La fabulosa crónica de Víctor Montoya, hecha con el
realismo mágico de la mitología minera, es la mejor expresión del sincretismo
religioso en los Andes, donde la impresionante figura del Tío se amalgama con
la danza de los diablos en el Carnaval de Oruro. El vídeoclip fue producido por
Miro Coca Lora en Estocolmo, noviembre, 2009.
jueves, 18 de octubre de 2012
Publicado por
Víctor Montoya
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18.10.12
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domingo, 14 de octubre de 2012
EL IMAGINARIO POPULAR EN CUENTOS DE LA MINA
Los Cuentos de la mina están escritos con el furor del alma y los sentimientos
del corazón, a partir de la relación estrecha que mantuve desde niño con los
mineros en el norte de Potosí, donde muchos de mis parientes fueron
trabajadores del subsuelo. Conozco esa realidad dantesca y fascinante desde que
tengo memoria. Soy hijo de entrañas mineras y uno de sus cronistas de época.
Me
he dedicado a escribir sobre las minas y sus asuntos desde hace más de tres
décadas. Mi primera novela, El laberinto del pecado, publicada en 1983, está
también contextualizada en una población minera, con temas y personajes de
Llallagua, Catavi y Siglo XX. De modo que mi interés por rescatar los mitos,
ritos y leyendas, que rondan por los campamentos mineros, nació desde el día en
que me hice escritor de cuentos tristes y fantásticos.
Sin
embargo, dispuesto a desmarcarme de la literatura entroncada en el llamado realismo social, tuve desde un principio la idea de crear y recrear los
elementos mágicos y míticos que no fueron contemplados en los cuentos ni en las
novelas de los autores que dedicaron su tiempo y energía a describir los
triunfos y las derrotas del proletariado minero desde una perspectiva
sociopolítica que, en mi opinión, los llevó a balancearse sobre una cuerda
floja entre el panfleto literario y la literatura como obra de arte.
Lo
que yo hice, a diferencia de estos escritores de la narrativa minera, fue
adentrarme en la tradición oral de los Andes, donde la mitología del Tío, mitad
dios y mitad demonio, vibra en las quebradas de la cordillera con todo su poder
de sugerencia. De modo que mis cuentos, más que retratar la tragedia social de
los mineros, rescatan la figura del Tío desde una visión del realismo
fantástico, que es parte y arte de la cosmovisión andina, donde los mineros, en
su mayoría de ascendencia indígena y mentalidad proclive a las supersticiones,
cuentan de generación en generación y de boca en boca una serie de consejas
nacidas del imaginario popular.
De
hecho, la vida cotidiana de los pobladores del altiplano está atravesada
transversalmente por los mitos y las leyendas de las culturas originarias;
creencias, tradiciones y costumbres que durante la colonia fueron avasalladas
por los conquistadores, pero que no sucumbieron en la memoria colectiva, que
supo conservarlas en la tradición oral, aunque disfrazándolas, a manera de
protección, con las tradiciones judeocristianas. Con el correr del tiempo, del
mismo seno de este encuentro histórico, surgió un peculiar sincretismo
religioso que puso de relieve el mestizaje de dos culturas: la indígena y la
occidental, que en un principio eran diametralmente opuestas.
Ahora
tengo la extraña sensación de que mis Cuentos de la mina, que explayan un
estilo acorde con las nuevas corrientes literarias, en las cuales destacan la
autenticidad, la sencillez y la belleza, harán que los mitos y las leyendas
sobre el Tío se universalicen. No es casual que esta obra esté siendo traducida
a varios idiomas para que los lectores de otros países conozcan algo más del
mundo mágico y secreto atrapado entre las montañas del macizo andino, donde
reina el Tío en el vientre de la Pachamama, como un verdadero soberano de las
tinieblas.
En los Cuentos de la mina, por razones de lógica
formal, incluí también otros elementos culturales que están ligados a las
tradiciones y los ritos ancestrales, como la ch’alla y la wilancha, una
ceremonia que consiste en sacrificar una llama blanca para luego, en actitud de
ofrenda y gratitud, rociar con su sangre a la Pachamama y el paraje del Tío.
Relato también la leyenda de la coca, el mito de las cuatro plagas que Wari
lanzó como venganza y castigo contra los urus, cerca del lago Poopó, y cuento
todo lo referente al fastuoso Carnaval de Oruro, donde los mineros, desde la
época de la colonia, se disfrazan de Tíos -o de diablos-, para bailarle su
diablada a una virgen católica como es la Candelaria o Virgen del Socavón.
Debo
confesar que desde mi más tierna infancia escuché una serie de relatos
relacionados con el Tío de la mina; un ser ambivalente entre lo sagrado y lo
profano, entre lo celestial y lo demoniaco, que corresponde al sincretismo
religioso entre la tradición católica y el paganismo ancestral, y representa al
dios y al diablo que habita en los tenebrosos socavones, donde los mineros, en
sumisa veneración, le rinden pleitesía y le ofrendan hojas de coca, cigarrillos
y aguardiente, a tiempo de congraciarse con él, a quien se lo considera el
dueño absoluto de las riquezas minerales y el amo de los trabajadores del
subsuelo.
Desde
tiempos inmemoriales se sabe que entre las divinidades que conforman el mundo
religioso indígena está el Supay o Supaya, la divinidad del Ukhu pacha o Manqha pacha (mundo de abajo), encargada de guardar las riquezas minerales,
proteger a los animales silvestres, dirigir las corrientes de aguas
subterráneas y hacer germinar las semillas para dar de comer a los hijos de la
divinidad andina que no se ve pero domina en el reino de los vivos: la
Pachamama.
La
Pachamama, proveedora de vida y alimentos, encierra en su vientre los recovecos
telúricos donde habita el Tío, que es el único amo y señor de los filones de
estaño. En el interior de la mina es donde mejor se expresa la mitología
temible y maravillosa de este ser hecho de realidad y fantasía, que se aparece
omnipresente, omnipotente, entre las luces y sombras de las galerías, entre el
ruido monótono de la ch’aka (gotera) y el silencio insondable de los parajes
más alejados de la bocamina.
Cuentos
de la mina es, asimismo, la revelación de mi subconsciente, en cuyo pozo
sobrevivió por muchos años este personaje que, como si fuese mi propia sombra,
se me aparece por doquier, incluso en los sueños y las pesadillas, donde me lo
encuentro cada vez, exigiéndome que lo convierta en el personaje principal de
mi mundo literario. De modo que este libro, como cualquier criatura del alma,
brotó de una manera natural entre mis proyectos literarios y el Tío de la mina
acabó constituyéndose en uno de los personajes más significativos de la
narrativa minera.
Él
forma parte de mi vida y obra, porque caló hondo en mi memoria desde el día en
que mi abuelo, por primera vez, me refirió la leyenda del Tío, mientras dormía
a sus pies una noche en que se desató una tormenta en la cordillera de los
Andes, haciendo que los truenos enciendan la noche como luces de bengala y las
ráfagas impetuosas del aguacero desvíen el curso de los ríos. Fue entonces
cuando mi abuelo, con una voz pausada y sugestiva, pronunció las siguientes
palabras: Dicen que el diablo llegó a las minas una noche de tormenta. Esta
frase bastó para comprender, entre la curiosidad y el espanto, que el diablo al
cual se refería mi abuelo era el mismísimo Tío de la mina, cuya estatuilla
diabólica, recubierta con arcilla y cuarzo por los mismos trabajadores, vi años
después en una de las galerías principales de la mina de Siglo XX.
El
Tío estaba sentado en su trono de roca, con el cuerpo monstruosamente
deformado, el miembro largo, grueso y erecto, los ojos redondos como canicas,
las cejas sobresalientes, la nariz prominente, las barbas de chivo, las orejas
de asno, los cuernos retorcidos y los labios entreabiertos para recibir los
cigarrillos. Me quedé estupefacto ante su aspecto terriblemente grotesco y,
entre el asombro y la meditación, asumí la idea de que este personaje, que
inspira un natural respeto y vive en reciprocidad con los mineros, no me
dejaría ya vivir en paz por el resto de mis días.
