jueves, 7 de marzo de 2019



CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LITERATURA JUVENIL

Alguna vez me preguntaron: ¿Qué deben leer los jóvenes? Pensé unos segundos y contesté: Todo lo que caiga en sus manos. No existen recetas ni fórmulas precisas para recomendar cuáles son los libros que deben y no deben leer los jóvenes, ya que, contra toda premisa didáctica, son ellos mismos quienes deciden qué libros son de su preferencia.

Si bien es cierto que la definición de literatura juvenil va asociada, de manera tradicional, a la literatura infantil, es cierto también que cada una de ellas guarda características que las diferencian por el tratamiento de los temas, las formas narrativas y el manejo de un léxico determinado. Si los niños tienen un vocabulario restringido, se supone que los jóvenes, que se encuentran en otra etapa de su desarrollo lingüístico, manejan una competencia lectora que les permite acceder a una literatura que no siempre está clasificada como juvenil por las editoriales ni por los bibliotecólogos, y mucho menos por los profesores que enseñan lenguaje y literatura en las aulas de educación secundaria.

La literatura, que en cierto modo influye en la vida de los jóvenes, no siempre tiene que abordar temas relacionados a los conflictos emocionales y existenciales propios de la juventud, en vista de que una de las principales funciones de la literatura consiste en ganarlos hacia el mundo de los libros, a partir de una lectura lúdica, que les permita el escapismo, la gratificación instantánea, el placer de leer historias que les abran puertas hacia lo desconocido y los inviten a viajar en la fantasía hacia mundos ajenos al suyo, ya que la buena literatura es aquella que despierta el interés de los lectores mucho más que enseñarles conocimientos científicos para su formación profesional.

Los libros para los jóvenes, que si bien sirven como instrumentos de información y formación, no tienen por qué cumplir con el requisito de presentar personajes reales o ficticios con los cuales puedan identificarse los jóvenes, quienes están buscando consolidar su identidad personal o resolver algún conflicto social, educativo o familiar. La obra literaria, en primera instancia, más que transmitir valores morales y lecciones didácticas, está destinada a atrapar el interés del lector y estimular el hábito de la lectura, con o sin la guía de un profesor.   

Con esto no se quiere eludir la lectura de obras de carácter didáctico, que abundan en el amplio espectro de la literatura juvenil, gracias a que algunos autores, capaces de fusionar la fantasía con el conocimiento científico, ofrecen una lectura tanto lúdica como didáctica, sin que los jóvenes lectores lo adviertan durante el proceso de la lectura.

La literatura como material didáctico en la enseñanza

Cuando los educadores se refieren a la literatura juvenil, desde un punto de vista didáctico, señalan los requisitos formativos que deben reunir las obras literarias en función de los objetivos educativos preestablecidos por los programas pedagógicos, que no siempre consideran el interés de los jóvenes lectores, sino los objetivos trazados por un sistema educativo que, más que promover el hábito de la lectura, usa la obra literaria como material auxiliar en la enseñanza de otras materias curriculares, como la gramática, la comprensión lectora y, en el peor de los casos, para impartir lecciones morales y éticas, según ciertos principios ideológicos o creencias religiosas; cuando en realidad, la lectura de una obra literaria debía ser una suerte de ejercicio de libertad y de reflexión crítica ante las creaciones literarias.

No faltan los docentes, pedagogos y literatos que, en afán de completar un programa de educación secundaria, convierten la literatura juvenil en una literatura educativa, reduciéndola a favor de la lectura funcional, con el propósito de usarla como material de apoyo didáctico en las prácticas de lectura y escritura de los alumnos, a veces, sin que las obras estuvieran en consonancia con los  intereses, conocimientos y formación integral propios de la edad juvenil.


No es difícil imaginar cuáles son los criterios y fundamentos que los docentes ponen en juego a la hora de elegir determinadas obras literarias para sus alumnos. Se supone que no es necesariamente por la connotación literaria, sino por la función didáctica de éstas, conforme puedan facilitarle el trabajo a realizarse en el aula. Por consiguiente, en esta elección, nada acertada y por demás arbitraria, influye decisivamente el grado de formación profesional del docente, su propia experiencia como lector y las concepciones ético-morales que maneja para definir lo que es buena o mala literatura para los alumnos.

Las mismas editoriales, más por un afán comercial que por contribuir al Plan Lector, han creado colecciones específicas dirigidas a los adolescentes de educación secundaria, con criterios que consideran el valor literario, el valor moral y la explotación de los mecanismos de identificación psicológica de los lectores con el personajes de una obra que, así bien cumple con las expectativa del educador y el educando, no fue pensado ni creado para ser leído como material auxiliar o didáctico en la enseñanza de la asignatura de lenguaje y literatura.

La difusa franja entre adolescencia y juventud

La denominada literatura juvenil, destinada al adolescente que cabalga entre el mundo infantil y juvenil, se encuentra mucho más cerca de la literatura de evasión concebida para los lectores adultos. Y, sin embargo, los términos literatura infantil y literatura juvenil se emplean como sinónimos, y los libros se clasifican en el marco de la denominada literatura infanto-juvenil, aun sabiendo que esta etiqueta es muy subjetiva y relativa, pues no pocos adolecentes, al hallar sus obras preferidas entre los libros destinados a los niños, sienten un rechazo instintivo por este tipo de clasificación arbitraria, porque lo último que desea un adolescente es ser tratado como un niño cuando él mismo se considera una persona mayor; es más, los adolescentes se inclinan por elegir obras que son leídas por los adultos, debido a que la caracterización psicológica de los personajes y las historias narradas no difieren mucho entre la literatura juvenil y la literatura para los adultos que, acéptese o no, abordan los mismos temas: el amor, la tragedia, el desengaño, el sexo, las aventuras sobrenaturales, los conflictos familiares, los primeros amores, la timidez, el bullying y muchos otros que afloran en la etapa de la pubertad y que forman parte de la condición humana. Por lo tanto, las obras literarias denominadas por los expertos como crossover books ponen en entredicho la pretendida distancia entre la literatura juvenil y la escrita para los adultos.

Asimismo, la buena literatura juvenil es aquella que puede ser también leída por los adultos, sobre todo, si el adulto se enfrenta a la lectura de una obra que le plantea estructuras más complejas en su tratamiento temático y un lenguaje más elaborado que exige el manejo de un amplio vocabulario para poner a prueba su comprensión lectora y gozar de la belleza estética de la obra. 

Aunque éste no deja de ser un tema controvertido, cabe advertir que es difícil establecer un límite cronológico entre el adolescente y el joven, entre el joven y el adulto, ya que nadie puede trazar una línea exacta de cuándo empieza y finaliza la etapa de la juventud. A propósito de este tema, en 1985, la Asamblea General de Naciones Unidas definió como jóvenes a las personas entre los 15 y 24 años de edad; en tanto la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño definió la infancia hasta los 18 años; de modo que una persona entre los 12 y 18 sería definida como adolescente; una etapa que oscila entre la infancia y la juventud. Ahora bien, estas definiciones varían de un país a otro, dependiendo de factores socioculturales, económicos y credos religiosos.


