miércoles, 16 de septiembre de 2026

MICROTEXTOS VXIII

El infierno

El infierno no se encuentra en el subsuelo, donde se mueven las lavas candentes, sino sobre la faz de la tierra, donde campean los jinetes del Apocalipsis, sembrando el pánico y la muerte, las enfermedades, la miseria, las injusticias sociales, las guerras y los desastres naturales. No hace falta llegar al infierno para saber lo que es el infierno, porque el infierno está aquí, con nosotros, entre nosotros. ¡¿Qué más infierno que el que padecemos en nuestras vidas, una veces de día, otras veces de noche?!

Revolución y contrarrevolución

Los revolucionarios, con los ideales al mismo lado donde tienen el corazón, piensan que primero deben cambiarse las estructuras socioeconómicas del sistema capitalista, para después cambiar tanto la mentalidad como la conciencia de los humanos. Están convencidos, hasta la médula de los huesos, que esos cambios permitirán forjar al hombre nuevo y establecer una nueva sociedad sin explotados ni explotadores. No obstante, lo que no se les pasa por la mente, por sí las moscas, es la posibilidad de que pueda surgir una nueva élite burocrática dentro del Estado socialista, como una fuerza contrarrevolucionaria dispuesta a revivir las mismas relaciones socioeconómicas de la vieja sociedad, que la revolución creía haber sepultado de una vez y para siempre.

La dinamita

En 1867, el químico sueco Alfred Nobel inventó la dinamita, mezclando la nitroglicerina con la tierra de diatomeas, y los mineros bolivianos aprendieron a usarla con destreza para reventar las rocas y extraer los minerales del vientre de la Pachamama.

Lo que nunca imaginó Alfred Nobel era que los mineros usarían también las dinamitas, troceadas en pequeños cachorros, para hacerlas detonar en las marchas de protesta como si fuesen petardos lanzados al aire en los días de fiesta.

Así fue como este potente explosivo, puesto en manos de los mineros bolivianos, fue un recurso de lucha tan mortal como las armas de fuego.

País soñado

El país de las maravillas, donde se vivía en paz y todo era amor y felicidad, no tenía un sistema económico capitalista ni comunista, sino un sistema donde el valor no estaba en el tener sino en el ser; era un país donde todos gozaban de los mismos derechos, necesidades y responsabilidades, un territorio libre donde se habían derribado los muros entre el hemisferio sur y el hemisferio norte, entre ricos y pobres, entre blancos y negros, entre indios y gringos, entre hombres y mujeres, entre gobernantes y gobernados, entre dioses y diablos; era un país ideal donde se habían construido puentes de comunicación entre las diversas culturas, razas, lenguas, religiones, ideologías y géneros; era un país que no existía en la realidad, sino en la mente de los humanos que soñaban con la libertad, la paz y la justicia social.

La música

Las melodías armoniosas de las músicas que me encantan, hechas con voces, instrumentos de cuerda, viento y percusión, se me clavan como dardos de amor y esperanza en la mente y el corazón, como a todo amante de la música que fusiona lo antiguo y lo moderno, lo nacional y lo internacional, en un haz de sonidos y silencios que hacen vibrar de emoción y goce estético al son de ritmos escuchados con los oídos aguzados y el alma en vilo.

Miedo a la libertad

Nosotros tenemos temor de dar un paso hacia lo desconocido. Dar un paso adelante puede tener consecuencias funestas. No es fácil ponerse a andar por caminos desconocidos. No en vano reza el dicho popular: Más vale ir por camino conocido que cientos por conocer.

El hecho de no dar un paso en falso, por miedo a perder lo poco o lo mucho que ya se tiene, es también el miedo a la libertad, Por eso tememos a los revolucionarios, quienes pugnan por abolir la propiedad privada de los grandes medios de producción. Incluso algunos han llegado a sentir miedo de la muerte, como si sus vidas hubiesen sido compradas para vivir una eternidad.

