lunes, 22 de junio de 2026
domingo, 21 de junio de 2026
LA MASACRE MINERA DE SAN JUAN
La masacre minera de San Juan, acaecida en la madruga del
24 de junio de 1967, no figura en las páginas oficiales de la historia de
Bolivia, aunque se mantiene viva en la memoria colectiva y se la transmite a
través de la tradición oral, de generación en generación, convirtiéndola en
algunos casos en cuentos y leyendas, como sucede con los hechos históricos que
se resisten a sucumbir entre las brumas del olvido. Y si lo cuento aquí y
ahora, es porque fui testigo de esa horrenda masacre a los tres días de haber
cumplido nueve años de edad.
Todo comenzó cuando las familias mineras se retiraban a
dormir después de haber festejado el solsticio de invierno alrededor de las
fogatas, donde se bailó y cantó al ritmo de cuecas y wayños, acompañados con ponches de aguardiente, comidas típicas,
coca, cigarrillos, cachorros de dinamita y cohetillos. Mientras esto sucedía en
la población civil de Llallagua y los campamentos de Siglo XX, las tropas del
regimiento Ranger y Camacho, que horas antes habían tendido
un cerco al amparo de la noche, abrieron fuego desde todos los ángulos, dejando
un saldo de una veintena de muertos y setenta heridos entre las punzadas del
frío y los silbidos del viento.
Se estima que los soldados y oficiales, que ingresaron
por la zona norte entre las nueve y once de la noche, partieron en un tren
desde la ciudad de Oruro la tarde del 23 de junio. El sereno de la tranca, que
los vio llegar armados dentro de los vagones, intentó informar a los dirigentes
del sindicato y las radioemisoras, pero fue intimidado por los oficiales que
prosiguieron su marcha. Así, alrededor de las cinco de la mañana, comenzó la
balacera para victimar a hombres, mujeres y niños. En un principio, ante el
ataque sorpresivo, algunos confundieron las ráfagas de las ametralladoras con
cohetillos y el estampido de los morteros con la explosión de dinamitas.
La Empresa, en complicidad con los masacradores, cortó el
suministro de electricidad aquella madrugada, para que las radios no pudieran
alarmar a los pobladores; en tanto los soldados, que estaban apostados en el
cerro San Miguel, cerca de Cancañiri, La Salvadora y el Río Seco, bajaron como
recuas de asnos por la escarpada ladera y ocuparon a fuego los campamentos, la
Plaza del Minero, la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero, donde fue asesinado el dirigente Rosendo García
Maísman, quien, parapetado detrás de una ventana, defendió la Radio con un
viejo fusil en la mano.
La matanza duró varias horas bajo el sol del 24 de junio.
Los muertos se desangraban junto a las cenizas de las fogatas y los heridos
acudían al hospital, mientras las madres, aterradas por los disparos y los
gritos, intentaban calmar el miedo y el llanto de sus hijos. En medio del caos
y el espanto, no faltaron los hombres que, en un intento desesperado por
defenderse, se armaron de dinamitas y capturaron a algunos soldados, a quienes
les despojaron de sus uniformes y les quitaron sus armas. Pero todo hacía
suponer que era ya demasiado tarde para preparar una resistencia organizada. En
la Plaza del Minero se llenaron los soldados y la jurisdicción de la provincia
Rafael Bustillo fue declarada Zona
Militar (presencia permanente del ejército).
La masacre fue ejecutada por órdenes expresas de René
Barrientos Ortuño, cuyo gobierno bajó los salarios a niveles de hambre,
desabasteció las pulperías, prohibió
el fuero sindical y desató una sañuda persecución contra los dirigentes
políticos y sindicales, con el propósito de destruir sistemáticamente el eje
principal de la resistencia en el seno del movimiento obrero. De hecho, según
testimonios de primera mano, se sabe que para el 24 de junio se tenía previsto
la realización del ampliado nacional de los mineros en la población de Siglo
XX, con el fin de exigir un aumento salarial y apoyar a la guerrilla del Che
con dos mitas de su haber,
equivalentes a dos jornadas de trabajo. Una suma importante si se considera a
los aproximadamente veinte mil trabajadores que por entonces tenía la
Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).
El gobierno y las Fuerzas Armadas, informados de los
preparativos del ampliado y asesorados por la Agencia Central de Inteligencia
(CIA), se apresuraron en ocupar los centros mineros para evitar cualquier apoyo
moral y material destinado a los guerrilleros que se batían a tiros en las
montañas de Ñancahuazú. Consiguientemente, lejos de la ilusión de encender una
chispa libertaria en el continente americano, los mineros del altiplano y los
guerrilleros comandados por el Che eran asesinados con las mismas armas y por
los mismos enemigos, separados los unos de los otros, sin verse la cara ni
compartir la misma trinchera contra los mercenarios de la CIA y las tropas del
ejército boliviano.
René Barrientos Ortuño, quien sabía maniobrar sus siniestros
planes respaldándose en el pacto
militar-campesino, que él mismo estableció con la burocracia oficialista de
las organizaciones del agro, justificó la masacre arguyendo que el ejército
tuvo que disparar en defensa propia y que era necesario combatir el proceso subversivo de los mineros en Siglo XX,
dispuestos a organizar un foco guerrillero para plegarse a la gesta armada de los barbudos extranjeros en Ñancahuazú.
Al mismo tiempo que la indignación popular corría como
reguero de pólvora a lo largo y ancho del país, los sindicatos clandestinos organizados en el interior de la mina,
aparte de declarar por unanimidad un paro de cuarenta y ocho horas en protesta
contra la masacre, ratificaron sus justas demandas: retiro de las tropas del
ejército, devolución de la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero; respeto al fuero sindical, libertad
incondicional para los dirigentes detenidos y confinados, indemnización para
las viudas de los asesinados y exigencia para que no sean desalojadas del
campamento; reposición de los salarios a los niveles de mayo de 1965 y, como si
esto fuera poco, se fijó también una cuota quincenal de diez pesos por obrero,
para gastos del sindicato y la adquisición de armas. La resistencia popular, en
escala nacional, encontró su vanguardia indiscutible en los sectores mineros
que, por su alto grado de conciencia política y convicción revolucionaria,
estaban decididos a defender sus derechos más elementales y continuar
declarando a Siglo XX Territorio Libre,
en un franco desafío contra la dictadura militar.
A la masacre siguió la represión y el despido de los agitadores de sus fuentes de trabajo.
Unos fueron a dar en las mazmorras y otros en el exilio, las viudas y los
huérfanos fueron expulsados del campamento, sin indemnización ni derecho a
nada, y la masacre de San Juan quedó en la más absoluta impunidad. La ola de
persecución se planeó en el Alto Mando Militar, con el claro objetivo de
liquidar físicamente a los dirigentes más esclarecidos de la resistencia
obrera. Así fue como dieron con el paradero de Isaac Camacho, uno de los
principales líderes de los sindicatos clandestinos,
a quien, luego de apresarlo el 29 de julio, en una casa ubicada cerca de la
Plaza Nueva (actual Mercado Central Llallagua), lo torturaron brutalmente y lo
desaparecieron sin dejar rastro alguno.
martes, 19 de mayo de 2026
EL
TÍO DE LA MINA Y SU ESCRIBANO
Ya
les conté de cómo se dio mi encuentro con Freddy Mamani Mamani, el administrador
del estudio de tatuajes en La Ceja de El Alto, donde conocí también a Dark y
Dayko Requena, el autor de la fabulosa estatuilla del Tío, que ahora forma
parte de mi colección particular.
Freddy
es un personaje de nobles dotes y parco en las palabras, un diseñador gráfico
de primera línea, aunque nunca pisó una Academia de Bellas Artes ni nunca
expuso sus obras en las paredes de una galería, debido a que las creaciones
nacidas de su ingenio se quedan tatuadas, de por vida y sin mediar objeciones,
en la piel de sus clientes.
Apenas
advertí su talento innato, me animé a insinuarle si sería capaz de dibujar o
pintar un Tío de la mina. Me gusta la
idea, dijo. Luego prosiguió: Lo
intentaré. Y así lo hizo. Al cabo de un tiempo, cuando pasé a visitarlo en
su estudio, me enseñó el boceto que realizó, dejándome gratamente sorprendido.
