sábado, 11 de marzo de 2017



EL NÁUFRAGO

Desde que el náufrago sobrevivió milagrosamente a la tragedia y arribó a la isla a bordo de una pequeña lancha, impulsándose con los brazos como si fuesen remos, los nativos se preocuparon por cuidar de su salud y bienestar. Lo consideraban un ser nacido de las espumas del mar. Incluso le entregaron a una joven mujer para que le diera descendientes y le complaciera en sus más íntimas necesidades.
 
El náufrago, que poseía alma de aventurero y una genuina curiosidad por conocer más de lo debido, se adaptó rápidamente a los usos y costumbres de una comunidad de tradiciones milenarias, cuyos habitantes, cobrizos de piel y recios de cuerpos, aunque sólo tenían un taparrabos como única prenda, estaban ataviados con ornamentos de oro; un material con el que forraban sus templos y en el que fundían la imagen de sus dioses, que eran tantos que incluso algunos confundían sus nombres.

Cuentan que el mismo náufrago, que fue encontrado exhausto sobre las finas arenas de la costa, una noche en que la luna se hundió como un deslumbrante balón entre las encrespadas olas, estaba impresionado de ver a los nativos con tantas joyas, que los convertía en los seres más afortunados de este planeta; una realidad que él jamás soñó ni imaginó cuando se embarcó en la carabela portuguesa, que zarpó del puerto de Lisboa rumbo a tierras desconocidas, y cuyos tripulantes, tras vencer intermitentes huracanes y espesos sargazos, se fueron a pique antes de avistar la isla, que si bien era hermosa, era también en extremo peligrosa.   

Algunas zonas de la isla, aparte de presentar una vegetación tropical, estaban llenas de desfiladeros, pantanos y ciénagas, poco o nada explorados por los propios nativos, que no se atrevían a penetrar en sus entrañas, debido al temor de que en esas tierras, infestadas de bichos inmundos y voraces cocodrilos, pertenecían a una fiera con forma de alacrán, patas con tenazas y una larga cola con la que estrangulaba a sus presas que osaban ingresar en los territorios de su dominio.

El náufrago no tardó en darse cuenta que estaba en una comunidad hecha de mitos y leyendas, donde todos creían en que las serpientes tenían espíritu y las tarántulas eran la reencarnación de las mujeres que abandonaron a sus hijos y maridos, de manera que no era raro que creyeran también en que un pájaro, con características de ave rapaz y vuelo rápido, produjera rayos y truenos antes de que se desatara una endemoniada tempestad capaz de inundar las aldeas y cambiar el curso de los ríos.

No en vano los niños que veían a un animal nocturno, como la lechuza o el murciélago, sobrevolando por encima de la aldea a plena luz del día, imaginaban que podía ser un chamán que se transformó en ese animal durante una sesión ritual en la cual se ponía en contacto con los dioses tutelares y el espíritu de los seres que moraban en el reino de los muertos.

El náufrago, aun sabiendo que las atroces muertes en la isla no se daban por armas de guerra, sino por las tenazas y colmillos de una fiera de aspecto espeluznante, se dejó vencer por la curiosidad y decidió internarse en una de las zonas prohibidas, con la intención de encontrarse cara a cara con esa fiera temida y mitificada por los nativos. Estaba convencido de que él saldría ileso de esa nueva aventura, atenido a que era un mensajero de Dios y que, por eso mismo, era inmune a morir de una manera inusual y despiadada.

El náufrago se endilgó por una boscosa cañada, hasta que llegó a un pantanoso río, donde todo parecía tener vida. Avanzó como si caminara por arenas movedizas, apoyándose en una rama de considerable tamaño y grosor. La fiera, al escuchar sus pasos que parecían chapotear en el fango, se escondió detrás de un macizo tronco, desde donde acechó al náufrago, quien se fue internando más y más en un sitio lleno de alimañas y animales acuáticos, hasta que, de pronto, la fiera se le apareció con una impresionante voltereta, lanzó un espantoso bramido y lo atacó de manera fugaz y violenta. El náufrago, orinándose en los pantalones, empezó a rezar como si las plegarias pudieran salvarlo de la muerte; entretanto la fiera, enseñándole sus colmillos y chasqueando su cola como chicote de caporal, lo sujetó por los brazos y las piernas y le rompió el espinazo con sus tenazas. Después lo jaló a la orilla del río, donde troceó su cuerpo a mordiscos, sacudiéndolo de un lado a otro, mientras la sangre entintaba el agua y los restos de carne saltaban por doquier.

Los isleños más viejos, al enterarse de que el náufrago no retornó de los dominios de la fiera, cuya dentadura era capaz de demoler el esqueleto de un solo mordisco, dedujeron que su espíritu acabó reencarnándose en un enorme cocodrilo, como quien se mete en el interior en un animal salvaje, con el cual no sólo se identifica de manera emocional, sino que también adquiere su aspecto y textura física. Por cuanto había que suponer que el espíritu del náufrago, que dejó de ser lo que era, pasó a convertirse en un animal cuya piel, cubierta de duras escamas desde la cabeza hasta la cola, parecía una armadura protectora hecha de rocas, que sus extremidades pasaron a ser sus patas en forma de paletas y que su boca se le alargó como un hocico forrado de dientes poderosos y afilados.

Uno de los chamanes de la comunidad, atribuyéndose el mérito de haberlo visto durante un trance de alucinación, contaba que el espíritu del náufrago vivía en un río cubierto de una frondosa vegetación, que más parecía una alfombra verde tendida sobre la superficie del agua, que casi siempre estaba echado sobre un montículo de tierra firme como un lagarto petrificado, con la boca abierta y los dientes expuestos a la luz del sol, donde algunas aves, paseándose dentro de su alargada mandíbula, le extraían los insectos y le escarbaban los restos de carne incrustados entre sus dientes. Además, el náufrago, convertido en cocodrilo, no sólo poseía dentadura en su mandíbula inferior y superior, sino también en la cola, en los nudos de las patas y en otras articulaciones del cuerpo.

Cuando se metía en el agua, los demás cocodrilos y animales acuáticos lo trataban como a un hermano. Tenía un fino oído y una visión increíble, pues podía divisar a su presa a varios kilómetros de distancia. Aunque su cuerpo era pesado y se arrastraba con la panza colgada al ras del suelo, podía desplazarse con rapidez en los terrenos pantanosos, empujándose con sus patas cortas, cuyos dedos estaban unidos por membranas que le permitían nadar con la destreza de los palmípedos silvestres.

Cuando detectaba a su presa por medio de las vibraciones y cambios pequeños en la presión del agua, se sumergía con las fosas nasales cerradas y la boca abierta; mientras sus ojos, con el iris color plateado y la pupila vertical como la de los gatos, podían ver con la misma nitidez tanto en el día como en la noche, y su retina, que reflejaba la luz de la luna, hacía que sus ojos brillen en la oscuridad como chispas de fuego.

Si tenía que recorrer distancias largas, adoptaba un paso alto; levantaba el cuerpo del suelo y corría como un lagarto en un terreno pantanoso, y cuando se empeñaba en capturar a su presa, que huía espantada al advertir su presencia, podía galopar y alzarse sobre sus patas traseras, como si relinchara apoyándose sobre su musculosa cola, que, estando metida dentro del agua, le permitía impulsarse como una lanchita a motor, sin apenas hacer ruido ni alborotar la superficie del pantanoso río.

Así fue como el espíritu del náufrago, convertido en un cocodrilo por las fuerzas misteriosas habidas en las zonas prohibidas de la isla, pasó a formar parte de las leyendas de los nativos, quienes contaban que el animal era tan grande que podía engullirse a una persona de un solo bocado.

Decían que era tan peligroso, que apenas la sombra de otro animal, que caminaba por la orilla pantanosa del río, tocaba la superficie del agua, podía ser atrapado por una feroz dentellada y luego ser ahogado debajo del agua. Y si la presa luchaba por sobrevivir, el cocodrilo volvió a emerger a la superficie, donde daba giros de la muerte, retorciéndose hasta que la presa, que se volteaba junto con él de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, terminaba siendo devorado como una miserable salchicha.

