domingo, 15 de enero de 2012


EL TEMA DEL DICTADOR
EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA

Cuando las dictaduras militares latinoamericanas asolaban sus países, los lectores buscamos desenfrenadamente libros que, de algún modo, fuesen análogos al Tirano Banderas del escritor español don Ramón María del Valle-Inclán, quien, estando de viaje por México, fue impactado por los movimientos insurgentes y sus poblaciones fascinantes, cuyas gentes y giros idiomáticos se reflejan en su producción literaria, con una deformación grotesca de la realidad social y la personalidad humana.

La historia de América Latina, contrariamente a lo que muchos se imaginan, es la historia de las dictaduras civiles y militares, que asaltaron el poder desde los primeros decenios del Siglo XIX: Manuel Rosas, en Argentina; Mariano Melgarejo, en Bolivia; José Gaspar Rodríguez de Francia, en Paraguay; Porfirio Díaz, en México; Rafael Leónidas Trujillo, en la República Dominicana…, cuyos dichos y hechos -casi siempre deplorables-, que no conocen límites excluyentes entre la realidad y la fantasía, aparecen expuestos en las obras de los novelistas contemporáneos: en Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos; El recurso del Método, de Alejo Carpentier; El señor Presidente, de Miguel Angel Asturias; Oficio de difuntos, de Arturo Uslar Pietri; El dictador suicida, de Augusto Céspedes; La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, La tempestad y la sombra, de Néstor Taboada Terán y en El otoño del Patriarca, de Gabriel García Márquez, quien confesó haber leído durante diez años la biografía de varios dictadores, antes de escribir su novela, en la cual recrea a un dictador con los pedacitos de los dictadores latinoamericanos.

Ahora bien, escribir sobre dictadores es siempre un desafío contra el tiempo y la memoria, porque la vida de un dictador no sólo pesa en la mano y la conciencia, sino que, además, constituye la metáfora más perfecta del poder absoluto, donde el hombre se enfrenta en soledad a la grandeza y la miseria, a la gloria y la derrota. En cualquier caso, en nuestras repúblicas, que vivieron a caballo entre la tiranía y la anarquía desde las guerras de la independencia, el dictador es un tema constante en la literatura, debido a que estas figuras, que se proyectan como sombras sobre la historia de los pueblos, están inmersos en la identidad latinoamericana, en la memoria colectiva y, por lo tanto, en el texto y contexto de las obras de ficción, donde los personajes cobran autonomía con respecto a las figuras históricas que las inspiraron, como es el caso de la novela Yo el Supremo, cuyo protagonista, arrancado de la realidad, es el Doctor Rodríguez de Francia, Dictador Perpetuo del Paraguay.

De otro lado, en mi condición de escritor proveniente de un país que experimentó dictaduras arropado en las banderas de la libertad, debo confesar que leer la biografía de los dictadores es un acto más simple que escribir sobre ellos, puesto que la lectura, aun siendo un acto que requiere tiempo y paciencia, es siempre un modo de distraer la mente, sobre todo, cuando la vida del dictador está salpicada de anécdotas que a uno le deparan la satisfacción que muy raras veces se encuentran en otras lecturas. Es decir, aunque no todos los dictadores acaban sus días como en El otoño del Patriarca, envejecido y desolado en un palacio lleno de vacas, tienen, al menos, la ocurrencia de haber forjado un mundo personal lleno de asombro y maravilla, en medio de un reguero de muertos, desaparecidos, hambrientos y analfabetos.

Considero también que, durante el acto de escribir, resulta tan difícil -acaso imposible- hablar con voz de dictador como encarnar a un ser omnipresente aferrado al poder absoluto. No obstante, este tema sigue siendo caldo de cultivo para quienes están dispuestos a llevar la realidad histórica al límite de la ficción y la personalidad del dictador al nivel del mito imperecedero, aun a riesgo de convertirlo en figura emblemática de un grupúsculo de partidarios fanáticos, pues el discurso literario de la novela, así esté basado en la biografía de un personaje histórico concreto, se distancia del género documental tanto por el estilo como por el tratamiento del tema.

Con todo, a los escritores latinoamericanos sólo nos queda reconocer que, como bien dice García Márquez, la realidad es mejor escritor que nosotros. Nuestro destino, y tal vez nuestra gloria, es tratar de imitarla lo mejor que nos sea posible. En efecto, la realidad es la realidad, que a menudo supera a la ficción, y la vida de un dictador, además de ser un golpe a la lógica y la razón, como en el caso de Pinochet, Videla o Stroessner, es la demostración de lo que le ocurre al hombre cuando sus relaciones no pueden desarrollarse de manera natural; cuando, para sustituir a la unidad familiar o a la fe religiosa, sólo es posible la adhesión al poder, encarnado en un personaje que se mueve entre la luz y las tinieblas, entre el sueño y la pesadilla, entre la realidad y la fantasía.

Imagen:

The Presidential Family, 1967, pintura de Fernando Botero.

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