lunes, 11 de abril de 2011


LA CHINASUPAY

Todas las mañanas al clarear el día, el minero contaba sus sueños y pesadillas. Pero esta vez, despertó al revés y se levantó callado, como si durante el sueño se hubiese tragado la lengua. Se puso el overol percudido por la copajira y ajustó las botas de goma sobre los “p’olqos” de lana. Se levantó haciendo tintinear la hebilla del cinturón, se caló el guardatojo hasta las cejas, levantó su bolsa de Calcuta y avanzó en dirección a la puerta.

Su mujer, recostada todavía en la cama, lo siguió con la mirada; pero al verlo abrir la puerta, lo detuvo con la voz:

–¿Ya te vas?

El minero se volvió y quedó parado, mirándola.

–No me has contado tus sueños ni te has despedido de las “wawas” –le dijo, sin elevar la voz ni bajar la mirada.

–Soñé con algo horrible, tan horrible que prefiero callar.

–¿Cómo? –dijo–. ¿Ya no me confías tus sueños?

El minero no contestó ni sí ni no. Después avanzó hacia ella, se sentó en el borde de la cama y dijo:

–Te voy a contar, pero a condición de que no me preguntes nada. Su mujer se quedó mirándolo, expectante, en silencio. El minero hundió la cabeza entre las manos y, como si recién estuviese llegando del otro lado de la vida, empezó su relato:

–En el sueño se me apareció la Chinasupay. Estaba parada cerquita de la cama, entre el velador y la cabecera; tenía cuernos y cola, los cabellos de serpiente y los ojos rojos como el achiote. Estaba envuelta en una manta y sujetaba un cuchillo en la mano…

Su mujer, absorta por el relato, tuvo la sensación de que su corazón daba un vuelco y que sus pelos se le ponían de punta. Era la primera vez que la Chinasupay se apareció en los sueños de su marido.

–… Yo la miré asustado. Ella me mostró sus dientes y los alacranes de su lengua. Intenté moverme y gritar, pero fue imposible. Estaba más quieto y más mudo que una piedra –continuó el minero–. La Chinasupay se abrió la manta y me mostró los pechos grandes como tutumas de chicha, mientras por abajo derramaba sapos y gusanos. Después levantó el cuchillo, me lo clavó en el pecho y me cortó en pedazos. Yo tenía la cabeza intacta y seguía con vida. Escuchaba mi respiración y veía cómo mi corazón latía en el suelo arrancado ya de mi pecho, y cómo los pedazos de mi cuerpo se movían como la cola partida de una lagartija…
Su mujer, tensa como una cuerda, se cobijó entre sus hijos que dormían a su lado, sin saber cómo interpretar la simbología de ese sueño macabro.

–… Al final –concluyó el minero–, la Chinasupay desapareció con un silbido de humo y de fuego. Yo junté los pedazos de mi cuerpo y escapé del sueño, como por un túnel oscuro y largo…

Su mujer lanzó un suspiro hondo e intentó relajar la tensión de sus nervios.

–Es hora de que te vayas a la mina –le dijo, mirando las agujas del reloj que marcaban las cinco y cuarto.

El minero besó a sus hijos, se levantó de la cama y salió de la casa, sin despedirse de su mujer ni del gato que ronroneaba entre las mantas y polleras.

Glosario

Chinasupay: Diablesa. Amante del Tío de la mina.
P’olqos: Medias rústicas de lana de oveja.
Wawa: Niño, niña. Recién nacido.

martes, 5 de abril de 2011


EL PARAÍSO DE SAPOS Y CULEBRAS

La culebra es famosa desde el sexto día de la creación divina. Al decir de los expertos, la aparición de la primera culebra coincide con la creación del hombre, así como la aparición del primer sapo coincide con la creación de la mujer. Sapo y culebra probaron la fruta prohibida del Paraíso e incurrieron en el pecado de la carne. Desde entonces, la culebra es un diablito que quiere meterse en el infiernito del sapo.

Cuando la culebra está tranquila, se encoge como una lombriz aterrada, pero cuando está en acción, se pone dura como el garrote y adquiere dimensiones que, para el gusto o el susto de los sapos, duplica y hasta triplica su tamaño.

La rigidez de la culebra es factible gracias a la estructura anatómica de su cuerpo, cuyas arterias se llenan con la sangre que fluye a su interior, rellenando las lagunas vacías. Así aumenta de espesor y longitud. Al término de su rigidez, la culebra vuelve a su calibre normal, las lagunas se vacían de sangre y las paredes se vuelven flácidas; sólo entonces, la culebra tiene la virtud de doblarse y enroscarse, sin romperse ni quebrarse.

Las culebras, a diferencia de los sapos caseros, son callejeras y aventureras. Se arrastran de huerto en huerto, hacen ruidos de cascabel, se yerguen como cobras y acechan al sapo que encuentran a su paso. Las culebras más mundanas y hambrientas se comen incluso a los sapos rechonchos del hortelano, en cambio las culebras más exigentes y delicadas se comen sólo a los sapos sin dueño. Las culebras, por su propia naturaleza, son saperos, exceptuando a unas pocas que no comen sapos sino culebras.