Se trataba de un maravilloso trabajo de arte, donde yo aparecía como la
criatura del Tío, quien me cargaba a sus espaldas en un colorido aguayo. Esta pintura digital te salió a todo dar,
le dije, con el corazón latiéndome de hondo regocijo. Lograste captar, a la perfección y sin resquicios para la duda, la idea
de que soy el verdadero escribano del Tío. En efecto, era cuestión de
contemplar la pintura para advertir que el artista plástico tenía sobrada
experiencia en los andares del diseño gráfico hecho con la pasión que demanda
el oficio de poner el dedo en el gatillo y pegar el tiro en el blanco, sin
pensar dos veces ni fallar un milímetro en el dominio del pulso.
Días
más tarde, cuando me mostró en su celular la pintura terminada, me dije para
mis adentros: ¡Qué maravilla, carajo!
Qué aguayo más hermoso –aunque envejecido
por el uso y el paso del tiempo– que eligió el
Tío para cargarme, como si fuese una madre que adora a su criatura con todas
las fuerzas de su corazón. La pintura, tal como quedó y tal como ustedes la
contemplan, lleva la impronta del artista, donde se proyecta un estilo
personal, original y de alto valor estético. No hizo falta que utilizara
lienzos, paletas, pinturas, pinceles y brochas de costosa procedencia. Bastó
con su imaginación para crear esta imagen casi surrealista, que habla por sí
misma y donde cualquier explicación queda al margen de toda consideración
explícita.
No
sé exactamente qué técnicas de la pintura digital utilizó Freddy Mamani Mamani,
pero sí sé que se esmeró en la creación de esta magnífica obra, conforme
pudiera alcanzar un resultado concreto que superara sus propias expectativas
como diseñador de tatuajes de asombrosa calidad estética.
El
aguayo, en el que me carga el Tío, es un tejido andino tradicional hecho con
ovillos de lana de llama, oveja o alpaca. No parece estar elaborado en máquina
tejedora, sino por las diestras manos de las mujeres del altiplano, que
aprendieron de sus antepasados a conservar la cultura ancestral por medio de
este telar de pampa sawa (de suelo), donde se refleja la identidad y la
cosmovisión de los quechuas y aymaras, cuya historia milenaria está expresada
en este tipo de aguayos de colores vivos y diseños geométricos, que parecen los
plumajes multicolores de un ave tropical, simbolizando el universo mágico y, a
veces, secreto de los habitantes del antiguo Tawantinsuyo.
El
Tío, que conoce desde siempre esta belleza textil, no tuvo mejor idea que
cargarme a las espaldas, quizás, por ser su legítimo escribano, o, quizás,
porque quería tenerme en las galerías de los dantescos socavones, donde está su
reino y donde soy su convidado especial; un privilegio que me lo gané a pulso
desde que escribí los primeros cuentos que él me sopló en los oídos, a partir
de su larga vida como amo y señor de los mineros, un testimonio personal que
quedará escrito en los anales de la historia, como si fuese la mismísima Biblia del Diablo.
Freddy
Mamani Mamani, excelente artista de los trazos y colores, no dudó en retratarme
como una guagua raptada por el Supay
(diablo) andino, que luce el guardatojo
atravesado por sus cuernos, la indumentaria a la usanza de los cooperativistas
mineros y un semblante que genera espanto como todo personaje de cola y patas
de macho cabrío, que habitan en el subsuelo y es dueño de las riquezas
minerales. Se lo ve como si huyera de la luz del día, volteando la mirada
pícara y penetrante hacia lo que va quedando atrás, para luego meterse,
chapoteando en las aguas de copajira,
en el desmesurado bostezo de la montaña, donde no existe otra iluminación que
la mortecina luz de la lámpara enganchada al guardatojo.
El
Tío, con el cigarrillo encendido entre los dientes, la infaltable bolsa de coca
y la botella de alcohol, me lleva a cuestas como un q’epiri (cargador), como si de veras me raptara por puro gusto y
capricho, con la intención de tenerme como rehén en algún recóndito lugar de su
paraje, donde los mineros pijchan, ofrendándole hojas de coca,
cigarrillos y botellas de aguardiente, sin importarle mucho si su escribano se
sentirá bien o mal en medio del silencio y la impenetrable oscuridad de las
galerías, parajes, buzones y chimeneas.
Sea
como fuere, en mi condición de escribano del Tío, tengo la cabeza ladeada, la
cabellera canosa, la barba plateada y los ojos entornados, como si cavilara en
las aventuras y desventuras del personaje central de la mitología mineras,
mientras se me caen los libros de la mano, que, en realidad, son más los libros
del Tío que de este humilde servidor, quien, para bien o para mal, parece un
pobre diablo.
El
Tío, con decisión incuestionable y fuerza indomable, y según la interpretación
del artista, prefiere llevarse a su escribano en el aguayo y no en la calcuta o q’epirina, la bolsa de lona que los mineros cargan a la espalda
para llevar algunos elementos necesarios para la jornada, como dinamitas, guías
con capsulas de percusión, hojas de coca, cigarrillos y hasta una botella de té
o aguardiente, para pijchar y ch’allar en el paraje del Tío.
Es
de suponer que el Tío dobló el aguayo cuadrado en forma de triángulo, me colocó
con la espalda apoyada en la parte doblada, hizo pasar la punta inferior del
triángulo entre mis piernas, a modo de crear un asiento firme y seguro. Luego
agarró las otras puntas y, aventando el aguayo por encima de sus robustos
hombros, me acomodó en su espalda, anudando las esquinas a la altura de su
pecho. Como se ve en esta pintura, quedé acomodado de manera ergonómica para
evitar cualquier dolor, con la cabeza fuera del aguayo, pero con el cuerpo pegadito
contra las espaldas del Tío.
Freddy
Mamani Mamani, como todo artista profesional, entregado a merced de su
fantasía, jugó con la técnica de capas superpuestas, comenzando con tonos
suaves y claros, para culminar en los tonos oscuros para crear volúmenes, sin
más recursos que las herramientas puestas a disposición de cualquiera por las
nuevas tecnologías digitales.
Esta
innovadora técnica artística, a pesar de estar realizada en miniatura, está
lejos de los graffitis y murales
monumentales. El artista prefirió plasmar la obra de su creación en formato
pequeño, no porque le faltó más superficie en la pantalla de la computadora,
sino porque así se vería mejor incluso en un celular que apenas cabe en la
palma de la mano.
En la pintura digital destacan tonos luminosos y semitransparentes, además de las formas y líneas que revelan el fuero interno de un artista que posee el espíritu altamente sensible y la pericia de un maestro que aprendió a dominar su oficio desde la adolescencia; por eso mismo, este arte visual resultó a la medida de la capacidad creativa de Freddy Mamani Mamani, digno de ser exhibido en la portada de un libro o en una galería de arte, donde los espectadores pudieran penetrar con la mirada en la imagen y dejarse llevar en los vuelos de la imaginación hacia el mundo mágico y fantástico del Tío y su escribano.
domingo, 8 de marzo de 2026
LA
SERENA
Juana
tenía 32 años y era madre de dos hijos. Nació al pie del Cerro Rico de Potosí,
donde trabajaba como serena en una
cooperativa minera. Quedó viuda y a cargo de la familia desde el fatídico día
en que su marido, obrero de la misma cooperativa, voló en pedazos tras la
explosión de una descarga de dinamitas. Así enviudó siendo todavía joven, como
muchas mujeres casadas con mineros.
Ella
vivía en dos pequeños cuartos, con sus hijos y un perro que era guardián de la
casa. Ingresó a trabajar en la cooperativa minera en lugar de su marido, quien,
según sus confesiones, era un hombre borracho, machista y maltratador.
La
casa no tenía agua potable, luz eléctrica ni cocina a gas. Nunca contó con
ingresos propios ni fue dueña de nada, mucho menos del paupérrimo salario de su
marido, que no alcanzaba para llenar la canasta familiar ni para que sus hijos
asistieran a la escuela.
Desde
que empezó a trabajar como serena, en
los depósitos de minerales de la cooperativa, aprendió a luchar para sobrevivir
en un infierno no apto para las mujeres, teniendo como únicas armas el coraje,
una piedra y una dinamita en mano. Se convirtió en experta en el manejo del
explosivo, siempre listo para estallar ante el primer atisbo de peligro.
