miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA MÁSCARA DEL DIABLO EN UN CHOLET

Cualquiera que camine por la zona Villa Dolores de la ciudad de El Alto, se encontrará, tarde o temprano, con el famoso cholet de la diablada, donde destaca la gigantesca máscara de diablo en la terraza y frontis del edificio Sumaj –Qué bien–, inaugurado en 2019; una identidad personal de los propietarios, quienes, además de ser oriundos de la capital folklórica de Bolivia, quisieron rendirle un homenaje a la danza de la diablada, a través de esta maravillosa máscara que deslumbra a cualquiera que transita por la Avenida Antofagasta o la contemplan desde las cabinas de la Línea Morada del Teleférico, un moderno sistema de transporte masivo, que cruza por encima de los edificios que se encuentran en la zona Villa Dolores.

Este cholet –combinación de las palabras cholo y chalet– es una de las tantas edificaciones que caracterizan a la arquitectura neo-andina de la ciudad de El Alto, quizás única en el mundo y una de las atracciones turísticas que se alza a 3.900 metros sobre el nivel del mar.

La monumental máscara, que pesa aproximadamente una tonelada, fue diseñada por el escultor orureño Juan García Guzmán y la empresa constructora Conpaz. El trabajo se realizó durante tres meses en la ciudad de Cochabamba, a base de fibra de vidrio y botellas de plástico reciclado. Una vez concluido, fue transportado hasta El Alto, dividido en 20 piezas, que fueron soldadas una a una, hasta que, afinados los últimos detalles, la máscara fue instalada con la ayuda de una imponente grúa en la parte alta del edificio de ocho pisos, ante el asombro de quienes no dejaron de contemplar esta obra de arte que tiene una altura de 6.50 metros.

Los ciudadanos, a simple vista, pueden apreciar que la máscara posee los ojos protuberantes, pupilas brillantes y mirada cautivante, nariz estallada, dientes feroces y en la parte superior un dragón de tres cabezas, con sus respectivas patas traseras y delanteras; todo una fantasía en la que se aprecia el profesionalismo y la creatividad del artista proveniente de la tierra donde, según cuenta la tradición minera, nació la danza de la diablada.

La máscara del diablo es, en esencia, una bella obra de arte, con cuernos retorcidos, enormes ojos desorbitados, nariz deformada, labios y dientes exageradamente pronunciados, y decorado con animales como dragones, arañas, víboras, que coronan la frente. En principio, las máscaras eran más simples, confeccionadas en material de hojalata, con los cachos pequeños y semicurvos, los ojos, la nariz y la boca casi similares a la de los humanos. Con el transcurso de los años, las máscaras han evolucionado, desde la simple mascarilla de yeso y cartón, hasta las máscaras alucinantes que se exhiben en la actualidad, porque las pequeñas máscaras coloradas de principios del siglo XX han dado paso a modelos que ahora superan el metro de altura, con cuernos retorcidos, ojos saltones y dragones de hasta cinco cabezas, que se han perfeccionado hasta convertirse en verdaderas obras de arte, que rayan en un surrealismo desbordante que solo es posible en culturas donde en el grotesco social y el realismo mágico, gracias a la capacidad creativa de los mascareros, se constituyen en auténticas piezas de belleza artística.

La máscara del diablo, que luce el cholet de El Alto, es una magnífica representación del Carnaval de Oruro, declarado por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, debido a que el Carnaval es una de las máximas expresiones de la fabulosa riqueza cultural que atesora Bolivia desde la época en que se produjo el mestizaje racial y el sincretismo religioso entre las creencias paganas de las culturas ancestrales y el fervor religioso de los catequizadores que predicaban las creencias judeocristianas.

La danza de la diablada tiene una belleza singular, que se ha convertido, con el correr de los años, en un espectáculo deslumbrante para propios y extraños, con sus personajes principales, como la Chinasupay, el Arcángel San Miguel y el Lucifer, que baila acompañado por los diablos que personifican a los siete pecados capitales –Pereza, Envidia, Ira, Lujuria, Soberbia, Gula y Avaricia–, pero que todos son capitaneados por el arcángel San Miguel, triunfador del bien contra el mal en el dramático combate sostenido en el reino celestial.

