VICTOR MONTOYA
LA CUEVA DEL TIO DE LA MINA
viernes, 21 de marzo de 2025


LA
BIBLIOTECA FAMILIAR DE UNA VORAZ LECTORA
No
sé si mi madre conocía la sentencia de Emerson que Borges solía citar: Una biblioteca es
una especie de gabinete mágico. En ese gabinete están encantados los mejores
espíritus de la humanidad”,
pero sí sé que ella reunió en una pequeña biblioteca familiar algunas obras que
eran de su preferencia y otras que compraba por necesidad laboral.
Yo
les echaba un vistazo, de cuando en cuando, a los libros que tenía mi madre, no
en su dormitorio, sino apilados en una vitrina-estante que ella puso, por
razones obvias, en una de las esquinas del cuarto que yo ocupaba todos los días
y todas la noches para actividades ajenas a la literatura.
Si
mi madre tenía algunos libros de su interés, y que los compró con su magro
salario, no fue tanto porque disponía de todo el tiempo del mundo para leer,
sino porque era maestra de educación primaria y secundaria, y una madre con una
pila de hijos, que reducían a poco su hábito de la lectura. Sin embargo, era
una persona que, gustosamente, podía perderse en la frondosidad del bosque de
palabras, en ese laberinto de renglones y párrafos, donde estaba la luz del
conocimiento humano y la extensión de la imaginación.
Lo
interesante de todo es que, algunas noches, ya recostada en la cama, la veía
leer hasta que se le cerraban los ojos de cansancio y el libro se le caía, con
las páginas abiertas, sobre la cara o el pecho. Otras veces, cuando yo llegaba
tarde a casa, después de concluidas mis travesuras en el pueblo, la encontraba
sentada en el sillón de la sala, durmiendo con el libro abierto sobre el
regazo. No cabe duda de que era una voraz lectora, hasta el extremo de que leía
todo lo caía en sus manos.
Desde
su infancia había cultivado su afición por los libros. Se decía que de joven
leía a toda hora, que estando en la Normal Simón Bolívar, donde estudió para
ser maestra, hacia beber tinta, por
ser la mejor en todas las asignaturas, a sus compañeros de curso. Leyó a los
clásicos de la literatura universal, a los escritores del boom de la literatura latinoamericana y a los autores bolivianos
cuyas obras formaban parte de la asignatura de lenguaje y literatura de la
educación secundaria. No todos eran de su agrado, pero estaba obligada, en su
condición de profesora, a leerlos para impartir las lecciones en el aula.
Los
libros que leyó en su adolescencia, incluidas las obras eróticas de Anaïs Nin,
Marguerite Duras y Vargas Vila, fueron lecturas pasionales, de curiosidad y
aprendizaje que le marcaron por el resto de sus días, como las novelitas de
Corín Tellado. Así fue que en su edad adulta, leía con devoción las novelas,
salpicadas de erotismo, de Mario Vargas Llosa o Vladimir Nabokov.
Mi
madre solía contar que, incluso cuando vivía con su hermana mayor, en la calle
Illampu de la ciudad de La Paz, se daba modos de aprovechar la biblioteca de su
hermano, el ideólogo trotskista Guillermo Lora, para leer libros a los que no
siempre tenían acceso los lectores bolivianos, puesto que eran verdaderas
reliquias que él adquiría de los libreros que atesoraban ediciones exclusivas
de algunas obras difíciles de encontrar en las librerías y bibliotecas
nacionales. Ella, sin previo permiso de su legítimo dueño, leyó varios de estos
fabulosos volúmenes sentada en la cama y hasta tardes horas de la noche;
prácticamente, hasta que su hermana mayor, por razones del elevado costo de la
electricidad, apagaba la luz a una hora determinada, sin considerar si mi madre
se encontraba en la parte más emocionante del libro, justo en esas partes en las
que los lectores no están dispuestos a cerrar el libro porque están disfrutando
de la lectura con los cinco sentidos.
Recuerdo
que siempre leía hasta tardes horas de la noche, cuando ya sus pequeños hijos
estaban dormidos, aunque la luz del foco iluminaba más sus ojos que las páginas
del libro, una forma inapropiada de leer por las noches, sin una lámpara
apropiada en el velador de la cama ni una luz diáfana que evitara estropearle
la vista.
Era
sorprendente ver la variedad de los libros que, de vez en vez, aparecían
apilados sobre su velador, cerca de la cabecera de la cama. Yo, sinceramente,
no entendía esta manía por los libros, sino hasta que yo mismo me convertí en
un apasionado lector de obras literarias que llegaron a mi vida a través de las
obras que mi madre puso al alcance de mis manos.
Fue
entonces que me hice consciente de que algunas lectoras, como mi madre, no
podían vivir ni dormir sin leer algo que les ofrezca el infinito placer de
transportarlas en la imaginación hacia mundos ajenos a su realidad cotidiana y
de la mano de los autores que las conducían, a través del caudal de palabras
escritas, hacia mundos diversos y fascinantes, que se constituían en el aire
que respiraban y en el espacio donde ellas eran las que más disfrutaban de las aventuras
y desventuras de las historias y los personajes creados por el autor, que
siempre tenían algo que ofrecer a sus lectoras, que no podían concebir una vida
sin libros, así el libro, en una sociedad de consumo, sea un artículo de lujo y
no un derecho de cualquier ciudadano del mundo.
Mi
madre leía con sumo interés a los fabulistas de todos los tiempos, quizás por
eso, hablaba con parábolas, sentencias y moralejas, que le permitían sintetizar
sus ideas y sentimientos y poner en jaque los argumentos de sus interlocutores;
una forma de abreviar las extensas exposiciones de las personas acostumbradas a
hablar como cotorras solo por el hecho de hablar por hablar, porque tienen boca, pero no siempre la razón,
como decía mi madre cada vez que tapaba la boca de sus interlocutores
echándoles en la cara un simple proverbio o una moraleja universal.
Las
lecturas de mi madre hicieron de ella una persona culta, con conocimientos que
no adquirió en las academias ni en las casas superiores de estudio, sino en los
libros que cuidaba y cobijaba en su pequeña biblioteca familiar, una suerte de
cofre donde estaban algunas de las joyas de la literatura nacional y mundial,
un territorio poblado de palabras donde ella se refugiaba para sortear las
obligaciones domésticas y rescatar el tiempo que dedicaba a su trabajo y sus
hijos.
La
pequeña biblioteca de mi madre fue un espacio suficiente que le proporcionaba
una inconmensurable satisfacción y una sobrada felicidad, que ella necesitaba
como toda mujer profesional, madre de familia y ama de casa. Si bien mi madre nunca fue una biblioteca andante, al
menos fue, por vocación y afición, una genuina lectora de libros que rellenaban
su silencio y tranquilidad, ya sea en las buenas o en las malas. No en vano se la podía encontrar,
sentada junto a la mesa del comedor, con los diarios abiertos de par en par,
entreteniéndose con las imágenes y columnas, sobre todo, de los suplementos
culturales y literarios, un ejercicio cotidiano que practicó sagradamente, con
rigurosa disciplina y asombrosa fuerza de voluntad, a lo largo de su
octogenaria vida.
Los
libros fueron en su vida los fieles amigos que la acompañaban, sin pedirle nada
a cambio y toda vez que había la ocasión, en sus días menos ajetreados y en sus
noches de insomnio. De ese modo aprendió a repetir de memoria algunos poemas y
a recontar las fábulas que estaban llenas de valores éticos, estéticos y
didácticos. Ella, sin mezquindad alguna, estaba siempre dispuesta a impartir
sus conocimientos a sus alumnos en su condición de profesora de educación
primaria y secundaria, o a compartir entre sus colegas, con humildad y
generosidad a toda prueba, sus doctas enseñanzas, sabidurías que ella misma
aprendió en las páginas de los libros que leyó toda su vida.
No
está por demás decir que mi madre tenía una prodigiosa memoria, porque así como
memorizaba las parábolas bíblicas, memorizaba también los versos de los poetas
clásicos y contemporáneos. Desde luego que había libros que eran de su
preferencia y que los leía con el amor que recomendaba Pablo Neruda. Tengo la
certeza de que ella leía, casi siempre, los libros que eran de su interés,
porque la lectura debía ser una suerte de regocijo, una experiencia de
relajamiento, un espacio de absoluta felicidad como concebían Emerson y
Montaigne. Ella estaba convencida de que cualquier esfuerzo por leer un libro
por obligación no conducía a forjar ni a estimular el hábito de la lectura.