La
estatuilla del Tío, vista desde cualquier ángulo y en cualquier galería,
constituye una verdadera obra de arte, una imagen esculpida por las callosas
manos de los mineros. Ellos la erigen a su imagen y semejanza, para luego
rendirle tributo, sentados a su alrededor a la usanza de los mitayos de la
colonia. La estatuilla del Tío varía de paraje a paraje y de mina a mina, como
los materiales que se usan en su construcción; mientras unas son talladas en el
mismo lugar, como la normal prolongación de la roca, otras son figuras hechas
con cemento y estructuras metálicas, dependiendo del nivel de temperatura y humedad
ambiental en la galería. En algunas minas, su cuerpo desnudo está adornado con
mixturas y serpentinas de pies a cabeza; en tanto en otras llevan un atuendo de
diablo, que los muestra en toda su plenitud, como a la perfecta iconografía
revelada por el mundo bíblico. Al pie del Tío están esparcidas las botellas de
aguardiente, las hojas de coca y las colillas de los cigarrillos, que los
mineros le ofrendan en actitud de veneración y agradecimiento.
El
Tío de la mina, según la concepción antropológica, es una de las deidades más
importantes de la cosmovisión andina, no sólo porque se lo considera uno de los
fecundadores de la Pachamama, sino también porque en él depositan los mineros
todas sus esperanzas. Le ruegan que los proteja de los peligros y les muestre
el mejor filón de estaño. En este sentido, el Tío de mis cuentos, aunque posee
las mismas características que el Lucifer de las Sagradas Escrituras, pervive
en la imaginación de los mineros como un ser benefactor cuando se lo trata con
respeto y cariño, pero también como un ser cruel y vengativo cuando no se le
honra con ofrendas para saciar su sed y su hambre. El Tío tiene la potestad de
premiar y castigar a quien ingresa en su reino o en las oquedades del Ukhu Pacha o Manqha Pacha (mundo de abajo).
El
Tío, por otro lado, tiene un significado profundo en nuestra cultura y es el
que mejor simboliza el subconsciente de los humanos, que están hechos de un
puñado de virtudes y otro puñado de defectos, ya que en el subconsciente de
cada individuo habita la bondad pero también la maldad. Así que el Tío, al ser
dios y diablo a la vez, es la fusión perfecta entre el bien y el mal, y posee
todos los atributos que necesita un personaje literario
Por
ahora, lo único que me ronda en la cabeza es la idea de seguir escribiendo en
torno a las aventuras y desventuras del Tío, con la misma pasión y entrega que
estos cuentos requieren durante el proceso de creación literaria; más todavía,
tengo en preparación una serie de diálogos que durante años sostuve con el Tío
sobre los más diversos temas que encandilan la mente de los humanos. Se trata
nada más ni nada menos que de las sabias lecciones de un aprendiz de diablo.
Culminado este proyecto, y muy a pesar de los pesares, quisiera dejarlo vivir
en paz al Tío, recluido en las galerías más profunda de la mina, y yo dedicarme
a crear otras obras que ventilen mi imaginación y me devuelvan la serenidad
perdida, aunque no sé si esto será posible, pues al Tío lo tengo metido en el
cuerpo y alma como a un clavo atravesado de lado a lado.
Imágenes:
1.
Los mineros en el paraje del Tío
2.
Víctor Montoya junto al Tío Jorge en el Cerro de Potosí
jueves, 11 de octubre de 2012
REFLEXIONES EN TORNO AL 12 DE OCTUBRE
El mito del hombre blanco
Recuerdo que cuando era
niño e indocumentado, pensaba que el 12 de octubre era el día de los americanos
y que Cristóbal Colón, ese personaje de piel blanca y jubón de seda, era una
especie de Indiana Jones. Pero me entró la duda cuando mis compañeros de clase
empezaron a cambiarse el apellido, pues el Mamani se convirtió en Maisman, el
Quispe en Quisbert y el Condori en Condorset. De modo que empecé a buscar la
causa de esa extraña metamorfosis, hasta que la encontré en mis libros de
texto.
El Almirante de la Mar
Océana, Virrey de las tierras del Nuevo Mundo, Adelantado y Gobernador, que no
era de Génova ni de Portugal, pero tampoco de España, aparecía en la
ilustración postrado de rodillas, la mirada tendida en el ancho cielo, como
agradeciendo a Dios por seguir con vida tras una larga y fatigosa travesía.
Aunque no tenía casco ni armadura, llevaba en una mano el pendón real y en la
otra una espada con guarnición y gavilán. Detrás de él se veían las tres
carabelas flotando entre el cielo y el mar, mientras en la costa de Guanahaní,
que parecía un paraíso sin serpientes ni pecados, asomaban los indígenas de
piel cobriza, torsos desnudos y miradas de pasmo y de temor.
Mi maestra, que tenía la
nariz aguileña y los pómulos prominentes como las ñustas del imperio incaico,
era la primera en transmitirnos la versión oficial de los vencedores. Nos
explicaba que Cristóbal Colón representaba al hombre civilizado, cuya destreza
física y mental lo llevó a descubrir los misterios del océano y a encontrar
pueblos que vivían en el atraso y la ignorancia. Yo la creía como el feligrés
le cree al cura, sin saber que en la escuela se nos enseñaba el mito del hombre
blanco, y que mi maestra, indígena por los cuatro costados, hablaba con la voz
prestada de los hombres sedientos de sangre y de riquezas, pues lo que ella
llamaba el “Día de la Raza”, en
realidad, era el día contra la raza ‑contra su propia raza‑, aparte de que en
América, desde el Canadá hasta el Cabo de Hornos, nada volvió a ser lo mismo
desde aquel fatídico 12 de octubre de 1492.
Las dos caras de la conquista
Años después, leyendo un
libro de historietas, me informé de que Hernán Cortés por el norte y Francisco
Pizarro por el sur se lanzaron a conquistar las tierras bautizadas con el
nombre de Américo Vespucio y no de Cristóbal Colón, quien murió en el olvido y
sin saber que abrió las puertas de un continente desconocido, donde algunos
creían haber encontrado el paraíso terrenal, como el jesuita León Pinelo,
quien, en el siglo XVIII y en un trabajo de erudición, intentó demostrar que el
Paraná, con el Orinoco, el Amazonas y el San Francisco eran los cuatro ríos
sagrados que, según las Sagradas Escrituras, nacían del Paraíso.
La conquista fue un hecho
inevitable -decía la maestra-, porque implicó la victoria de la civilización
sobre la barbarie. Los hombres blancos traían consigo el adelanto: la Biblia,
la pólvora, las armas de fuego, los instrumentos de navegación, la economía
mercantilista, el hierro, la rueda y otros, mientras los indígenas seguían
luciendo tocados de plumas en la cabeza y profesando religiones bárbaras. Pero
lo que la maestra no mencionaba era el florecimiento cultural y científico de
las civilizaciones precolombinas, como el hecho de que los mayas hubiesen
confeccionado un calendario mucho más exacto que el de Occidente, que empleaban
el sistema vigesimal en matemáticas y usaban una escritura similar a los
jeroglíficos egipcios, que en el incario construyeron terrazas y canales para
la producción agrícola, que practicaban la trepanación de cráneos y tenían un
sistema social que respetaba la comunidad colectiva de la tierra y donde todos
los miembros de la comunidad colaboraban en la construcción de obras públicas.
En síntesis, la maestra no hablaba de lo que los pueblos precolombinos fueron
capaces, sino sólo de lo que no fueron capaces.
Cada 12 de octubre, al
celebrar el “Día de la Raza” en un
acto cívico, el director de la escuela nos recordaba que en las naves de Cristóbal
Colón y en las alforjas de los conquistadores llegó el pluralismo político, la
libertad y la protección que se prodigó a los indígenas. Pero nadie nos
recordaba que en esas mismas naves llegaron enfermedades mortales, y que en
esas mismas alforjas, en las cuales trajeron la santa Inquisición, el crimen y
el terror, se robaron el oro y la plata que fueron a dar en las arcas de los
empresarios de Génova y Amberes, y que financió en Europa el barroco esplendor
de las monarquías y el decisivo despegue del mercantilismo occidental.
