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domingo, 21 de junio de 2026

LA MASACRE MINERA DE SAN JUAN

La masacre minera de San Juan, acaecida en la madruga del 24 de junio de 1967, no figura en las páginas oficiales de la historia de Bolivia, aunque se mantiene viva en la memoria colectiva y se la transmite a través de la tradición oral, de generación en generación, convirtiéndola en algunos casos en cuentos y leyendas, como sucede con los hechos históricos que se resisten a sucumbir entre las brumas del olvido. Y si lo cuento aquí y ahora, es porque fui testigo de esa horrenda masacre a los tres días de haber cumplido nueve años de edad.

Todo comenzó cuando las familias mineras se retiraban a dormir después de haber festejado el solsticio de invierno alrededor de las fogatas, donde se bailó y cantó al ritmo de cuecas y wayños, acompañados con ponches de aguardiente, comidas típicas, coca, cigarrillos, cachorros de dinamita y cohetillos. Mientras esto sucedía en la población civil de Llallagua y los campamentos de Siglo XX, las tropas del regimiento Ranger y Camacho, que horas antes habían tendido un cerco al amparo de la noche, abrieron fuego desde todos los ángulos, dejando un saldo de una veintena de muertos y setenta heridos entre las punzadas del frío y los silbidos del viento.

Se estima que los soldados y oficiales, que ingresaron por la zona norte entre las nueve y once de la noche, partieron en un tren desde la ciudad de Oruro la tarde del 23 de junio. El sereno de la tranca, que los vio llegar armados dentro de los vagones, intentó informar a los dirigentes del sindicato y las radioemisoras, pero fue intimidado por los oficiales que prosiguieron su marcha. Así, alrededor de las cinco de la mañana, comenzó la balacera para victimar a hombres, mujeres y niños. En un principio, ante el ataque sorpresivo, algunos confundieron las ráfagas de las ametralladoras con cohetillos y el estampido de los morteros con la explosión de dinamitas. 

La Empresa, en complicidad con los masacradores, cortó el suministro de electricidad aquella madrugada, para que las radios no pudieran alarmar a los pobladores; en tanto los soldados, que estaban apostados en el cerro San Miguel, cerca de Cancañiri, La Salvadora y el Río Seco, bajaron como recuas de asnos por la escarpada ladera y ocuparon a fuego los campamentos, la Plaza del Minero, la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero, donde fue asesinado el dirigente Rosendo García Maísman, quien, parapetado detrás de una ventana, defendió la Radio con un viejo fusil en la mano.

La matanza duró varias horas bajo el sol del 24 de junio. Los muertos se desangraban junto a las cenizas de las fogatas y los heridos acudían al hospital, mientras las madres, aterradas por los disparos y los gritos, intentaban calmar el miedo y el llanto de sus hijos. En medio del caos y el espanto, no faltaron los hombres que, en un intento desesperado por defenderse, se armaron de dinamitas y capturaron a algunos soldados, a quienes les despojaron de sus uniformes y les quitaron sus armas. Pero todo hacía suponer que era ya demasiado tarde para preparar una resistencia organizada. En la Plaza del Minero se llenaron los soldados y la jurisdicción de la provincia Rafael Bustillo fue declarada Zona Militar (presencia permanente del ejército).

La masacre fue ejecutada por órdenes expresas de René Barrientos Ortuño, cuyo gobierno bajó los salarios a niveles de hambre, desabasteció las pulperías, prohibió el fuero sindical y desató una sañuda persecución contra los dirigentes políticos y sindicales, con el propósito de destruir sistemáticamente el eje principal de la resistencia en el seno del movimiento obrero. De hecho, según testimonios de primera mano, se sabe que para el 24 de junio se tenía previsto la realización del ampliado nacional de los mineros en la población de Siglo XX, con el fin de exigir un aumento salarial y apoyar a la guerrilla del Che con dos mitas de su haber, equivalentes a dos jornadas de trabajo. Una suma importante si se considera a los aproximadamente veinte mil trabajadores que por entonces tenía la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

El gobierno y las Fuerzas Armadas, informados de los preparativos del ampliado y asesorados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), se apresuraron en ocupar los centros mineros para evitar cualquier apoyo moral y material destinado a los guerrilleros que se batían a tiros en las montañas de Ñancahuazú. Consiguientemente, lejos de la ilusión de encender una chispa libertaria en el continente americano, los mineros del altiplano y los guerrilleros comandados por el Che eran asesinados con las mismas armas y por los mismos enemigos, separados los unos de los otros, sin verse la cara ni compartir la misma trinchera contra los mercenarios de la CIA y las tropas del ejército boliviano.

René Barrientos Ortuño, quien sabía maniobrar sus siniestros planes respaldándose en el pacto militar-campesino, que él mismo estableció con la burocracia oficialista de las organizaciones del agro, justificó la masacre arguyendo que el ejército tuvo que disparar en defensa propia y que era necesario combatir el proceso subversivo de los mineros en Siglo XX, dispuestos a organizar un foco guerrillero para plegarse a la gesta armada de los barbudos extranjeros en Ñancahuazú.

Al mismo tiempo que la indignación popular corría como reguero de pólvora a lo largo y ancho del país, los sindicatos clandestinos organizados en el interior de la mina, aparte de declarar por unanimidad un paro de cuarenta y ocho horas en protesta contra la masacre, ratificaron sus justas demandas: retiro de las tropas del ejército, devolución de la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero; respeto al fuero sindical, libertad incondicional para los dirigentes detenidos y confinados, indemnización para las viudas de los asesinados y exigencia para que no sean desalojadas del campamento; reposición de los salarios a los niveles de mayo de 1965 y, como si esto fuera poco, se fijó también una cuota quincenal de diez pesos por obrero, para gastos del sindicato y la adquisición de armas. La resistencia popular, en escala nacional, encontró su vanguardia indiscutible en los sectores mineros que, por su alto grado de conciencia política y convicción revolucionaria, estaban decididos a defender sus derechos más elementales y continuar declarando a Siglo XX Territorio Libre, en un franco desafío contra la dictadura militar.

A la masacre siguió la represión y el despido de los agitadores de sus fuentes de trabajo. Unos fueron a dar en las mazmorras y otros en el exilio, las viudas y los huérfanos fueron expulsados del campamento, sin indemnización ni derecho a nada, y la masacre de San Juan quedó en la más absoluta impunidad. La ola de persecución se planeó en el Alto Mando Militar, con el claro objetivo de liquidar físicamente a los dirigentes más esclarecidos de la resistencia obrera. Así fue como dieron con el paradero de Isaac Camacho, uno de los principales líderes de los sindicatos clandestinos, a quien, luego de apresarlo el 29 de julio, en una casa ubicada cerca de la Plaza Nueva (actual Mercado Central Llallagua), lo torturaron brutalmente y lo desaparecieron sin dejar rastro alguno.

René Barrientos Ortuño, además de la masacre minera, fue el responsable directo del asesinato, encarcelamiento, tortura y desaparición de varios opositores a su gobierno, hasta el día en que murió calcinado en el mismo helicóptero que le obsequiaron sus aliados del Norte. No obstante, a pesar de los múltiples testimonios de esta sombría historia, todavía hay quienes exaltan su patriotismo y lo llaman el General del Pueblo; cuando en realidad no era más que un simple general golpista, un aviador entrenado en Estados Unidos y un servil lacayo del imperialismo, que supo aprovechar su mandato presidencial para saquear los recursos naturales en medio de un país que se desangraba en la miseria y lloraba a sus muertos bajo la bota militar.

martes, 19 de mayo de 2026

EL TÍO DE LA MINA Y SU ESCRIBANO

Ya les conté de cómo se dio mi encuentro con Freddy Mamani Mamani, el administrador del estudio de tatuajes en La Ceja de El Alto, donde conocí también a Dark y Dayko Requena, el autor de la fabulosa estatuilla del Tío, que ahora forma parte de mi colección particular.

Freddy es un personaje de nobles dotes y parco en las palabras, un diseñador gráfico de primera línea, aunque nunca pisó una Academia de Bellas Artes ni nunca expuso sus obras en las paredes de una galería, debido a que las creaciones nacidas de su ingenio se quedan tatuadas, de por vida y sin mediar objeciones, en la piel de sus clientes.

