domingo, 9 de agosto de 2020

EL RELOCALIZADO

                                                                                    I

Cuando Marcelino Colque era todavía un chambón en el laboreo minero, tenía miedo al silencio y la oscuridad. El simple hecho de estar encerrado en el vientre de la montaña, le causaba desesperación y angustia de solo pensar que, quizás, nunca más volvería a contemplar la luz del día ni a ver las maravillas del mundo exterior.

Los obreros más viejos le contaron que la oscuridad, lejos de la luz del día, era el reino del Tío, quien, aun siendo el depositario de las esperanzas de las familias mineras, se apoderaba de la vida y el alma de los más jóvenes de la cuadrilla.

Marcelino Colque, cuya formación emocional estaba cimentada en las supersticiones propias de la cultura quechua, sentía un miedo acosador apenas se internaba en las penumbras de la bocamina, donde escuchaba el ¡ploc!, ¡ploc!, de la ch’aq’a y sentía la mordedura del frío en la piel, hasta que muy pronto comprendió que sus compañeros, a modo de contrarrestar el miedo, hablaban a gritos y reían a mandíbula suelta, mientras alguien contaba un chiste colorado o, amparándose en la oscuridad, lanzaba un chascarrillo contra otro compañero de la cuadrilla.

–¡¿Qué dice tu hermanita, cuñado?!... –gritaba alguien.

Las risas estallaban entre comentarios a media voz, pero la respuesta, más subida de tono, no se dejaba esperar: 

–¡Cornudo, carajo! ¡Cuando no estás en tu casa, yo me meto en la cama con tu chola!...

Las risas volvían a estallar, estrellándose contra las rocas apenas iluminadas por la mortecina luz de la lámpara enganchada al guardatojo.

Así aprendió Marcelino Colque que el campesino proletarizado, de mentalidad cerrada y actitud arisca, no era ajeno al sentido del humor, que se destilaba en el mundo telúrico de interior mina. Aprendió también que las bromas y risas de sus compañeros eran formas de burlarse de los peligros y la muerte.

II

Desde que Marcelino Colque ingresó a trabajar y contrajo matrimonio con una moza de su ayllu, pensó en mejorar su condición de vida, aparte de que se llenaría de una numerosa prole debido a que, al no disponer de televisor ni otras diversiones en sus tiempos libres, se dedicaría a seducir a su esposa para estar con ella antes y después del trabajo.

Pasaron los años y nada resultó como había pensado; no mejoró su condición de vida, su esposa falleció aquejada por una enfermedad desconocida y sin concebir un solo hijo. Después volvió a juntarse con la viuda de otro minero, quien la dejó con una tracalada de hijos y sin más herencia que una cuantiosa deuda a los tenderos del pueblo.

Cuando Marcelino Colque ascendió al cargo de perforista, a fuerza de trabajar duro y parejo, se granjeó la admiración de sus compañeros de cuadrilla, ante quienes representaba la gran personalidad del minero hecho de disciplina, responsabilidad y fortaleza física. Todos le saludaban con el mismo respeto que le profesaban al Tío. No pasaba una sola jornada sin que sus compañeros requirieran de sus consejos y prescindieran de su amplia experiencia en el trabajo. Cada vez que se lo pedían con palabras de afecto y respeto, Marcelino Colque accedía sin hacer preguntas ni poner peros. Acallaba el ruido enervante de la perforadora y, lavándose las manos con su orín, acudía al paraje donde se lo requería con urgencia.

Algunas veces, a pesar de las precauciones que asumía con responsabilidad, se enfrentaba cara a cara con la muerte, como cuando le ayudaba al lamero a descolgar la carga que se atascaba en el buzón. La última vez que trepó con mucho cuidado por las rocas, ajustó la dinamita en una grieta de la carga, la cubrió con barro, chispeó la guía y comenzó a descender a toda prisa, mientras alertaba a sus compañeros:

–¡Tirooo! ¡Tirooo!...

Los trabajadores abandonaron el lugar y, tras unos minutos de espera, la roca estalló en un aluvión de estaño y polvo, llenándose en la galería en un santiamén, como cuando la espesa bruma tendía su manto sobre la montaña hasta cubrirla de tope a tope. La carga se precipitó con un fragoroso ruido y el polvo comenzó a disiparse paulatinamente. Tiempo después, los trabajadores se dieron cuenta de que Marcelino Colque no estaba entre ellos y que había sido arrastrado por la carga.

Entonces, lanzando gritos de desesperación, se dirigieron adonde Marcelino Colque estaba atrapado por la carga. Cuando lo ubicaron, con el cuerpo enterrado hasta el cuello, se movilizaron saltando de un lado a otro, hasta que lo rescataron cogiéndolo por las manos y los brazos. Marcelino Colque, notablemente malogrado por el inesperado accidente, se puso de pie y les agradeció por haberle salvado la vida arriesgando sus propias vidas.

III

Durante muchos años, pensó que la cuadrilla era su familia, el paraje de trabajo su barrio, la mina su ayllu y el campamento la razón de su vida. Todo lo que dejó atrás, en el campo donde nació y creció, correspondía a su pasado; su presente, desde que ingresó a trabajar en interior mina, dependía del Tío; pero su futuro, que era incierto y dependía de factores ajenos a su voluntad, estaba en manos de Dios.

Cuando el gobierno cerró las minas nacionalizadas y se produjo la relocalización de los trabajadores, él tenía ya tercer grado de silicosis, una familia numerosa y un futuro tan oscuro como el socavón. 

La Empresa Minera le extendió su papeleta de retiro y lo abandonó a su maldita suerte. Desde ese día, Marcelino Colque pasó a ser relocalizado, un extrabajador minero que dio su vida por el progreso económico del país, sin imaginarse que un día se cerrarían las minas y que él, como miles de obreros, terminaría en la calle y con los pulmones reventados por la silicosis.      

Un mañana, mientras caminaba por una de las calles del pueblo, se encontró por casualidad con su amigo de infancia, a quien le fue mejor en la vida, como comerciante de coca, alcohol y dinamitas.

–¿Cómo te va, hermanito? –le preguntó saludándole efusivamente y dándole la mano.

–Estoy jodido –contestó Marcelino Colque, con el semblante escuálido y mirándole por debajo del espeso arco de sus cejas.

–¿Por qué? ¿Qué pasó?

–Han cerrado la mina –contestó–. Primero nos quitaron la pulpería y ahora el derecho a trabajar. ¿Qué haremos ahora? Yo me vine aquí con la ilusión de que la mina estaba siempre abierta para quienes querían trabajar con dedicación y sacrificio…

Su compañero de infancia lo miró con infinita tristeza, le puso la mano sobre el hombro e intentó consolarlo:

–No te aflijas tanto, hermanito. La solución está en que te busques otra peguita en otro lugar. Si hubieras seguido en la mina, te hubieras muerto como todos los mineros, sin tener ni siquiera dónde caerte muerto...

–No sé si podré encontrar otra peguita –dijo entre accesos de tos seca–. Tengo mal de mina y estoy jodido de los pulmones.

IV

Lo cierto era que desde que cerraron las minas, miles de trabajadores quedaron cesantes y fueron relocalizados. Se marcharon al campo o a las ciudades en busca de nuevos horizontes de vida. La coyuntura política y económica por la que atravesaba el país provocó una diáspora que no se vivió desde la fundación de la república.  

