lunes, 22 de junio de 2026

CONVERSATORIO SOBRE LA MASACRE DE SAN JUAN EN ORURO

El escritor Víctor Montoya, en el marco del Programa de Solsticio de Invierno 2026, dictará una conferencia sobre la masacre minera de San Juan, acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967.  La masacre quedó en la absoluta impunidad y los responsables justificaron su criminal accionar con el pretexto de que en las minas se estaban gestando movimientos subversivos vinculados al foco guerrillero de Ernesto Che Guevara.

El acto se llevará a cabo en la ciudad de Oruro, este martes 23 de junio, a las 19:00, en el Salón Alberto Guerra de la Casa de la Cultura Simón I. Patiño.

domingo, 21 de junio de 2026

LA MASACRE MINERA DE SAN JUAN

La masacre minera de San Juan, acaecida en la madruga del 24 de junio de 1967, no figura en las páginas oficiales de la historia de Bolivia, aunque se mantiene viva en la memoria colectiva y se la transmite a través de la tradición oral, de generación en generación, convirtiéndola en algunos casos en cuentos y leyendas, como sucede con los hechos históricos que se resisten a sucumbir entre las brumas del olvido. Y si lo cuento aquí y ahora, es porque fui testigo de esa horrenda masacre a los tres días de haber cumplido nueve años de edad.

Todo comenzó cuando las familias mineras se retiraban a dormir después de haber festejado el solsticio de invierno alrededor de las fogatas, donde se bailó y cantó al ritmo de cuecas y wayños, acompañados con ponches de aguardiente, comidas típicas, coca, cigarrillos, cachorros de dinamita y cohetillos. Mientras esto sucedía en la población civil de Llallagua y los campamentos de Siglo XX, las tropas del regimiento Ranger y Camacho, que horas antes habían tendido un cerco al amparo de la noche, abrieron fuego desde todos los ángulos, dejando un saldo de una veintena de muertos y setenta heridos entre las punzadas del frío y los silbidos del viento.

Se estima que los soldados y oficiales, que ingresaron por la zona norte entre las nueve y once de la noche, partieron en un tren desde la ciudad de Oruro la tarde del 23 de junio. El sereno de la tranca, que los vio llegar armados dentro de los vagones, intentó informar a los dirigentes del sindicato y las radioemisoras, pero fue intimidado por los oficiales que prosiguieron su marcha. Así, alrededor de las cinco de la mañana, comenzó la balacera para victimar a hombres, mujeres y niños. En un principio, ante el ataque sorpresivo, algunos confundieron las ráfagas de las ametralladoras con cohetillos y el estampido de los morteros con la explosión de dinamitas. 

La Empresa, en complicidad con los masacradores, cortó el suministro de electricidad aquella madrugada, para que las radios no pudieran alarmar a los pobladores; en tanto los soldados, que estaban apostados en el cerro San Miguel, cerca de Cancañiri, La Salvadora y el Río Seco, bajaron como recuas de asnos por la escarpada ladera y ocuparon a fuego los campamentos, la Plaza del Minero, la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero, donde fue asesinado el dirigente Rosendo García Maísman, quien, parapetado detrás de una ventana, defendió la Radio con un viejo fusil en la mano.

La matanza duró varias horas bajo el sol del 24 de junio. Los muertos se desangraban junto a las cenizas de las fogatas y los heridos acudían al hospital, mientras las madres, aterradas por los disparos y los gritos, intentaban calmar el miedo y el llanto de sus hijos. En medio del caos y el espanto, no faltaron los hombres que, en un intento desesperado por defenderse, se armaron de dinamitas y capturaron a algunos soldados, a quienes les despojaron de sus uniformes y les quitaron sus armas. Pero todo hacía suponer que era ya demasiado tarde para preparar una resistencia organizada. En la Plaza del Minero se llenaron los soldados y la jurisdicción de la provincia Rafael Bustillo fue declarada Zona Militar (presencia permanente del ejército).