Los nativos transmitían por tradición oral la leyenda de que el náufrago, que un día encontró la muerte en las tenazas y colmillos de una temible fiera, y cuyo espíritu se reencarnó en otro animal del pantanoso río, fue el único cocodrilo que sobrevivió al fuego de los volcanes y a los maremotos que modificaron la geografía de la isla desde mucho antes de que los conquistadores europeos se asentaran en las tierras del Caribe. 

jueves, 2 de marzo de 2017


ASTRID LINDGREN, ÍCONO DE LA LITERATURA INFANTIL

La escritora Astrid Lindgren, cuyo nombre completo es Astrid Anna Emilia Ericsson, nació en la granja de Näs, cerca de Vimmerby (Småland), al sureste de Suecia, el 14 de noviembre de 1907. Fue la segunda hija de un matrimonio de campesinos. Su infancia, según sus propias confesiones, fue feliz y estuvo llena de protección, gracias al amor recíproco que hubo entre sus padres a lo largo de sus vidas.

Los hermanos Ericsson, interrumpiendo sus momentos de juego, tenían que ayudar en la granja; una obligación que les otorgó el sentido del deber, la responsabilidad y, sobre todo, la autoestima, al mismo tiempo que disfrutaban del aire libre y de los ejercicios físicos que les exigía la labor agraria. Quizás por eso, Astrid Lindgren, recordando sus años de infancia, consideraba que la vida en el campo le permitió cultivar el cuerpo, la mente y la imaginación.

No cabe duda de que la célebre autora creció entre animales silvestres y carruajes tirados por caballos, tal y como apunta en su libro Mina påhitt (Mis invenciones). Fue en la granja de sus padres que Astrid Lindgren desarrolló una sensibilidad especial hacia la condición humana y la naturaleza; un espíritu ecologista y de respeto hacia la madre tierra que, de manera implícita o explícita, se reflejan vivamente en las páginas de su obra literaria.

Las vivencias como material literario

Está claro que las experiencias de su infancia ensombrecieron cualquier otra experiencia posterior en su vida. Nunca perdió a la niña que habitaba en su interior ni dejó de usar los recuerdos de su infancia como vitales recursos en la elaboración de sus libros, cuyos temas y  personajes, tanto niños como adultos, están ambientados en una naturaleza llena de bosques, lagos y paisajes que, para los lectores no escandinavos, parecen escenas arrancadas de los cuentos de hadas. 

Nunca perdió la referencia de los olores, colores, imágenes, sonidos y sentimientos que experimentó de niña, y su escritura proyecta la misma intensidad y frescura con que un infante descubre el mundo, mientras le encanta trepar a los árboles, subir a los tejados y hacer travesuras junto a los niños del barrio o la escuela. De ahí que no es casual que los lectores de su obra se vean transportados a la época y el lugar donde transcurrió su infancia. Ella recordaba vivamente y con lujo de detalles cómo era ser una niña campesina y cuáles eran sus preferencias y deseos a distintas edades.

Todos sus personajes de ficción –sobre todo Pippi– están dotados de una imaginación y creatividad poderosas, que son dos de los elementos más característicos del desarrollo emocional e intelectual del niño, quien no sólo explora en su entorno para comprenderlo mejor, sino también para representarlo e incorporarlo en su actividad lúdica. Los críticos especializados en su obra coinciden en señalar que la literatura lindgreniana está inspirada en las aventuras y la felicidad de su infancia, que transcurrió en la pequeña provincia de Småland.


Cuando Astrid Lindgren tenía 18 años de edad, su infancia y adolescencia se acabaron tras un inesperado embarazo, pero no por esto dejó de vestirse a la moda, ni dejó de disfrutar del jazz ni dejó de bailar las populares músicas de la época. No deseaba casarse con el padre de su hijo y prefirió considerarse madre soltera. Se dice que fue la primera muchacha en Vimmerby que se cortó el pelo por encima de los hombros en actitud de rebeldía; una conducta que pronto causaría revuelo entre los suyos y despertaría los chismes entre los habitantes del pueblo, obligándola a marcharse de casa y refugiarse en Estocolmo, la capital sueca, donde tomó cursos de mecanografía para convertirse en secretaria y luego trabajar en una oficina. 

Los inicios de una exitosa carrera

En 1934 empezó a escribir historias navideñas y otros textos breves que, luego de meterlos en un sobre, los envía a la redacción de los diarios locales. Astrid Lindgren jamás escribió bajo los dictámenes de la moda o el capricho de un editor, sino empujada por la irrefrenable necesidad interior de expresarse por medio de la palabra escrita.

Escribió su primer libro a los 38 años sobre una niña rebelde, llamada Pippi Calzaslargas, que surgió en los días en que su hija Karin, de siete años de edad, se enfermó de neumonía. Mientras estaba convaleciente, le pidió a su madre que le relatara las fascinantes historias de Pippi Calzaslargas, una huérfana de 9 años que, además de tener una descomunal fortaleza física, vivía con un caballo y un mono como únicos compañeros. Se trataba, en realidad, de una personaje de ficción basada en las experiencias que tuvo la autora en su infancia y cuyas acciones estaban contextualizadas en la pintoresca región de Småland, donde el invierno se llena de nieve, la primera estalla en flores multicolores y el verano exhibe una exuberante naturaleza, con sus lagos de cristalinas aguas, sus casas de madera pintadas de rojo, sus estrechos callejones y sus empinadas calles.

Astrid Lindgren, sin pensar demasiado, plasmó en hojas de papel las fabulosas historias sobre Pippi Calzaslargas, para obsequiárselas a su hija Karin el día de su décimo cumpleaños. Ese mismo año, 1944, como empujada por una fuerte intuición de que su literatura tendría un brillante porvenir, envió el manuscrito a la prestigiosa editorial Ruben & Sjögren, que no demoró en rechazarlo por contener episodios que no se ajustaban a la realidad de los niños suecos y, sobre todo, porque abordaba situaciones controversiales que atentaban contra la moral de quienes estaban educados bajo las normativas de la religión protestante.


La autora no se dejó intimidar por la crítica de los lectores de la editorial y siguió escribiendo historias arraigadas en una rica tradición popular, con muchos chistes, relatos y anécdotas, que ella escuchó en su infancia tanto en su entorno familiar como social, hasta que, tiempo después, se presentó a un concurso de literatura infantil, en el que obtuvo un segundo premio, más la publicación de su primer libro Cartas de Britta Mari. De modo que, entusiasmada por el premio, revisó el manuscrito de Pippi Calzaslargas y lo presentó en 1945 a la misma editorial que lo había rechazado un año antes; más todavía, Astrid Lindgren no sólo logró que se publicara el libro, sino que trabajó como editora en esa misma editorial entre 1946 y 1970, promocionando obras destinadas al público infantil y juvenil.

La trascendencia de su obra

Está por demás decir que su consagración llegó tras la publicación de Pippi Calzaslargas y una serie de libros para niños que, gracias a su singular estilo y calidad literaria, se tradujeron a decenas de idiomas y se vendieron en todo el mundo. En la actualidad, está considerada como una de las escritoras más trascendentales de la literatura infantil del siglo XX.

Los temas de sus libros, lo mismo que sus protagonistas, son irreverentes según los cánones de la educación retrógrada y moralista. No obstante, su narrativa, acorde a las necesidades emocionales y la fantasía infantil, se estableció como una lectura que despertó el interés de los pequeños lectores. Sus protagonistas son, unas veces, fuertes e inteligentes, y, otras veces, débiles y con dudas. En sus libros sobre Pippi Calzaslargas, como en la trilogía Los niños de Bullerbyn (1946), se respira un aire de humor anárquico y una rebeldía contra el autoritarismo familiar y escolar. La autora, consciente de que la literatura es un medio a través del cual puede transmitirse el respeto a los derechos humanos, jamás dejó de manifestar su defensa decidida de los valores de la paz, el ecologismo y el feminismo.

