VICTOR MONTOYA
LA CUEVA DEL TIO DE LA MINA
viernes, 16 de octubre de 2026
MICROTEXTOS
XIX
Defensa
medioambiental
El
espíritu de la sabiduría ancestral rechaza la contaminación ambiental,
exigiendo retornar al regazo de la Pachamama para que, de una vez por todas,
deje de cubrirse con mantos de luto y melancolía.
El
espíritu de la sabiduría ancestral se enfrenta a la despiadada depredación
humana de la naturaleza, la vida, el amor y la esperanza, convirtiéndose en un
guardián del planeta Tierra, único y maravilloso, donde reinan los otros
guardianes de los ríos, las selvas, los cerros y los bosques, que son entes que
no se ven, pero que existen como almas zoomorfas creadas por el imaginario
popular.
¿Quién
pintó el fresco de la Virgen del Socavón?
La
imagen apareció en la guarida del ladrón Chiru-Chiru, de quien se dice que fue
devoto de la Virgen de la Candelaria, a quien le manifestaba su fe y veneración
encendiéndole una vela los sábado, ya que los atracos que protagonizaba, a los
señores acaudalados en la Villa de San Felipe de Austria, tenía una protección divina, hasta que, un fatídico día, fue herido
de muerte por un comerciante y exhaló sus últimos suspiros en los brazos de su mamita protectora.
Cuando
el vecindario halló su cadáver, halló también la maravillosa imagen de la
Virgen de la Candelaria pintada en la pared rocosa de la guarida del romántico
y justiciero ladrón, ubicada en la entrada de un socavón abandonado en el cerro
Pie de Gallo.
Desde
entonces, la Virgen se convirtió en la patrona protectora de los mineros y el
lugar en un centro de romería permanente, hasta que se levantó una capilla para
consagrar el lugar y después un templo para los miles de devotos de la religión
católica.
Unos
dicen que esta pintura apareció milagrosamente en la guarida del bandido tras
su muerte, mientras otros aseveran que el pincel que pintó el fresco de la
Virgen de la Candelaria no pertenecía al Chiru-Chiru, sino a algún pintor
español que realizó el trabajo por encargo eclesiástico, con el afán de
catequizar a los indígenas y los mitayos de la época colonial.
Lo
único cierto es que nadie sabe con certeza quién pintó la imagen de la Virgen
del Socavón en la guarida del Chiru-Chiru, salvo que apareció como por milagro,
como por arte de magia o como por un ardid tramado por algún curita pícaro
Las
clases sociales
Existirán
mientras el objetivo principal de los humanos, que viven más por tener que por
ser, sea la ambición de acumular riquezas y consumir bienes materiales.
Mineras
En
el pasado, las mujeres tenían prohibido el ingreso a los socavones, debido a la
creencia de que el Tío, amo y protector de las galerías, enfurecía por su
presencia y escondía las vetas de mineral.
Solo
la Pachamama, diosa andina de la Tierra, era benevolente con las que osaban
desafiar las reglas impuestas por el Tío, quien consideraba que la menstruación
no solo hacía huir a las serpientes, sino también al metal del Diablo.
En
la actualidad, las mujeres son mineras y
entran a los socavones para trabajar, en igualdad de condiciones con los
hombres, y sostener económicamente a su familia. El Tío no dice nada, se limita
a mirarlas y, aun sabiendo que jamás de los jamases le rendirán culto a su
falo, las deja trabajar y ganarse el pan del día, siempre y cuando, como el
resto de sus compañeros, le traten con veneración y le rindan tributo con hojas
de coca, cigarrillos y botellas con contenido espirituoso, pero no de chicha,
ni de vino, ni de singani, ni de cerveza, sino de alcohol puro y de 90 grados.
Las
amazonas
Vivían
en mitológicos pueblos habitados y gobernados íntegramente por mujeres
guerreras, que practicaban costumbres viriles, cazaban y montaban a caballo;
eran bellas, blancas y altas, de larga cabellera y fornido cuerpo. Andaban
desnudas y con sus vergüenzas apenas cubiertas por taparrabos hechos con cuero
curtido.
Las
amazonas eran guerreras que, con adargas en forma de medialuna, arcos, escudos
y flechas en mano, defendían su reino, su territorio, de la invasión de los
guerreros varones y de quienes deseaban apropiarse de sus tierras y riquezas;
eran mujeres que se amputaban el pecho derecho, para que no les estorbe a la
hora de blandir el hacha, lanzar la jabalina, tensar el arco y disparar las
flechas, pero se dejaban intacto el pecho izquierdo para amamantar a su
descendencia.
Los
hijos eran procreados con sus enemigos capturados como botín de guerra. Si
nacía un varón era sacrificado junto a su padre, si nacía una mujer era criada
por su madre y adiestrada en las labores del campo, la caza y el arte de la
guerra.
Las
amazonas eran las feministas radicales de una época en que el mundo les
pertenecía a los hombres de hecho y por derecho, en sociedades en las que las
mujeres no eran dueñas de nada, ni de la razón, ni de la moral, ni de la ética
y mucho menos del orden lógico de las cosas materiales e inmateriales.
Felipillo
y Malinche
Los
conquistadores, enfundados en armaduras de hierro y montados a caballo, tomaron
indios cautivos para enseñarles el español y hacerse entender con los nativos.
El
contacto con los nativos se dio a través de los intérpretes o intermediarios.
Así lo hizo Francisco Pizarro en el sur, donde el indio Felipillo sirvió de
intérprete entre el imperio de los incas y los hombres llegados de allende los
mares.
Otro
caso emblemático es doña Marina, la Malinche, india de origen nahua que fue la
amante, intérprete y consejera de Hernán Cortés en el norte, una auxiliar de
valor inestimable, quien durante el tiempo que duró la conquista del imperio de
los aztecas, se convirtió en un arma más poderosa que la Biblia, la pólvora y la espada.
Felipillo
y Malinche fueron instrumentos al servicio de los conquistadores, quienes, con
la fuerza y el fuego de su lengua, tendieron un puente entre dos mundos
diferentes: la de los conquistadores y la de los conquistados.
La
amnesia
Los
descubridores del llamado Nuevo Mundo,
al arribar a la isla de Guanahaní, bautizada como San Salvador por Cristóbal
Colón, tuvieron más de una sorpresa. Habían llegado a una tierra de naturaleza
desconocida hasta entonces para ellos. Los animales, plantas, armas, utensilios
y costumbres carecían de nombre en castellano.
Los
descubridores, al encontrarse con gente de mucho amor y hablando siempre con
una sonrisa en los labios, se dieron cuenta de que debían nombrar todo de
nuevo, como si estuviesen despertando de una amnesia que habían contraído en
las carabelas, borrándoles la memoria y haciendo que olviden los nombres y la
utilidad de las cosas.
La
amnesia de los descubridores se parecía a la peste de insomnio y olvido que
flageló a Macondo, así como se describe en el tercer capítulo de Cien años de soledad, la magistral
novela de Gabriel Gracia Márquez, puesto que Macondo llegó a ser un pueblo
donde se perdió la luz de la memoria, hasta que Melquíades regresó con una
pócima milagrosa que puso fin a la amnesia de sus habitantes, quienes, junto a
Aureliano Buendía, volvieron a nombrar las cosas una por una, igual que los
descubridores que, a medida que fueron explorando otras tierras, conociendo
otras culturas, creencias, costumbres e idiomas, fueron poniendo un nombre en
castellano a las personas, animales y cosas que iban encontrando a su paso,
paso a paso.
El
forajido
Aquella
mañana de verano ardiente, estaba sentado en el poyo de piedras del patio,
abanicándose la cara con un sombrero de ala ancha.
Cuando
de pronto, su amigo, de aspecto desaliñado y vientre abombado como un cántaro,
irrumpió en la puerta, deslizándose con los pies sigilosos. Se le acercó al
forajido y, con ojos de perro asustado y voz trémula, le dijo:
–Te
andan buscando para matarte.
El
forajido alzó la mirada, dejó de abanicarse, se caló el sombrero hasta las
orejas y se puso de pie.
–¿Quiénes?
–Los
hermanos de la joven a quien deshonraste.
