miércoles, 1 de julio de 2015


APOLOGÍA DE LOS MINEROS

Estos hombres, encargados de excavar minas para extraer el metal del diablo desde las mismísimas entrañas de la Pachamama, son los forjadores de un país que desde hace siglos fue productor de materias primas, de esas materias primas que alimentaron a las monarquías europeas durante la colonia y que, durante la malograda república, hicieron de los barones del estaño señores de corbata y levita, mientras ellos dejaban sus pulmones reventados por la silicosis en los inhóspitos socavones.

Los mineros son los arquitectos de un mundo subterráneo, donde reina el Tío de la mina, guardián de las riquezas minerales, pero también de las herramientas usadas para taladrar la roca en las galerías apuntaladas con soportes de callapos para impedir los derrumbes. No cabe duda de que el metal del diablo, en su estado más puro y salvaje, es un tesoro brillante y negro como el azabache, un tesoro que enriqueció a unos pocos y llenó la olla de las familias humildes, acostumbradas a cocinar sus penas y desgracias a fuego lento pero constante.

Contemplar el bostezo de una bocamina en la ladera de un cerro es lo mismo que enfrentarse a un monstruo dormido a plena luz del día. En su interior, donde no asoman los rayos del sol ni se respira el aire puro, el trabajo del minero es duro y riesgoso; rompe la oscuridad casi impenetrable con la lámpara enganchada al guardatojo y evita las partículas de polvo con el pulmosan. En algunos casos, aparte del esfuerzo físico que emplea para abrir los rajos entre penumbra y roca dura, trabaja en posturas forzadas y, como atrapado en una ratonera, recorre largas distancias, inclinado o de rodillas, para alcanzar los filones que, por los caprichos geológicos de la naturaleza, parecen reptiles enraizados en la corteza terrestre.

El minero nunca está libre de los tojos ni derrumbes que pueden provocarle la muerte por aplastamiento. La muerte no se produce por el castigo del Tío, como se imaginan los supersticiosos del mundo andino, sino por la falta de seguridad industrial; más todavía, si el minero no pierde la vida en un accidente de trabajo, la pierde en vómitos de sangre provocados por la silicosis, ese maldito mal de mina causado por la inhalación prolongada de partículas de sílice, gases tóxicos y compuestos químicos, que dificultan la respiración y hacen estallar los pulmones como tocados por una explosión de dinamitas.

No es raro suponer que los mineros, a fuerza de combos, palas y picos, revientan la roca en busca de los filones que les permita ganarse el sustento de cada día. Trabajaban como topos humanos, acostumbrados a la oscuridad y el silencio, y desafiando los peligros a cada instante, mientras el bolo de coca pierde su sabor en la boca y los músculos se les aflojan como si en sus hombros descansara todo el peso de la montaña.

Apenas empiezan la jornada en el tope del rajo, armados con taladros y cartuchos de dinamita, el sudor les corre por la espalda cual gruesos hilos de copajira; pero ellos, convencidos de que la mina es devoradora de vidas y sepultura de los pobres, se retiran a akullicar en el paraje del Tío, donde, sentados frente a frente, se comunican más con miradas que con palabras, como si quisieran decirse que los sueños de un mañana mejor no están perdidos, que todavía quedan las esperanzas de que un buen día se hará la luz entre las tinieblas de sus vidas.

Al volver a sus hogares, al seno de sus padres, esposas, hijos y hermanos, las esperanzas son más clarividentes, porque constatan que no están solos, que sus familiares y compañeros constituyen los pilares fundamentales de su ideología revolucionaria, la misma que se proyecta con precisión política en el programa del partido y en la tesis del sindicato. Por eso cuando están en asambleas, ampliados y congresos, asumen el compromiso de seguir luchando por conquistar sus reivindicaciones más elementales, conscientes de que la justicia social no puede ser, ni debe ser, un proceso fugaz, sino el principal objetivo para dignificar a los indignados y construir una sociedad más equitativa y humanista que la ofrecida por el sistema capitalista, un sistema que aprovecharon los magnates mineros para explotar despiadadamente y rifar las riquezas naturales al mejor postor.