Entre sus obras cabe destacar también la serie de cuatro libros protagonizados por Emil, un niño que vive en una granja y que, en una popular adaptación televisiva, fue rebautizado como Miguel el travieso; la celebradas historia sobre El Superdetective Blomkvist (1946), una saga sobre un niño detective, que contiene reflexiones profundas sobre la relación entre niños y adultos, y otras obras como Karlsson del tejado (1955), Mío, mi pequeño Mío (1954), Vacaciones en Saltkrakan (1964), Los Hermanos Corazón de León (1973) y Ronja, la hija del bandolero (1981), sólo para citar algunas.


Sus obras le ganaron prestigio internacional y le hicieron merecedora del Premio Hans Christian Andersen, considerado el Nobel de Literatura Infantil y Juvenil, en 1958; recibió el galardón Nils Holguerson, en 1950; el Premio Nacional de Literatura de Suecia, en 1957; la Medalla de Oro de la Academia Sueca, en 1971; el Premio de la Paz, otorgado por los libreros alemanes; el Premio Internacional del Libro de la UNESCO, en 1993; el Premio Right Livelihood, llamado también Premio Nobel Alternativo, que concede el parlamento sueco, en 1994.

Una fundación en su memoria

Astrid Lindgren falleció de una infección viral el 28 de enero de 2002, en su casa ubicada en Dalagatan, en un céntrico barrio de Estocolmo, donde vivió desde los años 40 de la pasada centuria. Poco después de su deceso, su residencia se convirtió en museo y lugar de atracción turística, lo mismo que la casa donde nació, en Vimmerby, cuyos barrios y campos fueron los escenarios donde trascurrió su infancia y adolescencia, y que hoy son mundialmente conocidos, debido a que en este sureño pueblo de Suecia tienen su medio de acción la mayoría de los personajes de su vasta y magnífica obra literaria.

Asimismo, el gobierno sueco decidió instituir un premio en su memoria, destinado a destacar a los escritores, narradores orales, promotores de lectura e ilustradores de Literatura Infantil y Juvenil de todos los países del mundo. El premio Astrid Lindgren Memorial Award (ALMA), administrado por Kulturrådet (Consejo Nacional de Cultura) desde 2002, asciende a los cinco millones de coronas suecas, que anualmente se otorga a los premiados en la ciudad de Estocolmo, con la presencia de destacadas personalidades del ámbito cultural y literario. 

lunes, 27 de febrero de 2017


LO MÁS IMPORTANTE

Si alguien me preguntara: ¿Qué es lo más importante en tu vida? La respuesta sería concluyente: Las cosas más cercanas, entrañables y sencillas; por ejemplo, mi madre que me trajo al mundo y me orientó durante los primeros años de mi vida, que me dio su aliento en los momentos difíciles y me invitó sus sabrosas comidas, que eran como para chuparse los dedos; mis hermanos que me brindan su apoyo cuando se los pido, mis hijos que me arropan con su cariño y alegría en mis horas de tristeza, mis amigos que siempre están ahí cuando más los necesito; mi padre que, sin ser carpintero de oficio, construyó con sus manos la cama donde duermo, la silla donde me siento y el estante donde están mis libros.

Y como todo individuo acostumbrado a la vida gregaria, a convivir con la comunidad y la familia, necesito del apoyo decidido de la persona que, en las buenas y en las malas, está siempre a mi lado. En este caso, mi compañera sentimental es más importante que todos los gobiernos del mundo, ya que ella no sólo me proporciona confianza y seguridad, sino que, además, me ofrece su amor incondicional que es el bien más preciado al que aspira todo ser humano.

Los gremios de segunda categoría

Fuera y dentro de las cuatro paredes de mi hogar, aunque muchos opinen lo contrario, necesito los servicios de los llamados profesionales de los gremios de segunda categoría. Es decir, puedo prescindir de los cirujanos, abogados, arquitectos, matemáticos e ingenieros, pues a ellos los necesito menos que a la caserita del mercado, al cocinero, sastre, panadero, peluquero, tendero, zapatero, cerrajero y otros que, sin lucir rimbombantes rótulos en sobre el pecho, suelen ayudarme a resolver los problemas más frecuentes y cotidianos.

No tengo la costumbre de medir a los profesionales por los años que se quemaron las pestañas estudiando, aquejados por la enfermedad de la titulitis, todo por conquistar un papelito o diploma que les concede un título profesional, con la esperanza de mejorar su estatus social y económico en una sociedad competitiva y materialista, hecha a golpes de categorías, clasificaciones y discriminaciones.

En un país dividido entre unos que tienen mucho y otros que tienen poco, donde el nacimiento de un hombre es más celebrado que el nacimiento de una mujer, el ser humano no vale tanto por lo que es, sino por lo que tiene: un título profesional, un inmueble confortable, un automóvil de lujo y una sagrada familia. No en vano reza el dicho popular: Tanto tienes, tanto vales. De modo que allí donde hay higos, hay amigos, y donde no hay higos, hay sólo enemigos.

De artistas y artesanos

Si de categorías profesionales se habla, para mí se sitúan en la cúspide aquellos que, tradicionalmente, están en la base de la pirámide social, como el carpintero que es un artesano de maravillosas manos, que aprendió las técnicas de su padre desde que se inició como aprendiz. Sin embargo, aunque algunos lo llaman maestro, sigue siendo un simple artesano, así su talento y experiencia lo conviertan en un artista consumado.

En Bolivia, como en otros países donde reina la escala de valores del mejor y del peor, es común subestimar al profesional que carece de un diploma académico; pero si un europeo o norteamericano hace lo mismo que el artesano boliviano, es considerado artista, así no interprete lo real o plasme lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos, sonoros u otros medios de las llamadas bellas artes, ya que el artesano, conforme a la definición del Diccionario de la Real Academia de la Lenguas Española, es quien ejercita un oficio meramente mecánico y hace por su cuenta objetos de uso doméstico imprimiéndoles un sello personal, a diferencia del obrero fabril.

Si pienso de este modo será porque no estoy de acuerdo con las categorías que separan a los unos de los otros según el título profesional que ostentan, o, quizás, porque estoy hecho más de cosas pequeñas que de cosas grandes. De ahí que los artesanos de oficios varios son imprescindibles en mi vida, que es similar a la de los ciudadanos de a pie, que requieren más de los profesionales de los gremios de segundas categoría, porque comen y beben todos los días, pero no todos los días asisten a una clínica quirúrgica ni todos los días mandan a construir una casa.

Todos somos igual de importantes

No sé si estoy equivocado en mis apreciaciones, pero sostengo que todos los ciudadanos somos igual de importantes para la colectividad en la que vivimos, siempre y cuando contribuyamos en ella con lo que mejor sabemos hacer, independientemente del tipo de profesión que ejerzamos en la vida pública, donde nadie está por demás y donde todos somos necesarios para resolver los múltiples problemas que aquejan a hombres y mujeres, a niños y adultos.

Considero, asimismo, que el progreso de una nación se alcanza con empatía y solidaridad, pensando más en el bienestar de los otros que en el bienestar de uno mismo, pues no es lo mismo servir al país que servirnos del país. Y, aparte de lo señalado, lo más importante es que cada uno de los individuos unamos nuestras fuerzas e iniciativas para forjar una sociedad donde todos podamos vivir en armonía, respetando los principios de los Derechos Humanos y la democracia participativa, habida cuenta de que nuestras diferencias, si nos lo proponemos de manera consciente, podrían complementarse y convertirse más en ventajas que en desventajas, ¿o qué opina usted, atento lector?  

viernes, 24 de febrero de 2017


EL INTENDENTE MUNICIPAL DE LLALLAGUA

Cuando retorné a la ciudad de Llallagua, después de muchos años de ausencia, vi en todos los noticieros de la televisión local la imagen de un hombre uniformado, que respondía al nombre de Arturo Bautista. Poco después me enteré de que era el intendente municipal, quien se ocupaba de organizar operativos para controlar el ordenamiento del tráfico vehicular y la calidad de los alimentos en los mercados; una actividad que, a su vez, consistía en reubicar a los vendedores ambulantes y minoristas en nuevos campos feriales, para evitar que realicen su actividad comercial allí donde los peatones tenían dificultades para transitar de un lado a otro, ya que tanto los transportistas como los comerciantes avasallaban arbitrariamente las aceras y calzadas.

