martes, 15 de agosto de 2017



CIRILO JIMÉNEZ, SINDICALISTA REVOLUCIONARIO

La tarde que acudí al acto programado en el Paraninfo de la Universidad Nacional Siglo XX, en homenaje a los caídos en la masacre de San Juan, la madruga del 24 de junio de 1967, me sorprendió ver en la antigua parada de buses un edificio de fachada blanca, flaqueada por el monumento al minero, con un libro en la mano, y el monumento a Ernesto Che Guevara, con el fusil empuñado. Digo que me sorprendió, porque antes de la creación de esta Casa Superior de Estudios, en este mismo lugar estaba la terminal de la Flota Bustillo, cuyos propietarios expropiaron los terrenos de lo que antes fuera un parque al servicio de los llallagueños.

En la parte superior del frontis destaca un escudo y debajo una leyenda que, en letras en alto relieve, dice: Universidad Nacional Siglo XX. Estaba informado de que en la planta baja funcionaban las oficinas administrativas, una sala de exposiciones y otra destinada al comité de recepción; en tanto en la planta alta, había una sala de lectura, una pequeña biblioteca y una amplia sala denominada Paraninfo Galo Luna. Sin embargo, lo que no me habían informado es que, en la entrada principal al edificio, con piso de mosaicos verdes y amarillos, estaba el busto de uno de sus principales fundadores, el legendario luchador minero Cirilo Jiménez Álvarez, quien, desde principios de los años ‘70 y consciente de que los hijos de los mineros y campesinos tenían también derecho a la educación superior, impulsó la creación de la Universidad Obrera, con el objetivo de formar a profesionales que trabajen en los barrios, las minas y el campo, fortaleciendo la conciencia política del pueblo, y no a profesionales cuyo único objetivo es alcanzar un título y escalar en la meritocracia al servicio de los tecnócratas de las clases dominantes.

Cuando vi el busto de don Cirilo, moldeado por el artista Roque Coca y colocado sobre un pedestal de cemento, un guardatojo de minero y un libro, el corazón me latió de una enorme alegría, no sólo porque sabía que se trataba del padre fundador de esta Universidad, el 1 de agosto de 1985, al amparo del Decreto Supremo 20979, firmado por el entonces presidente Hernán Siles Suazo, sino también porque don Cirilo fue su catedrático honorario, su primer Vicerrector y luego Rector, a nombre de la gloriosa Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), organización matriz en la que don Cirilo ejerció la Secretaria de Educación y Cultura, entre 1986-88, y que imprimió su sello revolucionario en la malla curricular, al señalar que la Universidad sería un mecanismo de formación científica para los profesionales orgánicos y antiimperialistas.


Por otro lado, ver la imagen moldeada de don Cirilo me pareció un hecho poco usual y hasta algo insólito, ya que el busto no correspondía a una persona muerta, sino a una persona que todavía estaba viva; un gesto que no siempre suele suceder en nuestro medio, donde los homenajeados primero tienen que estar bajo tierra. No en vano en la plaqueta, que fue descubierta el 1 de agosto de 2010, a modo de conmemorar las Bodas de Plata de esta Casa Superior de Estudios, destaca la siguiente inscripción: Los trabajadores administrativos, docentes de la Universidad Nacional Siglo XX y pobladores de Llallagua rinden su homenaje de agradecimiento al creador y fundador de la UNSXX, Cc. Cirilo Jiménez Álvarez. Y para rematar, la Universidad lo invistió Doctor Honoris Causa en 2013. Por éstas y otras consideraciones, estando tan cerca de él, a quien siempre lo consideré un auténtico sindicalista y un animal político en vías de extinción, dije para mis adentros: ¡Qué carachos! ¡Aquí me tomo una fotografía!

El busto, moldeado con gran sentido estético, quedó casi idéntico al original, pues cualquiera que lo vea, de arriba a abajo, de un costado y de otro, distinguirá los rasgos característicos de la formidable personalidad de don Cirilo; sus ojos de mirada penetrante debajo de sus arqueadas cejas, su nariz recta y sus cabellos recortados al estilo cadete o Firpo, hirsutos como sus mostachos parecidos a las gruesas cerdas de un cepillo, le daban un peculiar aspecto a su perfil de hombre rudo; no en vano entre amigos y camaradas lo llamábamos con cariño: Khisko Cirilo, un sobrenombre que a él no le molestaba en lo más mínimo, no sólo porque estaba acostumbrado a los apelativos que se ponían entre mineros, sino también porque era dueño de una ejemplar autoestima, que lo convertía en el prototipo del luchador obrero, capaz de enfrentarse a los peligros sin más armas que su fortaleza física y resistir en silencio los embates del enemigo, con los puños y los dientes apretados. 

El 23 de junio de 2015, a tiempo de disertar sobre el tema Testimonio y literatura en torno a la masacre de San Juan, en el Paraninfo Galo Luna de la Universidad, no pude resistir a la tentación de confesarles a los presentes que don Cirilo fue como mi segundo padre y que de él, a pesar de su origen de clase, su escasa formación escolar y su condición de obrero de interior mina, aprendí varias cosas elementales de la vida; eso sí, a carajazo limpio, como era la forma de enseñar a los changos de mi época.

Esa misma noche, cuando abandoné el Paraninfo de la Universidad Nacional Siglo XX, se me arremolinaron en la mente una serie de recuerdos que conservaba en la memoria; todos ellos relacionados con don Cirilo, a quien tuve el privilegio de conocerlo desde siempre, desde que en mi casa se hablaba sobre las travesuras de su papagayo, que para él, más que una simple mascota, era como un hijo, hasta que nos fuimos a vivir muy cerca de su casa, ubicada en la Calle Mariscal Santa Cruz, N. 126, cerca de la Avenida María Barzola, de la población de Llallagua. 

Las travesuras del papagayo

Cuando aún era niño, escuché contar una de las historias más fascinantes de la vida de este personaje nacido en el pueblo de Tacaraní, al norte del departamento de Potosí, en 1930. Decían que el día en que el pajarero apareció en las calles del pueblo, empujando una carroza de cartones y cañahuecas, don Cirilo asomó la cabeza a la puerta y constató que ese hombre de aspecto salvaje, que tenía un tocado de plumas y aros ensartados en los labios, vendía aves tropicales en las tierras áridas del altiplano. Don Cirilo, sin lavarse la cara ni afeitarse la barba, se puso la chaqueta de cuero y salió detrás del pajarero, quien, aparte de imitar el trino de un pájaro desconocido, llamaba la atención de los niños con una iguana tendida sobre su hombro.

Cuando el pajarero se instaló en la plaza del pueblo, donde expuso las jaulas que contenían pájaros de todos los colores y tamaños, los curiosos se quedaron pasmados, preguntándose si acaso esas aves provenían de algún Paraíso.

Don Cirilo, atraído por unos pichones que revoloteaban en el nido, se abrió paso entre el tumulto, acercándose a la jaula. El pajarero le enseñó los dientes afilados y le señaló el precio con los dedos de la mano. Don Cirilo le extendió un billete y, colmado de alegría, adquirió el pichón de un papagayo.

Los vecinos, al verlo regresar con el pichón entre las manos y más contento que nunca, dijeron que don Cirilo se adoptó un hijo, puesto que doña Esther, una chola nortepotosina de atractivo rostro y admirables proporciones, no pudo darle un heredero, quizás, pretextando que los revolucionarios están más comprometidos con su causa que con la crianza de los hijos.