Apenas advertí su talento innato, me animé a insinuarle si sería capaz de dibujar o pintar un Tío de la mina. Me gusta la idea, dijo. Luego prosiguió: Lo intentaré. Y así lo hizo. Al cabo de un tiempo, cuando pasé a visitarlo en su estudio, me enseñó el boceto que realizó, dejándome gratamente sorprendido. Se trataba de un maravilloso trabajo de arte, donde yo aparecía como la criatura del Tío, quien me cargaba a sus espaldas en un colorido aguayo. Esta pintura digital te salió a todo dar, le dije, con el corazón latiéndome de hondo regocijo. Lograste captar, a la perfección y sin resquicios para la duda, la idea de que soy el verdadero escribano del Tío. En efecto, era cuestión de contemplar la pintura para advertir que el artista plástico tenía sobrada experiencia en los andares del diseño gráfico hecho con la pasión que demanda el oficio de poner el dedo en el gatillo y pegar el tiro en el blanco, sin pensar dos veces ni fallar un milímetro en el dominio del pulso.

Días más tarde, cuando me mostró en su celular la pintura terminada, me dije para mis adentros: ¡Qué maravilla, carajo! Qué aguayo más hermoso aunque envejecido por el uso y el paso del tiempo que eligió el Tío para cargarme, como si fuese una madre que adora a su criatura con todas las fuerzas de su corazón. La pintura, tal como quedó y tal como ustedes la contemplan, lleva la impronta del artista, donde se proyecta un estilo personal, original y de alto valor estético. No hizo falta que utilizara lienzos, paletas, pinturas, pinceles y brochas de costosa procedencia. Bastó con su imaginación para crear esta imagen casi surrealista, que habla por sí misma y donde cualquier explicación queda al margen de toda consideración explícita.

No sé exactamente qué técnicas de la pintura digital utilizó Freddy Mamani Mamani, pero sí sé que se esmeró en la creación de esta magnífica obra, conforme pudiera alcanzar un resultado concreto que superara sus propias expectativas como diseñador de tatuajes de asombrosa calidad estética.

El aguayo, en el que me carga el Tío, es un tejido andino tradicional hecho con ovillos de lana de llama, oveja o alpaca. No parece estar elaborado en máquina tejedora, sino por las diestras manos de las mujeres del altiplano, que aprendieron de sus antepasados a conservar la cultura ancestral por medio de este telar de  pampa sawa (de suelo), donde se refleja la identidad y la cosmovisión de los quechuas y aymaras, cuya historia milenaria está expresada en este tipo de aguayos de colores vivos y diseños geométricos, que parecen los plumajes multicolores de un ave tropical, simbolizando el universo mágico y, a veces, secreto de los habitantes del antiguo Tawantinsuyo.

El Tío, que conoce desde siempre esta belleza textil, no tuvo mejor idea que cargarme a las espaldas, quizás, por ser su legítimo escribano, o, quizás, porque quería tenerme en las galerías de los dantescos socavones, donde está su reino y donde soy su convidado especial; un privilegio que me lo gané a pulso desde que escribí los primeros cuentos que él me sopló en los oídos, a partir de su larga vida como amo y señor de los mineros, un testimonio personal que quedará escrito en los anales de la historia, como si fuese la mismísima Biblia del Diablo.

Freddy Mamani Mamani, excelente artista de los trazos y colores, no dudó en retratarme como una guagua raptada por el Supay (diablo) andino, que luce el guardatojo atravesado por sus cuernos, la indumentaria a la usanza de los cooperativistas mineros y un semblante que genera espanto como todo personaje de cola y patas de macho cabrío, que habitan en el subsuelo y es dueño de las riquezas minerales. Se lo ve como si huyera de la luz del día, volteando la mirada pícara y penetrante hacia lo que va quedando atrás, para luego meterse, chapoteando en las aguas de copajira, en el desmesurado bostezo de la montaña, donde no existe otra iluminación que la mortecina luz de la lámpara enganchada al guardatojo.

El Tío, con el cigarrillo encendido entre los dientes, la infaltable bolsa de coca y la botella de alcohol, me lleva a cuestas como un q’epiri (cargador), como si de veras me raptara por puro gusto y capricho, con la intención de tenerme como rehén en algún recóndito lugar de su paraje, donde los mineros pijchan, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y botellas de aguardiente, sin importarle mucho si su escribano se sentirá bien o mal en medio del silencio y la impenetrable oscuridad de las galerías, parajes, buzones y chimeneas

Sea como fuere, en mi condición de escribano del Tío, tengo la cabeza ladeada, la cabellera canosa, la barba plateada y los ojos entornados, como si cavilara en las aventuras y desventuras del personaje central de la mitología mineras, mientras se me caen los libros de la mano, que, en realidad, son más los libros del Tío que de este humilde servidor, quien, para bien o para mal, parece un pobre diablo.

El Tío, con decisión incuestionable y fuerza indomable, y según la interpretación del artista, prefiere llevarse a su escribano en el aguayo y no en la calcuta o q’epirina, la bolsa de lona que los mineros cargan a la espalda para llevar algunos elementos necesarios para la jornada, como dinamitas, guías con capsulas de percusión, hojas de coca, cigarrillos y hasta una botella de té o aguardiente, para pijchar y ch’allar en el paraje del Tío.

Es de suponer que el Tío dobló el aguayo cuadrado en forma de triángulo, me colocó con la espalda apoyada en la parte doblada, hizo pasar la punta inferior del triángulo entre mis piernas, a modo de crear un asiento firme y seguro. Luego agarró las otras puntas y, aventando el aguayo por encima de sus robustos hombros, me acomodó en su espalda, anudando las esquinas a la altura de su pecho. Como se ve en esta pintura, quedé acomodado de manera ergonómica para evitar cualquier dolor, con la cabeza fuera del aguayo, pero con el cuerpo pegadito contra las espaldas del Tío.

Freddy Mamani Mamani, como todo artista profesional, entregado a merced de su fantasía, jugó con la técnica de capas superpuestas, comenzando con tonos suaves y claros, para culminar en los tonos oscuros para crear volúmenes, sin más recursos que las herramientas puestas a disposición de cualquiera por las nuevas tecnologías digitales.

Esta innovadora técnica artística, a pesar de estar realizada en miniatura, está lejos de los graffitis y murales monumentales. El artista prefirió plasmar la obra de su creación en formato pequeño, no porque le faltó más superficie en la pantalla de la computadora, sino porque así se vería mejor incluso en un celular que apenas cabe en la palma de la mano.

En la pintura digital destacan tonos luminosos y semitransparentes, además de las formas y líneas que revelan el fuero interno de un artista que posee el espíritu altamente sensible y la pericia de un maestro que aprendió a dominar su oficio desde la adolescencia; por eso mismo, este arte visual resultó a la medida de la capacidad creativa de Freddy Mamani Mamani, digno de ser exhibido en la portada de un libro o en una galería de arte, donde los espectadores pudieran penetrar con la mirada en la imagen y dejarse llevar en los vuelos de la imaginación hacia el mundo mágico y fantástico del Tío y su escribano.

domingo, 8 de marzo de 2026

LA SERENA

Juana tenía 32 años y era madre de dos hijos. Nació al pie del Cerro Rico de Potosí, donde trabajaba como serena en una cooperativa minera. Quedó viuda y a cargo de la familia desde el fatídico día en que su marido, obrero de la misma cooperativa, voló en pedazos tras la explosión de una descarga de dinamitas. Así enviudó siendo todavía joven, como muchas mujeres casadas con mineros.

Ella vivía en dos pequeños cuartos, con sus hijos y un perro que era guardián de la casa. Ingresó a trabajar en la cooperativa minera en lugar de su marido, quien, según sus confesiones, era un hombre borracho, machista y maltratador.

La casa no tenía agua potable, luz eléctrica ni cocina a gas. Nunca contó con ingresos propios ni fue dueña de nada, mucho menos del paupérrimo salario de su marido, que no alcanzaba para llenar la canasta familiar ni para que sus hijos asistieran a la escuela.

Desde que empezó a trabajar como serena, en los depósitos de minerales de la cooperativa, aprendió a luchar para sobrevivir en un infierno no apto para las mujeres, teniendo como únicas armas el coraje, una piedra y una dinamita en mano. Se convirtió en experta en el manejo del explosivo, siempre listo para estallar ante el primer atisbo de peligro.

