EL
CLUB SOCIAL CATAVI
El
Club Social Catavi, ubicado entre las oficinas de la gerencia y el Teatro Simón
I. Patiño, era –digo era, porque ahora es otra cosa– una construcción
extraordinaria en la época dorada de la minería, con paredes de adobe, techo de
calamina acanalada, cielo raso y cimientos de piedra canteada. El ambiente
interior estaba revocado con estuco y pintado al óleo. Los pisos eran de
machihembrado y concreto, las puertas de tablero sencillo, las ventanas con
marcos de madera y vidrieras de doble hoja.
Cuando
uno cruzaba la puerta principal, que daba a la calle, se enfrentaba a un hall
afarolado, un amplio salón de fiestas y un proscenio para las orquestas en
vivo, un bar cantina, sala de juegos y, como si eso fuera poco, una secretaría,
biblioteca, cuarto para sirvienta, depósito, cocina, servicio higiénico para
damas y caballeros. Todo un complejo hecho a la medida y exigencia de los
administradores de la empresa.
El
Club Social Catavi, desde su inauguración, el 28 de noviembre de 1922, dos
antes de que Simón I. Patiño adquiriera las propiedades mineras pertenecientes
al consorcio chileno denominado Compañía
Estañífera de Llallagua, se constituyó en un atractivo salón situado en la
calle principal de Catavi, denominada años después Avenida Simón Bolívar, cerca de las oficinas de la gerencia de la
empresa estañífera y de la vivienda habitada por el gerente, que estaba rodeada
por los chalets confortables de los administradores de la Patiño Mines, que contaban con los servicios básicos, desde luz
eléctrica hasta duchas con agua fría y caliente, mientras los obreros vivían
hacinados en campamentos cuyas casitas parecían ch'ukllas, con paredes de adobe, techos de paja brava y puertas de
calamina
El
Club Social Catavi, en principio, formaba parte de la organización del grupo
social de élite de la Compañía Estañífera
de Llallagua. Sus miembros tenían que ostentar un prestigio social y
económico, que los diferenciara del resto de la población trabajadora, que no
gozaba de los privilegios de las clases dominantes y cuyo ingreso al salón de
fiestas estaba terminantemente prohibido.
Este
mismo tipo de clubes, existentes en diversas ciudades bolivianas, no eran
sitios abiertos a cualquier ciudadano, sino una suerte de instituciones que
restringían el ingreso de personas que no contaban con un estatus social y
económico respetables; por cuanto la membresía del Club Social Catavi no era
posible para los empleados de bajo rango y los mineros de la empresa y, mucho
menos, para los ciudadanos de las poblaciones civiles de Llallagua y Uncía,
quienes no tenían derecho a pisar el salón de fiestas, sino, simple y
llanamente, las cantinas de mala muerte
y las chicherías, donde se expendían bebidas baratas y de elaboración
artesanal.
El
Club Social Catavi, cuyos techos lucían lámparas de cristal, puertas de madera
noble y pisos de parqué lustroso, era un espacio exclusivo para los
administradores de la empresa, desde el gerente hasta el encargado del Ingenio Victoria, quienes compartían intereses
comunes en las duras y en las maduras,
una sede donde los parroquianos se daban cita, se daban la mano y se abrazaban,
saludándose en idiomas diferentes al quechua y el aymara.
El
salón de baile era amplio y tenía un proscenio para las orquestas contratadas a
precio de libras esterlinas en la ciudad de La Paz y traídas en las movilidades
de la empresa, cuyas carrocerías, en horarios de trabajo, servían para
transportar los sacos de mineral hasta las estaciones de trenes que iban rumbo
a los puertos de Arica y Antofagasta, pero que en los días de fiesta servían
para transportar las comidas y bebidas adquiridas en los abarrotados almacenes
de las grandes urbes.
Las
fiestas, denominadas también reuniones
sociales, se celebraban por todo lo alto y con manteles blancos. Las
esposas de los administradores de la empresa asistían ataviadas con ropas de
etiqueta, peinados y sombreros a la moda, vestidos de seda, blancos y con
brocados, sin importarles el terrero polvoriento y pedregoso de Catavi. Los
hombres iban trajeados con frac negro, sombreros bombín o de copa alta, zapatos
lustrosos como sus rostros y leontinas colgadas del ojal del chaleco y el reloj
guardando en el bolsillo.