Los trabajadores como Marcelino Colque, al no contar con el apoyo de nadie, se hundieron en la desilusión y desalojaron los campamentos mineros para dejar detrás de sí una población que, con el paso del tiempo, acabaría en ruinas, con campamentos desmantelados y polvorientos, donde moriría todo atisbo de vida y donde los perros hambrientos serían los únicos deambulando calle arriba y calle abajo, sin encontrar consuelo ni hueso que roer.

Marcelino Colque, abatido por las necesidades cotidianas de su familia, no sabía cómo resolver su situación económica. Así que todos los días, para no ver las lágrimas de su mujer ni la cara de hambre de sus hijastros, salía a dar vueltas por la plaza.

Una tarde, mientras caminaba arrastrando la mirada por el suelo, volvió a encontrarse con su amigo de infancia, quien, ni bien lo reconoció a la distancia, le llamó por su nombre y, mirándolo de pies a cabeza, le preguntó:    

–¿Cómo va todo, hermanito?

Marcelino Colque le dio un fuerte apretón de manos y contestó:

–Todo va de mal en peor. Algunos de mis compañeros, desde que se convirtieron en relocalizados, están deambulando por las calles como fantasmas sin rumbo.

–Ahora entiendo por qué estás jodido.

–Ya sé que estoy jodido –repuso Marcelino Colque–. De nada me ha servido que, para evitar la muerte y la desocupación, le haya rendido pleitesía al Tío, con fe y pleitesía, y le haya entregado ofrendas, incluso quitándoles el pan de la boca de mis hijastros.

–A veces, la vida es así, hermanito –y, a modo de aplacarle su pena, añadió–: El Tío no puede hacer casi nada cuando el Gobierno decide cerrar las minas.

El minero sabía que cuando se cerraba la mina, el Tío se quedaba solo en las galerías, a pesar de que no había Tío sin mineros ni mineros sin Tío.

–¿Ahora qué harás? ¿Con qué darás de comer a tu familia?    

Marcelino Colque pensó un instante y llegó a la conclusión de que no le quedaba más remedio que abandonar el campamento minero y retornar a su ayllu, donde le esperaba el arado para ganarse la vida labrando la tierra como lo hizo su padre y también el padre de su padre.

–¿En qué piensas? –le preguntó su amigo, al verlo cabizbajo y reflexivo.

–En la decisión que he tomado.

–¿Qué decisión?

–Le diré a mi mujer que aliste a las wawas y empaque nuestras miserables pertenencias. Nos iremos por el camino que Dios nos señale en su misericordia. No nos queda otra alternativa que abandonar este infierno para rehacer nuestras vidas en el campo.

–Eso será lo mejor, hermanito –le dijo, hundiéndose en un hondo suspiro–. A veces es bueno alejarnos del Tío y entregarnos a Dios…

Marcelino Colque se abalanzó a los brazos de su viejo amigo, como un niño aferrándose a cualquier cosa para no moverse de un lugar, pero igual llegó el instante en que tuvo que despedirse y dirigir sus pasos de relocalizado hacia un futuro que lo esperaba en el campo, al otro lado de las rugosas montañas de mineral, sangre y dolor.

domingo, 2 de agosto de 2020


LA CREACIÓN

Cuando el Tío me vio entrar en el cuarto, con las Sagradas Escrituras bajo el brazo, me miró sorprendido y carraspeó como cada vez que un símbolo religioso invadía su territorio. Dejó que me sentara delante de él y pusiera la Biblia sobre la mesa llena de tabaco, coca, copas y botellas.

–Estás leyendo el libro de los libros –comentó.

–Así es –le dije–. Estoy leyendo el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana, el relato del Génesis, que no tiene nada que envidiar a los cuentos y novelas del denominado realismo mágico.

El Tío se apoltronó en su trono, encendió el cigarro con la chispa de sus ojos y se sirvió un vaso de singani de la botella que le dejé el día en que los mineros, en vísperas del Carnaval, ch’allan las galerías de la mina, donde las réplicas de su imagen son motivos de culto y veneración.
 
–Ahora que has leído las supuestas palabras de Dios. ¿Eres capaz de relatarme el mito de la creación del mundo con tus propias palabras?

Yo me incomodé como un alumno que tiene pésima memoria y que todo lo que lee entiende mal, por no decir al revés. Pero como se trataba de la Biblia, acepté su reto. Me acomodé mejor en la silla, respiré de manera serena y, como inspirado por el Espíritu Santo, desembuché lo poco que sabía:

–En el principio, según refiere el libro del Génesis, todo era vacío y las tinieblas cubrían el abismo. Entonces Dios, abriéndose paso en medio del caos, creó el cielo y la tierra con la potencia de su palabra. Que exista la luz, dijo. Y la luz se separó de las tinieblas. Que existan astros y estrellas en el firmamento para distinguir el día de la noche, dijo. Y los astros y las estrellas se encendieron como luciérnagas en la noche. 

–¿Y qué más? –preguntó el Tío.

–Después separa las aguas de la tierra. Que las aguas se llenen de seres vivientes, deslizándose en ellas, y que los pájaros vuelen esparciéndose en el cielo, dijo. Y así se hizo. Que la tierra produzca vegetales, hierbas que den semilla y árboles frutales, dijo. Y así se hizo. Al final, al ver que todo eso era bueno, los bendijo diciéndoles: Sean fecundos y multiplíquense.

El Tío miró hacia un lado y hacia otro, como si no supiera qué decir. Daba la impresión de que el relato del principio de los principios y la presencia de un ser Supremo, que con su sola palabra podía hacer aparecer las cosas como un mago de circo, lo tenía encandilado como cuando le contaba una historia de ciencia-ficción.

–Antes de crear al hombre, Dios escogió una pequeña parte de la tierra para convertirla en un paraíso llamado Jardín del Edén y en medio del jardín hizo brotar el árbol de la ciencia del Bien y del Mal.

–Es impresionante cómo alguien puede hacer aparecer todo lo que le da la gana solo con la fuerza de su palabra –dijo el Tío, con cierto escepticismo y reclinándose en el respaldo de su trono.

Yo puse mi mano sobre la cubierta del libro sagrado y, acariciándolo como el lomo de un gato, seguí relatando las maravillas de la creación:
  
–En el séptimo día del Génesis, Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Y procedió a formar al hombre con un montoncito de tierra y polvo, dotándole vida con el soplo de su divino aliento.

El Tío me miró como dudando de mis palabras que, en realidad, no eran mis palabras, sino las palabras de Dios. Se puso el cigarrillo entre los labios y pidió una copa de singani purito, sin limón ni gaseosa. 

–Ahora viene otra parte interesante –le dije, volviéndome a acomodar en la silla–. Como Dios vio que no era bueno que el hombre estuviese solo en el Jardín del Edén, se le ocurrió crear a una mujer idónea para que sea su compañera de vida...

–¿La formó también con un montoncito de tierra? –indagó de manera capciosa.

–No –contesté de inmediato–. Dios hizo que el hombre caiga en un sopor profundo y, mientras dormía como una wawa en mullida cuna, tomó una de sus costillas, rellenó el vacío con carne y de la costilla formó a la mujer. Cuando la puso delante del hombre, éste abrió los ojos, miró maravillado el desnudo cuerpo de su compañera y exclamó: ¡Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne! Así los creó; macho y hembra los creó. A él le llamó Adán y a ella Eva.