Todas las noches trabaja acompañada de su perro y, a veces, también de sus hijos, para ahuyentar a los jukus, que merodean la zona, queriendo robar las bolsas de mineral que los cooperativistas extraían de la mina y dejaban en unos depósitos, con paredes de adobes y techos de calamina, construidos de manera improvisada cerca de la bocamina.

Juana era compañera de los cooperativistas que, a pesar de trabajar sin seguridad industrial y en condiciones infrahumanas, le seguían metiendo barreno y dinamitas a los parajes que dejaron los trabajadores de la COMIBOL. Ellos trabajaban en el interior de mina y ella como serena encargada de vigilar los bienes de la cooperativa, enfrentándose a jukus que, noche tras noche, se aparecían al amparo de la oscuridad para robar el mineral.

Juana estaba ya acostumbrada a enfrentarse a los jukus y a los mineros atrevidos que, aun teniendo una mujer en casa, intentaban abusarla y violarla delante de su perro; por eso ella, precavida desde el día de su nacimiento, andaba siempre con una piedra en el bolsillo de la pollera y una dinamita cargada en la mano, para defenderse de los desgraciados que amenazan su integridad de mujer, viuda y madre.

Juana le rezaba al Tata Q'ajcha para que no le pasara nada y le suplicaba al Tío de la mina para que la protegiera siempre, por ser viuda de un minero cooperativista y por el bien de sus hijitos huérfanos de un padre que murió en un paraje lejano, donde las vetas de estaño estaban ya agotadas.

Juana era el ejemplo de una mujer que no se dejaba vencer por las adversidades, consciente de que la vida no era fácil para una viuda y serena de una cooperativa, pero sí una gran escuela donde se aprendía que no hay mal que por bien no venga, hasta que un día, mientras trabajaba como de costumbre, llegó un gringo turista, interesado por conocer el Cerro Rico de Potosí. Apenas la vio cerca de la bocamina, en compañía de sus hijos y su perro, se sintió atraído por la belleza exótica de esa mujer de sombrero, manta y pollera.

El gringo la enamoró con buenas intenciones, la acompañó en su trabajo por las noches y, al cabo de un tiempo, le propuso matrimonio con el propósito de llevársela a su país. Así fue como Juana y sus hijos se libraron de las temibles garras del laboreo minero.

Los cooperativistas, conocedores de la miserable realidad de una serena, decían que Juana tuvo suerte, que recibió la bendición del Tata Q'ajcha y el consentimiento del Tío de la mina para encontrar un hombre de sentimientos nobles, quien, además de amarla con la sinceridad de su corazón, la haría feliz por el resto de sus días.

Desde entonces no se volvió a saber nada de Juana ni de sus hijos, salvo que dejó de ser serena en la cooperativa minera y que se marchó a tierras lejanas para no volver más a la ciudad donde nació. 

Glosario

Guardatojo: Casco de protección usado en el laboreo minero.

Jukus: Ladrones de mineral.

Paraje: En el interior de la mina: sitio o lugar de trabajo.

Serena: Mujer que cumple la función de vigilar por las noches los depósitos de mineral y los bienes de la cooperativa minera.

Tata K’ajcha: Cristo Minero. Santo Patrono. Crucifijo situado en los primeros metros de la galería principal. En Potosí, según la tradición popular, su imagen aparece como un Cristo moribundo con su “guardatojo” de minero.

Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas. Su estatuilla es de greda y rocas, está colocada en el lugar de paso obligado de los mineros.

viernes, 23 de enero de 2026

 

LAS LAMAS DEL K’ENKO EN CATAVI

¡Ah, carajo! ¡Todo se fue a la mierda!, exclamó un cataveño, mientras miraba las imágenes, que se transmitían por medio de las aplicaciones de TikTok, sobre la catástrofe medioambiental que tuvo como escenario la pequeña comunidad de Andavilque.

La laguna artificial el K’enko, que estaba ubicada al lado de la población de Catavi, conservaba una gran reserva de mineral en forma de lama, ya que durante mucho tiempo se bombearon a esta laguna las colas o los desperdicios provenientes de la planta de concentración de estaño denominado Ingenio Victoria. Así se conservó varias décadas, desde la época en que el empresario minero Simón I. Patiño perdió su imperio en este sitio del municipio de Llallagua, al norte del departamento de Potosí.

La laguna el K’enko era un lugar casi turístico, donde los enamorados iban a caminar por las orillas y a tomarse fotografías, No faltaban los cataveños que, motivados por la nostalgia de los años idos y vividos, retornaban desde el interior del país para ir a contemplar las aguas plomizas de la laguna que se les quedó grabada en la memoria desde la más tierna infancia. 

Todo era asombro y maravilla en esta zona de la pampa de Catavi, hasta el día en que la laguna, tras la falta de mantenimiento y las intensas precipitaciones pluviales, colapsó y se desbordó, generando una gigantesca mazamorra, mezcla de lama, agua y residuos minerales, que se descolgó desde las alturas y, llevándose todo a su paso, se precipitó cuesta abajo, hasta inundar el pequeño poblado de Andavilque.

El desastre ocurrió aproximadamente a las 5:00 de la madrugada del 16 de marzo del 2025. Los testigos cuentan que se oyó un repentino estrépito que sacudió la parte sud de Catavi. Los pobladores ni siquiera alcanzaron a ponerse de pie, cuando la mazamorra inundó la comunidad precolombina de Andavilque, perteneciente al ayllu Chullpa, cuya población se dedicaba a la producción agrícola, crianza de ovinos, camélidos, vacunos, curtiembre y hasta a la elaboración de chicha y chicharrón.

La laguna artificial el K’enko, un dique que se encontraba en la parte alta de Andavilque, cerca de los desmontes de colas-arenas, fue vencida por las fuerzas de la naturaleza y sus espesas aguas se desbordaron como en una película de ciencia ficción. Los pobladores quedaron en estado de espanto y de llanto. El rebalse causó graves daños medioambientales, porque el dique contenía plomo, zinc, cadmio, sulfuros y estaño de baja ley.

El pánico y la zozobra alcanzaron dimensiones apocalípticas. Las personas y los animales, en un intento por poner a salvo sus vidas, se abrieron paso entre el lodo plomizo y espeso, mientras los gritos de auxilio se oían junto al zumbido de las aguas y la lama encajonándose río abajo.

Varios animales, entre ellos perros y gatos, fueron sorprendidos y enterrados por la lama. La mazamorra primero se comió la cancha de fútbol y luego las viviendas de adobes y techos de calamina. Por suerte, algunos pobladores alcanzaron a huir hacia las partes altas del terreno y a subirse a los techos para evitar ser llevados por el material de arrastre.

En poco tiempo todo estaba consumado. El lodazal, que descendió hasta apoderarse de Andavilque, dejó un panorama pintando de color plomizo, como si toda la lama de Catavi, acumulada durante décadas por la industria minera, se hubiese rebelado contra la codicia humana, que no dejó de horadar el vientre de la Pachamama ni dejó de explotar los yacimientos estañìferos del norte de Potosí.

Ese mismo día, los medios de comunicación y las redes sociales difundieron imágenes capaces de erizar la piel y golpear los sentidos. Los informes oficiales de lo sucedido, de las causas y consecuencias del lago artificial, considerado por muchos un atractivo turístico, dieron cuenta de que el 80% de las viviendas y los cultivos quedaron como navegando en medio de la desgracia y bajo un cielo cargado de nubes. No solo quedaron cientos de damnificados, sino que la laguna el K’enko contenía minerales tóxicos, que dañarían la salud de los pobladores, constituyéndose en una irreparable catástrofe medioambiental, que afectó también a otras comunidades campesinas a lo largo del río.

La laguna artificial el K’enko, que causó una colosal catástrofe en Andavilque, desapareció del mapa de la noche a la mañana, como desaparecen los malos proyectos de un soplo. Por cuanto lo que un día fue una de las reservas más importantes de la Empresa Minera Catavi, un sitio donde los enamorados y turistas acudían para darse besos y tomarse fotografías, otro día se convirtió en un paisaje desolado y en un ejemplo del manejo irresponsable de una industria minera que la abandonó a su suerte, tras el maldito Decreto Supremo 21060 de 1985, que provocó el cierre de las minas nacionalizadas y una relocalización sin precedentes en la historia de Bolivia.

