miércoles, 11 de febrero de 2026
EL
ESCRITOR COMO APRENDIZ DE OTROS ESCRITORES
Eduardo
Galeano era uno de esos escritores empeñados en atrapar las palabras andantes,
en rescatar la memoria colectiva, en reescribir los grafitis, los cuentos
apócrifos, los chistes populares y hasta las diversas versiones de una misma
historia, quizás, porque más que un creador de narraciones personales, era un
modulador de voces anónimas.
Él
mismo, más que un inventor o escritor original, fue un auténtico cazador de historias no oficiales y un
escribidor al servicio de los de abajo, de los marginados, ninguneados y nadies, que necesitaban de la
magnífica pluma de un escritor contestatario e irreverente.
En
consecuencia, ni las palabras ni las ideas eran completamente suyas. Toda su
obra era –y sigue siendo– una suerte de coro sinfónico, donde se justaban voces
diversas en una disposición de querer contar una misma historia contemplada desde
todos los ángulos, con sus más diversos olores, sabores, tonos, colores y
matices.
Galeano
enseñaba que nadie es el inventor de
un tema, y mucho menos, si se trata de las epopeyas luminosas de un continente
o una civilización. Las fuentes que usan los escritores son las mismas, las que
provienen de los ancestros, la tradición oral y los protagonistas tanto
reconocidos como anónimos de la historia.
El
propio Galeano, como la totalidad de los escritores, era un simple copión de la realidad, un recopilador de
lo que por ahí andaba suelto. Él mismo hablaba con voces prestadas y usaba los
mismos documentos, a los que, aun siendo patrimonios colectivos, les estampaba
su impronta personal, pero conservando las fuentes primarias de los hechos
históricos, convencido de que nadie es dueño de la historia de América Latina y
el mundo.
Nadie
pueda darse ínfulas de ser original,
cuando se sabe que no existe nada nuevo bajo el sol, y que todos manejan las
mismas fuentes, las mismas palabras y los mismos relatos que se transmiten, con
ciertas modificaciones, por medio de la tradición oral y la memoria colectiva.
Esto lo saben los poetas que escriben las variantes de un mismo tema y una
misma metáfora universal, inventadas en un pasado remoto por otros poetas
anónimos.
Todos
los escritores, de un modo consciente o inconsciente, son aprendices de otros
escritores, por cuanto la originalidad es relativa, así la calidad estética
esté revestida de un estilo propio. Desde luego que un escritor puede seguir de
cerca las técnicas narrativas y las frases bien estructuradas de otro, pero a
condición de que las añada, al menos, una interpretación personal, con un
estilo que lo diferencie del resto en la inmensa fauna literaria.
Los
escritores latinoamericanos hoy consagrados en la constelación de las letras
universales, luego de haber superado su complejo de originales, reconocen sus influencias de otros cultores del arte literario.
Nadie es enteramente original, salvo
que haya vivido sin libros y en una isla solitaria. Los demás aprenden de los
demás, de los autores que los precedieron en el tiempo y el espacio.
No en vano Eduardo Galeano, con la humildad de un aprendiz de escribano, decía: Mucho aprendí de Juan Carlos Onetti, el narrador uruguayo, cuando yo me estaba iniciando en el oficio (...) De Onetti aprendí, también, el placer de escribir a mano...
miércoles, 4 de febrero de 2026
LECTURA
DE LA SUERTE EN PLOMO
En
La Ceja de la ciudad de El Alto, en plena feria de la Alasita, vi a un yatiri
sentado detrás de una pequeña mesa, atendiendo a sus clientes del más diverso
linaje, quienes le solicitaban que les leyera la suerte y el futuro en un trozo
de plomo que, entre volutas de espeso humo, era derretido en un cucharón
colocado sobre el brasero calentado con carbón, para luego ser vertido en un
recipiente de agua fría.
