viernes, 24 de enero de 2014


LA ESTATUILLA DEL TÍO DE POTOSÍ

En esta ciudad, construida a la sombra del renombrado Sumaj Orq’o, encontré a un artista que ocupaba parte de su tiempo a moldear con papel maché la imagen del Tío. Lo conocí por casualidad, la mañana en que tomé un taxi con destino a la moderna terminal de autobuses, donde debía recoger mi equipaje.

El chofer me saludó con la mirada y me hizo pasar al asiento de atrás, cuyo tapizado de cuero estaba descuajaringado por el paso del tiempo y el peso de los usuarios.

El taxi era poco confortable, desprendía un fuerte olor a gasolina y estaba desprovisto de taxímetro. Así que, desde un principio y sin mediar muchas palabras, fijamos la tarifa en relación al tiempo y la distancia que debíamos recorrer.

Trato hecho y arrancamos hacia la terminal de autobuses, inaugurada en febrero de 2009, como uno de los grandes avances arquitectónicos de la ciudad. El desplazamiento del vehículo fue rápido, aunque el motor, en cada maniobra de la caja de cambios, trabajaba con el mismo rumor que los pulmones enfermos con silicosis, llenándose y vaciándose en cada respiro.

En el trayecto aproveché para ver los sitios más emblemáticos de un Potosí que, en virtud a su pasado y grandeza histórica, parecía más un museo vivo que un mausoleo de antaño. Llevaba la mirada puesta en los colores ocres del cerro, con los cuales están pintadas las fachadas de innumerables casas. Después pasamos por la plaza principal, donde están las construcciones que forman parte del patrimonio histórico y cultural de la antigua Villa Imperial.

Cruzamos, entre trancadera y trancadera, por el pórtico de la Catedral de estilo gótico, en cuyo interior se advierte una gran exposición artística, con la inclusión de deidades indígenas y símbolos del cristianismo. Cruzamos también por la portentosa fachada de la Casa de la Moneda, construida entre 1757 y 1773, como uno de los edificios civiles más destacados del Nuevo Mundo y que hoy, convertida en museo, conserva importantes archivos de la época colonial.

Una vez que dejamos atrás las numerosas iglesias, distribuidas prácticamente en cada dos cuadras, arribamos a la entrada principal de la terminal, ubicada en las afueras de la ciudad, cerca de los descampados de la pobreza y lejos del Cerro Rico, en cuyas faldas se levantaron las primeras casas de la Villa Imperial de Potosí.

A tiempo de bajarme del taxi, le supliqué al chofer que me aguardara un poquito, pues sólo debía recoger mi equipaje y luego retornar al hotel. El chofer, que no me abrió la puerta ni al subir ni al bajar, sacó su cabeza por la ventanilla y aceptó mi propuesta.

Al retornar al hotel, y a medida que ganábamos la distancia por las mismas calles polvorientas y empedradas por donde habíamos transitado minutos antes, le pregunté si conocía un lugar donde podía adquirir la estatuilla de un Tío. Me miró a través del espejo retrovisor y me contó que una de las personas dedicadas a moldear Tíos con papel maché era su hermano.

–¿Ahora mismo tendrá alguno? –le pregunté.

–Espera un momento –contestó. Marcó el celular y llamó mientras manejaba el volante con una mano.

Al poco rato, volvió a mirarme por el espejo retrovisor y dijo:

–Tiene uno a la vista. Si quieres pasamos por su casa.

Le acepté sin pensar dos veces y nos dirigimos hacia la casa de su hermano, allí donde moran algunas familias mineras, que construyeron sus vidas a medio camino entre el campo y la ciudad, como en los tiempos de la colonia, sometidas a una suerte de discriminación social, racial y económica.

En esa zona, como largada de la mano de Dios, los más pobres viven en casuchas de dos por tres metros, hechas con adobes y rústicos techos de paja, o, en el mejor de los casos, construidas con ladrillos y techos de calaminas corroídas. Algunas de las viviendas tienen puertas de lata y carecen de ventanas. ¿Para qué tener ventanas, si no ven la luz de la esperanza ni entra el sol para calentar sus vidas?

Al cabo de recorrer por un vericueto de calles, atestadas de viviendas a medio construir, llegamos a la casa de Edwin Callapino, un artista que cursó tres años la carrera de Bellas Artes antes de abandonarla por razones económicas, como tantos talentos que no culminan sus estudios, pero que tampoco dejan su vocación artística metida en sus venas.

Me enseñó la estatuilla del Tío, que hizo a pedido de un sindicato de cooperativistas, quienes querían tenerlo en su oficina por ser el único ser mitológico de la cosmovisión andina capaz de proteger a los mineros y sus familias. Ni bien vi la estatuilla, con todos sus atributos de Supay y sus ofrendas, me quedé maravillado por su aspecto y no dudé un instante en pedirle que me lo hiciera unito para tenerlo en casa.

Él me miró a los ojos y, adivinando mi verdadero interés por este dios y diablo que me ganó el alma desde la infancia, prometió que se pondría manos a la obra. Y así lo hizo. Un día llamó a mi celular y me comentó que lo tenía listo; es más, viajó hasta la ciudad El Alto para entregármelo en persona y en mis manos. Lo sacó del embalaje delante de mis ojos y me lo entregó como quien deposita una reliquia sagrada, recomendándome que lo cuide como a mi propia criatura.

Aprovechamos la ocasión para charlar de cómo llegué a conocerlo a través de su hermano taxista y de cómo retorné al hotel ese día, con la ilusión de que el Tío de la mina fue mi mejor adquisición en Potosí, la cuna del cronista Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela.

Antes de despedirnos de manera fraternal, le pedí que, por primera vez en su carrera de artista, moldeara con papel maché a una sensual Chinasupay, la amante consentida del Tío, la que habita en las oquedades de los socavones, celándolo con las palliris de polleras cortas y congraciándose con la Pachamama en un acto de reciprocidad y afecto mutuo.

Edwin Callapino aceptó el reto y, antes de cruzar la puerta que da a la calle, dijo que me llamaría para entregarme la estatuilla de la Chinasupay, pero de manera sorpresiva, como cuando el amor de una mujer atraviesa el corazón de un hombre mientras menos se lo espera.

Ya entonces concebí en la imaginación que la estatuilla de la Chinasupay, hecha a la medida de su insólita belleza, le haría buena compañía al Tío, quien, como todo macho dotado de deseos ardientes y potencia viril, no podía vivir como un cura entre votos de castidad, sino entre los encantos de una hembra dispuesta a entregarse en cuerpo y alma.

Todavía sigo a la espera de su llamada, pero estoy seguro que Edwin Callapino cumplirá con su palabra, como yo cumplí con la promesa de tenerlo al Tío entre los objetos que cuido con suma reverencia y cariño.

Mi apego hacia este ser mitológico es tan fuerte que, mientras los ch’ukutas le ofrendaban q’oas a la Pachamama, con rituales propios de la cultura andina, me armé con botellas de aguardiente, coca, cigarrillos, serpentinas y confites, para ch’allarle y adorarle como manda la tradición minera. ¡Qué maravilla! 

domingo, 5 de enero de 2014


LOS NIÑOS DE LA CALLE EN LA OBRA DE MONICA ZAK

Monica Zak confesó que la idea de escribir este libro empezó a principios del 2002, en la capital de Honduras, donde conoció a un niño de la calle, cuya vida insólita, en compañía de dos perros vagabundos, la impactó tanto que, sin pensar dos veces, decidió acercarse a la realidad de los niños andariegos de la limosna; una experiencia que duró dos meses y constituyó el tema central de Alex Dogboy. Lo interesante es que no todo terminó en este libro, ya que su obsesión por el tema, como ya le había ocurrido en otras ocasiones, con otros libros y otros temas, la impulsó a escribir la continuación bajo el título de Tredje kärleken (El tercer amor), un libro aún inédito en nuestra lengua. 

Monica Zak, con pasión y estilo depurado, combina los métodos del periodista acucioso con el talento del narrador que sabe manejar el hilo sutil de la imaginación y la realidad a la hora de tejer el texto y el contexto de su obra, con personajes y situaciones que existen y respiran cerca de nosotros; por eso mismo, el libro Alex Dogboy, lejos de toda consideración tendenciosa, es una obra que pertenece al llamado realismo social, que sigue teniendo tanto cultores como lectores en este nuevo milenio.

