martes, 18 de agosto de 2026

EL TÍO BORDADO CON PASIÓN

A Paulino Arena lo conocí en un viaje de Llallagua a Oruro. Era mi compañero de asiento. Nos saludamos e intercambiamos miradas por un instante. Ya en el trayecto, entablamos una amena conversación. Me contó que vivía en Oruro, pero que era oriundo de Chuquihuta, municipio de la comunidad jucumani, ubicado en la provincia Rafael Bustillo del departamento de Potosí.

–¿Y qué haces en Oruro? –le pregunté.

–Trabajo como bordador –contestó.

Cerré la boca y, por un instante, pensé: Si es cierto lo que me dice, entonces es una revelación que un joven proveniente de un pueblo cercano a las altas montañas de la Cordillera Central de los Andes, se estuviese ganando un lugar en la capital del folklore boliviano, donde hay eximios mascareros y bordadores, con una merecida fama que ha trascendido más allá de las fronteras nacionales.

–¿Y qué tipo de trajes bordas?

–Para los danzarines del tinku, esa es mi especialidad –contestó, mientras buscaba en su celular algunas fotos, que luego me las enseñó como quien enseña su carnet de identidad. Deslizó la pantalla con el dedo pulgar y pude ver unos maravillosos bordados que lucían los chalecos destinados a los danzarines de las fraternidades del tinku, que se baila con energía y actitud de confrontación con el rival en las festividades folklóricas y religiosas de todo el país, donde esta danza originaria de los ayllus del norte de Potosí, conocida por la colorida y originaria vestimenta de las mujeres, y por la inagotable energía de los hombres, quienes lucen monteras adornadas con plumas, chaquetas con bordados andinos, pantalones de bayeta, bufandas, abarcas, chumpis y ch’uspas, y cuyas patadas al aire, coreografías con choques de hombros o pechos entre contrincantes y golpes de montera contra el suelo, cautiva a los espectadores tanto por sus briosos movimientos como por sus gritos de combate, acompañados por la música de quenas, zampoñas y bombos que marcan un compás dinámico y marcial, que forman parte de la tradición ancestral, ritual y cultural de los pueblos originarios como Macha o Aymaya. 

–Qué hermosos bordados –le comenté.

Él me miró en silencio y apenas dijo nada. El auto noah seguía ganando distancia entre los gibosos cerros y nosotros retomamos la conversación.

–¿Hace mucho que te dedicas al oficio de bordador?

–Hace ya algunos años que empecé a trabajar en el taller de un familiar –contestó. Guardó su celular y, tras acomodarse en el asiento, añadió–: Él se ha especializado en bordar trajes para el tinku.

En ese instante, a la altura de la población de Huanuni y mientras contemplaba el paisaje del altiplano desde la ventanilla, se me ocurrió preguntarle algo que me andaba rondando en la cabeza, pero que no sabía exactamente cómo decírselo, hasta que el auto dio un barquinazo y nosotros nos miramos esbozando una sonrisa. Esa fue la ocasión que aproveché para lanzarle la pregunta:

–¿Te animarías a bordar un Tío de la mina? Tú sabes quién es el Tío, ¿verdad?

–Sí –dijo–. Algunos de mis parientes han sido mineros en Llallagua.

–¡Qué bueno! –exclamé–. Entonces sabes de lo que estoy hablando.

Él se quedó mirándome de sesgo, pensó por un instante y dijo:

–Nunca he bordado un Tío, pero puedo intentarlo.

–¡Qué maravilla, hermano! Te lo agradecería mucho.

–Te comunicaré por WhatsApp cuando lo tenga listo –concluyó como poniendo un punto final a ese tema de la conversación.

Cuando llegamos a las afueras de Oruro, él se despidió amigablemente y descendió del auto. Lo miré por la ventanilla, mientras el conductor descargaba del portaequipajes unos bultos repletos de madejas de lana de oveja y de llama, que Paulino Arena adquirió de las hilanderas en las poblaciones del norte de Potosí. El auto arrancó el motor y nosotros nos despedimos haciendo señas con la mano.

Por un tiempo, no volví a saber de él, hasta que un día me escribió por WhatsApp: El Tío estará listo para el 6 de agosto, amigo Víctor.

¡Qué excelente noticia, hermano!, le contesté de inmediato. Tú me dirás cuándo y dónde lo recojo, ¿en Oruro o en otra parte?

Pasaron los días y nos encontramos en la ciudad de Oruro, en la antigua terminal de buses.

Él trajo el bordado en su mochila, metido en una bolsa de plástico. Lo extendió sobre la mesa de una cafetería y se limitó a mirarme en silencio, pero decidido a sorprenderme con su trabajo. Se trataba de una verdadera creación artística.

Ni bien lo tuve entre las manos, me fue difícil entender cómo un artesano bordador pudo haber decorado la imagen del Tío sobre la superficie de una tela, sin más instrumentos que los dedos de las manos y sin más materiales que una aguja, un bastidor, una tijera, un dedal y unos hilos de diversos colores y grosores.

Me imaginé, por razones obvias, que primero dibujó la imagen del Tío en un papel para después replicarlo con un marcador en la tela de bayeta, colocada en el bastidor de manera uniforme, de modo que pudiera comenzar con el bordado, puntada por puntada, hasta ir perfilando los detalles del rostro y del cuerpo, con ricas texturas, relieves y una destreza propia de los maestros respetados por su oficio en esta técnica artística de usar las agujas como pinceles y las hebras de lana como pinturas. Y, como es de suponer, remató el trabajo con un acabado final, resaltando los contornos de la imagen con una costura fina, hecha con un hilo metálico de color plateado y, alrededor de su cuello, con tiras de serpentinas multicolores como en los días de Carnaval.

Si uno se fija bien en la imagen, el Tío parece bordado con la poesía de las lanas de ovejas y llamas, que las hilanderas le proveen a Paulino Arena, quien, de cuando en cuando, se da una vuelta por las poblaciones del norte de Potosí, para comprar los quintales de ovillo de lana que acaban convertidos en hermosos ornamentos en los trajes de los danzarines del tinku, una de las danzas tradicionales más renombradas de los pueblos de Macha y Aymaya, donde cada año se celebra esta festividad ancestral, en medio de cantos, músicas y enfrentamientos de pugilato entre los hombres de los distintos ayllus que pueblan esas tierras donde nacieron el líder indígena Tomás Kartari y el teórico indianista Fausto Reinaga.