El director nos hablaba
con admiración de la gesta de Cristóbal Colón y de la fe cristiana que nos
inculcaron los conquistadores, pero nadie decía una palabra sobre las depredaciones
y el arrasador genocidio cometido contra los indígenas; sobre las nuevas
creencias y costumbres impuestas a sangre y fuego; y, lo que es más importante,
sobre la marginación social y racial de indígenas y negros en las nuevas
colonias, donde los criollos se convirtieron en los amos y señores de las
tierras conquistadas, con derecho a gozar de ventajas y privilegios sociales y
económicos, pero también con derecho a ser la clase dirigente; una suerte de
supremacía del hombre blanco que, desde el 12 de octubre de 1492, se refleja en
el racismo latente que habita en el subconsciente colectivo de América, donde
no pocos indígenas y negros cambian de identidad: cambian de lengua, cambian de
nombre y cambian de vestimenta, aunque el negro vestido de seda, negro se
queda, y el indígena, así tenga el título de doctor y el apellido de europeo,
sigue siendo indígena hasta la médula de los huesos.
Cuando terminé la
escuela, comprendí que la verdad y la mentira de una misma historia dependía de
la voz que la contaba, pues cuando empecé a leer la versión de los vencidos, de
los de abajo, me di cuenta que el arribo de los europeos a tierras americanas
fue una gesta sangrienta y que la religión cristiana, nacida como un
instrumento de lucha a favor de los oprimidos, se convirtió en un instrumento
opresor durante la conquista, que el llamado descubrimiento de Colón implicó
el exterminio de vastas civilizaciones y que el 12 de octubre no era una fecha
para celebrar sino para reflexionar.
Con todo, mi maestra nos
enseñó el autodesprecio, como quien enseña a diferenciar lo blanco de lo negro,
porque en sus lecciones hablaba peyorativamente del indígena -quizás con más
crueldad que Pizarro y Cortés, y con menos compasión que Bartolomé de Las Casas
y Vitoria- y porque los conocimientos que ella nos transmitía de los libros
oficiales de historia no correspondía a la versión de los vencidos sino de los
vencedores.
Desde entonces han pasado
varios años, yo dejé de ser niño y ella dejó de existir. Pero lo que no puedo
ya aceptar es el hecho de que se siga celebrando el 12 de octubre como el “Día
de la Raza”, a pesar de que nosotros,
los mestizos de América, así nos veamos la cara en los espejos de Europa, no
dejaremos de ser los hijos bastardos de la conquista, del despojo y la
violación, como lo fueron los hijos de la Malinche en México y las hijas de
Atahuallpa en el Perú.
Ahora bien, si aún nos
queda un poco de sangre en la cara, tengamos el coraje de reconocer que lo
único que heredamos en más de medio milenio de rapiña y colonización, es la
vergüenza de ser lo que somos, esa pirámide social donde lo oscuro está en la
base y lo claro en la cúspide, y donde el color de la piel y el apellido siguen
siendo algunos de los factores que determinan la posición tanto social como
económica del hombre americano.
viernes, 5 de octubre de 2012
YO MATÉ AL CHE
Cuando me tocó la orden
de eliminar al Che, por decisión del alto mando militar boliviano, el miedo se
instaló en mi cuerpo como desarmándome por dentro. Comencé a temblar de punta a
punta y sentí ganas de orinarme en los pantalones. A ratos, el miedo era tan
grande que no atiné sino a pensar en mi familia, en Dios y en la Virgen.
Sin embargo, debo
reconocer que, desde que lo capturamos en la quebrada del Churo y lo
trasladamos a La Higuera, le tenía ojeriza y ganas de quitarle la vida. Así al
menos tendría la enorme satisfacción de que por fin, en mi carrera de
suboficial, dispararía contra un hombre importante después de haber gastado
demasiada pólvora en gallinazos.
El día que entré en el
aula donde estaba el Che, sentado sobre un banco, cabizbajo y la melena
recortándole la cara, primero me eché unos tragos para recobrar el coraje y
luego cumplir con el deber de enfriarle la sangre.
El Che, ni bien escuchó
mis pasos acercándose a la puerta, se puso de pie, levantó la cabeza y lanzó
una mirada que me hizo tambalear por un instante. Su aspecto era impactante,
como la de todo hombre carismático y temible; tenía las ropas raídas y el
semblante pálido por las privaciones de la vida en la guerrilla.
Una vez que lo tenía en
el flanco, a escasos metros de mis ojos, suspiré profundo y escupí al suelo,
mientras un frío sudor estalló en mi cuerpo. El Che, al verme nervioso, las
manos aferradas al fusil M-2 y las piernas en posición de tiro, me habló
serenamente y dijo: Dispara. No temas. Apenas vas a matar a un hombre.
Su voz, enronquecida por
el tabaco y el asma, me golpeó en los oídos, al tiempo que sus palabras me
provocaron una rara sensación de odio, duda y compasión. No entendía cómo un
prisionero, además de esperar con tranquilidad la hora de su muerte, podía
calmar los ánimos de su asesino.
Levanté el fusil a la
altura del pecho y, acaso sin apuntar el cañón, disparé la primera ráfaga que
le destrozó las piernas y lo dobló en dos, sin quejidos, antes de que la
segunda ráfaga lo tumbara entre los bancos desvencijados, los labios
entreabiertos, como a punto de decirme algo, y los ojos mirándome todavía desde
el otro lado de la vida.
Cumplida la orden, y
mientras la sangre cundía en la tierra apisonada, salí del aula dejando la
puerta abierta a mi espalda. El estampido de los tiros se apoderó de mi mente y
el alcohol corría por mis venas. Mi cuerpo temblaba bajo el uniforme verde
olivo y mi camisa moteada se impregnó de miedo, sudor y pólvora.
Desde entonces han pasado
muchos años, pero yo recuerdo el episodio como si fuera ayer. Lo veo al Che con
la pinta impresionante, la barba salvaje, la melena ensortijada y los ojos
grandes y claros como la inmensidad de su alma.
La ejecución del Che fue
la zoncera más grave en mi vida y, como comprenderán, no me siento bien, ni a
sol ni a sombra. Soy un vil asesino, un miserable sin perdón, un ser incapaz de
gritar con orgullo: ¡Yo maté al Che!. Nadie me lo creería, ni siquiera
los amigos, quienes se burlarían de mi falsa valentía, replicándome que el Che
no ha muerto, que está más vivo que nunca.
Lo peor es que cada 9 de
octubre, apenas despierto de esta horrible pesadilla, mis hijos me recuerdan
que el Che de América, a quien creía haberlo matado en la escuelita de La
Higuera, es una llama encendida en el corazón de la gente, porque correspondía
a esa categoría de hombres cuya muerte les da más vida de la que tenían en
vida.
De haber sabido esto, a
la luz de la historia y la experiencia, me hubiese negado a disparar contra el
Che, así hubiera tenido que pagar el precio de la traición a la patria
con mi vida. Pero ya es tarde, demasiado tarde...
A veces, de sólo escuchar
su nombre, siento que el cielo se me viene encima y el mundo se hunde a mis
pies precipitándose en un abismo. Otras veces, como me sucede ahora, no puedo
seguir escribiendo; los dedos se me crispan, el corazón me golpea por dentro y
los recuerdos me remuerden la conciencia, como gritándome desde el fondo de mí
mismo: ¡Asesino!.
Por eso les pido a
ustedes terminar este relato, pues cualquiera que sea el final, sabrán que la
muerte moral es más dolorosa que la muerte física y que el hombre que de veras
murió en La Higuera no fue el Che, sino yo, un simple sargento del ejército
boliviano, cuyo único mérito -si acaso puede llamarse mérito- es haber
disparado contra la inmortalidad.
Imagen:
Che, pintura de Agustín
García-Espina Martínez
Publicado por
Víctor Montoya
en
5.10.12
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cuentos
lunes, 1 de octubre de 2012
LAS MAGNÍFICAS CREACIONES DE MIRO COCA LORA
Este blog personal de Miro Coca Lora es una
verdadera fiesta para los aficionados a las artes visuales. En todas sus
secciones, ordenadas por categorías y alto sentido estético, destaca la
impronta de quien, con la fuerza de la imaginación y creatividad, logra
resultados que conmueven y convocan a la reflexión debido a su gran valor
artístico.
Miro Coca Lora, inspirado por las criaturas de su
fuero interno, se funde con sus temas y personajes en cada una de sus
creaciones, pero con un toque personal que tiende a explayar las técnicas y los
recursos más variados en el ámbito de la pintura, la fotografía y el videoclip.
No cabe duda de que estamos ante un artista que ha encontrado un lenguaje
propio, que pone de manifiesto su sensibilidad para combinar las luces, las
sombras y los acordes musicales.