Al
ver a mi madre con el libro entre las manos, desde los años de mi infancia, me
hizo consciente de que algunas lectoras no pueden vivir ni dormir mientras no
hayan leído las páginas de un libro que, de estar bien escrito y a la altura de
sus expectativas, les proporciona la honda satisfacción de haber surfeado en
las olas de la imaginación, de haber expandido su visión del mundo y haber
alcanzado un territorio solaz y maravilloso, donde el alma se llena de
felicidad y la mente de conocimientos.
De mi madre aprendí el gusto por la lectura, ya que ella parecía una mariposa libando el néctar de los libros y yo quería parecerme a ella, que jamás dejó de ser una voraz lectora de la literatura nacional y mundial, hasta el día en que, rodeada de su seres queridos, sus libros favoritos y mirando su pequeña biblioteca familiar, falleció en el invierno de 2020, en Estocolmo, Suecia.
domingo, 16 de marzo de 2025
LOS DERECHOS HUMANOS Y LA POESÍA
El
escritor Víctor Montoya es uno de los invitados, en calidad de panelista, al
Coloquio Poético La Poesía en la Memoria
Histórica, en el marco de las 20º
Jornada por los Derechos Humanos y la Poesía, en conmemoración al Día Mundial
de la Poesía, que se celebra anualmente cada 21 de marzo desde el año 2000,
luego de haber sido proclamada por UNESCO en noviembre de 1999, con el
propósito de establecer una plataforma cultural para honrar a los poetas,
revivir las tradiciones orales de recitales de poesía, y promover la lectura,
escritura y enseñanza de una de las mejores manifestaciones artísticas del pensamiento
y la imaginación del ser humano.
La
organización de esta importante actividad está a cargo del Centro Albor Arte y Cultura que, desde hace 27 años de incansable trabajo
en la ciudad de El Alto, no ha dejado de desarrollar proyectos y programas artístico-culturales
destinados a los niños, jóvenes y población en general, con la perspectiva de
rescatar la cultura del país desde la memoria histórica, la lucha contra el
racismo, la defensa de los Derechos Humanos y la identidad cultural.
El acto se realizará este 20 de marzo, a Hrs. 19:00, en el Auditorio del Museo de Arte Antonio Paredes Candia de El Alto (Ciudad Satélite, plan 561, calle Núñez del Prado, a unos pasos del Teleférico Amarillo).
lunes, 3 de marzo de 2025
DOS ARTISTAS CHILENOS EN EL STADHUS DE
LIDINGÖ
El pintor venezolano Francisco Blanco, a
tiempo de inaugurar la exposición de Salazar Luna y Jeanette Sepúlveda, se
refirió a una anécdota de Gabriel García Márquez: Cuando a él le preguntaron alguna vez cuál era su color, dijo: ‘el
amarillo’. ¿Pero qué clase de amarillo, exactamente? ‘El amarillo del Caribe a
las tres de la tarde visto desde Jamaica’, contestó. Así, como esta respuesta,
los cuadros de Salazar y Sepúlveda nos invitan a descubrir y comprender la
realidad objetiva, que es una especie de aureola que envuelve a los artistas.
La muestra pictórica de Salazar Luna y
Jeanette Sepúlveda es un breve recorrido por las venas abiertas de América Latina, pues apenas se entra en la sala
de exposiciones del Stadhus de Lidingö, el visitante se enfrenta a un altar
erigido en una pared lateral, desde el cual se bifurcan dos caminos
alfombrados, representando la ruta seguida por los conquistadores; por uno de
los caminos arribaron al Nuevo Mundo
y por el otro retornaron con todo el oro y la plata que saquearon de las
civilizaciones precolombinas, mismas que fueron vencidas y sometidas a sangre y
fuego. El altar presenta textos arrancados de la obra de Eduardo Galeano,
quien, como ninguno, intentó reescribir la verdadera historia de un continente
expoliado violentamente desde la llegada de Cristóbal Colón a tierras del Abya
Ayala.
Según Salazar Luna (Maitencillo, 1956),
la exposición tiene una doble importancia; primero, porque este año se cumple
el V Centenario del Descubrimiento de
América y, segundo, para recordarles
a los europeos y latinoamericanos que el problema de nuestros pueblos sigue
siendo el catolicismo, es decir, la religión. Este artista plástico
autodidacta, que se inició haciendo instalaciones en galerías argentinas, logra
plasmar en los lienzos, resaltando volúmenes, formas y transparencias, una
historia poco conocida del continente americano.
Las obras de Salazar Luna, denominadas 500 años con la cruz y la espada, no son
el producto de una mera casualidad, sino un trabajo madurado durante varios
años. No en vano sus cerámicas, sus dibujos con tinta china, sus acrílicos y
óleos, encierran un claro mensaje vislumbrándose en el rostro de los indígenas,
en las armaduras de hierro y las cruces de los conquistadores. Asimismo, la
serie de dibujos que él denominó El sueño
de Bolívar y cuyos títulos son de por sí sugerentes: tenemos las mismas manos, la misma voz, la misma sangre…,
constituye un vehemente llamado a la conciencia colectiva.
Jeanette Sepúlveda (Santiago, 1958), que
estudió arte en la Universidad Católica de su ciudad natal, tiene una
producción que refleja su mundo existencial, las añoranzas, la ecología, los
insomnios, las relaciones humanas y sus asuntos. La grandeza de las culturas
precolombinas, donde se amalgaman la realidad y la fantasía, el realismo y
surrealismo, es una suerte de estilos y colores que exaltan figuras que
representan la simbología de los mochicas, el calendario de los aztecas, las
pirámides y las plazas de la civilización maya, donde los habitantes,
protegidos por un dios ancestral que los contempla desde las alturas, llaman la
atención por la variedad e intensidad de los colores.
Jeanette Sepúlveda, refiriéndose a su obra agrupada bajo el tema Vida y esperanza, señala: Mi trabajo pictórico es el resultado de situaciones cotidianas; de modo que la mayoría de las cosas que pienso, siento, escucho y veo están reflejadas en mi pintura. Me gusta dejarme llevar por lo que mi subconsciente me pueda entregar, pero también hay una búsqueda consciente de querer lograr un lenguaje pictórico original. No quiero repetir lo que ya existe, sino crear una pintura que tenga un sello personal.
Sin embargo, en los óleos y collages de
Jeanette Sepúlveda no solo se explayan las vivencias personales, sino también
colectivas; más aún, cuando la artista ha tomado muchos elementos prestados de
las culturas precolombinas que, una vez incorporados a sus cuadros, han pasado
a formar parte de su mundo artístico.
En síntesis, la exposición de Salazar Luna y Jeanette Sepúlveda es una buena ocasión para recordarnos que la celebración del V Centenario, del llamado “Descubrimiento de América”, no es más que una festividad que tiende a encubrir los 500 años de genocidio y saqueo perpetrados por los conquistadores en las tierras del Nuevo Mundo.
jueves, 20 de febrero de 2025
EL
PÁJARO CAMPANA
Cuando
los árboles se miraban en las aguas del río y el sol ofrecía vida con su luz
dorada, nació un pichón de bellísimo plumaje.
Los
animales del bosque, al escuchar la melodía de sus trinos, le pusieron el
nombre de Pájaro Campana.
Una
mañana, que tenía en sí algo de divino, el pájaro de plumaje rojo y piquito
negro salió de su nido, desplegó sus alas al viento y voló como una chispa
alegre más allá del horizonte.
Las
ramas eran mecidas por el viento y los animales arrullados por los trinos del
pájaro cantor, que volaba haciendo círculos en el espacio donde las nubes
fueron barridas por el sol.
La
noche tendió su manto sobre el bosque y el Pájaro Campana volvió a su nido bajo
el cielo salpicado de estrellas.
A
fines de la más límpida estación del año, cuando el bosque estaba como botánico
en plenitud, llegó un gorila feroz desde el otro lado del río.
El
Pájaro Campana no advirtió la llegada del cazador, pero los animales,
escondidos tras las piedras y los troncos, atisbaban al gorila que se internaba
en el bosque a paso marcial.
El
vértigo de los días tristes aún no se presentó, por eso el sol resplandecía
alegre, esperando que el Pájaro Campana volara por encima de los árboles,
desgranando sus canciones cual racimos de flores.
