viernes, 17 de abril de 2026

 

EL TÍO SIN TATUAJES

En el segundo piso de una galería ubicada en la Avenida Antofagasta, de la zona Villa Dolores de La Ceja de la ciudad de El Alto, donde se leían por doquier luminosos letreros destacando la palabra tattoos –y cuyos propietarios, de un modo general, eran jóvenes que ostentaban tatuajes, como ornamentación corporal, en las manos, los brazos y el rostro–, conocí a Freddy, Dark y Dayko Requena, tres amigos con quienes, desde el primer roce personal, me llevé muy bien, quizás porque, a través de la amena charla que sostuvimos, nos dimos cuenta de que coincidíamos en algunos principios básicos de la filosofía práctica de la vida.

En mi primer encuentro con ellos, que se dio de un modo casual, eché un vistazo a la redonda y advertí que el estudio estaba bastante equipado, porque, aparte de cumplir con las normas sanitarias de rigor, contaba con camillas, lámparas, máquinas de tatuar eléctricas, unos para delinear y otras para sombrear, agujas de diversos calibres, cartuchos de tinta en una gama de colores, pigmentos, guantes de tipo quirúrgico, además de materiales esterilizados y de protección.

Mientras conversábamos de temas diversos, me di cuenta que esta forma de arte corporal consistía en inyectar la tinta en la dermis, mediante el uso de maquinitas eléctricas con agujas, que causan un leve sangrado y dolor; una profesión que requiere de paciencia, experiencia y mucha creatividad, debido a que los diseños, plasmados en las piernas, los brazos, la espalda, el torso y el rostro, pueden ir desde la composición de un texto, como una simple rosa de colores encendidos, hasta la compleja réplica de una fotografía, pasando por los tatuajes basados en tintas de colores primarios.

Dayko Requena, que ejercía esta profesión desde hace tiempo, había adquirido experiencia en Argentina, a pesar del estigma social que todavía existe en torno a las personas que portan en el cuerpo tatuajes de diversa índole, ya que esta forma de arte, más allá del sentido estético, es una forma de identificarse con los seres rebeldes, irreverentes con las normas éticas y morales de una sociedad religiosa, conservadora y retrógrada, que los identifica con las subculturas underground, donde estos movimientos artísticos y culturales alternativos viven en situaciones de marginalidad, cargando el peso de los prejuicios desfavorables que los convierten en los outsiders de una colectividad forjada sobre la base de reglas establecidas por los poderes de dominación y los ciudadanos de buen vivir, que asocian los tatuajes con el crimen y la delincuencia.

Con todo, Dayko Requena y sus compañeros corresponden a esa categoría de artistas profesionales que, además de tener un pulso firme para el dibujo, deben grabar imágenes permanentes en la piel utilizando agujas y pigmentos, a partir de diseños propios o a partir de la preferencia del cliente.

Otro detalle que me llamó la atención fue el enorme agujero en el lóbulo de la oreja de donde pendía una joya y ese piercing microdermal en el pómulo de Dayko, ese piercing que, siendo otra forma de arte corporal, refuerza el carácter de su personalidad. Me imagino que esas pequeñas perforaciones realizadas con una cánula especial en partes del rostro le causó un dolor parecido a la picazón de una abeja, para luego ser atravesada por una joya de titanio u oro de 18 quilates.

Mientras conversábamos de ángeles y demonios, de la máscara de diablo que pendía de la pared y la Ñatita rodeada de copas de alcohol, puñados de coca y un cigarrillo entre los dientes, se me ocurrió proponerle la realización de una estatuilla del Tío de la mina, personaje que él conocía desde su infancia, debido a que tanto su padre como sus parientes fueron trabajadores del subsuelo en la población minera de Caracoles. Le dije que hiciera un Tío, pero sin tatuajes en el cuerpo, ni en el rostro, ni en el alma.