La caracterización del personaje

El protagonista principal, llamado Alex Dogboy entre amigos y conocidos, tiene un aspecto fácil de identificar; viste gorra roja de béisbol, pantalones sucios, suéter grande y zapatos de tenis. Es un niño de carácter taciturno y melancólico que, como todos los mendigos, raterillos ocasionales y buscadores de deshechos, deambula por las calles de Tegucigalpa, comiendo lo que encuentra a su paso y durmiendo a cielo abierto en las aceras de la Calle Real, como hijo de nadie, como basura de la ciudad.

Monica Zak corresponde a esa categoría de escritoras europeas que no temen ingresar en los territorios invadidos por las injusticias sociales, raciales y culturales. La prueba está en que siempre avanza más allá de lo folklórico y lo pintoresco de un país, para escudriñar de cerca una realidad que resulta sugerente y explosiva, sobre todo, cuando penetra en el fuero interno de su personaje, para ver el entorno social a través de los ojos de él y para sentir las llagas de un corazón angustiado, que palpita entre el desamparo y el desprecio de una sociedad donde los sistemas de poder enseñan la ley salvaje del sálvese quien pueda. 

El abandono y la esperanza

Alex Dogboy tiene cuatro años de edad cuando lo abandona su madre, quien se marcha a Estados Unidos en busca de mejores horizontes de vida. Desde entonces vive soñando con ella, abrigando la esperanza de volver a verla, de estrecharla en sus brazos y cubrirla de besos.

Acude cada tarde a la parada del autobús, hasta el día en que la ve llegar hasta la puerta de la casa. Hay júbilo en la familia, pero la alegría se esfuma pronto, porque la madre, al cabo de un tiempo, retorna a Estados Unidos llevándose sólo a sus hijos mayores. Ni modo, Alex Dogboy queda primero bajo el cuido de su padre, un humilde pescador, y luego bajo la custodia de su tía, una mujer con varios hijos y una modesta casa.

Así transcurren los días, los meses, los años y no vuelve a saber de su madre, quien parece haberlo puesto en el olvido, a diferencia de él que la sigue esperando con cariño, recordando vagamente la vez que lo llamó orejas de perro, porque nació con las orejas peludas. No pocas veces sus deseos se proyectan como películas en su mente. En sus pensamientos ve a su madre descendiendo de un taxi, con juguetes traídos desde tierras lejanas y con la promesa de recogerlo y llevárselo vivir a su lado.

Monica Zak, conocedora intuitiva del espíritu humano, intenta reflejar en el libro las añoranzas y esperanzas de un niño de la calle, porque la esperanza es lo último que se pierde en la vida, luego de haber vivido a saltos de mata y entre golpe y golpe

Una vida en la calle

Se sabe que Alex Dogboy no se siente bien en la casa de su tía Ana Lucía, por eso desea huir de una vez y para siempre. En ese transe se cruza en su camino otro niño, el Rata, quien le comenta que la vida en la calle es lo mejor, que uno no está obligado a asistir a la escuela y que sólo hace falta pedir limosna para comer a gusto. Estas insinuaciones son suficientes para que Alex Dogboy tome la decisión de marcharse, tras quemar las fotografías de sus padres en el patio de la casa de su tía.

Así cambia el curso de su vida y comienza la historia de un niño más de la calle. Pero muy pronto, mientras vaga sin más consuelo que la esperanza pero sintiendo una profunda libertad por dentro, se da cuenta de que la vida en la calle es mucho más peligrosa y complicada. Si bien es cierto que existe solidaridad entre quienes comparten el mismo destino, es cierto también que uno pierde la confianza en los demás, aunque todos comparten los mismos sueños, incluso el de enamorarse de una persona que ostenta otra condición social, como le ocurre a Alex Dogboy, quien se siente atraído por una muchacha cuyos padres tienen casa, trabajo y dinero.

Los niños de la calle, desde el instante en que piden limosna en afán de llevarse un mendrugo de pan a la boca, así como aprenden a inhalar pegamento para escaparse de la realidad y refugiarse en falsas ilusiones, aprenden también que las reglas para sobrevivir son el robo y la velocidad, ya que ellos, en su condición de elementos considerados asociales, viven huyendo de la policía, de los autos patrulla y de los guardias armados y uniformados, por el temor a que los pillen y los encierren en la celda de una Cuarta (estación de policía), donde van a dar los delincuentes, las prostitutas y los miembros de las maras (pandillas), quienes son sometidos a un régimen de maltratos y humillaciones.

Monica Zak, con su estilo particular de contar historias sostenidas sobre una base real, habla con la voz de ellos, como si formara parte de ese grupo de rapazuelos que conviven en la calle sin que nadie los acepte, ni los integre -o reintegre- a la vida social, donde el respeto a los Derechos Humanos es escamoteado por la desidia de propios y ajenos. Aquí es donde la Declaración de los Derechos de los Niños se torna en un mero enunciado lírico, porque una cosa está escrita en los papeles y otra muy distinta es la realidad que experimentan los niños de la calle, quienes no conocen la escolaridad, la seguridad social ni la protección familiar.

Ellos son hijos de nadie y, por lo tanto, no gozan de los mismos derechos ni de las mismas oportunidades que los hijos de las familias pudientes. Y, lo que es peor, las diferencias sociales y el menosprecio hacia los menos privilegiados se vislumbran en todos los niveles de la vida social. Esto constatan Alex Dogboy y sus compañeros cuando son llevados a la casa del gringo George, un ser sin escrúpulos que los invita a comer y a dormir en camas cómodas, con la intención de abusar de ellos y luego venderlos a los mercaderes que controlan la red de la prostitución y la pornografía infantil. Por suerte, Alex Dogboy y sus compañeros logran huir sanos y salvos de la casa del gringo George.

Dogboy en el basural

El protagonista del libro, entre idas y venidas, trabaja como pepenador en una montaña de basura, en medio de olores malolientes y aves de carroña. Vive bajo un techo de cartones y bolsas de plástico y se alimenta con los restos que echan los camiones de McDonald’s, Pizza Hut y Burger King. Trabaja de sol a sol, hasta que un día encuentra a una cachorra moribunda tirada en una caja de cartón. Él la cuida y le entrega su cariño. La llama Emmy y la convierte en su fiel compañera. Con ella, más que con sus amigos, comparte sus penas y alegrías.

En el basural, a orillas del río, donde encuentra a la preciosa cachorrita, encuentra también su segundo nombre: Dogboy, el muchacho de los perros. No es para menos, pues Alex Dogboy conversa en voz alta con la perra, y ésta, con las orejas en alto, parece escucharle el relato de una vida hecha de dolores y desengaños.

En el libro de Monica Zak, al mejor estilo de Jack London, los perros se convierten instintivamente en personajes dignos de ser amados y admirados, no sólo porque son los mejores amigos del hombre, sino también porque atesoran un sentimiento más noble que el de muchos humanos. A pesar de ello, los perros callejeros, en ciudades como Tegucigalpa, son animales que sufren el desprecio y el abandono.

En este mismo ambiente, plagado de moscas y deshechos, Alex Dogboy conoce a una niña llamada Margarita, la misma que, ataviada siempre con un vestido rojo, camina en medio del basural rodeada por una manada de canes de todos los tamaños y colores. Se hacen amigos, juegan y conversan en sus ratos de ocio, compartiendo un interés común y el amor que sienten por los perros.

Alex Dogboy, con el paso del tiempo, se adjudica un nuevo perro que, como agradecimiento al trato que recibe, pasa a ser otro de sus mejores compañeros. No en vano un día les confiesa: Son ustedes los que son mi madre y mi padre. De este modo, los dos perros, Emmy y Canelo, se convierten en la única familia de este niño de la calle, aparte de la mujer caritativa que, una y otra vez, deja que la ayude en los quehaceres de su restaurante popular a cambio de un plato de comida y algo de ropa.

En la obra de Monica Zak se funden los perros y el niño en una simbiosis que les permite sobrevivir a las adversidades, mientras vagan por los recovecos de la cuidad y husmean en los basurales en procura de encontrar restos de comida y un rincón donde pasar la noche.