Glosario

Colas-arenas: Residuos de mineral procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.

Chicha: Bebida alcohólica hecha con jugo de maíz fermentado.

K’enko: Laguna artificial ubicada cerca de la población de Catavi. Conserva una gran reserva de estaño, debido a que durante décadas se bombardearon los residuos minerales provenientes del “Ingenio Victoria” de la Empresa Minera Catavi.

Lama: Greda pegajosa que se produce durante la perforación. Residuos de mineral fino (polvo) procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.

Relocalización: Despido masivo de trabajadores mineros, que buscan nueva residencia.

jueves, 1 de mayo de 2025

EN LOS INFIERNOS DEL MUNDO MINERO

Cuando llegó a mis manos el libro Mineros, del fotógrafo suizo Jean-Claude Wicky, quien dejó la obra en una pequeña biblioteca de Uncía, con una dedicatoria de su puño y letra: Para la Biblioteca Municipal Uncía. Este libro, fruto de mucho tiempo afectuosamente compartido con los mineros. Con todo mi afecto, Jean-Claude Wicky, me sorprendió ver las extraordinarias fotografías, en blanco y negro, en torno a una realidad que hace vibrar de pasmo y de coraje. Me quedé vacío de palabras de solo ver a los mineros empujando los carros metaleros o sentados, alrededor de la estatuilla del Tío, en las penumbras de las galerías, donde no faltan los trabajadores, de rostros famélicos y cenicientos, de cuerpos esmirriados y casi esqueléticos, enfrentándose a las rocas para extraer los filones de estaño a fuerza de dinamitas, combos, barrenos, picos, palas y taladros. 

Entre las páginas del libro, publicado por Lunwerg Editores, España, en 2002, y dedicado A los mineros bolivianos, cuya tarea diaria consiste en buscar su destino en las profundidades de la tierra, me llamó la atención, sobre todo, esta fotografía tomada, a 540 metros bajo tierra, en una de las minas del legendario Cerro Rico de Potosí, donde se ven, desde la cintura para abajo, a dos mineros semidesnudos, en medio de una temperatura que parece tenerlos cerca de las puertas del infierno.

No cabe duda de que Jean-Claude Wicky conocía la mina por dentro y por fuera. En estas tierras áridas, con montañas de laderas escarpadas, donde reina el viento y el frío, y donde los campamentos crecieron alrededor de las bocaminas, hizo muchos amigos entrañables y encontró el principal motivo de su trabajo como fotógrafo; más que eso, como un artista en la toma de fotografías.

Todo su interés por retratar la tragedia minera, que perturba los pensamientos y sentimientos, comenzó después de haber visitado una mina en el antiguo Cerro de Potosí, donde impactado por la realidad del inhumano trabajo que realizan los topos humanos, se dijo a sí mismo: Un día haré un trabajo fotográfico sobre el mundo de los mineros bolivianos; una idea que plasmó diez años después, en 1984, cuando retornó a Bolivia decidido a reflejar, con su cámara a cuestas, el mundo miserable de los mineros y sus familias.

Durante varios meses compartió con ellos, visitando los campamentos construidos en las laderas inhóspitas de los cerros, cubiertas de arbustos silvestres y paja brava, donde el viento habla su propio idioma, soplando y resoplando casi sin respiro, como afirma el propio fotógrafo, quien estuvo aprendiendo lecciones de vida en las minas de los distritos de Colquiri, Caracoles, Chorolque, Huanuni, Siglo XX, Viloco, Ánimas y Siete suyos, solo para citar algunos.

No es casual que él mismo manifieste que llegó a conocer de cerca la vida de las familias mineras, sus alegrías, sus sufrimientos, sus esperanzas, sus rebeldías y sus terribles aguardientes. En los campamentos conoció la sempiterna pobreza  y retrató el rostro demacrado y los ojos sin brillo de los niños, las amas de casa, las palliris y los ancianos, antiguos mineros que forjaron riquezas para que otros vivan en la opulencia mientras ellos se hundían en la miseria.

Desde la primera vez que entró en la mina, el reino del Tío, el guardián de las riquezas minerales, a quien los mineros le rinden culto y le solicitan permiso para perforar las rocas y explotar los filos de mineral, se dio cuenta de que las lúgubres galerías se bebieron el sudor y la sangre de los mineros desde la época de la colonia. Quizás por eso mismo, en una de las páginas de su libro, rememora la frase que alguna vez los mineros le soplaron en los oídos: Nuestra riqueza siempre ha sido la fuente de nuestra pobreza.

Jean-Claude Wicky entraba en la mina al despuntar el alba, cuando todavía estaba oscuro y salía entrada la noche, cuando el manto de la oscuridad seguía cubriendo los campamentos mineros. Se acostumbró a no ver la luz del día por varias horas y a pensar que la oscuridad era tan agobiante como estar metido en una tumba. De ahí proviene el subtítulo de su libro: Todos los días… la noche.

En el laberinto de las galerías, apenas iluminadas por la luz mortecina de la lámpara enganchada en el guardatojo, aprendió a rociar el suelo con aguardiente, como una suerte de ofrenda a la Pachamama y al mitológico Tío; es más, con ese mismo quemapecho, que le ofrecían los mineros y que él sorbía del gollete de la botella, templaba sus ánimos y su cuerpo antes de proceder a tomar las fotografías que eran de su interés.

Este suizo andariego, que en su juventud fue futbolista de 1ra. división y en su vejez un acucioso observador de su entorno, ha pasado mucho tiempo en las entrañas de la tierra, recorriendo kilómetros y kilómetros por las galerías abiertas como tubos hechos de rocas, como serpientes reptando en la oscuridad, donde no se oye más que la respiración de uno mismo, las goteras de las bóvedas y el chapoteo de las botas en las charcos de copajira. En los parajes de algunas galerías tenía que avanzar de cuclillas, aspirando el polvo metálico que destroza los pulmones de los mineros. Aprendió a avanzar a gatas por los piques que amenazan con derrumbarse a cada instante, para luego trepar por buzones y chimeneas, como una araña queriendo huir de los embudos de la muerte.

Solo así, a costa de penetrar en el vientre de la montaña y en el alma de los hombres que entregan su vida a la Pachamama, ha logrado fijar, con los poderosos lentes de su cámara, esas magníficas imágenes que tienen el poder de testimoniar la dantesca realidad de los mineros bolivianos. Por lo tanto, se puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que Jean-Claude Wicky penetró en el alma de los mineros como ellos penetran en las rocas a punta de barrenos y perforadoras, en un intento por producir riquezas, pero no para ellos, sino para los dueños de las minas, que primero fueron de los conquistadores en la época colonial, después de los barones del estaño en la época republicana y de la Corporación Minera de Bolivia desde 1952.

En algunas de las minas de la cordillera andina, que él conoció más que ningún boliviano, penetró en las secciones ubicadas en los niveles más bajos y de mayor profundidad, donde la temperatura suele superar los 45 grados Celsius, debido a la falta de ventilación adecuada, el contacto entre los óxidos del mineral con el oxígeno y el sistema de extracción de minerales. Sin embargo, su obstinada obsesión por lograr las mejores imágenes, en condiciones desfavorables para cualquier fotógrafo, no le fue tarea fácil, pues tuvo que enterrarse con los trabajadores en las profundidades más recónditas del mundo minero, sin vacilar un solo instante, pero preguntándose a sí mismo: ¿Cómo se puede fotografiar la humedad, el calor asfixiante, la falta de oxígeno, el olor acre del mineral que impregna los cuerpos? ¿Cómo se puede fotografiar la oscuridad espesa de la mina, más impenetrable que la roca, que borra todo sentido de la orientación, toda noción de tiempo y de distancia, una oscuridad que quema los ojos y hace que tu cuerpo desaparezca?

Esta fotografía, por ejemplo, fue captada en una de las galerías de una mina en Potosí, donde la temperatura alcanzaba los 50 grados y la humedad casi podía palparse. Me imagino que él se acomodó en el mejor ángulo del paraje para capturar el instante tal cual quería, levantó la cámara resbaladiza por el sudor en las manos, ajustó el visor a la altura del ojo y, con un mágico clic del disparador, capturó la foto teniendo la sensación de que la cámara se fundía en el calor, mientras el sudor le perlaba en la frente y la respiración se le anudaba en la garganta.

