lunes, 26 de septiembre de 2016



EL FORASTERO

En el pueblo, desparramado en la ladera de una montaña árida y pedregosa, no había otra seña de identidad que una bocamina siempre negra y abierta que, vista a lo lejos y bajo los rayos del sol, parecía las fauces de un monstruo queriendo tragarse a los habitantes, cuya única esperanza estaba depositada en los buenos propósitos de un forastero que un día llegó montado en un caballo alazán, con la promesa de devolverle vida al pueblo, donde hacía mucho que el yacimiento de estaño se agotó como la leche en la teta de una mujer entrada en años.

Los habitantes asistieron a la asamblea organizada en la única y pequeña plaza, para discutir la propuesta del forastero, cuyo nombre extranjero era de difícil pronunciación y cuyo país estaba ubicado, según él mismo relató, en las remotas tierras de allende los mares.

El forastero tenía el pelo cobrizo, un ojo color de esmeralda y otro color de ébano, unos bigotes espesos y revueltos, como los que se ven en las películas sobre la vida de Búfalo Bill. Su estatura era imponente, sus ropas eran de cuero brilloso y en sus musculosos brazos resaltaban tatuajes parecidos a los que exhibían los marineros más avezados y forajidos de ultramar.

La asamblea transcurrió en orden, con la debida calma y mesura, y, por votación unánime, se resolvió que la mina volvería a reactivarse bajo la dirección del forastero, quien se comprometió a invertir todo el dinero que hiciera falta en la explotación de los yacimientos incrustados en la corteza terrestre.

Como es de suponer, el desprendimiento desinteresado de este hombre de aspecto extravagante, que a unos les caía simpático y les inspiraba confianza, no dejaba de intrigar a otros que, intuyendo que algo más se traía entre manos, ponían reparos a sus ideas altruistas y su conducta poco usual entre los pobladores.

Algunos se preguntaban, por ejemplo, cómo podía ser posible que un forastero de paso por un pueblo decida, así por así y de la noche a la mañana, devolverle vida a una montaña que, por medio de su bocamina, estaba clamando que la dejen en paz porque estaba agotada y no rendía más.

Por otro lado, aparte de su nombre, su país de origen y su vida cotidiana en la casa donde estaba hospedado, nadie conocía otros antecedentes del forastero, salvo que era un hombre acaudalado y un aventurero que conocía el mundo entero mejor que la palma de sus manos.

Cuando los mineros empezaron a horadar las rocas, el forastero, con la luz de sus ojos que desprendían lumbres en la oscuridad, les iba enseñando cuál era la dirección que debían tomar, para luego ir abriendo los rajos palmo a palmo, hasta llegar a lo más profundo de la montaña.

El laboreo minero, que se reinició en la bocamina abandonada, se prolongó durante días, semanas y meses. En principio no encontraron más que vetas con minerales de baja ley y algunas aleaciones compuestas de plata, pirita, plomo y zinc, hasta que un buen día, a cientos de metros bajo la superficie y cuando los ánimos empezaban a menguar, dieron con unos filones de estaño que, alumbrados por  la luz mortecina de las lámparas, parecían anacondas brillando con luz propia en la impenetrable oscuridad. Sólo entonces, todos arrojaron el guardatojo por los aires, brincaron de júbilo y se alistaron para ch’allar el fabuloso hallazgo.

Así fue como el pueblo, que antes estaba como largado de la mano de Dios, volvió a cobrar nuevos bríos y requirió de más fuerza de trabajo. Los mineros, que abrían rajos y galerías, destrozando las rocas a plan de palas, picos, barrenos y dinamitas, recobraron la dignidad y se llenaron los bolsillos con las ganancias provenientes de la explotación minera.

En poco tiempo, la mayoría de los habitantes, que tenían las esperanzas perdidas y muy poco que comer, se convirtieron en prósperos comerciantes. Las calles se llenaron de tiendas y los niños volvieron a sonreír, como cuando las flores vuelven a brotar en un marchito jardín. O sea que la presencia del forastero fue un signo de buen augurio y prosperidad.

Todos sabían que el auge económico se debía a la minería, pero lo que no sabían era que el forastero, quien no volvió a salir de la mina desde la última vez que ingresó sin compañía, era el mismísimo Tío disfrazado de forastero, porque cuando los mineros lo buscaron como aguja en el pajar, creyendo que se había precipitado en un buzón o que había perdido la vida debajo de un enorme planchón de roca, advirtieron que en el paraje de la galería más profunda, de donde emanaba una luz parecida a una aureola color naranja, se divisaba la silueta de un hombre sentado en un sillón.

Cuando los mineros se acercaron al lugar y lo miraron de cerca, se quedaron sin palabras y con una sensación aterradora atravesada en el cuerpo, porque el hombre al que andaban buscando, a ese forastero que un día llegó cabalgando al pueblo y que otro día dispuso su fortuna para reactivar la mina, estaba desnudo y petrificado en un trono de roca, con un aspecto diabólico que evocaba al príncipe de las tinieblas, ya que en las chispas de su mirada se reflejaban las llamas del infierno y en sus cuernos se escondían los poderes mágicos de su reino.

–Soy el Tío de la mina –se presentó con voz estruendosa–. Les concederé todo lo que me pidan, siempre y cuando se porten bien conmigo, rindiéndome pleitesía y ofrendándome hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.

–¿Y todo eso por qué? –preguntó uno de los mineros, temblando de pies a cabeza.

–Porque soy el amo de ustedes y el dueño de los minerales –contestó deslumbrándoles con el fuego de sus ojos.

A poco de que todos se enteraron de la verdadera identidad del forastero, no tuvieron más remedio que profesarle respeto y cariño, convencidos de que de él dependía la felicidad o la desgracia de una familia en el pueblo.

domingo, 25 de septiembre de 2016


VÍCTOR MONTOYA RECONOCIDO EN LA FERIA DEL LIBRO EN LLALLAGUA

En la VII Feria Nacional del Libro, realizado en la población minera de Llallagua, el Sistema de Archivo de la COMIBOL, a través del Archivo Regional Catavi,  presentó las recientes obras literarias de Víctor Montoya; la novela La señora de la conquista y el volumen de Cuentos del más allá.

Asimismo, el escritor Víctor Montoya, considerado uno de los mayores exponentes de las letras nacionales, fue reconocido en el Feria del Libro por la unidad educativa Bolivia y la Universidad Nacional Siglo XX  por el aporte intelectual en sus libros y el compromiso a los fines y objetivos de la UNSXX

Por su parte, el autor de numerosas obras, dijo a modo de agradecimiento: Siempre es grato recibir reconocimientos de parte de las instituciones educativas y los lectores. Y agregó: Un escritor sin lectores es como un actor sin público

Obras literarias
 La señora de la conquista es la historia novelada de la conquista del Imperio Azteca, protagonizada por la india Malitzin y el extremeño Hernán Cortés. La obra, que combina los hechos reales con la ficción, aborda la fascinante epopeya que se extendió entre 1519 y 1521; un periodo en el que se inició la colonización y el mestizaje en el llamado Nuevo Muevo.  

