martes, 23 de enero de 2018


EL TRAGO DE MOCOCHINCHI EN HUANUNI

Doña Pascualina Copa, una orureña de veinticinco años, viuda y madre de dos niñas, al no saber cómo mantener a su pequeña familia, después de la muerte de su esposo en la Guerra del Chaco, abandonó su ciudad natal y se instaló en la población minera de Huanuni, donde se dedicó a la venta callejera de mocochinchi, una bebida refrescante que preparaba a base de duraznos pelados y deshidratados, con azúcar y canela al gusto.

En muy poco tiempo, doña Pascualina Copa se hizo conocida en la plaza principal de la villa minera  y entre los viandantes, que la distinguían por su menuda estatura y su trato amable; lucía un sombrero bombín sobre su cabellera peinada en trenzas; vestía siempre con una mantilla y una pollera con varios pliegues. Como pocas mujeres del comercio informal de Huanuni, doña Pascualina Copa llevaba una chauchera de alpaca amarrada a la cintura, donde guardaba las monedas y billetes que ganaba con la venta del apetecido mocochinchi.

Todos los días, desde tempranas horas de la mañana y hasta muy entrada la noche, se la veía sentada detrás de una mesa llena de jarras y vasos de cristal,  con la mirada vigilante y las ganas de sacar adelante a sus hijas. No le iba nada mal en el negocio, incluso despertaba la envidia de sus compañeras comerciantes, quienes, ya sea bajo el sol o bajo la lluvia, veían cómo doña Pascualina Copa complacía a sus clientes ansiosos por aplacar su sed con uno o más vasos de mocochinchi.
   
Ellas no conocían la receta para preparar la bebida refrescante, que se popularizó en la población tras la llegada de la joven viuda, quien parecía estar acompañada de la buena suerte y la fortuna. Tampoco sabían que doña Pascualina Copa preparaba el mocochinchi antes de acostarse. Todas las noches, ni bien quedaban dormidas sus hijas, ella se ajustaba el mandil blanco y se metía en la cocina, donde vertía un kilo de duraznos secos en una olla, que luego la llenaba con tres litros de agua para remojarlos.

A la mañana siguiente, apenas la luz del alba asomaba a la ventana, se levantaba de la cama, se metía en la cocina y le quitaba la tapa a la olla, donde estaban remojándose los duraznos, para agregarle dos tazas de azúcar, diez clavos de olor y dos palitos de canela en rama. Después encendía la hornilla a querosén, acomodaba la olla sobre el fuego lento y la dejaba hervir alrededor de dos horas. Al finalizar la cocción, retiraba la olla del fuego y dejaba enfriar el mocochinchi, hasta que quedara listo para ofrecerlo bien frío en su puesto de venta.

A varios años de repetir la misma rutina, doña Pascualina Copa logró acumular la suficiente cantidad de dinero para comprar una casa en la zona central de Huanuni, donde se mudó junto a sus hijas, quienes empezaron sus estudios de secundaria en un colegio fiscal.

Como la casa tenía una amplia sala, además de los dormitorios, cocina y baño higiénico, doña Pascualina Copa pensó que podía convertirlo en un boliche, pero sólo los fines de semana y los días festivos, ya que el resto de la semana seguiría vendiendo el refresco de mocochinchi en la plaza principal de Huanuni.

En la sala instaló cuatro mesas, con sus respectivas sillas, y un mesón de madera maciza cerca de la puerta de acceso al boliche. Así empezó con el expendió de bebidas alcohólicas, y luego de un sueño en el que mordió un durazno con sabor agridulce, se le ocurrió la brillante idea de que, con los mismos duraznos secos, podía preparar un brebaje que sería del gusto de los parroquianos acostumbrados a gastar su dinero en bebidas embriagadoras. Entonces se puso manos a la obra, sin darle más vueltas a su idea. Se metió en la cocina y siguió el mismo procedimiento de la preparación del refresco de mocochinchi, con la diferencia de que esta vez contendría aguardiente y lo serviría caliente. Remojó los duraznos secos en agua y alcohol, le agregó canela, clavo de olor y los dejó reposando en la olla.