Esa
misma mañana, el pájaro de plumaje rojo y piquito negro voló como un cometa de
papel. Su corazón galopaba como un corcel y su sangre corría por sus arterias
como un ganado de vacas en tropel. Sus ojos, que eran la luz de su conciencia,
veían alejarse la vida y acercarse la muerte, mientras su canto hacía surcos en
el aire.
El
gorila, tendido sobre el follaje, escuchó el canto del Pájaro Campana. Alistó
su escopeta y, tras apuntar contra la llamita de fuego, presionó el gatillo y
la bala desapareció en la carne vida del pajarito. Pero él, que tenía los
huesos tenaces y los músculos bien fornidos, se dejó aterrizar agónico sobre el
pasto, con una herida abierta de donde le fluía la sangre a borbotones. Parecía
una estrella diminuta apagándose en el bosque. La sangre se le confundía con el
color de su plumaje y los latidos de su corazón con los redobles del tambor.
El
sol radiante, testigo del acto fúnebre, proyectó el espectro enorme e
impresionante del gorila. La sombra cayó justo allí donde el pájaro se retorcía
en suplicios de dolor.
–¡Muere
ya! –le gritó el gorila, con un bramido descomunal.
–No
muero –replicó el pajarito–, porque hoy mismo nacen millares de pichones con el
color de mi plumaje...
El
trágico espectáculo hizo que el sol se escondiera detrás de las nubes y las
flores se marchitaran una a una.
Al
precipitarse la noche, el gorila, cuyo corazón era más duro que la roca y más
frío que la muerte, retornó a su guarida. La luna se descompuso en aspas
fosforescentes y los animales decidieron vengar la muerte del Pájaro Campana.
Cuando
la última estrella se apagó en el cielo, el gorila salió de su guarida, la
escopeta terciada a la espalda y las botas destalonadas. Sintió retorcijones en
la panza y se echó a correr bosque adentro, articulando palabras que rebotaban
en el silencio. Cortó la respiración en su punto más alto, aspiró hasta
inflarse como un sapo y aligeró sus pasos para internarse cuanto antes bosque
adentro. Al cabo de un tiempo, se detuvo en seco y miró en derredor, sin ver ni
oír a nadie.
–Todo
ha quedado sin vida –dijo, contemplando sus botas destalonadas.
Y
en medio de un silencio insondable, los animales emprendieron su plan de
imponer justicia en el bosque. Lo primero era cercar al gorila y después
hacer..., hacer lo que vendría.
–¿Dónde
están mis presas? –se preguntó el gorila, con un tono de queja en la voz.
Las
lágrimas ahogaron su mirada y la respiración se le hizo un nudo en el pescuezo.
No sabía qué hacer, si quedarse o volver. Estaba cabizbajo y perniabierto, y su
corazón, más grande que el puño de una mano, parecía estallar contra los huesos
de su pecho.
Los
animales avanzaron hacia donde estaba el gorila, la boca espumante y los ojos
anegados. Había llegado el instante de la asonada final. El conejo lanzó un
vibrante grito de ataque y los demás se lanzaron a la carga.
El
gorila, a pesar de estar armado, no pudo retener al torrente de animales que se
le abalanzaron como el ímpetu de una ola, pero así aprendió que en el bosque no
existían seres más poderosos que la inmensa mayoría.
Pasado el incidente, aquel lugar volvió a ser como antes: el jardín florido de la tierra, y el Pájaro Campana, que renació trinando versos de justicia, voló como una bandera victoriosa anunciando la libertad.


miércoles, 12 de febrero de 2025
MARIO VARGAS LLOSA.
LOS ORÍGENES DE SU VOCACIÓN LITERARIA
Lo
fantástico y maravilloso de América Latina no solo está presente en su realidad
compleja y contradictoria, sino también en sus escritores contemporáneos, como
es el caso del escribidor Varguitas,
cuya vida y obra ha hecho correr cántaros de tinta, especialmente en Europa y
Estados Unidos, donde despertó el interés de las revistas, los simposios, las
tesis y, sobre todo, el interés de los estudiosos de la literatura
hispanoamericana.
Desde
la publicación de su libro de relatos; Los
jefes, en 1958, no ha dejado de ser una maquinaria de palabras, personajes
e historias. Cada nueva novela que ha publicado, desde La ciudad y los perros, ha sido siempre más larga y densa, con
flecos sueltos que el lector debe anudarlos para comprenderlas mejor.
Si
afirmamos que sus obras son un vasto testimonio social, por abarcar gran parte
de la realidad peruana, lo más probable es que nos conteste que no, puesto que
para él: la literatura no es una rama de
la sociología, a diferencia de lo que opinaba José Carlos Mariátegui, para
quien la literatura jamás fue algo independiente de las demás remas de la
historia.
De
cualquier modo, Lima y los cadetes en La
ciudad y los perros, el burdel y el convento en La casa verde, las prostitutas y el cuartel en Pantaleón y las visitadoras, la taberna llamada La Catedral en Conversación en La Catedral y su más auténtica autobiografía en La tía Julia y el escribidor, son
espejos que reflejan las mil y una caras del Perú, desde un extremo distinto al
de Ciro Alegría y José María Arguedas.
La
temática Vargasllosiana, a excepción de la La
guerra del fin del mundo, fue arrancada de su propia experiencia. Tanto las
escenas como los personajes son realidades que ha vivido y conocido el autor
desde su más tiernas adolescencia. Ahora bien, si a Vargas Llosa le gusta ser
el protagonista de sus cuentos y novelas, ¿por qué no existe un solo libro que
recoja las experiencias de su infancia? Será que este período de su vida fue
tan armonioso que no le sirvió de base para estructurar una novela, aferrado a
la idea de que solo las experiencias caóticas, llenas de fantasmas y demonios,
son capaces de tomar forma ordenada en una obra literaria.
Sin
embargo, a muchísimos años de haber abandonado Bolivia, él mismo nos dio
algunas pautas de su infancia, en un extenso artículo publicado en el diario
español El País, en el que dice: De uno a diez viví en Cochabamba, Bolivia, y
de esta ciudad, donde fui inocente y feliz, recuerdo, más que las cosas que
hice y las personas que conocí, las de los libros que leí: ‘Sandokán,
Nostradamus, Los tres mosqueteros, Cagliostro, Tom Sawyer, Simbad’.
Las historias de
piratas, exploradores y bandidos, los amores románticos y, también, los versos
que escondía mi madre en el velador (y que yo leía sin entender, solo porque
tenían el encanto de los prohibido) ocupaban lo mejor de mis horas.
Como era intolerable
que los libros que me gustaban se acabarían, a veces, les inventaba nuevos
capítulos o les cambiaba el final. Esas continuaciones y enmiendas de historias
ajenas fueron las primeras cosas que escribí, los primeros indicios de mi vocación
de contador de historias.
Esta
confesión del escribidor Varguitas,
nos es suficiente para saber que las raíces de su vocación literaria se hallan
en esa hermosa tierra valluna, donde no solo nació el rey del estaño boliviano, sino también un presidente que fue
colgado de un farol frente al Palacio
Quemado.
Aquel
niño de sonrisa abierta, que se contaba historias a sí mismo para dormir y
soñar con ser marinero en un país que no tiene mar, pronto llegaría a ser una
de las figuras más importantes de la novelística latinoamericana y una
verdadera autoridad en literatura universal, a quien hoy todos quieren
estrecharle la mano, incluso los monarcas del Viejo Mundo.
Sin
lugar a dudas, así como Vargas Llosa es consciente de que las películas de
aventuras que vio en los cines cochabambinos y los libros que leyó con cariño
le sirvieron de estímulos en su carrera de escribidor, es también consciente de
que su literatura está objetivamente concentrada en el Perú, a pesar de haber
vivido tantos años en un país acorralado por los golpes de Estado.
Por
otro lado, lo que hasta ahora no ha acabado de comprender es: ¿Por qué escribe?
¿Qué es escribir? Lo único que sabe Varguitas,
después de haberse consolidado como escritor, es que siempre ha vivido acosado
por la tentación de convertir en ficción todas las cosas que le pasaban en
carne propia. Quizás por eso sea el mejor escribidor de su propia historia.
Cuando
retornó al Perú, haciendo sonar las erres
y las eses, la primera impresión que
se le apoderó en Camaná, ciudad costera ubicada en el departamento de Arequipa,
fue ver las olas bravías de la mar, donde se zambulló y le picó un cangrejo,
vaya a saber en qué lugar.