La trágica muerte del dictador

El presidente René Barrientos Ortuño, exboxeador, piloto de aviación y general golpista, cargaba en su conciencia la pesada cruz con las maldiciones de los dirigentes mineros César Lora e Isaac Camacho, de los guerrilleros de Ñancahuzú y de las víctimas de la masacre de San Juan de 1967.

Las maldiciones se hicieron realidad la tarde del 27 de abril de 1969, cuando el dictador visitó el pueblo de Arque, donde arengó en quechua y prometió fortalecer el Pacto Militar-Campesino. Al cabo de cumplir con su misión, se dirigió a su helicóptero Hiler OH-23, llamado Holofernes por alguna extraña razón, para retornar a Cochabamba y después a la sede de gobierno.

El piloto puso en marcha el motor y el helicóptero se elevó del suelo en medio de una polvareda infernal. No alcanzó muchos metros de altura, hasta que las hélices chocaron con un cable telegráfico. Por un tiempo sin tiempo, el helicóptero revoloteó como un moscardón en el aire y luego capotó contra el suelo, estallando y ardiendo en llamas.Él dictador, junto al edecán y el piloto, falleció calcinado como un gusano arrojado a las llamas de una fogata de San Juan, dejando la pesada cruz de las maldiciones entre un montón chatarra y ceniza, que fue lo único que quedó del helicóptero que le obsequiaron sus asesores yanquis.

La felicidad

Cómo iluminado por las sabias enseñanzas de Buda, y después de haber vivido largos y fecundos años, sigo convencido, como Platón, que la verdadera felicidad no está en la abundante riqueza, sino en saber vivir con poco en medio de la abundante pobreza. 

La espera

Ella esperó el retorno de su esposo por días, meses y años, pero él no volvió ni vivo ni muerto, hasta que un día, de buenas a primeras, se enteró de que su esposo formó otra familia en otro pueblo. Ella se rasgó las vestiduras y lloró a mares, pero con el correr del tiempo, como es de suponer, cansada de los desvelos y de tantos años de inútil espera, se resignó a perderlo con todo el dolor de su corazón y, como liberándose de una pesada carga que no la dejaba vivir en paz, se dijo a sí misma: Por fin se acabó este tormento, esta espera que desespera.

Ruta equivocada

Cuando el borracho entró en el bus, se sentó al lado de un hombre que tenía anteojos oscuros y una funda de oro en los dientes. Por su apariencia pulcra, de cabellera lamida por la brillantina y su forma de expresarse, daba la impresión de que se trataba de un hombre de bien.

Apenas lo vio con la facha desaliñada, la cara de trasnochado y tambaleándose como un velamen, le preguntó:

–¿Eres un bebedor consuetudinario? 

El borracho lo miró de reojo y, relamiéndose los labios, le contestó con voz aguardentosa:

–No soy consuetudinario, sino un desocupado.

–Ah –dijo–. ¿Esa es la razón por estar así como estás?

–Sí –contestó, exhalando un fuerte aliento a alcohol–, pero también porque tengo la mente desocupada.

–Eso es grave, muy grave –dijo y levantó la mirada en dirección al cielo y, persignándose como si fuera a rezar, añadió–. La mente desocupada es la guarida del Diablo...

–¿Y la mente ocupada? –preguntó.

–Es el templo de Dios, mi hermano. Y todos los que están en este bus son almas salvadas del infierno.

El borracho pensó un instante y, al darse cuenta de que estaba en un lugar donde no debía, le preguntó:

–¿Hacia dónde va este bus?

–Hacia la Casa de Dios, hermano.

–¡Qué mierda! –exclamó el borracho, salpicándole saliva en la cara–. ¡Volví a equivocarme de ruta!

Se levantó de golpe y salió corriendo como alma en pena, como quien huye de la mismísima persecución de un pastor evangélico.

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