Al día siguiente, se levantó con una extraña sonrisa en los labios y prosiguió con la preparación del brebaje, con la esperanza de darle un toque final a su idea. Hizo hervir el contenido de la olla alrededor de dos horas, preparó el azúcar hasta dejarlo como un almíbar semioscuro y luego lo vació en la olla para disolverlo totalmente, removiéndolo con un cucharón de palo; al final, tomó una espumadera y coló el contenido de la olla en una cacerola con tapa, donde vertió más aguardiente, lo suficiente como para embriagar al borracho más experimentado y exigente.


Ese mismo viernes por la noche, mientras sonaba la música en los parlantes del boliche, ella llenó los vasos de cristal con el brebaje dulzón y humeante, agregándole uno o dos k’isas. Los acomodó en una bandeja de aluminio y se los ofreció, como el cariño de la casa, a los primeros parroquianos que acudieron al boliche.

Ellos agradecieron el gesto de generosidad y bebieron a sorbos el almíbar mezclado con alcohol, sintiendo que el invento de doña Pascualina Copa les quemaba la lengua, la garganta y el pecho.

–Este trago está sabroso, doña Pascualina –le comentaron–. Tiene un grado de alcohol elevado y un gusto muy especial.

Ella les regaló una sonrisa, meneó la cabeza y no dijo nada.

–¿Y cómo se llama este nuevo trago –le preguntaron relamiéndose los labios.

Ella pensó un instante y contestó:

–Se llama mocola

Desde esa noche, esta bebida que pasó a conocerse con el nombre genérico de mocola, llegó a popularizarse entre los trabajadores y empleados de la Bolivia Tin and Tungsten Corporation de Huanuni.

Doña Pascualina había logrado su cometido. Los parroquianos se multiplicaron en su boliche y el famoso trago de mocochinchi, conocido en otras regiones con el nombre de guacho, se apoderó del gusto y la mente de los huanuneños.

Cuando los parroquianos le solicitaban la mentada mocola, ella les servía en vasos de cristal, con una o dos k’isas que se chuparon el mejor contenido de alcohol.

A estas alturas del negocio, el nombre de la inventora del trago de mocochinchi  estaba en boca de todos y sonaba en todos los oídos; un efecto sensacional que le permitió ganar lo suficiente como para mandar a sus hijas, ya jovencitas, a estudiar en la ciudad de Oruro, desde luego, con todos los gasto pagados. 

Doña Pascualina Copa, conocida también como La Viuda, estaba sola desde que se fueron sus hijas. Recién entonces fue cortejada por uno de sus pretendientes, quien se ofreció ayudarla en el negocio y en todo lo que fuera necesario. Ella aceptó las buenas intenciones del hombre y no tardó en darle un asidero en su casa, consciente de que una mujer, independientemente de su edad y estado civil, necesitaba la compañía de un hombre que la proteja y la ame sin condiciones.

La relación amorosa de doña Pascualina Copa duró algunos años, hasta que una noche, mientras preparaba el trago de mocochinchi, su concubino entró solo sólo un instante en la cocina, se puso a probar el dulzor del brebaje, pero tuvo tan mala suerte que, al término de vaciarse el vaso, la pepa del durazno se deslizó por su lengua y se le atascó en la garganta. El hombre, presa del pánico, intentó arrojar el durazno pero sin lograrlo. Se retorció en violentos espasmos, como un cordero degollado, y, antes de que doña Pascualina Copa alcanzara a entrar en la cocina, perdió la respiración y cayó arrastrando la olla de mocola al piso, en medio de un ruido de cristales rotos y un denso olor a canela y alcohol.

La policía hizo las averiguaciones en torno a las causas de la insólita muerte del hombre de mediana edad y, tras un peritaje que no demoró más que unas horas, llegó a la conclusión de que el concubino de la dueña del boliche falleció por bronco aspiración, en la que no hubo culpables ni testigos.

Doña Pascualina Copa, que quedó sin pareja por segunda vez, fue absuelta de toda sospecha, pero las autoridades municipales, en coordinación con la policía, prohibieron la venta de la mocola, arguyendo que no era una bebida apropiada para los borrachos, quienes, tras una ingesta excesiva de este brebaje dulzón y caliente, podían atragantarse con la pepa del durazno y perder la vida por bronco aspiración, como sucedió con el concubino de la inventor del trago de mocochinchi.

