martes, 3 de enero de 2012


LA CORNADA

En la plaza de toros, bajo un cielo teñido de fiesta, el toro y el matador se enfrentaron cara a cara.

El toro, la cerviz ensangrentada por las banderillas, miró a su adversario con la lengua colgante, babeante, como calculando la escasa distancia que los separaba.

El matador, espada y capote en manos, adoptó una pose triunfal y recibió las ovaciones entre las blancas palomas de los pañuelos.

El toro pateó la arena, exhaló hilos de vapor y reinició el combate.

El matador lanzó un capotazo y no logró sortear la embestida.

El toro lo tumbó y lo rebozó en la arena. Lo ensartó en sus cuernos, lo sacudió como a un muñeco en jirones y lo lanzó por los aires.

Las imprecaciones y el suspenso se apoderaron del ruedo.

El matador cayó boca abajo, sin un hálito de vida.

El toro, bravo y de buena raza, prosiguió el ataque. Le asestó una cornada entre las piernas y, ante la mirada atónita de un público en vilo, le arrancó los genitales de cuajo.

La plaza estalló en sangre y en gritos de ¡Olé!, ¡Olé!, ¡Olé!

Imagen:
La cornada, 1988. Pintura de Fernando Botero.

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