Mientras nos despedíamos con un abrazo y un fuerte apretón de manos, como si reafirmáramos una vieja amistad, me imaginé también que Paulino Arena bordó lleno o cerrado, con un punto de cruz, que le permitió trabajar con mayor soltura, en sentido horizontal, vertical y diagonal, con el propósito de lograr un resultado de gran calidad estética y belleza extraordinaria, donde la figura del Tío de la mina, apoltronado sobre una roca mineralizada, se muestra de cuerpo entero, con sus retorcidos cuernos apuntados a los costados, sus patas de macho cabrío, su pene de respetables dimensiones y su piel encendida como las llamas del infierno.

No cabe duda de que Paulino Arena, desde que quedó atrapado en el trabajo de bordador, como clavado por las agujas y enredado por los hilos, es un joven artista del bordado, con aspiraciones de abrirse un notable espacio en la tierra de mascareros y bordadores, compitiendo con las familias dedicadas a esta labor artesanal, cuya destreza en la elaboración de trajes se transmiten de generación en generación; una actividad que en principio les pertenecía solo a las mujeres, pero que, con el paso del tiempo, llegaron también a practicar los hombres, hasta que empezó a valorarse el aspecto técnico y artístico del bordado, sobre todo, en las ciudades de Oruro y La Paz, donde algunos son capaces de bordar trajes de diablos y morenos con incrustaciones de vidrio, pedrería, perlas, lentejuelas, plumas de ave, ramas de plantas, conchas marinas, canutos, hilos de color plata y oro, entre otros materiales conocidos y reconocidos por los maestros bordadores.

Este magnífico trabajo de imaginería, cuyo principal motivo es el Tío de la mina, resultó ser una magnífica obra de arte, nacida de la fantasía y las manos de Paulino Arena, quien aprendió a domar su oficio a costa de pincharse la falange de los dedos y mantener la paciencia sin quejarse ni rendirse, para lograr un resultado que superara sus propias expectativas, ya que el bordado, que se caracteriza por ser un proceso manual, donde cada puntada permite un control total sobre el diseño y los detalles, requiere de mucha práctica, paciencia y precisión, debido a que no es lo mismo pintar con pinceles sobre un lienzo que crear una compleja imagen con la ayuda de una aguja y la aplicación de hilados nortepotosinos sobre una tela menos tensa y menos sólida.

Ahora que este bordado forma parte de mi colección privada, solo espero que, a pesar del inexorable paso del tiempo, la iconografía del Tío, con su infaltable cigarrillo, coca y alcohol, hecha con mucho detalle y con mucha pasión, a mano y no a máquina, no se deshilache como una tela cualquiera ni quede convertida en jirones como un bordado abandonado a su maldita suerte. Ojalá que el mismo Tío, apelando a sus poderes mágicos y sobrenaturales, me ayude a proteger y conservar su imagen de amo, dueño y señor de las minas bolivianas.

GLOSARIO

Ayllu: Unidad básica de la organización social en las comunidades quechuas y aymaras.

Chumpi: Faja ancha para la cintura, tejida con lana de oveja o llama.

Ch’uspa: Bolsa pequeña de lana para llevar coca, “lejía”, cigarrillos y otros.

Pachamama: Madre Tierra.

Tinku: Encuentro. Combate ritual originario entre “ayllus” del norte de Potosí. Es una ceremonia preincaica donde los pobladores se enfrentan físicamente a golpes como ofrenda de sangre a la “Pachamama”, para asegurar una buena cosecha.

 

lunes, 10 de agosto de 2026

 

SUECIA EN CUATRO ESTACIONES

Primavera

En enero y febrero, como todos los años al terminar el largo invierno sueco, los comercios de comida y confiterías venden panecillos especiales llamados semlor, saborizados con cardamomo, crema batida y pasta de almendras. Estos panecillos se comen, sea como aperitivo o postre, acompañados de un tazón de leche caliente, espolvoreado con canela, como manda la sagrada tradición.

Es la estación del año en la que se celebra también el Alla hjärtans dag (Día de los Enamorados), en homenaje a San Valentín, ese monje italiano convertido en mártir cristiano y luego en santo, debido a que, sin contar con el beneplácito del emperador ni del papa, unía en matrimonio a jóvenes enamorados hasta las patas. Es el día en que se regalan flores o se manda tarjeta o carta a alguien que se ama con todas las fuerzas del corazón.

A fines de marzo, cuando los días son más largos y las noches más cortas, la vida vuelve a despertar en la naturaleza y asoma el equinoccio de primavera; los árboles se cubren de hojas y flores, mientras los pájaros, remontados en alborozo vuelo, surcan el cielo entre trinos y graznidos.

Después llega la festividad de la Pascua, ocasión en la que la gente adorna su casa con plumas y come un montón de huevos, en toda sus formas y tamaños, como símbolo de la vida y poder de crecimiento, mientras los niños y las niñas, además de recibir huevos decorados, llenos de dulces y chocolates, se dan un auténtico festín con las golosinas que más despiertan su apetito y los sueños de vivir en la fábrica de chocolates de Willy Wonka.

En la Pascua todo es fiesta y alegría, como si de veras se celebrara la resurrección de Cristo. Las niñas y los niños se disfrazan de brujas y brujos variopintos, para recorrer por las casas pidiendo dulces y monedas; una tradición inspirada en el Medioevo y la Inquisición, una época sombría en que las mujeres, acusadas de sostener pactos con el diablo en Semana Santa, eran condenas a arder como antorchas en la hoguera.

En esta estación del año se arreglan los jardines, se queman las ramas muertas y otros residuos, hasta que en vísperas del Valborgsmässoafton (Noche de walpurgis), se reúnen hombres y mujeres, grandes y chivos, alrededor de fogatas, para dar la bienvenida a la primavera, con coros al aire libre y reuniones donde no faltan las exquisitas comidas y las bebidas espirituosas.

Verano

Cuando el día se alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta alrededor de un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se yergue como un falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con guirnaldas de hojas y flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en posición de cuclillas, interpretan canciones similares a las rondas infantiles y, bailando con pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca…

Horas después, sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros, comen productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill (arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y papas nuevas hervidas con eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de cereales) en copas del tamaño de un dedal, a la espera de que el día, largo como en todos los solsticios de verano, se haga noche y convoque a la cama.

En esta estación del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y playas, donde el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres, rubias como las valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas en los arrecifes, para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda cabellera tendida sobre la arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.

Otoño

En el otoño, cuando la naturaleza se torna en un disco cromático, todo el paisaje, pintado con diversos matices, es digno de ser contemplado y admirado. Las noches se hacen más largas y frías, las hojas caen como mixturas de los árboles y los vientos soplan arrastrando las últimas rachas del verano.

En el día de Todos los Santos, a diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere, muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.

Invierno

Al llegar el invierno, cuando la temperatura baja a más de 0° C., caen los copos de nieve y las ciudades del norte se visten como hermosas novias. Las noches tienen un resplandor de sueño y la nieve reverbera bajo el reflejo argentado de la luna.