El
yatiri, originario de una provincia del
norte paceño, era un sujeto serio y maduro, de pelo blanco y rala barba; tenía
un punto de sorna en la mirada y, supuestamente, mucha experiencia en el arte
de adivinación; vestía con poncho rojo, gorro de lana, pantalón negro y
calzados envejecidos por las interminables caminatas.
Delante
del yatiri estaba una mujer que, tras
la interpretación espiritual de las formas metálicas, que le predijeron su
desdichado destino, se levantó batiendo las polleras y enjugándose las lágrimas
que le brotaban de sus hermosos ojos negros. Fue entonces que, impulsado por la
curiosidad de conocer lo que me deparaba la vida, decidí que el enigmático personaje
me adivinara el futuro, nada menos que en un trozo de plomo derretido al fuego
y solidificado en agua fría.
El
yatiri, acostumbrado a predecir el
futuro de la gente en cuestión de salud, amor, negocios y viajes, se decía a sí
mismo que estaba conectado con los achachilas,
espíritus que moran en las cumbres nevadas de los Andes, quienes le concedían
el prodigio de ser un agorero del género humano.
–Toma
asiento –dijo con su boca llena de coca, presto a explorar mi futuro por unas
pocas monedas.
Me
senté en la pequeña banca de madera y me dispuse a esperar, con infinita
paciencia y mucha expectativa, el resultado que arrojaría el plomo fundido.
Encima
de la mesa, de un metro por un metro, yacía una bolsa de coca, una botella de
aguardiente, un crucifijo y un brasero ardiente, con un cucharón donde ponía el
trozo de plomo para que fuese derretido por las llamas del carbón que ardía al
rojo vivo.
El
yatiri andino, que atendía a sus
clientes furtivos, sentados en la pequeña banca, mientras avivaba las llamas de
las brasas, procedió a colocar el pedazo de plomo dentro del cucharón. Después
sorbió un trago de aguardiente directamente de la botella y, mirando cómo el
fuego fundía el metal entre burbujas, dijo:
–La
fe mueve montañas.
Al
cabo de un tiempo, retiró el cucharón del brasero, con el plomo todavía en
ebullición, y lo vació rápidamente en el recipiente de agua fría, formando
figuras caprichosas y sólidas al instante, que fueron escrupulosamente
interpretadas por el adivino andino, como quien quiere encontrar las futuras
claves de la vida en un trozo de metal tóxico.
Yo
miraba en derredor, casi perdido en medio de la multitud que asistió a la Alasita, y el yatiri parecía rezar para sus adentros, invocando a sus recursos
internos, que emanaban desde el fondo de su alma, como si pusiera en acción
otros poderes sobrenaturales lejos de la ciencia y la razón.
Al
advertir que estaba algo distraído pero inquieto, aguardando que leyera mi
suerte en las figuras amorfas formadas en el plomo solidificado, movió la
cabeza de arriba abajo y, sorbiendo otro trago de aguardiente, exclamó:
–¡Tendrás
un brillante futuro! Las figuras son elevadas, claras y sin manchas…
Esbocé
una ligera sonrisa y no dije nada. Le pagué las monedas por su servicio, me
levanté de la banca con el cuerpo pesado y me dispuse a proseguir mi camino.
–Espera
un momento –dijo, deteniéndome en seco.
Me
volví con parsimonia, sin saber lo que quería el yatiri, quien me invitó a sentarme otra vez.
–No
sé por qué –dijo–, pero me t’inka que
tú eres la persona indicada para contarte en qué consiste mi trabajo.
De
entrada, se definió como un hombre dedicado al estudio de los fenómenos
paranormales, esotéricos y místicos, una sabiduría que le permitía escuchar voces
en medio del silencio, ver espíritus del más allá, conversar con ellos y
transmitir energías cósmicas a través de la palma de las manos; más todavía, me
confesó que se dedicaba a practicar rituales andinos desde siempre, ritos para
encontrar a la pareja ideal y sanar a los enfermos, ritos para hacer milagros y
prever con anticipación las catástrofes naturales.