Todas
las noches trabaja acompañada de su perro y, a veces, también de sus hijos,
para ahuyentar a los jukus, que
merodean la zona, queriendo robar las bolsas de mineral que los cooperativistas
extraían de la mina y dejaban en unos depósitos, con paredes de adobes y techos
de calamina, construidos de manera improvisada cerca de la bocamina.
Juana
era compañera de los cooperativistas que, a pesar de trabajar sin seguridad
industrial y en condiciones infrahumanas, le seguían metiendo barreno y
dinamitas a los parajes que dejaron
los trabajadores de la COMIBOL. Ellos trabajaban en el interior de mina y ella
como serena encargada de vigilar los
bienes de la cooperativa, enfrentándose a jukus
que, noche tras noche, se aparecían al amparo de la oscuridad para robar el
mineral.
Juana
estaba ya acostumbrada a enfrentarse a los jukus
y a los mineros atrevidos que, aun teniendo una mujer en casa, intentaban
abusarla y violarla delante de su perro; por eso ella, precavida desde el día
de su nacimiento, andaba siempre con una piedra en el bolsillo de la pollera y
una dinamita cargada en la mano, para defenderse de los desgraciados que
amenazan su integridad de mujer, viuda y madre.
Juana
le rezaba al Tata Q'ajcha para que no
le pasara nada y le suplicaba al Tío
de la mina para que la protegiera siempre, por ser viuda de un minero cooperativista
y por el bien de sus hijitos huérfanos de un padre que murió en un paraje lejano, donde las vetas de estaño
estaban ya agotadas.
Juana
era el ejemplo de una mujer que no se dejaba vencer por las adversidades,
consciente de que la vida no era fácil para una viuda y serena de una cooperativa, pero sí una gran escuela donde se
aprendía que no hay mal que por bien no
venga, hasta que un día, mientras trabajaba como de costumbre, llegó un
gringo turista, interesado por conocer el Cerro Rico de Potosí. Apenas la vio
cerca de la bocamina, en compañía de sus hijos y su perro, se sintió atraído
por la belleza exótica de esa mujer de sombrero, manta y pollera.
El
gringo la enamoró con buenas intenciones, la acompañó en su trabajo por las
noches y, al cabo de un tiempo, le propuso matrimonio con el propósito de
llevársela a su país. Así fue como Juana y sus hijos se libraron de las temibles
garras del laboreo minero.
Los
cooperativistas, conocedores de la miserable realidad de una serena, decían que Juana tuvo suerte,
que recibió la bendición del Tata Q'ajcha
y el consentimiento del Tío de la
mina para encontrar un hombre de sentimientos nobles, quien, además de amarla
con la sinceridad de su corazón, la haría feliz por el resto de sus días.
Desde
entonces no se volvió a saber nada de Juana ni de sus hijos, salvo que dejó de
ser serena en la cooperativa minera y
que se marchó a tierras lejanas para no volver más a la ciudad donde
nació.
Glosario
Guardatojo: Casco de protección usado en el laboreo minero.
Jukus: Ladrones de mineral.
Paraje: En el interior de
la mina: sitio o lugar de trabajo.
Serena: Mujer que cumple
la función de vigilar por las noches los depósitos de mineral y los bienes de
la cooperativa minera.
Tata K’ajcha: Cristo Minero. Santo Patrono. Crucifijo situado en los primeros metros de
la galería principal. En Potosí, según
la tradición popular, su imagen aparece como un Cristo moribundo con su
“guardatojo” de minero.
Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas. Su estatuilla es de greda y rocas, está colocada en el lugar de paso obligado de los mineros.
viernes, 23 de enero de 2026
LAS
LAMAS DEL K’ENKO EN CATAVI
¡Ah,
carajo! ¡Todo se fue a la mierda!, exclamó un cataveño, mientras miraba las
imágenes, que se transmitían por medio de las aplicaciones de TikTok, sobre la
catástrofe medioambiental que tuvo como escenario la pequeña comunidad de
Andavilque.
La
laguna artificial el K’enko, que
estaba ubicada al lado de la población de Catavi, conservaba una gran reserva
de mineral en forma de lama, ya que
durante mucho tiempo se bombearon a esta laguna las colas o los desperdicios provenientes de la planta de concentración
de estaño denominado Ingenio Victoria.
Así se conservó varias décadas, desde la época en que el empresario minero
Simón I. Patiño perdió su imperio en este sitio del municipio de Llallagua, al
norte del departamento de Potosí.
La
laguna el K’enko era un lugar casi
turístico, donde los enamorados iban a caminar por las orillas y a tomarse
fotografías, No faltaban los cataveños que, motivados por la nostalgia de los
años idos y vividos, retornaban desde el interior del país para ir a contemplar
las aguas plomizas de la laguna que se les quedó grabada en la memoria desde la
más tierna infancia.
Todo
era asombro y maravilla en esta zona de la pampa de Catavi, hasta el día en que
la laguna, tras la falta de mantenimiento y las intensas precipitaciones
pluviales, colapsó y se desbordó, generando una gigantesca mazamorra, mezcla de
lama, agua y residuos minerales, que
se descolgó desde las alturas y, llevándose todo a su paso, se precipitó cuesta
abajo, hasta inundar el pequeño poblado de Andavilque.
El
desastre ocurrió aproximadamente a las 5:00 de la madrugada del 16 de marzo del
2025. Los testigos cuentan que se oyó un repentino estrépito que sacudió la
parte sud de Catavi. Los pobladores ni siquiera alcanzaron a ponerse de pie,
cuando la mazamorra inundó la comunidad precolombina de Andavilque,
perteneciente al ayllu Chullpa, cuya población se dedicaba a la producción
agrícola, crianza de ovinos, camélidos, vacunos, curtiembre y hasta a la
elaboración de chicha y chicharrón.
La
laguna artificial el K’enko, un dique
que se encontraba en la parte alta de Andavilque, cerca de los desmontes de colas-arenas, fue vencida por las
fuerzas de la naturaleza y sus espesas aguas se desbordaron como en una
película de ciencia ficción. Los pobladores quedaron en estado de espanto y de
llanto. El rebalse causó graves daños medioambientales, porque el dique
contenía plomo, zinc, cadmio, sulfuros y estaño de baja ley.
El
pánico y la zozobra alcanzaron dimensiones apocalípticas. Las personas y los
animales, en un intento por poner a salvo sus vidas, se abrieron paso entre el
lodo plomizo y espeso, mientras los gritos de auxilio se oían junto al zumbido
de las aguas y la lama encajonándose
río abajo.
Varios
animales, entre ellos perros y gatos, fueron sorprendidos y enterrados por la lama. La mazamorra primero se comió la
cancha de fútbol y luego las viviendas de adobes y techos de calamina. Por
suerte, algunos pobladores alcanzaron a huir hacia las partes altas del terreno
y a subirse a los techos para evitar ser llevados por el material de arrastre.
En
poco tiempo todo estaba consumado. El lodazal, que descendió hasta apoderarse
de Andavilque, dejó un panorama pintando de color plomizo, como si toda la lama de Catavi, acumulada durante
décadas por la industria minera, se hubiese rebelado contra la codicia humana,
que no dejó de horadar el vientre de la Pachamama ni dejó de explotar los
yacimientos estañìferos del norte de Potosí.
Ese
mismo día, los medios de comunicación y las redes sociales difundieron imágenes
capaces de erizar la piel y golpear los sentidos. Los informes oficiales de lo
sucedido, de las causas y consecuencias del lago artificial, considerado por
muchos un atractivo turístico, dieron
cuenta de que el 80% de las viviendas y los cultivos quedaron como navegando en
medio de la desgracia y bajo un cielo cargado de nubes. No solo quedaron
cientos de damnificados, sino que la laguna el K’enko contenía minerales tóxicos, que dañarían la salud de los
pobladores, constituyéndose en una irreparable catástrofe medioambiental, que
afectó también a otras comunidades campesinas a lo largo del río.
La
laguna artificial el K’enko, que
causó una colosal catástrofe en Andavilque, desapareció del mapa de la noche a
la mañana, como desaparecen los malos proyectos de un soplo. Por cuanto lo que
un día fue una de las reservas más importantes de la Empresa Minera Catavi, un
sitio donde los enamorados y turistas acudían para darse besos y tomarse
fotografías, otro día se convirtió en un paisaje desolado y en un ejemplo del
manejo irresponsable de una industria minera que la abandonó a su suerte, tras
el maldito Decreto Supremo 21060 de 1985, que provocó el cierre de las minas
nacionalizadas y una relocalización
sin precedentes en la historia de Bolivia.
