lunes, 10 de agosto de 2026

 

SUECIA EN CUATRO ESTACIONES

Primavera

En enero y febrero, como todos los años al terminar el largo invierno sueco, los comercios de comida y confiterías venden panecillos especiales llamados semlor, saborizados con cardamomo, crema batida y pasta de almendras. Estos panecillos se comen, sea como aperitivo o postre, acompañados de un tazón de leche caliente, espolvoreado con canela, como manda la sagrada tradición.

Es la estación del año en el que se celebra también el Alla hjärtans dag (Día de los Enamorados), en homenaje a San Valentín, ese monje italiano convertido en mártir cristiano y luego en santo, debido a que, sin contar con el beneplácito del emperador ni del papa, unía en matrimonio a jóvenes enamorados hasta las patas. Es el día en que se regalan flores o se manda tarjeta o carta a alguien que se ama con todas las fuerzas del corazón.

A fines de marzo, cuando los días son más largos y las noches más cortas, la vida vuelve a despertar en la naturaleza y asoma el equinoccio de primavera; los árboles se cubren de hojas y flores, mientras los pájaros, remontados en alborozo vuelo, surcan el cielo entre trinos y graznidos.

Después llega la festividad de la Pascua, ocasión en la que la gente adorna su casa con plumas y come un montón de huevos, en toda sus formas y tamaños, como símbolo de la vida y poder de crecimiento, mientras los niños y las niñas, además de recibir huevos decorados, llenos de dulces y chocolates, se dan un auténtico festín con las golosinas que más despiertan su apetito y los sueños de vivir en la fábrica de chocolates de Willy Wonka.

En la Pascua todo es fiesta y alegría, como si de veras se celebrara la resurrección de Cristo. Las niñas y los niños se disfrazan de brujas y brujos variopintos, para recorrer por las casas pidiendo dulces y monedas; una tradición inspirada en el Medioevo y la Inquisición, una época sombría en que las mujeres, acusadas de sostener pactos con el diablo en Semana Santa, eran condenas a arder como antorchas en la hoguera.

En esta estación del año se arreglan los jardines, se queman las ramas muertas y otros residuos, hasta que en vísperas del Valborgsmässoafton (Noche de walpurgis), se reúnen hombres y mujeres, grandes y chivos, alrededor de fogatas, para dar la bienvenida a la primavera, con coros al aire libre y reuniones donde no faltan las exquisitas comidas y las bebidas espirituosas.

Verano

Cuando el día se alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta alrededor de un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se yergue como un falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con guirnaldas de hojas y flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en posición de cuclillas, interpretan canciones similares a las rondas infantiles y, bailando con pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca…

Horas después, sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros, comen productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill (arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y papas nuevas hervidas con eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de cereales) en copas del tamaño de un dedal, a la espera de que el día, largo como en todos los solsticios de verano, se haga noche y convoque a la cama.

En esta estación del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y playas, donde el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres, rubias como las valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas en los arrecifes, para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda cabellera tendida sobre la arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.

Otoño

En el otoño, cuando la naturaleza se torna en un disco cromático, todo el paisaje, pintado con diversos matices, es digno de ser contemplado y admirado. Las noches se hacen más largas y frías, las hojas caen como mixturas de los árboles y los vientos soplan arrastrando las últimas rachas del verano.

En el día de Todos los Santos, a diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere, muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.

Invierno

Al llegar el invierno, cuando la temperatura baja a más de 0° C., caen los copos de nieve y las ciudades del norte se visten como hermosas novias. Las noches tienen un resplandor de sueño y la nieve reverbera bajo el reflejo argentado de la luna.

El 13 de diciembre se celebra el Día se Santa Lucía, en homenaje a la mártir cristiana de origen siciliano, considerada la patrona de los ciegos y de la luz, de quien se dice que, durante el tormento al que fue sometida por sus verdugos romanos, bajo las órdenes del gobernador Pascasio, a principios del siglo IV d. C, le arrancaron los ojos, pero ella seguía viendo como por gracia divina. No en vano las iconografías la muestran con una espada, una palma, un libro, una lámpara de aceite y casi siempre con dos ojos en un plato. Quizás por eso, las familias hornean pastelitos llamados Lussebulle (bollos de Lucía), generalmente con la forma del número ocho, que simboliza los ojos de la santa de Siracusa, para comerlos por la mañana, la tarde y la noche.

Las niñas, a modo de conmemorar su martirio, se visten de Lucía, con un vestido blanco, largo hasta los talones y una cinta roja ajustada en la cintura, y, lo que es más importante, llevan una corona de siete velas en la cabeza; en tanto los niños se visten de stjärngossar (chicos con estrellas), debido a su sombrero puntiagudo que tiene una estrella en la punta. En la noche de Santa Lucía, organizados en pequeños grupos, salen de ronda por doquier, entonando, con voces angelicales y en completa armonía, canciones que piden que reine la luz en medio de la oscuridad.

En esta época, la más fría y oscura de las cuatro estaciones, los suecos encienden los centelleantes colores de los foquitos del arbolito de Navidad, que representa la festividad familiar más importante del año y cuyos orígenes están anclados en los antiguos ritos y mitos de sus antepasados.

El arbolito, adornado con una estrella en la punta, luces de colores, esferas brillantes, guirnaldas, lazos, campanitas, bastones de caramelo o flores, es el centro de atención de niños y adultos, quienes hondan sus esperanzas en que Papa Noel se los traiga, en su trineo tirado por siervos, algún regalo desde el extremo norte del planeta, donde todo es frío y nieve, nieve y frío.

En la fecha que se despide el año viejo y se da la bienvenida al Año Nuevo, entre uvas, vinlögg (vino caliente) y brindis con copas de champaña, la medianoche helada estalla en juegos pirotécnicos, que más parecen luces de bengala encendiendo el oscuro cielo, donde los fuegos artificiales, como racimos de flores, se desgranan en colores vivo, mientras las personas comen las doce uvas, deseando que se hagan realidad sus sueños y que el nuevo año sea de felicidad y prosperidad para todos.

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