La máscara del diablo, que actualmente luce en el cholet alteño, es la mejor expresión cultural de Oruro, que se remonta a finales del siglo XVII, cuando los mitayos –mineros de la época colonial– comenzaron a venerar a la Virgen del Socavón, bailándole su diablada, con sus saltos en zigzag y sus gritos de ¡Arrr… arrr… arrr...!, en representación del Tío de la mina –que no es más que la proyección del dios Wari de los urus–, confundido con el demonio bíblico por influjo de los extirpadores de idolatrías.

Por lo demás, tal como refiere la tradición orureña del Carnaval, entre los atributos más importantes de la máscara del diablo se encuentran el lagarto, la víbora y el sapo, que forman parte de seres de la mitología de los urus, vinculada al dios Wari y a las cuatro plagas que mandó como castigo contra los habitantes del pueblo que él mismo creó a orillas del lago Poopó.

MICROTEXTOS VXIII

El infierno

El infierno no se encuentra en el subsuelo, donde se mueven las lavas candentes, sino sobre la faz de la tierra, donde campean los jinetes del Apocalipsis, sembrando el pánico y la muerte, las enfermedades, la miseria, las injusticias sociales, las guerras y los desastres naturales. No hace falta llegar al infierno para saber lo que es el infierno, porque el infierno está aquí, con nosotros, entre nosotros. ¡¿Qué más infierno que el que padecemos en nuestras vidas, una veces de día, otras veces de noche?!

Revolución y contrarrevolución

Los revolucionarios, con los ideales al mismo lado donde tienen el corazón, piensan que primero deben cambiarse las estructuras socioeconómicas del sistema capitalista, para después cambiar tanto la mentalidad como la conciencia de los humanos. Están convencidos, hasta la médula de los huesos, que esos cambios permitirán forjar al hombre nuevo y establecer una nueva sociedad sin explotados ni explotadores. No obstante, lo que no se les pasa por la mente, por sí las moscas, es la posibilidad de que pueda surgir una nueva élite burocrática dentro del Estado socialista, como una fuerza contrarrevolucionaria dispuesta a revivir las mismas relaciones socioeconómicas de la vieja sociedad, que la revolución creía haber sepultado de una vez y para siempre.

La dinamita

En 1867, el químico sueco Alfred Nobel inventó la dinamita, mezclando la nitroglicerina con la tierra de diatomeas, y los mineros bolivianos aprendieron a usarla con destreza para reventar las rocas y extraer los minerales del vientre de la Pachamama.

Lo que nunca imaginó Alfred Nobel era que los mineros usarían también las dinamitas, troceadas en pequeños cachorros, para hacerlas detonar en las marchas de protesta como si fuesen petardos lanzados al aire en los días de fiesta.

Así fue como este potente explosivo, puesto en manos de los mineros bolivianos, fue un recurso de lucha tan mortal como las armas de fuego.

País soñado

El país de las maravillas, donde se vivía en paz y todo era amor y felicidad, no tenía un sistema económico capitalista ni comunista, sino un sistema donde el valor no estaba en el tener sino en el ser; era un país donde todos gozaban de los mismos derechos, necesidades y responsabilidades, un territorio libre donde se habían derribado los muros entre el hemisferio sur y el hemisferio norte, entre ricos y pobres, entre blancos y negros, entre indios y gringos, entre hombres y mujeres, entre gobernantes y gobernados, entre dioses y diablos; era un país ideal donde se habían construido puentes de comunicación entre las diversas culturas, razas, lenguas, religiones, ideologías y géneros; era un país que no existía en la realidad, sino en la mente de los humanos que soñaban con la libertad, la paz y la justicia social.

La música

Las melodías armoniosas de las músicas que me encantan, hechas con voces, instrumentos de cuerda, viento y percusión, se me clavan como dardos de amor y esperanza en la mente y el corazón, como a todo amante de la música que fusiona lo antiguo y lo moderno, lo nacional y lo internacional, en un haz de sonidos y silencios que hacen vibrar de emoción y goce estético al son de ritmos escuchados con los oídos aguzados y el alma en vilo.

