sábado, 25 de mayo de 2019



LA PASIÓN DE LA ESCRITURA FUE TRANSMITIDA 
A JÓVENES ORUREÑOS

Con el primer Ciclo de Experiencias de Jóvenes con la Literatura, ayer inició la quinta versión del Encuentro Internacional Autor-Lector, organizado por el colegio Anglo Americano, donde dos escritores de gran renombre como Víctor Montoya de Bolivia y Roberto Rosario Vidal del Perú, inspiraron a jóvenes estudiantes de diferentes unidades educativas a dedicarse al hermoso arte de la literatura.

La actividad se desarrolló en el colegio Anglo Americano que por la tarde abrió las puertas a varios estudiantes de establecimientos educativos particulares, fiscales y de convenio, quienes disfrutaron de las charlas ofrecidas por los literatos, quienes les contaron el cómo se convirtieron en escritores y cómo pueden serlo los jóvenes.

Roberto Rosario Vidal, es uno de los principales impulsores en su país de la lectura en los niños y jóvenes, promoviendo varias actividades en Perú y otros países de Latinoamerica, fundando la Academia Latinoamericana de Literatura Infantil, además de tener varios libros dedicados a rescatar la tradición oral de los pueblos andinos.

Así mismo, Víctor Montoya es considerado como uno de los principales impulsores de la literatura moderna en Bolivia, proviniendo de un hogar minero en el Norte de Potosí, resistiendo la dictadura justo en su época de estudiante, siendo extraditado del país, pero antes de ello ya había dejado varios escritos sobre el sufrimiento que atravesaban los mineros y los trabajadores que se oponían al gobierno dictatorial.

Sus experiencias fueron absorbidas por los estudiantes, quienes se mostraron sorprendidos por la manera en que llegaron a ser escritores, principalmente con la historia de Montoya, quien constantemente les repitió que no era buen estudiante en el colegio porque le entregaban libros que no le interesaban, pero al llegar a entender que él debía ser escritor, comprendió que los libros son necesarios para el desarrollo de los pueblos.

Hoy continúa el Encuentro Internacional Autor-Lector a partir de las 10:00 horas en el Club Oruro, donde se desarrollará la Feria del Libro Infantil y Juvenil, con la participación de varios autores de todo el país, así como de Perú y de Ecuador.

Fuente: La Patria, Oruro, 23/05/2019

martes, 14 de mayo de 2019


LOS AMIGOS IMAGINARIOS

¿Es normal que los niños tengan amiguitos secretos?, me preguntó una madre, refiriéndose a los amigos imaginarios de sus hijos. Es normal, le contesté, no hay por qué preocuparse. Lo cierto es que la mayoría de los niños, que se encuentran en edad preescolar, suelen tener uno o más amigos imaginarios, quienes forman parte de lo que se denomina en psicología infantil juegos simbólicos, en los cuales los niños representan, por medio de la manipulación de símbolos y el animismo, no sólo el mundo adulto, sino también el de los personajes ficticios, a quienes les asignan un papel tutelar o lúdico en sus actividades de esparcimiento.

Se entiende que el amigo imaginario es alguien que no existe en la realidad, pero que los niños vivencian como si fuera real. El amigo imaginario puede ser de distinta naturaleza y puede tomar la forma de una persona, animal o cosa. En ocasiones, puede ser un objeto no ficticio, como un peluche, una muñeca u otro juguete, con el que los niños, luego de fantasear un espacio determinado dentro o fuera de la casa, juegan, conversan, discuten y hasta pelean.

En la etapa o estadio pre-operacional, según las teorías evolutivas y cognitivas de Jean Piaget, los niños, aproximadamente entre dos y siete años de edad, son los que tienden a crean, con más facilidad e inventiva, a los amigos imaginarios, ya que son capaces de entender, representar, recordar y crear imágenes de objetos en sus mentes sin tenerlos frente a ellos. La mayoría de los niños, independientemente de su origen social, racial o cultural, imaginan amigos invisibles; algunas veces, inspirados en personas del ámbito real y, otras, inspirados en personajes ficticios como son los súper héroes.

Algunos investigadores afirman que dos de cada tres niños tienen amigos imaginarios y que es más frecuente en quienes son primogénitos o hijos únicos. Lo que implica que el amigo imaginario es fruto de la soledad que sienten los niños en un ambiente rodeado de adultos, aunque es evidente que existen también niños que juegan o hablan con su amigo imaginario y que no son hijos únicos ni sienten la necesidad de llenar con ellos la ausencia de otros niños en su entorno social.

Lo peor es creer que los niños que tienen amigos imaginarios son casos clínicos, que deben ser tratados por psicólogos o pediatras, al menos, así se pensaba antes de que se estudiara detenidamente la conducta psicosocial y el proceso mental de la infancia. En la actualidad, los expertos manifiestan que la invención de amigos imaginarios no es un fenómeno patológico ni problemático, sino algo normal en la vida de la mayoría de los niños y que los padres no tienen por qué alarmarse. Incluso hay estudios que afirman que la invención de amigos imaginarios es un fenómeno recurrente en los niños más sensibles, con mayor imaginación y fantasía. Se dice también que los niños, que tuvieron amigos imaginarios en la infancia, son más creativos en la adolescencia y hasta puede llegar a desarrollar actividades artísticas con mayor facilidad que el resto de sus compañeros.

Los niños, tanto en su vida real como en sus juegos, pueden hacer alarde de personajes y situaciones imaginativas, no pocas veces delirantes, en vista de que su percepción cognitiva del mundo que le rodea se diferencia del pensamiento lógico y racional de los adultos, quienes, con frecuencia y quizás de manera involuntaria, olvidan que los niños tienen su propio mundo hecho de ilusiones y fantasías.

Los adultos no siempre comprenden el pensamiento mágico de los niños y, por lo tanto, no siempre comprenden que pueden existir amigos imaginarios, aunque estos personajes ficticios no sólo abundan en la imaginación de los niños, sino también de los adultos, quienes, a veces, hablan en solitario imaginando que tienen un interlocutor válido delante de sus ojos. De modo que los amigos imaginarios forman parte de la fantasía de todos los individuos que tienen la necesidad de compartir sus ideas con alguien que no está presente de un modo físico, pero sí de un modo imaginado, como si de veras estuviera presente en el momento que se lo convoca.

