viernes, 18 de abril de 2014

LA REALIDAD SOCIAL EN LA POESÍA
DE ALBERTO GUERRA GUTIÉRREZ

Alberto Guerra Gutiérrez (Oruro, 1930 – 2006). Poeta, investigador cultural y profesor innato. Trabajó de joven en el interior de la mina; vivencia que supo traducirla en una poesía sentida y explosiva, como en Manuel Fernández y el itinerario de la muerte, que es el retrato dramático de un trabajador del subsuelo, quien, tras ser retirado por la empresa minera, acaba sus días en la calle, reventado por la silicosis y el alcohol.

Su legado bibliográfico, en varios géneros literarios, es fecundo y merece un estudio serio. Fundó y dirigió la revista literaria El Duende, que actualmente se edita como suplemento del diario LA PATRIA. Formó parte de la segunda generación del grupo literario Gesta Bárbara. Ejerció como profesor en varios distritos mineros, coordinó proyectos culturales en la Universidad Técnica de Oruro y en la Alcaldía Municipal. Fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua y de la Asociación Latinoamericana del Folklore.

Alberto Guerra Gutiérrez, como pocos de los escritores de su generación, fue un incansable animador de las manifestaciones folklóricas en su ciudad natal y un reconocido mentor de los poetas más jóvenes, a quienes los reunía en encuentros literarios y los encaminaba por los senderos de la poesía. Era una persona de trato amable y hablaba siempre con la sinceridad entre las manos. No en vano nos dice en los versos de uno de sus poemas: Mi casa tiene ojos claros/ como el alba/ y una rosa enamorada/ atisbando por rendijas/ de su puerta que es mi propio corazón,/ hecho de maderas dulces y de esperanza. Así era Alberto Guerra Gutiérrez, un poeta que tenía las puertas abiertas de su corazón, dispuesta a dejar pasar a cualquiera que quisiera acercarse a la sensibilidad más honda de este gran tejedor de pasiones, sueños y palabras.

En septiembre de 1991, en ocasión del primer encuentro de poetas y narradores bolivianos realizado en Estocolmo, le pregunté cómo y cuándo empezó su interés por el quehacer poético. Me miró algo sorprendido, aspiró el humo del cigarrillo y contestó: En mi vida tuve dos profesores; uno ha sido Juan Revollo, quien, estando yo en el quinto o sexto curso de primaria, fue el primero en hablarnos de la métrica del verso y de la gramática castellana. Él nos enseñó la composición de las coplas y los versos. A mí me gustaron mucho sus lecciones y escribí, a modo de ejercicio, muchas coplas, que acabaron gustando entre los compañeros de mi clase. Por desgracia, no he tenido el cuidado de conservar estas primeras composiciones. En secundaria, tuve otro gran profesor de lenguaje y literatura, Luis Carranzas Siles, quien, con paciencia y habilidad didáctica, nos introdujo en el estudio de la literatura. De este modo empecé a leer seriamente las obras de los clásicos, como 'Don Quijote' de Cervantes y 'Hamlet' de Shakespeare. No sólo aprendí a memorizar los versos de Bécquer y Espronceda, sino también a estudiarlos, junto a otras obras del modernismo literario que, habiendo nacido en América a principios de siglo XX, volvían de España con voces tan firmes como las de García Lorca y Juan Ramón Jiménez. Ahora bien, estando todavía en el colegio, me reuní con algunos amigos, con Humberto Jaimes, Ricardo Lazzo y Héctor Borda, entre otros, que formaban parte de la segunda generación de Gesta Bárbara, movimiento poético al que yo me incorporé en 1947. Desde entonces, empecé a asumir con seriedad el quehacer poético, pero pensando siempre en poner la poesía al servicio de los oprimidos, tratando de hacer de la poesía 'la voz de los sin voz'. Creíamos que el sector minero estaba demasiado reprimido no sólo social y económicamente, sino también espiritualmente; por eso, tanto Borda Leaño como yo, tratamos de seguir los surcos trazados por Luis Mendizabal, Walter Fernández Calvimontes y otros, y tratamos de hacer una poesía minera, denunciando las atrocidades y las injusticias que se cometían contra este sector.

A varios años de su muerte, la ciudad de Oruro y su Carnaval, Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, lloran todavía por la partida de este escritor con alma de niño, que supo ganarse el aprecio de sus coterráneos con la humildad y la honestidad que lo caracterizaban. Actualmente, una plaza y una biblioteca llevan su nombre, y esperemos que sean más las instituciones educativas y públicas que estampen el nombre de Alberto Guerra Gutiérrez, como un justo homenaje a una personalidad que, con los versos y la historia de su corazón, lo dio todo por su terruño hecho de mitos, leyendas, folklore y sufrimientos.

Alberto Guerra Gutiérrez, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura infantil boliviana, era un niño grande en toda la extensión de la palabra y un poeta que sabía compartir las tristezas de los niños desamparados y las alegrías de quienes gozaban de protección y cariño. En su afán por revelarnos el lado más humano y sensible de su personalidad, elaboró la antología El mundo del niño, junto al escritor Hugo Molina Viaña. No conforme con esto, escribió el poemario Baladas de los niños mineros, un maravilloso libro dedicado al niño trabajador, a ese niño que, en lugar de asistir a la escuela, jugar y gozar de su infancia, se ve obligado a trabajar en los tenebrosos socavones de la mina. Por todo esto, la poesía infantil de Alberto Guerra Gutiérrez es un grito de protesta, pero también un grito de esperanza.

Datos bibliográficos

Poesía: Gotas de Luna (1955); Siete poemas de sangre o la historia de mi corazón (1964); De la muerte nace el hombre (coautor, 1969); Baladas de los niños mineros (1970); Yo y la libertad en exilio (1970); Antología de la poesía del amor (1971); Tiras de poesía Lilial (1978); La tristeza y el vino (1979); Manuel Fernández y el itinerario de la muerte (1982); Hálito que se descarga en pos de la belleza (1989); Égloga elemental y una revelación de íntimo recogimiento (2000); Obra poética (2003). Investigación: Antología del Carnaval de Oruro (3 v., 1970); Guía del investigador de campo en folklore (1970); La picardía en el cancionero popular (1972); Estampas de la tradición de una ciudad (1974); El Tío de la mina (1977); El Carnaval de Oruro a su alcance (1987); Pachamama (1988); Chipaya, un enigmático grupo humano (1990); Folklore boliviano (1990). Antología: Antología de la poesía del amor (1971); La poesía en Oruro (coautor con Edwin Guzmán, 2004). Su obra inédita está siendo cuidadosamente recopilada por su esposa Celia Cuevas de Guerra.

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