martes, 19 de mayo de 2026

EL TÍO DE LA MINA Y SU ESCRIBANO

Ya les conté de cómo se dio mi encuentro con Freddy Mamani Mamani, el administrador del estudio de tatuajes en La Ceja de El Alto, donde conocí también a Dark y Dayko Requena, el autor de la fabulosa estatuilla del Tío, que ahora forma parte de mi colección particular.

Freddy es un personaje de nobles dotes y parco en las palabras, un diseñador gráfico de primera línea, aunque nunca pisó una Academia de Bellas Artes ni nunca expuso sus obras en las paredes de una galería, debido a que las creaciones nacidas de su ingenio se quedan tatuadas, de por vida y sin mediar objeciones, en la piel de sus clientes.

Apenas advertí su talento innato, me animé a insinuarle si sería capaz de dibujar o pintar un Tío de la mina. Me gusta la idea, dijo. Luego prosiguió: Lo intentaré. Y así lo hizo. Al cabo de un tiempo, cuando pasé a visitarlo en su estudio, me enseñó el boceto que realizó, dejándome gratamente sorprendido. Se trataba de un maravilloso trabajo de arte, donde yo aparecía como la criatura del Tío, quien me cargaba a sus espaldas en un colorido aguayo. Esta pintura digital te salió a todo dar, le dije, con el corazón latiéndome de hondo regocijo. Lograste captar, a la perfección y sin resquicios para la duda, la idea de que soy el verdadero escribano del Tío. En efecto, era cuestión de contemplar la pintura para advertir que el artista plástico tenía sobrada experiencia en los andares del diseño gráfico hecho con la pasión que demanda el oficio de poner el dedo en el gatillo y pegar el tiro en el blanco, sin pensar dos veces ni fallar un milímetro en el dominio del pulso.

Días más tarde, cuando me mostró en su celular la pintura terminada, me dije para mis adentros: ¡Qué maravilla, carajo! Qué aguayo más hermoso aunque envejecido por el uso y el paso del tiempo que eligió el Tío para cargarme, como si fuese una madre que adora a su criatura con todas las fuerzas de su corazón. La pintura, tal como quedó y tal como ustedes la contemplan, lleva la impronta del artista, donde se proyecta un estilo personal, original y de alto valor estético. No hizo falta que utilizara lienzos, paletas, pinturas, pinceles y brochas de costosa procedencia. Bastó con su imaginación para crear esta imagen casi surrealista, que habla por sí misma y donde cualquier explicación queda al margen de toda consideración explícita.

No sé exactamente qué técnicas de la pintura digital utilizó Freddy Mamani Mamani, pero sí sé que se esmeró en la creación de esta magnífica obra, conforme pudiera alcanzar un resultado concreto que superara sus propias expectativas como diseñador de tatuajes de asombrosa calidad estética.

El aguayo, en el que me carga el Tío, es un tejido andino tradicional hecho con ovillos de lana de llama, oveja o alpaca. No parece estar elaborado en máquina tejedora, sino por las diestras manos de las mujeres del altiplano, que aprendieron de sus antepasados a conservar la cultura ancestral por medio de este telar de  pampa sawa (de suelo), donde se refleja la identidad y la cosmovisión de los quechuas y aymaras, cuya historia milenaria está expresada en este tipo de aguayos de colores vivos y diseños geométricos, que parecen los plumajes multicolores de un ave tropical, simbolizando el universo mágico y, a veces, secreto de los habitantes del antiguo Tawantinsuyo.

El Tío, que conoce desde siempre esta belleza textil, no tuvo mejor idea que cargarme a las espaldas, quizás, por ser su legítimo escribano, o, quizás, porque quería tenerme en las galerías de los dantescos socavones, donde está su reino y donde soy su convidado especial; un privilegio que me lo gané a pulso desde que escribí los primeros cuentos que él me sopló en los oídos, a partir de su larga vida como amo y señor de los mineros, un testimonio personal que quedará escrito en los anales de la historia, como si fuese la mismísima Biblia del Diablo.

