lunes, 16 de marzo de 2026
UNA
ENTREVISTA EXTRAVIADA
Aquí
tenemos, después de mucho tiempo, una entrevista extraviada en los laberintos
de los documentos almacenados en una computadora portátil. Las respuestas a las
preguntas realizadas por la periodista Milenka Parisaca Carrasco, que era
responsable del suplemento Crónicas del
diario Ahora el Pueblo, son una
muestra del compromiso cumplido por el escritor Víctor Montoya, quien se tomó
el debido tiempo para contestar las preguntas que le llegaron por correo
electrónico aproximadamente a mediados de 2024.
1. ¿Cómo defines
tu estilo a la hora de escribir microrrelatos, cuentos y novelas? ¿Existe
alguna diferencia?
El
estilo literario, que es como la identidad del autor, está determinado por el
tipo de obra que se escribe. Por ejemplo, no es lo mismo escribir un ensayo que
escribir una novela. Los recursos literarios varían dependiendo del género
literario de la obra; en el ensayo se usan elementos fácticos, en cambio en la
novela entran en juego tanto lo real como lo ficticio. Sin embargo, el autor debe estar consciente
de que cada vez que concibe una obra literaria, sea esta una novela, un cuento,
un microrrelato o una crónica, debe considerar que la obra tenga altos valores
éticos y estéticos, y que la temática que va a desarrollar le permitan explayar
los diversos recursos técnicos de la moderna narrativa latinoamericana, sin
trastocar su estilo personal ni deslucir su peculiar manera de convertir en
literatura los elementos de la realidad y la ficción.
2. ¿Qué papel
juega la investigación en tus obras y cómo encuentras el equilibrio entre la
ficción y la realidad?
Muchos
de los cuentos los he escrito luego de haber realizado una investigación previa
de los temas que iban a tratar. De hecho, mis ensayos y crónicas están basados
en trabajados de investigación, no en vano incluyen extensos datos bibliográficos
al final del libro. El equilibrio ente la realidad y la ficción depende del
género literario. En los ensayos, por ejemplo, no existe espacio para la
ficción, pues se abordan temáticas que requieren estar pegadas a la realidad
fáctica y al material bibliográfico; en cambio en las novelas, cuentos y
relatos existen andamiajes literarios que permiten combinar la realidad y la
ficción con absoluta libertad, pero siempre cuidando que la narración parezca
lo suficientemente real o verosímil. Si el escritor no se cree la historia que
está relatando, menos se lo creerá el lector. Entonces es importante que la
realidad y la ficción se fundan como el
anverso y reverso de una misma moneda, sin que el lector note qué parte es real
y qué parte es ficción en la novela o el cuento.
3. ¿Cómo
describirías tu proceso creativo al concebir y desarrollar una historia? ¿Qué
te inspira?
Como
todo proceso de gestación, donde una idea concebida, sea en el contexto real o
imaginario, debe tener un comienzo, un medio y un final, con la intensión de
que la obra, que es como criatura espiritual del autor, pueda deleitar y
satisfacer las expectativas del lector. A los escritores, de un modo general,
nos inspiran, entre otras, las historias humanas y universales, relacionadas a la
vida, el amor, el desamor, los conflictos sociales y la muerte. A mí, en lo
personal, suelen inspirarme las temáticas que me tocan muy de cerca el corazón
y la mente, temas en las que pueda reflejar mis propias inquietudes,
frustraciones, ensueños, insatisfacciones y mis deseos de mejorar las
condiciones sociales. Por lo general son temas con los que me identifico tanto
en mi condición de escritor como en mi condición de lector.
4. ¿Cómo
percibes la evolución de tu escritura a lo largo de tu trayectoria como autor?
Es
un largo proceso de aprendizaje, como cuando un niño aprende a andar después de
gatear. En el camino se cometen muchos errores, pero se aprende a corregir los
errores con el tiempo, la autocrítica y la experiencia. El oficio de la
escritura se parece a cualquier otro trabajo artesanal, donde la experiencia
hace al maestro. Es decir, uno nunca deja de aprender. La escritura requiere de
un constante ejercicio y uno debe machacar el oficio sin cesar, al menos, si
uno quiere quedar relativamente satisfecho con su obra de creación. García
Márquez decía que uno aprende a escribir escribiendo, como se aprende a nadar
nadando.
5. Desde tu
infancia, has mostrado una inclinación por la clase obrera. Sin embargo, ahora
perteneces a la clase media. ¿Qué te lleva a seguir identificándote con esta
clase social que aún enfrenta muchas reivindicaciones pendientes?