Doña Pascualina Copa, sintiéndose culpable de haber inventado una bebida que podía causar la muerte por un descuido, se retiró del negocio, vendió su casa y retornó a la ciudad de Oruro, donde se dedicó por entero al cuidado de sus hijas; al fin y al cabo, no necesitaba trabajar más, ya que en Huanuni, donde empezó vendiendo refrescos y después tragos de mocochinchi, había ganado lo suficiente como para vivir tranquila por el resto de sus días.

Glosario

K’ISAS: Duraznos remojados.

MOCOCHINCHI: Refresco de durazno deshidratado, más conocido como orejón; se hace hervir en agua los duraznos, se le añade canela y azúcar al gusto.

lunes, 8 de enero de 2018


ALGO MÁS SOBRE EL CUENTO

Está claro que el cuento presenta varias características que lo diferencian de otros géneros narrativos, a pesar de que muchos lo confunden con el relato, que es la narración de un determinado acontecimiento, sin trama ni mayores aspiraciones estéticas, ya que el narrador relata algo que ha visto u oído casi siempre en primera persona, como si él mismo fuese el personaje principal del acontecimiento que narra al mejor estilo de los cronista del periodismo escrito.
 
El cuento, habiendo sido una de las formas más antiguas de la narración oral, se ha convertido en uno de los géneros literarios más modernos, que estimula la vena creativa de innumerables cultores y cautiva a millones de lectores de todas las latitudes y edades.

Los estudiosos consideran que el nombre del género cuento apareció a principios de 1300 para denominar a las narraciones cortas, como es el caso de El Decamerón, compuesto de varias narraciones breves que, en principio, se los conoció como novelas. En El Decamerón, dividido en diez episodios, se relatan las aventuras de cinco damas y cinco caballeros que huyeron de Florencia tras la peste que asoló la ciudad, y que, refugiándose en una casona de campo y a manera de pasar el tiempo, cada uno de ellos cuenta diez historias por turno.

Desde luego que este género literario tuvo otros precursores desde mucho antes de que se escribiera El Decamerón, como son las sagas islandesas o escandinavas, que cuentan, en episodios cortos, los mitos de creación del reino de Odín. Otro ejemplo lo tenemos en Las mil y una noches, donde se abordan temas fantásticos del mundo árabe, con personajes que protagonizan aventuras en la que se yuxtaponen los elementos de la realidad y la ficción.

En prosa, en opinión de la mayoría de los escritores, no hay género literario más perfecto que el cuento, no sólo porque sus atributos más importantes son la brevedad e intensidad, sino también porque es un medio eficaz para narrar historias reales o ficticias, con un lenguaje intenso que puede parecerse a un poema escrito con gran economía de palabras.

El cuento, por su extensión y el manejo de las modernas técnicas literarias, está escrito para ser leído de principio a fin, en pocas páginas y en poco tiempo; quizás por eso, en opinión de García Márquez: El esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como el de empezar una novela. Además, según recomendaciones del maestro: el cuento no tiene principio ni fin: fragua o no fragua. Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura.

Esta necesidad de concentración, que obliga al narrador a elegir sólo aspectos fundamentales e imprescindibles para estructurar un cuento, hace, a su vez, que el lector se vea obligado a mantener un estado de máxima atención, para no perder el hilo de la narración y comprender mejor los recursos literarios que manejó el autor para condensar una historia en pocas páginas.

En un buen cuento todo es importante y cada palabra tiene su propio valor, y el lector tiene derecho a someterla a un análisis exigente, incluso microscópico. En el cuento, a diferencia de la novela, la intensidad en la narración es por sí misma uno de sus valores más peculiares. No en vano Julio Cortázar afirmó: Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige.

Si el cuento del siglo XIX solía elegir como tema un momento decisivo en la vida del personaje, el cuento del siglo XX elige, frecuentemente, un momento cualquiera, incluso un suceso sin importancia. Tampoco existe un personaje específico o un final en el que todo queda definitivamente sentado y resuelto para el protagonista, ya que lo importante no radica sobre qué o quién se escribe, sino la forma cómo se escribe; pero, sobre todo, que el autor que cultiva el género literario del cuento esté consciente de que su oficio, de corto pero intenso aliento, consiste en narrar una buena historia, que se parezca a la poesía en su brevedad y a la novela en su estructura.