Cuando hablamos de la narrativa para jóvenes, casi de manera espontánea y sin mayores reflexiones, nos referimos a los libros destinados a los adolescentes que se encuentran en la educación secundaria, aunque el término joven involucra también a quienes son mayores de 18 años. En este contexto, la definición de literatura juvenil es mucho más amplia que la atribuida exclusivamente a los lectores adolescentes.

La literatura para jóvenes es aquella que está dirigida a los lectores mayores de 12 años, a quienes han dejado de tener un pensamiento mágico y han pasado a tener un pensamiento lógico. No obstante, la buena literatura juvenil puede ser leída no solo por los adolescentes, sino también por quienes se consideran jóvenes a los 25 ó 40 años de edad; al fin y al cabo, lo que importa no es si una obra ha sido creada con la idea puesta en los lectores jóvenes, sino que la obra sea buena tanto por la forma como por el contenido. De ser así, todos coincidiríamos en el criterio de que una buena obra literaria puede ser leída, lejos de todo concepto moral y consideración didáctica, por los adolescentes, jóvenes y adultos.

El placer de leer por puro placer

Nadie pone en duda el planteamiento de que los alumnos adolescentes necesitan acceder al goce pleno de la literatura, en procura de satisfacer sus inquietudes emocionales, despejar sus dudas y curiosidades; más todavía, se sabe que los jóvenes no leen, por iniciativa propia e interés personal, los libros recomendados por los tecnócratas de la educación, sino aquellos que están al margen de los programas establecidos para las asignaturas de lenguaje y literatura en la educación secundaria.

Los jóvenes, de manera intuitiva y con toda su capacidad intelectual y lingüística, eligen los cómics, las revistas de súper héroes, las publicaciones populares y los libros que poco o nada tienen que ver con el sistema educativo. Son libros cuyos temas oscilan entre la realidad y la fantasía, como los de aventuras de Stevenson, Kipling, London, Defoe o Julio Verne que, además, tienen personajes adolescentes, que conducen a territorios lejanos, exóticos o, al menos, diferentes a los que los lectores experimentan en su entorno cotidiano. Los jóvenes siempre se han sentido atraídos por historias contextualizadas en lugares desconocidos y tiempos indefinidos, quizás por eso tienen preferencia por las novelas fantásticas, de terror o ciencia ficción.

Por otro lado, los estudiantes de educación secundaria, por inquietudes propias de su edad, destacan las obras que abordan los vericuetos del amor y el desamor. No es casual que lean cuentos y novelas con argumentos románticos y protagonistas adolescentes, cuyas acciones reflejan las preocupaciones y curiosidades de toda persona que cruza el umbral de la pubertad. A pesar de este inusitado interés entre los adolescentes, en la mayoría de los libros clasificados como literatura juvenil se nota la ausencia del tratamiento de la sexualidad, aunque éste ha sido uno de los temas recurrentes en la vida de los individuos desde la noche de los tiempos, ya que nadie es ajeno a la sexualidad como parte integrante del desarrollo humano, y así lo comprenden los lectores adolescentes que, en los tiempos modernos y con una tecnología que pone en sus manos toda la información sobre el tema, se  despojaron de los caparazones que los protegían del mundo complicado de los adultos y los mantenían recluidos en el paraíso eterno de la dulce infancia.

En este caso, para dar paso a una literatura transgresora de las buenas costumbres ciudadanas, no queda otra alternativa que permitirles leer obras que les toca las fibras íntimas de su personalidad, así esta lectura los lleve a cuestionar los preceptos morales del mundo religioso, las normas rígidas de los padres y educadores; y, sobre todo, que les permita hallar la luz entre las sombras de las sensaciones del amor y las relaciones sexuales.


Cabe recordar que al alumno no siempre le encanta lo que le gusta al profesor, ya que los gustos sobre lo que es bueno o malo en literatura es tan relativo que, frecuentemente, se da la paradoja de que el profesor lee un tipo de obras y el alumno lee otras, a partir de su propio interés personal y sin pensar si las obras elegidas le entregarán o no conocimientos válidos para su formación profesional.

Entonces, por deducción lógica, lo mejor será dejar que los propios jóvenes elijan el libro que desean leer, sin que el profesor de lenguaje y literatura ejerza presiones de carácter didáctico o pedagógico. En la educación secundaria es preferible que no existan fuerzas coercitivas que obliguen al adolescente a leer libros que no son de su interés, habida cuenta que la lectura de obras literarias debía contribuir a formar verdaderos lectores y no a crearles antídotos o mecanismos de defensa contra la literatura impuesta a fuerza de exigirles una lectura obligatoria.

Dejarlos elegir, en absoluta libertad, un libro que llama poderosamente su atención, es la única manera de acercarlos al ámbito de la literatura y estimular su hábito de lectura; de lo contrario, como en toda enseñanza obligatoria, le despertará un rechazo instintivo hacia la lectura y un resentimiento contra las obras ajenas a su interés. Por cuanto la enseñanza de la literatura en el nivel secundario requiere estar anclada en el interés de los jóvenes lectores que, por lo general, tienen más preferencia por las obras que no están contempladas en los actuales programas escolares elaborados por los tecnócratas de la educación. 
  
Los libros deben leerse por el puro placer de leer, y no para enriquecer el vocabulario, aprender la gramática ni tener lecciones de cómo escribir un texto con una sintaxis correcta e impecable. Por lo tanto, pasarle al alumno una literatura engorrosa implicará alejarlo de la literatura; es más, éste acabará por odiar la lectura de los libros recomendados por los especialistas. Y, desde luego, nunca dejará de preguntarse: ¿Por qué tengo que analizar con tanto detalle los libros? ¿No podría leerlos por puro placer e iniciativa personal?

Ya se sabe que para gustar de un libro hay que leerlo con alegría y amor, como recomendaba Pablo Neruda; una reflexión que nos induce a pensar que debemos leer lo que es de nuestro interés y agrado, al menos, si consideramos que la lectura tiene que ser una forma de felicidad, una suerte de escape de la realidad que nos circunda, una válvula de escape que permita transportarnos, por medio de las acciones de los personajes y las historias narradas, a otros contextos diferentes a los que experimentamos aquí y ahora.

Incluso un libro que aborda temas cotidianos y realistas, debe ofrecernos la posibilidad de poner en marcha nuestra imaginación, como si la historia narrada la estuviésemos viviendo en carne propia, en vista de que la literatura no es un tratado de filosofía ni una enciclopedia lingüística para eruditos, sino un espacio de libertad, relajamiento y felicidad.

martes, 5 de marzo de 2019


LA KHARISIRI

La Kharisiri, según algunos testigos, que la vieron caminar por las inmediaciones de La Ceja de la ciudad de El Alto, era una mujer elegante, capaz de atraer a cualquiera con el relámpago de su belleza; tenía los dientes encasquillados con oro y los ojos rutilantes como estrellas; se contoneaba al caminar y batía sus largas trenzas, que le caían como lazos desde la nuca hasta el final de la espalda; poseía donaire para exhibir sus indumentarias y accesorios de chola paceña. Se presentaba vestida con varias enaguas y la pollera con alforzas plisadas en el vuelo; su blusa estaba bordada con hilos dorados, exactamente como el corsé sin mangas y la chaqueta que, ceñida a su escultural figura, estaba confeccionada de la misma tela de la pollera.