Don Cirilo sublimó sus ansias de ser padre en ese pichón de color encarnado, en el cual depositó todas las fuerzas de su cariño. Meses más tarde, ese pichón que entró en su casa, temblando como un pollo mojado, se convirtió en un hermoso papagayo, cuya alzada superó a la del gallo más grande del corral; tenía las alas radiantes como el arco iris, las patas plumosas, el pico curvado y un colorido penacho en la cabeza.

Don Cirilo, además de alimentarlo con frutas y semillas, que el papagayo se llevaba al pico valiéndose de sus patas prensiles, estaba cada vez más fascinado por la destreza lingüística de ese animal que aprendió a imitar la voz humana, a repetir palabras obscenas y frases revolucionarias, que don Cirilo le enseñaba todos los días al llegar del trabajo.

El papagayo, con el transcurso del tiempo, se acostumbró a la vida doméstica y a meterse sigilosamente en el gallinero que había en el patio de la casa, donde se convirtió en el terror de los gallos, que correteaban con los espolones erizados, y en el macho predilecto de las gallinas que, al verlo atravesar el alambrado, empezaban a cacarear como si fueran a poner huevos.

La vida doméstica del papagayo no estaba libre de peligros, como cuando se sentía acosado por el gato negro, que jugaba con las gallinas hasta el cansancio, antes de partirles el pescuezo de un zarpazo y comérselas plumas y todo. Por eso el papagayo, cada vez que advertía la presencia silenciosa del gato, revoloteaba como una mariposa hostigada y, dando brincos por encima de los muebles, chillaba desesperado: ¡Alcahuete! ¡Hijos de puta!, hasta que aparecía la esposa de don Cirilo, quien, blandiendo el palo de la escoba, hacía que el gato saliera al patio disparado como una flecha.

Una mañana, mientras don Cirilo estaba aún tendido en la cama, la mirada clavada en el techo y las manos cruzadas sobre el pecho, un grupo de policías irrumpió en su casa, tumbando la puerta a culatazos y vociferando a voz en cuello:

–¡Está detenido, carajo! ¡Vístase y acompáñenos!

El papagayo, enmudecido por el pánico, voló por encima de las armas de fuego y aterrizó sobre el empedrado del patio, donde la esposa de don Cirilo rompió a llorar a gritos, enjugándose las lágrimas con el borde de la enagua.

Don Cirilo, acostumbrado a las detenciones arbitrarias por parte de las fuerzas represivas del gobierno, se vistió en silencio y cabizbajo, en tanto los policías, de guantes negros y caras cubiertas con pasamontañas, requisaban todos los recovecos de la casa, aventando los objetos sobre el papagayo.


Una semana después, cuando don Cirilo volvió con el cuerpo marcado por las secuelas de la tortura, el papagayo se le trepó hasta el hombro y, acariciándole la mejilla con su penacho, repitió la frase que más le encantaba a don Cirilo: ¡Viva la revolución!...

Don Cirilo no pudo contener la emoción y sintió que las lágrimas le partían la cara, mientras su esposa, abalanzándose a sus brazos y secándole las lágrimas con los besos, le dio la bienvenida. Don Cirilo volvió a la calma, hinchó el pecho y dijo:

–Estos carajos no me cambiaran los ideales ni quitándome la vida.

El papagayo, tras repetidos allanamientos, adquirió un trauma que se reflejaba en la inquietud de su mirada. Sentía un odio instintivo contra todo hombre uniformado y no soportaba la presencia de nadie que llevara un revólver al cinto. De ahí que cuando un policía cruzaba por la calle taconeando sobre el empedrado, el papagayo se balanceaba en su aro de metal bruñido, abría las alas, emitía graznidos y repetía: ¡Alcahuete! ¡Hijos de puta! ¡Viva la revolución!... 

Así es como el papagayo de don Cirilo, sin quererlo ni saberlo, se convirtió en el portavoz de los ideales de su dueño, quien lo mimó como a su propio hijo, hasta la noche en que un grupo de policías, en uso de sus atribuciones y cumpliendo órdenes del Ministerio del Interior, decidió allanar su casa, con el firme propósito de acabar con la vida del papagayo que, apenas los vio entrar en patota, aleteó nervioso y, sin dejar de pronunciar las frases que le enseñó don Cirilo, chilló una y otra vez: ¡Hijos de puta! ¡Viva la revolución!...

Ahí nomás, uno de los policías, cansado ya de tolerar los insultos del papagayo, le dio un culatazo de fusil en la cabeza y lo aterrizó contra el piso, el pescuezo partido y las alas desplegadas como abanicos.

La pasión por el fútbol

Algunas veces, desde las primeras horas de la mañana y sobreponiéndose a los frígidos soplos del viento, entrenaba a su equipo de fútbol en una cancha llena de granza, donde habían dos herrumbrosos arcos y ninguna línea marcada en el campo de juego. Entiendo que por entonces había que entrenar a la que te criaste, con la camiseta salpicada de copajira y una pelota envejecida de tanto chutearla. Lo importante era avanzar en la tabla de posición del torneo minero, ya sea entre chorros de sudor o accesos de mal de mina, que luego se compensaba con una buena ronda de cervezas y un buen plato de comida.  

Don Cirilo no en vano fue Secretario de Deportes de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), entre 1982-84, aunque ya mucho antes, con el pito en la boca y una verdadera pasión por el fútbol, correteaba junto a los obreros más jóvenes de su sección, donde no faltaban los fanáticos capaces de darlo todo por este deporte que despertaba encendidas discusiones entre los rivales, quienes empezaban insultándose y acababan abrazándose, como resignados a aceptar que en todo deporte existen ganadores y perdedores.  

Don Cirilo fue también uno de los impulsores del campeonato infantil inter-seccional minero, donde jugaban los hijos de los trabajadores de la Empresa Minera Catavi. Aún recuerdo aquel año en que los hijos de los mineros de su sección salieron campeones y sus padres, a modo de incentivarlos con un premio extra, prometieron darles una linda sorpresa: llevarlos a disfrutar de un partido amistoso entre Wilstermann y un equipo argentino cuyo nombre no recuerdo, en el Estadio Félix Capriles de la ciudad de Cochabamba.

La mañana en que iba a partir la flota rumbo a la ciudad valluna, los niños, que habían sido los campeones del torneo inter-seccional de fútbol, tenían los rostros pletóricos de alegría y conversaban en medio de una impresionante algarabía, hasta que me vieron entrar en la flota de la mano de don Cirilo. Estaba claro que yo no formaba parte del equipo, que era un completo desconocido para ellos y, lo que es peor, un simple colador, que no merecía premio extra ni nada que celebrar.

Don Cirilo, al darse cuenta de la reacción de los niños, que no dejaban de mirarme como a una liebre camuflada entre gatos, les explicó que yo era el hijo de un minero que trabajaba en la misma sección donde trabajaban sus padres. Los niños le escucharon callados y, al poco tiempo, volvieron a la chacota, hasta que don Cirilo, luego de darles instrucciones a los padres encargados de acompañar al equipo de rapazuelos, le ordenó al conductor poner en marcha el motor.   

En Cochabamba pasamos la noche en un alojamiento y al día siguiente, que era un sábado de sol radiante, la flota nos trasladó hasta las inmediaciones del Estadio Capriles. Esa fue la primera y única vez en mi vida, y gracias a los buenos oficios de don Cirilo, que vi un partido de fútbol en una cancha reglamentaria y a dos equipos integrados por jugadores profesionales. ¡Toda una sensación!

Los árboles son como los humanos

El año 1974, cuando mi padrastro se encontraba exiliado en una guarnición militar de la capital paraguaya, junto a un grupo de dirigentes sindicales y políticos bolivianos, que fueron víctimas de la represión desencadenada por la Operación Cóndor, mi madre se hizo de tres pequeñas plantas, que tenían las raíces cubiertas con un puñado de tierra y metidas en una bolsa de plástico. Como era natural, me pidió que los plantara en el patio, para ornamentar mejor el pequeño jardín de la casa.