No
obstante, solo más tarde aprendió a conocer la verdadera realidad del Perú;
concretamente, cuando ingresó al Colegio Militar Leoncio Prado, que era un microcosmos de la sociedad peruana,
rodeado por muros grisáceos, en donde
lo único que interesaba era tener huevos
de acero.
Mario
Vargas Llosa es el arquetipo del escritor profesional cuya actividad puede ser
comparada con la de un oficinista, que se levanta a la siete de las mañana y a
las ocho está ya trabajando con todo el furor de su alma, porque, en su
opinión, el escritor debe trabajar como
un peón. Cuando aún era adolescente no sabía de donde robar tiempo para la
escritura y, cuando era joven, su aspiración era llegar a ser como el plumífero Pedro Camacho.
Con
el transcurso del tiempo, sus ilusiones se trocaron en realidad, ya que desde
que llegó a Madrid para obtener el doctorado en Derecho, y luego a París, donde
vivió siete años y trabajó como periodista, no simplemente tuvo tiempo para
leer sino también para escribir.
Para
este autor, que odia su país con ternura, la literatura no se ha limitado a ser
una actividad de fines de semana o de vacaciones, sino la obsesión de su vida, una especie de esclavitud en la que uno
encuentra una extraordinaria libertad.
Mario Vargas Llosa, a lo largo de su trayectoria, ha escrito ensayos, obras de teatro, novelas y artículos de periodismo, oficio al que está agradecido por haberlo nutrido de valiosas experiencias. De no haber sido el periodismo, jamás hubiera podido escribir ‘Conversación en La Catedral’, ni buena parte de ‘Los cachorros’, ni ‘La casa verde’, Y, con mayor razón, ‘La tía Julia y el escribidor’, confesó este autor peruano, cuya vocación literaria despertó leyendo libros de aventuras, mientras transcurría su infancia en la ciudad valluna de Cochabamba.
domingo, 9 de febrero de 2025
MILAN
KUNDERA, EL ESCRITOR DISIDENTE
Este
escritor checoslovaco nació en Brno, en 1929, y falleció en París, en 2023. Ya
durante la Primavera de Praga ejercía
la cátedra de cinematografía y escultura. Su novela, La broma (1967), batió el récord de ventas en todas las librerías.
Solo en 30 días se agotaron más de 120.000 ejemplares. Cuando se la llevó a la
pantalla, fue la película más taquillera del año.
Obtuvo
el Premio de la Unión de Escritores Checoslovacos en 1968. Luego del proceso de
liberalización, que fue derrotado por los tanques del Pacto de Varsovia, La broma fue prohibida y retirada de las
bibliotecas, acusada de que su leitmotiv
reivindicaba la imagen de Trotsky y se burlaba de los lemas sagrados de la
época estalinista.
Milan
Kundera se estableció en París desde 1975 y desde 1979 fue privado a su
nacionalidad. A poco de abandonar su ciudad, encandilado por la gran rebelión
húngara, la Primavera de Praga y los
movimientos estudiantiles polacos de 1958, 1968 y 1970, intentó explicar el
avasallamiento cultural del que estaba siendo objeto su país por parte de una
potencia limítrofe, con la que jamás tuvo ningún contacto a lo largo de su
milenaria historia.
Cada
vez que dictaba una conferencia o concedía una entrevista, aprovechaba el menor
resquicio para denunciar los atropellos que cometía la Unión Soviética en
contra de la libertad de expresión en Checoslovaquia, debido a que algo
semejante no había ocurrido ni siquiera bajo la ocupación del nazismo alemán
durante la Segunda Guerra Mundial.
Me veo a mí
mismo como uno de los últimos artistas de la gran cultura centroeuropea, que
está a punto de ser masacrada –decía–, porque lo que está pasando en Europa central es precisamente la masare
de su cultura (…) Todo proviene de allí: el psicoanálisis, el estructuralismo,
la dodecafonía, el teatro del absurdo.
A
pesar del regusto de la nostalgia y la ira acumulada, Kundera era un autor
leído y reconocido en los países de Occidente. Recibió muchos premios y diversas
distinciones. Sus novelas: La broma, La
vida está en otra parte, El libro de la risa y el olvido y La insoportable levedad del ser, han
sido traducidas a varios idiomas.
Parece
extraño, pero sus libros son similares en forma y contenido. La primera tiene
su germen en los años del estalinismo en Bohemia y su declive en 1965, la
segunda recoge los acontecimientos que conmovieron a su país en 1968 y El libro de la risa y el olvido cuenta
la historia de una hermosa mujer, cuyo exilio va borrando de su mente a su esposo,
su ciudad y los recuerdos de su pasado. Son libros que están lejos de parecerse
a las novelas históricas y a las crónicas políticas, ya que para Kundera, la
creación literaria, más que ser una sarta de verdades morales o una fuente de
profecías sociales, es la síntesis de la filosofía, la narración, los sueños y
la autobiografía. No me gusta reducir la
literatura a una lectura política –sostenía–, aunque la palabra disidente significa suponerle a uno una literatura
de tesis. En efecto, Kundera hacía mucho que trazó la línea divisoria entre
el verdadero valor estético de la novela y la profecía política del ensayo o el
panfleto literario de segunda categoría.
Como
pocos de los intelectuales de los países del Este exiliados en Occidente, Milan
Kundera se sentía incómodo en su papel de disidente, ya que, a pesar de estar
lejos de su tierra, vibraba junto a los acontecimientos que sacudían a Europa
central, donde la buena literatura brillaba por su ausencia, y no porque
faltaran artesanos de la palabra escrita, sino porque publicar esta literatura
implicaba someterse a una censura puntillosa o bien arriesgarse en el azaroso
mundo de las ediciones clandestinas.
Milan Kundera, al margen de sus novelas salpicadas de erotismo y exentas de todo realismo mágico, ha publicado innumerables artículos que versa sobre el arte de escribir y la situación geopolítica de los países que dependían de la Unión Soviética.
Este escritor checo, que tenía los pies puestos en Occidente y su corazón en el Este, entró y salió de París, esperanzado en que algún día pudiera retornar a la ciudad que lo vio nacer, y confiado en que el movimiento popular polaco, organizado en torno a Solidaridad, pudiera arrancar mayores concesiones al régimen de Jaruselsky. Mientras tanto, siguió siendo un disidente que se comparaba con el piano de Frédéric Chopin: Pienso a menudo en Chopin –confesó–. La ocupación rusa le impide volver a su Polonia nativa (…) En Varsovia, catorce años después de su muerte, los soldados rusos tiran su piano por la ventana del cuarto piso. Hoy toda la cultura de Europa central comparte la suerte del piano de Chopin.
viernes, 31 de enero de 2025
MICROTEXTOS VIII
El Tío, amo y mentor
El Tío, que era mi amo y mentor, me saludó con un beso en la
frente y dijo:
–¡Soy yo quien hace que hables o que no hables! ¡Soy yo quien hace
que puedas oír o que no oigas nada! ¡Soy yo quien puede hacerte ver o dejarte
ciego! ¡Soy yo quien te dicta lo que debes escribir, pues si no te dicto, tú no
sabes qué escribir para atrapar la atención de los lectores.
–Ya no quiero que me dictes nada –supliqué enfurecido.
–Si no te dicto, ¿qué escribirás?
–No quiero ser más tu escribano. No quiero escribir nada, nada de
nada.
–Si esa es tu voluntad. ¡Jódete, pues, carajo!
Escribano del Tío
–¿Por qué escribo sobre los mineros?
–Porque me da la gana.
–¿Por qué escribo lo que escribo?
–Porque me da la gana.
–¿Y por qué escribo sobre el Tío de la mina?
–Porque soy su escribano. Nada más ni nada menos que su escribano.
Simple esclavo
–¿Por qué me vas a quitar la vida? –preguntó el Tío.
–Porque el escritor decide sobre la vida y la muerte de sus
personajes.
El Tío me miró a los ojos con los ojos anegados en lágrimas y
exhaló un lastimero suspiro.
Lo miré entero y, como tantas veces que lo tuve entre mis manos,
añadí:
–El escritor siempre tiene la última palabra. Él decide cuando
darles vida a su personaje y cuando quitárselas.
–¡No me jodas con eso!
–exclamó el Tío–. Tú no eres mi creador, sino apenas mi escribano. Por lo
tanto, yo te diré cuándo debes quitarme la vida, mientras tanto sigue
escribiendo sobre mis aventuras y desventuras, porque tú no eres un escritor
independiente, sino mi esclavo, nada más que mi simple esclavo…
Es que…
Hace tiempo que no te sientas junto a mí, no compartes un
trago conmigo, ni me ch’allas como
debe ser.