No
solo he mostrado una inclinación natural hacia la clase obrera, sino que yo
mismo soy hijo de entrañas mineras. He nacido y vivido en el seno de una
familia minera. Mi abuelo, mi padre y muchos de mis parientes han sido mineros
en el norte del departamento de Potosí. El hecho de que ahora pertenezca a la
clase media, no es motivo para desconocer mi origen de clase; es más, siempre
me he sentido orgulloso de ser hijo de esa clase social revolucionaria, que
tanto ha aportado al desarrollo económico del país, a la toma de conciencia
política de las mayorías desposeídas y la formación de Bolivia como nación. Me
identifiqué con la clase obrera desde que tengo uso de razón. Los mineros han
contribuido en mi formación personal. Ellos me han dotado de una conciencia
política y ellos son los personajes de una gran parte de mi mundo literario.
6. ¿Cómo fue tu experiencia en Suecia, durante el exilio, bajo la dictadura de Hugo Banzer, y de qué manera influyó en tu trabajo como escritor?
La
experiencia del exilio es casi siempre la de un desterrado, de aquel que es
expulsado, contra su voluntad, de la tierra que lo vio nacer. No obstante, tuve
la suerte de haber sido todavía un adolescente cuando la dictadura de Banzer me
lanzó a las mazmorras de la prisión y me exilió a Suecia, país donde terminé mi
educación secundaria y proseguí mis estudios de educación superior. Desde luego
que una nueva realidad, un nuevo idioma y una nueva forma de vida influyen en
la conducta y el pensamiento de cualquiera que acaba siendo un inmigrante en el
país que lo acoge. Esta misma situación, de un modo consciente o inconsciente,
hace que un escritor aborde temáticas que tienen que ver con su nueva realidad
sociocultural, incluso ocurre que en el momento de escribir se piensa en dos
idiomas, en mi caso, en español y
sueco.
7. ¿Cómo ha sido
tu proceso de reconciliación o reflexión sobre las experiencias vividas en
Bolivia durante la dictadura de Banzer y en el exilio a tu retorno a tu país?
Mi
retorno al país, después de más de tres décadas de ausencia, fue una
experiencia que me generó emociones encontradas. Por una parte, vuelves a
reinsertarte en un contexto del que te apartaste por un buen tiempo, y, por
otra, sientes que estás dejando atrás, lejos de tu país de origen, una vida, un
trabajo, una familia, que no es solo boliviana sino también extranjera. Con
todo, mi retorno al país ha sido como la del pez que vuelve a nadar en sus
propias aguas. Ya no había dictaduras militares y se notaba que el país estaba
cambiando para el bien de todos. Causa una enorme satisfacción el saber que la
lucha que uno libró en el pasado, contra las injusticias sociales, las discriminaciones
raciales y los sistemas dictatoriales, no fue en vano, sino un sacrificio que
valió la pena, al menos, para demostrar que sí es posible construir una
sociedad distinta a la que nos ofrece el capitalismo salvaje.
8. ¿Qué mensaje
o reflexión esperas transmitir a través de tus escritos sobre la injusticia
social y la resistencia en situaciones políticas difíciles?
No
siempre tengo la intención de transmitir un mensaje o una reflexión a través de
mis escritos. En el mejor de los casos, me cuido mucho de ese maniqueísmo
didáctico de querer enseñar siempre lo qué es bueno y lo qué es malo, ver las
cosas en blanco y negro, sabiendo que la realidad presenta también tonalidades
grises. Las obras recargadas de demasiadas sentencias o advertencias censo-moralistas
no siempre son las que más gustan a los lectores, ya que estos prefieren libros
que estimulen su fantasía y los transporten, en las alas de la imaginación y de
la mano de los personajes inventados, hacia otras realidades distintas de su
entorno inmediato y cotidiano. La lectura debe darles el placer y la sensación
de haber sido partes de una historia que nació de la inventiva del autor. En mi
caso, incluso cuando escribo sobre la realidad dantesca de los mineros, intento
que mis obras no sean una suerte de panfletos literarios, con consignas del
sindicalismo revolucionario, sino obras donde el realismo social y el realismo
mágico se complementen, tal como ocurre el mundo minero, donde, además de darse
una explotación inhumana, se respira una cosmovisión donde prevalece la magia
de los cuentos, mitos y leyendas que provienen de la tradición oral de las
culturas ancestrales.
9. ¿Cuál es la importancia de una literatura social que mire a los sectores populares? ¿Crees que en la actualidad se perdió ese tipo de literatura?