–Déjalos
entrar –dijo, mientras empuñaba la cacha de su revólver.
No
pasó mucho tiempo, y los tres hombres, que lo andaban buscando desde que se
enteraron de la violación de su hermana, abrieron la puerta de un empujón e
irrumpieron en el patio, con los ojos encendidos por la ira y portando armas de
caza.
–¿Qué
quieren? –les preguntó.
Ellos
se plantaron delante de él, apuntándole con sus armas. Suspiraron al mismo
tiempo y contestaron al unísono:
–Venimos
a vengar el honor de nuestra hermana.
El
forajido miró sus sombras proyectándose sobre el empedrado y, sin mediar más
palabras, desenfundó el revólver con la velocidad de un rayo y lo descargó en
la humanidad de los tres hermanos, quienes murieron revolcándose sobre las
manchas de su propia sangre.
El forajido pasó por encima de los cadáveres, avanzó hacia la puerta, se despidió de su amigo y despareció sin dejar huella alguna en el camino que lo condujo derechito hacia el infierno.
viernes, 9 de octubre de 2026
ESCRITORES
Rubén
Darío
Félix
Rubén García Sarmiento, el padre del modernismo literario en latinoamericana,
nació en Metapa, Nicaragua, en 1867. Desde niño demostró un talento excepcional
en el manejo del lenguaje, aprendió a leer a los tres años edad y a los diez
escribió sus primeros versos. A los catorce escribió para el periódico La Verdad y, desde esa misma edad, se lo
conoció, por los siglos de los siglos, como Rubén Darío.
En
su juventud fue viajero empedernido y desde 1892 ejerció la diplomacia en
varios países de América Latina y Europa. Sus biógrafos dicen que no dependía
de todos los vicios, pero sí del alcohol que, copa tras copa, le fue minando la
salud y acortando la vida.
Su
enorme capacidad para ingerir bebidas alcohólicas era notoria. En palabras de
un colega diplomático: El poeta soñaba con que el mar fuese de coñac o whisky
para ahogarse en la espuma de sus olas.
Algunas veces, bebía hasta que terminaba en
una calle cualquiera, sentado en el
suelo, la cabeza en la pared, abierta la levita, y el sombrero de copa y los
guantes en el arroyo, como escribió su amigo Juan Ramón Jiménez en Mi Rubén Darío,
recordando las copiosas farras del “hipopótamo callado”.
Una
noche de tragos podía convertirse en varios días y varias noches de olvido,
seguidos de otros tantos días de amargura y depresión espantosa. Siempre que
estaba atrapado en las garras del alcohol, experimentaba una soledad
abrumadora, una tristeza que deseaba diluir “en un vino de noches”,
repitiéndose a sí mismo, una y otra vez: Todo
el mundo tiene todo, Yo, nada.
El
alcohol fue un protagonista central en la vida del vate nicaragüense. No en
vano confesó en su lecho de muerte: Hace
diez años bebía una copa de güisqui cada hora; ahora lo hago cada cinco
minutos...
Rubén
Darío, sin resquicios para la duda ni la especulación, fue innovador, precursor
y revolucionario del lenguaje poético; una filosofía literaria que desarrolló a
lo largo de su trayectoria y a través de su extensa obra, desde Azul hasta Cantos de vida y esperanza, en cuyas páginas brillan con luz propia
sus poemas llenas de metáforas, imágenes y musicalidad.
Con
sus obras abrió nuevas puertas para el arte literario y liberó a los poetas
acostumbrados a escribir con rima y métrica. Su capacidad creativa lo convirtió
en uno de los más grandes poetas hispanoamericanos y su influencia fue decisiva
en la literatura en castellano a ambos lados del Atlántico.
Nunca
dejó de escribir, pero tampoco dejó de abusar del alcohol, que le provocó
problemas de salud y alteraciones emocionales en su personalidad, hasta que,
como todo un héroe de la poesía y víctima del trago, llegó a fallecer de
cirrosis hepática, en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916.
Juan Rulfo
Juan Rulfo, autor del libro de cuentos El llano en llamas, la novela breve Pedro Páramo y El gallo de oro, era parecido a su literatura: Parco en las
palabras, algo inhibido, perfeccionista y, sin ser demasiado teórico ni
erudito, era un formidable artista de la fotografía, quizás por eso prefería
hablar más sobre cámaras de fotografía que sobre las obras y los autores de su
tiempo. Le interesaban poco los famosos del boom
de la literatura latinoamericana, salvo los escritores de los siglos XVIII
y XIX, y los cronistas de Indias, que escribieron sobre los temas indígenas que
le fascinaban desde que empezó a trabajar en el Instituto Nacional Indigenista
en Ciudad de México.
Oscar
Wilde
Oscar
Wilde, si lo ven en las fotografías de su época, nada menos que en blanco y
negro, era un verdadero dandy irlandés, nacido en Dablin, un hombre de
apariencia atractiva que representaba lo que era la poesía en su tiempo; una
poesía que debía trastocar la censura moral victoriana y las normas
establecidas por la religión católica. Se hizo rebelde y puso al mundo
literario de cabeza, desde que el mundo se enteró de su preferencia sexual,
desde entonces se ha convertido en un ícono homosexual, un símbolo para los
rebeldes y un maestro para varias generaciones de escritores.
Aunque
Wilde se casó en 1884, con Constance Lloyd, una mujer culta e inteligente que
lo amó con sinceridad y le dio dos hijos, vivió una vida convencional, hasta
que conoció a lord Alfred Douglas, Bosie,
el tercer hijo del marqués de Queensberry, de quien se enamoró perdidamente.
El
marqués envió a Wilde un mensaje en el que le acusaba de sodomía, a lo que el
escritor respondió, sin pensar demasiado en las consecuencias que ello podría acarrear
en su vida pública, con una demanda por calumnias. Tras dos juicios humillantes
en los que se llegó a exhibir las manchas de semen en sus sábanas, el literato
fue declarado culpable de perpetrar actos indecentes y se le condenó a dos años
de trabajos forzados, por indecencia grave, en la
prisión de Pentonville, Wandsworth y la cárcel de Reading, en 1895.
Después
de su muerte, en noviembre de 1900, en la pobreza y la ignominia, Oscar Wilde,
el autor que escandalizó a la sociedad victoriana tanto por su homosexualidad
como por su ingenio, se ha convertido en el predilecto de los lectores del
mundo, quienes leen con pasión sus obras, llenas de humanismo y creatividad,
desde sus Poemas (1881)
hasta La balada de la cárcel de Readin”
(1898).
Oscar
Wilde, el escritor que impactó en la vida cultural y estética de Londres y
París, es un personaje de culto, el
autor más leído de todos los tiempos. Hay algunos que aprenden, incluso de
memoria, sus dichos como: no existe más
pecado que el de la estupidez o la fuerza
bruta todavía tiene un pase, pero lo que no soporto es la razón bruta.
Este
gran escritor de vanguardia, que murió
juzgado por su vida libertina en Francia y abandonado por casi todos y
en la ruina, ahora es uno de los poetas y narradores más leídos y apreciados de
la fauna literaria del mundo; es un escritor que ha sido reivindicado por los
niños, jóvenes y adultos, y sus cuentos se leen con gran entusiasmo en colegios
y universidades.
Oscar
Wilde fue un hombre de sensibilidad extrema, nunca se recuperó de su
experiencia en prisión –que le inspiró la que quizá sea su obra más lograda, la
Balada de la Cárcel de Reading– y
permaneció en Francia, donde murió a los escasos 40 años de edad, lejos de su
ciudad natal y cerca de los lectores que hicieron de su obra una bandera de la
homosexualidad y su capacidad de crear pasajes y personajes de amor y desamor
aclamados por quienes se ponen de pie al solo escuchar su nombre: Oscar Wilde.
El
escritor que pasó media vida en la cama
A
Juan Carlos Onetti, el escritor que vivía por y para la literatura, siempre se
lo imaginó como a una hermosa ballena tendida sobre las espumas de la mar. Era
uno de los gigantes de la palabra escrita, una leyenda entre los escritores
hispanoamericanos y con una obra que, aun siendo una larga confesión personal,
no dejaba de crecer ni dejaba de ser leída en varias lenguas.