Un personaje visible en la ciudad

Desde aquella primera ocasión en que lo vi en la pantalla chica, se me hizo una costumbre verlo casi todos los días en los noticieros, informando sobre las peripecias de su trabajo a los pobladores, quienes, de tanto verlo y escucharlo, lo conocen como si fuera un miembro más de su familia, así no sepan cuántos años tiene y en qué calle vive, si tiene o no familia, si disfruta de algún pasatiempo fuera de su trabajo y si está o no conforme con su labor de intendente municipal.

Arturo Bautista, como todo funcionario del orden público, lleva una libreta de apuntes en el bolsillo y una cartilla con las ordenanzas bajo el brazo; luce la seriedad de una autoridad con potestad y está siempre ataviado con su uniforme de “policía municipal”, para que no lo confundan con cualquier hijo de vecino. Aunque en su caso, no creo que nadie lo confunda con el cartero, el heladero o el oficial de la Escuela de Policías, habida cuenta de que, de tanto aparecer en los informativos de la televisión local, se ha convertido no sólo en un personaje visible, sino que también en una parte del ornamento de la ciudad, donde brilla con su presencia, su inconfundible uniforme de color azul, engalanado con sus inscripciones bordadas en el brazo y el pecho de su chamarra, la gorra con visera calada hasta las cejas y la mirada al acecho de los infractores.

Siempre que se lo ve merodeando por plazas y calles, unas veces solo y otras junto a sus compañeros de la Intendencia, causa revuelo entre los infractores reincidentes que, apenas lo divisan a la distancia, se ponen con los nervios de punta y esconden la cabeza como el avestruz, en un intento por esquivar el control de los intendentes, porque saben que ellos, que son las máximas autoridades del orden público, tienen carta blanca para hacer cumplir las ordenanzas municipales con todo el peso de la ley.

Con las ordenanzas municipales en mano

El amigo Arturo Bautista, en cumplimiento de sus atribuciones, intenta socializar y aplicar a raja tabla las normas de urbanismo establecidas por la Intendencia, que es el brazo operador del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, no sin antes discutir con los comerciantes, transportistas y propietarios de locales de expendió de comidas y bebidas alcohólicas que, como en acto de desacato y rebeldía, incumplen olímpicamente las ordenanzas municipales, como si estuvieran en tierra de nadie, donde no impera la ley sino el libre albedrío.

Una tarde, mientras el autotransporte hacía de las suyas en la Plaza 6 de agosto, lo detuve en seco y, extendiéndole la mano amiga, lo felicité por su encomiable labor. Él apretó mi mano y me agradeció por el gesto.

–Así estés rodeado de varios enemigos entre los transportistas y comerciantes, puedes contar con mi apoyo y solidaridad –le dije con franqueza–. Yo pienso también que es necesario imponer el orden, la limpieza y el reordenamiento vehicular…

Él asintió con un movimiento de cabeza y, despidiéndose de prisa, como estresado por el cumplimiento del deber, prosiguió su camino calle abajo, con un montón de tareas pendientes, como controlar el comercio informal, inspeccionar el tráfico vehicular, supervisar el precio y la calidad de los alimentos, para garantizar la inocuidad alimentaria de la población que, acéptese o no, es la más favorecida por la acción de la unidad de la Intendencia municipal.
   
Sin embargo, para cualquiera que ande y desande por las calles principales de Llallagua, parece que de nada sirve el haber socializado las ordenanzas municipales, el haber concientizado a los comerciantes y conductores de autos “chutos”, ya que la anarquía y el desorden siguen a la orden del día, ante la mirada pasiva de los ciudadanos de a pie.

Los operativos en calles y mercados

Arturo Bautista, que controla las calles en horario diurno y nocturno, da la impresión de tener la mano dura y ser dueño de una personalidad insobornable, aunque en el fondo de su alma es un ser sencillo y sensible. Si actúa de manera implacable es simplemente por cumplir con su trabajo, que está respaldado por las ordenanzas municipales que deben cumplirse por las buenas o por las malas.


Sus operativos tienen la finalidad de poner orden en la ciudad, limpiando las calles de vendedores que ejercen el comercio informal y exigiendo orden en el tránsito vehicular, para que los peatones, tanto niños como adultos, tengan mayor espacio para movilizarse de una calle a otra y de una acera a otra. Y no como ocurre ahora que, tanto los conductores como los tenderos, obstruyen el paso de los peatones, quienes tienen que pelearse cotidianamente con los transportistas y comerciantes, que congestionan el espacio público como si fuese su propiedad privada y no un bien colectivo de toda la población.

Los miembros de la Intendencia, que no hacen otra cosa que exigir disciplina, higiene y responsabilidad, son los más criticados y vilipendiados por transportistas y comerciantes, que no dudan en agredirles verbalmente, como una forma de poner resistencia a la incautación de sus productos comerciales o negarse a pagar las sanciones pecuniarias, que les duele en el bolsillo y en el alma, aun sabiendo que su modo de proceder infringe la normativa municipal y que se merecen una sanción estipulada por ley.

Controles “sorpresa” en locales clandestinos

En cierta ocasión, cuando le hicieron una entrevista en uno de los canales de la televisión local, Arturo Bautista contó que durante ese día realizaron un control “sorpresivo” del manipuleo de los alimentos y el estado de los mismos. Demostró, con pruebas contundentes en la mano, que decomisó algunos productos que no contaban con el registro sanitario y tenían la fecha de vencimiento caducada. Habló con voz dubitativa y con un gesto que denotaba cierta desilusión, lo que me hizo suponer que no tuvo un buen día ni una tarea fácil, y que se ganó más enemigos entre los comerciantes, quienes son capaces de vender incluso piedras del río como si fueran piedras preciosas.

Cuando un día lo encontré en la terminal de autobuses, sin su uniforme de “policía municipal”, lo aborde por la espalda y aproveché para reiterarle mis agradecimientos por la tesonera labor que realiza contra viento y marea. Él se sorprendió al verme y me contó que estaba con permiso del trabajo. Fue entonces que le pregunté en son de broma:

–Dime una cosa, Arturo. Si todos los días te buscas tantos insultos y enemigos entre los infractores de la ley, ¿qué te dice tu esposa cuando llegas a casa? Supongo que no siempre estás de buen humor, ¿verdad? ¿O las broncas te las haces pagar con ella?...

Él, asediado por mis preguntas, se limitó a esbozar una sonrisa amable, dio un paso atrás y nada me contestó.

En una población en constante crecimiento demográfico, es normal que proliferen los bares clandestinos y las cantinas nocturnas, que funcionan sin licencia en las zonas periféricas de la ciudad, donde los jóvenes, bajo los efectos de las bebidas espirituosas, protagonizan escenas de escándalo y hasta de violencia desenfrenada. Es entonces que la unidad de la Intendencia desata una “batida” en bares y cantinas. De las inspecciones “sorpresas” no se salvan las discotecas ni los karaokes que tienen las puertas abiertas hasta altas hora de la noche; cuando en realidad, según reza la ordenanza, está prohibido que los locales de servicio público atiendan a los clientes después de las once de la noche.

Una labor para precautelar la salud ciudadana

Si la unidad de la Intendencia, en sus regulares recorridos, más conocidos como “peinados”, encuentra a un propietario que no cuenta con su licencia de funcionamiento legal otorgado por el gobierno municipal, pasan a requisar el local de rincón a rincón y, si por alguna casualidad detectan bebidas alcohólicas adulteradas y de dudosa procedencia, no vacilan en confiscarlos para preservar la seguridad de los consumidores que, muchas veces, por falta de control, se vacían las botellas de “veneno” entre pecho y espalda.

Arturo Bautista, en su afán por mejorar el sistema administrativo de los comerciantes y precautelar la salud de la ciudadanía, realiza operativos de inspección en los mercados en los que, casi siempre, encuentra productos alimenticios en mal estado, que son una verdadera amenaza contra el bienestar de los consumidores; al menos, si nos atenemos a las determinaciones de las instituciones encargadas en el verificativo del control de los productos alimenticios. Por si fuera poco, en estos operativos no están libres del control ni las balanzas; si las encuentran descalibradas o “robadas”, debido a que las vendedoras tienen el objetivo de ganar un poco más a costa del desequilibrio, las decomisan hasta que las vendedoras se comprometen a no volver a vulnerar las ordenanzas emitidas por la Alcaldía.  