Estos mineros, además de estar expuestos al aire contaminado en un ambiente extremadamente caluroso, que les causa deshidratación y severas complicaciones para la salud, trabajan con el torso y la espalda desnudos, apenas en calzoncillos y las botas de caucho apisonando el suelo barroso y resbaladizo, mientras las gotas ácidas de la copajira, desprendiéndose desde la bóveda del paraje, empapan sus cuerpos brillantes por la grasa y el sudor que les corre como si estuviese metidos en el sauna. 

El calor es tan intenso que ellos, de cuando en cuando, se sacan las botas para vaciar el sudor acumulado en ellas y se lavan la cara con el agua de la botella o, en último caso, con su propio orín que, además de tener propiedades medicinales, es el único liquido refrescante para aplacar el sofocante calor en esas extremas condiciones de trabajo.

En estas galerías, semejantes a las catacumbas del averno, los mineros, que lucen las extremidades con las venas enraizadas como cuerdas debajo de la piel, no tienen el cuerpo cubierto de polvo sino de sudor, de un sudor que parece mojarles hasta los pulmones convertidos en coladeras por el polvo de sílice.

Estoy seguro que Eduardo Galeano, de haber estado en este mismo paraje, hubiera tenido que repetir su relato sobre el mar, que les contó, en el festín de su despedida, a sus amigos mineros en Llallagua, donde estuvo un año después de la masacre de San Juan, acaecida el 24 de junio de 1967, habida cuenta de que estos mineros de último nivel, exhaustos por el trabajo y flagelados por el calor, le hubieran suplicado al unísono: Y ahora, hermanito, dinos cómo es la mar.

Él se hubiera quedado mudo y atónito, porque no hubiera sabido qué decir,  pero ante la insistencia de: cuéntanos, cuéntanos cómo es la mar, Galeano no hubiera tenido más remedio que acudir a su léxico de cuentacuentero, hasta encontrar las palabras capaces de traerles el mar y hacer que las olas empapen sus sudorosos cuerpos, como sacándoles de la galería hacia una superficie donde la luz es más diáfana y el aire más puro.

Sin lugar a dudas, Este hubiera sido su segundo desafío en el arte de narrar, después de que en 1968, estando en Llallagua, les contó sobre cómo era el mar a sus amigos mineros, quienes le prepararon una despedida, entre cantos, tragos de aguardiente y chistes, hasta que uno de ellos, al despuntar el alba y antes de que la sirena del sindicato les convoque a trabajar, puso a prueba su capacidad de narrador para responder a la pregunta: Y ahora, hermanito, dinos cómo es la mar.

Las fotografías de Jean-Claude Wicky, registradas entre los años 1984 y 2001, son un testimonio de sus repetidas visitas a Bolivia, ocasiones en las que visitó varias veces los campamentos mineros y varias veces se internó en los profundos socavones.  Su experiencia vivida en primera persona, en una treintena de minas, fue suficiente para captar impactantes imágenes en blanco negro y dejar un legado visual sobre la inhumana explotación de los mineros en las gélidas cumbres del altiplano. Al hojear el libro, que fue editado simultáneamente en varios idiomas, uno se da cuenta de que Jean-Claude Wicky (Moutier, Suiza, 1946 – Biel/Bienne, Suiza, 2016), conoció muy de cerca las minas y a las familias mineras, entre quienes encontró amigos para toda la vida.

Los mineros lo acompañaron a recorrer por las tenebrosas galerías y ellos aparecen retratados en sus espectaculares fotografías, que han recorrido Europa, América Latina y Estados Unidos, donde su denominada serie de mineros bolivianos (1984-2001) fue exhibida en Museos y Galerías de Arte, recibiendo los sinceros aplausos de los visitantes y los aclamados comentarios en la prensa oral y escrita.

Jean-Claude Wicky palpó de cerca el cotidiano vivir de los mineros, penetrando en el vientre de la Pachamama, para verlos arañar las rocas y extraer el metal del diablo, esas fabulosas vetas de estaño, enraizadas en las montañas de los Andes, que hizo ricos a los tres barones del estaño (Simón I. Patiño, Mauricio Hochschild y Félix Avelino Aramayo) y pobres a los topos humanos, que parecen buscar riquezas, mientras mastican los sinsabores de la pobreza.

En Mineros. Todos los días… la noche están registradas no solo las condiciones de un trabajo inhumano, sino también el alma de los mineros bolivianos, como quien tuvo la genial iniciativa de tomarles una radiografía para conocer sus desgracias y esperanzas. En este libro se habla con imágenes sobre una realidad que no puede describirse con mil palabras o, por si dudan, pregúntenselo a Eduardo Galeano.

miércoles, 19 de junio de 2024

EL ESCULTOR DESAPARECIDO

El Monumento al Minero es una magnífica obra realizada por un artista orureño, cuyos datos personales no quedaron en la memoria de los obreros que protagonizaron la revolución nacionalista de 1952. Nadie recuerda su nombre completo, tampoco se sabe si está vivo o está muerto.

Algunos dicen que fue un solterón solitario y solidario a la vez, un hombre empeñoso y trabajador, y que todo el tiempo que tenía, quitándole tiempo al tiempo, era para levantar obras de arte escultórico en plazas y parques. Otros, los pocos que lo conocieron mientras estaba modelando, con sus callosas manos y su deslumbrante ingenio, el Monumento al Minero, aseveran que soñaba con irse al Brasil en busca de una mulata que tuviera los atributos que les faltaba a las altiplánicas.

Lo cierto es que el escultor dejó plantado el Monumento al Minero en la histórica Plaza de la población de Siglo XX y que luego desapareció sin dejar rastro alguno, como si se hubiese esfumado como el humo del cigarrillo. Nadie recuerda su físico ni su rostro, salvo que era un artista que daba la vida por el arte.

Los mineros más antiguos dicen que lo vieron entrar a la mina, que lo vieron vagar como un demente por las oscuras galerías y que nunca más volvió a salir a la luz del día. ¿Será que el Tío se lo tragó huesos y todo? ¿Quién sabe? Los mineros cuentan que lo que es del Tío es del Tío, devorador de vidas humanas cuando olvidan tributarle alimentos sólidos y líquidos.

El Monumento al Minero luce estoico sobre su pedestal, la mirada altiva y el cuerpo fornido, la perforadora en una mano y el fusil en la otra. Pero del escultor, su creador y artífice, no se sabe nada, absolutamente nada, nada y nada…

miércoles, 30 de agosto de 2023

 

ESTATUA DE FILEMÓN ESCÓBAR EN CATAVI

La mañana del 27 de agosto de 2023, en la Plaza 6 de Agosto de la población de Catavi, perteneciente al municipio de Llallagua de la provincia Rafael Bustillo del departamento de Potosí, se descubrió la estatua de Filemón Escóbar, histórico líder sindical y dirigente político de renombre nacional. La estatua fue realizada por Wilson Zambrana, galardonado pintor y escultor orureño.

El acto programado por la Sub alcaldía, con el principal objetivo de rescatar una parte de la memoria histórica del proletariado de la Empresa Minera Catavi, contó con la participación de las autoridades ediles y las fuerzas vivas de esta población memorable y revolucionaria. Asimismo, estuvieron presentes los familiares de Filemón Escóbar, su viuda, sus hijos y nietos, pero también algunas personalidades del ámbito político, sindical y cultural, quienes hicieron usó de la palabra para destacar la vida y obra de uno de los dirigentes sindicales que nunca temió en generar encendidas polémicas con sus pensamientos, discursos y acciones políticas en los contextos donde se sentía convocado por su conciencia de clase y su función de protagonista de las luchas sociales.

Por otro lado, los miembros del Movimiento Cultural Pictórico Miguel Alandia Pantoja, invitados al acto de descubrimiento de la estatua de Filemón Escóbar, expusieron, en la Plaza 6 de Agosto, reproducciones de las pinturas del muralista llallagueño, quien fuera camarada y amigo personal del dirigente minero. La exposición llamó la atención de los presentes por la calidad estética de las obras plásticas y el mensaje revolucionario que Alandia Pantoja plasmó en sus murales y pinturas realizadas a caballete.

Filemón Escóbar nació en la ciudad de Uncía en 1934 y falleció en la ciudad de Cochabamba en 2017. En su prolongada y ardua actividad política, en defensa de los derechos laborales y sindicales, destacó desde su juventud en el Sindicato de Siglo XX. Ejerció como dirigente de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y la Central Obrera Boliviana (COB). 