–No cabe duda de que ese Dios era un ser Todo Poderoso, capaz de hacer brotar el árbol del Bien y el Mal como un jardinero, de quitar la costilla de Adán como un cirujano y modelar a Eva como un alfarero… ¡Qué increíble! ¡Simplemente, increíble!...

En el cuarto se hizo un repentino silencio, no se escuchaba el ruido de la respiración ni el vuelo de una mosca, hasta que el Tío lanzó una fétida flatulencia y preguntó: 

–¿Y por qué no le quitó otro hueso de otra parte?

–No le quitó un hueso de los pies para que no sea su esclava, ni de su cabeza para que no sea la cabeza de la casa, sino de la costilla, del medio de su cuerpo, para que sea respetada como él mismo y, además, para que tenga los mismos derechos y las mismas responsabilidades.

–¿Qué más?

–Una vez que terminó la obra de su creación, Dios los puso delante de sus ojos y les ordenó: Sean fecundos y multiplíquense, Labren la tierra y sométanla. Y, a continuación, les dijo: Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas las fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que reptan por el suelo, les doy como alimento el pasto verde.

–¿Eso es todo lo que les dijo? –preguntó el Tío.

Yo me incomodé con su pregunta, recordé qué más había leído en esa parte de la creación y, luego de un ligero repaso mental, llegué a la cuenta de que me estaba olvidando lo más importante.

–¡Ah, se me olvidaba lo más importante! –exclamé, tomándome la cabeza con las manos–. Les dijo: “Pueden comer los frutos de cualquier árbol del jardín, menos de este, y, señalándoles el manzano, cuya frondosidad era acariciada por el viento, les advirtió: No comerán de él, ni lo tocarán, so pena de muerte. Si comen de él, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del Bien y del Mal.

–¿Así que en el manzano crecía la fruta prohibida?

–Sí –contesté–. La manzana era la fruta del pecado…

El Tío se relamió los labios y se limitó a escuchar lo que yo tenía por decirle.

–Al cabo de ordenarles lo que debían hacer y no hacer –continué–, Dios los dejó en el Jardín del Edén, donde Adán y Eva fueron felices mientras comían los deliciosos frutos de su cuerpo, hasta que un día se apareció el lacayo del diablo, quien, transformándose en una serpiente, se convirtió en el tentador de Eva. La serpiente adquirió el don de la palabra y aprendió a caminar sobre la punta de la cola. Se le acercó a Eva, le habló con palabras dulces, incitándola a comer la fruta prohibida del árbol del saber del Bien y del Mal. Ella le obedeció como mujer sumisa, estiró la mano hacia la rama del manzano y cogió la apetecible fruta. Le hincó los dientes y comió para lograr sabiduría. La serpiente, tras cumplir la misión encomendada por el diablo, se despidió de Eva y se alejó del lugar. Eva, ni corta ni perezosa, le dio de comer la fruta prohibida a Adán, llevándolo a cometer un acto que lo apartaría de su Creador.

El Tío se remeció en su trono, se acarició la barbilla y enseñó una sonrisa diabólica.

–Qué interesante –dijo, enseñándome sus ojos color violeta como rayos láser.

–No te rías –le increpé en tono molesto–. Fuiste tú quien hizo pecar a los primeros padres de la humanidad, ¿verdad? La serpiente, debido a su papel en la introducción del pecado, llegó a ser la bestia más odiada y temida por el género humano. Como tal, muchas veces, la serpiente ha sido asociada con el diablo, con Satán y… ¡Contigo!

–¡No me hables en ese tono, carajo! –reaccionó el Tío, mientras sorbía otro trago–. Yo no tengo nada que ver con ese diablo y mucho menos con la serpiente…A mí no me metas en esa sopa. No tengo nada que ver con la ingesta de la manzana ni con el pecado que cometió esa tal Eva, que más parecía un animal dominado por la sensualidad y el pecado carnal. Y, por si te quedan dudas, a mí no me han creado ni Dios ni el Diablo, sino los mineros, quienes me hicieron a su imagen y semejanza…

–Dicen también que la serpiente, una criatura dotada del don de la palabra y capaz de expresar sus pensamientos con deslumbrante lucidez, le convenció a Eva para que le diera de comer el fruto prohibido a Adán, ya que si ambos comían del árbol de la sabiduría, de lo Bueno y lo Malo, no morirían, como les dejó dicho Dios, sino que se les abrirían los ojos y oídos, y serían como su Creador. Así fue como nuestros primeros padres, incitados por la serpiente y desobedeciendo el mandamiento divino, introdujeron el pecado y la muerte en este mundo.

–¿Y por qué tuvo que haber sido la serpiente la tentadora y no otro animal? –preguntó el Tío.

–Porque dicen que la serpiente es, o al menos era, la más astuta entre todos los animales que Dios puso sobre la faz de la Tierra.

–La serpiente, ¿la más astuta? –cuestionó el Tío–. Que yo sepa, en las fábulas de la tradición popular, el zorro es el animal más astuto entre los astutos… ¿O no has leído las fábulas y los cuentos de la tradición oral boliviana, como las aventuras del Atoj Antonio y el cumpa Conejo de don Antonio Paredes Candia?

Yo puse cara de no lo sé. Lo miré de frente y él me devolvió la mirada con todo el peso de su autoridad. Se metió otro trago puro y lanzó sobre mi cara un fuerte tufo a tabaco y alcohol.

–Bueno, bueno –dijo–. Lo que me interesa por ahora es saber cómo Dios se dio cuenta de que las criaturas de su creación comieron del árbol del saber del Bien y del Mal.

–Dios los buscó en el Jardín del Edén, pero no los encontró. Entonces gritó: ¡¿Dónde te has metido, Adán?! Él salió de entre unos arbustos y contestó: Te oí andar por el jardín y me dio vergüenza, porque estoy desnudo; por eso me escondí. Dios no tardó en preguntarle: “¿Quién te ha hecho ver que estás desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer? Adán bajó la cabeza y, mirándose el apéndice que le colgaba como lombriz entre las piernas, contestó: “La mujer que me diste por compañera, por insinuación de la serpiente, me dio la fruta del árbol prohibido y comí… ¿Y dónde está ella?, le preguntó el Creador. Está conversando con la serpiente cerca del manzano, respondió.

–¿Qué pasó después? –preguntó el Tío, como si desconociera ese pasaje bíblico.

–Dios fue hasta allí y creó una enemistad irreconciliable entre la serpiente y la mujer. A la serpiente le dijo: Maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás y polvo comerás todos los días de tu vida. A la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos. Con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará. Dicho esto, Dios volvió a acercarse a Adán, lo miró con infinita furia y, barriéndole el rostro con su divino aliento, le sentenció antes de echarlo del Jardín del Edén: Por haber escuchado la voz de tu mujer, como varón domado, y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldita sea la tierra por tu culpa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que la muerte reduzca a polvo tu cuerpo; porque del polvo vienes y  al polvo volverás.

–Después se desataron los males y las desgracias como si Adán y Eva hubiesen abierto el ánfora de Pandora.