Cuentos del más allá es un volumen de narraciones de espanto y aparecidos, que el autor recreó a partir del imaginario popular y la tradición oral. Son cuentos elaborados con el diestro manejo de los modernos recursos técnicos de la narrativa latinoamericana, conforme los jóvenes y adultos puedan disfrutar con la lectura de esta obra centrada en el suspenso y el terror.

El autor
Víctor Montoya, nacido en la Paz en 1958, es escritor, periodista cultural y pedagogo. Vivió desde su infancia en las poblaciones de Siglo XX y Llallagua, donde compartió la lucha de los trabajadores mineros. En 1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue apresado y torturado durante la dictadura militar. Liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia, donde cursó estudios de especialización en el Instituto Superior de Pedagogía en Estocolmo y ejerció la docencia durante varios años.

Su extensa producción literaria, que abarca el género de la novela, el cuento, el ensayo y la crónica periodística, está traducida a varios idiomas y tiene cuentos en antologías internacionales. Escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos

lunes, 12 de septiembre de 2016


LAS MAGNÍFICAS CREACIONES DE UN ARTISTA VISUAL

El Blog que alberga la obra de Miro Coca Lora es una verdadera fiesta para los aficionados a las artes visuales. En todas sus secciones, ordenadas por categorías y alto sentido estético, destaca la impronta de quien, con la fuerza de la creatividad, logra resultados que conmueven y convocan a la reflexión debido a su gran valor artístico.

Aunque Miro Coca Lora nació en Cochabamba, en 1964, reside en Estocolmo-Suecia desde 1977; país al cual llegó junto a su familia, en una época en que la dictadura militar de los años 70 perseguía, encarcelaba, desaparecía y exiliaba a sus opositores políticos. De modo que la formación de este forjador del arte visual tiene más relación con la cultura escandinava que con la cultura del país que lo vio nacer.

El artista, inspirado por las criaturas de su fuero interno, se funde con sus temas y personajes en cada una de sus creaciones, pero con un toque personal que tiende a explayar las técnicas y los recursos más variados en el ámbito de la pintura, la fotografía y el videoclip. No cabe duda de que estamos ante un artista que ha encontrado un lenguaje propio, que pone de manifiesto su sensibilidad para combinar las luces, las sombras y los acordes musicales.

Los temas son tan variados, que el espectador parece tener ante sus ojos un magnífico caleidoscopio, donde las figuras, los paisajes, rasgos, detalles y colores, dan la sensación de convivir en un escenario en el cual reina el dinamismo y la armonía, aunque en algunos cuadros, fotografías y videoclips se ensaya una pirotecnia cromática que deslumbran la vista e irradian la mente del espectador.

Estas creaciones, vistas desde cualquier ángulo, resultan ser una suerte de desafío contra la lógica y el racionalismo, porque muestran un entorno donde el estilo surrealista y figurativo forman una perfecta mancuerna, que induce a contemplar un territorio imaginado por el artista, quien está consciente de que cada cuadro, fotografía y videoclip debe ser una criatura del alma, capaz de transmitir los pensamientos y sentimientos de su creador. En este sentido, Miro Coca Lora es un artista a carta cabal. Ahora sólo falta que sean cada día más los espectadores que lo descubran. Ojalá su Blog personal ayude a difundir esta obra en la que se funden la pasión, la creatividad y el amor por el arte.

Gran parte de su trabajo, revestido de un carácter ecléctico, combina las técnicas pictóricas tradicionales con las modernas tecnologías digitales, que le ofrecen no sólo mayores posibilidades de difusión de sus creaciones, sino que, al mismo tiempo, le permiten experimentan con una serie de herramientas y dispositivos que no requieren necesariamente del uso del lienzo, la paletas y los pinceles, ya que todos los instrumentos de trabajo, aparte de la amplia pantalla de cristal líquido, están instalados en el disco duro de la computadora.

Este artista de origen boliviano, nacionalidad sueca y pensamiento universal, es un buen ejemplo del individuo cosmopolita empeñado en demostrarnos que el arte visual, como la música y el amor, es un vehículo de la fantasía y la necesidad existencial, que rompe con los marcos espaciales y temporales, con la misma facilidad con que un caminante invisible rompe con las fronteras nacionales.

Los interesados en conocer algo más del mundo de Miro Coca Loca, que es una fiesta de imágenes y una explosión de colores, pueden visitar los siguientes sitios en Internet: http://www.myspace.com/mirococa y http://mirococalora.blogspot.com/

lunes, 5 de septiembre de 2016


LAS DOS ETAPAS DE LA LITERATURA MINERA

La literatura boliviana, que durante mucho tiempo se mantuvo a la saga de la literatura hispanoamericana, estaba marcada por determinados acontecimientos históricos, como las rebeliones anticoloniales o la Guerra del Chaco, por un lado; y por una realidad sociopolítica vinculada a la tragedia indígena y minera, por el otro. Aunque la temática tratada por la narrativa boliviana tiene múltiples facetas, aquí nos limitaremos a definir, sin consideraciones exhaustivas ni pretensiones académicas, las dos etapas que caracterizan a la literatura de ambiente minero.

Cuando Simón I. Patiño descubrió la veta más rica de estaño en la población de Uncía, ubicada al norte del departamento de Potosí, se convirtió en el magnate minero más afortunado de todos los tiempos y entró en contacto con las empresas transnacionales, tanto inglesas como norteamericanas, para explotar el mineral que los indígenas proletarizados extraían del vientre de la montaña.

Se cuenta que las veta hallada por Patiño era tan pura y rica, que las rocas, sin necesidad de pasar por un proceso de previa concentración, podían ser transportadas directamente desde los socavones hasta el puerto de Antofagasta, en Chile, y desde allí en trasatlánticos hasta los hornos de fundición de la William Harvey, en Inglaterra.

Los mineros, que pasaron a formar parte del sistema de producción capitalista, constituyeron la clase social antagónica de la naciente burguesía nacional, conformada fundamentalmente por la oligarquía minero-feudal. En los centros mineros tuvo su origen el sindicalismo revolucionario y en las galerías se formaron los líderes obreros más influyentes de la nación. Los centros mineros, como Uncía, Catavi, Siglo XX, Huanuni, Potosí y Milluni, entre otros, fueron escenarios donde se cometieron masacres de lesa humanidad desde las primeras décadas del siglo XX.

Los mineros lucharon en las calles, fusil y dinamita en mano, contra los guardianes de la oligarquía minero-feudal y ellos decidieron la suerte histórica de la nacional oprimida. Sin embargo, a pesar de haber sido ellos quienes protagonizaron la revolución de 1952, fueron los partidos ajenos a sus intereses de clase, como el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), los que se aprovecharon de los triunfos alcanzados en las contiendas sostenidas contra los guardianes la oligarquía minero-feudal.

