domingo, 8 de marzo de 2026

LA SERENA

Juana tenía 32 años y era madre de dos hijos. Nació al pie del Cerro Rico de Potosí, donde trabajaba como serena en una cooperativa minera. Quedó viuda y a cargo de la familia desde el fatídico día en que su marido, obrero de la misma cooperativa, voló en pedazos tras la explosión de una descarga de dinamitas. Así enviudó siendo todavía joven, como muchas mujeres casadas con mineros.

Ella vivía en dos pequeños cuartos, con sus hijos y un perro que era guardián de la casa. Ingresó a trabajar en la cooperativa minera en lugar de su marido, quien, según sus confesiones, era un hombre borracho, machista y maltratador.

La casa no tenía agua potable, luz eléctrica ni cocina a gas. Nunca contó con ingresos propios ni fue dueña de nada, mucho menos del paupérrimo salario de su marido, que no alcanzaba para llenar la canasta familiar ni para que sus hijos asistieran a la escuela.

Desde que empezó a trabajar como serena, en los depósitos de minerales de la cooperativa, aprendió a luchar para sobrevivir en un infierno no apto para las mujeres, teniendo como únicas armas el coraje, una piedra y una dinamita en mano. Se convirtió en experta en el manejo del explosivo, siempre listo para estallar ante el primer atisbo de peligro.

Todas las noches trabaja acompañada de su perro y, a veces, también de sus hijos, para ahuyentar a los jukus, que merodean la zona, queriendo robar las bolsas de mineral que los cooperativistas extraían de la mina y dejaban en unos depósitos, con paredes de adobes y techos de calamina, construidos de manera improvisada cerca de la bocamina.

Juana era compañera de los cooperativistas que, a pesar de trabajar sin seguridad industrial y en condiciones infrahumanas, le seguían metiendo barreno y dinamitas a los parajes que dejaron los trabajadores de la COMIBOL. Ellos trabajaban en el interior de mina y ella como serena encargada de vigilar los bienes de la cooperativa, enfrentándose a jukus que, noche tras noche, se aparecían al amparo de la oscuridad para robar el mineral.

Juana estaba ya acostumbrada a enfrentarse a los jukus y a los mineros atrevidos que, aun teniendo una mujer en casa, intentaban abusarla y violarla delante de su perro; por eso ella, precavida desde el día de su nacimiento, andaba siempre con una piedra en el bolsillo de la pollera y una dinamita cargada en la mano, para defenderse de los desgraciados que amenazan su integridad de mujer, viuda y madre.

Juana le rezaba al Tata Q'ajcha para que no le pasara nada y le suplicaba al Tío de la mina para que la protegiera siempre, por ser viuda de un minero cooperativista y por el bien de sus hijitos huérfanos de un padre que murió en un paraje lejano, donde las vetas de estaño estaban ya agotadas.

Juana era el ejemplo de una mujer que no se dejaba vencer por las adversidades, consciente de que la vida no era fácil para una viuda y serena de una cooperativa, pero sí una gran escuela donde se aprendía que no hay mal que por bien no venga, hasta que un día, mientras trabajaba como de costumbre, llegó un gringo turista, interesado por conocer el Cerro Rico de Potosí. Apenas la vio cerca de la bocamina, en compañía de sus hijos y su perro, se sintió atraído por la belleza exótica de esa mujer de sombrero, manta y pollera.

El gringo la enamoró con buenas intenciones, la acompañó en su trabajo por las noches y, al cabo de un tiempo, le propuso matrimonio con el propósito de llevársela a su país. Así fue como Juana y sus hijos se libraron de las temibles garras del laboreo minero.

Los cooperativistas, conocedores de la miserable realidad de una serena, decían que Juana tuvo suerte, que recibió la bendición del Tata Q'ajcha y el consentimiento del Tío de la mina para encontrar un hombre de sentimientos nobles, quien, además de amarla con la sinceridad de su corazón, la haría feliz por el resto de sus días.

Desde entonces no se volvió a saber nada de Juana ni de sus hijos, salvo que dejó de ser serena en la cooperativa minera y que se marchó a tierras lejanas para no volver más a la ciudad donde nació. 

Glosario

Guardatojo: Casco de protección usado en el laboreo minero.

Jukus: Ladrones de mineral.

Paraje: En el interior de la mina: sitio o lugar de trabajo.

Serena: Mujer que cumple la función de vigilar por las noches los depósitos de mineral y los bienes de la cooperativa minera.

Tata K’ajcha: Cristo Minero. Santo Patrono. Crucifijo situado en los primeros metros de la galería principal. En Potosí, según la tradición popular, su imagen aparece como un Cristo moribundo con su “guardatojo” de minero.

Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas. Su estatuilla es de greda y rocas, está colocada en el lugar de paso obligado de los mineros.

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