Calidad literaria y compromiso

No cabe duda de que la autora del libro, con la habilidad legítima de una comunicadora de fuste, deja traslucir el submundo urbano, como quien deposita su amor y su sabiduría en todo lo que escribe, aun a riesgo de conceder, de manera consciente o inconsciente, demasiada ternura maternal a sus personajes; algo que los lectores pueden constatar en algunas de las páginas cargadas de sensaciones sólo conocidas por quienes entablan un contacto estrecho con los héroes y antihéroes de una obra literaria.

Se nota, asimismo, que el discurso narrativo fluye como el remanso de un río, sin ripios ni descripciones abundantes. Usa un lenguaje sencillo pero efectivo, y nos conduce de la mano por un ámbito que, aunque alejado de la Inglaterra victoriana, nos recuerda a Oliver Twist y a otros personajes de Charles Dickens; más todavía, su capacidad de percibir las palpitaciones de la naturaleza le permite describir con precisión la catástrofe provocada por el huracán Mitch, el aullido del viento, las lluvias torrenciales, la belleza salvaje del mar, la exuberancia del paisaje tropical y la forma de cómo Alex Dogboy y su perra Emmy, que se refugian del huracán entre las ramas de un árbol, son rescatados por un helicóptero de salvación.

Por lo demás, el libro Alex Dogboy es un regio alegato a favor de los niños de la calle, un testimonio que adquiere dimensiones verdaderamente humanas en la obra de una escritora que, desde los primeros atisbos de su vocación, ha dedicado su tiempo y su energía a forjar una literatura basada en hechos reales y documentos de primera mano.  

miércoles, 25 de diciembre de 2013


REALISMO SOCIAL EN LA PROSA DE MARCO MINGUILLO

Los relatos de este libro, de prosa pulcra y amena, son la expresión de un espíritu inquieto por los temas humanos, cuyos conflictos encuentran su mejor asidero en una propuesta que desafía la frivolidad y deja constancia de que la ficción tiene también su punto de partida en una realidad compleja y contradictoria, que no deja indiferente a ningún lector acostumbrado ya al discurso poético y narrativo de este autor peruano, quien conoce el drama que azota a los desposeídos de su tierra natal y los avatares del inmigrante en Suecia, donde escribió la totalidad de su breve pero intensa obra literaria.

A medida que nos adentramos en las páginas del libro, se advierte que Marco Minguillo puso especial énfasis en las descripciones de los paisajes, las situaciones y los personajes, con el desparpajo de quien está consciente de que un libro debe ser transparente como la radiografía del alma, sin que por ello los pensamientos dejen de ser embellecidos por la imaginación y enardecidos por la experiencia.

Si Al borde del camino es un buen ejemplo de la literatura de compromiso social y realismo concreto, Madriguera de topos, trazada con pinceladas autobiográficas, tiene la fuerza de ubicarnos en los años de la represión política y la vida clandestina de los jóvenes militantes de izquierda en un Perú que durante decenios se desangró bajo gobiernos civiles y militares.

Por el otro, sin descuidar el sentido del humor que, a pesar de la ironía y el contrasentido, es un buen recurso en materia literaria, el autor nos narra las experiencias de algunos inmigrantes ilegales enfrentados a la distorsión de una nueva realidad, donde todo se torna en dificultad, incluso el vehículo de comunicación que constituye el idioma, como ocurre en Sueños, pesadillas y escondidas; un relato que se convierte en un regio alegato de las aspiraciones y esperanzas de los inmigrantes anónimos, como la de ese personaje que, al mismo tiempo que disfruta de sus Vacaciones de verano en el Mediterráneo, vive añorando a su país, puesto que en cada lugar y espacio, incluidas las situaciones de vida o muerte, encuentra similitudes con la tierra que lo vio nacer.

El relato Para arriba y para abajo, hecho de necesidades y penurias, nos enfrenta a la cruda realidad de que los humanos y su entorno inmediato forman parte de una sociedad que desprecia a los excluidos, quienes, por mucho que se esfuerzan por superar su situación existencial, no lo consiguen en un mundo cada vez más hostil y competitivo. La ciudad de Lima es sólo un ejemplo para darnos cuenta de que en las zonas suburbanas sobreviven las prostitutas, los pandilleros carteristas y los mendigos andariegos al amparo de la luna, mientras en las casuchas de lata y cartón se violan los derechos más elementales de los menores de edad, convencidos de que al día siguiente todo seguirá igual. Marco Minguillo, acaso sin proponérselo, nos recuerda que la pobreza multiplica la pobreza y la podredumbre humana, lejos de las zonas residenciales y el despacho de las autoridades gubernamentales, se expande por los barriales como sargazos en el mar.

Con todo, y a pesar de los pesares, hay algunos que no pierden la ilusión de salvarse algún día de la miseria, ya sea por un golpe de fortuna o gracias a la mano extendida de alguna alma piadosa. Esto es lo que se refleja en Para arriba y para abajo, donde se retrata la conmovedora historia de una niña, que un día tiene un desenlace relativamente feliz, al menos para el consuelo de los lectores ávidos de historias clásicas en el mejor sentido de la palabra.

En este libro, compuesto por ocho títulos de extensión variada, no podían faltar los relatos escritos con sorprendente hedonismo, como José y Manuel. Planes de primavera y Puerto de tránsito, en los cuales resalta una prosa poética, dejando que el lector se deleite más con el juego de palabras, los vestigios de la memoria y las pasiones encendidas. Queda claro que el hilo argumental de estos relatos, a diferencia de los tópicos que caracterizan a este género literario, da paso a una fuerte dosis de ludismo creativo y transgresión narrativa. Las palabras, en estos casos, son los signos de las ideas, pero no siempre las palabras tienen por fin la expresión simple de los pensamientos. Cuando se habla o escribe bajo la impresión de la emoción estética, sucede, y a veces es indispensable, que el artista literario se aparte de la fría, esquemática forma simplemente gramatical, sintáctica o semántica, para dar a los pensamientos formas más ágiles, armoniosas y poéticas.

El penúltimo relato, titulado El centrodelantero, que bien podía haber sido la llave para cerrar el libro tras de una apasionante lectura, lo revela como a un escritor fanático del fútbol. No es para menos, cuando se piensa que este deporte, que hace mucho dejó de ser un puro juego para trocarse en un negocio rentable, ocupa la mente y el tiempo de millones de seres cuyas vidas giran en torno al balón, que se parece a una bola mágica donde confluyen los sueños de quienes la practican de manera activa y de quienes la contemplan de manera pasiva. Ojalá el fútbol, como sucede en el relato, volviera a ser el deporte de todos, de los aficionados que juegan en los barrios y en las canchas pedregosas, sin importarles la fama ni el dinero, aunque todos, consciente o inconscientemente, escondan en lo más profundo de su corazón las ansias de conocer alguna vez el triunfo y la gloria.

Con este relato, estructurado sobre la base de un anhelo universal, Marco Minguillo consigue pegar un fuerte puntapié contra el balón literario, con la esperanza de marcar el gol deseado en medio de una tribuna de lectores que esperan lo mejor de su artífice de relatos reales y rotundos. Por mi parte, sólo me queda augurarle un venturoso viaje de la mano de su nueva criatura del alma.

domingo, 15 de diciembre de 2013


CONVERSACIONES CON EL TÍO DE POTOSÍ

El protagonista principal de mi reciente libro es el Tío de la mina, un ser ambivalente entre lo profano y lo sagrado, que habita desde los tiempos de la colonia en los tenebrosos socavones del Sumaj Orq’o (Cerro Rico). Es una de las deidades centrales en la cosmovisión andina y un personaje fantástico en el mundo minero, donde los mitos y las leyendas se ensamblan de manera extraordinaria con las creencias y tradición de las culturas ancestrales.

Los relatos se fraguaron en una oscura habitación de la ciudad de El Alto, donde entablé amenas conversaciones con la estatuilla del Tío de Potosí, quien, en su condición de dios y diablo a la vez, aparece en el ámbito minero tras el sensacional descubrimiento de los yacimientos de plata en las sierras del altiplano, donde miles de conquistadores se dieron cita con la intención de amasar fortunas. Desde entonces el pueblo quechua de Kantumarka se convirtió en la Villa Imperial y sus riquezas minerales en recursos que llenaron las arcas de la monarquía española.

