmente minero como el nuestro.
lunes, 22 de junio de 2026
CONVERSATORIO SOBRE LA MASACRE DE SAN JUAN EN ORURO
El escritor Víctor Montoya, en el marco del Programa de
Solsticio de Invierno 2026, dictará una conferencia sobre la masacre minera de
San Juan, acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967. La masacre quedó en la absoluta impunidad y
los responsables justificaron su criminal accionar con el pretexto de que en
las minas se estaban gestando movimientos subversivos vinculados al foco
guerrillero de Ernesto Che Guevara.
El acto se llevará a cabo en la ciudad de Oruro, este martes 23 de junio, a las 19:00, en el Salón Alberto Guerra de la Casa de la Cultura Simón I. Patiño.
domingo, 21 de junio de 2026
LA MASACRE MINERA DE SAN JUAN
La masacre minera de San Juan, acaecida en la madruga del
24 de junio de 1967, no figura en las páginas oficiales de la historia de
Bolivia, aunque se mantiene viva en la memoria colectiva y se la transmite a
través de la tradición oral, de generación en generación, convirtiéndola en
algunos casos en cuentos y leyendas, como sucede con los hechos históricos que
se resisten a sucumbir entre las brumas del olvido. Y si lo cuento aquí y
ahora, es porque fui testigo de esa horrenda masacre a los tres días de haber
cumplido nueve años de edad.
Todo comenzó cuando las familias mineras se retiraban a
dormir después de haber festejado el solsticio de invierno alrededor de las
fogatas, donde se bailó y cantó al ritmo de cuecas y wayños, acompañados con ponches de aguardiente, comidas típicas,
coca, cigarrillos, cachorros de dinamita y cohetillos. Mientras esto sucedía en
la población civil de Llallagua y los campamentos de Siglo XX, las tropas del
regimiento Ranger y Camacho, que horas antes habían tendido
un cerco al amparo de la noche, abrieron fuego desde todos los ángulos, dejando
un saldo de una veintena de muertos y setenta heridos entre las punzadas del
frío y los silbidos del viento.
Se estima que los soldados y oficiales, que ingresaron
por la zona norte entre las nueve y once de la noche, partieron en un tren
desde la ciudad de Oruro la tarde del 23 de junio. El sereno de la tranca, que
los vio llegar armados dentro de los vagones, intentó informar a los dirigentes
del sindicato y las radioemisoras, pero fue intimidado por los oficiales que
prosiguieron su marcha. Así, alrededor de las cinco de la mañana, comenzó la
balacera para victimar a hombres, mujeres y niños. En un principio, ante el
ataque sorpresivo, algunos confundieron las ráfagas de las ametralladoras con
cohetillos y el estampido de los morteros con la explosión de dinamitas.
La Empresa, en complicidad con los masacradores, cortó el
suministro de electricidad aquella madrugada, para que las radios no pudieran
alarmar a los pobladores; en tanto los soldados, que estaban apostados en el
cerro San Miguel, cerca de Cancañiri, La Salvadora y el Río Seco, bajaron como
recuas de asnos por la escarpada ladera y ocuparon a fuego los campamentos, la
Plaza del Minero, la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero, donde fue asesinado el dirigente Rosendo García
Maísman, quien, parapetado detrás de una ventana, defendió la Radio con un
viejo fusil en la mano.
La matanza duró varias horas bajo el sol del 24 de junio.
Los muertos se desangraban junto a las cenizas de las fogatas y los heridos
acudían al hospital, mientras las madres, aterradas por los disparos y los
gritos, intentaban calmar el miedo y el llanto de sus hijos. En medio del caos
y el espanto, no faltaron los hombres que, en un intento desesperado por
defenderse, se armaron de dinamitas y capturaron a algunos soldados, a quienes
les despojaron de sus uniformes y les quitaron sus armas. Pero todo hacía
suponer que era ya demasiado tarde para preparar una resistencia organizada. En
la Plaza del Minero se llenaron los soldados y la jurisdicción de la provincia
Rafael Bustillo fue declarada Zona
Militar (presencia permanente del ejército).
