EL
ESCRITOR COMO APRENDIZ DE OTROS ESCRITORES
Eduardo
Galeano era uno de esos escritores empeñados en atrapar las palabras andantes,
en rescatar la memoria colectiva, en reescribir los grafitis, los cuentos
apócrifos, los chistes populares y hasta las diversas versiones de una misma
historia, quizás, porque más que un creador de narraciones personales, era un
modulador de voces anónimas.
Él
mismo, más que un inventor o escritor original, fue un auténtico cazador de historias no oficiales y un
escribidor al servicio de los de abajo, de los marginados y ninguneados, que necesitaban de la
magnífica pluma de un escritor contestatario e irreverente.
En
consecuencia, ni las palabras ni las ideas eran completamente suyas. Toda su
obra era –y sigue siendo– una suerte de coro sinfónico, donde se justaban voces
diversas en una disposición de querer contar una misma historia contemplada desde
todos los ángulos, con sus más diversos olores, sabores, tonos, colores y
matices.
Galeano
enseñaba que nadie es el inventor de
un tema, y mucho menos, si se trata de las epopeyas luminosas de un continente
o una civilización. Las fuentes que usan los escritores son las mismas, las que
provienen de los ancestros, la tradición oral y los protagonistas tanto
reconocidos como anónimos de la historia.
El
propio Galeano, como la totalidad de los escritores, era un simple copión de la realidad, un recopilador de
lo que por ahí andaba suelto. Él mismo hablaba con voces prestadas y usaba los
mismos documentos, a los que, aun siendo patrimonios colectivos, les estampaba
su impronta personal, pero conservando las fuentes primarias de los hechos
históricos, convencido de que nadie es dueño de la historia de América Latina y
el mundo.
Nadie
pueda darse ínfulas de ser original,
cuando se sabe que no existe nada nuevo bajo el sol, y que todos manejan las
mismas fuentes, las mismas palabras y los mismos relatos que se transmiten, con
ciertas modificaciones, por medio de la tradición oral y la memoria colectiva.
Esto lo saben los poetas que escriben las variantes de un mismo tema y una
misma metáfora universal, inventadas en un pasado remoto por otros poetas
anónimos.
Todos
los escritores, de un modo consciente o inconsciente, son aprendices de otros
escritores, por cuanto la originalidad es relativa, así la calidad estética
esté revestida de un estilo propio. Desde luego que un escritor puede seguir de
cerca las técnicas narrativas y las frases bien estructuradas de otro, pero a
condición de que las añada, al menos, una interpretación personal, con un
estilo que lo diferencie del resto en la inmensa fauna literaria.
Los
escritores latinoamericanos hoy consagrados en la constelación de las letras
universales, luego de haber superado su complejo de originales, reconocen sus influencias de otros cultores del arte literario.
Nadie es enteramente original, salvo
que haya vivido sin libros y en una isla solitaria. Los demás aprenden de los
demás, de los autores que los precedieron en el tiempo y el espacio.
No en vano Eduardo Galeano, con la humildad de un aprendiz de escribano, decía: Mucho aprendí de Juan Carlos Onetti, el narrador uruguayo, cuando yo me estaba iniciando en el oficio (...) De Onetti aprendí, también, el placer de escribir a mano...

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