Cogí un pico y una pala, me remangué la camisa hasta los codos y empecé a cavar la tierra que, en esa época del año, estaba tan dura como una roca. En ese momento apareció don Cirilo, quien, a poco de observarme de cerca, me llamó la atención. Me dijo que el diámetro de los hoyos tenían que ser más grandes y tener mayor profundad, porque de lo contrario no podrían desarrollarse las raíces de los pequeños árboles y, consecuentemente, se morirían en un par de semanas.

En un principio, aunque parezca raro, no entendí su razonamiento y mucho menos su explicación. Entonces él, al verme desconcertado y con la cara empapada en sudor, tomó el pico y, con la regia musculatura que exhibía en los brazos, cavó los tres orificios como si nada, pero salpicándome con la tierra que me dejó cubierto de polvo. Introdujo los arbolitos en los orificios y luego los rellenó con la misma tierra que extrajo a punta de pico y pala. Después hizo una pausa, se dirigió hacia a mí y, con la severidad de un maestro que regaña a su alumno, dijo:

–¡Eres un inútil! Cómo no vas a saber que los árboles son como los humanos, que necesitan agua y un terreno blando para vivir. Así que ahora trae un balde de agua para regarlos uno a uno. Este ejercicio tienes que repetir al menos un par de veces a la semana…

Yo me quedé mudo, mirándole de reojo, con la cabeza gacha y las piernas separadas sobre la tierra apisonada. Luego di media vuelta y me apresuré en cumplir su pedido, pero cuando regresé al patio, con el balde lleno de agua, don Cirilo ya no estaba. De modo que a mí me tocó regar los arbolitos desde ese día, sin otro pensamiento que seguir a raja tabla las instrucciones de don Cirilo, quien estaba acostumbrado a decir las verdades con palabras duras y sin temor a herir las sensibilidades. Lo importante es que de él aprendí varias lecciones, aunque sus enseñanzas no siempre eran las más didácticas ni pedagógicas, probablemente, debido a que los conocimientos que compartía con sus semejantes no los aprendió en una institución académica sino en la escuela de la vida. 

El paquete de libros y armas

En otra ocasión, cuando ya había pasado el umbral de la pubertad, fui testigo de un hecho insólito que se me grabó en la memoria con nitidez asombrosa. Fue la mañana de un fin de semana, en que se reunieron sus camaradas convocados, en absoluta confidencia y medidas de seguridad, en el patio de su casa. Yo asistí a esa reunión en compañía de mi padrastro, quien trabajada con don Cirilo en la misma sección de interior mina. Como éramos vecinos y nos comunicábamos a través del patio por el cual cruzaba un riachuelo, donde desembocaban las aguas servidas del Hospital Coposa, nos metimos en el patio de su casa.


Apenas cerramos la puerta a nuestras espaldas, escuchamos la voz de don Cirilo, quien, refiriéndose a mi presencia, preguntó:

–¿Qué hace aquí este chango?

Mi padrastro le contestó que no había problemas y que podía estar tranquilo.
        
El calor era sofocante y, poco a poco, llegaron otros obreros por la puerta que daba a la calle. Eran los militantes más fieles de su partido y sus camaradas de mayor confianza. Cuando todos estuvieron reunidos, don Cirilo sacó un pesado cartón de su dormitorio y lo puso sobre la tapia del patio. No dijo qué contenía ni de dónde provenía. Luego procedió a abrirlo, ante la mirada expectante de todos, con la ayuda de un cuchillo.  

Yo permanecí parado cerca de ellos, a unos pasos más atrás, pero sin decir nada y con la mirada puesta en los movimientos que ejecutaba don Cirilo. Cuando se abrió el cartón, como si se tratara del cofre de un galeón averiado en el fondo del mar, todos clavaron la mirada en el interior de esa extraña encomienda, que no llevaba la dirección del remitente, pero sí el nombre de don Cirilo, rotulado con un marcador de grueso calibre.

El cajón contenía ejemplares del libro de Guillermo Lora, que tenía una sobrecubierta a colores, con el título de una supuesta novela, aunque en la verdadera cubierta del libro, que parecía un folleto en edición rústica, se leía: De la Asamblea Popular al golpe fascista. Debajo de los ejemplares de la obra de Guillermo Lora, quien, supuestamente, sabía del envío de este paquete, estaban los Siete ensayos de la realidad peruana, del ideólogo marxista José Carlos Mariátegui. Lo más sorprendente era que debajo de los libros, que don Cirilo los apiló a un costado del cartón, estaban algunas armas de fuego, cuyos cañones cortos, expuestos a la luz del sol, brillaban con todo el fulgor de su belleza.

Don Cirilo sacó las armas una a una, mientras sus camaradas presentes, entre comentarios a media voz y mirándose por el rabillo del ojo, se escogieron los revólveres y las pistolas. Algunos de ellos, apartándose del cartón, incluso apuntaron el arma contra el manto azul del cielo y, con el ojo derecho puesto en el mirador, la pasearon de un lado a otro, como si buscaran un punto fijo, para luego apretar el gatillo y disparar contra el blanco.  

Pasado el mediodía, todos se fueron por donde llegaron, llevándose las armas y los libros. Yo retorné a casa junto a mi padrastro, quien caminaba callado y a paso lento, hasta que de pronto, en un intento por despejar una duda que me asaltó en esa reunión misteriosa y clandestina, le disparé una pregunta a quemarropa:

–¿Cuándo piensan usar las armas?

Mi padrastro no me miró ni me contestó, se tropezó en una piedra y siguió caminando, hasta que llegamos al patio de nuestra casa, tras desandar por el mismo sendero que nos comunicaba con la casa de don Cirilo.

El sindicalista revolucionario

Don Cirilo, sin lugar a dudas, pertenecía a la vieja guardia del sindicalismo revolucionario. Era uno de los cuadros más firmes de su partido, desde que ingresó a trabajar como empleado de Bienestar en 1952 y después en el interior de la mina; una época que le permitió participar, junto a César Lora e Isaac Camacho, en el apasionante trabajo sindical, donde se forjó al calor de los acontecimientos, en el seno mismo de la clase obrera, con una actitud tan inflexible como sus ideales. No en vano sus enemigos políticos le temían y lo tenían como a uno de los pocos dirigentes mineros capaces de defender sus principios ideológicos hasta la hora de su muerte.


Quienes estuvieron con él en las playas de Sora-Sora, en octubre de 1964, contaban que don Cirilo estaba siempre a la cabeza de una columna disciplinada de mineros pertrechados con ametralladoras, fusiles y dinamitas, prestos a tender un cordón de fuego en el campo de batalla, ya sea para impedir el avance de las tropas militares o para lograr una eventual victoria. Por lo tanto, no era exagerado referirse a las impresionantes proezas de don Cirilo, destacándolo como a un audaz combatiente de la revolución proletaria; tampoco era raro que sus compañeros testimoniaran que este hombre de agallas y temperamento volcánico, al grito de ataque o repliegue, brillaba con su mayor esplendor en medio de las ráfagas de ametralladora y los tiros de fusil.

En los años de resistencia contra la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez, lo vi actuar con firmeza y decisión inquebrantables. Algunas veces, compartimos el mismo balcón del Sindicato de Siglo XX, donde arengábamos a las masas reunidas en la Plaza del Minero. No faltó la vez en que, acercándose a mí, con la mirada penetrante y el guardatojo salpicado de copajira, me advirtió: No tienes que hablar en esa asamblea. Te vas a quemar. Hay muchos agentes y crumiros infiltrados. Si nos apresan a los dirigentes sindicales, ¿quiénes nos van a reemplazar en la lucha?...