Los testigos, asegurándose de decir la verdad y nada más que la verdad, contaban que la Kharisiri podía ser confundida con una comerciante aymara, como quien, luego de invertir sus ganancias en negocios rentables, se hizo dueña de una incalculable fortuna, no solo porque vestía prendas de alta costura, sino también porque usaba accesorios de fina orfebrería.  Lucía grandes pendientes de oro, con perlas barrocas y diamantes; anillos en todos los dedos y un adorno de fina pedrería en el sombrero; un chal de vicuña, prendido sobre el hombro izquierdo con un enorme gancho de oro de cuya cadena pendía una bellísima perla neta. Así, ataviada de chola, se sentía más coqueta, bonita y atractiva.

En cambio para los pobladores de las comunidades agrarias, que crecieron con los relatos y las creencias de sus antepasados, la Kharisiri era un ser llegado del más allá, una mujer que se alimentaba con grasa humana y profanaba las tumbas para extraer los dientes de oro de los difuntos, que por las noches deambula en forma humana y que durante el día se transforma en oveja con cuernos de carnero, en mula de alta parada y en llama con corona aurea entre las orejas.  Y que, a diferencia de los espíritus terrestres de la cosmovisión andina, nunca aparecía convertida en perro, gato, gallo u otro animal doméstico o silvestre.

Cuando la Kharisiri se adueñaba de la noche, como una sombra en apagados fulgores, y se daba a la tarea de extraer la grasa de algún pasajero desprevenido, se ataviaba con ropas oscuras, cubría sus trenzas con una capa larga y su rostro con una capucha negra. No en vano un conductor del Wayna bus, que trabajaba en horario nocturno, había advertido desde hacía tiempo a una enigmática mujer que, algunos fines de semana y pasada la medianoche, se subía cerca del cementerio y se sentaba en el último asiento. Estaba siempre sola y no dejaba ver su cara, tenía las uñas crecidas y sucias, los pies descalzos y un olor a cadáver descompuesto. Parecía una mujer demoniaca y, como toda mujer que encarna el Mal, se acercaba a cualquier hombre que se recogía de un acontecimiento social, sobre todo, si estaba borracho y quedaba profundamente dormido.

Así sucedió una noche, la Kharisiri se subió al Wayna bus y se sentó en el último asiento. El autobús avanzó contra el viento y bajo un cielo cargado de nubes, hasta que el conductor frenó de súbito y recogió a un hombre que le hizo señas desde una esquina sin luminarias.

El hombre, recogiéndose de una fiesta tradicional, con mixturas en los hombros y la cabeza, entró tambaleándose y, con la mirada arrastrándose por los asientos vacíos, se sentó muy cerca de la Kharisiri, justo allí donde el conductor no alcanzaba a verlo a través del espejo retrovisor.

La Kharisiri, que no atraía a los pasajeros con su belleza física ni mediante engaños amorosos, sino con la armonía de su cantarina voz, esperó que el hombre entornara los ojos y se quedara dormido, cómodamente arrellanado en el asiento.

Ella lo observo de hito en hito, calculándole la edad, el peso y la estatura. Estaba claro que el incauto, con aspecto de bonachón y cuerpo rollizo, encajaba en los gustos de su preferencia. Ella sabía que no era lo mismo un hombre raquítico que otro entrado en carnes, como no era lo mismo la grasa de un niño que la de un adulto que, tras haberse acumulado durante años bajo los pliegues de la piel, tenía más utilidades, como la elaboración de ungüentos y curas maravillosas, y hasta sabía mejor que el cebo de los puercos criados en granja.

El conductor siguió su ruta por las callejuelas periurbanas de la ciudad de El Alto, sin mirar lo que sucedía en el fondo del Wayna bus, mientras la Kharisiri, canturreando una melodía similar a la de una canción de cuna, se acercó sigilosamente hacia su víctima, que dormía con la cabeza ladeada y las manos en los bolsillos.

Una vez que tenía todo el control sobre el trasnochado, como si le hubiese encantado el alma o ajayu, aprovechó para desabrocharle la chaqueta, desabotonarle la camisa y recostarlo sobre el asiento. Inmediatamente después, ella levantó su capa con una mano y buscó su cartera con la otra. Su cartera, de mayor tamaño que las ordinarias, era una suerte de maletín donde guardaba las jeringas, los frascos de cristal y los instrumentos necesarios para extraer la grasa humana. Sacó un afilado escalpelo, que brilló como una navaja de obsidiana ante la luz de sus ojos, lo manipuló con la destreza de un cirujano y le abrió una herida en el costado derecho del cuerpo, a la altura de las costillas flotantes, por donde le extrajo la grasa abdominal con una jeringa conectada a un frasco de cuello ancho. No conforme con eso, le extrajo también la médula de los huesos. Luego cerró la herida con los dedos, sin suturar ni grapar, hasta dejarla como una fina cicatriz que, más cicatriz, parecía el leve rasguño de un gato.

La Kharisiri, antes de que el Wayna bus llegara a su parada final, descendió como si nada hubiese sucedido con el último pasajero. Caminó con su capa batida por el viento y desapareció como sombra en la inmensidad de la noche.

Al día siguiente, el parroquiano que abordó el autobús después de haber asistido a una fiesta, donde compartió bebidas alcohólicas adulteradas, no recordaba absolutamente nada de lo sucedido ni sentía malestar alguno en su organismo, hasta que, al cabo de unos días, se enfermó repentinamente, como embestido por una aguda anemia, y, tras violentos dolores en el abdomen y espasmos que lo revolcaban de un lado a otro, murió rodeado de sus familiares, quienes, al confirmar que padecía de una enfermedad desconocida por las ciencias médicas, no dudaron de que se trataba de un mal que no era de este mundo, ya que su cadáver presentaba signos de haber sido atacado por la Kharisiri.

–Si hubiese estado con olor a ajos y no a tragos, de seguro que no hubiese pasado lo que ha pasado –dijo uno de los presentes–, porque la hediondez del ajo suele ahuyentar a la Kharisiri.

–Tampoco le hubiese pasado lo que le pasó –dijo otro– si hubiese tenido un wayruro como amuleto en el bolsillo, porque el wayruro, como la santa Biblia y el crucifijo, protege a los humanos de los seres diabólicos llegados del más allá….

El mismo día que sepultaron al hombre que perdió la vida tras una enfermedad incurable, la Kharisiri salió de su escondite y volvió a recorrer por las calles alteñas, contoneándose con singular belleza y su hermoso traje de chola paceña.

domingo, 17 de febrero de 2019


LA TUMBA DE CÉSAR VALLEJO

La mañana que tomé el metro en París, rumbo a la estación Raspail, cuya salida conduce a una de las entradas del famoso cementerio Montparnasse, la muchedumbre se apiñó en el andén para meterse en cualquiera de los vagones, como si huyeran de un incendio que devoraba a la Ciudad Luz.

Me apeé en la estación de mi destino y dirigí mis pasos hacia el cementerio Montparnasse, ubicado en un barrio de la bohemia parisina, en el número 3 del boulevard Edgar Quinet; un camposanto abierto en 1824, que ocupa alrededor de 19 hectáreas y alberga unas 35.000 tumbas.

