viernes, 9 de octubre de 2026

 

ESCRITORES

Rubén Darío

Félix Rubén García Sarmiento, el padre del modernismo literario en latinoamericana, nació en Metapa, Nicaragua, en 1867. Desde niño demostró un talento excepcional en el manejo del lenguaje, aprendió a leer a los tres años edad y a los diez escribió sus primeros versos. A los catorce escribió para el periódico La Verdad y, desde esa misma edad, se lo conoció, por los siglos de los siglos, como Rubén Darío.

En su juventud fue viajero empedernido y desde 1892 ejerció la diplomacia en varios países de América Latina y Europa. Sus biógrafos dicen que no dependía de todos los vicios, pero sí del alcohol que, copa tras copa, le fue minando la salud y acortando la vida.

Su enorme capacidad para ingerir bebidas alcohólicas era notoria. En palabras de un colega diplomático: El poeta soñaba con que el mar fuese de coñac o whisky para ahogarse en la espuma de sus olas.

 Algunas veces, bebía hasta que terminaba en una calle cualquiera, sentado en el suelo, la cabeza en la pared, abierta la levita, y el sombrero de copa y los guantes en el arroyo, como escribió su amigo Juan Ramón Jiménez en Mi Rubén Darío, recordando las copiosas farras del “hipopótamo callado”.

Una noche de tragos podía convertirse en varios días y varias noches de olvido, seguidos de otros tantos días de amargura y depresión espantosa. Siempre que estaba atrapado en las garras del alcohol, experimentaba una soledad abrumadora, una tristeza que deseaba diluir “en un vino de noches”, repitiéndose a sí mismo, una y otra vez: Todo el mundo tiene todo, Yo, nada.

El alcohol fue un protagonista central en la vida del vate nicaragüense. No en vano confesó en su lecho de muerte: Hace diez años bebía una copa de güisqui cada hora; ahora lo hago cada cinco minutos...

Rubén Darío, sin resquicios para la duda ni la especulación, fue innovador, precursor y revolucionario del lenguaje poético; una filosofía literaria que desarrolló a lo largo de su trayectoria y a través de su extensa obra, desde Azul hasta Cantos de vida y esperanza, en cuyas páginas brillan con luz propia sus poemas llenas de metáforas, imágenes y musicalidad.

Con sus obras abrió nuevas puertas para el arte literario y liberó a los poetas acostumbrados a escribir con rima y métrica. Su capacidad creativa lo convirtió en uno de los más grandes poetas hispanoamericanos y su influencia fue decisiva en la literatura en castellano a ambos lados del Atlántico.

Nunca dejó de escribir, pero tampoco dejó de abusar del alcohol, que le provocó problemas de salud y alteraciones emocionales en su personalidad, hasta que, como todo un héroe de la poesía y víctima del trago, llegó a fallecer de cirrosis hepática, en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916.

Juan Rulfo

Juan Rulfo, autor del libro de cuentos El llano en llamas, la novela breve Pedro Páramo y El gallo de oro, era parecido a su literatura: Parco en las palabras, algo inhibido, perfeccionista y, sin ser demasiado teórico ni erudito, era un formidable artista de la fotografía, quizás por eso prefería hablar más sobre cámaras de fotografía que sobre las obras y los autores de su tiempo. Le interesaban poco los famosos del boom de la literatura latinoamericana, salvo los escritores de los siglos XVIII y XIX, y los cronistas de Indias, que escribieron sobre los temas indígenas que le fascinaban desde que empezó a trabajar en el Instituto Nacional Indigenista en Ciudad de México.

Oscar Wilde

Oscar Wilde, si lo ven en las fotografías de su época, nada menos que en blanco y negro, era un verdadero dandy irlandés, nacido en Dablin, un hombre de apariencia atractiva que representaba lo que era la poesía en su tiempo; una poesía que debía trastocar la censura moral victoriana y las normas establecidas por la religión católica. Se hizo rebelde y puso al mundo literario de cabeza, desde que el mundo se enteró de su preferencia sexual, desde entonces se ha convertido en un ícono homosexual, un símbolo para los rebeldes y un maestro para varias generaciones de escritores.

Aunque Wilde se casó en 1884, con Constance Lloyd, una mujer culta e inteligente que lo amó con sinceridad y le dio dos hijos, vivió una vida convencional, hasta que conoció a lord Alfred Douglas, Bosie, el tercer hijo del marqués de Queensberry, de quien se enamoró perdidamente.

El marqués envió a Wilde un mensaje en el que le acusaba de sodomía, a lo que el escritor respondió, sin pensar demasiado en las consecuencias que ello podría acarrear en su vida pública, con una demanda por calumnias. Tras dos juicios humillantes en los que se llegó a exhibir las manchas de semen en sus sábanas, el literato fue declarado culpable de perpetrar actos indecentes y se le condenó a dos años de trabajos forzados, por indecencia grave, en la prisión de Pentonville, Wandsworth y la cárcel de Reading, en 1895.

Después de su muerte, en noviembre de 1900, en la pobreza y la ignominia, Oscar Wilde, el autor que escandalizó a la sociedad victoriana tanto por su homosexualidad como por su ingenio, se ha convertido en el predilecto de los lectores del mundo, quienes leen con pasión sus obras, llenas de humanismo y creatividad, desde sus Poemas (1881) hasta La balada de la cárcel de Readin” (1898).