Glosario
Colas-arenas: Residuos de mineral procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.
Chicha: Bebida alcohólica hecha con jugo de maíz fermentado.
K’enko: Laguna artificial ubicada cerca de la población de Catavi. Conserva una
gran reserva de estaño, debido a que durante décadas se bombardearon los
residuos minerales provenientes del “Ingenio Victoria” de la Empresa Minera
Catavi.
Lama: Greda pegajosa que se produce durante la perforación. Residuos de
mineral fino (polvo) procedentes de la planta de procesamiento de estaño del
Ingenio de Catavi.
Relocalización: Despido masivo de trabajadores mineros, que buscan nueva residencia.
jueves, 1 de mayo de 2025
EN
LOS INFIERNOS DEL MUNDO MINERO
Cuando
llegó a mis manos el libro Mineros,
del fotógrafo suizo Jean-Claude Wicky, quien dejó la obra en una pequeña
biblioteca de Uncía, con una dedicatoria de su puño y letra: Para la Biblioteca Municipal Uncía. Este libro,
fruto de mucho tiempo afectuosamente compartido con los mineros. Con todo mi
afecto, Jean-Claude Wicky, me sorprendió ver las extraordinarias
fotografías, en blanco y negro, en torno a una realidad que hace vibrar de
pasmo y de coraje. Me quedé vacío de palabras de solo ver a los mineros
empujando los carros metaleros o sentados, alrededor de la estatuilla del Tío,
en las penumbras de las galerías, donde no faltan los trabajadores, de rostros
famélicos y cenicientos, de cuerpos esmirriados y casi esqueléticos,
enfrentándose a las rocas para extraer los filones de estaño a fuerza de
dinamitas, combos, barrenos, picos, palas y taladros.
Entre
las páginas del libro, publicado por Lunwerg Editores, España, en 2002, y
dedicado A los mineros bolivianos, cuya
tarea diaria consiste en buscar su destino en las profundidades de la tierra,
me llamó la atención, sobre todo, esta fotografía tomada, a 540 metros bajo
tierra, en una de las minas del legendario Cerro Rico de Potosí, donde se ven,
desde la cintura para abajo, a dos mineros semidesnudos, en medio de una
temperatura que parece tenerlos cerca de las puertas del infierno.
No
cabe duda de que Jean-Claude Wicky conocía la mina por dentro y por fuera. En
estas tierras áridas, con montañas de laderas escarpadas, donde reina el viento
y el frío, y donde los campamentos crecieron alrededor de las bocaminas, hizo
muchos amigos entrañables y encontró el principal motivo de su trabajo como
fotógrafo; más que eso, como un artista en la toma de fotografías.
Todo
su interés por retratar la tragedia minera, que perturba los pensamientos y
sentimientos, comenzó después de haber visitado una mina en el antiguo Cerro de
Potosí, donde impactado por la realidad del inhumano trabajo que realizan los
topos humanos, se dijo a sí mismo: Un día
haré un trabajo fotográfico sobre el mundo de los mineros bolivianos; una
idea que plasmó diez años después, en 1984, cuando retornó a Bolivia decidido a
reflejar, con su cámara a cuestas, el mundo miserable de los mineros y sus
familias.
Durante
varios meses compartió con ellos, visitando los campamentos construidos en las
laderas inhóspitas de los cerros, cubiertas de arbustos silvestres y paja
brava, donde el viento habla su propio idioma, soplando y resoplando casi sin respiro, como afirma el propio
fotógrafo, quien estuvo aprendiendo lecciones de vida en las minas de los
distritos de Colquiri, Caracoles, Chorolque, Huanuni, Siglo XX, Viloco, Ánimas
y Siete suyos, solo para citar algunos.
No
es casual que él mismo manifieste que llegó a conocer de cerca la vida de las
familias mineras, sus alegrías, sus
sufrimientos, sus esperanzas, sus rebeldías y sus terribles aguardientes.
En los campamentos conoció la sempiterna pobreza y retrató el rostro demacrado y los ojos sin
brillo de los niños, las amas de casa,
las palliris y los ancianos, antiguos
mineros que forjaron riquezas para que otros vivan en la opulencia mientras
ellos se hundían en la miseria.
Desde
la primera vez que entró en la mina, el reino del Tío, el guardián de las
riquezas minerales, a quien los mineros le rinden culto y le solicitan permiso
para perforar las rocas y explotar los filos de mineral, se dio cuenta de que
las lúgubres galerías se bebieron el sudor y la sangre de los mineros desde la
época de la colonia. Quizás por eso mismo, en una de las páginas de su libro,
rememora la frase que alguna vez los mineros le soplaron en los oídos: Nuestra riqueza siempre ha sido la fuente de
nuestra pobreza.
Jean-Claude
Wicky entraba en la mina al despuntar el alba, cuando todavía estaba oscuro y
salía entrada la noche, cuando el manto de la oscuridad seguía cubriendo los
campamentos mineros. Se acostumbró a no ver la luz del día por varias horas y a
pensar que la oscuridad era tan agobiante como estar metido en una tumba. De
ahí proviene el subtítulo de su libro: Todos
los días… la noche.
En
el laberinto de las galerías, apenas iluminadas por la luz mortecina de la
lámpara enganchada en el guardatojo,
aprendió a rociar el suelo con aguardiente, como una suerte de ofrenda a la
Pachamama y al mitológico Tío; es más, con ese mismo quemapecho, que le ofrecían los mineros y que él sorbía del gollete
de la botella, templaba sus ánimos y su cuerpo antes de proceder a tomar las
fotografías que eran de su interés.
Este
suizo andariego, que en su juventud fue futbolista de 1ra. división y en su
vejez un acucioso observador de su entorno, ha pasado mucho tiempo en las
entrañas de la tierra, recorriendo kilómetros y kilómetros por las galerías
abiertas como tubos hechos de rocas, como serpientes reptando en la oscuridad,
donde no se oye más que la respiración de uno mismo, las goteras de las bóvedas
y el chapoteo de las botas en las charcos de copajira. En los parajes de algunas galerías tenía que avanzar de
cuclillas, aspirando el polvo metálico que destroza los pulmones de los
mineros. Aprendió a avanzar a gatas por los piques
que amenazan con derrumbarse a cada instante, para luego trepar por buzones y chimeneas, como una araña queriendo huir de los embudos de la
muerte.
Solo
así, a costa de penetrar en el vientre de la montaña y en el alma de los
hombres que entregan su vida a la Pachamama, ha logrado fijar, con los
poderosos lentes de su cámara, esas magníficas imágenes que tienen el poder de
testimoniar la dantesca realidad de los mineros bolivianos. Por lo tanto, se
puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que Jean-Claude Wicky penetró en el
alma de los mineros como ellos penetran en las rocas a punta de barrenos y
perforadoras, en un intento por producir riquezas, pero no para ellos, sino
para los dueños de las minas, que primero fueron de los conquistadores en la
época colonial, después de los barones
del estaño en la época republicana y de la Corporación Minera de Bolivia
desde 1952.
En
algunas de las minas de la cordillera andina, que él conoció más que ningún
boliviano, penetró en las secciones ubicadas en los niveles más bajos y de
mayor profundidad, donde la temperatura suele superar los 45 grados Celsius,
debido a la falta de ventilación adecuada, el contacto entre los óxidos del
mineral con el oxígeno y el sistema de extracción de minerales. Sin embargo, su
obstinada obsesión por lograr las mejores imágenes, en condiciones
desfavorables para cualquier fotógrafo, no le fue tarea fácil, pues tuvo que
enterrarse con los trabajadores en las profundidades más recónditas del mundo
minero, sin vacilar un solo instante, pero preguntándose a sí mismo: ¿Cómo se puede fotografiar la humedad, el
calor asfixiante, la falta de oxígeno, el olor acre del mineral que impregna
los cuerpos? ¿Cómo se puede fotografiar la oscuridad espesa de la mina, más
impenetrable que la roca, que borra todo sentido de la orientación, toda noción
de tiempo y de distancia, una oscuridad que quema los ojos y hace que tu cuerpo
desaparezca?