Hace tiempo que tenía curiosidad por visitar la tumba de César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892 – París, Francia, 1938), quien fue uno de los mayores innovadores de la poesía del siglo XX y el máximo exponente de las letras hispanoamericanas; un revolucionario en las ideas y las palabras. No en vano transitó por todos los niveles del lenguaje, pulverizando las normas estéticas y retóricas de la poesía convencional. Su interés por la innovación poética lo llevó a crear un nuevo lenguaje a través de una gramática de deslexicalización del mismo, con una sintaxis, ortografía y semántica muy personal e inconfundible, al puro estilo estético de los movimientos dadaístas y surrealistas de su época.

Cuando ingresé en el cementerio, donde descansan los restos de muchos personajes célebres, tanto franceses como extranjeros, me vi perdido como en un laberinto de nunca acabar. Después de una agotadora caminata y tras haber leído en las lápidas los nombres grabados de hombres y mujeres que, con sus vidas y obras, iluminaron nuestra mente y llenaron nuestro corazón, me dirigí hacia donde yacían los restos de vate peruano bajo un sol que ardía en las alturas.

Cuando llegué al lugar, me sorprendió ver que la tumba de César Vallejo, poeta comunista y revolucionario, estuviese rodeada por lápidas de personas con apellidos notables o títulos respetables. Pero mayor fue mi sorpresa al constatar que el sepulcro, que parecía hecho de dolor y soledad, recibía innumerables visitas y lucía flores rojas como la sangre.

Estar al lado de su tumba era suficiente motivo para pensar que Su cadáver estaba lleno de muerto e imaginarlo tal cual aparece en esa famosa fotografía captada por Juan Domingo Córdoba y fechada en 1929, donde está sentado en una grada de los jardines de Versalles, con un aspecto de poeta dandi: camisa blanca, traje oscuro impecable y zapatos brillantes como su cabellera peinada hacia atrás como las alas de un cuervo. La foto revela también a un hombre taciturno, con el rostro de líneas angulosas, el ceño fruncido y la mirada perdida en el horizonte, como si estuviera inmerso en una profunda meditación; tiene una nudosa mano sosteniendo su huesudo mentón, y la otra, en la que luce un impresionante anillo, sujetando la empuñadura de su bastón. Al lado de él está sentada su esposa Georgette Marie Philippart Tavers, quien aparece sosteniéndole, probablemente por solicitud del poeta, su sombrero gris con cinta negra.


Al ver esta fotografía cuesta hacerse una idea de que este poeta, que fue retratado de cuerpo entero, hubiese tenido penurias de orden económico y existencial, hasta que escarbamos en las investigaciones de sus biógrafos, que no dudaron en echar luces sobre las penumbras de un inmigrante que se movía al borde de un precipicio social; una situación que experimentó Vallejo desde que llegó a París, donde vivió -sobrevivió-, deambulando de pensión en pensión y de alojamiento en alojamiento, sin que faltaran las veces en que, por falta de recursos económicos, se viera obligado a pasar la noche en la intemperie.

Sin embargo, el poeta no se dio por vencido y siguió buscando un asidero en una ciudad multifacética y cosmopolita, sin dejar de dedicarse con pasión a la literatura. Incluso trabó contacto con Juan Larrea, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Tristan Tzara, con quienes compartía el sueño de colaborar en publicaciones que difundieran su obra escrita tanto en verso como en prosa. Con Larrea fundó la revista Favorables París Poema, y con Pablo Abril de Vivero el semanario La Semana Parisién, publicaciones que, a pesar de su importancia, tuvieron efímera vida.

Aunque sabía que se reunía con sus amigos en tertulias y reuniones informales, incluso en sesiones de espiritismo en las que se convocaba el alma de un mercenario ruso para enviarlo a España, con la misión de acabar con la vida del dictador Francisco Franco, me preguntaba si alguna vez estuvo en una brasserie, como La Coupole, degustando del menú, tomándose cervezas frías y vinos añejos de Château Mont-Redon, o en un ambiente más relajado e intelectual, como el café Flore de Saint Germain, donde se reunían Albert Camus, Simone de Beauvoir, Boris Vian y Jean-Paul Sartre, junto a otros intelectuales y bohemios que, entre copa y copa, intercambiar noticias literarias, confrontar principios filosóficos o, simple y llanamente, repetían los versos de Rimbaud o Verlaine entre humos de cigarrillo.

Con todo, cabe recordar que Vallejo encontró dos amores que le encendieron el corazón y tuvo épocas en las que consiguió trabajos eventuales como periodista y profesor de Lengua y Literatura, hasta que en marzo de 1938, sufrió de agotamiento físico y fue internado en el hospital por una enfermedad desconocida. No se trataba de la misma hemorragia intestinal, de la que fue operado en 1924 y de la que se restableció favorablemente, sino de otra que comprometía seriamente su salud. Los galenos hicieron todo lo que estuvo a su alcance, pero César Vallejo, a pesar de los esfuerzos que hizo por aferrarse al amor y la vida, falleció el 15 de abril, que no fue un día jueves, como él vaticinó en su poema «Piedra negra sobre una piedra blanca», sino un viernes santo, sin aguacero y sin que los médicos supieran diagnosticar la causa  exacta de su enfermedad.

Su cuerpo embalsamado fue velado en la Mansión de la Cultura, su elogio fúnebre estuvo a cargo del escritor francés Louis Aragon y su entierro se realizó en el cementerio Montrouge (Monte Rojo), donde reposó hasta el 3 de abril de 1970; año en que sus restos, por voluntad de su viuda Georgette, fueron trasladados al cementerio Montparnasse (Monte Parnaso), donde fue enterrado por segunda vez en una tumba ubicada en la doceava división, cuarta Línea del Norte, número 7.

Sobre el grueso y reluciente mármol, donde está grabado su nombre, la fecha de su nacimiento y muerte, se lee el siguiente epitafio: J'ai tant neigé pour que tu dormes (He nevado tanto, para que duermas), que su viuda Georgette le dedicó al poeta, quien, por su vida llena de angustias, orfandad, violencia y dolor, hubiera cambiado el epitafio por otro que lo definiera mejor, quizás hubiese elegido esos versos suyos que dicen: Hay golpes en la vida tan fuertes... ¡Yo no sé! o Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo.

A la hora de despedirme y alejarme de la tumba, no dejaba de pensar en el invalorable legado literario de este gigante de las letras hispanoamericanas, de este magnífico autor de los poemarios Los heraldos negros (1918), Trilce (1922) y Poemas humanos (1939); las novelas Fabla salvaje (1923) y El Tungsteno (1931); los relatos Escalas (1923), Paco Yunque (1931); los ensayos Rusia 1931. Reflexiones al pie del Kremlin (1931) y España, aparta de mi este cáliz (1939). 