El sector minero, convertido en la columna vertebral de la economía nacional, influyó decisivamente en la literatura boliviana, cuya vasta producción está conformada por novelas, cuentos y poemas. Asimismo, la realidad minera fue un manantial del que bebieron no sólo los poetas y narradores, sino también los artistas plásticos, quienes retrataron la vida  miserable y dantesca de las familias mineras, que poblaron los campamentos construidos alrededor de las bocaminas abiertas en las montañas como el bostezo de monstruos petrificados.   

Los escritores de noveles y cuentos mineros, en un afán por reflejar la miserable vida de los habitantes del altiplano y las inhumanas condiciones de trabajo de los trabajadores del subsuelo, tomaron partido por la causa de los mineros e hicieron eco de las reivindicaciones socioeconómicas planteadas por sus legítimas organizaciones sindicales, que nacieron de la necesidad de defender los derechos laborales de los obreros, que asumieron una conciencia de clase en torno a corrientes ideológicas que planteaban la abolición de la gran propiedad privada de las minas, que por entonces se encontraba en manos de los barones del estaño (Patiño, Hoschild y Aramayo), y la estructuración de una sociedad socialista que, bajo la conducción de los obreros y campesinos, consolidaría la justicia social y la liberación de los consorcios imperialistas, que no tenían otro interés que saquear los recursos naturales con el beneplácito de los gobiernos de la rosca minero-feudal.

En el ciclo de la literatura de ambiente minero, desde los albores de la estructuración de la industria estañífera, se distinguen inevitablemente dos etapas fundamentales: La primera estaba inspirada por el llamado realismo social, que fue acuñada por el arte y la literatura rusa tras la revolución bolchevique de 1917; es decir, la primera etapa de la literatura minera, escrita desde una perspectiva realista, tenía el afán de denunciar la despiadada explotación de los trabajadores. La segunda etapa, empero, se caracteriza por el manejo de las modernas técnicas narrativas y se circunscribe en la corriente literaria del llamado realismo fantástico que, además de rescatar las costumbres ancestrales y los ritos pagano-religiosos de los mineros, se ocupa de reflejar los sueños, tragedias y esperanzas de los trabajadores del subsuelo; es decir, la literatura minera, que empezó denunciando la explotación de los mineros, terminó rescatando los mitos, leyendas, consejas y tradiciones ancestrales de las culturas andinas.

Las dos vertientes, que ocuparon el tiempo y la dedicación de los estudiosos de la literatura nacional, no están separadas la una de la otra, sino que, simple y llanamente, son dos ramas de un mismo tronco, cuya única diferencia radica en el modo de tratamiento de una misma temática que, como es natural, tiene diversas aristas y planos, que se prestan a diversas interpretaciones, dependiendo de la perspectiva desde la cual se lo contemple y del modo como se lo trate en una obra literaria. Por lo tanto, no es lo mismo una descripción realista de un contexto social determinado que la descripción de ese mismo contexto con una combinación de elementos que fluctúan entre lo real y lo ficticio.

La literatura minera de la primera etapa, de un modo general, estaba marcada por el realismo social y cuya principal función era de protesta, reivindicación y denuncia del dolor humano de los desposeídos. De modo que, siendo una escritura de tesis, muy propio del panfleto literario, abordó la temática que nos ocupa más desde una perspectiva ética que estética.

Las obras literarias correspondientes a esta etapa marran la realidad minera de manera dura y descarnada. No es para menos, a principios del siglo XX, los mineros estaban sometidos a trabajos insalubres, con mísera paga, sin seguridad laboral ni ninguna de las ventajas de las que gozaron después de la nacionalización de las minas decretada en octubre de 1952.

Los escritores de la primera etapa de la literatura minera, que en su generalidad fueron intelectuales de clase media, pensaban que lo fundamental consistía en expresar a través de la literatura las necesidades socioeconómicas, políticas y culturales del proletariado como clase social. En consecuencia, el libro debía ser una suerte de instrumento político al servicio de los intereses del proletariado y debía cumplir la función de crear conciencia en torno a la explotación y la miseria de los mineros.


Entre las novelas destacadas del llamado realismo social, que abordan la temática minera desde el exterior de la mina, se encuentran En las tierras del Potosí (1911), de Jaime Mendoza; Aluvión de fuego (1935), de Óscar Cerruto; Metal del diablo (1946), de Augusto Céspedes; Socavones de angustia (1947), de Fernando Ramírez Velarde; Mina (1953), de Alfredo Guillén Pinto; El precio del Estaño (1960), de Néstor Taboada Terán; Los Andes no creen en Dios (1973), de Adolfo Costa du Rels, entre otros. 

La segunda etapa está caracterizada por la reconquista de algo tan vital como los mitos, leyendas y costumbres ancestrales de los mineros. En este caso, los mineros no sólo son los sujetos de la lucha social, sino también los seres humanos que tienen sentimientos, sueños, pesadillas, tragedias, esperanzas, fantasías y supersticiones, habida cuenta que, además de ser los combatientes que luchan por conquistar sus reivindicaciones políticas, económicas y sociales, son individuos que comparten las mismas necesidades fisiológicas y emocionales con el resto de sus semejantes.

La ruptura con las influencias del realismo social se establece a partir los años 70 del siglo pasado, con escritores que no sólo hablan de la trágica situación de los mineros, sino también de sus mitos y creencias, aparte de que en esta segunda etapa empieza a trabajarse con más precisión tanto en el aspecto ético como estético de la obra; más todavía, las técnicas narrativas, desde las tradicionales hasta las experimentales, están mejor elaboradas y presentan la destreza propia de los autores de la moderna literatura boliviana. 

Algunos de los escritores como René Poppe, a diferencia de los intelectuales que ejercían como médicos, periodistas o profesores, incluso ingresan a trabajar en la Empresa Minera Catavi para escribir sus obras desde el interior de mina, desde la perspectiva de cómo es sufrir en carne propia la explotación a la que se refieren de manera superficial Ramírez Velarde en Socavones de angustia o Céspedes en Metal del diablo; es más, en la literatura minera de la segunda etapa se describe el medio natural del interior de la mina con mayor amplitud y se recrea la jerga coloquial de los mineros, con interferencias idiomáticas del quechua y el aymara, como se puede constatar en las novelas y el volumen de cuentos El koya loco (1973), de René Poppe. 

Otro aspecto esencial de esta segunda etapa es el rescate y la recreación del mundo mágico y mítico de las minas, cuyo personaje central constituye el Tío (dios y diablo en la mitología minera), ya que ninguno de los escritores que corresponden a la primera etapa, con obras enmarcadas en el contexto del realismo social, trataron el aspecto fantástico del ámbito minero; por ejemplo, el Tío no aparece retratado en Mina, de Guillén Pinto, ni en El precio del estaño, de Taboada Terán, ni En las tierras del Potosí, de Jaime Mendoza.