El régimen de René Barrientos Ortuño, que asesinó a César Lora en 1965 y desapareció a Isaac Camacho en 1967, desató una sañuda persecución contra los dirigentes mineros de Siglo XX y Catavi. Don Cirilo fue retirado de su fuente de trabajo y pasó a experimentar la dura vida clandestina, hasta que en 1970 fue reincorporado como Operador de molienda en la Planta Sink & Float de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).  

Don Cirilo, debido a su carácter poco dado a la hipocresía y las jaranas, era admirado por unos y rechazado por otros. Nunca ocupó el cargo de Secretario General del Sindicato Mixto de Trabajadores Mineros de Siglo XX, pero su palabra orientadora era escuchada con atención por sus compañeros. En los momentos más álgidos que vivió la clase obrera, durante los años ‘70 y ‘80, estuvo siempre a la vanguardia y demostró su inquebrantable valor de lucha. Los trabajadores depositaban en él todas sus confianzas, convencidos de que era el hombre indicado para representarlos allí donde había que dar la cara y poner la palabra. Es decir, don Cirilo parecía poseer la tabla de salvación en los conflictos más peliagudos de la lucha sindical.

Su actividad política, para bien o para mal, estaba ligada íntegramente a su vida sindical. Era uno de esos cuadros obreros que, luego de haber dejado el campo y haberse proletarizado en la mina, se convirtió en leal militante de su partido, asimiló las enseñanzas del marxismo-leninismo y fue por varios años el indiscutible delegado de base de su sección, donde algunos de sus opositores, no se cansaban de serrucharle el piso para procurar su caída.

Sus enemigos políticos, siempre que don Cirilo les ponía en su lugar de un solo carajazo, se vengaban con odio y hasta con saña, como ocurrió aquella vez en que los tres hermanos Ramírez se le enfrentaron cobardemente en el interior de la mina. Lo sujetaron de pies y manos, lo golpearon de manera brutal y, para acabar con su vida, lo arrojaron en un buzón de la galería. Por fortuna, la fortaleza física de don Cirilo jugó a su favor. Se agarró como una araña de las salientes de la roca y, mientras los tres hermanos se alejaban del lugar, don Cirilo se dio fuerzas para salir del buzón, como los héroes de las películas que logran salvar sus vidas por un pelo.

Cuando mi madre me avisó que don Cirilo estaba internado en el Hospital de Catavi, con múltiples heridas en la cabeza y el cuerpo, sentí una extraña sensación parecida a la impotencia y el coraje. Me alisté de inmediato y fui a visitarlo. Lo vi tendido de bruces sobre un catre demasiado pequeño para su porte. Me acerqué hasta el velador que estaba al lado de la cabecera, le saludé con el mismo respeto de siempre y, mirándole las vendas que cubrían sus heridas, le pregunté:

–¿Qué le pasó, don Cirilo?

Él me miró fijamente, se tragó un amago de saliva y, enseñándome sus dientes menudos y apretados, contestó:

–No es nada grave. Mañana estaré otra vez de pie y me iré a casa…

Tiempo después de aquel infausto incidente, me enteré que don Cirilo, apenas fue dado de alta y retornó a su trabajo, se enfrentó a los tres hermanos Ramírez, pero está vez, como quien busca una justa revancha: los agarró uno a uno entre las penumbras de la galería y les sacó la entretela a puño limpio. De este modo, los hermanos Ramírez, aquejados por la gentil paliza que les propinó don Cirilo, aprendieron la lección de que no eran los Tres Mosqueteros y mucho menos machos nacidos para enfrentarse solos en un combate cuerpo a cuerpo.


Así era don Cirilo, un hombre de palabras y acciones, un dirigente sindical dispuesto a la batalla y un militante que lo daba todo por el todo. Lo pude comprobar las veces que nos cruzamos en el activismo revolucionario contra la dictadura de Hugo Banzer Suárez, cuando participábamos en las apoteósicas asambleas de la Plaza del Minero, en cuyo balcón de oradores del Teatro Sindical Federico Escóbar Zapata, cruzábamos nuestras miradas sin dirigirnos la palabra; cuando participamos en el Congreso Nacional Minero de Corocoro, en mayo de 1976, donde él asistió como delegado de los mineros de Siglo XX y quien firma este texto en representación de la Federación de Estudiantes de Secundaria de la provincia Rafael Bustillo; y, poco tiempo después, exactamente el 9 de junio de 1976, cuando las tropas militares intervinieron los centros mineros, nos reencontramos en la reunión que se efectuó en la bocamina de Siglo XX, donde se determinó, por votación unánime, que los dirigentes de los mineros, amas de casa y estudiantes, debían refugiarse en el interior de la mina, para evitar la represión y el descabezamiento de la resistencia organizada contra la dictadura militar.

Don Cirilo, con la convicción propia de los dirigentes revolucionarios, demostró toda su pasta de organizador clandestino, porque se daba modos de mantenerse en contacto permanente con los obreros de exterior mina, quienes, paso a paso y a través de un teléfono a manivela, le transmitían las noticias en torno a las acciones de las tropas militares en la población de Llallagua y los campamentos mineros de Siglo XX, Catavi y Cancañiri. En realidad, don Cirilo, un hombre más práctico que teórico, demostró, una vez más, que la lucha sindical se la podía realizar incluso desde el interior de la mina, como en los tiempos en que Isaac Camacho organizó y dirigió los sindicatos clandestinos para enfrentarse al régimen de René Barrientos Ortuño.

Al cabo de unos días, cuando don Cirilo fue informado de que los militares y agentes del gobierno estaban planificando ingresar a la mina, se realizó una reunión de emergencia y se decidió abandonar las galerías lo antes posible. Así que unos salieron por la bocamina de Siglo XX y otros por las bocaminas de Cancañiri y Socavón Patiño. Ésa fue la última vez que lo vi a don Cirilo, actuando con serenidad y cautela, refiriéndose a sus compañeros con palabras de aliento y moviéndose con las mismas energías de siempre.

jueves, 10 de agosto de 2017


EN TORNO AL HÁBITO DE LA LECTURA

A pesar del tiempo transcurrido desde que terminé la educación secundaria, aún recuerdo que los libros, establecidos como textos de enseñanza obligatoria en las asignaturas de lenguaje y literatura, no despertaron mi interés por abrazar la lectura como un hábito en mi vida, probablemente porque me resultaban textos de difícil comprensión, con personajes ajenos a mi realidad, con temas contextualizados en tierras lejanas y épocas pretéritas, como Don Quijote de la Mancha, El Cid Campeador, La Ilíada o La Odisea.

De modo que siempre he considerado que los libros recomendados por los tecnócratas de la educación, en la enseñanza de lenguaje y literatura, no estaban contemplados desde la perspectiva de los estudiantes, sino desde la visión de los llamados expertos en literatura, quienes fijaban los parámetros para impartir los conocimientos en torno a las bellas artes y cultivar la comprensión lectora de quienes asistíamos a clases saturados por los deberes y demás libros de texto.
 
Los estudiantes de mi generación, de un modo general, no tenían apego a los libros y mucho menos a la lectura, aunque vivían en una época en la que no existían las herramientas electrónicas como el celular, la computadora, los videojuegos, el Internet, la Tablet y otros medios digitales de las nuevas tecnologías de comunicación que, desde que irrumpieron en los hogares y las instituciones educativas, le robaron protagonismo a los libros en soporte papel.

