ÓSCAR
ALFARO A VUELO DE PÁJARO
A
Óscar Alfaro me parecía haberlo conocido en el sueño, cuando mi madre, sin
saber al cuidado de quién dejarme, me llevó, siendo niño, a la Escuela Jaime Mendoza, en la población de
Llallagua, donde ella ejercía como directora del establecimiento educativo.
Me
dejó jugando en el patio, mientras ella trabaja atendiendo los asuntos de sus
colegas, los alumnos y los padres de familia, hasta que, bajo un límpido cielo
y en medio de la algarabía de los niños, que revoloteaban como abejas en un
panal, apareció un hombre de contextura delgada, con un maletín en la mano y un
extraño modo de caminar; tenía los lentes casi redondos y una barbita de chivo,
dándole la apariencia de ser un ser extraordinario. No era el nuevo profesor,
ni el supervisor escolar, sino el poeta tarijeño Óscar Alfaro, el Príncipe de la literatura infantil boliviana,
quien llegó a las poblaciones de Llallagua, Siglo XX y Catavi, como parte de un
recorrido por las escuelas de la COMIBOL, programado por la Federación Sindical
de Trabajadores Mineros de Bolivia, para que leyera y difundiera sus poemas
infantiles entre los profesores de enseñanza primaria.
Cruzó
el patio de cemento, en compañía de mi madre, y se metió en un aula, donde
estaban reunidos los profesores, sentados ya en los estrechos pupitres, donde
el poeta les saludó amablemente, antes de tomar asiento en una silla, cerca de
la pizarra y la mesa del profesor. Abrió su maletín y sacó varios libros, con
ilustraciones en colores, que los puso sobre la mesa a modo de exposición.
Luego les dirigió unas palabras, explicándoles el porqué de su visita. Los
profesores le miraron atentos y en silencio, como hipnotizados por las mágicas
frases de un mago. Él se levantó de la silla, hojeó uno de sus libros y leyó su
poesía, con una voz suave pero firme.
Yo
observé la escena desde la ventana, sin que los profesores advirtieran mi
presencia de niño curioso y desobediente. Al cabo de la lectura, algunos de los
profesores se le acercaron al poeta, le dieron la mano y hasta le compraron sus
libros, que él, con muestras de gratitud y cariño, se los autografió uno por
uno.
Mi
madre se compró Cien poemas para niños,
un libro que después leí con mucho entusiasmo, con la sensación de que, en cada
verso, me parecía escuchar su voz, como si él mismo me lo estuviese leyendo al
oído, con esa misma entonación melódica que escuché aquel maravilloso día en
que el poeta pasó por la Escuela Jaime
Mendoza, como un pájaro peregrino que vuela de jardín en jardín, ofreciendo
ramilletes de versos y llevando en su maletín las joyas más preciadas por los
niños.
Concluida su visita, salió del aula en compañía de mi madre y, rengueando de una pierna, cruzó el patio sin apuros, hasta perderse tras la puerta que daba a la calle, donde estaba la Plaza 6 de Agosto y la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

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