Pienso
que en la pasada centuria se escribió mucha literatura entroncada en el realismo social. Este es el caso de la
literatura indigenista y minera. Los autores, identificados con las
reivindicaciones de los obreros y campesinos, creyeron que con sus obras podían
contribuir a la concientización de los oprimidos y la conquista de la
liberación nacional. En el presente siglo, los autores están más dedicados a
abordar temas que tienen que ver con las necesidades existenciales de los
individuos y las nuevas tecnologías de la sociedad moderna, y creo que están
más abocados a trabajar con el lenguaje, que en lanzar mensajes sociopolíticos
a diestra y siniestra. Tampoco se trata
de hacer una literatura por literatura, pues no es lo mismo escribir sobre los
pétalos de una flor que sobre un drama humano, que nos convoca a la reflexión y
a buscarle una solución. Por lo demás, la literatura contemporánea de Bolivia,
en los últimos años, ha ganado merecidos espacios a nivel continental y
mundial, gracias a su temática de carácter universal y su calidad
estética.
10. ¿Qué te
llevó a explorar el tema del Tío de las minas en tus escritos?
No
tuve que explorar nada ni hizo falta que lo invente. El Tío ya estaba ahí, en
el interior de la mina, esperándome para convertirme en su escribano, porque
él, más que yo, es quien cuenta sus historias de aventuras y desventuras. El
Tío estaba metido en el crisol de mi memoria y en mi mundo subconsciente desde
la niñez. Escuché hablar de él en boca de mi abuelo y de varios de mis
familiares que tenían que ver con la labor minera y sus asuntos. Ahora bien, el
Tío no es el único personaje central que habita en mi obra, aunque a él le he
dedicado lo mejor de mi tiempo y mi creación literaria. El Tío de la mina es un
excelente personaje literario no solo porque representa las contradicciones
entre lo profano y lo sagrado, sino también porque posee atributos que permiten
poner de relieve el realismo fantástico existente en los mitos, cuentos y
leyendas que abundan en la tradición oral de las poblaciones andinas y, sobre
todo, en los centros mineros, donde se lo venera y rinde pleitesía,
ofrendándole coca, cigarrillos y aguardiente a través de las ch’allas, wilanchas y otros ritos ancestrales.
11. ¿Cómo defines la relación entre el Tío de las minas y la figura del diablo en tu obra?
El
Tío de la mina y el diablo bíblico no son el mismo personaje, salvo para los
judeocristianos que creen que el Tío es el mismísimo demonio llegado del
infierno para promover el mal entre los humanos. Lo cierto es que los
conquistadores, desde los albores de la colonia, confundieron a la deidad de la
cosmovisión andina con el diablo, intentando atribuirle vicios y maleficios,
como parte del proceso de extirpación de idolatrías que los catequizadores
emprendieron en el seno de las culturas originarias. No obstante, para los
mineros –o los mitayos del pasado–, el Tío poseía más facultades de bondad que
de maldad, por cuanto lo reconocieron como al Supay (Diablo), deidad del ukhupacha
(mundo subterráneo), representado
más tarde por el Tío, protector de las riquezas minerales y los mineros,
quienes, asumiendo una actitud de respeto y sumisa veneración, lo incorporaron
con honda fe en su mundo familiar, asumiendo la idea de que el Tío es dios y
diablo en la cosmovisión andina y la mitología minera.
12. ¿Podrías
explicar si realmente mantienes conversaciones con el Tío, o si más bien es una
estrategia para llevar a tus lectores más allá de la imaginación?
El
Tío es un personaje tanto real como ficticio, el que mejor simboliza el
mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre el paganismo ancestral y la
religión católica. Eso me da la posibilidad de fantasear en torno a una serie
de temas donde no están exentos los tratados filosóficos, la sabiduría popular,
los postulados religiosos y una fuerte dosis de humor que genera encendidas
polémicas en torno al presente y el pasado de nuestra esencia multicultural. En
los supuestos diálogos que mantengo con el Tío, como si de veras se tratara de
un ser vivo como cualquiera que tiene sentimientos y pensamientos, no me olvido
de recrear los mitos, leyendas y consejas del mundo fantástico de los mineros,
quienes, desde los albores de la época colonial, empezaron a venerar a este
personaje mitológico, mitad dios y mitad demonio, que reina en los tenebrosos
socavones. Desde luego que todos estos diálogos, que se supone son ficticios o
imaginarios, son una suerte de estrategia literaria que me permite llegar a los
lectores interesados por conocer el mundo mágico y mítico de los mineros
bolivianos, pero también para estimular su imaginación y demostrarle que, a
veces, la realidad puede superar a la ficción y que la fantasía puede trocarse
en realidad.
13. ¿Hay algún
otro personaje o historia que hayas escrito que sea especialmente significativo
para ti?
Existen
varias historias y varios personajes que son significativos en mi obra
literaria y en mi vida existencial como escritor. Solo por citar algunas de mis
obras, puedo afirmar que los personajes y las historias narradas en mis Cuentos violentos o Cuentos en el exilio son de carácter más íntimos, más personales,
porque abordan hechos reales y de primera mano. Lo mismo se repite en mis
libros El laberinto del pecado y Huelga y represión, cuyos personajes y
temas son una suerte de espejos donde se reflejan varias de las experiencias
que me tocó vivir en carne propia. El hecho de que estén presentadas como obras
de ficción, no les quita su valor testimonial ni autobiográfico, por lo que se
constituyen en obras que tienen un gran significado para mí y que, a su vez,
ocupan un sitial especial entre los libros que he publicado hasta el presente.