Toda
su vida, que parece estar resumida en el título de su libro La vida breve, fue amante de la música,
la pintura y el cine. Era dueño de un gran sentido del humor, a veces curioso,
a veces tierno, a veces maleducado y un obsesionado
por la vida humana y por el sufrimiento que pueden causar los hombres,
según refirió Dolly (Dorothea Muhr), su cuarta esposa, quien también dijo que
el escritor estaba tranquilo en su casa, de la que no salía y cuando no quería enfrentarse con algo, se
metía en la cama como un avestruz.
No
es casual que los veinte últimos años de su existencia, literalmente, se pasó
en la cama, el lugar desde donde se puede
hacer lo mejor, como hacer el amor, leer o beber. Recibía a los amigos
tendido en pijama, como lo hacía Marcel Proust en París. El escritor español
Antonio Muñoz Molina, cuando iba a visitarlo en su vivienda de Madrid, ubicada
en un edificio de la Avenida de América, donde estaba como en un exilio en el interior de otro exilio, se sorprendía al
verlo sin levantarse de la cama, fumando
y sorbiendo whisky y leyendo novelas policiales y de misterio.
Eduardo
Galeano, quizás sea el que mejor lo retrató a Onetti en su relato breve
incluido en El libro de los abrazos
(1989), en el que recuerda que cuando aún era un joven aprendiz de escritor,
iba a visitarlo a Juan Carlos Onetti, llevándole sus primeros escritos para
conocer la opinión del maestro, a
quien lo encontraba siempre tendido en la cama, ya sea por pereza o por
tristeza, rodeado de pirámides de puchos,
tras una muralla de botellas vacías. Galeano, sentado a la orilla de la
cama, le hablaba con frases inteligentes, esperando que Onetti le dijera que
sus cuentitos eran indudablemente
geniales, pero el maestro, el
consagrado autor de numerosas novelas y cuentos, solo miraba al techo y no abría la boca más que para bostezar, fumar y
beber, lenta sueñera, pitadas lentas, tragos lentos, mientras murmuraba
reflexiones profundas sobre la realidad y lanzaba algunas frases que, aunque
correspondían a otros autores, él se las atribuía como suyas.
Es
de suponer que la atmósfera de su habitación era pesada, atravesada por el
penetrante olor del tabaco, que le restaba espacio al oxígeno. Y que, con la
barba escasa y sin afeitarse durante días, estaba tendido de espaldas, boca
arriba, o de costado, apoyado sobre el codo, con una copa de whisky con agua en
una mano y en la otra con un cigarrillo encendido entre los dedos manchados de
nicotina. De seguro que bebía a cualquier hora del día o de la noche. La
cuestión era beber para mantenerse en buena onda, sin perder la razón, la
lucidez mental ni dejar caer sus lentes de montura gruesa y oscura, pero
siempre velado por una pila de libros leídos y por leer, que estaban sobre el
velador, cerquita de la cama y de un cenicero lleno de colillas.
Juan
Carlos Onetti residió en Madrid desde 1975, exiliado de su país tras el golpe
militar. En esta ciudad, donde murió y sobrevivió dulcemente, le anunciaron que
ganó el Premio Cervantes en 1980. Él reaccionó con escepticismo ante un
galardón de tal magnitud. Calificó la decisión del jurado como una quijotesca ocurrencia, afirmando de
manera modesta y autocrítica que los miembros del jurado estaban locos para darle el premio, pues se consideraba a sí mismo
un perdedor sistemático, un escritor acostumbrado a la derrota y a ocupar un
lugar de segundón.
Todo hace pensar que Onetti nunca esperó un premio literario, salvo el premio de contar con lectores capaces de desentrañar la profundidad existencialista en sus obras y una que otra innovación narrativa, que son una suerte de armas secretas propias de un escritor convertido en maestro de tanto machacar el oficio.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
LA
MÁSCARA DEL DIABLO EN UN CHOLET
Cualquiera
que camine por la zona Villa Dolores de la ciudad de El Alto, se encontrará,
tarde o temprano, con el famoso cholet de
la diablada, donde destaca la gigantesca máscara de diablo en la terraza y
frontis del edificio Sumaj –Qué bien–,
inaugurado en 2019; una identidad personal de los propietarios, quienes, además
de ser oriundos de la capital folklórica de Bolivia, quisieron rendirle un
homenaje a la danza de la diablada, a través de esta maravillosa máscara que
deslumbra a cualquiera que transita por la Avenida Antofagasta o la contemplan
desde las cabinas de la Línea Morada del Teleférico, un moderno sistema de
transporte masivo, que cruza por encima de los edificios que se encuentran en
la zona Villa Dolores.
Este
cholet –combinación de las palabras cholo y chalet– es una de las tantas edificaciones que caracterizan a la
arquitectura neo-andina de la ciudad de El Alto, quizás única en el mundo y una
de las atracciones turísticas que se alza a 3.900 metros sobre el nivel del
mar.
La
monumental máscara, que pesa aproximadamente una tonelada, fue diseñada por el
escultor orureño Juan García Guzmán y la empresa constructora Conpaz. El
trabajo se realizó durante tres meses en la ciudad de Cochabamba, a base de
fibra de vidrio y botellas de plástico reciclado. Una vez concluido, fue
transportado hasta El Alto, dividido en 20 piezas, que fueron soldadas una a
una, hasta que, afinados los últimos detalles, la máscara fue instalada con la
ayuda de una imponente grúa en la parte alta del edificio de ocho pisos, ante
el asombro de quienes no dejaron de contemplar esta obra de arte que tiene una
altura de 6.50 metros.
Los
ciudadanos, a simple vista, pueden apreciar que la máscara posee los ojos
protuberantes, pupilas brillantes y mirada cautivante, nariz estallada, dientes
feroces y en la parte superior un dragón de tres cabezas, con sus respectivas
patas traseras y delanteras; todo una fantasía en la que se aprecia el
profesionalismo y la creatividad del artista proveniente de la tierra donde,
según cuenta la tradición minera, nació la danza de la diablada.
La
máscara del diablo es, en esencia, una bella obra de arte, con cuernos
retorcidos, enormes ojos desorbitados, nariz deformada, labios y dientes
exageradamente pronunciados, y decorado con animales como dragones, arañas,
víboras, que coronan la frente. En principio, las máscaras eran más simples,
confeccionadas en material de hojalata, con los cachos pequeños y semicurvos,
los ojos, la nariz y la boca casi similares a la de los humanos. Con el
transcurso de los años, las máscaras han evolucionado, desde la simple
mascarilla de yeso y cartón, hasta las máscaras alucinantes que se exhiben en
la actualidad, porque las pequeñas máscaras coloradas de principios del siglo
XX han dado paso a modelos que ahora superan el metro de altura, con cuernos
retorcidos, ojos saltones y dragones de hasta cinco cabezas, que se han
perfeccionado hasta convertirse en verdaderas obras de arte, que rayan en un
surrealismo desbordante que solo es posible en culturas donde en el grotesco
social y el realismo mágico, gracias a la capacidad creativa de los mascareros,
se constituyen en auténticas piezas de belleza artística.
La máscara del diablo, que luce el cholet de El Alto, es una magnífica representación del Carnaval de Oruro, declarado por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, debido a que el Carnaval es una de las máximas expresiones de la fabulosa riqueza cultural que atesora Bolivia desde la época en que se produjo el mestizaje racial y el sincretismo religioso entre las creencias paganas de las culturas ancestrales y el fervor religioso de los catequizadores que predicaban las creencias judeocristianas.
La
danza de la diablada tiene una belleza singular, que se ha convertido, con el
correr de los años, en un espectáculo deslumbrante para propios y extraños, con
sus personajes principales, como la Chinasupay, el Arcángel San Miguel y el Lucifer,
que baila acompañado por los diablos que personifican a los siete pecados
capitales –Pereza, Envidia, Ira, Lujuria, Soberbia, Gula y Avaricia–, pero que
todos son capitaneados por el arcángel San Miguel, triunfador del bien contra
el mal en el dramático combate sostenido en el reino celestial.