Cuando se observa el juego de los niños, que se desarrolla casi siempre en un escenario creado por la fantasía, se advierte que su imaginación no conoce límites espaciales ni temporales. El escenario donde se ejecutan las acciones, en compañía de los amigos imaginarios, existe sólo en la mente de quienes determinan, además, el rol que desempeñarán cada uno de ellos mientras dure el juego, debido a que esta etapa está marcada por el egocentrismo, basada en el , mío y yo, lo que significa que los niños tienen dificultad en considerar el punto de vista de los demás.
La invención de los amigos imaginarios, aparte de ser una suerte de experimento lúdico en la actividad de los niños, es la mejor manera de poner a prueba el poder de la fantasía, capaz de romper con los formalismos lógicos y hacer trizas el racionalismo de quienes ponen en duda el pensamiento mágico del mundo infantil, donde los sujetos y objetos inanimados cobran vida como por arte de magia. Esto demuestra que una de las principales características de los infantes es su capacidad de crear juegos con los recursos propios de la imaginación, que no es una facultad adquirida sino innata en los seres humanos. 

Si los adultos no fantasean con un amigo imaginario, no al menos en presencia de sus amigos del mundo real,  es por el temor a que los tilden de perturbados mentales o desquiciados psíquicos. Lo mismo le ocurre cuando les llama la atención algún libro de la literatura infantil. Si lo leen, lo hacen a hurtadillas por el temor a ser descubiertos por otros adultos, que los tratarían como personas inmaduras o proclives al infantilismo.

Sin embargo, esto no ocurre cuando observamos que los niños introducen en sus juegos a los sujetos del mundo adulto, imitando a las personas o animales en su forma de comportarse y relacionarse con sus semejantes. El niño puede jugar a ser médico, como la niña puede jugar a ser paciente, lo mismo que la niña puede imitar el rol de una maestra y el niño el rol de un alumno. Tal vez por eso Sigmund Freud, estudiando este fenómeno desde la perspectiva psicoanalítica, afirmó que el niño, en su deseo de ser adulto, imita en el juego lo que de la vida de los mayores ha llegado a conocer; en cambio el adulto, a diferencia del niño, se avergüenza de sus fantasías y las oculta a los demás, porque las considera elucubraciones muy personales e íntimas, y que, en rigor, no tiene por qué comunicárselas a otros.

Por otro lado, los amigos imaginarios, que  nacen y se desarrollan en la fantasía de los niños de manera espontánea e inconsciente, les sirven no sólo para divertirse con ellos, sino también para compartir sus preocupaciones, frustraciones, angustias, temores y traumas. A veces, les atribuyen a ellos sus propios sentimientos negativos, usándolos como chivos expiatorios. No es casual, por ejemplo, que los niños ensayen con un amigo imaginario una situación que les provoca ansiedad, como cuando saben que tienen que ir al dentista o tienen que dormir solos en un cuarto oscuro.

Asimismo, los amigos imaginarios surgen como respuestas a las idealizaciones e ideas positivas. Junto a estos personajes tienen espacio para satisfacer algunas necesidades que no se les brinda en su entorno habitual. En tales circunstancias, sobre todo cuando hay carencias afectivas, los niños tienen la necesidad de inventarse amigos imaginarios para realizar a través de ellos sus anhelos y deseos. De ahí que algunos psicólogos recomiendan a los padres entender las conversaciones que los niños sostienen con sus amigos imaginarios, porque a través de estas pueden revelarse los sentimientos que anidan en su fuero interno.

Los niños se comunican con ellos como si estuvieran presentes en el espacio físico donde se desarrolla el juego. Hablan con ellos como si tuviesen voz y vida propias, aunque sólo se trate de un soliloquio en el plano real. Los niños intercambian ideas y experiencias con sus amigos imaginarios durante el proceso del juego, como cuando un escritor, mientras escribe sus cuentos, novelas o piezas de teatro, conversa con los personajes ficticios de su creación, a quienes puede darles y quitarles la vida con el golpe de la imaginación. Los lectores, como los niños que crean amigos imaginarios, pueden sentir también la presencia de los personajes ficticios mientras leen una obra literaria.

Los niños dicen que se imaginan amigos por el puro placer que sienten. Les encanta la fantasía. Estos niños gozan de la interacción social, de modo que si no pueden encontrar a un compañero de juegos en la realidad, se inventan uno. Los  amigos imaginarios suelen acompañarlos, sin pedirles nada a cambio, en sus momentos de soledad y necesidad existencial. De ahí que los niños que son hijos únicos, a tiempo de empezar un determinado juego, suelen tener la necesidad de buscarse amigos imaginarios, para sustituir la ausencia de una hermana o un hermano.

Sin embargo, esto no implica que estos niños, que juegan con amigos imaginarios en casa, estén incapacitados para participar en los juegos de socialización, que se desarrollan en los jardines de infantes o las escuelas de educación primaria, habida cuenta de que los niños, de un modo general, prefieren jugar con sus amigos reales, no sólo porque hay más variedades de roles que se asignan en el juego, sino también porque el juego compartido con otros niños tiene varios beneficios para su desarrollo integral, ya que a través del juego aprenden a relacionarse con sus semejantes; aprenden, por ejemplo, a ceder, a cooperar, a ser compañeros y a ponerse en distintos roles, mientras dura el proceso del juego. Por esta razón, es imprescindible que jueguen con niños reales, para que se hagan conscientes que no siempre el malo es malo y el bueno es bueno; en cambio si juegan siempre con sus amigos imaginarios, no tendrán posibilidad de intercambiar roles y no asimilarán los valores humanos útiles para relacionarse con sus semejantes en una colectividad donde todos individuos son iguales pero a la vez diferentes.

Los adultos, ya sea en el plano familiar o escolar, deben considerar que los amigos imaginarios, que aparecen en la mente de los niños durante el proceso del juego, se van tal como llegaron. Además, siguiendo las teorías de Jean Piaget, los amigos imaginarios suelen desaparecer cuando los niños se encuentran en el estadio de las operaciones concretas, entre los siete y los doce años de edad, porque su desarrollo emocional, lingüístico e intelectual le permite diferenciar la realidad de la fantasía.