No pocas veces se lo vio inspeccionar restaurantes y puestos de comida ligera. Si éstos presentan un ambiente insalubre, falta de higiene en la manipulación de los alimentos o cocinas en pésimas condiciones, decomisa las ollas, platos, vasos y utensilios que no cumplen con los mínimos requisitos de salubridad. Y para que nadie le reclame por los objetos decomisados, creyendo que él y sus colegas se los llevan a casa o los venden en un “mercado negro”, Arturo Bautista convoca a la prensa para demostrar que los mismos son reducidos a nada por las ruedas de un camión de alto tonelaje.

Un ejemplo como funcionario municipal

El intendente Arturo Bautista, al margen de ser persona reservada y hasta reticente, da la impresión de ser un empleado público honesto, modesto e insobornable, como muy pocos individuos en una sociedad atravesada transversalmente por la corrupción y la desidia. Es, sin lugar a dudas, uno de los pocos funcionarios municipales que cumple con su deber a pie juntillas, sin esperar que nadie lo alague ni lo premie. Lo importante es hacer cumplir las sanciones estipuladas por el Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, acomodándose a la altura de quienes, en las buenas y en las malas, haga calor o haga frío, están siempre dispuestos a emprender una batalla para que el municipio tenga un aspecto más atractivo y presentable.

Por lo demás, desde el día en que nos conocimos en persona, nos saludamos cada vez que nos cruzamos en la calle, como si fuésemos dos viejos amigos, dos Quijotes empeñados en seguir luchando contra molinos de viento. No será fácil reordenar el comercio ni el transporte, pero tampoco será imposible. Todo dependerá de que todos y cada uno de los pobladores hagamos conciencia de que una ciudad ordenada y limpia es siempre un poquito mejor que una ciudad desordenada y sucia. 

lunes, 6 de febrero de 2017


LAS PALLIRIS

Las palliris, que cambiaron las polleras y vestidos por los pantalones, trabajan rescatando los residuos de mineral incrustados como chispas en las rocas que, debido a su impureza, fueron desechadas y acumuladas en las zonas aledañas a los campamentos y cerca de las bocaminas, donde las plomizas granzas parecen cerros sobre cerros.

Las palliris machacan las rocas de día y de noche. Su única compañía es su merienda, una botella de té y la bolsita de plástico con la mágica hoja de coca, tan sagrada para ellas como las bendiciones de la Virgen del Socavón, que les mitiga el dolor del alma, el cansancio, el hambre y las enfermedades.

Trabajan a sol y sombra, en medio de un paisaje frío y yermo, soportando los vientos y las lluvias, esperanzadas en rescatar el metal del diablo entre los restos de los restos que, a veces, se les esconde debajo de los pies como por arte de magia, sin lograr rescatar un solo puñado de mineral durante la jornada, que es de diez horas al día y seis días a la semana.

Sus ajadas manos, como sus dedos ennegrecidos por la suciedad y el polvo, son la prueba de que el trabajo que realizan no es de humanos y mucho menos de mujeres, pero como ellas no usan cremas para manos ni se pintan las uñas con esmalte, siguen separando, a fuerza de pulmón y martillo, lo puro de lo impuro de las rocas extraídas del interior de la mina.

Las palliris han trabajado desde siempre en condiciones infrahumanas y a la intemperie, sin tecnología ni maquinaria, arriesgando el pellejo a cambio de migajas. Palliris existían en el Cerro Rico de Potosí en la época de la colonia, cuando los dueños de los yacimientos de plata necesitaban la mano de obra de las mujeres de los yanaconas, que debían fundir la plata y trabajar en las canchaminas, picando los trozos de roca para rescatar los restos del preciado metal.

En la Era del Estaño, la labor de la palliri ha contribuido al aumento de la producción minera. Asimismo, con el respaldo de las amas de casa, se han organizado en una Asociación de Mujeres Palliris para defenderse del acoso de propios y extraños, para mejorar su condición de trabajo, para reclamar que se les conceda el mismo sueldo y los mismos derechos que a sus compañeros.

Son madres solteras, novias, viudas o hijas de mineros, que no se rinden ante los avatares de la vida ni la miseria que azota sus hogares. Cumplen con su rol de amas de casa y, a su vez, con su rol de palliris, ya que cargan la responsabilidad de mantener a una familia. Son mujeres ejemplares por su infatigable labor en el hogar y su gran coraje en la lucha; en otras palabras, más que amas de casa, son admirables armas de casa.


Después de la relocalización, en 1985, son innumerables las mujeres que, empujadas por la necesidad y la desesperación, ingresaron a trabajar en interior mina. Y, aunque muchas veces realizan el mismo trabajo que sus compañeros, ocupan el último lugar en la jerarquía de la cuadrilla y su sueldo es inferior por el simple hecho de ser mujeres. Algunas veces, como por castigo del Tío, son relegadas a cumplir labores más simples y marginales, como ser guardianes de las bocaminas para evitar el acceso de desconocidos a los rajos donde depositan las cargas de mineral.

Las mujeres que trabajan en interior mina usan medias de lana no sólo para calentarse, sino también para aliviar los dolores causados por el reumatismo o la artritis; dolorosas enfermedades que les trepa por los huesos de los pies de tanto chapotear en las aguas de copajira. Se calzan viejas botas de caucho, ajustan el pantalón debajo de las polleras, cubren sus hombros con una manta y atan sus trenzas dentro del guardatojo y, poco antes de despuntar el alba, se marchan rumbo a la mina, donde murió su marido, como antes murió su padre y su abuelo.

Esta triste realidad se repite en varias familias, donde todos saben que la hija de un minero se casa con otro minero, y cuando éstos tienen hijos, se sabe también que ellos serán mineros como su padre y como el padre de sus padres, y que probablemente morirán jóvenes, escupiendo sus pulmones después de haber entregado sus vidas a cambio del desprecio y el olvido.

Antes estaba prohibido el ingreso de las mujeres a los socavones, debido a la superstición de que la menstruación y los sollozos hacían desaparecer las vetas. Algunos cuentan que una mujer que ingresaba a la mina era seducida por el Tío, provocando así los celos y la ira de la Chinasupay y la Pachamama. Ahora su presencia no es sinónimo de mala suerte y las supersticiones han cedido a la necesidad de ganarse la vida arañando la montaña para dar de comer a sus hijos, quienes la aguardan sentados o durmiendo en un rincón de su humilde hogar, donde, a falta de un padre, abrigan las ilusiones de que algún día cambiarán el destino de sus vidas.

Ésta es la vida de miles de mujeres que, expuestas a los peligros de la montaña y machucándose los dedos a martillazo limpio, se enfrentan a un trabajo rudo y duro que las enferma, envejece y mata antes de cumplir los cincuenta años de edad.

miércoles, 1 de febrero de 2017


LAS CREENCIAS POPULARES SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE

Las  creencias en fenómenos paranormales, espíritus, almas en pena y fantasmas del inframundo, forman parte de la fantasía humana y del imaginario colectivo en todas las culturas. En algunas de ellas, y desde la remota antigüedad, los individuos no hacen distinciones entre los objetos animados e inanimados. Esta concepción implica que los fenómenos naturales, las características geográficas, los objetos cotidianos y materiales pueden estar también provistos de alma (espíritu, pisque, mente, conciencia o como se lo llame).

El alma, según varias tradiciones religiosas y filosóficas, es el componente espiritual que poseen los seres vivos, una manifestación inmaterial que está dotada de movimiento propio, ya que puede desarrollarse independientemente de la condición física de la persona o el animal. Por cuanto es una suerte de facsímil del cuerpo material, un doble intangible que, a veces, cobra vida y se mueve con las mismas facultades que caracterizan a los seres vivos.

