jueves, 12 de marzo de 2026

ÓSCAR ALFARO A VUELO DE PÁJARO

A Óscar Alfaro me parecía haberlo conocido en el sueño, cuando mi madre, sin saber al cuidado de quién dejarme, me llevó, siendo niño, a la Escuela Jaime Mendoza, en la población de Llallagua, donde ella ejercía como directora del establecimiento educativo.

Me dejó jugando en el patio, mientras ella trabaja atendiendo los asuntos de sus colegas, los alumnos y los padres de familia, hasta que, bajo un límpido cielo y en medio de la algarabía de los niños, que revoloteaban como abejas en un panal, apareció un hombre de contextura delgada, con un maletín en la mano y un extraño modo de caminar; tenía los lentes casi redondos y una barbita de chivo, dándole la apariencia de ser un ser extraordinario. No era el nuevo profesor, ni el supervisor escolar, sino el poeta tarijeño Óscar Alfaro, el Príncipe de la literatura infantil boliviana, quien llegó a las poblaciones de Llallagua, Siglo XX y Catavi, como parte de un recorrido por las escuelas de la COMIBOL, programado por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, para que leyera y difundiera sus poemas infantiles entre los profesores de enseñanza primaria.

Cruzó el patio de cemento, en compañía de mi madre, y se metió en un aula, donde estaban reunidos los profesores, sentados ya en los estrechos pupitres, donde el poeta les saludó amablemente, antes de tomar asiento en una silla, cerca de la pizarra y la mesa del profesor. Abrió su maletín y sacó varios libros, con ilustraciones en colores, que los puso sobre la mesa a modo de exposición. Luego les dirigió unas palabras, explicándoles el porqué de su visita. Los profesores le miraron atentos y en silencio, como hipnotizados por las mágicas frases de un mago. Él se levantó de la silla, hojeó uno de sus libros y leyó su poesía, con una voz suave pero firme.  

Yo observé la escena desde la ventana, sin que los profesores advirtieran mi presencia de niño curioso y desobediente. Al cabo de la lectura, algunos de los profesores se le acercaron al poeta, le dieron la mano y hasta le compraron sus libros, que él, con muestras de gratitud y cariño, se los autografió uno por uno.    

Mi madre se compró Cien poemas para niños, un libro que después leí con mucho entusiasmo, con la sensación de que, en cada verso, me parecía escuchar su voz, como si él mismo me lo estuviese leyendo al oído, con esa misma entonación melódica que escuché aquel maravilloso día en que el poeta pasó por la Escuela Jaime Mendoza, como un pájaro peregrino que vuela de jardín en jardín, ofreciendo ramilletes de versos y llevando en su maletín las joyas más preciadas por los niños.

Concluida su visita, salió del aula en compañía de mi madre y, rengueando de una pierna, cruzó el patio sin apuros, hasta perderse tras la puerta que daba a la calle, donde estaba la Plaza 6 de Agosto y la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

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