VICTOR MONTOYA
LA CUEVA DEL TIO DE LA MINA
viernes, 11 de septiembre de 2026
EL
CLUB SOCIAL CATAVI
El
Club Social Catavi, ubicado entre las oficinas de la gerencia y el Teatro Simón
I. Patiño, era –digo era, porque ahora es otra cosa– una construcción
extraordinaria en la época dorada de la minería, con paredes de adobe, techo de
calamina acanalada, cielo raso y cimientos de piedra canteada. El ambiente
interior estaba revocado con estuco y pintado al óleo. Los pisos eran de
machihembrado y concreto, las puertas de tablero sencillo, las ventanas con
marcos de madera y vidrieras de doble hoja.
Cuando
uno cruzaba la puerta principal, que daba a la calle, se enfrentaba a un hall
afarolado, un amplio salón de fiestas y un proscenio para las orquestas en
vivo, un bar cantina, sala de juegos y, como si eso fuera poco, una secretaría,
biblioteca, cuarto para sirvienta, depósito, cocina, servicio higiénico para
damas y caballeros. Todo un complejo hecho a la medida y exigencia de los
administradores de la empresa.
El
Club Social Catavi, desde su inauguración, el 28 de noviembre de 1922, dos
antes de que Simón I. Patiño adquiriera las propiedades mineras pertenecientes
al consorcio chileno denominado Compañía
Estañífera de Llallagua, se constituyó en un atractivo salón situado en la
calle principal de Catavi, denominada años después Avenida Simón Bolívar, cerca de las oficinas de la gerencia de la
empresa estañífera y de la vivienda habitada por el gerente, que estaba rodeada
por los chalets confortables de los administradores de la Patiño Mines, que contaban con los servicios básicos, desde luz
eléctrica hasta duchas con agua fría y caliente, mientras los obreros vivían
hacinados en campamentos cuyas casitas parecían ch'ukllas, con paredes de adobe, techos de paja brava y puertas de
calamina
El
Club Social Catavi, en principio, formaba parte de la organización del grupo
social de élite de la Compañía Estañífera
de Llallagua. Sus miembros tenían que ostentar un prestigio social y
económico, que los diferenciara del resto de la población trabajadora, que no
gozaba de los privilegios de las clases dominantes y cuyo ingreso al salón de
fiestas estaba terminantemente prohibido.
Este
mismo tipo de clubes, existentes en diversas ciudades bolivianas, no eran
sitios abiertos a cualquier ciudadano, sino una suerte de instituciones que
restringían el ingreso de personas que no contaban con un estatus social y
económico respetables; por cuanto la membresía del Club Social Catavi no era
posible para los empleados de bajo rango y los mineros de la empresa y, mucho
menos, para los ciudadanos de las poblaciones civiles de Llallagua y Uncía,
quienes no tenían derecho a pisar el salón de fiestas, sino, simple y
llanamente, las cantinas de mala muerte
y las chicherías, donde se expendían bebidas baratas y de elaboración
artesanal.
El
Club Social Catavi, cuyos techos lucían lámparas de cristal, puertas de madera
noble y pisos de parqué lustroso, era un espacio exclusivo para los
administradores de la empresa, desde el gerente hasta el encargado del Ingenio Victoria, quienes compartían intereses
comunes en las duras y en las maduras,
una sede donde los parroquianos se daban cita, se daban la mano y se abrazaban,
saludándose en idiomas diferentes al quechua y el aymara.
El
salón de baile era amplio y tenía un proscenio para las orquestas contratadas a
precio de libras esterlinas en la ciudad de La Paz y traídas en las movilidades
de la empresa, cuyas carrocerías, en horarios de trabajo, servían para
transportar los sacos de mineral hasta las estaciones de trenes que iban rumbo
a los puertos de Arica y Antofagasta, pero que en los días de fiesta servían
para transportar las comidas y bebidas adquiridas en los abarrotados almacenes
de las grandes urbes.
Las
fiestas, denominadas también reuniones
sociales, se celebraban por todo lo alto y con manteles blancos. Las
esposas de los administradores de la empresa asistían ataviadas con ropas de
etiqueta, peinados y sombreros a la moda, vestidos de seda, blancos y con
brocados, sin importarles el terrero polvoriento y pedregoso de Catavi. Los
hombres iban trajeados con frac negro, sombreros bombín o de copa alta, zapatos
lustrosos como sus rostros y leontinas colgadas del ojal del chaleco y el reloj
guardando en el bolsillo.
Entrada
la noche, la orquesta invadía el ámbito con melodías acorde al gusto de las
señoras y los caballeros de alta alcurnia que, además de lucir trajes de gala,
sabían bailar charlestón, shimmy, foxtrot, tango y selecta música
latinoamericana. Las fiestas se celebraban acompañadas con buenas comidas y
bebidas. Todo se servía en bandejas de plata, en copas de cristal esmerilado,
platillos de porcelana y cubiertos grabados con el nombre de la Patiño Mines. Los canapés eran
bocadillos de jamón, queso manchego y aceitunas negras de los mejores olivos
del mediterráneo.
Los
encargados de atender y servir a los comensales, a veces, eran negros de
ascendencia afroboliviana, quienes, uniformados con chaquetas de garzón y
guantes blancos, paseaban las bandejas de un lado a otro, ofreciendo los
cocteles y bebidas importadas desde México, Irlanda, Francia o Inglaterra. Aquí
no circulaba el singani ni la chicha, consideradas bebidas de indios y mestizos
de bajo abolengo. Los gringos querían degustar los coñacs, tequilas, whiskies,
brandis o vodkas importados de tierras lejanas y allende los mares.
En
los días de fiesta, entre voces aguardentosas y música variada, en el Club
Social Catavi se respiraba un aire a tabaco, alcohol y sudor. No faltaban las
ocasiones en que afuera, bajo el pálido reflejo de la luna, los vientos
soplaban salvajemente, silbando en las calaminas del techo y levantando
torbellinos de polvo por doquier.
Los
mandamases de la empresa bebían entre
el chinchín de las copas y bailaban haciendo resonar sus tacos contra el lujoso
parqué, mientras los obreros, ajenos a las jaranas de los jerarcas de la
empresa, no pensaban en otra cosa que en cumplir con su deber y seguir su
rutina cotidiana, levantándose al ulular de la sirena que invadía el amanecer,
convocándolos a asistir a sus fuentes de trabajo en la mina, la planta de
concentración y la fundición de minerales.
Las
fiestas se prolongaban casi siempre hasta el amanecer, hasta que la cúspide de
los cerros eran pintados por los broches dorados de los primero rayos del sol
que, como todas las mañanas, asomaba por los picos del cerro Sauta.
Los
habitantes de los alrededores no se enteraban de lo que, en realidad, sucedía
en el interior del Club Social Catavi, detrás de las puertas y ventanas
herméticamente cerradas, aunque, como en todo distrito demasiado chico y con
gente demasiada curiosa, los pequeños escándalos y las aventuras amorosas
trascendían tarde o temprano, incluso a través de los gruesos muros de la Casa
Gerencia.
Las
esposas de los administradores extranjeros, que tenían mínimamente dos
empleadas domésticas y todo el tiempo del mundo a su disposición, realizan sus reuniones sociales en el Club Social
Catavi, donde se dedicaban a la lectura, a jugar cartas y a matar el
aburrimiento con finas bebidas, a veces, excediéndose en los tragos, hasta
perder el equilibrio sobre sus tacones de alfiler; al mismo tiempo que sus
esposos, reunidos en una sala contigua, probablemente donde estaba la
biblioteca con una literatura selecta y en varios idiomas, dilucidaban sobre
los asuntos concernientes a la empresa.