En algunas culturas se cree que el alma sale y entra en el cuerpo como el aire que se aspira y respira; es más, en las comunidades tribales, que viven a espaldas del racionalismo occidental, se atribuyen las enfermedades a la ausencia del alma y que, para remediar el mal, se invoca al alma errante para que vuelva a entrar en el cuerpo del convaleciente, ya que el alma es la fuente espiritual donde se generan los instintos innatos, como son los sentimientos, emociones y fantasías, que influyen de manera trascendental en la vida social y familiar.

En la tradición china, por ejemplo, cuando una persona está al borde de la muerte y se cree que el alma ha dejado su cuerpo, el abrigo del paciente es sostenido en un largo poste de bambú, mientras un curandero se esfuerza por devolver el espíritu al abrigo por medio de conjuros. Si el bambú comienza a girar en las manos del familiar, que se ha dispuesto para sostenerlo, implica que el alma del moribundo volvió a ocupar su lugar en el cuerpo.

En las culturas andinas, con predomino de la religión católica, se suele escupir tres veces al suelo cuando una persona ha sufrido un arrebato de espanto. Seguidamente, se pronuncia varias veces su nombre con la finalidad de que su alma, que aparentemente abandonó el cuerpo en el momento del espanto, acuda a los llamados y vuelva a entrar en el cuerpo de la persona para devolverle el equilibrio emocional.

El pensamiento mágico

Estas creencias populares, aun siendo contraria a la razón científica, están muy arraigadas en todas las culturas del mundo, donde las supersticiones, transmitidas de generación en generación, permiten interpretar los fenómenos paranormales que no son probables científicamente, pero que están presentes en el pensamiento mágico de los individuos, indistintamente de su condición social, racial, religiosa o cultural.

El pensamiento mágico, capaz de concebir la existencia de entidades sobrenaturales y milagros producidos por gracia divina, es una forma de pensar y razonar en que todos los elementos de la naturaleza están dotados de vida y de alma, al menos según los preceptos filosóficos del animismo, que considera que tanto lo material como lo inmaterial posee razonamiento, inteligencia y voluntad.
 
Por otro lado, el pensamiento mágico y primitivo no distingue niveles entre lo real y lo imaginario, se revela contra la idea inaceptable y abstracta de la muerte y considera que lo aparecido en el sueño o la pesadilla, posee existencia real, así las personas aparecidas estén ya en el otro lado de la vida.

Los individuos, indistintamente del lugar geográfico y la época, comparten la misma necesidad de despejar las dudas concernientes a los fenómenos paranormales y sobrehumanos, ya que de no ser así, no se creería en la existencia de muertos que están condenados a vagar como almas en pena al no poder encontrar la paz eterna en el más allá, y que, consiguientemente, permanecen atrapadas entre este mundo y el otro.

La naturaleza dual del individuo

Los fenómenos paranormales, como los mismos sueños y pesadillas, fueron contemplados en los estudios del animismo y el psicoanálisis, convirtiéndose en una filosofía o seudociencia capaz de responder a las preguntas que los humanos se formularon desde siempre; unas veces, por intuición natural y, otras, porque las creencias son inherentes a la condición humana.


En el contexto de las pesadillas, por citar un caso, no es casual que uno se reencuentre o comunique con muertos, como si ellos se reaparecieran para decir o hacer algo que dejaron pendiente mientras estaban vivos; una experiencia mental que al hombre primitivo le llevó a concebir la idea de que existe una parte incorpórea en los seres vivos, que sobrevive a la disolución del cuerpo físico después de la muerte.

La convicción de la naturaleza dual del humano, que combina lo material y lo espiritual, tiene sus orígenes en la mente del hombre primitivo, quien creía que los fenómenos naturales, como los rayos y truenos, lo mismo que las plantas, piedras y animales, tenían también un alma parecida al de los seres humanos; una percepción que ha trascendido hasta las sociedades modernas, donde existen creencias y supersticiones basadas en el animismo.

El animismo divide el mundo en una realidad y una suprarrealidad, en un mundo fenoménico visible y un mundo espiritual invisible, en un cuerpo mortal y un alma inmortal. Los usos y ritos funerarios no dejan duda alguna de que el hombre del neolítico comenzó ya a figurarse el alma o espíritu como una sustancia que se separaba del cuerpo. La visión que la magia tiene del mundo es monística; ve la realidad en forma de un conglomerado simple, de un continuo ininterrumpido y coherente; el animismo, en cambio, es dualista y funda su conocimiento y su fe en un sistema de dos mundos (Hauser Arnold, Historia social de la literatura y del arte, Ed. Guadarrama/Punto Omega. Ed,, Labor, S.A., Barcelona, 1979, p. 26).

La vida después de la muerte

La mayoría de los sistemas de creencias animistas sostienen que existe un alma que, alejándose del cuerpo físico, sobrevive a la muerte, porque es la parte inmaterial o espiritual de la esencia humana. Tampoco son ajenas las visiones de quienes creen en la existencia de un vínculo estrecho entre las almas de los vivos y los muertos. Y, a pesar de las controversias sobre si el alma pertenece o no a la sustancia divina, la religión judeo-cristiana sostiene la creencia de que Dios formó al hombre del polvo y le concedió vida soplándole en sus narices el aliento divino, por cuanto el primer hombre de la creación vino a ser alma viviente a partir de un elemento material como es el polvo.

Cuando se da el deceso de una persona, se cree que su cuerpo queda en la tierra, pero que su espíritu se eleva al cielo o cae en las catacumbas del infierno. El cristianismo promete que si uno tiene fe en Dios, será redimido de sus pecados, salvado de los suplicios del infierno y gozará de una vida eterna en el reino de los cielos. En este caso, la resurrección es un ejemplo de que la vida no termina con la muerte. Jesucristo, tras ser desclavado de la cruz y sepultado fuera de los muros de Jerusalén, resucitó entre los muertos y retornó espiritualmente hacia los suyos.

La creencia de que los humanos pasan a otra vida después de la muerte es una concepción común en varias religiones y filosofías. Es decir, los muertos son seres que pasan de la vida terrenal a otra que es mejor y que está en el más allá. Otros creen que el espíritu de los muertos se reencarnan en otros seres vivos como los animales domésticos o silvestres, o que, simple y llanamente, retornan al reino de los vivos manifestándose como almas en pena, sobre todo, cuando el alma de un difunto no encuentra paz en la tumba y se aparece de forma perceptible y descarnada en los sitios que frecuentó en vida.

En pleno siglo XXI se sigue creyendo en la existencia de fantasmas y almas en pena, a pesar del desarrollo de una corriente positivista, escéptica y científica, que intenta desacreditar esta superstición sobre las fuerzas espirituales, que está lejos de todo razonamiento lógico y materialista, incluso lejos de algunos principios de la religión católica, que considera la superstición como una expresión sobrenatural de las idolatrías paganas y demoníacas.

Cuentos de espanto y aparecidos

En diversas culturas suelen referirse cuentos de espanto y aparecidos como si fuesen acontecimientos de la vida real y cotidiana, pese a que la creencia en la existencia de almas o fantasmas contiene elementos ficticios e inverosímiles, que perturban algunas de las sensaciones inherentes a la condición humana. Así, en las culturas ancestrales latinoamericanas, desde antes de la colonización y la irrupción de los catequizadores, se creía en que el alma era algo intangible y que podía seguir vivo, en forma de espectro o espíritu, tras el deceso físico de la persona.


Asimismo, los cuentos de espanto y aparecidos del imaginario popular, emparentables con las supersticiones y los elementos sobrenaturales, suelen contarse como acontecimientos de la vida real y cotidiana, como ocurre con las creencias de la fe religiosa que, siendo contrarias a todo tipo de evidencia científica, no se conciben como supersticiones sino como hechos evidentes registrados en las Sagradas Escrituras, en cuyas páginas, en mi criterio, convergen dos mundos: el real y el mágico.

