LA
SERENA
Juana
tenía 32 años y era madre de dos hijos. Nació al pie del Cerro Rico de Potosí,
donde trabajaba como serena en una
cooperativa minera. Quedó viuda y a cargo de la familia desde el fatídico día
en que su marido, obrero de la misma cooperativa, voló en pedazos tras la
explosión de una descarga de dinamitas. Así enviudó siendo todavía joven, como
muchas mujeres casadas con mineros.
Ella
vivía en dos pequeños cuartos, con sus hijos y un perro que era guardián de la
casa. Ingresó a trabajar en la cooperativa minera en lugar de su marido, quien,
según sus confesiones, era un hombre borracho, machista y maltratador.
La
casa no tenía agua potable, luz eléctrica ni cocina a gas. Nunca contó con
ingresos propios ni fue dueña de nada, mucho menos del paupérrimo salario de su
marido, que no alcanzaba para llenar la canasta familiar ni para que sus hijos
asistieran a la escuela.
Desde
que empezó a trabajar como serena, en
los depósitos de minerales de la cooperativa, aprendió a luchar para sobrevivir
en un infierno no apto para las mujeres, teniendo como únicas armas el coraje,
una piedra y una dinamita en mano. Se convirtió en experta en el manejo del
explosivo, siempre listo para estallar ante el primer atisbo de peligro.
Todas
las noches trabaja acompañada de su perro y, a veces, también de sus hijos,
para ahuyentar a los jukus, que
merodean la zona, queriendo robar las bolsas de mineral que los cooperativistas
extraían de la mina y dejaban en unos depósitos, con paredes de adobes y techos
de calamina, construidos de manera improvisada cerca de la bocamina.
Juana
era compañera de los cooperativistas que, a pesar de trabajar sin seguridad
industrial y en condiciones infrahumanas, le seguían metiendo barreno y
dinamitas a los parajes que dejaron
los trabajadores de la COMIBOL. Ellos trabajaban en el interior de mina y ella
como serena encargada de vigilar los
bienes de la cooperativa, enfrentándose a jukus
que, noche tras noche, se aparecían al amparo de la oscuridad para robar el
mineral.
Juana
estaba ya acostumbrada a enfrentarse a los jukus
y a los mineros atrevidos que, aun teniendo una mujer en casa, intentaban
abusarla y violarla delante de su perro; por eso ella, precavida desde el día
de su nacimiento, andaba siempre con una piedra en el bolsillo de la pollera y
una dinamita cargada en la mano, para defenderse de los desgraciados que
amenazan su integridad de mujer, viuda y madre.
Juana
le rezaba al Tata Q'ajcha para que no
le pasara nada y le suplicaba al Tío
de la mina para que la protegiera siempre, por ser viuda de un minero cooperativista
y por el bien de sus hijitos huérfanos de un padre que murió en un paraje lejano, donde las vetas de estaño
estaban ya agotadas.
Juana
era el ejemplo de una mujer que no se dejaba vencer por las adversidades,
consciente de que la vida no era fácil para una viuda y serena de una cooperativa, pero sí una gran escuela donde se
aprendía que no hay mal que por bien no
venga, hasta que un día, mientras trabajaba como de costumbre, llegó un
gringo turista, interesado por conocer el Cerro Rico de Potosí. Apenas la vio
cerca de la bocamina, en compañía de sus hijos y su perro, se sintió atraído
por la belleza exótica de esa mujer de sombrero, manta y pollera.
El
gringo la enamoró con buenas intenciones, la acompañó en su trabajo por las
noches y, al cabo de un tiempo, le propuso matrimonio con el propósito de
llevársela a su país. Así fue como Juana y sus hijos se libraron de las temibles
garras del laboreo minero.
Los
cooperativistas, conocedores de la miserable realidad de una serena, decían que Juana tuvo suerte,
que recibió la bendición del Tata Q'ajcha
y el consentimiento del Tío de la
mina para encontrar un hombre de sentimientos nobles, quien, además de amarla
con la sinceridad de su corazón, la haría feliz por el resto de sus días.
Desde
entonces no se volvió a saber nada de Juana ni de sus hijos, salvo que dejó de
ser serena en la cooperativa minera y
que se marchó a tierras lejanas para no volver más a la ciudad donde
nació.
Glosario
Guardatojo: Casco de protección usado en el laboreo minero.
Jukus: Ladrones de mineral.
Paraje: En el interior de
la mina: sitio o lugar de trabajo.
Serena: Mujer que cumple
la función de vigilar por las noches los depósitos de mineral y los bienes de
la cooperativa minera.
Tata K’ajcha: Cristo Minero. Santo Patrono. Crucifijo situado en los primeros metros de
la galería principal. En Potosí, según
la tradición popular, su imagen aparece como un Cristo moribundo con su
“guardatojo” de minero.
Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas. Su estatuilla es de greda y rocas, está colocada en el lugar de paso obligado de los mineros.

No hay comentarios :
Publicar un comentario