Como en anteriores ocasiones, fascinado por la mitología del Supay (diablo) y las tradiciones mineras, volví a sumergirme en el contexto mágico del macizo andino, para acercar a los lectores hacia los misterios escondidos en el vientre de la Pachamama, salvo que esta vez no con historias narradas en el género del cuento ni la novela, sino a través de relatos dialogados en los cuales el Tío cobra vida y se expresa con voz propia sobre un abanico de temas que revelan sus más genuinos sentimientos y pensamientos.

Debo confesarles que, a poco de retornar de Europa, visité una de las minas en el Cerro Rico, que en otrora manaba ingentes cantidades del preciado metal, para conocer el hábitat natural del protagonista de mi obra, consciente de que el Tío, soberano de las oscuras galerías y dueño absoluto de las riquezas minerales, aparte de reunir todos los atributos que requiere un personaje literario, representa el mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre el monoteísmo católico y el politeísmo de las civilizaciones precolombinas.

En Conversaciones con el Tío de Potosí, lejos de reflejar la realidad agobiante de las minas y la tragedia de los mineros, propongo textos contextualizados en un laberinto hecho de mitos, leyendas y supersticiones, como si desde un principio hubiese optado por tener una mirada sesgada de la realidad, para luego recrearla y reinventarla, con un desparpajo que pone a prueba la capacidad del narrador y la inteligente expectativa del lector.

Cabe anotar que en el libro se destila una irreverencia inusual y un sentido del humor cargado de una fuerte dosis de transgresiones éticas y morales, sin que por ello los pensamientos dejen de ser embellecidos por la imaginación y enardecidos por el alma de quien, sin más recursos que la honestidad y el conocimiento de causa, intenta encandilar la mente incluso de los escépticos acostumbrados a cuestionar la cuasi verosimilitud de las obras construidas sobre los andamios de la realidad y la fantasía.

En Conversaciones con el Tío de Potosí, como en toda obra que nos acerca a los vericuetos de la condición humana, se plantean temas filosóficos de la vida cotidiana y se penetra en las manifestaciones subconscientes de los mineros, quienes, durante quinientos años de colonización, asimilaron las costumbres de los conquistadores ibéricos y conservaron las costumbres de las civilizaciones originarias.

En este libro, como en otros de mi producción literaria, retomé la temática minera, procurando recrearla a partir de las aventuras y desventuras fantásticas de uno de los personajes más emblemáticos de la tradición popular boliviana. El Tío de la mina, sentado frente a su interlocutor y dispuesto a deleitar con la versatilidad del verbo, no deja de sorprender con su sabiduría en cada una de las conversaciones en las que fluyen las ideas y palabras con una enorme carga emocional. Es decir, la magia de la palabra permite que el Tío, a pesar de su aspecto demoniaco y sus poderes sobrenaturales, aparezca retratado desde una perspectiva humana, como si de veras fuera un individuo de carne y hueso.

En las treinta conversaciones que componen el libro, donde los diálogos están hilvanados con un lenguaje coloquial, cruzamientos narrativos, contrapuntos e intertextualidades, el lector podrá familiarizase también con las creencias y hábitos de los mineros, en los que destacan el Carnaval pagano-religioso y la ch’alla, un ritual de ofrenda y agradecimiento a la Pachamama, la divinidad que entrega los frutos de su vientre a sus hijos terrenales, y al Tío de la mina, protector de las riquezas minerales y amo de los mineros, quienes sentados alrededor de su trono, a la usanza de los mitayos de antaño, le rinden pleitesía ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente, a modo de congraciarse con él, a quien lo veneran tanto como al misericordioso Tata Q’aqcha (Cristo Minero).

Conversaciones con el Tío de Potosí, además de ser un volumen que enseña y entretiene, es un justo homenaje a la Villa Imperial y al Cerro Rico, donde todavía reina el Tío, haciendo gala de su milenaria existencia y su poder infinito, mientras el afamado cerro, en cuyas faldas se levantaron las primeras casas de la Villa Imperial, hoy mira a sus habitantes con un gesto de tristeza y melancolía, como diciéndoles que todo lo que un día empieza siendo grande, otro día termina siendo pequeño, que la riqueza termina en la pobreza y que todo lo que tiene un comienzo está condenado a tener un final.

El Tío es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más insólitos en las minas potosinas, donde encontré la veta más rica del imaginario popular, para luego explotarla y usarla como materia prima en la elaboración de mi obra literaria que, analizada desde cualquier punto de vista, no es otra cosa que el rescate de la memoria colectiva y la demostración de que sí existe un realismo fantástico, cuya exuberancia se experimenta a través de la simbiosis inherente entre los trabajadores del subsuelo y el protagonista de mi obra, que no sólo es una de las deidades mitológicas más significativas de las culturas ancestrales, sino también el dios y diablo recluido en las dantescas galerías de la mina.

domingo, 8 de diciembre de 2013


MONTOYA SERÁ CONDECORADO EN POTOSÍ     

Víctor Montoya, en reconocimiento a su importante aporte literario y su extensa labor cultural realizada tanto en Bolivia como en el exterior, será condecorado por el Honorable Concejo del Gobierno Autónomo Municipal de Potosí, donde presentó su más reciente libro el pasado mes de noviembre.

La sesión de honor, que tendrá lugar en el Palacio Consistorial de la alcaldía, el martes 10 de diciembre, a Hrs. 10 a.m., contará con la presencia de dirigentes de organizaciones sociales, el presidente del Honorable Concejo Municipal, el burgomaestre René Joaquino Cabrera y otras autoridades departamentales.

La condecoración se llevará a cabo en el marco de la celebración del Día de los Derechos Humanos, que la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció para el 10 de diciembre desde 1950; fecha que para Víctor Montoya, expreso político y exiliado durante la dictadura militar de los años 70, es de vital importancia, no sólo porque forma parte de la democracia política en cualquier parte del mundo, según manifestó el autor, sino también porque abracé desde siempre los ideales basados en los principios de la justicia social, la libertad y la plena igualdad entre los seres humanos, quienes deben exigir el respeto a su dignidad dondequiera que se encuentren.

Esta condecoración se sumará a  otros reconocimientos que recibió el escritor paceño, cuya obra literaria está traducida a varios idiomas. Es autor de cuentos, novelas, ensayo y crónicas periodísticas. Tiene cuentos en antologías nacionales y extranjeras. Escribe en publicación de América Latina, Europa y Estados Unidos.

domingo, 1 de diciembre de 2013


RICARDO JAIMES FREYRE,
IMPULSOR DEL MODERNISMO LITERARIO

El poeta Ricardo Jaimes Freyre (Tacna, 1868 – Buenos Aires, 1933), hijo del destacado escritor potosino Julio Lucas Jaimes y de la escritora peruana Carolina Freyre, nació en el consulado boliviano de Tacna, donde su padre ejercía como diplomático. Inició su obra poética en Argentina, país en el cual pasó gran parte de su vida. En 1901, se instaló en Tucumán para desempeñar tareas culturales, universitarias y periodísticas por el lapso de veinte años. Fue redactor del diario El País y dirigió la Revista de Letras y Ciencias Sociales, una propuesta única y vanguardista en su época.

Sus biógrafos aseveran que este hombre de personalidad cautivante, de mostachos erguidos y melena alborotada, se convirtió en un personaje singular en la vida cultural tucumana no sólo porque lucía una capa española y un sombrero alón, sino también por el timbre de su voz que lo destacaba como un declamador de primera línea. Se dice que fue un talentoso orador, cuya retórica, hecha a la medida de sus dotes de poeta y al magistral manejo de sus ideas, dejaba pasmados a los hombres de letras y a los políticos acostumbrados a los debates más exquisitos en los recintos parlamentarios.

Su amor por Tucumán lo llevó a escribir varios libros historiográficos de la ciudad. Su prestigio se acrecentó tras la publicación de su Historia de la República de Tucumán (1911); un trabajo que todavía hoy constituye una piedra angular en la interpretación de la realidad argentina, país que le extendió su carta de ciudadanía en 1917 y donde llegó a ser miembro de la Academia de Letras y de la Sociedad Sarmiento, gracias a su sólida formación humanista y al estímulo literario encausado por su entorno familiar.

