sábado, 20 de agosto de 2016



MINERISMO E INDIGENISMO

En los últimos decenios se ha incrementado la difusión y producción literaria boliviana fuera de las fronteras nacionales. Son varios los autores que tienen obras circulando en el exterior y varios los escritores que escriben o empezaron a escribir en la diáspora. De modo que los autores nacionales, que escriben en los diferentes géneros literarios, están presentes en las librerías y bibliotecas de Europa, Latinoamérica, Asia y Estados Unidos.

Si bien es cierto que en los últimos tiempos ha cambiado el estereotipo de una Bolivia pintoresca y folclórica, con un fuerte arraigo en el mundo indígena, es cierto también que Bolivia no ha dejado de ser un país con peculiaridades propias, que lo diferencian de otros como Chile, Argentina o Uruguay. De ahí que nuestra identidad cultural, acéptese o no, deja su impronta en las diferentes manifestaciones artísticas y culturales impulsadas tanto dentro como fuera del país.

Bolivia, contemplada desde una perspectiva histórica y socioeconómica, ha sido conocida desde siempre como un país minero y campesino; por eso mismo, uno de los ejes temáticos de su literatura que sigue llamando la atención es aquél que está relacionado con el contexto minero y agrario. Por cuanto no es casual que un literato chino me haya comentado que los dos autores bolivianos conocidos entre los lectores chinos eran Augusto Céspedes, que aborda la temática minera en su novela Metal del Diablo, y  Alcides Arguedas, precursor del indigenismo en la literatura latinoamericana, con su novela Raza de bronce.

La realidad de los indios y los mineros siguen siendo temas actuales a través de autores cuyas obras, tanto en prosa como en verso, dignifican la identidad boliviana desde una perspectiva literaria más elaborada estéticamente que en el llamado realismo social del pasado; más todavía, en nuestra literatura se ha concedido desde siempre un importante espacio a la re-creación de temas afines al minerismo e indigenismo, aunque hoy estemos más conscientes de que Bolivia no sólo es una nación andina, sino también amazónica, multicultural y plurilingüe.

Todo esto nos hace suponer que los especialistas en literatura hispanoamericana, salvo raras excepciones, nos ven como a un país minero y campesino; dos realidades sociales que, desde siempre y contrariamente a lo que muchos piensan, han inspirado una abundante creación literaria en Bolivia.

La literatura boliviana más conocida y estudiada en el extranjero es aquella que nos identifica como a país minero y campesino, independientemente de lo que sostengan los urbanistas en La Paz, Cochabamba o Santa Cruz. No es casual que a uno de los críticos más importante de Suecia, como fue Artur Lundkvist, miembro de número de la Academia Sueca, le haya llamado la atención la novela Hombres sin tierra, de Mario Guzmán Aspiazu, que gira en torno al tema de las luchas campesinas y la reforma agraria de los años 50.

Los estudiosos extranjeros de nuestra literatura saben intuitivamente que el futuro de nuestra literatura está en la contextualización de nuestro pasado y presente. Es decir, la gran literatura boliviana del futuro está todavía anclada en el pasado histórico, por mucho de que algunos críticos nacionales de la literatura minerista e indigenista se empeñen en demostrar que los autores contemporáneos, sobre todo los más jóvenes, están más en sintonía con los procesos de globalización y transculturación; cuando en realidad, aparte de los pocos escritores mediáticos y cuyas obras están promovidas por las editoriales comerciales, lo que sigue identificando a Bolivia en el exterior es la literatura ambientada en el mundo rural y minero.

Los indígenas y los mineros no formaron parte del poder político hasta mediados del siglo XX, pero sintieron, en su condición de clase social y pueblo indígena-originario, los látigos de la opresión violenta y la vulneración de sus derechos humanos por parte del sistema minero-feudal, que tenía el control no sólo del aparato estatal, sino también de las tierras y las minas. De ahí que no es casual que la literatura que nos ocupa haya tenido una fuerte dosis de tesis política, que denunciaba las condiciones deplorables en que vivían los indígenas bajo un sistema de estructura colonial, caracterizado por el menosprecio racial y un trabajo de tipo semifeudal, y la despiadadas explotación de los mineros bajo un sistema de producción capitalista, que estaba caracterizado por las injusticias sociales y la marginación de las esferas gubernamentales donde se tomaban las decisiones de la suerte histórica del país.

Esta práctica de servidumbre y explotación se prolongó hasta la revolución nacionalista de 1952, que decretó la nacionalización de las minas y la reforma agraria, que permitió poner las minas bajo el control de los mineros y devolvió las tierras usurpadas por los hacendados a los indígenas; un proceso revolucionario que hizo aflorar las reivindicaciones populares de Minas al Estado y Tierras al Indio, acuñadas desde principios del siglo XX, entre otros, por el escritor Tristán Marof, fundador del primer Partido Socialista de Bolivia.

Por las razones mencionadas, es lógico pensar que la literatura minerista e indigenista fue la mejor expresión de la realidad nacional, que convirtió a sus escritores, en algunos casos, con vigorosa prosa y fuerza argumental, en portavoces del clamor popular de su época y en paradigmas de una corriente literaria cuyas obras evocaban las miserias y esperanzas de las mayorías nacionales, con un propósito reivindicativo que, desde la perspectiva de los ideales que proclamaban la integración nacional, reclamaban el derecho de los pueblos originarios y los proletarios a formar parte de los organismos del Estado que determinan el destino del país en el ámbito político, económico, social y cultural.

jueves, 18 de agosto de 2016


EL CINTURÓN DE CASTIDAD

En la época feudal, cuando el cinturón de castidad se usaba para controlar la infidelidad y los deslices sexuales de las esposas durante los largos períodos de ausencia de los maridos, un aguerrido caballero, que se marchaba a las Cruzadas para enfrentarse a los enemigos del Rey y el Papa, le pidió al joven cerrajero de la aldea que confeccionara un cinturón de acero para asegurarse de la fidelidad de su esposa, una dama de carácter jovial y conducta coqueta que, siendo de facciones bellas y voluptuosas carnes, corría el riesgo de descarriarse apenas él montara en su caballo para marcharse a la guerra.
  
–Tú sabes que las esposas disfrutan poniéndoles cachos a los maridos –le dijo al joven cerrajero, mientras le entregaba una bolsista llena de monedas–. El cuerpo de la mujer incita al pecado, tiene las frutas prohibidas que desea el prójimo y su vagina es como la boca de un infierno donde quiere meterse el diablo. Además, no quisiera que mi esposa, aprovechándose de mi ausencia, se deleitara con el unicornio de un amante para saciar su sed de amor.

El joven cerrajero, sin levantar la mirada de la ardiente fragua, escuchó en silencio los argumentos del caballero, quien, al parecer, tenía mucha razón y esgrimía argumentos difíciles de contradecir; al fin y al cabo, como enseñaban los más viejos, nadie habla sin experiencia ni piensa en lo que por sí no pasa.
 