Otros ejemplos son mis crónicas que están pobladas de personajes del mundo
real.
14. ¿Qué consejo les darías a los escritores aspirantes que están empezando su viaje en el mundo de la escritura?
Que
lean mucho y aprendan lo mejor de otros autores, en cuanto a recursos
narrativos y temáticos, como los que nos legaron los más descollantes
escritores de la literatura universal. Los aspirantes a escritores tienen que
ser consciente de que para aprender a domar el lenguaje y manejar con destreza
las técnicas escriturales, no hay otra alternativa que forjar el oficio sin
cesar, con paciencia y conocimientos, como se forja el acero en el yunque. Todo
lo demás, como el reconocimiento a la inventiva y al trabajo del escritor,
viene por añadidura, sabiendo que la creación de una obra literaria requiere
más transpiración que inspiración.
15. ¿Qué
significa para ti tener lectores que se conectan con tus historias y
personajes?
Para
cualquier escritor es una enorme satisfacción saber que sus libros se venden y
llegan a manos de los lectores. Ahora si estos se conectan con las historias y
los personajes del libro es doble la satisfacción, sobre todo, si se considera
que un autor debe buscar a sus lectores, llevándoles un producto que no los
defraude tanto por su forma como por su contenido. Todo escritor debe ser
consciente de que su existencia en el ámbito literario depende de los lectores,
porque ellos son los jueces que determinan el destino que tendrá el libro, de
ellos depende que una obra sobreviva al tiempo o sucumba en las catacumbas del
olvido. En síntesis, así como no hay escritores sin libros, tampoco hay escritores
sin lectores. El escritor debe tener lectores para legitimar su existencia en
un contexto cada vez más exigente y competitivo.
16. ¿Tienes
algún proyecto futuro del que te gustaría hablar o del que estés especialmente
entusiasmado?
Como todo escritor, cuya vida gira en torno a la actividad literaria, tengo varios proyectos en marcha, pero prefiero mantenerlos en secreto hasta que llegue la hora de revelarlos públicamente. No creo que valga la pena meter el pan en un horno que todavía no está caliente. Todos los proyectos saldrán a luz a su debido tiempo. Por ahora no queda más que seguir trabajando con el mismo empeño y entusiasmo de siempre.
lunes, 2 de marzo de 2026
CUENTOS
BREVES
Los
cuentos, cada vez más breves, ganan en vigor y en tiempo. El microcuento hace
gala de una técnica narrativa que gira en torno a la brevedad brevísima. Toda
palabra tiene un significado específico, como si la connotación semántica del significante
constituyera el eje principal del principio, la trama y el desenlace de estas
brevedades que, por sí mismas, se acomodan al poco tiempo que dispone el lector
para experimentar un goce estético de la lectura de un relato estructurado
sobre la base de una invención sintetizada y un puñado de palabras que componen
una historia comprimida como el gas en una garrafa del tamaño de un puño.
Los
cuentos breves, por su propia naturaleza, corresponden a un género literario
que fue cultivado desde la antigüedad tanto en Oriente como en Occidente. Los
autores, desde siempre y de un modo intuitivo, sintieron el deseo y el reto de
crear microcuentos, que tuviesen la virtud de abreviar las historias que, de
otro modo, podían extenderse tanto en el tiempo como en el espacio. El desafío
consistía en contar un hecho real o ficticio en pocos minutos y en pocas
palabras, como los buenos chistes, que son mejores, muchísimo mejores, mientras
menos tiempo requieran para dar la estocada final, como lo hace el matador en
el ruedo de toros.
No hay nada más valioso que un autor/a, después de haber pergeñado un cuento breve, sorprenda a los lectores con su ingenio y su capacidad de no quitarle tiempo al tiempo ni el poco tiempo que tiene el lector en una sociedad cada vez más intensa y estresante, donde el hábito de leer un libro impreso es cada vez menos atractivo. Así que el microcuento debe durar, en el mejor de los casos, lo que dura un orgasmo breve pero intenso.
sábado, 3 de enero de 2026
APRENDIZAJE
DE LA ESCRITURA
De
la misma forma que existe un “centro cerebral del lenguaje”, existe también un
“centro de la escritura”, que dirige y coordina todos los movimientos delicados
de la mano que participan en el acto de escribir.
La escritura es, por lo tanto, un acto complejo y asociado, cuya realización
exige la colaboración armónica funcional de los centros ópticos, acústicos y
motores del cerebro.
