SUECIA EN CUATRO ESTACIONES
Primavera
En
enero y febrero, como todos los años al terminar el largo invierno sueco, los
comercios de comida y confiterías venden panecillos especiales llamados semlor, saborizados con cardamomo, crema
batida y pasta de almendras. Estos panecillos se comen, sea como aperitivo o
postre, acompañados de un tazón de leche caliente, espolvoreado con canela,
como manda la sagrada tradición.
Es
la estación del año en el que se celebra también el Alla hjärtans dag (Día de los Enamorados), en homenaje a San
Valentín, ese monje italiano convertido en mártir cristiano y luego en santo,
debido a que, sin contar con el beneplácito del emperador ni del papa, unía en
matrimonio a jóvenes enamorados hasta las patas. Es el día en que se regalan
flores o se manda tarjeta o carta a alguien que se ama con todas las fuerzas
del corazón.
A
fines de marzo, cuando los días son más largos y las noches más cortas, la vida
vuelve a despertar en la naturaleza y asoma el equinoccio de primavera; los
árboles se cubren de hojas y flores, mientras los pájaros, remontados en
alborozo vuelo, surcan el cielo entre trinos y graznidos.
Después
llega la festividad de la Pascua, ocasión en la que la gente adorna su casa con
plumas y come un montón de huevos, en toda sus formas y tamaños, como símbolo
de la vida y poder de crecimiento, mientras los niños y las niñas, además de
recibir huevos decorados, llenos de dulces y chocolates, se dan un auténtico
festín con las golosinas que más despiertan su apetito y los sueños de vivir en
la fábrica de chocolates de Willy Wonka.
En
la Pascua todo es fiesta y alegría, como si de veras se celebrara la resurrección
de Cristo. Las niñas y los niños se disfrazan de brujas y brujos variopintos,
para recorrer por las casas pidiendo dulces y monedas; una tradición inspirada
en el Medioevo y la Inquisición, una época sombría en que las mujeres, acusadas
de sostener pactos con el diablo en Semana Santa, eran condenas a arder como
antorchas en la hoguera.
En
esta estación del año se arreglan los jardines, se queman las ramas muertas y
otros residuos, hasta que en vísperas del Valborgsmässoafton
(Noche de walpurgis), se reúnen hombres y mujeres, grandes y chivos, alrededor
de fogatas, para dar la bienvenida a la primavera, con coros al aire libre y
reuniones donde no faltan las exquisitas comidas y las bebidas espirituosas.
Verano
Cuando el día se
alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta alrededor de
un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se yergue como un
falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con guirnaldas de hojas y
flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en posición de cuclillas,
interpretan canciones similares a las rondas infantiles y, bailando con
pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca…
Horas después,
sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros, comen
productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill
(arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y papas nuevas hervidas con
eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de cereales) en copas del tamaño de
un dedal, a la espera de que el día, largo como en todos los solsticios de
verano, se haga noche y convoque a la cama.
En esta estación
del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y playas, donde
el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres, rubias como las
valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas en los arrecifes,
para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda cabellera tendida sobre la
arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.
Otoño
En el otoño, cuando la naturaleza se
torna en un disco cromático, todo el paisaje, pintado con diversos matices, es
digno de ser contemplado y admirado. Las noches se hacen más largas y frías,
las hojas caen como mixturas de los árboles y los vientos soplan arrastrando
las últimas rachas del verano.
En el día de Todos los Santos, a
diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los
camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que
descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran
Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son
más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere,
muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los
recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.
Invierno
Al
llegar el invierno, cuando la temperatura baja a más de 0° C., caen los copos
de nieve y las ciudades del norte se visten como hermosas novias. Las noches
tienen un resplandor de sueño y la nieve reverbera bajo el reflejo argentado de
la luna.
El
13 de diciembre se celebra el Día se Santa Lucía, en homenaje a la mártir cristiana
de origen siciliano, considerada la patrona de los ciegos y de la luz, de quien
se dice que, durante el tormento al que fue sometida por sus verdugos romanos,
bajo las órdenes del gobernador Pascasio, a principios del siglo IV d. C, le
arrancaron los ojos, pero ella seguía viendo como por gracia divina. No en vano
las iconografías la muestran con una espada, una palma, un libro, una lámpara
de aceite y casi siempre con dos ojos en un plato. Quizás por eso, las familias
hornean pastelitos llamados Lussebulle
(bollos de Lucía), generalmente con la forma del número ocho, que simboliza los
ojos de la santa de Siracusa, para comerlos por la mañana, la tarde y la noche.
Las
niñas, a modo de conmemorar su martirio, se visten de Lucía, con un vestido blanco, largo hasta los talones y una cinta
roja ajustada en la cintura, y, lo que es más importante, llevan una corona de
siete velas en la cabeza; en tanto los niños se visten de stjärngossar (chicos con estrellas), debido a su sombrero
puntiagudo que tiene una estrella en la punta. En la noche de Santa Lucía,
organizados en pequeños grupos, salen de ronda por doquier, entonando, con
voces angelicales y en completa armonía, canciones que piden que reine la luz
en medio de la oscuridad.
En
esta época, la más fría y oscura de las cuatro estaciones, los suecos encienden
los centelleantes colores de los foquitos del arbolito de Navidad, que
representa la festividad familiar más importante del año y cuyos orígenes están
anclados en los antiguos ritos y mitos de sus antepasados.
El
arbolito, adornado con una estrella en la punta, luces de colores, esferas
brillantes, guirnaldas, lazos, campanitas, bastones de caramelo o flores, es el
centro de atención de niños y adultos, quienes hondan sus esperanzas en que
Papa Noel se los traiga, en su trineo tirado por siervos, algún regalo desde el
extremo norte del planeta, donde todo es frío y nieve, nieve y frío.
En la fecha que se despide el año viejo y se da la bienvenida al Año Nuevo, entre uvas, vinlögg (vino caliente) y brindis con copas de champaña, la medianoche helada estalla en juegos pirotécnicos, que más parecen luces de bengala encendiendo el oscuro cielo, donde los fuegos artificiales, como racimos de flores, se desgranan en colores vivo, mientras las personas comen las doce uvas, deseando que se hagan realidad sus sueños y que el nuevo año sea de felicidad y prosperidad para todos.

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