La masacre fue ejecutada por órdenes expresas de René Barrientos Ortuño, cuyo gobierno bajó los salarios a niveles de hambre, desabasteció las pulperías, prohibió el fuero sindical y desató una sañuda persecución contra los dirigentes políticos y sindicales, con el propósito de destruir sistemáticamente el eje principal de la resistencia en el seno del movimiento obrero. De hecho, según testimonios de primera mano, se sabe que para el 24 de junio se tenía previsto la realización del ampliado nacional de los mineros en la población de Siglo XX, con el fin de exigir un aumento salarial y apoyar a la guerrilla del Che con dos mitas de su haber, equivalentes a dos jornadas de trabajo. Una suma importante si se considera a los aproximadamente veinte mil trabajadores que por entonces tenía la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

El gobierno y las Fuerzas Armadas, informados de los preparativos del ampliado y asesorados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), se apresuraron en ocupar los centros mineros para evitar cualquier apoyo moral y material destinado a los guerrilleros que se batían a tiros en las montañas de Ñancahuazú. Consiguientemente, lejos de la ilusión de encender una chispa libertaria en el continente americano, los mineros del altiplano y los guerrilleros comandados por el Che eran asesinados con las mismas armas y por los mismos enemigos, separados los unos de los otros, sin verse la cara ni compartir la misma trinchera contra los mercenarios de la CIA y las tropas del ejército boliviano.

René Barrientos Ortuño, quien sabía maniobrar sus siniestros planes respaldándose en el pacto militar-campesino, que él mismo estableció con la burocracia oficialista de las organizaciones del agro, justificó la masacre arguyendo que el ejército tuvo que disparar en defensa propia y que era necesario combatir el proceso subversivo de los mineros en Siglo XX, dispuestos a organizar un foco guerrillero para plegarse a la gesta armada de los barbudos extranjeros en Ñancahuazú.

Al mismo tiempo que la indignación popular corría como reguero de pólvora a lo largo y ancho del país, los sindicatos clandestinos organizados en el interior de la mina, aparte de declarar por unanimidad un paro de cuarenta y ocho horas en protesta contra la masacre, ratificaron sus justas demandas: retiro de las tropas del ejército, devolución de la sede del sindicato y Radio La Voz del Minero; respeto al fuero sindical, libertad incondicional para los dirigentes detenidos y confinados, indemnización para las viudas de los asesinados y exigencia para que no sean desalojadas del campamento; reposición de los salarios a los niveles de mayo de 1965 y, como si esto fuera poco, se fijó también una cuota quincenal de diez pesos por obrero, para gastos del sindicato y la adquisición de armas. La resistencia popular, en escala nacional, encontró su vanguardia indiscutible en los sectores mineros que, por su alto grado de conciencia política y convicción revolucionaria, estaban decididos a defender sus derechos más elementales y continuar declarando a Siglo XX Territorio Libre, en un franco desafío contra la dictadura militar.

A la masacre siguió la represión y el despido de los agitadores de sus fuentes de trabajo. Unos fueron a dar en las mazmorras y otros en el exilio, las viudas y los huérfanos fueron expulsados del campamento, sin indemnización ni derecho a nada, y la masacre de San Juan quedó en la más absoluta impunidad. La ola de persecución se planeó en el Alto Mando Militar, con el claro objetivo de liquidar físicamente a los dirigentes más esclarecidos de la resistencia obrera. Así fue como dieron con el paradero de Isaac Camacho, uno de los principales líderes de los sindicatos clandestinos, a quien, luego de apresarlo el 29 de julio, en una casa ubicada cerca de la Plaza Nueva (actual Mercado Central Llallagua), lo torturaron brutalmente y lo desaparecieron sin dejar rastro alguno.

René Barrientos Ortuño, además de la masacre minera, fue el responsable directo del asesinato, encarcelamiento, tortura y desaparición de varios opositores a su gobierno, hasta el día en que murió calcinado en el mismo helicóptero que le obsequiaron sus aliados del Norte. No obstante, a pesar de los múltiples testimonios de esta sombría historia, todavía hay quienes exaltan su patriotismo y lo llaman el General del Pueblo; cuando en realidad no era más que un simple general golpista, un aviador entrenado en Estados Unidos y un servil lacayo del imperialismo, que supo aprovechar su mandato presidencial para saquear los recursos naturales en medio de un país que se desangraba en la miseria y lloraba a sus muertos bajo la bota militar.

domingo, 14 de junio de 2026

 

MICROTEXTOS XV

Franz Kafka

Cuando despertó, la cucaracha todavía estaba mirándolo desde el techo.

