viernes, 26 de mayo de 2017



LA CAMA

Leyendo el Kâma-sûtra volví a pensar en la importancia que tiene la cama, donde se hace el amor y se pasa casi la mitad de la vida. Además, quién no ha soñado alguna vez con dormir en una cama reclinable, redonda y giratoria, con una estructura maciza de madera lacada, un colchón confortable que tenga un alma de resortes, una almohada rellenada con plumas de ganso y una colcha suave como la piel de mujer.

En el Kâma-sûtra, ese famoso tratado sobre el arte de amar, el sabio Vatsyayana nos refiere las condiciones que debe reunir la cama para hacer más agradable la relación conyugal y ensayar las sesenta y cuatro posturas distintas de la cópula carnal, en medio de un dormitorio que responde a las necesidades del cuerpo y del alma. Según Vatsyayana, para que la pasión erótica sea aventura inolvidable, la casa debe estar situada cerca de una fuente de agua rodeada por un jardín; debe tener habitaciones, fragantes de perfumes, con una cama blanda algo más baja en su parte central, con guirnaldas y ramos de flores sobre ella, un dosel por encima y dos almohadas, una a la cabecera y otra a los pies.

Debe haber un taburete sobre el cual colocar los ungüentos para la noche, botes que contengan colirio y productos para perfumar la boca. Es decir, para el sabio hindú, la cama deja de ser una simple hamaca, un mullido de paja o un armazón -en el cual se ponen jergón, colchón, sábanas, mantas, colcha y almohadas-, para trocarse en un objeto que estimula la fantasía sexual y despierta la pasión erótica, sobre todo, sabiendo que tanto el hombre como la mujer tienen los mismos deseos y derechos a la hora de meterse en la cama, donde todos los lados son igual de importantes, al menos si se tiene la intención de poner en práctica, además del estilo de misionero, las sesenta y cuatro posturas distintas recomendadas en el Kâma-sûtra.

La cama, desde tiempos inmemoriales, es un pequeño escenario donde se dan cita no sólo los acróbatas y contorsionistas del arte de amar, sino también los hombres y las mujeres comunes que necesitan relajarse del cansancio y buscar el placer sexual con los medios que están a su alcance. La cama es, pues, un territorio donde el acto sexual adquiere dimensiones sacramentales, como el rito hindú, en el cual una pareja, antes de acostarse, debe asearse el cuerpo, limpiarse los dientes, aplicarse ungüentos y perfumes. El hombre debe afeitarse la cabeza, la cara y lavarse el miembro desde los testículos hasta la glande; en tanto la mujer, aparte de asear cuidadosamente sus intimidades, colorear sus ojos y labios, debe lubricarse con aceite y adornar su cuerpo con alhajas.

Evolución de la cama

La cama ha sido -y seguirá siendo- una de las mejores y necesarias invenciones del hombre, quien, incluso antes de erguirse de su condición de primate, buscó un sitio para pasar las horas de sueño, aunque primero inventó la almohada y después la cama. Transcurrió mucho tiempo antes de que el hombre primitivo dejara de dormir en camastros de hojas y hamacas de raíces trenzadas.


En la Biblia, Jacobo tenía una piedra de cabecera y en la China antigua se usaban almohadas hechas con cañas de bengala. Pasito a paso, las almohadas adquirieron patas y también un cielo que las tapa. Los emperadores hicieron de la cama su segundo trono, y desde allí, desde esas camas, que lucían patas con garras de leones, impartían órdenes a sus súbditos, allí se apoltronaban para conversar, comer, beber, amar, dormir y morir con la felicidad metida en el alma.

Los baldaquines del renacimiento, más que camas, parecían casas y las camas brocadas, talladas en la época barroca, podían servir como escenarios para orgías perpetuas. No obstante, entre estas camas, la que se lleva la rosa, por su tamaño y forma, es la mencionada por William Shakespeare en uno de sus dramas; la cama tiene una superficie de once metros cuadrados y se dice que en ella durmió Charles Dickens. En la actualidad, esta cama se conserva como pieza rara en un Museo Británico.

Las camas no siempre han sido iguales a lo lago de la historia, sino diferentes de época a época y de cultura a cultura. Esquematizando, se puede mencionar la cama sencilla del tipo griego, una superficie plana sobre cuatro patas; la cama redonda, donde duermen varias personas juntas; la cama turca, sin cabecera y a modo de sofá sin respaldo ni brazos; la cama vientre, cerrada como una habitación de paneles que separan del mundo y corresponde al período medieval; la cama con baldaquines, que decoran el sueño vestido de lujo y protegen de las agresiones externas; la cama abierta, donde sólo se protege la cabeza de la pared y los pies del vacío.

En el siglo XV aparecen las primeras camas con paneles y columnas ricamente ornamentadas. Esta moda permanece hasta el siglo XVII. En el atrio del siglo XVIII se aligeran los brocados y vuelve a surgir la madera. Cabeceras y columnas talladas pueden verse tras los satenes y tafetanes. Con Luis XVI se vuelve a la cama simple, de sencilla elegancia y trazo neoclásico, con cabecera y pie tapizados. Hay camas que transmiten ideologías en su ornamentación para remarcar la importancia social de su usuario, como las construidas durante la revolución francesa, donde renacen los drapeados y las camas se llenan de símbolos, lanzas y gorros frígidos, o la que construyó Fabergén en plata y con cuatro esculturas móviles para cuidar los sueños eróticos de un maharaja caprichoso.


En Europa, hasta la Edad Media, no se distinguía el sitio para dormir de las otras habitaciones de la casa, a diferencia de lo que sucede en la época moderna, en la que el dormitorio es un espacio físico independiente y cuya función no sólo está destinada a relajar el cansancio del cuerpo, sino a hacer del sueño una realidad y del amor una fantasía. En tal virtud, las recámaras y dormitorios son los sitios más atractivos de una casa, pues allí se concentra el calor del hogar y allí se refugian los individuos desde el nacimiento hasta la muerte.

La manía de escribir en la cama

Entre la variada gama de escritores que ostentan diversas manías, yo me identifico con quienes tienen la manía de escribir en la cama, pues es el único espacio, de dos metros por dos, donde el individuo habita por completo y saca a traslucir su estado más natural, aparte de que es un mueble indispensable donde comienza y termina el ciclo de la vida. No en vano Vicente Aleixandre, Marcel Proust y Juan Carlos Onetti cerraron el ciclo de su creación literaria en la cama. Tampoco se puede negar que Don Quijote -como su creador- pergeñó sus aventuras en la cama, que Miguel de Unamuno y Ramón María del Valle-Inclán recibían a sus amigos en la cama, o que Oscar Wilde escribió sus mejores obras en posición horizontal, al igual que Marcel Proust, quien reposaba hasta pasado el mediodía, escribiendo y corrigiendo sus manuscritos. Por eso la cama de Proust, en la cual pasó las tres cuartas partes de su vida, estaba siempre destendida, salpicada de folios y hojas sueltas que delataban su caligrafía menuda. Pasaba más tiempo en la cama que en el escritorio, ordenando sus asuntos y peleando con la máquina para terminar una crónica sin firma, en medio de un silencio que le era necesario para escribir lejos del ruido mundano y a espaldas del tiempo.