El Tío de la mina, que cobra vida en mi novela El Laberinto del pecado (1993), en Cuentos de la mina (2000) y Conversaciones con el Tío de Potosí (2013), es un personaje central en la cosmovisión andina y el eje fundamental en la mitología minera desde mucho antes de que se empezaran a explotar los yacimientos de estaño en Oruro y Potosí. El Tío de la mina está considerado como el ser protector de las familias mineras y su estatuilla es motivo de reverencias en las tenebrosas galerías, donde los trabajadores le rinden tributo y  pleitesía como una forma de preservar una de las tradiciones ancestrales más arraigadas en el imaginario de los mineros bolivianos, quienes conviven en simbiosis con las culturas ancestrales y la cultura occidental impuesta por los conquistadores. En la segunda etapa de la literatura minera, el mito y la realidad se funden en una suerte de historia que supera a la fantasía, ya que las costumbres, ritos y creencias ancestrales, con sus leyendas y sus mitos paganos, son tan dominantes como las costumbres del catolicismo occidental.

En síntesis, en la literatura de ambiente minero se distinguen dos etapas fundamentales; la primera marcada por el realismo social, cuya función era de denuncia y reivindicación; y, la segunda, marcada por el llamado realismo fantástico que, además de rescatar las costumbres ancestrales y los ritos pagano-religiosos de los mineros, se ocupa de reflejar sus sueños y pesadillas, sus tragedias y esperanzas. Por lo tanto, si bien en la literatura minera se empieza denunciando la explotación de los trabajadores mineros, se termina rescatando los mitos, leyendas y tradiciones. Entre esos mitos y leyendas se encuentra el Tío (Huari o Supay), quien, según la tradición minera, es el dios protector en los socavones y el dueño absoluto de las riquezas subterráneas. 

sábado, 3 de septiembre de 2016


ENTRE EL LIBRO DE TEXTO Y LA LITERATURA INFANTIL

En la Primera Feria del Libro Infantil y Juvenil realizado en La Paz, en febrero de 2012, una atenta maestra del ciclo primario, que asistió a mi conferencia sobre La violencia en la literatura infantil, me preguntó en tono amable: Qué tipo de literatura se debe aplicar en las escuelas para estimular el habito a la lectura de los niños. Le miré a los ojos y contesté: Todo lo que está al margen de los libros de texto.
 
En efecto, los libros de texto, que se aplican dentro del sistema educativo, no cuentan historias que les interese a los niños, pues son libros que, en primer lugar, tienen una función didáctica y de enseñanza de conocimientos, que los profesores consideran importantes para el futuro desarrollo intelectual y profesional de los niños.

Sin embargo, los libros que prefieren los pequeños lectores son aquellos que les cuentan historias que tienen la magia de transportarlos a otras dimensiones en las alas de la imaginación, que es una de las facultades que caracteriza a los seres humanos; más todavía, los niños, independientemente de su condición social y racial, tienen derecho a ser tratados con respeto y cariño, pero también tienen derecho a tener acceso a las joyas de la literatura infantil que, además de avivar su fantasía y creatividad, les permite desarrollar su capacidad verbal y resolver sus ataduras emocionales.  

Un buen libro de literatura infantil no sólo nutre los conocimientos del niño, sino que también educa su sentido estético, aunque algunos escépticos pongan en duda este precepto avalado desde hace tiempo por escritores, ilustradores, psicólogos y pedagogos.

Los libros infantiles, sin necesidad de caer en el didactismo, cumplen la función de formar a personas que, en su vida futura, tengan instrumentos lógicos, críticos y lingüísticos, que les permita desarrollarse sin muchas dificultades en una sociedad cada vez más competitiva y tecnocrática.

La literatura infantil, como ya lo remarcamos en otras ocasiones, contribuye al enriquecimiento del patrimonio lingüístico del niño, a parte de que estimula su fantasía y capacidad creativa, que es una de las facultades mentales que diferencia a los humanos de los animales primarios. En palabras del lingüista Dámaso Alonso: La literatura infantil contribuye a que el niño penetre en el conocimiento de la lengua, a través del espíritu lúdico de las palabras, las onomatopeyas, el ritmo, la cacofonía, la prosa rítmica y la eufonía (palabras que suenan bien).

Los libros que están escritos a partir de las necesidades emocionales e intelectuales de los niños, serán siempre los que más incidan en su desarrollo integral, en virtud de que los libros infantiles, elaborados con un criterio más lúdico que didáctico, tienen la fuerza de atrapar su atención, estimular su hábito a la lectura, reafirmar su autoestima y moldear su conducta personal.

Ya se sabe que a los niños, por lo general, no les gusta los cuentos y poemas que aparecen en los libros de texto a manera de lecturas extras. Los niños prefieren una literatura que esté exenta de senso-moral (refranes, moralejas y sentencias), libros que les permita zambullirse en su propio mundo cognoscitivo, es decir, libros que expresen sus sentimientos y pensamientos de manera auténtica y recreativa.

Por fortuna, los escritores para jóvenes y niños, en un intento por apartarlos de los libros didácticos y acercarlos al puro placer estético de la recreación literaria, redoblan sus esfuerzos por crear obras que no defrauden a sus lectores, sabiendo que esta literatura no sólo promueve la imaginación y la creatividad, sino que forja el hábito a lectura de quienes serán los futuros grandes lectores de la gran literatura universal.

Los maestros saben, por experiencia propia, que los niños tienen preferencias por los libros que cuentan historias verdaderas, pero que incluyen elementos ficticios, a menudo sobrenaturales; historias contextualizadas en un tiempo y lugar que resultan familiares a los miembros de una comunidad, y que aportan a la narración cierta verosimilitud.

Las leyendas y los cuentos populares que se desarrollan habitualmente en un lugar y tiempo reales, y que los lectores pueden reconocer sin mayores dificultades mientras se internan en las páginas del libro, son siempre los que mejor representan su mundo cognoscitivo, aunque en la trama intervengan personajes y elementos ficticios, a modo de darle un toque de magia a la historia narrada.  


En este caso, los libros que contienen narraciones de la tradición oral, transmitidos de generación en generación, son excelentes recursos cuando se los sabe usar de manera adecuada en la escuela y conforme a las necesidades de los niños. No se debe olvidar que, por ejemplo, los cuentos populares, aparte de transmitir una sabiduría acumulada durante siglos, encierran en sus historias, hechas de realidad y fantasía, una serie de recursos terapéuticos que ayudan a los niños a resolver, mediante una catarsis, sus frustraciones, traumas o deseos no cumplidos.

El niño, independientemente de su edad, se hace cómplice de los personajes, las escenas y situaciones que el autor le transmite por medio de la re-creación literaria. El lenguaje plurisignificativo hace que el niño, con su particular intuición, elabore sus propias imágenes visuales de los personajes y los contextos que aparecen en los cuentos, ya sean éstos reales o ficticios. Esto no niega, de ningún modo, que el discurso literario debe ser claro, sencillo y convincente, sobre todo, si se considera que el receptor directo es el niño, quien se forma un mundo de ilusiones apenas ve un libro con un empastado llamativo y salpicado de imágenes que le despiertan la curiosidad por saber qué historias se esconden entre los renglones de los textos.

