EL
TÍO DE LA MINA Y SU ESCRIBANO
Ya
les conté de cómo se dio mi encuentro con Freddy Mamani Mamani, el administrador
del estudio de tatuajes en La Ceja de El Alto, donde conocí también a Dark y
Dayko Requena, el autor de la fabulosa estatuilla del Tío, que ahora forma
parte de mi colección particular.
Freddy
es un personaje de nobles dotes y parco en las palabras, un diseñador gráfico
de primera línea, aunque nunca pisó una Academia de Bellas Artes ni nunca
expuso sus obras en las paredes de una galería, debido a que las creaciones
nacidas de su ingenio se quedan tatuadas, de por vida y sin mediar objeciones,
en la piel de sus clientes.
Apenas
advertí su talento innato, me animé a insinuarle si sería capaz de dibujar o
pintar un Tío de la mina. Me gusta la
idea, dijo. Luego prosiguió: Lo
intentaré. Y así lo hizo. Al cabo de un tiempo, cuando pasé a visitarlo en
su estudio, me enseñó el boceto que realizó, dejándome gratamente sorprendido.
Se trataba de un maravilloso trabajo de arte, donde yo aparecía como la
criatura del Tío, quien me cargaba a sus espaldas en un colorido aguayo. Esta pintura digital te salió a todo dar,
le dije, con el corazón latiéndome de hondo regocijo. Lograste captar, a la perfección y sin resquicios para la duda, la idea
de que soy el verdadero escribano del Tío. En efecto, era cuestión de
contemplar la pintura para advertir que el artista plástico tenía sobrada
experiencia en los andares del diseño gráfico hecho con la pasión que demanda
el oficio de poner el dedo en el gatillo y pegar el tiro en el blanco, sin
pensar dos veces ni fallar un milímetro en el dominio del pulso.
Días
más tarde, cuando me mostró en su celular la pintura terminada, me dije para
mis adentros: ¡Qué maravilla, carajo!
Qué aguayo más hermoso –aunque envejecido
por el uso y el paso del tiempo– que eligió el
Tío para cargarme, como si fuese una madre que adora a su criatura con todas
las fuerzas de su corazón. La pintura, tal como quedó y tal como ustedes la
contemplan, lleva la impronta del artista, donde se proyecta un estilo
personal, original y de alto valor estético. No hizo falta que utilizara
lienzos, paletas, pinturas, pinceles y brochas de costosa procedencia. Bastó
con su imaginación para crear esta imagen casi surrealista, que habla por sí
misma y donde cualquier explicación queda al margen de toda consideración
explícita.
No
sé exactamente qué técnicas de la pintura digital utilizó Freddy Mamani Mamani,
pero sí sé que se esmeró en la creación de esta magnífica obra, conforme
pudiera alcanzar un resultado concreto que superara sus propias expectativas
como diseñador de tatuajes de asombrosa calidad estética.
El
aguayo, en el que me carga el Tío, es un tejido andino tradicional hecho con
ovillos de lana de llama, oveja o alpaca. No parece estar elaborado en máquina
tejedora, sino por las diestras manos de las mujeres del altiplano, que
aprendieron de sus antepasados a conservar la cultura ancestral por medio de
este telar de pampa sawa (de suelo), donde se refleja la identidad y la
cosmovisión de los quechuas y aymaras, cuya historia milenaria está expresada
en este tipo de aguayos de colores vivos y diseños geométricos, que parecen los
plumajes multicolores de un ave tropical, simbolizando el universo mágico y, a
veces, secreto de los habitantes del antiguo Tawantinsuyo.
El
Tío, que conoce desde siempre esta belleza textil, no tuvo mejor idea que
cargarme a las espaldas, quizás, por ser su legítimo escribano, o, quizás,
porque quería tenerme en las galerías de los dantescos socavones, donde está su
reino y donde soy su convidado especial; un privilegio que me lo gané a pulso
desde que escribí los primeros cuentos que él me sopló en los oídos, a partir
de su larga vida como amo y señor de los mineros, un testimonio personal que
quedará escrito en los anales de la historia, como si fuese la mismísima Biblia del Diablo.