Más adelante, a partir de los doce años de edad, los niños ya no tienen dificultades en aplicar sus conocimientos o habilidades, adquiridos en situaciones concretas, a situaciones abstractas. De acuerdo a las teorías de Piaget, en el estadio de las operaciones formales, los niños tienen la capacidad para resolver problemas abstractos a través de razonamientos lógicos.

Entonces queda claro que los amigos imaginarios, que aparecen en estadio pre-operacional del desarrollo cognitivo, en el que los niños no comprenden la lógica concreta ni pueden manipular mentalmente la información abstracta, desaparecen automáticamente cuando ingresan a otra etapa de su desarrollo intelectual, al denominado estadio de las operaciones formales, porque dejan de tener un pensamiento mágico y pasan a tener un pensamiento más lógico y racional como la de cualquier adulto.

martes, 30 de abril de 2019


EL CONDENADO

No hacía mucho que Severino Huanca, hombre de bien y albañil de oficio, había viajado al cantón donde vivían sus padres, como todos los años y en la misma fecha, para cosechar las papas en las chacras que pasaron a ser de su propiedad desde que la Reforma Agraria abolió el sistema latifundista de los terratenientes.

Severino Huanca, aunque era callado y tímido, tenía algunas virtudes que le ganaron el aprecio de los suyos; era padre cariñoso y marido responsable. Desde su infancia, que transcurrió en las serranías pastando ovejas y cabras, nunca dejó de ayudar a sus padres en la siembra y la cosecha de papas; un producto que ellos comercializaban en los mercados campesinos de Llallagua, para así adquirir con el mismo dinero otros productos que ellos necesitaban en el campo.

Poco antes de que Severino Huanca contrajera matrimonio con Angelina Mamani, una moza de un cantón aledaño, tuvo la suerte de encontrar, mientras cavaba la tierra en lo que antes fue el patio de una casa de hacienda, una caja llena de monedas de oro y plata. Se quedó maravillado ante tan sorpresivo hallazgo, pero decidió callar y mantener el secreto hasta cuando fuese necesario. Volvió a esconder el cajón bajo tierra y dejó que su vida siguiera siendo la misma de siempre.

A poco de su casamiento, Severino Huanca compró con sus ahorros una casita en la zona alta de la población de Llallagua. Allí nacieron sus hijos y allí, en un rincón de un pequeño patio, escondió la caja que años antes halló en la hacienda, sin que nadie lo viera ni lo supiera. Si no dispuso de una sola moneda fue porque él no estaba de acuerdo en que su familia, que era de extracción humilde, se dedicara a derrochar el dinero y a vivir en la opulencia, como lo hacían los hacendados que eran los dueños de las tierras y los pongos hasta mediados del siglo XX.

Así pasaron los años, sosteniendo a la familia con lo poco que ganaba como albañil, hasta la última vez que viajó para ayudar a sus padres en la cosecha de papas. Ese día, que parecía anticipar una inevitable tragedia, llovió de manera torrencial, como si en el cielo se hubiesen reventado diques de contención.

Severino Huanca, de contextura robusta y actitudes nobles, recorrió a pie las pampas y quebradas, protegiéndose de la lluvia con un poncho que Angelina Mamani tejió con cariño y le obsequió como la mejor prueba de su amor. A poco de llegar a la orilla de un caudaloso río, que estaba cerca del cantón donde vivían sus padres, se despojó de sus vestimentas y se dispuso a cruzar el río; tenía las ropas en las manos levantadas por encima de su cabeza y los bultos pesándole sobre las espaldas. Tendió la mirada hacia la otra orilla y se sumergió hasta la cintura, pero apenas pisó en un desnivel, bajo los truenos que rugían amenazantes en las alturas, fue arrastrado por las turbulentas aguas del río.

Desde aquel irreparable incidente, nadie más volvió a verlo ni a saber de él, ni en el cantón de sus padres ni en la población de Llallagua. Desapareció sin dejar rastro alguno, como si el río se lo hubiese tragado disolviéndolo como a un bloque de sal.

Su familia quedó sin ingresos económicos y al borde de la miseria, pues Angelina Mamani, que no sabía de dónde sacar el dinero para dar de comer a sus hijos, se la pasaba rezando al arcángel Barachiel para que no les faltara el pan en la mesa. Su situación iba de mal en peor, hasta el día en que unos vecinos le aseguraron que, alguien parecido a su marido, pasaba y repasaba por la puerta de su casa. Ella, desde luego, no dio créditos a las palabras de sus vecinos, quienes incluso aseveraban que Severino Huanca no estaba muerto sino vivo.

Pasado cierto tiempo, una noche en que caminaba sola, escuchó unos pasos a sus espaldas y una voz llamándola por su nombre. Ella giró sobre el tacón de su zapato y, bajo el chorro de luz del alumbrado público, distinguió a un hombre parecido a su marido. Él se le acercó y, tras esbozar la misma sonrisa con que la conquistó, alcanzó a decirle: Soy Severino, el padre de tus hijos...

Angelina Mamani, impactada por un susto que le heló la sangre, empezó a correr como espantada por el mismísimo demonio, mientras él la perseguía, tropezándose en el empedrado y pidiéndole que se detenga. Ella apresuró los pasos y se metió en su casa, dejando atrás al condenado que, al menos por el tono de su voz y la tierna expresión en su mirada, parecía quererle transmitir algo.

Angelina Mamani, de carácter dócil y profundas convicciones religiosas, estaba espantada de terror y no tuvo otra opción que acudir al templo en busca de consuelo. Cuando le confesó al cura que estaba siendo acosada por el alma en pena de su difunto marido, que se le apareció por detrás la noche en que se recogía a su casa, éste, aferrándose a un crucifijo del tamaño de un candelabro, le dijo que las personas muertas que se manifestaban entre los vivos eran almas del Purgatorio, que pedían rezar por ellas para alcanzar el Paraíso o para encomendarle una misión a un ser querido, sobre todo, si el alma no encontraba descanso por alguna tarea que dejó pendiente o por un deseo que no cumplió en vida.

Angelina Mamani se deshizo entre sollozos y el cura le aconsejó, por si acaso el condenado tuviera oscuras intenciones, llevar siempre en su bolso un jaboncillo, un peine y un espejo, no tanto como amuletos de buena suerte, sino para protegerse contra los espíritus malignos o cuando lo estimara conveniente. En caso de sufrir un nuevo acoso que pusiera en peligro su vida, ella debía sacar los tres objetos de su bolso, uno a uno, y arrojarlos al suelo para mantener a raya al condenado.