Iósif Stalin

El amante de su propia personalidad, el dictador más abominable del comunismo soviético, lo tenía a León Trotsky, su principal enemigo, metido hasta en sus pesadillas.

Frida Kalho

La artista que pintó sus retratos en la cama, con la cadera rota, la pierna amputada y los ideales al lado de su corazón partido, tenía una Frida de noche y una Frida de día, una Frida sana y una Frida herida.

Túpac Katari

El indio rebelde, antes de que sus verdugos le cortaran la lengua y fuese atado de pies y manos a la cincha de cuatro caballos para ser descuartizado, los miró de frente y lanzó un estremecedor grito en el pueblo de Peñas: ¡Volveré y seré millones, carajo!

Baruch Spinoza

Al filósofo neerlandés, de origen sefardí, las autoridades religiosas judías, por pensar demasiado y estar acusado de ateo, le lanzaron las siguientes maldiciones:

Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley…

Spinoza se rió por dentro y, sin dejar de escribir sus tratados sobre metafísica, ética, teología y política, esperó pacientemente morirse a los 44 años, minado por la tuberculosis y no por un castigo divino, como lo tenían pensado sus detractores, que vivían aferrados a la Biblia y a la mano de Dios.

Miguel Alandia Pantoja

El pintor revolucionario, nacido en una población minera del norte de Potosí, pintó obreros y campesinos en actitud combativa, pintó hombres con hambre de justicia y mujeres envueltas en banderas libertarias. Pintó también a los guardianes de la oligarquía minero-feudal, con armas en las manos y prestos a ahogar a los explotados en baños de sangre.

Pintó lo que le dictaba su conciencia, con los pinceles de sus manos hechas de compromiso social y los colores encendidos de su corazón rebelde. Pintó todo lo que pintó, en muros y lienzos, con su desbordante creatividad convertida en la ideología revolucionaria de la clase obrera.

Solo sé que nada sé

Un amigo bibliotecario, de cuyo nombre prefiero no acordarme, leía todo, todo el tiempo. Leía las enciclopedias desde la letra A hasta la letra Z. Era erudito en muchas ciencias del saber humano, una auténtica biblioteca andante, aunque él solía repetir la clásica frase de Sócrates: Solo sé que nada sé, pues mientras más leía, de noche y de día, se daba cuenta que sabía menos, debido a que los conocimientos eran infinitos y que un sabiondo era un pobre ignorante con pretensiones de sabio.

Miguel de Cervantes

El Manco de Lepanto, prisionero en la Cárcel Real de Sevilla, por deudas pendientes y acusaciones de apropiaciones de fondos públicos, pergeñó su obra clásica: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, necesitado de un caballero andante para sentirse como si estuviese libre, recorriendo por el mundo al galope de su caballo Rocinante, para  imponer justicia, defender a los humildes y ganarse honores a punta de lanza y filo de espada. Necesitaba un Quijote, enfrentándose con enemigos imaginarios, locamente enamorado de Dulcinea del Toboso, acompañado de su escudero Sancho Panza y protegido por sus amigos y parientes. Necesitaba crear a Alonso Quijano, el héroe trocado en loco de tanto leer novelas de caballería, un alter ego de Miguel de Cervantes, un hidalgo de contextura alta y delgada, piel pálida, nariz picuda, bigotes poblados y barba larga. El escritor de escritores, atormentado en su cautiverio, tenía la necesidad de crear un Quijote de la Mancha, no importaba si loco, pero viviendo en libertad y no encerrado entre los gruesos muros de la cárcel.