Me miró con cierto escepticismo, pensó un instante y aceptó el reto de hacer la estatuilla a cambio de mis libros que despertaron su interés, con solo ver las portadas y leer los títulos: Cuentos de la mina, Conversaciones con el Tío de Potosí, Cuentos violentos y El eco de la conciencia. Le agradecí por su predisposición y le estreché la mano amiga.

No era casual que los libros le llamaran la atención, debido a que Dayko Requena conocía el mundo minero tanto como yo, porque su padre y sus parientes fueron mineros en Caracoles, donde incluso fue asesinado su tío paterno cerca de la bocamina, poco después de la asonada militar, conocida como el narco-golpe de Estado, protagonizada por García Meza y  Arce Gómez, en julio de 1980; ocasión en que las tropas del ejército intervinieron la población minera, dejando muertos, heridos y, sobre todo, viudas y huérfanos sumidos en el dolor y el llanto.   

Después de la amena charla, quedamos en vernos otro día, cuando la estatuilla estuviese terminada. Así ocurrió al cabo de un tiempo. Él me recibió con la amabilidad de siempre y me enseñó su creación al ritmo de la música rap. Apenas vi la estatuilla del Tío de la mina, nacida de las manos y la imaginación de este artista del tatuaje, el dibujo y la escultura, me pareció una excelente obra de arte. Como es natural, me quedé fascinado ante esta maravilla que estaba destinada a formar parte de mi colección personal, donde atesoro a varios Tíos y una Chinasupay, elaborados en distintos materiales y por la fuerza creativa de varios artistas nacionales.

Le agradecí por su generosidad, sin dejar de alagar su talento, que le brotaba a flor de piel. Él no dejaba de sonreír, haciendo más amplia su boca por los tatuajes que, en formas de delgados cordones, le nacían en la comisura de los labios y se perdían detrás de las patillas. Le entregué los libros, como habíamos acordado, y en el libro Conversaciones con el Tío de Potosí, estampé mi autógrafo, con un texto que decía: De un hijo de minero para otro hijo de minero.  

El Tío no tenía tatuajes en el cuerpo ni en la cara, estaba limpió como el pecho de una monja, pero sí tenía el aspecto de diablo, de ese personaje del mundo mágico y mítico de los mineros, de ese Lucifer del Carnaval de Oruro, donde los mitayos de la época de la colonia, en actitud de sumisión y veneración, decidieron disfrazarse de Tío, para rendirle honor y pleitesía, bailando la danza de la diablada en presencia de la Virgen de la Candelaria, la mamita milagrosa del Socavón.

Así comenzó la manifestación cultural de la festividad pagano-religiosa, cuyos usos y costumbres tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo occidental y el paganismo de las civilizaciones ancestrales; una fusión de la imagen del Tío de las entrañas de la tierra y del diablo Occidental, que dio origen a la danza de la diablada, donde se representa la lucha del Bien contra el Mal, entre el arcángel San Miguel y el Lucifer de los infiernos; una danza infernal de tradición minera, en la que convergen lo sagrado y lo profano.

Este Tío de la mina es el amo y señor de los mineros, desde la época de los mitayos de la colonia, quienes, influidos por las creencias católicas de los catequizadores y extirpadores de idolatrías, confundieron al Supay de la cosmovisión andina –a ese ser que habita en las profundidades del Ukhupacha–, con el diablo de la religión católica, cuyo protagonista central es Luzbel, conocido como el ángel rebelde, de cola y cuernos, señor de las tinieblas y tentador del género humano.

Sin embargo, el Tío, según cuentan las diversas leyendas ancestrales, es la encarnación del dios Huari de los Urus, el absoluto dueño de las riquezas minerales y el protector de los trabajadores del subsuelo. El Tío es, en su condición de dios y diablo a la vez, el único e incuestionable soberano de las minas bolivianas.