Esta
fotografía, por ejemplo, fue captada en una de las galerías de una mina en
Potosí, donde la temperatura alcanzaba
los 50 grados y la humedad casi podía palparse. Me imagino que él se acomodó
en el mejor ángulo del paraje para
capturar el instante tal cual quería, levantó la cámara resbaladiza por el
sudor en las manos, ajustó el visor a la altura del ojo y, con un mágico clic del disparador, capturó la foto
teniendo la sensación de que la cámara se fundía en el calor, mientras el sudor
le perlaba en la frente y la respiración se le anudaba en la garganta.
Estos
mineros, además de estar expuestos al aire contaminado en un ambiente
extremadamente caluroso, que les causa deshidratación y severas complicaciones
para la salud, trabajan con el torso y la espalda desnudos, apenas en
calzoncillos y las botas de caucho apisonando el suelo barroso y resbaladizo, mientras
las gotas ácidas de la copajira,
desprendiéndose desde la bóveda del paraje,
empapan sus cuerpos brillantes por la grasa y el sudor que les corre como si
estuviese metidos en el sauna.
El
calor es tan intenso que ellos, de cuando en cuando, se sacan las botas para
vaciar el sudor acumulado en ellas y se lavan la cara con el agua de la botella
o, en último caso, con su propio orín que, además de tener propiedades
medicinales, es el único liquido refrescante para aplacar el sofocante calor en
esas extremas condiciones de trabajo.
En
estas galerías, semejantes a las catacumbas del averno, los mineros, que lucen
las extremidades con las venas enraizadas como cuerdas debajo de la piel, no
tienen el cuerpo cubierto de polvo sino de sudor, de un sudor que parece
mojarles hasta los pulmones convertidos en coladeras por el polvo de sílice.
Estoy
seguro que Eduardo Galeano, de haber estado en este mismo paraje, hubiera tenido que repetir su relato sobre el mar, que les
contó, en el festín de su despedida, a sus amigos mineros en Llallagua, donde
estuvo un año después de la masacre de San Juan, acaecida el 24 de junio de
1967, habida cuenta de que estos mineros de último nivel, exhaustos por el
trabajo y flagelados por el calor, le hubieran suplicado al unísono: Y ahora, hermanito, dinos cómo es la mar.
Él
se hubiera quedado mudo y atónito, porque no hubiera sabido qué decir, pero ante la insistencia de: cuéntanos, cuéntanos cómo es la mar,
Galeano no hubiera tenido más remedio que acudir a su léxico de cuentacuentero,
hasta encontrar las palabras capaces de traerles el mar y hacer que las olas
empapen sus sudorosos cuerpos, como sacándoles de la galería hacia una
superficie donde la luz es más diáfana y el aire más puro.
Sin
lugar a dudas, Este hubiera sido su segundo desafío en el arte de narrar, después de que en 1968, estando en Llallagua, les
contó sobre cómo era el mar a sus amigos mineros, quienes le prepararon una despedida,
entre cantos, tragos de aguardiente y chistes, hasta que uno de ellos, al
despuntar el alba y antes de que la sirena del sindicato les convoque a
trabajar, puso a prueba su capacidad de narrador para responder a la pregunta: Y ahora, hermanito, dinos cómo es la mar.
Las
fotografías de Jean-Claude Wicky, registradas entre los años 1984 y 2001, son
un testimonio de sus repetidas visitas a Bolivia, ocasiones en las que visitó
varias veces los campamentos mineros y varias veces se internó en los profundos
socavones. Su experiencia vivida en
primera persona, en una treintena de minas, fue suficiente para captar
impactantes imágenes en blanco negro y dejar un legado visual sobre la inhumana
explotación de los mineros en las gélidas cumbres del altiplano. Al hojear el
libro, que fue editado simultáneamente en varios idiomas, uno se da cuenta de
que Jean-Claude Wicky (Moutier, Suiza, 1946 – Biel/Bienne, Suiza, 2016),
conoció muy de cerca las minas y a las familias mineras, entre quienes encontró
amigos para toda la vida.
Los
mineros lo acompañaron a recorrer por las tenebrosas galerías y ellos aparecen
retratados en sus espectaculares fotografías, que han recorrido Europa, América
Latina y Estados Unidos, donde su denominada serie de mineros bolivianos (1984-2001) fue exhibida en Museos y
Galerías de Arte, recibiendo los sinceros aplausos de los visitantes y los
aclamados comentarios en la prensa oral y escrita.
Jean-Claude
Wicky palpó de cerca el cotidiano vivir de los mineros, penetrando en el vientre
de la Pachamama, para verlos arañar las rocas y extraer el metal del diablo, esas fabulosas vetas de estaño, enraizadas en las
montañas de los Andes, que hizo ricos a los tres barones del estaño (Simón I. Patiño, Mauricio Hochschild y Félix
Avelino Aramayo) y pobres a los topos humanos, que parecen buscar riquezas,
mientras mastican los sinsabores de la pobreza.
En Mineros. Todos los días… la noche están registradas no solo las condiciones de un trabajo inhumano, sino también el alma de los mineros bolivianos, como quien tuvo la genial iniciativa de tomarles una radiografía para conocer sus desgracias y esperanzas. En este libro se habla con imágenes sobre una realidad que no puede describirse con mil palabras o, por si dudan, pregúntenselo a Eduardo Galeano.
miércoles, 19 de junio de 2024
EL ESCULTOR DESAPARECIDO
El Monumento al Minero es
una magnífica obra realizada por un artista orureño, cuyos datos personales no
quedaron en la memoria de los obreros que protagonizaron la revolución
nacionalista de 1952. Nadie recuerda su nombre completo, tampoco se sabe si
está vivo o está muerto.
Algunos dicen que fue un
solterón solitario y solidario a la vez, un hombre empeñoso y trabajador, y que
todo el tiempo que tenía, quitándole tiempo al tiempo, era para levantar obras
de arte escultórico en plazas y parques. Otros, los pocos que lo conocieron
mientras estaba modelando, con sus callosas manos y su deslumbrante ingenio, el
Monumento al Minero, aseveran que soñaba con irse al Brasil en busca de una
mulata que tuviera los atributos que les faltaba a las altiplánicas.
Lo cierto es que el
escultor dejó plantado el Monumento al Minero en la histórica Plaza de la
población de Siglo XX y que luego desapareció sin dejar rastro alguno, como si
se hubiese esfumado como el humo del cigarrillo. Nadie recuerda su físico ni su
rostro, salvo que era un artista que daba la vida por el arte.
Los mineros más antiguos
dicen que lo vieron entrar a la mina, que lo vieron vagar como un demente por
las oscuras galerías y que nunca más volvió a salir a la luz del día. ¿Será que
el Tío se lo tragó huesos y todo? ¿Quién sabe? Los mineros cuentan que lo que
es del Tío es del Tío, devorador de vidas humanas cuando olvidan tributarle
alimentos sólidos y líquidos.
El Monumento al Minero luce estoico sobre su pedestal, la mirada altiva y el cuerpo fornido, la perforadora en una mano y el fusil en la otra. Pero del escultor, su creador y artífice, no se sabe nada, absolutamente nada, nada y nada…
miércoles, 30 de agosto de 2023
ESTATUA DE
FILEMÓN ESCÓBAR EN CATAVI
La mañana del
27 de agosto de 2023, en la Plaza 6 de Agosto de la población de Catavi,
perteneciente al municipio de Llallagua de la provincia Rafael Bustillo del
departamento de Potosí, se descubrió la estatua de Filemón Escóbar, histórico
líder sindical y dirigente político de renombre nacional. La estatua fue
realizada por Wilson Zambrana, galardonado pintor y escultor orureño.
El acto
programado por la Sub alcaldía, con el principal objetivo de rescatar una parte
de la memoria histórica del proletariado de la Empresa Minera Catavi, contó con
la participación de las autoridades ediles y las fuerzas vivas de esta
población memorable y revolucionaria. Asimismo, estuvieron presentes los
familiares de Filemón Escóbar, su viuda, sus hijos y nietos, pero también
algunas personalidades del ámbito político, sindical y cultural, quienes
hicieron usó de la palabra para destacar la vida y obra de uno de los
dirigentes sindicales que nunca temió en generar encendidas polémicas con sus
pensamientos, discursos y acciones políticas en los contextos donde se sentía
convocado por su conciencia de clase y su función de protagonista de las luchas
sociales.