Los temas son tan variados, que el espectador parece
tener ante sus ojos un magnífico caleidoscopio, donde las figuras, los paisajes,
rasgos, detalles y colores, dan la sensación de convivir en un escenario en el
cual reina el dinamismo y la armonía, aunque en algunos cuadros, fotografías y
videoclips se ensaya una pirotecnia de colores que deslumbran la vista e irradian
la mente del espectador.
Estas creaciones, vistas desde cualquier ángulo,
resultan ser una suerte de desafío contra la lógica y el racionalismo, porque
muestran un entorno donde el surrealismo y la fantasía forman una perfecta
mancuerna, que induce a contemplar un territorio imaginado por el artista,
quien está consciente de que cada cuadro, fotografía y videoclip debe ser una
criatura del alma, capaz de transmitir los pensamientos y sentimientos de su
creador. En este sentido, Miro Coca Lora es un artista a carta cabal. Ahora
sólo falta que sean cada día más los espectadores que lo descubran. Ojalá este
blog personal ayude a difundir esta obra en la que se funden la pasión, la
creatividad y el amor por el arte.
VER SUS SITIOS EN INTERNET:
miércoles, 26 de septiembre de 2012
ESCRIBANOS Y ESCRITURAS
Cierta noche, libre de los menesteres del quehacer
literario, decidí visitarle al Tío* para que, con su sabiduría infernal, me
arrojara algunas luces sobre la condición del escritor y los tejemanejes del
arte de la escritura.
–El escritor –dijo con firmeza–, para distinguirse del resto
de los mortales debe tener una fantasía a raudales y, en el mejor de los casos,
reunir algunas condiciones como ser rengo, tartamudo, tuerto, jorobado,
manco...
–¿Cómo así?
–Como lo oyes –contestó categórico–. El escritor no necesita
ser bello, galán de cine ni modelo de pasarelas, sino un cerebro destinado a
inventar historias que se las cree él mismo. El verdadero escritor tampoco debe
parecerse a los escribanos de pacotilla, a esos figurones que, haciendo gala de
una falsa palabrería, ejercen de escribanos ocasionales; cuando en realidad, no
son más que unos pobres diablillos que se esfuerzan por ser algo en la vida sin
llegar a ser nada ni nadie. Y, lo más
importante, el escritor debe llevar a cuestas una pluma mágica que le
permita convertir en literatura todo lo que toca, así como el rey Midas
convertía en oro lo que tocaba con las manos.
Me quedé de piedra y casi-casi convencido de que ser
escritor era más difícil que escalar el Himalaya y, por añadidura, soportar un
castigo parecido al de Sísifo. El Tío, al sentir lo que sentía en mis adentros,
me miró de sesgo y preguntó:
–¿Desde cuándo te dedicas a este noble oficio?
–Desde cuando un amigo, cansado de mi cháchara, me dijo que
no hablara tanto y que mejor me dedicara a escribir un libro. Así mis palabras no entrarían por una oreja
y saldrían por la otra, sino que penetrarían por los ojos y se grabarían en la
memoria, como cuando las sensaciones más fuertes se quedan atravesadas en
el cuerpo y la mente.
–¿Sólo por eso?
–No sólo por eso –repliqué–, sino también porque la
escritura me sirve para rescatar mi infancia perdida y recuperar mi capacidad
de asombro ante el mundo que me rodea, y porque me encanta jugar con la
fantasía de los lectores y saber que, aun estando encerrado en mi escritorio
como un prisionero en una celda solitaria, puedo inventar ventanas en las
paredes para que el lenguaje, fundido en las criaturas de la imaginación, se
fugue por ellas y alcance la libertad plena entre los lectores.
El Tío, consciente de que reunía las condiciones para
convertirme en el indiscutible escribano del diablo, puso la cara risueña, hizo
rechinar los colmillos y dijo:
–Ahora que sé el porqué te dedicas a la literatura,
permíteme que te dé un par de consejos para que no caigas en las trampas del
lenguaje ni cometas los errores de los chambones...
Le miré a los ojos y escuché atento.
–La prosa debe escribirse sin artificios técnicos ni
piruetas lexicales –dijo–. El arte de escribir no consiste en adornar el
lenguaje sino en desnudarlo, en podar el follaje y en cortar las flores, en
procura de que la prosa, en lugar de ser intrincada y retorcida, esté libre de
palabras superfluas y sea clara y sencilla. Lo florido en literatura es la
impronta de los aprendices y no de los escribanos profesionales, quienes
ostentan un poquito de talento y otro poquito de conocimiento. Quien escriba
con palabras rimbombantes, queriendo dárselas de inteligente, no revela otra
cosa que su falta de tino para trabajar con el lenguaje y causa un efecto
contrario a su propósito, pues, como bien enseña el manual de Satanás, es menos
notorio ser inteligente y hacerse pasar por tonto, que ser un tonto y pretender
pasar por inteligente...
–Ah, carachos –prorrumpí–. ¿Algún otro consejito más?
–Recuerda siempre que lo importante en literatura no es QUÉ
se escribe, sino CÓMO se escribe. La imaginación del autor, por medio de la
escritura, tiene que hacer visible lo invisible. Pero si no se aprende a
trabajar con la palabra, menos se puede transmitir con autenticidad los
pensamientos y sentimientos. Si los poetas escriben a contrapelo del lenguaje,
en un intento de sorprendernos, una y otra vez, con metáforas que descifran los
misterios de la vida y la muerte, el narrador debe escribir a contra corriente,
contra los sistemas de poder y contra la estupidez de la gente, no sólo porque
la prosa llega más, sino porque debajo de una lluvia de poetas hace falta el
caudaloso río de un narrador...
–¿Y qué opinión te merece el libro?
–El libro, además de ser la radiografía del alma, es un
hermoso objeto y una suerte de cofre literario donde se guarda la memoria
personal y colectiva, con todos sus atributos hechos de realidad y fantasía. El
libro, lleno de lúcidas miniaturas y alusiones ocultas, revela la esencia del
autor, por mucho que a éste, durante el proceso de la creación, le duela el
corazón y la memoria, le estrangule el pasado y le angustie el presente.
–¿Y qué me dices del lector?
–El lector es el cómplice secreto del autor y ambos
comparten las aventuras de la imaginación. El lector ama las palabras que
contienen los libros, la textura del papel, el olor de la tinta, el volumen y
hasta el peso que gravita entre sus manos como una lápida cincelada por la
vida, la pena y la alegría. No sé si te sirva mi opinión sobre el libro y la
lectura, pero aquí te paso mi decálogo: 1. Leer es abrir las puertas y ventanas
del mundo, volar por los espacios de la imaginación y zambullirse en las aguas
de la fantasía. 2. El libro es un amigo que no engaña y un maestro que no
regaña. 3. Leer es descubrir el tesoro de la memoria colectiva. 4. El libro es
la criatura del alma que se hace mayor con los lectores. 5. Un libro escrito
con amor es leído con el corazón. 6. Si el libro es una flor, el lector es
picaflor. 7. Leer los cuentos de la tradición oral, que no tienen autores ni
dueños, es mirarse de cuerpo entero en los espejos del ingenio popular. 8. El
libro es el templo del lenguaje. 9. En principio fue el verbo y el verbo se
hizo libro. 10. El libro es la metáfora perfecta del conocimiento humano.
Me resultó difícil seguir con atención su decálogo, pero con
la seriedad con que lo enumeró, uno por uno, me dio la sensación de que, aun no
sabiendo leer ni escribir, tenía una idea cabal del libro y la lectura.
–¿Estás conforme con mi decálogo? –preguntó casi tapándome
la boca y acaso sin importarle mi humilde opinión.
–Sí –contesté, poniéndome el índice en la sien para indicar
con ello que todas sus palabras estaban ya en mi cabeza. Luego añadí–: Seguiré
tus consejos y seguiré siendo tu escribano, así los envidiosos digan que tuve
una revelación tuya en la oscuridad de la mina, como Ingmar Bergman tuvo una
revelación divina en la cámara oscura...
Él esbozó una sonrisa diabólica y, transmitiéndome una
fortaleza mágica para detener las críticas como un acantilado detiene el embate
de las olas, concluyó:
–Tienes que afrontar ese reto de la vida, porque el éxito,
mal que te pese, siempre viene acompañado por la envidia.
