domingo, 1 de noviembre de 2026

EL INQUISIDOR POLÍGLOTA

El fraile franciscano Andrés de Olmos, célebre misionero, notable filólogo y etnógrafo del siglo XVI, no aprendió los idiomas de la Nueva España (actual México) por un afán lingüístico ni científico, sino para comprender mejor las creencias religiosas y la cosmovisión de las culturas prehispánicas, facilitar su catequización, invalidar sus ritos o supersticiones y descubrir a quienes ocultaban sus creencias bajo una aparente cristianización o sincretismo religioso.

Viajó a la Nueva España en 1528, acompañando a fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México, quien, en nombre de Dios y con el propósito de evangelizar a los pueblos originarios, instauró un tribunal inquisitorial inicial y procesó a caciques indígenas acusados de idolatría encubierta, aparte de que destruyó códices, templos y esculturas aztecas.

Sin duda, fray Andrés de Olmos fue el políglota más brillante de su época, así como fue una de las figuras emblemáticas en la campaña de evangelización y extirpación de idolatrías durante el siglo XVI. Predicaba la palabra de Dios en varias lenguas nativas, entre ellas, el náhuatl, huaxteco, tepehuán y totonaco, convencido de que para destruir las antiguas creencias primero era necesario conocer a fondo su cultura, hablar sus lenguas y conocerlos a ellos hasta el alma, Estudió sus gramáticas y tradujo a ellas los catecismos, las homilías, las oraciones y los textos sagrados.

Fray Andrés de Olmos recorrió varios territorios de la Nueva España, con la cruz por delante, para plantar en ellas la fe cristiana, pero permaneció por más de una década en Tampico, donde se dedicó a escribir buena parte de sus obras, después del Tratado de hechicerías y sortilegios (1553), un manual sobre brujerías e idolatrías, para identificar, combatir y extirpar las prácticas mágicas, ritos prehispánicos y supersticiones de los nativos.

En realidad, su Tratado de hechicerías y sortilegios era una traducción y adaptación libre al náhuatl del manual de los primeros once capítulos del libro escrito por fray Martín de Castañega, predicador del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, quien publicó en España el Tratado de las supersticiones y hechicerías (1529), uno de los primeros libros sobre hechicería y demonología, que los creyentes de la época usaron para combatir a quienes contravenían las normas de la religión católica.

Fray Andrés de Olmos, en terreno que pisaba en la Nueva España, tenía la misión de identificar los ritos, mitos y deidades nativas, para advertir y combatir las supersticiones, la magia y los remanentes de cultos prehispánicos entre los indígenas, y para que otros frailes, tras la lectura de su inventario detallado de las prácticas religiosas entre los pueblos indígenas, supieran reconocer las ceremonias, los rituales de adivinación, las técnicas de curación y los actos de brujería que supuestamente se practicaban en secreto o bajo un manto de sincretismo entre la religión judeocristiana y el paganismo de las culturas ancestrales. 

El mismo fray Andrés de Olmos participó activamente en la localización y decomiso de figuras de adoración prehispánicas que las comunidades originarias mantenían como una forma de resistencia cultural y una suerte de sincretismo religioso que se originó durante la evangelización, donde las viejas creencias de las culturas precolombinas se ocultaban bajo un velo de cristianismo después de la conquista.

Fray Andrés de Olmos se ganó, con legítimo derecho, el nombre de inquisidor y extirpador de idolatrías, y su Tratado de hechicerías y sortilegios se convirtió en una herramienta de evangelización para los frailes catequizadores, detallándoles las herejías que debían extirparse sin contemplación de la Nueva España. En algunas de sus páginas detallaba incluso su experiencia personal en torno a las labores mágicas y diabólicas de los indígenas, quienes en actos satánicos, invocaban al mismísimo demonio.

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