martes, 18 de agosto de 2026

EL TÍO BORDADO CON PASIÓN

A Paulino Arena lo conocí en un viaje de Llallagua a Oruro. Era mi compañero de asiento. Nos saludamos e intercambiamos miradas por un instante. Ya en el trayecto, entablamos una amena conversación. Me contó que vivía en Oruro, pero que era oriundo de Juntavi Caripuyo, ubicado en la provincia Alonso de Ibáñez del departamento de Potosí.

–¿Y qué haces en Oruro? –le pregunté.

–Trabajo como bordador –contestó.

Cerré la boca y, por un instante, pensé: Si es cierto lo que me dice, entonces es una revelación que un joven proveniente de un pueblo cercano a las altas montañas de la Cordillera Central de los Andes, se estuviese ganando un lugar en la capital del folklore boliviano, donde hay eximios mascareros y bordadores, con una merecida fama que ha trascendido más allá de las fronteras nacionales.

–¿Y qué tipo de trajes bordas?

–Para los danzarines del tinku, esa es mi especialidad –contestó, mientras buscaba en su celular algunas fotos, que luego me las enseñó como quien enseña su carnet de identidad. Deslizó la pantalla con el dedo pulgar y pude ver unos maravillosos bordados que lucían los chalecos destinados a los danzarines de las fraternidades del tinku, que se baila con energía y actitud de confrontación con el rival en las festividades folklóricas y religiosas de todo el país, donde esta danza originaria de los ayllus del norte de Potosí, conocida por la colorida y originaria vestimenta de las mujeres, y por la inagotable energía de los hombres, quienes lucen monteras adornadas con plumas, chaquetas con bordados andinos, pantalones de bayeta, bufandas, abarcas, chumpis y ch’uspas, y cuyas patadas al aire, coreografías con choques de hombros o pechos entre contrincantes y golpes de montera contra el suelo, cautiva a los espectadores tanto por sus briosos movimientos como por sus gritos de combate, acompañados por la música de quenas, zampoñas y bombos que marcan un compás dinámico y marcial, que forman parte de la tradición ancestral, ritual y cultural de los pueblos originarios como Macha o Aymaya. 

–Qué hermosos bordados –le comenté.

Él me miró en silencio y apenas dijo nada. El auto noah seguía ganando distancia entre los gibosos cerros y nosotros retomamos la conversación.

–¿Hace mucho que te dedicas al oficio de bordador?

–Hace ya algunos años que empecé a trabajar en el taller de un familiar –contestó. Guardó su celular y, tras acomodarse en el asiento, añadió–: Él se ha especializado en bordar trajes para el tinku.

En ese instante, a la altura de la población de Huanuni y mientras contemplaba el paisaje del altiplano desde la ventanilla, se me ocurrió preguntarle algo que me andaba rondando en la cabeza, pero que no sabía exactamente cómo decírselo, hasta que el auto dio un barquinazo y nosotros nos miramos esbozando una sonrisa. Esa fue la ocasión que aproveché para lanzarle la pregunta:

–¿Te animarías a bordar un Tío de la mina? Tú sabes quién es el Tío, ¿verdad?

–Sí –dijo–. Algunos de mis parientes han sido mineros en Llallagua.

–¡Qué bueno! –exclamé–. Entonces sabes de lo que estoy hablando.

Él se quedó mirándome de sesgo, pensó por un instante y dijo:

–Nunca he bordado un Tío, pero puedo intentarlo.

–¡Qué maravilla, hermano! Te lo agradecería mucho.

–Te comunicaré por WhatsApp cuando lo tenga listo –concluyó como poniendo un punto final a ese tema de la conversación.

Cuando llegamos a las afueras de Oruro, él se despidió amigablemente y descendió del auto. Lo miré por la ventanilla, mientras el conductor descargaba del portaequipajes unos bultos repletos de madejas de lana de oveja y de llama, que Paulino Arena adquirió de las hilanderas en las poblaciones del norte de Potosí. El auto arrancó el motor y nosotros nos despedimos haciendo señas con la mano.

Por un tiempo, no volví a saber de él, hasta que un día me escribió por WhatsApp: El Tío estará listo para el 6 de agosto, amigo Víctor.

¡Qué excelente noticia, hermano!, le contesté de inmediato. Tú me dirás cuándo y dónde lo recojo, ¿en Oruro o en otra parte?