El joven cerrajero, mientras meditaba en que ese artefacto metálico se utilizaba para impedir que el cuerpo de la mujer sucumbiera a las tentaciones de la carne, confeccionaba el cinturón con una banda de acero más fina que un muelle de reloj, recubierta de cuero blando, provista de un minúsculo candado que se sujetaba en la juntura del aro. El cinturón pasaría por entre las piernas, se dividiría a la altura del ano y cerraría la vulva mediante una delgada lámina convexa de latón en la que había una pequeña abertura que sólo le permitiría desaguar.
 
El día en que el caballero pasó a recoger el encargo, el joven cerrajero le entregó el cinturón y le explicó que una vez cerrado el candadito y retirada la llave, sería imposible que un hombre pudiera tener acceso carnal con su esposa, debido a la presencia de púas allí donde estaba la boca del infiernito por donde se metía el diablo.

El caballero quedó maravillado ante el objeto reluciente como una joya de orfebrería y pensó que por fin tendría asegurado la fidelidad de su bellísima esposa. El joven cerrajero, a tiempo de despedirse con sumo respeto, le dijo que le deseaba bienaventuranzas en la Cruzada, pero lo que no le dijo es que el cinturón hizo con dos llaves; con una se quedaría el caballero y con la otra se quedaría él. Lo que le permitiría meterse en la alcoba de la dama y abrir el candadito cuando se le pegara la santísima gana.

El caballero, antes de montar en su alazán de alta parada y marcharse a la Cruzada, aseguró el candadito del cinturón y se llevó la llave colgada como un collar, porque la tendría en las batallas como amuleto contra la muerte y la infidelidad, aparte de que le daría la sensación de ser el dueño absoluto de la sexualidad de su esposa, a quien se la imaginaría aguardándolo en la alcoba, tendida sobre la cama con su bendito cuerpo al aire, pero con las partes íntimas custodiadas por el cinturón de castidad.

El joven cerrajero, al saberse dueño de la llave que le daba acceso al santo de los santos de la dama del caballero, se quitó el delantal de cuero curtido, se lavó la cara y el cuerpo. Pegó dos golpes de martillo sobre el yunque y se dirigió a la casa del caballero ausente, donde estaba la dama con ansias de que la despojaran de esa prenda metálica que, más que ser un mecanismo de seguridad, era un doloroso instrumento de tortura.

Una vez que la dama quedó liberada de esa prenda insoportable, que le rozaba la piel de sus zonas sensibles, no sólo hizo sus necesidades fisiológicas con placer, sino que también complació los insaciables deseos del joven cerrajero, quien gozó con los perturbadores encantos de la dama y cuyas visitas se repitieron noche tras noche, hasta que ella quedó embarazada una y otra vez.

Cuando el caballero volvió de la Cruzada, donde había perdido un ojo, un brazo y una pierna, comprobó que su esposa seguía con el cinturón de acero, pero que su familia había crecido como por obra y gracia divina. Entonces el caballero, como todo guerrero acostumbrado a dar la vida a nombre del Rey y el Papa, hizo loas a Dios por haberle concedido una  fiel esposa y aceptó a los niños como una recompensa por la sangre derramada en Tierra Santa.

Sólo el joven cerrajero sabía que el cinturón de castidad no sólo se usaba para reprimir la sexualidad de la mujer, sino también para demostrar la estupidez de un hombre que no aceptaba el sabio proverbio que reza: El hombre es fuego, la mujer estopa; viene el diablo y sopla, o, dicho de otra manera, al hombre no se le puede pedir que no desee a la mujer del prójimo ni a la mujer se le puede encerrar con un ridículo candado y su llavecita.

miércoles, 17 de agosto de 2016


RELECTURA DE EL PODER Y LA CAÍDA

Releer las obras de Sergio Almaraz Paz, nacido en Cochabamba en 1928  y muerto en La Paz en 1968, es una forma de adentrarse en los vericuetos de la política nacional de la primera mitad del siglo XX, siguiendo el agudo análisis socioeconómico realizado por una de las mentes más brillantes de la intelectualidad boliviana.

El poder y la caída, escrito con frases breves y elegantes, y un estilo poco frecuente entre los ensayistas de temas históricos, económicos y sociales, es un magnífico documento para conocer  de cerca los entretelones, causas y consecuencias, de la formación de la industria minera, la estructuración sangrienta del Estado moderno bajo el control de la rosca minero-feudal y el ascenso al poder del Movimiento Nacionalista Revolucionario en abril de 1952.

El libro revela los tejemanejes de la política entreguista de los tres grandes magnates de la minería, que tuvieron en sus manos el control de la industria nacional y, por lo tanto, el destino del país. El autor, cuya ideología estaba entroncada en las corrientes de izquierda nacidas después de la Guerra del Chaco, hace hincapié en los procesos históricos a través de los cuales una fuerza económica se transforma en fuerza política. Y cómo, a su vez, este poder político contribuye a la formación de una conciencia nacional, que se ve reflejada en las organizaciones naturales del proletariado minero, que desde un principio entendió que el camino de los intereses privados de los barones del estaño estaba cruzado con el de los intereses de la nación oprimida.

La revolución protagonizada por obreros y campesinos, aparte de confirmar la importancia de su rol histórico, rompe con los privilegios de la rosca minero-feudal, que levantaba palacios para una dinastía familiar en tierras bolivianas, mientras sus asesores gringos, ingleses y norteamericanos les inducían a invertir sus millones en otras empresas extranjeras, motivados por el típico pensamiento capitalista de reproducir sus ganancias con ganancias, así sea a costa de explotar despiadadamente la fuerza de trabajo de los más pobres en los países pobres.

Sergio Almaraz afirma que la nacionalización de las minas fue un triunfo de esos hombres que cambiaron el arado feudal por la máquina perforadora, la dinamita por el fusil, con la esperanza de estatizar los recursos naturales. Sin embargo, el gobierno del MNR, que destruyó la estructura del poder oligárquico de los barones del estaño, cumplió las tareas revolucionarias a medias, no sólo porque concedió una indemnización a quienes usufructuaron los recursos naturales del país durante décadas, acumulando un caudal de riquezas a costa del sacrificio de los trabajadores, sino también porque no logró que la industria minera se desarrollara al margen de la influencia de los empréstitos ingleses y norteamericanos, y mucho menos que las minas pasaran a manos de los mineros, aunque ellos fueron los principales protagonistas de la revolución de abril, los impulsores de la creación de la COMIBOL y los titanes que horadaban los socavones en los cerros de Oruro y Potosí.


