viernes, 16 de octubre de 2026

MICROTEXTOS XIX

Defensa medioambiental

El espíritu de la sabiduría ancestral rechaza la contaminación ambiental, exigiendo retornar al regazo de la Pachamama para que, de una vez por todas, deje de cubrirse con mantos de luto y melancolía.

El espíritu de la sabiduría ancestral se enfrenta a la despiadada depredación humana de la naturaleza, la vida, el amor y la esperanza, convirtiéndose en un guardián del planeta Tierra, único y maravilloso, donde reinan los otros guardianes de los ríos, las selvas, los cerros y los bosques, que son entes que no se ven, pero que existen como almas zoomorfas creadas por el imaginario popular.

¿Quién pintó el fresco de la Virgen del Socavón?

La imagen apareció en la guarida del ladrón Chiru-Chiru, de quien se dice que fue devoto de la Virgen de la Candelaria, a quien le manifestaba su fe y veneración encendiéndole una vela los sábado, ya que los atracos que protagonizaba, a los señores acaudalados en la Villa de San Felipe de Austria, tenía una protección divina, hasta que, un fatídico día, fue herido de muerte por un comerciante y exhaló sus últimos suspiros en los brazos de su mamita protectora.

Cuando el vecindario halló su cadáver, halló también la maravillosa imagen de la Virgen de la Candelaria pintada en la pared rocosa de la guarida del romántico y justiciero ladrón, ubicada en la entrada de un socavón abandonado en el cerro Pie de Gallo.

Desde entonces, la Virgen se convirtió en la patrona protectora de los mineros y el lugar en un centro de romería permanente, hasta que se levantó una capilla para consagrar el lugar y después un templo para los miles de devotos de la religión católica.

Unos dicen que esta pintura apareció milagrosamente en la guarida del bandido tras su muerte, mientras otros aseveran que el pincel que pintó el fresco de la Virgen de la Candelaria no pertenecía al Chiru-Chiru, sino a algún pintor español que realizó el trabajo por encargo eclesiástico, con el afán de catequizar a los indígenas y los mitayos de la época colonial.

Lo único cierto es que nadie sabe con certeza quién pintó la imagen de la Virgen del Socavón en la guarida del Chiru-Chiru, salvo que apareció como por milagro, como por arte de magia o como por un ardid tramado por algún curita pícaro

Las clases sociales

Existirán mientras el objetivo principal de los humanos, que viven más por tener que por ser, sea la ambición de acumular riquezas y consumir bienes materiales.

Mineras

En el pasado, las mujeres tenían prohibido el ingreso a los socavones, debido a la creencia de que el Tío, amo y protector de las galerías, enfurecía por su presencia y escondía las vetas de mineral.

Solo la Pachamama, diosa andina de la Tierra, era benevolente con las que osaban desafiar las reglas impuestas por el Tío, quien consideraba que la menstruación no solo hacía huir a las serpientes, sino también al metal del Diablo.

En la actualidad,  las mujeres son mineras y entran a los socavones para trabajar, en igualdad de condiciones con los hombres, y sostener económicamente a su familia. El Tío no dice nada, se limita a mirarlas y, aun sabiendo que jamás de los jamases le rendirán culto a su falo, las deja trabajar y ganarse el pan del día, siempre y cuando, como el resto de sus compañeros, le traten con veneración y le rindan tributo con hojas de coca, cigarrillos y botellas con contenido espirituoso, pero no de chicha, ni de vino, ni de singani, ni de cerveza, sino de alcohol puro y de 90 grados.

Las amazonas

Vivían en mitológicos pueblos habitados y gobernados íntegramente por mujeres guerreras, que practicaban costumbres viriles, cazaban y montaban a caballo; eran bellas, blancas y altas, de larga cabellera y fornido cuerpo. Andaban desnudas y con sus vergüenzas apenas cubiertas por taparrabos hechos con cuero curtido.

Las amazonas eran guerreras que, con adargas en forma de medialuna, arcos, escudos y flechas en mano, defendían su reino, su territorio, de la invasión de los guerreros varones y de quienes deseaban apropiarse de sus tierras y riquezas; eran mujeres que se amputaban el pecho derecho, para que no les estorbe a la hora de blandir el hacha, lanzar la jabalina, tensar el arco y disparar las flechas, pero se dejaban intacto el pecho izquierdo para amamantar a su descendencia.