Con todo, debo reconocer que las novelas y cuentos de autores nacionales estaban más cerca de mi realidad y al sociolecto de los estudiantes de las poblaciones mineras como Siglo XX, Uncía y Llallagua, donde muchos de mis compañeros, cuyos padres eran trabajadores de la Empresa Minera Catavi, tenían como lengua materna el quechua y el aymara; interferencias idiomáticas que no les permitían comprender el lenguaje elaborado de los libros de texto que, más que incentivar su hábito de la lectura, les provocaba un franco rechazo de la asignatura de lenguaje y literatura, que se impartía de manera mecánica, memorística y con métodos didácticos inapropiados.

No sé si todos comparten esta experiencia personal, pero lo cierto es que un sistema educativo poco creativo y dinámico, más que estimular el hábito de la lectura en los estudiantes, quienes deben ser los verdaderos artífices de su propio desarrollo intelectual, los alejaba del mundo de las letras y del goce estético que debe proporcionar la lectura de una literatura destinada a todos los niveles de enseñanza, ya que existen libros para todas las edades, intereses, contextos sociales, culturas y lingüísticos.

La lectura en el ámbito familiar

Los buenos libros, que recrean hechos y personajes de la vida real o ficticia, no siempre llegan de la mano de los profesores, sino a través del ámbito familiar donde se cuenta con una pequeña biblioteca y unos padres que, por razones de trabajo o por el simple gusto de sumergirse en el maravilloso mundo de la literatura, tienen el hábito de leer como un ejercicio cotidiano.

Éste es un buen ejemplo de que la lectura debe ser un momento de distracción y regocijo, y no una tarea obligada, difícil y tediosa, que termina por matar el interés del estudiante, quien acaba por arrojar el libro por los aires, convencido de que la literatura es una materia aburrida que debía suprimirse del programa de educación primaria y secundaria, así tenga el propósito de impartir conocimientos, mejorar la dicción y la ortografía, casi siempre con un diccionario al alcance de la mano.

Está demostrado que los niños que no aprenden a valorar la importancia del libro en el seno familiar, difícilmente lo harán en otro sitio. De ahí que los maestros de lenguaje y literatura, que se enfrentan a estudiantes que no adquirieron el hábito de la lectura desde la infancia, tienen problemas en el proceso de enseñanza, aparte de que el programa escolar no siempre contempla libros que responden al desarrollo idiomático, al interés y la edad de los educandos.

No es casual que sólo el 5% de los estudiantes leen algún libro por interés personal, mientras que el 95% lo hace por cumplir con una obligación impuesta por el sistema de enseñanza, que no suele coincidir con el interés de los estudiantes ni formar a los futuros lectores de la gran literatura universal.

Libros menos extensos y con lenguaje accesible

Cuando no se tiene el hábito de la lectura, un libro demasiado extenso, un mamotreto de más de quinientas páginas, no es demasiado motivador para un estudiante que no tiene la costumbre de leer; por el contario, le resulta bastante frustrante y no le queda otra alternativa que abandonarlo. En estos casos, lo recomendable es poner en sus manos libros menos extensos, que no demanden mucho tiempo, que tengan un lenguaje accesible para su edad y traten temas que motiven su interés. Cuando haya finalizado la lectura del libro, es probable que se sienta estimulado para tomar otro nuevo que, de igual manera, le despierte la curiosidad por descubrir los misterios que el autor esconde entre las páginas.

Si se parte del criterio de que la lectura debe estar asociada al placer, entonces es lógico que lo primero que deben leer son libros cuyos temas atrapen su interés, y no los llamados clásicos de la literatura universal que, por su propia naturaleza, abordan temas ajenos a su interés y con un lenguaje que no les permite comprender ni asimilar el contenido de lo que leen. Por lo tanto, está claro que un libro debe ser elegido de acuerdo al desarrollo emocional, intelectual y lingüístico del lector, pues para un niño de 10 años no es lo mismo leer Mafalda de Quino, que Ulises de Joyce. Si el niño no entiende lo que está leyendo, lo más seguro es que se aburrirá al instante y, de pasadita, le cogerá tirria a la lectura, convencido de que leer un libro es tan complicado como aprender de memoria las reglas gramaticales del lenguaje.

En síntesis, el objetivo de la enseñanza en la asignatura de lenguaje y literatura, en lugar de constituir una materia aburrida y compleja, debía estar orientada a hacerle comprender al estudiante que la lectura de un libro no es una lección difícil ni una tarea para el examen de fin de año, sino una materia divertida, como cualquier otra actividad lúdica de su tiempo libre, salvo que la lectura le servirá a lo largo de la vida y de la que aprenderá tanto como los conocimientos que le importen sus profesores a lo largo del año escolar.

miércoles, 26 de julio de 2017


LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE FILIPPO

¿Qué se puede decir de un luchador social como Filemón Escóbar? Supongo que son muchos quienes conservan en su memoria una imagen particular del dirigente político y sindical, con sus virtudes y defectos, sus encendidas polémicas y sus declaraciones públicas, unas veces, acertadas y, otras, controvertidas, como en cualquier hombre cuya ocupación consistía en analizar la realidad social, política y económica de un país que no deja de sorprendernos cada día por su esencia compleja y contradictoria.

Debo confesar que Filippo, conocido también como el Flaco en el seno familiar, era en realidad mi tío, el hermano menor de mi señora madre, Gloria Lora Escóbar. Por eso mismo, me embarga su partida y, al mismo tiempo, me llena de orgullo el simple hecho de haber sido su pariente; un privilegio que me permitió conocerlo en algunas de sus facetas menos mentadas entre sus amigos y enemigos.

El cuarto de los solteros

En cierta ocasión, cuando alcancé el umbral de la pubertad, me pidió que cuidara el cuarto que disponía en el campamento II del centro minero de Siglo XX, conocido por sus camaradas como el cuarto de los solteros, donde me enfrenté a un ambiente de pesado aire y pocos muebles. Lo primero que me impresionó fue ver pipas de todos los tamaños, colores y marcas, esparcidas por doquier, y en el piso un manto de cenizas y tabaco, que él fumaba de manera empedernida. De ahí que no es casual que el cáncer de pulmón haya sido la enfermedad que le aceleró la muerte.

Lo que muchos todavía desconocen es que Filippo, para bien o para mal, era el hermano menor del ideólogo trotskista Guillermo Lora Escóbar y del caudillo y mártir obrero César Lora Escóbar. Filippo se inició como dirigente minero en el distrito de Siglo XX y, en mérito a su lucha por mejorar las condiciones de vida de sus compañeros de clase, llegó a ser uno de los principales miembros de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia y de la Central Obrera Boliviana.

Una vida en la clandestinidad

Lo encontré esporádicamente durante los años de la represión política desencadenada por el régimen dictatorial de Hugo Banzer Suárez. Aparecía en mi casa por las noches y por las noches desaparecía, para no despertar sospechas en el vecindario. Estaba acostumbrado a la dura vida clandestina. Así vivió y sobrevivió durante la represión del Comando Político del MNR, las dictaduras militares y los gobiernos neoliberales; era ingenioso para disfrazarse y mimetizarse entre la gente, sin que nadie advirtiera su presencia ni lo reconociera.

Recuerdo que una vez, ya entrada la noche, llegó a mi casa, ubicada en la ahora Avenida María Barzola, a poco de haber burlado el control policial en las trancas de Huanuni y Llallagua. Cuando le abrí la puerta, no pude reconocerlo porque estaba ataviado con una indumentaria típica de los hippies de los años 60, con botines de caña alta, chaqueta de cuero revuelto, peluca hasta los hombros, mostachos largos, gafas oscuras y gorro con borla en la nuca; desde luego que él usaba gorritas desde entonces, pero no tanto por seguir la tradición iniciada por su amigo Liber Forti, sino más bien para disimular su prematura calvicie, que para él no era nada elegante, quizás por eso admiraba la cabellera cetrina y espesa de quien la lucía como un tupe en la cabeza.