Como
es de suponer, las costumbres de las señoras de la alta sociedad cataveña eran
diferentes al de las señoras amas de casa,
quienes, sin tener ni siquiera derechos a una vida digna, trabajan entre las
cuatro paredes del hogar, cuidando a los hijos, atendiendo al marido y
ocupándose de los quehaceres domésticos desde el amanecer hasta el anochecer.
Era
en la misma época en que mismos gringos
mandamases, que aprendieron a sobrevivir en tierras indómitas, arborizaron
las calles, construyeron caballerizas y jardines, con la finalidad de hacer
fácil y confortable la vida en medio de los escarpados cerros, los ríos y las
pampas áridas y polvorientas. Asimismo, fueron los mismos capos de la Patiño Mines
quienes introdujeron grandes reformas en la producción minera, como la
modernización del Ingenio Victoria,
la planta de trituración y el transporte de minerales por ferrocarril, con un
ramal que se desprendía desde Cancañiri hasta Catavi y un desvío desde Catavi
hasta Siglo XX, solo para citar algunos de los avances industriales que
introdujo la empresa minera más poderosa del mundo.
Los
gringos, así como fiesteaban en el Club Social Catavi, trabajaban también a
conciencia; modernizaron los embalses de agua de Chaquiri y el dique de Lupi
Lupi, que suministraba energía hidroeléctrica a la población y a las
maquinarias del ingenio minero. Y, claro está, como en toda época de vacas
gordas, se creó un lago artificial, llamado el K’enko, donde se bombeaban las colas,
los desechos del material sólido, y se reciclaba el agua, que retornaba al
Ingenio Victoria. Eran años de
bienestar económico para la empresa, se construyó el mejor hospital de la
provincia Bustillo, campos deportivos y un portentoso Cine-Teatro de piedra
labrada –sobre la base de un biógrafo
que construyó la Compañía Estañífera de
Llallagua en 1921, y que lleva el nombre de Simón I. Patiño en el frontis
alto e imponente–, donde se exhibían diversos espectáculos, se celebraban
encuentros de box y se proyectaban las mejores joyas del séptimo arte.
Con el transcurso de los años, muchas cosas cambiaron en la Patiño Mines y también en el Club Social Catavi. Las fiestas se dividían en tres tipos: las reuniones exclusivas de los jefes extranjeros, las reuniones sociales en las cuales alternaban los extranjeros con los jefes y empleados nacionales de alto rango, y las fiestas de los clubes deportivos organizados por los entusiasta del fútbol, box, tenis, básquet, golf, natación y pelota de mano.
El
Club Social Catavi, aunque iba perdiendo su esplendor de antaño, seguía siendo,
los sábados y domingos, un punto de encuentro, fiestas y esparcimiento, hasta
la revolución nacionalista de 1952 y la Nacionalización de las Minas. Sus
instalaciones se seguían llenando de técnicos extranjeros de la COMIBOL y de
administradores bolivianos de la planta
Sink and Float de Sigo XX y del Ingenio Victoria
de Catavi, pero también, y para no restarle categoría a este emblemático local,
de alguno que otro capo de la
supervigilancia de las oficinas, almacenes y pulperías.
El
Club Social de Catavi, que empezó siendo un ambiente destinado a las fiestas de
los administradores de la empresa, en la actualidad, sobre todo después de la relocalización minera en 1986, se ha
convertido en un centro de diversión para celebrar cumpleaños, matrimonios,
días patrios y festivos. Así como ahora está, con las ventanas rotas, las
paredes con grietas y daños visibles en su estructura, es un restaurante
popular, donde se sirven platos diversos y se organizan eventos de toda índole,
como en cualquier otro centro minero que ha perdido su brillo y ha dejado de
ser el mayor yacimiento estañífero del mundo.
Con
todo y a pesar de todo, el Club Social
Catavi fue condecorado con el Cóndor de
los Andes, en el Grado de Comendador,
el 22 de abril de 1975; más todavía, el Archivo Historia Minero de Catavi
exhibe, en una de sus salas principales, el estandarte bordado el año de su
condecoración, donde se puede leer: Club
Social Catavi. 1922 – 1975. Año de su condecoración. Fundado el 28 noviembre de
1922.
Glosario
Ch'uklla: Vivienda rústica, choza, cabaña.
Colas: Residuos de mineral procedentes de la planta
de procesamiento de estaño de Catavi.
K’enko: Laguna artificial que estaba ubicada cerca
de la población de Catavi. Conservaba una gran reserva de estaño, debido a que
durante décadas se bombardearon los residuos minerales provenientes del Ingenio
“Victoria” de la Empresa Minera Catavi.
Relocalización: Despido masivo de trabajadores tras el D.S. 21060 de 1985.
martes, 1 de septiembre de 2026
MICROTEXTOS XVII
La prosa y la poesía
En mi vida, la poesía fue una tarea de soledad, se dijo Óscar Cerruto. ¿Y la prosa?, se
preguntó y se contestó a sí mismo: fue haber escrito Aluvión de fuego y Cerco de penumbras, mientras me tomaba
un trago y me fumaba un cigarrillo. Todo lo demás fue un tiempo ganado y otro
tiempo perdido, tanto en la diplomacia como en el periodismo.
El cuentista homicida
Se dedicaba a reescribir sus cuentos una y
otra vez, y nunca estaba conforme con el resultado final, hasta que lo
sorprendía la hora de dormir. Así que al día siguiente, apenas penetraba la luz
por la ventana, se levantaba y seguía puliendo los textos, como el artesano
pule y pule la obra de su creación, con la ilusión de dejarla acabada con su
luminoso fulgor.
Era escritor de escritores, un creador que se
rompía las manos para escribir un manojo de cuentos sin un punto menos ni una
coma por demás. Tanto la forma como el contenido debían fundirse como el
anverso y reverso de la moneda, en tanto los personajes debían tener vida
propia y vivir historias parecidas a la tuya y a la mía.
Cuando los tenía listos, festejaba su logro
con dos copas de licor, fijaba la mirada en los cuentos escritos en las hojas
de papel, los releía por última vez, cogía un encendedor y les prendía fuego
hasta reducirlos a nada, como todo cuentista homicida que les quita la vida a
sus personajes, con la esperanza de que no volvieran a nacer.
Discrepancias
No comparto opiniones con escritores que
reciben premios y condecoraciones de dictadores, cuyas manos están manchadas de
sangre. Tampoco con quienes hablan a nombre de los escritores exiliados, como
si todos hubiésemos olvidado y perdonado los crímenes de lesa humanidad que,
durante la denominada Operación Cóndor,
desangraron a los países del cono sur de América Latina.
La censura
Los pensamientos del escritor no se queman,
así sus libros ardan entre las llamas de la censura. Los censores pueden
arrojarlos a la papelera, prenderlos fuego y reducirlos a un puñado de cenizas,
creyendo que así terminan con el ímpetu de sus ideas y el fuego de su palabra,
aun sabiendo que el fuego, a pesar de todos los pesares, no quema al fuego, y
que los pensamientos del escritor, más temprano que tarde, vuelven a ser
impresos en el papel, como si renacieran de las cenizas como el ave Fénix.