La culebra que tiene mucha experiencia y se ha comido muchos sapos, sabe diferenciar entre los sapazos, los sapos y los sapitos. Sabe también que los sapos tienen una lengüita sensible escondida en la comisura de sus labios. A veces, la lengüita puede desarrollarse tanto que puede parecerse a la culebra. Cuando esto ocurre, el sapo puede actuar como sapo sapero y comerse a otros sapos del huerto.

Toda vez que la culebra quiere acceder al interior del sapo, seducida por sus zonas encantadas, el sapo abre la boca como flor carnívora, hincha la lengüita y babea una sustancia lubricante. Algunos sapos, aunque carecen de dentadura, pueden contraer los músculos y morder a la culebra, mas su mordedura no es dolorosa sino sabrosa.

Según confesiones de un sapo anónimo: Los sapos de esta clase son conocidos como sapos mordedores; tienen fama, son perseguidos y apetecidos.

Las culebras, como en el reino de los sapos, se diferencian en el color, la forma y el tamaño: hay culebras cortas y culebras largas, culebras gruesas y culebras delgadas; algunas culebras tienen la cabeza grande y otras pequeña. El color de las culebras varía según la raza: hay culebras blancas, amarillas, cobrizas, negras..., y culebras cuyos colores son el resultado del cruce de dos o más razas diferentes. Hay culebras de piel granulada y culebras de piel lisa, culebras peludas y culebras lampiñas. Las culebras de tamaño grande son culebrones, las de tamaño regular culebras y las de tamaño pequeño culebritas, y con esto queda claro que existen culebras para el gusto de todos los sapos.

La culebra, como el célebre batracio, es un animal popular en todas las culturas. A su nombre, tanto mujeres como hombres, le han dedicado innumerables cuentos, cantos y poemas. Está presente en los mitos y las leyendas, en las fábulas y los aforismos, y lo que es más importante, tarde o temprano, está en boca de los sapos que, desde el día de su creación, son verdaderos encantadores de culebras.

Si el sapo es un animal medicinal, que sirve para curar el mal de caderas de los hombres, entonces la culebra es un animal tan útil como el sapo, pues su piel se usa en la peletería, su veneno es una medicina potencial y su grasa es un ungüento apreciado por las mujeres. Por cuanto la culebra, desde que el mundo es mundo, es un animal inofensivo, así tenga fama de ser la criatura maligna que tentó al sapo en el Paraíso.

sábado, 19 de marzo de 2011


ESPEJISMO

Ella quedó sola en medio del desierto, un ventarrón infernal barrió la aldea, dejando a salvo sólo su choza hecha con adobes de barro y estiércol de camello.

Al día siguiente, mientras contemplaba el horizonte a través de la ventana, divisó a un hombre que, acercándose cada vez más, más y más, cruzó por delante de sus ojos.

Ella lo recibió en la puerta y le preguntó:
–Y tú, ¿quién eres?

–Un fantasma –contestó, y luego desapareció.

–Fue un simple espejismo –se dijo. Cayó al suelo y rompió a llorar. Su cuerpo volvió al polvo y sus lágrimas formaron un oasis entre las dunas del desierto.

miércoles, 2 de marzo de 2011


EL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

No sé si la celebración del 8 de marzo tiene la fuerza que se merece en Bolivia, pero tengo la sospecha de que es un día como cualquier otro para la mayoría de las mujeres del campo, las minas y las ciudades. De ser así, me asaltan varias preguntas: ¿Qué harán nuestras feministas para cambiar esta situación? ¿Qué hará el gobierno para declarar feriado nacional? ¿Qué harán los sindicatos y las instituciones del género? ¿Qué harán las mujeres en general? Aunque me gustaría que sus voces atronaran en las calles y sus banderas flamearan a lo largo y ancho del territorio nacional, me temo que nadie moverá un dedo ni dirá esta boca es mía, pues la mayoría de las mujeres bolivianas, que en principio desconocen sus derechos y su rol histórico-social, estarán ocupadas este día en sus quehaceres domésticos, sin importarles que su emancipación será obra de ellas mismas, al menos si quieren tener los mismos derechos y las mismas responsabilidades que los hombres, tanto en la vida familiar como laboral, incluyendo su representatividad en las esferas de gobierno.

Desde luego, tampoco se puede esperar mucho en un país que, además de seguir sumergido en el subdesarrollo y la corrupción institucional, está atado a una mentalidad retrógrada que sostiene la teoría de que las mujeres ocupan una posición subordinada debido a causas biológicas o impedimentos físicos, y no debido a factores socioeconómicos o al estereotipo sobre la sexualidad femenina que maneja la jerarquía eclesiástica en una sociedad patriarcal.

El machismo es una evidencia en nuestra cultura, ya que los hombres, aparte de reírse de las reivindicaciones femeninas, están acostumbrados a ver a la mujer convertida en sierva doméstica y en máquina reproductora de hijos. Este rol tradicional de la mujer, en parte, es una consecuencia de la injusta distribución del trabajo doméstico -crianza de los hijos, limpieza del hogar y quehaceres de la cocina-, que el hombre, fiel a su rol de sostén económico y cabeza de la familia, considera actividades típicamente femeninas. En este contexto no han cambiado muchas, ni siquiera las damitas de alcurnia que se definen verbalmente como feministas, mientras explotan a las empleadas domésticas a cambio de un salario de hambre.

