martes, 15 de abril de 2014

LA INSACIABLE CATALINA LA GRANDE

¿Cuán cierto será la especulación de que la emperatriz Catalina II de Rusia murió debido a un ataque al corazón tras hacerse penetrar por un caballo? Esta controvertida pregunta ha tenido varias respuestas, desde las más ingenuas hasta las más morbosas, desde el día en que fue enterrada en San Petersburgo, con gran solemnidad entre los nobles a los que favoreció tanto en la vida pública como privada.

Los biógrafos dan cuenta de que la emperatriz de ascendencia polaca, cuya educación fue impartida por tutores franceses y alemanes influidos por los ideales de la Ilustración, no era una mujer físicamente atractiva pero sí una mujer culta o, como ella misma se definió, una filósofa en el trono. Abandonó el luteranismo impuesto por su padre y se convirtió a la Iglesia Ortodoxa Rusa.  En junio de 1762 fue proclamada emperatriz y consiguió dirigir durante 34 años el destino de una de las naciones más importantes de su época.

Se sabe que sus gustos estéticos se expresaban a través del arte pictórico, la ópera y la literatura. En sus tiempos libres escribió poemas, cuentos, piezas de teatro y compuso óperas. Ejerció un mecenazgo cultural para rescatar a las mentes más lúcidas del ámbito artístico en Rusia. No en vano el Museo del Ermitage de San Petersburgo, que en la actualidad constituye una de las mayores pinacotecas y museos de antigüedades del mundo, comenzó con pinturas y esculturas de su colección privada, en las que invirtió cuantiosas sumas de dinero provenientes de su caja fuerte y de las arcas del Estado.

El arte la apasionaba tanto como el sexo, que mandó a construir una habitación secreta en el palacio, decorada con muebles, cuadros y esculturas que mostraban escenas eróticas y pornográficas, en las que no faltaban, al mejor estilo de las elucubraciones sexuales del Marqués de Sade, violaciones, pedofilia ni zoofilia.

La prensa registró el dato de que durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de soldados soviéticos, que incursionó en uno de los palacios de Tsárskoye Seló, residencia de la familia imperial cerca de San Petersburgo, descubrió una fastuosa habitación repleta de objetos eróticos que eran de propiedad de la emperatriz, cuyas extrañas costumbres sexuales llevó a los historiadores a crear una leyenda que sobrevivió hasta nuestro días.

Los soldados, asombrados por el insólito hallazgo, decidieron tomar fotografías de su interior, más por curiosidad que por dejar un documento gráfico para la posteridad. Por desgracia, algunas de las imágenes se perdieron durante la contienda bélica, pero las pocas que se salvaron del fragor de la guerra fueron suficientes para demostrar que la emperatriz Catalina II tenía en su poder una de las colecciones de arte erótico más importantes del siglo XVIII.


En las fotografías se pueden apreciar paredes decorada con falos de diferentes formas y tamaños, un mobiliario constituido por sillas, escritorios y pantallas que, junto a vulvas y penes tallados en madera, explayaban escenas pornográficas realizadas por algunos de los artistas rusos que gozaban de la confianza de Catalina La Grande, un sobrenombre tan grande como los consoladores gigantes que se encontraron en la habitación privadas de la soberana.

Catalina La Grande, en su larga historia amorosa, contrajo nupcias con el duque Pedro, a los 16 años de edad, pero su matrimonio fue un fracasó desde el primer día, debido a la inmadurez e impotencia de su marido, al que sustituyó en su fragorosa vida sexual con Sergéi Saltykov, Charles Hanbury Williams y Estanislao II Poniatowski, sin contar a sus numerosos amantes y cortesanos, muchos de los cuales se aprovecharon no sólo de su cuerpo y su gloria, sino también del poder político que heredó de su esposo Pedro III, quien, seis meses después de haber accedido al trono y haber sido proclamado zar, fue depuesto y asesinado por una fracción liderada por Grigori Orlov, quien fue también uno de los tantos amantes de Catalina.