Los
niños en edad preescolar, que aprenden a escribir las letras de su nombre, lo
hacen combinando el sonido y el signo alfabético que lo representa; un proceso
de aprendizaje que, como todo conocimiento adquirido, requiere de ciertas
destrezas físicas y facultades mentales, pues la estructuración de las letras
y, en cierto modo, el aprendizaje de los sonidos y nombres de las letras
implica una forma avanzada de coordinación sensorial y motriz. Así, el
aprendizaje de un sonido para una letra requiere de una capacidad lógica en la
percepción, una capacidad mental que no siempre está desarrollada en los niños
que aprenden a leer antes de la edad escolar.
El
niño, en su condición de sujeto pensante y principal artífice en el proceso de
aprendizaje, investiga desde un principio su entorno inmediato, constatando la
existencia de dimensiones como “arriba” y “abajo”, “izquierda” y “derecha”,
“delante” y “detrás”. Después adquiere un conocimiento mucho más detallado
sobre las relaciones cognitivas, a partir de sus experiencias y vivencias
cotidianas; un permanente proceso de asimilación que lo conduce al aprendizaje
paulatino de la escritura, que no siempre está exenta de dificultades en todos
los casos.
Los
especialistas en el tema recomiendan a los educadores del ciclo preescolar
estimular en los niños el ejercicio de dibujar, debido a que constituye una
práctica necesaria en el proceso de aprendizaje de la escritura. Según el
psicólogo norteamericano Jerome Bruner, la temprana creación pictórica ayuda a
entrenar las funciones de la memoria y es determinante en el desarrollo
idiomático. Bruner concibe la imagen gráfica y el idioma verbal como una
evolución ordenada durante el periodo preescolar y considera el lenguaje
escrito como algo único en el desarrollo cognitivo. Lo mismo que para el
psicólogo ruso Lev Vygotsky, el dibujo es el primer paso del lenguaje escrito y
una poderosa herramienta para el pensamiento, puesto que las letras no son más
que una suerte de dibujos en miniatura; es más, el educando debe hacer que el
niño asimile una conciencia idiomática, al menos cuando se sabe que vivimos en
una Era de comunicación tecnológica, en la que el lenguaje escrito constituye
un elemento funcional y fundamental.
El
niño tiene que aprender primero a reconocer y distinguir cada una de las letras
y grupos de letras, imprimiendo en su cerebro las respectivas imágenes o representaciones
visuales. Debe aprender los respectivos sonidos y “almacenar” en el cerebro las
correspondientes imágenes sonoras. De esta forma puede el niño empezar a
escribir, relacionando la imagen sonora y la visual de cada una de las letras y
grupo de letras. Al mismo tiempo, entra en función el
centro motor de los músculos de la mano (y del antebrazo), que realizan la
reproducción gráfica de las letras y palabras, primero copiando o al dictado
(con lo que se recuerdan las imágenes visuales y sonoras de las letras) y
después espontáneamente.
El aprendizaje de la escritura, que es un medio fundamental de expresión del pensamiento, depende, de un modo general, de los siguientes factores: 1. de una facultad mental que le permita asimilar el concepto de letra durante el proceso de aprendizaje. 2. de una organización necesaria y una destreza sensomotriz. 3. de una motivación social de parte de la familia y el entorno escolar. 4. de una metodología de enseñanza adecuada en la escuela primaria.
miércoles, 19 de julio de 2023
LA ESCRITURA COMO TABLA DE SALVACIÓN
En el ciclo primario, en una escuelita que lleva el
nombre del escritor Jaime Mendoza, fui un alumno regular y tenía serias
dificultades en el aprendizaje de la lectura y escritura, debido más a
problemas emocionales que neurológicos. No obstante, aunque no leía los libros
de texto con el mismo interés y entusiasmo que advertía en el resto de mis
compañeros, tenía una preferencia por leer las tiras cómicas de los diarios,
las revistas de series, las historietas de Walt Disney o los cómics, que
estimulaban mi interés por la lectura durante mi infancia y pubertad; más
todavía, entre mis actividades extraescolares, me dedicaba a fletar revista los
fines de semana en las puertas de los cines, donde los niños y adolescentes
pagaban unas monedas por ver o leer las revista expuestas en una suerte de bastidor
artesanal, que yo mismo construí con listones, bolsas de plástico y ligas que
mi madre usaba para sujetar la cintura de los calzones. Mi oficio de revistero
se prolongó hasta el día en que un ventarrón se llevó mis revistas por los
aires, deshojándolos delante de mis ojos, como si hubiesen caído en el ojo de
un huracán.