A esta desastrosa situación, agravada por los resabios de una mentalidad feudal, se suma el maltrato a la mujer dentro y fuera del hogar. No es casual que algunas instituciones, que en nuestro país velan por el bienestar de la mujer, hayan hecho un llamado vehemente a la opinión pública para demandar una mayor atención de las organizaciones gubernamentales sobre la problemática de género, conscientes de que la violencia es uno de los principales obstáculos para el desarrollo de la nación. Asimismo, es necesario que el gobierno promulgue una ley que castigue con toda severidad las agresiones y violaciones contra la mujer, no sólo para dejar constancia de que uno de los derechos fundamentales de la mujer es el derecho a vivir sin mordazas ni amenazas, sino también como una medida que elimine toda forma de discriminación femenina. No es tarea fácil, pero sí un buen comienzo, si se piensa que la emancipación femenina, como el bienestar social en general, marcha del brazo con el desarrollo socioeconómico del país y el mejoramiento del sistema educativo.

En este terreno, como en muchos otros, tenemos bastante que aprender de los países del llamado primer mundo, donde los derechos de la mujer han sido posibles gracias al avance industrial y su incorporación al mercado de trabajo. Un avance socioeconómico que ellas consideran una conquista irrenunciable, ya que les permite disfrutar de una igualdad de oportunidades tanto dentro como fuera del hogar.

En los países altamente industrializados, a tiempo de crear fuentes laborales para las mujeres, se crearon también las guarderías públicas y el permiso de paternidad hizo posible que las mujeres conserven su empleo incluso después de tener hijos. La legislación acepta que las mujeres conserven su trabajo cuando nace un hijo, tengan un año de permiso de maternidad con más del 90% del salario, acceso a guarderías públicas a bajo costo y el derecho a trabajar media jornada hasta que el niño cumpla los seis años de edad. Sin embargo, a pesar de estos avances significativos, las mujeres no han dejado de luchar por tener mayor influencia en el parlamento, el mismo salario y las mismas oportunidad de las cuales gozan sus colegas masculinos.

En Suecia, por citar un ejemplo, la mayoría de las mujeres tienen su propio empleo y sus ingresos. Con frecuencia, los hombres participan más del cuidado de los hijos que los hombres de otros países. En 1975 se legalizó el derecho al aborto sin costo para todas las mujeres y en los años ‘80 entró en vigor la primera ley contra la discriminación por razones de género en el ámbito laboral, además de que la mujer ya no tiene la necesidad de elegir entre su familia y la carrera profesional, gracias a un amplio sistema de seguro social y de asistencia infantil. Más todavía, a partir de 1994, las mujeres consiguieron casi la mitad del poder político, con el 50% de ministras y diputadas en el parlamento. Por supuesto que para llegar a este grado de desarrollo socioeconómico no sólo hizo falta cambiar las normativas de convivencia ciudadana, sino también la actitud y mentalidad de la gente, con la ayuda de un Estado que organizó cursillos sobre igualdad de género para miembros del gobierno y funcionarios públicos; los mismos que, a su vez, contribuyeron a forjar una sociedad basada en el respeto a los derechos de la mujer.

Por otra parte, en las sociedades más democráticas y equitativas, los hombres están conscientes de que deben compartir los quehaceres domésticos con su pareja. Las propias mujeres no soportan una doble explotación; por un lado, en el empleo remunerado y, por el otro, en el seno del hogar. Este simple hecho las diferencia de las mujeres de países como Bolivia, donde queda mucho por hacer en el ámbito de la equidad de género y donde la discriminación femenina forma parte de las estructuras de una sociedad competitiva y patriarcal, que no les permite gozar de los mismos derechos ni las mismas oportunidades que tienes los hombres en la vida social, familiar y profesional.

Con todo, espero que el Día Internacional de la mujer no sea un día más de fiesta, sino un día más de protesta. Las mujeres tienen mucho por que llorar, pero también mucho por que luchar y, sobre todo, mucho que ganar para el porvenir de sus hijas y las hijas de sus hijas.

¡Arriba las mujeres de Bolivia! Ya es hora de que se rompan las cadenas que las oprimen, las mentes que las subordinan y las tradiciones machistas que las condenan a vivir recluidas entre las cuatro paredes del hogar, sin tener los mismos derechos ni las mismas posibilidades que los hombres, quienes, ya sea por tradición cultural o por mandato divino, se consideran superiores a las mujeres. ¡No, señores! Es hora de ponerse la mano al pecho y tener dos de frente para considerar que las mujeres, nuestras compañeras desde la cuna hasta la tumba, son tan indispensables como nosotros para desarrollar un país más armónico y democrático. Por eso mismo, considero que la celebración del Día Internacional de la Mujer debe de ser un acto unánime de hombres y mujeres, y un día que, al menos de manera simbólica, sirva para poner la soga al cuello de sus verdugos y un gesto de protesta contra el desprecio y la marginación a las que fueron sometidas durante siglos.

martes, 22 de febrero de 2011


UNA NOTICIA CONMOCIONÓ A SUECIA

El asesinato de Olof Palme, acaecido el 28 de febrero de 1986, aproximadamente a las 11 de la noche, salta a la memoria apenas se ponen los pies en Sveavägen. Lo extraño es que en la esquina de esta calle, donde el cuerpo cayó fulminado por el disparo, no quedan más rastros que una placa empotrada en el suelo, en cuya inscripción se lee: “På denna plats mördades sveriges statsminister Olof Palme” (En este lugar fue asesinado el primer ministro sueco Olof Palme).