Una de esas noches, antes de despedirse y partir con rumbo desconocido, me pidió que le regalara mis juegos de lego, diciéndome que les serviría a sus hijos, y me pidió mi poncho de alpaca a cambio de una chamarra de cuero que nunca vi ni llegó a mis manos. Sólo años más tarde, al experimentar en carne propia las vicisitudes de la persecución y la clandestinidad, comprendí que el falso compromiso era una de las tantas formas de sobrevivencia de un clandestino con responsabilidades familiares. 

El amigo de los libros

En esos mismos años de clandestinidad, despedido de su fuente laboral por su actividad subversiva, se refugió en las ciudades, donde aprovechó su tiempo para leer y escribir, aunque él solía decir que leía y escribía sólo en sus ratos de ocio. Sin embargo, lo cierto es que Filippo tenía siempre un libro a mano; así lo conocieron los dirigentes universitarios de la UMSA durante el gobierno de Alfredo Ovando Candia, cuando se encontraba en calidad de huésped-clandestino en el último piso del Monoblock y, más tarde, cuando un grupo de curas le ofreció cobijo y trabajo como profesor de filosofía y literatura en un colegio secundario de Cochabamba, donde los alumnos lo conocían por su nombre ficticio y lo trataban de hermano, creyendo que era un cura más y no un refugiado de la sañuda persecución banzerista.


Fue en aquella época que leyó una montonera de libros de literatura y filosofía no sólo porque tenía que preparar sus lecciones para impartírselas a sus alumnos, sino también porque tenía la necesidad de completar su bagaje cultural con una lectura que contribuyera a sus conocimientos de marxismo, leninismo y trotskismo; lecturas que después, tras el Decreto Supremo 21060 y la relocalización minera en 1985, le sirvieron para complementar sus teorías en torno a complementariedad de los opuestos, la ecología medioambientalista y el indigenismo katarista, que lo llevaron a apartarse definitivamente de las concepciones del marxismo ortodoxo para declinar hacia las concepciones pluralistas y electoralistas; una discusión que sostuvimos durante toda una noche en la casa de mi madre, mientras nos vaciábamos las botellas de vino que mi padrastro añejó en el depósito de su casa, ubicada en un barrio de la ciudad de Estocolmo.
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El reencuentro en Suecia

Al cabo de unos años, cuando nos reencontramos en Suecia, me comentó que el alcalde potosino René Joaquino era su candidato a la presidencia en las elecciones que se avecinaban, y me enseñó el programa que recién había elaborado como declaración de principios de Alianza Social (AS), convencido de que Joaquino sería el mejor contrincante de Evo Morales en el proceso electoral.

Ese mismo día, mi madre, que era su hermana mayor por dos años, lo invitó a sentarse a la mesa para almorzar. Y, a modo de demostrarle el cariño y respeto que se tuvieron desde la infancia, se esforzó por cocinar platillos con sabor boliviano, y cuando lo llamó, lo hizo por su apelativo de Flaco, que ella solía reducirlo al diminutivo de Flaquito. No era para menos, pues Filippo siempre fue delgado y espigado, probablemente, porque tenía los genes de su padre de ascendencia palestina, quien nunca le dio su apellido ni lo reconoció como a su hijo legítimo.

Al término del almuerzo, recorrió la silla y se puso de pie, se quitó la chompa, la camisa y la camiseta y, dándose media vuelta, nos mostró la enorme cicatriz que tenía en la espalda, tras la intervención quirúrgica que le realizaron en Santiago de Chile. Dio saltos con los brazos en alto y, tocando con los dedos de la mano el cielo raso del comedor, dijo con gran ahínco: ¡No tengo nada! ¡Estoy bien! ¡Estoy bien!... Aunque todos sabíamos que le quitaron medio pulmón y que el cáncer no era como la gripe que se iba del cuerpo.

Él volvió a sentarse a la mesa y, como es natural, conversamos de manera larga y tendida sobre la vida política del país; un tema que a él le apasionaba tanto como tomarse café, fumarse cigarrillos o leer las publicaciones que caían en sus manos. No es casual que, mientras recordábamos su pasado como militante del Partido Obrero Revolucionario (POR), me clavó su mirada escudriñadora y dijo: Lo único que tengo que agradecerle a Guillermo (Lora) es mi gusto por la lectura. Él me inculcó el hábito de la lectura.

Todos tenemos que morir de algo

Todos sabíamos que, por prescripción médica, estaba terminantemente prohibido de que volviera a fumar, pero él, de manera obstinada, seguía queriendo pitar, al menos para aplacar un instante su adicción crónica al tabaco. Mi tía Olga lo acechaba de cerca, intentando evitar que Filippo se llevara la hebra del cigarrillo a la boca. Así fue como una tarde, apenas salimos al patio para tomarnos un baño de sol, lo sorprendió pitando. Ella se plantó delante de él y, en tono de reproche, le dijo: ¡Eres el colmo, Flaco, no puedes seguir fumando! A lo que él, con una mirada de sorna y echando una bocanada de humo, le replicó: ¡Va, que importa, oye! ¡No molestes, oye!¡Todos tenemos que morirnos de algo!


Para entonces, Filippo había sido excluido del Movimiento Al Socialismo (MAS), acusado de haber recibido dineros de la embajada norteamericana para darles cancha libre a los mercenarios de la DEA. Él juraba que esas acusaciones eran patrañas montadas por los asesores cubanos del gobierno, porque nunca recibió un solo centavo de nadie y mucho menos de los gringos interesado por erradicar las plantaciones de coca en el Chapare; más todavía, estaba convencido de que las falsas acusaciones eran los mismos métodos estalinistas, que se usaron en la Unión Soviética durante los años de purga contra los trotskistas y críticos de la burocracia del Kremlin.

Un obrero intelectual

Un día, después del almuerzo, salíamos de la casa de mi madre y nos fuimos a dar unas vueltas por los bosques de Tyresö, donde aprovechamos para conversar sobre diversos temas que eran de su dominio. Fue entonces que me di cuenta de que Filippo, a diferencia de la mayoría de los mineros, era un obrero intelectual, un autodidacta que no sólo leía, sino que también escribía con la misma pasión con que se dedicaba a sus quehaceres de dirigente político y sindical.

Conocía la realidad de los mineros desde el interior de la mina y se relacionó con los dirigentes legendarios del sindicalismo nacional. Por cuanto no es casual que en su libro Semblanzas, que es un magnificó testimonio personal y colectivo, aparezcan bosquejadas las biografías de varios de ellos, como Juan Lechín Oquendo, Simón Reyes, César Lora, Isaac Camacho, Federico Escóbar, Irineo Pimentel y Domitila Barrios de Chungara, sin dejar de lado a otros personajes de la política nacional y a un par de gerentes de la Empresa Minera Catavi.

No cabe duda de que Filippo era uno de los pocos obreros intelectuales, gracias a su inteligencia natural y sus ganas de saber cada vez más, más y más, como quien quiere superarse a sí mismo en su condición de persona sentipensante. No es nada raro que, entre la variada gama de dirigentes mineros de todos los tiempos, haya sido el único o casi el único que tenía la facultad de metamorfosearse de su condición de topo en ratón de biblioteca.