Estando ya fuera del cementerio Montparnasse, con la mirada tendida en las anchas avenidas de asfalto y los enormes edificios de acero y vidrio hormigón de una ciudad que nunca dejó de evocar su glorioso pasado ni dejó de proyectar las ilusiones de su porvenir, seguía con la imagen de César Vallejo atravesada en la memoria, sobre todo, con la imagen de esa tumba donde yacen sus restos después de tantos años de vida difícil, miserable, acosado por enfermedades, desdichas económicas y, en cierto modo, desilusionado de un París que no siempre acogía bien a sus hijos adoptivos, quienes llegaron de otras tierras tras la búsqueda de mejores oportunidades de vida. Aun así, el poeta oriundo de Santiago de Chuco, el niño a quien le daban duro con palo y con guasca, prefirió morirse en París, mientras se repetía a sí mismo: Me moriré en París con aguacero,/ Un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París –y no me corro–/ Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño…

viernes, 25 de enero de 2019


EL EKEKO ENAMORADO

Esto ocurrió en tiempos en que la ciudad de Nuestra Señora de La Paz era gobernada por Sebastián de Segurola y cuando las huestes rebeldes de Túpac Katari y Bartolina Sisa, alzadas en armas al son de los vibrantes pututus, tendieron un cerco a la ciudad convertida en campo de batalla.

La moza Micaela Marka y sus padres, andando de compras por un mercado indio de La Hoyada, avistaron la estatuilla del Ekeko labrada en piedra, junto a otros objetos de cerámica artesanal expuestos sobre un aguayo tendido en el suelo.

El hombrecillo, de estatura menuda, espalda encorvada y pinta de bonachón, estaba desnudo y con el enorme falo erecto como símbolo de fertilidad; tenía rostro mofletudo, ojos vivaces, labios entreabiertos en una mueca de sonrisa pícara y brazos abiertos como para dar un abrazo al primero que se le presentara con una sincera amistad.

Micaela Marka y sus padres, atraídos por la singular figura del Ekeko, se acercaron hacia el amauta aymara, que además vendía ponchos y ojotas, para preguntarle por el precio de la estatuilla de aproximadamente veinte centímetros de alto.

–Su valor equivale a cinco arrobas de papa –les dijo a tiempo de alzar la estatuilla. Luego añadió–: Este Ekeko viene de las riberas del sagrado lago de los Incas y, como ustedes saben, aparte de ahuyentar las desgracias del hogar, provee abundancia a quienes depositan en él su fe y confianza, y que, con sólo tributándole ofrendas de cigarrillos los viernes por la noche, se comporta como un verdadero patrono de la fortuna.

Micaela Marka y sus padres lo adquirieron como un amuleto de prosperidad y se lo llevaron a casa, convencidos de que este ser sobrenatural, que forma parte del universo andino, era capaz de conceder todos los deseos con sólo pedirlos. No en vano simbolizaba la abundancia, fertilidad, alegría y buena suerte, tal cual les dejó dicho el amauta aymara.

Ni bien retornaron a casa, Micaela Marka, preocupada por cubrir la erección viril del Ekeko, que la hacía sonrojar al lado de sus padres, se lo tejió ropas típicas del altiplano y, para rematar su buen gusto en el vestir, le puso ch’ullu, bufanda y poncho; en tanto sus padres, sujetos a la convicción de que el Ekeko mantenía relaciones directas con Wirakocha y Pachamama, para interceder a favor de sus dueños, colgaron de sus ropas una gran cantidad de bolsitas en miniatura, repletas con monedas acuñadas en Potosí, alimentos de primera necesidad y bienes inmuebles de alta calidad.

Cuando la estatuilla fue recargada de pies a cabeza, con un montón de encargos que llevaba a cuestas como un q’epiri, le hicieron fumar un puro dominicano, conscientes de que si el tabaco se consumía sólo hasta la mitad era señal de mal augurio, pero si el Ekeko se lo aspiraba enterito, dándoselas de fumador empedernido, significaba que estaba dispuesto a conceder todos los deseos solicitados, tanto materiales como espirituales.

En efecto, a poco de que pusieron su suerte en manos del Ekeko, la familia Marka gozó de salud y prosperidad, mientras la guerra entre patriotas y realistas, enfrentados en una contienda sin cuarteles, dejaba un reguero de muertos y heridos en medio de una ciudad asolada por el caos y la escasez de alimentos.
 
El Ekeko, desde el día en que llegó a la casa de la familia Marka, se quedó perdidamente enamorado de Micaela Marka, la única hija del matrimonio, no sólo porque todos los viernes le encendía un cigarrillo y le quitaba el polvo que, a veces, le cubría el cuerpo como un manto de terracota, sino también porque la moza, de no más de veinte años, era hermosa como una ñusta; tenía el cuerpo de diosa, las trenzas apretaditas y bien hechas debajo del sombrero de lana de oveja, el rostro anguloso y risueño, los ojos rasgados y los labios color huairuro; lucía blusas bordadas con flores y mangas de boca ancha, mantillas de vicuña cubriéndole los hombros y sujetas por prendedores dorados a la altura del pecho, polleras de bayeta negra ceñidas por chumpis a la cintura y ojotas de jebe con hebillas de plata.

El Ekeko, cuando Micaela Marka estaba en casa, no la perdía de vista ni un solo instante. Se solazaba viéndola caminar por la casa, canturreando tonadas criollas y cumpliendo sus labores domésticas con una destreza inusual.
 
Los días viernes por la noche, ni bien ella se le acercaba para encenderle un cigarrillo, se le aceleraba el corazón y se le saltaban los ojos de sólo mirarle el abultado busto y las amplias caderas de mujer fecunda. Estaba seguro de que, si se fundían en la armonía de un bello romance, serían una pareja ideal y se complementarían como la dualidad conformada por chacha/warmi en la cosmovisión andina.

Lo grave de este ensueño, más parecido a un amor platónico, era el hecho de que Micaela Marka no estaba enamorada de él, que era enano y jorobado, sino de un súbdito y guapo español, don Diego de Mondragón, capitán del ejército realista y avecindado en la ciudad desde mucho antes de que estallara la rebelión indígena. Y, aunque no era amo ni señor de tierras ni gentes, poseía una regular fortuna que lo convertía en uno de los solteros más codiciados entre las damitas de Nuestra Señora de La Paz.

Don Diego de Mondragón vivía solo en las márgenes del río Choqueyapu, donde las turbulentas aguas, provenientes desde la Laguna Pampalarama, se encajonaban arrastrando todo lo que pillaban a su paso en un torrente bullicio que, en las épocas de lluvias y crecidas, hacía temblar la tierra como si los Jinetes del Apocalipsis, al mando de un brioso ejército de caballería, quisieran apoderarse de la ciudad sembrando el pánico y la muerte.

El Ekeko sabía que Micaela Marka, como toda moza de ascendencia indígena, se sentía atraída por la fina personalidad y el recio porte de don Diego de Mondragón, un gachupín que no disimulaba su odio visceral contra los indios y su amor desmedido por la moza que, aun sin pertenecer a una noble casta, supo conquistarlo con sus encantos de mujer hecha de miel y belleza.

El Ekeko, cada vez que Micaela Marka salía a encontrarse con el capitán del ejército realista, se sentía impotente y no podía soportar la idea de que un gachupín fuera el absoluto dueño del corazón de su amada, siendo que él estaba ahí, convertido en una estatuilla de piedra, para ahuyentar los malos augurios de la casa y cumplir con los pedidos de bienestar en la familia.
  