Miedo a la libertad

Nosotros tenemos temor de dar un paso hacia lo desconocido. Dar un paso adelante puede tener consecuencias funestas. No es fácil ponerse a andar por caminos desconocidos. No en vano reza el dicho popular: Más vale ir por camino conocido que cientos por conocer.

El hecho de no dar un paso en falso, por miedo a perder lo poco o lo mucho que ya se tiene, es también el miedo a la libertad, Por eso tememos a los revolucionarios, quienes pugnan por abolir la propiedad privada de los grandes medios de producción. Incluso algunos han llegado a sentir miedo de la muerte, como si sus vidas hubiesen sido compradas para vivir una eternidad.

La trágica muerte del dictador

El presidente René Barrientos Ortuño, exboxeador, piloto de aviación y general golpista, cargaba en su conciencia la pesada cruz con las maldiciones de los dirigentes mineros César Lora e Isaac Camacho, de los guerrilleros de Ñancahuzú y de las víctimas de la masacre de San Juan de 1967.

Las maldiciones se hicieron realidad la tarde del 27 de abril de 1969, cuando el dictador visitó el pueblo de Arque, donde arengó en quechua y prometió fortalecer el Pacto Militar-Campesino. Al cabo de cumplir con su misión, se dirigió a su helicóptero Hiler OH-23, llamado Holofernes por alguna extraña razón, para retornar a Cochabamba y después a la sede de gobierno.

El piloto puso en marcha el motor y el helicóptero se elevó del suelo en medio de una polvareda infernal. No alcanzó muchos metros de altura, hasta que las hélices chocaron con un cable telegráfico. Por un tiempo sin tiempo, el helicóptero revoloteó como un moscardón en el aire y luego capotó contra el suelo, estallando y ardiendo en llamas.

Él dictador, junto al edecán y el piloto, falleció calcinado como un gusano arrojado a las llamas de una fogata de San Juan, dejando la pesada cruz de las maldiciones entre un montón chatarra y ceniza, que fue lo único que quedó del helicóptero que le obsequiaron sus asesores yanquis.

La felicidad

Cómo iluminado por las sabias enseñanzas de Buda, y después de haber vivido largos y fecundos años, sigo convencido, como Platón, que la verdadera felicidad no está en la abundante riqueza, sino en saber vivir con poco en medio de la abundante pobreza.

La espera

Ella esperó el retorno de su esposo por días, meses y años, pero él no volvió ni vivo ni muerto, hasta que un día, de buenas a primeras, se enteró de que su esposo formó otra familia en otro pueblo. Ella se rasgó las vestiduras y lloró a mares, pero con el correr del tiempo, como es de suponer, cansada de los desvelos y de tantos años de inútil espera, se resignó a perderlo con todo el dolor de su corazón y, como liberándose de una pesada carga que no la dejaba vivir en paz, se dijo a sí misma: Por fin se acabó este tormento, esta espera que desespera.

Ruta equivocada

Cuando el borracho entró en el bus, se sentó al lado de un hombre que tenía anteojos oscuros y una funda de oro en los dientes. Por su apariencia pulcra, de cabellera lamida por la brillantina y su forma de expresarse, daba la impresión de que se trataba de un hombre de bien.

Apenas lo vio con la facha desaliñada, la cara de trasnochado y tambaleándose como un velamen, le preguntó:

–¿Eres un bebedor consuetudinario? 

El borracho lo miró de reojo y, relamiéndose los labios, le contestó con voz aguardentosa:

–No soy consuetudinario, sino un desocupado.

–Ah –dijo–. ¿Esa es la razón por estar así como estás?

–Sí –contestó, exhalando un fuerte aliento a alcohol–, pero también porque tengo la mente desocupada.

–Eso es grave, muy grave –dijo y levantó la mirada en dirección al cielo y, persignándose como si fuera a rezar, añadió–. La mente desocupada es la guarida del Diablo...

–¿Y la mente ocupada? –preguntó.

–Es el templo de Dios, mi hermano. Y todos los que están en este bus son almas salvadas del infierno.

