martes, 21 de julio de 2026

 

MICROTEXTOS XVI

Amar con el corazón

El amor no es asunto del corazón, sino del cerebro. Las sensaciones del amor se procesan en el cerebro, donde se liberan químicos como dopamina, oxitocina y endorfina, generando placer y apego hacia el sexo contrario.

El corazón no recibe las sensaciones del amor, sino la sangre oxigenada de los pulmones, para luego suministrar, a través del sistema cardiovascular, a los órganos y tejidos del cuerpo; en tanto el cerebro, que actúa como el centro de mando y motor principal del cuerpo, tiene por función procesar los pensamientos y sentimientos del amor.

Ahora bien, lejos de toda explicación científica, lo cierto es que la reacción física del amor se siente en el pecho, como burbujas de una gaseosa y como mariposas revoloteando en el estómago, a pesar de que una persona no ama con el corazón sino con la cabeza. Amar con el corazón es una simple metáfora, como cuando se dice que en el cielo está el reino de Dios.

Inmenso amor

Toda vez que repito tu nombre, se me anuda la lengua, como cada vez que te miro, se me derraman los ojos. ¿Acaso no te das cuenta que, cuando me hablas con pasión, respiro tu tibio aliento, teniéndote metida en mi corazón como te tengo metida en mis pensamientos?

Siento tu amor en el modo de hacer eso. Solo yo sé cómo se siente cada vez que estás conmigo, recostada sobre un manto de estrellas y un cielo raso desnudo como la luna, cobijándonos cual confidente amiga y escondiendo nuestros secretos que, más que secretos, son pruebas diáfanas de nuestro inmenso amor.

Estar contigo es sentir un mar de felicidad y estar lejos es como estar sumido en una impenetrable oscuridad. Ojalá que tu mirada iluminara siempre nuestros senderos y muestras vidas, que tienen más vida cada vez que nos fundimos en el fuego de nuestros cuerpos.

El amante

Abrió la puerta con la misma llave que ella le entregó, cogió la manilla y la empujé hacia adentro, franqueó el dintel y se enfrentó al rostro del amante de su mujer, quien estaba parado cerca, como a punto de abrir la puerta desde el otro lado. Penetró barriendo el helado aire y él se hizo a un lado, luego el amante cerró la puerta y se volvió como empujado por el viento, que le sopló en el rostro como anunciándole una inminente tragedia.

Ella estaba todavía tendida en la cama, desnuda y arreglándose los mechones. Al ver a su marido, se puso de pie, se cubrió los senos con los brazos y entornó los ojos como si nada hubiese pasado.

–¿Así que me engañabas? –preguntó con un soplo de desaliento.

–Así es –contestó ella–. Te engañaba porque tú nunca estabas en casa.

Él sacó el revólver del cinto y le plantó dos tiros en el pecho.

–¡Qué has hecho! –gritó el amante.

El marido de la mujer le apuntó con el revólver y, con los ojos empañados por las lágrimas y exhalando un profundo suspiro, le dijo:

–Tú no has visto nada, así que desaparece y no vuelvas a cruzarte en mi camino.

El amante abrió la puerta, ganó la calle y, mientras caminaba con rumbo desconocido, escuchó otros dos disparos en la vivienda que él frecuentaba cada día.

Una pareja perfecta

La mujer, siempre que hablaba con su esposo, hablaba en voz alta y hasta chillando, le reprochaba por todo y por nada; en cambio él hacía todo lo que se le venía en gana, galanteaba con cuanta mujer encontraba y hasta la engañaba sin que se diera cuenta. A pesar de todo, de puertas para afuera, parecían una pareja perfecta. Él era sordo y ella era ciega.  

El túnel

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Así comienza el primer capítulo de la novela El túnel, de Ernesto Sábato, que no es otra cosa que una poderosa confesión convertida en una metáfora existencial que simboliza la soledad absoluta. Juan Pablo Castel es el feminicida que comete un crimen pasional por amor obsesivo, celos enfermizos y que, por vivir de espaldas al mundo y la mente perdida en un túnel sin salida, es víctima de sus bajos instintos y pasiones destructivas, que desenlazan en el asesinato de la mujer amada, la locura y la tragedia sin retorno ni perdón.

Ritual mañanero

La gringa, cuya belleza tenía más fulgores que todas las luces del universo, era una mujer liberada de los prejuicios y las ataduras sexuales; por eso mismo, todas las mañanas, al salir a su exuberante jardín, se acercaba al palomar y, mirando a los curiosos que la observaban desde sus balcones, saludaba a la fresca madrugada con todos los poros de la piel y respiraba a todo pulmón. Después dejaba escapar de su mano una paloma blanca y de su blanca bata una blanca teta, aureolada por un pezón rosado, propio de las mujeres que superan el rubio platinado. Volvía a entrar en el dormitorio, cerraba las cortinas de la ventana y no volvía a aparecer en el jardín hasta el día siguiente, a la misma hora en que los curiosos acudían a sus balcones para verla repetir su ritual mañanero entre una bandada de palomas que revoloteaban alrededor y una explosión de flores que exaltaban su belleza. 

La cama

La cama es el territorio más libre de la vida, donde el acto sexual adquiere dimensiones sacramentales, como en el rito hindú, donde tanto el hombre como la mujer, antes de acostarse, deben bañar cuidadosamente sus intimidades, limpiarse los dientes, aplicarse una cantidad limitada de ungüentos y perfumes.

Luego acostarse en la cama, predispuestos a someterse a las llamas del amor, trenzarse con brazos y piernas, devorarse a besos, acariciarse las concavidades del cuerpo y estallar en vibrantes sensaciones, hasta fundirse en una entrega total, practicando el estilo 69, con el cunnilingus y la felación, que es una variante sexual en la que cada uno puede estimular, con labios y lengua, los órganos genitales de la pareja. Luego entregarse a las pasiones carnales sin ninguna inhibición ni ataduras morales, abriéndose a un paraíso de prácticas eróticas, desde la postura del “misionero”, hasta la postura del perrito, cuando la mujer se pone de cuatro y el hombre la embiste por atrás.

Siempre es mejor practicar el amor en la cama, con sábanas o sin ellas, porque la cama, sin importar el material del que esté fabricada, el precio, la forma y el tamaño, es el único escenario donde los enamorados pueden alcanzar las estrellas con las manos y la imaginación.