Oscar Wilde, el escritor que impactó en la vida cultural y estética de Londres y París, es un personaje de culto, el autor más leído de todos los tiempos. Hay algunos que aprenden, incluso de memoria, sus dichos como: no existe más pecado que el de la estupidez o la fuerza bruta todavía tiene un pase, pero lo que no soporto es la razón bruta.

Este gran escritor de vanguardia, que murió  juzgado por su vida libertina en Francia y abandonado por casi todos y en la ruina, ahora es uno de los poetas y narradores más leídos y apreciados de la fauna literaria del mundo; es un escritor que ha sido reivindicado por los niños, jóvenes y adultos, y sus cuentos se leen con gran entusiasmo en colegios y universidades.

Oscar Wilde fue un hombre de sensibilidad extrema, nunca se recuperó de su experiencia en prisión –que le inspiró la que quizá sea su obra más lograda, la Balada de la Cárcel de Reading– y permaneció en Francia, donde murió a los escasos 40 años de edad, lejos de su ciudad natal y cerca de los lectores que hicieron de su obra una bandera de la homosexualidad y su capacidad de crear pasajes y personajes de amor y desamor aclamados por quienes se ponen de pie al solo escuchar su nombre: Oscar Wilde.

El escritor que pasó media vida en la cama

A Juan Carlos Onetti, el escritor que vivía por y para la literatura, siempre se lo imaginó como a una hermosa ballena tendida sobre las espumas de la mar. Era uno de los gigantes de la palabra escrita, una leyenda entre los escritores hispanoamericanos y con una obra que, aun siendo una larga confesión personal, no dejaba de crecer ni dejaba de ser leída en varias lenguas.

Toda su vida, que parece estar resumida en el título de su libro La vida breve, fue amante de la música, la pintura y el cine. Era dueño de un gran sentido del humor, a veces curioso, a veces tierno, a veces maleducado y un obsesionado por la vida humana y por el sufrimiento que pueden causar los hombres, según refirió Dolly (Dorothea Muhr), su cuarta esposa, quien también dijo que el escritor estaba tranquilo en su casa, de la que no salía y cuando no quería enfrentarse con algo, se metía en la cama como un avestruz.

No es casual que los veinte últimos años de su existencia, literalmente, se pasó en la cama, el lugar desde donde se puede hacer lo mejor, como hacer el amor, leer o beber. Recibía a los amigos tendido en pijama, como lo hacía Marcel Proust en París. El escritor español Antonio Muñoz Molina, cuando iba a visitarlo en su vivienda de Madrid, ubicada en un edificio de la Avenida de América, donde estaba como en un exilio en el interior de otro exilio, se sorprendía al verlo sin levantarse de la cama, fumando y sorbiendo whisky y leyendo novelas policiales y de misterio.

Eduardo Galeano, quizás sea el que mejor lo retrató a Onetti en su relato breve incluido en El libro de los abrazos (1989), en el que recuerda que cuando aún era un joven aprendiz de escritor, iba a visitarlo a Juan Carlos Onetti, llevándole sus primeros escritos para conocer la opinión del maestro, a quien lo encontraba siempre tendido en la cama, ya sea por pereza o por tristeza, rodeado de pirámides de puchos, tras una muralla de botellas vacías. Galeano, sentado a la orilla de la cama, le hablaba con frases inteligentes, esperando que Onetti le dijera que sus cuentitos eran indudablemente geniales, pero el maestro, el consagrado autor de numerosas novelas y cuentos, solo miraba al techo y no abría la boca más que para bostezar, fumar y beber, lenta sueñera, pitadas lentas, tragos lentos, mientras murmuraba reflexiones profundas sobre la realidad y lanzaba algunas frases que, aunque correspondían a otros autores, él se las atribuía como suyas.

Es de suponer que la atmósfera de su habitación era pesada, atravesada por el penetrante olor del tabaco, que le restaba espacio al oxígeno. Y que, con la barba escasa y sin afeitarse durante días, estaba tendido de espaldas, boca arriba, o de costado, apoyado sobre el codo, con una copa de whisky con agua en una mano y en la otra con un cigarrillo encendido entre los dedos manchados de nicotina. De seguro que bebía a cualquier hora del día o de la noche. La cuestión era beber para mantenerse en buena onda, sin perder la razón, la lucidez mental ni dejar caer sus lentes de montura gruesa y oscura, pero siempre velado por una pila de libros leídos y por leer, que estaban sobre el velador, cerquita de la cama y de un cenicero lleno de colillas.

Juan Carlos Onetti residió en Madrid desde 1975, exiliado de su país tras el golpe militar. En esta ciudad, donde murió y sobrevivió dulcemente, le anunciaron que ganó el Premio Cervantes en 1980. Él reaccionó con escepticismo ante un galardón de tal magnitud. Calificó la decisión del jurado como una quijotesca ocurrencia, afirmando de manera modesta y autocrítica que los miembros del jurado estaban locos para darle el premio, pues se consideraba a sí mismo un perdedor sistemático, un escritor acostumbrado a la derrota y a ocupar un lugar de segundón.

Todo hace pensar que Onetti nunca esperó un premio literario, salvo el premio de contar con lectores capaces de desentrañar la profundidad existencialista en sus obras y una que otra innovación narrativa, que son una suerte de armas secretas propias de un escritor convertido en maestro de tanto haber practicado su oficio.

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