Sin embargo, de un día para otro, el Ekeko decidió cambiar de actitud; sería implacable con Micaela Marka y sus progenitores, quienes, a pesar de la depresión y hambruna que campeaban en la ciudad, tenían asegurada la comida del día, porque mientras los realistas trocaban sus joyas por unos cuantos granos de maíz y comían caldos preparados con los cueros de las petacas, las alforjas y los arreos de ensillar, la familia Marka cocinaba en las ollas de arcilla los cereales, el chuño y el charque acumulados en la despensa de la casa.

El Ekeko, en busca de una venganza por celos, se dispuso a imponer su autoridad y, como cualquier illa que se merece el respeto y el amor de quienes lo cobijan en su casa, dejó de conceder los deseos de bienestar de la familia Marka. Así que, en medio del fragor de los combates, la desolación y la muerte, se les fue agotando poco a poco los alimentos de la despensa, mientras los indios rebeldes y los realistas se batían como fieras en todos los frentes.

El último día en que Micaela Marka y don Diego de Mondragón se vieron en la puerta de la casa, casi a hurtadillas y al amparo de la noche, se tomaron de las manos y hablaron en voz baja. Él le dijo que a la mañana siguiente partiría hacia el principal bastión de los insurgentes y ella se limitó a bajar la mirada, con los ojos anegados en lágrimas y como presintiendo lo peor.

Después se despidieron, ella prometiéndole esperarlo hasta cuando sea necesario y él lanzándole una postrera mirada desde la calzada, antes de alejarse cuesta abajo, a paso ligero, con la cabeza gacha y silbando una alegre melodía de los campos de Sevilla.

Entonces el Ekeko no pudo más con sus celos de hombre enamorado, apeló a sus poderes sobrenaturales y, fumándose un cigarrillo cuyo humo dibujaba en el aire el espectro de la muerte, maldijo a su rival en sus pensamientos, a manera de aplacar los celos que se lo comían por dentro, como a un demente que, sin son ni ton, transita por los senderos del amor convertido en locura.

Don Diego de Mondragón, al saber que su amor de caballero era correspondido con el más tierno amor de su amada, se levantó con el alba y se marchó cabalgando hacia una sangrienta batalla desatada contra los indios rebeldes, quienes no cesaban en su afán por expulsar de la ciudad a los q’aras, que no hacían otra cosa que aprovecharse de las indias como si fuesen ovejas de un rebaño y someter a los indios a trabajos forzados como si tuviesen alma de esclavos.

En medio de la refriega, dominada por el estampido de las armas de fuego, el galope de los caballos y el ruido de las armas de acero, don Diego de Mondragón, batiéndose con la bravura de un guerrero invulnerable, embistió espada en mano contra las tropas enemigas, una y otra vez, hasta que cayó de la montura con una lanza atravesada en el pescuezo.

Micaela Marka, al enterarse de su fatídica muerte, quedó destrozada y desconsolada, no dejaba de llorar ni podía apaciguar la gran pena instalada en su alma; Y, como si esto fuera poco, sus padres relativamente jóvenes, acosados por la hambruna y la angustia de haber perdido sus bienes en pocos meses, cayeron enfermos y murieron en su lecho nupcial, pero no sin antes recomendarle que cuidara al Ekeko como a su propia vida.

Cuando la sitiada ciudad recobró la normalidad, y cuando los discordes quedaron en concordia, la moza Micaela Marka, una vez superada la infausta muerte de don Diego de Mondragón y curadas las heridas de su alma, se ocupó con sumo esmero en complacer los deseos y caprichos del Ekeko, quien, de sólo sentir la suaves manos y el tibio aliento de la mujer amada, volvió a sonreír como quien recupera un tesoro perdido.

Así fue cómo el Ekeko, satisfecho con las atenciones y caricias dispensadas por Micaela Marka, hizo que la prosperidad retornara al hogar con más ímpetu que nunca. Y, como era de suponer, ambos convivieron en armonía bajo un mismo techo, amándose como tortolitos en un nidito de amor, hasta que un buen día, del cual nadie tiene memoria, el Ekeko habló por primera vez en lengua aymara y, como por un artilugio de magia, dijo:

–Yo seré el protagonista principal de la Feria de Alasita por ser el proveedor de la abundancia, fecundidad y fortuna, y tú, mi tierna y apetecida paloma, una vez que te conviertas en miniatura, serás la illa de la Ekako, la indiscutible soberana de los placeres del amor y la vida…

Micaela Marka, luego de levantarse de la cama y todavía en paños menores, le sonrió más complacida que antes y se metió en la cocina, donde preparó un suculento plato paceño, para servirle al Ekeko como manda la tradición, con su chichita y todo.

martes, 1 de enero de 2019


LOS OBSCENOS GUSTOS DEL TÍO

Conociendo la irrefrenable lujuria del Tío, cada vez que lo veía disfrazado de Lucifer en los Carnavales, rodeado siempre por hermosas Chinasupay, lo imaginaba como a un perro en carnicería, como a un gato en ratonera. Por eso mismo, a tiempo de lanzarle un comentario sobre sus eximios dones de conquistador, le dije:

–Sé que te gustan las mujeres y que eres un Don Juan, capaz de seducir a cualquiera con el fulgor de tu mirada…

El Tío levantó la cabeza y cambió la expresión de su rostro. No abrió la boca, pero se quedó atento a lo que iba a decirle, como quien aguarda una noticia del más allá. Entonces proseguí:

–Con esa pinta puedes conquistar incluso a la princesa Madeleine de Suecia, de cuya belleza no has dejado de hablarme desde cuando la viste en la tele, luciéndose en un acto protocolar que se llevaba a cabo en el Palacio Real, donde el rey y la reina se hacían los despistados cada vez que los fotógrafos dirigían los oculares hacia esa hermosura que, más que ser una mujer hecha de sangre y hueso, parece una de esas princesitas escapadas de los cuentos de hadas...

El Tío echó chispas por los ojos, chasqueó la lengua y soltó una risa que lo sacudió en su trono. No era en vano, pues aun siendo un ser todopoderoso, acostumbrado al trato respetuoso y cariñoso, tenía debilidades que lo acercaban más a los humanos que a los dioses; una de esas debilidades era su gusto por las mujeres de cuerpos despampanantes y deseos ardientes. No ocultaba su preferencia por quienes, hermosas como las valquirias del Walhalla, estaban dispuestas a conducirlo, en las blancas colinas de sus blancos cuerpos, hasta las puertas de la muerte y retornarlo a la vida convertido en experto en las artes de amar. La desventaja era que todas eran más altas que él, quien apenas les llegaba a la altura de los senos.

–¿Por qué te atraen las mujeres altas? –le pregunté–. Si con una de tu estatura estarías mejor servido en la cama y en la mesa.

–Es cierto que soy de estatura baja –reconoció–, pero me seducen las mujeres que tienen todo en exceso, tanto arriba como abajo. Entre una chatita y una altota, prefiero a una mujer de buen porte, ojos color de cielo despejado y pelo rubio como el de la Chinasupay. Si me gustan las altotas es porque tienen las piernas largas y lucen sus abundancias como las waka-wakas, pero también me atraen las chatitas que tienen la ley del tordo: patitas cortas y culito gordo...