El 13 de diciembre se celebra el Día se Santa Lucía, en homenaje a la mártir cristiana de origen siciliano, considerada la patrona de los ciegos y de la luz, de quien se dice que, durante el tormento al que fue sometida por sus verdugos romanos, bajo las órdenes del gobernador Pascasio, a principios del siglo IV d. C, le arrancaron los ojos, pero ella seguía viendo como por gracia divina. No en vano las iconografías la muestran con una espada, una palma, un libro, una lámpara de aceite y casi siempre con dos ojos en un plato. Quizás por eso, las familias hornean pastelitos llamados Lussebulle (bollos de Lucía), generalmente con la forma del número ocho, que simboliza los ojos de la santa de Siracusa, para comerlos por la mañana, la tarde y la noche.

Las niñas, a modo de conmemorar su martirio, se visten de Lucía, con un vestido blanco, largo hasta los talones y una cinta roja ajustada en la cintura, y, lo que es más importante, llevan una corona de siete velas en la cabeza; en tanto los niños se visten de stjärngossar (chicos con estrellas), debido a su sombrero puntiagudo que tiene una estrella en la punta. En la noche de Santa Lucía, organizados en pequeños grupos, salen de ronda por doquier, entonando, con voces angelicales y en completa armonía, canciones que piden que reine la luz en medio de la oscuridad.

En esta época, la más fría y oscura de las cuatro estaciones, los suecos encienden los centelleantes colores de los foquitos del arbolito de Navidad, que representa la festividad familiar más importante del año y cuyos orígenes están anclados en los antiguos ritos y mitos de sus antepasados.

El arbolito, adornado con una estrella en la punta, luces de colores, esferas brillantes, guirnaldas, lazos, campanitas, bastones de caramelo o flores, es el centro de atención de niños y adultos, quienes hondan sus esperanzas en que Papa Noel se los traiga, en su trineo tirado por siervos, algún regalo desde el extremo norte del planeta, donde todo es frío y nieve, nieve y frío.

En la fecha que se despide el año viejo y se da la bienvenida al Año Nuevo, entre uvas, vinlögg (vino caliente) y brindis con copas de champaña, la medianoche helada estalla en juegos pirotécnicos, que más parecen luces de bengala encendiendo el oscuro cielo, donde los fuegos artificiales, como racimos de flores, se desgranan en colores vivo, mientras las personas comen las doce uvas, deseando que se hagan realidad sus sueños y que el nuevo año sea de felicidad y prosperidad para todos.

sábado, 1 de agosto de 2026

EROTISMO A FLOR DE PIEL

El reciente libro de Víctor Montoya, quien viene explorando los territorios de la literatura erótica desde su novela El laberinto del pecado (1993), reúne una serie de cuentos y relatos que abordan historias insólitas sobre el amor y las complejas relaciones humanas que dejan al desnudo su intimidad, sin más intención que ruborizar las mejillas y subir un poco la temperatura del lector.

La narrativa del autor tiende a rebelarse contra el tabú sexual y reconquistar las libertades perdidas tras la censura establecida por la religión y la moral retrógrada de los caballeros cuya función es reprimir las fantasías eróticas de hombres y mujeres, con el falso argumento de que el pecado carnal es una perversión atentatoria contra la decencia de los ciudadanos y una amenaza demoniaca contra el buen vivir de las familias cristianas.

Estos cuentos y relatos eróticos, escritos con un lenguaje rico en matices lexicales y un regio despliegue creativo en torno a la ardiente sensualidad, prometen un seguro deleite al exigente lector, acostumbrado a escudriñar las transgresiones físicas y mentales en las obras que tratan la sexualidad más allá de los valores éticos y morales establecidos por el entorno sociocultural y religioso, que todavía consideran la lujuria uno de los pecados que aleja a los individuos de la salvación espiritual y los acerca a las puertas del infierno.

Erotismo a flor de piel es un libro de revelaciones amorosas dispares e inimaginables, donde los protagonistas deciden dar rienda suelta a sus instintos primitivos, para internarse en un ámbito lleno de pasiones íntimas y placeres insospechados, que inducen de una aventura a otra, mientras el autor permite que el lector reflexione en torno a la anatomía humana, el amor, el desamor y las fantasías eróticas descritas con gran sentido del humor y total desenfado, como en Amor a tergo, un relato con descripciones explícitas de la relación carnal que transcurre en la cocina, mientras la mujer prepara un platillo afrodisiaco del Caribe y el hombre la aborda por la espalda para consumar su voluptuosa fantasía, dejando satisfechos a los protagonistas de esta exquisita historia, salpicada de expresiones metafóricas y exuberante sensualidad, que ganó el primer premio en el Concurso Sexto Continente de Relato Erótico, convocado en 2005 por Ediciones Irreverentes y el programa Sexto Continente de Radio Exterior de España.

El libro, destinado a recrear con lucidez las manifestaciones más sublimes de la condición humana, se funde en un haz de composiciones narrativas despojadas de tabúes y prejuicios, en un intento por ofrecer un abanico de temas que explayan las fantasías pasionales más recónditas y lúdicas, que van desde el roce de la piel con un beso, hasta las más avanzadas técnicas de exploración del instinto sexual, con los atributos propios de una literatura irreverente y transgresora, donde el arte de narrar historias eróticas se convierte en la metáfora perfecta del amor y en una magnífica razón para revelar los secretos del placer carnal.

Es evidente que en algunos de los cuentos y relatos se encuentran una combinación explosiva de erotismo y picardía, pero ninguno transgrede el comportamiento sexual admitido por la colectividad, porque no dan instrucciones en las artes amatorias, como en el Kámasutra hindú, al ser textos y contextos que, despojados de todo eufemismo, se atreven a transgredir fronteras entre lo permitido y lo prohibido, y, a su vez, tensar las vallas de los tabúes relativos al sexo y las normas de convivencia impuestas por las mentes mojigatas en una sociedad donde reina la doble moral, como en los chistes de doble sentido, en los que las partes genitales no se nombran como debe ser, sino usando una serie de giros idiomáticos o comparándolas con frutas y verduras.

El autor expresa sus fantasías eróticas a través de un lenguaje elegante, exento de términos científicos y verbosidades académicas, procurando acercar al lector hacia escenas engalanadas de asombro y maravilla, donde se ensamblan, bajo un manto de erotismo implícito y explícito, lo bueno y lo malo de las relaciones conyugales. De ahí que Erotismo a flor de piel resulta ser una selección de cuentos y relatos de tintes eróticos, donde el protagonista no es el sexo en sí mismo, sino apenas un recurso que permite exponer otros temas relacionados con el cotidiano vivir, donde no faltan los enamoramientos, adulterios, celos, venganzas y la desesperación de los protagonistas que se ven enfrentados a turbulentas relaciones amorosas, en las que se amalgaman lo religioso con lo profano y lo alegórico con lo lírico, como en los cuentos El cura y la monja, La punk de los aros de oro, Cándida, el negro y el perro, La cortesana y el esclavo negro, Las monjitas del Tío y El secreto amor de Marilú, en los que se explayan apasionantes historias de amor, donde los protagonistas hacen vibrar de emoción y despiertan el interés de las y los lectores interesados en la literatura del género erótico.