Por otro
lado, los miembros del Movimiento Cultural Pictórico Miguel Alandia Pantoja,
invitados al acto de descubrimiento de la estatua de Filemón Escóbar,
expusieron, en la Plaza 6 de Agosto, reproducciones de las pinturas del
muralista llallagueño, quien fuera camarada y amigo personal del dirigente
minero. La exposición llamó la atención de los presentes por la calidad
estética de las obras plásticas y el mensaje revolucionario que Alandia Pantoja
plasmó en sus murales y pinturas realizadas a caballete.
Filemón
Escóbar nació en la ciudad de Uncía en 1934 y falleció en la ciudad de
Cochabamba en 2017. En su prolongada y ardua actividad política, en defensa de
los derechos laborales y sindicales, destacó desde su juventud en el Sindicato
de Siglo XX. Ejerció como dirigente de la Federación Sindical de Trabajadores
Mineros de Bolivia (FSTMB) y la Central Obrera Boliviana (COB).
En 1986,
mientras era secretario general del sindicato Mixto de Trabajadores de Catavi,
redactó la Tesis de Catavi, cuyo
argumento central fue oponerse al Decreto 21060 y la relocalización, y crear un plan
de emergencia,para la rehabilitación de COMIBOL y la diversificación de la
producción. El documento fue aprobado primero por el sindicato de Catavi y
posteriormente, como documento oficial de los trabajadores bolivianos, en el
XXI Congreso Nacional Minero, realizado en la ciudad de Oruro, entre el 12 y 19
de mayo de 1986. Poco después, con los argumentos de esta misma tesis se
realizó la Marcha por la Vida durante
el gobierno neoliberal de Víctor Paz Estenssoro.
Filemón
Escóbar, en su dilatada actividad política y sindical, ocupó un escaño en la
Cámara de Diputados entre 1989 y 1993. En el periodo legislativo 2002-2003,
ocupó la vicepresidencia del Senado, cuando ocupaba la secretaría general del
Movimiento Al Socialismo (MAS), partido que fundó junto a la Confederación de
Trabajadores del Trópico Cochabambino y del que se apartó por diferencias
políticas e ideológicas.
Entre sus
obras destacan: Testimonio de un
militante obrero (1984); La tesis de
Catavi (1986); La mina vista desde el
guardatojo (1986); De la revolución
al Pachakuti: El aprendizaje del respeto recíproco entre blancos e indios
(2008); El Evangelio es la encarnación de
los derechos humanos (2011); Semblanzas
(2014). Escribió tanto como leyó, motivado por la necesidad de transmitir, de
su puño y letra, sus experiencias vividas y sufridas, y sin más esperanzas que
dejar un testimonio aleccionador para los luchadores sociales del presente y el
futuro.
La estatua de
Filemón Escóbar está donde debe estar, cerca de los predios del sindicato de
trabajadores de Catavi, donde se estructuró la empresa estañífera más
importante de Bolivia y el mundo, desde que Simón I. Patiño adquirió, en1924,
las propiedades del consorcio chileno que extraía nuestro recurso natural en la
montaña de Llallagua; en las pampas de este mismo distrito se ejecutó la
masacre minera en diciembre de 1942 y se firmó el Decreto de la Nacionalización
de las Minas el 31 de octubre de 1952.
Aunque la empresa
Minera Catavi quedó desmantelada después de la relocalización, en la actualidad puede constatarse que ha
experimentado una reestructuración inminente, con la refacción de sus edificios
emblemáticos, como el Teatro, la Casa Gerencia
(actual Archivo Histórico Minero) y los baños termales, entre otros. A
todo esto se han añadido las nuevas viviendas familiares y la construcción de
los flamantes edificios de la Universidad Nacional Siglo XX, que tendrá varias de sus carreras extendidas en este
distrito, donde hasta fines de este año contará también con la carrera de
Formación Político Sindical (FPS), cuyo edificio será el mejor símbolo de esta
universidad que nació como un proyecto revolucionario de los trabajadores,
quienes, desde principios de las décadas de los años 70, pugnaron por tener una
Casa Superior de Estudios para los hijos de los mineros y campesinos, con
estructura orgánica y compromiso social.
La estatua de Filemón Escóbar, sin lugar a dudas, se convertirá en un punto más de atracción turística para los visitantes tanto nacionales como extranjeros, interesados en conocer el pasado histórico del combativo sindicato de trabajadores de Catavi, que desde su nacimiento fue el hermano mellizo del sindicato de Siglo XX, donde Filemón Escóbar se formó políticamente e hizo sus primeras armas junto a otros líderes y caudillos del movimiento obrero boliviano.
jueves, 13 de abril de 2023
SEMBLANZA SOLICITADA DE UN DIRIGENTE MINERO
Acaba de publicarse, bajo el sello de Ediciones La Cueva del Tío, el folleto Cirilo
Jiménez Álvarez, sindicalista revolucionario, cuyo autor es el escritor
Víctor Montoya, quien conoció en persona a este luchador social que formaba
parte de la vida política, educativa y cultural de la ciudad minera de
Llallagua.
Cirilo Jiménez
Álvarez nació en Tacaraní, comunidad campesina en el Norte de Potosí, el 14 de
julio de 1930. En su niñez y adolescencia se dedicó a la agricultura, hasta
que, una vez retornado del cuartel, se hizo minero a los 20 años de edad. Fue
dirigente sindical en los distritos de Catavi y Siglo XX, miembro de la
Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y la Central
Obrera Boliviana (COB).
Este sindicalista revolucionario creyó en el poder del deporte y los libros, pero su principal opción fue la educación. Promovió la creación de la Universidad Nacional Siglo XX y se constituyó en su primer vicerrector y rector obrero. Durante las dictaduras militares, sufrió la persecución política y el confinamiento. Murió en Cochabamba, como consecuencia de un paro cardiaco, el 5 de noviembre de 2018.
lunes, 5 de diciembre de 2022
EL
MONUMENTO AL MINERO TIENE NOMBRE Y APELLIDO
El
planteamiento de erigir un monumento en homenaje a los mineros y colocarlo en
la Plaza del Minero, se aprobó de manera unánime en 1953, en la gestión del
dirigente Gabriel Porcel, quien, por decisión de una apoteósica asamblea, fue
elegido como Secretario General, y se terminó el proyecto del monumento durante
la gestión de Irineo Pimentel, quien ocupó la secretaria general del Sindicato
Mixto de Trabajadores Mineros de Siglo XX en 1954, remplazando a Gabriel
Porcel, que ese año pasó a cumplir funciones en calidad de Control Obrero en la
Empresa Minera Catavi.
La
obra le fue encomendada al escultor orureño Bracamonte y los trámites para su
concretización fueron gestionados por el sindicato. El escultor se fijó en la
recia personalidad del obrero Félix Trujillo Omonte, lo miró de arriba abajo y
decidió que este perforista de interior mina, por su contextura física y su
rostro de k’achamozo (joven hermoso),
era el modelo perfecto para plasmar el Monumento al Minero.
¿Quién
era, en realidad, el modelo? En su expediente personal se establecen los
siguientes datos: Félix Trujillo Omonte nació en Quillacollo, Cochabamba, el 27
de febrero de 1925. Era concubino de Angélica Torrez Daga, natural de Poopó y
nacida el 31 de mayo de 1930, con quien tuvo seis hijos: Carlos, Germán,
Delfina, Victoria, Félix y Nora. Ingresó a trabajar en la empresa Patiño Mines, el 27 de febrero de 1942,
el mismo año que se produjo la masacre minera en las pampas de Catavi. Le
designaron la Ficha No. 5008 y el Archivo No. 50879, tras aceptar en el Departamento de Empleos, imprimiendo el
sello de sus huellas digitales, las siguientes condiciones impuestas por el Contrato de Trabajo:
Conste que yo, Félix Trujillo Omonte, convengo en trabajar con la PATIÑO MINES & ENTERPRISES CONSOLIDATED (Inc.), en calidad de Jornalero, en las condiciones siguientes:
1°- Me comprometo
a cumplir y respetar los reglamentos de la Empresa.
2°- Ejecutaré los
trabajos que se me encomienden, con puntualidad, corrección y honorabilidad,
acatando las órdenes e instrucciones de mis superiores.
3°- Conservaré mi
ficha de identidad para presentarla en cualquier momento, no pudiendo, bajo
ningún pretexto cambiarla; y, en caso de extraviarla, abonaré, en calidad de
multa, la suma de DIEZ BOLIVIANOS, descontables por planilla.