A estas alturas de la historia se sabe que la industria minera es -y fue durante más de un siglo- el corazón palpitante de un pueblo, que hizo posible el desarrollo económico, social, político y cultural, aunque los verdaderos artífices de esta hazaña -los mineros y las palliris- se murieron y se mueren en el anonimato como almas condenadas al olvido.


De amas de casa a armas de casa

Las palliris, que cambiaron las polleras y vestidos por los pantalones, trabajan rescatando los residuos de mineral incrustados como chispas en las rocas que, debido a su impureza, fueron desechadas y acumuladas en las zonas aledañas a los campamentos y cerca de las bocaminas.

Su única compañía es su merienda, una botella de té y la bolsita de plástico con la mágica hoja de coca, tan sagrada para ellas como las bendiciones de la Virgen del Socavón, que les mitiga el dolor del alma, el cansancio, el hambre y las enfermedades.

Trabajan a sol y sombra, en medio de un paisaje frío y yermo, soportando los vientos y las lluvias, con las esperanzas de rescatar el metal del diablo entre los restos de los restos que, a veces, se les esconde debajo de los pies como por arte de magia, sin lograr rescatar un solo puñado de mineral durante la jornada, que es de diez horas al día y seis días a la semana.

Sus ajadas manos, como sus dedos ennegrecidos por la suciedad y el polvo, son la prueba de que el trabajo que realizan no es de humanos y mucho menos de mujeres, pero como ellas no usan cremas para manos ni se pintan las uñas con esmalte, siguen separando, a fuerza de pulmón y martillo, lo puro de lo impuro de las rocas extraídas del interior de la mina.

Las palliris han trabajado desde siempre en condiciones infrahumanas y a la intemperie, sin tecnología ni maquinaría, arriesgando el pellejo a cambio de migajas. Palliris existían en el Cerro Rico de Potosí en la época de la colonia, cuando los dueños de los yacimientos de plata necesitaban la mano de obra de las mujeres de los yanaconas, que debían fundir la plata y trabajar en las canchaminas, picando los trozos de roca para rescatar los restos del preciado metal.

En la Era del estaño, la labor de la palliri ha contribuido al aumento de la producción minera sin contar con tecnología ni maquinaria. Las mujeres mineras, con el respaldo de las amas de casa, se han organizado en una Asociación de Mujeres Palliris para defenderse del acoso de propios y extraños, para mejorar su condición de trabajo, para reclamar que se les conceda el mismo salario y los mismos derechos que a sus compañeros.

Son madres solteras, novias, viudas o hijas de mineros, que no se rinden ante los avatares de la vida ni la miseria que azota sus hogares. Cumplen con su rol de amas de casa y, a su vez, con su rol de palliris, ya que cargan la responsabilidad de mantener a una familia. Son mujeres ejemplares por su infatigable labor en el hogar y su gran coraje en la lucha; en otras palabras, más que amas de casa, son admirables armas de casa.

Después de la relocalización, en 1985, son innumerables las mujeres que, empujadas por la necesidad y la desesperación, ingresaron a trabajar en interior mina. Y, aunque muchas veces realizan el mismo trabajo que sus compañeros, ocupan el último lugar en la jerarquía de la cuadrilla y su salario es inferior por el simple hecho de ser mujeres. Algunas veces, como por castigo del Tío, son relegadas a cumplir labores más simples y marginales, como ser guardianes de las bocaminas para evitar el acceso de desconocidos a los rajos donde depositan las cargas de mineral.

Las mujeres que trabajan en interior mina usan medias de lana no sólo para calentarse, sino también para aliviar los dolores causados por el reumatismo o la artritis; dolorosas enfermedades que les trepa por los huesos de los pies de tanto chapotear en las aguas de copajira. Se calzan viejas botas de caucho, ajustan el pantalón debajo de las polleras, cubren sus hombros con una manta y atan sus trenzas dentro del guardatojo y, poco antes de despuntar el alba, se marchan rumbo a la mina, donde murió su marido, como antes murió su padre y su abuelo.

Esta triste realidad se repite en varias familias, donde todos saben que la hija de un minero se casa con otro minero, y cuando éstos tienen hijos, se sabe también que ellos serán mineros como su padre y como el padre de sus padres, y que probablemente morirán jóvenes, escupiendo sus pulmones después de haber entregado sus vidas a cambio del desprecio y el olvido.