Ahora bien, si algún lector se pegunta: ¿Cuándo sabe el escritor que un cuento es bueno? La respuesta sería la que dio el maestro García Márquez: Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuando está bien la sopa.

lunes, 1 de enero de 2018


CATAVI, GLORIA Y OLVIDO

Llegar a Catavi después de tres décadas de ausencia es como retornar de un largo viaje por tierra y por mar, sobre todo, cuando se tiene la sensación de que uno vuelve al sitio donde tiene anclado una parte de su vida y su pasado. No está por demás referirles que la primera idea que me asaltó a la mente fue la de recorrer por el mismo tramo que había frecuentado en mi infancia y adolescencia, algunas veces bajo los azotes de la lluvia, otras veces bajo el abrasante sol del mediodía y, si recuerdo bien, también entre las corrientes de viento helado, que levantaban nubes de polvo y zarandeaban el follaje de los árboles.

La empresa minera de Simón I. Patiño
 
La población de Catavi, centro administrativo de la empresa minera de Simón I. Patiño en el pasado y submunicipio del gobierno municipal de Llallagua en la actualidad, tiene su propia historia desde mucho antes de que en esta región se construyeran las oficinas administrativas del principal industrial boliviano, quien trajo al país la más avanzada tecnología de explotación minera y contrató a los mejores ingenieros, geólogos y técnicos extranjeros para convertir a su empresa en el centro neurálgico de la producción mundial de estaño.

Simón I. Patiño, como todo hombre de negocios de talla internacional, a medida que fue adquiriendo acciones en las minas de Malasia y Canadá; a medida que invertía en las fundiciones de Inglaterra y Alemania; a medida que creaba oficinas en Nueva York y París, mandó construir, tanto en las márgenes del río como en las laderas de los cerros de Catavi, todo un complejo de edificaciones al servicio de su empresa, donde no faltaban los chalets modernos para sus asesores y empleados, una sede social para el esparcimiento y la vida nocturna, un baño turco con aguas termales, que brotaban de las rocas con propiedades curativas, campos deportivos y el primer y más lujoso teatro de la zona, que todavía lleva su nombre en alto relieve y en la parte superior del frontis.

La compañía Patiño Mines & Enterpreses Consolidated. Inc, ubicada en una llanura polvorienta y pedregosa, fue en la primera mitad de la centuria pasada el bastión de la economía nacional y Simón I. Patiño, que formó parte del superestado minero-feudal, con gobiernos que le servían como perros falderos, amasó fortunas a costa de los trabajadores, quienes sacrificaban sus pulmones para extraer el metal del diablo desde las entrañas de la montaña.


Desde la Gerencia de la Empresa Minera Catavi, rodeada por la pobreza de los campamentos mineros y las comunidades indígenas dispersas, se administró una de las diez empresas más grandes del planeta y se decidió el destino político del país hasta el estallido de la revolución nacionalista de 1952.

En las pampas de Catavi, más conocidas con el nombre de Campos de María Barzola, se ejecutó una masacre minera el 21 de diciembre de 1942, cuando las tropas del ejército, por órdenes expresas del gobierno al servicio de la oligarquía minero-feudal, dispararon sus armas contra una masa de manifestantes que, con las banderas desplegadas y un pliego petitorio en las manos, marchaban rumbo a la Gerencia de Catavi, sin otro propósito que pedir la atención a sus justas demandas.

Las principales calles de la población

Caminar por las calles de Catavi, desde la Plaza Triangular que, los días viernes y a espaldas de los deteriorados campos deportivos, se llena de vecinos y comerciantes minoristas, es volver a revivir la grandeza de un glorioso pasado, pero también una de las peores maldiciones que le tocó vivir a esta población minera: el olvido.

Ya nada es lo mismo desde el DS 21060, que el gobierno de Víctor Paz Estenssoro dictó en 1985, ocasionando que miles de familias abandonaran los campamentos y se marcharan rumbo a otros derroteros, para sobrevivir a la crisis económica que sacudió los cimientos de la nación, tras el descenso de los precios del estaño en el mercado internacional y el inicio de un ciclo de gobiernos neoliberales.

A más de tres décadas de aquel infausto Decreto Supremo, que provocó la muerte estatal de la minería nacionalizada y puso fin al sindicalismo revolucionario, los habitantes que decidieron permanecer en Catavi, contra todo pronóstico y a pesar de todo, viven en algunas casas que, como melladas por el paso inexorable del tiempo, parecen desmoronarse poco a poco. Desde luego que este panorama desolador es diferente al de ese Catavi de antaño que, a diferencia de las poblaciones aledañas, parecía un verdadero vergel, con un clima benigno que permitió el desarrollo de especies forestales, que los técnicos gringos, expertos en minería, se dedicaron a cultivar en un terreno yermo, con la intención de hacer más llevadera y saludable su estadía entre los abruptos cerros del altiplano.