Los hijos eran procreados con sus enemigos capturados como botín de guerra. Si nacía un varón era sacrificado junto a su padre, si nacía una mujer era criada por su madre y adiestrada en las labores del campo, la caza y el arte de la guerra.

Las amazonas eran las feministas radicales de una época en que el mundo les pertenecía a los hombres de hecho y por derecho, en sociedades en las que las mujeres no eran dueñas de nada, ni de la razón, ni de la moral, ni de la ética y mucho menos del orden lógico de las cosas materiales e inmateriales.  

Felipillo y Malinche

Los conquistadores, enfundados en armaduras de hierro y montados a caballo, tomaron indios cautivos para enseñarles el español y hacerse entender con los nativos.

El contacto con los nativos se dio a través de los intérpretes o intermediarios. Así lo hizo Francisco Pizarro en el sur, donde el indio Felipillo sirvió de intérprete entre el imperio de los incas y los hombres llegados de allende los mares.

Otro caso emblemático es doña Marina, la Malinche, india de origen nahua que fue la amante, intérprete y consejera de Hernán Cortés en el norte, una auxiliar de valor inestimable, quien durante el tiempo que duró la conquista del imperio de los aztecas, se convirtió en un arma más poderosa que la Biblia, la pólvora y la espada.

Felipillo y Malinche fueron instrumentos al servicio de los conquistadores, quienes, con la fuerza y el fuego de su lengua, tendieron un puente entre dos mundos diferentes: la de los conquistadores y la de los conquistados. 

La amnesia

Los descubridores del llamado Nuevo Mundo, al arribar a la isla de Guanahaní, bautizada como San Salvador por Cristóbal Colón, tuvieron más de una sorpresa. Habían llegado a una tierra de naturaleza desconocida hasta entonces para ellos. Los animales, plantas, armas, utensilios y costumbres carecían de nombre en castellano.

Los descubridores, al encontrarse con gente de mucho amor y hablando siempre con una sonrisa en los labios, se dieron cuenta de que debían nombrar todo de nuevo, como si estuviesen despertando de una amnesia que habían contraído en las carabelas, borrándoles la memoria y haciendo que olviden los nombres y la utilidad de las cosas.

La amnesia de los descubridores se parecía a la peste de insomnio y olvido que flageló a Macondo, así como se describe en el tercer capítulo de Cien años de soledad, la magistral novela de Gabriel Gracia Márquez, puesto que Macondo llegó a ser un pueblo donde se perdió la luz de la memoria, hasta que Melquíades regresó con una pócima milagrosa que puso fin a la amnesia de sus habitantes, quienes, junto a Aureliano Buendía, volvieron a nombrar las cosas una por una, igual que los descubridores que, a medida que fueron explorando otras tierras, conociendo otras culturas, creencias, costumbres e idiomas, fueron poniendo un nombre en castellano a las personas, animales y cosas que iban encontrando a su paso, paso a paso.  

El forajido

Aquella mañana de verano ardiente, estaba sentado en el poyo de piedras del patio, abanicándose la cara con un sombrero de ala ancha.

Cuando de pronto, su amigo, de aspecto desaliñado y vientre abombado como un cántaro, irrumpió en la puerta, deslizándose con los pies sigilosos. Se le acercó al forajido y, con ojos de perro asustado y voz trémula, le dijo:

–Te andan buscando para matarte.

El forajido alzó la mirada, dejó de abanicarse, se caló el sombrero hasta las orejas y se puso de pie.

–¿Quiénes?

–Los hermanos de la joven a quien deshonraste.

–Déjalos entrar –dijo, mientras empuñaba la cacha de su revólver.

No pasó mucho tiempo, y los tres hombres, que lo andaban buscando desde que se enteraron de la violación de su hermana, abrieron la puerta de un empujón e irrumpieron en el patio, con los ojos encendidos por la ira y portando armas de caza.

–¿Qué quieren? –les preguntó.

Ellos se plantaron delante de él, apuntándole con sus armas. Suspiraron al mismo tiempo y contestaron al unísono:

–Venimos a vengar el honor de nuestra hermana.

El forajido miró sus sombras proyectándose sobre el empedrado y, sin mediar más palabras, desenfundó el revólver con la velocidad de un rayo y lo descargó en la humanidad de los tres hermanos, quienes murieron revolcándose sobre las manchas de su propia sangre.

El forajido pasó por encima de los cadáveres, avanzó hacia la puerta, se despidió de su amigo y despareció sin dejar huella alguna en el camino que lo condujo derechito hacia el infierno.

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