Esa misma noche, en que el cielo se cubrió de nubarrones negros y los vientos  zumbaban como lamentos de zampoña, Angelina Mamani se quedó dormida al lado de sus tres hijos y, en lo más profundo del sueño, se vio saliendo de su casa, con la misma pollera y manta que usó el día de su casamiento. En las calles no había transeúntes ni perros que ladren, salvo la figura de un hombre que, como salido de la nada, se le apareció a sus espaldas, caminando al mismo ritmo que ella marcaba los pasos. De pronto, sintió que la temperatura bajó bruscamente y que los pasos de su perseguidor estaban cada vez más cerca. Entonces se detuvo, volteó la cabeza y, a prudente distancia, logró ver a su marido, quien tenía la cabeza gacha y las mismas ropas que se puso el día que partió rumbo al cantón donde vivían sus padres.

Severino Huanca, sin considerar el miedo que su presencia le provocaba a su viuda, siguió avanzando a paso lento pero seguro, con los brazos en cruz, como si quisiera decirle algo, pero Angelina Mamani se asustó tanto que, sin pensar en otra cosa que en sus hijos, echó a correr calle abajo, a gran velocidad, mientras  el condenado la perseguía llamándola por su nombre y suplicándole que se detenga.

A dos cuadras más adelante, con la respiración jadeante y el cuerpo empapado en sudor, recordó los consejos del cura. Sacó de su bolso el jaboncillo y lo arrojó al suelo. Inmediatamente el jaboncillo se transformó en un pantano de superficie lisa, donde el condenado se resbaló una y otra vez, permitiendo que ella siguiera huyendo en dirección a la plaza principal, en cuya esquina estaba el templo de nuestra Señora de la Asunción.

El condenado logró salir del pantano y prosiguió su camino en un intento por alcanzar a su esposa, quien, sin dejar de correr ni pedir auxilio, sacó de su bolso el peine y lo arrojó detrás de sus pasos. El peine se transformó en un bosque lleno de espinas, donde el condenado no sólo se rasgó las ropas y la piel, sino que fue retenido como por una maraña de lanzas en ristre.

Angelina Mamani siguió corriendo por la avenida 10 de Noviembre y el condenado siguió corriendo por detrás de ella, sin dejar de llamarla por su nombre y sin dejar de sortear los obstáculos que encontraba a su paso. Cuando ella cruzó el edificio de la Alcaldía Municipal, la Plaza de Armas y estaba muy cerca del templo, y el condenado estaba a punto de atraparla en la esquina de la Plaza 6 de Agosto, sacó de su bolso el espejo y, sin mirar hacia atrás, lo arrojó por encima de su cabeza. El espejo se hizo añicos contra el suelo y se transformó en una profunda laguna, donde el condenado se hundió como en un pozo sin fondo.

Angelina Mamani se metió en el templo de puertas abiertas, se persignó tres veces y  lanzó un suspiro de alivio, secándose el sudor que le chorreaba por la frente. Por fin estoy a salvo, Dios mío, se dijo, mientras avanzaba en dirección al altar, donde destacaba la imagen de la Virgen de la Asunción.

Al nacer el día, fue despertada de su letargo por los lloriqueos de su hijo menor y se dio cuenta de que todo lo que acababa de experimentar en cuerpo y alma no era más que un sueño, un angustioso sueño que prefirió echarlo al olvido.  

Pasó un tiempo, otro tiempo y más tiempo, y el condenado no volvió a aparecer en las calles de Llallagua, de modo que Angelina Mamani, sintiéndose liberada de un enorme peso emocional que la atormentaba a diario, pensó que el alma en pena de su difunto marido encontró la paz en la otra vida; pero no, una noche que ella retornaba a su casa, después de haber asistido a una misa de todosantos, el condenado se le apareció muy cerquita de sus espaldas, casi respirándole en el pabellón de la oreja. Ella se detuvo como hipnotizada, giró la cabeza a un lado y, mirándolo de arriba a abajo, como a su propia sombra, se encogió de pánico y lanzó un grito de pavor.        

–No te voy a hacer daño –le dijo el condenado, con voz ronca y tomándola por el brazo.

–¿Qué quieres? –preguntó ella, envuelta en gran temor–. ¿Por qué me persigues?

–Porque quiero revelarte un secreto –contestó–, pero para hacerlo, debemos entrar al patio de la casa por la puerta trasera, no sólo porque ahí está el secreto, sino también para evitar que nos vean nuestros hijos…

Ella, dejándose conducir asida del brazo, dejó de hacer preguntas y se limitó a caminar con la mirada perdida en el empedrado; no estaba segura de lo que hacía, pero estaba intrigada por saber cuál era el secreto que quería revelarle su difunto marido. Cruzaron la puerta que daba al patio y avanzaron hasta uno de los ángulos del muro de adobes. El condenado levantó la mano derecha y señaló con el índice el lugar donde ella debía cavar con la pala que estaba arrimada contra la pared posterior de la casa.

Angelina Mamani cogió la pala y empezó a cavar con todas sus fuerzas, hasta que el filo metálico chocó contra la cerradura de una caja de madera. Luego se puso de cuclillas, destapó la caja y, ante un asombro que la dejó perpleja y con la boca abierta, se enfrentó al brillo de las monedas de oro y plata. Sólo entonces el condenado, satisfecho por haber cumplido con la tarea que dejó pendiente en vida, giró como una rueca en el aire y se dejó caer convertido en un puñado de tierra.


jueves, 25 de abril de 2019


SUBCOMANDANTE MARCOS

Querido subcomandante:

Te escribo esta carta después de salir de un sueño, en el cual vi tu cara con tanta nitidez como si te estuviera viendo de veras. Pero no, cuando desperté agitado y sudoroso, pensé que tu rostro no existe, porque es el rostro anónimo de un comandante que es el pueblo. Y, sin embargo, a lo largo de tu lucha, en la que te seguimos de lejos y de cerca, en las buenas y en las malas, jamás te confundí con Rambo ni con otros mercenarios del imperialismo, sino con Emiliano Zapata, con ese personaje que ofrendó su vida a la causa libertaria, con ese revolucionario cuya fuerza radicaba en su inteligencia y su grandeza en su sencillez. Además, tú que combates en las montañas del sureste mexicano, enmascarado como los luchadores del cuadrilátero, me recuerdas a ese otro guerrillero llamado Ernesto Che Guevara, a quien lo mataron en las montañas del sureste boliviano, a pesar de haber sido un hombre que tenía el corazón más grande que el cuerpo y el coraje del tamaño del tiempo.