Las camas y recámaras, en todas las épocas, han tenido su debida importancia. En 1620, la marquesa de Rambouillet convirtió su recámara en un salón literario, donde reunía a sus amigos en célebres tertulias. En México, Frida Kahlo pintó algunos de sus autorretratos postrada en la cama, mirándose en el espejo empotrado en el techo de su recámara. Por cuanto la cama no sólo sirve para retozar y dormir, sino también para nacer, crear, amar y morir, tal cual reza el proverbio: En la cama duerme el Rey y duerme el Papa, porque de dormir nadie se escapa.

Por lo que a mí respecta, y sin el menor rubor en la cara, debo confesar que durante mucho tiempo tuve la manía de escribir en la cama. A veces, entre el sueño y la creación literaria, me asaltaba la extraña sensación de parecerme a un sultán, aunque no estaba rodeado de mujeres adornadas con joyas y velos, sino apenas de almohadas que relajaban la tensión de mi cuerpo. Por las mañanas, al incorporarme en la cama, pegaba un salto hacia la silla del escritorio, y lo primero que hacía era coger mi pipa, llenarla de tabaco, llevármela a la boca y encenderla para que la fragancia del humo revoloteara entre las paredes del escritorio, que a la vez hacía de dormitorio. A un lado de la cama estaba el estante rojo empotrado en la pared, con los libros al alcance de la mano; y, al otro, el escritorio negro sobre el cual tenía el Pequeño Larousse y el diccionario de sinónimos, un papel a medio escribir metido en el rodillo de la máquina y una computadora en cuya pantalla se reflejaban los movimientos más ridículos que ejecutaba en la cama.

De modo que escribir en la cama es también una manía de escritor, quizás un vicio secreto sobre el cual todos prefieren callar, por temor a perder el pudor y la amistad, o quedarse definitivamente anclados en el aislamiento y la soledad que, al fin y al cabo, es la única y mejor compañera de quienes tienen la manía de escribir.

sábado, 20 de mayo de 2017


TANIA, LA GUERRILLERA INOLVIDABLE

Cuando Tamara Bunker (Tania) llegó a Bolivia en noviembre de 1964, con el nombre de Laura Gutiérrez, de nacionalidad argentina y profesión etnóloga, en la frontera andina se le anticipó un viento que hablaba la lengua aymara.

Tania vivió en La Paz dando la apariencia de ser una persona pudiente y, valiéndose de su vasta cultura e inteligencia, empezó a hilar amistad con personalidades afines a la cúpula del gobierno. Así, camuflada, se mantuvo por mucho tiempo, sin que nadie sospechara de ella, ni siquiera los presidentes René Barrientos Ortuño y Alfredo Ovando Candia, junto a quienes emerge su imagen en una fotografía captada durante una concentración campesina.

Al iniciar la fase de preparación y organización de la lucha armada, Tania era ya un engranaje indispensable en el desarrollo del trabajo urbano de la guerrilla, aunque la idea general de su utilización por el Che –recuerda Harry Villegas (Pombo)– no era de que participara directamente en la ejecución de acciones, sino que, dadas las posibilidades de conexiones en las altas esferas gubernamentales y dentro de los medios donde se podía obtener algún tipo de información estratégica y de importancia táctica, dedicarla abiertamente a este tipo de tarea y mantenerla como reserva, desde el punto de vista operativo, que en un momento determinado fuera necesario utilizar a una persona que no fuese sospechosa, contándose con alguien confiable para poder realizar el ocultamiento de algunos compañeros e incluso la recepción de algún mensajero que viniese con algo extremadamente importante.

En diciembre de 1966, en vísperas de Año Nuevo, Tania y Mario Monje llegaron al campamento guerrillero, donde los esperaba el Che. Su llegada fue un verdadero júbilo para todos, no sólo porque la conocían desde Cuba, sino también porque llevó consigo grabaciones de música latinoamericana.

En esa ocasión, el Che habló primero con Tania y después con Monje. A Tania le dio la instrucción de viajar a Argentina para entrevistarse con Mauricio y Jozami, y citarlos al campamento. A Monje, que pretendía detentar el mando supremo de la lucha armada, le dijo: la dirección de la guerrilla la tengo yo y en esto no admito ambigüedades, porque tengo una experiencia militar que tú no tienes. A lo que Monje contestó: mientras la guerrilla se desarrolle en Bolivia, el mando absoluto lo debo tener yo (...) Ahora si la lucha se efectuara en Argentina, estoy dispuesto a ir contigo aunque no más fuera para cargarte la mochila.

Apenas Tania cumplió su misión, sorteando los diversos obstáculos, retornó acompañada, entre otros, de Ciro Bustos (sobreviviente de la guerrilla de Salta). Y desacatando las instrucciones del Che, quien la ordenó no regresar a Camiri porque corría el riesgo de ser detectada, condujo en su jeep a Régis Debray, Ciro Bustos y otros, a la Casa de Calamina en Ñancahuazú.

Éste fue su tercer y último viaje a la base guerrillera, puesto que a partir de entonces se incorporaría a la lucha armada. Es decir, a compartir con sus compañeros todo cuanto aprendió en Cuba. El Che, considerándola una combatiente más, le entregó un fusil M-1.

Su adaptación al medio geográfico fue asombrosamente rápida, a pesar del terreno abrupto. Había momentos en que hubo que colgarse por sogas –dice Pombo–, en que hubo que gatear, prácticamente, arañando sobre las rocas, y podemos decir con toda sinceridad que Tania lo hizo en muchísimos casos con más efectividad que algunos compañeros, que, siendo hombres, tampoco estaban adaptados a este tipo de condiciones de vida.


No obstante, meses después, debido a su delicado estado de salud, el Che la dejó en el grupo de la retaguardia, donde habían algunos elementos considerados resacas, y donde el valor estoico de Tania sirvió de ejemplo a varios de sus compañeros, junto a quienes, cuatro meses más tarde, caería acribillada en la emboscada de Vado del Yeso.

A fines de agosto de 1967, la tropa guerrillera, comandada por Vilo Acuña Núñez (Joaquín), salió al Río Grande y, orillándolo, llegó al cabo de una jornada a la casa de Honorato Rojas, de quien, meses antes, dijo el Che: El campesino está dentro del tipo; capaz de ayudarnos, pero incapaz de prever los peligros que acarrea y por ello potencialmente peligroso.

Cuando la retaguardia contactó a rojas, nadie pensó que la delación de este cobarde los arrojaría bajo el fuego enemigo. En efecto, el día en que fue apresado junto a otros campesinos, se comprometió a colaborar con las tropas del regimiento Manchego 12 de Infantería.

Por la noche, los guerrilleros durmieron en la casa del campesino y, al despuntar el alba, se retiraron, previo al acuerdo de que al día siguiente los guiaría, por un paso corto, hacia el Vado del Yeso.

Esa misma noche, una compañía de soldados, dirigida por el capitán Mario Vargas, marchó en dirección al Masicuri Bajo. Al otro día, el jefe del destacamento discutió los últimos detalles del plan con Rojas. Usted haga lo que los guerrilleros le han pedido –le dijo–. Pero hágalos cruzar el Vado exactamente donde yo le diga y no más tarde de las tres.

El 31 de agosto, a la hora convenida, los guerrilleros se encontraron con el campesino, quien les guió un trecho y les indicó el Vado. De súbito, la columna guerrillera hizo un alto y el teniente Israel Reyes (Braulio), como presintiendo el holocausto anunciado, dijo: Hay muchas pisadas por este lugar. El campesino, dubitativo, contestó: Son mis hijos vigilando a los chanchos.