Entrada
la noche, la orquesta invadía el ámbito con melodías acorde al gusto de las
señoras y los caballeros de alta alcurnia que, además de lucir trajes de gala,
sabían bailar charlestón, shimmy, foxtrot, tango y selecta música
latinoamericana. Las fiestas se celebraban acompañadas con buenas comidas y
bebidas. Todo se servía en bandejas de plata, en copas de cristal esmerilado,
platillos de porcelana y cubiertos grabados con el nombre de la Patiño Mines. Los canapés eran
bocadillos de jamón, queso manchego y aceitunas negras de los mejores olivos
del mediterráneo.
Los
encargados de atender y servir a los comensales, a veces, eran negros de
ascendencia afroboliviana, quienes, uniformados con chaquetas de garzón y
guantes blancos, paseaban las bandejas de un lado a otro, ofreciendo los
cocteles y bebidas importadas desde México, Irlanda, Francia o Inglaterra. Aquí
no circulaba el singani ni la chicha, consideradas bebidas de indios y mestizos
de bajo abolengo. Los gringos querían degustar los coñacs, tequilas, whiskies,
brandis o vodkas importados de tierras lejanas y allende los mares.
En
los días de fiesta, entre voces aguardentosas y música variada, en el Club
Social Catavi se respiraba un aire a tabaco, alcohol y sudor. No faltaban las
ocasiones en que afuera, bajo el pálido reflejo de la luna, los vientos
soplaban salvajemente, silbando en las calaminas del techo y levantando
torbellinos de polvo por doquier.
Los
mandamases de la empresa bebían entre
el chinchín de las copas y bailaban haciendo resonar sus tacos contra el lujoso
parqué, mientras los obreros, ajenos a las jaranas de los jerarcas de la
empresa, no pensaban en otra cosa que en cumplir con su deber y seguir su
rutina cotidiana, levantándose al ulular de la sirena que invadía el amanecer,
convocándolos a asistir a sus fuentes de trabajo en la mina, la planta de
concentración y la fundición de minerales.
Las
fiestas se prolongaban casi siempre hasta el amanecer, hasta que la cúspide de
los cerros eran pintados por los broches dorados de los primero rayos del sol
que, como todas las mañanas, asomaba por los picos del cerro Sauta.
Los
habitantes de los alrededores no se enteraban de lo que, en realidad, sucedía
en el interior del Club Social Catavi, detrás de las puertas y ventanas
herméticamente cerradas, aunque, como en todo distrito demasiado chico y con
gente demasiada curiosa, los pequeños escándalos y las aventuras amorosas
trascendían tarde o temprano, incluso a través de los gruesos muros de la Casa
Gerencia.
Las
esposas de los administradores extranjeros, que tenían mínimamente dos
empleadas domésticas y todo el tiempo del mundo a su disposición, realizan sus reuniones sociales en el Club Social
Catavi, donde se dedicaban a la lectura, a jugar cartas y a matar el
aburrimiento con finas bebidas, a veces, excediéndose en los tragos, hasta
perder el equilibrio sobre sus tacones de alfiler; al mismo tiempo que sus
esposos, reunidos en una sala contigua, probablemente donde estaba la
biblioteca con una literatura selecta y en varios idiomas, dilucidaban sobre
los asuntos concernientes a la empresa.
Como
es de suponer, las costumbres de las señoras de la alta sociedad cataveña eran
diferentes al de las señoras amas de casa,
quienes, sin tener ni siquiera derechos a una vida digna, trabajan entre las
cuatro paredes del hogar, cuidando a los hijos, atendiendo al marido y
ocupándose de los quehaceres domésticos desde el amanecer hasta el anochecer.