Los besos

Si el hombre logra hacer un nudo con el tallo de la cereza, solo con la lengua y sin tocarlo con las manos, significa que sabe besar como un amante perfecto; lo mismo que la mujer que puede comer una salteña jugosa, sin derramar una sola gota del jigote, sabe besar como succionando un chupete de cerezas.

El amor

En una discusión de pareja, la mujer le recriminó a su esposo, diciéndole que él no le mostraba su amor ni en sus gestos ni en sus acciones. A lo que él, postrándose de rodillas y besándole la mano, le replicó: El amor se siente, pero no se ve, mi amor, porque lo esencial es invisible a los ojos, como afirmó el zorro, en El principito, la obra clásica de Antoine de Saint-Exupéry.

Verano sueco

Cuando el día se alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta alrededor de un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se yergue como un falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con guirnaldas de hojas y flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en posición de cuclillas, interpretan canciones similares a las rondas infantiles y, bailando con pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca...

Horas después, sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros, comen productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill (arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y papas nuevas hervidas con eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de cereales) en copas del tamaño de un dedal, a la espera de que el día, largo como en todos los solsticios de verano, se haga noche y convoque a la cama.

En esta estación del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y playas, donde el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres, rubias como las valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas en los arrecifes, para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda cabellera tendida sobre la arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.

Otoño sueco

En el otoño, cuando la naturaleza se torna en un disco cromático, todo el paisaje, pintado con diversos matices, es digno de ser contemplado y admirado. Las noches se hacen más largas y frías, las hojas caen como mixturas de los árboles y los vientos soplan arrastrando las últimas rachas del verano.

En el día de Todos los Santos, a diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere, muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.

miércoles, 15 de julio de 2026

NUEVO LIBRO DE VÍCTOR MONTOYA

Subterránea Editores acaba de publicar el libro Erotismo a flor de piel, del escritor Víctor Montoya; un volumen de cuentos y relatos de tendencia erótica, que muestra una nueva vertiente en la extensa y prolífica creación literaria del autor boliviano, quien ha cultivado la narrativa erótica desde hace tiempo, como una forma de transgredir los tabúes sexuales y los prejuicios sociales en el seno de una colectividad relativamente conservadora.

El libro está a la venta en Librería Subterráneo de la ciudad de La Paz, edificio Torres Ferrara Of. 7, Avenida 6 de Agosto N° 556.

domingo, 12 de julio de 2026

 

LECTURA EN MOVIMIENTO EN LOS BUSES PUMAKATARI

El escritor Víctor Montoya, el viernes 10 de julio y dentro del marco de las Fiestas Julias, fue invitado a participar en la inauguración de Tu Puma Lee; un proyecto impulsado por La Paz Bus PumaKatari y el Gobierno Autónomo Municipal de la Ciudad Maravilla. El acto se llevó a cabo en Plaza Camacho.

Víctor Montoya, en su condición de escritor paceño, manifestó que la lectura en movimiento y la existencia de bibliotecas itinerantes en los buses PumaKatari, son excelentes iniciativas para que los usuarios pueden acceder a materiales con textos breves, para una lectura breve, mientras viajan en los buses, donde, por otra parte, se tiene previsto crear cápsulas o cabinas de lectura para niños y adolescentes, con el objetivo de desarrollar actividades como Te Cuento un Cuento.

Promover el hábito de la lectura en los estudiantes y población en general, dentro de los buses PumaKatari, es una forma efectiva de acercar a los lectores y escritores en un ámbito poco habitual en Bolivia. Asimismo, esta iniciativa, loable desde todo punto de vista, es una forma de promocionar y difundir la literatura de los autores nacionales.

La idea de la lectura en movimiento no es reemplazar el celular por el libro, revista o periódico, sino la de proporcionar herramientas para que los ciudadanos se acerquen a la lectura de los libros en soporte de papel. Actualmente, las personas -niños, jóvenes y adultos-, que se movilizan en los buses PumaKatari, lo primero que hacen es sentarse y luego sacar el celular.

El proyecto Tu Puma Lee tiene el interés de impulsar el hábito de la lectura, entregando textos de lectura a los pasajeros del PumaKatari, para que lean mientras aguardan la partida del bus municipal y mientras se desplazan hacia su destino, de una parada a otra.

El objetivo central de Tu Puma Lee, en opinión del escritor paceño, es que los ciudadanos no pierdan el gusto por la lectura de un libro en soporte de papel que, además de su forma y contenido, puede proporcionar otras sensaciones como el olor de la tinta y del papel, que están ausentes en los libros digitales o electrónicos.

Víctor Montoya recordó que no faltan las propuestas para programar actividades de lectura en fechas específicas, como el Día Plurinacional de la Lectura (5 de septiembre, recordando el natalicio del poeta y narrador tarijeño Óscar Alfaro), el Día Internacional del libro Infantil y Juvenil (2 de abril, en homenaje al natalicio del escritor danés Hans Christian Andersen), el Día Mundial del Libro y del  Derechos de Autor (23 de abril, en homenaje al fallecimiento de grandes figuras de la literatura universal, como Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, entre otros.). Y, por qué no, programar actividades literarias en homenaje a los destacados escritores paceños.   

miércoles, 8 de julio de 2026

EL TÍO VESTIDO DE DIABLO

El día que me enteré que José García, miembro del elenco de teatro Albor, realizaba accesorios para los danzarines de la fiesta de la Virgen del Carmen en la ciudad de El Alto, no dejé de preguntarle si acaso me lo podía hacer una estatuilla del Tío de la mina. Él me comentó que su trabajo artesanal lo realizaba junto a su esposa, a quien la conoció en el mismo Centro de Arte y Cultura Albor.

Mientras caminábamos por la Avenida Antofagasta y conversábamos sobre su trabajo como artesano, me confesó que tenía un manojo de cuentos a la espera de su publicación. No edité hasta ahora el libro dijo–, porque primero falta que alguien lo corrija.

En ese mismo instante, como iluminado por una brillante idea, le dije que podía corregírselo, si estaba de acuerdo, a cambio de la estatuilla del Tío. De acuerdo, replicó de inmediato, con voz firme y sin disimular su entusiasmo. Ahora mismo me estoy mudando de vivienda, pero una vez que esté listo con este asunto, me pondré manos a la obra.

El trato estaba hecho, era cuestión de esperar un tiempo para ver la obra de su creación. No dudé de su palabra, sabía que José García, uno de los pilares más importantes del grupo de teatro Albor, era un hombre que cumplía con sus compromisos así se cayera el cielo.

