EL
INQUISIDOR POLÍGLOTA
El fraile franciscano Andrés de Olmos,
célebre misionero, notable filólogo y etnógrafo del siglo XVI, no aprendió los
idiomas de la Nueva España (actual México) por un afán lingüístico ni
científico, sino para comprender mejor las creencias religiosas y la
cosmovisión de las culturas prehispánicas, facilitar su catequización,
invalidar sus ritos o supersticiones y descubrir a quienes ocultaban sus
creencias bajo una aparente cristianización o sincretismo religioso.
Viajó
a la Nueva España en 1528, acompañando a fray Juan de Zumárraga, primer
arzobispo de México, quien, en nombre de Dios y con el propósito de evangelizar
a los pueblos originarios, instauró un tribunal inquisitorial inicial y procesó
a caciques indígenas acusados de idolatría encubierta, aparte de que destruyó
códices, templos y esculturas aztecas.
Sin
duda, fray Andrés de Olmos fue el políglota más brillante de su época, así como
fue una de las figuras emblemáticas en la campaña de evangelización y
extirpación de idolatrías durante el siglo XVI. Predicaba la palabra de Dios en
varias lenguas nativas, entre ellas, el náhuatl, huaxteco, tepehuán y totonaco,
convencido de que para destruir las antiguas creencias primero era necesario
conocer a fondo su cultura, hablar sus lenguas y conocerlos a ellos hasta el
alma, Estudió sus gramáticas y tradujo a ellas los catecismos, las homilías,
las oraciones y los textos sagrados.
Fray
Andrés de Olmos recorrió varios territorios de la Nueva España, con la cruz por
delante, para plantar en ellas la fe cristiana, pero permaneció por más de una
década en Tampico, donde se dedicó a escribir buena parte de sus obras, después
del Tratado de hechicerías y sortilegios (1553), un manual sobre
brujerías e idolatrías, para identificar, combatir y extirpar las prácticas
mágicas, ritos prehispánicos y supersticiones de los nativos.
En
realidad, su Tratado de hechicerías y sortilegios era una traducción y
adaptación libre al náhuatl del manual de los primeros once capítulos del libro
escrito por fray Martín de Castañega, predicador del Tribunal del Santo Oficio
de la Inquisición, quien publicó en España el Tratado de las supersticiones
y hechicerías (1529), uno de los primeros libros sobre hechicería y
demonología, que los creyentes de la época usaron para combatir a quienes
contravenían las normas de la religión católica.
Fray
Andrés de Olmos, en terreno que pisaba en la Nueva España, tenía la misión de
identificar los ritos, mitos y deidades nativas, para advertir y combatir las supersticiones,
la magia y los remanentes de cultos prehispánicos entre los indígenas, y para
que otros frailes, tras la lectura de su inventario detallado de las prácticas
religiosas entre los pueblos indígenas, supieran reconocer las ceremonias, los
rituales de adivinación, las técnicas de curación y los actos de brujería que
supuestamente se practicaban en secreto o bajo un manto de sincretismo entre la
religión judeocristiana y el paganismo de las culturas ancestrales.
El
mismo fray Andrés de Olmos participó activamente en la localización y decomiso
de figuras de adoración prehispánicas que las comunidades originarias mantenían
como una forma de resistencia cultural y una suerte de sincretismo religioso
que se originó durante la evangelización, donde las viejas creencias de las
culturas precolombinas se ocultaban bajo un velo de cristianismo después de la
conquista.
Fray Andrés de Olmos se ganó, con legítimo derecho, el nombre de inquisidor y extirpador de idolatrías, y su Tratado de hechicerías y sortilegios se convirtió en una herramienta de evangelización para los frailes catequizadores, detallándoles las herejías que debían extirparse sin contemplación de la Nueva España. En algunas de sus páginas detallaba incluso su experiencia personal en torno a las labores mágicas y diabólicas de los indígenas, quienes en actos satánicos, invocaban al mismísimo demonio.

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