Le agradecí por sus sabias enseñanzas y me despedí con suma
reverencia, seguro de que sus palabras me ayudarían a ser mejor escribano y a
mejorar mis escrituras, en las que él cobró ya vida propia desde el día en que entró
en mi casa.
* Tío: Dios y diablo de la mitología andina. Los mineros
le temen y le rinden pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y
aguardiente.
viernes, 14 de septiembre de 2012
LA ENVIDIA
Se ha dicho con justa
razón que la envidia es tan antigua como el hombre y uno de los defectos
capitales que aqueja a la humanidad, sobre todo, cuando ésta se torna en
destructiva. Para unos, la envidia forma parte de los instintos naturales,
exactamente como el amor, los celos o la agresividad; en cambio para otros, la
envidia es un fenómeno adquirido en el contexto social, que empuja cada vez más
a envidiar a quien es más o tiene más. La envidia, por lo tanto, viene a ser la
cara oculta de la competitividad y constituye uno de los móviles que, desde la
horda primitiva, indujo a los hombres a disputarse el prestigio y el poder,
motivados por la idea de triunfar a cualquier precio en el seno de una
colectividad donde nadie está conforme con ser menos que el otro. Tal vez por
eso, en la historia de la humanidad, la rivalidad entre hermanos-enemigos sea
la más frecuente y común. En el mundo bíblico, por ejemplo, la envidia está
representada por la disputa habida entre Abel y Caín; un hecho del que resulta
la expresión popular: La furia de Caín, para designar las malas intenciones
de una persona envidiosa o cruel. Otro caso parecido encontramos en el mito de
fundación de Roma, en el que Rómulo, impulsado por la ciega ambición y la
envidia, mata a su hermano mellizo Remo. En la América precolombina, la envidia
está encarnada en Huáscar y Atahuallpa, dos hermanos/enemigos que se disputaron
el trono del imperio incaico en una guerra sin cuarteles, en la que Atahuallpa,
hijo bastardo del Inca Huayna Cápac, hace prisionero a su hermano Huáscar,
heredero legítimo del trono, antes de matarlo como a su peor enemigo.
La envidia, como el amor
y los celos, es también un tema central en la literatura clásica y en las
fábulas de Esopo, Samaniego, Iriarte y La Fontaine, cuyas moralejas permiten
comprender mejor las causas de este mal y sus consecuencias funestas. Asimismo,
en los cuentos de hadas, que tienen su origen en la tradición oral y la memoria
colectiva, encontramos a personajes revestidos con los atributos de la envidia,
unas veces como simples alegorías; y, otras, como lecciones arrancadas de la
vida.
Si partimos
del criterio de que la envidia es la desaprobación del injusto éxito ajeno,
entonces habría que reconocer que los envidiosos están en lo cierto, pues la
mayor parte de los éxitos son inequívocamente injustos en una sociedad
meritocrática, donde muchos son los llamados, pero pocos los escogidos, y menos
aún los auténticamente merecedores de serlo. Es decir, la envidia no es tanto
el termómetro del triunfo público como el barómetro de la injusticia social,
que premia a quienes no lo merecen e ignora a los verdaderamente valiosos. Pero
si se considera que la envidia es el motor de la ambición personal, como el
freno de la ambición ajena, entonces habría que deducir que el envidioso es un
ser detestable y peligroso, que busca desprestigiar a su rival para consumar su
propia ambición.
La envidia es
ese mecanismo psicológico que no permite que nadie tenga ni sea mejor que uno. ¿Por qué él y no yo?, se pregunta el envidioso que no acepta el triunfo
ajeno, sobre todo, cuando sabe que la persona envidiada es alguien que un día
no tuvo nada y que otro día llega a tener todo, como ocurre en el cuento de La
Cenicienta o El patito feo. No hay nada más envidiable en la vida que la
suerte de quien posee el juguete que uno mismo quisiera tener. De modo que en
esta competencia abierta, en la que uno ambiciona ser y tener lo que es y tiene
el otro, es casi natural que el envidioso busque por todos los medios la caída
de su rival, impulsado por esa creencia innata de que nadie es tan capaz y
perfecto como uno mismo.
En la envidia todo vale:
la ley de la selva y el sálvese quien pueda. Los envidiosos, para procurar la
caída de su rival: difaman, insultan, acusan y, lo que es peor, cuando ya no
les queda más argumentos para hablar en contra, transforman la mentira en
verdad y la verdad la convierten en basura, pues los envidiosos suelen ser como
las serpientes venenosas y las navajas
de doble filo. Por eso mi abuela, una señora entendida en el vasto tema de la
envidia, advertía sin cesar: Cuídate de los envidiosos, que esos te dan un
beso de Judas en la mejilla y te clavan el cuchillo de la traición por la
espalda. Además, si la envidia fuera tiña, cuánto tiñoso habría. Con ella
aprendí que la envidia es el pecado capital del individuo y la hermana melliza
de la hipocresía. Aprendí también que la envidia es una sensación que afecta
más a los frustrados que a quienes son envidiados por su belleza, inteligencia,
triunfo profesional, fama o fortuna. Y, sin embargo, nunca concebí cómo el ser
humano puede gozar con la desgracia ajena y entristecerse con la felicidad del
prójimo.
Los envidiosos en
potencia, que viven a Dios rogando y con el mazo dando, tienen un denominador
común: suelen ejercitar la maledicencia y el gusto por encontrarle defectos al
sujeto en cuestión, con el fin de exaltar sus debilidades y menoscabar sus
virtudes; un contexto en el que los más grandes personajes de la historia se
sintieron alguna vez envidiados o envidiosos. En el arte, la cultura, la
política y, por supuesto, en el periodismo, abundan quienes conspiran a
espaldas de quienes ejercen la misma profesión; no en vano reza el dicho: Tu
colega es tu peor enemigo, debido a que la rivalidad del colega se manifiesta
no sólo en el celo y el odio, sino también en la traición y el crimen. No
obstante, en ningún otro oficio la envidia es tan evidente como en el arte y la
política, donde el amigo de mayor confianza puede trocarse en el enemigo más
irreconciliable, o como apunta Elena Ochoa: Cuando alguien como nosotros logra
con éxito lo que habíamos depositado en el baúl de los sueños, cuando otro
consigue aquello a lo que habíamos renunciado, nuestro ego a veces no puede soportarlo,
sobre todo si ese alguien, ese otro, está cerca en el tiempo, en el espacio, en
edad, en reputación, en nacimiento. Es decir, si es el hermano, el vecino, el
amigo, el colega, el conocido. Porque no es el coche, la casa, el traje o el
éxito profesional lo que está verdaderamente en juego, sino yo mismo, lo que yo
valgo, lo que soy capaz de hacer. El objetivo o la cosa conseguida sólo ha
puesto de manifiesto una diferencia insoportable, inesperada. Ha demostrado que
ese sueño para mí prohibido es posible para el otro.
El envidioso está
acostumbrado a meter cizaña entre los amigos y parientes, con el propósito de
lograr sus objetivos a base de engatusar y confabular mentiras. Es un ser
peligroso que puede convertir una cofradía en un nido de ratas y serpientes.
¡Ojo!, el envidioso se disfraza casi siempre de amigo, como el lobo de oveja,
para causar un daño en el momento menos esperado, pues es un ser astuto que,
aun siendo un pobre diablo, se ufana de tener más sapiencia y experiencia. De
ahí que cuando se aparece un envidioso, lo mejor es avanzar con los oídos
tapados y los ojos bien abiertos, para no escuchar los falsos cantos de sirena
ni caer en las trampas que va dejando a cada paso.
La envidia no
perdona a quien se trepa a la cúspide de la pirámide o levanta un vuelo por
encima del resto. La envidia es un arma poderosa que puede herir o agredir;
esto enseña la fábula sobre El sapo y la luciérnaga, que dice más o menos
así: Cierta noche, una luciérnaga revoloteaba en el huerto, donde el sapo
envidioso le lanzó un escupitajo venenoso. La luciérnaga cayó malherida, pero
antes de morir, se dirigió al sapo y preguntó: -¿Por qué me escupes? -Porque
brillas, contestó el sapo.