Los guerrilleros caminaron un trecho y, antes de que el sol declinara a su ocaso, el campesino se despidió dándoles la mano. Luego se alejó sin volver la mirada, mientras su camisa blanca servía como señal a los soldados agazapados en las márgenes del río, prestos a presionar el dedo en el gatillo.

El capitán Vargas, al detectar a los guerrilleros entre los árboles que sombreaban el sendero, levantó los prismáticos a la altura de sus ojos y divisó la imagen física de Tania; era una mujer blanca en medio de la estepa verde, delgada por las privaciones de la lucha. Llevaba pantalones moteados, botines de soldado, blusa desteñida, mochila y fusil al hombro.

La distancia entre las tropas se hizo cada vez más corta. Braulio se internó en la emboscada y los soldados apuntaron sus armas contra los guerrilleros.

Braulio fue el primero en sentir el roce tibio del agua. Volteó la cabeza y, machete en mano, ordenó cruzar el río. Tania avanzaba en la retaguardia, antecedida por un guerrillero boliviano a quien el Che lo llamó resaca. Cuando se hubieron sumergido en el agua -excepto José Castillo-, con la mochila pesada y sosteniendo el arma sobre la cabeza, el capitán Mario Vargas impartió la orden de abrir fuego.

Los tiros vibraron como alambres tensos y, en medio de un torbellino de agua y cuerpos, los combatientes fueron cayendo en ademanes de fuga. Quienes no murieron en la primera descarga, se dejaron arrastrar por la corriente o se zambulleron. Braulio, haciendo ágiles contorsiones, disparó contra un soldado que estaba en el flanco, mientras los otros fallecían dando tiros en el aire. Tania intentó manipular su fusil con destreza, pero una bala le atravesó el pulmón y la tendió sobre el remanso.

Entre las ropas chamuscadas, la sangre y los cadáveres, quedaron dos prisioneros y otro que se escabulló en la maleza, hasta que una patrulla de rastrillaje dio con él y lo acribilló en el acto.

Al cabo de la masacre, los soldados, que disparaban todavía contra todo bulto que flotaba en el agua, no dieron con el cadáver de Tania. El médico José Cabrera Flores (Negro), al verla herida, quiere salvarla y se deja arrastrar por la corriente. El médico sale a la orilla arrastrando el cuerpo de la guerrillera. Verifica que está muerta, abandona el cadáver y vaga por los senderos, hasta que lo encuentran por el rastreo de los perros. El médico es asesinado por el sanitario de la patrulla que lo capturó.

Los soldados prosiguen la búsqueda de Tania y, a los siete días, encuentran su cadáver en la orilla. Se encontró también la mochila, con algo que tanto quiso a lo largo de su vida: la música latinoamericana.

Concluida la misión, los soldados inician su marcha hacia Vallegrande, con los cuerpos de los guerrilleros atados a largas ramas.

El capitán Mario Vargas es condecorado con galones y promovido a Mayor de ejército por su fulgurante carrera militar y, al mismo tiempo, es víctima de trastornos psíquicos y pesadillas angustiosas, en las que ve a Tania incorporándose con el fusil en alto, dispuesta a vengar su muerte.

Bibliografía consultada

Guevara, Ernesto-Che: Obras 1957-1967. I. La acción armada. Ed. François Maspéro, París, 1970.
Lara, Jesús: Guerrillero Inti. Ed. Los Amigos del Libro, Cochabamba, 1971.
Peredo-Leigue, Guido-Inti: Mi campaña junto al Che. Ed. Siglo XXI, México, 1979.
Rojas, Martha. Rodríguez, Mirta: Tania, la guerrillera inolvidable. Ed. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1974. 

viernes, 5 de mayo de 2017


EL AUTOCARRIL AL CAPONE DE PATIÑO

Este autocarril de antaño, que los ferroviarios vieron pasar y repasar delante de sus ojos, con la boca abierta y el aliento sostenido en la garganta, se encuentra en el Museo Ferroviario del Municipio de Machacamarca, a unos 30 km. al sur sobre la carretera interdepartamental Oruro-Potosí, donde se exhiben algunas reliquias de la época dorada de la historia del ferrocarril y el auge de la minería en Bolivia.

Un oasis en pleno altiplano

La población de Machacamarca, ubicada en la provincia Pantaleón Dalence, parece tener más árboles que habitantes, es una suerte de oasis en pleno altiplano, con numerosos árboles frutales flanqueados por álamos, sauces, pinos y cipreses que, además de ornamentar las adoquinadas calles, cobijan el trino de distintas aves que arrullan y revolotean entre sus ramas.

Está claro que los empleados alemanes, estadounidenses e ingleses de la Empresa Minera de Simón I. Patiño, para hacer más llevadera su prolongada estadía en estas inhóspitas tierras, llenas de polvo, grava y viento, se dieron a la tarea de arborizar la meseta, que en otrora parecía un territorio desolado como un desierto. Incluso se cuenta que los pobladores, en su mayoría de ascendencia indígena, se hacían regalar gajos para plantarlos en sus patios, con la esperanza de que un día tuvieran una exuberante vegetación y la sensación de estar viviendo en una zona subtropical, asediados por el rebalse de las aguas del río Desaguadero y la laguna Uru-Uru.


No cabe duda de que la antigua estación de trenes de Machacamarca, emplazada en la llanura desde 1913 a 1921, contribuyó al transporte de las cargas de mineral, a falta de buenas carreteras para el tráfico vehicular, entre los centros mineros del norte de Potosí y la capital del folklore boliviano.

En la actualidad, en la misma estación donde antes funcionaba la maestranza del ferrocarril, atravesada por un laberinto de rieles que se pierden en el horizonte, se encuentra el Museo Ferroviario en una especie de galpón de techo alto y paredes forradas con calamina, que abrió sus puertas al público el 13 de julio de 2005.

Las reliquias del Museo Ferroviario

El Museo, actualmente administrado por la Alcaldía Municipal, es una verdadera atracción turística, capaz de transportarnos, a través de una interesante colección de piezas de incalculable valor histórico, hacia el memorable pasado de la industria minera del país, que tuvo su mayor apogeo durante las primeras décadas del siglo XX.

En el Museo Ferroviario, no muy lejos de los árboles de frondoso follaje y herrumbrosos desechos olvidados sobre los rieles, se exponen locomotoras de diferentes modelos y tamaños, unos vagones que, durante la Guerra del Chaco, sirvieron también para transportar a los soldados bolivianos hacia los frentes de batalla, una maestranza donde se realizaban trabajos de mantenimiento de la empresa ferroviaria, con torno, martillo eléctrico mecánico, prensa y otras herramientas muy bien conservadas y, para rematar el recorrido por sus ambientes colmados de maquinarias y recuerdos, una muestra de fotografías antiguas que reflejan la memoria de los trabajadores y sus familias.


Aquí mismo, entre el legado histórico del ferrocarril boliviano, se encuentra estacionada la primera locomotora alemana que arribó a la ciudad de Oruro (1912), la locomotora a vapor No. 12 (1944), la locomotora Sulzer No. 20 (1956) y, entre estas imponentes bestias forjadas en hierro, lo que más llama la atención del visitante es el lujoso autocarril Al Capone, que perteneció al barón del estaño Simón I. Patiño.