La
máscara del diablo, que actualmente luce en el cholet alteño, es la mejor expresión cultural de Oruro, que se
remonta a finales del siglo XVII, cuando los mitayos –mineros de la época
colonial– comenzaron a venerar a la Virgen del Socavón, bailándole su diablada,
con sus saltos en zigzag y sus gritos de ¡Arrr…
arrr… arrr...!, en representación del Tío de la mina –que no es más que la
proyección del dios Wari de los urus–, confundido con el demonio bíblico por
influjo de los extirpadores de idolatrías.
Por lo demás, tal como refiere la tradición orureña del Carnaval, entre los atributos más importantes de la máscara del diablo se encuentran el lagarto, la víbora y el sapo, que forman parte de seres de la mitología de los urus, vinculada al dios Wari y a las cuatro plagas que mandó como castigo contra los habitantes del pueblo que él mismo creó a orillas del lago Poopó.
MICROTEXTOS
VXIII
El
infierno
El
infierno no se encuentra en el subsuelo, donde se mueven las lavas candentes,
sino sobre la faz de la tierra, donde campean los jinetes del Apocalipsis,
sembrando el pánico y la muerte, las enfermedades, la miseria, las injusticias
sociales, las guerras y los desastres naturales. No hace falta llegar al
infierno para saber lo que es el infierno, porque el infierno está aquí, con
nosotros, entre nosotros. ¡¿Qué más infierno que el que padecemos en nuestras
vidas, una veces de día, otras veces de noche?!
Revolución
y contrarrevolución
Los
revolucionarios, con los ideales al mismo lado donde tienen el corazón, piensan
que primero deben cambiarse las estructuras socioeconómicas del sistema
capitalista, para después cambiar tanto la mentalidad como la conciencia de los
humanos. Están convencidos, hasta la médula de los huesos, que esos cambios
permitirán forjar al hombre nuevo y establecer una nueva sociedad sin
explotados ni explotadores. No obstante, lo que no se les pasa por la mente,
por sí las moscas, es la posibilidad de que pueda surgir una nueva élite
burocrática dentro del Estado socialista, como una fuerza contrarrevolucionaria
dispuesta a revivir las mismas relaciones socioeconómicas de la vieja sociedad,
que la revolución creía haber sepultado de una vez y para siempre.
La
dinamita
En
1867, el químico sueco Alfred Nobel inventó la dinamita, mezclando la
nitroglicerina con la tierra de diatomeas, y los mineros bolivianos aprendieron
a usarla con destreza para reventar las rocas y extraer los minerales del
vientre de la Pachamama.
Lo
que nunca imaginó Alfred Nobel era que los mineros usarían también las dinamitas,
troceadas en pequeños cachorros, para
hacerlas detonar en las marchas de protesta como si fuesen petardos lanzados al
aire en los días de fiesta.
Así
fue como este potente explosivo, puesto en manos de los mineros bolivianos, fue
un recurso de lucha tan mortal como las armas de fuego.
País
soñado
El
país de las maravillas, donde se vivía en paz y todo era amor y felicidad, no
tenía un sistema económico capitalista ni comunista, sino un sistema donde el
valor no estaba en el tener sino en el ser; era un país donde todos gozaban de
los mismos derechos, necesidades y responsabilidades, un territorio libre donde
se habían derribado los muros entre el hemisferio sur y el hemisferio norte,
entre ricos y pobres, entre blancos y negros, entre indios y gringos, entre
hombres y mujeres, entre gobernantes y gobernados, entre dioses y diablos; era
un país ideal donde se habían construido puentes de comunicación entre las
diversas culturas, razas, lenguas, religiones, ideologías y géneros; era un
país que no existía en la realidad, sino en la mente de los humanos que soñaban
con la libertad, la paz y la justicia social.
La
música
Las
melodías armoniosas de las músicas que me encantan, hechas con voces,
instrumentos de cuerda, viento y percusión, se me clavan como dardos de amor y
esperanza en la mente y el corazón, como a todo amante de la música que fusiona
lo antiguo y lo moderno, lo nacional y lo internacional, en un haz de sonidos y
silencios que hacen vibrar de emoción y goce estético al son de ritmos
escuchados con los oídos aguzados y el alma en vilo.
Miedo
a la libertad
Nosotros
tenemos temor de dar un paso hacia lo desconocido. Dar un paso adelante puede
tener consecuencias funestas. No es fácil ponerse a andar por caminos
desconocidos. No en vano reza el dicho popular: Más vale ir por camino conocido que cientos por conocer.
El
hecho de no dar un paso en falso, por miedo a perder lo poco o lo mucho que ya
se tiene, es también el miedo a la libertad, Por eso tememos a los
revolucionarios, quienes pugnan por abolir la propiedad privada de los grandes
medios de producción. Incluso algunos han llegado a sentir miedo de la muerte,
como si sus vidas hubiesen sido compradas para vivir una eternidad.
La
trágica muerte del dictador
El
presidente René Barrientos Ortuño, exboxeador, piloto de aviación y general
golpista, cargaba en su conciencia la pesada cruz con las maldiciones de los
dirigentes mineros César Lora e Isaac Camacho, de los guerrilleros de Ñancahuzú
y de las víctimas de la masacre de San Juan de 1967.
Las
maldiciones se hicieron realidad la tarde del 27 de abril de 1969, cuando el
dictador visitó el pueblo de Arque, donde arengó en quechua y prometió
fortalecer el Pacto Militar-Campesino.
Al cabo de cumplir con su misión, se dirigió a su helicóptero Hiler OH-23,
llamado Holofernes por alguna extraña
razón, para retornar a Cochabamba y después a la sede de gobierno.
El
piloto puso en marcha el motor y el helicóptero se elevó del suelo en medio de
una polvareda infernal. No alcanzó muchos metros de altura, hasta que las
hélices chocaron con un cable telegráfico. Por un tiempo sin tiempo, el
helicóptero revoloteó como un moscardón en el aire y luego capotó contra el suelo,
estallando y ardiendo en llamas.
Él
dictador, junto al edecán y el piloto, falleció calcinado como un gusano
arrojado a las llamas de una fogata de San Juan, dejando la pesada cruz de las
maldiciones entre un montón chatarra y ceniza, que fue lo único que quedó del
helicóptero que le obsequiaron sus asesores yanquis.
La
felicidad
Cómo
iluminado por las sabias enseñanzas de Buda, y después de haber vivido largos y
fecundos años, sigo convencido, como Platón, que la verdadera felicidad no está
en la abundante riqueza, sino en saber vivir con poco en medio de la abundante
pobreza.
La
espera
Ella
esperó el retorno de su esposo por días, meses y años, pero él no volvió ni
vivo ni muerto, hasta que un día, de buenas a primeras, se enteró de que su
esposo formó otra familia en otro pueblo. Ella se rasgó las vestiduras y lloró
a mares, pero con el correr del tiempo, como es de suponer, cansada de los
desvelos y de tantos años de inútil espera, se resignó a perderlo con todo el
dolor de su corazón y, como liberándose de una pesada carga que no la dejaba
vivir en paz, se dijo a sí misma: Por fin
se acabó este tormento, esta espera que desespera.
Ruta
equivocada
Cuando
el borracho entró en el bus, se sentó al lado de un hombre que tenía anteojos
oscuros y una funda de oro en los dientes. Por su apariencia pulcra, de
cabellera lamida por la brillantina y su forma de expresarse, daba la impresión
de que se trataba de un hombre de bien.
Apenas
lo vio con la facha desaliñada, la cara de trasnochado y tambaleándose como un
velamen, le preguntó:
–¿Eres
un bebedor consuetudinario?
El
borracho lo miró de reojo y, relamiéndose los labios, le contestó con voz
aguardentosa:
–No
soy consuetudinario, sino un desocupado.
–Ah
–dijo–. ¿Esa es la razón por estar así como estás?
–Sí
–contestó, exhalando un fuerte aliento a alcohol–, pero también porque tengo la
mente desocupada.
–Eso
es grave, muy grave –dijo y levantó la mirada en dirección al cielo y,
persignándose como si fuera a rezar, añadió–. La mente desocupada es la guarida
del Diablo...
–¿Y
la mente ocupada? –preguntó.