El libro Erotismo a flor de piel, del reconocido escritor Víctor Montoya, es una propuesta indispensable en el contexto de la literatura boliviana, donde son pocos los autores que han incursionado en la creación de obras que, sean reales o ficticias, asumen una temática inspirada en las preocupaciones más introspectivas y sensibles de la naturaleza humana. Erotismo a flor de piel, publicado por Librería y Editorial Subterránea, es un volumen de cuentos y relatos arrancados de la imaginación y creatividad del narrador, quien se esmeró en cuidar, tanto en la forma como en el contenido, una prolija prosa de alta calidad literaria, digna de ser destacada en el ámbito de las letras hispanoamericanas.

martes, 21 de julio de 2026

 

MICROTEXTOS XVI

Amar con el corazón

El amor no es asunto del corazón, sino del cerebro. Las sensaciones del amor se procesan en el cerebro, donde se liberan químicos como dopamina, oxitocina y endorfina, generando placer y apego hacia el sexo contrario.

El corazón no recibe las sensaciones del amor, sino la sangre oxigenada de los pulmones, para luego suministrar, a través del sistema cardiovascular, a los órganos y tejidos del cuerpo; en tanto el cerebro, que actúa como el centro de mando y motor principal del cuerpo, tiene por función procesar los pensamientos y sentimientos del amor.

Lo cierto es que, lejos de toda explicación científica, la reacción física del amor se siente en el pecho, como burbujas de una gaseosa y como mariposas revoloteando en el estómago, a pesar de que una persona no ama con el corazón sino con la cabeza. Amar con el corazón es una simple metáfora, como cuando se dice que en el cielo está el reino de Dios.

Inmenso amor

Toda vez que repito tu nombre, se me anuda la lengua, como cada vez que te miro, se me derraman los ojos. ¿Acaso no te das cuenta que, cuando me hablas con pasión, respiro tu tibio aliento, teniéndote metida en mi corazón como te tengo metida en mis pensamientos?

Siento tu amor en el modo de hacer eso. Solo yo sé cómo se siente cada vez que estás conmigo, recostada sobre un manto de estrellas y un cielo raso desnudo como la luna, cobijándonos cual confidente amiga y escondiendo nuestros secretos que, más que secretos, son pruebas diáfanas de nuestro inmenso amor.

Estar contigo es sentir un mar de felicidad y estar lejos es como estar sumido en una impenetrable oscuridad. Ojalá que tu mirada iluminara siempre nuestros senderos y muestras vidas, que tienen más vida cada vez que nos fundimos en el fuego de nuestros cuerpos.

El amante

Abrió la puerta con la misma llave que ella le entregó, cogió la manilla y la empujé hacia adentro, franqueó el dintel y se enfrentó al rostro del amante de su mujer, quien estaba parado cerca, como a punto de abrir la puerta desde el otro lado. Penetró barriendo el helado aire y él se hizo a un lado, luego el amante cerró la puerta y se volvió como empujado por el viento, que le sopló en el rostro como anunciándole una inminente tragedia.

Ella estaba todavía tendida en la cama, desnuda y arreglándose los mechones. Al ver a su marido, se puso de pie, se cubrió los senos con los brazos y entornó los ojos como si nada hubiese pasado.

–¿Así que me engañabas? –preguntó con un soplo de desaliento.

–Así es –contestó ella–. Te engañaba porque tú nunca estabas en casa.

Él sacó el revólver del cinto y le plantó dos tiros en el pecho.

–¡Qué has hecho! –gritó el amante.

El marido de la mujer le apuntó con el revólver y, con los ojos empañados por las lágrimas y exhalando un profundo suspiro, le dijo:

–Tú no has visto nada, así que desaparece y no vuelvas a cruzarte en mi camino.

El amante abrió la puerta, ganó la calle y, mientras caminaba con rumbo desconocido, escuchó otros dos disparos en la vivienda que él frecuentaba cada día.

Una pareja perfecta

La mujer, siempre que hablaba con su esposo, hablaba en voz alta y hasta chillando, le reprochaba por todo y por nada; en cambio él hacía todo lo que se le venía en gana, galanteaba con cuanta mujer encontraba y hasta la engañaba sin que se diera cuenta. A pesar de todo, de puertas para afuera, parecían una pareja perfecta. Él era sordo y ella era ciega.  

El túnel

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Así comienza el primer capítulo de la novela El túnel, de Ernesto Sábato, que no es otra cosa que una poderosa confesión convertida en una metáfora existencial que simboliza la soledad absoluta. Juan Pablo Castel es el feminicida que comete un crimen pasional por amor obsesivo, celos enfermizos y que, por vivir de espaldas al mundo y la mente perdida en un túnel sin salida, es víctima de sus bajos instintos y pasiones destructivas, que desenlazan en el asesinato de la mujer amada, la locura y la tragedia sin retorno ni perdón.

Ritual mañanero

La gringa, cuya belleza tenía más fulgores que todas las luces del universo, era una mujer liberada de los prejuicios y las ataduras sexuales; por eso mismo, todas las mañanas, al salir a su exuberante jardín, se acercaba al palomar y, mirando a los curiosos que la observaban desde sus balcones, saludaba a la fresca madrugada con todos los poros de la piel y respiraba a todo pulmón. Después dejaba escapar de su mano una paloma blanca y de su blanca bata una blanca teta, aureolada por un pezón rosado, propio de las mujeres que superan el rubio platinado. Volvía a entrar en el dormitorio, cerraba las cortinas de la ventana y no volvía a aparecer en el jardín hasta el día siguiente, a la misma hora en que los curiosos acudían a sus balcones para verla repetir su ritual mañanero entre una bandada de palomas que revoloteaban alrededor y una explosión de flores que exaltaban su belleza. 

La cama

La cama es el territorio más libre de la vida, donde el acto sexual adquiere dimensiones sacramentales, como en el rito hindú, donde tanto el hombre como la mujer, antes de acostarse, deben bañar cuidadosamente sus intimidades, limpiarse los dientes, aplicarse una cantidad limitada de ungüentos y perfumes.