–Así es –asentí con la cabeza–. Todo se jodió desde que nuestros primeros padres desobedecieron el mandamiento divino e introdujeron el pecado y la muerte en el mundo.

El Tío fumó el cigarrillo, se metió otro trago, se relamió los labios y, para demostrarme que él también conocía el libro del Génesis, relató el desenlace, pero no de acuerdo al texto original, sino a su manera:

–Qué padre más estricto y malvado –dijo–. Pobrecitos de sus hijos, quienes, por desobedecer deliberadamente la ley divina y tragarse el fruto del árbol de la sabiduría, fueron expulsados del Jardín del Edén, perdiéndose así, por su culpa, por su maldita culpa, el paraíso que Dios creo sobre la faz de la Tierra. Desde entonces tuvieron que vagar sin rumbo, como cuando los padres de Hansel y Gretel, que no tenían qué darles de comer, los abandonaron en medio del bosque, al menos según el cuento de la tradición oral recogida por los hermanos Grimm. ¿Conoces ese cuento?

–No –le dije, aguardando que concluyera el relato sobre el mito de la creación del mundo y la especie humana.

–Y como los primeros padres de las humanidad estaban avergonzados de la desnudes de su cuerpo –dijo en un tono sarcástico, como burlándose del nacimiento de la tragedia humana–, antes de seguir su camino como nómadas, se cosieron hojas de higuera y se las pusieron como taparrabos, hasta que más tarde, para cubrir mejor sus vergüenzas, se fabricaron túnicas con la piel de animales silvestres.

Cuando dejó de hablar y se hizo otro silencio, me miró con el ceño fruncido y los colmillos descubiertos por una sonrisa socarrona que, en lugar de amainar la tensión de mis nervios, me provocó un malestar interior, como precipitándome, largado de la mano de Dios, hacia un abismo de caos y tinieblas.

–¿Tienes algo más que decir? –preguntó.

Yo negué con la cabeza y, como no estaba en condiciones de seguir con la conversación, levanté la Biblia, la puse bajo el brazo y me alisté para salir. En eso nomás escuché la metálica voz del Tío:

–Me olvidaba preguntarte, ¿Quién es el autor de ese libro?

–No tiene autor conocido –contesté–, pero todos dicen que todo lo que está escrito en este libro es la palabra de Dios.

–¡Ah, carajo! –reaccionó el Tío–. Yo pensé que era una compilación de diversas historias basadas en las tradiciones orales del II milenio, mucho antes del nacimiento de Cristo, y no las palabas dictadas por un ser Supremo a un solo autor, como yo te dicto a ti mis ocurrencias y aventuras cada vez que se me ocurren. Todo hace pensar que el libro fue escrito, a lo largo de muchos siglos, por varios religiosos, en diferentes momentos y lugares. Además, los primeros capítulos del Génesis debemos tomarlos como escritos simbólicos y no como historias reales, pues son narraciones que tienen mucho de ficción, como la parte donde se explica la creación del mundo y la genealogía de la humanidad desde el comienzo de los tiempos.

No supe qué contestar. Me levanté de la silla, me paré detrás del respaldo y, más avergonzado por mi ignorancia que por mi falta de mayor fe en la fe religiosa, decidí despedirme del Tío, quien se quedó en la oscuridad del cuarto, sin dejar de fumar ni beber sus tragos de aguardiente. 

jueves, 23 de julio de 2020


CUENTAGOTAS

Monstruo marino

Cuando las olas avanzaron desde el horizonte, con una fuerza y un despliegue de tenebrosas espumas, el barco, con las velas desplegadas a la deriva, empezó a flotar entre las embravecidas olas del mar, cuyas aguas se vaciaban en un abismo sin fondo. Los tripulantes no alcanzaron a salvar sus vidas y desaparecieron entre gritos de espanto y auxilio. El único sobreviviente, quien fue tragado por una ballena y escupido cerca de un puerto, contó que el barco y los tripulantes no desaparecieron en un abismo, sino que fueron engullidos por un monstruo parecido al demonio, con escamas en el cuerpo, ojos en la punta de los cuernos, alas de quimera y cola de saurio.

La vida y la muerte

Sentadas en el tren del tiempo, conversaron sobre los altares y los ritos de Todos los Santos, hasta que la muerte, ataviada de negro, le dijo:

–Quisiera que me des tu vida para dejar de ser muerte.

–¡Eso ni muerta! –contestó la vida.

Háganse Dios y el Diablo

Dios habló: ¡Hágase la luz!
El Diablo habló: ¡Hágase la oscuridad!
El ser humano habló: ¡Háganse Dios y el Diablo!

Tilín-Talán

Tilín-Tilín tocó la  puerta.
–¿Quién es? –preguntó Talán-Talán.
–Tilín-Tilín –contestó.
–¿Qué desea?
–Hacer Tilín-Tilín con Talán-Talán.
–¿Y para qué?
–Para que nazca un Tilín-Talán.

El romántico

Quiso encontrar la felicidad en el amor, pero no encontró más que la desilusión y la muerte.

El profe

Los estudiantes de matemáticas, suspendidos una y otra vez, no dudaron en poner en duda los métodos de enseñanza del profe de mate.

–El profe es más complicado que una fórmula algebraica –comentaban de uno en uno, de dos en dos y de tres en tres.

El profe ponía oídos sordos a los comentarios y no decía nada.

Los estudiantes sabían que el profe dominaba su materia al dedillo; lo que no dominaba era el arte didáctico de cómo hacerles tragar los números como aceite con cuchara.

Evolución

–Si el mono es el pariente cercano del hombre –se dijo un chimpancé enjaulado–, entonces es lógico que Tarzán sea el rey de los monos.

El rencor

En una población de la meseta andina, lejos de la mano de Dios y cerca de la mano del Diablo, un minero descubrió a su mujer recostada con otro hombre, en la misma cama y en el mismo cuarto en el que se juraron fidelidad.

El minero, cegado por los celos y el corazón partido por el rencor, mató al amante y descuartizó a su mujer.

El hijo de la pareja, único testigo del terrible crimen, se retiró empapado en lágrimas y se refugió en la cancha de fútbol, su gran pasión, donde acabó con su vida colgándose del travesaño.

lunes, 20 de julio de 2020


WILLY FLORES PARTIÓ HACIA EL PARNASO DE LOS GRANDES

Ahora que la prensa digital, en tiempos de pandemia, me trajo la infausta noticia de su deceso, acaecido el pasado domingo 19 de los corrientes, me embarga una amarga tristeza, porque a Willy le tenía un especial aprecio no sólo porque compartíamos intereses comunes, sino también porque nos unía una sincera amistad. Siento un hondo pesar al saber que no pudo asistir a tiempo a una consulta médica por sus afecciones cardiorrespiratorias, debido a que cumplía con una detención domiciliaria que le impusieron arbitrariamente desde noviembre del 2019, tras las revueltas iniciadas contra el gobierno del MAS, acusándolo, sin prueba alguna, de fabricar y distribuir bombas molotov, por órdenes del Ministerio de Culturas, entre los alteños que defendían el Proceso de Cambio.