Años más tarde, motivado por la actividad política, las ideas socialistas y las concepciones anticlericales, James Freyre retornó a Bolivia dispuesto a trabajar por el bienestar del país andino, pues pertenecía -y pertenece- a esa categoría de seres que, además de tener una alta sensibilidad por los asuntos humanos, poseen un caudal intelectual que les permite visualizar los entretelones de la vida social, donde está presente el drama cotidiano de quienes no tienen acceso a los privilegios de las clases dominantes.

Colaboró con el presidente republicano Bautista Saavedra. Ejerció los cargos de ministro, canciller, diputado y diplomático en México, Chile, Estados Unidos y Brasil. En 1926, fue candidato a la presidencia de la República; pero, al ser elegido Hernando Siles, con quien estuvo en desacuerdo sobre el rumbo que debía tomar el país, renunció a su cargo diplomático y volvió a establecerse en Buenos Aires hasta el día de su muerte. El 8 de noviembre de 1933, sus restos, junto a los de su padre, fueron trasladados a Potosí, para ser depositados en la Catedral de la ciudad, con los honores que ameritan a los hombres cuyos aportes son indiscutibles en las naciones iluminadas por sus obras y sus ideas.

Ricardo Jaimes Freyre, dueño de una fulgurante personalidad y un estilo literario inconfundible, está considerado como el primer poeta boliviano de relieve continental. Tuvo el mérito histórico de haber sido uno de los artífices del movimiento modernista en América, pero también un maestro en el manejo del lenguaje rítmico y la métrica en el arte de la versificación castellana.

En Buenos Aires, con la colaboración del nicaragüense Rubén Darío, fundó  la Revista de América (1899), publicación que, a pesar de su fugaz existencia, impulsó decisivamente la difusión sus teorías enmarcadas en el objetivo de trabajar por el brillo de la lengua española en América y, al par que por el tesoro de sus riquezas antiguas, por el engrandecimiento de esas mismas riquezas, en vocabulario, rítmica, plasticidad y matiz... En efecto, los versos de Jaimes Freyre, lejos de la embriaguez verbal de los románticos, tienen rima, vocablos nuevos y giros insólitos, que resuenen por mucho tiempo en la mente de los lectores. La musicalidad de sus versos ha sido admirada por propios y extraños. No es casual que Borges, a tiempo de citar: Peregrina paloma imaginaria/ que enardece los últimos amores,/ alma de luz, de música y de flores,/ peregrina paloma imaginaria..., manifestó que no entendía el significado de estos versos, pero que éstos sí tenían un ritmo y una musicalidad agradables al oído.

No cabe duda de que Ricardo Jaimes Freyre, que sabía manejar con maestría sus conocimientos lingüísticos, se esforzó en fusionar la forma y el contenido en la musicalidad de la poesía, consciente de que el ritmo era más importante que el significado y tratando siempre de evitar que la poesía se convierta en un simple híbrido de la prosa y el verso. Aunque algunos críticos calificaron su poesía de preciosista y excesivamente meditada, lo cierto es que el vate boliviano, quien no sólo fue considerado el teórico del modernismo tras la publicación de su obra Leyes de la versificación castellana (1912), ha dado muestras suficientes de que los temas universales, inherentes al ser humano y su problemática social, pueden expresarse a través de la musicalidad recóndita que conllevan los versos.

Siguiendo los principios métricos de Jaimes Freyre, quien también usó el hexámetro yámbico que empleaba Darío, se puede constatar que, en su poema Las Hadas, se repite, a modo de estribillo, el verso inicial de la primera: Con sus rubias cabelleras luminosas,/ en la sombra se aproximan. Son las Hadas./ A su paso los abetos de la selva,/ como ofrenda tienden las crujientes ramas./ Con sus rubias cabelleras luminosas se acercan las Hadas./ Bajo un árbol, en la orilla del pantano,/ yace el cuerpo de la virgen. Su faz blanca,/ su faz blanca, como un lirio de la selva;/ dormida en sus labios la postrer plegaria./ Con sus rubias cabelleras luminosas/ se acercan las Hadas. En tanto en su poema Los cuervos: Sobre el himno del combate y el clamor de los guerreros,/ pasa un lento batir de alas; se oye un lúgubre graznido,/ y penetran los dos Cuervos, los divinos, tenebrosos mensajeros,/ y se posan en los hombros del Dios y hablan a su oído, los cinco primeros versos de cada estrofa están escritor en seis periódicos prosódicos disílabos puros, y el sexto, en tres períodos prosódicos puros.

Ricardo Jaimes Freyre, como pocos de sus contemporáneos, tenía una auténtica vocación por el arte de la versificación y un amor por las palabras que denotan belleza en una sintaxis que refleja con coherencia las vibraciones del poeta, quien es capaz de captar las sensaciones más sutiles del alma y verterlas en palabras con una soltura y armonía que no dejan indiferentes al lector acostumbrado al impacto de los versos y al significado que éstos transmiten a través de las metáforas y las figuras de dicción, donde se alteran en cierto modo las normas del lenguaje en afán de conseguir giros y expresiones que enriquezcan la expresión poética.

Su afamado poemario Castalia Bárbara (1899), además de reafirmar su talento y sus conocimientos de las estructuras rítmicas del lenguaje, marcó un hito en la poesía iberoamericana por su evidente pasión y su honda emoción humana. En sus versos, cargados de simbolismos y finas metáforas, trasciende su filosofía, su fantasía y su interés por los mitos de la tradición oral escandinava. Leopoldo Lugones, en el meditado prólogo del libro, confirma la propuesta estética de su amigo y colega: Todo poema consta de tres elementos internos o de concepción: la idea, el sentimiento y la proporción; y, de tres externos o de realización: la perspectiva, la metáfora y el ritmo (...) Se quiere que cada verso sea un diamante cuyas facetas produzcan fulguraciones diversas a la vez. Por esto la reforma en el ritmo, en la perspectiva, en la metáfora -los nuevos modos de decir adaptados a los nuevos modos de pensar.

Castalia bárbara presenta trece composiciones, precedidas por el poema Siempre. El autor, en su afán de narrar de manera épica las sagas de la mitología y el paganismo nórdicos, exalta la violencia y el heroísmo en un Olimpo bárbaro; una realidad que, por ser lejana y extraña a su medio, se torna en fantástica y misteriosa. Es aquí donde el lector, en medio de la furia y la belleza, se encuentra con paisajes que exhiben mares de olas encrespadas, noches de hielo, oscuros bosques y tierras envueltas en sangre y nieve, donde se oyen los aullidos de los lobos y el raudo vuelo de los cuervos sobre los pinos solitarios. En el paraíso o Walhalla, cuya cosmogonía es propia de la invención popular, aparecen personajes de cabelleras blondas como los elfos, las hadas y valquirias; héroes con alma guerrera y montados en negros caballos, blandiendo lanzas y espadas, y cubriéndose el pecho con escudos. Los versos dejan constancia de la omnipresencia de Odín y sus cuervos, la belleza de Freiya y el heroísmo de Thor, dios del trueno y la guerra, quien, conduciendo una carreta tirada por machos cabríos voladores, se enfrenta en las batallas con su martillo mágico.

Castalia bárbara, junto con Prosas profanas (1896) de Rubén Darío y Las montañas de oro (1897) de Leopoldo Lugones, está considerada como una de las piezas claves para comprender las visiones de un movimiento literario que coincidió con el pujante desarrollo de algunas ciudades latinoamericanas que, aparte de tornarse en cosmopolitas, intensificaron sus relaciones comerciales y culturales con la Europa de principios del siglo pasado.

Por mucho de que su obra poética, a diferencia de su prosa, sea breve en extensión -en el lapso de casi veinte años publicó sólo libros de poesía: Castalia bárbara y Los sueños son vida-, nadie pone en duda de que sus teorías planteadas en Leyes de la versificación castellana, han contribuido a perpetuar la genialidad de Ricardo Jaimes Freyre, considerado uno de los poetas iberoamericanos más grandes del siglo XX.

lunes, 25 de noviembre de 2013


MIEDO Y ESPANTO EN LA OBRA DE VELIA CALVIMONTES

El libro Misteria pavoria. Cuentos de terror, publicado por la editorial colombiana Panamericana e ilustrado por Luz Stella Rodríguez, es una verdadera cajita de sorpresas. Se trata de una obra compuesta por cinco cuentos de espanto y aparecidos, reunidos bajo un título sugestivo que atrapa de inmediato la atención del lector. La narrativa de Velia Calvimontes, avalada por un estilo limpio de ripios, hace gala de un lenguaje sencillo y ofrece una lectura amena a los lectores de todas las edades. 