Las leyendas y los relatos de nuestra cultura, recogidos en las obras de Antonio Díaz Villamil, Antonio Paredes Candia, Jesús Lara, Rigoberto Paredes, Isabel Mesa y Liliana De la Quintana, por citar algunos, constituyen, por antonomasia, una literatura que no sólo es apta para los adultos, sino también para los niños, quienes gozan con estas historias, cuyos argumentos les abren las puertas hacia un mayor conocimiento de nuestros valores culturales y hacia un mundo lleno de sabiduría popular.

Los cuentos provenientes de la tradición oral y la memoria colectiva, no conocen autores ni épocas. Su presencia entre nosotros, luego de haber transitado de boca en boca, se debe a que forman parte del espíritu del pueblo, en cuyo seno se incubaron como valores humanos universales dignos de ser transmitidos a los miembros de una colectividad.

La mayoría de las narraciones de la tradición oral representan el alma de los pueblos que, para sobrevivir a los avatares del tiempo, necesitaron concentrar sus experiencias y vivencias en los renglones de un relato o en los versos de un poema, que nos hablan del pasado, el presente y el futuro de una comunidad que se resiste a sucumbir en los polvos del olvido.

No hay mejor manera de conocer la historia, costumbres y tradiciones de un pueblo que no sea a través de su literatura, donde se concentran sus grandezas, tragedias y esperanzas. La palabra escrita, utilizada en este sentido, cumple una función por demás fundamental, ya que sin ella sería más difícil registrar la memoria colectiva y dejar un testimonio histórico para las generaciones del futuro. En el caso de la literatura se ha usado la palabra escrita como un instrumento para transmitir ideas y sentimientos cotidianos, pero también como un instrumento para crear, incluso con afanes lúdicos y estéticos, una serie de relatos, mitos, leyendas, fábulas, poemas, canciones y cuentos.

Ahora bien, el libro de texto y el interés de los niños por la lectura no siempre han formado una buena mancuerna. El libro de texto, desde que se desarrolló la imprenta de Johann Gutenberg, ha tenido tradicionalmente la función de ser un libro estándar para transmitir conocimientos en cualquiera de las ramas del conocimiento humano, desde la enseñanza básica hasta las academias de profesionalización. En cambio la literatura infantil, desde los albores de su desarrollo, estaba destinada a cumplir otra función distinta a la de los libros de texto, debido a que no tenía otro propósito que despertar la fantasía de los lectores, transmitiéndoles historias reales y ficticias o cuentos de encantos y espantos. 

El libro de texto, a diferencia de la literatura infantil, a veces es un obstáculo que se antepone en la interrelación profesor/alumno, y un medio que, en lugar de estimular la actividad creativa del alumno, bloquea los deseos de asimilar nuevos conocimientos. No en vano Beatriz Soria, en su artículo El libro de texto y la educación, nos recuerda: El libro de texto es utilizado como el libro de lectura. El niño es obligado, con la guía del maestro, a leer y releer la lección o responder un cuestionario sobre lo leído. El libro de texto en la escuela primaria lo es todo, y la clase se reduce a la lectura y comentario del libro que, por lo general, es único. Además, incoherente con las aspiraciones, intereses y mundo circundante del niño o el joven. Por otro lado, como si fuera nada, es escrito por los autores -en general- sin criterios definidos; no se valoran las leyes psicológicas del aprendizaje; no está vinculado a la comunidad y sus características lingüísticas, culturales, sociales; ni guarda secuencia en el control del vocabulario para un dominio básico del idioma materno.

La literatura infantil cumple una función mucho más creativa y lúdica, y, por eso mismo, no es casual que los niños ocupan más tiempo en la lectura de estos libros que haciendo los deberes de la escuela. Los libros destinados a los pequeños lectores son una suerte de varitas mágicas que ayudan a superar el tedio de cada día. De ahí que todo escritor e ilustrador, que pretenda llegar a los niños con sus obras de creación, está en el deber de interiorizarse, primero, en el mundo cognoscitivo de los niños y, segundo, está en la obligación de elaborar un material que concite la atención de ellos tanto con la forma como con el contenido.

Si el niño es el receptor principal de los libros infantiles, entonces se sobreentiende que debe comprender la connotación semántica de las palabras y el mensaje que se le quiere transmitir a través de los textos y las ilustraciones. De nada sirve elaborar un mamotreto a nombre de literatura infantil, con letra apretada y menuda, y dibujos de mal gusto, porque a los niños no se les puede engañar como a bobos. Cualquier libro que no sea de su agrado, volará por los aires como ocurre con algunos libros de texto que son engorrosos y pesados como las patas de un muerto.

jueves, 1 de septiembre de 2016


REFLEXIONES

Quien ha vivido desde siempre en una realidad hecha a golpes de injusticias sociales y discriminaciones raciales, sueña con que es posible construir un mundo más humano que el que ofrece el capitalismo salvaje, pero a condición de derribar los muros que separan a los ricos de los pobres, a los blancos de los negros, a los indios de los gringos y a los hombres de las mujeres,

Si se quiere estructurar una sociedad más tolerante y equitativa, como si fuese un nuevo reto en los proyectos de las nuevas generaciones, será necesario abolir las fronteras que separan al Sur del Norte, a Dios del diablo, a los religiosos de los ateos, a los gobernantes de los gobernados; es más, en lugar de levantar muros y trazar fronteras, se deberán construir puentes de comunicación entre las diversas culturas, tradiciones, lenguas, razas y creencias, porque, acéptese o no, todos tenemos las mismas necesidades, los mismos derechos y las mismas responsabilidades, aparte de que todos llevamos dentro de nosotros un poquito de los otros.

Queda por demás claro que me gustaría vivir en un país donde no existan ricos ni pobres, ni gigantes ni enanos como en los países imaginados por Jhonatan Swif en Los viajes de Gulliver. Tampoco me interesa vivir en un país donde existan princesas encantadas como en los cuentos de hadas, ni en el mundo imaginario creado por Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas. Lo que yo quiero es vivir en un país donde los niños sean felices y se respeten sus derechos, donde los hombres no vulneren los derechos de las mujeres ni las autoridades de la justicia hagan gala de su arrogancia, quitándole la balanza y la venda de los ojos de la señora Justicia.

Detesto toda forma de chauvinismo y censura contra las ideas que cuestionan los desmanes de los poderes de dominación. No comparto la insensatez del fanatismo religioso ni la conducta autoritaria de quienes se atribuyen la representación popular, para imponer sus ideales como verdades únicas y absolutas, aun sabiendo que el humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y que, además, levanta la piedra y la arroja sobre el techo de vidrio de su propia casa.