4°- Declaro estar
conforme con el examen médico hecho en mi persona, y haber recibido un ejemplar
del certificado médico de ingreso.
5°- Las
inasistencias a mi trabajo, sin licencia podrán ser multadas discrecionalmente
por la Gerencia de la Empresa, con una suma que no excederá de cinco
bolivianos, así como también, en igual forma podrán ser multadas las faltas que
yo cometiera contra las disposiciones del Reglamento Interno de la Patiño Mines
& Enterprises Consolidated Incorporated.
6°- La Empresa me
pagará un jornal de bolivianos, 32.70…… salvo de darme trabajo a contrato en
cuyo evento me reconocerá únicamente el avío de pulpería establecido por ella.
7°- Este contrato
es válido por treinta días. Si no hay manifestación de contrario, quedará
tácitamente renovado de treinta en treinta días. Cesará de hecho sin lugar a
indemnización alguna, en cualquier de los casos siguientes: a) por reducción de
trabajo; b) por notificación de retiro con 15 días da aviso; c) por infracción
de los Reglamentos de la Empresa; y d) por un simple aviso dado por parte del
obrero, manifestando su deseo de retirarse de los trabajos de la Empresa.
8°- El obrero
deberá presentarse al trabajo, inmediatamente o en el término máximo de tres
días, a partir de la fecha; caso contrario quedará nulo este contrato.
9°- El que
suscribe Jefe de la Oficina de Empleos, como encargado de la PATIÑO MINES &
ENTERPRISES CONSOLIDATED (Inc.), para recibir trabajadores, acepta el presente
contrato en las condiciones antedichas.
ACEPTO
Patiño Mines
Enterprises Consolidated (lnc.)
V° B°
G. Barrón
PREFECTO DEL
DEPARTAMENTO.
En
la Empresa, desde el día en que aceptó las condiciones del Contrato de Trabajo, prestó sus servicios como jornalero,
enmaderador, carrero y cabecilla perforista, en las secciones La Blanca, La
Salvadora y Laguna.
El
dirigente Gabriel Porcel aceptó la sugerencia del escultor y determinó que a
Félix Trujillo Omonte se le pagaran sus jornales por quince días hábiles,
mientras estuviese posando como modelo delante del escultor, quien no demoró en
indicarle las poses que debía asumir para que la escultura resultara tal cual
tenía pensado desde que le propusieron realizar un monumento para colocarlo en
la Plaza del Minero, como una prueba de que los campamentos y las poblaciones,
que nacieron y crecieron al pie de una gibosa montaña, merecían tener un
monumento que representara al trabajador minero y fuese una suerte de emblema
digno de ser admirado y respetado por propios y extraños.
El
modelaje y diseño de la maqueta se llevaron a cabo en una de las viviendas del
campamento Gualberto Villarroel, ante las miradas de algunos curiosos que se
agolpaban en la puerta de la vivienda donde posaba Félix Trujillo Omonte, con
la frente altiva y la mirada tendida en el horizonte, como anunciando el
nacimiento de una sociedad sin explotados ni explotadores.
La curiosidad de los vecinos se prolongó por vario días, hasta que la maqueta del minero, de 70 cm, estaba lista para ser presentada al Secretario General del Sindicato, don Irineo Pimentel Rojas, quien fijó la mirada en la maqueta, extraordinariamente trabajada por el artista orureño, y dio su visto bueno para luego ser procesado en los hornos de la fundición de Catavi, donde la maqueta cobraría otras dimensiones, esta vez vaciada en bronce, con una altura de 2.50 metros, el fusil con una medida de 1.30 mts. y la chicharra (perforadora) de 1.50 mts.; una maravilla que sería del pasmo de los obreros de la fundición, quienes, orgullosos del resultado de su trabajo, que se materializó pieza por pieza para luego soldar las partes de la cabeza, el tronco y las extremidades, se tomaron una fotografía delante del magnífico monumento, que lucía espectacular no solo por sus imponentes proporciones, sino también por el enorme significado que tendría para los mineros y sus familias que, por primera vez en sus vidas, verían un monumento en homenaje a los seres que vendían su fuerza de trabajo a cambio de un mísero salario, a los trabajadores que dejaban sus pulmones en los tenebrosos socavones para extraer el mineral y hacer ricos a unos pocos, mientras ellos vivían hacinados en los campamentos, con una escalera de hijos y a cuatro mil metros sobre el nivel de la pobreza.
El pedestal del
monumento
Según
testimonios de los trabajadores más antiguos, se sabe que, mientras se
realizaba el vaciado en bronce en los hornos de la fundición, empezó a
construirse, en los predios de la Plaza del Minero, una estructura de piedra y
argamasa que serviría como pedestal para colocar el monumento, con una altura
de cinco metros y en forma de cúpula, con aberturas en las partes laterales
representando el socavón y algunas escenas mineras; en la parte frontal se puso
un carro metalero, empujado por un minero carrero,
quien, con la lámpara eléctrica enganchada en la parte frontal del guardatojo, el rostro jaspeado por el
polvo y ataviado con sacón, botas de goma y mameluco salpicados por la copajira, era el que mejor personalizaba
el trabajo de explotación del estaño extraído desde el vientre de la Pachamama.
Tiempo
después, en el pedestal de la enorme figura de bronce, de más de dos metros de
alto, se vio la necesidad de colocar en la parte frontal, detrás de una
estructura de vidrio y metal, la estatuilla del Tío de la mina, el ser que
representa lo profano y lo sagrado en la cosmovisión andina, el personaje
central en la mitología minera, a quien le rinden pleitesía ofrendándole hojas
de coca, cigarrillos y botellas de aguardiente.
Félix
Trujillo Omonte falleció en el Hospital Obrero de la Empresa Minera Catavi, el
15 de julio de 1963, a los escasos 38 años de edad, sin volver a ver su tierra
valluna, donde trabajó como labrador
en su infancia y adolescencia. Según el certificado médico extendido por el
Departamento Médico de la Empresa, firmado por Dr. Carlos Torricos T., se constata
que el deceso se debió a: colecistitis
crónica, colecistectomía, apendicetomía, enfisema sub-cutáneo, colapso
periférico; en palabras más sencillas, la causa de la muerte fue por fibrosis nodular (silicosis o mal de mina, conocida también como enfermedad profesional).
El
modelo Félix Trujillo Omonte, como todos los mineros, acabó sus días con los
pulmones destrozados por la silicosis, dejando a una numerosa familia en la
orfandad. Su viuda se conformó con un miserable pago por desahucio e indemnización
por varios años de servicios en la Empresa, mientras los jerarcas de la COMIBOL
vivían a cuerpo de rey y percibían altos salarios a costa de quienes fallecían
al borde de la infinita miseria, dejando a una viuda sin consuelo y una
escalera de huérfanos que no tenían más remedio que buscarse otra vida lejos de
los campamentos mineros, lejos de los socavones dispuestos a tragarse a quienes
se internaban en el laberinto de sus galerías. ¡Qué desgracia más grande para
un minero que, además de haber sido el modelo de un escultor, se convirtió en
la imagen más visible y fotografiada en la Plaza del Minero de Siglo XX!
Félix
Trujillo Omonte fue el perforista que, sin saber la importancia que tendría en
la Plaza del Minero, se convirtió en un monumento que, aparte de formar parte
del patrimonio histórico del movimiento obrero, se conservará para siempre en
la mente y el corazón de los habitantes de los distritos mineros, que
escribieron a sangre y fuego las páginas más memorables de la historia
boliviana.
El Monumento al
Minero como patrimonio histórico
Este
memorable monumento, que se yergue en plena Plaza del Minero de Siglo XX, cual
gigante de bronce acostumbrado a batirse como un titán contra las rocas, como
tantas veces se batió contra los enemigos declarados de la clase obrera, es uno
de los mejores que existen en los centros mineros del país.
El
Monumento al Minero es una esfinge que evoca a los obreros combativos, que
algunas veces sufrieron amargas derrotas en las contiendas que costaron baños
de sangre, a los que estaban dispuestos a ofrendar su vida a la causa de la
revolución proletaria, a los que fueron víctimas de las masacres perpetradas
por las fuerzas represivas al servicio de las oligarquía minero-feudal y las
tropas del ejército que actuaron al mando de las dictaduras militares.