No era la primera vez que lo escuchaba hablar de ese modo. Empero, fue tanta mi sorpresa que lo miré de pies a cabeza y, haciéndome el listo sin serlo, le espeté un comentario puntilloso, como París disparó su lanza contra el talón de Aquiles:

–Con una gringa altota, te verías como una garrapata trepando por la cola de una elefante...

El Tío, apenas se dio cuenta de la capciosa intención de mis palabras, disimuló una sonrisa y dijo:  

–Eso es relativo, como en el caso de un minero que conocí. Él tenía una voz delgadita, como la de los espíritus celestiales, pero todo lo demás lo tenía grueso. Por lo que a mí respecta, no te preocupes por eso de mi estatura, ¿o has olvidado que poseo poderes mágicos? Si la necesidad me obliga, no tendría problemas para transformarme en un mamut de Siberia, con la trompa larga, gruesa y rugosa, y, como si fuera poco, con los colmillos más puntiagudos que mis cuernos.

Me quedé boquiabierto y con la mirada clavada en sus cuernos. Al poco rato, en mi afán de herirlo a como dé lugar, le disparé otra pregunta más puntillosa:

–¿Y a la Chinasupay le gustan también los altos?

–Quién sabe –contestó–. Eso no lo sabe ni Dios. Sobre gustos nadie ha escrito, ni siquiera tú que tienes una mujer que, cada vez que se cabrea con tus miradas de ojo alegre, te repite que a ella le gustan los hombres altos, robustos, musculosos, encachados, guapos, chulos, papitos... 

–¡Déjate de joder, Tío! –supliqué enfadado–. ¡No estamos hablando de mí sino de ti!

–Ya te dije que no tengo los menudos problemas que aquejan a los mortales. Es cuestión de que una mujer me dé un beso y, zas-zas, me convierto en el ser más bello del universo, como el sapo, la bestia y el monstruo encantados por la bruja en los cuentos de hadas. No en vano la Chinasupay y la China Morena me prodigan su alma, corazón y vida, así tenga el aspecto de un ser infernal y la estatura de un ek’eko. Además, ¿quién te ha hecho creer que la estatura es un impedimento para amar y conquistar a las mujeres? El amor es ciego y no ve los defectos, aunque a simple vista una pareja, por la diferencia de edades y estaturas, parezca más una dispareja que una oveja con su pareja.

Lo escuché atento, hasta que, al comprobar que tenía una autoestima más grande que la de Narciso, cambié el tema de la conversación, consciente de que el Tío, dotado de una suprema inteligencia, tenía una respuesta para cada pregunta.

–A todo esto, Tiíto –le dije en un tono de adulación–. ¿El tamaño de un hombre tiene alguna importancia?

–¡¿El tamaño de qué?! –preguntó elevando la voz y con una celeridad admirable.

–En este caso, no me refiero a la estatura, sino al tamaño de la trompeta que nos tocan las mujeres…

–¡Ah! Te refieres a ese ridículo apéndice masculino –dijo de manera socarrona–. Pues no faltan las comparaciones para admirar al mejor dotado o para burlarse del menos favorecido, aunque en los tejemanejes del sexo, más vale la maña que el tamaño de la trompeta.

–Claro que para ti es muy fácil decirlo –retruqué–, sabiendo que el tamaño sí tiene importancia y que no basta con tener más maña que uno bien puesto. Al menos, el exceso sirve para impresionarlas, ¿no es así?

–¡No es así! –contestó meneando la cabeza–. Los excesos no solo las impresiona, sino que las espanta. La realidad es que el exceso resulta innecesario cuando la zona más sensible de la mujer se encuentra en las afueras de su infiernito, donde uno quiere meter su diablito; de modo que no hace falta tener uno reverendo como el mío, sino solo seis centímetros para rozarle el piquito y elevarla al infinito.


–¿Entonces no es cierto que a ciertas mujeres les gusta que el hombre sea inteligente de la cintura para arriba y burro de la cintura para abajo?

–Ya te dije que eso es relativo, muy relativo, como todo lo demás en este mundo –replicó levantando las cejas y agitando las manos–. Lo único cierto es la sabiduría popular que enseña: La mujer es fuego, el hombre estepa, viene el diablo y sopla, pero, ¡ojo!, solo sopla por un tiempo, ya que el fuego de la lujuria se apaga un buen día, como se apaga la luz del día cuando llega la noche. Nada es eterno en la vida, excepto la muerte y el infierno. En la juventud se goza de la carne, del apetito sexual, pero luego uno se cansa y lo deja. En los ardides del amor, hasta el diablo, harto de carne, se mete de fraile…

El Tío, sentado como siempre en su trono, inclinó la cabeza, echó una ligera mirada a su respetable dimensión, meditó un instante y, como si hubiese hallado la solución de una pregunta sin respuestas, profirió con voz altisonante:

–¡La sexualidad es una necesidad fisiológica, como beber y comer son cosas que hay que hacer! El sexo no solo sirve para reproducirse, sino también para gozar de las misk’i (dulce) cositas, que la naturaleza nos puso entre las piernas –dijo con los labios alargados, como si fuese a darme un beso–. Eso sí, te recuerdo que en la relación entre un hombre y una mujer no se puede forzar nada. Si ella no quiere, no quiere; pero si quiere, te dice que sí, pero no te dice ni cuándo, ni dónde, ni cómo. Al fin y al cabo, en una relación de pareja, el hombre propone y la mujer dispone.

–De todos modos, la sexualidad es uno de los pilares del templo del amor, ¿verdad?

–Así es –corroboró el Tío–. El amor sirve para alimentar el alma como la comida sirve para alimentar el cuerpo; por lo tanto, elegir entre amar y comer, es lo mismo que elegir entre mear y escribir, pues supongo que ambas cosas tienes que hacerlas por necesidad y no por puro gusto, ¿no es así?


Me quedé callado, cojudo, como cada vez que me daba una magistral lecciones sobre la vida, las necesidades humanas y las artes de amar. Sin embargo, como estaba convencido de que era un ser erudito, que lo sabía todo y podía todo de todo, aproveché para preguntarle qué importancia tenía el beso a la hora de dar rienda suelta a las pasiones.

–En el arte del amor todo comienza con un beso profundo y electrizante –contestó–, que es una muestra de amor y erotismo, una sensación húmeda que nada tiene que ver con el beso que Judas le dio a Cristo.

Yo paré las orejas y seguí con la mirada los gestos que hacía mientras abordaba el tema, como cada vez que se ponía eufórico al hablar de Dios y del príncipe de las tinieblas, pues los ojos se le encendían como chispas y las palabras le revoloteaban como mariposas en los labios. Hablaba tan lindo que parecía estar leyendo un libreto preparado de antemano. Por lo demás, de todas sus cualidades, la más original y característica era el desparpajo con que inventaba un término cuando el verdadero no acudía con la debida oportunidad a sus labios. Yo nunca pude contra su ingenio ni su verbo, así que lo dejé hablar a sus anchas.

–Es natural que cuando dos personas se aman, se coman a besos a toda hora y en cualquier lugar –dijo–. El beso es el primer paso en el camino al amor y es el vínculo indispensable de una pareja, además que da cierto toque mágico a una relación y hace sentir una pasión tan grande, que surge el deseo de poseer a la persona amada, aparte de que un beso dice más que mil palabras y es el preludio a la entrega total. 