El lenguaje
Se supone que los hombres primitivos, que
todavía moraban en las cavernas, hacían simples gestos acompañados de gritos e
interjecciones, a la manera de ciertos animales salvajes, hasta que pasó a
designar oralmente a las cosas de su entorno. Esta designación de las ideas
mediante sonidos constituyó la piedra angular en el desarrollo cultural y
social de los hombres primitivos, que inventaron el lenguaje para comunicarse
entre sí, habida cuenta de que cada signo o palabra representaba una idea común
para todos.
Después, para comunicarse y entenderse mejor,
tuvieron que estructurar un lenguaje sobre la base de normas gramaticales,
sintácticas, semánticas y otras de carácter lógico, como si tuviesen que añadir
un sexto sentido a los cinco tradicionales, debido a que el habla, una facultad
de coordinar las ideas mediante las palabras, los diferenciaba de los seres
irracionales, con los que compartían: vista, oído, tacto, olfato y gusto.
De modo que los hombres primitivos, dotados de
la facultad de hablar, habían dado nacimiento a las primeras palabras y frases,
coincidiendo con el empleo de los primeros utensilios para sobrevivir en medio
de la naturaleza salvaje. Desde entonces, el lenguaje no solo es una facultad social,
sino también un prodigioso instrumento que permite compartir pensamientos,
sentimientos y conocimientos.
Evolución del lenguaje
El idioma no es un producto hecho,
estático, sino una ejercicio dialéctico; una actividad viva en constante
transformación y de permanente actualización en los diccionarios de las
Academias de la Lengua. El lenguaje es tan vivo como el ser humano, algo que
evoluciona sin cesar, como evoluciona todo lo demás que se mueve en el cielo,
la tierra y el agua.
Sabido es que la lengua ha cambiado a
través de los años y los siglos. En el lenguaje es también aplicable el método
filosófico de Hegel, que explica cómo el pensamiento, la historia y la realidad
avanzan a través de tensiones y contradicciones, considerando que todo
evoluciona mediante un proceso dinámico compuesto por tres momentos
fundamentales, conocidos como la ley
tríadica: Tesis, antítesis y síntesis. Así es la dialéctica del lenguaje,
que se va probando constantemente en la práctica tanto en su forma oral como
escrita.
Si la evolución es el combustible del
progreso, entonces los poetas, en su condición de obreros de la palabra
escrita, son los principales revolucionarios del lenguaje, porque primero están
ellos y luego los gramáticos. No en vano se dice que donde terminan las normas
de la gramática, empiezan las creaciones de los poetas, que enseñan la belleza
del lenguaje desde el lenguaje mismo, que nunca se detiene y que siempre avanza
con las botas de siete leguas de Pulgarcito.
Charles
Darwin
El naturalista británico, padre de diez hijos, navegó y navegó, hasta
que en las Islas Galápagos, observando los picos de los pinzones, descubrió las
bases de sus futuras teorías.
El concepto central en la vida y obra de Charles Darwin, que parecía haber escrito el evangelio del diablo y haber afirmado que el hombre no fue creado por obra y gracia de un ser Supremo, estaba sustentada en sus investigaciones sobre la evolución biológica mediante la selección natural de las especies; una teoría que nos acercó a la adaptación, la complejidad y la diversidad entre las criaturas vivientes en la tierra, el cielo y el agua: una gran revolución en la ciencia y el nacimiento de la teoría evolutiva, cuyos conocimientos científicos, a contrapelo de las suposiciones creacionistas, iluminaron las conciencias contra el oscurantismo religioso y confirmaron que los humanos somos el resultado de un largo proceso de selección natural de las especies y que todas las especies descienden de un ancestro común, como las ramas de un árbol nacen del mismo tronco.
martes, 18 de agosto de 2026
EL
TÍO BORDADO CON PASIÓN
A
Paulino Arena lo conocí en un viaje de Llallagua a Oruro. Era mi compañero de
asiento. Nos saludamos e intercambiamos miradas por un instante. Ya en el
trayecto, entablamos una amena conversación. Me contó que vivía en Oruro, pero
que era oriundo de Juntavi Caripuyo, ubicado en
la provincia Alonso de Ibáñez del departamento de Potosí.
–¿Y
qué haces en Oruro? –le pregunté.
–Trabajo
como bordador –contestó.
Cerré
la boca y, por un instante, pensé: Si es cierto lo que me dice, entonces es una
revelación que un joven proveniente de un pueblo cercano a las altas montañas
de la Cordillera Central de los Andes, se estuviese ganando un lugar en la
capital del folklore boliviano, donde hay eximios mascareros y bordadores, con
una merecida fama que ha trascendido más allá de las fronteras nacionales.
–¿Y
qué tipo de trajes bordas?
–Para
los danzarines del tinku, esa es mi
especialidad –contestó, mientras buscaba en su celular algunas fotos, que luego
me las enseñó como quien enseña su carnet de identidad. Deslizó la pantalla con
el dedo pulgar y pude ver unos maravillosos bordados que lucían los chalecos
destinados a los danzarines de las fraternidades del tinku, que se baila con energía y actitud de confrontación con el
rival en las festividades folklóricas y religiosas de todo el país, donde esta
danza originaria de los ayllus del
norte de Potosí, conocida por la colorida y originaria vestimenta de las
mujeres, y por la inagotable energía de los hombres, quienes lucen monteras
adornadas con plumas, chaquetas con bordados andinos, pantalones de bayeta,
bufandas, abarcas, chumpis y ch’uspas, y cuyas patadas al aire,
coreografías con choques de hombros o pechos entre contrincantes y golpes de
montera contra el suelo, cautiva a los espectadores tanto por sus briosos
movimientos como por sus gritos de combate, acompañados por la música de
quenas, zampoñas y bombos que marcan un compás dinámico y marcial, que forman
parte de la tradición ancestral, ritual y cultural de los pueblos originarios
como Macha o Aymaya.
–Qué
hermosos bordados –le comenté.
Él
me miró en silencio y apenas dijo nada. El auto noah seguía ganando distancia
entre los gibosos cerros y nosotros retomamos la conversación.
–¿Hace
mucho que te dedicas al oficio de bordador?
–Hace
ya algunos años que empecé a trabajar en el taller de un familiar –contestó.
Guardó su celular y, tras acomodarse en el asiento, añadió–: Él se ha
especializado en bordar trajes para el tinku.
En
ese instante, a la altura de la población de Huanuni y mientras contemplaba el
paisaje del altiplano desde la ventanilla, se me ocurrió preguntarle algo que
me andaba rondando en la cabeza, pero que no sabía exactamente cómo decírselo,
hasta que el auto dio un barquinazo y nosotros nos miramos esbozando una
sonrisa. Esa fue la ocasión que aproveché para lanzarle la pregunta:
–¿Te
animarías a bordar un Tío de la mina? Tú sabes quién es el Tío, ¿verdad?
–Sí
–dijo–. Algunos de mis parientes han sido mineros en Llallagua.
–¡Qué
bueno! –exclamé–. Entonces sabes de lo que estoy hablando.
Él
se quedó mirándome de sesgo, pensó por un instante y dijo:
–Nunca
he bordado un Tío, pero puedo intentarlo.
–¡Qué
maravilla, hermano! Te lo agradecería mucho.
–Te
comunicaré por WhatsApp cuando lo tenga listo –concluyó como poniendo un punto
final a ese tema de la conversación.
Cuando
llegamos a las afueras de Oruro, él se despidió amigablemente y descendió del
auto. Lo miré por la ventanilla, mientras el conductor descargaba del
portaequipajes unos bultos repletos de madejas de lana de oveja y de llama, que
Paulino Arena adquirió de las hilanderas en las poblaciones del norte de
Potosí. El auto arrancó el motor y nosotros nos despedimos haciendo señas con
la mano.