Luego acostarse en la cama, predispuestos a someterse a las llamas del amor, trenzarse con brazos y piernas, devorarse a besos, acariciarse las concavidades del cuerpo y estallar en vibrantes sensaciones, hasta fundirse en una entrega total, practicando el estilo 69, con el cunnilingus y la felación, que es una variante sexual en la que cada uno puede estimular, con labios y lengua, los órganos genitales de la pareja. Luego entregarse a las pasiones carnales sin ninguna inhibición ni ataduras morales, abriéndose a un paraíso de prácticas eróticas, desde la postura del “misionero”, hasta la postura del perrito, cuando la mujer se pone de cuatro y el hombre la embiste por atrás.

Siempre es mejor practicar el amor en la cama, con sábanas o sin ellas, porque la cama, sin importar el material del que esté fabricada, el precio, la forma y el tamaño, es el único escenario donde los enamorados pueden alcanzar las estrellas con las manos y el clímax con la imaginación.

Los besos

Si el hombre logra hacer un nudo con el tallo de la cereza, solo con la lengua y sin tocarlo con las manos, significa que sabe besar como un amante perfecto; lo mismo que la mujer que puede comer una salteña jugosa, sin derramar una sola gota del jigote, sabe besar como succionando un chupete de cerezas.

El amor

En una discusión de pareja, la mujer le recriminó a su esposo, diciéndole que él no le mostraba su amor ni en sus gestos ni en sus acciones. A lo que él, postrándose de rodillas y besándole la mano, le replicó: El amor se siente, pero no se ve, mi amor, porque lo esencial es invisible a los ojos, como afirmó el zorro, en El principito, la obra clásica de Antoine de Saint-Exupéry.

miércoles, 15 de julio de 2026

NUEVO LIBRO DE VÍCTOR MONTOYA

Subterránea Editores acaba de publicar el libro Erotismo a flor de piel, del escritor Víctor Montoya; un volumen de cuentos y relatos de tendencia erótica, que muestra una nueva vertiente en la extensa y prolífica creación literaria del autor boliviano, quien ha cultivado la narrativa erótica desde hace tiempo, como una forma de transgredir los tabúes sexuales y los prejuicios sociales en el seno de una colectividad relativamente conservadora.

El libro está a la venta en Librería Subterráneo de la ciudad de La Paz, edificio Torres Ferrara Of. 7, Avenida 6 de Agosto N° 556.

domingo, 12 de julio de 2026

 

LECTURA EN MOVIMIENTO EN LOS BUSES PUMAKATARI

El escritor Víctor Montoya, el viernes 10 de julio y dentro del marco de las Fiestas Julias, fue invitado a participar en la inauguración de Tu Puma Lee; un proyecto impulsado por La Paz Bus PumaKatari y el Gobierno Autónomo Municipal de la Ciudad Maravilla. El acto se llevó a cabo en Plaza Camacho.

Víctor Montoya, en su condición de escritor paceño, manifestó que la lectura en movimiento y la existencia de bibliotecas itinerantes en los buses PumaKatari, son excelentes iniciativas para que los usuarios pueden acceder a materiales con textos breves, para una lectura breve, mientras viajan en los buses, donde, por otra parte, se tiene previsto crear cápsulas o cabinas de lectura para niños y adolescentes, con el objetivo de desarrollar actividades como Te Cuento un Cuento.

Promover el hábito de la lectura en los estudiantes y población en general, dentro de los buses PumaKatari, es una forma efectiva de acercar a los lectores y escritores en un ámbito poco habitual en Bolivia. Asimismo, esta iniciativa, loable desde todo punto de vista, es una forma de promocionar y difundir la literatura de los autores nacionales.

La idea de la lectura en movimiento no es reemplazar el celular por el libro, revista o periódico, sino la de proporcionar herramientas para que los ciudadanos se acerquen a la lectura de los libros en soporte de papel. Actualmente, las personas -niños, jóvenes y adultos-, que se movilizan en los buses PumaKatari, lo primero que hacen es sentarse y luego sacar el celular.

El proyecto Tu Puma Lee tiene el interés de impulsar el hábito de la lectura, entregando textos de lectura a los pasajeros del PumaKatari, para que lean mientras aguardan la partida del bus municipal y mientras se desplazan hacia su destino, de una parada a otra.

El objetivo central de Tu Puma Lee, en opinión del escritor paceño, es que los ciudadanos no pierdan el gusto por la lectura de un libro en soporte de papel que, además de su forma y contenido, puede proporcionar otras sensaciones como el olor de la tinta y del papel, que están ausentes en los libros digitales o electrónicos.

Víctor Montoya recordó que no faltan las propuestas para programar actividades de lectura en fechas específicas, como el Día Plurinacional de la Lectura (5 de septiembre, recordando el natalicio del poeta y narrador tarijeño Óscar Alfaro), el Día Internacional del libro Infantil y Juvenil (2 de abril, en homenaje al natalicio del escritor danés Hans Christian Andersen), el Día Mundial del Libro y del  Derechos de Autor (23 de abril, en homenaje al fallecimiento de grandes figuras de la literatura universal, como Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, entre otros.). Y, por qué no, programar actividades literarias en homenaje a los destacados escritores paceños.   

miércoles, 8 de julio de 2026

EL TÍO VESTIDO DE DIABLO

El día que me enteré que José García, miembro del elenco de teatro Albor, realizaba accesorios para los danzarines de la fiesta de la Virgen del Carmen en la ciudad de El Alto, no dejé de preguntarle si acaso me lo podía hacer una estatuilla del Tío de la mina. Él me comentó que su trabajo artesanal lo realizaba junto a su esposa, a quien la conoció en el mismo Centro de Arte y Cultura Albor.

Mientras caminábamos por la Avenida Antofagasta y conversábamos sobre su trabajo como artesano, me confesó que tenía un manojo de cuentos a la espera de su publicación. No edité hasta ahora el libro dijo–, porque primero falta que alguien lo corrija.

En ese mismo instante, como iluminado por una brillante idea, le dije que podía corregírselo, si estaba de acuerdo, a cambio de la estatuilla del Tío. De acuerdo, replicó de inmediato, con voz firme y sin disimular su entusiasmo. Ahora mismo me estoy mudando de vivienda, pero una vez que esté listo con este asunto, me pondré manos a la obra.

El trato estaba hecho, era cuestión de esperar un tiempo para ver la obra de su creación. No dudé de su palabra, sabía que José García, uno de los pilares más importantes del grupo de teatro Albor, era un hombre que cumplía con sus compromisos así se cayera el cielo.

Al cabo de un tiempo, nos contactamos por WhatsApp y acordamos vernos en la Plaza Juana Azurduy de Padilla. Yo corregí sus cuentos y él prometió entregarme la estatuilla del Tío.