De llok’allas y mangueros

Cualquiera que conversaba con Filippo, se daba cuenta de que este hombre, de recio temple y actitud impulsiva, que estaba acostumbrado a llamar las cosas por su verdadero nombre; al blanco, blanco y al negro, negro, era una piedra en el zapato de los gobernantes, a quienes, sin consideraciones ni pelos en la lengua, los trataba de carajitos, cojudos y llok’allas. En cierta ocasión, cuando le hice notar que sus expresiones eran peyorativas y rayaban en el menosprecio y la discriminación, me contestó que no tenía otra forma de referirse a los traidores del pueblo, a los mangueros del gobierno y a los tránsfugas que nunca lucharon contra las dictaduras militares para recuperar la democracia cautiva, que no sabían lo que eran las cárceles, las torturas ni el exilio; pero que, sin embargo, se treparon al poder para desvirtuar los principios del programa que él mismo elaboró antes de que se fundara el MAS, con una sigla que le compraron a un falangista cruceño.

Lo interesante es que Filippo, antes y después de su participación en el parlamento boliviano, donde se hizo conocido por agarrarles a t’ajllazos (sopapos) a sus adversarios políticos, no podía estar sin leer ni hacer apuntes de su experiencia, con la convicción de que todo esto le serviría para escribir sus libros que, con el apoyo de sus amigos y dineros de su propio bolsillo, se publicaron uno a uno. De los cinco libros que conozco, De la revolución al Pachakuti es el que mejor refleja los triunfos y las derrotas en su vida, desde su infancia encerrada en un orfelinato para huérfanos de la Guerra del Chaco, su formación como dirigente sindical, su participación en las dos cámaras del parlamento boliviano y sus posteriores roces con el poder político; un poder que se le esfumó de su control y de sus manos, porque tuvo la mala suerte de haber sido estrangulado por el mismo Frankestein que él intentó crear a su imagen y semejanza.

A mi retorno a Bolivia, cuando me encontraba de paso por Cochabamba, me llamó por teléfono para invitarme a su cumpleaños. Le agradecí por el cometido, pero le expliqué que no podía asistir porque tenía previsto, desde hacía mucho tiempo, una reunión importante con unos amigos. Él subió el tono de su voz y, casi gritándome desde el otro cabo del teléfono, me dijo: ¡Qué reunión importante ni qué ocho cuartos. En este país no hay otro tipo más importante que yo, así que tienes que venir nomás, oye… Si no vienes, te voy a cortar los huevos, carajo! Con amenazas y todo, no pude deshacerme de mi compromiso ni pude asistir a celebrar su cumpleaños. Desde ese día, no volvimos a hablarnos ni a fundirnos en un afectuoso abrazo entre un tío y un sobrino.

El legado de un carismático hombre

Ahora que Filippo no está ya con nosotros, sólo nos queda su legado de lucha, sus libros con experiencias vividas y sufridas, sus malas palabras, sus actitudes irreverentes contra los poderes de dominación y sus sabias enseñanzas que nos harán falta a todos, a los que estaban con él y a los que estaban en contra, porque Filippo correspondía a esa categoría de hombres que, a pesar de su partida, permanecerá en la memoria histórica del pueblo y brillará con luz propia en la constelación de los mejores líderes políticos y sindicales que parió el movimiento obrero boliviano.


Asimismo, el Filippo humanista, revolucionario y contestatario, seguirá siendo mi tío Flaco, con quien tenía coincidencias y discrepancias, pero también con quien tuve la fortuna de compartir inolvidables momentos tanto dentro como fuera del país, y a quien siempre lo recordaré con un profundo cariño y respeto, porque de él aprendí mucho, como de un maestro armado de conocimientos, aunque él nunca tuvo la intención de enseñarme nada, atenido a la idea de que un escritor, como me lo dijo en una de nuestras charlas, es una persona que aprende más de los libros que de las conversaciones que se las lleva el viento.

Siempre será recordado

El Filippo de los ojos grandes y claros, la piel algo picada por el acné de la adolescencia y la voz con inflexiones de mando, el Filippo con la pinta del playboy minero y la risa amigable que, cuando estaba de buen humor, podía estallar en una sonora carcajada, será siempre recordado por esa llama interior que lo convertía en un personaje ineludible y carismático. De su inteligencia natural y su fecunda verba, que despertaba la admiración de los suyos y la furia de sus enemigos, no hay nada que hablar, salvo que sus ideas, transformadas en palabras, se le disparaban como dardos por la boca, unas veces para defender sus principios ideológicos y otras veces para ofender a sus adversarios.

Con todo, el Filippo intelectual será el que permanecerá entre nosotros a través de sus obras, puesto que no necesitó de intermediarios ni plumas prestadas para escribir, con su puño y letra, algunas de las tesis políticas fundamentales del movimiento obrero boliviano, como no necesitó de voces prestadas ni correctores de pruebas para escribir su historia personal, desde Testimonio de un militante obrero hasta su libro Semblanzas que, con sus aciertos y desaciertos, resultó ser la historia de todo un pueblo. En esto radicaba, probablemente, la importancia de llamarse FILIPPO, con mayúsculas.

Imágenes

Filippo con su infaltable bolsa de coca
Filippo en su biblioteca
Filemón Escóbar, Víctor Montoya y Olga Vásquez
Interviene en un ampliado minero en su juventud

viernes, 7 de julio de 2017

José Martínez, Pastor Mamani, Víctor Montoya, Jaime Flores y Edgar “Huracán” Ramírez 

SE PRESENTÓ CRÓNICAS MINERAS EN LLALLAGUA

El pasado 23 de junio, en un solemne acto que tuvo lugar en la población minera de Siglo XX- Llallagua, se presentó Crónicas Mineras, la reciente obra del escritor Víctor Montoya, dentro del marco de las actividades realizadas con motivo de la conmemoración de los 50 años de la masacre de San Juan, que fue perpetrada por la entonces dictadura militar de René Barrientos Ortuño, en la madrugada del 24 de junio de 1967. 

Los responsables de presentar el libro, José Martínez, Jaime Flores López y Oliver Ayaviri, junto a los comentarios de Edgar Huracán Ramírez (jefe del Sistema de Archivo Histórico Minero de Comibol) y Pastor Segundo Mamani (Presidente de la Corte Suprema de Justicia), coincidieron en que Crónicas Mineras es una obra que tiene un enorme valor histórico, debido a que rescata una parte de la memoria colectiva de los mineros, a través de crónicas que giran en torno a las masacres mineras y la trayectoria de varios dirigentes sindicales del movimiento obrero boliviano.   

El autor, como todo cronista fiel a su época y sus ideas, conoció personalmente a varios de los protagonistas de su obra. Sus palabras son certeras y sus juicios válidos, pues una cosa es escribir sobre algo que se investiga en bibliografías y otra muy distinta sobre algo que se narra en primera persona y luego de haber conversado con los personajes retratados con un estilo periodístico elegante, introspectivo y revelador.

Cónicas Mineras es una buena y amena síntesis de algunos episodios históricos rescatados de la memoria de un pueblo que, en los periodos más trágicos de su pasado, soportó dictaduras militares, apresamientos, torturas, destierros y crímenes de lesa humanidad, pero que nunca renunció a sus sueños ni esperanzas de forjar una sociedad más justa y libre, donde todos los ciudadanos pudieran gozar de las prerrogativas del Estado de Derecho.