Antes de llevármelo a casa, y por razones de respeto y tradición ancestral, abrimos las granadas de Singani y ch’allamos en honor a la estatuilla del Tío, encendiéndole un cigarrillo en los labios. En la ch’alla nos acompañó Freddy y la novia de Dayko. Después nos metimos otro trago entre pecho y espalda, para soldar nuestra amistad ante la fulgurante mirada del Tío.

Retorné a casa más feliz que nunca, cargando la estatuilla como una joya preciosa, teniendo el cuidado de no tropezar en el empedrado de la acera ni hacerlo caer en el camino. Lo cargué como a una guagua recién nacida, con todos los cuidados y consideraciones. De modo que de solo tener la estatuilla en mis brazos, me hacía palpitar el corazón con honda satisfacción y me iluminaba la mente con ilusiones de candor y regocijo, porque me sentía como un niño que tenía un nuevo juguetito entre las manos.

viernes, 10 de abril de 2026

LA SOLEDAD DEL ESCRITOR

Escribo con gran pasión desde el día en que concebí la idea de que mi oficio era contar historias tanto ficticias como reales. A partir de entonces no ostento títulos ni rótulos en la puerta de mi modesta vivienda, no reparto Biblias entre los niños, no prendo crucifijos en la solapa de los caballeros, no cuelgo rosarios en el cuello de las damas ni me dedico a predicar como los falsos profetas.

No ejerzo trabajos públicos ni pertenezco a ningún cenáculo de celebridades. No formo parte de aquellos que, cuando suena un estampido de aplausos, sienten regocijo en el corazón, en tanto la vanagloria de la fama se les trepa como el humo a la cabeza, aunque las desgracias, enfermedades y achaques de la vida son los únicos que cambian la conducta de las personas, más que los premios, el dinero y la fama.

Pertenezco, contrariamente a lo que muchos se imaginan, a esa particular categoría de artesanos de la palabra escrita, que viven pegados a su escritorio, donde forjan su propio mundo con un material tan noble como es la fantasía, a esa categoría de seres que prefieren mantenerse alejados de la petulancia y la soberbia; actitudes de las que, de manera consciente o inconsciente, suelen adolecer algunos talentos jóvenes, proclives a lucir sus plumas de pavorreales en los corrales del espectáculo mundano.

Salgo muy poco a la calle y las pocas veces que lo hago es para tomar un poco de aire fresco y no empezar a trepar por las paredes de mi cuarto. Si salgo es para recuperar la necesidad de estar solo y seguir dedicando el máximo del tiempo a la escritura, con la esperanza de crear alguna obra literaria que, a pesar del carácter introspectivo y solitario del autor, tenga algún valor ético y estético. Todo lo demás no tiene sentido de ser, no, al menos, si se considera que el acto creativo es un oficio que consiste en reflejar, con pasión e intuición, el carácter y el alma de los individuos, indistintamente de su condición social, racial o sexual.  

No me pregunten por qué busco la soledad en la misma soledad, pues yo mismo no lo sé. Por cuanto un prolongado silencio sería mi única respuesta. Y si insisten, les diré que quizás sea porque prefiero refugiarme en la soledad para recobrar un poco de felicidad. Elegí vivir apartado de las máscaras de la hipocresía, porque no soporto las falsas adulaciones que, por desgracia para las almas sinceras y cautas, son frecuentes entre los individuos dados a las pasarelas, espectáculos y escenarios donde se representan las comedias y los dramas de la condición humana.

A pesar del ascetismo existencial, que parece una forma de vida extraña, reconozco que siempre intenté buscar la felicidad a través del silencio y la fantasía, como cualquier persona que confía más en el poder de la imaginación que en el racionalismo de una sociedad hecha a golpes de superficialidad y mercantilismo; más todavía, debo reconocer que si de niño tenía miedo a la oscuridad, a los maestros autoritarios y a los individuos de miradas amenazantes, ahora tengo miedo a los pantallazos luminosos del espectáculo público, donde uno queda radiografiado de pies a cabeza; quizás por eso, no me apetece formar parte de los espectáculos masivos, prefiero mantenerme como el hombre primitivo, quien huye de las pantallas y cámaras fotográficas para evitar que le rapten el alma.