La masacre fue ejecutada por órdenes expresas de René
Barrientos Ortuño, cuyo gobierno bajó los salarios a niveles de hambre,
desabasteció las pulperías, prohibió
el fuero sindical y desató una sañuda persecución contra los dirigentes
políticos y sindicales, con el propósito de destruir sistemáticamente el eje
principal de la resistencia en el seno del movimiento obrero. De hecho, según
testimonios de primera mano, se sabe que para el 24 de junio se tenía previsto
la realización del ampliado nacional de los mineros en la población de Siglo
XX, con el fin de exigir un aumento salarial y apoyar a la guerrilla del Che
con dos mitas de su haber,
equivalentes a dos jornadas de trabajo. Una suma importante si se considera a
los aproximadamente veinte mil trabajadores que por entonces tenía la
Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).
El gobierno y las Fuerzas Armadas, informados de los
preparativos del ampliado y asesorados por la Agencia Central de Inteligencia
(CIA), se apresuraron en ocupar los centros mineros para evitar cualquier apoyo
moral y material destinado a los guerrilleros que se batían a tiros en las
montañas de Ñancahuazú. Consiguientemente, lejos de la ilusión de encender una
chispa libertaria en el continente americano, los mineros del altiplano y los
guerrilleros comandados por el Che eran asesinados con las mismas armas y por
los mismos enemigos, separados los unos de los otros, sin verse la cara ni
compartir la misma trinchera contra los mercenarios de la CIA y las tropas del
ejército boliviano.
René Barrientos Ortuño, quien sabía maniobrar sus siniestros
planes respaldándose en el pacto
militar-campesino, que él mismo estableció con la burocracia oficialista de
las organizaciones del agro, justificó la masacre arguyendo que el ejército
tuvo que disparar en defensa propia y que era necesario combatir el proceso subversivo de los mineros en Siglo XX,
dispuestos a organizar un foco guerrillero para plegarse a la gesta armada de los barbudos extranjeros en Ñancahuazú.
Al mismo tiempo que la indignación popular corría como
reguero de pólvora a lo largo y ancho del país, los sindicatos clandestinos organizados en el interior de la mina,
aparte de declarar por unanimidad un paro de cuarenta y ocho horas en protesta
contra la masacre, ratificaron sus justas demandas: retiro de las tropas del
ejército, devolución de la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero; respeto al fuero sindical, libertad
incondicional para los dirigentes detenidos y confinados, indemnización para
las viudas de los asesinados y exigencia para que no sean desalojadas del
campamento; reposición de los salarios a los niveles de mayo de 1965 y, como si
esto fuera poco, se fijó también una cuota quincenal de diez pesos por obrero,
para gastos del sindicato y la adquisición de armas. La resistencia popular, en
escala nacional, encontró su vanguardia indiscutible en los sectores mineros
que, por su alto grado de conciencia política y convicción revolucionaria,
estaban decididos a defender sus derechos más elementales y continuar
declarando a Siglo XX Territorio Libre,
en un franco desafío contra la dictadura militar.
A la masacre siguió la represión y el despido de los agitadores de sus fuentes de trabajo.
Unos fueron a dar en las mazmorras y otros en el exilio, las viudas y los
huérfanos fueron expulsados del campamento, sin indemnización ni derecho a
nada, y la masacre de San Juan quedó en la más absoluta impunidad. La ola de
persecución se planeó en el Alto Mando Militar, con el claro objetivo de
liquidar físicamente a los dirigentes más esclarecidos de la resistencia
obrera. Así fue como dieron con el paradero de Isaac Camacho, uno de los
principales líderes de los sindicatos clandestinos,
a quien, luego de apresarlo el 29 de julio, en una casa ubicada cerca de la
Plaza Nueva (actual Mercado Central Llallagua), lo torturaron brutalmente y lo
desaparecieron sin dejar rastro alguno.
domingo, 14 de junio de 2026
MICROTEXTOS
XV
Franz
Kafka
Cuando
despertó, la cucaracha todavía estaba mirándolo desde el techo.
