EL
TÍO VESTIDO DE DIABLO
El
día que me enteré que José García, miembro del elenco de teatro Albor,
realizaba accesorios para los danzarines de la fiesta de la Virgen del Carmen
en la ciudad de El Alto, no dejé de preguntarle si acaso me lo podía hacer una
estatuilla del Tío de la mina. Él me comentó que su trabajo artesanal lo
realizaba junto a su esposa, a quien la conoció en el mismo Centro de Arte y Cultura
Albor.
Mientras
caminábamos por la Avenida Antofagasta y conversábamos sobre su trabajo como artesano,
me confesó que tenía un manojo de cuentos a la espera de su publicación. No edité hasta ahora el libro –dijo–, porque primero falta que alguien lo corrija.
En
ese mismo instante, como iluminado por una brillante idea, le dije que podía
corregírselo, si estaba de acuerdo, a cambio de la estatuilla del Tío. De acuerdo, replicó de inmediato, con
voz firme y sin disimular su entusiasmo. Ahora
mismo me estoy mudando de vivienda, pero una vez que esté listo con este
asunto, me pondré manos a la obra.
El
trato estaba hecho, era cuestión de esperar un tiempo para ver la obra de su
creación. No dudé de su palabra, sabía que José García, uno de los pilares más
importantes del grupo de teatro Albor, era un hombre que cumplía con sus
compromisos así se cayera el cielo.
Al
cabo de un tiempo, nos contactamos por WhatsApp y acordamos vernos en la Plaza
Juana Azurduy de Padilla. Yo corregí sus cuentos y él prometió entregarme la
estatuilla del Tío.
El
día que nos encontramos, trajo la estatuilla dentro de una bolsa. No me la
enseñó en ese momento, dejó simplemente que mirara la bolsa, como si pusiera a
prueba mi capacidad de resistir la curiosidad y mantener a jaque mi
insoportable paciencia. Cerca del mediodía, la plaza era un hervidero de gente.
Ahora qué hacemos, le pregunté, sin
quitar la mirada de la bolsa. Él me propuso comprar una granada de singani y
luego ir a almorzar en algún restaurante. Ahí
te entregaré la estatuilla, dijo, mientras caminábamos rumbo a las casetas
donde vendían la granada de singani.
Una
vez en el restaurante, sentados cerca de la puerta que daba a la calle, pedimos
el menú del día y dos vasos de cristal para el singani. Me acomodé lo mejor que
pude en la silla, sin dejar de mirar a los comensales que ocupaban todas las
mesas. Él sacó la estatuilla de la bolsa y me la enseñó: ¿Qué te parece?, preguntó. ¡Es
una maravilla!, contesté. Luego, con la misma satisfacción de quien recibe
un precioso regalo, proseguí: ¡Lo hiciste
con su traje de diablo! José García se sonrió, volteó la mirada hacia la
estatuilla y aclaró: Este Tío lo hice con
la ayuda de mi esposa. Ella modeló su pene.
El
Tío, visto desde cualquier ángulo, estaba vestido de diablo; tenía la máscara
colorada, el iris de los ojos ardientes como brasa, la nariz estallada, los
dientes afilados, las orejas enormes y los cuernos terminados como la punta de
una lanza. Lucía la pechera engastada con piedras preciosas y el pollerín
dorado como el sol. Además, llevaba una bolsa de coca en una mano y el bastón
de mando en la otra. Y, como si fuera poco, el bastón tenía la cabeza de una
serpiente con la lengua colgante y el aspecto de dragón.
Después,
antes de almorzar, abrimos la granada de singani, llenamos los vasos y, tras
rociar algunas gotas de aguardiente en honor a la Pachamama, ch’allamos junto a la estatuilla, que
llamó la atención de los comensales, quienes nos miraban por el rabillo del
ojo, como cuando se mira un objeto sacrílego en la “Casa de Dios".
Apenas
terminamos de comer y ch’allar, me
hice de la estatuilla del Tío y ganamos la ajetreada calle, donde nos
despedimos con un fuerte abrazo, como cada vez que coincidíamos en alguna
actividad cultural que se llevaba a cabo en la ciudad de La Paz o El Alto.
