miércoles, 26 de septiembre de 2012


ESCRIBANOS Y ESCRITURAS

Cierta noche, libre de los menesteres del quehacer literario, decidí visitarle al Tío* para que, con su sabiduría infernal, me arrojara algunas luces sobre la condición del escritor y los tejemanejes del arte de la escritura.

–El escritor –dijo con firmeza–, para distinguirse del resto de los mortales debe tener una fantasía a raudales y, en el mejor de los casos, reunir algunas condiciones como ser rengo, tartamudo, tuerto, jorobado, manco...

–¿Cómo así?

–Como lo oyes –contestó categórico–. El escritor no necesita ser bello, galán de cine ni modelo de pasarelas, sino un cerebro destinado a inventar historias que se las cree él mismo. El verdadero escritor tampoco debe parecerse a los escribanos de pacotilla, a esos figurones que, haciendo gala de una falsa palabrería, ejercen de escribanos ocasionales; cuando en realidad, no son más que unos pobres diablillos que se esfuerzan por ser algo en la vida sin llegar a ser nada ni nadie. Y, lo más importante, el escritor debe llevar a cuestas una pluma mágica que le permita convertir en literatura todo lo que toca, así como el rey Midas convertía en oro lo que tocaba con las manos.

Me quedé de piedra y casi-casi convencido de que ser escritor era más difícil que escalar el Himalaya y, por añadidura, soportar un castigo parecido al de Sísifo. El Tío, al sentir lo que sentía en mis adentros, me miró de sesgo y preguntó:

–¿Desde cuándo te dedicas a este noble oficio?

–Desde cuando un amigo, cansado de mi cháchara, me dijo que no hablara tanto y que mejor me dedicara a escribir un libro. Así mis palabras no entrarían por una oreja y saldrían por la otra, sino que penetrarían por los ojos y se grabarían en la memoria, como cuando las sensaciones más fuertes se quedan atravesadas en el cuerpo y la mente.

–¿Sólo por eso? 

–No sólo por eso –repliqué–, sino también porque la escritura me sirve para rescatar mi infancia perdida y recuperar mi capacidad de asombro ante el mundo que me rodea, y porque me encanta jugar con la fantasía de los lectores y saber que, aun estando encerrado en mi escritorio como un prisionero en una celda solitaria, puedo inventar ventanas en las paredes para que el lenguaje, fundido en las criaturas de la imaginación, se fugue por ellas y alcance la libertad plena entre los lectores.

El Tío, consciente de que reunía las condiciones para convertirme en el indiscutible escribano del diablo, puso la cara risueña, hizo rechinar los colmillos y dijo:

–Ahora que sé el porqué te dedicas a la literatura, permíteme que te dé un par de consejos para que no caigas en las trampas del lenguaje ni cometas los errores de los chambones...

Le miré a los ojos y escuché atento.

–La prosa debe escribirse sin artificios técnicos ni piruetas lexicales –dijo–. El arte de escribir no consiste en adornar el lenguaje sino en desnudarlo, en podar el follaje y en cortar las flores, en procura de que la prosa, en lugar de ser intrincada y retorcida, esté libre de palabras superfluas y sea clara y sencilla. Lo florido en literatura es la impronta de los aprendices y no de los escribanos profesionales, quienes ostentan un poquito de talento y otro poquito de conocimiento. Quien escriba con palabras rimbombantes, queriendo dárselas de inteligente, no revela otra cosa que su falta de tino para trabajar con el lenguaje y causa un efecto contrario a su propósito, pues, como bien enseña el manual de Satanás, es menos notorio ser inteligente y hacerse pasar por tonto, que ser un tonto y pretender pasar por inteligente...

–Ah, carachos –prorrumpí–. ¿Algún otro consejito más?

–Recuerda siempre que lo importante en literatura no es QUÉ se escribe, sino CÓMO se escribe. La imaginación del autor, por medio de la escritura, tiene que hacer visible lo invisible. Pero si no se aprende a trabajar con la palabra, menos se puede transmitir con autenticidad los pensamientos y sentimientos. Si los poetas escriben a contrapelo del lenguaje, en un intento de sorprendernos, una y otra vez, con metáforas que descifran los misterios de la vida y la muerte, el narrador debe escribir a contra corriente, contra los sistemas de poder y contra la estupidez de la gente, no sólo porque la prosa llega más, sino porque debajo de una lluvia de poetas hace falta el caudaloso río de un narrador...

–¿Y qué opinión te merece el libro?

–El libro, además de ser la radiografía del alma, es un hermoso objeto y una suerte de cofre literario donde se guarda la memoria personal y colectiva, con todos sus atributos hechos de realidad y fantasía. El libro, lleno de lúcidas miniaturas y alusiones ocultas, revela la esencia del autor, por mucho que a éste, durante el proceso de la creación, le duela el corazón y la memoria, le estrangule el pasado y le angustie el presente.

–¿Y qué me dices del lector?

–El lector es el cómplice secreto del autor y ambos comparten las aventuras de la imaginación. El lector ama las palabras que contienen los libros, la textura del papel, el olor de la tinta, el volumen y hasta el peso que gravita entre sus manos como una lápida cincelada por la vida, la pena y la alegría. No sé si te sirva mi opinión sobre el libro y la lectura, pero aquí te paso mi decálogo: 1. Leer es abrir las puertas y ventanas del mundo, volar por los espacios de la imaginación y zambullirse en las aguas de la fantasía. 2. El libro es un amigo que no engaña y un maestro que no regaña. 3. Leer es descubrir el tesoro de la memoria colectiva. 4. El libro es la criatura del alma que se hace mayor con los lectores. 5. Un libro escrito con amor es leído con el corazón. 6. Si el libro es una flor, el lector es picaflor. 7. Leer los cuentos de la tradición oral, que no tienen autores ni dueños, es mirarse de cuerpo entero en los espejos del ingenio popular. 8. El libro es el templo del lenguaje. 9. En principio fue el verbo y el verbo se hizo libro. 10. El libro es la metáfora perfecta del conocimiento humano.

Me resultó difícil seguir con atención su decálogo, pero con la seriedad con que lo enumeró, uno por uno, me dio la sensación de que, aun no sabiendo leer ni escribir, tenía una idea cabal del libro y la lectura.

–¿Estás conforme con mi decálogo? –preguntó casi tapándome la boca y acaso sin importarle mi humilde opinión.

–Sí –contesté, poniéndome el índice en la sien para indicar con ello que todas sus palabras estaban ya en mi cabeza. Luego añadí–: Seguiré tus consejos y seguiré siendo tu escribano, así los envidiosos digan que tuve una revelación tuya en la oscuridad de la mina, como Ingmar Bergman tuvo una revelación divina en la cámara oscura...

Él esbozó una sonrisa diabólica y, transmitiéndome una fortaleza mágica para detener las críticas como un acantilado detiene el embate de las olas, concluyó:

–Tienes que afrontar ese reto de la vida, porque el éxito, mal que te pese, siempre viene acompañado por la envidia.

Le agradecí por sus sabias enseñanzas y me despedí con suma reverencia, seguro de que sus palabras me ayudarían a ser mejor escribano y a mejorar mis escrituras, en las que él cobró ya vida propia desde el día en que entró en mi casa.

* Tío: Dios y diablo de la mitología andina. Los mineros le temen y le rinden pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.

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