En el Poder y la caída se reproducen algunas de las cartas de los actores principales de la economía nacional, que pusieron a sus pies a los gobiernos títeres de turno, quienes, presionados por los intereses de  los barones del estaño y los consorcios imperialistas, ejecutaron las masacres de Uncía (1923) y Catavi (1942), donde la efervescencia revolucionaria de los mineros se haría sentir con todo su furor ideológico, a través de sus documentos políticos como la Tesis de Pulacayo (1946), en cuyas páginas se planteaban sus reivindicaciones socioeconómicas, que atentaban contra los intereses privados de los empresarios mineros, que no cesaban de succionar las riquezas naturales junto a los consorcios transnacionales

Queda claro que los magnates del estaño, Simón I. Patiño, Mauricio Hoschild y Félix Avelino Aramayo, integraron la economía nacional al mercado capitalista mundial, sin advertir que el imperialismo nos convertiría en una simple colonia entre sus garras, incluso la población minera de Catavi estaba más cerca de Londres que de La Paz. Es decir, los empresarios mineros se empeñaron más en fortalecer la política extraccionista del imperialismo, que en crear y potenciar una industria nacional.

Sergio Almaraz, a tiempo de describir el poder y la caída de los magnates mineros, rescata del olvido a otros tres pioneros en el ámbito de la metalurgia del estaño: el profesor y banquero José Núñez Rosales, el ingeniero siderurgista Jorge Zalesky y el empresario Mariano Peró, cuya estrategia para el manejo de los recursos minerales fue aprovechado por los gobiernos militares nacionalistas.

No se puede negar que Sergio Almaraz, motivado por su formación ideológica proclive al marxismo, tenía un auténtico interés por la problemática de los trabajadores del subsuelo. De ahí que el segundo ensayo de su libro Réquiem para una república (1969), intitulado Los cementerios mineros, está dedicado, con prosa límpida y vibrante, al proletariado de las minas; un sector social con una larga historia de explotación en las áridas montañas del macizo andino, donde las riquezas minerales contrastan diametralmente con la pobreza y el subdesarrollo económico de los campamentos mineros.

El autor presenta varias citas a lo largo del libro, pero no menciona las fuentes y, a diferencia de los ensayistas acostumbrados a mencionar los documentos consultados, carece de una rigurosa bibliografía, aunque pienso que estos desaciertos, que no son muchos pero sustanciales, hubieran sido superados si la muerte no lo alcanzaba en el apogeo de su vida literaria y a los escasos 39 años de edad. Él mismo, que estaba consciente de estos vacíos, no dudó en reconocerlo en la nota de aclaración que se insertó en la edición del libro en 1969: El poder y la caída no es un trabajo completo y su condición será mejor apreciada como una tentativa de interpretación de la estructura del poder en Bolivia. Aun así hay vacíos que se dejan advertir.  

El poder y la caída, a pesar de los desaciertos y vacíos, no deja de ser un libro esclarecedor en torno a los mecanismos dinámicos que convirtieron a los magnates mineros en una fuerza política con poder de decisión sobre Bolivia, y Sergio Almaraz, aun habiendo sido militante pirista y disidente comunista, no dejó de ser un brillante analista de la realidad nacional de la primera mitad del siglo XX, con una honestidad intelectual avalada por Marcelo Quiroga Santa Cruz y René Zavaleta Mercado, entre otros.

miércoles, 20 de julio de 2016


PUBLICAN DOS NUEVOS LIBROS DE MONTOYA

El Grupo Editorial Kipus de Cochabamba, como parte de la promoción de la literatura nacional, publicará dos nuevos libros del escritor Víctor Montoya. Se trata de la novela La señora de la conquista y del volumen de Cuentos del más allá, que el narrador boliviano presentó a su casa editorial a principios del 2016.

Las dos obras, que corresponden a géneros literarios diferentes, podrán ser adquiridas en las Ferias de Libros y librerías de todo país. Ésta es una buena oportunidad para reencontrarme con mis lectores y ofrecerles lo que mejor sé hacer, manifestó el autor. Los dos libros fueron escritos con mucha pasión y abordan temáticas de interés general, finalizó.

La señora de la conquista

En cada capítulo de esta novela, estructurada sin más recursos que el arte de la palabra escrita y los datos que proporciona la historia, se reconstruye la vida de una esclava indígena convertida en señora durante la épica empresa de conquista de la esplendorosa civilización azteca.

Malintzin, doña Marina o Malinche, la intérprete, consejera y amante de Hernán Cortés, es la figura emblemática de una epopeya en la que pasó a ser un instrumento más poderoso que la pólvora y el caballo. Sirvió de puente entre dos culturas, fue intérprete del prisionero Moctezuma II en el palacio de Axayácatl, se salvó milagrosamente en la batalla de la Noche Triste, en la que los guerreros mexicas expulsaron de la ciudad de Tenochtitlán a los conquistadores antes de que ésta fuera finalmente sometida en agosto de 1521.


Luego del dramático episodio, que culminó con la captura y el martirio de Cuauhtémoc, el capitán general de la armada y Malintzin se paseaban por templos, plazas y calzadas, contemplando el nacimiento de una nueva urbe en medio de la desolación y la muerte. Sobre la ciudad destruida se edificaba otra ciudad distinta, sobre las ruinas de los antiguos templos se construían otros templos y sobre las antiguas creencias se imponía un nuevo proceso de evangelización para extirpar la idolatría.

Los amantes, que a lo largo de la conquista lucharon codo a codo, en las buenas y en las malas, bajo el sol y bajo la lluvia, se fundieron como el anverso y reverso de una misma moneda, dispuestos a iniciar el traumático mestizaje en las tierras de la Nueva España, que emergió del violento encuentro entre vencedores y vencidos.

La señora de la conquista, como toda novela histórica que ofrece emociones, personajes y conocimientos, se funde en un haz de composiciones narrativas, que confirman la destreza lingüística, el vigor estilístico y la capacidad creativa del autor, quien expone todo el fulgor de su talento en esta obra llena de pasiones, traiciones, matanzas y saqueos.

Cuentos del más allá

Este espeluznante volumen de cuentos, escritos con elegancia, fluidez y verosimilitud, intentan convencer a los lectores de que es posible lo imposible, a través de cincuenta historias protagonizadas por criaturas fabulosas y seres que, después de muertos, retornan al reino de los vivos en forma de fantasmas o espíritus, produciendo sonidos, aromas y desplazando objetos en el mismo lugar donde habitaron o enfrentaron una violenta muerte, que los condenó a vagar sin poder encontrar la paz eterna en el más allá.

Los relatos de terror y fenómenos paranormales, que existen desde la más remota antigüedad en el imaginario popular, están estructurados sobre la base de explicaciones empíricas de la realidad, supersticiones y pensamientos mágicos que, hilvanándose como telarañas en un tenebroso contexto, transgreden los límites de la lógica y la razón, y cuyos personajes, dotados de la facultad de morir y revivir, de aparecer y desaparecer, nos acompañan desde la cuna hasta la tumba.


Los Cuentos del más allá, además de tocar la sensibilidad emocional de los lectores, transmiten una sensación de miedo, horror y suspenso, con un lenguaje elíptico y una fuerza imaginativa que inducen hacia un universo de espanto y aparecidos, donde se complementan lo real y lo ficticio, como una forma de despejar las dudas concernientes a los fenómenos físicos de la naturaleza, los instintos de la condición humana, los misterios de la muerte y, consiguientemente, la existencia de otras formas de vida en el más allá.