–Supongo que cuando tú la besas a la Chinasupay, no solo intercambias saliva en señal de confianza y deseo ardiente, sino también la envuelves en tu aliento con olor a azufre y…


–¡Me estás mamando o qué! –bramó con los ojos desorbitados, cortándome la palabra de ipso facto–. Para empezar, a ti no te importa cómo la beso, lo único que debes saber son dos cosas: Primero, para dar un beso no hay técnicas, ni recetas, ni regla alguna; lo esencial es que se dé con pasión y con todas las fuerzas del amor, sobre todo, si el amor es tan fuerte como la muerte. Segundo, que el beso sea devorador, que te deje sin aliento, que te erice la piel y te entren ganas de fundirte en el cuerpo de la persona amada.

–¿Y cómo saber que un beso es un buen beso?


–Eso es muy difícil de saber, pero, por si las moscas, te paso un dato curioso: se dice que si logras hacer un nudo en el tallo de la cereza con la lengua, sin tocarlo con las manos, significa que sabes besar a las mil maravillas.

Como ya estuvimos hablando de besos, solo faltaba un cachito para hablar más distendidamente del sexo, pero como no quería meterme, como en otras oportunidades, en una jungla de dimes y diretes, preferí que me dijera qué es lo que más miraba y admiraba en las mujeres.

–El culo –contestó como siempre, sin pelos en la lengua–. El culo, como la comida, se come también con la mirada. Unas nalgas perfectamente esféricas y sensuales levantan el ánimo de cualquiera. El culo es la parte del cuerpo que más sinónimos ha generado en todas las lenguas. Solo en español se lo conoce como cola, posaderas, trasero, traste, asentaderas, poto, ancas, cachas, glúteos, grupa, colina, pandero, tortas, amortiguador, manzana, pompis…

Después me miró mis humildes posaderas, quién sabe con qué intención, y prosiguió:

–Los hombres a tu edad han pedido la atracción y no tienen más que una raya allí donde termina el casto nombre de la espalda. Una pena por tu doña, a quien también le gusta mirar el trasero bien formado y musculoso de un hombre, que es un poderoso centro de atracción de muchas, pero de muchísimas miradas femeninas.

Le creí en redondo. No cabía duda de que el Tío, que tenía la facultad de ver con facilidad asombrosa a través de las ropas, vio más nalgas que ninguno en este mundo. Él sabía valorarlas por su forma, consistencia y tamaño.

–Una cosita más –dijo, despejándome las dudas–. Las nalgas, aunque nos parezcan zonas sin mayor importancia, son motivos de gustos y disgustos. Puede que al hombre le resulte difícil mirarse el trasero, pero la mujer, apenas voltea la cabeza, debe mirarse su protuberancia como una iguana se mira la cola y, si tiene un poquito de son y otro poquito de gracia, debe también menearla como la China Morena menea su cola más voluminosa que la cola de saurio del Achachi Moreno.

A esas alturas de la charla, el Tío tenía los ojos encendidos como brasas. Se relamió los labios, se frotó las manos, separó las piernas y, tras inflar el pecho como un toro en plaza taurina, prosiguió:

–En algunos países existe una natural fascinación por los traseros. En África, por ejemplo, una mujer sin culo es lo mismo que una mujer pobre, así esté nadando en dinero. En el mundo occidental, las nalgas están consideradas como zonas que estimulan la excitación sexual. En la India las nalgas forman parte de los ritos sagrados, llegando al extremo de que si una bailarina hindú no tiene un trasero prominente, debe recurrir a glúteos postizos o prótesis de silicona. Ni para qué hablar de Brasil y Cuba, donde existe un verdadero culto al trasero. Las mujeres lo exhiben en tanga o ropas ajustadas. La idea es mostrarlo y moverlo al ritmo de las caderas, como la popa y la proa de un barco en medio de la tempestad.

Al ver que el Tío estaba al borde de entrar en un delirio sexual, tosí como un minero con silicosis, en procura de volverlo en sí y no dejarlo escapar en las alas de la fantasía. Cuando logré mi objetivo, y a modo de devolverlo a la realidad, le dije que toda mujer debe amar y estimar cada una de sus redondeces y debe aprender, indistintamente de su tamaño, a  sacarles provecho en el juego sexual, porque el tamaño de un trasero, acéptese o no, no es más importante que la capacidad de menearlo a la hora de entregarse sin condiciones y de en un modo total.

El Tío se reacomodó en su trono, cruzó los brazos y se quedó mirándome fijamente, como todo un experto en las artes de amar. Yo le devolví la mirada y, fingiendo ser un experto en el tema sin serlo, le dije:

–La atracción que provocan las protuberancias femeninas en los hombres es tan importante que se ha llegado a establecer una división entre unos que prefieren los pechos y otros que prefieren las nalgas.

–¡Ah!, a propósito –asintió–. Los expertos refieren que las mujeres con abundantes pechos, besan mejor y son sexualmente más ardientes.

–Esas son puras especulaciones –repliqué–. Se dicen tantas cosas que ya no sé ni en qué creer. Si a unos les gustan las pechugonas, a mí me encantan las minitetas, porque de solo mirar sus bonitas formas, su balanceo gracioso, la leve insinuación de sus pezones, me resultan mucho más atractivas y eróticas que las tetas voluminosos que, en estos tiempos, están infladas con prótesis de silicona. Además, y en esto sí soy categórico, pienso que el sexo está dentro de la cabeza y no entre las piernas ni entre las tetas….

El Tío, mostrándose aburrido con mi cháchara parecida a una divagación sin son ni ton, me paró el coche y se vino al grano:

–Y a ti, ¿por qué te interesan tanto estos temas? Pareces un perro ladrador, pero poco mordedor. Ya sabemos que te falta estatura, que no eres el mejor dotado, pero que, como toda ley de compensación, te sobran las mañas y artimañas para conquistar a cuanta mujeres se te antoja, ¿sí o sí? Por otro lado, eres como cualquier otro hombre; tienes dos piernas, dos brazos y una cabezota que vale por todas las demás. Como bien decía tu mamá, eres un ser inteligente al que solo le falta un pelo para ser adivino. ¿No es eso lo que te decía tu mamá? Que te faltaba un pelo para ser adivino, ¿sí o no?

No contesté ni sí ni no, preferí despedirme de mi irreverente interlocutor, para no seguir con un tema que era de nunca acabar. Me volví y avancé en dirección a la puerta, pero cuando estaba a punto de salir del cuarto, el Tío lanzó un gemido bestial y me detuvo de golpe.

–¡Un momento!

–¿Qué quieres? –pregunté sin voltear la cabeza.

El Tío redujo la voz a un murmullo y dijo:

–Que tu doña no se dé cuenta de que te gustan las mujeres con todos los atributos que a ella no tiene. Aun así, ella sabe cómo avivar el fuego de tu pasión y satisfacer tus fantasías más perversas; es más, ella confirma la regla: Lo que no puede el diablo, lo puede la mujer.

Cerré la puerta y me alejé rumbo al dormitorio, donde mi mujer estaba ya recostada sobre la cama, luciéndose con una sensual lencería que, de solo remarcarle sus misk’i cositas, despertó mis deseos de amante erótico y mis instintos de animal carnívoro.