Pasaron los días y nos encontramos en la ciudad de Oruro, en la antigua terminal de buses.

Él trajo el bordado en su mochila, metido en una bolsa de plástico. Lo extendió sobre la mesa de una cafetería y se limitó a mirarme en silencio, pero decidido a sorprenderme con su trabajo. Se trataba de una verdadera creación artística.

Ni bien lo tuve entre las manos, me fue difícil entender cómo un artesano bordador pudo haber decorado la imagen del Tío sobre la superficie de una tela, sin más instrumentos que los dedos de las manos y sin más materiales que una aguja, un bastidor, una tijera, un dedal y unos hilos de diversos colores y grosores.

Me imaginé, por razones obvias, que primero dibujó la imagen del Tío en un papel para después replicarlo con un marcador en la tela de bayeta, colocada en el bastidor de manera uniforme, de modo que pudiera comenzar con el bordado, puntada por puntada, hasta ir perfilando los detalles del rostro y del cuerpo, con ricas texturas, relieves y una destreza propia de los maestros respetados por su oficio en esta técnica artística de usar las agujas como pinceles y las hebras de lana como pinturas. Y, como es de suponer, remató el trabajo con un acabado final, resaltando los contornos de la imagen con una costura fina, hecha con un hilo metálico de color plateado y, alrededor de su cuello, con tiras de serpentinas multicolores como en los días de Carnaval.

Si uno se fija bien en la imagen, el Tío parece bordado con la poesía de las lanas de ovejas y llamas, que las hilanderas le proveen a Paulino Arena, quien, de cuando en cuando, se da una vuelta por las poblaciones del norte de Potosí, para comprar los quintales de ovillo de lana que acaban convertidos en hermosos ornamentos en los trajes de los danzarines del tinku, una de las danzas tradicionales más renombradas de los pueblos de Macha y Aymaya, donde cada año se celebra esta festividad ancestral, en medio de cantos, músicas y enfrentamientos de pugilato entre los hombres de los distintos ayllus que pueblan esas tierras donde nacieron el líder indígena Tomás Kartari y el teórico indianista Fausto Reinaga.


Mientras nos despedíamos con un abrazo y un fuerte apretón de manos, como si reafirmáramos una vieja amistad, me imaginé también que Paulino Arena bordó lleno o cerrado, con un punto de cruz, que le permitió trabajar con mayor soltura, en sentido horizontal, vertical y diagonal, con el propósito de lograr un resultado de gran calidad estética y belleza extraordinaria, donde la figura del Tío de la mina, apoltronado sobre una roca mineralizada, se muestra de cuerpo entero, con sus retorcidos cuernos apuntados a los costados, sus patas de macho cabrío, su pene de respetables dimensiones y su piel encendida como las llamas del infierno.

No cabe duda de que Paulino Arena, desde que quedó atrapado en el trabajo de bordador, como clavado por las agujas y enredado por los hilos, es un joven artista del bordado, con aspiraciones de abrirse un notable espacio en la tierra de mascareros y bordadores, compitiendo con las familias dedicadas a esta labor artesanal, cuya destreza en la elaboración de trajes se transmiten de generación en generación; una actividad que en principio les pertenecía solo a las mujeres, pero que, con el paso del tiempo, llegaron también a practicar los hombres, hasta que empezó a valorarse el aspecto técnico y artístico del bordado, sobre todo, en las ciudades de Oruro y La Paz, donde algunos son capaces de bordar trajes de diablos y morenos con incrustaciones de vidrio, pedrería, perlas, lentejuelas, plumas de ave, ramas de plantas, conchas marinas, canutos, hilos de color plata y oro, entre otros materiales conocidos y reconocidos por los maestros bordadores.

Este magnífico trabajo de imaginería, cuyo principal motivo es el Tío de la mina, resultó ser una magnífica obra de arte, nacida de la fantasía y las manos de Paulino Arena, quien aprendió a domar su oficio a costa de pincharse la falange de los dedos y mantener la paciencia sin quejarse ni rendirse, para lograr un resultado que superara sus propias expectativas, ya que el bordado, que se caracteriza por ser un proceso manual, donde cada puntada permite un control total sobre el diseño y los detalles, requiere de mucha práctica, paciencia y precisión, debido a que no es lo mismo pintar con pinceles sobre un lienzo que crear una compleja imagen con la ayuda de una aguja y la aplicación de hilados nortepotosinos sobre una tela menos tensa y menos sólida.