–Es
el templo de Dios, mi hermano. Y todos los que están en este bus son almas
salvadas del infierno.
El
borracho pensó un instante y, al darse cuenta de que estaba en un lugar donde
no debía, le preguntó:
–¿Hacia
dónde va este bus?
–Hacia
la Casa de Dios, hermano.
–¡Qué
mierda! –exclamó el borracho, salpicándole saliva en la cara–. ¡Volví a
equivocarme de ruta!
Se levantó de golpe y salió corriendo como alma en pena, como quien huye de la mismísima persecución de un pastor evangélico.
viernes, 11 de septiembre de 2026
EL
CLUB SOCIAL CATAVI
El
Club Social Catavi, ubicado entre las oficinas de la gerencia y el Teatro Simón
I. Patiño, era –digo era, porque ahora es otra cosa– una construcción
extraordinaria en la época dorada de la minería, con paredes de adobe, techo de
calamina acanalada, cielo raso y cimientos de piedra canteada. El ambiente
interior estaba revocado con estuco y pintado al óleo. Los pisos eran de
machihembrado y concreto, las puertas de tablero sencillo, las ventanas con
marcos de madera y vidrieras de doble hoja.
Cuando
uno cruzaba la puerta principal, que daba a la calle, se enfrentaba a un hall
afarolado, un amplio salón de fiestas y un proscenio para las orquestas en
vivo, un bar cantina, sala de juegos y, como si eso fuera poco, una secretaría,
biblioteca, cuarto para sirvienta, depósito, cocina, servicio higiénico para
damas y caballeros. Todo un complejo hecho a la medida y exigencia de los
administradores de la empresa.
El
Club Social Catavi, desde su inauguración, el 28 de noviembre de 1922, dos
antes de que Simón I. Patiño adquiriera las propiedades mineras pertenecientes
al consorcio chileno denominado Compañía
Estañífera de Llallagua, se constituyó en un atractivo salón situado en la
calle principal de Catavi, denominada años después Avenida Simón Bolívar, cerca de las oficinas de la gerencia de la
empresa estañífera y de la vivienda habitada por el gerente, que estaba rodeada
por los chalets confortables de los administradores de la Patiño Mines, que contaban con los servicios básicos, desde luz
eléctrica hasta duchas con agua fría y caliente, mientras los obreros vivían
hacinados en campamentos cuyas casitas parecían ch'ukllas, con paredes de adobe, techos de paja brava y puertas de
calamina
El
Club Social Catavi, en principio, formaba parte de la organización del grupo
social de élite de la Compañía Estañífera
de Llallagua. Sus miembros tenían que ostentar un prestigio social y
económico, que los diferenciara del resto de la población trabajadora, que no
gozaba de los privilegios de las clases dominantes y cuyo ingreso al salón de
fiestas estaba terminantemente prohibido.
Este
mismo tipo de clubes, existentes en diversas ciudades bolivianas, no eran
sitios abiertos a cualquier ciudadano, sino una suerte de instituciones que
restringían el ingreso de personas que no contaban con un estatus social y
económico respetables; por cuanto la membresía del Club Social Catavi no era
posible para los empleados de bajo rango y los mineros de la empresa y, mucho
menos, para los ciudadanos de las poblaciones civiles de Llallagua y Uncía,
quienes no tenían derecho a pisar el salón de fiestas, sino, simple y
llanamente, las cantinas de mala muerte
y las chicherías, donde se expendían bebidas baratas y de elaboración
artesanal.
El
Club Social Catavi, cuyos techos lucían lámparas de cristal, puertas de madera
noble y pisos de parqué lustroso, era un espacio exclusivo para los
administradores de la empresa, desde el gerente hasta el encargado del Ingenio Victoria, quienes compartían intereses
comunes en las duras y en las maduras,
una sede donde los parroquianos se daban cita, se daban la mano y se abrazaban,
saludándose en idiomas diferentes al quechua y el aymara.
El
salón de baile era amplio y tenía un proscenio para las orquestas contratadas a
precio de libras esterlinas en la ciudad de La Paz y traídas en las movilidades
de la empresa, cuyas carrocerías, en horarios de trabajo, servían para
transportar los sacos de mineral hasta las estaciones de trenes que iban rumbo
a los puertos de Arica y Antofagasta, pero que en los días de fiesta servían
para transportar las comidas y bebidas adquiridas en los abarrotados almacenes
de las grandes urbes.
Las
fiestas, denominadas también reuniones
sociales, se celebraban por todo lo alto y con manteles blancos. Las
esposas de los administradores de la empresa asistían ataviadas con ropas de
etiqueta, peinados y sombreros a la moda, vestidos de seda, blancos y con
brocados, sin importarles el terrero polvoriento y pedregoso de Catavi. Los
hombres iban trajeados con frac negro, sombreros bombín o de copa alta, zapatos
lustrosos como sus rostros y leontinas colgadas del ojal del chaleco y el reloj
guardando en el bolsillo.
Entrada
la noche, la orquesta invadía el ámbito con melodías acorde al gusto de las
señoras y los caballeros de alta alcurnia que, además de lucir trajes de gala,
sabían bailar charlestón, shimmy, foxtrot, tango y selecta música
latinoamericana. Las fiestas se celebraban acompañadas con buenas comidas y
bebidas. Todo se servía en bandejas de plata, en copas de cristal esmerilado,
platillos de porcelana y cubiertos grabados con el nombre de la Patiño Mines. Los canapés eran
bocadillos de jamón, queso manchego y aceitunas negras de los mejores olivos
del mediterráneo.
Los
encargados de atender y servir a los comensales, a veces, eran negros de
ascendencia afroboliviana, quienes, uniformados con chaquetas de garzón y
guantes blancos, paseaban las bandejas de un lado a otro, ofreciendo los
cocteles y bebidas importadas desde México, Irlanda, Francia o Inglaterra. Aquí
no circulaba el singani ni la chicha, consideradas bebidas de indios y mestizos
de bajo abolengo. Los gringos querían degustar los coñacs, tequilas, whiskies,
brandis o vodkas importados de tierras lejanas y allende los mares.
En
los días de fiesta, entre voces aguardentosas y música variada, en el Club
Social Catavi se respiraba un aire a tabaco, alcohol y sudor. No faltaban las
ocasiones en que afuera, bajo el pálido reflejo de la luna, los vientos
soplaban salvajemente, silbando en las calaminas del techo y levantando
torbellinos de polvo por doquier.
Los
mandamases de la empresa bebían entre
el chinchín de las copas y bailaban haciendo resonar sus tacos contra el lujoso
parqué, mientras los obreros, ajenos a las jaranas de los jerarcas de la
empresa, no pensaban en otra cosa que en cumplir con su deber y seguir su
rutina cotidiana, levantándose al ulular de la sirena que invadía el amanecer,
convocándolos a asistir a sus fuentes de trabajo en la mina, la planta de
concentración y la fundición de minerales.
Las
fiestas se prolongaban casi siempre hasta el amanecer, hasta que la cúspide de
los cerros eran pintados por los broches dorados de los primero rayos del sol
que, como todas las mañanas, asomaba por los picos del cerro Sauta.
Los
habitantes de los alrededores no se enteraban de lo que, en realidad, sucedía
en el interior del Club Social Catavi, detrás de las puertas y ventanas
herméticamente cerradas, aunque, como en todo distrito demasiado chico y con
gente demasiada curiosa, los pequeños escándalos y las aventuras amorosas
trascendían tarde o temprano, incluso a través de los gruesos muros de la Casa
Gerencia.
Las
esposas de los administradores extranjeros, que tenían mínimamente dos
empleadas domésticas y todo el tiempo del mundo a su disposición, realizan sus reuniones sociales en el Club Social
Catavi, donde se dedicaban a la lectura, a jugar cartas y a matar el
aburrimiento con finas bebidas, a veces, excediéndose en los tragos, hasta
perder el equilibrio sobre sus tacones de alfiler; al mismo tiempo que sus
esposos, reunidos en una sala contigua, probablemente donde estaba la
biblioteca con una literatura selecta y en varios idiomas, dilucidaban sobre
los asuntos concernientes a la empresa.