El borracho pensó un instante y, al darse cuenta de que estaba en un lugar donde no debía, le preguntó:

–¿Hacia dónde va este bus?

–Hacia la Casa de Dios, hermano.

–¡Qué mierda! –exclamó el borracho, salpicándole saliva en la cara–. ¡Volví a equivocarme de ruta!

 Se levantó de golpe y salió corriendo como alma en pena, como quien huye de la mismísima persecución de un pastor evangélico.

viernes, 11 de septiembre de 2026

EL CLUB SOCIAL CATAVI

El Club Social Catavi, ubicado entre las oficinas de la gerencia y el Teatro Simón I. Patiño, era –digo era, porque ahora es otra cosa– una construcción extraordinaria en la época dorada de la minería, con paredes de adobe, techo de calamina acanalada, cielo raso y cimientos de piedra canteada. El ambiente interior estaba revocado con estuco y pintado al óleo. Los pisos eran de machihembrado y concreto, las puertas de tablero sencillo, las ventanas con marcos de madera y vidrieras de doble hoja.

Cuando uno cruzaba la puerta principal, que daba a la calle, se enfrentaba a un hall afarolado, un amplio salón de fiestas y un proscenio para las orquestas en vivo, un bar cantina, sala de juegos y, como si eso fuera poco, una secretaría, biblioteca, cuarto para sirvienta, depósito, cocina, servicio higiénico para damas y caballeros. Todo un complejo hecho a la medida y exigencia de los administradores de la empresa.

El Club Social Catavi, desde su inauguración, el 28 de noviembre de 1922, dos antes de que Simón I. Patiño adquiriera las propiedades mineras pertenecientes al consorcio chileno denominado Compañía Estañífera de Llallagua, se constituyó en un atractivo salón situado en la calle principal de Catavi, denominada años después Avenida Simón Bolívar, cerca de las oficinas de la gerencia de la empresa estañífera y de la vivienda habitada por el gerente, que estaba rodeada por los chalets confortables de los administradores de la Patiño Mines, que contaban con los servicios básicos, desde luz eléctrica hasta duchas con agua fría y caliente, mientras los obreros vivían hacinados en campamentos cuyas casitas parecían ch'ukllas, con paredes de adobe, techos de paja brava y puertas de calamina

El Club Social Catavi, en principio, formaba parte de la organización del grupo social de élite de la Compañía Estañífera de Llallagua. Sus miembros tenían que ostentar un prestigio social y económico, que los diferenciara del resto de la población trabajadora, que no gozaba de los privilegios de las clases dominantes y cuyo ingreso al salón de fiestas estaba terminantemente prohibido.

Este mismo tipo de clubes, existentes en diversas ciudades bolivianas, no eran sitios abiertos a cualquier ciudadano, sino una suerte de instituciones que restringían el ingreso de personas que no contaban con un estatus social y económico respetables; por cuanto la membresía del Club Social Catavi no era posible para los empleados de bajo rango y los mineros de la empresa y, mucho menos, para los ciudadanos de las poblaciones civiles de Llallagua y Uncía, quienes no tenían derecho a pisar el salón de fiestas, sino, simple y llanamente, las cantinas de mala muerte y las chicherías, donde se expendían bebidas baratas y de elaboración artesanal.

El Club Social Catavi, cuyos techos lucían lámparas de cristal, puertas de madera noble y pisos de parqué lustroso, era un espacio exclusivo para los administradores de la empresa, desde el gerente hasta el encargado del Ingenio Victoria, quienes compartían intereses comunes en las duras y en las maduras, una sede donde los parroquianos se daban cita, se daban la mano y se abrazaban, saludándose en idiomas diferentes al quechua y el aymara.

El salón de baile era amplio y tenía un proscenio para las orquestas contratadas a precio de libras esterlinas en la ciudad de La Paz y traídas en las movilidades de la empresa, cuyas carrocerías, en horarios de trabajo, servían para transportar los sacos de mineral hasta las estaciones de trenes que iban rumbo a los puertos de Arica y Antofagasta, pero que en los días de fiesta servían para transportar las comidas y bebidas adquiridas en los abarrotados almacenes de las grandes urbes.