Iósif
Stalin
El
amante de su propia personalidad, el dictador más abominable del comunismo
soviético, lo tenía a León Trotsky, su principal enemigo, metido hasta en sus
pesadillas.
Frida
Kalho
La
artista que pintó sus retratos en la cama, con la cadera rota, la pierna
amputada y los ideales al lado de su corazón partido, tenía una Frida de noche
y una Frida de día, una Frida sana y una Frida herida.
Túpac
Katari
El indio rebelde, antes de que sus verdugos le cortaran la lengua y fuese atado de pies y manos a la cincha de cuatro caballos para ser descuartizado, los miró de frente y lanzó un estremecedor grito en el pueblo de Peñas: ¡Volveré y seré millones, carajo!
Baruch
Spinoza
Al
filósofo neerlandés, de origen sefardí, las autoridades religiosas judías, por
pensar demasiado y estar acusado de ateo, le lanzaron las siguientes maldiciones:
Maldito sea de
día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando
se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor
no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre
y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley…
Spinoza
se rió por dentro y, sin dejar de escribir sus tratados sobre metafísica,
ética, teología y política, esperó pacientemente morirse a los 44 años, minado
por la tuberculosis y no por un castigo divino, como lo tenían pensado sus
detractores, que vivían aferrados a la Biblia y a la mano de Dios.
Miguel
Alandia Pantoja
El
pintor revolucionario, nacido en una población minera del norte de Potosí,
pintó obreros y campesinos en actitud combativa, pintó hombres con hambre de
justicia y mujeres envueltas en banderas libertarias. Pintó también a los
guardianes de la oligarquía minero-feudal, con armas en las manos y prestos a
ahogar a los explotados en baños de sangre.
Pintó
lo que le dictaba su conciencia, con los pinceles de sus manos hechas de
compromiso social y los colores encendidos de su corazón rebelde. Pintó todo lo
que pintó, en muros y lienzos, con su desbordante creatividad convertida en la
ideología revolucionaria de la clase obrera.
Solo sé que nada sé
Un
amigo bibliotecario, de cuyo nombre prefiero no acordarme, leía todo, todo el
tiempo. Leía las enciclopedias desde la letra A hasta la letra Z. Era erudito
en muchas ciencias del saber humano, una auténtica biblioteca andante, aunque
él solía repetir la clásica frase de Sócrates: Solo sé que nada sé, pues mientras más leía, de noche y de día, se
daba cuenta que sabía menos, debido a que los conocimientos eran infinitos y
que un sabiondo era un pobre ignorante con pretensiones de sabio.
Miguel de Cervantes
El
Manco de Lepanto, prisionero en la
Cárcel Real de Sevilla, por deudas pendientes y acusaciones de apropiaciones de
fondos públicos, pergeñó su obra clásica: El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, necesitado de un caballero
andante para sentirse como si estuviese libre, recorriendo por el mundo al
galope de su caballo Rocinante, para
imponer justicia, defender a los humildes y ganarse honores a punta de
lanza y filo de espada. Necesitaba un Quijote, enfrentándose con enemigos
imaginarios, locamente enamorado de Dulcinea del Toboso, acompañado de su
escudero Sancho Panza y protegido por sus amigos y parientes. Necesitaba crear
a Alonso Quijano, el héroe trocado en loco de tanto leer novelas de caballería,
un alter ego de Miguel de Cervantes, un hidalgo de contextura alta y delgada,
piel pálida, nariz picuda, bigotes poblados y barba larga. El escritor de
escritores, atormentado en su cautiverio, tenía la necesidad de crear un
Quijote de la Mancha, no importaba si loco, pero viviendo en libertad y no
encerrado entre los gruesos muros de la cárcel.