No
en vano, en el tronco del árbol, donde apoyaba su robusta espalda, colgó un
letrero en cuyo texto se leía: Yatiri
aymara ausculta la suerte en plomo derretido. Aquí se da respuesta sobre la
infidelidad de la pareja, la forma de salir de la pobreza o revelar el nombre
de la persona que te embrujó por celos o por envidia. Aquí se le lee la suerte y
lo qué depara el mañana, con solo derretir un metal que atrae la energía de las
personas y tiene los mismos poderes provenientes de Dios.
El
hombre, dedicado a la lectura de la suerte en plomo, al advertir interrogantes
y dudas en mi frente, sacó de su bolsa de lana una serie de piedras talladas y me
las ofreció, a buen precio, como talismanes para mejorar mi vida, hacer cumplir
mis deseos y evitar el mal de ojo o los maleficios a los que podían someterme
mis enemigos.
Le
miré a los ojos, diminutos como los de un ratón, y recorrí por el mapa de su rostro,
que dibujaba gestos parecidos a los de un p’ajpaku,
con una verborrea a flor de labios y una actitud de hombre pícaro.
Poco
después, en medio del bullicio de la calle, me levanté del asiento y, sin ni
siquiera despedirme, me alejé del lugar, sin dejar de pensar en que todos, en
épocas de crisis económica, buscan la manera de ganarse el pan del día, así sea
con las tradiciones propias de una comunidad ancestral, donde las
supersticiones forman parte de la vida y la mente de sus habitantes.
Glosario
Achachilas: Espíritus ancestrales en la cosmovisión andina. Protectores de las comunidades, personificados en las montañas o cerros.
Alasita: Feria tradicional de miniaturas dedicada a la abundancia y la prosperidad.
P’ajpaku: Charlatán, embustero,
embaucador callejero.
T’inka: Corazonada,
presentimiento, intuición o impulso espontáneo, a menudo irracional.
Yatiri: Curandero,
adivino, chamán, guía espiritual en la comunidad aymara.
miércoles, 28 de enero de 2026
viernes, 23 de enero de 2026
LAS
LAMAS DEL K’ENKO EN CATAVI
¡Ah,
carajo! ¡Todo se fue a la mierda!, exclamó un cataveño, mientras miraba las
imágenes, que se transmitían por medio de las aplicaciones de TikTok, sobre la
catástrofe medioambiental que tuvo como escenario la pequeña comunidad de
Andavilque.
La
laguna artificial el K’enko, que
estaba ubicada al lado de la población de Catavi, conservaba una gran reserva
de mineral en forma de lama, ya que
durante mucho tiempo se bombearon a esta laguna las colas o los desperdicios provenientes de la planta de concentración
de estaño denominado Ingenio Victoria.
Así se conservó varias décadas, desde la época en que el empresario minero
Simón I. Patiño perdió su imperio en este sitio del municipio de Llallagua, al
norte del departamento de Potosí.
La
laguna el K’enko era un lugar casi
turístico, donde los enamorados iban a caminar por las orillas y a tomarse
fotografías, No faltaban los cataveños que, motivados por la nostalgia de los
años idos y vividos, retornaban desde el interior del país para ir a contemplar
las aguas plomizas de la laguna que se les quedó grabada en la memoria desde la
más tierna infancia.
Todo
era asombro y maravilla en esta zona de la pampa de Catavi, hasta el día en que
la laguna, tras la falta de mantenimiento y las intensas precipitaciones
pluviales, colapsó y se desbordó, generando una gigantesca mazamorra, mezcla de
lama, agua y residuos minerales, que
se descolgó desde las alturas y, llevándose todo a su paso, se precipitó cuesta
abajo, hasta inundar el pequeño poblado de Andavilque.