–Es que…
–Además, me gustaría saber para qué me trajiste a tu casa,
sabiendo que soy pájaro de otra jaula.
–Es que…
–¡Devuélveme a la misma mina de donde me sacaste o te arrepentirás
de haber nacido, carajo!
–Es que…
–¡Es que…, es que…, es que…! ¡Eso es lo único que sabes
balbucear como un opa, carajo! Si esta noche no traes mis golosinas -lo que más
me gusta, y guarde que no te estoy pidiendo que me traigas a tu mujer, que
también me gusta, sino mis k’uyunas,
mis botellas de alcohol de 90 grados y mis hojas de coca-, te joderás para
siempre. Dejaré de contarte mis historias y tú dejarás de ser mi escribano…
–Es que…
–Ya sabes, carajo. Si no cumples con las obligaciones que
tienes conmigo, haré que te tragues a todos los sapos que tienes en tu
colección, que arrojes gusanos por todos los agujeros de tu cuerpo y que tu
muñeco no vuelva a pararse más, así tengas a la mujer más bella del mundo
delante de tus ojos. ¡Te castigaré sin remordimientos ni contemplaciones, para
que aprendas, de una vez y para siempre, quién es tu amo y señor, carajo!
–Es que…
–Deja ya de decir es
que, porque me haces doler la cabeza como cuando me hablas de Dios. Ahora
date prisa y trae mis golosinas antes de que te borre de un plumazo del mapa.
–Es que…, es que…, es que no sé cómo decirte para que me
dejes seguir siendo tu escribano, nada más que tu escribano….
–Para empezar, tienes que terminar de decir es que…
miércoles, 15 de enero de 2025
MICROTEXTOS
VII
Los
prodigios del alcohol
La
borrachera de los poetas malditos no
es en vano, ni mucho menos una absurda pérdida de tiempo, ya que después de
salir de la resaca, la borrachera es fuente de inspiración lírica y un tema de
interés tanto para los abstemios como para los adictos a las bebidas
espirituosas. A continuación les presento un poema de altos grados de invención
poética y oficio escritural:
…Copete nuestro
que estás envasado,/ santificado sea tu grado,/ venga a nosotros tu alcohol,/
hágase tu voluntad,/ así en caja como en botella./ Danos hoy la chela de cada
día,/ perdona a los que no toman/ como nosotros perdonamos/ a los que no
convidan./ No nos dejes caer al suelo/ y líbranos del yogurt...
Este
poema, quizás anónimo, pero con la fuerza semántica y prosódica de las palabras
articuladas armónicamente en cada verso, es un regio ejemplo de que la
borrachera, desdeñada por los puritanos del clero y las damiselas mojigatas, es
una actividad donde doblar el codo es un ejercicio estimulante para la
ingeniosa creatividad de los poetas
malditos, quienes, aferrados a los prodigios del alcohol, respiran poesía
por todos los poros de la piel.
Derribar
muros
Derribar
muros y vallas, las fronteras entre ricos y pobres, entre blancos y negros,
entre indios y gringos; entre hombres y mujeres, entre inmigrantes legales e
ilegales, debe ser el objetivo de todos y cada uno de nosotros, que deseamos
vivir en un mundo donde todos tengamos los mismos derechos y las mismas
responsabilidades, indistintamente de las diferencias culturales, raciales,
lingüísticas, religiosas y las diversidades ideológicas y de género.
Derribar
los muros entre el Sur y el Norte, entre la vida y la muerte, entre Dios y el
Diablo, entre creyentes y ateos, entre gobernantes y gobernados, debe ser el
objetivo para forjar un sistema socioeconómico que no sea capitalista ni
comunista (Uds. pónganle el nombre a la nueva sociedad), sino una patria grande
y equitativa, sin explotados ni explotadores, donde reine el amor y la paz, la
hermandad y la felicidad, y donde el valor humano no esté basado en el
principio del tener, sino del ser, del ser un individuo con derecho a elegir,
en absoluta libertad, la vida que se quiere vivir en armonía y plenitud.
Cuarto
periodo del sueño
Según
mis cálculos oníricos y no según los cálculos de los psicoanalistas, mi sueño
estaba dividido en cuatro períodos sucesivos pero diferentes. En el cuarto
periodo, vi a Fromm agarrado de la mano de Freud y a Engels agarrado de la mano
de Marx. Los vi a los cuatro encerrados en un cuarto a media luz, donde Fromm y
Freud yacían sobre un diván, con los ojos cerrados y la hebra de un cigarro en
los labios; en tanto Engels y Marx estaban sentados en un mullido sillón,
mirándose a los ojos y discutiendo acaloradamente, como si sus voces se
sobrepusieran al tiempo y la muerte. Y, como es de suponer, de estas sesudas
discusiones el que no sale dormido, al menos, sale jodido y confundido.
Cuando
desperté, los cuatro estaban todavía en el cuarto, como fantasmas que retornan
al reino de los vivos, para repetirse, una y otra vez, hasta que sus razonamientos
dejen de ser simples teorías para convertirse en pilares fundamentales de las
ciencias humanas.
Supersticiones
Mi
bisabuela decía que una mujer, durante la menstruación, no era la misma de
siempre. No podía hacer mantequilla, mayonesa, ni preparar productos lácteos,
porque la leche se cortaría. Tampoco podía sembrar en el campo o en la casa,
porque las plantas se secarían como quemadas por un implacable sol. Tampoco
podía dar de comer a los animales domésticos, porque éstos se morirían como
atacados por un virus desconocido. Las supersticiones de mi bisabuela, sin
lugar a dudas, estaban relacionadas con la pureza y la impureza de la mujer,
como si la menstruación no fuese un proceso biológico normal, sino una
maldición divina.
Justicia
comunitaria
La
niña fue violada por su padrastro desde que ella tenía 13 años, mientras la
madre, todas las mañanas, se marchaba a trabajar en el campo.
Así
pasó el tiempo, sin que la madre se diera cuenta de lo qué estaba pasando en su
propia casa, hasta que la niña, que no asistía a la escuela, terminó
embarazada. Cuando empezó a crecerle el vientre y llegó el momento en que no
pudo ocultar más el delito de la violación, la niña, que se la pasaba encerrada
y llorando en su cuarto, no sabía cómo confesarle a su madre que era víctima de
toques impúdicos y agresiones sexuales por parte de su padrastro, un hombre de
sesenta años, desocupado y depravado sexual.
La
madre, al darse cuenta que algo andaba mal, le preguntó qué le estaba pasando.
La menor, luego de insistencias y deshecha en lágrimas, logró revelarle la
verdad, una verdad que conmocionaría a la pequeña población campesina.
–Si
no te conté era porque él, apuntándome con un cuchillo, me amenazaba de muerte…
La
madre, luego de salir del shock, se abalanzó sobre su hija, la abrazó con
ternura y lloró junto con ella, como a quien se le derrumba el mundo y se le
acaban las ganas de vivir.
Pero
no todo estaba perdido. La madre, asesorada por una mujer adulta, denunció el
detestable hecho a las autoridades de la comunidad. El padrastro fue detenido y
sometido a medidas cautelares, mientras se procedía a la investigación del
insólito caso.
Cuando
las autoridades dictaminaron la culpabilidad del padrastro, todos los
implicados batieron palmas y mostraron su conformidad con el fallo de la
justicia comunitaria. No obstante, el autor de la violación y el embarazo, para
evitar la cárcel, tomó la decisión de casarse con su hijastra.
Así
fue cómo la menor, poco antes de cumplir los catorce años y con el
consentimiento de su madre y la justicia indígena comunitaria, dio a luz a un
niño cuyo espeluznante aspecto, con malformaciones físicas que, de solo
mirarlo, dejaba a cualquiera con la boca abierta y la sangre helada en las
venas.
Las vecinas no salían de su asombro al saber que
el violador, como si nada hubiese pasado en su vida, seguía conviviendo con la
madre y la hija.
–¡Este
viejo cochino! –maldecían las mujeres cargadas de rencor–. ¡Debía morirse para
arder en el infierno!