Ahora que este bordado forma parte de mi colección privada, solo espero que, a pesar del inexorable paso del tiempo, la iconografía del Tío, con su infaltable cigarrillo, coca y alcohol, hecha con mucho detalle y con mucha pasión, a mano y no a máquina, no se deshilache como una tela cualquiera ni quede convertida en jirones como un bordado abandonado a su maldita suerte. Ojalá que el mismo Tío, apelando a sus poderes mágicos y sobrenaturales, me ayude a proteger y conservar su imagen de amo, dueño y señor de las minas bolivianas.

GLOSARIO

Ayllu: Unidad básica de la organización social en las comunidades quechuas y aymaras.

Chumpi: Faja ancha para la cintura, tejida con lana de oveja o llama.

Ch’uspa: Bolsa pequeña de lana para llevar coca, “lejía”, cigarrillos y otros.

Pachamama: Madre Tierra.

Tinku: Encuentro. Combate ritual originario entre “ayllus” del norte de Potosí. Es una ceremonia preincaica donde los pobladores se enfrentan físicamente a golpes como ofrenda de sangre a la “Pachamama”, para asegurar una buena cosecha.

 

lunes, 10 de agosto de 2026

 

SUECIA EN CUATRO ESTACIONES

Primavera

En enero y febrero, como todos los años al terminar el largo invierno sueco, los comercios de comida y confiterías venden panecillos especiales llamados semlor, saborizados con cardamomo, crema batida y pasta de almendras. Estos panecillos se comen, sea como aperitivo o postre, acompañados de un tazón de leche caliente, espolvoreado con canela, como manda la sagrada tradición.

Es la estación del año en la que se celebra también el Alla hjärtans dag (Día de los Enamorados), en homenaje a San Valentín, ese monje italiano convertido en mártir cristiano y luego en santo, debido a que, sin contar con el beneplácito del emperador ni del papa, unía en matrimonio a jóvenes enamorados hasta las patas. Es el día en que se regalan flores o se manda tarjeta o carta a alguien que se ama con todas las fuerzas del corazón.

A fines de marzo, cuando los días son más largos y las noches más cortas, la vida vuelve a despertar en la naturaleza y asoma el equinoccio de primavera; los árboles se cubren de hojas y flores, mientras los pájaros, remontados en alborozo vuelo, surcan el cielo entre trinos y graznidos.

Después llega la festividad de la Pascua, ocasión en la que la gente adorna su casa con plumas y come un montón de huevos, en toda sus formas y tamaños, como símbolo de la vida y poder de crecimiento, mientras los niños y las niñas, además de recibir huevos decorados, llenos de dulces y chocolates, se dan un auténtico festín con las golosinas que más despiertan su apetito y los sueños de vivir en la fábrica de chocolates de Willy Wonka.

En la Pascua todo es fiesta y alegría, como si de veras se celebrara la resurrección de Cristo. Las niñas y los niños se disfrazan de brujas y brujos variopintos, para recorrer por las casas pidiendo dulces y monedas; una tradición inspirada en el Medioevo y la Inquisición, una época sombría en que las mujeres, acusadas de sostener pactos con el diablo en Semana Santa, eran condenas a arder como antorchas en la hoguera.

En esta estación del año se arreglan los jardines, se queman las ramas muertas y otros residuos, hasta que en vísperas del Valborgsmässoafton (Noche de walpurgis), se reúnen hombres y mujeres, grandes y chivos, alrededor de fogatas, para dar la bienvenida a la primavera, con coros al aire libre y reuniones donde no faltan las exquisitas comidas y las bebidas espirituosas.

Verano

Cuando el día se alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta alrededor de un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se yergue como un falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con guirnaldas de hojas y flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en posición de cuclillas, interpretan canciones similares a las rondas infantiles y, bailando con pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca…

Horas después, sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros, comen productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill (arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y papas nuevas hervidas con eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de cereales) en copas del tamaño de un dedal, a la espera de que el día, largo como en todos los solsticios de verano, se haga noche y convoque a la cama.

En esta estación del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y playas, donde el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres, rubias como las valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas en los arrecifes, para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda cabellera tendida sobre la arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.