Para serte franco, confieso que desde niño escuché hablar bien de los caudillos y mártires de la revolución cubana. De modo que, cuando alcancé el umbral de mi adolescencia, se me hacía que los conocía de cerca, puesto que en mis sueños hablaban y respiraban como si viviéramos en el mismo cuarto y soñáramos el mismo sueño, que es el sueño de la libertad y la justicia. Después me impactó la muerte del Che, sobre todo, esa imagen suya que vi en la prensa a poco de haber sido asesinado en la escuelita de La Higuera, pues el comandante, más que parecerse a un “delincuente” o “bandolero” -como decía el gobierno-, tenía el aspecto de Cristo tendido en los maderos, la melena desgreñada, la mirada irradiando esperanza y la barba tendida sobre el pecho.

Desde entonces, los estudiantes, reunidos en los parques o en las aulas, no hablábamos de otra cosa que de las hazañas del Che y de volver a las montañas por el sendero que él señaló con su ejemplo. Pero, ya ves, yo no me sumé a guerrilla alguna ni disparé un solo tiro, no tanto por un acto de cobardía como por haberme quedado a vivir en el exilio, atrapado por el conformismo y el consumo. Tú, en cambio, como los demás miembros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, te marchaste a la montaña, empuñaste el fusil y decidiste conquistar la causa con la que soñamos millones de latinoamericanos.

Está por demás decirte que me fascinan los guerrilleros, quizás, porque llevo gotitas de rebeldía en la sangre o, quizás, porque me identifico más con los débiles que con los fuertes, más con los pobres que con los ricos, más con los insurgentes que con los guardianes del orden. De ahí que, en las historietas de Walt Disney, me identifiqué siempre con los Chicos Malos y no con Tío Rico. En el cine me identifiqué con Chaplin y no con el policía, con Robin Hood y no con la monarquía, con los “pieles rojas” y no con los “cowboys”. Más tarde, insertó ya en el maravilloso mundo de la literatura, me sentí seducido por los antihéroes de la novela: por “El lobo estepario” de Hermann Hesse, “La metamorfosis” de Franz Kafka o “El idiota” de Fiódor Dostoyevski, seres que vivían una suerte de marginalidad, aquejados por una cierta deformidad parecida a la de Cuasimodo en “Nuestra Señora de París”, “El hombre elefante” o “El Fantasma de la Opera”. Es decir, mis simpatías, como las tuyas, estaban desde siempre por el lado de los débiles, consciente de que los débiles, cuando pierden la paciencia y se levantan en armas, se convierten en luchadores indomables, o si no pregúntale al “Viejo Antonio”, quien, rescatando la sabiduría popular, dice: uno se hace grande a fuerza de achicar su miedo, para enfrentarse a un enemigo poderoso, como David se enfrentó a Goliat.

Tal vez esta sea una forma de romantizar al guerrillero y subestimar al enemigo; pero eso sí, lo que no se me puede quitar de la cabeza es la idea de que los guerrilleros son como en las películas, personajes que tienen el cuerpo forrado de municiones y un fusil que usan como cabecera cuando están fuera de combate, relajándose del cansancio mientras se fuman un cigarrillo con la mirada puesta en el cielo; que unas veces leen libros en medio del temor y la muerte y, otras, escriben libros entre el desvelo y la pasión, pues ya son varios los guerrilleros que se hicieron escritores, porque la montaña debe ser, si no me equivoco, algo más que una inmensa estepa verde. Por lo que a ti respecta, querido subcomandante, te agradezco por tus hermosos relatos chiapanecos y por tus cartas de lucha y de ternura, con las que prometo hacerme una flor de pétalos rojos y ponérmela en el ojal, a la altura del pecho y muy cerquita del corazón.

Aquí termino esta carta, mientras te imagino al otro lado del océano, en algún secreto confín de la montaña, dispuesto a apagar la vela, pero no la esperanza de la victoria final.

jueves, 7 de marzo de 2019


CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LITERATURA JUVENIL

Alguna vez me preguntaron: ¿Qué deben leer los jóvenes? Pensé unos segundos y contesté: Todo lo que caiga en sus manos. No existen recetas ni fórmulas precisas para recomendar cuáles son los libros que deben y no deben leer los jóvenes, ya que, contra toda premisa didáctica, son ellos mismos quienes deciden qué libros son de su preferencia.

Si bien es cierto que la definición de literatura juvenil va asociada, de manera tradicional, a la literatura infantil, es cierto también que cada una de ellas guarda características que las diferencian por el tratamiento de los temas, las formas narrativas y el manejo de un léxico determinado. Si los niños tienen un vocabulario restringido, se supone que los jóvenes, que se encuentran en otra etapa de su desarrollo lingüístico, manejan una competencia lectora que les permite acceder a una literatura que no siempre está clasificada como juvenil por las editoriales ni por los bibliotecólogos, y mucho menos por los profesores que enseñan lenguaje y literatura en las aulas de educación secundaria.

La literatura, que en cierto modo influye en la vida de los jóvenes, no siempre tiene que abordar temas relacionados a los conflictos emocionales y existenciales propios de la juventud, en vista de que una de las principales funciones de la literatura consiste en ganarlos hacia el mundo de los libros, a partir de una lectura lúdica, que les permita el escapismo, la gratificación instantánea, el placer de leer historias que les abran puertas hacia lo desconocido y los inviten a viajar en la fantasía hacia mundos ajenos al suyo, ya que la buena literatura es aquella que despierta el interés de los lectores mucho más que enseñarles conocimientos científicos para su formación profesional.

Los libros para los jóvenes, que si bien sirven como instrumentos de información y formación, no tienen por qué cumplir con el requisito de presentar personajes reales o ficticios con los cuales puedan identificarse los jóvenes, quienes están buscando consolidar su identidad personal o resolver algún conflicto social, educativo o familiar. La obra literaria, en primera instancia, más que transmitir valores morales y lecciones didácticas, está destinada a atrapar el interés del lector y estimular el hábito de la lectura, con o sin la guía de un profesor.   