En 1986, mientras era secretario general del sindicato Mixto de Trabajadores de Catavi, redactó la Tesis de Catavi, cuyo argumento central fue oponerse al Decreto 21060 y la relocalización, y crear un plan de emergencia,para la rehabilitación de COMIBOL y la diversificación de la producción. El documento fue aprobado primero por el sindicato de Catavi y posteriormente, como documento oficial de los trabajadores bolivianos, en el XXI Congreso Nacional Minero, realizado en la ciudad de Oruro, entre el 12 y 19 de mayo de 1986. Poco después, con los argumentos de esta misma tesis se realizó la Marcha por la Vida durante el gobierno neoliberal de Víctor Paz Estenssoro.

Filemón Escóbar, en su dilatada actividad política y sindical, ocupó un escaño en la Cámara de Diputados entre 1989 y 1993. En el periodo legislativo 2002-2003, ocupó la vicepresidencia del Senado, cuando ocupaba la secretaría general del Movimiento Al Socialismo (MAS), partido que fundó junto a la Confederación de Trabajadores del Trópico Cochabambino y del que se apartó por diferencias políticas e ideológicas.

Entre sus obras destacan: Testimonio de un militante obrero (1984); La tesis de Catavi (1986); La mina vista desde el guardatojo (1986); De la revolución al Pachakuti: El aprendizaje del respeto recíproco entre blancos e indios (2008); El Evangelio es la encarnación de los derechos humanos (2011); Semblanzas (2014). Escribió tanto como leyó, motivado por la necesidad de transmitir, de su puño y letra, sus experiencias vividas y sufridas, y sin más esperanzas que dejar un testimonio aleccionador para los luchadores sociales del presente y el futuro.

La estatua de Filemón Escóbar está donde debe estar, cerca de los predios del sindicato de trabajadores de Catavi, donde se estructuró la empresa estañífera más importante de Bolivia y el mundo, desde que Simón I. Patiño adquirió, en1924, las propiedades del consorcio chileno que extraía nuestro recurso natural en la montaña de Llallagua; en las pampas de este mismo distrito se ejecutó la masacre minera en diciembre de 1942 y se firmó el Decreto de la Nacionalización de las Minas el 31 de octubre de 1952.

Aunque la empresa Minera Catavi quedó desmantelada después de la relocalización, en la actualidad puede constatarse que ha experimentado una reestructuración inminente, con la refacción de sus edificios emblemáticos, como el Teatro, la Casa Gerencia  (actual Archivo Histórico Minero) y los baños termales, entre otros. A todo esto se han añadido las nuevas viviendas familiares y la construcción de los flamantes edificios de la Universidad Nacional Siglo XX, que tendrá varias de sus carreras extendidas en este distrito, donde hasta fines de este año contará también con la carrera de Formación Político Sindical (FPS), cuyo edificio será el mejor símbolo de esta universidad que nació como un proyecto revolucionario de los trabajadores, quienes, desde principios de las décadas de los años 70, pugnaron por tener una Casa Superior de Estudios para los hijos de los mineros y campesinos, con estructura orgánica y compromiso social.

La estatua de Filemón Escóbar, sin lugar a dudas, se convertirá en un punto más de atracción turística para los visitantes tanto nacionales como extranjeros, interesados en conocer el pasado histórico del combativo sindicato de trabajadores de Catavi, que desde su nacimiento fue el hermano mellizo del sindicato de Siglo XX, donde Filemón Escóbar se formó políticamente e hizo sus primeras armas junto a otros líderes y caudillos del movimiento obrero boliviano.

jueves, 13 de abril de 2023


SEMBLANZA SOLICITADA DE UN DIRIGENTE MINERO

Acaba de publicarse, bajo el sello de Ediciones La Cueva del Tío, el folleto Cirilo Jiménez Álvarez, sindicalista revolucionario, cuyo autor es el escritor Víctor Montoya, quien conoció en persona a este luchador social que formaba parte de la vida política, educativa y cultural de la ciudad minera de Llallagua. 

Cirilo Jiménez Álvarez nació en Tacaraní, comunidad campesina en el Norte de Potosí, el 14 de julio de 1930. En su niñez y adolescencia se dedicó a la agricultura, hasta que, una vez retornado del cuartel, se hizo minero a los 20 años de edad. Fue dirigente sindical en los distritos de Catavi y Siglo XX, miembro de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y la Central Obrera Boliviana (COB).

Este sindicalista revolucionario creyó en el poder del deporte y los libros, pero su principal opción fue la educación. Promovió la creación de la Universidad Nacional Siglo XX y se constituyó en su primer vicerrector y rector obrero. Durante las dictaduras militares, sufrió la persecución política y el confinamiento. Murió en Cochabamba, como consecuencia de un paro cardiaco, el 5 de noviembre de 2018. 

lunes, 5 de diciembre de 2022

EL MONUMENTO AL MINERO TIENE NOMBRE Y APELLIDO

El planteamiento de erigir un monumento en homenaje a los mineros y colocarlo en la Plaza del Minero, se aprobó de manera unánime en 1953, en la gestión del dirigente Gabriel Porcel, quien, por decisión de una apoteósica asamblea, fue elegido como Secretario General, y se terminó el proyecto del monumento durante la gestión de Irineo Pimentel, quien ocupó la secretaria general del Sindicato Mixto de Trabajadores Mineros de Siglo XX en 1954, remplazando a Gabriel Porcel, que ese año pasó a cumplir funciones en calidad de Control Obrero en la Empresa Minera Catavi.

La obra le fue encomendada al escultor orureño Bracamonte y los trámites para su concretización fueron gestionados por el sindicato. El escultor se fijó en la recia personalidad del obrero Félix Trujillo Omonte, lo miró de arriba abajo y decidió que este perforista de interior mina, por su contextura física y su rostro de k’achamozo (joven hermoso), era el modelo perfecto para plasmar el Monumento al Minero.

¿Quién era, en realidad, el modelo? En su expediente personal se establecen los siguientes datos: Félix Trujillo Omonte nació en Quillacollo, Cochabamba, el 27 de febrero de 1925. Era concubino de Angélica Torrez Daga, natural de Poopó y nacida el 31 de mayo de 1930, con quien tuvo seis hijos: Carlos, Germán, Delfina, Victoria, Félix y Nora. Ingresó a trabajar en la empresa Patiño Mines, el 27 de febrero de 1942, el mismo año que se produjo la masacre minera en las pampas de Catavi. Le designaron la Ficha No. 5008 y el Archivo No. 50879, tras aceptar en el Departamento de Empleos, imprimiendo el sello de sus huellas digitales, las siguientes condiciones impuestas por el Contrato de Trabajo:

Conste que yo, Félix Trujillo Omonte, convengo en trabajar con la PATIÑO MINES & ENTERPRISES CONSOLIDATED (Inc.), en calidad de Jornalero, en las condiciones siguientes:

1°- Me comprometo a cumplir y respetar los reglamentos de la Empresa.

2°- Ejecutaré los trabajos que se me encomienden, con puntualidad, corrección y honorabilidad, acatando las órdenes e instrucciones de mis superiores.

3°- Conservaré mi ficha de identidad para presentarla en cualquier momento, no pudiendo, bajo ningún pretexto cambiarla; y, en caso de extraviarla, abonaré, en calidad de multa, la suma de DIEZ BOLIVIANOS, descontables por planilla.

4°- Declaro estar conforme con el examen médico hecho en mi persona, y haber recibido un ejemplar del certificado médico de ingreso.

5°- Las inasistencias a mi trabajo, sin licencia podrán ser multadas discrecionalmente por la Gerencia de la Empresa, con una suma que no excederá de cinco bolivianos, así como también, en igual forma podrán ser multadas las faltas que yo cometiera contra las disposiciones del Reglamento Interno de la Patiño Mines & Enterprises Consolidated Incorporated.

6°- La Empresa me pagará un jornal de bolivianos, 32.70…… salvo de darme trabajo a contrato en cuyo evento me reconocerá únicamente el avío de pulpería establecido por ella.