La emperatriz, que tenía una libido insaciable y poco común entre las mujeres de la corte, prefería mantener relaciones sexuales con sus amantes más jóvenes, como fueron Aleksandr Dmítriev-Mamónov y el príncipe Zúbov, 40 años menor que ella. Sin embargo, como ningún hombre podía satisfacer sus deseos ardientes, hasta dejarla caer rendida en la cama como a una guerrera exhausta en el campo de batalla, inclinó sus sentimientos de atracción erótica hacia los caballos, cuya principal virtud, que los diferencia de los hombres, es el grosor y la longitud de su quinta pata.

¿Cómo pudo haber surgido en su vida sexual este deseo de zoofilia? Es cuestión de imaginar que todo pudo haber comenzado en uno de los corredores de su caballeriza, donde contempló a un caballo que, haciendo gala de su considerable alzada e impresionante musculatura, penetraba su robusta erección entre las grupas de una yegua en celo.

Lo más probable es que Catalina sintió una irresistible excitación al ver cómo el animal cortejaba a la yegua, levantando sus cascos del suelo y dando coces en el aire, y cómo, momentos previos a la monta, acariciaba con su hocico el cuello de la yegua, mordisqueándole la crin y frotándose contra ella; poco después, cómo la yegua, excitada por las bruscas caricias del semental y en una actitud de sumisión total, apartaba la cola hacia un costado y, separando sus patas posteriores, entregaba la concavidad de su grupa para que el semental pudiera acceder a su interior y descargar un torrente de semen que, no cabe duda, dejó impresionada a la emperatriz de imaginación voluptuosa, a tal extremo que la escena la hizo concebir la perversa idea de aparearse con un caballo.

Catalina La Grande pasó a la historia por expandir y modernizar el imperio ruso durante su reinado, pero también por su condición de soberana con aires despóticos. Aunque afianzaba la tolerancia religiosa y proclamaba su amor por los ideales de libertad e igualdad, que se propagaron como reguero de pólvora en Europa, no dudaba en censurar las publicaciones que no eran de su agrado y en exiliar a sus opositores políticos.

A veces, para fortalecer su posición en el trono, además de usar su inteligencia, ponía en juego sus armas de mujer, con el fin de asegurar la lealtad de sus colaboradores, los mismos que, sacrificando su castidad en el altar de la política, eran sus consejeros y amantes a la vez.

Durante su reinado sometió a la Iglesia Ortodoxa al Estado, mejoró la sanidad y fomentó la educación con la creación de escuelas y academias para los hijos de la nobleza, basadas en las ideas filosóficas del pensador inglés Jhon Locke, a quien lo consideraba el padre del empirismo y liberalismo modernos. Tampoco es desconocida su amistad con el enciclopedista francés Denis Diderot y con el filósofo Voltaire, con quien mantuvo una larga relación epistolar, al igual que con varios de los philosuhes de la Ilustración europea, cuyas teorías fundamentales abogaban por el poder de la razón, la ciencia y el respeto hacia la humanidad. 

Cuando Catalina La Grande falleció el 17 de noviembre de 1796, unos dijeron que su muerte se produjo tras sufrir una fulminante apoplejía cuando se disponía a tomar un baño, mientras otros aseveraron que cayó en su alcoba a poco de sentir el fuerte impacto de un ataque al corazón. Sin embargo, los más fantasiosos, haciendo alusión a su imagen de mujer promiscua, contaron que falleció por un desgarro y perforación en el colon, al ser penetrada por un caballo palomino de crin blanca y pelaje brilloso, porque, al fin y al cabo, como reza el dicho popular: El caballo es siempre grande, ande o no ande.

Con todo, lo único cierto es que Catalina II de Rusia, conocida también como La Grande, se apagó a los 67 años de edad, como corresponde a una emperatriz que tuvo una vida apasionante y un insaciable apetito sexual que, contra viento y marea, cumplió con la ley científica de que los humanos estamos programados genéticamente para ser polígamos y no monógamos como predican los religiosos del más diverso pelaje.

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