Víctor Montoya, autor de novelas, cuentos, ensayos y crónicas, pone en manos de los lectores una obra concebida en el género fantástico, con un alto valor estético y un eje temático que, tanto por su forma como por su contenido, le permiten explayar los diversos recursos técnicos de la moderna narrativa latinoamericana, sin trastocar su cautivante estilo personal ni deslucir su peculiar manera de convertir en literatura los elementos de la realidad y la fantasía.

martes, 19 de julio de 2016


CLAUDINA, UNA OBRA RESCATADA DEL OLVIDO

Cuando me enteré de la existencia de la primera novela boliviana, titulada Claudina, lo primero que me llamó la atención fue el hecho de que este libro de autor desconocido se hubiese encontrado, como único ejemplar e impreso en agosto de 1855, en el repositorio de la biblioteca del Banco Central de Bolivia.

El segundo aspecto que despertó mi interés fue saber que se reeditó con las mismas características de la primera edición. Es decir, no se modificó la sintaxis ni la ortografía, incluso las comas estaban separadas de las palabras precedentes y las páginas tenían un diseño parecido a los pergaminos.

El día en que los responsables de la publicación presentaron el libro, que circuló a través del diario La Razón en octubre de 2012, se dijo que se trataba de la primera novela boliviana ignorada en los anales de la literatura nacional y que esta reedición sería un valioso aporte a la memoria del patrimonio histórico de las primeras décadas de la vida republicana.

Claudina está escrita por José Simón de Oteiza, cuyos antecedentes biográficos son en extremo descocidos como desconocidos son los datos sobre la existencia de otras obras de su autoría. El novelín -por llamarlo de alguna manera- está dividido en 12 capítulos y el narrador hace gala de un estilo literario ponderable, es rico en metáforas y expresiones figuradas; detalles que traslucen las aficiones poéticas del autor, quien se empeñó en embellecer los diálogos, las descripciones del clima, los paisajes y las sensaciones del alma, a pesar de que, según él mismo confesó en el breve preámbulo, su intención no fue escribir un libro sino simplemente narrar y salvar del olvido un suceso real acaecido a mediados del siglo XIX.


En efecto, en la obra se aborda un tema que, aun estando contextualizado en un ámbito local, alcanza dimensiones universales como pocos temas concernientes a los sentimientos humanos, como es el caso de los amores imposibles que, por su propia naturaleza, están condenados a tener un desenlace fatal. José Simón de Oteiza narra la trágica historia de amor entre Julián, un joven oficial de infantería, y Claudina, una quinceañera de origen humilde, quien, huyendo de su casa en Tarija, se junta con su amado en los valles de La Paz.

El autor, que asevera no haber modificado la realidad, salvo los nombres de los principales protagonistas, nos revela la mojigatería de una época en la que las relaciones amorosas entre personas de distintas condiciones sociales no estaban libres de críticas y controversias. Aun así, los protagonistas deciden proseguir con su romance, hasta que Julián, en vísperas de una posible guerra con el Perú, debe unirse al ejército en su condición de sargento; un desafortunado acontecimiento que le impide casarse con Claudina antes de marcharse a la contienda, pero como ella está embarazada y profundamente enamorada, sufre una irreparable desilusión y decide suicidarse despeñándose desde una quebrada de Hurmiri, ubicada al sud del majestuoso Illimani.

Muerta Claudina, Julián pierde la razón e intenta también acabar con su vida precipitándose desde la misma roca hacia el fondo del abismo, pero sus camaradas se lo impiden a tiempo, aunque los recuerdos de Claudina permanecerán en su mente y su corazón por el resto de sus días.

La tragedia estaba consumada, pero el autor no da pistas sobre la ascendencia de Julián, probablemente, por no mellar la dignidad de una respetable familia entroncada en una época llena de prejuicios sociales, raciales y morales, en la que las relaciones informales, sin previo matrimonio civil y religioso, estaban mal vistas tanto en las familias de alto abolengo como en las familias de humilde cuna.

En Claudina, aparte de narrarse una historia de amor que, de un modo consciente o inconsciente, sigue siendo una temática actual en sociedades jerárquicas y conservadoras, el autor no sólo logra rescatar una tragedia humana que pudo haber sucumbido entre las brumas del olvido, sino que, asimismo, deja constancia de que las relaciones entre personas de diferentes condiciones sociales son tan atractivas como dramáticas.

Me parece excelente todo lo que se hizo por poner al alcance de los lectores el libro de José Simón de Oteiza y, como parte inherente de la promoción, todo lo que se dijo en torno a la trama y los personajes. En lo que no estoy muy de acuerdo es en que la obra haya sido definida como novela; cuando en realidad, debido a su extensión -apenas 51 páginas-, podía haber sido clasificada dentro de otro género literario.

Si bien es cierto que en español no se dispone de una denominación concreta para este tipo de narraciones, como ocurre en el francés (nouvelle) o el inglés (short-story), es cierto también que la obra Claudina, tanto por su estructura como sus recursos narrativos, merecía ser definida como novela corta o novela breve, pero no como una novela a secas.

La novela, por lo general,  es una narración extensa, que aprovecha todos los recursos narrativos para desarrollar los temas  y se extiende en exhaustivas caracterizaciones físicas y psicológicas de los personajes. La novela, a diferencia del cuento o el relato, resulta ser una suerte de campo abierto que le permite al escritor moverse con mayor soltura y libertad, sin subordinarse demasiado a los límites de tiempo y espacio. Además, suele redundar en largas digresiones y descripciones de acciones, escenarios y circunstancias, aparte de que, en el mejor de los casos, está integrada por varios personajes, múltiples historias cruzadas o subordinadas unas a otras, sin descartar la posibilidad de insertar en los capítulos, a modo de intercontextualidades, otros elementos literarios como los textos epistolares o los documentos relacionados con la temática central de la novela.

Por los factores arriba mencionados, podemos deducir que Claudina, de José Simón de Oteiza, no fue concebida como una novela propiamente dicha, sino como una prosa nacida de la necesidad de relatar un trágico suceso, pero sin predefinir la extensión que debía tener la obra, la misma que no presenta las características propias de una novela de largo aliento, en cuanto al desarrollo de los personajes y la trama, ni la economía de palabras y recursos condensados propios del cuento; razones por las que nos atrevemos a definirla no como un cuento largo, sino como una novela corta o novela breve.

EL CHICHERO Y LA CARNICERA

Cierto día, en medio de la algarabía de unas niñas que jugaban en la calle, escuché el fragmento de una ronda tradicional boliviana, cuyo contenido de espanto y desafuero me llamó la atención, y me dejó pensando en que el feminicidio se reproduce también en el mundo lúdico de las niñas, pues una cosa es cantar Arroz con leche… y otra muy distinta Botón colorado/ mató a su mujer,/ con un cuchillito/ de punta alfiler,/ vendo, vendo,/ tripitas de mala mujer,/ que uno,/ que dos,/ que tres...