Prefiero el pluralismo cultural y racial, la diversidad ideológica y sexual, la libertad de opinión y de crítica, el respeto a los Derechos Humanos, a una vida privada y una muerte digna; todo esto en el marco de las normas comunes de convivencia democrática, que permitan evitar las experiencias históricas de los regímenes totalitarios del siglo XX. Prefiero que todos seamos cabeza de ratón que cola de león y seamos los principales artífices de nuestra propia felicidad en medio de las adversidades que la vida plantea a cada paso, a cada instante.

Respeto a los individuos de buena fe y a los políticos que, en lugar de vivir de la política, viven para la política, como los artistas viven para el arte y no del arte. Respeto a los gobernantes de conducta transparente, incapaces de robarse los bienes del pueblo de las arcas del Estado. Respeto, asimismo, a los empleados públicos que sirven a su pueblo y no se sirven del pueblo para mejorar su estatus social y económico, como los zánganos que engordan a costa de chupar la sangre de otros, sin importarles el daño que causan con su conducta de bichos inmundos.

No creo en las promesas de los demagogos, acostumbrados a hablar hasta por los codos y a borrar con el codo lo que escriben con la mano. En estos casos, prefiero a quienes hacen mucho y hablan poco, porque saben que quien mucho habla, mucho yerra. Tampoco creo en los falsos profetas que me prometen el reino de los cielos a condición de que deje de ser agnóstico. En este caso, prefiero a los apóstoles de las ciencias humanas, en las que primero se debe mostrar, mostrar y demostrar, para luego hablar con convicción y pruebas en la mano.

Sueño en que vivamos en relación con la Madre Tierra, a espaldas de las promesas futuristas de la gran tecnología, porque confío en la armonía del individuo con el ecosistema, donde se respeten el derecho de vivir en armonía con la Pachamama y los astros de la constelación celeste y con la naturaleza que nos ampara, con las piedras que hablan, los ríos que cantan, los árboles que soplan vida, los vientos que silban junto a los animales silvestres y los pájaros que forman un coro de trinos, porque si no somos parte del todo, menos seremos parte de la nada.


La historia de la humanidad es la historia de la lucha por alcanzar la libertad, una lucha ininterrumpida y continuada por tener la posibilidad de elegir una forma de vida en absoluta libertad. La defensa de la libertad personal es imprescindible para la existencia de una sociedad libre, basada en la democracia participativa, la tolerancia y el respeto a las diferencias culturales, raciales, lingüísticas y religiosas. Incluso la historia de la lucha de clases y las diferencias entre los seres humanos -el fuerte y el débil, el opresor y el oprimido, el rico y el pobre- representan la misma lucha por la libertad individual, porque cada uno sea uno mismo, por sentirse una persona con voluntad propia para decidir su futuro, vivir la propia vida y no la que imponen los demás. En consecuencia, todo individuo es libre de elegir su modo de vida, mientras esta forma de vida no atente contra la libertad del prójimo ni sea un mecanismo de censura y represión.

La libertad, con ideales pragmáticos y también con utopías, es el mayor sueño que atesora el hombre libre, quien, más que nadie, sabe que la libertad no es lo mismo que la libre empresa, que es la libertad de explotar la fuerza de trabajo de los obreros. Tampoco es lo mismo la libertad de prensa, que implica comprar periódicos y periodistas, con el único objeto de crear una opinión pública favorable al sistema capitalista. Hablar de la libertad de un pueblo, aunque sea con la mejor intención y voluntad, es una simple metáfora, a veces peligrosa, si no se tiene en cuenta que la liberación de un pueblo no es nada sin la libertad de cada uno de los individuos que conforman el tejido social. Es decir, no hay libertad social si no hay libertad personal.

Aunque muchas cosas han cambiado en los últimos tiempos, sigo soñando en que es posible construir una sociedad más libre y democrática, donde el valor de las cosas no estén sustentados en el tener sino en el ser y donde todos vivamos en absoluta armonía con la naturaleza y nuestros semejantes. Sigo soñando en que es necesario juntar nuestras manos para construir los puentes que nos conduzcan hacia un mundo mejor, y que la mejor manera de llegar a tiempo hasta allí es andar a paso lento pero seguro.

sábado, 20 de agosto de 2016


MINERISMO E INDIGENISMO

En los últimos decenios se ha incrementado la difusión y producción literaria boliviana fuera de las fronteras nacionales. Son varios los autores que tienen obras circulando en el exterior y varios los escritores que escriben o empezaron a escribir en la diáspora. De modo que los autores nacionales, que escriben en los diferentes géneros literarios, están presentes en las librerías y bibliotecas de Europa, Latinoamérica, Asia y Estados Unidos.

Si bien es cierto que en los últimos tiempos ha cambiado el estereotipo de una Bolivia pintoresca y folclórica, con un fuerte arraigo en el mundo indígena, es cierto también que Bolivia no ha dejado de ser un país con peculiaridades propias, que lo diferencian de otros como Chile, Argentina o Uruguay. De ahí que nuestra identidad cultural, acéptese o no, deja su impronta en las diferentes manifestaciones artísticas y culturales impulsadas tanto dentro como fuera del país.

Bolivia, contemplada desde una perspectiva histórica y socioeconómica, ha sido conocida desde siempre como un país minero y campesino; por eso mismo, uno de los ejes temáticos de su literatura que sigue llamando la atención es aquél que está relacionado con el contexto minero y agrario. Por cuanto no es casual que un literato chino me haya comentado que los dos autores bolivianos conocidos entre los lectores chinos eran Augusto Céspedes, que aborda la temática minera en su novela Metal del Diablo, y  Alcides Arguedas, precursor del indigenismo en la literatura latinoamericana, con su novela Raza de bronce.

La realidad de los indios y los mineros siguen siendo temas actuales a través de autores cuyas obras, tanto en prosa como en verso, dignifican la identidad boliviana desde una perspectiva literaria más elaborada estéticamente que en el llamado realismo social del pasado; más todavía, en nuestra literatura se ha concedido desde siempre un importante espacio a la re-creación de temas afines al minerismo e indigenismo, aunque hoy estemos más conscientes de que Bolivia no sólo es una nación andina, sino también amazónica, multicultural y plurilingüe.

Todo esto nos hace suponer que los especialistas en literatura hispanoamericana, salvo raras excepciones, nos ven como a un país minero y campesino; dos realidades sociales que, desde siempre y contrariamente a lo que muchos piensan, han inspirado una abundante creación literaria en Bolivia.

La literatura boliviana más conocida y estudiada en el extranjero es aquella que nos identifica como a país minero y campesino, independientemente de lo que sostengan los urbanistas en La Paz, Cochabamba o Santa Cruz. No es casual que a uno de los críticos más importante de Suecia, como fue Artur Lundkvist, miembro de número de la Academia Sueca, le haya llamado la atención la novela Hombres sin tierra, de Mario Guzmán Aspiazu, que gira en torno al tema de las luchas campesinas y la reforma agraria de los años 50.