Después de muchos años de encierro en mi propio mundo, no tengo dificultades para convivir con la soledad –convertida en mi mejor compañera–, a escuchar la cadenciosa música del silencio y a dialogar conmigo mismo como un ventrílocuo, repitiéndome las mismas historias como en un interminable soliloquio. He aprendido, asimismo, que la elección voluntaria de la soledad, a veces parecida a la de un ermitaño, permite elaborar, entre el silencio y la meditación, ideas coherentes con la realidad y opiniones fundamentales para cualquiera que tenga dos dedos de frente. No en vano Henrik Ibsen, escritor y dramaturgo noruego, aseveró: Solo soy verdaderamente yo mismo cuando maduro mis pensamientos en soledad, consciente de que el hombre más fuerte es el que está más solo; sobre todo, si se considera que la soledad es imprescindible para el desarrollo libre del pensamiento y la creación literaria. Ahora bien, esto no implica que la soledad signifique aislarse del mundo, ser misántropo y rehuir el contacto con la gente.

De otro lado, manifiesto que no sigo a las corrientes literarias de moda ni me preocupo de las opiniones de los críticos del arte y la literatura. Escribo, simple y llanamente, para mí mismo y solo cuando me pican los dedos de las manos. No escribo por encargo de nadie, ni siquiera de mí mismo, y mucho menos por mandato del mercado editorial.

Tampoco leo las obras de los escritores catalogados como célebres o famosos, no solo porque no dispongo de tiempo, sino porque prefiero deleitarme con las obras de los escritores marginales, de esos cuyos nombres y cuyas caras nunca aparecen en los medios de comunicación ni tienen la mínima intención de figurar y hacer protagonismo en la palestra pública, donde brillan más quienes menos se lo merecen, como esa tracalada de mediocres que se hacen cargo de elaborar antologías a sueldo y a pedido de alguna institución privada o estatal, y esa otra tracalada de comentaristas que pasan por especialistas a la hora de elaborar doctos ensayos sobre literatura; cuando en realidad no hacen otra cosa que echarse rosas entre compinches que forman parte de la misma cofradía de aduladores y figurones, incluyendo a los muertos y a quienes no representan una seria amenaza para su carrera literaria, y excluyendo, deliberadamente y con los sentimientos más oscuros del celo profesional, a quienes les echan sombras al poco brillo que tienen, a pesar del gran esfuerzo que hacen por tragarse incluso las luces ajenas.

Con todo, debo aclararles que no estoy vendiendo un estereotipo de escritor, pues no todos somos iguales. Tampoco quiero insinuar que los escritores introvertidos sean mejores que los extrovertidos, ni mucho menos. Simplemente abogo por el escritor solitario que, por razones inherentes a su oficio, necesita del silencio para expresarse delante de una hoja de papel o delante de la pantalla del ordenador, quizás porque yo mismo necesito estar solo o, por mejor decir, sentirme solo, y esto solo es posible si se lleva una vida relativamente tranquila, alejada del bullicio y el superficial desenfreno que nos propone la sociedad moderna, que exige que las expresiones artísticas sean más un espectáculo de masas que una manifestación del fuero interno a través de la fantasía, que suele ser una de las válvulas de escape de las mentes creativas. 

miércoles, 1 de abril de 2026

POESÍA MINERA. ANTOLOGÍA HISPANOAMERICANA

La poesía minera, que se constituye en una de las principales ramas del tronco de la literatura boliviana, es un estremecedor grito emergente de los tenebrosos socavones, donde los obreros rompen la roca a fuerza de exponer sus vidas a las enfermedades pulmonares y los peligros que acechan a cada instante en las dantescas galerías, donde los mineros, convertidos en clase en sí y clase para sí, se organizan en sindicatos y partidos políticos para defender sus intereses de clase, en aras de conquistar mejores condiciones de vida y trabajo.