Los cuentos, que destacan por el buen manejo del hilo discursivo, nos relatan las historias de muertos, almas en pena y personajes del mundo esotérico, poniendo en boca de sus personajes palabras apropiadas y recreando situaciones sobrecogedoras, como en los cuentos A dedo y El fraile encapuchado. Los relatos más tétricos discurren en ámbitos insólitos, que van desde un cementerio hasta el patio trasero de una casona de antaño. No faltan los gallos y caballos, el tañido de la campana, el llanto de los difuntos, el lamento de los condenados, el viento y la tormenta, que son también personajes secundarios. Todo esto recuerda a esos seres que estando muertos, según la tradición y creencia popular, retornan al reino de los vivos para vengarse de sus enemigos y ajustar cuentas con sus deudores. Son cuentos de la más pura tradición oral que los niños bolivianos, hasta el día de hoy, se siguen contando sentados en un ruedo y bajo el resplandor de la luna.  

Así ocurría en las tabernas coloniales, donde se daban cita truhanes y cuenteros, músicos y ciudadanos de vida alegre, en afán de confabular los sucesos más inverosímiles que imaginarse pueda. Los parroquianos, blandiendo el verbo cual espada de doble filo, abordaban temas de miedo y espanto, con una imaginación desbordante y acaso proclive a las supersticiones. Muchos de esos relatos llegaron con los colonizadores que se asentaron en la Villa Imperial de Potosí una vez descubiertos los ricos yacimientos de plata. De ahí que Velia Calvimontes, en su cuento Un aullido en el cementerio, ambientando en el siglo XVII, nos recuerda que las naves llegadas de allende los mares, además de traer noticias del Viejo Mundo, venían cargadas de historias que fascinaban a propios y extraños

Las consejas coloniales, atravesadas por personaje que aparecían y desaparecían de un modo misterioso y sin ninguna explicación lógica, se mezclaban con la chismografía sobre la vida privada de los habitantes de las urbes, sobre todo, de las familias consideradas poderosas, donde aparentemente sucedían hechos increíbles y macabros, como ocurre en Un aullido en el cementerio, cuyo argumento gira en torno a un hombre que, siendo en vida rico pero avaro, se condena a poco de ser sepultado. Las beatas dicen que se trata de un castigo por haberle negado al cura una contribución para reparar la campana de la iglesia. Los vecinos saben también que los aullidos lastimeros son de don Crisanto, quien, presa de su avaricia, no encuentra paz en su tumba. Mientras esto se comenta de boca en boca, los jóvenes parroquianos, reunidos en la taberna y en plan de desafío, hacen apuestas por quien se atreva a entrar en el cementerio a medianoche y, en señal de su valentía, dejar un puñal sobre la tumba de don Crisanto; un reto que no pocos rechazan atravesado por un temor que les recorre el espinazo. Sin embargo, como en todo cuento bien contado, no falta uno que, luciendo espada al cinto y aspecto de valiente mancebo, se atreve a probar su bravura. Entra en el camposanto, se acerca a la tumba de don Crisanto y, en el justo instante en que va a clavar el puñal en el lugar preciso, se le aparece el muerto envuelto en un manto oscuro. El mancebo se lleva tal susto que cae fulminado por un ataque al corazón. A la mañana siguiente, sus amigos que apostaron por él,  lo encuentran con el rostro ensangrentado y sin un hálito de vida.

En el cuento Las tres vueltas del gallo, escrito con un halo de misterio y contextualizado en una casona colonial de la ciudad de Sucre, nos transporta al mundo fascinante de Eliza, la joven protagonista, quien cuida de sus hermanas menores hasta altas horas de la noche, mientras su madre trabaja como empleada doméstica. Eliza, luego de acostar a sus hermanas, se reúne con un grupo de amigas que se transmiten cuentos de espanto y aparecidos. Una de esas noches, al retornar a su hogar, cruza ante su mirada atónica un gallo de alas desplegadas. El animal se acerca a una tapia y, dando tres vueltas, escarba la tierra. Luego desaparece con el mismo misterio con el que aparece. Eliza le relata a su madre lo acaecido, pero ésta guarda silencio y espera la mejor oportunidad para cerciorarse personalmente del hecho, hasta que llega la festividad de la Virgen de Guadalupe. Entonces, en tanto el pueblo asiste a la celebración, madre e hija deciden revelar el misterio que representa el gallo y, justo allí donde éste escarbaba la tierra, encuentran enterrada una petaca de cuero que contiene joyas y monedas de oro y de plata.

En El fraile encapuchado, donde el suspenso y la curiosidad se apoderan del lector, se recrea un suceso que se arrastra desde la época colonial en Potosí, donde años más tarde, en el patio de una escuela, Elvira avista a un fraile con el rostro cubierto por la capucha de su hábito. La protagonista, como suele suceder en las historias de aparecidos, se queda helada y con el grito atascado en la garganta. No obstante, y sin salir de su asombro ante tal aparición, guarda el secreto por un tiempo. No se lo cuenta al cura de la parroquia ni a su marido. Primero decide comprobar que la aparición del fantasma no es una aberración de su mente sino un caso real. Para comprobarlo, un día arroja una piedra contra el hábito del fraile; la piedra atraviesa la vestidura y deja un impacto en la pared a modo de señal. Sólo entonces Elvira decide revelarle el secreto a su marido, quien, a pesar del miedo que se le mete entre pecho y espalda, no tiene más remedio que ayudarle a descifrar el misterio de aquella extraña aparición.

Una noche acuden al lugar donde el fraile hacia acto de presencia. Abren a fuerza de pico un boquete en la pared de adobe, se deslizan por él y, apenas iluminados por la luz mortecina de la luna, distinguen a sus pies una entrada que conduce hacia un sótano. Para continuar su pesquisa, se arman de velas y mecheros. Una vez en el fondo del sótano, quedan deslumbrados ante una abundante riqueza junto a una docena de ropajes de altos prelados de la iglesia cubiertos de pedrería. Durante tres largas noches, Elvira y su marido acarrean a su casa el tesoro escondido, y, una vez convertidos en ciudadanos prósperos, abandonan Potosí para disfrutar de su fortuna en una ciudad valluna. Hasta aquí, todo parece tener un final feliz como en los clásicos cuentos de hadas, pero no, en El fraile encapuchado los sueños se tornan en pesadillas; primero se desvanece la dicha en la familia de la pareja, y después Elvira, la protagonista principal, acaba enloquecida por haber visto y tocado lo que no debía.

En La muerte azul, inspirado en un acápite del libro Exploración Fawcett del explorador inglés Robert Fawcett, nos arrima a finales del siglo XIX y al peligroso trayecto entre La Paz y los Yungas; un recorrido que los aventureros, arrieros y errantes hacían a lomo de bestias. En este territorio, cubierto de niebla, precipitaciones y vegetación exuberante, el protagonismo recae en un jinete buscador de fortunas, quien, en procura de pasar la noche, pide hospedaje en un aposento. El posadero le niega arguyendo que todos los cuartos están ocupados, mas el forastero, pistola al cinto y sin darse por vencido, solicita el último que queda, justo aquél donde todo quien entra no sale con vida. Aquí valga destacar que la sola descripción del cuarto, como en las historias de crímenes y terror, constituye un excelente recurso literario que le permite al lector ubicarse en un contexto escalofriante.

Entrada la noche, y mientras afuera la tormenta ruge como bestia herida, en el cuarto de la muerte, donde descansa el forastero, se oye el estampido de un disparo. El dueño de la posada, que apenas alcanzó a cerrar los ojos, salta de la cama y se dirige al temible lugar, donde el forastero sigue con vida, aunque visiblemente pálido. Ante semejante realidad, el posadero no se lo puede creer, pero el protagonista del cuento se encarga de explicarle que estando en la cama, todavía despierto, vio que por el orificio del cielo raso descendía una gigantesca tarántula, que era la causante de las muertes que se producían en ese cuarto, donde todos aparecían al nacer el día con la cara y el cuello azules.
  
