MICROTEXTOS
XVI
Amar
con el corazón
El
amor no es asunto del corazón, sino del cerebro. Las sensaciones del amor se
procesan en el cerebro, donde se liberan químicos como dopamina, oxitocina y
endorfina, generando placer y apego hacia el sexo contrario.
El
corazón no recibe las sensaciones del amor, sino la sangre oxigenada de los
pulmones, para luego suministrar, a través del sistema cardiovascular, a los
órganos y tejidos del cuerpo; en tanto el cerebro, que actúa como el centro de
mando y motor principal del cuerpo, tiene por función procesar los pensamientos
y sentimientos del amor.
Ahora
bien, lejos de toda explicación científica, lo cierto es que la reacción física
del amor se siente en el pecho, como burbujas de una gaseosa y como mariposas
revoloteando en el estómago, a pesar de que una persona no ama con el corazón
sino con la cabeza. Amar con el corazón
es una simple metáfora, como cuando se dice que en el cielo está el reino de
Dios.
Inmenso
amor
Toda
vez que repito tu nombre, se me anuda la lengua, como cada vez que te miro, se
me derraman los ojos. ¿Acaso no te das cuenta que, cuando me hablas con pasión,
respiro tu tibio aliento, teniéndote metida en mi corazón como te tengo metida
en mis pensamientos?
Siento
tu amor en el modo de hacer eso. Solo yo sé cómo se siente cada vez que estás
conmigo, recostada sobre un manto de estrellas y un cielo raso desnudo como la
luna, cobijándonos cual confidente amiga y escondiendo nuestros secretos que,
más que secretos, son pruebas diáfanas de nuestro inmenso amor.
Estar
contigo es sentir un mar de felicidad y estar lejos es como estar sumido en una
impenetrable oscuridad. Ojalá que tu mirada iluminara siempre nuestros senderos
y muestras vidas, que tienen más vida cada vez que nos fundimos en el fuego de
nuestros cuerpos.
El
amante
Abrió
la puerta con la misma llave que ella le entregó, cogió la manilla y la empujé
hacia adentro, franqueó el dintel y se enfrentó al rostro del amante de su
mujer, quien estaba parado cerca, como a punto de abrir la puerta desde el otro
lado. Penetró barriendo el helado aire y él se hizo a un lado, luego el amante
cerró la puerta y se volvió como empujado por el viento, que le sopló en el
rostro como anunciándole una inminente tragedia.
Ella
estaba todavía tendida en la cama, desnuda y arreglándose los mechones. Al ver
a su marido, se puso de pie, se cubrió los senos con los brazos y entornó los
ojos como si nada hubiese pasado.
–¿Así
que me engañabas? –preguntó con un soplo de desaliento.
–Así
es –contestó ella–. Te engañaba porque tú nunca estabas en casa.
Él
sacó el revólver del cinto y le plantó dos tiros en el pecho.
–¡Qué
has hecho! –gritó el amante.
El
marido de la mujer le apuntó con el revólver y, con los ojos empañados por las
lágrimas y exhalando un profundo suspiro, le dijo:
–Tú
no has visto nada, así que desaparece y no vuelvas a cruzarte en mi camino.
El
amante abrió la puerta, ganó la calle y, mientras caminaba con rumbo
desconocido, escuchó otros dos disparos en la vivienda que él frecuentaba cada
día.
Una
pareja perfecta
La
mujer, siempre que hablaba con su esposo, hablaba en voz alta y hasta
chillando, le reprochaba por todo y por nada; en cambio él hacía todo lo que se
le venía en gana, galanteaba con cuanta mujer encontraba y hasta la engañaba
sin que se diera cuenta. A pesar de todo, de puertas para afuera, parecían una
pareja perfecta. Él era sordo y ella era ciega.
El
túnel
Bastará decir
que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el
proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores
explicaciones sobre mi persona. Así comienza el primer capítulo de la
novela El túnel, de Ernesto Sábato,
que no es otra cosa que una poderosa confesión convertida en una metáfora
existencial que simboliza la soledad absoluta. Juan Pablo Castel es el
feminicida que comete un crimen pasional por amor obsesivo, celos enfermizos y
que, por vivir de espaldas al mundo y la mente perdida en un túnel sin salida,
es víctima de sus bajos instintos y pasiones destructivas, que desenlazan en el
asesinato de la mujer amada, la locura y la tragedia sin retorno ni perdón.
Ritual
mañanero
La
gringa, cuya belleza tenía más fulgores que todas las luces del universo, era
una mujer liberada de los prejuicios y las ataduras sexuales; por eso mismo,
todas las mañanas, al salir a su exuberante jardín, se acercaba al palomar y,
mirando a los curiosos que la observaban desde sus balcones, saludaba a la
fresca madrugada con todos los poros de la piel y respiraba a todo pulmón.