La poesía minera ha sido reunida en varias antologías desde mediados del siglo XX, debido a su carácter realista, social y revolucionaria, que retrata el rostro más visible y auténtico de un país que ha sido minero desde la época de la colonia; una realidad, de despojo y violencia, que ha sido una formidable fuente de inspiración para escritores, poetas y pintores de todos los tiempos, que engrandecieron sus obras con la sangre y el sudor de los trabajadores del subsuelo, sin eludir sus principios ideológicos que marcaron el rumbo de muchos gobiernos desde la publicación de la Tesis de Pulacayo en 1946 y el triunfo de la revolución nacionalista en 1952.

El proletariado minero es el que mejor expresa la despiadada explotación capitalista, desde que la minería se industrializó a fines del siglo XIX, de la mano de los Barones del Estaño (Patiño, Hoschild y Aramayo), que empezaron con una política extractivista de los recursos naturales, que necesitaban las metrópolis de Europa y Estados Unidos. Es entonces que los mineros, empleando su fuerza de trabajo a cambio de un mísero salario, no demoraron en sindicalizarse a pesar de la prohibición impuesta por los señores gringos de la empresa. Esta hazaña les costó baños de sangre, que dejaron un reguero de muertos y heridos desde las masacres de Uncía en 1919 y 1923, la masacre de Catavi en 1942, la masacre de Siglo XX en 1949, La masacre de Milluni en 1965, la masacre de San Juan en 1967, la masacre de Capacirca en 1979 y otras que están registradas en la historia del movimiento obrero boliviano.

Los poetas, comprometidos con los gritos de protesta de los mineros, son una suerte de sirenas de las voces que se alzan desde los parajes donde reina el Tío, dueño absoluto de las riquezas minerales y amo de los mineros, quienes le rinden pleitesía ofrendándole cigarrillos, hojas de coca y botellas de aguardiente, por tratarse de un ser ambivalente entre los profano y lo sagrado en la mitología minera, tan importante como la Pachamama, que requiere del respeto y la veneración de los trabajadores, ya que de él depende la bondad o la maldad encerrada en los socavones que exhalan un aire hecho de tragedias y esperanzas.

Los poemas, parecidos a los discursos líricos de la Pachamama andina, que dio tantas riquezas al mundo a cambio de pobreza, nos dan pistas de algunos acontecimientos que no se consideraron en la historia oficial escrita por los vencedores. Los poetas son quienes nos recuerdan las batallas beligerantes que se libraron entre los mineros y los guardianes de la oligarquía minero-feudal, retratándonos, con el poder de su palabra y su compromiso social, las tragedias que dejaron su impronta en los anales de la historia nacional, que no es del todo conocida por los estudiantes de escuelas, colegios y universidades.

Con esta antología, donde se consignas a los mejores poetas de la temática minera, se intenta despertar el interés de los educadores y educandos para que se lea y difunda estas poesías que ya forman parte de los memorables episodios de la historia nacional. Estos poemas, como una fiesta de palabras con melodía propia, invitan al goce estético de un discurso que convierte la ruda realidad en un ramillete de versos que los/las poetas entregan a los lectores enamorados de la libertad y la injusticia social.

Los mineros, en los distritos poblados de perforistas, palliris, chivatos, carreros, perforistas y barreteros, son los titanes de las montañas, los héroes de las enconadas luchas que se libraron, plomo contra dinamita, contra los guardianes del Estado burgués y las dictaduras militares a lo largo del siglo XX. Los mineros, sin resquicios para la duda, son elementos comprometidos con el destino de los hombres y mujeres condenados a sostener sobre sus espaldas el porvenir de un país en permanente convulsión, donde las contradicciones sociales y raciales siguen siendo un buen motivo para escribir poemas que penetran como dardos en la mente y el corazón del lector enamorado del verbo y la conciencia hecha palabras.