Bartolina
Sisa
La
heroína aymara fue descuartizada por sus verdugos. Su cabeza y extremidades
fueron exhibidas en distintos ayllus y caminos, donde ella, junto a su esposo
Túpac Katari, resistió en su lucha contra los realistas al servicio de la
Corona Española. Su cabeza fue clavada en la picota del escarnio en
Jayujayu-Marka, hoy provincia Aroma del departamento de La Paz, para escarmiento de los indios que osaban
rebelarse contra el sistema colonial. Sus extremidades fueron enviadas a
Tinta-Marka, comunidad situada en la actual república del Perú, donde también
fueron exhibidas en la punta de sendas picotas. Pero de nada sirvió tanta
barbarie y crueldad, porque los herederos de Bartolina Sisa siguieron su
ejemplo y, juntando las partes desmembradas de su cuerpo y recogiendo cada gota
de su sangre derramada, siguieron luchando por conquistar sus derechos y
conquistar la liberación de las naciones originarias del Abya Yala.
César
Vallejo
El excelso poeta peruano, conocedor de la vida de los mineros y el saqueo imperialista en Quiruvilca, cerca de su natal Santiago de Chuco, escribió la novela El tungsteno, a modo de protesta y denuncia desde la literatura, con el mensaje revolucionario de que solo la conciencia de clase y la organización de los trabajadores eran las armas para sepultar a los explotadores y las indispensables llaves para abrir las alamedas de la liberación proletaria. El poeta de pocos recursos económicos, pero de muchos poemas hechos de sentimientos humanos y compromiso social, estaba convencido de la tesis marxista de que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores y quien no entienda estito estaba condenado a ser un eterno esclavo del sistema capitalista.
lunes, 8 de junio de 2026
EL TÍO Y LOS MINEROS
Caminando por las calles de Llallagua, cuesta arriba y
cuesta abajo, me detuve frente a una casa, en cuya ventana se exhibían objetos decorativos
hechos con papel maché. Me llamaron la atención, sobre todo, los muñecos que
representaban a hombres y mujeres de la zona andina. La casa estaba ubicada a
la altura del edificio de la municipalidad, donde las autoridades ediles
estaban recluidas en sus oficinas, mientras en la Plaza de Armas los peatones hormigueaban
bajo el sofocante sol del mediodía.
Me acerqué a la puerta entreabierta, cogí la manilla y la
empuje hacia adentro. Pedí hablar con el dueño. Me atendió un hombre de mediana
edad, cuyo nombre no recuerdo; era el propietario del negocio y el artista que
moldeaba los objetos artesanales con la pasta de papel maché. De sus manos
nacían animales silvestres, muebles de hogar y figuras con cuerpo y rostro
humanos.
Cuando le pregunté cómo los hacía, él aguzó los oídos,
levantó la mirada y contestó: Una vez que
los moldeó, pegó con adhesivos la cabeza y las
extremidades al cuerpo, después los dejó secar hasta que queden endurecidos
como la arcilla, para finalmente lijarlos y pintarlos.
No dejé
pasar mucho tiempo y, de sopetón y sin mayores redundancias, le dije que estaba
interesado en que me lo hiciera una estatuilla del Tío de la mina. Él me miró extrañado,
como quien jamás escuchó semejante pedido. Sin embargo, tras unos segundos, me
preguntó para cuándo la quería. No hay
apuros, le dije. Él aceptó plasmar mi deseo en sus horas libres, no sin
antes solicitarme un pequeño adelanto para asegurase de que el pedido iba en
serio. Estará listo para el próximo mes –dijo
con un soplo pesado–. Entonces puedes
volver para recogerlo.
El día que regresé, sin otro pensamiento que recoger la
estatuilla, me sorprendió que lo hubiese hecho al Tío acompañado de dos
mineros, que masticaban hojas de coca, mientras el dueño de los minerales, con
el cigarrillo en la boca, los observaba con su mirada de autoridad suprema.
Estreché la mano del artista y lo felicité por el
excelente trabajo que materializó en papel maché. Él atinó a esbozar una sonrisa
y no dijo nada. Cancelé lo que restaba, cogí la estatuilla, me despedí con
sobrados agradecimientos y, paseándola ante las miradas curiosas de la gente,
me la llevé por las calles de Llallagua, con la sensación de que el Tío estaba
tan feliz como yo.