Antes estaba prohibido el ingreso de las mujeres a los socavones, debido a la superstición de que la menstruación y los sollozos hacían desaparecer las vetas. Los mitos cuentan que una mujer que ingresaba a la mina era seducida por el Tío, provocando así los celos y la ira de la Pachamama. Ahora su presencia no es sinónimo de mala suerte y las supersticiones han cedido a la necesidad de ganarse la vida arañando la montaña para dar de comer a sus hijos, quienes la aguardan sentados o durmiendo en un rincón de su humilde hogar, donde, a falta de un padre, abrigan las ilusiones de que algún día cambiarán el destino de sus vidas.

Ésta es la vida de miles de mujeres que, expuesta a los peligros de la montaña y machucándose los dedos a combazo limpio, se enfrentan a un trabajo rudo y duro que las enferma, envejece y mata antes de cumplir los cincuenta años de edad.


El coraje de lucha y resistencia

La dramática historia de las minas y los mineros está escrita con sangre, pero no sólo con la sangre vertida en las galerías, sino también con la sangre derramada en los campos de combate y en las masacres perpetradas por las oligarquías, los gobiernos dictatoriales y neoliberales. Así es como la historia del movimiento obrero boliviano, que recoge el enorme caudal de la memoria colectiva, registra en sus páginas la masacre de Uncía (mayo, 1923); la masacre de la pampa María Barzola (diciembre, 1942); la masacre de Potosí (enero, 1947); la masacre de Siglo XX (mayo, 1949); la masacre de Huanuni (enero, 1960); la masacre de Milluni (mayo, 1965); la masacre de San Juan (junio, 1967); la masacre de Caracoles y Viloco (agosto, 1980); sólo para citar las más trascendentales y las que mejor se conservan en la memoria de los vencidos.

Muchos han sido los mártires que, a pesar de haber ofrendado sus vidas a la causa de los oprimidos, fueron ninguneados por la historia oficial. No obstante, así sus nombres y apellidos no figuren en las páginas de los libros, sabemos que a ellos les debemos la democracia actual y los procesos de cambio que se experimentan en el país, lejos de las dictaduras militares, los consorcios imperialistas y los gobiernos neoliberales que, una y otra vez, vulneraron los Derechos Humanos y los principios democráticos, amparados en la ley de la impunidad impuesta por los dueños del poder, quienes también se creían dueños de las riquezas naturales.

Después del Decreto 21060, promulgado por el gobierno de Víctor Paz Estenssoro en agosto de 1985, los mineros, echados de sus fuentes de trabajo, se vieron obligados a deambular por las ciudades en su condición de relocalizados; es decir, el mismo líder de la revolución nacionalista, que luchó contra la rosca minero-feudal y nacionalizó las minas, se ocupó de cerrarlas con el pretexto de la baja en los precios de la cotización del estaño en el mercado internacional y debido a que el ciclo de la minería había llegado a su punto final, como si los yacimientos de minerales se hubiesen esfumado por mandato divino o por la maldición del Tío, que es el único ser mitológico que habita en los tenebrosos socavones, sin alejarse de su trono ni salir a la luz del día.

Los campamentos fueron desmantelados, las familias retornaron a sus comunidades campesinas, pero muchos de los viejos mineros, que conocían los secretos de la montaña como geólogos empíricos y no sabían hacer otra cosa que explotar minerales, permanecieron en los centros mineros, formaron cooperativas y volvieron a meterse en las galerías abandonadas para extraer el metal del diablo en condiciones lamentables, sin contar con las garantías técnicas de parte del Estado y sin ningún tipo de seguridad laboral ni beneficios sociales.

Los mineros relocalizados de varios distritos, avanzando contra las ráfagas del viento y batiendo el polvo del camino, invadieron innumerables veces las calles de La Paz, entonando himnos de lucha, mientras atronaban cachorros de dinamita en medio de una selva de banderas rojas y pancartas de protesta.

–¡Vivan los mineros, carajo! –gritaban unos, enseñando el bolo de coca en la abombada mejilla.