Willy Flores vivía enamorado de la vida y las ideas libertarias. Se casó con su compañera de teatro María Elena Cárdenas, con quien tuvo un niño que, de seguro, es ya el heredero del talento artístico de su padre y el continuador de su actividad actoral, que si bien no le daba riquezas en metal, le dejaba enormes satisfacciones en el alma, que de por si es un valioso patrimonio espiritual, que no se puede cambiar ni por todo el oro del mundo.

Willy Flores jamás perdió su ajayu de alteño; tenía los pies clavados en su comunidad aymara y las esperanzas puestas en un porvenir mejor que el que ofrece la voracidad del capitalismo salvaje. Estaba comprometido con el destino de los sectores más desposeídos y compartía el sueño de los luchadores sociales empeñados en conquistar mejores condiciones de vida. Era por eso que admiraba la obra del escritor uruguayo Eduardo Galeano, a quien, según me confesó en cierta ocasión, mientras caminábamos rumbo al local del Centro Cultural Albor, hubiera querido conocerlo en persona, para intercambiar ideas, estrecharle la mano y fundirlo en un fraternal abrazo.

Willy Flores no vivía del arte, sino para el arte. Su vida destilaba teatro y por sus venas corría poesía. Todo él era arte, un ser humano con una gran capacidad histriónica y un autor de piezas de teatro con fuerte contenido sociopolítico. Seguidor del dramaturgo alemán Bertolt Brecht, creador del teatro épico y dialéctico, y admirador de la escritora sueca Astrid Lindgren, cuya obra infantil, Miguel el travieso, él adaptó con acertada intuición a la realidad boliviana.


Cuando puso en escena Bolivia Diez, me invitó a una de las presentaciones en el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez de la ciudad de La Paz, donde me sorprendió con la magnífica interpretación que hizo de los relatos tomados de mis Conversaciones con el Tío de Potosí. Al finalizar el acto, lo visité en los camerinos para felicitarle a él y a sus compañeros. Fue entonces que, medio en serio y medio en broma, me invitó a formar parte de su elenco, con el argumento de que nadie podía encarnar mejor que yo las diabluras del Tío de la mina. Yo me limité a esbozar una sonrisa, en tanto él me miró a los ojos y dijo: Piénsalo, Montoya.

Willy Flores era un amigo que lo daba todo sin pedir nada a cambio, un compañero en la ruta de los enamorados de la libertad y la justicia, un hombre de teatro acostumbrado a ganarse los aplausos con honestidad y esmero, un maestro de miles de jóvenes que se formaron en teatro y poesía por el camino del arte, en el que él era un verdadero tejedor de sueños y esperanzas. Willy era, sin mayores preámbulos ni rodeos, el prototipo del intelectual revolucionario que intentaba descifrar la realidad social a través de sus actuaciones, uno de los precursores fundamentales del teatro alteño y pieza clave de la vida cultural de una ciudad que él amaba como si todas sus calles y todos sus parques fuesen escenarios al aire libre, sin dejarles de reclamar a las autoridades ediles cómo era posible que la segunda ciudad demográficamente más grande de Bolivia tuviera un solo teatro, el Teatro Raúl Salmón de la Barra que, en varias oportunidades, en lugar de fomentar actividades culturales, estaba al servicio de algunas sectas religiosas que lo usaban para congregar a sus feligreses los fines de semana.

Siempre pensé que si Albor existía era porque existía Willy, su dedicación y su esfuerzo eran recursos indispensables para asumir los retos de sus presentaciones teatrales en el ámbito nacional e internacional y, sobre todo, para llevar adelante los proyectos que se planteaban como institución cultural en la ciudad de El Alto, donde se ganaron un merecido respeto a fuerza de trabajo serio y perseverante. No en vano el grupo Albor, aparte de promover actividades poéticas y teatrales, constituía un referente fundamental de la vida cultural que se desarrolla en la ciudad más joven y más alta de Bolivia.


Algunas veces me invitó a participar de sus actividades, me presentó a los jóvenes que asistían a sus lecciones de teatro y me convocó a ser jurado del concurso de poesía Pluma de Plata y del festival poético Jiwasamphi Sartañani, que eran verdaderas fiestas de la palabra oral y escrita, en las que participaban estudiantes de los ciclos primarios y secundarios de todo el país; todo un movimiento cultural organizado con gran entusiasmo y encomio, en aras de formar a jóvenes y niños en las bellas artes de la poesía y el teatro, contextos en los cuales él supo descollar con talento natural, como natural era su forma de ser y de pensar, con el corazón bien puesto a la izquierda de su pecho.

Ahora que me llegó la fatal noticia de su partida hacia el parnaso de los grandes, recuerdo también que alguna vez, por solicitud de su compañera Leticia Guarachi, dirigí un taller de literatura en los ambientes de Albor, ubicados en la esquina de la Calle 6 de la zona Villa Dolores, donde los y las jóvenes escribieron textos, tanto en prosa como en verso, sobre la compleja y contradictoria realidad de la ciudad de El Alto, y cuyos textos, una vez reunidos y revisados, fueron publicados en una edición artesanal con el título de Muñecos, Heces y Reflejos, el año 2013; un resultado escritural por el que Willy me agradeció con palabras sinceras, consciente de que ese granito de arena le sumaba puntos a la institución cultural, con autogestión y principios basados en el respeto a los derechos humanos, a la que entregó su vida entera desde su fundación.


Willy Flores y sus compañeros hacía mucho que venían desarrollando una Cultura de Altura, con el único objetivo de rescatar el patrimonio histórico y la memoria colectiva alteña, para luego representarlos sobre las tablas, sin más compañía que los actores/ras, reflectores, telones, micrófonos y un público interesado en aprender y disfrutar de su propia historia puesta en escena, al margen de otras obras que él leía con sumo interés y las adaptaba a las técnicas propias del teatro, como ocurrió con Las venas abiertas de América Latina de Galeano, que presentaron cientos de veces tanto en Bolivia como en otros países del continente, en cuyos escenarios él supo destacar con su voz templada y ataviado siempre con un saco blanco y negro.

Para Willy Flores, en su condición de director del Teatro Albor, era importante que todas las representaciones estuviesen ligadas a temáticas políticas e históricas, desde una perspectiva ética y estética. El fondo y la forma debían ensamblarse y obedecer a parámetros destinados no solo a entretener al público, sino a entregarle un mensaje con la intención de ejercer influencia sobre sus ideas y su conciencia. Estaba empeñado en proponer un tipo de teatro que mostrara la realidad de los bolivianos, con escenas donde se reflejaran las contradicciones sociales y raciales, con todas las características que condicionan la vida humana. Se trataba de una propuesta teatral que conmoviera los sentimientos y obligara a pensar a los espectadores, ya sean estos niños, jóvenes o adultos, invitándolos a sacar sus propias conclusiones sobre la pieza puesta en escena. Todo esto motivado por la concepción de demostrarles a los críticos y escépticos que, a través del teatro, se podía contribuir a la educación y a modificar las estructuras socioeconómicas de una sociedad.

Con el prematuro deceso de Willy Flores, la ciudad de El Alto pierde a un gran actor, poeta y gestor cultural. Ahora, a sus familiares, amigos y conocidos, nos queda sólo aguardar que las semillas que sembró durante años, con honda pasión y desmedido amor, florezcan a plenitud en el jardín de los hombres y mujeres enamorados del arte, la poesía y el teatro.  