Como es de suponer, las costumbres de las señoras de la alta sociedad cataveña eran diferentes al de las señoras amas de casa, quienes, sin tener ni siquiera derechos a una vida digna, trabajan entre las cuatro paredes del hogar, cuidando a los hijos, atendiendo al marido y ocupándose de los quehaceres domésticos desde el amanecer hasta el anochecer.
Con el transcurso de los años, muchas cosas cambiaron en la Patiño Mines y también en el Club Social Catavi. Las fiestas se dividían en tres tipos: las reuniones exclusivas de los jefes extranjeros, las reuniones sociales en las cuales alternaban los extranjeros con los jefes y empleados nacionales de alto rango, y las fiestas de los clubes deportivos organizados por los entusiasta del fútbol, box, tenis, básquet, golf, natación y pelota de mano.
El
Club Social Catavi, aunque iba perdiendo su esplendor de antaño, seguía siendo,
los sábados y domingos, un punto de encuentro, fiestas y esparcimiento, hasta
la revolución nacionalista de 1952 y la Nacionalización de las Minas. Sus
instalaciones se seguían llenando de técnicos extranjeros de la COMIBOL y de
administradores bolivianos de la planta
Sink and Float de Sigo XX y del Ingenio Victoria
de Catavi, pero también, y para no restarle categoría a este emblemático local,
de alguno que otro capo de la
supervigilancia de las oficinas, almacenes y pulperías.
El
Club Social de Catavi, que empezó siendo un ambiente destinado a las fiestas de
los administradores de la empresa, en la actualidad, sobre todo después de la relocalización minera en 1986, se ha
convertido en un centro de diversión para celebrar cumpleaños, matrimonios,
días patrios y festivos. Así como ahora está, con las ventanas rotas, las
paredes con grietas y daños visibles en su estructura, es un restaurante
popular, donde se sirven platos diversos y se organizan eventos de toda índole,
como en cualquier otro centro minero que ha perdido su brillo y ha dejado de
ser el mayor yacimiento estañífero del mundo.
Con
todo y a pesar de todo, el Club Social
Catavi fue condecorado con el Cóndor de
los Andes, en el Grado de Comendador,
el 22 de abril de 1975; más todavía, el Archivo Historia Minero de Catavi
exhibe, en una de sus salas principales, el estandarte bordado el año de su
condecoración, donde se puede leer: Club
Social Catavi. 1922 – 1975. Año de su condecoración. Fundado el 28 noviembre de
1922.
Glosario
Ch'uklla: Vivienda rústica, choza, cabaña.
Relocalización: Despido masivo de trabajadores tras el D.S. 21060 de 1985.
martes, 1 de septiembre de 2026
MICROTEXTOS XVII
La prosa y la poesía
En mi vida, la poesía fue una tarea de soledad, se dijo Óscar Cerruto. ¿Y la prosa?, se
preguntó y se contestó a sí mismo: fue haber escrito Aluvión de fuego y Cerco de penumbras, mientras me tomaba
un trago y me fumaba un cigarrillo. Todo lo demás fue un tiempo ganado y otro
tiempo perdido, tanto en la diplomacia como en el periodismo.
El cuentista homicida
Se dedicaba a reescribir sus cuentos una y
otra vez, y nunca estaba conforme con el resultado final, hasta que lo
sorprendía la hora de dormir. Así que al día siguiente, apenas penetraba la luz
por la ventana, se levantaba y seguía puliendo los textos, como el artesano
pule y pule la obra de su creación, con la ilusión de dejarla acabada con su
luminoso fulgor.
Era escritor de escritores, un creador que se
rompía las manos para escribir un manojo de cuentos sin un punto menos ni una
coma por demás. Tanto la forma como el contenido debían fundirse como el
anverso y reverso de la moneda, en tanto los personajes debían tener vida
propia y vivir historias parecidas a la tuya y a la mía.
Cuando los tenía listos, festejaba su logro
con dos copas de licor, fijaba la mirada en los cuentos escritos en las hojas
de papel, los releía por última vez, cogía un encendedor y les prendía fuego
hasta reducirlos a nada, como todo cuentista homicida que les quita la vida a
sus personajes, con la esperanza de que no volvieran a nacer.
Discrepancias
No comparto opiniones con escritores que
reciben premios y condecoraciones de dictadores, cuyas manos están manchadas de
sangre. Tampoco con quienes hablan a nombre de los escritores exiliados, como
si todos hubiésemos olvidado y perdonado los crímenes de lesa humanidad que,
durante la denominada Operación Cóndor,
desangraron a los países del cono sur de América Latina.
La censura
Los pensamientos del escritor no se queman,
así sus libros ardan entre las llamas de la censura. Los censores pueden
arrojarlos a la papelera, prenderlos fuego y reducirlos a un puñado de cenizas,
creyendo que así terminan con el ímpetu de sus ideas y el fuego de su palabra,
aun sabiendo que el fuego, a pesar de todos los pesares, no quema al fuego, y
que los pensamientos del escritor, más temprano que tarde, vuelven a ser
impresos en el papel, como si renacieran de las cenizas como el ave Fénix.
El lenguaje
Se supone que los hombres primitivos, que
todavía moraban en las cavernas, hacían simples gestos acompañados de gritos e
interjecciones, a la manera de ciertos animales salvajes, hasta que pasó a
designar oralmente a las cosas de su entorno. Esta designación de las ideas
mediante sonidos constituyó la piedra angular en el desarrollo cultural y
social de los hombres primitivos, que inventaron el lenguaje para comunicarse
entre sí, habida cuenta de que cada signo o palabra representaba una idea común
para todos.
Después, para comunicarse y entenderse mejor,
tuvieron que estructurar un lenguaje sobre la base de normas gramaticales,
sintácticas, semánticas y otras de carácter lógico, como si tuviesen que añadir
un sexto sentido a los cinco tradicionales, debido a que el habla, una facultad
de coordinar las ideas mediante las palabras, los diferenciaba de los seres
irracionales, con los que compartían: vista, oído, tacto, olfato y gusto.
De modo que los hombres primitivos, dotados de
la facultad de hablar, habían dado nacimiento a las primeras palabras y frases,
coincidiendo con el empleo de los primeros utensilios para sobrevivir en medio
de la naturaleza salvaje. Desde entonces, el lenguaje no solo es una facultad social,
sino también un prodigioso instrumento que permite compartir pensamientos,
sentimientos y conocimientos.
Evolución del lenguaje
El idioma no es un producto hecho,
estático, sino una ejercicio dialéctico; una actividad viva en constante
transformación y de permanente actualización en los diccionarios de las
Academias de la Lengua. El lenguaje es tan vivo como el ser humano, algo que
evoluciona sin cesar, como evoluciona todo lo demás que se mueve en el cielo,
la tierra y el agua.
Sabido es que la lengua ha cambiado a
través de los años y los siglos. En el lenguaje es también aplicable el método
filosófico de Hegel, que explica cómo el pensamiento, la historia y la realidad
avanzan a través de tensiones y contradicciones, considerando que todo
evoluciona mediante un proceso dinámico compuesto por tres momentos
fundamentales, conocidos como la ley
tríadica: Tesis, antítesis y síntesis. Así es la dialéctica del lenguaje,
que se va probando constantemente en la práctica tanto en su forma oral como
escrita.
Si la evolución es el combustible del
progreso, entonces los poetas, en su condición de obreros de la palabra
escrita, son los principales revolucionarios del lenguaje, porque primero están
ellos y luego los gramáticos. No en vano se dice que donde terminan las normas
de la gramática, empiezan las creaciones de los poetas, que enseñan la belleza
del lenguaje desde el lenguaje mismo, que nunca se detiene y que siempre avanza
con las botas de siete leguas de Pulgarcito.
Charles
Darwin
El naturalista británico, padre de diez hijos, navegó y navegó, hasta
que en las Islas Galápagos, observando los picos de los pinzones, descubrió las
bases de sus futuras teorías.
