jueves, 9 de julio de 2015


FUEGO Y SANGRE EN SAN JUAN 

Entre los acontecimientos históricos que han sacudido a la nación boliviana, tanto por su dramatismo como por su impunidad, está la masacre de San Juan, acaecida en las poblaciones mineras del norte de Potosí, la madrugada del 24 de junio de 1967, cuando el régimen militar de René Barrientos Ortuño, asesorado por los mercenarios de la CIA., perpetró un crimen de lesa humanidad amparado por la Ley de Seguridad Nacional, en un intento por evitar el estallido de un movimiento insurreccional entre los mineros de Llallagua, Siglo XX y Catavi, donde se tenía previsto realizar un ampliado minero para plantear al gobierno sus demandas salariales y, al mismo tiempo, lanzar un pronunciamiento de apoyo al foco guerrillero del Che Guevara, que se venía desarrollando en el sudeste del país, aislado de los movimientos populares del campo y las ciudades.

Desde la madrugada de aquel fatídico día, en que la fogata de San Juan comenzó siendo una fiesta y terminó siendo una masacre, han trascurrido casi cinco décadas. Y, aunque los hechos quedaron en la absoluta impunidad, el pueblo no ha olvidado a sus muertos ni heridos, ni a las familias que fueron desalojadas de los campamentos tras la masacre ni a las emisoras intervenidas por las tropas militares.

Todos estos episodios, que forman parte de la memoria histórica de los mineros bolivianos, aparecen relatados en la novela breve San Juan rojo, de Grover Cabrera García, cuya primera edición salió a luz a mediados de 2014. La novela, dividida en 15 capítulos y un epílogo, y cada capítulo precedido por un poema de contenido revolucionario, se inicia en vísperas de la fiesta de San Juan y en el seno de una familia minera, que está enterada de las medidas antidemocráticas y antipopulares lanzadas por el régimen militar de René Barrientos Ortuño y de las luchas libertarias enarboladas por los guerrilleros en las montañas de Ñancahuazú.

Lo interesante de San Juan rojo, aparte de la temática tratada con un lenguaje que recrea el habla popular, radica en las intuiciones y observaciones de su protagonista principal; un niño de nueve años de edad, quien, a poco de quedar huérfano, pasó a vivir en casa de sus tíos y abuelos. Panchito es el niño que nos conduce, paso a paso, a través de los acontecimientos de la masacre de San Juan, que en su debido momento conmovió a todo un país que quedó en estado de llanto y dolor.

La novela breve de Grover Cabrera García, quien tenía nueve años de edad como su protagonista en 1967, es un testimonio válido no sólo porque llena un vacío en el ámbito de la literatura minera, sino también porque es un texto literario que permitirá a las nuevas generaciones acercarse a una de las tragedias mineras a través de una historia novelada, donde los hechos y personajes se reflejan con un acertado realismo, desde la perspectiva de un niño que contempla el panorama desolador de una población en la cual, al rescoldo de las menguantes fogatas de la noche de San Juan, el tableteo de las ametralladoras y los tiros de fusil se confunden con el estallido de los cachorros de dinamita y los cohetillos.

San Juan rojo es la primera novela que aborda el tema de la masacre minera de 1967 y la más reciente propuesta de un autor oriundo de Llallagua, quien se atrevió a manejar los testimonios personales y colectivos en un género literario que requiere destreza en el manejo del lenguaje, la adecuada caracterización de los protagonistas y, sobre todo, el dominio de las técnicas propias del arte narrativo, que son los instrumentos fundamentales en el proceso de estructuración de una obra que pretende ser innovadora, sin dejar de ser costumbrista tanto en la forma como en el contenido.

Cabe destacar que esta breve novela, que hoy se encuentra en busca de sus lectores, es un aporte oportuno en el campo dedicado al rescate de la memoria histórica de los mineros bolivianos, una obra que destaca entre los ensayos y libros de testimonios que se publicaron hasta la fecha, como San Juan a Sangre y Fuego, de Carlos Soria Galvarro, José Pimentel y Eduardo García; Una mina de coraje, de José López Vigil; Mineros bolivianos (hombres y ambiente), de Gregorio Iriarte; Si me permiten hablar. Testimonio de Domitila Chungara, de Moema Viezzer; El baño de sangre de San Juan, de Guillermo Lora; Semblanzas, de Filemón Escóbar; y Crónicas mineras, de Víctor Montoya, entre otros.

Cabe recordar que los sucesos de la masacre de San Juan, además de contar con otros testimonios que circularon desde hace años en forma de folletos y artículos de prensa, han inspirado la obra de varios artistas plásticos como Miguel Alandia Pantoja, los versos de destacados poetas como Jorge Calvimontes y Calvimontes, y y las letras de algunos cantantes como Nilo Soruco, quien compuso la emblemática canción La noche de San Juan, dedicado al dirigente obrero Rosendo García Maisman, quien fue uno de los mártires que cayó, fusil en mano, defendiendo la Radio La Voz del Minero, la madrugada en que se ejecutó la masacre de San Juan.

La novela breve de Grover Cabrera García es un regio ejemplo de que, a veces, la realidad supera a la fantasía, habida cuenta de que se trata de un episodio histórico, con principio, nudo y desenlace, que desde 1967 buscaba a un autor capaz de convertirlo en una obra literaria, a partir del acopio de un material rico en matices lexicales y relatos diversos, que abundan en la oralidad y en el recuerdo de los sobrevivientes de aquella tragedia minera que, a pesar de no estar registrada en las páginas de la historia oficial, es una espina clavada en el pescuezo de quienes se mancharon las manos con sangre obrera.

El libro, en formato de bolsillo y de 126 páginas, incluye al final un glosario de palabras quechuas y términos propios de la jerga minera; y, a modo de información para los lectores más jóvenes, una cronología de antecedentes históricos que se suscitaron antes y durante la masacre de San Juan. Así, la cronología arranca con la destitución de su cargo del vicepresidente Ñuflo Chávez Ortiz, el 20 de junio de 1957, y culmina con el horrendo asesinato de hombres, mujeres y niños en la población civil de Llallagua y los campamentos mineros de Siglo XX, la madrugada del 24 de junio 1967. 

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