El autocarril del magnate minero

El motorizado Buick modelo 1938, que fue importado desde Estados Unidos hasta Machacamarca en 1940, debía cumplir la función de transportar al magnate minero hacia las localidades de Uncía y Llallagua, donde las minas de estaño lo habían convertido de un muerto de hambre en un hombre de negocios a escala mundial.

El autocarril, que se desplazaba como una periquita por las pampas y faldas de los cerros, atravesando por puentes y túneles construidos a base de alta ingeniería, fue bautizado con el nombre de Al Capone, por la semejanza con el automóvil que usaba el capo de los gánsteres de Chicago, con la diferencia de que el vehículo adquirido por Patiño fue adaptado para su desplazamiento sobre rieles y no sobre ruedas de caucho.

El autocarril Al Capone, adquirido por Simón I. Patiño para viajar hacia las minas que lo entronaron como al Rey del Estaño, fue devuelto por Ferrocarril Andina (FCA) a las autoridades del Municipio de Machacamarca, para que fuera expuesto como una reliquia en el Museo, junto a una rigurosa documentación que registraba los siguientes datos: Fabricante Buick, tipo Sedan, año de construcción 1938, procedencia alemana, fue puesto en servicio sobre cuatro ruedas de fierro en 1940, su peso es de 3.69 toneladas, velocidad máxima de 80 kilómetros por hora, está hecho de acero y con asientos de cuero.

Este portento de la creación humana, digno de ser exhibido en cualquier museo del mundo, para el deleite de los curiosos que desean conocer los curiosos gustos de un hombre forrado de dinero, está compuesto de una carrocería Fisher Body Corp. Job No. 8630, Body No. 355; dos faroles delanteros, un asiento delantero, un asiento trasero, dos asientos auxiliares, cuatro puertas, un tablero de control y un miriñaque. El motor es a gasolina 8L (8 cilindros), sistema de arranque, sistema de admisión de aire, sistema de escape, sistema de alimentación, sistema de refrigeración, sistema eléctrico. La transmisión cuenta con una caja de velocidad automática, una corona, un cardan, frenos, bogue delantero y eje trasero. Todo lo demás, está hecho sólo para mirar y no tocar.

El Cadillac de Al Capone

Estando al lado de este fabuloso coche, en cuyo laqueado uno puede reflejarse de cuerpo entero como en un límpido espejo, es difícil no pensar en el mítico gánster estadounidense Alphonse Gabriel Capone, más conocido como Al Capone o Scarface (Cara cortada), apodo que recibió debido a la cicatriz provocada en una riña por faldas en la que su rival le cortó tres veces la cara con una navaja de resplandeciente filo.


En los años 20 de la pasada centuria, Al Capone, convertido en el Rey del Hampa, puso bajo su dominio los negocios ilícitos de la ciudad de Chicago, como eran el tráfico de bebidas alcohólicas, el manejo de casas de citas y salones de juegos de azar. De modo que en 1927, burlado el control policial y generando temor entre sus adversarios de los bajos fondos, amasó una fortuna que ascendió a los cien millones de dólares, una ganancia ilícita que le permitió, entre otras cosas, adquirir un Cadillac Town Sedan V8 en 1928.

Desde entonces, la historia del coche de Al Capone se hizo extensa debido a que era uno de los primeros blindados que se camuflaba entre los automóviles de la policía y algunos ejecutivos por su inconfundible color, pintado en verde con los pasos de rueda en negro, igual que otros 85 autos del Departamento de la Policía de Chicago.

El coche blindado a prueba de balas, perteneciente al mafioso más mentado del crimen organizado, se deslizaba sobre sus ruedas con una potencia de 90 caballos de fuerza y una caja de trasmisión manual de tres velocidades. Entre sus puntos fuertes del Cadillac estaban los vidrios antibala, con una pulgada de espesor; tenía sirenas y emisoras; sus cuatro frenos eran de tambor y la suspensión trasera de ballestas semielípticas; en la parrilla delantera llevaba ocultas un par de luces rojas intermitentes y en la ventanilla trasera tenía un orificio para sacar el cañón de una ametralladora liviana y disparar ráfagas a diestra y siniestra

Cuando Al Capone fue detenido por la policía en 1931, acusado por evasión de impuestos y posteriormente condenado a pasar el resto de sus días en la prisión de mayor seguridad llamada Alcatraz, el coche fue confiscado y pasó de mano en mano, paseándose por las carreteras de diferentes países. No faltan quienes aseveran que incluso el expresidente de los Estados Unidos, Franklin Roosevelt, llegó a usar el famoso Cadillac del gánster más famoso de todos los tiempos.

Un extravagante deseo

Desde luego que ese Cadillac, que tenía blindajes con planchas de acero en el interior y vidrios de una pulgada de espesor, no fue el que llegó a manos del barón del estaño, sino otro que intentaba replicar el modelo del original. Por cuanto el autocarril de Simón I. Patiño no estaba equipado como el Cadillac de Al Capone, no tenía el mismo peso ni el mismo color.

Se sobreentiende que el carrocero alemán fabricó esta maravilla para concretizar una de las extravagantes ilusiones del potentado minero, quien, embobado de ver que sus ganancias se multiplicaban en los tableros de la bolsa de valores de los bancos europeos y norteamericanos, no sabía en qué dilapidar su dinero. Así que un buen día, se le ocurrió la idea de darse el gustito de comprar un autocarril para que pudiera recorrer, como deslizándose por una autopista continental, por las pampas y laderas de los cerros del altiplano, cuyos yacimientos de estaño lo convirtieron en uno de los diez multimillonarios del mundo.


Al contemplar el autocarril Al Capone de Simón I. Patiño, que es una de las piezas más apreciadas del Museo Ferroviario, es posible imaginarse que cuando el Rey del Estaño ocupaba el asiento del conductor, lo primero que hacía era aferrarse al volante y manipular la palanca de la caja de cambios, al menos para tener la sensación de que era él quien conducía y determinaba la dirección del coche, aunque éste se movía casi por si solo sobre las paralelas instaladas de manera fija entre una estación y otra.

Si algunos se preguntan por qué el magnate minero mandó a fabricar un coche parecido al Cadillac de Al Capone, lo más probable es que las respuestas sean tantas como tantos son los visitantes del Museo, aunque yo me quedo con sospecha de que este autocarril, cuyos principales atributos eran la elegancia y la velocidad, le fascinó a Simón I. Patiño desde que se enteró que con este coche, diseñado al mejor estilo de los mafiosos norteamericanos, no sólo le serviría para huir de la pobreza como una fugaz liebre, sino también porque él sería el único en lucir este formidable objeto en un país que bostezaba de hambre.

miércoles, 3 de mayo de 2017


EL OFICIO DE ESCRIBIR

Un escritor se entrega a la literatura como quien se entrega a una adicción inconfesable, ante la suspicacia de los padres que siempre desean que sus hijos tengan profesiones rentables, ya que un hijo dedicado a las bellas artes está casi siempre condenado a llevar una vida miserable, de incomprensión y, en el peor de los casos, de marginación.   

Sin embargo, la actividad literaria, además de revelarnos los secretos del oficio de contar historias reales y ficticias, nos permite explorar los abismos del ser humano, quien constituye el principal personaje de una obra de creación literaria, que suele moverse a caballo entre la realidad y la fantasía, entre la luz y las tinieblas, entre la veracidad y lo misterioso.