El
desastre ocurrió aproximadamente a las 5:00 de la madrugada del 16 de marzo del
2025. Los testigos cuentan que se oyó un repentino estrépito que sacudió la
parte sud de Catavi. Los pobladores ni siquiera alcanzaron a ponerse de pie,
cuando la mazamorra inundó la comunidad precolombina de Andavilque,
perteneciente al ayllu Chullpa, cuya población se dedicaba a la producción
agrícola, crianza de ovinos, camélidos, vacunos, curtiembre y hasta a la
elaboración de chicha y chicharrón.
La
laguna artificial el K’enko, un dique
que se encontraba en la parte alta de Andavilque, cerca de los desmontes de colas-arenas, fue vencida por las
fuerzas de la naturaleza y sus espesas aguas se desbordaron como en una
película de ciencia ficción. Los pobladores quedaron en estado de espanto y de
llanto. El rebalse causó graves daños medioambientales, porque el dique
contenía plomo, zinc, cadmio, sulfuros y estaño de baja ley.
El
pánico y la zozobra alcanzaron dimensiones apocalípticas. Las personas y los
animales, en un intento por poner a salvo sus vidas, se abrieron paso entre el
lodo plomizo y espeso, mientras los gritos de auxilio se oían junto al zumbido
de las aguas y la lama encajonándose
río abajo.
Varios
animales, entre ellos perros y gatos, fueron sorprendidos y enterrados por la lama. La mazamorra primero se comió la
cancha de fútbol y luego las viviendas de adobes y techos de calamina. Por
suerte, algunos pobladores alcanzaron a huir hacia las partes altas del terreno
y a subirse a los techos para evitar ser llevados por el material de arrastre.
En
poco tiempo todo estaba consumado. El lodazal, que descendió hasta apoderarse
de Andavilque, dejó un panorama pintando de color plomizo, como si toda la lama de Catavi, acumulada durante
décadas por la industria minera, se hubiese rebelado contra la codicia humana,
que no dejó de horadar el vientre de la Pachamama ni dejó de explotar los
yacimientos estañìferos del norte de Potosí.
Ese
mismo día, los medios de comunicación y las redes sociales difundieron imágenes
capaces de erizar la piel y golpear los sentidos. Los informes oficiales de lo
sucedido, de las causas y consecuencias del lago artificial, considerado por
muchos un atractivo turístico, dieron
cuenta de que el 80% de las viviendas y los cultivos quedaron como navegando en
medio de la desgracia y bajo un cielo cargado de nubes. No solo quedaron
cientos de damnificados, sino que la laguna el K’enko contenía minerales tóxicos, que dañarían la salud de los
pobladores, constituyéndose en una irreparable catástrofe medioambiental, que
afectó también a otras comunidades campesinas a lo largo del río.
La
laguna artificial el K’enko, que
causó una colosal catástrofe en Andavilque, desapareció del mapa de la noche a
la mañana, como desaparecen los malos proyectos de un soplo. Por cuanto lo que
un día fue una de las reservas más importantes de la Empresa Minera Catavi, un
sitio donde los enamorados y turistas acudían para darse besos y tomarse
fotografías, otro día se convirtió en un paisaje desolado y en un ejemplo del
manejo irresponsable de una industria minera que la abandonó a su suerte, tras
el maldito Decreto Supremo 21060 de 1985, que provocó el cierre de las minas
nacionalizadas y una relocalización
sin precedentes en la historia de Bolivia.
Glosario
Colas-arenas: Residuos de mineral procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.
Chicha: Bebida alcohólica hecha con jugo de maíz fermentado.
K’enko: Laguna artificial ubicada cerca de la población de Catavi. Conserva una
gran reserva de estaño, debido a que durante décadas se bombardearon los
residuos minerales provenientes del “Ingenio Victoria” de la Empresa Minera
Catavi.