El día que nos encontramos, trajo la estatuilla dentro de una bolsa. No me la enseñó en ese momento, dejó simplemente que mirara la bolsa, como si pusiera a prueba mi capacidad de resistir la curiosidad y mantener a jaque mi insoportable paciencia. Cerca del mediodía, la plaza era un hervidero de gente. Ahora qué hacemos, le pregunté, sin quitar la mirada de la bolsa. Él me propuso comprar una granada de singani y luego ir a almorzar en algún restaurante. Ahí te entregaré la estatuilla, dijo, mientras caminábamos rumbo a las casetas donde vendían la granada de singani.

Una vez en el restaurante, sentados cerca de la puerta que daba a la calle, pedimos el menú del día y dos vasos de cristal para el singani. Me acomodé lo mejor que pude en la silla, sin dejar de mirar a los comensales que ocupaban todas las mesas. Él sacó la estatuilla de la bolsa y me la enseñó: ¿Qué te parece?, preguntó. ¡Es una maravilla!, contesté. Luego, con la misma satisfacción de quien recibe un precioso regalo, proseguí: ¡Lo hiciste con su traje de diablo! José García se sonrió, volteó la mirada hacia la estatuilla y aclaró: Este Tío lo hice con la ayuda de mi esposa. Ella modeló su pene.

El Tío, visto desde cualquier ángulo, estaba vestido de diablo; tenía la máscara colorada, el iris de los ojos ardientes como brasa, la nariz estallada, los dientes afilados, las orejas enormes y los cuernos terminados como la punta de una lanza. Lucía la pechera engastada con piedras preciosas y el pollerín dorado como el sol. Además, llevaba una bolsa de coca en una mano y el bastón de mando en la otra. Y, como si fuera poco, el bastón tenía la cabeza de una serpiente con la lengua colgante y el aspecto de dragón.

Después, antes de almorzar, abrimos la granada de singani, llenamos los vasos y, tras rociar algunas gotas de aguardiente en honor a la Pachamama, ch’allamos junto a la estatuilla, que llamó la atención de los comensales, quienes nos miraban por el rabillo del ojo, como cuando se mira un objeto sacrílego en la “Casa de Dios".

Apenas terminamos de comer y ch’allar, me hice de la estatuilla del Tío y ganamos la ajetreada calle, donde nos despedimos con un fuerte abrazo, como cada vez que coincidíamos en alguna actividad cultural que se llevaba a cabo en la ciudad de La Paz o El Alto.

Ya se sabe que la diablada de Oruro se remonta a  la época de la colonia y que tuvo su origen a finales del siglo XVIII, probablemente el año 1789, cuando los “mitayos” de una mina de plata en la Real Villa de San Felipe de Austria (actualmente Oruro), decidieron disfrazarse de diablos, a semejanza del Tío de la mina, para bailar la danza de la diablada en presencia de la Virgen de la Candelaria –o Virgen del Socavón–, cuya imagen, según cuenta la leyenda, apareció, de manera milagrosa, pintada en un muro de la guarida del Chiru-Chiru, el legendario ladrón que asaltaba a los ricos para distribuir el botín entre los pobres.

Todo hace suponer que esta festividad pagano-religiosa, cuyos usos y costumbres tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo occidental y el paganismo de las culturas ancestrales, se inició cuando los mineros nativos de la época, influidos por la catequización y los extirpadores de idolatrías, confundieron al Supay –deidad protectora de los humanos y sus bienes en la cosmovisión andina– con el diablo de la liturgia católica, cuyo personaje central es Lucifer, el príncipe de las tinieblas.

Se cuenta que los mitayos de la mina de plata fueron los primeros en practicar la danza de la diablada, desde el día en que determinaron disfrazarse de diablos, personificando al Tío de la mina, que no era otro que el Supay o el dios Wari de la mitología Uru-Uru, el protector de los auquénidos y los habitantes de las cercanías del Lago Poopo, y para rendirle devoción y veneración a la Virgen del Socavón, a quien la reconocieron como la mamita y patrona protectora de los trabajadores y sus familias desde que su imagen fue hallada en la guarida del Chiru-Chiru. Así comenzó la tradición cultural del Carnaval de Oruro, en las faldas del cerro Pie de Gallo, con la danza de la diablada, donde destacan el Arcángel San Miguel y Lucifer, el ángel rebelde que fue expulsado del reino de los cielos.

La estatuilla hecha por José García y su señora esposa, nos reafirma la teoría de que la diablada se inició en los socavones, donde los mineros adoraban al Tío, quien es una suerte de encarnación del Supay y el Wari de la mitología de los Uru-Uru, un ser ambivalente entre los sacro y lo profano, que está considerado como el dueño de los metales preciosos como el oro, la plata, el estaño y otros; un ser que premia con ricos filones de mineral a quienes realizan en su honor ch’allas, k’oas y q’arakus.

Ya dijimos que la danza de la diablada representa el sincretismo religioso entre el paganismo ancestral y la religión Católica, que tiene su origen en los inicios del período colonial, cuando los “mitayos” creyeron encontrar al Tío en las entrañas de la montaña; más todavía, la diablada fue la primera fraternidad que dio origen al fastuoso Carnaval de Oruro, en cuya festividad, declarada “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad” por la UNESCO, no puede faltar el Tío, quien sale después de un año de encierro en las profundas y oscuras galerías, para encabezar la danza de la diablada. Es en el fastuoso Carnaval donde el Tío luce su lujoso traje de Lucifer, con su capa confeccionada con luces y ricas pedrerías, sus botines de cuero repujado y una espectacular máscara en la que destacan el lagarto, la víbora y el sapo; seres pertenecientes a la mitología Uru-Uru y, por tanto, al Carnaval de Oruro.

José García, consumado actor de teatro y artesano de accesorios que los danzarines lucen en la festividad de la Virgen del Carmen, estaba convencido de que el Tío se veía mejor con su traje de diablo. Y así lo hizo, debido a que la danza de la diablada está inspirada en el Tío de la mina. ¿Acaso?, se preguntarán algunos, que desconocen la tradición de esta danza infernal que, año tras año, se baila en la Capital Folclórica de Bolivia. 

Hasta aquí la explicación sobre el diablo y la diablada, y volviendo al tema de la estatuilla del Tío de la mina, que es la mejor representación de la mitología minera, solo falta añadir que esta obra de arte, realizada por José García  y su señora esposa, se constituye en una magnífica muestra de que el sincretismo religioso ha sido capaz de dar nacimiento a manifestaciones culturales que son fuentes de inspiración para quienes se dedican a enriquecer las diversas expresiones artísticas en un país esencialmente minero como el nuestro.  

lunes, 22 de junio de 2026

CONVERSATORIO SOBRE LA MASACRE DE SAN JUAN EN ORURO

El escritor Víctor Montoya, en el marco del Programa de Solsticio de Invierno 2026, dictará una conferencia sobre la masacre minera de San Juan, acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967.  La masacre quedó en la absoluta impunidad y los responsables justificaron su criminal accionar con el pretexto de que en las minas se estaban gestando movimientos subversivos vinculados al foco guerrillero de Ernesto Che Guevara.