Con esto no se quiere eludir la lectura de obras de carácter didáctico, que abundan en el amplio espectro de la literatura juvenil, gracias a que algunos autores, capaces de fusionar la fantasía con el conocimiento científico, ofrecen una lectura tanto lúdica como didáctica, sin que los jóvenes lectores lo adviertan durante el proceso de la lectura.

La literatura como material didáctico en la enseñanza

Cuando los educadores se refieren a la literatura juvenil, desde un punto de vista didáctico, señalan los requisitos formativos que deben reunir las obras literarias en función de los objetivos educativos preestablecidos por los programas pedagógicos, que no siempre consideran el interés de los jóvenes lectores, sino los objetivos trazados por un sistema educativo que, más que promover el hábito de la lectura, usa la obra literaria como material auxiliar en la enseñanza de otras materias curriculares, como la gramática, la comprensión lectora y, en el peor de los casos, para impartir lecciones morales y éticas, según ciertos principios ideológicos o creencias religiosas; cuando en realidad, la lectura de una obra literaria debía ser una suerte de ejercicio de libertad y de reflexión crítica ante las creaciones literarias.

No faltan los docentes, pedagogos y literatos que, en afán de completar un programa de educación secundaria, convierten la literatura juvenil en una literatura educativa, reduciéndola a favor de la lectura funcional, con el propósito de usarla como material de apoyo didáctico en las prácticas de lectura y escritura de los alumnos, a veces, sin que las obras estuvieran en consonancia con los  intereses, conocimientos y formación integral propios de la edad juvenil.


No es difícil imaginar cuáles son los criterios y fundamentos que los docentes ponen en juego a la hora de elegir determinadas obras literarias para sus alumnos. Se supone que no es necesariamente por la connotación literaria, sino por la función didáctica de éstas, conforme puedan facilitarle el trabajo a realizarse en el aula. Por consiguiente, en esta elección, nada acertada y por demás arbitraria, influye decisivamente el grado de formación profesional del docente, su propia experiencia como lector y las concepciones ético-morales que maneja para definir lo que es buena o mala literatura para los alumnos.

Las mismas editoriales, más por un afán comercial que por contribuir al Plan Lector, han creado colecciones específicas dirigidas a los adolescentes de educación secundaria, con criterios que consideran el valor literario, el valor moral y la explotación de los mecanismos de identificación psicológica de los lectores con el personajes de una obra que, así bien cumple con las expectativa del educador y el educando, no fue pensado ni creado para ser leído como material auxiliar o didáctico en la enseñanza de la asignatura de lenguaje y literatura.

La difusa franja entre adolescencia y juventud

La denominada literatura juvenil, destinada al adolescente que cabalga entre el mundo infantil y juvenil, se encuentra mucho más cerca de la literatura de evasión concebida para los lectores adultos. Y, sin embargo, los términos literatura infantil y literatura juvenil se emplean como sinónimos, y los libros se clasifican en el marco de la denominada literatura infanto-juvenil, aun sabiendo que esta etiqueta es muy subjetiva y relativa, pues no pocos adolecentes, al hallar sus obras preferidas entre los libros destinados a los niños, sienten un rechazo instintivo por este tipo de clasificación arbitraria, porque lo último que desea un adolescente es ser tratado como un niño cuando él mismo se considera una persona mayor; es más, los adolescentes se inclinan por elegir obras que son leídas por los adultos, debido a que la caracterización psicológica de los personajes y las historias narradas no difieren mucho entre la literatura juvenil y la literatura para los adultos que, acéptese o no, abordan los mismos temas: el amor, la tragedia, el desengaño, el sexo, las aventuras sobrenaturales, los conflictos familiares, los primeros amores, la timidez, el bullying y muchos otros que afloran en la etapa de la pubertad y que forman parte de la condición humana. Por lo tanto, las obras literarias denominadas por los expertos como crossover books ponen en entredicho la pretendida distancia entre la literatura juvenil y la escrita para los adultos.

Asimismo, la buena literatura juvenil es aquella que puede ser también leída por los adultos, sobre todo, si el adulto se enfrenta a la lectura de una obra que le plantea estructuras más complejas en su tratamiento temático y un lenguaje más elaborado que exige el manejo de un amplio vocabulario para poner a prueba su comprensión lectora y gozar de la belleza estética de la obra. 

Aunque éste no deja de ser un tema controvertido, cabe advertir que es difícil establecer un límite cronológico entre el adolescente y el joven, entre el joven y el adulto, ya que nadie puede trazar una línea exacta de cuándo empieza y finaliza la etapa de la juventud. A propósito de este tema, en 1985, la Asamblea General de Naciones Unidas definió como jóvenes a las personas entre los 15 y 24 años de edad; en tanto la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño definió la infancia hasta los 18 años; de modo que una persona entre los 12 y 18 sería definida como adolescente; una etapa que oscila entre la infancia y la juventud. Ahora bien, estas definiciones varían de un país a otro, dependiendo de factores socioculturales, económicos y credos religiosos.


Cuando hablamos de la narrativa para jóvenes, casi de manera espontánea y sin mayores reflexiones, nos referimos a los libros destinados a los adolescentes que se encuentran en la educación secundaria, aunque el término joven involucra también a quienes son mayores de 18 años. En este contexto, la definición de literatura juvenil es mucho más amplia que la atribuida exclusivamente a los lectores adolescentes.

La literatura para jóvenes es aquella que está dirigida a los lectores mayores de 12 años, a quienes han dejado de tener un pensamiento mágico y han pasado a tener un pensamiento lógico. No obstante, la buena literatura juvenil puede ser leída no solo por los adolescentes, sino también por quienes se consideran jóvenes a los 25 ó 40 años de edad; al fin y al cabo, lo que importa no es si una obra ha sido creada con la idea puesta en los lectores jóvenes, sino que la obra sea buena tanto por la forma como por el contenido. De ser así, todos coincidiríamos en el criterio de que una buena obra literaria puede ser leída, lejos de todo concepto moral y consideración didáctica, por los adolescentes, jóvenes y adultos.