El escritor, a través de narrar diversas historias, accede a otras vidas y otras realidades, donde habitan los personajes creados por el poder de la imaginación, considerando que la vida imaginaria es más rica que la rutinaria. Los cuentos, por ejemplo, son una suerte de pantallazos entre la realidad y la ficción o como bien decía Borges: La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.

La imaginación, al ser un proceso más abstracto que concreto, no necesita de un objeto que esté presente en la realidad, pues se sirve de la memoria para manipular la información de modo que no dependa del estado actual del organismo. Así, la imaginación toma elementos antes percibidos y experimentados, y los transforma en nuevos estímulos y realidades.

El dominio de la escritura surge del constante ejercicio con la palabra y la fantasía que se hace cuento, un cuento que revela la realidad y la ficción que habita en el fuero interno de cada individuo; es más, la escritura es como cualquier otro oficio que se ejerce con la pasión del alma y la fuerza de la imaginación, aunque no siempre sea, como ya lo dijimos, una actividad redituable.

En lo que a mí respecta, gracias al ejercicio de la literatura, he comprendido que tengo una vida más humana y he profundizado mis ideales de justicia y libertad, aunque es cierto que, en repetidas ocasiones, me pregunté si en el contexto social en el que vivía, donde eran más los que pedían que los que daban, valía la pena dedicarse a la literatura; pero no me dejé vencer por el pesimismo y, a pesar de los escasos estímulos con que cuenta un narrador de historias, seguí escribiendo incluso a sabiendas de que los escritores, salvo muy pocas excepciones, no pueden vivir de su oficio de artesanos palabreros, por mucho de que fueran oficialmente reconocidos, debido a que en la inmensa fauna literaria son muchos los invitados pero muy pocos los elegidos.

Comprendí también que no bastaba con ser un brillante narrador y un excepcional expositor de ideas políticas. Lo esencial estribaba en ser un meticuloso observador de la realidad social y un auténtico intérprete de los sentimientos humanos; dos factores esenciales de la creación literaria que deben estar en perfecto equilibrio. Lo otro, lo que corresponde a los mecanismos socioeconómicos que generan cambios en una sociedad, no dependen de la genialidad de las obras literarias, sino de los sistemas políticos en función de gobierno.

Asimismo, y contrariamente a lo que muchos se imaginan, la literatura no es un quehacer de ociosos ni improvisados, que en épocas de depresión social y desocupación surgen como hongos después de las lluvias, sino una actividad que exige disciplina, responsabilidad y esfuerzo constante. Quizás por eso, una de las mayores preocupaciones del escritor es escribir cada vez más y mejor, convencido de que, a veces, el oficio de escribir resulta tan difícil como meter un elefante en una botella, sobre todo, cuando la magnitud de lo que se quiere contar no cabe en una simple hoja de papel.

Considero que el acto de escribir no es un hecho excepcional ni una virtud reservada sólo para unos pocos elegidos ni una tarea divina, habida cuenta de que cualquiera de nosotros podría crear historias o poemas que expresen sentimientos y pensamientos. Además, siempre he creído que todos tenemos algo de narradores, ya que nos pasamos los días contando a nuestros conocidos los episodios de nuestra vida, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Si la tradición oral le acompañó al hombre desde sus orígenes, entonces es lógico concebir la idea de que la necesidad de expresarse de manera oral o escrita no es un privilegio reservado sólo para los grandes literatos, sino una actividad que puede desarrollar cualquier ciudadano, así no tenga destellos de genialidad ni deje un notable legado literario para la posteridad.

Estoy consciente de que no todas las ideas llevadas al papel tienen un valor literario relativo, así estén escritas con sobriedad y transparencia, debido a que la obra de un autor es una suerte de hojarasca que es dispersada por el tiempo, y de la cual no queda sino aquello que tiene un cierto valor sustancial, aquello que se escribió con la experiencia vivida, con la lucidez de la mente y la sensibilidad del corazón.

Por otro lado, desde un principio supe que la escritura no es un oficio vano, sino una suerte de semillas que un día se siembran en el camino y que otro día se cosechan como frutos maduros. Esto ocurre cuando se escribe por puro gusto y no por buscar la fama ni la fortuna. Tampoco comparto la idea de que un escritor debe buscar su eternidad a través de la literatura, porque tengo la certeza de que la vida, con o sin el escritor, seguiría inevitablemente su curso; lo contrario, implicaría querer parar las agujas de un reloj para que no marquen las horas.

sábado, 15 de abril de 2017


JESUCRISTO, EL NAZARENO

Bastó mirar esta fotografía para comprender que los alfareros latinoamericanos venden tu imagen pintada con los mismos colores que representa su población tras más de quinientos años de colonización y mestizaje.

Esta misma fotografía me despertó la curiosidad de saber algo más sobre tu vida. Claro está, cómo no me voy a sentir intrigado por las proezas de quien era capaz de caminar sobre la superficie del agua, sin hundirse ni mojarse, que amainaba las tempestades con un soplo, que convertía el agua en vino y la tierra en pan, que saciaba la sed y el hambre de miles de personas con sólo cinco panes y dos pescados, que curaba a los enfermos y resucitaba a los muertos.

Sin embargo, varias de mis preguntas han quedado sin respuestas. Nadie puede explicarme, por ejemplo, cómo te concibieron por obra y gracia del Espíritu Santo en el vientre de María, una mujer que era virgen a pesar de tener marido y que siguió siendo virgen después del parto. Es misteriosa tu encarnación, por eso supongo que si eres el hijo de Dios, hecho hombre para redimir al género humano, no eres el hijo biológico de José, el carpintero y legítimo marido de tu madre, sino sólo su hijo adoptivo.

Tampoco se sabe la fecha exacta de tu nacimiento; unos dicen que fue durante el reinado de Augusto; otros, en cambio, aseveran que llegaste al mundo durante el gobierno de Herodes, el tirano de Judea y enamorado de Salomé, su bellísima hijastra, quien, a cambio de entregarle las llaves de su amor, le pidió la cabeza decapitada de Juan Bautista, el profeta que vivió en el desierto, alimentándose con saltamontes y miel salvaje, y quien, metido en las aguas del río Jordán, bautizó a los creyentes, anunciándoles con voz encendida: ¡El verdadero Mesías está ya en camino y pronto se hará el Reino de Dios!...

Cuando los adivinos y sacerdotes le anunciaron a Herodes que habías nacido en un pesebre de Belén, con la misión de gobernar a tu pueblo e instaurar un imperio de paz y de amor, Herodes se sobrecogió de asombro y, acosado por el pánico, mandó a degollar a los niños menores de tres años, temeroso de que el príncipe de la paz, anunciado por las profecías, hubiese ya nacido cerca de sus narices. Lo demás es puro cuento, y tú lo sabes bien. Te salvaste del filo de la espada por milagro y por milagro fuiste a dar en Egipto y otra vez en Nazaret. Pero lo que no queda claro es la fecha de tu nacimiento. Si los investigadores de las Sagradas Escrituras dicen que Herodes murió cuatro años antes de tu nacimiento, entonces habría que deducir que naciste algunos años antes de la muerte de Herodes. Es decir, la llamada Era común, que también lleva tú nombre, está cronológicamente mal calculada.