Poco después caí en la cuenta de que esta ronda infantil, como muchas otras inspiradas en la realidad social y la violencia contra las mujeres, tenía alguna relación con un crimen conyugal acaecido en una población del norte de Potosí; un trágico suceso del que se habló por mucho tiempo y cuyo principal móvil se fue modificando a medida que se transmitía de boca en boca.

Nunca se conoció la versión oficial, salvo que el dueño de una chichería, un hombre de aspecto rechoncho, cara colorada, barriga prominente y redonda como un botón, acabó con la vida de su esposa, quien trabajaba como carnicera en el mercado de la población que, por ser un pueblo chico, era un infierno grande.

La esposa del chichero, oriunda de los valles de Cochabamba, era una magnífica chola en su gusto y porte; regentaba un puesto en el mercado durante el día y atendía la chichería por las noches, hasta que trancaba la puerta tras el último parroquiano.

Muchos de los clientes frecuentaban la chichería sólo por el placer de ser atendidos por la mujer más hermosa entre todas las mujeres y, a veces, aprovechándose de la confianza dispensada, no perdían la ocasión para echarle un ramo de piropos con lisonjas y galanterías.

La pareja no tenía hijos, pero sí un montón de dinero que les permitía darse los gustitos habidos y por haber. Vivían felizmente casados desde hace muchísimos años, hasta que un mulato llegado de las tierras paradisiacas del Caribe, que estaba de paso rumbo a la ciudad de Potosí, se le atravesó en su camino, haciéndole perder los estribos del corazón.

La carnicera, atraída por los ojos de color carbón, el pelo rizado y la impresionante musculatura de ese cuerpo de ébano, se dejó seducir sin considerar que estaba casada y que los chismes no tardarían en llegar hasta los oídos de su marido.

Cuando el mulato desapareció de la noche a la mañana, como alma que lleva el diablo, la carnicera se hundió en una profunda decepción y perdió las ganas de seguir disfrutando de los bienes que le deparó la vida. Empezó a beber con los parroquianos, quienes asistían a la chichería más por deleitarse con los atributos de su belleza que por consumir bebidas alcohólicas.

No faltó la noche en que, pasada de copas y en presencia de su marido, reveló su amor por el mulato, quien le removió los sentimientos más recónditos de su alma, acariciándole la piel y libándole el néctar que ella guardaba debajo la bombacha ajustada a sus voluptuosas nalgas.
 
El chichero, aunque estaba impactado por la confesión de su esposa y por ser el último en enterarse de la infidelidad del que todos sabían algo, simuló no haber escuchado nada y siguió atendiendo el pedido de los clientes, hasta que llegó la hora de cerrar el local.

La carnicera había bebido tanto que, al promediar la medianoche, apenas podía pronunciar palabras y mantenerse de pie. Ésa fue la oportunidad que su marido aprovechó para conducirla hacia el patio interior de la vivienda, donde procedió a despojarle de las ropas y tenderla sobre la mesa de macizas maderas, donde se troceaban los huesos y las carnes antes de transportarlos al mercado.

El chichero se dirigió al depósito de cuchillos y herramientas de carnicería, levantó la hacha de acero mejor afilada y volvió al patio, donde estaba el desnudo cuerpo de su esposa, quien yacía de espaldas, la cabeza ladeada y las extremidades abiertas bajo los reflejos menguantes de la luna.

La bañó con la mirada, como la primera vez que la tuvo en el lecho nupcial, pero su rencor era tan grande que, sin pena ni asco, le asestó el primer hachazo causándole una profunda herida a la altura del tórax, lo que provocó que ella despertara, gritara y pidiera ayuda.

El chichero, en un desesperado intento por evitar los gritos y quejidos, esgrimió varias veces la hacha en el aire, dejándola caer sobre el cuerpo de la carnicera, que se retorcía como la cola de una lagartija cuarteada; al final, jadeante como galgo azuzado, le asestó el último hachazo en el cuello, de donde brotó la sangre a raudales, mientras la cabeza rodaba por el piso empedrado hasta detenerse cerca del tubo de desagüe.

Antes de que lo sorprendiera el crepúsculo del amanecer, y sin saber dónde esconder el cadáver, se dio prisa en amputar los pies y las manos. Después, con un cuchillo para filetear, cercenó los senos, desmembró las extremidades, extrajo los órganos internos y, entre tajo y tajo, el cuerpo fue reducido a un montón de huesos y carnes.

El chichero terminó agotado y con el sudor goteándole por la frente, pero antes de retirarse a dormir, limpió la mesa de madera, baldeó el piso del patio y quemó en el horno sus ropas empapadas de sangre, para así no despertar sospechas ni dejar vestigios de su cruel delito.
 
Al final, metió la cabeza, las manos y los pies en una bolsa de plástico, que guardó en el refrigerador, hasta que al día siguiente, al anochecer, la arrojó en la corriente del río, que cruzaba por un basural, a escasas dos cuadras de su vivienda.

Las comerciantes del mercado, al notar la ausencia de la carnicera, que no acudió a su puesto de venta, se acercaron a su marido para preguntarle qué había pasado con ella, que siempre era la más puntual entre todas y que hacía un par de días no daba señales de vida. El chichero, mirándolas una por una y sin perder la calma, les dijo que su esposa viajó a Cochabamba, donde sus parientes la necesitaban con urgencia.

Así transcurrió una semana, hasta que una anciana, mientras hacía sus necesidades en la ladera del río, vio en un recodo de aguas estancadas algo parecido a la cabeza de un cerdo, se acercó intrigada para despejar sus dudas y, a poco de remover el objeto con un palo, se tragó un susto escalofriante que la dejó con los pelos de punta, pues lo que estaba allí no era la cabeza de un cerdo, como pensó en un principio, sino la cabeza de una mujer con trenzas y dentadura forrada de oro.

La policía del Departamento de Investigación Criminal (DIC), informada del macabro hallazgo, hizo el levantamiento legal de la cabeza, las manos y los pies, y no tardó en identificar a la víctima, como tampoco tardó en detener al chichero, quien, ante las evidencias que le imputaban, se declaró culpable del asesinato perpetrado contra su esposa.

Cuando los policías le preguntaron por qué lo hizo. Él contestó que la decapitó y descuartizó por cuestiones de honor y porque era una mala mujer, que merecía algo más que la muerte como castigo por su vil traición. Y cuando le preguntaron qué hizo con el resto del cuerpo, él contestó, sin mostrar una pisca de remordimiento, que lo cortó en pedazos y que, mezclándolos con las carnes de otros animales, los vendió en el mismo mercado donde ella regentaba un puesto de carnicería. Asimismo, para poner punto final a su espantoso relato, confesó también que vendió su corazón, su hígado, su estómago, sus riñones y sus tripas, como si fuesen las menudencias de un cordero recién carneado.