El placer de leer por puro placer

Nadie pone en duda el planteamiento de que los alumnos adolescentes necesitan acceder al goce pleno de la literatura, en procura de satisfacer sus inquietudes emocionales, despejar sus dudas y curiosidades; más todavía, se sabe que los jóvenes no leen, por iniciativa propia e interés personal, los libros recomendados por los tecnócratas de la educación, sino aquellos que están al margen de los programas establecidos para las asignaturas de lenguaje y literatura en la educación secundaria.

Los jóvenes, de manera intuitiva y con toda su capacidad intelectual y lingüística, eligen los cómics, las revistas de súper héroes, las publicaciones populares y los libros que poco o nada tienen que ver con el sistema educativo. Son libros cuyos temas oscilan entre la realidad y la fantasía, como los de aventuras de Stevenson, Kipling, London, Defoe o Julio Verne que, además, tienen personajes adolescentes, que conducen a territorios lejanos, exóticos o, al menos, diferentes a los que los lectores experimentan en su entorno cotidiano. Los jóvenes siempre se han sentido atraídos por historias contextualizadas en lugares desconocidos y tiempos indefinidos, quizás por eso tienen preferencia por las novelas fantásticas, de terror o ciencia ficción.

Por otro lado, los estudiantes de educación secundaria, por inquietudes propias de su edad, destacan las obras que abordan los vericuetos del amor y el desamor. No es casual que lean cuentos y novelas con argumentos románticos y protagonistas adolescentes, cuyas acciones reflejan las preocupaciones y curiosidades de toda persona que cruza el umbral de la pubertad. A pesar de este inusitado interés entre los adolescentes, en la mayoría de los libros clasificados como literatura juvenil se nota la ausencia del tratamiento de la sexualidad, aunque éste ha sido uno de los temas recurrentes en la vida de los individuos desde la noche de los tiempos, ya que nadie es ajeno a la sexualidad como parte integrante del desarrollo humano, y así lo comprenden los lectores adolescentes que, en los tiempos modernos y con una tecnología que pone en sus manos toda la información sobre el tema, se  despojaron de los caparazones que los protegían del mundo complicado de los adultos y los mantenían recluidos en el paraíso eterno de la dulce infancia.

En este caso, para dar paso a una literatura transgresora de las buenas costumbres ciudadanas, no queda otra alternativa que permitirles leer obras que les toca las fibras íntimas de su personalidad, así esta lectura los lleve a cuestionar los preceptos morales del mundo religioso, las normas rígidas de los padres y educadores; y, sobre todo, que les permita hallar la luz entre las sombras de las sensaciones del amor y las relaciones sexuales.


Cabe recordar que al alumno no siempre le encanta lo que le gusta al profesor, ya que los gustos sobre lo que es bueno o malo en literatura es tan relativo que, frecuentemente, se da la paradoja de que el profesor lee un tipo de obras y el alumno lee otras, a partir de su propio interés personal y sin pensar si las obras elegidas le entregarán o no conocimientos válidos para su formación profesional.

Entonces, por deducción lógica, lo mejor será dejar que los propios jóvenes elijan el libro que desean leer, sin que el profesor de lenguaje y literatura ejerza presiones de carácter didáctico o pedagógico. En la educación secundaria es preferible que no existan fuerzas coercitivas que obliguen al adolescente a leer libros que no son de su interés, habida cuenta que la lectura de obras literarias debía contribuir a formar verdaderos lectores y no a crearles antídotos o mecanismos de defensa contra la literatura impuesta a fuerza de exigirles una lectura obligatoria.

Dejarlos elegir, en absoluta libertad, un libro que llama poderosamente su atención, es la única manera de acercarlos al ámbito de la literatura y estimular su hábito de lectura; de lo contrario, como en toda enseñanza obligatoria, le despertará un rechazo instintivo hacia la lectura y un resentimiento contra las obras ajenas a su interés. Por cuanto la enseñanza de la literatura en el nivel secundario requiere estar anclada en el interés de los jóvenes lectores que, por lo general, tienen más preferencia por las obras que no están contempladas en los actuales programas escolares elaborados por los tecnócratas de la educación. 
  
Los libros deben leerse por el puro placer de leer, y no para enriquecer el vocabulario, aprender la gramática ni tener lecciones de cómo escribir un texto con una sintaxis correcta e impecable. Por lo tanto, pasarle al alumno una literatura engorrosa implicará alejarlo de la literatura; es más, éste acabará por odiar la lectura de los libros recomendados por los especialistas. Y, desde luego, nunca dejará de preguntarse: ¿Por qué tengo que analizar con tanto detalle los libros? ¿No podría leerlos por puro placer e iniciativa personal?

Ya se sabe que para gustar de un libro hay que leerlo con alegría y amor, como recomendaba Pablo Neruda; una reflexión que nos induce a pensar que debemos leer lo que es de nuestro interés y agrado, al menos, si consideramos que la lectura tiene que ser una forma de felicidad, una suerte de escape de la realidad que nos circunda, una válvula de escape que permita transportarnos, por medio de las acciones de los personajes y las historias narradas, a otros contextos diferentes a los que experimentamos aquí y ahora.

Incluso un libro que aborda temas cotidianos y realistas, debe ofrecernos la posibilidad de poner en marcha nuestra imaginación, como si la historia narrada la estuviésemos viviendo en carne propia, en vista de que la literatura no es un tratado de filosofía ni una enciclopedia lingüística para eruditos, sino un espacio de libertad, relajamiento y felicidad.

martes, 5 de marzo de 2019


LA KHARISIRI

La Kharisiri, según algunos testigos, que la vieron caminar por las inmediaciones de La Ceja de la ciudad de El Alto, era una mujer elegante, capaz de atraer a cualquiera con el relámpago de su belleza; tenía los dientes encasquillados con oro y los ojos rutilantes como estrellas; se contoneaba al caminar y batía sus largas trenzas, que le caían como lazos desde la nuca hasta el final de la espalda; poseía donaire para exhibir sus indumentarias y accesorios de chola paceña. Se presentaba vestida con varias enaguas y la pollera con alforzas plisadas en el vuelo; su blusa estaba bordada con hilos dorados, exactamente como el corsé sin mangas y la chaqueta que, ceñida a su escultural figura, estaba confeccionada de la misma tela de la pollera.