Lama: Greda pegajosa que se produce durante la perforación. Residuos de
mineral fino (polvo) procedentes de la planta de procesamiento de estaño del
Ingenio de Catavi.
Relocalización: Despido masivo de trabajadores mineros, que buscan nueva residencia.
miércoles, 7 de enero de 2026
MICROTEXTOS
XII
Los muñecos
En varias calles de la ciudad de El Alto, acechadas por la delincuencia
diurna y nocturna, los vecinos colgaron enormes muñecos de las luminarias.
Están hechos de ropas embutidas con trapos de todos los colores y tamaños. No tienen
rostros, ni edades, ni nombres, pero sí un letrero en el pecho y un texto
parecido a la sangre: Ladrón pillado será linchado y quemado.
El líder
Sembraba
la palabra, con vehemencia y coherencia, sin saber si sus partidarios eran
tierras fecundas, donde un día podían cosecharse sus ideas revolucionarias y sabias enseñanzas. Hablaba y hablaba, en
las asambleas, congresos y reuniones, no por ser un hablador, sino un auténtico
líder de las masas y un magnífico representante de las aspiraciones populares.
La corrupción
En
un país bananero, donde todo anda de cabeza, el político que roba es aplaudido
y el policía honesto es ridiculizado, el que miente es aplaudido y el que dice
la verdad es abucheado. En un país bananero, donde todo anda patas arriba, la
honestidad es plata y la corrupción es oro.
El pecado
Dicen
que en el Paraíso, el diablo tomó la forma de una serpiente, una criatura
dotada del don de la palabra y capaz de expresar sus pensamientos con
deslumbrante lucidez. Se alzó sobre su cola y le convenció a Eva para que le
diera de comer el fruto prohibido a Adán, ya que si ambos comían del árbol de
la sabiduría, de lo Bueno y lo Malo, no morirían, como les dejó dicho Dios,
sino que se les abriría los ojos y los oídos, y serían como su Creador. Ella le
obedeció como mujer sumisa y probó el fruto prohibido del árbol de la
sabiduría, que Dios, por alguna divina equivocación, puso en medio del jardín
del Edén. Poco después, Eva le entregó la fruta prohibida a Adán, quien, como
hombre sumiso, hincó los dientes en la manzana. Así fue como nuestros primeros
padres, incitados por la serpiente y desobedeciendo el mandamiento de su
Creador, introdujeron el pecado y la muerte en este mundo.
Cuestión de gatos
Eduardo
Mondragón no compartía la idea de que los gatos eran animales sagrados, como se
imaginaban los antiguos egipcios, y mucho menos dioses protectores de la salud
y la fortuna. Tampoco había por qué venerarlos y mimarlos como lo hacían los
budistas tibetanos, que los consideraban acompañantes en el tránsito obituario
y que en la vida eran como hermanos del alma, sobre todo, si se los trataba con
consideración y cariño.
Tampoco
le interesaba si Julio Cortázar tuvo una
extraordinaria afición por los gatos en París, si Ernest Hemingway criaba
numerosos gatos en su casa de Cuba, si Carlos Monsiváis vivía rodeado de gatos,
si Edgar Allan Poe inmortalizó a su gato negro y si Stephen King, en su novela, Cementerio de animales, retrató a un gato capaz de resucitar a los
muertos, ni para qué citar a los otros querendones de felinos como T.S. Eliot,
Mark Twain, Charles Dickens y otros.
Le tenía sin cuidado que también las escritoras como Charlotte Brontë, Colette, Patricia Highsmith, Elizabeth Bishop, Elena Poniatowska y Doris Lessing, entre otras, hayan sido amantes de los gatos. Lo único que le interesaba a Eduardo Mondragón, el enemigo principal de los gatos, era que estos felinos, que por las noches se tornaban en pardos, desaparecieran del mapa por ser carniceros de dientes afilados. Los odiaba con todas las fuerzas de su alma, desde el día en que un gato se entró por la ventana de su cuarto y se comió al canario de su vida.
sábado, 3 de enero de 2026
APRENDIZAJE
DE LA ESCRITURA
De
la misma forma que existe un “centro cerebral del lenguaje”, existe también un
“centro de la escritura”, que dirige y coordina todos los movimientos delicados
de la mano que participan en el acto de escribir.