Al cabo de un tiempo, nos contactamos por WhatsApp y acordamos vernos en la Plaza Juana Azurduy de Padilla. Yo corregí sus cuentos y él prometió entregarme la estatuilla del Tío.

El día que nos encontramos, trajo la estatuilla dentro de una bolsa. No me la enseñó en ese momento, dejó simplemente que mirara la bolsa, como si pusiera a prueba mi capacidad de resistir la curiosidad y mantener a jaque mi insoportable paciencia. Cerca del mediodía, la plaza era un hervidero de gente. Ahora qué hacemos, le pregunté, sin quitar la mirada de la bolsa. Él me propuso comprar una granada de singani y luego ir a almorzar en algún restaurante. Ahí te entregaré la estatuilla, dijo, mientras caminábamos rumbo a las casetas donde vendían la granada de singani.

Una vez en el restaurante, sentados cerca de la puerta que daba a la calle, pedimos el menú del día y dos vasos de cristal para el singani. Me acomodé lo mejor que pude en la silla, sin dejar de mirar a los comensales que ocupaban todas las mesas. Él sacó la estatuilla de la bolsa y me la enseñó: ¿Qué te parece?, preguntó. ¡Es una maravilla!, contesté. Luego, con la misma satisfacción de quien recibe un precioso regalo, proseguí: ¡Lo hiciste con su traje de diablo! José García se sonrió, volteó la mirada hacia la estatuilla y aclaró: Este Tío lo hice con la ayuda de mi esposa. Ella modeló su pene.

El Tío, visto desde cualquier ángulo, estaba vestido de diablo; tenía la máscara colorada, el iris de los ojos ardientes como brasa, la nariz estallada, los dientes afilados, las orejas enormes y los cuernos terminados como la punta de una lanza. Lucía la pechera engastada con piedras preciosas y el pollerín dorado como el sol. Además, llevaba una bolsa de coca en una mano y el bastón de mando en la otra. Y, como si fuera poco, el bastón tenía la cabeza de una serpiente con la lengua colgante y el aspecto de dragón.

Después, antes de almorzar, abrimos la granada de singani, llenamos los vasos y, tras rociar algunas gotas de aguardiente en honor a la Pachamama, ch’allamos junto a la estatuilla, que llamó la atención de los comensales, quienes nos miraban por el rabillo del ojo, como cuando se mira un objeto sacrílego en la “Casa de Dios".

Apenas terminamos de comer y ch’allar, me hice de la estatuilla del Tío y ganamos la ajetreada calle, donde nos despedimos con un fuerte abrazo, como cada vez que coincidíamos en alguna actividad cultural que se llevaba a cabo en la ciudad de La Paz o El Alto.

Ya se sabe que la diablada de Oruro se remonta a  la época de la colonia y que tuvo su origen a finales del siglo XVIII, probablemente el año 1789, cuando los “mitayos” de una mina de plata en la Real Villa de San Felipe de Austria (actualmente Oruro), decidieron disfrazarse de diablos, a semejanza del Tío de la mina, para bailar la danza de la diablada en presencia de la Virgen de la Candelaria –o Virgen del Socavón–, cuya imagen, según cuenta la leyenda, apareció, de manera milagrosa, pintada en un muro de la guarida del Chiru-Chiru, el legendario ladrón que asaltaba a los ricos para distribuir el botín entre los pobres.

Todo hace suponer que esta festividad pagano-religiosa, cuyos usos y costumbres tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo occidental y el paganismo de las culturas ancestrales, se inició cuando los mineros nativos de la época, influidos por la catequización y los extirpadores de idolatrías, confundieron al Supay –deidad protectora de los humanos y sus bienes en la cosmovisión andina– con el diablo de la liturgia católica, cuyo personaje central es Lucifer, el príncipe de las tinieblas.

Se cuenta que los mitayos de la mina de plata fueron los primeros en practicar la danza de la diablada, desde el día en que determinaron disfrazarse de diablos, personificando al Tío de la mina, que no era otro que el Supay o el dios Wari de la mitología Uru-Uru, el protector de los auquénidos y los habitantes de las cercanías del Lago Poopo, y para rendirle devoción y veneración a la Virgen del Socavón, a quien la reconocieron como la mamita y patrona protectora de los trabajadores y sus familias desde que su imagen fue hallada en la guarida del Chiru-Chiru. Así comenzó la tradición cultural del Carnaval de Oruro, en las faldas del cerro Pie de Gallo, con la danza de la diablada, donde destacan el Arcángel San Miguel y Lucifer, el ángel rebelde que fue expulsado del reino de los cielos.

La estatuilla hecha por José García y su señora esposa, nos reafirma la teoría de que la diablada se inició en los socavones, donde los mineros adoraban al Tío, quien es una suerte de encarnación del Supay y el Wari de la mitología de los Uru-Uru, un ser ambivalente entre los sacro y lo profano, que está considerado como el dueño de los metales preciosos como el oro, la plata, el estaño y otros; un ser que premia con ricos filones de mineral a quienes realizan en su honor ch’allas, k’oas y q’arakus.

Ya dijimos que la danza de la diablada representa el sincretismo religioso entre el paganismo ancestral y la religión Católica, que tiene su origen en los inicios del período colonial, cuando los “mitayos” creyeron encontrar al Tío en las entrañas de la montaña; más todavía, la diablada fue la primera fraternidad que dio origen al fastuoso Carnaval de Oruro, en cuya festividad, declarada “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad” por la UNESCO, no puede faltar el Tío, quien sale después de un año de encierro en las profundas y oscuras galerías, para encabezar la danza de la diablada. Es en el fastuoso Carnaval donde el Tío luce su lujoso traje de Lucifer, con su capa confeccionada con luces y ricas pedrerías, sus botines de cuero repujado y una espectacular máscara en la que destacan el lagarto, la víbora y el sapo; seres pertenecientes a la mitología Uru-Uru y, por tanto, al Carnaval de Oruro.

José García, consumado actor de teatro y artesano de accesorios que los danzarines lucen en la festividad de la Virgen del Carmen, estaba convencido de que el Tío se veía mejor con su traje de diablo. Y así lo hizo, debido a que la danza de la diablada está inspirada en el Tío de la mina. ¿Acaso?, se preguntarán algunos, que desconocen la tradición de esta danza infernal que, año tras año, se baila en la Capital Folclórica de Bolivia. 