Las fiestas, denominadas también reuniones sociales, se celebraban por todo lo alto y con manteles blancos. Las esposas de los administradores de la empresa asistían ataviadas con ropas de etiqueta, peinados y sombreros a la moda, vestidos de seda, blancos y con brocados, sin importarles el terrero polvoriento y pedregoso de Catavi. Los hombres iban trajeados con frac negro, sombreros bombín o de copa alta, zapatos lustrosos como sus rostros y leontinas colgadas del ojal del chaleco y el reloj guardando en el bolsillo.

Entrada la noche, la orquesta invadía el ámbito con melodías acorde al gusto de las señoras y los caballeros de alta alcurnia que, además de lucir trajes de gala, sabían bailar charlestón, shimmy, foxtrot, tango y selecta música latinoamericana. Las fiestas se celebraban acompañadas con buenas comidas y bebidas. Todo se servía en bandejas de plata, en copas de cristal esmerilado, platillos de porcelana y cubiertos grabados con el nombre de la Patiño Mines. Los canapés eran bocadillos de jamón, queso manchego y aceitunas negras de los mejores olivos del mediterráneo.

Los encargados de atender y servir a los comensales, a veces, eran negros de ascendencia afroboliviana, quienes, uniformados con chaquetas de garzón y guantes blancos, paseaban las bandejas de un lado a otro, ofreciendo los cocteles y bebidas importadas desde México, Irlanda, Francia o Inglaterra. Aquí no circulaba el singani ni la chicha, consideradas bebidas de indios y mestizos de bajo abolengo. Los gringos querían degustar los coñacs, tequilas, whiskies, brandis o vodkas importados de tierras lejanas y allende los mares.

En los días de fiesta, entre voces aguardentosas y música variada, en el Club Social Catavi se respiraba un aire a tabaco, alcohol y sudor. No faltaban las ocasiones en que afuera, bajo el pálido reflejo de la luna, los vientos soplaban salvajemente, silbando en las calaminas del techo y levantando torbellinos de polvo por doquier.

Los mandamases de la empresa bebían entre el chinchín de las copas y bailaban haciendo resonar sus tacos contra el lujoso parqué, mientras los obreros, ajenos a las jaranas de los jerarcas de la empresa, no pensaban en otra cosa que en cumplir con su deber y seguir su rutina cotidiana, levantándose al ulular de la sirena que invadía el amanecer, convocándolos a asistir a sus fuentes de trabajo en la mina, la planta de concentración y la fundición de minerales. 

Las fiestas se prolongaban casi siempre hasta el amanecer, hasta que la cúspide de los cerros eran pintados por los broches dorados de los primero rayos del sol que, como todas las mañanas, asomaba por los picos del cerro Sauta.

Los habitantes de los alrededores no se enteraban de lo que, en realidad, sucedía en el interior del Club Social Catavi, detrás de las puertas y ventanas herméticamente cerradas, aunque, como en todo distrito demasiado chico y con gente demasiada curiosa, los pequeños escándalos y las aventuras amorosas trascendían tarde o temprano, incluso a través de los gruesos muros de la Casa Gerencia. 

Las esposas de los administradores extranjeros, que tenían mínimamente dos empleadas domésticas y todo el tiempo del mundo a su disposición, realizan sus reuniones sociales en el Club Social Catavi, donde se dedicaban a la lectura, a jugar cartas y a matar el aburrimiento con finas bebidas, a veces, excediéndose en los tragos, hasta perder el equilibrio sobre sus tacones de alfiler; al mismo tiempo que sus esposos, reunidos en una sala contigua, probablemente donde estaba la biblioteca con una literatura selecta y en varios idiomas, dilucidaban sobre los asuntos concernientes a la empresa.

Como es de suponer, las costumbres de las señoras de la alta sociedad cataveña eran diferentes al de las señoras amas de casa, quienes, sin tener ni siquiera derechos a una vida digna, trabajan entre las cuatro paredes del hogar, cuidando a los hijos, atendiendo al marido y ocupándose de los quehaceres domésticos desde el amanecer hasta el anochecer.