A dos cuadras más allá, en el cementerio de la iglesia Adolf Fredrik y cerca del Cine Grand, donde asistió por última vez en compañía de su esposa, se encuentra su modesta tumba, en la cual destaca una lápida en forma de roca en lugar de un busto o un monumento de bronce. En la tumba no faltan las flores ni las visitas de quienes, en actitud de respeto y admiración, hacen acto de presencia con un silencio sepulcral, ya que los suecos, poco acostumbrados a los discursos solemnes y a la grandiosidad de los mártires, prefieren conservar a su carismático líder en el corazón que inmortalizarlo en una efigie de metal bruñido.

Olof Palme, a pesar de provenir de una familia acomodada, se inclinó hacia la causa de los desposeídos y abandonó los privilegios que le brindaba su entorno social. Los viajes por varios países, entre ellos Estados Unidos, donde obtuvo el bachillerato en Kenyon College de Ohio, le enseñaron a contemplar el mundo desde la perspectiva de la injusticia social, la desigualdad económica y la discriminación racial.

Todos coinciden en señalar que desarrolló una brillante carrera en las filas de la socialdemocracia desde 1953, año en que fue captado por el entonces primer ministro Tage Erlander, quien lo invitó a trabajar en su gabinete, donde ocupó varios puestos de importancia, hasta que fue elegido líder del Partido Socialdemócrata y primer ministro de Suecia en 1969.

En su ajetreada carrera política, como todo defensor del pacifismo e internacionalismo, realizó una labor significativa en la ONU durante el conflicto bélico entre Irán e Iraq. Adoptó posiciones radicales en defensa de las luchas de liberación en África, Asia y América Latina. Rompió relaciones con las dictaduras militares, condenó enérgicamente el holocausto nazi, la política del apartheid sudafricano y la guerra del Vietnam. Se declaró simpatizante de la Organización para la Liberación de Palestina, del régimen socialista de Salvador Allende y de la revolución cubana de Fidel Castro, a quien lo consideraba un buen amigo.

Sus ideas reforzaron las bases programáticas de la socialdemocracia europea y sus discursos controvertidos lo convirtieron en una de las personalidades más influyentes y polémicas de su época. La izquierda lo admiraba por sus ideales de justicia y libertad, mientras la derecha, atrincherada en las concepciones más reaccionarios y fascistas, lo consideraba su enemigo principal.

Su asesinato conmocionó al mundo entero. Nunca antes se había matado a tiros a un mandatario de Estado en las calles de Estocolmo. Cuando la noticia trascendió a la prensa, nadie se lo podía creer aquella mañana gélida y nevada del 29 de febrero, sino hasta que la televisión mostró el lugar donde se perpetró el crimen. Toda la nación quedó en estado de shock, como levitando en el vacío. Todos se preguntaban el porqué de este asesinato que, desde el primer instante, se trocó en una mancha de sangre y en una herida abierta en el subconsciente colectivo.

La investigación del caso, que sigue siendo uno de los más misteriosos en los anales de la historia criminal, ha costado mucho dinero y esfuerzo, pero nunca se llegó a saber, a ciencia cierta, quién fue el autor del crimen, por mucho que se invirtió millones en su captura y se formaron varias comisiones tanto a nivel de gobierno como a nivel de las fuerzas de seguridad de la policía sueca (SÄPO).

Su esposa, Lisbeth Palme, fue la única que alcanzó a ver al asesino, quien, tras descargar el arma de fuego, se alejó corriendo por las gradas de un callejón en penumbras; más tarde, durante el proceso de la investigación, declaró que el hombre que vio esa noche era Christer Pettersson, un alcohólico y toxicómano que fue detenido en 1988 y luego absuelto por falta de mayores evidencias.

El crimen, que generó una serie de “teorías de conspiración”, unas más incoherentes que otras, no se prescribirá el 28 de febrero de 2011, como en principio se tenía previsto, ni el aparato policial será declarado incompetente ante la opinión pública, aunque nunca hubo un Sherlock Holmes capaz de desvelar los móviles del crimen ni detectives capaces de dar con el paradero del asesino, quien apareció y desapareció esa misma noche como alma que lleva el diablo.

Lo cierto es que la muerte de Olof Palme, que tenía enemigos en el interior de los gobiernos racistas y dictatoriales de la época, pudo haber sido tramada y perpetrada por cualquier organización nacional o internacional. Los sospechosos se cuentan a montones. No se descartan a los agentes de la CIA ni al gobierno de Augusto Pinochet, cuyo yerno, Roberto Thieme, fue sindicado como el presunto asesino por el periodista sueco Anders Leopold en el diario chileno “La Cuarta”, el 7 de marzo de 2008.