Otoño

En el otoño, cuando la naturaleza se torna en un disco cromático, todo el paisaje, pintado con diversos matices, es digno de ser contemplado y admirado. Las noches se hacen más largas y frías, las hojas caen como mixturas de los árboles y los vientos soplan arrastrando las últimas rachas del verano.

En el día de Todos los Santos, a diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere, muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.

Invierno

Al llegar el invierno, cuando la temperatura baja a más de 0° C., caen los copos de nieve y las ciudades del norte se visten como hermosas novias. Las noches tienen un resplandor de sueño y la nieve reverbera bajo el reflejo argentado de la luna.

El 13 de diciembre se celebra el Día se Santa Lucía, en homenaje a la mártir cristiana de origen siciliano, considerada la patrona de los ciegos y de la luz, de quien se dice que, durante el tormento al que fue sometida por sus verdugos romanos, bajo las órdenes del gobernador Pascasio, a principios del siglo IV d. C, le arrancaron los ojos, pero ella seguía viendo como por gracia divina. No en vano las iconografías la muestran con una espada, una palma, un libro, una lámpara de aceite y casi siempre con dos ojos en un plato. Quizás por eso, las familias hornean pastelitos llamados Lussebulle (bollos de Lucía), generalmente con la forma del número ocho, que simboliza los ojos de la santa de Siracusa, para comerlos por la mañana, la tarde y la noche.

Las niñas, a modo de conmemorar su martirio, se visten de Lucía, con un vestido blanco, largo hasta los talones y una cinta roja ajustada en la cintura, y, lo que es más importante, llevan una corona de siete velas en la cabeza; en tanto los niños se visten de stjärngossar (chicos con estrellas), debido a su sombrero puntiagudo que tiene una estrella en la punta. En la noche de Santa Lucía, organizados en pequeños grupos, salen de ronda por doquier, entonando, con voces angelicales y en completa armonía, canciones que piden que reine la luz en medio de la oscuridad.

En esta época, la más fría y oscura de las cuatro estaciones, los suecos encienden los centelleantes colores de los foquitos del arbolito de Navidad, que representa la festividad familiar más importante del año y cuyos orígenes están anclados en los antiguos ritos y mitos de sus antepasados.

El arbolito, adornado con una estrella en la punta, luces de colores, esferas brillantes, guirnaldas, lazos, campanitas, bastones de caramelo o flores, es el centro de atención de niños y adultos, quienes hondan sus esperanzas en que Papa Noel se los traiga, en su trineo tirado por siervos, algún regalo desde el extremo norte del planeta, donde todo es frío y nieve, nieve y frío.

En la fecha que se despide el año viejo y se da la bienvenida al Año Nuevo, entre uvas, vinlögg (vino caliente) y brindis con copas de champaña, la medianoche helada estalla en juegos pirotécnicos, que más parecen luces de bengala encendiendo el oscuro cielo, donde los fuegos artificiales, como racimos de flores, se desgranan en colores vivo, mientras las personas comen las doce uvas, deseando que se hagan realidad sus sueños y que el nuevo año sea de felicidad y prosperidad para todos.

sábado, 1 de agosto de 2026

EROTISMO A FLOR DE PIEL

El reciente libro de Víctor Montoya, quien viene explorando los territorios de la literatura erótica desde su novela El laberinto del pecado (1993), reúne una serie de cuentos y relatos que abordan historias insólitas sobre el amor y las complejas relaciones humanas que dejan al desnudo su intimidad, sin más intención que ruborizar las mejillas y subir un poco la temperatura del lector.

La narrativa del autor tiende a rebelarse contra el tabú sexual y reconquistar las libertades perdidas tras la censura establecida por la religión y la moral retrógrada de los caballeros cuya función es reprimir las fantasías eróticas de hombres y mujeres, con el falso argumento de que el pecado carnal es una perversión atentatoria contra la decencia de los ciudadanos y una amenaza demoniaca contra el buen vivir de las familias cristianas.

Estos cuentos y relatos eróticos, escritos con un lenguaje rico en matices lexicales y un regio despliegue creativo en torno a la ardiente sensualidad, prometen un seguro deleite al exigente lector, acostumbrado a escudriñar las transgresiones físicas y mentales en las obras que tratan la sexualidad más allá de los valores éticos y morales establecidos por el entorno sociocultural y religioso, que todavía consideran la lujuria uno de los pecados que aleja a los individuos de la salvación espiritual y los acerca a las puertas del infierno.