Por
un tiempo, no volví a saber de él, hasta que un día me escribió por WhatsApp: El Tío estará listo para el 6 de agosto,
amigo Víctor.
¡Qué excelente
noticia, hermano!,
le contesté de inmediato. Tú me dirás
cuándo y dónde lo recojo, ¿en Oruro o en otra parte?
Pasaron
los días y nos encontramos en la ciudad de Oruro, en la antigua terminal de
buses.
Él
trajo el bordado en su mochila, metido en una bolsa de plástico. Lo extendió
sobre la mesa de una cafetería y se limitó a mirarme en silencio, pero decidido
a sorprenderme con su trabajo. Se trataba de una verdadera creación artística.
Ni
bien lo tuve entre las manos, me fue difícil entender cómo un artesano bordador
pudo haber decorado la imagen del Tío sobre la superficie de una tela, sin más
instrumentos que los dedos de las manos y sin más materiales que una aguja, un
bastidor, una tijera, un dedal y unos hilos de diversos colores y grosores.
Me
imaginé, por razones obvias, que primero dibujó la imagen del Tío en un papel
para después replicarlo con un marcador en la tela de bayeta, colocada en el
bastidor de manera uniforme, de modo que pudiera comenzar con el bordado,
puntada por puntada, hasta ir perfilando los detalles del rostro y del cuerpo,
con ricas texturas, relieves y una destreza propia de los maestros respetados
por su oficio en esta técnica artística de usar las agujas como pinceles y las
hebras de lana como pinturas. Y, como es de suponer, remató el trabajo con un
acabado final, resaltando los contornos de la imagen con una costura fina,
hecha con un hilo metálico de color plateado y, alrededor de su cuello, con
tiras de serpentinas multicolores como en los días de Carnaval.
Si
uno se fija bien en la imagen, el Tío parece bordado con la poesía de las lanas
de ovejas y llamas, que las hilanderas le proveen a Paulino Arena, quien, de
cuando en cuando, se da una vuelta por las poblaciones del norte de Potosí,
para comprar los quintales de ovillo de lana que acaban convertidos en hermosos
ornamentos en los trajes de los danzarines del tinku, una de las danzas tradicionales más renombradas de los
pueblos de Macha y Aymaya, donde cada año se celebra esta festividad ancestral,
en medio de cantos, músicas y enfrentamientos de pugilato entre los hombres de
los distintos ayllus que pueblan esas
tierras donde nacieron el líder indígena Tomás Kartari y el teórico indianista
Fausto Reinaga.
No
cabe duda de que Paulino Arena, desde que quedó atrapado en el trabajo de
bordador, como clavado por las agujas y enredado por los hilos, es un joven
artista del bordado, con aspiraciones de abrirse un notable espacio en la
tierra de mascareros y bordadores, compitiendo con las familias dedicadas a
esta labor artesanal, cuya destreza en la elaboración de trajes se transmiten
de generación en generación; una actividad que en principio les pertenecía solo
a las mujeres, pero que, con el paso del tiempo, llegaron también a practicar
los hombres, hasta que empezó a valorarse el aspecto técnico y artístico del
bordado, sobre todo, en las ciudades de Oruro y La Paz, donde algunos son
capaces de bordar trajes de diablos y morenos con incrustaciones de vidrio,
pedrería, perlas, lentejuelas, plumas de ave, ramas de plantas, conchas
marinas, canutos, hilos de color plata y oro, entre otros materiales conocidos
y reconocidos por los maestros bordadores.
Este
magnífico trabajo de imaginería, cuyo
principal motivo es el Tío de la mina, resultó ser una magnífica obra de arte,
nacida de la fantasía y las manos de Paulino Arena, quien aprendió a domar su
oficio a costa de pincharse la falange de los dedos y mantener la paciencia sin
quejarse ni rendirse, para lograr un resultado que superara sus propias
expectativas, ya que el bordado, que se caracteriza por ser un proceso manual,
donde cada puntada permite un control total sobre el diseño y los detalles,
requiere de mucha práctica, paciencia y precisión, debido a que no es lo mismo
pintar con pinceles sobre un lienzo que crear una compleja imagen con la ayuda
de una aguja y la aplicación de hilados nortepotosinos sobre una tela menos
tensa y menos sólida.
Ahora
que este bordado forma parte de mi colección privada, solo espero que, a pesar
del inexorable paso del tiempo, la iconografía del Tío, con su infaltable
cigarrillo, coca y alcohol, hecha con mucho detalle y con mucha pasión, a mano
y no a máquina, no se deshilache como una tela cualquiera ni quede convertida
en jirones como un bordado abandonado a su maldita suerte. Ojalá que el mismo
Tío, apelando a sus poderes mágicos y sobrenaturales, me ayude a proteger y
conservar su imagen de amo, dueño y señor de las minas bolivianas.
GLOSARIO
Ayllu: Unidad básica de la organización social en
las comunidades quechuas y aymaras.
Chumpi: Faja ancha para la cintura, tejida con lana
de oveja o llama.
Ch’uspa: Bolsa pequeña de lana para llevar coca,
“lejía”, cigarrillos y otros.
Pachamama: Madre Tierra.
Tinku: Encuentro. Combate ritual originario entre
“ayllus” del norte de Potosí. Es una ceremonia preincaica donde los pobladores
se enfrentan físicamente a golpes como ofrenda de sangre a la “Pachamama”, para
asegurar una buena cosecha.
lunes, 10 de agosto de 2026
SUECIA EN CUATRO ESTACIONES
Primavera
En
enero y febrero, como todos los años al terminar el largo invierno sueco, los
comercios de comida y confiterías venden panecillos especiales llamados semlor, saborizados con cardamomo, crema
batida y pasta de almendras. Estos panecillos se comen, sea como aperitivo o
postre, acompañados de un tazón de leche caliente, espolvoreado con canela,
como manda la sagrada tradición.
Es
la estación del año en la que se celebra también el Alla hjärtans dag (Día de los Enamorados), en homenaje a San
Valentín, ese monje italiano convertido en mártir cristiano y luego en santo,
debido a que, sin contar con el beneplácito del emperador ni del papa, unía en
matrimonio a jóvenes enamorados hasta las patas. Es el día en que se regalan
flores o se manda tarjeta o carta a alguien que se ama con todas las fuerzas
del corazón.
A
fines de marzo, cuando los días son más largos y las noches más cortas, la vida
vuelve a despertar en la naturaleza y asoma el equinoccio de primavera; los
árboles se cubren de hojas y flores, mientras los pájaros, remontados en
alborozo vuelo, surcan el cielo entre trinos y graznidos.
Después
llega la festividad de la Pascua, ocasión en la que la gente adorna su casa con
plumas y come un montón de huevos, en toda sus formas y tamaños, como símbolo
de la vida y poder de crecimiento, mientras los niños y las niñas, además de
recibir huevos decorados, llenos de dulces y chocolates, se dan un auténtico
festín con las golosinas que más despiertan su apetito y los sueños de vivir en
la fábrica de chocolates de Willy Wonka.
En
la Pascua todo es fiesta y alegría, como si de veras se celebrara la resurrección
de Cristo. Las niñas y los niños se disfrazan de brujas y brujos variopintos,
para recorrer por las casas pidiendo dulces y monedas; una tradición inspirada
en el Medioevo y la Inquisición, una época sombría en que las mujeres, acusadas
de sostener pactos con el diablo en Semana Santa, eran condenas a arder como
antorchas en la hoguera.
