MICROTEXTOS
XIX
Defensa
medioambiental
El
espíritu de la sabiduría ancestral rechaza la contaminación ambiental,
exigiendo retornar al regazo de la Pachamama para que, de una vez por todas,
deje de cubrirse con mantos de luto y melancolía.
El
espíritu de la sabiduría ancestral se enfrenta a la despiadada depredación
humana de la naturaleza, la vida, el amor y la esperanza, convirtiéndose en un
guardián del planeta Tierra, único y maravilloso, donde reinan los otros
guardianes de los ríos, las selvas, los cerros y los bosques, que son entes que
no se ven, pero que existen como almas zoomorfas creadas por el imaginario
popular.
¿Quién
pintó el fresco de la Virgen del Socavón?
La
imagen apareció en la guarida del ladrón Chiru-Chiru, de quien se dice que fue
devoto de la Virgen de la Candelaria, a quien le manifestaba su fe y veneración
encendiéndole una vela los sábado, ya que los atracos que protagonizaba, a los
señores acaudalados en la Villa de San Felipe de Austria, tenía una protección divina, hasta que, un fatídico día, fue herido
de muerte por un comerciante y exhaló sus últimos suspiros en los brazos de su mamita protectora.
Cuando
el vecindario halló su cadáver, halló también la maravillosa imagen de la
Virgen de la Candelaria pintada en la pared rocosa de la guarida del romántico
y justiciero ladrón, ubicada en la entrada de un socavón abandonado en el cerro
Pie de Gallo.
Desde
entonces, la Virgen se convirtió en la patrona protectora de los mineros y el
lugar en un centro de romería permanente, hasta que se levantó una capilla para
consagrar el lugar y después un templo para los miles de devotos de la religión
católica.
Unos
dicen que esta pintura apareció milagrosamente en la guarida del bandido tras
su muerte, mientras otros aseveran que el pincel que pintó el fresco de la
Virgen de la Candelaria no pertenecía al Chiru-Chiru, sino a algún pintor
español que realizó el trabajo por encargo eclesiástico, con el afán de
catequizar a los indígenas y los mitayos de la época colonial.
Lo
único cierto es que nadie sabe con certeza quién pintó la imagen de la Virgen
del Socavón en la guarida del Chiru-Chiru, salvo que apareció como por milagro,
como por arte de magia o como por un ardid tramado por algún curita pícaro
Las
clases sociales
Existirán
mientras el objetivo principal de los humanos, que viven más por tener que por
ser, sea la ambición de acumular riquezas y consumir bienes materiales.
Mineras
En
el pasado, las mujeres tenían prohibido el ingreso a los socavones, debido a la
creencia de que el Tío, amo y protector de las galerías, enfurecía por su
presencia y escondía las vetas de mineral.
Solo
la Pachamama, diosa andina de la Tierra, era benevolente con las que osaban
desafiar las reglas impuestas por el Tío, quien consideraba que la menstruación
no solo hacía huir a las serpientes, sino también al metal del Diablo.
En
la actualidad, las mujeres son mineras y
entran a los socavones para trabajar, en igualdad de condiciones con los
hombres, y sostener económicamente a su familia. El Tío no dice nada, se limita
a mirarlas y, aun sabiendo que jamás de los jamases le rendirán culto a su
falo, las deja trabajar y ganarse el pan del día, siempre y cuando, como el
resto de sus compañeros, le traten con veneración y le rindan tributo con hojas
de coca, cigarrillos y botellas con contenido espirituoso, pero no de chicha,
ni de vino, ni de singani, ni de cerveza, sino de alcohol puro y de 90 grados.
Las
amazonas
Vivían
en mitológicos pueblos habitados y gobernados íntegramente por mujeres
guerreras, que practicaban costumbres viriles, cazaban y montaban a caballo;
eran bellas, blancas y altas, de larga cabellera y fornido cuerpo. Andaban
desnudas y con sus vergüenzas apenas cubiertas por taparrabos hechos con cuero
curtido.
Las
amazonas eran guerreras que, con adargas en forma de medialuna, arcos, escudos
y flechas en mano, defendían su reino, su territorio, de la invasión de los
guerreros varones y de quienes deseaban apropiarse de sus tierras y riquezas;
eran mujeres que se amputaban el pecho derecho, para que no les estorbe a la
hora de blandir el hacha, lanzar la jabalina, tensar el arco y disparar las
flechas, pero se dejaban intacto el pecho izquierdo para amamantar a su
descendencia.