Los chalets y las lujosas viviendas, como la Casa Gerencia, tenían sus propios jardines, ornamentados con una diversidad de flores, como rosas, gladiolos, tulipanes, girasoles y otros. No faltaban los campamentos que contaban con amplios huertos, donde incluso se producían tubérculos, legumbres y hortalizas. Tampoco faltaban las calles donde los transeúntes podían descansar bajo la sombra de los eucaliptos, pinos, abetos y árboles de sauce llorón.

A lo largo de la Avenida Bolívar

Llegar a la calle principal de Catavi, luego de bajar por un caminito serpenteante y asfaltado, es recobrar las esperanzas perdidas, porque se ve mayor movimiento de gente, que da la impresión de que en la población todavía se respira vida, gracias al funcionamiento de algunas de las carreras de la Universidad Nacional Siglo XX, que tiene en marcha la construcción de nuevos edificios, con salones amplios y equipos de última generación, destinados a mejorar las condiciones de trabajo de los docentes y la calidad educativa de los estudiantes.

Sin embargo, en la Avenida principal, bautizada con el nombre del libertador Simón Bolívar, no pueden disimularse, enfrente de las colinas artificiales de lama, levantadas durante décadas con los residuos del concentrado de mineral en el Ingenio Victoria, las desoladas dependencias del antiguo Hospital Minero y el Hospital del Niño Albina Patiño que, en sus épocas de oro, fueron las más grandes y mejor equipadas del país, como lo fue la Escuela de Enfermería. ¡Todo un orgullo de los cataveños!


En la Casa Gerencia, actualmente destinada a albergar los documentos del Archivo Histórico Minero, destacan los pinos y abetos decorando la entrada principal. Ya no es la misma mansión donde vivían, a cuerpo de rey, los gerentes de la compañía Patiño Mines & Enterpreses Consolidated. Inc, a pesar de las restauraciones que se la hicieron con miras a convertirla en el futuro Museo Minero de Catavi.

Al lado de esta mansión, con habitaciones de techos altos, jardín interior y vastos salones, están las deterioradas oficinas de la Gerencia, que desde la nacionalización de las minas en octubre de 1952, sirven a la estatal Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). En sus locales, tantas veces saqueados y desmantelados, se conserva todavía el escritorio y los principales muebles que usaron los jerarcas de la administración del magnate minero, junto a un antiguo teléfono de cableado, que les permitía comunicarse con La Paz y el puerto de Arica.

El afamado Club Social, que hoy tiene las ventanas con vidrios rotos y las paredes agrietadas, fue uno de los recintos más apreciados de la Empresa Minera Catavi, porque aquí se daba cita la crema y nata de la empresa y se realizaban las fiestas sociales; los hombres asistían ataviados con frac y las mujeres con prendas de lujosa costura. El ingreso de los obreros y empleados de bajo rango estaba terminantemente prohibido por órdenes de los capos. En el exclusivo ambiente del Club Social, que contrastaba con la miserable forma de vida de las familias mineras, desfilaban garzones que servían platillos para los gustos más refinados y un trencito de destilados importados desde Europa, mientras una orquesta contratada para la ocasión amenizaba la fiesta hasta el amanecer.

El Teatro y el Ingenio Victoria

En pleno centro de la Avenida Bolívar, como en un lugar de preferencia, se yergue el portentoso Teatro Simón I. Patiño, que fue construido en piedra labrada, como para que perdurara toda una eternidad. Aunque ahora está descuidada y rodeada de basura, donde merodean los perros hambrientos y pastan las ovejas a su regalado gusto, sigue siendo el monumento que testimonia la grandeza de la Era del Estaño.