Bartolina Sisa

La heroína aymara fue descuartizada por sus verdugos. Su cabeza y extremidades fueron exhibidas en distintos ayllus y caminos, donde ella, junto a su esposo Túpac Katari, resistió en su lucha contra los realistas al servicio de la Corona Española. Su cabeza fue clavada en la picota del escarnio en Jayujayu-Marka, hoy provincia Aroma del departamento de La Paz, para escarmiento de los indios que osaban rebelarse contra el sistema colonial. Sus extremidades fueron enviadas a Tinta-Marka, comunidad situada en la actual república del Perú, donde también fueron exhibidas en la punta de sendas picotas. Pero de nada sirvió tanta barbarie y crueldad, porque los herederos de Bartolina Sisa siguieron su ejemplo y, juntando las partes desmembradas de su cuerpo y recogiendo cada gota de su sangre derramada, siguieron luchando por conquistar sus derechos y conquistar la liberación de las naciones originarias del Abya Yala.

César Vallejo

El excelso poeta peruano, conocedor de la vida de los mineros y el saqueo imperialista en Quiruvilca, cerca de su natal Santiago de Chuco, escribió la novela El tungsteno, a modo de protesta y denuncia desde la literatura, con el mensaje revolucionario de que solo la conciencia de clase y la organización de los trabajadores eran las armas para sepultar a los explotadores y las indispensables llaves para abrir las alamedas de la liberación proletaria. El poeta de pocos recursos económicos, pero de muchos poemas hechos de sentimientos humanos y compromiso social, estaba convencido de la tesis marxista de que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores y quien no entienda estito estaba condenado a ser un eterno esclavo del sistema capitalista.

lunes, 8 de junio de 2026

EL TÍO Y LOS MINEROS

Caminando por las calles de Llallagua, cuesta arriba y cuesta abajo, me detuve frente a una casa, en cuya ventana se exhibían objetos decorativos hechos con papel maché. Me llamaron la atención, sobre todo, los muñecos que representaban a hombres y mujeres de la zona andina. La casa estaba ubicada a la altura del edificio de la municipalidad, donde las autoridades ediles estaban recluidas en sus oficinas, mientras en la Plaza de Armas los peatones hormigueaban bajo el sofocante sol del mediodía. 

Me acerqué a la puerta entreabierta, cogí la manilla y la empuje hacia adentro. Pedí hablar con el dueño. Me atendió un hombre de mediana edad, cuyo nombre no recuerdo; era el propietario del negocio y el artista que moldeaba los objetos artesanales con la pasta de papel maché. De sus manos nacían animales silvestres, muebles de hogar y figuras con cuerpo y rostro humanos.

Cuando le pregunté cómo los hacía, él aguzó los oídos, levantó la mirada y contestó: Una vez que los moldeó, pegó con adhesivos la cabeza y las extremidades al cuerpo, después los dejó secar hasta que queden endurecidos como la arcilla, para finalmente lijarlos y pintarlos.

No dejé pasar mucho tiempo y, de sopetón y sin mayores redundancias, le dije que estaba interesado en que me lo hiciera una estatuilla del Tío de la mina. Él me miró extrañado, como quien jamás escuchó semejante pedido. Sin embargo, tras unos segundos, me preguntó para cuándo la quería. No hay apuros, le dije. Él aceptó plasmar mi deseo en sus horas libres, no sin antes solicitarme un pequeño adelanto para asegurase de que el pedido iba en serio. Estará listo para el próximo mes –dijo con un soplo pesado–. Entonces puedes volver para recogerlo.

El día que regresé, sin otro pensamiento que recoger la estatuilla, me sorprendió que lo hubiese hecho al Tío acompañado de dos mineros, que masticaban hojas de coca, mientras el dueño de los minerales, con el cigarrillo en la boca, los observaba con su mirada de autoridad suprema.

Estreché la mano del artista y lo felicité por el excelente trabajo que materializó en papel maché. Él atinó a esbozar una sonrisa y no dijo nada. Cancelé lo que restaba, cogí la estatuilla, me despedí con sobrados agradecimientos y, paseándola ante las miradas curiosas de la gente, me la llevé por las calles de Llallagua, con la sensación de que el Tío estaba tan feliz como yo.     