Freddy Mamani Mamani, excelente artista de los trazos y colores, no dudó en retratarme como una guagua raptada por el Supay (diablo) andino, que luce el guardatojo atravesado por sus cuernos, la indumentaria a la usanza de los cooperativistas mineros y un semblante que genera espanto como todo personaje de cola y patas de macho cabrío, que habitan en el subsuelo y es dueño de las riquezas minerales. Se lo ve como si huyera de la luz del día, volteando la mirada pícara y penetrante hacia lo que va quedando atrás, para luego meterse, chapoteando en las aguas de copajira, en el desmesurado bostezo de la montaña, donde no existe otra iluminación que la mortecina luz de la lámpara enganchada al guardatojo.

El Tío, con el cigarrillo encendido entre los dientes, la infaltable bolsa de coca y la botella de alcohol, me lleva a cuestas como un q’epiri (cargador), como si de veras me raptara por puro gusto y capricho, con la intención de tenerme como rehén en algún recóndito lugar de su paraje, donde los mineros pijchan, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y botellas de aguardiente, sin importarle mucho si su escribano se sentirá bien o mal en medio del silencio y la impenetrable oscuridad de las galerías, parajes, buzones y chimeneas

Sea como fuere, en mi condición de escribano del Tío, tengo la cabeza ladeada, la cabellera canosa, la barba plateada y los ojos entornados, como si cavilara en las aventuras y desventuras del personaje central de la mitología mineras, mientras se me caen los libros de la mano, que, en realidad, son más los libros del Tío que de este humilde servidor, quien, para bien o para mal, parece un pobre diablo.

El Tío, con decisión incuestionable y fuerza indomable, y según la interpretación del artista, prefiere llevarse a su escribano en el aguayo y no en la calcuta o q’epirina, la bolsa de lona que los mineros cargan a la espalda para llevar algunos elementos necesarios para la jornada, como dinamitas, guías con capsulas de percusión, hojas de coca, cigarrillos y hasta una botella de té o aguardiente, para pijchar y ch’allar en el paraje del Tío.

Es de suponer que el Tío dobló el aguayo cuadrado en forma de triángulo, me colocó con la espalda apoyada en la parte doblada, hizo pasar la punta inferior del triángulo entre mis piernas, a modo de crear un asiento firme y seguro. Luego agarró las otras puntas y, aventando el aguayo por encima de sus robustos hombros, me acomodó en su espalda, anudando las esquinas a la altura de su pecho. Como se ve en esta pintura, quedé acomodado de manera ergonómica para evitar cualquier dolor, con la cabeza fuera del aguayo, pero con el cuerpo pegadito contra las espaldas del Tío.

Freddy Mamani Mamani, como todo artista profesional, entregado a merced de su fantasía, jugó con la técnica de capas superpuestas, comenzando con tonos suaves y claros, para culminar en los tonos oscuros para crear volúmenes, sin más recursos que las herramientas puestas a disposición de cualquiera por las nuevas tecnologías digitales.

Esta innovadora técnica artística, a pesar de estar realizada en miniatura, está lejos de los graffitis y murales monumentales. El artista prefirió plasmar la obra de su creación en formato pequeño, no porque le faltó más superficie en la pantalla de la computadora, sino porque así se vería mejor incluso en un celular que apenas cabe en la palma de la mano.

En la pintura digital destacan tonos luminosos y semitransparentes, además de las formas y líneas que revelan el fuero interno de un artista que posee el espíritu altamente sensible y la pericia de un maestro que aprendió a dominar su oficio desde la adolescencia; por eso mismo, este arte visual resultó a la medida de la capacidad creativa de Freddy Mamani Mamani, digno de ser exhibido en la portada de un libro o en una galería de arte, donde los espectadores pudieran penetrar con la mirada en la imagen y dejarse llevar en los vuelos de la imaginación hacia el mundo mágico y fantástico del Tío y su escribano.

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