El pueblo sueco, sin perder la paciencia ni las esperanzas, espera que algún día, más temprano que tarde, las instituciones pertinentes revelen el nombre y el rostro de los responsables de este alevoso crimen, para que sobre ellos caiga sin contemplaciones la justicia popular y todo el peso de la ley.

Olof Palme, pintura de Urban Engström

martes, 15 de febrero de 2011



Literatura y Compromiso, basado en las reflexiones de Víctor Montoya, proyecta las concepciones más profundas de un escritor comprometido con la realidad social, donde el arte y la literatura cumplen funciones tanto éticas como estéticas. El vídeoclip fue producido por Michel Gladú, en Montreal, Canadá, octubre de 2008.

CULTURA, VOCACIÓN Y COMPROMISO

Si consideramos que existe una interrelación entre cultura y sociedad, entonces es lógico que las manifestaciones culturales estén al alcance de las mayorías; de lo contrario, si las instituciones del Estado no cumplen con su deber de subvencionar la cultura, se corre el riesgo de que ésta se comercialice y se convierta en privilegio de minorías. Pero como los trabajadores de la cultura no quieren que el arte sea un privilegio reservado para unos pocos, claman por sus derechos y exigen que todos tengan acceso a las obras de arte, del mismo modo como tienen derecho a la educación, salud, trabajo, cine, teatro y otros.

Sin embargo, los escépticos alzan la voz y dicen que las instituciones del Estado no tienen el porqué subvencionar el arte. Incluso hay quienes tienen la osadía de considerar a los trabajadores de la cultura como a un grupúsculo de soñadores sin causa, sin tomar en cuenta que el artista, con sus proyectos y obras concretas, aporta con su granito de arena a la gran pirámide cultural, intentando mantener viva la historia, el idioma y las costumbres de la colectividad, sobre todo, si partimos del criterio de que la cultura, de la cual forma parte la literatura y el periodismo, se encarga de reflejar la imagen de la sociedad en la cual vivimos.

Los arquitectos de la palabra, que han imaginado y calculado el arco de los puentes cada vez más imprescindibles entre el producto intelectual y su destinatario, están dispuestos a construir esos puentes en la realidad, para que la literatura llegue allá donde bebe llegar, y no se convierta en un privilegio reservado sólo para las minorías, pues casi todos los trabajadores de la cultura, aun sin poder vivir holgadamente de las retribuciones del arte, están dispuestos a poner sus obras al servicio de las mayorías.

Compromiso social

Los escritores comprometidos, así creen obras intimistas, ligadas a las emociones del alma y las experiencias de la vida cotidiana, no dejan de denunciar las injusticias ni los atropellos a los Derechos Humanos. Si no lo hacen en forma de poesía, trocando sus versos en gritos de protesta y denuncia, lo hacen en forma de manifiestos o cartas exclamativas. Su pluma, como su genio, se convierte en una poderosa arma contra los sistemas de poder que, amparados en la ley de la impunidad, avasallan los derechos de los desposeídos. No es casual que en épocas de represión y censura, sean varios los escritores que crean una literatura de denuncia social, reflejando sin disimulos la situación auténtica de las clases marginadas, así como la insolidaridad e insensibilidad de las clases dominantes.

No es extraño que en los países asolados por dictaduras militares o civiles se hayan creado grupos de escritores que, asumiendo su responsabilidad de defensores de la memoria colectiva, rechazaron a los regímenes de facto y defendieron incondicionalmente los sistemas democráticos de consenso como vías más factibles para el desarrollo socioeconómico, la seguridad ciudadana y el libre ejercicio de la libertad de expresión y creación artística.

En Suramérica, por citar un caso, los escritores comprometidos se enfrentaron con la pluma y la palabra contra los regímenes dictatoriales, que transformaron sus países en campos de concentración, donde no era fácil distinguir los gritos de la tortura y la oratoria. Así, a pesar del pánico y el terror sembrado por las fuerzas represivas, los escritores presos y perseguidos no dejaron de testimoniar los acontecimientos de su época, conscientes de que la literatura prohibida y censurada es también una suerte de fuerza oculta, que aun estando en las catacumbas se parece a la semilla, que un día brota a la superficie para dar flores y frutos.

Si bien es cierto que la literatura social no puede transformar por sí sola un sistema político a través de la denuncia de la situación concreta de los oprimidos, es también cierto que la literatura, escrita en lenguaje claro y llano, ayuda a adquirir un compromiso político e intenta conseguir que las gentes sencillas sean conscientes de la opresión; un intento que no siempre es rescatado por quienes están acostumbrados a fijarse más en la forma que en el contenido de la obra.

Comercialismo y alienación

Vivimos en una época en que la moda en la estética o en el estilo de vida, es cada vez más sorprendente para todos, pues la cultura de la evasión de la realidad, a través de la ciencia-ficción conocida con el nombre de realidad virtual, hace que los jóvenes piensen más en la ropa de marca que en el arte y que las muchachas inviertan más dinero en píldoras mágicas para adelgazar que en libros. En tales condiciones, pareciera que los grandes ideales de la humanidad, como son la libertad, la justicia social y la democracia han sufrido una derrota transitoria ante la tiranía del mercado impuesto por el sistema imperante, cuya política económica, insensata y sin escrúpulos, ha condenado a la desesperación y la miseria a millones de seres humanos.