Así es como ese crimen conyugal, que por mucho tiempo fue motivo de comentarios del más diverso calibre, pudo haber inspirado la ronda que las niñas, mientras juegan agarradas de las manos y dando vueltas alrededor de un círculo imaginario, corean con voces angelicales: Botón colorado/ mató a su mujer,/ con un cuchillito/ de punta alfiler,/ vendo, vendo,/ tripitas de mala mujer,/ que uno,/ que dos,/ que tres…

sábado, 25 de junio de 2016


PALABRAS DE UN FICTICIANO ENCANTADO

La publicación de mi libro Fugas y socavones, lanzada por la editorial mexicana Ficticia, como el décimo volumen de la Colección Biblioteca de Cuento Anís del Mono, ha sido una buena ocasión para enlazar amistad con algunos amigos y reencontrarme con un México que, desde mi primera visita en 1984, no dejó de sorprenderme ni maravillarme.

La presentación del mencionado libro, tanto en el Centro Cultural El Nigromante en San Miguel de Allende como en la Casa del Libro de la UNAM, me permitió compartir opiniones y emociones con varios escritores que, aparte de su cordialidad y entusiasmo desmedido por el arte de la palabra escrita, tenían un vivo interés por la literatura de quien, a pesar de vivir en Suecia desde hace más de dos décadas, insiste en re-crear historias ambientadas en el altiplano boliviano.

Por eso mismo, estando ya de retorno en Estocolmo y en medio del frígido invierno, siento la necesidad de manifestarles mis agradecimientos, para que las palabras no se me escapen de la memoria y para evitar que mi hondo sentido de gratitud no se esfume en las penumbras del tiempo.

No era mucho lo que pensaba decirles, salvo lo sustancial como para quedarme con la conciencia tranquila y el regusto de saber que mi puño obedeció al dictado del corazón, como cada vez que me siento impulsado a manifestar las ideas que brotan desde lo más hondo de mi ser. 

He aquí, pues, las confesiones de un ficticiano encantado que, debido a las premuras del tiempo y los imprevistos de las circunstancias, no llegó a pronunciar las siguientes palabras:

La primera vez que escuché hablar de una ciudad virtual llamada Ficticia, no pensé dos veces en aventurarme en ella y, hechizado por sus fascinantes historias, me sujeté al timón de mi nave literaria y zarpé desde la Thulle de los vikingos. Navegué por la Red rumbo a la ciudad que ofrecía más riquezas que El Dorado, hasta que desembarqué en el Puerto Libre, con más ilusiones que las llevadas por Colón en sus carabelas y por Cortés en las alforjas de su caballo. La travesía, fraguada por las aventuras de la imaginación, se tornó en una verdadera odisea, pues llegué atado al mástil como Ulises, rehuyendo las voces encantadoras de las sirenas poéticas, quienes quisieron desviar mi rumbo, quizás, para evitar que compartiera con ustedes mi amistad y mis cuentos templados en los yunques de la realidad y la fantasía.


Como todo visitante, llegado de allende los mares, encontré en esta urbe moderna, secular y cosmopolita, una serie de niveles, zonas y recintos habitados por los fantasmas de la inventiva, y cuyas columnas y ventanas, expuestas a cielo abierto como las calzadas de la grandiosa Tenochtitlan, conducían al visitante de link en link, cautivándolo con el esplendor de su grandeza y su belleza, y con algunos cuentos que, una vez transmitidos por medios electrónicos, constituían motivos de asombro y maravilla.

Estando con ustedes constaté que no nos reuníamos como nuestros antepasados, alrededor del fuego ni en la boca de las cavernas, sino en una tertulia inolvidable, con bebidas espirituosas que, sabiendo tan exquisitas como el anís del mono, nos otorgaban la gracia de entrar en el reino de Dionisos, con la misma levedad con que Alicia ingresó al país encantando a través del espejo.

Ya se sabe que Ficticia, según refieren los mitos y leyendas, era un pájaro que concedía inmortalidad y procuraba dotes de narrador a quien lograba atraparlo en el sueño o en la realidad. Se cuenta que esa rara avis, que los aztecas comparaban con sus deidades ancestrales, lucía un plumaje de encendidos colores y una voz que, templando los violines del corazón, embelesaba también a los más diestros cuenteros, quienes enmudecían alrededor del fuego, donde se daban cita, noche tras noche, algunos seres ávida de escuchar cuentos de encantos y espantos.

Ahora, convertido en ciudadano honorable de Ficticia, me siento feliz de formar parte del concilio, de ese selecto grupo de ficticianos a la cabeza del cuentista y taurómaco Marcial Fernández, la fotógrafa Mónica Villa, el mago en cibernética Raúl José Santos y el cartógrafo y futbolista fanático Diego García del Gállego. Me siento feliz porque sé que Ficticia, gobernada por el dios lector, es una ciudad construida con más precisión que la mítica Babilonia y con tantos cuentos como los que conservó entre sus ruinas la biblioteca de Alejandría. Pero algo más, Ficticia, como toda ciudad virtual, exenta de cortinas de hierro, muros de Berlín y murallas chinas, tiene la virtud  de agruparnos a los ficticianos del más aquí y del más allá, con el único propósito de compartir lo que vimos y oímos, lo que pensamos y sentimos, lejos de la absurda noción de fronteras y del vocinglero chauvinismo, pues en esta comunidad literaria, a diferencia de lo establecido por el imperio de la globalización, se respeta la diversidad de voces, razas, credos y culturas.

En Ficticia se formó un rico mosaico multicultural y se erigió un templo mayor, donde actualmente se conjugan intereses comunes y donde todos, o casi todos, nos miramos la imagen en el espejo del otro; más todavía, Ficticia, como bien reza en su acta de fundación, no tiene afanes de lucro, salvo poner a salvo uno de las joyas más preciadas de la narrativa como es el cuento, una verdadera pieza de orfebrería cuando el artesano palabrero sabe trabajarla con la maestría de un joyero. No cabe duda, el cuento es -y será- el diamante labrado entre las piedras preciosas del cofre literario.

Por lo demás, ahora que pertenezco legítimamente a la comunidad de Ficticia, debo agradecerles por haberme acogido con los brazos abiertos, puesto que al retornar a la tierra de los vikingos, con el corazón agitado como un caballo al galope, me traje el recuerdo de un sueño convertido en realidad, un hermoso libro editado en la colección Biblioteca de Cuentos Anís del Mono y, algo que es fundamental en la vida, la sincera promesa de unos amigos que están dispuestos a conservar la amistad a pesar del tiempo y la distancia, poniendo en jaque a la indiferencia y procurando, una vez más, que la realidad supere a la fantasía.