La estatuilla estuvo en un cuarto de la ex Casa
Gerencia de Catavi, donde me quedaba, de cuando en cuando, mientras visitaba
las poblaciones del norte de Potosí. Está claro que la estatuilla, por
representar una de las realidades más neurálgicas del mundo minero, llamaba la
atención a primera vista y no podía permanecer encerrado en un cuarto; así que,
por sugerencias de Lourdes Peñaranda Morante, bibliotecóloga y encargada del
Archivo Histórico Minero de Catavi, la presté por un buen tiempo a esta institución
que contaba con salas de exposición de objetos patrimoniales y tenía proyecciones
de convertirse en museo. Allí fue donde el abogado y escritor Armando Córdova
Saavedra le tomó una fotografía para incluirla en una de las ediciones de su
libro: Historia de un Pueblo. Recuento
Socio-Histórico. Desde luego que la estatuilla no dejaba indiferente a
nadie que la viera expuesta en una de las mesas del Archivo, donde, además de
exhibirse publicaciones referentes a la minería, había diversos objetos museísticos
pertenecientes a la Patiño Mines y la
Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).
La estatuilla refleja una de las escenas cotidianas
del minero boliviano que, antes de iniciar la jornada y a modo de darse
fuerzas, pijcha, fuma y bebe junto a
la estatuilla del Tío, a quien se lo tiene como al absoluto soberano de las
entrañas de la tierra y, por eso mismo, como al único ser omnipresente capaz de
decidir el destino del trabajador en el interior de la mina, ya que de él
depende la vida y la muerte de quien se interna en los oscuros laberintos de su
dominio, suplicándole, con suma devoción y reverencia, entregarle los mejores
filones de estaño.
No es casual que los mineros conversen con el Tío
como si formara parte de su familia. Él es el confidente en los momentos de
tristeza y alegría, el amigo que los acompaña mientras pelean contra las rocas,
el todopoderoso que decide lo que está bien y lo que está mal allí donde no
penetra la luz del sol ni rigen las leyes divinas.
Los mineros, sentados sobre rocas o callapos, llenan con coca y lejía los carrillos de la boca, con la
esperanza de hallar la veta que buscan entre penumbras, apenas iluminados por
la luz de las lámparas enganchadas al guardatojo.
Después se retiran del paraje del Tío
y se alejan hacia sus respectivos rajos,
donde les espera un trabajo duro y parejo, hasta que se les afloja los músculos
y se les agota el aire en los pulmones minados por la silicosis, como cada día
que sobreviven con el Jesús en la boca y con el Tío entre ceja y ceja.
Algunos años después, cuando volví a la casa donde
vivía el artista, que hizo la estatuilla del Tío y los dos mineros, con el
propósito de encargarle la realización de una estatuilla de la Chinasupay, la
amante celosa del Tío, no lo encontré porque se había mudado vaya a saber
dónde. Nadie supo darme razones, ni siquiera quienes eran sus vecinos. El
artista, que a sí mismo se consideraba artesano,
desapareció sin decir nada a nadie, como si se lo hubiese tragado la tierra,
como si el Tío se lo hubiese llevado al interior de la mina.
Me quedé con una sensación de desaliento, arrepentido por no haberle preguntado su nombre ni haberle pedido su teléfono, aunque sabía que una de sus obras de arte estaría conmigo, como parte de mi colección de Tíos, donde esta estatuilla brilla con luz propia tanto por su esencia como por su belleza..
lunes, 1 de junio de 2026
MICROTEXTOS XIV
Racismo
El antirracista, a diferencia del xenófobo, no se fijaba en el color de
piel que su amada tiene por fuera, sino en los valores humanos que tiene por
dentro.
Experiencia
De joven le gustaban las mujeres voluptuosas, de pechos y nalgas
enormes, hasta que un día, su abuelo, como todo viejo que hablaba con la voz de
la experiencia, le dijo: “A la mujer, mientras más delgada, el clavo le entra
mejor”.
Justicia por mano propia
Una turba enfurecida sepultó vivo a un adolescente de 16 años, acusado
de violar y descuartizar a una niña de 5 años. Todos estaban de acuerdo en
hacer justicia por mano propia. Primero, lo capturaron como a una bestia
salvaje, lo maniataron y obligaron a asistir al velorio de la víctima. Luego,
entre golpes y gritos, lo condujeron hacia el cementerio, donde lo tiraron en
una fosa profunda, con las manos todavía amarradas a la espalda, y le echaron
palas de tierra, hasta provocarle la muerte por asfixia.