A la masiva propaganda de alienación desatada por los poderes de dominación, se suma la crítica de quienes desmerecen todo el valor que encierran las obras del llamado realismo social, cuya principal función, además de reflejar la realidad concreta de los desposeídos, es denunciar las injusticias imperantes en el mundo capitalista de hoy. Afortunadamente, los valores éticos y estéticos de las grandes mayorías no siempre coinciden con la opinión subjetiva de los críticos. La prueba está en que cuando se le pregunta al lector común quién fue el Premio Nobel de Literatura en 1965, no sabe qué contestar, porque no se acuerda el nombre del autor laureado o, simple y llanamente, porque no le interesa debido a que los gustos literarios no son iguales para todos. Pero cuando al mismo lector se le habla de literatura es muy probable que mencione las obras de los autores de su preferencia, de ésos que, a espaldas de las campañas publicitarias y las empresas editoriales, jamás fueron premiados ni mencionados por los académicos de la literatura. Lo que equivale a decir que no siempre la denominada buena literatura es buena para todos; al contrario, existen obras y autores que gozan del beneplácito de los lectores, ya que en la literatura, como en el arte en general, nadie ha escrito sobre gustos.

Aprendizaje y vocación

Para nadie es desconocido que la mayoría de los iniciados en el arte de la palabra escrita expresan sus ideas bajo la sombra de otros escritores cuyos textos están repletos de citas y datos bibliográficos, con los cuales son capaces de crear un clima de encendida polémica; más todavía, tienen a su favor los conocimientos y la virtud de saber defender sus ideas y obras contra viento y marea. Me refiero a esos escritores de fuste que no sólo se diferencian de los autores dados al espectáculo público y las cofradías de salón, sino también de quienes, acostumbrados a festejar sus efímeros triunfos entre bombos y platillos, escriben más por asumir una pose intelectual, que por una verdadera convicción y vocación.

En la literatura, como en las demás manifestaciones culturales, existen individuos dignos de admiración y respeto; primero, porque saben estructurar sus obras con capacidad magistral; y, segundo, porque aprendieron a vivir entregados apasionadamente a su arte, sin que por esto pierdan su sensibilidad humana ni su compromiso social. Por lo demás, la actividad literaria es un largo proceso de aprendizaje que, como cualquier otra profesión, requiere dedicación, disciplina y seriedad, al menos si se abriga la esperanza de crear alguna vez una obra que deje perplejos a los críticos y complacidos a los lectores.

viernes, 11 de febrero de 2011


EL ZORRO

Penetró en el corral disfrazado de gallo y mató a las gallinas una a una; dejó un reguero de sangre y de plumas. Al ser descubierto por el granjero, se tiró al suelo y se hizo el muerto; pero el granjero, conocedor de la astucia del zorro, le apuntó con la escopeta y, pensando que era mejor un zorro muerto que un zorro en el gallinero, le descerrajó dos tiros y le quitó para siempre el disfraz de gallo.

martes, 8 de febrero de 2011


EL TÍO EN MI CASA

Cuando los amigos me preguntan qué es de mi Tío -ese ser demoníaco que ahora habita en mi casa-, a veces, en un intento de esquivar la pregunta, me hago el sueco y opto por refugiarme en el sabio silencio, pero casi siempre, sin pelos en la lengua ni trabas en la mente, les cuento que mi Tío, desde el día en que llegó de Bolivia, cargado de su ch’uspa de coca y sus botellas de Singani, no ha dejado de sorprenderme con sus diabluras; se enamoró de mi mujer, sembró el temor entre mis hijos, y a mí, en cada una de nuestras farras, me ha dejado sin una gota de trago, como enseñándome en los hechos: quien se duerme chupando (la botella, se entiende), no tiene derecho a un ch’akiy para curar la cabeza.

Este mi Tío, que posee los atributos de los seres todopoderosos, se me ríe en las barbas y lanza un chasco cada vez que se le ocurre tomarme el pelo.

–No te hagas el cojudo, pues –dice–. Levanta la cabeza y ten orgullo, carajo. Si has tenido el coraje de traerme hasta la tierra de los vikingos, cómo no vas a ser capaz de escribir lo que te dicta el corazón. Escribir es tan fácil como abrir el grifo de la pila. Le das la vuelta a la izquierda y, ¡zas-zas!, chorrea el agua...

Yo lo miro abobado, pero como no quiero darme por vencido, y en procura de poner a salvo mi propia integridad, le saco a cuento las fascinantes historias de Hades y el Minotauro, de Mefistófeles de Goethe y el Satanás de Bulgakov.

–¡Macanas!, esas son puras macanas –refunfuña–. Escribe sobre mí y verás hasta dónde llegas...

Prefiero ni pensar en las insinuaciones de mi Tío. Mas él, al intuir mi miedo y verme meditabundo, me invita a tomar otro trago y añade:

–No te preocupes, no te llevaré al infierno, allí no te necesitamos. Qué haríamos con un escritor cuya vida se va trocando en un cuento. Por otra parte, tú sabes que los diablos de la mina somos temerarios sólo cuando nos friegan más de la cuenta y somos cariñosos y hasta dadivosos cuando nos tratan con cariño y respeto, incluso somos tan sensibles que sentimos los flechazos del amor de las chinasupay y las chinas morenas. ¿Qué te parece, eh? ¿Qué te parece?...