Ya
se sabe que la diablada de Oruro se remonta a
la época de la colonia y que tuvo su origen a finales del siglo XVIII,
probablemente el año 1789, cuando los “mitayos” de una mina de plata en la Real
Villa de San Felipe de Austria (actualmente Oruro), decidieron disfrazarse de
diablos, a semejanza del Tío de la mina, para bailar la danza de la diablada en
presencia de la Virgen de la Candelaria –o Virgen del Socavón–, cuya imagen,
según cuenta la leyenda, apareció, de manera milagrosa, pintada en un muro de
la guarida del Chiru-Chiru, el legendario ladrón que asaltaba a los ricos para
distribuir el botín entre los pobres.
Todo
hace suponer que esta festividad pagano-religiosa, cuyos usos y costumbres
tienen su origen en el sincretismo religioso entre el catolicismo occidental y
el paganismo de las culturas ancestrales, se inició cuando los mineros nativos
de la época, influidos por la catequización y los extirpadores de idolatrías,
confundieron al Supay –deidad
protectora de los humanos y sus bienes en la cosmovisión andina– con el diablo
de la liturgia católica, cuyo personaje central es Lucifer, el príncipe de las
tinieblas.
Se
cuenta que los mitayos de la mina de
plata fueron los primeros en practicar la danza de la diablada, desde el día en
que determinaron disfrazarse de diablos, personificando al Tío de la mina, que
no era otro que el Supay o el dios Wari
de la mitología Uru-Uru, el protector de los auquénidos y los habitantes de las
cercanías del Lago Poopo, y para rendirle devoción y veneración a la Virgen del
Socavón, a quien la reconocieron como la mamita
y patrona protectora de los
trabajadores y sus familias desde que su imagen fue hallada en la guarida del
Chiru-Chiru. Así comenzó la tradición cultural del Carnaval de Oruro, en las
faldas del cerro Pie de Gallo, con la
danza de la diablada, donde destacan el Arcángel San Miguel y Lucifer, el ángel
rebelde que fue expulsado del reino de los cielos.
La
estatuilla hecha por José García y su señora esposa, nos reafirma la teoría de
que la diablada se inició en los socavones, donde los mineros adoraban al Tío,
quien es una suerte de encarnación del Supay
y el Wari de la mitología de los Uru-Uru, un ser ambivalente entre los sacro y
lo profano, que está considerado como el dueño de los metales preciosos como el
oro, la plata, el estaño y otros; un ser que premia con ricos filones de
mineral a quienes realizan en su honor ch’allas,
k’oas y q’arakus.
Ya dijimos que la danza de la diablada
representa el sincretismo religioso entre el paganismo ancestral y la religión
Católica, que tiene su origen en los inicios del período colonial, cuando los “mitayos”
creyeron encontrar al Tío en las entrañas de la montaña; más todavía, la
diablada fue la primera fraternidad que dio origen al fastuoso Carnaval de
Oruro, en cuya festividad, declarada “Obra Maestra del Patrimonio Oral e
Intangible de la Humanidad” por la UNESCO, no puede faltar el Tío, quien sale
después de un año de encierro en las profundas y oscuras galerías, para
encabezar la danza de la diablada. Es en el fastuoso Carnaval donde el Tío luce
su lujoso traje de Lucifer, con su capa confeccionada con luces y ricas
pedrerías, sus botines de cuero repujado y una espectacular máscara en la que
destacan el lagarto, la víbora y el sapo; seres pertenecientes a la mitología
Uru-Uru y, por tanto, al Carnaval de Oruro.
José
García, consumado actor de teatro y artesano de accesorios que los danzarines
lucen en la festividad de la Virgen del Carmen, estaba convencido de que el Tío
se veía mejor con su traje de diablo. Y así lo hizo, debido a que la danza de
la diablada está inspirada en el Tío de la mina. ¿Acaso?, se preguntarán algunos, que desconocen la tradición de
esta danza infernal que, año tras año, se baila en la Capital Folclórica de Bolivia.
Hasta aquí la explicación sobre el diablo y la diablada, y volviendo al tema de la estatuilla del Tío de la mina, que es la mejor representación de la mitología minera, solo falta añadir que esta obra de arte, realizada por José García y su señora esposa, se constituye en una magnífica muestra de que el sincretismo religioso ha sido capaz de dar nacimiento a manifestaciones culturales que son fuentes de inspiración para quienes se dedican a enriquecer las diversas expresiones artísticas en un país esencialmente minero como el nuestro.

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