Con todo, a cualquiera
que tenga dos dedos de frente, no le será difícil diferenciar entre el
envidioso y el que es envidiado, en virtud de que una cosa es el oro del falso
brillo de la pirita y otra muy distinta el brillo del metal noble que resiste a
las pruebas del fuego.
martes, 11 de septiembre de 2012
EL YATIRI, DE ARTURO BORDA
Tú, yatiri aymara, eres
el testimonio vivo, mágico y palpitante de una cultura milenaria; eres el sabio, curandero, adivino y líder espiritual de tu ayllu, cuyas tradiciones y conocimientos, probados en
actos rituales mágico-religiosos, te fueron transmitidos de generación en
generación y de boca en boca.
Tú, apocalípticamente
colosal y absorto en la Vía Láctea, como hubiera dicho el pintor que te
retrató, arrojas con la mano derecha las hojas de la coca sobre el chal,
mientras que con la izquierda, cuyos dedos rociaron el amargo brebaje a los
cuatro vientos, dibujas signos tan misteriosos como tu propia vida. En el fondo
del paisaje -lejos de tu wallqepu, vasija de barro, pan y sombrero-, se
divisa la tenue línea del horizonte, donde se junta el lago sagrado de los
incas con el majestuoso cielo del altiplano. Las tres mujeres, sentadas en el
suelo y ataviadas con prendas de llamativos colores, te observan en actitud de
admiración y respeto, esperando que las hojas de la coca respondan sus
preguntas y despejen sus dudas.
Visto de cerca, pareces
un aparapita metido a tata yatiri, pues tienes los pies descalzos, los
pantalones remendados y el poncho que, más que poncho, es un harapo tendido
sobre tus hombros; luces el rostro barbado, la melena desgreñada y el porte de
un marinero en tierra, y, aunque tienes hincada una rodilla y la espalda
encorvada como un arco, no posees el aspecto de un indígena aymara -orgulloso
de su raza-, sino la apariencia de un criollo que aprendió a leer los misterios
del universo en las hojas de la coca.
Tú, yatiri aymara,
conoces el origen y el destino de la coca, como el hombre conoce el anverso y
el reverso de la mujer amada, pues según cuenta la leyenda, las hojas de la
coca son los residuos de una doncella presumida, quien solía burlarse del amor
de los hombres a poco de ofrecerles su cuerpo y sus encantos. Entonces los
yatiris y amautas, en su afán de evitar que los hombres perdieran la cabeza y
se quitaran la vida lanzándose al precipicio, solicitaron la muerte de la
doncella, cuyo cuerpo fue seccionado y enterrado en los descuelgues del macizo
andino. Al cabo de un tiempo, en esos mismos lugares donde fueron enterrados
sus despojos, brotaron unos arbustos que tenían la propiedad de adormecer la
mente de los hombres, aliviar las penas del alma y mitigar la sed y el hambre.
Así es como los hijos del Sol empezaron a masticar y extraer el jugo de las
hojas de la coca, no sólo con fines ceremoniales, medicinales y recreativos,
sino también con el propósito de rendirle culto a la Pachamama, quien
tuvo la voluntad de trocar el cuerpo de la doncella en un prodigioso arbusto,
que tú sabes usar para leer el porvenir de la humanidad y la bienaventuranza de
cuantos recurren al espejo de tu memoria, donde se reflejan las leyes divinas
de tus ancestros y la sabiduría popular.
En ti se deposita, desde
tiempos inmemoriales, el cofre de los secretos de tu ayllu; representas
la verdad y la justicia, y eres el hijo pródigo que vive invocando a las deidades
de la teogonía andina: al Tata-Mallku y los espíritus protectores del Alaxpacha;
a la Pachamama, los Achachilas y espíritus benefactores del Akhapacha;
a los Supaya y espíritus malignos y benignos del Manqhapacha.
Sólo tú, yatiri andrajoso y ermitaño, muerto y revivido por el rayo, puedes ver
la luz en el caos del universo, sin entrar en éxtasis ni en trance como los
chamanes, hechiceros y brujos, quienes dicen poseer también poderes
sobrenaturales para curar y hacer maleficios por medio de procedimientos y
rituales mágicos, que no son una comunicación real con los espíritus del más
aquí y del más allá, sino simples actos de birlibirloque y superchería; la
prueba está en que tú puedes mirar en las hojas de la coca lo que el oráculo
sibilino no puede ver en la bola de cristal.
Tú, conocedor de
medicamentos caseros, eres capaz de curar al enfermo desahuciado por las
ciencias médicas y devolverle el sentido de la razón a quien la perdió en el
laberinto de un amor no correspondido. Sólo tú sabes que la curación, aparte de
ser un rito y un acto litúrgico, es un nexo entre lo natural y lo divino.
Aunque tienes una visión
aldeana del mundo, porque crees que su eje está en tu marka, no te
cansas de recorrer de pueblo en pueblo, cargando al hombro tu wallqepu, donde
llevas la coca, las plantas medicinales y las piedras mágicas que vas
recogiendo a lo largo del camino. Usas esas piedras de diversos colores y
tamaños como talismanes para liberar el alma de quienes están sometidos a los
maleficios de las artes ocultas de brujos y hechiceros, y para atraer sobre los
sueños toda clase de bienes y venturas materiales y espirituales.
Por si no lo sabías, el
artista que te retrató respondía al nombre de Arturo Borda (La Paz,
Bolivia,1883-1953), quien, además de poeta, actor y narrador, fue un
sindicalista de ideas anarquistas, un bohemio empedernido que conoció los
infiernos del alcohol y descendió hacia los bajos fondos del lumpen, en medio
de un ambiente hostil que no supo rescatar su talento sino muchos años después
de su muerte, cuando la crítica de arte en Nueva York, a poco de descubrir su
excepcional vena creativa, lo elevó al nivel de las estrellas pero lejos de la
tierra que lo vio nacer. No es casual que uno de sus cuadros, «Retrato de mis
padres», haya aparecido en el diario The New York Times en 1965, con
una excelente crítica de John Canada.
Algunos dicen que lo
vieron compartir la misma botella con los aparapitas de la ciudad, en
tanto otros aseveran que lo vieron deambular con un aspecto deplorable, que
cualquier hijo de vecino podía confundirlo con un andariego de la limosna. Sin
embargo, casi todos coinciden en señalar que ese artista, tenido injustamente
por loco, era más cuerdo que el Sancho de Don Quijote y más decente que un
caballero de capa y sombrero, pues el hecho de querer indagar los misterios de
la luz y la oscuridad no es un acto de locura sino de genialidad.
En 1919, con el dinero
que consiguió vendiéndote a una dama de regular fortuna, viajó a Buenos Aires
con la ilusión de exponer y vender sus cuadros en las galerías porteñas. A su
retorno a Bolivia, frustrado por algunos intermediarios, empezó a abandonar los
pinceles y la paleta para retomar la pluma y el papel, que, en veinte años de
silencio y aislamiento voluntario, le permitieron re-crear su obra literaria El
Loco, que no es la criatura del alma de un perturbado mental, como parece
sugerirlo el título, sino la confesión de una mente lúcida que se adelantó a la
mediocridad de sus contemporáneos.
Es imprescindible leer El
Loco, que la H. Municipalidad de La Paz publicó en tres gruesos volúmenes
en 1966, para darse cuenta que en sus páginas, forjadas en el yunque de la
realidad y la fantasía, se esconde un excelente artista de la pluma y el
pincel, cuya voz angustiosa y solitaria se alza como eco desde el fondo de un
espíritu atormentado por la existencia. Nadie conoce los detalles de su vida
sentimental, salvo el hecho de que estuvo enamorado de una monja, que en su
juventud llegó a ser dirigente sindical, que contribuyó a la fundación de
varias publicaciones de izquierda y que se desempeñó como actor y director de
escena de los cuadros dramáticos obreros de propaganda socialista Luz y Vida y Rosa Luxemburgo.
Así pues, yatiri aymara,
el artista que te retrató fue un hombre de buenos quilates, como deben ser los
grandes talentos que hacen de su vida una obra de arte, a pesar de vivir
asediados por la incomprensión y la ignorancia. Si me preguntas cómo murió, la
respuesta es categórica: falleció de un modo trágico, después de haber ingerido
ácido muriático, más por equivocación que por un acto suicida, en estado de
ebriedad.
Glosario
Achachila: Espíritu ancestral,
divinidad encarnada en las montañas.
Akhapacha: Suelo, aquí, este
lugar.
Alaxpacha: Cielo, espacio
indefinido donde se mueven los astros.