–¡Vivan! –replicaban otros, con la mano izquierda empuñada y el guardatojo en alto.

Se concentraban en la Plaza San Francisco, delante de la Catedral, donde improvisaban carpas con lo que tenían a mano. Decían que llegaban a la sede de gobierno para protestar contra el decreto 21060 y para reclamar mayor atención de parte de las autoridades. No era para menos, las cooperativas mineras, que funcionaban sin dirección técnica ni seguridad laboral, continuaban explotando los yacimientos de estaño a plan de combo y barreno. Trabajaban a la que te criaste, con unos puñados de coca para burlar el cansancio, media botella de alcohol para olvidar las penas y algo de q’oqawi para llenar el estómago acuchillado por el hambre.

En una de esas marchas, un antiguo minero, que hacía tiempo no bebía alcohol por temor a despertar los viejos recuerdos que se escondían en los tercos rincones de su memoria, se dejó vencer por la emoción de sus compañeros y volvió a sorber un trago amargo del gollete de la botella. Luego lanzó un suspiro y dijo:

–el gobierno no escucha nuestras demandas. Se ríe de nosotros y no mueve un dedo por mejorar nuestras condiciones de vida. Si sobrevivimos es porque el Tío nos protege en las buenas y en las malas. Nuestras mujeres y guaguas están pasando hambre y nosotros trabajamos como en los tiempos de la colonia. Así, una vez acumulado el mineral en los rajos, y a falta de carros metaleros que transporten la carga hacia el exterior de la mina, tenemos que sacar nosotros en la espalda como los q’epiris en las bolsas o los aguayos que antes usaban nuestras mujeres para ir a la pulpería...

–Así nomás es, pues –corroboró su compañero, que hasta entonces estaba pijchando en silencio–. ¡El gobierno es una mierda! ¡No le importa nuestra suerte! Nosotros nomás nos las arreglamos como sea, a pesar de los bajos precios del estaño y el paulatino agotamiento de las vetas. Para el gobierno, en cambio, es una ventaja, porque recibe un porcentaje de los ingresos de las cooperativas sin gastar nada. Además, no tiene ya que enfrentarse con los sindicatos mineros, aunque enfrenta el problema de miles de familias que emigran a las ciudades en busca de trabajo, mientras otros se dedican a cultivar coca en los Yungas y el Chapare...

Los mineros, que se concentraban como una multitud enardecida frente a la Catedral de San Francisco, son los héroes anónimos de un país perforado por la miseria. Ellos son los únicos que escuchan el clamor de justicia que brota de las profundidades de la montaña, donde el Tío no quiere sentirse abandonado en su trono de roca.

En la actualidad se calcula que existen al menos 175.000 cooperativistas, 17.000 mineros estatales y 13.000 privados, quienes se dedican a extraer, procesar y exportar el metal del diablo por miles de toneladas. Esto quiere decir que Bolivia, a pesar del pesimismo manifestado por los gobiernos neoliberales, sigue dependiendo de la producción minera y que, por eso mismo, se debe mejorar tanto la productividad como las condiciones de trabajo. No se debe permitir el trabajo infantil en las minas ni que los topos humanos sigan horadando la roca con lo que tienen a mano. Los mineros se merecen todas nuestras consideraciones por haber sido la columna vertebral de la economía nacional desde que Simón I. Patiño descubrió los filones más ricos de estaño en el norte de Potosí.

Glosario

Akullicar: Masticar hojas de coca.
Copajira: Agua mezclada con residuos minerales, de color amarillo o plomizo, proveniente de los relaves de la mina.
Palliri: Mujer que, a golpes de martillo, tritura y escoge los trozos de roca mineralizada en los desmontes (depósito de residuos de la mina considerados estériles, pero que, en realidad, constituyen importantes reservas por contener estaño).
Pijchando: Masticando hojas de coca.
Q’epiris: Cargadores de bultos o equipajes.
Q’oqawi: Merienda.
Relocalizado: Obrero despedido de su trabajo y en busca de nueva residencia.
Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar de la mitología andina. Habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y rinden pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.
Tojo: Pedazo de roca que se desprende de la bóveda en la mina.

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