viernes, 16 de diciembre de 2011


LA SENSUALIDAD TIENE CUERPO DE MUJER

El pintor inglés John William Godward (1861 – 1922), como pocos artistas de su época, concita la sensibilidad humana con su arte, debido a que la mayor parte de sus pinturas muestran a mujeres semidesnudas o parcialmente desnudas.

Estas hermosas féminas, ataviadas con prendas translúcidas a la usanza de la antigua Grecia y Roma, resaltan las formas curvilíneas de sus cuerpos, revelando sus abultadas caderas, sus protuberantes nalgas y unos turgentes senos que, libres de toda banda de tela o fascia pectoralis, asoman por debajo de la túnica como frutos tropicales.

No pocas veces, estas modelos de carne y hueso, que lucen la túnica interior de seda hasta los pies y ceñida a la cintura con una franja púrpura, aparecen despojadas de sus alhajas, como las ajorcas, collares, pendientes, anillos, broches, tocados y agujas largas para sujetar los pelos recogidos en moño. Es muy probable que el pintor las prefería así, sin joyas ni prendas inferiores, a la hora de inmortalizarlas en los lienzos cual ninfas de paraísos perdidos.

Estas pinturas, de colores cálidos y motivos deslumbrantes, eran las iconografías del erotismo de su época, mucho antes de que los cuerpos desnudos invadieran los medios audiovisuales, donde la desnudez de los actores y las actrices, con atributos sexuales remarcables y físicamente atractivos, aparece vinculado al erotismo más desenfrenado, que la industria de la pornografía usa como un recurso expresivo para retratar la vulnerabilidad de nuestro cuerpo o como metáfora de la fragilidad del mismo en escenas impactantes y conmovedoras que, despojadas de toda connotación moral, nos despiertan el apetito sexual hasta arrastrarnos al límite de un orgasmo salvaje y explosivo.

John William Godward, sin embargo, a diferencia de los productores de la pornografía moderna, nos plantea en sus cuadros una forma velada de desnudez en los cuales el cuerpo aparece semi cubierto por vestiduras, sombras o superficies, que permiten entrever sólo algunas partes del mismo, consciente de que las zonas más íntimas había que dejárselas a la imaginación del espectador.

Es lógico considerar que el artista, que se dejó llevar por la intuición de enseñarnos la belleza femenina desde su más recóndito secreto, utilizó las paletas y los pinceles para retratar un mundo que le fascinaba desde su perspectiva de macho lujurioso, pero con el cuidado de no romper con los cercos de la sensualidad, conforme sus cuadros fuesen una forma de erotismo apta para todo público.

Para quienes conocen el arte de la desnudez, desde la antigüedad hasta nuestros días, es fácil identificar las pinturas de Godward como strategic nude scene (escena de desnudo estratégico), ya que las modelos, aparte de lucir sus mejores poses artísticas y una coquetería a flor de piel, no exhiben su monte de Venus, por lo que el estado de desnudez se mantiene sólo en el ámbito de lo sugerido.

John William Godward, para asegurar que sus trabajos llevaran el sello de autenticidad, incorporó de manera meticulosa detalles importantes en sus cuadros: arquitectura clásica, ornamentos de mármol con bajorelieves, indumentaria de la antigua Grecia y Roma, pieles de animales, bosques y flores silvestres.

Las mujeres en posturas estudiadas, en tantos lienzos de Godward, causan en muchos una confusión en cuanto a la escuela pictórica a la que perteneció y no pocos lo catalogan equivocamente como prerrafaelita, cuando en realidad era un “Alto Soñador Victoriano” Neoclasicista, fascinado por la producción de imágenes fascinantes de un mundo que, dicho sea de paso, idealizó como en un trance onírico.

Es cuestión de ver varios de sus cuadros para advertir que Godward eran un Victoriano Neoclasicista y, por lo tanto, un seguidor de la obra de Frederic Leighton. Aunque para algunos estudiosos del arte, como en cualquier especulación de diletantes, su obra está más próxima, estilísticamente, a la de Sir Lawrence Alma-Tadema, con quien compartió el gusto por la interpretación de la arquitectura clásica, en particular, restos de edificios construidos en mármol. Sólo que en el caso de Godward era imprescindible incluir en el escenario, en primera plana y con vibrante colorido, a mujer de cuerpos y rostros divinamente despampanantes.


No es menos espectacular la vida de este pintor inglés, que vivió contra corriente, como un ser incomprendido por su entorno más cercano. Se cuenta que el día en que se trasladó a Italia, con una de sus modelos, su familia rompió todo contacto con él y recortó su imagen de los cuadros de la familia. Por eso sus biógrafos aseveran que no se conocen fotografías de este pintor que se suicidó en 1922, a los 61 años de edad, luego de dejar una nota en la que se leía que “el mundo no era bastante grande” para él.

Su familia, que desaprobó desde un principio su vocación de artista, se avergonzó de su suicidio y quemó parte de sus papeles, que hoy podían haber sido un excelente testimonio de un hombre que vivió, por un lado, atormentado por su genio creativo y, por el otro, rodeado por las musas que lo inspiraron a lo largo de su carrera. Ellas, desde los cuadros que cuelgan en museos y colecciones privadas, le sobrevivieron a su retratista, cuyo talento estaba destinado a sobreponerse al tiempo y el olvido.

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