Fotos:

1. Willy Flores
2. Willy Flores y el Teatro Albor en la escenificación de cuentos del Tío de la mina, Llallagua, 5/9/2018.
3. Un miembro de Albor, Víctor Montoya y Willy Muñoz. En la premiación del concurso “Pluma de Plata”. Ministerio de Culturas, La Paz, 26/12/2013.
4. Leticia Guarachi, María Elena Cárdenas, Clemente Mamani, Marcela Gutiérrez, Víctor Montoya, Willy Flores y un miembro de Albor. Local del Centro Cultural Albor, El Alto, 16/12/2012.

martes, 14 de julio de 2020


DE FÁBULAS Y CUENTOS

En la capital de México, muy cerquita del Zócalo, en un kiosco de libros usados, adquirí a precio módico las Obras completas del guatemalteco Augusto Monterroso, cuyas tapas amarillentas daban la impresión de haber pasado como el diablo por los dientes de un molino; un aspecto que, sin embargo, no le restaba su valor literario, tratándose de una colección fabulosa donde, por supuesto, estaba bien plantado su microcuento El dinosaurio, compuesto nada menos que de siete palabras: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. La obra era completa porque, aparte de varios relatos dispersos, incluía La oveja negra y demás fábulas, que el autor escribió deslumbrado por la fauna del Jardín Zoológico de Chapultepec.

Esa misma noche, en el vernissage de un pintor boliviano afincado en México, compartí momentos agradables con el periodista y poeta Coco Manto, quien, a modo de tomarle el pelo al autor de La oveja negra, escribió en  su libro, Animalversiones (Zoopatología de ciertas bestias), un párrafo que, con ironía y gran sentido del humor, expresa: Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí... Éste es el cuento más corto, se dice. Lo escribió Tito Monterroso, aunque yo me sé uno más chiquito: había una vez truz... Como es natural, entre chiste y chiste, atiné a comentar su genial ocurrencia. Coco Manto se tragó la lengua, se hizo el despistado y esbozó una sonrisa como única respuesta. 

Cuando retorné a Suecia, con las obras de Esopo, Samaniego, Iriarte, La Fontaine y otros que se llenaron en la maleta, dejando afuera los souvenir y las botellas de mezcal, no hice otra cosa que enfrascarme en la lectura de las fábulas, a modo de refugiarme del espantoso frío escandinavo y olvidarme de la nieve a costa de leer historias ambientadas en la selva, hasta que una noche soñé que estaba tendido al pie de un árbol de follaje espeso. Miraba el sol que incendiaba el manto azul del cielo, cuando la sombra de otro árbol, de tronco macizo y leñoso, cayó aplastándome la mirada. Intenté pararme, pero sentí que algo pesado se me precipitó encima; no era el árbol, tampoco la sombra, sino la pata de un elefante aplastándome el cuello. El elefante era inmenso y poseía un peso ni para qué les cuento.

De pronto vi el sol descolgándose del cielo como pelota de fuego. Me quemó por dentro, como si el fuego se hubiese instalado en mi cuerpo. Me retorcí de dolor. Quise toser, pero no pude, hasta que el elefante me clavó los colmillos en las piernas, respirándome con su trompa rugosa y prensil.

Agonizaba con la mirada tendida en la nada, mientras una bandada de buitres sobrevolaba alrededor del elefante, que rápidamente se retiró al trote, batiendo el rabo, las orejas y la trompa. Uno de los buitres, la cabeza y el pescuezo desplumados como el de los gallos de pelea, se me acercó a los ojos. Desplegó las alas y dio pequeños brincos en derredor, como cuando se disputa un trozo de carroña entre otras aves de rapiña. Yo permanecí aterrado y quieto, con el corazón golpeándome contra la caja del pecho. A ratos, mientras miraba al buitre con el rabillo del ojo, sentía que la respiración se me iba entre estertores de agonía.

El buitre volvió a plegar las alas. Se detuvo a la altura de mi cabeza y, enseñándome una de sus garras fuertes y encorvadas, preguntó: 

¿Sabes para qué sirve esto?

No contesté con voz moribunda.

¿Así que no sabes? dijo. Se subió sobre mi pecho, se movió tambaleándose y desplegó las alas. Luego insistió: ¿Así que no sabes para qué sirven mis garras?  

No...

¡Sirven para deshacerte mejor! dijo lanzando un graznido que me desgarró los oídos.

Después hundió sus garras en mis ojos y me arrancó la carne a picotazos, hasta reducirme a un montón de huesos...

Qué terrible la pesadilla que me gasté, ¿verdad? Eso me pasó por haber leído obsesionadamente esas pequeñas composiciones literarias, escritas en verso y en prosa, cuyos protagonistas son animales con personalidad y voz propias, gracias al ingenio y la pluma de sus autores, quienes no solo tienen la capacidad de atribuirles dones humanos, sino también la capacidad de metamorfosearse en bichos inmundos como ocurre con Gregorio Samsa en la obra del atormentado Kafka.


Las Animalversiones de Coco Manto, a diferencia de las fábulas de Monterroso, son una suerte de alegorías donde los humanos se confunden con los animales, o estos con sus hermanos racionales, pues el autor, quien se burla del poder corrupto de los politiqueros de levita y se rebela contra el despotismo de las dictaduras militares, tiene la habilidad de entretenernos con cuentos que encierran verdades éticas y morales, y con otras que, rayando en las expresiones de doble sentido o los chistes, dicen: La vaca tomó al toro por las astas para que no le ponga cuernos. Otro: El loro le dijo al rey león que un burro quería ser burra. El sabio rey le ordenó: enciérralo con llave en la biblioteca para que se aburra. Otrito más y listo: El gallo es el palo del gallinero.

Aunque la fábula no tenga una enseñanza útil en el desenlace ni una moraleja al pie de página, es importante que al menos esté bien contada y en breve tiempo, porque la fábula es, ante todo, tiempo concentrado. ¡Ah!, quizás no tanto, pues como atinadamente advirtió Monterroso: No se trata solo de suprimir palabras. Hay que dejar las indispensables para que la cosa, además de tener sentido, suene bien, así como suenan las poesías del Coco Manto en la poderosa voz de Luis Rico, acompañado por la sonora Banda del Pagador, donde los platilleros, soplalatas y tamboreros, se parecen a los personajes de los fabulistas en Carnaval.

Foto: Coco Manto y Víctor Montoya en la redacción del periódico “Excelsior” de México (2002), donde trabajaba el periodista y poeta boliviano.

sábado, 4 de julio de 2020


A CUATRO DÉCADAS DEL ASESINATO Y DESAPARICIÓN
DE MARCELO QUIROGA SANTA CRUZ

Este 17 de julio se cumplen 40 años del asesinato y desaparición del connotado intelectual y líder político Marcelo Quiroga Santa Cruz (Cochabamba, 1931 –  La Paz, 1980). Hijo de una familia vinculada a la oligarquía boliviana. Su padre, José Antonio Quiroga, que fue diputado por el Partido Republicano Genuino y ministro del gobierno de Daniel Salamanca en 1934, abandonó la política decepcionado por la caída del presidente, aunque en el fondo no escondía su simpatía por la candidatura de Hertzong y Urriolagoita, que era la mejor apuesta de la rosca minero-feudal.