En
esta estación del año se arreglan los jardines, se queman las ramas muertas y
otros residuos, hasta que en vísperas del Valborgsmässoafton
(Noche de walpurgis), se reúnen hombres y mujeres, grandes y chivos, alrededor
de fogatas, para dar la bienvenida a la primavera, con coros al aire libre y
reuniones donde no faltan las exquisitas comidas y las bebidas espirituosas.
Verano
Cuando el día se
alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta alrededor de
un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se yergue como un
falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con guirnaldas de hojas y
flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en posición de cuclillas,
interpretan canciones similares a las rondas infantiles y, bailando con
pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca…
Horas después,
sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros, comen
productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill
(arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y papas nuevas hervidas con
eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de cereales) en copas del tamaño de
un dedal, a la espera de que el día, largo como en todos los solsticios de
verano, se haga noche y convoque a la cama.
En esta estación
del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y playas, donde
el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres, rubias como las
valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas en los arrecifes,
para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda cabellera tendida sobre la
arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.
Otoño
En el otoño, cuando la naturaleza se
torna en un disco cromático, todo el paisaje, pintado con diversos matices, es
digno de ser contemplado y admirado. Las noches se hacen más largas y frías,
las hojas caen como mixturas de los árboles y los vientos soplan arrastrando
las últimas rachas del verano.
En el día de Todos los Santos, a
diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los
camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que
descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran
Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son
más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere,
muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los
recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.
Invierno
Al
llegar el invierno, cuando la temperatura baja a más de 0° C., caen los copos
de nieve y las ciudades del norte se visten como hermosas novias. Las noches
tienen un resplandor de sueño y la nieve reverbera bajo el reflejo argentado de
la luna.
El
13 de diciembre se celebra el Día se Santa Lucía, en homenaje a la mártir cristiana
de origen siciliano, considerada la patrona de los ciegos y de la luz, de quien
se dice que, durante el tormento al que fue sometida por sus verdugos romanos,
bajo las órdenes del gobernador Pascasio, a principios del siglo IV d. C, le
arrancaron los ojos, pero ella seguía viendo como por gracia divina. No en vano
las iconografías la muestran con una espada, una palma, un libro, una lámpara
de aceite y casi siempre con dos ojos en un plato. Quizás por eso, las familias
hornean pastelitos llamados Lussebulle
(bollos de Lucía), generalmente con la forma del número ocho, que simboliza los
ojos de la santa de Siracusa, para comerlos por la mañana, la tarde y la noche.
Las
niñas, a modo de conmemorar su martirio, se visten de Lucía, con un vestido blanco, largo hasta los talones y una cinta
roja ajustada en la cintura, y, lo que es más importante, llevan una corona de
siete velas en la cabeza; en tanto los niños se visten de stjärngossar (chicos con estrellas), debido a su sombrero
puntiagudo que tiene una estrella en la punta. En la noche de Santa Lucía,
organizados en pequeños grupos, salen de ronda por doquier, entonando, con
voces angelicales y en completa armonía, canciones que piden que reine la luz
en medio de la oscuridad.
En
esta época, la más fría y oscura de las cuatro estaciones, los suecos encienden
los centelleantes colores de los foquitos del arbolito de Navidad, que
representa la festividad familiar más importante del año y cuyos orígenes están
anclados en los antiguos ritos y mitos de sus antepasados.
El
arbolito, adornado con una estrella en la punta, luces de colores, esferas
brillantes, guirnaldas, lazos, campanitas, bastones de caramelo o flores, es el
centro de atención de niños y adultos, quienes hondan sus esperanzas en que
Papa Noel se los traiga, en su trineo tirado por siervos, algún regalo desde el
extremo norte del planeta, donde todo es frío y nieve, nieve y frío.
En la fecha que se despide el año viejo y se da la bienvenida al Año Nuevo, entre uvas, vinlögg (vino caliente) y brindis con copas de champaña, la medianoche helada estalla en juegos pirotécnicos, que más parecen luces de bengala encendiendo el oscuro cielo, donde los fuegos artificiales, como racimos de flores, se desgranan en colores vivo, mientras las personas comen las doce uvas, deseando que se hagan realidad sus sueños y que el nuevo año sea de felicidad y prosperidad para todos.
sábado, 1 de agosto de 2026
EROTISMO A FLOR DE PIEL
El
reciente libro de Víctor Montoya, quien viene explorando los territorios de la
literatura erótica desde su novela El
laberinto del pecado (1993), reúne una serie de cuentos y relatos que
abordan historias insólitas sobre el amor y las complejas relaciones humanas
que dejan al desnudo su intimidad, sin más intención que ruborizar las mejillas
y subir un poco la temperatura del lector.
La
narrativa del autor tiende a rebelarse contra el tabú sexual y reconquistar las
libertades perdidas tras la censura establecida por la religión y la moral
retrógrada de los caballeros cuya función es reprimir las fantasías eróticas de
hombres y mujeres, con el falso argumento de que el pecado carnal es una
perversión atentatoria contra la decencia de los ciudadanos y una amenaza
demoniaca contra el buen vivir de las familias cristianas.
Estos
cuentos y relatos eróticos, escritos con un lenguaje rico en matices lexicales
y un regio despliegue creativo en torno a la ardiente sensualidad, prometen un seguro
deleite al exigente lector, acostumbrado a escudriñar las transgresiones
físicas y mentales en las obras que tratan la sexualidad más allá de los
valores éticos y morales establecidos por el entorno sociocultural y religioso,
que todavía consideran la lujuria uno de los pecados que aleja a los
individuos de la salvación espiritual y los acerca a las puertas del infierno.
Erotismo
a flor de piel
es un libro de revelaciones amorosas dispares e inimaginables, donde los
protagonistas deciden dar rienda suelta a sus instintos primitivos, para
internarse en un ámbito lleno de pasiones íntimas y placeres insospechados, que
inducen de una aventura a otra, mientras el autor permite que el lector
reflexione en torno a la anatomía humana, el amor, el desamor y las fantasías
eróticas descritas con gran sentido del humor y total desenfado, como en Amor
a tergo, un relato con descripciones explícitas de la relación carnal que
transcurre en la cocina, mientras la mujer prepara un platillo afrodisiaco del
Caribe y el hombre la aborda por la espalda para consumar su voluptuosa fantasía,
dejando satisfechos a los protagonistas de esta exquisita historia, salpicada
de expresiones metafóricas y exuberante sensualidad, que ganó el primer premio
en el Concurso Sexto Continente de Relato Erótico, convocado en 2005 por
Ediciones Irreverentes y el programa Sexto Continente de Radio Exterior
de España.
El
libro, destinado a recrear con lucidez las manifestaciones más sublimes de la
condición humana, se funde en un haz de composiciones narrativas despojadas de
tabúes y prejuicios, en un intento por ofrecer un abanico de temas que explayan
las fantasías pasionales más recónditas y lúdicas, que van desde el roce de la
piel con un beso, hasta las más avanzadas técnicas de exploración del instinto
sexual, con los atributos propios de una literatura irreverente y transgresora,
donde el arte de narrar historias eróticas se convierte en la metáfora perfecta
del amor y en una magnífica razón para revelar los secretos del placer carnal.