Los estudiosos extranjeros de nuestra literatura saben intuitivamente que el futuro de nuestra literatura está en la contextualización de nuestro pasado y presente. Es decir, la gran literatura boliviana del futuro está todavía anclada en el pasado histórico, por mucho de que algunos críticos nacionales de la literatura minerista e indigenista se empeñen en demostrar que los autores contemporáneos, sobre todo los más jóvenes, están más en sintonía con los procesos de globalización y transculturación; cuando en realidad, aparte de los pocos escritores mediáticos y cuyas obras están promovidas por las editoriales comerciales, lo que sigue identificando a Bolivia en el exterior es la literatura ambientada en el mundo rural y minero.

Los indígenas y los mineros no formaron parte del poder político hasta mediados del siglo XX, pero sintieron, en su condición de clase social y pueblo indígena-originario, los látigos de la opresión violenta y la vulneración de sus derechos humanos por parte del sistema minero-feudal, que tenía el control no sólo del aparato estatal, sino también de las tierras y las minas. De ahí que no es casual que la literatura que nos ocupa haya tenido una fuerte dosis de tesis política, que denunciaba las condiciones deplorables en que vivían los indígenas bajo un sistema de estructura colonial, caracterizado por el menosprecio racial y un trabajo de tipo semifeudal, y la despiadadas explotación de los mineros bajo un sistema de producción capitalista, que estaba caracterizado por las injusticias sociales y la marginación de las esferas gubernamentales donde se tomaban las decisiones de la suerte histórica del país.

Esta práctica de servidumbre y explotación se prolongó hasta la revolución nacionalista de 1952, que decretó la nacionalización de las minas y la reforma agraria, que permitió poner las minas bajo el control de los mineros y devolvió las tierras usurpadas por los hacendados a los indígenas; un proceso revolucionario que hizo aflorar las reivindicaciones populares de Minas al Estado y Tierras al Indio, acuñadas desde principios del siglo XX, entre otros, por el escritor Tristán Marof, fundador del primer Partido Socialista de Bolivia.

Por las razones mencionadas, es lógico pensar que la literatura minerista e indigenista fue la mejor expresión de la realidad nacional, que convirtió a sus escritores, en algunos casos, con vigorosa prosa y fuerza argumental, en portavoces del clamor popular de su época y en paradigmas de una corriente literaria cuyas obras evocaban las miserias y esperanzas de las mayorías nacionales, con un propósito reivindicativo que, desde la perspectiva de los ideales que proclamaban la integración nacional, reclamaban el derecho de los pueblos originarios y los proletarios a formar parte de los organismos del Estado que determinan el destino del país en el ámbito político, económico, social y cultural.

jueves, 18 de agosto de 2016


EL CINTURÓN DE CASTIDAD

En la época feudal, cuando el cinturón de castidad se usaba para controlar la infidelidad y los deslices sexuales de las esposas durante los largos períodos de ausencia de los maridos, un aguerrido caballero, que se marchaba a las Cruzadas para enfrentarse a los enemigos del Rey y el Papa, le pidió al joven cerrajero de la aldea que confeccionara un cinturón de acero para asegurarse de la fidelidad de su esposa, una dama de carácter jovial y conducta coqueta que, siendo de facciones bellas y voluptuosas carnes, corría el riesgo de descarriarse apenas él montara en su caballo para marcharse a la guerra.
  
–Tú sabes que las esposas disfrutan poniéndoles cachos a los maridos –le dijo al joven cerrajero, mientras le entregaba una bolsista llena de monedas–. El cuerpo de la mujer incita al pecado, tiene las frutas prohibidas que desea el prójimo y su vagina es como la boca de un infierno donde quiere meterse el diablo. Además, no quisiera que mi esposa, aprovechándose de mi ausencia, se deleitara con el unicornio de un amante para saciar su sed de amor.

El joven cerrajero, sin levantar la mirada de la ardiente fragua, escuchó en silencio los argumentos del caballero, quien, al parecer, tenía mucha razón y esgrimía argumentos difíciles de contradecir; al fin y al cabo, como enseñaban los más viejos, nadie habla sin experiencia ni piensa en lo que por sí no pasa.
 
El joven cerrajero, mientras meditaba en que ese artefacto metálico se utilizaba para impedir que el cuerpo de la mujer sucumbiera a las tentaciones de la carne, confeccionaba el cinturón con una banda de acero más fina que un muelle de reloj, recubierta de cuero blando, provista de un minúsculo candado que se sujetaba en la juntura del aro. El cinturón pasaría por entre las piernas, se dividiría a la altura del ano y cerraría la vulva mediante una delgada lámina convexa de latón en la que había una pequeña abertura que sólo le permitiría desaguar.
 
El día en que el caballero pasó a recoger el encargo, el joven cerrajero le entregó el cinturón y le explicó que una vez cerrado el candadito y retirada la llave, sería imposible que un hombre pudiera tener acceso carnal con su esposa, debido a la presencia de púas allí donde estaba la boca del infiernito por donde se metía el diablo.

El caballero quedó maravillado ante el objeto reluciente como una joya de orfebrería y pensó que por fin tendría asegurado la fidelidad de su bellísima esposa. El joven cerrajero, a tiempo de despedirse con sumo respeto, le dijo que le deseaba bienaventuranzas en la Cruzada, pero lo que no le dijo es que el cinturón hizo con dos llaves; con una se quedaría el caballero y con la otra se quedaría él. Lo que le permitiría meterse en la alcoba de la dama y abrir el candadito cuando se le pegara la santísima gana.

El caballero, antes de montar en su alazán de alta parada y marcharse a la Cruzada, aseguró el candadito del cinturón y se llevó la llave colgada como un collar, porque la tendría en las batallas como amuleto contra la muerte y la infidelidad, aparte de que le daría la sensación de ser el dueño absoluto de la sexualidad de su esposa, a quien se la imaginaría aguardándolo en la alcoba, tendida sobre la cama con su bendito cuerpo al aire, pero con las partes íntimas custodiadas por el cinturón de castidad.

El joven cerrajero, al saberse dueño de la llave que le daba acceso al santo de los santos de la dama del caballero, se quitó el delantal de cuero curtido, se lavó la cara y el cuerpo. Pegó dos golpes de martillo sobre el yunque y se dirigió a la casa del caballero ausente, donde estaba la dama con ansias de que la despojaran de esa prenda metálica que, más que ser un mecanismo de seguridad, era un doloroso instrumento de tortura.

Una vez que la dama quedó liberada de esa prenda insoportable, que le rozaba la piel de sus zonas sensibles, no sólo hizo sus necesidades fisiológicas con placer, sino que también complació los insaciables deseos del joven cerrajero, quien gozó con los perturbadores encantos de la dama y cuyas visitas se repitieron noche tras noche, hasta que ella quedó embarazada una y otra vez.