Cuando ingresé al ciclo medio, motivado por mi actividad
política, empecé a leer a los clásicos del marxismo que, aun siendo de difícil
comprensión para un novato en materia de sociología, economía y filosofía, me
interesaban más que los libros de textos que se aplicaban en la enseñanza de
las asignaturas de lenguaje y literatura. Ya entonces, a los 16 años de edad,
me sentí picado por el deseo de crear un periódico escolar, donde los alumnos
pudiesen manifestar, sin la mediación de los profesores, sus pensamientos y
sentimientos.
Ese pequeño periódico, que se financiaba con la venta de
los escasos ejemplares, llegó hasta el tercer número y luego desapareció por
las mismas razones por las que dejan de circular las publicaciones que tienen
buenas intenciones pero que no cuentan con recursos sostenibles. De modo que,
frustrado en ese noble proyecto, pensé que el oficio de la literatura no era
rentable ni una profesión con la que se podía vivir holgadamente, pero aun así,
no perdí el interés por seguir manifestándome por medio de la palabra escrita
ni dejé que la llama literaria que ardía en mi corazón se apagara como una vela.
Publicar mis octavillas en el periódico estudiantil 1º de Mayo fue una experiencia maravillosa, que me permitió
descubrir, acaso sin quererlo ni saberlo, que en mi fuero interno, en lo más
profundo de mi ser, anidaba un escritor que, con el andar del tiempo, se
manifestó en una celda solitaria y maloliente de la cárcel, donde me encerraron
a los 18 años de edad, debido a mi compromiso social y mis actividades
políticas contra la dictadura militar de los años 70.
En la cárcel, que fue mi gran escuela, aprendí de otros
presos políticos que la libertad de expresión era uno de los principios
elementales de los derechos humanos y uno de los instrumentos más útiles para
la convivencia ciudadana. Allí mismo, recluido en un rincón de la celda,
comprendí que no era saludable ambicionar las riquezas ni la vida sofisticada
de la gente pudiente. Desde luego que, en mi caso, no fue un aprendizaje
difícil, ya que desde mi infancia estaba acostumbrado a morder dos veces el pan
duro antes de cada bocado y a limpiarme el trasero con una piedra a falta de
papel higiénico. Por lo tanto, estaba contento de tener lo poco que tenía. No
necesitaba trabajar como una bestia para acumular dinero, ni mandarse la parte
ante nadie, ni derrochar fortuna alguna en trivialidades, ni mofándose de los
menos afortunados, riéndome a costa de los excluidos del banquete de los
ricos.
Por otro lado, durante el periodo que pasé en la prisión,
leí libros de literatura boliviana y latinoamericana, que otros presos me los
prestaban y arrojaban por la mirilla de la celda, donde empecé a escribir mi
primer libro de testimonio, con el mismo bolígrafo y en el mismo cuadernillo
que me entregaron los torturadores para que delatara a mis compañeros de lucha,
apuntando sus nombres y el lugar donde se escondían de la persecución
desencadenada por la dictadura. Ese primer libro, que escribí burlando la
vigilancia de los carceleros, se publicó en el exilio en 1979, con el título de
Huelga y represión.
De modo que en mi adolescencia, por demás incomprendida y
turbulenta, me aferré a la escritura como un náufrago se aferra a una tabla de
salvación, consciente de que por medio de la creación literaria llegaría a ser
un hombre libre, ya que la palabra escrita no conoce cárceles que la encierren
ni balas que la maten. Así es como en mi adolescencia, hecha de luchas y
represiones, de amores y desamores, de pesadillas y esperanzas, decidí
dedicarme, casi por una necesidad existencial, al oficio de hilvanar palabras y
a contar historias con absoluta libertad, porque sabía que en mi castillo
construido con el material y la fuerza de la imaginación, podían convivir en
armonía los personajes reales y ficticios que nacían de mi interior como
criaturas del alma.
Por eso mismo, siempre pensé que las y los adolescentes,
que deseaban escribir sus pensamientos y sentimientos, debían enfrentarse sin
temor al papel en blanco o a la pantalla digital; primero, porque uno aprende a
escribir escribiendo y, segundo, porque a través de la escritura, en la que uno
adquiere sapiencia y experiencia poquito a poco, se aprende a convivir con los
ángeles y demonios que, muchas veces, no nos dejan vivir ni dormir en paz.
Ejercer el arte de la escritura, si bien no nos proporciona una vida llena de bienes materiales ni reconocimientos, al menos nos permite ser libres mientras tengamos a mano un tema candente que, más que ser un material explosivo, parece un mechero a punto de encenderse con el fuego de la palabra. Es probable que no se gane en reputación con los pensamientos adversos a los intereses de los poderes de dominación, pero estoy seguro que se gana en experiencia, que es un bien que se aprende cada día de los errores inherentes a la condición humana. La literatura, en este contexto y sin dejar de causar placer estético entre los lectores que se acercan al arte de la palabra escrita, ha sido un ejercicio que permitió liberarme de mis propias ataduras, evitar los tropezones y denunciar las injusticias sociales.
martes, 7 de febrero de 2023
VIDA Y MUERTE DE BANDIDO
Acaba de publicarse el folleto El celoso guardián del Archivo
Histórico Minero de Catavi, cuyo autor es el escritor Víctor Montoya.