7°- Este contrato es válido por treinta días. Si no hay manifestación de contrario, quedará tácitamente renovado de treinta en treinta días. Cesará de hecho sin lugar a indemnización alguna, en cualquier de los casos siguientes: a) por reducción de trabajo; b) por notificación de retiro con 15 días da aviso; c) por infracción de los Reglamentos de la Empresa; y d) por un simple aviso dado por parte del obrero, manifestando su deseo de retirarse de los trabajos de la Empresa.

8°- El obrero deberá presentarse al trabajo, inmediatamente o en el término máximo de tres días, a partir de la fecha; caso contrario quedará nulo este contrato.

9°- El que suscribe Jefe de la Oficina de Empleos, como encargado de la PATIÑO MINES & ENTERPRISES CONSOLIDATED (Inc.), para recibir trabajadores, acepta el presente contrato en las condiciones antedichas.

ACEPTO

Patiño Mines Enterprises Consolidated (lnc.)

V° B°

G. Barrón

PREFECTO DEL DEPARTAMENTO.

En la Empresa, desde el día en que aceptó las condiciones del Contrato de Trabajo, prestó sus servicios como jornalero, enmaderador, carrero y cabecilla perforista, en las secciones La Blanca, La Salvadora y Laguna.

El dirigente Gabriel Porcel aceptó la sugerencia del escultor y determinó que a Félix Trujillo Omonte se le pagaran sus jornales por quince días hábiles, mientras estuviese posando como modelo delante del escultor, quien no demoró en indicarle las poses que debía asumir para que la escultura resultara tal cual tenía pensado desde que le propusieron realizar un monumento para colocarlo en la Plaza del Minero, como una prueba de que los campamentos y las poblaciones, que nacieron y crecieron al pie de una gibosa montaña, merecían tener un monumento que representara al trabajador minero y fuese una suerte de emblema digno de ser admirado y respetado por propios y extraños.

El modelaje y diseño de la maqueta se llevaron a cabo en una de las viviendas del campamento Gualberto Villarroel, ante las miradas de algunos curiosos que se agolpaban en la puerta de la vivienda donde posaba Félix Trujillo Omonte, con la frente altiva y la mirada tendida en el horizonte, como anunciando el nacimiento de una sociedad sin explotados ni explotadores.

La curiosidad de los vecinos se prolongó por vario días, hasta que la maqueta del minero, de 70 cm, estaba lista para ser presentada al Secretario General del Sindicato, don Irineo Pimentel Rojas, quien fijó la mirada en la maqueta, extraordinariamente trabajada por el artista orureño, y dio su visto bueno para luego ser procesado en los hornos de la fundición de Catavi, donde la maqueta cobraría otras dimensiones, esta vez vaciada en bronce, con una altura de 2.50 metros, el fusil con una medida de 1.30 mts. y la chicharra (perforadora) de 1.50 mts.; una maravilla que sería del pasmo de los obreros de la fundición, quienes, orgullosos del resultado de su trabajo, que se materializó pieza por pieza para luego soldar las partes de la cabeza, el tronco y las extremidades, se tomaron una fotografía delante del magnífico monumento, que lucía espectacular no solo por sus imponentes proporciones, sino también por el enorme significado que tendría para los mineros y sus familias que, por primera vez en sus vidas, verían un monumento en homenaje a los seres que vendían su fuerza de trabajo a cambio de un mísero salario, a los trabajadores que dejaban sus pulmones en los tenebrosos socavones para extraer el mineral y hacer ricos a unos pocos, mientras ellos vivían hacinados en los campamentos, con una escalera de hijos y a cuatro mil metros sobre el nivel de la pobreza.

El pedestal del monumento

Según testimonios de los trabajadores más antiguos, se sabe que, mientras se realizaba el vaciado en bronce en los hornos de la fundición, empezó a construirse, en los predios de la Plaza del Minero, una estructura de piedra y argamasa que serviría como pedestal para colocar el monumento, con una altura de cinco metros y en forma de cúpula, con aberturas en las partes laterales representando el socavón y algunas escenas mineras; en la parte frontal se puso un carro metalero, empujado por un minero carrero, quien, con la lámpara eléctrica enganchada en la parte frontal del guardatojo, el rostro jaspeado por el polvo y ataviado con sacón, botas de goma y mameluco salpicados por la copajira, era el que mejor personalizaba el trabajo de explotación del estaño extraído desde el vientre de la Pachamama.


Se dice que el diseño del pedestal fue realizado por los ingenieros de la empresa y la obra fina por el personal del departamento de construcciones, hasta que, por fin, una vez que todo estaba listo, el monumento fue descubierto el 21 de diciembre de 1954, en homenaje al Día del Minero Boliviano. Así es como esta obra de arte pasó a formar parte del sindicalismo revolucionario y de la historia del movimiento obrero de Siglo XX, Llallagua y Catavi.

Tiempo después, en el pedestal de la enorme figura de bronce, de más de dos metros de alto, se vio la necesidad de colocar en la parte frontal, detrás de una estructura de vidrio y metal, la estatuilla del Tío de la mina, el ser que representa lo profano y lo sagrado en la cosmovisión andina, el personaje central en la mitología minera, a quien le rinden pleitesía ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y botellas de aguardiente. 

Félix Trujillo Omonte falleció en el Hospital Obrero de la Empresa Minera Catavi, el 15 de julio de 1963, a los escasos 38 años de edad, sin volver a ver su tierra valluna, donde trabajó como labrador en su infancia y adolescencia. Según el certificado médico extendido por el Departamento Médico de la Empresa, firmado por Dr. Carlos Torricos T., se constata que el deceso se debió a: colecistitis crónica, colecistectomía, apendicetomía, enfisema sub-cutáneo, colapso periférico; en palabras más sencillas, la causa de la muerte fue por fibrosis nodular (silicosis o mal de mina, conocida también como enfermedad profesional).

El modelo Félix Trujillo Omonte, como todos los mineros, acabó sus días con los pulmones destrozados por la silicosis, dejando a una numerosa familia en la orfandad. Su viuda se conformó con un miserable pago por desahucio e indemnización por varios años de servicios en la Empresa, mientras los jerarcas de la COMIBOL vivían a cuerpo de rey y percibían altos salarios a costa de quienes fallecían al borde de la infinita miseria, dejando a una viuda sin consuelo y una escalera de huérfanos que no tenían más remedio que buscarse otra vida lejos de los campamentos mineros, lejos de los socavones dispuestos a tragarse a quienes se internaban en el laberinto de sus galerías. ¡Qué desgracia más grande para un minero que, además de haber sido el modelo de un escultor, se convirtió en la imagen más visible y fotografiada en la Plaza del Minero de Siglo XX!

Félix Trujillo Omonte fue el perforista que, sin saber la importancia que tendría en la Plaza del Minero, se convirtió en un monumento que, aparte de formar parte del patrimonio histórico del movimiento obrero, se conservará para siempre en la mente y el corazón de los habitantes de los distritos mineros, que escribieron a sangre y fuego las páginas más memorables de la historia boliviana.

El Monumento al Minero como patrimonio histórico

Este memorable monumento, que se yergue en plena Plaza del Minero de Siglo XX, cual gigante de bronce acostumbrado a batirse como un titán contra las rocas, como tantas veces se batió contra los enemigos declarados de la clase obrera, es uno de los mejores que existen en los centros mineros del país.


Ya se sabe que el modelo tenía un físico debidamente proporcionado, puesto que el monumento, una combinación de arena, argamasa, bronce y roca, lo muestra con el torso desnudo, los músculos de hombre acostumbrado al trabajo duro y rudo. Así era Félix Trujillo Omonte, quien, con el pie derecho por delante y asentado la bota sobre las rocas del pedestal, el pantalón arrugado y el cinturón de correa gruesa y hebilla impresionante, que sujeta en la parte posterior la batería de su lámpara engancha al guardatojo, convierte al minero en el héroe de las luchas sociales, portando el fusil en una mano y la perforadora en la otra, como si estuviese decidido a ponerse siempre a la vanguardia de la nación oprimida y conquistar mejores condiciones de vida y de trabajo. Por eso mismo, merece permanecer como patrimonio histórico de la clase obrera, que desde siempre soportó los látigos de la opresión imperialista; se trata, pues, de un monumento que sirve para dejar constancia de que los mineros fueron quienes forjaron la patria con la fuerza de sus brazos y su indiscutible conciencia de clase.