Misteria pavoria. Cuentos de terror (2005) es una obra breve que tiene la propiedad de suspender al lector en el terror de la imaginación, con narraciones que descubren un mundo de misterios y se sumergen en el subconsciente colectivo, lejos del maniqueísmo didáctico y las normas de moralización, tan propias en la mayoría de los libros destinados a los jóvenes y niños.

Velia Calvimontes Salinas (Cochabamba, Bolivia, 1935). Escritora y profesora de idiomas. Figura destacada de la narrativa infantil y juvenil. Según reveló en una entrevista, desde niña supo que sería escritora pero no fue sino hasta 1963, cuando residía en Chicago, Estados Unidos, que empezó a escribir. Debutó con su libro Y el mundo sigue girando... (1975). Obtuvo premios nacionales e internacionales. Entre sus obras destacan: Abre la tapa y destapa un cuento (1991), La ronda de los niños (1991), El uniforme (1993), Amigo de papel (1995), Lágrimas y risas (1995), Cuentos de la vida (1997), En busca de hogar (2002), Sabor a Navidad (2005), Nueve noches y un día (2007), El niño de la pérgola (2007) y la serie de libros sobre Babirusa que, desde el año en que empezó a publicarse (1993), se ha convertido en una referente de la literatura infantil boliviana, como Papelucho, la clásica obra de Marcela Paz, es un referente del cuento infantil chileno.

jueves, 14 de noviembre de 2013


CONVERSACIONES CON EL TÍO DE POTOSÍ

El miércoles 13 de noviembre, en el Salón Consistorial de la Alcaldía, se presentó en acto solemne el libro Conversaciones con el Tío de Potosí, del escritor Víctor Montoya, ante los medios de prensa y el público interesado en el tema. El acto contó con la presencia de las autoridades edilicias y de la Gobernación del departamento de Potosí. La inauguración estuvo a cargo de Humberto Morales, Oficial Mayor de Desarrollo Humano y Cultura, quien destacó la labor que realiza el Municipio a favor de la promoción y difusión de la literatura relaciona con el pasado y el presente históricos de la ciudad.

Tomás Cortez, a nombre del Magistrado Pastor Segundo Mamani, autor del prólogo del libro, y del Centro Cultural Nuevos Horizontes, hizo una reseña del contenido de la obra y trazó un esbozo biográfico de Víctor Montoya, a quien lo consideró uno de los escritores más representativos de la literatura minera a nivel nacional e internacional, no sin antes elogiar el compromiso político del autor, quien, durante la dictadura militar de los años 70, fue condenado a la prisión y el exilio. Dijo también que los relatos del libro ofrecen una lectura amena, ya que los diálogos con el Tío de la mina están construidos sobre la base de la ironía, las reflexiones en torno a la problemática humana y el sentido del humor, recursos poco frecuentes en la literatura nacional.  

René Joaquino Cabrera, Alcalde del Gobierno Autónomo Municipal, manifestó que la obra literaria de Víctor Montoya rescata una temática que interesa no sólo a los ciudadanos potosinos, sino también a los turistas que visitan la ciudad interesados por conocer las tradiciones mineras vinculadas al Tío. un personaje que es tan conocido fuera de Bolivia como el mismo Cerro Rico, afirmó en su intervención, a tiempo de felicitar al autor por entregar este valioso libro que, como parte del proyecto de apoyo a  la impresión de obras inéditos, será distribuido gratuitamente a través de las bibliotecas, el Museo Minero, la Casa de la Moneda, las instituciones culturas y los centros dedicados al turismo.

En el acto no faltaron las palabras de las representantes de la Gobernación, Martha Urdininea, y de la Comisión de Cultura del Honorable Concejo Municipal, quienes ponderaron la publicación de un libro dedicado a la ciudad de Potosí y felicitaron al autor por contribuir, desde la literatura, a rescatar y destacar las tradiciones culturales de uno de los departamentos que más beneficios aportó al país desde la época de la colonia.   

Por último, Víctor Montoya agradeció al Gobierno Autónomo Municipal por su incondicional apoyo en la publicación de Conversaciones con el Tío de Potosí, que, según sus palabras, es una obra que pone de relieve al Tío de las minas del Cerro Rico, donde se explotaron ingentes cantidades de riquezas minerales y murieron miles de mitayos y mineros desde la fundación de la Villa Imperial. No dejó de recordar su infancia en las poblaciones del norte de Potosí, donde escuchó hablar por primera vez, en boca de su abuelo, las leyendas del Tío de la mina. Recordó también que este ser ambivalente entre lo divino y lo demoníaco lo fascinó desde siempre y que hoy, con todas sus características, es uno de los personajes más conocidos de su mundo literario. Conversaciones con el Tío de Potosí, dijo Montoya, es una obra que ha sido escrita para enriquecer el acervo cultural de una ciudad que, más que el olvido, merece el reconocimiento de todos los ciudadanos y todas las autoridades del país, porque Potosí ha sido la columna vertebral de la economía nacional durante siglos.

El acto concluyó con un brindis de honor y el libro se distribuyó entre los presentes, que no dudaron en hacer fila para obtener el autógrafo del autor, quien dijo considerarse un potosino de corazón y uno de los cronistas contemporáneos de este departamento, que todavía tiene muchos secretos que revelar al mundo a través de la literatura. 

miércoles, 30 de octubre de 2013


MONTOYA PRESENTARÁ SU NUEVA OBRA EN POTOSÍ

Conversaciones con el Tío de Potosí, el más reciente libro del escritor Víctor Montoya, será presentado en el marco de las celebraciones de los 468 años de fundación de la Villa Imperial, que este año tendrá un espacio dedicado a la Feria Internacional de Cultura.

El libro está prologado por el Magistrado Pastor Segundo Mamani e ilustrado con imágenes del Tío de la mina. Su publicación está auspiciada por el Gobierno Autónomo Municipal, debido a que en sus 230 páginas se aborda una temática relacionada con las tradiciones mineras de esta ciudad que, desde el descubrimiento de los yacimientos de plata en el Sumaj Orq’o, fue codiciada por las monarquías europeas durante la colonia y trascendió al tesauro del idioma español con la frase: Vale un Potosí, escrita por Miguel de Cervantes en su monumental obra Don Quijote de la Mancha.      

El personaje central de la obra de Víctor Montoya es el Tío de Potosí, un ser ambivalente entre lo profano y lo sagrado, que habita en los tenebrosos socavones del Cerro Rico. Es una de las deidades centrales en la cosmovisión andina y un personaje fantástico en el mundo minero, donde los mitos y las leyendas se ensamblan con la tradición oral de las culturas ancestrales.

Los mineros, sentados al alrededor de su impresionante estatuilla, a la usanza de los mitayos de antaño, le rinden pleitesía ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente, a modo de congraciarse con él, a quien lo consideran dueño de las riquezas minerales y amo de los trabajadores del subsuelo.

Los treinta textos del libro, escritos con irreverencia, fino sentido del humor y destreza narrativa, son una prueba de que el autor, mediante los recursos propios de la imaginación, fue capaz de entablar una serie de conversaciones amenas con uno de los  personajes más emblemáticos de la tradición popular, como si de veras estuviesen sentados frente a frente, delante de nuestros ojos, deleitándonos con la magia del verbo y la sabiduría.

Con la publicación de esta nueva obra, auspiciada por el Gobierno Autónomo Municipal de Potosí, bajo la gestión del burgomaestre René Joaquino Cabrera, se confirma que el escritor Víctor Montoya, considerado hijo legítimo de las entrañas mineras, ha logrado convertir al Tío de la mina en uno los principales protagonistas de su magnífica creación literaria.

viernes, 25 de octubre de 2013


A DIEZ AÑOS DE LA MASACRE DE OCTUBRE

Los muertos y heridos en la masacre de octubre, apenas asoman a mi mente y mi corazón, me duelen como hace diez años atrás, cuando me enteré, a través de los medios de comunicación, de la tragedia en la urbe alteña que -al son del grito de combate: ¡El Alto de pie, nunca de rodillas!- se desangró en defensa de la soberanía nacional.