La crónica, basada en la vida y muerte de un can de raza mestiza, es un
testimonio que confirma que el perro no solo es el mejor amigo del hombre, sino
también un compañero capaz de cumplir con una función laboral como cualquier
individuo que tiene derechos y responsabilidades, siempre y cuando se lo trate
con paciencia y cariño, con muchísimo cariño, que es el sentimiento del corazón
que mejor suelen captar los perros en su relación con los humanos.
Este
hermoso y obediente perrito se llamaba Bandido. Fue abandonado por sus primeros
dueños y, durante mucho tiempo, deambuló aprendiendo a sobrevivir junto a una
manada de canes callejeros, hasta que un buen día fue adoptado de nuevo y
convertido en el celoso guardián del Archivo Histórico Minero de Catavi.
El contenido del folleto, además de ser un sentido y oportuno homenaje al mejor amigo del hombre, es una breve historia que merece ser compartida entre los animalistas y entre quienes tienen un sincero amor por estos maravillosos seres que nos alegran la vida y nos llenan de lealtad todos los días.
lunes, 21 de junio de 2021
Aquí
es preciso aclarar que mi crónica El autocarril ‘Al Capone’ de Simón I.
Patiño no corresponde, por diversas razones, al género del ensayo, la investigación
histórica y mucho menos a una biografía científica de Patiño y su
autocarril, sino al género de la crónica, que está a medio camino entre el
artículo periodístico y el relato literario; la prueba está en que carece de
citas bibliográficas y notas a pie de página.
La
crónica, por si acaso alguien tuviera dudas, es un género literario muy usual
en el periodismo moderno. No siempre sigue la misma metodología de la
historiografía científica, porque tiene elementos interpretativos muy propios
del narrador, quien no solo se limita a informar, sino también a ponerle, de
manera consciente, un toque de subjetividad. La crónica es un género
ambivalente, una suerte de relato mixto entre el periodismo informativo y el
relato literario, una forma escritural en la que el narrador, a veces, elige
relatar el suceso en primera persona, como si él mismo fuese el principal
protagonista de la historia en cuestión.
Es
evidente que mi crónica, El autocarril ‘Al Capone’ de Simón I. Patiño,
al no ser un tratado científico, tiene mucho de subjetividad.
Aunque el autor respeta el orden temporal y cronológico del hecho histórico
concreto, narra en absoluta libertad y con todas las licencias que amerita el
caso, partiendo del principio de que la crónica, por su propia naturaleza, es un
género literario que tiene una base real, pero a la vez mucho de ficción o
imaginación.
Si
bien es cierto que la estructura de la crónica, como cualquier otro relato real
o ficticio, debe tener inicio, nudo y desenlace, es también cierto que se la distingue
por el estilo del autor, quien pone su impronta en la esencia misma del texto;
de ahí que no es casual que el lector puede reconocer, aun sin haber visto el
nombre del autor impreso en la página, quien está detrás del texto, como quien
escucha una canción en la radio y reconoce de inmediato la inconfundible voz
del cantante.
La
crónica es de carácter más narrativo que descriptivo, es una prosa que se
encuentra entre la información y la interpretación, entre la objetividad y la
subjetividad. Además, el cronista busca describir los hechos relatados de
acuerdo con su propia visión crítica de los hechos, a menudo con frases
dirigidas al lector, como si estuviese entablando un diálogo en torno a un tema
que les atañe a los dos.
Otra
cosa, lo que yo hice en mi crónica El autocarril ‘Al Capone’ de Simón I.
Patiño, simple y llanamente, fue escribir algo inspirado en ese
lujoso objeto que me llamó poderosamente la atención cuando lo vi en el Museo Ferroviario
de Machacamarca; más todavía, lo que yo hago, en mi condición de escritor
literario, es re-contar o re-crear un hecho de la realidad desde una
perspectiva literaria, que no está sujeto a los antecedentes documentales o
bibliográficos rigurosos, que sí son –y en esto no hay discusión–, instrumentos
indispensables que usan los investigadores en las diversas áreas del
conocimiento humano.