El concepto central en la vida y obra de Charles Darwin, que parecía haber escrito el evangelio del diablo y haber afirmado que el hombre no fue creado por obra y gracia de un ser Supremo, estaba sustentada en sus investigaciones sobre la evolución biológica mediante la selección natural de las especies; una teoría que nos acercó a la adaptación, la complejidad y la diversidad entre las criaturas vivientes en la tierra, el cielo y el agua: una gran revolución en la ciencia y el nacimiento de la teoría evolutiva, cuyos conocimientos científicos, a contrapelo de las suposiciones creacionistas, iluminaron las conciencias contra el oscurantismo religioso y confirmaron que los humanos somos el resultado de un largo proceso de selección natural de las especies y que todas las especies descienden de un ancestro común, como las ramas de un árbol nacen del mismo tronco.
martes, 18 de agosto de 2026
EL
TÍO BORDADO CON PASIÓN
A
Paulino Arena lo conocí en un viaje de Llallagua a Oruro. Era mi compañero de
asiento. Nos saludamos e intercambiamos miradas por un instante. Ya en el
trayecto, entablamos una amena conversación. Me contó que vivía en Oruro, pero
que era oriundo de Juntavi Caripuyo, ubicado en
la provincia Alonso de Ibáñez del departamento de Potosí.
–¿Y
qué haces en Oruro? –le pregunté.
–Trabajo
como bordador –contestó.
Cerré
la boca y, por un instante, pensé: Si es cierto lo que me dice, entonces es una
revelación que un joven proveniente de un pueblo cercano a las altas montañas
de la Cordillera Central de los Andes, se estuviese ganando un lugar en la
capital del folklore boliviano, donde hay eximios mascareros y bordadores, con
una merecida fama que ha trascendido más allá de las fronteras nacionales.
–¿Y
qué tipo de trajes bordas?
–Para
los danzarines del tinku, esa es mi
especialidad –contestó, mientras buscaba en su celular algunas fotos, que luego
me las enseñó como quien enseña su carnet de identidad. Deslizó la pantalla con
el dedo pulgar y pude ver unos maravillosos bordados que lucían los chalecos
destinados a los danzarines de las fraternidades del tinku, que se baila con energía y actitud de confrontación con el
rival en las festividades folklóricas y religiosas de todo el país, donde esta
danza originaria de los ayllus del
norte de Potosí, conocida por la colorida y originaria vestimenta de las
mujeres, y por la inagotable energía de los hombres, quienes lucen monteras
adornadas con plumas, chaquetas con bordados andinos, pantalones de bayeta,
bufandas, abarcas, chumpis y ch’uspas, y cuyas patadas al aire,
coreografías con choques de hombros o pechos entre contrincantes y golpes de
montera contra el suelo, cautiva a los espectadores tanto por sus briosos
movimientos como por sus gritos de combate, acompañados por la música de
quenas, zampoñas y bombos que marcan un compás dinámico y marcial, que forman
parte de la tradición ancestral, ritual y cultural de los pueblos originarios
como Macha o Aymaya.
–Qué
hermosos bordados –le comenté.
Él
me miró en silencio y apenas dijo nada. El auto noah seguía ganando distancia
entre los gibosos cerros y nosotros retomamos la conversación.
–¿Hace
mucho que te dedicas al oficio de bordador?
–Hace
ya algunos años que empecé a trabajar en el taller de un familiar –contestó.
Guardó su celular y, tras acomodarse en el asiento, añadió–: Él se ha
especializado en bordar trajes para el tinku.
En
ese instante, a la altura de la población de Huanuni y mientras contemplaba el
paisaje del altiplano desde la ventanilla, se me ocurrió preguntarle algo que
me andaba rondando en la cabeza, pero que no sabía exactamente cómo decírselo,
hasta que el auto dio un barquinazo y nosotros nos miramos esbozando una
sonrisa. Esa fue la ocasión que aproveché para lanzarle la pregunta:
–¿Te
animarías a bordar un Tío de la mina? Tú sabes quién es el Tío, ¿verdad?
–Sí
–dijo–. Algunos de mis parientes han sido mineros en Llallagua.
–¡Qué
bueno! –exclamé–. Entonces sabes de lo que estoy hablando.
Él
se quedó mirándome de sesgo, pensó por un instante y dijo:
–Nunca
he bordado un Tío, pero puedo intentarlo.
–¡Qué
maravilla, hermano! Te lo agradecería mucho.
–Te
comunicaré por WhatsApp cuando lo tenga listo –concluyó como poniendo un punto
final a ese tema de la conversación.
Cuando
llegamos a las afueras de Oruro, él se despidió amigablemente y descendió del
auto. Lo miré por la ventanilla, mientras el conductor descargaba del
portaequipajes unos bultos repletos de madejas de lana de oveja y de llama, que
Paulino Arena adquirió de las hilanderas en las poblaciones del norte de
Potosí. El auto arrancó el motor y nosotros nos despedimos haciendo señas con
la mano.
Por
un tiempo, no volví a saber de él, hasta que un día me escribió por WhatsApp: El Tío estará listo para el 6 de agosto,
amigo Víctor.
¡Qué excelente
noticia, hermano!,
le contesté de inmediato. Tú me dirás
cuándo y dónde lo recojo, ¿en Oruro o en otra parte?
Pasaron
los días y nos encontramos en la ciudad de Oruro, en la antigua terminal de
buses.
Él
trajo el bordado en su mochila, metido en una bolsa de plástico. Lo extendió
sobre la mesa de una cafetería y se limitó a mirarme en silencio, pero decidido
a sorprenderme con su trabajo. Se trataba de una verdadera creación artística.
Ni
bien lo tuve entre las manos, me fue difícil entender cómo un artesano bordador
pudo haber decorado la imagen del Tío sobre la superficie de una tela, sin más
instrumentos que los dedos de las manos y sin más materiales que una aguja, un
bastidor, una tijera, un dedal y unos hilos de diversos colores y grosores.
Me
imaginé, por razones obvias, que primero dibujó la imagen del Tío en un papel
para después replicarlo con un marcador en la tela de bayeta, colocada en el
bastidor de manera uniforme, de modo que pudiera comenzar con el bordado,
puntada por puntada, hasta ir perfilando los detalles del rostro y del cuerpo,
con ricas texturas, relieves y una destreza propia de los maestros respetados
por su oficio en esta técnica artística de usar las agujas como pinceles y las
hebras de lana como pinturas. Y, como es de suponer, remató el trabajo con un
acabado final, resaltando los contornos de la imagen con una costura fina,
hecha con un hilo metálico de color plateado y, alrededor de su cuello, con
tiras de serpentinas multicolores como en los días de Carnaval.
Si
uno se fija bien en la imagen, el Tío parece bordado con la poesía de las lanas
de ovejas y llamas, que las hilanderas le proveen a Paulino Arena, quien, de
cuando en cuando, se da una vuelta por las poblaciones del norte de Potosí,
para comprar los quintales de ovillo de lana que acaban convertidos en hermosos
ornamentos en los trajes de los danzarines del tinku, una de las danzas tradicionales más renombradas de los
pueblos de Macha y Aymaya, donde cada año se celebra esta festividad ancestral,
en medio de cantos, músicas y enfrentamientos de pugilato entre los hombres de
los distintos ayllus que pueblan esas
tierras donde nacieron el líder indígena Tomás Kartari y el teórico indianista
Fausto Reinaga.
No
cabe duda de que Paulino Arena, desde que quedó atrapado en el trabajo de
bordador, como clavado por las agujas y enredado por los hilos, es un joven
artista del bordado, con aspiraciones de abrirse un notable espacio en la
tierra de mascareros y bordadores, compitiendo con las familias dedicadas a
esta labor artesanal, cuya destreza en la elaboración de trajes se transmiten
de generación en generación; una actividad que en principio les pertenecía solo
a las mujeres, pero que, con el paso del tiempo, llegaron también a practicar
los hombres, hasta que empezó a valorarse el aspecto técnico y artístico del
bordado, sobre todo, en las ciudades de Oruro y La Paz, donde algunos son
capaces de bordar trajes de diablos y morenos con incrustaciones de vidrio,
pedrería, perlas, lentejuelas, plumas de ave, ramas de plantas, conchas
marinas, canutos, hilos de color plata y oro, entre otros materiales conocidos
y reconocidos por los maestros bordadores.