En 1943, su familia se instaló en la ciudad de La Paz, al asumir su padre la gerencia general de la empresa Patiño Mines & Enterprises Consolidated, Inc., donde se lo conocía como el Monje Negro del patiñismo. Probablemente, en esa misma época, Marcelo conoció al pintor cataveño Enrique Arnal, quien fue su amigo de la infancia. Los padres de ambos trabajaban en la empresa de uno de los Barones del Estaño, cuyas oficinas principales se encontraban en la población de Catavi, al norte del departamento de Potosí. Más tarde, cuando Marcelo y Enrique eran jóvenes, decidieron zarpar en un barco rumbo al viejo continente, con el propósito de instalarse en París. Se cuenta que durante el viaje, el joven intelectual sufrió un ataque de apendicitis y tuvo que ser operado en el navío. A pocos meses de haber permanecido en la Ciudad Luz, y tras algunas dificultades propias de los inmigrantes, retornó a Bolivia en 1959, año en que se publicó su conocida novela Los deshabitados, que en 1962 ganó el premio William Faulkner a la mejor novela hispanoamericana escrita desde la Segunda Guerra Mundial, con un discurso narrativo sin acción alguna, sin descripciones de ambientes ni paisajes, pero con una profunda descripción de sus personajes, con una temática introspectiva sobre el destino y los conflictos existenciales del hombre. Su segunda novela, Otra vez marzo, inconclusa, apareció de manera póstuma en 1990.


Su entrega política iba a la par con la pasión por la literatura y el arte. Fundó y dirigió el semanario Pro Arte (1952), la revista Guión (1959) y el periódico El Sol (1964), cuya línea central tendía a cuestionar las medidas antipopulares del régimen dictatorial del general René Barrientos Ortuño. Se dedicó a la crítica cinematográfica y teatral, fue delegado boliviano en el Congreso Continental de Cultura (1953) y en el Intercontinental de Escritores (1969).

En 1960 publicó en El Diario una serie de artículos sobre la situación boliviana bajo el título común de La victoria de abril sobre la nación, que fue también editado en formato de libro. Sus primeros textos literarios datan de su época de estudiante. Su primera obra fue el poemario Un arlequín está muriendo, escrita en 1952, poco antes de salir exiliado a Chile, y que aún permanece inédito. Sin embargo, continuó escribiendo versos a lo largo de su vida, algunos de los cuales se publicaron en periódicos y revistas, con el seudónimo de Pablo Zarzal, como cuando escribió el poema No es en vano, tras el golpe militar de Alberto Natusch Busch y la masacre de Todo Santos, que arrojó centenares de muertos y heridos en la zona central de la ciudad de La Paz, entre el Palacio Quemado y la Plaza de San Francisco, en noviembre de 1979.

En el poema No es en vano, arrancado desde el fondo de su alma, el poeta se muestra de cuerpo entero, retratándose en el texto y el contexto de sus versos, donde se despliega un humanismo auténtico, una literatura social y revolucionaria por excelencia. La tragedia humana tocó tanto la sensibilidad más profunda del poeta, quien denunció la violencia castrense en versos hilvanados con dolorosas palabras que, a ratos, se rompen en gritos de protesta y sollozos de hondo pesar. No en vano en el citado poema, que publicó con el seudónimo de Pedro Zarzal en Presencia Literaria, el 2 de diciembre del mismo año en que se produjo la masacre, nos dice: Dos/ fueron dos/ las semanas de noviembre/ una teñida de sangre/ y otra manchada de miedo./ Cuatro/ fueron cuatro/ dos en busca de fortuna/ y dos en busca de nombre./ Diez/ fueron diez/ los uniformes de hierro/ cinco sedientos de sangre/ y cinco ávidos de fuego./ Uno/ solo fue uno/ el terrible cancerbero/ mitad lengua de veneno/ mitad colmillo de acero./ Quinientos/ fueron quinientos/ caídos en el sendero/ unos vieron su victoria/ y otros vencerán de muertos./ Millones/ fueron millones/ los puños que se encendieron/ millones de corazones/ opuestos a la levita/ las balas y al cancerbero./ Millones/ serán millones los hombres/ que un día/ serán uno solo y nuevo.


Marcelo Quiroga San Cruz, amén de su magnífica calidad como poeta, fue sobre todo un autor prolífico de ensayos y artículos sociopolíticos en los cuales abordó una infinidad de temas de interés general, como lo atestiguan todas sus obras, desde La victoria de abril sobre la nación (1960), hasta Hablemos de los que mueren (1982).

Como todo hombre apasionado por el arte dramático, cuyo formato maneja técnicas propias del género, incursionó en el ámbito cinematográfico, con los cortometrajes La bella y la bestia y Combate, ambos de 1959. No era casual su afición por las escenas y los tablados, ya que Marcelo, raíz de la revolución nacionalista de 1952, se instaló con su familia en Chile, donde cursó estudios de dirección teatral; una experiencia que le permitió dominar la actuación escénica que, en su vida pública como político y escritor, le sirvió para hablar con gran soltura, hasta con elegancia, y tener control ante las cámaras de la prensa; una actitud que lo reveló como a un orador nato y un intelectual de muchos quilates.

En 1966 fue elegido diputado por Cochabamba, como invitado independiente de la Comunidad Demócrata Cristiana, conformada por el Partido Demócrata Cristiano y la Falange Socialista Boliviana. Desde el parlamento continuó sus críticas al régimen de Barrientos; una posición radical que tuvo graves consecuencias para su vida personal, como el desafuero parlamentario, el secuestro, atentado con explosivos contra su domicilio, y, consiguientemente, la cárcel y el confinamiento en Alto Madidi, donde conoció a René Zavaleta Mercado y entró en contacto con el Control Obrero de Catavi, Sinforoso Cabrera, quien le informó sobre los objetivos políticos centrales de los mineros, cuyos principios ideológicos estaban planteados en la Tesis de Pulacayo; un programa revolucionario que fue aprobado en un congreso minero de 1946.   

Bajo el gobierno del general Alfredo Ovando Candía, fue ministro de Minas y Petróleo y, posteriormente, de Energía e Hidrocarburos; un cargo que él supo aprovechar para hacer posible la nacionalización de la Bolivian Gulf Oil Company y escribir, con conocimiento de causa, los libros Acta de transacción con la Gulf - Análisis del decreto de indemnización a Gulf (1970) y Oleocracia o patria (1976), aunque ya antes de que fuera ministro, escribió dos valiosos ensayos sobre el mismo tema: Desarrollo con soberanía, desnacionalización del petróleo (1967) y El gas que ya no tenemos (1968). Poco tiempo después de que Marcelo Quiroga revirtiera los recursos petrolíferos a los bolivianos y pusiera en aprietos a los consorcios transnacionales, renunció a su cargo de ministro, al constatar que el general Ovando dio un brusco viraje hacia la derecha y ordenó la masacre de los guerrilleros en Teoponte.