La menor, cuando salía de compras al mercado, llevaba a su criatura cargada a la espalda. Aunque ya tenía catorce años, la gente la miraba con lástima, no solo porque todavía era niña, sino porque el bebé, que nació con el cuerpo contrahecho, no era el fruto del amor, sino el producto de una violación sexual, un delito penado por ley y con años de prisión, pero absuelto por las normas internas de una pequeña localidad campesina, donde algunos delitos se resolvían por acuerdos y conciliación entre las partes en conflicto.
jueves, 2 de enero de 2025
LA
ESTATUA DE JUANA AZURDUY EN LA CIUDAD DE EL ALTO
Cualquiera
que va de Ciudad Satélite a La Ceja de El Alto, pasa por la Plaza Juana
Azurduy, donde está el monumento de bronce de la heroína de las guerras
independentistas en el virreinato del Río de la Plata, realizado en 1989 por el
magnífico escultor Gustavo Lara (Huanuni, 1932 – Oruro, 2014), quien ya, dos
años antes de la revolución nacionalista de 1952, había levantado el notable
Monumento del Minero en su ciudad natal.
Si
uno se queda en la Plaza con forma circular, se dará cuenta que ésta está
flanqueada por cuatro calles y ocho esquinas, y si uno contempla de cerca el
monumento, no le queda más palabras que la expresión de asombro: ¡Oh!, ¡Oh!,
¡Oh!... ¡Qué maravilla!
Las
movilidades no dejan de circular, a pesar de las trancaderas en la zona Villa Dolores y los peatones no dejan de
transitar por las aceras atestadas de comerciantes que ofrecen sus productos a
toda hora, por la mañana, la tarde y la noche, sin importar si está lloviendo,
granizando o haciendo un frío helado calándose hasta los huesos.
Juana
Azurduy aprendió de niña las faenas del campo, al acompañar a su padre mientras
trabajaba, y así entró en contacto con los pobladores originarios, quienes no
dudaron en enseñarle el idioma quechua, además de los usos y costumbres de los
indígenas de la Real Audiencia de Charcas.
A
los 25 años contrajo matrimonio con Miguel Asencio Padilla, el futuro
guerrillero independentista, con quien tuvo cinco hijos, que vivieron junto a
las tropas patrióticas sufriendo enfermedades y soportando carencias de toda
índole. Se dice que, algunas veces, decidida a formar parte en las campañas
patrióticas, dejaba a sus hijos al cuidado de conocidos de más confianza e
indios identificados con la causa de los patriotas.
El
escultor la concibió a la heroína en pleno combate, con la cabellera tendida al
viento, el rostro, de piel color cobre, expuesto a las inclemencias del tiempo,
la frente altiva y la mirada vivaz y siempre alerta. La hizo montada a la
amazona, sujetando las riendas con una mano y con la otra blandiendo un afilado
sable, quizás el mismo que le obsequió el prócer Manuel Belgrano, destacándola
por su valentía y eficacia de mando; cualidades que, además, le valieron el
nombramiento de teniente coronel en el verano de 1816.
En
la estatua, que destaca en la zona Villa Dolores de El Alto, tiene la pierna
derecha en posición correcta sobre el faldón y abrazada por la ligera curvatura
de la corneta fija, hecha de pletina de hierro y forrada con cuero,
precipitándose con holgura, sin obstaculizar el movimiento de la cruz y el
dorso del caballo.
El
escultor la concibió vestida de militar, conservando sus dotes femeninas a
pesar de las guerras. Contemplada a la distancia, cualquiera que la imagina en el
campo de batalla, puede suponer que lleva una chaqueta militar, una falda larga
y una mantilla tipo capa flotando en la nada; las boleadoras al ciento, el
sable desenvainado y la bota de montar izquierda ajustada en el estribo de
plata.
Su
caballo, de buena sangre y alta parada, enjaezado como la de un general, que está
entrenado para avanzar al trote y al galope en las pampas, quebradas y
montañas, parece estar ensillado con sus arreos de guerra; tiene el freno en la
parte posterior de la boca, ladeándole la cabeza hacia abajo, las crines
desgreñadas y levantándose sobre sus patas traseras, como si fuese a dar un
salto en el vacío, mientras la heroína, con el sable fulgente bajo el sol, está
dispuesta a embestir contra las tropas enemigas, que la tienen en la mira, con
ganas de saciar su sed de sangre y decapitarla para exhibir su cabeza en la
picota del escarnio.
Los
realistas sabían que ella, acostumbrada a combatir sin bajar la guardia ni
dejar que el enemigo la sorprenda por asalto, estaba al mando de los patriotas
dispuestos a derramar su sangre a cambio de conquistar la independencia del
virreinato del Río de la Plata. Ellos sabían que Juana Azurduy era la mujer que
comandaba a las tropas patriotas, enseñándoles tácticas y estrategias de
guerra; no en vano, ella misma se preparaba en artes militares, como cuando
luchaba con muñecos de paja atravesándolos con su lanza, lanzando la boleadora
por los aires, apretando la mano en la empuñadura de la espada y practicando la
equitación al estilo de una amazona, sin temor a sentarse en la silla ni perder
el equilibrio, tal como le había enseñado su padre desde que era niña.
El
monumento representa a la mujer que lo perdió todo, esposo, hijos y bienes
materiales, por ganar una patria grande, independiente y soberana. Se supone
que no dejó de luchar un solo día contra el virreinato rioplatense. No es
casual que haya participado en la revolución de Chuquisaca, en la batalla de
Salta, Vilcapugio, Ayohuma y otras, donde
demostró su denuedo y coraje, incluso cuando en una de las batallas fue
herida con dos proyectiles, uno en la pierna y otro en el pecho. Ella, a pesar
de las heridas a sangre viva y conteniendo los gestos de dolor, continuaba
luchando para no desmoralizar al resto de los guerreros que peleaban como
leones contra la dominación española en tierras americanas.
Juana
Azurduy, que representó la insurrección de la población indígena y mestiza
agobiada por siglos de expoliación colonial, luchó en la región del Alto Perú,
desde el norte de Chuquisaca, en el Altiplano, hasta las selvas del sur. Fue
líder indiscutible en la organización de un batallón denominado Los Leales y un cuerpo de caballería
conformado por veinticinco mujeres, conocido como Las Amazonas de la independencia.
En
noviembre de 1925, en su casa de Chuquisaca, recibió la visita del libertador
Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, el caudillo Lanza y otros personajes
para homenajearla y reconocer su trayectoria. En esa ocasión, el libertador
Bolívar se puso delante de los presentes, elogió a Juana Azurduy y dijo: Este país no debería llamarse Bolivia en mi
homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre.
Simón
Bolívar le ascendió a coronela y le otorgó una pensión de sesenta pesos, que apenas
le alcanzaba para comer; lo peor es que dejó de percibirla en 1830, debido a
los vaivenes políticos bolivianos. Desde entonces, vivió aislada de las
convulsiones sociales y empeñada en recuperar sus tierras confiscadas por los
realistas, de las cuales solo le devolvieron, tras la independencia de las
antiguas colonias españolas, su hacienda del K’ullko y nada más.
Sus
biógrafos aseveran que murió en la miseria y el olvido, el 25 de mayo de 1862,
a los 81 años de edad. Sus restos mortales fueron enterrados en una fosa común,
con la única compañía de un sacerdote que pronunció una oración. Décadas más
tarde, sus restos fueron exhumados y depositados en un mausoleo construido en
su homenaje en la ciudad de Sucre.
El monumento, realizado por el escultor Gustavo Lara, es uno más de los homenajes que le rindieron a Juana Azurduy de Padilla en Argentina y Bolivia, como un justo reconocimiento a sus heroicas hazañas en las luchas de independencia americana.
Que el monumento esté ubicado en la plaza que lleva su nombre en la zona Villa Dolores, de la ciudad de El Alto, es un acierto histórico que debe ser valorado por los ciudadanos alteños y los turistas que desean conocer a los personajes que entregaron su vida a la causa patriótica, en el afán de convertirnos en un pueblo libre y soberano.
viernes, 20 de diciembre de 2024
MICROTEXTOS VI
El api
–¡Oooruro-Oruro-Orurooo! –escuché al campanilla del minibús, anunciando con ese tono particular de
quien sabe cómo engolar la voz.
Me metí en la movilidad, rumbo a la capital
del folklore boliviano.
Una vez en mi destino, caminé raudo al mercado
Fermín López, donde escuché un coro de voces que ofrecían una y otra vez:
–Api....
Api con pasteles o buñuelos... Un vaso de tojorí caliente, caserito... Pase y
sírvase, caserito. Api morado y amarillo, con canela, clavo de olor, anís y chancaca.