Es
evidente que en algunos de los cuentos y relatos se encuentran una combinación
explosiva de erotismo y picardía, pero ninguno transgrede el comportamiento
sexual admitido por la colectividad, porque no dan instrucciones en las artes
amatorias, como en el Kámasutra hindú, al ser textos y contextos que,
despojados de todo eufemismo, se atreven a transgredir fronteras entre lo
permitido y lo prohibido, y, a su vez, tensar las vallas de los tabúes relativos
al sexo y las normas de convivencia impuestas por las mentes mojigatas en una
sociedad donde reina la doble moral, como en los chistes de doble sentido, en
los que las partes genitales no se nombran como debe ser, sino usando una serie
de giros idiomáticos o comparándolas con frutas y verduras.
El
autor expresa sus fantasías eróticas a través de un lenguaje elegante, exento
de términos científicos y verbosidades académicas, procurando acercar al lector
hacia escenas engalanadas de asombro y maravilla, donde se ensamblan, bajo un
manto de erotismo implícito y explícito, lo bueno y lo malo de las relaciones
conyugales. De ahí que Erotismo a flor de piel resulta ser una selección
de cuentos y relatos de tintes eróticos, donde el protagonista no es el sexo en
sí mismo, sino apenas un recurso que permite exponer otros temas relacionados
con el cotidiano vivir, donde no faltan los enamoramientos, adulterios, celos,
venganzas y la desesperación de los protagonistas que se ven enfrentados a
turbulentas relaciones amorosas, en las que se amalgaman lo religioso con lo
profano y lo alegórico con lo lírico, como en los cuentos El cura y la
monja, La punk de los aros de oro, Cándida, el negro y el perro, La cortesana y
el esclavo negro, Las monjitas del Tío y El secreto amor de Marilú,
en los que se explayan apasionantes historias de amor, donde los protagonistas
hacen vibrar de emoción y despiertan el interés de las y los lectores
interesados en la literatura del género erótico.
El libro Erotismo a flor de piel, del reconocido escritor Víctor Montoya, es una propuesta indispensable en el contexto de la literatura boliviana, donde son pocos los autores que han incursionado en la creación de obras que, sean reales o ficticias, asumen una temática inspirada en las preocupaciones más introspectivas y sensibles de la naturaleza humana. Erotismo a flor de piel, publicado por Librería y Editorial Subterránea, es un volumen de cuentos y relatos arrancados de la imaginación y creatividad del narrador, quien se esmeró en cuidar, tanto en la forma como en el contenido, una prolija prosa de alta calidad literaria, digna de ser destacada en el ámbito de las letras hispanoamericanas.
martes, 21 de julio de 2026
MICROTEXTOS
XVI
Amar
con el corazón
El
amor no es asunto del corazón, sino del cerebro. Las sensaciones del amor se
procesan en el cerebro, donde se liberan químicos como dopamina, oxitocina y
endorfina, generando placer y apego hacia el sexo contrario.
El
corazón no recibe las sensaciones del amor, sino la sangre oxigenada de los
pulmones, para luego suministrar, a través del sistema cardiovascular, a los
órganos y tejidos del cuerpo; en tanto el cerebro, que actúa como el centro de
mando y motor principal del cuerpo, tiene por función procesar los pensamientos
y sentimientos del amor.
Lo cierto es que, lejos de toda explicación científica, la reacción física
del amor se siente en el pecho, como burbujas de una gaseosa y como mariposas
revoloteando en el estómago, a pesar de que una persona no ama con el corazón
sino con la cabeza. Amar con el corazón
es una simple metáfora, como cuando se dice que en el cielo está el reino de
Dios.
Inmenso
amor
Toda
vez que repito tu nombre, se me anuda la lengua, como cada vez que te miro, se
me derraman los ojos. ¿Acaso no te das cuenta que, cuando me hablas con pasión,
respiro tu tibio aliento, teniéndote metida en mi corazón como te tengo metida
en mis pensamientos?
Siento
tu amor en el modo de hacer eso. Solo yo sé cómo se siente cada vez que estás
conmigo, recostada sobre un manto de estrellas y un cielo raso desnudo como la
luna, cobijándonos cual confidente amiga y escondiendo nuestros secretos que,
más que secretos, son pruebas diáfanas de nuestro inmenso amor.
Estar
contigo es sentir un mar de felicidad y estar lejos es como estar sumido en una
impenetrable oscuridad. Ojalá que tu mirada iluminara siempre nuestros senderos
y muestras vidas, que tienen más vida cada vez que nos fundimos en el fuego de
nuestros cuerpos.
El
amante
Abrió
la puerta con la misma llave que ella le entregó, cogió la manilla y la empujé
hacia adentro, franqueó el dintel y se enfrentó al rostro del amante de su
mujer, quien estaba parado cerca, como a punto de abrir la puerta desde el otro
lado. Penetró barriendo el helado aire y él se hizo a un lado, luego el amante
cerró la puerta y se volvió como empujado por el viento, que le sopló en el
rostro como anunciándole una inminente tragedia.
Ella
estaba todavía tendida en la cama, desnuda y arreglándose los mechones. Al ver
a su marido, se puso de pie, se cubrió los senos con los brazos y entornó los
ojos como si nada hubiese pasado.
–¿Así
que me engañabas? –preguntó con un soplo de desaliento.
–Así
es –contestó ella–. Te engañaba porque tú nunca estabas en casa.
Él
sacó el revólver del cinto y le plantó dos tiros en el pecho.
–¡Qué
has hecho! –gritó el amante.
El
marido de la mujer le apuntó con el revólver y, con los ojos empañados por las
lágrimas y exhalando un profundo suspiro, le dijo:
–Tú
no has visto nada, así que desaparece y no vuelvas a cruzarte en mi camino.
El
amante abrió la puerta, ganó la calle y, mientras caminaba con rumbo
desconocido, escuchó otros dos disparos en la vivienda que él frecuentaba cada
día.
Una
pareja perfecta
La
mujer, siempre que hablaba con su esposo, hablaba en voz alta y hasta
chillando, le reprochaba por todo y por nada; en cambio él hacía todo lo que se
le venía en gana, galanteaba con cuanta mujer encontraba y hasta la engañaba
sin que se diera cuenta. A pesar de todo, de puertas para afuera, parecían una
pareja perfecta. Él era sordo y ella era ciega.
El
túnel
Bastará decir
que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el
proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores
explicaciones sobre mi persona. Así comienza el primer capítulo de la
novela El túnel, de Ernesto Sábato,
que no es otra cosa que una poderosa confesión convertida en una metáfora
existencial que simboliza la soledad absoluta. Juan Pablo Castel es el
feminicida que comete un crimen pasional por amor obsesivo, celos enfermizos y
que, por vivir de espaldas al mundo y la mente perdida en un túnel sin salida,
es víctima de sus bajos instintos y pasiones destructivas, que desenlazan en el
asesinato de la mujer amada, la locura y la tragedia sin retorno ni perdón.
Ritual
mañanero
La
gringa, cuya belleza tenía más fulgores que todas las luces del universo, era
una mujer liberada de los prejuicios y las ataduras sexuales; por eso mismo,
todas las mañanas, al salir a su exuberante jardín, se acercaba al palomar y,
mirando a los curiosos que la observaban desde sus balcones, saludaba a la
fresca madrugada con todos los poros de la piel y respiraba a todo pulmón.
Después dejaba escapar de su mano una paloma blanca y de su blanca bata una
blanca teta, aureolada por un pezón rosado, propio de las mujeres que superan
el rubio platinado. Volvía a entrar en el dormitorio, cerraba las cortinas de
la ventana y no volvía a aparecer en el jardín hasta el día siguiente, a la
misma hora en que los curiosos acudían a sus balcones para verla repetir su
ritual mañanero entre una bandada de palomas que revoloteaban alrededor y una
explosión de flores que exaltaban su belleza.