Después dejaba escapar de su mano una paloma blanca y de su blanca bata una
blanca teta, aureolada por un pezón rosado, propio de las mujeres que superan
el rubio platinado. Volvía a entrar en el dormitorio, cerraba las cortinas de
la ventana y no volvía a aparecer en el jardín hasta el día siguiente, a la
misma hora en que los curiosos acudían a sus balcones para verla repetir su
ritual mañanero entre una bandada de palomas que revoloteaban alrededor y una
explosión de flores que exaltaban su belleza.
La
cama
La
cama es el territorio más libre de la vida, donde el acto sexual adquiere
dimensiones sacramentales, como en el rito hindú, donde tanto el hombre como la
mujer, antes de acostarse, deben bañar cuidadosamente sus intimidades,
limpiarse los dientes, aplicarse una cantidad limitada de ungüentos y perfumes.
Luego
acostarse en la cama, predispuestos a someterse a las llamas del amor,
trenzarse con brazos y piernas, devorarse a besos, acariciarse las concavidades
del cuerpo y estallar en vibrantes sensaciones, hasta fundirse en una entrega
total, practicando el estilo 69, con el cunnilingus y la felación, que es una
variante sexual en la que cada uno puede estimular, con labios y lengua, los
órganos genitales de la pareja. Luego entregarse a las pasiones carnales sin
ninguna inhibición ni ataduras morales, abriéndose a un paraíso de prácticas
eróticas, desde la postura del “misionero”, hasta la postura del perrito, cuando la mujer se pone de
cuatro y el hombre la embiste por atrás.
Siempre
es mejor practicar el amor en la cama, con sábanas o sin ellas, porque la cama,
sin importar el material del que esté fabricada, el precio, la forma y el
tamaño, es el único escenario donde los enamorados pueden alcanzar las
estrellas con las manos y la imaginación.
Los
besos
Si
el hombre logra hacer un nudo con el tallo de la cereza, solo con la lengua y
sin tocarlo con las manos, significa que sabe besar como un amante perfecto; lo
mismo que la mujer que puede comer una salteña jugosa, sin derramar una sola
gota del jigote, sabe besar como succionando un chupete de cerezas.
El
amor
En
una discusión de pareja, la mujer le recriminó a su esposo, diciéndole que él
no le mostraba su amor ni en sus gestos ni en sus acciones. A lo que él,
postrándose de rodillas y besándole la mano, le replicó: El amor se siente,
pero no se ve, mi amor, porque lo
esencial es invisible a los ojos, como afirmó el zorro, en El principito, la obra clásica de
Antoine de Saint-Exupéry.
Verano
sueco
Cuando
el día se alarga y el sol resplandece en las alturas, la gente baila y canta
alrededor de un tronco que, plantado como un robusto mástil en el suelo, se
yergue como un falo en dirección al cielo. El tronco está adornado con
guirnaldas de hojas y flores, y los veraneantes, tomados de las manos y en
posición de cuclillas, interpretan canciones similares a las rondas infantiles
y, bailando con pequeños saltos, parecen ranas croando al unísono: Croa-caca, croa-caca, croa-caca...
Horas
después, sentados alrededor de un banquete iluminado por fogatas y candelabros,
comen productos de mar y de bosque: langostinos, matjessill (arenques en escabeche, ligeramente dulce y especiado), gravlax (salmón ahumado), cebollín y
papas nuevas hervidas con eneldo; a la vez que comen postres de fresas y beben aquavit (aguardiente destilado de
cereales) en copas del tamaño de un dedal, a la espera de que el día, largo
como en todos los solsticios de verano, se haga noche y convoque a la cama.
En
esta estación del año, frecuentan las actividades de esparcimiento en plazas y
playas, donde el sol se refleja en las azulinas aguas, mientras las mujeres,
rubias como las valquirias de la mitología escandinava, se echan cual sirenas
en los arrecifes, para gozar de su libertad a cielo abierto, la blonda
cabellera tendida sobre la arena y el desnudo cuerpo expuesto a la luz del sol.
Otoño
sueco
En
el otoño, cuando la naturaleza se torna en un disco cromático, todo el paisaje,
pintado con diversos matices, es digno de ser contemplado y admirado. Las
noches se hacen más largas y frías, las hojas caen como mixturas de los árboles
y los vientos soplan arrastrando las últimas rachas del verano.
En el día de Todos los Santos, a diferencia de lo que ocurre en otras culturas, no se canta ni se baila en los camposantos, pero sí se recuerda con flores y velas a los seres queridos que descansas en paz. Los suecos, que casi nunca hablaban de sus dioses, celebran Todos los Santos como si sus seres queridos estuviesen vivos y no muertos, son más racionales y menos supersticiosos. Creen que cuando una persona muere, muere también su cuerpo y su alma, y detrás de ellos no queda nada, salvo los recuerdos de su vida vivida en el corazón y la mente de sus allegados.

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