El acto se llevará a cabo en la ciudad de Oruro, este martes 23 de junio, a las 19:00, en el Salón Alberto Guerra de la Casa de la Cultura Simón I. Patiño.

domingo, 21 de junio de 2026

LA MASACRE MINERA DE SAN JUAN

La masacre minera de San Juan, acaecida en la madruga del 24 de junio de 1967, no figura en las páginas oficiales de la historia de Bolivia, aunque se mantiene viva en la memoria colectiva y se la transmite a través de la tradición oral, de generación en generación, convirtiéndola en algunos casos en cuentos y leyendas, como sucede con los hechos históricos que se resisten a sucumbir entre las brumas del olvido. Y si lo cuento aquí y ahora, es porque fui testigo de esa horrenda masacre a los tres días de haber cumplido nueve años de edad.

Todo comenzó cuando las familias mineras se retiraban a dormir después de haber festejado el solsticio de invierno alrededor de las fogatas, donde se bailó y cantó al ritmo de cuecas y wayños, acompañados con ponches de aguardiente, comidas típicas, coca, cigarrillos, cachorros de dinamita y cohetillos. Mientras esto sucedía en la población civil de Llallagua y los campamentos de Siglo XX, las tropas del regimiento Ranger y Camacho, que horas antes habían tendido un cerco al amparo de la noche, abrieron fuego desde todos los ángulos, dejando un saldo de una veintena de muertos y setenta heridos entre las punzadas del frío y los silbidos del viento.

Se estima que los soldados y oficiales, que ingresaron por la zona norte entre las nueve y once de la noche, partieron en un tren desde la ciudad de Oruro la tarde del 23 de junio. El sereno de la tranca, que los vio llegar armados dentro de los vagones, intentó informar a los dirigentes del sindicato y las radioemisoras, pero fue intimidado por los oficiales que prosiguieron su marcha. Así, alrededor de las cinco de la mañana, comenzó la balacera para victimar a hombres, mujeres y niños. En un principio, ante el ataque sorpresivo, algunos confundieron las ráfagas de las ametralladoras con cohetillos y el estampido de los morteros con la explosión de dinamitas. 

La Empresa, en complicidad con los masacradores, cortó el suministro de electricidad aquella madrugada, para que las radios no pudieran alarmar a los pobladores; en tanto los soldados, que estaban apostados en el cerro San Miguel, cerca de Cancañiri, La Salvadora y el Río Seco, bajaron como recuas de asnos por la escarpada ladera y ocuparon a fuego los campamentos, la Plaza del Minero, la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero, donde fue asesinado el dirigente Rosendo García Maísman, quien, parapetado detrás de una ventana, defendió la Radio con un viejo fusil en la mano.

La matanza duró varias horas bajo el sol del 24 de junio. Los muertos se desangraban junto a las cenizas de las fogatas y los heridos acudían al hospital, mientras las madres, aterradas por los disparos y los gritos, intentaban calmar el miedo y el llanto de sus hijos. En medio del caos y el espanto, no faltaron los hombres que, en un intento desesperado por defenderse, se armaron de dinamitas y capturaron a algunos soldados, a quienes les despojaron de sus uniformes y les quitaron sus armas. Pero todo hacía suponer que era ya demasiado tarde para preparar una resistencia organizada. En la Plaza del Minero se llenaron los soldados y la jurisdicción de la provincia Rafael Bustillo fue declarada Zona Militar (presencia permanente del ejército).

La masacre fue ejecutada por órdenes expresas de René Barrientos Ortuño, cuyo gobierno bajó los salarios a niveles de hambre, desabasteció las pulperías, prohibió el fuero sindical y desató una sañuda persecución contra los dirigentes políticos y sindicales, con el propósito de destruir sistemáticamente el eje principal de la resistencia en el seno del movimiento obrero. De hecho, según testimonios de primera mano, se sabe que para el 24 de junio se tenía previsto la realización del ampliado nacional de los mineros en la población de Siglo XX, con el fin de exigir un aumento salarial y apoyar a la guerrilla del Che con dos mitas de su haber, equivalentes a dos jornadas de trabajo. Una suma importante si se considera a los aproximadamente veinte mil trabajadores que por entonces tenía la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

El gobierno y las Fuerzas Armadas, informados de los preparativos del ampliado y asesorados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), se apresuraron en ocupar los centros mineros para evitar cualquier apoyo moral y material destinado a los guerrilleros que se batían a tiros en las montañas de Ñancahuazú. Consiguientemente, lejos de la ilusión de encender una chispa libertaria en el continente americano, los mineros del altiplano y los guerrilleros comandados por el Che eran asesinados con las mismas armas y por los mismos enemigos, separados los unos de los otros, sin verse la cara ni compartir la misma trinchera contra los mercenarios de la CIA y las tropas del ejército boliviano.

René Barrientos Ortuño, quien sabía maniobrar sus siniestros planes respaldándose en el pacto militar-campesino, que él mismo estableció con la burocracia oficialista de las organizaciones del agro, justificó la masacre arguyendo que el ejército tuvo que disparar en defensa propia y que era necesario combatir el proceso subversivo de los mineros en Siglo XX, dispuestos a organizar un foco guerrillero para plegarse a la gesta armada de los barbudos extranjeros en Ñancahuazú.

Al mismo tiempo que la indignación popular corría como reguero de pólvora a lo largo y ancho del país, los sindicatos clandestinos organizados en el interior de la mina, aparte de declarar por unanimidad un paro de cuarenta y ocho horas en protesta contra la masacre, ratificaron sus justas demandas: retiro de las tropas del ejército, devolución de la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero; respeto al fuero sindical, libertad incondicional para los dirigentes detenidos y confinados, indemnización para las viudas de los asesinados y exigencia para que no sean desalojadas del campamento; reposición de los salarios a los niveles de mayo de 1965 y, como si esto fuera poco, se fijó también una cuota quincenal de diez pesos por obrero, para gastos del sindicato y la adquisición de armas. La resistencia popular, en escala nacional, encontró su vanguardia indiscutible en los sectores mineros que, por su alto grado de conciencia política y convicción revolucionaria, estaban decididos a defender sus derechos más elementales y continuar declarando a Siglo XX Territorio Libre, en un franco desafío contra la dictadura militar.