Amigo imaginario
Mi amigo imaginario, mientras había luz, siempre fue mi sombra, con
quien hablaba, reía, lloraba y jugaba, hasta que caía la noche y mi sombra, que
no era un muñeco ni un animal de peluche, se despedía y desaparecía pidiéndome
esperarlo a la luz de un nuevo día.
Varón domado
Desde que ella lo tenía bajo su dominio, él ya no era el mismo, parecía
un hombre sin alma ni cerebro. Ella lo manejaba, sin mirarle ni dirigirle la
palabra, como a cualquier don nadie; incluso, desde que perdió su autoridad y
dignidad de hombre, ella pensaba y sentía por él, quien no se reconocía ni
estando delante del espejo. Ella lo envolvía en un dedo y él no decía nada, lo
desenvolvía y tampoco decía nada. Lo envolvía una y otra vez en el dedo, como
se envuelve el hilo en el carrete, y él no decía nada, solo movía los ojos,
mirándola como el esclavo mira a su amada ama.
Soledad
El hombre vivía solo en la soledad, amparado en la pobreza y el olvido.
Nadie lo visitaba ni se preocupaba por él, salvo un famélico perrito convertido
en su única compañía, el que le daba cariño y lo seguía por donde iba.
Femimachista
Una feminista de marras, como las que andan por ahí, alguna vez me dijo
que el peor enemigo de la mujer no es el hombre, sino otra mujer machista.
Olores
El autobús se detuvo en un tramo de la carretera. Se
abrió la puerta, subió un hombre, miró en derredor y dijo:
–Sube un nuevo pasajero con olor a indio. No me van a
discriminar, ¿ya?
–Aquí no hay gringos –contestó uno–. Todos somos
indios, pero con olor a gringos.
–¿Y cómo es el olor a gringos? –preguntó otro.
–A gringos –contestaron los pasajeros al unísono.
El autobús estalló en risas y bromas, mientras se
cerraba la puerta para proseguir el trayecto.
Paro
del transporte
Cuando
el transporte se declara en paro, por falta de diésel y gasolina, para todo,
para la vida y para la muerte. La ciudad de El Alto se viene abajo. No se oyen
motores en las calles y los peatones viajan sobre sus pies, como si el mundo
dejara de orbitar alrededor del sol y dejara de girar sobre su eje. Cuando el
transporte se declara en paro, por la escasez de combustible, paran las agujas
del reloj, callan los motores, paran los conductores y no queda otro camino que
movilizarse en autopie.
Una granja al revés
En esta granja, donde las leyes de la naturaleza no siguen las normas de
Darwin ni de Dios, los animales viven a su libre albedrio: el gato ladra y el
perro maúlla; la vaca relincha y el caballo muge; el sapo trina y el pájaro
croa; el gallo gruñe y el cerdo cacarea…
En este reino animal, donde las
leyes de la naturaleza están al revés, el loco es el más curdo entre los
cuerdos, mientras el cuerdo, que no habla pero rebuzna, es un auténtico loco de
remate.
Necrofilia
Cuando murió su amada, la mujer a quien no podía apartarla de su vida, él no soportó la soledad y decidió profanar la tumba donde ella yacía bajo una cruz de hierro y una lápida de mármol. Se metió en el cementerio a medianoche, escarbó la tierra con las manos, desenterró el cadáver con la misma desesperación de un violador de sepulturas. Y, sin que nadie lo viera bajo el reflejo plateado de la luna, llevó el cuerpo a su casa y lo recostó en la cama. Lo restauró, maquilló y vistió con sus mejores galas. La perfumó, la devoró a besos, la exploró con las manos y, excitado como un perro azuzado, le hizo el amor como la primera vez que la poseyó en la misma cama.
martes, 19 de mayo de 2026
EL
TÍO DE LA MINA Y SU ESCRIBANO
Ya
les conté de cómo se dio mi encuentro con Freddy Mamani Mamani, el administrador
del estudio de tatuajes en La Ceja de El Alto, donde conocí también a Dark y
Dayko Requena, el autor de la fabulosa estatuilla del Tío, que ahora forma
parte de mi colección particular.