Hasta aquí la explicación sobre el diablo y la diablada, y volviendo al tema de la estatuilla del Tío de la mina, que es la mejor representación de la mitología minera, solo falta añadir que esta obra de arte, realizada por José García  y su señora esposa, se constituye en una magnífica muestra de que el sincretismo religioso ha sido capaz de dar nacimiento a manifestaciones culturales que son fuentes de inspiración para quienes se dedican a enriquecer las diversas expresiones artísticas en un país esencialmente minero como el nuestro.  

lunes, 22 de junio de 2026

CONVERSATORIO SOBRE LA MASACRE DE SAN JUAN EN ORURO

El escritor Víctor Montoya, en el marco del Programa de Solsticio de Invierno 2026, dictará una conferencia sobre la masacre minera de San Juan, acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967.  La masacre quedó en la absoluta impunidad y los responsables justificaron su criminal accionar con el pretexto de que en las minas se estaban gestando movimientos subversivos vinculados al foco guerrillero de Ernesto Che Guevara.

El acto se llevará a cabo en la ciudad de Oruro, este martes 23 de junio, a las 19:00, en el Salón Alberto Guerra de la Casa de la Cultura Simón I. Patiño.

domingo, 21 de junio de 2026

LA MASACRE MINERA DE SAN JUAN

La masacre minera de San Juan, acaecida en la madruga del 24 de junio de 1967, no figura en las páginas oficiales de la historia de Bolivia, aunque se mantiene viva en la memoria colectiva y se la transmite a través de la tradición oral, de generación en generación, convirtiéndola en algunos casos en cuentos y leyendas, como sucede con los hechos históricos que se resisten a sucumbir entre las brumas del olvido. Y si lo cuento aquí y ahora, es porque fui testigo de esa horrenda masacre a los tres días de haber cumplido nueve años de edad.

Todo comenzó cuando las familias mineras se retiraban a dormir después de haber festejado el solsticio de invierno alrededor de las fogatas, donde se bailó y cantó al ritmo de cuecas y wayños, acompañados con ponches de aguardiente, comidas típicas, coca, cigarrillos, cachorros de dinamita y cohetillos. Mientras esto sucedía en la población civil de Llallagua y los campamentos de Siglo XX, las tropas del regimiento Ranger y Camacho, que horas antes habían tendido un cerco al amparo de la noche, abrieron fuego desde todos los ángulos, dejando un saldo de una veintena de muertos y setenta heridos entre las punzadas del frío y los silbidos del viento.

Se estima que los soldados y oficiales, que ingresaron por la zona norte entre las nueve y once de la noche, partieron en un tren desde la ciudad de Oruro la tarde del 23 de junio. El sereno de la tranca, que los vio llegar armados dentro de los vagones, intentó informar a los dirigentes del sindicato y las radioemisoras, pero fue intimidado por los oficiales que prosiguieron su marcha. Así, alrededor de las cinco de la mañana, comenzó la balacera para victimar a hombres, mujeres y niños. En un principio, ante el ataque sorpresivo, algunos confundieron las ráfagas de las ametralladoras con cohetillos y el estampido de los morteros con la explosión de dinamitas. 

La Empresa, en complicidad con los masacradores, cortó el suministro de electricidad aquella madrugada, para que las radios no pudieran alarmar a los pobladores; en tanto los soldados, que estaban apostados en el cerro San Miguel, cerca de Cancañiri, La Salvadora y el Río Seco, bajaron como recuas de asnos por la escarpada ladera y ocuparon a fuego los campamentos, la Plaza del Minero, la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero, donde fue asesinado el dirigente Rosendo García Maísman, quien, parapetado detrás de una ventana, defendió la Radio con un viejo fusil en la mano.

La matanza duró varias horas bajo el sol del 24 de junio. Los muertos se desangraban junto a las cenizas de las fogatas y los heridos acudían al hospital, mientras las madres, aterradas por los disparos y los gritos, intentaban calmar el miedo y el llanto de sus hijos. En medio del caos y el espanto, no faltaron los hombres que, en un intento desesperado por defenderse, se armaron de dinamitas y capturaron a algunos soldados, a quienes les despojaron de sus uniformes y les quitaron sus armas. Pero todo hacía suponer que era ya demasiado tarde para preparar una resistencia organizada. En la Plaza del Minero se llenaron los soldados y la jurisdicción de la provincia Rafael Bustillo fue declarada Zona Militar (presencia permanente del ejército).

La masacre fue ejecutada por órdenes expresas de René Barrientos Ortuño, cuyo gobierno bajó los salarios a niveles de hambre, desabasteció las pulperías, prohibió el fuero sindical y desató una sañuda persecución contra los dirigentes políticos y sindicales, con el propósito de destruir sistemáticamente el eje principal de la resistencia en el seno del movimiento obrero. De hecho, según testimonios de primera mano, se sabe que para el 24 de junio se tenía previsto la realización del ampliado nacional de los mineros en la población de Siglo XX, con el fin de exigir un aumento salarial y apoyar a la guerrilla del Che con dos mitas de su haber, equivalentes a dos jornadas de trabajo. Una suma importante si se considera a los aproximadamente veinte mil trabajadores que por entonces tenía la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

El gobierno y las Fuerzas Armadas, informados de los preparativos del ampliado y asesorados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), se apresuraron en ocupar los centros mineros para evitar cualquier apoyo moral y material destinado a los guerrilleros que se batían a tiros en las montañas de Ñancahuazú. Consiguientemente, lejos de la ilusión de encender una chispa libertaria en el continente americano, los mineros del altiplano y los guerrilleros comandados por el Che eran asesinados con las mismas armas y por los mismos enemigos, separados los unos de los otros, sin verse la cara ni compartir la misma trinchera contra los mercenarios de la CIA y las tropas del ejército boliviano.

René Barrientos Ortuño, quien sabía maniobrar sus siniestros planes respaldándose en el pacto militar-campesino, que él mismo estableció con la burocracia oficialista de las organizaciones del agro, justificó la masacre arguyendo que el ejército tuvo que disparar en defensa propia y que era necesario combatir el proceso subversivo de los mineros en Siglo XX, dispuestos a organizar un foco guerrillero para plegarse a la gesta armada de los barbudos extranjeros en Ñancahuazú.