Este
magnífico trabajo de imaginería, cuyo
principal motivo es el Tío de la mina, resultó ser una magnífica obra de arte,
nacida de la fantasía y las manos de Paulino Arena, quien aprendió a domar su
oficio a costa de pincharse la falange de los dedos y mantener la paciencia sin
quejarse ni rendirse, para lograr un resultado que superara sus propias
expectativas, ya que el bordado, que se caracteriza por ser un proceso manual,
donde cada puntada permite un control total sobre el diseño y los detalles,
requiere de mucha práctica, paciencia y precisión, debido a que no es lo mismo
pintar con pinceles sobre un lienzo que crear una compleja imagen con la ayuda
de una aguja y la aplicación de hilados nortepotosinos sobre una tela menos
tensa y menos sólida.
Ahora
que este bordado forma parte de mi colección privada, solo espero que, a pesar
del inexorable paso del tiempo, la iconografía del Tío, con su infaltable
cigarrillo, coca y alcohol, hecha con mucho detalle y con mucha pasión, a mano
y no a máquina, no se deshilache como una tela cualquiera ni quede convertida
en jirones como un bordado abandonado a su maldita suerte. Ojalá que el mismo
Tío, apelando a sus poderes mágicos y sobrenaturales, me ayude a proteger y
conservar su imagen de amo, dueño y señor de las minas bolivianas.
GLOSARIO
Ayllu: Unidad básica de la organización social en
las comunidades quechuas y aymaras.
Chumpi: Faja ancha para la cintura, tejida con lana
de oveja o llama.
Ch’uspa: Bolsa pequeña de lana para llevar coca,
“lejía”, cigarrillos y otros.
Pachamama: Madre Tierra.
Tinku: Encuentro. Combate ritual originario entre
“ayllus” del norte de Potosí. Es una ceremonia preincaica donde los pobladores
se enfrentan físicamente a golpes como ofrenda de sangre a la “Pachamama”, para
asegurar una buena cosecha.
lunes, 10 de agosto de 2026
SUECIA EN CUATRO ESTACIONES
Primavera
En
enero y febrero, como todos los años al terminar el largo invierno sueco, los
comercios de comida y confiterías venden panecillos especiales llamados semlor, saborizados con cardamomo, crema
batida y pasta de almendras. Estos panecillos se comen, sea como aperitivo o
postre, acompañados de un tazón de leche caliente, espolvoreado con canela,
como manda la sagrada tradición.
Es
la estación del año en la que se celebra también el Alla hjärtans dag (Día de los Enamorados), en homenaje a San
Valentín, ese monje italiano convertido en mártir cristiano y luego en santo,
debido a que, sin contar con el beneplácito del emperador ni del papa, unía en
matrimonio a jóvenes enamorados hasta las patas. Es el día en que se regalan
flores o se manda tarjeta o carta a alguien que se ama con todas las fuerzas
del corazón.
A
fines de marzo, cuando los días son más largos y las noches más cortas, la vida
vuelve a despertar en la naturaleza y asoma el equinoccio de primavera; los
árboles se cubren de hojas y flores, mientras los pájaros, remontados en
alborozo vuelo, surcan el cielo entre trinos y graznidos.
Después
llega la festividad de la Pascua, ocasión en la que la gente adorna su casa con
plumas y come un montón de huevos, en toda sus formas y tamaños, como símbolo
de la vida y poder de crecimiento, mientras los niños y las niñas, además de
recibir huevos decorados, llenos de dulces y chocolates, se dan un auténtico
festín con las golosinas que más despiertan su apetito y los sueños de vivir en
la fábrica de chocolates de Willy Wonka.
En
la Pascua todo es fiesta y alegría, como si de veras se celebrara la resurrección
de Cristo. Las niñas y los niños se disfrazan de brujas y brujos variopintos,
para recorrer por las casas pidiendo dulces y monedas; una tradición inspirada
en el Medioevo y la Inquisición, una época sombría en que las mujeres, acusadas
de sostener pactos con el diablo en Semana Santa, eran condenas a arder como
antorchas en la hoguera.
En
esta estación del año se arreglan los jardines, se queman las ramas muertas y
otros residuos, hasta que en vísperas del Valborgsmässoafton
(Noche de walpurgis), se reúnen hombres y mujeres, grandes y chivos, alrededor
de fogatas, para dar la bienvenida a la primavera, con coros al aire libre y
reuniones donde no faltan las exquisitas comidas y las bebidas espirituosas.
Verano
Cuando el día se
alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta alrededor de
un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se yergue como un
falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con guirnaldas de hojas y
flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en posición de cuclillas,
interpretan canciones similares a las rondas infantiles y, bailando con
pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca…
Horas después,
sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros, comen
productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill
(arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y papas nuevas hervidas con
eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de cereales) en copas del tamaño de
un dedal, a la espera de que el día, largo como en todos los solsticios de
verano, se haga noche y convoque a la cama.
En esta estación
del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y playas, donde
el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres, rubias como las
valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas en los arrecifes,
para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda cabellera tendida sobre la
arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.
Otoño
En el otoño, cuando la naturaleza se
torna en un disco cromático, todo el paisaje, pintado con diversos matices, es
digno de ser contemplado y admirado. Las noches se hacen más largas y frías,
las hojas caen como mixturas de los árboles y los vientos soplan arrastrando
las últimas rachas del verano.
En el día de Todos los Santos, a
diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los
camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que
descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran
Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son
más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere,
muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los
recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.
Invierno
Al
llegar el invierno, cuando la temperatura baja a más de 0° C., caen los copos
de nieve y las ciudades del norte se visten como hermosas novias. Las noches
tienen un resplandor de sueño y la nieve reverbera bajo el reflejo argentado de
la luna.
El
13 de diciembre se celebra el Día se Santa Lucía, en homenaje a la mártir cristiana
de origen siciliano, considerada la patrona de los ciegos y de la luz, de quien
se dice que, durante el tormento al que fue sometida por sus verdugos romanos,
bajo las órdenes del gobernador Pascasio, a principios del siglo IV d. C, le
arrancaron los ojos, pero ella seguía viendo como por gracia divina. No en vano
las iconografías la muestran con una espada, una palma, un libro, una lámpara
de aceite y casi siempre con dos ojos en un plato. Quizás por eso, las familias
hornean pastelitos llamados Lussebulle
(bollos de Lucía), generalmente con la forma del número ocho, que simboliza los
ojos de la santa de Siracusa, para comerlos por la mañana, la tarde y la noche.
Las
niñas, a modo de conmemorar su martirio, se visten de Lucía, con un vestido blanco, largo hasta los talones y una cinta
roja ajustada en la cintura, y, lo que es más importante, llevan una corona de
siete velas en la cabeza; en tanto los niños se visten de stjärngossar (chicos con estrellas), debido a su sombrero
puntiagudo que tiene una estrella en la punta. En la noche de Santa Lucía,
organizados en pequeños grupos, salen de ronda por doquier, entonando, con
voces angelicales y en completa armonía, canciones que piden que reine la luz
en medio de la oscuridad.
En
esta época, la más fría y oscura de las cuatro estaciones, los suecos encienden
los centelleantes colores de los foquitos del arbolito de Navidad, que
representa la festividad familiar más importante del año y cuyos orígenes están
anclados en los antiguos ritos y mitos de sus antepasados.
El
arbolito, adornado con una estrella en la punta, luces de colores, esferas
brillantes, guirnaldas, lazos, campanitas, bastones de caramelo o flores, es el
centro de atención de niños y adultos, quienes hondan sus esperanzas en que
Papa Noel se los traiga, en su trineo tirado por siervos, algún regalo desde el
extremo norte del planeta, donde todo es frío y nieve, nieve y frío.
En la fecha que se despide el año viejo y se da la bienvenida al Año Nuevo, entre uvas, vinlögg (vino caliente) y brindis con copas de champaña, la medianoche helada estalla en juegos pirotécnicos, que más parecen luces de bengala encendiendo el oscuro cielo, donde los fuegos artificiales, como racimos de flores, se desgranan en colores vivo, mientras las personas comen las doce uvas, deseando que se hagan realidad sus sueños y que el nuevo año sea de felicidad y prosperidad para todos.