La estatuilla estuvo en un cuarto de la ex Casa Gerencia de Catavi, donde me quedaba, de cuando en cuando, mientras visitaba las poblaciones del norte de Potosí. Está claro que la estatuilla, por representar una de las realidades más neurálgicas del mundo minero, llamaba la atención a primera vista y no podía permanecer encerrado en un cuarto; así que, por sugerencias de Lourdes Peñaranda Morante, bibliotecóloga y encargada del Archivo Histórico Minero de Catavi, la presté por un buen tiempo a esta institución que contaba con salas de exposición de objetos patrimoniales y tenía proyecciones de convertirse en museo. Allí fue donde el abogado y escritor Armando Córdova Saavedra le tomó una fotografía para incluirla en una de las ediciones de su libro: Historia de un Pueblo. Recuento Socio-Histórico. Desde luego que la estatuilla no dejaba indiferente a nadie que la viera expuesta en una de las mesas del Archivo, donde, además de exhibirse publicaciones referentes a la minería, había diversos objetos museísticos pertenecientes a la Patiño Mines y la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

La estatuilla refleja una de las escenas cotidianas del minero boliviano que, antes de iniciar la jornada y a modo de darse fuerzas, pijcha, fuma y bebe junto a la estatuilla del Tío, a quien se lo tiene como al absoluto soberano de las entrañas de la tierra y, por eso mismo, como al único ser omnipresente capaz de decidir el destino del trabajador en el interior de la mina, ya que de él depende la vida y la muerte de quien se interna en los oscuros laberintos de su dominio, suplicándole, con suma devoción y reverencia, entregarle los mejores filones de estaño.

No es casual que los mineros conversen con el Tío como si formara parte de su familia. Él es el confidente en los momentos de tristeza y alegría, el amigo que los acompaña mientras pelean contra las rocas, el todopoderoso que decide lo que está bien y lo que está mal allí donde no penetra la luz del sol ni rigen las leyes divinas.

Los mineros, sentados sobre rocas o callapos, llenan con coca y lejía los carrillos de la boca, con la esperanza de hallar la veta que buscan entre penumbras, apenas iluminados por la luz de las lámparas enganchadas al guardatojo. Después se retiran del paraje del Tío y se alejan hacia sus respectivos rajos, donde les espera un trabajo duro y parejo, hasta que se les afloja los músculos y se les agota el aire en los pulmones minados por la silicosis, como cada día que sobreviven con el Jesús en la boca y con el Tío entre ceja y ceja.

Algunos años después, cuando volví a la casa donde vivía el artista, que hizo la estatuilla del Tío y los dos mineros, con el propósito de encargarle la realización de una estatuilla de la Chinasupay, la amante celosa del Tío, no lo encontré porque se había mudado vaya a saber dónde. Nadie supo darme razones, ni siquiera quienes eran sus vecinos. El artista, que a sí mismo se consideraba artesano, desapareció sin decir nada a nadie, como si se lo hubiese tragado la tierra, como si el Tío se lo hubiese llevado al interior de la mina.

Me quedé con una sensación de desaliento, arrepentido por no haberle preguntado su nombre ni haberle pedido su teléfono, aunque sabía que una de sus obras de arte estaría conmigo, como parte de mi colección de Tíos, donde esta estatuilla brilla con luz propia tanto por su esencia como por su belleza..           

lunes, 1 de junio de 2026

MICROTEXTOS XIV

Racismo

El antirracista, a diferencia del xenófobo, no se fijaba en el color de piel que su amada tiene por fuera, sino en los valores humanos que tiene por dentro.

Experiencia

De joven le gustaban las mujeres voluptuosas, de pechos y nalgas enormes, hasta que un día, su abuelo, como todo viejo que hablaba con la voz de la experiencia, le dijo: “A la mujer, mientras más delgada, el clavo le entra mejor”.