La escritura es, por lo tanto, un acto complejo y asociado, cuya realización
exige la colaboración armónica funcional de los centros ópticos, acústicos y
motores del cerebro.
Los
niños en edad preescolar, que aprenden a escribir las letras de su nombre, lo
hacen combinando el sonido y el signo alfabético que lo representa; un proceso
de aprendizaje que, como todo conocimiento adquirido, requiere de ciertas
destrezas físicas y facultades mentales, pues la estructuración de las letras
y, en cierto modo, el aprendizaje de los sonidos y nombres de las letras
implica una forma avanzada de coordinación sensorial y motriz. Así, el
aprendizaje de un sonido para una letra requiere de una capacidad lógica en la
percepción, una capacidad mental que no siempre está desarrollada en los niños
que aprenden a leer antes de la edad escolar.
El
niño, en su condición de sujeto pensante y principal artífice en el proceso de
aprendizaje, investiga desde un principio su entorno inmediato, constatando la
existencia de dimensiones como “arriba” y “abajo”, “izquierda” y “derecha”,
“delante” y “detrás”. Después adquiere un conocimiento mucho más detallado
sobre las relaciones cognitivas, a partir de sus experiencias y vivencias
cotidianas; un permanente proceso de asimilación que lo conduce al aprendizaje
paulatino de la escritura, que no siempre está exenta de dificultades en todos
los casos.
Los
especialistas en el tema recomiendan a los educadores del ciclo preescolar
estimular en los niños el ejercicio de dibujar, debido a que constituye una
práctica necesaria en el proceso de aprendizaje de la escritura. Según el
psicólogo norteamericano Jerome Bruner, la temprana creación pictórica ayuda a
entrenar las funciones de la memoria y es determinante en el desarrollo
idiomático. Bruner concibe la imagen gráfica y el idioma verbal como una
evolución ordenada durante el periodo preescolar y considera el lenguaje
escrito como algo único en el desarrollo cognitivo. Lo mismo que para el
psicólogo ruso Lev Vygotsky, el dibujo es el primer paso del lenguaje escrito y
una poderosa herramienta para el pensamiento, puesto que las letras no son más
que una suerte de dibujos en miniatura; es más, el educando debe hacer que el
niño asimile una conciencia idiomática, al menos cuando se sabe que vivimos en
una Era de comunicación tecnológica, en la que el lenguaje escrito constituye
un elemento funcional y fundamental.
El
niño tiene que aprender primero a reconocer y distinguir cada una de las letras
y grupos de letras, imprimiendo en su cerebro las respectivas imágenes o representaciones
visuales. Debe aprender los respectivos sonidos y “almacenar” en el cerebro las
correspondientes imágenes sonoras. De esta forma puede el niño empezar a
escribir, relacionando la imagen sonora y la visual de cada una de las letras y
grupo de letras. Al mismo tiempo, entra en función el
centro motor de los músculos de la mano (y del antebrazo), que realizan la
reproducción gráfica de las letras y palabras, primero copiando o al dictado
(con lo que se recuerdan las imágenes visuales y sonoras de las letras) y
después espontáneamente.
El aprendizaje de la escritura, que es un medio fundamental de expresión del pensamiento, depende, de un modo general, de los siguientes factores: 1. de una facultad mental que le permita asimilar el concepto de letra durante el proceso de aprendizaje. 2. de una organización necesaria y una destreza sensomotriz. 3. de una motivación social de parte de la familia y el entorno escolar. 4. de una metodología de enseñanza adecuada en la escuela primaria.


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