Al cumplirse una década de la denominada Guerra del Gas, y en mi condición de ciudadano con derecho a voz y voto, no dejó de reflexionar sobre las dramáticas consecuencias de aquellas jornadas que cambiaron el curso de la historia contemporánea de nuestro país y, al mismo tiempo, no dejó de condenar la bestialidad de las fuerzas represivas del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada que, en octubre de 2003, provocaron un baño de sangre entre los manifestantes de la ciudad de El Alto.

A 31 años de la “recuperación de la democracia”, que estaba acuartelada por una de las dictaduras militares más sombrías de la historia nacional, se ingresó a una etapa de gobiernos de consenso, cuyas democraduras sirvieron no sólo para acallar la protesta popular con atropellos de lesa humanidad, sino también para masacrar a los acusados de “sediciosos y promotores de proyectos subversivos organizados y financiados desde el exterior”, aun sabiendo que no era posible una democracia formal en un país que se retorcía en medio de la pobreza, el analfabetismo y la desigualdad social.

A estas alturas del proceso de cambio, cuando todo parece demostrar que ha llegado el momento de transformar las caducas estructuras del sistema capitalista, nadie queda indiferente ante las convulsiones sociales que, en el llamado Octubre Negro, sacudieron los cimientos del Estado proimperialista, donde los sectores más empobrecidos, armados con piedras, palos, cólera e indignación, ganaron las calles para hacer escuchar su grito de protesta contra quienes detentaban el poder, rifando al país en pedacitos y al mejor postor.

Durante la Guerra del Gas, que en la ciudad de El Alto, arrojó el saldo de decenas de muertos y centenas de heridos, el pueblo dio su ultimátum al gobierno: Si el presidente no puede solucionar los problemas, lo mejor será que se vaya a su casa. Es decir, los ciudadanos de oriente y occidente, conscientes de la imperiosa necesidad de salvar al país del caos y la anarquía, exigieron la renuncia del primer mandatario porque tenía las manos manchadas de sangre y porque perdió el control de los conflictos sociales.

El país requería de soluciones rápidas y concretas. Y, para lograr este objetivo, no bastó con que el vicepresidente asumiera la primera magistratura, intentando salvar la democracia burguesa, sino en que todas las autoridades de gobierno se pusieran la mano en el pecho e hicieran conciencia de que las protestas y los conflictos no se resolvían disparando las armas contra el pueblo, sino ofreciendo a los sectores más empobrecidos mejores condiciones de vida y de trabajo.

Está demostrado que no se puede controlar la rebelión de las masas cuando éstas no están dispuestas a vivir en la zozobra ni bajo la inestabilidad del aparato estatal. Por cuanto fue legítimo que los ciudadanos propusieran cambios, en procura de impedir la entrega del gas a consorcios extranjeros sin previa consulta al pueblo; tampoco fue casual que se hubiesen unido en torno a una Asamblea Constituyente, que exigía la modificación de la Ley de Hidrocarburos y del Código Tributario, y que se resguardaran los intereses de la nación y sus habitantes, oponiéndose a las injerencias del portavoz del gobierno norteamericano en los asuntos internos del Estado boliviano; más todavía, fue urgente rechazar las insinuaciones de las empresas transnacionales, interesadas en saquear las riquezas naturales en desmedro de quienes vivían sumidos en la miseria, la desocupación, la deserción escolar, la criminalidad y la corrupción institucionalizada.

Cabe preguntarse, aquí y ahora, para qué servía un gobierno que no representaba los intereses de las inmensas mayorías, un presidente que se aferraba al poder para defender los privilegios de los empresarios privados y la política expansionista del imperialismo, cuyo embajador encaramado en la sede de gobierno, asumiendo la misma arrogancia y supremacía de su jefe en la Casa Blanca, declaró a la prensa: “Estados Unidos no tolerará una interrupción del orden constitucional en Bolivia y no apoyará a ningún gobierno no democrático”, como dando a entender que el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada era uno de los más democráticos de la historia republicana, y que la oposición, compuesta por los partidos políticos que rechazaban un sistema neoliberal de gobierno y las imposiciones arbitrarias del imperio, representaba un peligro para la democracia.

Los campeones de la democracia, que en otrora se denominaban izquierdistas y revolucionarios, respaldaron también la política represiva y neoliberal del gobierno, mientras sujetaban en la mano la Carta Democrática de los organismos internacionales que, teóricamente, condenaban el uso de la violencia que tendían a alterar el orden constitucional del país; cuando en realidad, el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, a espaldas de lo establecido en la Constitución Política del Estado, dio su beneplácito a las Fuerzas Armadas para reprimir al pueblo, violentando así los Derechos Humanos y pasándose por las narices las Cartas Magnas tanto de la ONU como de la OEA.

Ante semejante fechoría, es necesario preguntarse: ¿De qué tipo de democracia nos hablaban estos asesinos? Si el propio presidente de la nación no respetaba la institucionalidad democrática, como la única vía aceptable para resolver los conflictos sociales, y fue capaz de arremeter contra sus opositores, tildándolos de subversivos y sediciosos, hasta que se le fue la mano y ordenó meter bala contra una turba de mujeres, hombres y niños en la ciudad de El Alto.

Por todos es conocido que las agresiones físicas de las fuerzas represivas contra los manifestantes alteños fueron tan contundentes como las declaraciones del representante del Departamento de Estado, quien, en su afán de controlar la producción de coca y mantener en jaque a los críticos del régimen, aplicó una política coercitiva que, en lugar de apaciguar la furia encendida de los manifestantes, provocó una mayor protesta entre quienes estaban ya cansados de soportar los mandatos del imperialismo y del gobierno entreguista de Gonzalo Sánchez de Lozada, quien no hacía otra cosa que acrecentar la injusticia social, la crisis económica y la discriminación racial.

Los campesinos, mineros, fabriles, estudiantes, profesores, comerciantes y otros, tenían todo el derecho de velar por sus vidas e intereses, y de protestar contra los engaños y las falsas promesas de los señores del poder, quienes estaban más interesados en la repartija de pegas, que en resolver los problemas reales de los sectores empobrecidos por la política entreguista de los ministros y diputados neoliberales, cuya incapacidad de gobernar un país en crisis quedó al descubierto desde el instante en que asumieron el mando del poder con el apoyo de los partidos oficialistas que, durante y después de su campaña proselitista, prometieron demagógicamente un mejor destino para los bolivianos.

Las huelgas, bloqueos, barricadas y marchas de protesta, que tuvieron lugar en la ciudad de El Alto en octubre de 2003, reflejaron el descontento popular contra un gobierno que, al margen de haber sido incapaz de cumplir con el compromiso y los convenios firmados con los sectores en conflicto, tuvo la osadía de movilizar a las tropas del Ejército contra los movimientos progresistas, compuestos en su gran mayoría por los relocalizados de las minas, cansados de vivir en un país donde no se respetaban los Derechos Humanos y donde sobrevivían los resabios de la discriminación social y racial, y donde unos creían ser dueños de las riquezas naturales y dueños absolutos del poder.

Ya sabemos que los desposeídos no piden mucho y lo poco que piden es que se respeten sus costumbres y tradiciones, que se respeten sus fuentes de trabajo y el cultivo de la hoja de coca, que se mejore el sistema educativo y la asistencia médica, que se instale energía eléctrica y agua potable en las regiones rurales; reivindicaciones elementales que incomodaron a los amos del poder político y económico, entre los que se contaba Gonzalo Sánchez de Lozada, quien por entonces fungía como presidente constitucional de Bolivia.

Con todo, ser testigo de un pueblo que luchaba en defensa de los intereses nacionales, mientras su gobierno se esforzaba cada vez más por defender los intereses del imperialismo, duele en lo más hondo del alma, sobre todo, cuando los medios de comunicación informaban que los caídos bajo las balas fratricidas eran hermanos que, de un modo consciente o inconsciente, apostaron desde siempre por los ideales de la libertad y la justicia.

A diez años de la masacre de octubre en la ciudad de El Alto, donde las organizaciones sociales todavía se mantienen de pie, queda la lección de que las grandes transformaciones socioeconómicas de un país se logran gracias a al coraje y la conciencia de un pueblo dispuesto a combatir hasta las últimas consecuencias por conquistar la soberanía nacional, la defensa de los recursos naturales y la dignidad que se merecen todos en un Estado de derecho.