Freddy
Mamani Mamani, excelente artista de los trazos y colores, no dudó en retratarme
como una guagua raptada por el Supay
(diablo) andino, que luce el guardatojo
atravesado por sus cuernos, la indumentaria a la usanza de los cooperativistas
mineros y un semblante que genera espanto como todo personaje de cola y patas
de macho cabrío, que habitan en el subsuelo y es dueño de las riquezas
minerales. Se lo ve como si huyera de la luz del día, volteando la mirada
pícara y penetrante hacia lo que va quedando atrás, para luego meterse,
chapoteando en las aguas de copajira,
en el desmesurado bostezo de la montaña, donde no existe otra iluminación que
la mortecina luz de la lámpara enganchada al guardatojo.
El
Tío, con el cigarrillo encendido entre los dientes, la infaltable bolsa de coca
y la botella de alcohol, me lleva a cuestas como un q’epiri (cargador), como si de veras me raptara por puro gusto y
capricho, con la intención de tenerme como rehén en algún recóndito lugar de su
paraje, donde los mineros pijchan, ofrendándole hojas de coca,
cigarrillos y botellas de aguardiente, sin importarle mucho si su escribano se
sentirá bien o mal en medio del silencio y la impenetrable oscuridad de las
galerías, parajes, buzones y chimeneas.
Sea
como fuere, en mi condición de escribano del Tío, tengo la cabeza ladeada, la
cabellera canosa, la barba plateada y los ojos entornados, como si cavilara en
las aventuras y desventuras del personaje central de la mitología mineras,
mientras se me caen los libros de la mano, que, en realidad, son más los libros
del Tío que de este humilde servidor, quien, para bien o para mal, parece un
pobre diablo.
El
Tío, con decisión incuestionable y fuerza indomable, y según la interpretación
del artista, prefiere llevarse a su escribano en el aguayo y no en la calcuta o q’epirina, la bolsa de lona que los mineros cargan a la espalda
para llevar algunos elementos necesarios para la jornada, como dinamitas, guías
con capsulas de percusión, hojas de coca, cigarrillos y hasta una botella de té
o aguardiente, para pijchar y ch’allar en el paraje del Tío.
Es
de suponer que el Tío dobló el aguayo cuadrado en forma de triángulo, me colocó
con la espalda apoyada en la parte doblada, hizo pasar la punta inferior del
triángulo entre mis piernas, a modo de crear un asiento firme y seguro. Luego
agarró las otras puntas y, aventando el aguayo por encima de sus robustos
hombros, me acomodó en su espalda, anudando las esquinas a la altura de su
pecho. Como se ve en esta pintura, quedé acomodado de manera ergonómica para
evitar cualquier dolor, con la cabeza fuera del aguayo, pero con el cuerpo pegadito
contra las espaldas del Tío.
Freddy
Mamani Mamani, como todo artista profesional, entregado a merced de su
fantasía, jugó con la técnica de capas superpuestas, comenzando con tonos
suaves y claros, para culminar en los tonos oscuros para crear volúmenes, sin
más recursos que las herramientas puestas a disposición de cualquiera por las
nuevas tecnologías digitales.
Esta
innovadora técnica artística, a pesar de estar realizada en miniatura, está
lejos de los graffitis y murales
monumentales. El artista prefirió plasmar la obra de su creación en formato
pequeño, no porque le faltó más superficie en la pantalla de la computadora,
sino porque así se vería mejor incluso en un celular que apenas cabe en la
palma de la mano.
En la pintura digital destacan tonos luminosos y semitransparentes, además de las formas y líneas que revelan el fuero interno de un artista que posee el espíritu altamente sensible y la pericia de un maestro que aprendió a dominar su oficio desde la adolescencia; por eso mismo, este arte visual resultó a la medida de la capacidad creativa de Freddy Mamani Mamani, digno de ser exhibido en la portada de un libro o en una galería de arte, donde los espectadores pudieran penetrar con la mirada en la imagen y dejarse llevar en los vuelos de la imaginación hacia el mundo mágico y fantástico del Tío y su escribano.