Al mismo tiempo que la indignación popular corría como reguero de pólvora a lo largo y ancho del país, los sindicatos clandestinos organizados en el interior de la mina, aparte de declarar por unanimidad un paro de cuarenta y ocho horas en protesta contra la masacre, ratificaron sus justas demandas: retiro de las tropas del ejército, devolución de la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero; respeto al fuero sindical, libertad incondicional para los dirigentes detenidos y confinados, indemnización para las viudas de los asesinados y exigencia para que no sean desalojadas del campamento; reposición de los salarios a los niveles de mayo de 1965 y, como si esto fuera poco, se fijó también una cuota quincenal de diez pesos por obrero, para gastos del sindicato y la adquisición de armas. La resistencia popular, en escala nacional, encontró su vanguardia indiscutible en los sectores mineros que, por su alto grado de conciencia política y convicción revolucionaria, estaban decididos a defender sus derechos más elementales y continuar declarando a Siglo XX Territorio Libre, en un franco desafío contra la dictadura militar.

A la masacre siguió la represión y el despido de los agitadores de sus fuentes de trabajo. Unos fueron a dar en las mazmorras y otros en el exilio, las viudas y los huérfanos fueron expulsados del campamento, sin indemnización ni derecho a nada, y la masacre de San Juan quedó en la más absoluta impunidad. La ola de persecución se planeó en el Alto Mando Militar, con el claro objetivo de liquidar físicamente a los dirigentes más esclarecidos de la resistencia obrera. Así fue como dieron con el paradero de Isaac Camacho, uno de los principales líderes de los sindicatos clandestinos, a quien, luego de apresarlo el 29 de julio, en una casa ubicada cerca de la Plaza Nueva (actual Mercado Central Llallagua), lo torturaron brutalmente y lo desaparecieron sin dejar rastro alguno.

René Barrientos Ortuño, además de la masacre minera, fue el responsable directo del asesinato, encarcelamiento, tortura y desaparición de varios opositores a su gobierno, hasta el día en que murió calcinado en el mismo helicóptero que le obsequiaron sus aliados del Norte. No obstante, a pesar de los múltiples testimonios de esta sombría historia, todavía hay quienes exaltan su patriotismo y lo llaman el General del Pueblo; cuando en realidad no era más que un simple general golpista, un aviador entrenado en Estados Unidos y un servil lacayo del imperialismo, que supo aprovechar su mandato presidencial para saquear los recursos naturales en medio de un país que se desangraba en la miseria y lloraba a sus muertos bajo la bota militar.

domingo, 14 de junio de 2026

 

MICROTEXTOS XV

Franz Kafka

Cuando despertó, la cucaracha todavía estaba mirándolo desde el techo.

Iósif Stalin

El amante de su propia personalidad, el dictador más abominable del comunismo soviético, lo tenía a León Trotsky, su principal enemigo, metido hasta en sus pesadillas.

Frida Kalho

La artista que pintó sus retratos en la cama, con la cadera rota, la pierna amputada y los ideales al lado de su corazón partido, tenía una Frida de noche y una Frida de día, una Frida sana y una Frida herida.

Túpac Katari

El indio rebelde, antes de que sus verdugos le cortaran la lengua y fuese atado de pies y manos a la cincha de cuatro caballos para ser descuartizado, los miró de frente y lanzó un estremecedor grito en el pueblo de Peñas: ¡Volveré y seré millones, carajo!

Baruch Spinoza

Al filósofo neerlandés, de origen sefardí, las autoridades religiosas judías, por pensar demasiado y estar acusado de ateo, le lanzaron las siguientes maldiciones:

Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley…

Spinoza se rió por dentro y, sin dejar de escribir sus tratados sobre metafísica, ética, teología y política, esperó pacientemente morirse a los 44 años, minado por la tuberculosis y no por un castigo divino, como lo tenían pensado sus detractores, que vivían aferrados a la Biblia y a la mano de Dios.

Miguel Alandia Pantoja

El pintor revolucionario, nacido en una población minera del norte de Potosí, pintó obreros y campesinos en actitud combativa, pintó hombres con hambre de justicia y mujeres envueltas en banderas libertarias. Pintó también a los guardianes de la oligarquía minero-feudal, con armas en las manos y prestos a ahogar a los explotados en baños de sangre.

Pintó lo que le dictaba su conciencia, con los pinceles de sus manos hechas de compromiso social y los colores encendidos de su corazón rebelde. Pintó todo lo que pintó, en muros y lienzos, con su desbordante creatividad convertida en la ideología revolucionaria de la clase obrera.

Solo sé que nada sé

Un amigo bibliotecario, de cuyo nombre prefiero no acordarme, leía todo, todo el tiempo. Leía las enciclopedias desde la letra A hasta la letra Z. Era erudito en muchas ciencias del saber humano, una auténtica biblioteca andante, aunque él solía repetir la clásica frase de Sócrates: Solo sé que nada sé, pues mientras más leía, de noche y de día, se daba cuenta que sabía menos, debido a que los conocimientos eran infinitos y que un sabiondo era un pobre ignorante con pretensiones de sabio.

Miguel de Cervantes

El Manco de Lepanto, prisionero en la Cárcel Real de Sevilla, por deudas pendientes y acusaciones de apropiaciones de fondos públicos, pergeñó su obra clásica: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, necesitado de un caballero andante para sentirse como si estuviese libre, recorriendo por el mundo al galope de su caballo Rocinante, para  imponer justicia, defender a los humildes y ganarse honores a punta de lanza y filo de espada. Necesitaba un Quijote, enfrentándose con enemigos imaginarios, locamente enamorado de Dulcinea del Toboso, acompañado de su escudero Sancho Panza y protegido por sus amigos y parientes. Necesitaba crear a Alonso Quijano, el héroe trocado en loco de tanto leer novelas de caballería, un alter ego de Miguel de Cervantes, un hidalgo de contextura alta y delgada, piel pálida, nariz picuda, bigotes poblados y barba larga. El escritor de escritores, atormentado en su cautiverio, tenía la necesidad de crear un Quijote de la Mancha, no importaba si loco, pero viviendo en libertad y no encerrado entre los gruesos muros de la cárcel.

Bartolina Sisa

La heroína aymara fue descuartizada por sus verdugos. Su cabeza y extremidades fueron exhibidas en distintos ayllus y caminos, donde ella, junto a su esposo Túpac Katari, resistió en su lucha contra los realistas al servicio de la Corona Española. Su cabeza fue clavada en la picota del escarnio en Jayujayu-Marka, hoy provincia Aroma del departamento de La Paz, para escarmiento de los indios que osaban rebelarse contra el sistema colonial. Sus extremidades fueron enviadas a Tinta-Marka, comunidad situada en la actual república del Perú, donde también fueron exhibidas en la punta de sendas picotas. Pero de nada sirvió tanta barbarie y crueldad, porque los herederos de Bartolina Sisa siguieron su ejemplo y, juntando las partes desmembradas de su cuerpo y recogiendo cada gota de su sangre derramada, siguieron luchando por conquistar sus derechos y conquistar la liberación de las naciones originarias del Abya Yala.