Cuando el caballero volvió de la Cruzada, donde había perdido un ojo, un brazo y una pierna, comprobó que su esposa seguía con el cinturón de acero, pero que su familia había crecido como por obra y gracia divina. Entonces el caballero, como todo guerrero acostumbrado a dar la vida a nombre del Rey y el Papa, hizo loas a Dios por haberle concedido una  fiel esposa y aceptó a los niños como una recompensa por la sangre derramada en Tierra Santa.

Sólo el joven cerrajero sabía que el cinturón de castidad no sólo se usaba para reprimir la sexualidad de la mujer, sino también para demostrar la estupidez de un hombre que no aceptaba el sabio proverbio que reza: El hombre es fuego, la mujer estopa; viene el diablo y sopla, o, dicho de otra manera, al hombre no se le puede pedir que no desee a la mujer del prójimo ni a la mujer se le puede encerrar con un ridículo candado y su llavecita.

miércoles, 17 de agosto de 2016


RELECTURA DE EL PODER Y LA CAÍDA

Releer las obras de Sergio Almaraz Paz, nacido en Cochabamba en 1928  y muerto en La Paz en 1968, es una forma de adentrarse en los vericuetos de la política nacional de la primera mitad del siglo XX, siguiendo el agudo análisis socioeconómico realizado por una de las mentes más brillantes de la intelectualidad boliviana.

El poder y la caída, escrito con frases breves y elegantes, y un estilo poco frecuente entre los ensayistas de temas históricos, económicos y sociales, es un magnífico documento para conocer  de cerca los entretelones, causas y consecuencias, de la formación de la industria minera, la estructuración sangrienta del Estado moderno bajo el control de la rosca minero-feudal y el ascenso al poder del Movimiento Nacionalista Revolucionario en abril de 1952.

El libro revela los tejemanejes de la política entreguista de los tres grandes magnates de la minería, que tuvieron en sus manos el control de la industria nacional y, por lo tanto, el destino del país. El autor, cuya ideología estaba entroncada en las corrientes de izquierda nacidas después de la Guerra del Chaco, hace hincapié en los procesos históricos a través de los cuales una fuerza económica se transforma en fuerza política. Y cómo, a su vez, este poder político contribuye a la formación de una conciencia nacional, que se ve reflejada en las organizaciones naturales del proletariado minero, que desde un principio entendió que el camino de los intereses privados de los barones del estaño estaba cruzado con el de los intereses de la nación oprimida.

La revolución protagonizada por obreros y campesinos, aparte de confirmar la importancia de su rol histórico, rompe con los privilegios de la rosca minero-feudal, que levantaba palacios para una dinastía familiar en tierras bolivianas, mientras sus asesores gringos, ingleses y norteamericanos les inducían a invertir sus millones en otras empresas extranjeras, motivados por el típico pensamiento capitalista de reproducir sus ganancias con ganancias, así sea a costa de explotar despiadadamente la fuerza de trabajo de los más pobres en los países pobres.

Sergio Almaraz afirma que la nacionalización de las minas fue un triunfo de esos hombres que cambiaron el arado feudal por la máquina perforadora, la dinamita por el fusil, con la esperanza de estatizar los recursos naturales. Sin embargo, el gobierno del MNR, que destruyó la estructura del poder oligárquico de los barones del estaño, cumplió las tareas revolucionarias a medias, no sólo porque concedió una indemnización a quienes usufructuaron los recursos naturales del país durante décadas, acumulando un caudal de riquezas a costa del sacrificio de los trabajadores, sino también porque no logró que la industria minera se desarrollara al margen de la influencia de los empréstitos ingleses y norteamericanos, y mucho menos que las minas pasaran a manos de los mineros, aunque ellos fueron los principales protagonistas de la revolución de abril, los impulsores de la creación de la COMIBOL y los titanes que horadaban los socavones en los cerros de Oruro y Potosí.


En el Poder y la caída se reproducen algunas de las cartas de los actores principales de la economía nacional, que pusieron a sus pies a los gobiernos títeres de turno, quienes, presionados por los intereses de  los barones del estaño y los consorcios imperialistas, ejecutaron las masacres de Uncía (1923) y Catavi (1942), donde la efervescencia revolucionaria de los mineros se haría sentir con todo su furor ideológico, a través de sus documentos políticos como la Tesis de Pulacayo (1946), en cuyas páginas se planteaban sus reivindicaciones socioeconómicas, que atentaban contra los intereses privados de los empresarios mineros, que no cesaban de succionar las riquezas naturales junto a los consorcios transnacionales

Queda claro que los magnates del estaño, Simón I. Patiño, Mauricio Hoschild y Félix Avelino Aramayo, integraron la economía nacional al mercado capitalista mundial, sin advertir que el imperialismo nos convertiría en una simple colonia entre sus garras, incluso la población minera de Catavi estaba más cerca de Londres que de La Paz. Es decir, los empresarios mineros se empeñaron más en fortalecer la política extraccionista del imperialismo, que en crear y potenciar una industria nacional.

Sergio Almaraz, a tiempo de describir el poder y la caída de los magnates mineros, rescata del olvido a otros tres pioneros en el ámbito de la metalurgia del estaño: el profesor y banquero José Núñez Rosales, el ingeniero siderurgista Jorge Zalesky y el empresario Mariano Peró, cuya estrategia para el manejo de los recursos minerales fue aprovechado por los gobiernos militares nacionalistas.

No se puede negar que Sergio Almaraz, motivado por su formación ideológica proclive al marxismo, tenía un auténtico interés por la problemática de los trabajadores del subsuelo. De ahí que el segundo ensayo de su libro Réquiem para una república (1969), intitulado Los cementerios mineros, está dedicado, con prosa límpida y vibrante, al proletariado de las minas; un sector social con una larga historia de explotación en las áridas montañas del macizo andino, donde las riquezas minerales contrastan diametralmente con la pobreza y el subdesarrollo económico de los campamentos mineros.

El autor presenta varias citas a lo largo del libro, pero no menciona las fuentes y, a diferencia de los ensayistas acostumbrados a mencionar los documentos consultados, carece de una rigurosa bibliografía, aunque pienso que estos desaciertos, que no son muchos pero sustanciales, hubieran sido superados si la muerte no lo alcanzaba en el apogeo de su vida literaria y a los escasos 39 años de edad. Él mismo, que estaba consciente de estos vacíos, no dudó en reconocerlo en la nota de aclaración que se insertó en la edición del libro en 1969: El poder y la caída no es un trabajo completo y su condición será mejor apreciada como una tentativa de interpretación de la estructura del poder en Bolivia. Aun así hay vacíos que se dejan advertir.  

El poder y la caída, a pesar de los desaciertos y vacíos, no deja de ser un libro esclarecedor en torno a los mecanismos dinámicos que convirtieron a los magnates mineros en una fuerza política con poder de decisión sobre Bolivia, y Sergio Almaraz, aun habiendo sido militante pirista y disidente comunista, no dejó de ser un brillante analista de la realidad nacional de la primera mitad del siglo XX, con una honestidad intelectual avalada por Marcelo Quiroga Santa Cruz y René Zavaleta Mercado, entre otros.