El
cronista, más que un periodista de noticias, reconstruye los hechos históricos
prestándose los recursos narrativos de la literatura, para elaborar un texto
con cierto valor estético, que no necesariamente suministra la información de
la manera esquemática y documental, como lo hace el historiador o investigador,
quienes, antes de escribir un artículo informativo o científico, primero deben realizar
un trabajo de acopio de material en base a fuentes primarias, documentos archivísticos
y bibliográficos; en cambio un escritor literario, como es mi caso, escribe
textos que oscilan entre la realidad y la fantasía, como son los cuentos, las
novelas o las crónicas, que se mueven sobre andamiajes de subjetividad e
imaginación, independiente del tema que se aborde, incluidos los de carácter
histórico.
Ya
se ha dicho que en la crónica, que tiene su propio espacio y tiempo, se utiliza
un estilo personal y, en el mejor de los casos, un lenguaje literario en el que
los sustantivos y adjetivos dan énfasis y verisimilitud a las descripciones de
los hechos narrados, que desde luego tiene mucho de subjetividad, al no
ser una simple noticia que transcribe los acontecimientos secuenciales de
manera puntual y tal cual sucedieron en la realidad, en un momento y espacio
determinados.
Por
si no estuviese clara la explicación hasta aquí, les daré tres ejemplos sobre
obras literarias que abordan temas históricos que, a pesar de tener una base
real y una extensa bibliografía, presentan muchos elementos subjetivos que
caracterizan a las obras de ficción:
1.
Cuando Augusto Céspedes escribió la novela el Metal del diablo, nunca
tuvo la intención de escribir la biografía de Simón I. Patiño, sino una
caricatura del magnate minero, con todos los recursos narrativos que permiten
re-crear un tema desde la perspectiva literaria. A pesar de que Patiño intentó
comprar toda la edición del libro para quemarla en la hoguera, los lectores se
apoderaron de la obra y la hicieron suya, debido a que, aun siendo una novela
parecida al panfleto literario y no una biografía del empresario minero,
contenía muchas descripciones que reflejaban la historia real de la minería,
como el saqueo imperialista de los recursos naturales, la inconmensurable
fortuna de Patiño y la explotación despiadada de la los mineros, que no solo
eran reprimidos, sino también masacrados.
2.
Cuando García Márquez escribió la novela El general en su laberinto, en
torno a la vida, guerras y frustraciones de Simón Bolívar, los historiadores
pegaron el grito en el cielo, pues consideraban que el escritor había mellado
la dignidad y personalidad del libertador de cinco naciones. Ante el aluvión de
críticas malintencionadas, el escritor colombiano, que tenía la piel de
elefante para resistir las picaduras de la crítica, les contestó que él no
quiso escribir un nuevo libro de historia, una biografía documentada sobre el Libertador,
sino una obra de creación literaria en la cual se lo mostrara de manera más
humana, desmontándolo del caballo, desenfundándole el sable y haciéndolo amar a
las mujeres que amaba, a diferencia de cómo se lo retrata en los libros
oficiales de historia y en los libros de texto escritos por los investigadores.
3.
Cuando Eduardo Galeano escribió la trilogía Memoria del fuego, sobre la
historia de América Latina, de manera más creativa y literaria que Las venas
abiertas…, tanto los investigadores de temas históricos, como los doctores
en literatura, lo criticaron apenas se publicó el primer volumen, intitulado Los nacimientos. Los historiadores le dijeron que Memoria del fuego no era un libro de
historia sino de ficción. Los literatos le dijeron que no era una obra
literaria sino un libro de historia, con notas a pie de página y una extensa
bibliografía. Eduardo Galeano escuchó a unos y a otros, a quienes se hacían los
expertos y querían pasarse de listos, y les contestó, con el sarcasmo
que lo caracterizaba, que él escribió una obra que no fuera fácil de ser
encasillada en un determinado género literario, sino una obra que desconcertara
y rompiera la cabeza de los investigadores en historia y de los doctores
en literatura. Lo que él quiso fue escribir una obra sobre la historia de
América Latina, pero combinando varios géneros literarios, conforme pudiese aportar,
con un estilo narrativo muy personal, los datos de los vencidos,
recuperando los pasajes humanos de amores y desamores, pero, sobre todo,
recreando los pasajes históricos que fueron barridos de un plumazo por los investigadores
de la historia oficial.
Ahora
bien, espero que los ejemplos citados sirvan para que se sepa, de una vez y
para siempre, que la novela, el cuento y la crónica literaria no es lo mismo
que un tratado científico o un texto de investigación, como no es
lo mismo un disco de amor que un mordisco.
Mi
crónica El autocarril ‘Al Capone’ de Simón I. Patiño, tal cual fue
concebida desde un principio, es un producto donde se funden la realidad y la
fantasía, con el propósito de narrar una historia que sucedió en un tiempo y
lugar determinados, pero que el autor alimentó la narración con herramientas
que son más literarias que científicas, en vista de que la crónica, a
pesar de los pesares, es una crónica y punto.