Justicia por mano propia

Una turba enfurecida sepultó vivo a un adolescente de 16 años, acusado de violar y descuartizar a una niña de 5 años. Todos estaban de acuerdo en hacer justicia por mano propia. Primero, lo capturaron como a una bestia salvaje, lo maniataron y obligaron a asistir al velorio de la víctima. Luego, entre golpes y gritos, lo condujeron hacia el cementerio, donde lo tiraron en una fosa profunda, con las manos todavía amarradas a la espalda, y le echaron palas de tierra, hasta provocarle la muerte por asfixia.

Amigo imaginario

Mi amigo imaginario, mientras había luz, siempre fue mi sombra, con quien hablaba, reía, lloraba y jugaba, hasta que caía la noche y mi sombra, que no era un muñeco ni un animal de peluche, se despedía y desaparecía pidiéndome esperarlo a la luz de un nuevo día.

Varón domado

Desde que ella lo tenía bajo su dominio, él ya no era el mismo, parecía un hombre sin alma ni cerebro. Ella lo manejaba, sin mirarle ni dirigirle la palabra, como a cualquier don nadie; incluso, desde que perdió su autoridad y dignidad de hombre, ella pensaba y sentía por él, quien no se reconocía ni estando delante del espejo. Ella lo envolvía en un dedo y él no decía nada, lo desenvolvía y tampoco decía nada. Lo envolvía una y otra vez en el dedo, como se envuelve el hilo en el carrete, y él no decía nada, solo movía los ojos, mirándola como el esclavo mira a su amada ama.

Soledad

El hombre vivía solo en la soledad, amparado en la pobreza y el olvido. Nadie lo visitaba ni se preocupaba por él, salvo un famélico perrito convertido en su única compañía, el que le daba cariño y lo seguía por donde iba.

Femimachista

Una feminista de marras, como las que andan por ahí, alguna vez me dijo que el peor enemigo de la mujer no es el hombre, sino otra mujer machista.

Olores

El autobús se detuvo en un tramo de la carretera. Se abrió la puerta, subió un hombre, miró en derredor y dijo:

–Sube un nuevo pasajero con olor a indio. No me van a discriminar, ¿ya?

–Aquí no hay gringos –contestó uno–. Todos somos indios, pero con olor a gringos.

–¿Y cómo es el olor a gringos? –preguntó otro.

–A gringos –contestaron los pasajeros al unísono.

El autobús estalló en risas y bromas, mientras se cerraba la puerta para proseguir el trayecto.

Paro del transporte

Cuando el transporte se declara en paro, por falta de diésel y gasolina, para todo, para la vida y para la muerte. La ciudad de El Alto se viene abajo. No se oyen motores en las calles y los peatones viajan sobre sus pies, como si el mundo dejara de orbitar alrededor del sol y dejara de girar sobre su eje. Cuando el transporte se declara en paro, por la escasez de combustible, paran las agujas del reloj, callan los motores, paran los conductores y no queda otro camino que movilizarse en autopie.

Una granja al revés

En esta granja, donde las leyes de la naturaleza no siguen las normas de Darwin ni de Dios, los animales viven a su libre albedrio: el gato ladra y el perro maúlla; la vaca relincha y el caballo muge; el sapo trina y el pájaro croa; el gallo gruñe y el cerdo cacarea…

En este reino animal,  donde las leyes de la naturaleza están al revés, el loco es el más curdo entre los cuerdos, mientras el cuerdo, que no habla pero rebuzna, es un auténtico loco de remate.

Necrofilia

Cuando murió su amada, la mujer a quien no podía apartarla de su vida, él no soportó la soledad y decidió profanar la tumba donde ella yacía bajo una cruz de hierro y una lápida de mármol. Se metió en el cementerio a medianoche, escarbó la tierra con las manos, desenterró el cadáver con la misma desesperación de un violador de sepulturas. Y, sin que nadie lo viera bajo el reflejo plateado de la luna, llevó el cuerpo a su casa y lo recostó en la cama. Lo restauró, maquilló y vistió con sus mejores galas. La perfumó, la devoró a besos, la exploró con las manos y, excitado como un perro azuzado, le hizo el amor como la primera vez que la poseyó en la misma cama.