Apenas vi el vaso de cristal humeante y el pastel lleno de
queso por dentro y lleno de azúcar molida por fuera, me froté las manos y quedé
gratamente sorprendido:
–¡Humm!
¡Está como para pedirse yapa!
Soy un turista más en la tierra de la diablada, ¡Arr… Arr…
Arr!, donde se debe probar, sí o sí, tanto el tojorí como el api morado y
amarillo, porque quien no se ha servido esta exquisitez hecha a base de maíz
molido, nunca ha estado en Oruro.
Brujerías
Como brujo y
aliado del Diablo, soy capaz de descubrir el nombre y apellido de tu enemigo,
hago que veas su cara reflejándose en el espejo. Te revelo cómo te hizo
embrujar y en qué cementerio te enterraron. Te vengaré y devolveré cualquier
maldad que hayan hecho en tu contra, por envidia o por simple maldad. No en
vano se dice que el mal que se envía a alguien, puede volverse al que lo envió.
Yo, como aliado del amo de las tinieblas, volteo la maldad y elimino al
causante de tu desgracia con rituales de hechicería negra, destruyendo física y
espiritualmente a tu enemigo, a quien lo maldigo y lo entierro con espinos en
el cuerpo, para vengar la desgracia que te causó en vida, rescatándote del oscuro pozo del dolor,
para que triunfes sobre la maldad y seas feliz por el resto de tus días.
Palliris
Las palliris son mujeres jóvenes y adultas,
que trabajan, martillo en mano y a cielo abierto, en la canchamina y los
desmontes, escogiendo las chispas de estaño incrustadas en las granzas que
fueron vomitadas como deshechos por las maquinarias concentradoras de mineral.
La labor es sacrificada, a veces, tienen que arrancar las chispas de estaño
hasta con las uñas. No faltan quienes dejan sus vidas en los campamentos
mineros, como antes la dejaron sus padres y los padres de sus padres. Ellas
viven y luchan para ganar un
salario mínimo y cubrir la canasta familia, aferradas a la esperanza de que sus hijos estudien como sea con tal de
salvarse de la voracidad de la mina, que es una despiadada tragadora de vidas
humanas.
Hijo indeseado
La empleada doméstica,
que era una joven de belleza incomparable, fue desflorada por el patrón y tuvo
un hijo ilegítimo que lo dio en adopción a un matrimonio sin hijos y con buena
posición económica. Todo marchó sin problemas, hasta que un día, cuando el muchacho
alcanzó el umbral de la adolescencia, exigió conocer a sus padres biológicos.
Fue entonces que se enteró que era el hijo de una empleada doméstica y el dueño
de una empresa de bienes inmuebles, quienes prefirieron darlo en adopción a los
pocos días de haber nacido, para evitar un escándalo social en un pueblo chico,
pero infierno grande. El muchacho llegó a conocer a sus padres biológicos y
decidió convertirse en hijo de nadie, en basura de un pueblo que,
efectivamente, era más un infierno grande que un pueblo chico, donde los niños
indeseados eran regalados como animales sin nombres ni apellidos.
Buscar cinco pies al gato
El niño cogió al gato por el pellejo del pescuezo. Lo
levantó a la altura de sus escudriñadores ojos y con una de las manos, le
levantó la erizada cola.
La madre entró en el cuarto y, al ver que el niño
miraba algo debajo de la cola del gato, le preguntó enérgica:
–¡¿Qué haces con el gato?!
–Nada –contestó–. Solo busco la quinta pata del gato.
La
vara mágica
Moisés usó la vara mágica para salvar al pueblo
judío, que también era el pueblo de Dios, de la opresión a la que estaba
sometido en Egipto. Moisés, delante de los ojos del Faraón, tiró la vara al
piso y, ¡zas!, ésta se convirtió en una serpiente que devoró las varas de los magos
presentes en el acto. El Faraón quedó mudo y sorprendido ante semejante
prodigio. Moisés extendió la mano, agarró a la serpiente por la cola y, ¡zas!,
ésta se convirtió otra vez en una vara.
Con la misma
vara, con propiedades milagrosas y divinas, Moisés convirtió las aguas del Nilo
en sangre. Golpeó el polvo del suelo y, ¡zas!, apareció una nube de mosquitos;
la levantó en dirección al cielo y, ¡zas!, empezó a desatarse granizo; la
volvió a levantar y, ¡zas!, del polvo nació un ejército de feroces langostas.
La vara no era un simple trozo de madera, sino un
símbolo del poder de Dios y provenía del Jardín del Edén; más precisamente, del
árbol del conocimiento del saber del Bien y del Mal. No en vano Moisés separó
las aguas del Mar Rojo con esta vara, cuando los judíos huían de Egipto,
perseguidos por un ejército armado hasta los dientes y a galopes de caballo.
Moisés golpeó con la vara contra una roca en el
monte Horeb, famoso por haber sido el lugar donde recibió las dos tablas de
piedra con los Diez Mandamientos, y,
¡zas!, ¡zas!, hizo brotar agua cristalina para saciar la sed de los judíos, que
avanzaban en dirección a la Tierra
Prometida, donde debían fundar la nación del Dios.
Con esta vara milagrosa, que más parecía una varita mágica, nació el realismo fantástico en la literatura, que no fue la invención de la genialidad de un escritor, sino de las fabulosas historias narradas en las Sagradas Escrituras.
jueves, 12 de diciembre de 2024
El
EMISARIO SECRETO DE LOS PATRIOTAS PERUANOS
En
uno de los principales pasajes del casco viejo de Lima, transitado por turistas
nacionales y extranjeros, se encuentra la estatua erigida en homenaje a José
Silverio Olaya Balandra, héroe nacional peruano y segundo vástago de una
humilde familia de 12 hijos.
Este
pescador de raza indígena, nacido en Villa San Pedro de Chorrillos, fue el
emisario secreto al servicio de los patriotas en su lucha contra los realistas
que servían a la Corona Española, en
la segunda década del siglo XIX.
Cuentan
que José Olaya era un excelente nadador y que en una pequeña balsa, en la que
transportaba los mensajes escritos para los patriotas, cubría la ruta entre
Chorrillos y la isla de San Lorenzo, y desde allí, pasando por el Callao, hasta
el puerto de Lima, como si llevara pescados para su venta en la ciudad y no la
correspondencia oculta que ponía en peligro su vida.
No
obstante, a pesar de los riesgos y burlando la vigilancia de los realistas, José
Olaya hizo este recorrido muchas veces, hasta que el ejército enemigo empezó a
sospechar que alguien estaba filtrando información y, con el propósito de
capturar al emisario secreto, decidieron redoblar la vigilancia en los puertos.
Sus
biógrafos aseveran que El 27 de junio de 1823, cuando llevaba, entre otros
recados, una carta de José Antonio de Sucre para el patriota limeño Narciso de
Colina, José Olaya fue emboscado por un piquete de soldados realistas, quienes
lo detuvieron con los mensajes entre manos y lo llevaron al Palacio del Virrey,
ante la presencia del brigadier español José Ramón Rodil. Éste intentó que
delatara a los patriotas comprometidos con las misivas, ofreciéndole a cambio
premios y altas sumas de dinero, pero José Olaya no delató a los patriotas
implicados en la correspondencia y, con una serenidad absoluta en su espíritu,
permaneció callado como una tumba.
Sus
verdugos, al constatar que se mantenía impávido y la boca cerrada, decidieron
someterlo a vejámenes y torturas. Se dice que sufrió doscientos palazos, que le
arrancaron las uñas y lo colgaron de los pulgares. Solo entonces, motivado por
el ímpetu de su conciencia patriótica, abrió la boca para pronunciar su célebre
frase: Si mil vidas tuviera gustoso las perdería,
antes de traicionar a mi patria y revelar a los patriotas.
Al
cabo del suplicio, fue sentenciado a pena de muerte por fusilamiento bajo el
cargo de traición. A las once de la mañana del 29 de junio de 1823, fue llevado
a un pasaje aledaño a la Plaza Mayor de Lima, llamado entonces Callejón de los
Petateros, y que ahora lleva su nombre: Pasaje
Olaya.
Su
cadáver fue arrastrado a la Plaza de Armas y allí decapitado por el verdugo.
Permaneció toda la tarde en exhibición pública, hasta que, bajo los mantos de
la noche, unos pescadores chorrillanos lo pusieron en una carreta y se lo
llevaron para sepultarlo en su tierra natal, con la escarapela bicolor prendida
todavía en su pecho.