Los cuentos de espanto y aparecidos se encuentran en el límite de la credibilidad, donde apenas un hilo sutil separa a la realidad de la ficción; más todavía, puede afirmarse que estos cuentos, transmitidos por medio de la tradición oral, están basados en elementos de la realidad, aunque son distorsionados por la imaginación en la medida en que se añade al argumento ingredientes ilusorios y se les atribuye a los personajes facultades sobrenaturales propias de las narraciones fantásticas, que se caracterizan fundamentalmente por la combinación de la realidad y la ficción.

martes, 17 de enero de 2017

ALICIA EN EL PAÍS DEL SUEÑO


Alicia, la niña de rostro angelical y sonrisa dulce, juega con sus gatas recostada en el sillón, donde se sumerge en el sueño delante de la brasa que crepita en el fogón.

En el sueño se le presenta un problema y el problema requiere solución. Ella se incorpora en el sillón, salta al patio a través del espejo y corre sin apenas rozar la hierba, hasta alcanzar un monte desde cuya cima contempla una extensa llanura, cruzada por arroyos que forman los escaques de un gigantesco tablero de ajedrez.

En el país del sueño, donde los insectos tienen voz y las gatas son reinas encantadas, Alicia se dispone a jugar al ajedrez. Así, antes de que el sol bañe el campo con su dorado resplandor, sortea los obstáculos y salta por encima de los arroyos, sin detener los pasos ni volver la mirada.

De pronto, en medio de las frondas batidas por la brisa, escucha mi voz parecida al pitido de un tren:

–Soy yo –le digo–. El rey blanco que sueña contigo mientras escribo este cuento.

Ella me mira con dulzura, lanza un suspiro y prosigue su camino.

–¡Jaque! –grita alguien.

Alicia voltea la cabeza y fija la mirada en el unicornio de un caballo azabache, cuyo jinete está enfundado en roja armadura, casco cónico con nasal y cota de mallas que le llega más abajo de las rodillas.

–Considérate mi prisionera –le dice, manteniéndose lanza en ristre.

Alicia, luciendo un vestido floreado que baila con la brisa, desoye la amenaza y se acerca hacia el jinete. Entorna los párpados y acaricia la crin del caballo. En ese trance, otra voz estalla a sus espaldas; es la voz del caballero ataviado de blanco, quien, apeándose del brioso corcel y haciendo venias, saluda a su futura reina. Ella contesta el saludo y le ordena montar en el corcel para enfrentarse a su rival, quien lo está mirando severamente, como retándolo, al límite de emprender la embestida.

Alicia aprovecha el desconcierto y se escabulle detrás de un árbol, cuya sombra se proyecta como un pozo insondable a sus pies. Tiene temor en los ojos y la respiración atascada en el pecho. Se sujeta del árbol y observa a los caballeros enfrentándose en duelo.

–Es mi prisionera y no permitiré que te apropies de ella –advierte el caballero rojo.

–Era, querrás decir –corrige el caballero blanco.

Los caballos relinchan echando babas por el belfo y los jinetes, mirándose frente a frente, se trenzan en un feroz combate, hasta caer abatidos en medio de un estrépito de lanzas y armaduras.

El caballero rojo se levanta pesadamente, se acomoda a horcajadas en el lomo ensillado de su caballo y se retira a galope tendido.

El caballero blanco, que fue lanzado por los aires y rodó por el suelo, demora tanto en ponerse de pie como en montar al corcel; lleva armas de guerra, un yelmo que relumbra a cielo abierto y una cota de mallas tejida con anillos de hierro. Afloja las riendas, espolea los ijares con sus tacones claveteados y avanza a pasitrote, como si flotara en la nada.

Alicia, que no quiere ser prisionera sino reina, hunde la cabeza en el pecho y clava la mirada en el suelo.

–Pierde cuidado –asiste el caballero blanco, espada corta en el cinto y lanza en mano–. Seré tu escudero hasta que cruces el último arroyo.

Alicia se retira del árbol, levanta la mirada y agradece la cortesía con una sonrisa a flor de labios.

Cuando Alicia llega a la orilla del último arroyo, donde comienza y termina el gigantesco tablero de ajedrez, el caballero blanco se despoja de su yelmo, se arregla el bigote y dice:

–Sólo hace falta que cruces el arroyo para ser coronada como reina.

Alicia se despide del caballero blanco, quien le salva la vida y la guía en el camino. Cruza el arroyo de un brinco y cae sobre un remanso de flores y de hierbas.

En el país del sueño, como en el tablero de ajedrez, donde todo tiene su lugar y su tiempo, Alicia es coronada con una diadema engastada en relumbrante pedrería; entretanto yo, su rey blanco, me resisto a despertar por temor a que se apague cual una vela.

Al concluir la ceremonia, Alicia es despertada por el ronroneo monótono de sus gatas y el gigantesco tablero de ajedrez desaparece como por ensalmo, pues el mundo onírico no es más que el reflejo invertido de la realidad, donde Alicia soñó que la soñaba.

lunes, 16 de enero de 2017


LAS ALMAS DE CATAVI

En el patio de una envejecida vivienda, ubicada detrás de la antigua Casa Gerencia de Catavi, se escuchan los ladridos de un perro que parece enloquecer cada vez que oye el prolongado silbido de una sirena instalada en el techo del Teatro Simón I. Patiño. Esto sucede todos los días, perro y sirena invaden el silencio al filo de la madrugada, cuando ni siquiera la luz del alba alcanzó a filtrarse en las viviendas ni los primeros rayos del sol lograron posarse en la punta de los cerros.

Los caídos en la masacre de Catavi

El perro sale de su caseta, bate la cola a diestra y siniestra, y comienza a aullar como si el lamento de las almas en pena se hubiese desatado en su interior, hasta que las trompetas de la sirena dejan de ulular y la población vuelve otra vez a la calma, al mismo tiempo que el perro vuelve a meterse en su caseta construida con cajones de dinamitas.

Las mujeres más supersticiosas están seguras de que el perro ve el ánima de quienes perdieron la vida accidentados en el Ingenio Victoria, sin despedirse de sus padres, esposas ni hijos. Pero también que ve el alma de los mártires que cayeron abatidos en la masacre de la pampa María Barzola, la mañana del 21 de diciembre de 1942, cuando una marcha de mineros y palliris se dirigía hacia la Gerencia de Catavi, para reclamar por sus derechos laborales, al son de atronadores gritos de protesta, cachorros de dinamita, banderas rojas tendidas al viento y un pliego petitorio aprobado en asamblea general.


El perro, que tiene una alzada regular, la pelambre negra y cerdosa, moderadamente larga, y la mirada profundamente triste, como la de los perros de la puna, acostumbrados a pelear contra los soplos del viento y las corrientes de aire frío, corretea por el patio haciendo cabriolas, siempre que su dueño le sirve su comida en un plato de fierro losado, y, aunque no es un perro de caza sino de casa, persigue a los gatos del vecindario como si fuesen sus presas.

Espíritus en sitios emblemáticos

Apenas asoman las penumbras del ocaso, despierta de su extendida siesta, abre sus melancólicos ojos y agita su cabeza, da saltos impulsándose sobre sus patas traseras y, haciendo restallar la cola como un látigo en el aire, enseña sus afilados colmillos bajo la luz de la luna que, en las noches despobladas de estrellas, parece un plato de porcelana suspendido sobre los cerros. Es un perro inteligente, hiperactivo, de orejas largas y actitud valiente, tan valiente que es capaz de enfrentarse, con bravura y potente ladrido, a las almas que merodean por las cercanías del Teatro Simón I. Patiño, el Hospital Obrero y la antigua Casa Gerencia, en la que ahora no habitan más los espíritus de las gringas y los gringos que, en su condición de técnicos de la empresa, vivieron como verdaderos aristócratas a costa del sudor de los obreros, gozando de todos los privilegios en las amplias y cómodas viviendas, que actualmente están abandonadas y desoladas, como si un colosal ventarrón hubiese cruzado por esta población minera, llevándose consigo toda su grandeza y esplendor, tras la aplicación del Decreto Supremo 21060 y la posterior relocalización, que provocó una masiva emigración de sus habitantes hacia el campo y las ciudades.