Víctor Montoya, escritor reconocido por su vasta producción literaria tanto a nivel nacional como internacional, no deja de sorprendernos con estas crónicas que, a diferencia de su obra narrativa en el género del cuento o la novela, lo muestran de cuerpo entero, con sus preocupaciones más íntimas y sus experiencia adquiridas en el seno de los mineros, a quienes los considera los mentores de sus fundamentos ideológicos. Él mismo, refiriéndose a la gran influencia que el mundo minero tuvo en su vida, afirmó: Los mineros han marcado a fuego mi vida y mi obra literaria. A ellos les debo mi conciencia revolucionaria y les estoy eternamente agradecido. Ellos fueron los maestros que forjaron mis ideales de justicia y ellos me enseñaron que la palabra libertad no es un concepto abstracto, sino un derecho fundamental que debe conquistarse para vivir en una sociedad más armónica y equitativa, donde todos seamos iguales y nadie sea más que nadie.
 
El autor del libro, afirmándose en el testimonio de mineros y palliris, de artistas plásticos y escritores, narra la dramática realidad de los trabajadores del subsuelo que, aun habiéndose constituido en el pilar fundamental del naciente capitalismo boliviano, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, se quedaron al margen de las ganancias millonarias de los barones del estaño y de los órganos del poder, cuyas políticas extractivistas y legislaciones al servició de la insipiente burguesía nacional y los consorcios imperialismo, crearon un enorme abismo entre unos que tenían todo y otros que no tenían nada.     

La estructura del libro es una suerte de galería, con hechos y personajes engranados en la historia del movimiento obrero boliviano del siglo XX. Las semblanzas de los líderes del sindicalismo nacional como César Lora, Isaac Camacho, Cirilo Jiménez o Domitila Barrios de Chungara, han sido trazadas a partir de los recuerdos que el autor conservó en su memoria desde la infancia. Asimismo, las trágicas escenas de las masacres mineras, como la del 21 de diciembre de 1942 en los Campos de María Barzola o la masacre minera de San Juan en la madrugada del 24 de junio de 1967 en Siglo XX, están escritas desde una perspectiva personal, pero sin eludir el testimonio colectivo, que es el principal soporte de cada uno de los textos.

Lourdes Peñaranda Morante, bibliotecóloga y responsable del Archivo Minero de Catavi, apunta en la introducción del libro: Esperemos que estas Crónicas Mineras, que nos entregan un puñado de finas estampas arrancadas de la veta más rica de la producción literaria del autor, sean un estímulo para rememorar las luchas sociales que permitieron conquistar mejores condiciones de vida y, al mismo tiempo, contribuyan a perpetuar la memoria histórica de los mineros, palliris y amas de casa, quienes, con legítimo derecho y autoridad moral, son los principales protagonistas en estas páginas escritas con la pasión del alma y el pensamiento anclado en el corazón.

martes, 4 de julio de 2017


LA MASACRE MINERA DE SAN JUAN EN VERSOS

La masacre de San Juan en versos, desplegada en pocas y selectas páginas, es una poética que gira en torno al fatídico episodio que enlutó a las familias mineras la madrugada del 24 de junio de 1967, cuando el régimen dictatorial de René Barrientos Ortuño, asesorado por la CIA y secundado por el Alto Mando Militar boliviano, decidió tomar por sorpresa las poblaciones de Llallagua, Siglo XX, Cancañiri y Catavi, con el pretexto de frenar la subversión extremista, arrestar a los dirigentes Castro-comunistas y evitar que los trabajadores realicen su ampliado minero, con el propósito de apoyar a la gesta guerrillera comandada por Ernesto Che Guevara en las montañas de Ñancahuazú.

Las tropas del regimiento Rangers, Camacho y 13 de Infantería, ingresaron a los campamentos mineros amparados por la oscuridad y disparando sus armas automáticas contra la población indefensa, justo a la hora en que unos se recogían a descansar y otros se alistaban para ingresar a trabajar en la primera punta. Los tiros de las ametralladoras, morteros y bazucas, que en principio se confundían con la detonación de los cohetillos y cachorros de dinamita, se escucharon por algunas horas en la población civil y los campamentos, como un estampido similar a los truenos infernales, mezclándose con el lamento de los heridos, el llanto de los niños y el grito de protesta de las amas de casa. Al cabo de la denominada Operación Pingüino y al nacer la alborada de aquel 24 de junio, en que el frío y el viento hacían crepitar la piel, las calles estaban regadas por raudales de sangre y los dolientes recogían cadáveres de hombres, mujeres y niños.

La poesía revolucionaria requiere no sólo de un razonamiento y argumentación convincentes, sino también de una exposición donde la melodía prosódica y la connotación semántica de las metáforas sean recursos válidos para exaltar el discurso poético, cuyo significado y significante están destinados a cumplir la función de transmitir las ideas libertarias de un modo esplendido y sin ambigüedades, como en esa poesía musicalizada por el cantautor Nilo Soruco, en la que sus versos, dedicados al dirigente Rosendo García Maisman, van más allá de las simples plegarias, hipérboles y alegorías, en un intento por reivindicar la intrépida actitud de un hombre que, luego de tocar la sirena del sindicato en señal de alarma, defendió el edificio y la radioemisora La Voz del Minero, armado con un fusil M-1, hasta que una bala le alcanzó en su humanidad y le arrancó la vida entre borbotones de sangre.

Estas poesías de denuncia y protesta, que reflejan su propiedad expresiva en el manejo ético y estético del lenguaje, son las mejores manifestaciones de quienes dedican su tiempo y talento al oficio de hilvanar palabras que, una vez lanzadas como dardos de rebelión y reflexión crítica, encuentren ecos en la mente y el corazón de los lectores sensibles ante el dolor humano y las injusticias sociales.
 
El fuego de la palabra escrita, en un contexto herido y convulsivo, tiene una fuerza capaz de tocar las fibras íntimas del ser y trastocar las emociones alojadas en las galerías del alma. Esto ocurrió en el congreso de escritores realizado en la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisa, el 26 de junio de 1967, donde el vate Jorge Calvimontes y Calvimontes provocó, durante la declamación de su poema La fogata de San Juan, la muerte por infarto del profesor Miguel Ángel Turdera Pereyra, quien se desplomó delante de las absortas miradas de un público de sentimientos abrumados y respiración en vilo.

Esta poesía de compromiso social, que transmite razonamientos y estados de ánimo, constituye una majestuosa sinfonía que se alza en crescendo para dejar constancia de que los crímenes de lesa humanidad no pueden quedar en el olvido ni en la impunidad. De ahí que el poeta que escriba y describa la trágica historia de la masacre, con las técnicas propias del género más exigente de la literatura, donde la belleza del poema depende de la pasión, capacidad y experiencia del autor, logrará crear una obra imperecedera, digna de un artista comprometido con el verbo y la realidad social.

Los poetas reunidos en esta breve antología, aparte de recrear con la intensidad vibrante de sus versos una realidad dramática, que les tocó vivir a las familias mineras en carne propia, saben rescatar con innovación y creatividad la integridad de un país que, a pasar de los regímenes dictatoriales, las intervenciones militares y las masacres insensatas, supo luchar y resistir contra los enemigos de la soberanía nacional, bajo la hegemonía de los trabajadores de los centros mineros como Siglo XX, que fue escuela y escenario de eximios oradores y grandes líderes sindicales, como Federico Escóbar, César Lora, Isaac Camacho y Domitila Barrios de Chungara, entre tantos otros.

En síntesis, al cumplirse medio siglo de la Masacre de San Juan, los poetas nos recuerdan, entre verso y verso, la necesidad de rescatar la memoria histórica de los mineros y rendirles un justo homenaje a los mártires caídos bajo el fuego fulminante de la bota militar, que sembró el pánico y el terror entre las fogatas menguantes del 24 de junio de 1967, que empezó siendo una fiesta tradicional y terminó cubriéndose de sangre, lágrimas y suspiros de hondo pesar.