Con el Tío charlamos siempre de igual a igual, aunque desde el día en que tuvimos una disputa seria sobre la existencia de Dios, a quien lo considera su rival irreconciliable, ya no me atrevo a decirle mucho, pues apenitas levanto la voz, me clava su mirada de fuego y hace crujir sus colmillos como si triturara arena con los dientes. Así que, cuando nos sentamos frente a frente, dispuestos a fumar un cigarrillo y brindar por nuestra suerte, prefiero amarrarme la lengua y no meterme en temas que no me incumben; al fin y al cabo, si él tiene algún problema con Dios es su problema y no el mío. ¿O qué opinan ustedes?

A mí que me deje tranquilo. No lo traje a Suecia para que me meta en líos, sino para enterarle que aquí también se baila la diablada en su honor, que se arman procesiones con la Virgen a cuestas y se organizan jaranas que, entre ch’alla y ch’alla, nos retornan imaginariamente a las entrañas de la Pachamama. Cuando le cuento todo esto a mi Tío, quien en realidad es un ser subterráneo acostumbrado a los laberintos de la mina y la oscuridad, le entran hartas ganas de mostrarse a la luz del día y participar en el Carnaval de los bolivianos, al menos para echarles ojo a las hermosas danzarinas y pegarles un susto mientras menos se lo esperan.

Yo me mato de la risa de las ocurrencias de mi Tío, quien no ha perdido el brillo en el habla ni en la mirada. Está hecho de magia y fantasía, encarna los cuatro elementos de la naturaleza y explaya un gran sentido del humor, se burla de sí mismo, como si no se tomara en serio, y se ríe con sonoras carcajadas de los incrédulos que lo tiene sólo por Lucifer entre los luciferes.

¡Ah!, a los amigos que me han preguntado por mi Tío, les cuento que sigue vivito y coleando; tiene su infaltable cigarrillo en los labios, sus botellas de quemapecho, su coquita, sus serpentinas, confetis y confites, pues a este ser con cuernos, colmillos afilados, orejas de asno y ojos chispeantes, le gusta disfrutar de la vida, la buena comida y la abundante bebida. No es un esperpento cualquiera llegado de las catacumbas del infierno, sino uno de los personajes principales de la mitología andina. Él es el dueño de los minerales y el amo de los mineros, quienes le rinden pleitesía y le brindan ofrendas rogándole que les conceda salud, dinero y amor.

¿Qué más pueden pedirle los desheredados en esta Tierra? No lo sé... No lo sé... Déjenme pensarlo, mientras tanto ustedes tienen la palabra.

Glosario

Chinasupay: Diablesa.
Ch’uspa: Bolsa para llevar coca.
Ch’akiy: Sed, resaca.
Ch’alla: Brindar.

lunes, 24 de enero de 2011


LA LOCA

1

Mi madre contaba que mi abuela era loca, loca de amarrar. Que se perdía abandonando a sus hijos de pecho, mientras mi abuelo, montado en su caballo, la buscaba cuesta arriba y cuesta abajo, revólver al cinto y látigo en mano.

Cuando mi abuela volvía a casa, después de varios días y varias noches, tenía la ropa en jirones, los pies descalzos y las trenzas desatadas por el viento. Y aunque no lloraba ni se quejaba, cargaba heridas en el cuerpo y en el alma.

2

Mi madre contaba que mi abuela era loca, loca de temer. Aullaba como una loba mirando la luna y trepaba por las paredes como mujer araña. Abría los ojos grandes, muy grandes, y enseñaba las uñas y los dientes en actitud de ataque.

Se acercaba a la cama de sus hijos y, al verlos dormidos, les ponía el frío metal del cuchillo en el cuello y susurraba entre dientes: Ustedes no son niños, sino lechones concebidos por el diablo.

Después salía al patio, levantaba las manos al cielo y maldecía a Dios por haberlos parido.
3

Mi madre contaba que mi abuela era loca, loca de remate. Así como desaparecía sin dejar rastro alguno, abandonando a los hijos y al marido, se aparecía en los caseríos aledaños en las noches de luna llena.

Quienes la vieron de cerca, dicen que mi abuela, desgreñada y cuchillo en mano, contaba en voz alta de cómo mató a sus padres, a sus hermanos, a su marido y a sus hijos, y de lo mucho que la hizo gozar el diablo, hasta que un día, los vecinos, atándola de pies y manos, la montaron en un burro y la condujeron a un lejano manicomio, donde ahora escribo este cuento.

Pintura de Eugène Delacroix, 1798 -1663

miércoles, 12 de enero de 2011


EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO

A poco de llegar a Suecia, directamente de la prisión como tantos otros exiliados latinoamericanos, me enteré de que el síndrome de Estocolmo estaba relacionado con un hecho curioso sucedido en esta ciudad en 1973, cuando un grupo de delincuentes, encapuchados y a mano armada, asaltaron el Banco de Crédito (Kreditbanken), con el fin de hacerse con el botín y luego darse a la fuga.