Aquí es donde se refleja, como en un espejo de cuerpo entero, la memoria colectiva de un pueblo, de una realidad que no deja indiferentes al lector que se identifica con una problemática social, económica, política y cultural, que sacude las fibras más íntimas de la sensibilidad humana y las mentes abiertas a los mensajes que hacen hincapié en los caros deseos de igualdad, justicia y libertad.

Los poetas compilados en la presente antología, que expresan un humanismo esencial y crean una literatura de compromiso revolucionario, son una excelente muestra de que los mejores cultores de una de las mayores artes de las letras, son un puñado de ricas expresiones de las mentes sentipensantes que, destilando metáforas y figuras de dicción en un su alma sensible, se tornan en bellas piezas de la creación humana. En este contexto, los bolivianos contamos con auténticos representantes de la poesía minera, como Héctor Borda Leaño, Jorge Calvimontes y Calvimontes, Alicia Cardona Torrico, Alberto Guerra Gutiérrez, Coco Manto, Mary Monje Landívar, entre otros.

Al margen de los/las poetas contemplados en esta antología, en el panorama de la literatura boliviana y latinoamericana hay más, muchos más cultores de este género literario, no en vano se ha dicho que en la literatura nacional e internacional, además de los narradores de ambiente minero, han descollado con luz propia los poetas que han dedicado su tiempo y talento a la creación de versos que enaltecieron la problemática minera con un alto valor ético y estético.

Aquí tenemos a poetas hispanoamericanos identificados con la clase obrera, como los peruanos César Vallejo y Manuel Scorza, el mejicano Salvador Pliego, el argentino Ernesto Che Guevara y el español Alfonso Camín, cuyos versos transgreden las fronteras nacionales, con mensajes precisos y un manejo lúdico del lenguaje lírico, que convierten sus discursos en bellas estructuras lingüísticas, propias de los poetas que se dedican a pulir el lenguaje como el joyero pule el diamante, hasta dejarlo con su límpido fulgor. 

Con esta antología, elaborada con pasión y fuerza moral, se da un pantallazo a la creación poética en torno a un tema que es por demás explosivo por su denuncia social y su carácter de patrimonio histórico del movimiento obrero boliviano. Los versos, coherentemente hilvanados como en un manto de tisú, llegan a los lectores como lanzas brillantes como el rosicler, como las chispas que desprenden los taladros de las perforadoras y como la explosión de dinamitas reventando la roca pura y dura en los parajes que, unas veces, ofrecen esperanzas de vida y, otras, de tragedias y muerte.

Los autores compendiados en esta antología nos proponen una lectura atenta, manejándose con recursos escriturales que nos deslumbran, dicho de algún modo, por su belleza y precisión idiomática; una impronta que suele definir a los poetas que se esmeran en transformar el lenguaje coloquial, como por arte de magia, en una pirotecnia verbal revestida de calidad ética y estética; más todavía, cada uno de ellos intenta transmitirnos lo que siente y piensa desde lo más hondo de su ser, sin necesidad de embellecer el lenguaje con superfluos sonsonetes, adjetivos y palabras rimbombantes, como suele ocurrir con el poeta que se concentra en el contenido temático de cada una de sus creaciones, donde se fundan dialécticamente la ética y la estética, como en toda creación artística destinada a los lectores más exigentes de un género literario tan exquisito como es la poesía, que, aun careciendo de rima y métrica, debe ser una suerte de sinfonía con sus tonos altos y bajos.

Estos poemas de compromiso social, estructurados sobre la base de una historia personal y colectiva, son composiciones que dignifican el lenguaje poético, porque son capaces de canalizar un sentimiento de rebeldía o un airado repudio contra la barbarie y la ignorancia de quienes desprecian la condición humana de los corazones enamorados de las causas justas y las libertades democráticas de un Estado de Derecho.