A la masacre siguió la represión y el despido de los agitadores de sus fuentes de trabajo. Unos fueron a dar en las mazmorras y otros en el exilio, las viudas y los huérfanos fueron expulsados del campamento, sin indemnización ni derecho a nada, y la masacre de San Juan quedó en la más absoluta impunidad. La ola de persecución se planeó en el Alto Mando Militar, con el claro objetivo de liquidar físicamente a los dirigentes más esclarecidos de la resistencia obrera. Así fue como dieron con el paradero de Isaac Camacho, uno de los principales líderes de los sindicatos clandestinos, a quien, luego de apresarlo el 29 de julio, en una casa ubicada cerca de la Plaza Nueva (actual Mercado Central Llallagua), lo torturaron brutalmente y lo desaparecieron sin dejar rastro alguno.

René Barrientos Ortuño, además de la masacre minera, fue el responsable directo del asesinato, encarcelamiento, tortura y desaparición de varios opositores a su gobierno, hasta el día en que murió calcinado en el mismo helicóptero que le obsequiaron sus aliados del Norte. No obstante, a pesar de los múltiples testimonios de esta sombría historia, todavía hay quienes exaltan su patriotismo y lo llaman el General del Pueblo; cuando en realidad no era más que un simple general golpista, un aviador entrenado en Estados Unidos y un servil lacayo del imperialismo, que supo aprovechar su mandato presidencial para saquear los recursos naturales en medio de un país que se desangraba en la miseria y lloraba a sus muertos bajo la bota militar.

domingo, 14 de junio de 2026

 

MICROTEXTOS XV

Franz Kafka

Cuando despertó, la cucaracha todavía estaba mirándolo desde el techo.

Iósif Stalin

El amante de su propia personalidad, el dictador más abominable del comunismo soviético, lo tenía a León Trotsky, su principal enemigo, metido hasta en sus pesadillas.

Frida Kalho

La artista que pintó sus retratos en la cama, con la cadera rota, la pierna amputada y los ideales al lado de su corazón partido, tenía una Frida de noche y una Frida de día, una Frida sana y una Frida herida.

Túpac Katari

El indio rebelde, antes de que sus verdugos le cortaran la lengua y fuese atado de pies y manos a la cincha de cuatro caballos para ser descuartizado, los miró de frente y lanzó un estremecedor grito en el pueblo de Peñas: ¡Volveré y seré millones, carajo!

Baruch Spinoza

Al filósofo neerlandés, de origen sefardí, las autoridades religiosas judías, por pensar demasiado y estar acusado de ateo, le lanzaron las siguientes maldiciones:

Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley…

Spinoza se rió por dentro y, sin dejar de escribir sus tratados sobre metafísica, ética, teología y política, esperó pacientemente morirse a los 44 años, minado por la tuberculosis y no por un castigo divino, como lo tenían pensado sus detractores, que vivían aferrados a la Biblia y a la mano del Señor.

Miguel Alandia Pantoja

El pintor revolucionario, nacido en una población minera del norte de Potosí, pintó obreros y campesinos en actitud combativa, pintó hombres con hambre de justicia y mujeres envueltas en banderas libertarias. Pintó también a los guardianes de la oligarquía minero-feudal, con armas en las manos y prestos a ahogar a los explotados en baños de sangre.

Pintó lo que le dictaba su conciencia, con los pinceles de sus manos hechas de compromiso social y los colores encendidos de su corazón rebelde. Pintó todo lo que pintó, en muros y lienzos, con su desbordante creatividad convertida en la ideología revolucionaria de la clase obrera.

Solo sé que nada sé

Un amigo bibliotecario, de cuyo nombre prefiero no acordarme, leía todo, todo el tiempo. Leía las enciclopedias desde la letra A hasta la letra Z. Era erudito en muchas ciencias del saber humano, una auténtica biblioteca andante, aunque él solía repetir la clásica frase de Sócrates: Solo sé que nada sé, pues mientras más leía, de noche y de día, se daba cuenta de que sabía menos, debido a que los conocimientos eran infinitos y que un sabiondo era un pobre ignorante con pretensiones de sabio.

Miguel de Cervantes

El Manco de Lepanto, prisionero en la Cárcel Real de Sevilla, por deudas pendientes y acusaciones de apropiaciones de fondos públicos, pergeñó su obra clásica: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, necesitado de un caballero andante para sentirse como si estuviese libre, recorriendo por el mundo al galope de su caballo Rocinante, para  imponer justicia, defender a los humildes y ganarse honores a punta de lanza y filo de espada. Necesitaba un Quijote, enfrentándose con enemigos imaginarios, locamente enamorado de Dulcinea del Toboso, acompañado de su escudero Sancho Panza y protegido por sus amigos y parientes. Necesitaba crear a Alonso Quijano, el héroe trocado en loco de tanto leer novelas de caballería, un alter ego de Miguel de Cervantes, un hidalgo de contextura alta y delgada, piel pálida, nariz picuda, bigotes poblados y barba larga. El escritor, atormentado en su cautiverio, con la pluma en ristre y sin dejar nada en el tintero, tenía la necesidad de crear un Quijote de la Mancha, no importaba si loco o cuerdo, pero viviendo en libertad y no encerrado entre los gruesos muros de la cárcel.

Bartolina Sisa

La heroína aymara fue descuartizada por sus verdugos. Su cabeza y extremidades fueron exhibidas en distintos ayllus y caminos, donde ella, junto a su esposo Túpac Katari, resistió en la lucha contra los realistas al servicio de la Corona Española. Su cabeza fue clavada en la picota del escarnio en Jayujayu-Marka, hoy provincia Aroma del departamento de La Paz, para escarmiento de los indios que osaban rebelarse contra el sistema colonial. Sus extremidades fueron enviadas a Tinta-Marka, comunidad situada en la actual república del Perú, donde también fueron exhibidas en la punta de sendas picotas. Pero de nada sirvió tanta barbarie y crueldad, porque los herederos de Bartolina Sisa siguieron su ejemplo y, juntando las partes desmembradas de su cuerpo y recogiendo cada gota de su sangre derramada, siguieron luchando por conquistar sus derechos y conquistar la liberación de las naciones originarias del Abya Yala.

César Vallejo

El excelso poeta peruano, conocedor de la vida de los mineros y el saqueo imperialista en Quiruvilca, cerca de su natal Santiago de Chuco, escribió la novela El tungsteno, a modo de protesta y denuncia desde la literatura, con el mensaje revolucionario de que solo la conciencia de clase y la organización de los trabajadores eran las armas para sepultar a los explotadores y las indispensables llaves para abrir las alamedas de la liberación proletaria. El poeta de pocos recursos económicos, pero de muchos poemas hechos de sentimientos humanos y compromiso social, estaba convencido de la tesis marxista de que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores y quien no entienda estito estaba condenado a ser un eterno esclavo del sistema capitalista.