César Vallejo

El excelso poeta peruano, conocedor de la vida de los mineros y el saqueo imperialista en Quiruvilca, cerca de su natal Santiago de Chuco, escribió la novela El tungsteno, a modo de protesta y denuncia desde la literatura, con el mensaje revolucionario de que solo la conciencia de clase y la organización de los trabajadores eran las armas para sepultar a los explotadores y las indispensables llaves para abrir las alamedas de la liberación proletaria. El poeta de pocos recursos económicos, pero de muchos poemas hechos de sentimientos humanos y compromiso social, estaba convencido de la tesis marxista de que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores y quien no entienda estito estaba condenado a ser un eterno esclavo del sistema capitalista.

lunes, 8 de junio de 2026

EL TÍO Y LOS MINEROS

Caminando por las calles de Llallagua, cuesta arriba y cuesta abajo, me detuve frente a una casa, en cuya ventana se exhibían objetos decorativos hechos con papel maché. Me llamaron la atención, sobre todo, los muñecos que representaban a hombres y mujeres de la zona andina. La casa estaba ubicada a la altura del edificio de la municipalidad, donde las autoridades ediles estaban recluidas en sus oficinas, mientras en la Plaza de Armas los peatones hormigueaban bajo el sofocante sol del mediodía. 

Me acerqué a la puerta entreabierta, cogí la manilla y la empuje hacia adentro. Pedí hablar con el dueño. Me atendió un hombre de mediana edad, cuyo nombre no recuerdo; era el propietario del negocio y el artista que moldeaba los objetos artesanales con la pasta de papel maché. De sus manos nacían animales silvestres, muebles de hogar y figuras con cuerpo y rostro humanos.

Cuando le pregunté cómo los hacía, él aguzó los oídos, levantó la mirada y contestó: Una vez que los moldeó, pegó con adhesivos la cabeza y las extremidades al cuerpo, después los dejó secar hasta que queden endurecidos como la arcilla, para finalmente lijarlos y pintarlos.

No dejé pasar mucho tiempo y, de sopetón y sin mayores redundancias, le dije que estaba interesado en que me lo hiciera una estatuilla del Tío de la mina. Él me miró extrañado, como quien jamás escuchó semejante pedido. Sin embargo, tras unos segundos, me preguntó para cuándo la quería. No hay apuros, le dije. Él aceptó plasmar mi deseo en sus horas libres, no sin antes solicitarme un pequeño adelanto para asegurase de que el pedido iba en serio. Estará listo para el próximo mes –dijo con un soplo pesado–. Entonces puedes volver para recogerlo.

El día que regresé, sin otro pensamiento que recoger la estatuilla, me sorprendió que lo hubiese hecho al Tío acompañado de dos mineros, que masticaban hojas de coca, mientras el dueño de los minerales, con el cigarrillo en la boca, los observaba con su mirada de autoridad suprema.

Estreché la mano del artista y lo felicité por el excelente trabajo que materializó en papel maché. Él atinó a esbozar una sonrisa y no dijo nada. Cancelé lo que restaba, cogí la estatuilla, me despedí con sobrados agradecimientos y, paseándola ante las miradas curiosas de la gente, me la llevé por las calles de Llallagua, con la sensación de que el Tío estaba tan feliz como yo.     

La estatuilla estuvo en un cuarto de la ex Casa Gerencia de Catavi, donde me quedaba, de cuando en cuando, mientras visitaba las poblaciones del norte de Potosí. Está claro que la estatuilla, por representar una de las realidades más neurálgicas del mundo minero, llamaba la atención a primera vista y no podía permanecer encerrado en un cuarto; así que, por sugerencias de Lourdes Peñaranda Morante, bibliotecóloga y encargada del Archivo Histórico Minero de Catavi, la presté por un buen tiempo a esta institución que contaba con salas de exposición de objetos patrimoniales y tenía proyecciones de convertirse en museo. Allí fue donde el abogado y escritor Armando Córdova Saavedra le tomó una fotografía para incluirla en una de las ediciones de su libro: Historia de un Pueblo. Recuento Socio-Histórico. Desde luego que la estatuilla no dejaba indiferente a nadie que la viera expuesta en una de las mesas del Archivo, donde, además de exhibirse publicaciones referentes a la minería, había diversos objetos museísticos pertenecientes a la Patiño Mines y la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

La estatuilla refleja una de las escenas cotidianas del minero boliviano que, antes de iniciar la jornada y a modo de darse fuerzas, pijcha, fuma y bebe junto a la estatuilla del Tío, a quien se lo tiene como al absoluto soberano de las entrañas de la tierra y, por eso mismo, como al único ser omnipresente capaz de decidir el destino del trabajador en el interior de la mina, ya que de él depende la vida y la muerte de quien se interna en los oscuros laberintos de su dominio, suplicándole, con suma devoción y reverencia, entregarle los mejores filones de estaño.

No es casual que los mineros conversen con el Tío como si formara parte de su familia. Él es el confidente en los momentos de tristeza y alegría, el amigo que los acompaña mientras pelean contra las rocas, el todopoderoso que decide lo que está bien y lo que está mal allí donde no penetra la luz del sol ni rigen las leyes divinas.

Los mineros, sentados sobre rocas o callapos, llenan con coca y lejía los carrillos de la boca, con la esperanza de hallar la veta que buscan entre penumbras, apenas iluminados por la luz de las lámparas enganchadas al guardatojo. Después se retiran del paraje del Tío y se alejan hacia sus respectivos rajos, donde les espera un trabajo duro y parejo, hasta que se les afloja los músculos y se les agota el aire en los pulmones minados por la silicosis, como cada día que sobreviven con el Jesús en la boca y con el Tío entre ceja y ceja.

Algunos años después, cuando volví a la casa donde vivía el artista, que hizo la estatuilla del Tío y los dos mineros, con el propósito de encargarle la realización de una estatuilla de la Chinasupay, la amante celosa del Tío, no lo encontré porque se había mudado vaya a saber dónde. Nadie supo darme razones, ni siquiera quienes eran sus vecinos. El artista, que a sí mismo se consideraba artesano, desapareció sin decir nada a nadie, como si se lo hubiese tragado la tierra, como si el Tío se lo hubiese llevado al interior de la mina.