Ayllu: Familia extensa, grupo
consanguíneo, comunidad andina.
Aparapita: Cargador indígena.
Manqhapacha: Subsuelo, adentro,
interior.
Marka: Caserío, aldea, pueblo de corto
vecindario.
Pachamama: Madre tierra.
Supaya: Demonio, diablo.
Tata-Mallku: Jefe, noble,
distinguido.
Yatiri: Adivino, vidente, el
que sabe.
Wallqepu: Talega de lana, bolsa
pequeña usada por los hombres para llevar coca.
Imagen:
El-Yatiri, La Paz, 1918,
óleo sobre lienzo. Colección particular.
Publicado por
Víctor Montoya
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crónicas
viernes, 7 de septiembre de 2012
ELDA ALARCÓN DE CÁRDENAS EN LA ACADEMIA
BOLIVIANA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
La escritora paceña, nacida el 28 de febrero de 1928,
ingresó como Miembro de Número a la Academia Boliviana de Literatura Infantil y
Juvenil, el miércoles 5 de septiembre de 2012, a las 19 Hrs., en la Sala Multifuncional
Anexa del Espacio Simón I. Patiño, con un discurso que versó en torno al tema del
“Mito y la Leyenda en la Literatura”.
Víctor Montoya, en su calidad de miembro honorario de
la Academia, estuvo a cargo de las palabras de bienvenida, en tanto que Liliana
De la Quintana, como presidenta y fundadora de esta magna institución, exaltó
la vida y obra de Elda Alarcón de Cárdenas, quien fue maestra, catedrática de
Literatura Infantil y Directora Académica de la Escuela Normal Integrada Simón
Bolívar.
Sus libros, reconocidos por su inherente calidad estética
y sus valores éticos, se encuentran entre las joyas de la literatura infantil y
juvenil de Bolivia. Su bibliografía tanto en verso como en prosa, casi íntegramente
dedicada a los niños, consta de los siguiente títulos: Despertar (1982), Barquitos de
papel (1997), Calesita (1999), Leyendas del Ande (2000), Pinceladas (2000) y
Manuelito de la Candelaria (2002). Es autora, además, de una vasta obra inédita
en todos los géneros literarios.
Elda
Alarcón de Cárdenas es una de las precursoras de la literatura infantil boliviana,
no sólo porque fue fundadora del Comité de Literatura Infantil y Juvenil, sino
también porque es la primera autora que escribió un ensayo teórico sobre el
tema, haciendo hincapié en las condiciones que debe reunir un libro destinado a
los pequeños lectores.
La
Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, en palabras de Víctor Montoya,
debe sentirse honrada por contar en sus filas con la presencia de una destacada
cultura de las letras nacionales, quien jamás puso en duda la importancia que reviste
un libro en el cual se recrea el mundo mágico de los niños, con el afán de
estimular su fantasía y desarrollar su intelecto.
Imagen:
Víctor Montoya, Elda Alarcón de Cárdenas y Liliana De la
Quintana, el día del solemne acto.
domingo, 26 de agosto de 2012
ANTOLOGÍAS LITERARIAS DE LA INMIGRACIÓN
Y EL EXILIO EN SUECIA
En los últimos años se han dado a conocer dos antologías literarias, cuyas
páginas compendian la obra de varios de los escritores latinoamericanos
residentes en Suecia. La importancia de estos documentos de época radica
en que las narraciones y poesías fueron traducidas al sueco y publicadas por
dos prestigiosas editoriales que, además de rescatar la producción literaria de
ese sector de la población compuesta por inmigrantes y refugiados políticos,
cuentan con el respaldo económico de las instituciones culturales del Estado.
El encuentro
multicultural
El tema central de la antología Möten med Sverige (El encuentro con
Suecia), publicada a fines de 1997 por la editorial En bok för alla (Un
libro para todos), gira en torno a las primeras experiencias asimiladas por los
protagonistas de la inmigración y el exilio. La mayoría de los autores redimen
la impresión positiva que les causó la naturaleza sueca, donde la exuberancia
de la nieve en invierno, la coloración variopinta de los bosques en otoño y la
reverberación de los lagos en verano, son un canto a la vida y la belleza. Pero
también están los textos que hacen hincapié en las dificultades de la
adaptación, el aprendizaje de un segundo idioma o la asimilación de nuevos
códigos de vida. Sin embargo, las experiencias son diversas dependiendo de las
circunstancias en que se dio el primer encuentro con Suecia, pues así como a
unos les resulta fácil identificarse con una ave migratoria, a otros les
resulta difícil aceptar una vida alejada del terruño donde nacieron.
Algo que vale la pena destacar en esta antología es la capacidad de
síntesis de los textos -tanto en verso como en prosa-, que reflejan las
experiencias vivenciales, en primera persona, de lo que implica ser inmigrante
o refugiado. Aquí aparecen los niños que sobrevivieron a la guerra en
Finlandia, los activistas políticos que huyeron de la persecución desatada por
las dictaduras militares latinoamericanas, los bosnios, kurdos, palestinos,
iraníes y otros refugiados que abandonaron sus territorios ocupados o, simple y
llanamente, el inmigrante que desembarcó en estas tierras como mano de obra
barata o atraído por las fuerzas misteriosas de un amor escandinavo. En
síntesis, los problemas y las soluciones de la inmigración y el exilio son
algunos de los temas que se abordan en las páginas de esta antología, cuya
selección estuvo a cargo de Eva Dahlström y la presentación a cargo de Gunnar
Svensson.
Möten med Sverige, aparte de
constituir un testimonio personal y colectivo, es un excelente documento que
contribuye a esclarecer la historia contemporánea de la inmigración en Suecia,
un capítulo que no siempre se contempla en los libros oficiales de historia,
como si el éxodo no tuviese causas ni consecuencias, y como si los individuos
que se desplazan de un territorio a otro no influyeran en la vida social,
política y cultural del país que los acoge; por el contrario, esta antología es
un ejemplo de que cada uno de nosotros somos testigos de nuestra época y
protagonistas de la historia reciente, así no lo sepamos o no estemos
conscientes de ello.
Asimismo, Möten med Sverige es un punto de referencia para las
generaciones venideras, para los niños y jóvenes que un día se preguntarán
quiénes son y de dónde provienen sus padres. Es una piedra de toque para no
olvidar el pasado ni el presente, sino para conservarlo en la memoria y en los
registros de la historia contemporánea.
Esta antología, de acuerdo a los objetivos establecidos por los
responsables, pretende ser la continuación del libro Världen i Sverige
(El mundo en Suecia), que esta misma editorial tuvo el acierto de publicar en
1995, bajo la redacción de Madeleine Grive y Mehmed Uzun; ocasión en la que,
por cierto, se olvidó incluir a varios escritores latinoamericanos que tienen
un prestigio bien ganado tanto en Suecia como en sus países de origen. Con
todo, esta brillante iniciativa marcó el inicio de una serie de proyectos de
integración en los cuales están trabajando algunas editoriales que cuentan
con el respaldo económico del Consejo de Cultura del Estado. Por otro lado, la
publicación de Möten med Sverige, que tiene un carácter internacional,
es una muestra de que los lectores nativos tienen mayor interés por conocer las
experiencias personales de quienes, sin perder su identidad cultural ni su
idioma materno, parecen dispuestos a enriquecer el mosaico sociocultural de
este país escandinavo, donde los políticos de extrema derecha -incluido un
sector de la policía- no hacen otra cosa que asociar al extranjero con la
desocupación, el malestar económico, la criminalidad, el racismo y la
xenofobia.
En Möten med Sverige se encuentran todas las vertientes de una
colectividad multicultural, lejos de los prejuicios sociales, raciales y
religiosos. Es un regio compendio donde se explaya con lucidez los temas
referentes a la inmigración y el exilio, sin otro interés que manejar con
efectividad los recursos técnicos que ofrecen los diversos géneros literarios,
como si sus autores no tuviesen otro oficio que el de atrapar ideas y
sentimientos a través de la palabra escrita, puesto que la calidad estética de
los textos, salvo rarísimas excepciones, da la impresión de que la selección de
los trabajos no fue tarea fácil para los responsables del proyecto. De los
doscientos manuscritos que llegaron a la editorial, treinta y siete fueron
seleccionados para su publicación en forma de libro, de los cuales cuatro
llevan la firma de autores latinoamericanos: un chileno (Luis Peña Cifuentes),
una salvadoreña (Myrna López), una uruguaya (Alicia da Cruz) y un boliviano
(Víctor Montoya).