Con el transcurso de los años, muchas cosas cambiaron en la Patiño Mines y también en el Club Social Catavi. Las fiestas se dividían en tres tipos: las reuniones exclusivas de los jefes extranjeros, las reuniones sociales en las cuales alternaban los extranjeros con los jefes y empleados nacionales de alto rango, y las fiestas de los clubes deportivos organizados por los entusiasta del fútbol, box, tenis, básquet, golf, natación y pelota de mano.

El Club Social Catavi, aunque iba perdiendo su esplendor de antaño, seguía siendo, los sábados y domingos, un punto de encuentro, fiestas y esparcimiento, hasta la revolución nacionalista de 1952 y la Nacionalización de las Minas. Sus instalaciones se seguían llenando de técnicos extranjeros de la COMIBOL y de administradores bolivianos de la planta Sink and Float de Sigo XX y del Ingenio Victoria de Catavi, pero también, y para no restarle categoría a este emblemático local, de alguno que otro capo de la supervigilancia de las oficinas, almacenes y pulperías.

El Club Social de Catavi, que empezó siendo un ambiente destinado a las fiestas de los administradores de la empresa, en la actualidad, sobre todo después de la relocalización minera en 1986, se ha convertido en un centro de diversión para celebrar cumpleaños, matrimonios, días patrios y festivos. Así como ahora está, con las ventanas rotas, las paredes con grietas y daños visibles en su estructura, es un restaurante popular, donde se sirven platos diversos y se organizan eventos de toda índole, como en cualquier otro centro minero que ha perdido su brillo y ha dejado de ser el mayor yacimiento estañífero del mundo.

Con todo y a pesar de todo, el  Club Social Catavi fue condecorado con el Cóndor de los Andes, en el Grado de Comendador, el 22 de abril de 1975; más todavía, el Archivo Historia Minero de Catavi exhibe, en una de sus salas principales, el estandarte bordado el año de su condecoración, donde se puede leer: Club Social Catavi. 1922 – 1975. Año de su condecoración. Fundado el 28 noviembre de 1922.

Glosario

Ch'uklla: Vivienda rústica, choza, cabaña.

Relocalización: Despido masivo de trabajadores tras el D.S. 21060 de 1985. 

martes, 1 de septiembre de 2026

MICROTEXTOS XVII

La prosa y la poesía

En mi vida, la poesía fue una tarea de soledad, se dijo Óscar Cerruto. ¿Y la prosa?, se preguntó y se contestó a sí mismo: fue haber escrito Aluvión de fuego  y Cerco de penumbras, mientras me tomaba un trago y me fumaba un cigarrillo. Todo lo demás fue un tiempo ganado y otro tiempo perdido, tanto en la diplomacia como en el periodismo.

El cuentista homicida

Se dedicaba a reescribir sus cuentos una y otra vez, y nunca estaba conforme con el resultado final, hasta que lo sorprendía la hora de dormir. Así que al día siguiente, apenas penetraba la luz por la ventana, se levantaba y seguía puliendo los textos, como el artesano pule y pule la obra de su creación, con la ilusión de dejarla acabada con su luminoso fulgor.

Era escritor de escritores, un creador que se rompía las manos para escribir un manojo de cuentos sin un punto menos ni una coma por demás. Tanto la forma como el contenido debían fundirse como el anverso y reverso de la moneda, en tanto los personajes debían tener vida propia y vivir historias parecidas a la tuya y a la mía.

Cuando los tenía listos, festejaba su logro con dos copas de licor, fijaba la mirada en los cuentos escritos en las hojas de papel, los releía por última vez, cogía un encendedor y les prendía fuego hasta reducirlos a nada, como todo cuentista homicida que les quita la vida a sus personajes, con la esperanza de que no volvieran a nacer.

Discrepancias

No comparto opiniones con escritores que reciben premios y condecoraciones de dictadores, cuyas manos están manchadas de sangre. Tampoco con quienes hablan a nombre de los escritores exiliados, como si todos hubiésemos olvidado y perdonado los crímenes de lesa humanidad que, durante la denominada Operación Cóndor, desangraron a los países del cono sur de América Latina.