El 1 de mayo de 1971, durante el gobierno del general Juan José Torres y mientras estaba vigente la Asamblea Popular, fundó el Partido Socialista de Bolivia, junto a obreros, campesinos e intelectuales; pero, como ya se sabe, su proyecto político quedó trunco en agosto del mismo año, cuando el coronel Hugo Banzer Suárez protagonizó el golpe de Estado contra el gobierno progresista de Torres. En esas jornadas de agosto, Marcelo, con el fusil en la mano, peleó junto a las fuerzas populares que resistieron el golpe de Estado. No obstante, una vez derrotada la resistencia e instaurada la dictadura militar, se vio forzado a salir al exilio, primero a Chile, después a Argentina y, finalmente, a México, donde ejerció la docencia en la carrera de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

En 1977 retornó clandestinamente a Bolivia, reasumió la conducción del Partido Socialista y adoptó la sigla PS-1 (Partido Socialista Uno), con el propósito de reafirmar la ideología socialista en el país, apoyado por varios sectores que ya lo consideraban un líder indiscutible en el campo de la izquierda nacional. Fue tres veces candidato a la presidencia y su perfil político creció como la espuma y, si no caía asesinado, se hubiese constituido en el primer presidente socialista de la república de Bolivia, porque estaba convencido de que, a pesar de su origen de clase, era un socialista por convicción. De ahí que en una entrevista que le hicieron en el programa El Informal de radio Nueva América, poco antes de las elecciones de 1978, ante la crítica de sus contrincantes políticos, quienes lo acusaban de ser un burgués que juega al socialista, Marcelo Quiroga, con la inteligencia natural que lo caracterizaba, contestó seguro de sí mismo: Creo que no es reprochable que alguien que hubiese nacido en un estrato social que no es el proletariado, que no es la clase obrera, se hubiese entregado a su servicio. Y, refiriéndose a sus críticos, prosiguió: A ellos debería recordarles que un socialista no lo es, precisamente y con carácter excluyente, por su origen de clase. No todo obrero por el hecho de ser obrero es un revolucionario (…) Lo que me parece reprochable, y de éstos tenemos muchos ejemplos en nuestra clase política, es que aquellos que nacen en el seno de la clase trabajadora, o en sectores populares, o sectores de la clase media de pequeños ingresos, consagren su vida a ascender socialmente, a acumular fortuna, a traicionar los intereses de la clase (de la) que son originarios.

Su labor política fue frenética y participó en varios eventos que se realizaron en contra de la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez. Incluso participó en las huelgas y los mítines gestados por los movimientos más radicales de la izquierda tradicional, consciente de que había que eliminar el abuso de poder, la violencia, crueldad y la persecución del adversario político; más todavía, actuó desde el mismo seno de los movimientos populares, porque jamás perdió las esperanzas de unificar a toda la izquierda en torno a un programa antiimperialista, que incluyera las aspiraciones de las mayorías nacionales.


Filemón Escobar, en su libro Semblanzas (2014), relata que Marcelo era un ser muy fino, no podía estar sin la ducha de cada día. Sufría más por la falta de ducha que de la comida o del agua. Esto lo advirtió cuando ambos se sumaron a la huelga de hambre, iniciada por cuatro mujeres mineras a fines diciembre de 1977.  Filippo cuenta: Me dijo, mi cuerpo me escuece, ráscame la espalda, que ‘mierda que no haya ducha en este lugar’. Lo que Filippo no contó en sus Semblanzas es lo que me refirió en cierta ocasión, cuando le pregunté por qué tenía el saco tan pequeño en una de las fotografías que incluyó en su libro De la revolución al Pachakuti (2008). Me contestó que ese saco café a cuadros se lo prestó Marcelo cuando iban a entrevistarse con el presidente Alfredo Ovando Candia. Marcelo le dijo a Filippo, que por entonces se encontraba refugiado y protegido por los dirigentes de la FUL en el último piso de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, que no podía ir vestido como un playboy minero, con un sacón de cuero y pantalones jeans. Fue entonces que Marcelo le prestó su saco, cuyas mangas le quedaban cortas a Filippo.

En 1979, estando como diputado en el congreso nacional boliviano, emplazó a juicio de responsabilidades al exdictador Banzer Suárez y sus colaboradores, por los delitos cometidos en siete años en los que se vulneraron los Derechos Humanos y se violaron los principios elementales de la Constitución Políticas del Estado. Planteó el juicio de manera brillante, con un lenguaje propio de los eximios oradores y con una documentación convincente entre las manos. Esta su actuación valiente y decidida, entre agosto y septiembre, fue, sin lugar a dudas, uno de sus aportes más significativos a la conciencia democrática de la nación boliviana.

El juicio de responsabilidades a Banzer, como era de suponer, lo convirtió en un enemigo declarado no sólo del exdictador, sino también de la fracción derechista más recalcitrante del Ejército. De modo que el 17 de julio de 1980, al producirse el sangriento golpe de Estado contra el Gobierno de Lidia Gueiler Tejada, el líder socialista, Marcelo Quiroga Santa Cruz, que se encontraba en la reunión de emergencia del Comité Nacional de Defensa de la Democracia (CONADE), en la sede de la Central Obrera Boliviana (COB), junto a otros dirigentes políticos y sindicales, fue herido con una ráfaga disparada a quemarropa, presumiblemente,  por el suboficial Froilán Molina Bustamante, El Killer, quien se escabulló entre las fuerzas paramilitares al servicio de los golpistas Luis García Meza y Luis Arce Gómez.


Durante el asalto armado, que acabó con varias vidas, se supo que Marcelo Quiroga fue trasladado al Estado Mayor del Ejército, donde fue bestialmente torturado hasta la muerte y luego desaparecido. No se sabe hasta la fecha dónde fueron enterrados sus restos, aunque algunos testimonios, tanto de civiles como de militares, señalaron que el malogrado cadáver del líder socialista estaba enterrado en Santa Cruz, en la hacienda del expresidente Hugo Bánzer Suárez, un dictador sanguinario que se salvó de la justicia, a diferencia de sus sucesores, Luis García Meza y Luis Arce Gómez, quienes fueron sentenciados, por sus vínculos con el narcotráfico y sus crímenes de lesa humanidad, a 30 años de prisión sin derecho a indulto.

Cuando leí el libro Con el testamento bajo el brazo (2018), que escribió el bogado e historiador Tomás Molina Céspedes, con las entrevistas que le hizo a Luis Arce Gómez en la cárcel de máxima seguridad de Conchocoro, me enteré que el exministro de García Meza quería revelar el lugar donde estaba enterrado el cadáver de Marcelo a cambio de su libertad. Como es natural, sus confesiones me dieron mucho coraje, no sólo por su conducta soberbia y de cara dura, propia de un militar de mentalidad nazista, sino porque yo estaba seguro que él mismo no sabía, con absoluta certeza, dónde estaban enterrados los restos de Marcelo Quiroga, aparte de lo que ya sabíamos todos, que uno de los autores intelectuales de su asesinato fue el dictador Hugo Banzer Suárez, el enemigo principal del hombre que quiso hacerle pagar por sus delitos con todo el peso de la ley.

El pueblo boliviano, a cuarenta años del asesinato y desaparición de Marcelo Quiroga Santa Cruz, una de las mentes más lúcidas que destelló con luz propia en la constelación política y cultural, sigue clamando por que algún día se sepa con certeza quién fue el asesino que disparó la ráfaga contra su humanidad y dónde escondieron exactamente su cadáver, a pesar de que todos sabemos que Marcelo no está muerto, sino que permanece vivito en la memoria de quienes compartíamos sus luchas, sus creaciones literarias y sus ideales de libertad y justicia.