Freddy
es un personaje de nobles dotes y parco en las palabras, un diseñador gráfico
de primera línea, aunque nunca pisó una Academia de Bellas Artes ni nunca
expuso sus obras en las paredes de una galería, debido a que las creaciones
nacidas de su ingenio se quedan tatuadas, de por vida y sin mediar objeciones,
en la piel de sus clientes.
Apenas
advertí su talento innato, me animé a insinuarle si sería capaz de dibujar o
pintar un Tío de la mina. Me gusta la
idea, dijo. Luego prosiguió: Lo
intentaré. Y así lo hizo. Al cabo de un tiempo, cuando pasé a visitarlo en
su estudio, me enseñó el boceto que realizó, dejándome gratamente sorprendido.
Se trataba de un maravilloso trabajo de arte, donde yo aparecía como la
criatura del Tío, quien me cargaba a sus espaldas en un colorido aguayo. Esta pintura digital te salió a todo dar,
le dije, con el corazón latiéndome de hondo regocijo. Lograste captar, a la perfección y sin resquicios para la duda, la idea
de que soy el verdadero escribano del Tío. En efecto, era cuestión de
contemplar la pintura para advertir que el artista plástico tenía sobrada
experiencia en los andares del diseño gráfico hecho con la pasión que demanda
el oficio de poner el dedo en el gatillo y pegar el tiro en el blanco, sin
pensar dos veces ni fallar un milímetro en el dominio del pulso.
Días
más tarde, cuando me mostró en su celular la pintura terminada, me dije para
mis adentros: ¡Qué maravilla, carajo!
Qué aguayo más hermoso –aunque envejecido
por el uso y el paso del tiempo– que eligió el
Tío para cargarme, como si fuese una madre que adora a su criatura con todas
las fuerzas de su corazón. La pintura, tal como quedó y tal como ustedes la
contemplan, lleva la impronta del artista, donde se proyecta un estilo
personal, original y de alto valor estético. No hizo falta que utilizara
lienzos, paletas, pinturas, pinceles y brochas de costosa procedencia. Bastó
con su imaginación para crear esta imagen casi surrealista, que habla por sí
misma y donde cualquier explicación queda al margen de toda consideración
explícita.
No
sé exactamente qué técnicas de la pintura digital utilizó Freddy Mamani Mamani,
pero sí sé que se esmeró en la creación de esta magnífica obra, conforme
pudiera alcanzar un resultado concreto que superara sus propias expectativas
como diseñador de tatuajes de asombrosa calidad estética.
El
aguayo, en el que me carga el Tío, es un tejido andino tradicional hecho con
ovillos de lana de llama, oveja o alpaca. No parece estar elaborado en máquina
tejedora, sino por las diestras manos de las mujeres del altiplano, que
aprendieron de sus antepasados a conservar la cultura ancestral por medio de
este telar de pampa sawa (de suelo), donde se refleja la identidad y la
cosmovisión de los quechuas y aymaras, cuya historia milenaria está expresada
en este tipo de aguayos de colores vivos y diseños geométricos, que parecen los
plumajes multicolores de un ave tropical, simbolizando el universo mágico y, a
veces, secreto de los habitantes del antiguo Tawantinsuyo.
El
Tío, que conoce desde siempre esta belleza textil, no tuvo mejor idea que
cargarme a las espaldas, quizás, por ser su legítimo escribano, o, quizás,
porque quería tenerme en las galerías de los dantescos socavones, donde está su
reino y donde soy su convidado especial; un privilegio que me lo gané a pulso
desde que escribí los primeros cuentos que él me sopló en los oídos, a partir
de su larga vida como amo y señor de los mineros, un testimonio personal que
quedará escrito en los anales de la historia, como si fuese la mismísima Biblia del Diablo.