Los cuatro evangelios, así como no revelan varios detalles de cómo viviste hasta los 30 años de edad, aparte de la suposición de que ejercías de carpintero como tu padre adoptivo y diestro polemista contra los fariseos y saduceos, tampoco revelan qué idiomas hablabas, además de ese dialecto cercano al hebreo, que te identificaba como a Galileo. Algunas veces pienso que, por ser el hijo de Dios, creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles, dominabas todas las lenguas que él mismo las confundió por castigo en la Torre de Babel. Otras veces me sigo preguntando si acaso hablabas el griego y el latín; de no haber sido así, ¿en qué idioma te comunicabas con el procurador romano Poncio Pilato y en qué idioma conversabas con los forasteros que cruzaban tu camino? ¿Conocías La República de Platón y El Estado de Aristóteles? ¿Sabías algo sobre los dioses del Olimpo y las tragedias griegas?... Los evangelios no me dan las respuestas por mucho que las busco sobre líneas y entre líneas. De modo que, recogido en mis dudas e interrogantes, me veo obligado a sacar mis propias conclusiones, que no siempre son coherentes ni satisfactorias.

Si aún no lo sabías, te anuncio que eres un Jesucristo hecho a imagen y semejanza de cada pueblo, raza y cultura. Tal vez por eso, en los mercados de la América mestiza se venden Jesucristos blancos y Jesucristos morenos, ya que en los cuatro evangelios, donde se citan tus palabras y se describen tus milagros, no se menciona casi nada sobre tu aspecto físico. Nadie parece saber si fuiste alto o bajo, gordo o flaco; si tenías el pelo negro o rubio, rizado o lacio. Ningún apóstol te ha descrito con ese lujo de detalles tan propio en los protagonistas de los novelistas o dramaturgos, aunque algunos pintores intentaron retratarte con la melena desgreñada y la barba crecida, el cuerpo magro y el rostro macilento, una imagen a la que nos fuimos acostumbrando con el correr de los siglos.

Los cuatro evangelios, escritos probablemente entre los años 70 y 80 después de tu muerte y resurrección, se refieren sólo a los dos o tres últimos años de tu vida pública, en los cuales escogiste a tus apóstoles y predicaste verdades profundas, perseguido por tiranos y fariseos, quienes consideraban tus palabras un fenómeno sacrílego de peligrosa agitación y, lo que es peor, no veían en ti al redentor de la humanidad, sino al simple impostor que, vestido en harapos, se mezclaba con los pordioseros, las prostitutas y los pecadores. Por lo tanto, el Mesías esperado por el pueblo hebreo no eras tú, que decías haber llegado para liberarnos del pecado original, sino en ese otro que llegaría ataviado como un verdadero rey, dispuesto a sentarse en su trono para gobernar a su pueblo.

Los tres años que predicaste contra viento y marea, infundiendo una sencillez y una pureza sin par, no fueron suficientes para hacerte profeta en tu propia tierra ni para salvarte del suplicio final, pues en una de tus visitas a Jerusalén, la ciudad prometida, fuiste delatado por uno de tus doce apóstoles y hecho prisionero por Poncio Pilato, quien, por medio de un consenso en el que tus enemigos votaron en contra de tu libertad, te condenó a morir crucificado entre dos ladrones. O sea que a los 33 años de edad, tú, Hombre y Dios a la vez, recorriste el largo camino del Gólgota, sin poderte salvar de la cruz, los látigos y la corona de espinas.

Desde entonces, tú, que asumiste el castigo por nosotros los pecadores y sacrificaste tu vida para salvarnos de las calamidades, te has convertido en el talismán de los falsos profetas, en cuyas iglesias usan tu imagen y tu nombre para predicar evangelios ajenos a los que nos legaron tus apóstoles, quienes, fieles a las sabias enseñanzas de su Maestro, nos acercaron a uno de los testimonios más trascendentales de todos los tiempos.

Por todo lo expuesto, no importa que me quede suspendido entre las dudas, o me cambien las preguntas cuando ya tengo las respuestas, puesto que estoy convencido de que a veces, como bien decía Jorge Luis Borges, son más importantes los enigmas que las explicaciones.

viernes, 14 de abril de 2017


TRECE TESTIMONIOS DEL EXILIO

La editorial francesa L´Harmattan publicó el libro Paroles d’exil (Palabras de exilio, 2017), un volumen que compendia trece entrevistas a escritoras y escritores latinoamericanos, quienes no sólo fueron víctimas de la represión y la violencia del terrorismo de Estado, sino que también vivieron en la diáspora del exilio tras el advenimiento de las dictaduras militares en América Latina.

Las escritoras y escritores fueron entrevistados entre octubre de 2014 y marzo de 2016, con el propósito de registrar, con sus propias palabras, un testimonio personal y colectivo de una de las etapas más sombrías de la historia de un continente que fue asolado por los gobiernos que, dejando a su paso un reguero de muertos, heridos y desaparecidos, se encaramaron en el poder entre 1960 y 1990.

Los autores, que son de Chile, Uruguay, Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil, evocan las circunstancias de su forzada partida del país de origen, las secuelas del sufrimiento físico y psicológico provocadas por la sistemática represión política, la capacidad de adaptación en el país que los acogió en condición de exiliados y el vigor de su escritura como arma de denuncia y protesta.

Entre los escritores entrevistados, y cuyas obras fueron traducidas al francés, figuran Isabel Allende, Carlos Liscano, Eduardo Galeano, Zoé Valdés, Sergio Zamora y Víctor Montoya, entre otros. Algunos de ellos retornaron al país que los vio nacer después del rescate de la democracia cautiva, en tanto otros permanecieron en su segunda patria, que es el país que los acogió solidariamente en los peores momentos de su vida ciudadana. 


Las entrevistas fueron realizadas por la periodista francesa Marianne Boscher-Gontier, nacida en 1956, cerca de París, donde reside desde hace cuarenta años. Las traducciones al francés corresponden al profesor y traductor franco-español Mathieu Vicens, nacido en 1981, en Burdeos, hijo de madre vietnamita y padre hispano. La ilustración de la cubierta y los retratos de los escritores fueron plasmados por el diseñador argentino Agustín Herrera.

No cabe duda de que este libro, que constituye un valioso documento de la historia contemporánea, fue elaborado por dos apasionados de la literatura latinoamericana y dos intelectuales interesados por rescatar la memoria viva de los escritores que fueron perseguidos, torturados, encarcelados y exiliados por el único delito de haberse opuesto a la ideología de exterminio y violencia de los regímenes antidemocráticos, que vulneraron los derechos humanos y cometieron crímenes de lesa humanidad.

Por lo demás, el exilio político no es un acto heroico ni una forma de vida que valga la pena recomendar a las futuras generaciones. Como bien decía Eduardo Galeano: Nadie es un héroe por haber abandonado el país, nadie es patriota por permanecer allí. El exilio es, simple y llanamente, un destierro que se debe asumir con los puños y dientes apretados, porque es el último refugio al que uno acude para poner a salvo su vida, constantemente amenazada por un sistema político totalitario que no tolera la libertad de expresión ni respeta la dignidad humana.

jueves, 13 de abril de 2017

EL MAGO DE LA BOTELLA


Otra vez frente al Diablo, el corazón acongojado y la botella de aguardiente en la mano.

–Desde el maldito día en que empezaste a beber como un condenado, has perdido la dignidad y el decoro –me regañó el Diablo–. No eres ya el mago de la palabra, sino el mago de la botella.

Me estremecí al oír sus palabras. Suspiré y me quedé callado. Lo miré desde abajo y él me devolvió la mirada con desprecio, mientras sus colmillos, afilados y de blanco esmalte, centelleaban como la ascua de sus ojos. 