Los testigos, asegurándose de decir la verdad y nada más que la verdad, contaban que la Kharisiri podía ser confundida con una comerciante aymara, como quien, luego de invertir sus ganancias en negocios rentables, se hizo dueña de una incalculable fortuna, no solo porque vestía prendas de alta costura, sino también porque usaba accesorios de fina orfebrería.  Lucía grandes pendientes de oro, con perlas barrocas y diamantes; anillos en todos los dedos y un adorno de fina pedrería en el sombrero; un chal de vicuña, prendido sobre el hombro izquierdo con un enorme gancho de oro de cuya cadena pendía una bellísima perla neta. Así, ataviada de chola, se sentía más coqueta, bonita y atractiva.

En cambio para los pobladores de las comunidades agrarias, que crecieron con los relatos y las creencias de sus antepasados, la Kharisiri era un ser llegado del más allá, una mujer que se alimentaba con grasa humana y profanaba las tumbas para extraer los dientes de oro de los difuntos, que por las noches deambula en forma humana y que durante el día se transforma en oveja con cuernos de carnero, en mula de alta parada y en llama con corona aurea entre las orejas.  Y que, a diferencia de los espíritus terrestres de la cosmovisión andina, nunca aparecía convertida en perro, gato, gallo u otro animal doméstico o silvestre.

Cuando la Kharisiri se adueñaba de la noche, como una sombra en apagados fulgores, y se daba a la tarea de extraer la grasa de algún pasajero desprevenido, se ataviaba con ropas oscuras, cubría sus trenzas con una capa larga y su rostro con una capucha negra. No en vano un conductor del Wayna bus, que trabajaba en horario nocturno, había advertido desde hacía tiempo a una enigmática mujer que, algunos fines de semana y pasada la medianoche, se subía cerca del cementerio y se sentaba en el último asiento. Estaba siempre sola y no dejaba ver su cara, tenía las uñas crecidas y sucias, los pies descalzos y un olor a cadáver descompuesto. Parecía una mujer demoniaca y, como toda mujer que encarna el Mal, se acercaba a cualquier hombre que se recogía de un acontecimiento social, sobre todo, si estaba borracho y quedaba profundamente dormido.

Así sucedió una noche, la Kharisiri se subió al Wayna bus y se sentó en el último asiento. El autobús avanzó contra el viento y bajo un cielo cargado de nubes, hasta que el conductor frenó de súbito y recogió a un hombre que le hizo señas desde una esquina sin luminarias.

El hombre, recogiéndose de una fiesta tradicional, con mixturas en los hombros y la cabeza, entró tambaleándose y, con la mirada arrastrándose por los asientos vacíos, se sentó muy cerca de la Kharisiri, justo allí donde el conductor no alcanzaba a verlo a través del espejo retrovisor.

La Kharisiri, que no atraía a los pasajeros con su belleza física ni mediante engaños amorosos, sino con la armonía de su cantarina voz, esperó que el hombre entornara los ojos y se quedara dormido, cómodamente arrellanado en el asiento.

Ella lo observo de hito en hito, calculándole la edad, el peso y la estatura. Estaba claro que el incauto, con aspecto de bonachón y cuerpo rollizo, encajaba en los gustos de su preferencia. Ella sabía que no era lo mismo un hombre raquítico que otro entrado en carnes, como no era lo mismo la grasa de un niño que la de un adulto que, tras haberse acumulado durante años bajo los pliegues de la piel, tenía más utilidades, como la elaboración de ungüentos y curas maravillosas, y hasta sabía mejor que el cebo de los puercos criados en granja.

El conductor siguió su ruta por las callejuelas periurbanas de la ciudad de El Alto, sin mirar lo que sucedía en el fondo del Wayna bus, mientras la Kharisiri, canturreando una melodía similar a la de una canción de cuna, se acercó sigilosamente hacia su víctima, que dormía con la cabeza ladeada y las manos en los bolsillos.

Una vez que tenía todo el control sobre el trasnochado, como si le hubiese encantado el alma o ajayu, aprovechó para desabrocharle la chaqueta, desabotonarle la camisa y recostarlo sobre el asiento. Inmediatamente después, ella levantó su capa con una mano y buscó su cartera con la otra. Su cartera, de mayor tamaño que las ordinarias, era una suerte de maletín donde guardaba las jeringas, los frascos de cristal y los instrumentos necesarios para extraer la grasa humana. Sacó un afilado escalpelo, que brilló como una navaja de obsidiana ante la luz de sus ojos, lo manipuló con la destreza de un cirujano y le abrió una herida en el costado derecho del cuerpo, a la altura de las costillas flotantes, por donde le extrajo la grasa abdominal con una jeringa conectada a un frasco de cuello ancho. No conforme con eso, le extrajo también la médula de los huesos. Luego cerró la herida con los dedos, sin suturar ni grapar, hasta dejarla como una fina cicatriz que, más cicatriz, parecía el leve rasguño de un gato.

La Kharisiri, antes de que el Wayna bus llegara a su parada final, descendió como si nada hubiese sucedido con el último pasajero. Caminó con su capa batida por el viento y desapareció como sombra en la inmensidad de la noche.

Al día siguiente, el parroquiano que abordó el autobús después de haber asistido a una fiesta, donde compartió bebidas alcohólicas adulteradas, no recordaba absolutamente nada de lo sucedido ni sentía malestar alguno en su organismo, hasta que, al cabo de unos días, se enfermó repentinamente, como embestido por una aguda anemia, y, tras violentos dolores en el abdomen y espasmos que lo revolcaban de un lado a otro, murió rodeado de sus familiares, quienes, al confirmar que padecía de una enfermedad desconocida por las ciencias médicas, no dudaron de que se trataba de un mal que no era de este mundo, ya que su cadáver presentaba signos de haber sido atacado por la Kharisiri.

–Si hubiese estado con olor a ajos y no a tragos, de seguro que no hubiese pasado lo que ha pasado –dijo uno de los presentes–, porque la hediondez del ajo suele ahuyentar a la Kharisiri.

–Tampoco le hubiese pasado lo que le pasó –dijo otro– si hubiese tenido un wayruro como amuleto en el bolsillo, porque el wayruro, como la santa Biblia y el crucifijo, protege a los humanos de los seres diabólicos llegados del más allá….

El mismo día que sepultaron al hombre que perdió la vida tras una enfermedad incurable, la Kharisiri salió de su escondite y volvió a recorrer por las calles alteñas, contoneándose con singular belleza y su hermoso traje de chola paceña.