La censura

Los pensamientos del escritor no se queman, así sus libros ardan entre las llamas de la censura. Los censores pueden arrojarlos a la papelera, prenderlos fuego y reducirlos a un puñado de cenizas, creyendo que así terminan con el ímpetu de sus ideas y el fuego de su palabra, aun sabiendo que el fuego, a pesar de todos los pesares, no quema al fuego, y que los pensamientos del escritor, más temprano que tarde, vuelven a ser impresos en el papel, como si renacieran de las cenizas como el ave Fénix.

El lenguaje

Se supone que los hombres primitivos, que todavía moraban en las cavernas, hacían simples gestos acompañados de gritos e interjecciones, a la manera de ciertos animales salvajes, hasta que pasó a designar oralmente a las cosas de su entorno. Esta designación de las ideas mediante sonidos constituyó la piedra angular en el desarrollo cultural y social de los hombres primitivos, que inventaron el lenguaje para comunicarse entre sí, habida cuenta de que cada signo o palabra representaba una idea común para todos.

Después, para comunicarse y entenderse mejor, tuvieron que estructurar un lenguaje sobre la base de normas gramaticales, sintácticas, semánticas y otras de carácter lógico, como si tuviesen que añadir un sexto sentido a los cinco tradicionales, debido a que el habla, una facultad de coordinar las ideas mediante las palabras, los diferenciaba de los seres irracionales, con los que compartían: vista, oído, tacto, olfato y gusto.

De modo que los hombres primitivos, dotados de la facultad de hablar, habían dado nacimiento a las primeras palabras y frases, coincidiendo con el empleo de los primeros utensilios para sobrevivir en medio de la naturaleza salvaje. Desde entonces, el lenguaje no solo es una facultad social, sino también un prodigioso instrumento que permite compartir pensamientos, sentimientos y conocimientos.

Evolución del lenguaje

El idioma no es un producto hecho, estático, sino una ejercicio dialéctico; una actividad viva en constante transformación y de permanente actualización en los diccionarios de las Academias de la Lengua. El lenguaje es tan vivo como el ser humano, algo que evoluciona sin cesar, como evoluciona todo lo demás que se mueve en el cielo, la tierra y el agua.

Sabido es que la lengua ha cambiado a través de los años y los siglos. En el lenguaje es también aplicable el método filosófico de Hegel, que explica cómo el pensamiento, la historia y la realidad avanzan a través de tensiones y contradicciones, considerando que todo evoluciona mediante un proceso dinámico compuesto por tres momentos fundamentales, conocidos como la ley tríadica: Tesis, antítesis y síntesis. Así es la dialéctica del lenguaje, que se va probando constantemente en la práctica tanto en su forma oral como escrita.

Si la evolución es el combustible del progreso, entonces los poetas, en su condición de obreros de la palabra escrita, son los principales revolucionarios del lenguaje, porque primero están ellos y luego los gramáticos. No en vano se dice que donde terminan las normas de la gramática, empiezan las creaciones de los poetas, que enseñan la belleza del lenguaje desde el lenguaje mismo, que nunca se detiene y que siempre avanza con las botas de siete leguas de Pulgarcito.

Charles Darwin

El naturalista británico, padre de diez hijos, navegó y navegó, hasta que en las Islas Galápagos, observando los picos de los pinzones, descubrió las bases de sus futuras teorías.

El concepto central en la vida y obra de Charles Darwin, que parecía haber escrito el evangelio del diablo y haber afirmado que el hombre no fue creado por obra y gracia de un ser Supremo, estaba sustentada en sus investigaciones sobre la evolución biológica mediante la selección natural de las especies; una teoría que nos acercó a la adaptación, la complejidad y la diversidad entre las criaturas vivientes en la tierra, el cielo y el agua: una gran revolución en la ciencia y el nacimiento de la teoría evolutiva, cuyos conocimientos científicos, a contrapelo de las suposiciones creacionistas, iluminaron las conciencias contra el oscurantismo religioso y confirmaron que los humanos somos el resultado de un largo proceso de selección natural de las especies y que todas las especies descienden de un ancestro común, como las ramas de un árbol nacen del mismo tronco.