La
cama
La
cama es el territorio más libre de la vida, donde el acto sexual adquiere
dimensiones sacramentales, como en el rito hindú, donde tanto el hombre como la
mujer, antes de acostarse, deben bañar cuidadosamente sus intimidades,
limpiarse los dientes, aplicarse una cantidad limitada de ungüentos y perfumes.
Luego
acostarse en la cama, predispuestos a someterse a las llamas del amor,
trenzarse con brazos y piernas, devorarse a besos, acariciarse las concavidades
del cuerpo y estallar en vibrantes sensaciones, hasta fundirse en una entrega
total, practicando el estilo 69, con el cunnilingus y la felación, que es una
variante sexual en la que cada uno puede estimular, con labios y lengua, los
órganos genitales de la pareja. Luego entregarse a las pasiones carnales sin
ninguna inhibición ni ataduras morales, abriéndose a un paraíso de prácticas
eróticas, desde la postura del “misionero”, hasta la postura del perrito, cuando la mujer se pone de
cuatro y el hombre la embiste por atrás.
Siempre
es mejor practicar el amor en la cama, con sábanas o sin ellas, porque la cama,
sin importar el material del que esté fabricada, el precio, la forma y el
tamaño, es el único escenario donde los enamorados pueden alcanzar las
estrellas con las manos y el clímax con la imaginación.
Los
besos
Si
el hombre logra hacer un nudo con el tallo de la cereza, solo con la lengua y
sin tocarlo con las manos, significa que sabe besar como un amante perfecto; lo
mismo que la mujer que puede comer una salteña jugosa, sin derramar una sola
gota del jigote, sabe besar como succionando un chupete de cerezas.
El
amor
En una discusión de pareja, la mujer le recriminó a su esposo, diciéndole que él no le mostraba su amor ni en sus gestos ni en sus acciones. A lo que él, postrándose de rodillas y besándole la mano, le replicó: El amor se siente, pero no se ve, mi amor, porque lo esencial es invisible a los ojos, como afirmó el zorro, en El principito, la obra clásica de Antoine de Saint-Exupéry.
miércoles, 15 de julio de 2026
NUEVO
LIBRO DE VÍCTOR MONTOYA
Subterránea
Editores acaba de publicar el libro Erotismo a flor de piel, del
escritor Víctor Montoya; un volumen de cuentos y relatos de tendencia erótica,
que muestra una nueva vertiente en la extensa y prolífica creación literaria
del autor boliviano, quien ha cultivado la narrativa erótica desde hace tiempo,
como una forma de transgredir los tabúes sexuales y los prejuicios sociales en
el seno de una colectividad relativamente conservadora.
El libro está a la venta en Librería Subterráneo de la ciudad de La Paz, edificio Torres Ferrara Of. 7, Avenida 6 de Agosto N° 556.
domingo, 12 de julio de 2026
LECTURA
EN MOVIMIENTO EN LOS BUSES PUMAKATARI
El
escritor Víctor Montoya, el viernes 10 de julio y dentro del marco de las
Fiestas Julias, fue invitado a participar en la inauguración de Tu Puma Lee; un proyecto impulsado por
La Paz Bus PumaKatari y el Gobierno Autónomo Municipal de la Ciudad Maravilla. El acto se llevó a
cabo en Plaza Camacho.
Víctor
Montoya, en su condición de escritor paceño, manifestó que la lectura en movimiento y la existencia de
bibliotecas itinerantes en los buses
PumaKatari, son excelentes iniciativas para que los usuarios pueden acceder a
materiales con textos breves, para una lectura breve, mientras viajan en los
buses, donde, por otra parte, se tiene previsto crear cápsulas o cabinas de
lectura para niños y adolescentes, con el objetivo de desarrollar actividades
como Te Cuento un Cuento.
Promover
el hábito de la lectura en los estudiantes y población en general, dentro de
los buses PumaKatari, es una forma efectiva de acercar a los lectores y
escritores en un ámbito poco habitual en Bolivia. Asimismo, esta iniciativa,
loable desde todo punto de vista, es una forma de promocionar y difundir la
literatura de los autores nacionales.
La
idea de la lectura en movimiento no
es reemplazar el celular por el libro, revista o periódico, sino la de
proporcionar herramientas para que los ciudadanos se acerquen a la lectura de
los libros en soporte de papel. Actualmente, las personas -niños, jóvenes y
adultos-, que se movilizan en los buses PumaKatari, lo primero que hacen es
sentarse y luego sacar el celular.
El proyecto Tu Puma Lee tiene el interés de impulsar el hábito de la lectura, entregando textos de lectura a los pasajeros del PumaKatari, para que lean mientras aguardan la partida del bus municipal y mientras se desplazan hacia su destino, de una parada a otra.
El
objetivo central de Tu Puma Lee, en
opinión del escritor paceño, es que los ciudadanos no pierdan el gusto por la
lectura de un libro en soporte de papel que, además de su forma y contenido,
puede proporcionar otras sensaciones como el olor de la tinta y del papel, que
están ausentes en los libros digitales o electrónicos.
Víctor
Montoya recordó que no faltan las propuestas para programar actividades de
lectura en fechas específicas, como el Día Plurinacional de la Lectura (5 de
septiembre, recordando el natalicio del poeta y narrador tarijeño Óscar
Alfaro), el Día Internacional del libro Infantil y Juvenil (2 de abril, en
homenaje al natalicio del escritor danés Hans Christian Andersen), el Día
Mundial del Libro y del Derechos de
Autor (23 de abril, en homenaje al fallecimiento de grandes figuras de la
literatura universal, como Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca
Garcilaso de la Vega, entre otros.). Y, por qué no, programar actividades
literarias en homenaje a los destacados escritores paceños.
miércoles, 8 de julio de 2026
EL
TÍO VESTIDO DE DIABLO
El
día que me enteré que José García, miembro del elenco de teatro Albor,
realizaba accesorios para los danzarines de la fiesta de la Virgen del Carmen
en la ciudad de El Alto, no dejé de preguntarle si acaso me lo podía hacer una
estatuilla del Tío de la mina. Él me comentó que su trabajo artesanal lo
realizaba junto a su esposa, a quien la conoció en el mismo Centro de Arte y Cultura
Albor.
Mientras
caminábamos por la Avenida Antofagasta y conversábamos sobre su trabajo como artesano,
me confesó que tenía un manojo de cuentos a la espera de su publicación. No edité hasta ahora el libro –dijo–, porque primero falta que alguien lo corrija.
En
ese mismo instante, como iluminado por una brillante idea, le dije que podía
corregírselo, si estaba de acuerdo, a cambio de la estatuilla del Tío. De acuerdo, replicó de inmediato, con
voz firme y sin disimular su entusiasmo. Ahora
mismo me estoy mudando de vivienda, pero una vez que esté listo con este
asunto, me pondré manos a la obra.
El
trato estaba hecho, era cuestión de esperar un tiempo para ver la obra de su
creación. No dudé de su palabra, sabía que José García, uno de los pilares más
importantes del grupo de teatro Albor, era un hombre que cumplía con sus
compromisos así se cayera el cielo.
Al
cabo de un tiempo, nos contactamos por WhatsApp y acordamos vernos en la Plaza
Juana Azurduy de Padilla. Yo corregí sus cuentos y él prometió entregarme la
estatuilla del Tío.