Foto: De Izq. a der. Armando González, Víctor Montoya, Marcial Fernández y Leo Eduardo Mendoza.

viernes, 24 de junio de 2016


LAS FOGATAS DE SAN JUAN

Una ama de casa en el distrito minero de Siglo XX, que perdió a su marido en la masacre de San Juan, deseó, todos los días y todas las noches, la muerte del general René Barrientos Ortuño, hasta que una tarde, al escuchar el informativo en radio La Voz del Minero, se anotició del trágico fallecimiento del dictador tarateño. Entonces su alegría no conoció límites y saltó en el aire como una niña. Se quitó el delantal y corrió hacia la calle, donde levantó las manos al cielo y, con lágrimas de felicidad estallándole en los ojos, gritó a pulmón lleno:

–¡Ha muerto el dictador! ¡Ha muerto el dictador!...

La gente no tardó en aglomerarse alrededor de ella, quien no cesaba de gritar, con la mayor emoción de su alma, que el dictador había muerto como ella lo deseó desde la madrugada en que acribillaron a su marido.

–¡¡¡Ha muerto el dictador!!! –exclamaron los presentes, abrazándose con efusiva algarabía, como cuando se gana el mayor premio de la lotería.

En efecto, aquel domingo 27 de abril de 1969, cuando el helicóptero del dictador levantaba vuelo en la quebrada de Arque, donde arengó contra los Castro-comunistas y defendió el pacto militar-campesino, la hélice se enredó en el cable del telégrafo y el helicóptero, luego de dar giros como un moscardón herido, cayó envuelto en llamas. Así acabó el dictador, calcinado en la misma nave que le obsequiaron sus asesores del Norte.

Ese mismo día, en que la noticia generó desmesuradas especulaciones, no faltaron las amas de casa que, como en una fiesta de comadres, hicieron correr la voz de que el general René Barrientos Ortuño murió como ellas lo desearon: devorado por el fuego de las fogatas de San Juan, como si se hubiese cumplido un sueño premonitorio, que todas incubaron en lo más profundo de su corazón.

–Barrientos ha muerto en su ley –dijo una voz en medio del tumulto–, viajando por el aire como todo militar de aviación.

–¡Cierra el pico, carajo! –se impuso otra voz–. No ha muerto en su ley, sino en un horno crematorio, como deben morir los enemigos del pueblo.

Para las amas de casa, que perdieron a sus seres queridos en la masacre de San Juan, el dictador no era el “General del Pueblo”, sino el “General de la Muerte”; el mismo milico que ordenó a sus subalternos, armados hasta los dientes, meter bala a sangre fría en Llallagua y Siglo XX.

Así fue como en la madrugada del 24 de junio de 1967, los uniformados del Ejército, deslizándose como perros de caza por las laderas del cerro, cercaron los campamentos mineros, donde se suponía que estaban los extremistas de izquierda, listos para encender la chispa de la lucha armada y sumarse a la guerrilla de los barbudos en Ñancahuazú.

El general René Barrientos Ortuño, decidido a  gobernar el país con mano de hierro, sabía que la mejor manera de liquidar a los subversivos era con el lenguaje de las armas. Por eso sus escuadrones de la muerte, amparados por la oscuridad y aprovechándose de la festividad de San Juan, abrieron fuego desde todos los frentes, mientras hombres, mujeres y niños caían como muñecos ensangrentados sobre el rescoldo de las fogatas de San Juan.

Eso sí, lo que no sabía el dictador, que tenía más muertos en su conciencia que galones en su uniforme militar, era que todas las fechorías se pagan en la vida, como él pagó sus crímenes el día en que su helicóptero se precipitó como una flameante antorcha, al mismo tiempo que una misteriosa voz le repetía: ¡Quien a fuego mata, a fuego muere!  

–¡El dictador ha muerto! –repitieron todos al unísono, sumándose al coro de gritos, que empezó con un solo grito, el grito de una ama de casa, quien escuchó la noticia por radio La Voz del Minero, sin sospechar que su grito de júbilo, al cabo de un tiempo, se transformaría en una marea de gritos apoderándose de Llallagua y Siglo XX.

La alegría era tan grande que, en el seno de las familias mineras, la luz de la esperanza volvió a filtrarse en sus vidas y los sueños de libertad volvieron a florecer en sus corazones, con la misma intensidad con que las amas de casa, en actitud de venganza por la masacre, le desearon la peor muerte al dictador: arder como los troncos arden en las fogatas de San Juan. 

lunes, 6 de junio de 2016


PATRIMONIO HISTÓRICO DE LOS MINEROS EN SIGLO XX

Estar en la histórica Plaza del Minero de Siglo XX, donde se rememora el glorioso pasado del movimiento obrero, implica situarse en un escenario que reúne todas las peculiaridades de un verdadero patrimonio histórico, que debe conservarse para la posteridad, como parte de la memoria colectiva de los trabajadores del subsuelo y como un monumento vivo de las luchas sociales que tuvieron lugar en este espacio abierto entre el edificio sindical y los campamentos mineros.

En este territorio de hombres y mujeres valientes, que ofrendaron sus vidas a la causa de los oprimidos que, desde la época de la industrialización minera, que introdujo un sistema de explotación de carácter capitalista, se organizaron los sindicatos para defender sus intereses de clase, convencidos de que la lucha contra la injusticia social y la pobreza estremecedora sólo sería posible mediante un programa de reivindicaciones socioeconómicas, como instrumento político del pensamiento ideológico y la unidad monolítica de los trabajadores.

En esta Plaza del Minero, testigo mudo de la larga tradición del sindicalismo revolucionario, se forjaron los mejores líderes del proletariado nacional y, desde el balcón del edificio sindical construido en piedra labrada, se pronunciaron discursos incendiarios contra la oligarquía minero-feudal, las dictaduras militares y los gobiernos neoliberales, al son del estridente ulular de la sirena instalada en la parte superior del edificio, que servía para despertar a los obreros que ingresaban a trabajar en primera punta, para convocar a las marchas y asambleas y, como si fuera poco, para alertar a las familias mineras en épocas de represión política, masacres e intervenciones militares.

En esta plaza repleta de obreros, amas de casa, estudiantes y fuerzas vivas de la población de Llallagua, se trazaron los lineamientos estratégicos que debían seguir las bases para liberarse de la opresión imperialista. En esta plaza zumbaba el aire cada vez que detonaban los cachorros de dinamita y desde esta misma plaza se transmitían al vivo, a través de los micrófonos de Radio la Voz del Minero, los acontecimientos que se ponían al rojo vivo, mientras el clamor popular, entre pancartas y consignas de protesta, reafirmaba la decisión de luchar contra los gobiernos hambreadores y vende patrias.

Sin embargo, esta misma plaza, donde se erige el majestuoso monumento al minero, portando la perforadora en una mano y el fusil en la otra, existe menos lucidez que en los años dorados del Sindicato Mixto de Trabajadores Mineros de Siglo XX, ni siquiera el busto de César Lora y el monumento de Federico Escóbar Zapata, que representan la grandiosidad de los dirigentes revolucionarios de otros tiempos, ponen a salvo todo el legado histórico que se heredó a lo largo de un siglo. Todo parece indicar que las brumas del olvido, que se aproximan sigilosamente desde más allá de los cerros, están dispuestas a esconder bajo sus fúnebres mantos los símbolos más emblemáticos de la heroica clase obrera.