A unos pasos más allá, como expuesto sobre una plataforma de mampuesto y argamasa, está el establecimiento del colegio Junín, que antes funcionaba en el primer edificio que se construyó en la pampa María Barzola. Enfrente, donde estaban las instalaciones del Ingenio de tratamiento de minerales Victoria (bautizado con este nombre en honor a una de las reinas de Inglaterra), se lee un letrero que dice: Al infierno no le temo porque sé que en ese infierno se encuentra el anhelo que tanto quiero y por mi patria Bolivia ofrendaré… ¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Carajo!!! En efecto, aquí está acantonada una de las tropas del Regimiento de Infantería Illimani de la población de Uncía, cuyos soldados, que entran y salen por un enorme portón, parecen centinelas custodiando los pocos bienes que quedaron en la Empresa Minera Catavi después del DS 21060; una medida draconiana que provocó el inminente cierre de las minas y una forzosa relocalización, que por poco no dejó a Catavi reducida a una población fantasma cubierta de polvo y arenisca.

De la Cooperativa Multiactiva a la Plaza 6 de Agosto

Caminando en dirección a la Plaza 6 de Agosto, es inevitable no advertir, al costado derecho, la infraestructura de la Cooperativa Multiactiva, antecedida por una caseta de serenería y una valla metálica como puerta de acceso hacia un terreno de producción compartida, donde cientos de trabajadores desarrollan una febril actividad para ganarse el pan del día; al costado izquierdo, sobre una pendiente terrosa y exenta de vegetación, permanece mudas las paredes de la panadería, con sus ventanillas desvencijadas y sus puertas trancadas por dentro y por fuera. De la pulpería, que hasta hace treinta años atrás estaba atestada de gente que acudía a sus almacenes para proveerse de los alimentos de primera necesidad, no queda más que el recuerdo de los tiempos en que Catavi era una población envidiada por otros centros mineros del país.


En la curva cerrada del camino, frente a la puerta de acceso a la Cooperativa Multiactiva, funciona un Garaje de Reparación, donde el visitante es sorprendido por el estridente ruido de los fierros, combos y martillos, que los trabajadores matizan con risas y voces altisonantes. Desde allí es posible divisar el local de Radio 21 de Diciembre, que no dejó de transmitir programas musicales e informativos desde el día de su inauguración, y la plaza principal de Catavi, encuadrada por casitas con paredes de adobe y techos de calaminas de zinc, habitadas por las familias que decidieron permanecer en el lugar, a pesar del cierre de las minas y la relocalización de los trabajadores, que dejó casi en ruinas esta histórica población minera, que constituyó el centro motor de la industria estañífera más sólida y vibrante de América Latina y el mundo.

La piscina y los baños termales

En la parte baja de la Plaza 6 de Agosto, lejos del verdor del parque y venciendo un campamento en ruinas y un edificio destinado a las personas de la tercera edad, están los baños termales de Catavi, al pie de una montaña con formas antropomórficas y antecedidos por la célebre piscina Primero de Mayo, que otrora cobijó a los campeones de la natación nacional e internacional. No son pocos los cataveños que, suspirando con profunda nostalgia y un cierto halo de orgullo, recuerdan a sus mejores nadadores con nombres y señas, como si fueran los héroes de una gloriosa época en la que se defendió con dientes y garras el nombre de esta población minera, situándola con letras de molde en el mapa de Bolivia.


No muy lejos de la piscina, al otro lado de un río que discurre por debajo de un puente, están los balnearios de aguas termales y curativas, que brotan de las rocas volcánicas entre burbujas y soplos de vapor. En los predios de este populoso lugar, concurrido por propios y extraños, y cuyas aguas son aprovechadas al máximo, se ve una hilera de movilidades que transportan a los bañistas que requieren de sus servicios a cualquier hora del día y de la noche.

Aquí, en estos balnearios abrazados por el cauce de dos ríos de aguas turbias, termina el recorrido de cualquier visitante que tiene la curiosidad de conocer las grandezas y miserias de una población minera que, si las autoridades municipales se empeñan en sacarle provecho a su memoria histórica, su multifacética cultura y su singular topografía, puede convertirse en una redituable región turística, junto a las poblaciones vecinas de Uncía, Llallagua, Cancañiri y Siglo XX, donde existen muchas reliquias que ver y un caudal de lecciones que aprender tanto dentro como fuera de los socavones, donde se explotaron las vetas de estaño más ricas del planeta.

Para quien escribe estas líneas, al final de la jornada, un ligero recorrido por Catavi fue suficiente para volver a sentir, como en los tiempos idos, el deseo de quedarse a vivir en estas legendarias tierras del norte de Potosí, donde no todo lo que brilla es plata y mucho menos oro.