Los
hijos eran procreados con sus enemigos capturados como botín de guerra. Si
nacía un varón era sacrificado junto a su padre, si nacía una mujer era criada
por su madre y adiestrada en las labores del campo, la caza y el arte de la
guerra.
Las
amazonas eran las feministas radicales de una época en que el mundo les
pertenecía a los hombres de hecho y por derecho, en sociedades en las que las
mujeres no eran dueñas de nada, ni de la razón, ni de la moral, ni de la ética
y mucho menos del orden lógico de las cosas materiales e inmateriales.
Felipillo
y Malinche
Los
conquistadores, enfundados en armaduras de hierro y montados a caballo, tomaron
indios cautivos para enseñarles el español y hacerse entender con los nativos.
El
contacto con los nativos se dio a través de los intérpretes o intermediarios.
Así lo hizo Francisco Pizarro en el sur, donde el indio Felipillo sirvió de
intérprete entre el imperio de los incas y los hombres llegados de allende los
mares.
Otro
caso emblemático es doña Marina, la Malinche, india de origen nahua que fue la
amante, intérprete y consejera de Hernán Cortés en el norte, una auxiliar de
valor inestimable, quien durante el tiempo que duró la conquista del imperio de
los aztecas, se convirtió en un arma más poderosa que la Biblia, la pólvora y la espada.
Felipillo
y Malinche fueron instrumentos al servicio de los conquistadores, quienes, con
la fuerza y el fuego de su lengua, tendieron un puente entre dos mundos
diferentes: la de los conquistadores y la de los conquistados.
La
amnesia
Los
descubridores del llamado Nuevo Mundo,
al arribar a la isla de Guanahaní, bautizada como San Salvador por Cristóbal
Colón, tuvieron más de una sorpresa. Habían llegado a una tierra de naturaleza
desconocida hasta entonces para ellos. Los animales, plantas, armas, utensilios
y costumbres carecían de nombre en castellano.
Los
descubridores, al encontrarse con gente de mucho amor y hablando siempre con
una sonrisa en los labios, se dieron cuenta de que debían nombrar todo de
nuevo, como si estuviesen despertando de una amnesia que habían contraído en
las carabelas, borrándoles la memoria y haciendo que olviden los nombres y la
utilidad de las cosas.
La
amnesia de los descubridores se parecía a la peste de insomnio y olvido que
flageló a Macondo, así como se describe en el tercer capítulo de Cien años de soledad, la magistral
novela de Gabriel Gracia Márquez, puesto que Macondo llegó a ser un pueblo
donde se perdió la luz de la memoria, hasta que Melquíades regresó con una
pócima milagrosa que puso fin a la amnesia de sus habitantes, quienes, junto a
Aureliano Buendía, volvieron a nombrar las cosas una por una, igual que los
descubridores que, a medida que fueron explorando otras tierras, conociendo
otras culturas, creencias, costumbres e idiomas, fueron poniendo un nombre en
castellano a las personas, animales y cosas que iban encontrando a su paso,
paso a paso.
El
forajido
Aquella
mañana de verano ardiente, estaba sentado en el poyo de piedras del patio,
abanicándose la cara con un sombrero de ala ancha.
Cuando
de pronto, su amigo, de aspecto desaliñado y vientre abombado como un cántaro,
irrumpió en la puerta, deslizándose con los pies sigilosos. Se le acercó al
forajido y, con ojos de perro asustado y voz trémula, le dijo:
–Te
andan buscando para matarte.
El
forajido alzó la mirada, dejó de abanicarse, se caló el sombrero hasta las
orejas y se puso de pie.
–¿Quiénes?
–Los
hermanos de la joven a quien deshonraste.
–Déjalos
entrar –dijo, mientras empuñaba la cacha de su revólver.
No
pasó mucho tiempo, y los tres hombres, que lo andaban buscando desde que se
enteraron de la violación de su hermana, abrieron la puerta de un empujón e
irrumpieron en el patio, con los ojos encendidos por la ira y portando armas de
caza.
–¿Qué
quieren? –les preguntó.
Ellos
se plantaron delante de él, apuntándole con sus armas. Suspiraron al mismo
tiempo y contestaron al unísono:
–Venimos
a vengar el honor de nuestra hermana.
El
forajido miró sus sombras proyectándose sobre el empedrado y, sin mediar más
palabras, desenfundó el revólver con la velocidad de un rayo y lo descargó en
la humanidad de los tres hermanos, quienes murieron revolcándose sobre las
manchas de su propia sangre.
El forajido pasó por encima de los cadáveres, avanzó hacia la puerta, se despidió de su amigo y despareció sin dejar huella alguna en el camino que lo condujo derechito hacia el infierno.

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