No es casual que esta situación de olvido responda, en gran medida, a la desidia de las autoridades ediles de este distrito minero y a la amnesia colectiva que, sin quererlo o sin saberlo, suele borrar los vestigios históricos de la memoria. Lo más grave es que esta plaza, que debía conservarse como un patrimonio histórico de los mineros en la región, corre el riesgo de convertirse en un simple mercado de enseres y artículos de compra-venta, sin considerar que aquí se concentraban los trabajadores en apoteósicas asambleas, que aquí se libraron batallas enconadas contra los guardianes de la oligarquía y que aquí se perpetraron masacres durante las dictaduras militares.


Siempre que uno retorna a esta plaza, atraído por la fuerza telúrica de su glorioso pasado, siente que el tiempo pasó de manera inexorable y que muchas cosas cambiaron desde el nefasto DS. 21060. Por ejemplo, da pena que los edificios de arquitectura moderna, levantados cerca del edificio sindical, se ciernan como gigantes espectros de ladrillos y cristales detrás del monumento al minero, pero da mucha más pena que las casetas de los comerciantes estén a punto de invadir los predios de la Plaza del Minero, con sus variados productos expuestos ante los transeúntes que pasan y repasan como si estuviesen en una calle cualquiera de una población cualquiera.

Aunque los guardianes de este patrimonio histórico aconsejan a las autoridades ediles no ceder ante la presión de los comerciantes, que privilegian sus intereses mezquinos en desmedro de los intereses colectivos, lo cierto es que los rentistas mineros, los miembros de la Federación Sindical de Trabajadores de Bolivia (FSTMB) y los ejecutivos de la Central Obrera Boliviana (COB), no deben bajar la guardia ni dar un paso atrás en su posición de resguardar los bienes de la clase obrera, que hoy constituyen una suerte de reliquias que se consiguieron con sacrificio, sangre y sudor.

En consecuencia, y sin mayores explicaciones ni preámbulos, es lógico deducir que esta plaza, lejos de convertirse en un centro del comercio informal y caótico, debe conservar su estatus de PATRIMONIO HISTÓRICO DE LOS MINEROS EN SIGLO XX. Toda opinión contraria a este sincero deseo compartido por los ex trabajadores de este combativo distrito del norte de Potosí, será considerada como un flagrante atentado contra la memoria histórica del movimiento obrero boliviano. 

viernes, 27 de mayo de 2016


PRESENTACIÓN DE LA REVISTA FUENTES

La revista FUENTES, con los auspicios del Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional y el Archivo Regional Catavi del Sistema de Archivo de COMIBOL, será presentada el viernes 20 de mayo, a Hrs 10:00, en el Salón de Espejos del Gobierno Autónomo Municipal de Uncía, con la partición del responsable de la publicación, Luis Oporto Ordóñez, el escritor Víctor Montoya y el burgomaestre Eduardo Patty Condori. El solemne acto contará también con la presencia de varias personalidades del ámbito político, social y cultural de la población de Uncía.

El número 42 de la revista FUENTES, editada bimestralmente por la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional, destaca en sus páginas al médico y escritor chuquisaqueño Jaime Mendoza, quien vivió, a principios del siglo XX, en los centros mineros del norte de Potosí, donde trabajó como galeno en el hospital de la Empresa Minera de Simón I. Patiño y donde escribió su renombrada novela En las tierras del Potosí, cuya primera edición fue prologada por Alcides Arguedas y publicada en España en 1911.

La extensa crónica La casa de Jaime Mendoza en Uncía, que lleva la firma del escritor Víctor Montoya, nos ubica, desde una perspectiva personal, en la población donde residió Jaime Mendoza junto a su familia, relatándonos las circunstancias en las que pergeñó sus obras literarias y realizó sus investigaciones en el ámbito de la medicina, historia y geopolítica bolivianas.

Jaime Mendoza Gonzáles (Sucre, 1874 -1939), impulsado por su vena humanística y sus ideales al servicio de la justicia social, fue el primer escritor boliviano que incursionó en el llamado realismo social, abogando a favor de los trabajadores del subsuelo, quienes sufrían una despiadada explotación bajo un sistema de producción capitalista, que la empresa Patiño Mines and Enterprises Consolidated estableció en Uncía y Llallagua.

Jaime Mendoza, además de ejercer su profesión de médico, realizó varias labores sociales adicionales, como promover la creación de hospitales, centros deportivos y escuelas para los trabajadores y sus familias, que vivían en condiciones deplorables y sin más consuelo que la esperanza puesta en un futuro mejor; es más, la obra de este prolífico y polifacético autor, que refleja el antagonismo de las clases sociales y el dramatismo humano en el macizo andino, lo convierte en uno de los referentes fundamentales de la literatura de ambiente minero.

Tras su sentida muerte, acaecida el 26 de enero de 1939, tanto su ciudad natal como las poblaciones de la provincia Rafael Bustillo del departamento de Potosí fueron las herederas de un significativo legado cultural, que en la actualidad constituye una suerte de patrimonio intelectual a través de varias instituciones médicas y educativas que llevan su nombre a modo de perpetuar su memoria. No es menos importante la construcción de la Diagonal Jaime Mendoza, cuya carretera asfaltada unirá a varios departamentos que él mismo recorrió a lomo de mulas y caballos en su época, consciente de que el desarrollo integral del país dependía de la construcción de una conexión vial entre las tierras de oriente y occidente.

Cabe mencionar que en este mismo número, de 122 páginas diagramadas con esmero estético e ilustradas a todo color, se registran otros ensayos y artículos de interés general, como El juicio de residencia al gobernador Juan Victorino Martínez de Tineo, de Branka María Tanodi; La construcción del Ferrocarril Arica-La Paz (1904-1913), de Teodoro Salluco Sirpa; La vía histórica de Tunupa en el imaginario de los pueblos andinos, de Jaime Vargas Condori; El Programa Memoria del Mundo, de Julio Peña y Lillo; La accesibilidad en las bibliotecas latinoamericanas, de Robert Endean Gamboa; Chiquitos: historia de una pasión, de Alcides Parejas Moreno; Francis d´Avis: creador del Archivo Nacional de Bolivia, de Gastón Cornejo Bascopé; Fuentes: una revista imprescindible para la memoria del Sur, de Ada de Jesús de la Cantera Pérez, entre otros.

Está por demás señalar que la revista FUENTES, tanto por su forma como por su contenido, es uno de los vehículos más importantes de transmisión de lo más avanzado del pensamiento boliviano y latinoamericano desde que fue  fundada en septiembre de 2002, no sólo porque en sus páginas cuenta con colaboradores de reconocida trayectoria intelectual, sino también porque es una publicación que circula tanto a nivel nacional como internacional.