Me quedé con una sensación de desaliento, arrepentido por no haberle preguntado su nombre ni haberle pedido su teléfono, aunque sabía que una de sus obras de arte estaría conmigo, como parte de mi colección de Tíos, donde esta estatuilla brilla con luz propia tanto por su esencia como por su belleza..           

lunes, 1 de junio de 2026

MICROTEXTOS XIV

Racismo

El antirracista, a diferencia del xenófobo, no se fijaba en el color de piel que su amada tiene por fuera, sino en los valores humanos que tiene por dentro.

Experiencia

De joven le gustaban las mujeres voluptuosas, de pechos y nalgas enormes, hasta que un día, su abuelo, como todo viejo que hablaba con la voz de la experiencia, le dijo: “A la mujer, mientras más delgada, el clavo le entra mejor”.

Justicia por mano propia

Una turba enfurecida sepultó vivo a un adolescente de 16 años, acusado de violar y descuartizar a una niña de 5 años. Todos estaban de acuerdo en hacer justicia por mano propia. Primero, lo capturaron como a una bestia salvaje, lo maniataron y obligaron a asistir al velorio de la víctima. Luego, entre golpes y gritos, lo condujeron hacia el cementerio, donde lo tiraron en una fosa profunda, con las manos todavía amarradas a la espalda, y le echaron palas de tierra, hasta provocarle la muerte por asfixia.

Amigo imaginario

Mi amigo imaginario, mientras había luz, siempre fue mi sombra, con quien hablaba, reía, lloraba y jugaba, hasta que caía la noche y mi sombra, que no era un muñeco ni un animal de peluche, se despedía y desaparecía pidiéndome esperarlo a la luz de un nuevo día.

Varón domado

Desde que ella lo tenía bajo su dominio, él ya no era el mismo, parecía un hombre sin alma ni cerebro. Ella lo manejaba, sin mirarle ni dirigirle la palabra, como a cualquier don nadie; incluso, desde que perdió su autoridad y dignidad de hombre, ella pensaba y sentía por él, quien no se reconocía ni estando delante del espejo. Ella lo envolvía en un dedo y él no decía nada, lo desenvolvía y tampoco decía nada. Lo envolvía una y otra vez en el dedo, como se envuelve el hilo en el carrete, y él no decía nada, solo movía los ojos, mirándola como el esclavo mira a su amada ama.

Soledad

El hombre vivía solo en la soledad, amparado en la pobreza y el olvido. Nadie lo visitaba ni se preocupaba por él, salvo un famélico perrito convertido en su única compañía, el que le daba cariño y lo seguía por donde iba.

Femimachista

Una feminista de marras, como las que andan por ahí, alguna vez me dijo que el peor enemigo de la mujer no es el hombre, sino otra mujer machista.

Olores

El autobús se detuvo en un tramo de la carretera. Se abrió la puerta, subió un hombre, miró en derredor y dijo:

–Sube un nuevo pasajero con olor a indio. No me van a discriminar, ¿ya?

–Aquí no hay gringos –contestó uno–. Todos somos indios, pero con olor a gringos.

–¿Y cómo es el olor a gringos? –preguntó otro.

–A gringos –contestaron los pasajeros al unísono.

El autobús estalló en risas y bromas, mientras se cerraba la puerta para proseguir el trayecto.

Paro del transporte

Cuando el transporte se declara en paro, por falta de diésel y gasolina, para todo, para la vida y para la muerte. La ciudad de El Alto se viene abajo. No se oyen motores en las calles y los peatones viajan sobre sus pies, como si el mundo dejara de orbitar alrededor del sol y dejara de girar sobre su eje. Cuando el transporte se declara en paro, por la escasez de combustible, paran las agujas del reloj, callan los motores, paran los conductores y no queda otro camino que movilizarse en autopie.

Una granja al revés

En esta granja, donde las leyes de la naturaleza no siguen las normas de Darwin ni de Dios, los animales viven a su libre albedrio: el gato ladra y el perro maúlla; la vaca relincha y el caballo muge; el sapo trina y el pájaro croa; el gallo gruñe y el cerdo cacarea…

En este reino animal,  donde las leyes de la naturaleza están al revés, el loco es el más curdo entre los cuerdos, mientras el cuerdo, que no habla pero rebuzna, es un auténtico loco de remate.

Necrofilia

Cuando murió su amada, la mujer a quien no podía apartarla de su vida, él no soportó la soledad y decidió profanar la tumba donde ella yacía bajo una cruz de hierro y una lápida de mármol. Se metió en el cementerio a medianoche, escarbó la tierra con las manos, desenterró el cadáver con la misma desesperación de un violador de sepulturas. Y, sin que nadie lo viera bajo el reflejo plateado de la luna, llevó el cuerpo a su casa y lo recostó en la cama. Lo restauró, maquilló y vistió con sus mejores galas. La perfumó, la devoró a besos, la exploró con las manos y, excitado como un perro azuzado, le hizo el amor como la primera vez que la poseyó en la misma cama.

martes, 19 de mayo de 2026

EL TÍO DE LA MINA Y SU ESCRIBANO

Ya les conté de cómo se dio mi encuentro con Freddy Mamani Mamani, el administrador del estudio de tatuajes en La Ceja de El Alto, donde conocí también a Dark y Dayko Requena, el autor de la fabulosa estatuilla del Tío, que ahora forma parte de mi colección particular.

Freddy es un personaje de nobles dotes y parco en las palabras, un diseñador gráfico de primera línea, aunque nunca pisó una Academia de Bellas Artes ni nunca expuso sus obras en las paredes de una galería, debido a que las creaciones nacidas de su ingenio se quedan tatuadas, de por vida y sin mediar objeciones, en la piel de sus clientes.

Apenas advertí su talento innato, me animé a insinuarle si sería capaz de dibujar o pintar un Tío de la mina. Me gusta la idea, dijo. Luego prosiguió: Lo intentaré. Y así lo hizo. Al cabo de un tiempo, cuando pasé a visitarlo en su estudio, me enseñó el boceto que realizó, dejándome gratamente sorprendido. Se trataba de un maravilloso trabajo de arte, donde yo aparecía como la criatura del Tío, quien me cargaba a sus espaldas en un colorido aguayo. Esta pintura digital te salió a todo dar, le dije, con el corazón latiéndome de hondo regocijo. Lograste captar, a la perfección y sin resquicios para la duda, la idea de que soy el verdadero escribano del Tío. En efecto, era cuestión de contemplar la pintura para advertir que el artista plástico tenía sobrada experiencia en los andares del diseño gráfico hecho con la pasión que demanda el oficio de poner el dedo en el gatillo y pegar el tiro en el blanco, sin pensar dos veces ni fallar un milímetro en el dominio del pulso.