Era
en la misma época en que mismos gringos
mandamases, que aprendieron a sobrevivir en tierras indómitas, arborizaron
las calles, construyeron caballerizas y jardines, con la finalidad de hacer
fácil y confortable la vida en medio de los escarpados cerros, los ríos y las
pampas áridas y polvorientas. Asimismo, fueron los mismos capos de la Patiño Mines
quienes introdujeron grandes reformas en la producción minera, como la
modernización del Ingenio Victoria,
la planta de trituración y el transporte de minerales por ferrocarril, con un
ramal que se desprendía desde Cancañiri hasta Catavi y un desvío desde Catavi
hasta Siglo XX, solo para citar algunos de los avances industriales que
introdujo la empresa minera más poderosa del mundo.
Los
gringos, así como fiesteaban en el Club Social Catavi, trabajaban también a
conciencia; modernizaron los embalses de agua de Chaquiri y el dique de Lupi
Lupi, que suministraba energía hidroeléctrica a la población y a las
maquinarias del ingenio minero. Y, claro está, como en toda época de vacas
gordas, se creó un lago artificial, llamado el K’enko, donde se bombeaban las colas,
los desechos del material sólido, y se reciclaba el agua, que retornaba al
Ingenio Victoria. Eran años de
bienestar económico para la empresa, se construyó el mejor hospital de la
provincia Bustillo, campos deportivos y un portentoso Cine-Teatro de piedra
labrada –sobre la base de un biógrafo
que construyó la Compañía Estañífera de
Llallagua en 1921, y que lleva el nombre de Simón I. Patiño en el frontis
alto e imponente–, donde se exhibían diversos espectáculos, se celebraban
encuentros de box y se proyectaban las mejores joyas del séptimo arte.
Con el transcurso de los años, muchas cosas cambiaron en la Patiño Mines y también en el Club Social Catavi. Las fiestas se dividían en tres tipos: las reuniones exclusivas de los jefes extranjeros, las reuniones sociales en las cuales alternaban los extranjeros con los jefes y empleados nacionales de alto rango, y las fiestas de los clubes deportivos organizados por los entusiasta del fútbol, box, tenis, básquet, golf, natación y pelota de mano.
El
Club Social Catavi, aunque iba perdiendo su esplendor de antaño, seguía siendo,
los sábados y domingos, un punto de encuentro, fiestas y esparcimiento, hasta
la revolución nacionalista de 1952 y la Nacionalización de las Minas. Sus
instalaciones se seguían llenando de técnicos extranjeros de la COMIBOL y de
administradores bolivianos de la planta
Sink and Float de Sigo XX y del Ingenio Victoria
de Catavi, pero también, y para no restarle categoría a este emblemático local,
de alguno que otro capo de la
supervigilancia de las oficinas, almacenes y pulperías.
El
Club Social de Catavi, que empezó siendo un ambiente destinado a las fiestas de
los administradores de la empresa, en la actualidad, sobre todo después de la relocalización minera en 1986, se ha
convertido en un centro de diversión para celebrar cumpleaños, matrimonios,
días patrios y festivos. Así como ahora está, con las ventanas rotas, las
paredes con grietas y daños visibles en su estructura, es un restaurante
popular, donde se sirven platos diversos y se organizan eventos de toda índole,
como en cualquier otro centro minero que ha perdido su brillo y ha dejado de
ser el mayor yacimiento estañífero del mundo.
Con
todo y a pesar de todo, el Club Social
Catavi fue condecorado con el Cóndor de
los Andes, en el Grado de Comendador,
el 22 de abril de 1975; más todavía, el Archivo Historia Minero de Catavi
exhibe, en una de sus salas principales, el estandarte bordado el año de su
condecoración, donde se puede leer: Club
Social Catavi. 1922 – 1975. Año de su condecoración. Fundado el 28 noviembre de
1922.
Glosario
Ch'uklla: Vivienda rústica, choza, cabaña.
Colas: Residuos de mineral procedentes de la planta
de procesamiento de estaño de Catavi.
K’enko: Laguna artificial que estaba ubicada cerca
de la población de Catavi. Conservaba una gran reserva de estaño, debido a que
durante décadas se bombardearon los residuos minerales provenientes del Ingenio
“Victoria” de la Empresa Minera Catavi.
Relocalización: Despido masivo de trabajadores tras el D.S. 21060 de 1985.


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