En
la actualidad, el pasaje histórico, ubicado entre el jirón de la Unión y el jirón
Carabaya,
lleva su nombre y luce altivo su monumento destinado a honrar al héroe,
declarado mártir en la lucha por la independencia peruana.
La obra artística, realizada en piedra y bronce por el escultor trujillano Sergio Álvarez Peláez, representa al personaje con el torso desnudo, los músculos fornidos de nadador y una gorra blanca, portando en una mano la red de pescador y en la otra una carta destinada a los patriotas en rebelión.
martes, 3 de diciembre de 2024
AQUÍ
TAMBIÉN SE ESCRIBE
(El
Norte de Potosí en Letras)
En
la primera edición, que salió a luz gracias a los auspicios de la Regional
Catavi del Archivo Histórico de la Minería Nacional de la COMIBOL, como parte
de su serie de Literatura Minera, no
se incluyó a todos los autores/as del norte de Potosí, sino solo a los oriundos
de Uncía, Llallagua, Siglo XX, Catavi y Cancañiri. Sin embargo, tiempo después,
se decidió contemplar a todos quienes aportaron a la cultura nortepotosina, con
la finalidad de que el proyecto sea más completo e incluyente. Así que, además
de los autores/as de la provincia Rafael Bustillo, se incorporó también a otros
que nacieron en la provincia Chayanta, Bernardino Bilbao Rioja, Charcas y
Alonso Ibáñez, regiones que durante la Era de la Plata tuvieron una enorme
importancia económica para la Villa Imperial de Potosí y una gloriosa historia
en la época de la colonia, al surgir las rebeliones indígenas lideradas por
Tomás Katari, que dieron nacimiento a la independencia del Ato Perú y al Estado
republicano en el siglo XIX.
Está
comprobado que la contribución intelectual del norte de Potosí ha sido –y sigue
siendo– de gran valor para la cultura boliviana, donde no siempre se considera
a los autores/as que jamás fueron mediatizados, porque se mantuvieron en el
silencio y, en muchos casos, en el olvido. Ésta ha sido una de las razones que
nos motivó a realizar este trabajo que se fue haciendo de manera lenta pero
segura, al menos para que sirva como una piedra de toque para otros estudiosos
e investigadores interesados en echar más luces sobre un tema que no solo es de
incumbencia de los habitantes de esta región, sino de todo el país, donde la
mayoría de los intelectuales nortepotosinos son unos ilustres desconocidos.
Esperemos
que esta iniciativa sea un fuerte aliento para que los más jóvenes se inclinen
por seguir los pasos de estos hombres y mujeres que nos dejaron –y todavía nos
dejan– un rico legado bibliográfico, con diversos temas que demuestran la
pluralidad de intereses y pensamientos en una región donde parecía no haber una
actividad cultural de alta envergadura y competencia. Los autores/as
presentados en esta publicación son una muestra de que en el norte de Potosí no
solo hubo ricas vetas de preciados metales, sino también ricas vetas en materia
intelectual. Descubrirlos es nuestro deber y darlos a conocer es nuestra
obligación.
Por
otro lado, en la presente edición es oportuno referirnos a algunos aspectos que
nos permiten despejar las dudas que manifestaron algunos lectores en torno a la
primera edición (incompleta) de Aquí también se escribe (Catavi,
2020). En primera instancia huelga aclarar que esta publicación no contó con el
financiamiento de ninguna institución pública ni privada, al margen del apoyo
incondicional de Lourdes Peñaranda Morante, que es amante de los libros y una
de las impulsoras del rescate de la memoria histórica, social y cultural de los
centros mineros de la zona nortepotosina.
Desde
el instante en que se concibió la idea de elaborar una compilación de todos los
aportes intelectuales publicados en formato de libro, sin la intención de
excluir a nadie, salvo a quienes publicaron sus trabajos en forma de folletos y
en coautoría, no por una decisión autoritaria, sino por tener en consideración
algunos parámetros que nos permitan ser justos a la hora de tomar en cuenta a
los autores/as que tienen uno o más libros en su quehacer intelectual.
Aquí
no se pretende aplicar el calificativo de escritores,
con todas las connotaciones del caso, a todos quienes están contemplados en
esta compilación, ya que no todos se dedican, por vocación o de manera
profesional, a la creación de obras literarias, sobre todo, si se trata de
textos literarios que deben tener un estilo re-creativo e imaginativo, un
lenguaje lúdico, figurado y metafórico, para así cumplir con su función
expresiva; características que no tienen necesariamente los textos no
literarios, que se encargan, en primera instancia, de informar, persuadir,
describir o exponer una temática que, por lo general, requiere de una
bibliografía y notas al pie de página.
En
nuestro concepto, los escritores son
quienes crean obras literarias, tanto en verso como en prosa, a través de las
cuales transmiten sus ideas y sentimientos, pero desde una perspectiva artística
o estética; es decir, usando el lenguaje escrito como un instrumento que les
permita expresar los pensamientos, reales o ficticios, a través de los poemas,
cuentos, novelas, piezas de teatro y otros géneros literarios en los que la
inventiva, más que los elementos fácticos o teóricos, juega un rol esencial y
determinante; algo que no siempre está presente en los textos no literarios. En
consecuencia, como observará el atento lector, en esta compilación, la mayoría
de los autores/as cuentan con obras de carácter más técnico, científico,
didáctico y ensayístico.
Asimismo,
a la hora de elaborar esta compilación, no se ha considerado la estructura, el
contenido ni el aspecto estilístico. Tampoco las faltas sintácticas,
semánticas, ortográficas ni gramaticales, debido a que la idea principal no fue
corregir erratas, defectos e insuficiencias, sino presentar en un solo volumen
a los hombre y las mujeres que tienen un libro en su haber; una publicación
que, como tal, reúna una serie de criterios básicos que definen a un libro,
como son la cantidad de páginas, la encuadernación con lomo, tapas duras o
rústicas, créditos de la editorial y otros.
En
este sentido, esta compilación no es una antología, con textos recopilados de
manera selectiva, porque de haberse elegido solo los textos literarios, por su
calidad ética y estética, no hubieran quedado más que un puñado de esta camada
de autores/as que representan a las cinco provincias del norte de Potosí. La
mayoría no son figuras consagradas en la vida cultural boliviana, salvo raras
excepciones que, aparte de haber dedicado su tiempo a la lectura y su talento a
la escritura, alcanzaron cumbres elevadas en la constelación política y
literaria del país.
Finalmente,
antes de emprender con la presente compilación, en coordinación con Lourdes
Peñaranda Morante, responsable de la Regional Catavi del Archivo Histórico de
la Minería Nacional de la COMIBOL, estaba convencido de que elaborar esta
compilación, con paciencia y gran pasión, y que un día será un libro de consulta
para maestros y estudiantes, era una tarea pendiente en los anales de la vida
cultural del norte de Potosí.
Una
vez expuestas las motivaciones y justificaciones de esta publicación, que fue
hecha con absoluta modestia y ética profesional, no queda más que someterla a
consideración de los lectores, quienes tienen, como casi siempre, la última
palabra.
lunes, 18 de noviembre de 2024
EL
SIMPÁTICO MENSAJE DE UNA LECTORA
Cierto
día, una atenta lectora de mi obra, residente en Francia, me envió un mensaje a
mi correo electrónico, solicitándome la dirección del Grupo Editorial Kipus de
Cochabamba, para pedir mi libro Cuentos de la mina, cuyo contenido le
interesaba desde todo punto vista. Tiempo después, el libro llegó a sus manos en un sobre Manila,
con la dirección del remitente, los sellos del correo y las estampillas
correspondientes.
La
lectora no tardó en mandarme otro amable mensaje, agradeciéndome por haberle
facilitado la adquisición del libro; más todavía, tomó una fotografía del sobre
y de la portada del libro y me la envío en formato JPG., junto a un breve y
simpático mensaje, que transcribo a continuación:
Has llegado Víctor,
en forma de palabra,
y, seguro, has
llegado para quedarte,
seguro, no solo
en mí,
sino en todos
aquellos con los que
pueda
compartirte.
Suerte la mía.
Infinitamente
agradecida.
milamores&milcariños.
Isamil9
La lectora me sorprendió con este detalle que siempre es un júbilo para cualquier escritor que, más allá de las fronteras nacionales, cuenta con lectores/as que leen su obra con inusitado interés.