El
Monumento al Minero es también un reconocimiento al trabajo de esos esforzados
hombres de los socavones que, escupiendo sangre por la tuberculosis y
silicosis, lo dieron todo por el progreso del país a través de una actividad
que durante el siglo XX fue el pilar fundamental de la economía nacional. El
Monumento al Minero es, asimismo, un reconocimiento a la labor ardua y
arriesgada de los trabajadores del subsuelo, sobre todo, cuando la seguridad
industrial nunca ha sido una prioridad para los dueños de la empresa, salvo la
explotación despiadada para acumular ganancias millonarias a costa de la
miseria y el desmerecido sacrificio de los obreros.
El
Monumento al Minero es la figura más emblemática de la Plaza del Minero de
Siglo XX, cumple la función de conservar la memoria histórica de un
proletariado que, durante la exploración de los recursos mineralógicos, fue
revolucionario por excelencia. No cabe duda que representa a la clase social
antagónica de la burguesía en un sistema de producción capitalista, que tuvo la
injerencia de consorcios transnacionales, interesados en la explotación
extractivista de los recursos naturales en una nación con enormes desigualdades
sociales.
lunes, 28 de noviembre de 2022
LA
HISTÓRICA PLAZA DEL MINERO
Pasar
y repasar por la histórica y gloriosa Plaza del Minero de la población de Siglo
XX, sea de día o sea de noche, evoca mucha nostalgia y recuerda un pasado que
dignificó las luchas de los mineros nortepotosinos, quienes, con el verbo
encendido y su afilada conciencia política, estaban dispuestos a transformar
las tareas democráticas burguesas en socialistas, acaudillando a la nación
oprimida por el imperialismo y sus sirvientes nativos.
Hablar
de la Plaza del Minero es hablar del sindicalismo revolucionario, de ese
sindicato que se creó en 1941 y luego construyó su sede con piedra labrada
sobre las ruinas de otro edificio que tenía las paredes de adobes y el techo de
paja.
En
la Plaza del Minero, en momentos en que el ardor de las luchas obreras
alcanzaba su mayor esplendor, se realizaban las apoteósicas asambleas, donde no
faltaban los discursos que anunciaban el fin del sistema capitalista y el
nacimiento de una sociedad con libertades democráticas y justicia social. Los
discursos, beligerantes e incendiarios, se pronunciaban al son del ulular de la
sirena del sindicato, que servía para convocar a los obreros al trabajo, pero
también para convocarlos a las asambleas cuando urgía tomar decisiones en
épocas de convulsiones políticas y sociales.
La
Plaza del Minero fue el escenario donde se libraron intensas batallas ente los
guardianes de la oligarquía minero-feudal, las dictaduras militares y los
gobiernos neoliberales. No pocas veces, los obreros, armados con cachorros de
dinamitas y fusiles en mano, se enfrentaron a las tropas castrenses y los
agentes de la policía, como leones azuzados por sus cazadores, sin perder las
perspectivas libertarias ni las esperanzas de coronar una victoria en el campo
de batalla.
Cuando
el país se encontraba al borde de una guerra civil, durante el gobierno
rosquero de Enrique Hertzog, la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de
Bolivia declaró una huelga general. El gobierno ordenó el apresamiento de Juan
Lechín y Mario Torrez y envió dos avionetas que ametrallaron los campamentos de
Siglo XX, provocando un muerto y varios heridos. Las valerosas amas de casa y los mineros, enardecidos
por los violentos hechos, sitiaron la Superintendencia de Siglo XX y tomaron
como rehenes a varios técnicos norteamericanos de la Patiño Mines, exigiendo la libertad de sus dirigentes el 29 de mayo
de 1949. Horas después, en la segunda planta de la sede sindical, donde se
encontraban los rehenes, se suscitó, en circunstancias no del todo
esclarecidas, la muerte de John O’Connor, Albert Kreffting y el jefe del
campamento de Siglo XX.
En
la misma segunda planta, donde estaba –y sigue estando la combativa y varias
veces intervenida militarmente– Radio La
Voz del Minero, fue victimado a tiros Rosendo García Maisman, dirigente
minero y militante del Partido Comunista, en la madrugada del 24 de junio de
1967; es decir, el mismo día que se produjo la horrenda masacre de San Juan.
Las
paredes de la sede sindical, con impactos de bala en el frontis, son testigos mudos
de las intervenciones militares, las protestas de los obreros y las masacres
perpetradas por los regímenes dictatoriales. En el mismo frontis luce el
histórico balcón de la segunda planta, donde descollaron las figuras de los
dirigentes mineros, amas de casa y
estudiantes de secundaria, dispuestos a pronunciar sus arengas contra los
enemigos de la clase obrera y el pueblo boliviano.
En
la histórica plaza de la población de Siglo XX, además del Monumento al Minero,
que no solo es una obra escultórica elaborada con un alto criterio estético,
sino también un atractivo turístico de esta tierra minera, se encuentran la
estatua de Federico Escobar, la Palliri
y Filemón Escóbar, pero también los bustos de Irineo Pimental y César Lora,
cuyo pedestal, que parece un sólido bloque de hormigón armado, está lleno de
plaquetas conmemorativas y altorrelieves, como la imagen del desaparecido Isaac
Camacho y el perfil del líder trotskista Guillerno Lora, incluyendo las
inscripciones colocadas en un lugar significativo del busto tallado en mole de
granito por el artista Indio Víctor
Zapana.
El
busto de César Lora fue inaugurado a finales de julio de 1975, en un acto
sencillo pero significativo. La inauguración contó con numeroso público que se
agrupó alrededor de una fogata que desprendía chispas bajo el cielo cuajado de
estrellas. En las plaquetas pueden leerse diversas inscripciones; por ejemplo,
en la que está en la parte superior, dice: Homenaje
a los mártires obreros asesinados por el gorilismo: César Lora, 29 de julio de
1965. Isaac Camacho, julio de 1967; Julio C. Aguilar, julio de 1965. C.R. del
P.O.R. Siglo XX, 29 de julio de 1975. En la plaqueta empotrada en el centro
se lee: Los trabajadores de Siglo
XX-Catavi a César Lora e Isaac Camacho. Mártires de la revolución proletaria.
Siglo XX-Catavi, 29 julio 1975 y en la plaqueta empotrada en la parte
inferior, con fondo rojo y letras en alto relieve, se lee: A Guillermo Lora, el redactor de la ‘Tesis de Pulacayo’, Siglo XX, mayo
2009.
El
Sindicato Mixto de Trabajadores Mineros de Siglo XX se mantuvo vigente por más
de medio siglo, desde el 10 de enero de 1941, fecha de su fundación, hasta
1987, año en que entornó sus puertas, tras el cierre de las minas
nacionalizadas dependiente de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) y la
famosa Marcha por la Vida, en agosto
de 1986. Desde entonces, el sindicato más combativo del país pasó a la historia
con sus luces y sus sombras, como cuando llega el ocaso de un día que despertó
con una deslumbrante alborada.
Ahora
que la sede sindical está vacía y la Plaza del Minero está siendo avasallada
por comerciantes minoristas, es obligación de las autoridades ediles
conservarla para la posteridad, para que las generaciones del presente y el
futuro sepan que en este distrito minero, que parece haber quedado en el olvido
tras la relocalización, nacieron,
vivieron y se formaron los dirigentes sindicales más combativos del movimiento
obrero boliviano.
La
Plaza del Minero es uno de los sitios más preciados de esta tierra minera,
bañada de mineral, lágrimas, sudor y sangre; es más, los bustos y monumentos
conmemorativos son las piezas más visuales y visitadas del paisaje de la
población de Siglo XX, en vista de que preservan la esencia misma de un centro
minero que tiene un pasado, presente y futuro. La Plaza del Minero, por su
valor político, social, cultural e histórico, es el símbolo del heroísmo de una
clase social que forjó el destino de la patria profunda y, por eso mismo, el
lugar más emblemático y turístico del norte de Potosí. No en vano, el Concejo
Municipal de Llallagua, a solicitud de la Asociación de Rentistas Mineros
Regional Llallagua y conforme establece la Ley No. 131/2017 del 23 de junio de
2017, Declara a la Plaza del Minero
Monumento Histórico de Grandes Revolucionarios y Líderes Sindicales.