El Monumento al Minero es una esfinge que evoca a los obreros combativos, que algunas veces sufrieron amargas derrotas en las contiendas que costaron baños de sangre, a los que estaban dispuestos a ofrendar su vida a la causa de la revolución proletaria, a los que fueron víctimas de las masacres perpetradas por las fuerzas represivas al servicio de las oligarquía minero-feudal y las tropas del ejército que actuaron al mando de las dictaduras militares.

El Monumento al Minero es también un reconocimiento al trabajo de esos esforzados hombres de los socavones que, escupiendo sangre por la tuberculosis y silicosis, lo dieron todo por el progreso del país a través de una actividad que durante el siglo XX fue el pilar fundamental de la economía nacional. El Monumento al Minero es, asimismo, un reconocimiento a la labor ardua y arriesgada de los trabajadores del subsuelo, sobre todo, cuando la seguridad industrial nunca ha sido una prioridad para los dueños de la empresa, salvo la explotación despiadada para acumular ganancias millonarias a costa de la miseria y el desmerecido sacrificio de los obreros.

El Monumento al Minero es la figura más emblemática de la Plaza del Minero de Siglo XX, cumple la función de conservar la memoria histórica de un proletariado que, durante la exploración de los recursos mineralógicos, fue revolucionario por excelencia. No cabe duda que representa a la clase social antagónica de la burguesía en un sistema de producción capitalista, que tuvo la injerencia de consorcios transnacionales, interesados en la explotación extractivista de los recursos naturales en una nación con enormes desigualdades sociales.

 

lunes, 28 de noviembre de 2022

LA HISTÓRICA PLAZA DEL MINERO

Pasar y repasar por la histórica y gloriosa Plaza del Minero de la población de Siglo XX, sea de día o sea de noche, evoca mucha nostalgia y recuerda un pasado que dignificó las luchas de los mineros nortepotosinos, quienes, con el verbo encendido y su afilada conciencia política, estaban dispuestos a transformar las tareas democráticas burguesas en socialistas, acaudillando a la nación oprimida por el imperialismo y sus sirvientes nativos.

Hablar de la Plaza del Minero es hablar del sindicalismo revolucionario, de ese sindicato que se creó en 1941 y luego construyó su sede con piedra labrada sobre las ruinas de otro edificio que tenía las paredes de adobes y el techo de paja.

En la Plaza del Minero, en momentos en que el ardor de las luchas obreras alcanzaba su mayor esplendor, se realizaban las apoteósicas asambleas, donde no faltaban los discursos que anunciaban el fin del sistema capitalista y el nacimiento de una sociedad con libertades democráticas y justicia social. Los discursos, beligerantes e incendiarios, se pronunciaban al son del ulular de la sirena del sindicato, que servía para convocar a los obreros al trabajo, pero también para convocarlos a las asambleas cuando urgía tomar decisiones en épocas de convulsiones políticas y sociales.

La Plaza del Minero fue el escenario donde se libraron intensas batallas ente los guardianes de la oligarquía minero-feudal, las dictaduras militares y los gobiernos neoliberales. No pocas veces, los obreros, armados con cachorros de dinamitas y fusiles en mano, se enfrentaron a las tropas castrenses y los agentes de la policía, como leones azuzados por sus cazadores, sin perder las perspectivas libertarias ni las esperanzas de coronar una victoria en el campo de batalla.

Cuando el país se encontraba al borde de una guerra civil, durante el gobierno rosquero de Enrique Hertzog, la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia declaró una huelga general. El gobierno ordenó el apresamiento de Juan Lechín y Mario Torrez y envió dos avionetas que ametrallaron los campamentos de Siglo XX, provocando un muerto y varios heridos. Las valerosas amas de casa y los mineros, enardecidos por los violentos hechos, sitiaron la Superintendencia de Siglo XX y tomaron como rehenes a varios técnicos norteamericanos de la Patiño Mines, exigiendo la libertad de sus dirigentes el 29 de mayo de 1949. Horas después, en la segunda planta de la sede sindical, donde se encontraban los rehenes, se suscitó, en circunstancias no del todo esclarecidas, la muerte de John O’Connor, Albert Kreffting y el jefe del campamento de Siglo XX.

En la misma segunda planta, donde estaba –y sigue estando la combativa y varias veces intervenida militarmente– Radio La Voz del Minero, fue victimado a tiros Rosendo García Maisman, dirigente minero y militante del Partido Comunista, en la madrugada del 24 de junio de 1967; es decir, el mismo día que se produjo la horrenda masacre de San Juan.

Las paredes de la sede sindical, con impactos de bala en el frontis, son testigos mudos de las intervenciones militares, las protestas de los obreros y las masacres perpetradas por los regímenes dictatoriales. En el mismo frontis luce el histórico balcón de la segunda planta, donde descollaron las figuras de los dirigentes mineros, amas de casa y estudiantes de secundaria, dispuestos a pronunciar sus arengas contra los enemigos de la clase obrera y el pueblo boliviano.

En la histórica plaza de la población de Siglo XX, además del Monumento al Minero, que no solo es una obra escultórica elaborada con un alto criterio estético, sino también un atractivo turístico de esta tierra minera, se encuentran la estatua de Federico Escobar, la Palliri y Filemón Escóbar, pero también los bustos de Irineo Pimental y César Lora, cuyo pedestal, que parece un sólido bloque de hormigón armado, está lleno de plaquetas conmemorativas y altorrelieves, como la imagen del desaparecido Isaac Camacho y el perfil del líder trotskista Guillerno Lora, incluyendo las inscripciones colocadas en un lugar significativo del busto tallado en mole de granito por el artista Indio Víctor Zapana.

El busto de César Lora fue inaugurado a finales de julio de 1975, en un acto sencillo pero significativo. La inauguración contó con numeroso público que se agrupó alrededor de una fogata que desprendía chispas bajo el cielo cuajado de estrellas. En las plaquetas pueden leerse diversas inscripciones; por ejemplo, en la que está en la parte superior, dice: Homenaje a los mártires obreros asesinados por el gorilismo: César Lora, 29 de julio de 1965. Isaac Camacho, julio de 1967; Julio C. Aguilar, julio de 1965. C.R. del P.O.R. Siglo XX, 29 de julio de 1975. En la plaqueta empotrada en el centro se lee: Los trabajadores de Siglo XX-Catavi a César Lora e Isaac Camacho. Mártires de la revolución proletaria. Siglo XX-Catavi, 29 julio 1975 y en la plaqueta empotrada en la parte inferior, con fondo rojo y letras en alto relieve, se lee: A Guillermo Lora, el redactor de la ‘Tesis de Pulacayo’, Siglo XX, mayo 2009.

El Sindicato Mixto de Trabajadores Mineros de Siglo XX se mantuvo vigente por más de medio siglo, desde el 10 de enero de 1941, fecha de su fundación, hasta 1987, año en que entornó sus puertas, tras el cierre de las minas nacionalizadas dependiente de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) y la famosa Marcha por la Vida, en agosto de 1986. Desde entonces, el sindicato más combativo del país pasó a la historia con sus luces y sus sombras, como cuando llega el ocaso de un día que despertó con una deslumbrante alborada.

Ahora que la sede sindical está vacía y la Plaza del Minero está siendo avasallada por comerciantes minoristas, es obligación de las autoridades ediles conservarla para la posteridad, para que las generaciones del presente y el futuro sepan que en este distrito minero, que parece haber quedado en el olvido tras la relocalización, nacieron, vivieron y se formaron los dirigentes sindicales más combativos del movimiento obrero boliviano.

La Plaza del Minero es uno de los sitios más preciados de esta tierra minera, bañada de mineral, lágrimas, sudor y sangre; es más, los bustos y monumentos conmemorativos son las piezas más visuales y visitadas del paisaje de la población de Siglo XX, en vista de que preservan la esencia misma de un centro minero que tiene un pasado, presente y futuro. La Plaza del Minero, por su valor político, social, cultural e histórico, es el símbolo del heroísmo de una clase social que forjó el destino de la patria profunda y, por eso mismo, el lugar más emblemático y turístico del norte de Potosí. No en vano, el Concejo Municipal de Llallagua, a solicitud de la Asociación de Rentistas Mineros Regional Llallagua y conforme establece la Ley No. 131/2017 del 23 de junio de 2017, Declara a la Plaza del Minero Monumento Histórico de Grandes Revolucionarios y Líderes Sindicales.