El
día que nos encontramos, trajo la estatuilla dentro de una bolsa. No me la
enseñó en ese momento, dejó simplemente que mirara la bolsa, como si pusiera a
prueba mi capacidad de resistir la curiosidad y mantener a jaque mi
insoportable paciencia. Cerca del mediodía, la plaza era un hervidero de gente.
Ahora qué hacemos, le pregunté, sin
quitar la mirada de la bolsa. Él me propuso comprar una granada de singani y
luego ir a almorzar en algún restaurante. Ahí
te entregaré la estatuilla, dijo, mientras caminábamos rumbo a las casetas
donde vendían la granada de singani.
Una
vez en el restaurante, sentados cerca de la puerta que daba a la calle, pedimos
el menú del día y dos vasos de cristal para el singani. Me acomodé lo mejor que
pude en la silla, sin dejar de mirar a los comensales que ocupaban todas las
mesas. Él sacó la estatuilla de la bolsa y me la enseñó: ¿Qué te parece?, preguntó. ¡Es
una maravilla!, contesté. Luego, con la misma satisfacción de quien recibe
un precioso regalo, proseguí: ¡Lo hiciste
con su traje de diablo! José García se sonrió, volteó la mirada hacia la
estatuilla y aclaró: Este Tío lo hice con
la ayuda de mi esposa. Ella modeló su pene.
El
Tío, visto desde cualquier ángulo, estaba vestido de diablo; tenía la máscara
colorada, el iris de los ojos ardientes como brasa, la nariz estallada, los
dientes afilados, las orejas enormes y los cuernos terminados como la punta de
una lanza. Lucía la pechera engastada con piedras preciosas y el pollerín
dorado como el sol. Además, llevaba una bolsa de coca en una mano y el bastón
de mando en la otra. Y, como si fuera poco, el bastón tenía la cabeza de una
serpiente con la lengua colgante y el aspecto de dragón.
Después,
antes de almorzar, abrimos la granada de singani, llenamos los vasos y, tras
rociar algunas gotas de aguardiente en honor a la Pachamama, ch’allamos junto a la estatuilla, que
llamó la atención de los comensales, quienes nos miraban por el rabillo del
ojo, como cuando se mira un objeto sacrílego en la “Casa de Dios".
Apenas
terminamos de comer y ch’allar, me
hice de la estatuilla del Tío y ganamos la ajetreada calle, donde nos
despedimos con un fuerte abrazo, como cada vez que coincidíamos en alguna
actividad cultural que se llevaba a cabo en la ciudad de La Paz o El Alto.
Ya
se sabe que la diablada de Oruro se remonta a
la época de la colonia y que tuvo su origen a finales del siglo XVIII,
probablemente el año 1789, cuando los “mitayos” de una mina de plata en la Real
Villa de San Felipe de Austria (actualmente Oruro), decidieron disfrazarse de
diablos, a semejanza del Tío de la mina, para bailar la danza de la diablada en
presencia de la Virgen de la Candelaria –o Virgen del Socavón–, cuya imagen,
según cuenta la leyenda, apareció, de manera milagrosa, pintada en un muro de
la guarida del Chiru-Chiru, el legendario ladrón que asaltaba a los ricos para
distribuir el botín entre los pobres.
Todo
hace suponer que esta festividad pagano-religiosa, cuyos usos y costumbres
tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo occidental y
el paganismo de las culturas ancestrales, se inició cuando los mineros nativos
de la época, influidos por la catequización y los extirpadores de idolatrías,
confundieron al Supay –deidad
protectora de los humanos y sus bienes en la cosmovisión andina– con el diablo
de la liturgia católica, cuyo personaje central es Lucifer, el príncipe de las
tinieblas.
Se
cuenta que los mitayos de la mina de
plata fueron los primeros en practicar la danza de la diablada, desde el día en
que determinaron disfrazarse de diablos, personificando al Tío de la mina, que
no era otro que el Supay o el dios Wari
de la mitología Uru-Uru, el protector de los auquénidos y los habitantes de las
cercanías del Lago Poopo, y para rendirle devoción y veneración a la Virgen del
Socavón, a quien la reconocieron como la mamita
y patrona protectora de los
trabajadores y sus familias desde que su imagen fue hallada en la guarida del
Chiru-Chiru. Así comenzó la tradición cultural del Carnaval de Oruro, en las
faldas del cerro Pie de Gallo, con la
danza de la diablada, donde destacan el Arcángel San Miguel y Lucifer, el ángel
rebelde que fue expulsado del reino de los cielos.
La
estatuilla hecha por José García y su señora esposa, nos reafirma la teoría de
que la diablada se inició en los socavones, donde los mineros adoraban al Tío,
quien es una suerte de encarnación del Supay
y el Wari de la mitología de los Uru-Uru, un ser ambivalente entre los sacro y
lo profano, que está considerado como el dueño de los metales preciosos como el
oro, la plata, el estaño y otros; un ser que premia con ricos filones de
mineral a quienes realizan en su honor ch’allas,
k’oas y q’arakus.
Ya dijimos que la danza de la diablada
representa el sincretismo religioso entre el paganismo ancestral y la religión
Católica, que tiene su origen en los inicios del período colonial, cuando los “mitayos”
creyeron encontrar al Tío en las entrañas de la montaña; más todavía, la
diablada fue la primera fraternidad que dio origen al fastuoso Carnaval de
Oruro, en cuya festividad, declarada “Obra Maestra del Patrimonio Oral e
Intangible de la Humanidad” por la UNESCO, no puede faltar el Tío, quien sale
después de un año de encierro en las profundas y oscuras galerías, para
encabezar la danza de la diablada. Es en el fastuoso Carnaval donde el Tío luce
su lujoso traje de Lucifer, con su capa confeccionada con luces y ricas
pedrerías, sus botines de cuero repujado y una espectacular máscara en la que
destacan el lagarto, la víbora y el sapo; seres pertenecientes a la mitología
Uru-Uru y, por tanto, al Carnaval de Oruro.
José
García, consumado actor de teatro y artesano de accesorios que los danzarines
lucen en la festividad de la Virgen del Carmen, estaba convencido de que el Tío
se veía mejor con su traje de diablo. Y así lo hizo, debido a que la danza de
la diablada está inspirada en el Tío de la mina. ¿Acaso?, se preguntarán algunos, que desconocen la tradición de
esta danza infernal que, año tras año, se baila en la Capital Folclórica de Bolivia.
Hasta aquí la explicación sobre el diablo y la diablada, y volviendo al tema de la estatuilla del Tío de la mina, que es la mejor representación de la mitología minera, solo falta añadir que esta obra de arte, realizada por José García y su señora esposa, se constituye en una magnífica muestra de que el sincretismo religioso ha sido capaz de dar nacimiento a manifestaciones culturales que son fuentes de inspiración para quienes se dedican a enriquecer las diversas expresiones artísticas en un país esencialmente minero como el nuestro.
lunes, 22 de junio de 2026
CONVERSATORIO SOBRE LA MASACRE DE SAN JUAN EN ORURO
El escritor Víctor Montoya, en el marco del Programa de
Solsticio de Invierno 2026, dictará una conferencia sobre la masacre minera de
San Juan, acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967. La masacre quedó en la absoluta impunidad y
los responsables justificaron su criminal accionar con el pretexto de que en
las minas se estaban gestando movimientos subversivos vinculados al foco
guerrillero de Ernesto Che Guevara.
El acto se llevará a cabo en la ciudad de Oruro, este martes 23 de junio, a las 19:00, en el Salón Alberto Guerra de la Casa de la Cultura Simón I. Patiño.