Freddy
Mamani Mamani, excelente artista de los trazos y colores, no dudó en retratarme
como una guagua raptada por el Supay
(diablo) andino, que luce el guardatojo
atravesado por sus cuernos, la indumentaria a la usanza de los cooperativistas
mineros y un semblante que genera espanto como todo personaje de cola y patas
de macho cabrío, que habitan en el subsuelo y es dueño de las riquezas
minerales. Se lo ve como si huyera de la luz del día, volteando la mirada
pícara y penetrante hacia lo que va quedando atrás, para luego meterse,
chapoteando en las aguas de copajira,
en el desmesurado bostezo de la montaña, donde no existe otra iluminación que
la mortecina luz de la lámpara enganchada al guardatojo.
El
Tío, con el cigarrillo encendido entre los dientes, la infaltable bolsa de coca
y la botella de alcohol, me lleva a cuestas como un q’epiri (cargador), como si de veras me raptara por puro gusto y
capricho, con la intención de tenerme como rehén en algún recóndito lugar de su
paraje, donde los mineros pijchan, ofrendándole hojas de coca,
cigarrillos y botellas de aguardiente, sin importarle mucho si su escribano se
sentirá bien o mal en medio del silencio y la impenetrable oscuridad de las
galerías, parajes, buzones y chimeneas.
Sea
como fuere, en mi condición de escribano del Tío, tengo la cabeza ladeada, la
cabellera canosa, la barba plateada y los ojos entornados, como si cavilara en
las aventuras y desventuras del personaje central de la mitología mineras,
mientras se me caen los libros de la mano, que, en realidad, son más los libros
del Tío que de este humilde servidor, quien, para bien o para mal, parece un
pobre diablo.
El
Tío, con decisión incuestionable y fuerza indomable, y según la interpretación
del artista, prefiere llevarse a su escribano en el aguayo y no en la calcuta o q’epirina, la bolsa de lona que los mineros cargan a la espalda
para llevar algunos elementos necesarios para la jornada, como dinamitas, guías
con capsulas de percusión, hojas de coca, cigarrillos y hasta una botella de té
o aguardiente, para pijchar y ch’allar en el paraje del Tío.
Es
de suponer que el Tío dobló el aguayo cuadrado en forma de triángulo, me colocó
con la espalda apoyada en la parte doblada, hizo pasar la punta inferior del
triángulo entre mis piernas, a modo de crear un asiento firme y seguro. Luego
agarró las otras puntas y, aventando el aguayo por encima de sus robustos
hombros, me acomodó en su espalda, anudando las esquinas a la altura de su
pecho. Como se ve en esta pintura, quedé acomodado de manera ergonómica para
evitar cualquier dolor, con la cabeza fuera del aguayo, pero con el cuerpo pegadito
contra las espaldas del Tío.
Freddy
Mamani Mamani, como todo artista profesional, entregado a merced de su
fantasía, jugó con la técnica de capas superpuestas, comenzando con tonos
suaves y claros, para culminar en los tonos oscuros para crear volúmenes, sin
más recursos que las herramientas puestas a disposición de cualquiera por las
nuevas tecnologías digitales.
Esta
innovadora técnica artística, a pesar de estar realizada en miniatura, está
lejos de los graffitis y murales
monumentales. El artista prefirió plasmar la obra de su creación en formato
pequeño, no porque le faltó más superficie en la pantalla de la computadora,
sino porque así se vería mejor incluso en un celular que apenas cabe en la
palma de la mano.
En la pintura digital destacan tonos luminosos y semitransparentes, además de las formas y líneas que revelan el fuero interno de un artista que posee el espíritu altamente sensible y la pericia de un maestro que aprendió a dominar su oficio desde la adolescencia; por eso mismo, este arte visual resultó a la medida de la capacidad creativa de Freddy Mamani Mamani, digno de ser exhibido en la portada de un libro o en una galería de arte, donde los espectadores pudieran penetrar con la mirada en la imagen y dejarse llevar en los vuelos de la imaginación hacia el mundo mágico y fantástico del Tío y su escribano.