Erotismo a flor de piel es un libro de revelaciones amorosas dispares e inimaginables, donde los protagonistas deciden dar rienda suelta a sus instintos primitivos, para internarse en un ámbito lleno de pasiones íntimas y placeres insospechados, que inducen de una aventura a otra, mientras el autor permite que el lector reflexione en torno a la anatomía humana, el amor, el desamor y las fantasías eróticas descritas con gran sentido del humor y total desenfado, como en Amor a tergo, un relato con descripciones explícitas de la relación carnal que transcurre en la cocina, mientras la mujer prepara un platillo afrodisiaco del Caribe y el hombre la aborda por la espalda para consumar su voluptuosa fantasía, dejando satisfechos a los protagonistas de esta exquisita historia, salpicada de expresiones metafóricas y exuberante sensualidad, que ganó el primer premio en el Concurso Sexto Continente de Relato Erótico, convocado en 2005 por Ediciones Irreverentes y el programa Sexto Continente de Radio Exterior de España.

El libro, destinado a recrear con lucidez las manifestaciones más sublimes de la condición humana, se funde en un haz de composiciones narrativas despojadas de tabúes y prejuicios, en un intento por ofrecer un abanico de temas que explayan las fantasías pasionales más recónditas y lúdicas, que van desde el roce de la piel con un beso, hasta las más avanzadas técnicas de exploración del instinto sexual, con los atributos propios de una literatura irreverente y transgresora, donde el arte de narrar historias eróticas se convierte en la metáfora perfecta del amor y en una magnífica razón para revelar los secretos del placer carnal.

Es evidente que en algunos de los cuentos y relatos se encuentran una combinación explosiva de erotismo y picardía, pero ninguno transgrede el comportamiento sexual admitido por la colectividad, porque no dan instrucciones en las artes amatorias, como en el Kámasutra hindú, al ser textos y contextos que, despojados de todo eufemismo, se atreven a transgredir fronteras entre lo permitido y lo prohibido, y, a su vez, tensar las vallas de los tabúes relativos al sexo y las normas de convivencia impuestas por las mentes mojigatas en una sociedad donde reina la doble moral, como en los chistes de doble sentido, en los que las partes genitales no se nombran como debe ser, sino usando una serie de giros idiomáticos o comparándolas con frutas y verduras.

El autor expresa sus fantasías eróticas a través de un lenguaje elegante, exento de términos científicos y verbosidades académicas, procurando acercar al lector hacia escenas engalanadas de asombro y maravilla, donde se ensamblan, bajo un manto de erotismo implícito y explícito, lo bueno y lo malo de las relaciones conyugales. De ahí que Erotismo a flor de piel resulta ser una selección de cuentos y relatos de tintes eróticos, donde el protagonista no es el sexo en sí mismo, sino apenas un recurso que permite exponer otros temas relacionados con el cotidiano vivir, donde no faltan los enamoramientos, adulterios, celos, venganzas y la desesperación de los protagonistas que se ven enfrentados a turbulentas relaciones amorosas, en las que se amalgaman lo religioso con lo profano y lo alegórico con lo lírico, como en los cuentos El cura y la monja, La punk de los aros de oro, Cándida, el negro y el perro, La cortesana y el esclavo negro, Las monjitas del Tío y El secreto amor de Marilú, en los que se explayan apasionantes historias de amor, donde los protagonistas hacen vibrar de emoción y despiertan el interés de las y los lectores interesados en la literatura del género erótico.

El libro Erotismo a flor de piel, del reconocido escritor Víctor Montoya, es una propuesta indispensable en el contexto de la literatura boliviana, donde son pocos los autores que han incursionado en la creación de obras que, sean reales o ficticias, asumen una temática inspirada en las preocupaciones más introspectivas y sensibles de la naturaleza humana. Erotismo a flor de piel, publicado por Librería y Editorial Subterránea, es un volumen de cuentos y relatos arrancados de la imaginación y creatividad del narrador, quien se esmeró en cuidar, tanto en la forma como en el contenido, una prolija prosa de alta calidad literaria, digna de ser destacada en el ámbito de las letras hispanoamericanas.