La antología tiene la virtud de mostrar ante la opinión pública la cara
menos conocida de la inmigración, aquélla que no aparece en los medios de
comunicación, donde se describe al inmigrante desde la perspectiva del
prejuicio social y racial, aun sabiendo que los cambios sustanciales que se
están experimentado en la sociedad del bienestar no se deben a la
presencia de los inmigrantes, sino al fracaso de un modelo económico cuyas
consecuencias son contraproducentes para las grandes mayorías. De cualquier
modo, la antología Möten med Sverige, de formato sobrio y contenido
aleccionador, permite respirar un aire fresco, lleno de ilusiones y esperanzas.
Ojalá el contenido de los textos haga ecos en la conciencia de los lectores y
permita mirar al inmigrante de un modo menos estereotipado y negativo, pues en
toda sociedad heterogénea, donde se encuentran todas las razas, lenguas, credos
y culturas, el respeto a las diferencias étnicas es un respeto no sólo a los
Derechos Humanos y los principios elementales de la democracia, sino también
uno de los pilares fundamentales que garantiza la tolerancia y la seguridad
ciudadana.
Las nuevas
voces
La antología Det Nya Landet (El Nuevo País, 1998), que la editorial Lindelöws puso a consideración de los lectores suecos y la crítica especializada, está compuesta por cuarenta y cuatro escritores profesionales y aficionados, pertenecientes a la primera y segunda generación de inmigrantes y asilados políticos. Se trata de rescatar a las nuevas voces suecas que, llegadas desde otros confines a partir de los años cuarenta, hacen ecos en su nueva ‑o segunda‑ patria, donde ya nada es igual y donde todo cambia en medio de la diversidad lingüística y multicultural. Además, entre el millón y medio de inmigrantes que corresponden a más de ciento treinta nacionalidades, es natural que existan quienes se dedican con mayor o menor asiduidad al arte de la escritura, así el establishment cultural los considere todavía escritores inmigrantes; una denominación que, al margen de las tablas estadísticas, no siempre se ajusta a la realidad de los creadores, pues el hecho de ser extranjero no implica ser peor escritor que uno que nació en Suecia, al menos, si se parte del criterio de que el escritor es escritor en cualquier circunstancia, indistintamente del país donde vive y del idioma en que escribe.
No está por demás apuntar que la selección de los textos de esta antología
fue lenta y rigurosa, ya que el consejo de redacción, a la cabeza de los
responsables de la editorial, estuvo integrada por reconocidas personalidades
del ámbito cultural; la prueba está en que de los setecientos textos que
llegaron a la mesa de redacción, apenas cuarenta y cuatro fueron insertados en
la antología, cuyos autores ‑hombres y mujeres, jóvenes y viejos‑ comparten el
destino de ser escritores inmigrantes en un nuevo país. Entre los escritores de
América Latina se encuentran la argentina Ana Martínez (Buenos Aires, 1946), el
colombiano Víctor Rojas (Bogota, 1953), los chilenos Carlos Geywitz (Santiago,
1948) y Adrian Santini (La Serena, 1950), el salvadoreño Oscar García (1963) y
quien escribe estas líneas (La Paz, Bolivia, 1958).
El libro -de 284 páginas, incluida la presentación, el prólogo y el
epílogo-, es una suerte de espejo que refleja la imagen múltiple de una
realidad donde conviven diversas culturas. Los textos forman un conjunto rico
en variantes lexicales y matices literarios, donde se revela, de un modo
general, la situación de dualidad cultural a la cual se enfrentan los
escritores; por un lado, añorando la cuna de su origen y, por el otro,
intentando acomodarse -o asimilarse- a los códigos de vida que corresponden a
la nueva realidad del país donde viven.
Todos y cada uno de los autores, dependiendo de su experiencia vivencial y
el grado de dominio escritural, ponen su impronta peculiar en la elaboración de
los textos, cuyos ejes temáticos difieren en extensión, forma y contenido,
aunque el hilo sutil que los une está en el hecho de haber sido elaborados por
autores de origen extranjero. Entre los cuarenta y cuatro escritores hay
quienes llaman la atención por el dominio de la sintaxis y el léxico del idioma
sueco, en tanto otros sobresalen por el acertado manejo de las técnicas
narrativas que ameritan su vocación literaria, puesto que tanto la forma como
el fondo de los textos están ensamblados estrechamente, como la cruz y la cara
de una misma moneda.
Otro de los aciertos de esta antología radica en haberse concentrado en los
textos escritos en prosa, ya sea en el género del cuento, la prosa lírica y el
relato. La escritora Sun Axelsson, conocida por su obra autobiográfica y por su
relación con los escritores latinoamericanos residentes en Suecia, apunta en la
introducción: Por fin llega una nueva antología, está vez con relatos,
cuentos, contemplaciones y humorismos. Se trata de una colección extensiva y
muy variada. Detrás de la selección se siente un maravilloso y positivo afán de
no excluir sino de dar la bienvenida a la mayor cantidad de voces posibles.
En efecto, la obra literaria de los escritores de origen extranjero tiende a
ser cada vez más visible entre los lectores nativos, quienes, de un tiempo a
esta parte, están a la espera de que las editoriales promuevan la traducción y
publicación de libros que, aun habiendo sido escritos en este país, son
desconocidos para la mayoría de los lectores que no tienen acceso a los textos
en kurdo, persa, swahili o tigriña, que en el mundo editorial cuentan con menos
ventajas que los libros publicados en alemán, francés y español, considerados
idiomas más europeos y universales. Asimismo, y sujetándonos a las intenciones
de esta nueva antología, es digno destacar el interés que existe entre los
lectores nativos por conocer las obras de los escritores extranjeros que forman
parte de la población sueca, así tengan los ojos y el pelo de color oscuros y
una segunda lengua cuya fonética los delata como inmigrantes o asilados
políticos llegados a estas tierras a partir de la Segunda Guerra Mundial; una
nueva realidad a la cual se refiere Sun Axelsson en el reverso del libro: Está
claro que Suecia es un nuevo país. Finlandeses, iraníes, latinoamericanos,
asiáticos, africanos y otras generaciones de inmigrantes -todos están en esta antología.
Los relatos son una continuación de la antología ‘Världen i Sverige’, que fue
publicado en 1995. Esta vez el foco está dirigido hacia nuestro propio país,
tan rico en diversidad, contradicciones, recuerdos, alegrías y desesperación
(…) Tenemos también una visión de las condiciones humanas existentes en el
mundo que está fuera de nuestras fronteras, un mundo de temor y sufrimiento.
Mas a pesar de los testimonios sombríos, en el libro existe una luz que nunca
se apaga, una consolación y una esperanza que nunca ceden. El calor y el humor
en los relatos conceden a la antología ‘Det Nya Landet’ una dimensión de
profundo humanismo que ninguno de nosotros puede eludir.
No es para menos, son varios ya los escritores inmigrantes que forman parte
de la vida cultural de este país, y no será extraño que los escritores suecos
del presente milenio respondan al nombre de: Li Li, Nasim Agnili, Patricia
Lorenzoni, Nicolas Kolovos y Hashang Vali, Alejandro Leiva; un grupo de jóvenes
creadores que escriben directamente en sueco, como los hijos adoptivos que, a
pesar de llamarse Hanna Nyvall o Hanna Wallensteen, tienen a sus padres
biológicos en Corea del Sur o en Etiopía.
Así pues, la antología Det Nya Landet, que compendia a los nuevos
creadores de un nuevo país, no es una ensalada rusa, ni un
retrato de la marginalidad de Rinkeby, Rosengård y Hammarkullen, sino una
muestra panorámica de lo que se está produciendo en materia literaria en el
seno de las distintas lenguas y culturas que cohabitan en Suecia; un hecho que,
por sus características y objetivos, es un esfuerzo remarcable, pues de no
existir estas iniciativas personales e institucionales, la literatura de la
inmigración y el exilio estarían condenadas a quedarse por mucho tiempo más en
las galeras del silencio y el olvido. Por lo demás, ya sabemos que los textos
bien escritos no necesitan presentaciones redundantes, sino un voto de aliento
que les permita llegar hasta su público y fundirse con la pasión de los
lectores.
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