–Has llegado al extremo en que tu tufo espanta a la gente y sólo atrae a las moscas –dijo el Diablo, en tanto yo procuraba mantener el gollete de la botella en los labios–. Primero has perdido tu casa y tu trabajo, después a tus hijos y a tus amigos. A tu mujer nunca la perdiste, porque nunca la tuviste. Ella se burló de tus nobles sentimientos y te puso cuernos conmigo. De nada sirvió que le entregaras tu amor y le demostraras tu fidelidad de perro. Ahora es tarde, demasiado tarde. No pararás de beber hasta que la muerte te encuentre tirado en el piso cual un miserable diablillo entre los diablos...

Permanecí callado pero sin derramar lágrimas, aunque sus reproches me dolían en el cuerpo y en el alma, con la misma intensidad con que le duele a cualquiera que no tiene el corazón de piedra ni el puño de hierro.

Aligeré otro sorbo y, moviéndome como la llama de una vela mecida por un soplo, le pregunté entre hipo e hipo:

–¿Y qué debo hacer para dejar la botella y volver a ser el mago de la palabra?

–Debes sobreponerte a tus debilidades, liberarte de los fantasmas del pasado, superar las frustraciones del presente y tender tu mirada altiva en el horizonte del porvenir. Sólo así lograrás vencer las tentaciones del alcohol que, tal cual habrás constatado, son mucho más fuertes que mis propias tentaciones.

–Si me ayudas –supliqué sintiendo que la angustia me devoraba por dentro–, estoy dispuesto a darle un giro a mi vida, desterrar la botella y volver a ser un ratón de bibliotecas; es más, quiero que me conviertas otra vez en el mago de la palabra, aunque tú sabes, en lo más hondo de tu ser, que no soy una maquinaria de palabras, sino un artesano que me rompo las manos para escribir lo poco que escribo, con un esfuerzo que a veces me deja postrado como a todo aquel que padece la enfermedad de las palabras. Pero eso sí, y esto también lo sabes bien, estoy dispuesto a consagrarme como el mago de la palabra, a seguir escribiendo los dictados de la razón y del corazón, y, de pasadita, seguir escribiendo tus dictados que, de un tiempo a esta parte, me traen de cabeza como a un loco de remate. Pero con todo, quiero que conviertas la botella en un tintero y me devuelvas las ganas para continuar escribiendo lo que pienso y siento.

–Si ése es tu deseo, retirarte del vicio y no caer en un tonel sin fondo, así lo haré –dijo el Diablo–. Te concederé tu deseo como el genio de la lámpara maravillosa concedió los deseos de Aladino, pero..., pero con una condición...

–¿Qué condición?

–Que me rindas tributo y no me reclames tu alma, porque tu destino no está ya en tus manos sino en las mías; más aún ahora que convivo contigo noche y día, en tu casa y en tu cuerpo.

–¡¿Cómo?! –retrocedí tambaleante, mirando doble y la botella todavía en la mano.

–Sí –reafirmó el Diablo–. A estas alturas de nuestra relación, tu vida vale más que la mía. Eres mis cinco sentidos y mi voz. Eres mi carne, mis huesos y mi sangre. Además, a diferencia de lo que ocurrió entre Fausto y Mefistófeles, tú no me vendiste tu alma a cambio de conservar una eterna juventud, sino que yo te la arrebaté desde el primer día en que me viste, en mi estado más natural, en la galería principal de la mina en Siglo XX. ¿Recuerdas?..., ¿recuerdas?

Me quedé atónito, cabizbajo, hasta que de pronto, como quien retorna a la sobriedad bañado por un cubetazo de agua fría, reflexioné un instante y repliqué:

–Si la condición para volver a ser el mago de la palabra es que te entregue mi vida y te rinda tributo por el resto de mis días, entonces prefiero seguir siendo el mago de la botella así me cargue la muerte.

–¡No seas pendejo! –gruñó el Diablo, con el rostro encendido como por las llamas del infierno–. ¿Cómo puedes permitir que el alcohol se lleve tu vida? ¿Cómo puedes creer que el mal de borrachera sólo se cura con la muerte? En lugar de vivir cual fantasma errante, agarrado de la botella como un crío de su mamadera, piensa en que si me sigues idolatrando, tendrás lo que andas buscando, no sólo salud, dinero y amor, sino también la capacidad de convertir en literatura todo lo que toques; de desnudar tu alma como los poetas, de transformar tus pensamientos más profundos en metáforas alucinantes, de atravesar los corazones enamorados como los flechazos de Cupido; en fin, serás un mago entre los magos de la palabra y no un pobre diablillo entre los diablos...

Fue entonces cuando me cargué de coraje, alcé el tono de la voz y dije:

–No es el alcohol el que se lleva mi vida, ni el que me roba el alma. Eres tú, solamente tú, quien anda metido en el fondo de la botella como el genio andaba metido en la lámpara de Aladino...

El Diablo me miró por el rabillo del ojo, con un aire de solemne superioridad, y sentenció:

–Si quieres dejar de ser el mago de la botella y volver a ser el mago de la palabra, y seguir escribiendo cada día como si fuese el último de tu vida, ya sabes, no tienes otro remedio que someterte a mis designios y temerme como el siervo le teme al amo, porque quien teme al diablo, no teme a la muerte...

–Quizás sea cierto –dije acercándome hacia él, mientras un sudor pegajoso cundía en la palma de mis manos–. Me rendiré a tus pies y me someteré a tu voluntad, pero sólo hasta que se me rompa la botella y tú desaparezcas de mi vida como por ensalmo.

El Diablo, aunque intentó inclinarse hacia atrás, recibió una repugnante tufarada en el rostro. Luego, malhumorado, frunció el entrecejo en actitud de reproche. Me clavó su mirada diabólica, se restregó las manos ante el fuego de sus ojos y, consciente de tenerme atrapado en sus redes, se dispuso a decirme algo, pero...

En ese instante, cuando la botella se me resbaló de la mano y saltó en pedazos contra el piso, desperté de un sueño alborotado, el cuerpo terriblemente machucado y una resaca pidiéndome a gritos hacer aparecer más botellas destiladas por el Diablo.

sábado, 11 de marzo de 2017


EL NÁUFRAGO

Desde que el náufrago sobrevivió milagrosamente a la tragedia y arribó a la isla a bordo de una pequeña lancha, impulsándose con los brazos como si fuesen remos, los nativos se preocuparon por cuidar de su salud y bienestar. Lo consideraban un ser nacido de las espumas del mar. Incluso le entregaron a una joven mujer para que le diera descendientes y le complaciera en sus más íntimas necesidades.
 
El náufrago, que poseía alma de aventurero y una genuina curiosidad por conocer más de lo debido, se adaptó rápidamente a los usos y costumbres de una comunidad de tradiciones milenarias, cuyos habitantes, cobrizos de piel y recios de cuerpos, aunque sólo tenían un taparrabos como única prenda, estaban ataviados con ornamentos de oro; un material con el que forraban sus templos y en el que fundían la imagen de sus dioses, que eran tantos que incluso algunos confundían sus nombres.

