EL TÍO Y LOS MINEROS
Caminando por las calles de Llallagua, cuesta arriba y
cuesta abajo, me detuve frente a una casa, en cuya ventana se exhibían objetos decorativos
hechos con papel maché. Me llamaron la atención, sobre todo, los muñecos que
representaban a hombres y mujeres de la zona andina. La casa estaba ubicada a
la altura del edificio de la municipalidad, donde las autoridades ediles
estaban recluidas en sus oficinas, mientras en la Plaza de Armas los peatones hormigueaban
bajo el sofocante sol del mediodía.
Me acerqué a la puerta entreabierta, cogí la manilla y la
empuje hacia adentro. Pedí hablar con el dueño. Me atendió un hombre de mediana
edad, cuyo nombre no recuerdo; era el propietario del negocio y el artista que
moldeaba los objetos artesanales con la pasta de papel maché. De sus manos
nacían animales silvestres, muebles de hogar y figuras con cuerpo y rostro
humanos.
Cuando le pregunté cómo los hacía, él aguzó los oídos,
levantó la mirada y contestó: Una vez que
los moldeó, pegó con adhesivos la cabeza y las
extremidades al cuerpo, después los dejó secar hasta que queden endurecidos
como la arcilla, para finalmente lijarlos y pintarlos.
No dejé
pasar mucho tiempo y, de sopetón y sin mayores redundancias, le dije que estaba
interesado en que me lo hiciera una estatuilla del Tío de la mina. Él me miró extrañado,
como quien jamás escuchó semejante pedido. Sin embargo, tras unos segundos, me
preguntó para cuándo la quería. No hay
apuros, le dije. Él aceptó plasmar mi deseo en sus horas libres, no sin
antes solicitarme un pequeño adelanto para asegurase de que el pedido iba en
serio. Estará listo para el próximo mes –dijo
con un soplo pesado–. Entonces puedes
volver para recogerlo.
El día que regresé, sin otro pensamiento que recoger la
estatuilla, me sorprendió que lo hubiese hecho al Tío acompañado de dos
mineros, que masticaban hojas de coca, mientras el dueño de los minerales, con
el cigarrillo en la boca, los observaba con su mirada de autoridad suprema.
Estreché la mano del artista y lo felicité por el
excelente trabajo que materializó en papel maché. Él atinó a esbozar una sonrisa
y no dijo nada. Cancelé lo que restaba, cogí la estatuilla, me despedí con
sobrados agradecimientos y, paseándola ante las miradas curiosas de la gente,
me la llevé por las calles de Llallagua, con la sensación de que el Tío estaba
tan feliz como yo.
La estatuilla estuvo en un cuarto de la ex Casa
Gerencia de Catavi, donde me quedaba, de cuando en cuando, mientras visitaba
las poblaciones del norte de Potosí. Está claro que la estatuilla, por
representar una de las realidades más neurálgicas del mundo minero, llamaba la
atención a primera vista y no podía permanecer encerrado en un cuarto; así que,
por sugerencias de Lourdes Peñaranda Morante, bibliotecóloga y encargada del
Archivo Histórico Minero de Catavi, la presté por un buen tiempo a esta institución
que contaba con salas de exposición de objetos patrimoniales y tenía proyecciones
de convertirse en museo. Allí fue donde el abogado y escritor Armando Córdova
Saavedra le tomó una fotografía para incluirla en una de las ediciones de su
libro: Historia de un Pueblo. Recuento
Socio-Histórico. Desde luego que la estatuilla no dejaba indiferente a
nadie que la viera expuesta en una de las mesas del Archivo, donde, además de
exhibirse publicaciones referentes a la minería, había diversos objetos museísticos
pertenecientes a la Patiño Mines y la
Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).
La estatuilla refleja una de las escenas cotidianas
del minero boliviano que, antes de iniciar la jornada y a modo de darse
fuerzas, pijcha, fuma y bebe junto a
la estatuilla del Tío, a quien se lo tiene como al absoluto soberano de las
entrañas de la tierra y, por eso mismo, como al único ser omnipresente capaz de
decidir el destino del trabajador en el interior de la mina, ya que de él
depende la vida y la muerte de quien se interna en los oscuros laberintos de su
dominio, suplicándole, con suma devoción y reverencia, entregarle los mejores
filones de estaño.
No es casual que los mineros conversen con el Tío
como si formara parte de su familia. Él es el confidente en los momentos de
tristeza y alegría, el amigo que los acompaña mientras pelean contra las rocas,
el todopoderoso que decide lo que está bien y lo que está mal allí donde no
penetra la luz del sol ni rigen las leyes divinas.
Los mineros, sentados sobre rocas o callapos, llenan con coca y lejía los carrillos de la boca, con la
esperanza de hallar la veta que buscan entre penumbras, apenas iluminados por
la luz de las lámparas enganchadas al guardatojo.
Después se retiran del paraje del Tío
y se alejan hacia sus respectivos rajos,
donde les espera un trabajo duro y parejo, hasta que se les afloja los músculos
y se les agota el aire en los pulmones minados por la silicosis, como cada día
que sobreviven con el Jesús en la boca y con el Tío entre ceja y ceja.
Algunos años después, cuando volví a la casa donde
vivía el artista, que hizo la estatuilla del Tío y los dos mineros, con el
propósito de encargarle la realización de una estatuilla de la Chinasupay, la
amante celosa del Tío, no lo encontré porque se había mudado vaya a saber
dónde. Nadie supo darme razones, ni siquiera quienes eran sus vecinos. El
artista, que a sí mismo se consideraba artesano,
desapareció sin decir nada a nadie, como si se lo hubiese tragado la tierra,
como si el Tío se lo hubiese llevado al interior de la mina.
Me quedé con una sensación de desaliento, arrepentido por no haberle preguntado su nombre ni haberle pedido su teléfono, aunque sabía que una de sus obras de arte estaría conmigo, como parte de mi colección de Tíos, donde esta estatuilla brilla con luz propia tanto por su esencia como por su belleza..

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