Días más tarde, cuando me mostró en su celular la pintura terminada, me dije para mis adentros: ¡Qué maravilla, carajo! Qué aguayo más hermoso aunque envejecido por el uso y el paso del tiempo que eligió el Tío para cargarme, como si fuese una madre que adora a su criatura con todas las fuerzas de su corazón. La pintura, tal como quedó y tal como ustedes la contemplan, lleva la impronta del artista, donde se proyecta un estilo personal, original y de alto valor estético. No hizo falta que utilizara lienzos, paletas, pinturas, pinceles y brochas de costosa procedencia. Bastó con su imaginación para crear esta imagen casi surrealista, que habla por sí misma y donde cualquier explicación queda al margen de toda consideración explícita.

No sé exactamente qué técnicas de la pintura digital utilizó Freddy Mamani Mamani, pero sí sé que se esmeró en la creación de esta magnífica obra, conforme pudiera alcanzar un resultado concreto que superara sus propias expectativas como diseñador de tatuajes de asombrosa calidad estética.

El aguayo, en el que me carga el Tío, es un tejido andino tradicional hecho con ovillos de lana de llama, oveja o alpaca. No parece estar elaborado en máquina tejedora, sino por las diestras manos de las mujeres del altiplano, que aprendieron de sus antepasados a conservar la cultura ancestral por medio de este telar de  pampa sawa (de suelo), donde se refleja la identidad y la cosmovisión de los quechuas y aymaras, cuya historia milenaria está expresada en este tipo de aguayos de colores vivos y diseños geométricos, que parecen los plumajes multicolores de un ave tropical, simbolizando el universo mágico y, a veces, secreto de los habitantes del antiguo Tawantinsuyo.

El Tío, que conoce desde siempre esta belleza textil, no tuvo mejor idea que cargarme a las espaldas, quizás, por ser su legítimo escribano, o, quizás, porque quería tenerme en las galerías de los dantescos socavones, donde está su reino y donde soy su convidado especial; un privilegio que me lo gané a pulso desde que escribí los primeros cuentos que él me sopló en los oídos, a partir de su larga vida como amo y señor de los mineros, un testimonio personal que quedará escrito en los anales de la historia, como si fuese la mismísima Biblia del Diablo.

Freddy Mamani Mamani, excelente artista de los trazos y colores, no dudó en retratarme como una guagua raptada por el Supay (diablo) andino, que luce el guardatojo atravesado por sus cuernos, la indumentaria a la usanza de los cooperativistas mineros y un semblante que genera espanto como todo personaje de cola y patas de macho cabrío, que habitan en el subsuelo y es dueño de las riquezas minerales. Se lo ve como si huyera de la luz del día, volteando la mirada pícara y penetrante hacia lo que va quedando atrás, para luego meterse, chapoteando en las aguas de copajira, en el desmesurado bostezo de la montaña, donde no existe otra iluminación que la mortecina luz de la lámpara enganchada al guardatojo.

El Tío, con el cigarrillo encendido entre los dientes, la infaltable bolsa de coca y la botella de alcohol, me lleva a cuestas como un q’epiri (cargador), como si de veras me raptara por puro gusto y capricho, con la intención de tenerme como rehén en algún recóndito lugar de su paraje, donde los mineros pijchan, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y botellas de aguardiente, sin importarle mucho si su escribano se sentirá bien o mal en medio del silencio y la impenetrable oscuridad de las galerías, parajes, buzones y chimeneas

Sea como fuere, en mi condición de escribano del Tío, tengo la cabeza ladeada, la cabellera canosa, la barba plateada y los ojos entornados, como si cavilara en las aventuras y desventuras del personaje central de la mitología mineras, mientras se me caen los libros de la mano, que, en realidad, son más los libros del Tío que de este humilde servidor, quien, para bien o para mal, parece un pobre diablo.

El Tío, con decisión incuestionable y fuerza indomable, y según la interpretación del artista, prefiere llevarse a su escribano en el aguayo y no en la calcuta o q’epirina, la bolsa de lona que los mineros cargan a la espalda para llevar algunos elementos necesarios para la jornada, como dinamitas, guías con capsulas de percusión, hojas de coca, cigarrillos y hasta una botella de té o aguardiente, para pijchar y ch’allar en el paraje del Tío.

Es de suponer que el Tío dobló el aguayo cuadrado en forma de triángulo, me colocó con la espalda apoyada en la parte doblada, hizo pasar la punta inferior del triángulo entre mis piernas, a modo de crear un asiento firme y seguro. Luego agarró las otras puntas y, aventando el aguayo por encima de sus robustos hombros, me acomodó en su espalda, anudando las esquinas a la altura de su pecho. Como se ve en esta pintura, quedé acomodado de manera ergonómica para evitar cualquier dolor, con la cabeza fuera del aguayo, pero con el cuerpo pegadito contra las espaldas del Tío.

Freddy Mamani Mamani, como todo artista profesional, entregado a merced de su fantasía, jugó con la técnica de capas superpuestas, comenzando con tonos suaves y claros, para culminar en los tonos oscuros para crear volúmenes, sin más recursos que las herramientas puestas a disposición de cualquiera por las nuevas tecnologías digitales.

Esta innovadora técnica artística, a pesar de estar realizada en miniatura, está lejos de los graffitis y murales monumentales. El artista prefirió plasmar la obra de su creación en formato pequeño, no porque le faltó más superficie en la pantalla de la computadora, sino porque así se vería mejor incluso en un celular que apenas cabe en la palma de la mano.

En la pintura digital destacan tonos luminosos y semitransparentes, además de las formas y líneas que revelan el fuero interno de un artista que posee el espíritu altamente sensible y la pericia de un maestro que aprendió a dominar su oficio desde la adolescencia; por eso mismo, este arte visual resultó a la medida de la capacidad creativa de Freddy Mamani Mamani, digno de ser exhibido en la portada de un libro o en una galería de arte, donde los espectadores pudieran penetrar con la mirada en la imagen y dejarse llevar en los vuelos de la imaginación hacia el mundo mágico y fantástico del Tío y su escribano.