Los delincuentes, hechos un ovillo de nervios y movilizándose torpemente, obligaron a los empleados del banco a tenderse boca abajo y con las manos en la nuca, y, posteriormente, los retuvieron en calidad de rehenes durante seis angustiosos días. Lo interesante del caso es que, cuando los delincuentes procedieron a liberarlos, las cámaras de la prensa captaron el instante en que una de las mujeres, a tiempo de despedirse, abrazaba y besaba a su secuestrador.

Este acto insólito sirvió para bautizar como el síndrome de Estocolmo al afecto entre los captores y sus rehenes. Es probable que esta reacción obedezca a un estado psicológico en el cual la víctima del secuestro, o persona detenida contra su voluntad, desarrolla una relación de complicidad con su secuestrador, a quien le ayuda a alcanzar sus fines y lo apoya a la hora de evadir la justicia.

Los expertos en asuntos de comportamiento humano, le atribuyen al síndrome de Estocolmo varias causas: 1. Tanto el rehén o la víctima como el autor del delito persiguen la meta de salir ilesos del incidente, por ello cooperan. 2. Los rehenes tratan de protegerse, en el contexto de situaciones incontrolables, en las cuales tratan de cumplir los deseos de sus captores. 3. Los delincuentes se presentan como benefactores ante los rehenes para evitar una escalación de los hechos. De aquí puede nacer una relación emocional de las víctimas por agradecimiento con los autores del delito. 4. La pérdida total del control, que sufre el rehén durante un secuestro, es difícil de digerir y, sin embargo, se identifica con los motivos del autor del delito. 5. Se sabe que el síndrome de Estocolmo es más frecuente en personas que han sido víctimas de algún tipo de atropello contra su dignidad, como ocurre con los miembros de una secta religiosa, niños con abuso psicológico, prisioneros de guerra, prisioneros de campos de concentración y víctimas de incesto.

Tiempo más tarde, al ver la impactante escena del síndrome de Estocolmo en un programa televisivo, me quedé pensando en que se parecía más al montaje de una película de ficción que a un episodio sorprendente de la vida real. Por supuesto que a una persona como yo, que sufrió las vejaciones morales y las torturas física en las mazmorras de una dictadura militar, le resulta harto extraño saber que una víctima puede enamorarse de su verdugo. No obstante, se conocen casos aislados de prisioneras que, a pesar de las secuelas de la tortura, mantuvieron relaciones sentimentales con sus torturadores; estos casos se dieron en centros de reclusión, donde algunas prisioneras acabaron cediendo a las insinuaciones amorosas de los carceleros, tras haber sido violadas y golpeadas en las cámaras de tortura.

En la actualidad existan libros, películas y documentales que, de una manera descarnada y una investigación rigurosa, nos acercan a las profundidades más oscuras del alma humana, revelándonos a personajes siniestros que, tras una bestial sesión de torturas, son capaces de compadecerse de sus víctimas y hasta de anamorarse como en el acto más aberrante de una relación sadomasoquista. En la Argentina, por ejemplo, se cuentan casos en que los torturadores, que formaban parte de la doctrina oficial que los militares aplicaron contra la subversión, mantenían relaciones normales con sus víctimas después de torturarlas. En el documental El alma de los verdugos, realizado por el periodista español Vicente Romero y el juez Baltasar Garzón, que echa luces sobre los crímenes cometidos en el sótano de la Escuela de Mecánica de la Armada, los relatos más conmovedores corresponden a ex prisioneras políticas, quienes confiesan cómo sus torturadores las invitaban a salir a cenar, para después volver a ponerles cadenas, grilletes y encapucharlas. Estos relatos, que hablan de esa zona de tinieblas y ambigüedades del subconsciente, contraponen la indefensión y el poder absoluto, la humillación y la fascinación, en unas relaciones atormentadas y confusas entre víctimas y verdugos, que resultan casi incomprensibles para el común de los mortales.

No sé si estos casos aislados corresponden al llamado síndrome de Estocolmo, pero al menos pienso que podrían considerarse como el síndrome de Santiago de Chile, el síndrome de Buenos Aires, el síndrome de Montevideo, el síndrome de Asunción o el síndrome de La Paz, aunque, en honor a la verdad, no conozco a una sola prisionera boliviana que se hubiese enamorado de su torturador ni de su carcelero, quizás, porque estaban asqueadas de la conducta inhumana y perversa de estos seres abominables, quienes tenían el sucio oficio de arrancarles toda la información, por las buenas o por las malas, con tal de cumplir con los objetivos trazados por la tristemente famosa Operación Cóndor.

El síndrome de Estocolmo me sigue pareciendo un fenómeno raro en el campo de la psiquiatría moderna, cuyos expertos han confirmado que este síndrome puede tener, como lo señalamos líneas arriba, varias causas, que van desde los traumas emocionales de la infancia hasta las relaciones sadomasoquistas entre una rehén y su secuestrador.

El síndrome de Estocolmo, que desde hace tiempo me suena a frase rocambolesca, es la expresión de una realidad, igual de rocambolesca como el nombre que la define, donde una relación sentimental compleja y contradictoria puede encontrar un desenlace imprevisible o, en el peor de los casos, terminar en el pozo traumático de la víctima y en la impunidad de su verdugo.