El perro y la sirena

La sirena, que cada mañana y cada noche se escucha en Catavi, se parece en algo a la sirena que había en Siglo XX, la misma que primero sirvió para hacer señales en un barco mercante chileno y luego para indicar la hora de entrada y salida de los trabajadores mineros; y, como no podía ser de otra manera, para convocar a las asambleas en la Plaza del Minero, donde la sirena, que emitía un sonido estridente desde la azotea de la sede sindical, jugaba un rol importante en los momentos en que se agudizaban los conflictos sociales, cuando anunciaba la presencia militar, las masacres y apresamientos de los dirigentes.

Cuando la sirena toca por última vez en Catavi, cerca de la medianoche, el perro se arma de coraje para ahuyentar a las almas de los obreros muertos en el Ingenio Victoria y la pampa María Barzola, con la misma bravura con que aleja a los extraños que se acercan a la puerta del patio, donde el perro ladra y aúlla como un lobo herido, hasta que la sirena se calla como por mandato supremo en medio de la oscuridad.


Los cataveños aseguran que, a eso de la medianoche y cuando la sirena invade los dominios del silencio, el perro detecta con su fino olfato el olor del almita del minero que se hizo volar con cartuchos de dinamita. Dicen que el animal lo ve como a un ser esquivo y huidizo, como si sintiera miedo, el mismo miedo que él provoca con su presencia entre los vivos. Los testigos revelan que, algunas noches, el almita se aparece como una silueta ensangrentada en las paredes de la antigua Casa Gerencia y, otras veces, convertido en el espectro de una persona mutilada que se desliza con agilidad felina, que traspasa los muros de las habitaciones, sin necesidad de abrir puertas ni ventanas, y que se detiene en el jardín que parece un paraíso, donde contempla la belleza cromática de las flores y el macizo tronco de dos enormes árboles, en torno a los cuales solían jugar los hijos de los gerentes de la empresa.

El almita del minero inmolado

Su paso por las habitaciones deja impregnado un olor a dinamitas y carne chamuscada, y su presencia en el jardín de la antigua Casa Gerencia es breve, tan breve que apenas dura lo que dura el toque de la sirena, porque cuando ésta enmudece de golpe, el perro deja de ladrar como si le hubieran cortado la lengua. Sólo entonces vuelve a meterse en su caseta y se tiende a descansar sobre las frazadas sucias y deshilachadas que, a veces, aparecen en el patio expuestas bajo el sol.

El almita en pena, que el perro ve todas las noches, corresponde al minero que se inmoló de manera atroz y sin precedentes. Quienes lo conocieron en los campamentos de Siglo XX y Catavi, donde vivió y trajinó desde muy joven, aseveran que el almita no encuentra el descanso eterno desde su trágica muerte, acaecida aquel martes 30 de marzo del 2004, cuando entró en el edifico anexo del Congreso Nacional, a unos cincuenta metros del Palacio de Gobierno, armado con varios cartuchos de dinamita adheridos al cuerpo. Los policías de seguridad, que intentaron arrebatarle los detonadores que llevaba en las manos, forcejearon un instante con el minero, hasta que éste los activó y la explosión los hizo volar por los aires en medio de una ventolera de fuego, sangre, polvo y hojas de coca.

La onda expansiva, que se oyó a varias cuadras a la redonda y llegó hasta el corazón mismo de la sede de gobierno, hirió al menos a diez policías, hizo añicos los vidrios de las ventanas y dejó mutiladas a las víctimas, cuyos cuerpos volaron como piltrafas de muñecos de trapo, disparados por el soplo de la explosión. Y eso que no se activaron todas las dinamitas, ni las que el minero llevaba sujetas en la espalda ni los cinco kilos de explosivos que cargaba en el maletín. Poco después, los restos dispersos fueron metidos en bolsas negras de polietileno y retirados del edificio, donde no quedó más que escombros, manchas de sangre, pedazos de carne chamuscada y las hojas de coca que el minero llevaba en una bolsita de plástico.

El almita no retornó para vengarse

Las personas que no se movieron de Catavi, por nada ni para nada, ni antes ni después de la relocalización, cuentan que al almita del minero inmolado, que parece haber retornado desde el más allá para reclamar sus derechos en la Gerencia de la Empresa Minera Catavi, se lo siente por las noches como un vientecillo helado, incluso se escuchan sus pasos en los adoquines de la Avenida Bolívar y se lo escucha llorar en los pasillos fríos y vacíos de lo que antes fuera el Hospital Obrero, donde se encienden y apagan las luces por las noches, mientras se escuchan quejidos y lamentos por todas partes.


Los lugareños cuentan que el almita llora por sus wawitas que quedaron huérfanos y por la desgracia de sus compañeros que perdieron su trabajo, pulpería y hogar, y, por si fuera poco, que quedaron en la cochina calle. Él no hizo más que exigir justicia en honor a la verdad, porque cuando se hizo volar con los cartuchos de dinamitas, estaba reclamando la devolución de sus aportes al sistema de jubilación, después de haber trabajado 14 años en la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

El almita no ha retornado para hacer daño, afirman una y otra vez. Él no quiere descargar su venganza contra nadie. Sólo quiere que hagamos penitencia para que no se condene como espíritu maligno. Por eso rezamos a su nombre, para que un día encuentre la paz en su última morada, porque en vida fue una persona muy buena y querida. No hizo daño a nadie, pero tampoco se puede negar que tuvo una muerte por demás violenta. Hacerse volar con dinamitas debe ser como comprarse un pasaje directito al infierno, ¿no ve?

El almita se aparece en varios sitios

Parece que no quiere marcharse de Catavi. Se ha quedado con nosotros y entre nosotros, porque estaba ligado afectivamente a la producción minera y a las personas que lo querían y respetaban. Ésa es la razón por la que su alma descarnada, que está atrapada entre el mundo de los vivos y los muertos, se manifiesta en diferentes lugares. Algunos lo han visto ingresar al Teatro Simón I Patiño, sentarse en el sillón de cuero del palco de preferencia, que antes estaba reservado para el gerente de la empresa. También lo han visto ingresar en la Escuela de Enfermería, donde los papeles de la oficina vuelan encima del escritorio sin que nadie los toque. Eso no es todo, otros cuentan que, pasada la medianoche, cuando el perro negro, que vive cerca de la antigua Casa Gerencia, deja de ladrar y la sirena deja emitir un sonido capaz de despertar a los muertos, el almita se mete en el Sauna Turco de los baños termales y hace fila en las ventanillas de lo que antes era la pulpería de la empresa.

Como nadie atenderá las demandas del minero que, por no tener jubilación, trabajo ni pan que llevar a su casa, se inmoló en el edifico anexo del Congreso Nacional, su ánima seguirá deambulando por las dependencias de la antigua Casa Gerencia, mientras el perro, que vive encerrado en el patio de la casa envejecida, persiguiendo a los gatos y espantando a los intrusos, seguirá ladrándole toda vez que oiga el agudo ulular de la sirena, que inunda el silencio desde por la mañana hasta la media noche.

Las almas de palliris y mineros

Los aullidos del perro, que se confunden con el ulular de la sirena, son una prueba fehaciente de que las almas de las palliris y los mineros muertos en circunstancias trágicas, no han encontrado la paz eterna en su tumba; al contrario, retornaron para hacer cumplir sus demandas laborales en las oficinas de la Gerencia de la Empresa Minera Catavi que, hoy por hoy, están desmanteladas desde que se produjo el retiro colectivo de los trabajadores, quienes cargaron sus pertenencias en los camiones Leyland y dejaron los campamentos rumbo a otros horizontes, con la esperanza de encontrar nuevas y mejores condiciones de vida.

En tanto en las calles y casas de esta población, cuya grandeza parece haber sido borrada de un plumazo de la historia del movimiento obrero boliviano, se quedaron las almas de las palliris y los mineros que, noche tras noche, son ladrados por el perro que los ve aparecerse cada vez que oye el ulular de la sirena instalada en el techo del Teatro Simón I. Patio, único monumento que permanece intacto desde que el magnate minero mandó a construirlo con bloques de piedra labrada y con la intención de preservarlo para la posteridad, como uno de los mayores símbolos de la primera gran industria minera, que se instaló al pie de los cerros volcánicos de Catavi.