Cuentan que el mismo náufrago, que fue encontrado exhausto sobre las finas arenas de la costa, una noche en que la luna se hundió como un deslumbrante balón entre las encrespadas olas, estaba impresionado de ver a los nativos con tantas joyas, que los convertía en los seres más afortunados de este planeta; una realidad que él jamás soñó ni imaginó cuando se embarcó en la carabela portuguesa, que zarpó del puerto de Lisboa rumbo a tierras desconocidas, y cuyos tripulantes, tras vencer intermitentes huracanes y espesos sargazos, se fueron a pique antes de avistar la isla, que si bien era hermosa, era también en extremo peligrosa.   

Algunas zonas de la isla, aparte de presentar una vegetación tropical, estaban llenas de desfiladeros, pantanos y ciénagas, poco o nada explorados por los propios nativos, que no se atrevían a penetrar en sus entrañas, debido al temor de que en esas tierras, infestadas de bichos inmundos y voraces cocodrilos, pertenecían a una fiera con forma de alacrán, patas con tenazas y una larga cola con la que estrangulaba a sus presas que osaban ingresar en los territorios de su dominio.

El náufrago no tardó en darse cuenta que estaba en una comunidad hecha de mitos y leyendas, donde todos creían en que las serpientes tenían espíritu y las tarántulas eran la reencarnación de las mujeres que abandonaron a sus hijos y maridos, de manera que no era raro que creyeran también en que un pájaro, con características de ave rapaz y vuelo rápido, produjera rayos y truenos antes de que se desatara una endemoniada tempestad capaz de inundar las aldeas y cambiar el curso de los ríos.

No en vano los niños que veían a un animal nocturno, como la lechuza o el murciélago, sobrevolando por encima de la aldea a plena luz del día, imaginaban que podía ser un chamán que se transformó en ese animal durante una sesión ritual en la cual se ponía en contacto con los dioses tutelares y el espíritu de los seres que moraban en el reino de los muertos.

El náufrago, aun sabiendo que las atroces muertes en la isla no se daban por armas de guerra, sino por las tenazas y colmillos de una fiera de aspecto espeluznante, se dejó vencer por la curiosidad y decidió internarse en una de las zonas prohibidas, con la intención de encontrarse cara a cara con esa fiera temida y mitificada por los nativos. Estaba convencido de que él saldría ileso de esa nueva aventura, atenido a que era un mensajero de Dios y que, por eso mismo, era inmune a morir de una manera inusual y despiadada.

El náufrago se endilgó por una boscosa cañada, hasta que llegó a un pantanoso río, donde todo parecía tener vida. Avanzó como si caminara por arenas movedizas, apoyándose en una rama de considerable tamaño y grosor. La fiera, al escuchar sus pasos que parecían chapotear en el fango, se escondió detrás de un macizo tronco, desde donde acechó al náufrago, quien se fue internando más y más en un sitio lleno de alimañas y animales acuáticos, hasta que, de pronto, la fiera se le apareció con una impresionante voltereta, lanzó un espantoso bramido y lo atacó de manera fugaz y violenta. El náufrago, orinándose en los pantalones, empezó a rezar como si las plegarias pudieran salvarlo de la muerte; entretanto la fiera, enseñándole sus colmillos y chasqueando su cola como chicote de caporal, lo sujetó por los brazos y las piernas y le rompió el espinazo con sus tenazas. Después lo jaló a la orilla del río, donde troceó su cuerpo a mordiscos, sacudiéndolo de un lado a otro, mientras la sangre entintaba el agua y los restos de carne saltaban por doquier.

Los isleños más viejos, al enterarse de que el náufrago no retornó de los dominios de la fiera, cuya dentadura era capaz de demoler el esqueleto de un solo mordisco, dedujeron que su espíritu acabó reencarnándose en un enorme cocodrilo, como quien se mete en el interior en un animal salvaje, con el cual no sólo se identifica de manera emocional, sino que también adquiere su aspecto y textura física. Por cuanto había que suponer que el espíritu del náufrago, que dejó de ser lo que era, pasó a convertirse en un animal cuya piel, cubierta de duras escamas desde la cabeza hasta la cola, parecía una armadura protectora hecha de rocas, que sus extremidades pasaron a ser sus patas en forma de paletas y que su boca se le alargó como un hocico forrado de dientes poderosos y afilados.

Uno de los chamanes de la comunidad, atribuyéndose el mérito de haberlo visto durante un trance de alucinación, contaba que el espíritu del náufrago vivía en un río cubierto de una frondosa vegetación, que más parecía una alfombra verde tendida sobre la superficie del agua, que casi siempre estaba echado sobre un montículo de tierra firme como un lagarto petrificado, con la boca abierta y los dientes expuestos a la luz del sol, donde algunas aves, paseándose dentro de su alargada mandíbula, le extraían los insectos y le escarbaban los restos de carne incrustados entre sus dientes. Además, el náufrago, convertido en cocodrilo, no sólo poseía dentadura en su mandíbula inferior y superior, sino también en la cola, en los nudos de las patas y en otras articulaciones del cuerpo.

Cuando se metía en el agua, los demás cocodrilos y animales acuáticos lo trataban como a un hermano. Tenía un fino oído y una visión increíble, pues podía divisar a su presa a varios kilómetros de distancia. Aunque su cuerpo era pesado y se arrastraba con la panza colgada al ras del suelo, podía desplazarse con rapidez en los terrenos pantanosos, empujándose con sus patas cortas, cuyos dedos estaban unidos por membranas que le permitían nadar con la destreza de los palmípedos silvestres.

Cuando detectaba a su presa por medio de las vibraciones y cambios pequeños en la presión del agua, se sumergía con las fosas nasales cerradas y la boca abierta; mientras sus ojos, con el iris color plateado y la pupila vertical como la de los gatos, podían ver con la misma nitidez tanto en el día como en la noche, y su retina, que reflejaba la luz de la luna, hacía que sus ojos brillen en la oscuridad como chispas de fuego.

Si tenía que recorrer distancias largas, adoptaba un paso alto; levantaba el cuerpo del suelo y corría como un lagarto en un terreno pantanoso, y cuando se empeñaba en capturar a su presa, que huía espantada al advertir su presencia, podía galopar y alzarse sobre sus patas traseras, como si relinchara apoyándose sobre su musculosa cola, que, estando metida dentro del agua, le permitía impulsarse como una lanchita a motor, sin apenas hacer ruido ni alborotar la superficie del pantanoso río.

Así fue como el espíritu del náufrago, convertido en un cocodrilo por las fuerzas misteriosas habidas en las zonas prohibidas de la isla, pasó a formar parte de las leyendas de los nativos, quienes contaban que el animal era tan grande que podía engullirse a una persona de un solo bocado.

Decían que era tan peligroso, que apenas la sombra de otro animal, que caminaba por la orilla pantanosa del río, tocaba la superficie del agua, podía ser atrapado por una feroz dentellada y luego ser ahogado debajo del agua. Y si la presa luchaba por sobrevivir, el cocodrilo volvió a emerger a la superficie, donde daba giros de la muerte, retorciéndose hasta que la presa, que se volteaba junto con él de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, terminaba siendo devorado como una miserable salchicha.

Los nativos transmitían por tradición oral la leyenda de que el náufrago, que un día encontró la muerte en las tenazas y colmillos de una temible fiera, y cuyo espíritu se reencarnó en otro animal del pantanoso río, fue el único cocodrilo que sobrevivió al fuego de los volcanes y a los maremotos que modificaron la geografía de la isla desde mucho antes de que los conquistadores europeos se asentaran en las tierras del Caribe.