miércoles, 22 de abril de 2015



EL CONTRABANDO IDEOLÓGICO EN EL PATO DONALD

Las publicaciones clásicas de Walt Disney, traducidas de un golpe a decenas de idiomas, constituyen los vehículos más perfectos del contrabando ideológico que los capitalistas suministran a los niños y adultos de los países del llamado Tercer Mundo. Nadie desconoce que estas historietas sean las fábulas más ingeniosas del siglo XX, y sus animalitos, aparentemente ingenuos, los personajes antropomórficos más conocidos -reconocidos- de Estados Unidos.

En estas publicaciones a todo color, que sirven como instrumentos de colonización intelectual, Pato Donald y su caravana de amigos/enemigos desempeñan el mismo rol socio-histórico que las clases antagónicas del sistema capitalista, pues ni bien se abren las tapas saltan a la vista las luchas que se libran entre buenos y malos, entre quienes detentan el poder y los que atentan contra él.

No es casual que los argumentos de estas historietas insistan en la idea de que quienes tienen las riquezas, tienen también el poder; en tanto los desposeídos, que apenas son dueños de su fuerza de trabajo, están condenados a obedecer sumisamente los mandatos superiores, y si alguna vez atentan contra la propiedad privada, son perseguidos y castigados como delincuentes comunes.

De modo que estas publicaciones, con amplia popularidad en Estados Unidos, Europa, América Latina y el resto del mundo, no son ajenas al acontecer político. Si desenmascaramos a sus personajes, encontraremos: por un lado, al pato más rico del mundo, que responde al nombre de Rico McPato (Tío Rico); un personaje con lentes redondos y apoyado en su bastón, que vive en completa soledad en una enorme mansión de Patolandia; él es el arquetipo del millonario que sueña con un mundo de fantasías, donde sea posible acumular riquezas sin pagar salarios; y, por el otro, a los Chicos Malos -representados como una pandilla de salvajes o ladrones-, que son los proletarios, y cuya única vía para su liberación consiste en abolir el poder económico de la familia Donald; poder económico que, por lo demás, es inconcebible al margen de la plusvalía y el sudor de los obreros.

El mensaje más sustancial no está en el comienzo de las historietas, sino en el desenlace, que casi siempre es el mismo: si los Chicos Malos no terminan en la cárcel, y Rico McPato se hace más rico, es Donald quien, montando en cólera y haciendo uso de un parloteo ininteligible, arenga a sus sobrinos la consigna de que todos los luchadores de la justicia social son “estúpidos”. Asimismo, como él es el guardián de los intereses de la clase dominante, se propone romper las manifestaciones de protesta con solo invitar a los alboroteros a tirar sus pancartas y beber limonada, para así enseñar a los lectores que los manifestantes, que luchan por la justicia social, son capaces de vender sus ideales a cambio de un vaso de limonada.

El personaje del Pato Donald, de carácter malhumorado y vestido al estilo marinero, es el producto más refinado de la publicidad industrializada. No menciona las palabras: lucha de clases ni burguesía y proletariado, pero rompe con las fronteras nacionales para convertirse en el patrimonio internacional de los mayores, niños y adolescentes.

El Pato Donald llega donde quiera y, donde está, construye palacios idénticos a los de Patolandia y subordina a los jefes de las tribus aún no civilizadas. Alrededor del 75% de estas historietas reflejan la expansión imperialista en los países subdesarrollados, la relación existente entre la civilización y la barbarie, entre el imperio y las colonias, entre unos que tienen todo y otros que no tienen nada. No en vano las aventuras de Donald transcurren en tierras exóticas, llenas de pirámides maravillosas y ruinas históricas, donde todavía es posible trocar las riquezas con baratijas, como en toda conquista de una nación sobre otra.

Sus sobrinos, Hugo, Paco y Luis, lo acompañan en sus aventuras, comportándose como los traviesos niños malos y antagonizando con su tío que, perdido en sitios remotos y tras cacerías de tesoros escondidos, tiene menos autoridad de lo que ellos se imaginan. En algunas de las aventuras en tierras exóticas, los sobrinos parecen tener un entendimiento más profundo y desarrollado de las cosas y un mayor grado de madurez que Donald, quien actúa casi siempre con torpeza y poco tino.

En estas revistas de serie, al margen de referirse sutilmente al saqueo de las riquezas naturales, ponen en evidencia el racismo y la xenofobia que lleva consigo el imperialismo, porque ante los ojos de Pato Donald, disfrazado de turista o explorador, aquellos que no tienen la piel blanca no son humanos sino seres extraños, a quienes se debe contemplar desde lo alto de una escalera o con la ayuda de una lupa, pues si no son gigantes embrutecidos, son tan pequeños como el dedo meñique. Y, claro está, para demostrar la supremacía de una potencia que domina económica y culturalmente, la familia Donald no necesita intérpretes ni diccionarios bilingües para comunicarse con otros pueblos que comparten la suerte del despojo. Es decir, se supone que todos hablan, como por arte de magia, el idioma de Patolandia, incluidos los salvajes de caras labradas y cabezas emplumadas.

La mujer en Patolandia no es más que un objeto de placer o ama de casa, como en toda sociedad capitalista y patriarcal, donde el hecho de ser varón, rico o bello, es suficiente para dominar sobre los menos afortunados. Las mujeres, según los mensajes transmitidos en estas series cuyos argumentos contienen muy pocas escenas de diálogos, tiene sólo dos valores: su estatus social y su belleza física, consciente de que la mujer, aquejada por su miseria y fealdad, no tiene otro destino que vivir como esclava del hogar, recluida en la cocina y convertida en una máquina reproductora de hijos, a diferencia de la mujer hermosa y sensual, cuya única función es satisfacer al hombre que la desposó y liberó, en gran medida, del trabajo doméstico.

En casi todas las historietas de Walt Disney, la mujer que lucha por liberarse de su opresión, vinculada al desarrollo de la lucha de clases y, sobre todo, a la propiedad privada de los medios de producción, está identificada con potencias oscuras y maléficas. Los autores del Pato Donald saben que el día en que la mujer se libere de las cadenas que la sujetan al silencio y la dependencia, y conquiste sus legítimos derechos, sepultará el mito que la sociedad machista creó en torno a ella, el falso mito de que la mujer sólo tiene dos opciones: ser Blancanieves o la Bruja Amelia, Cenicienta o la madrastra perversa, la Bella o la Bestia…

Toda la serie del Pato Donald, desde su primera aparición impresa, el 9 de junio de 1934, estaba destinada a tener un rotundo éxito entre los lectores niños y adultos. Se constituyó en uno de los vehículos más perfectos del patriotismo norteamericano y en el medio didáctico más eficaz para inculcar a sus lectores los valores propios de la cultura occidental capitalista. Si durante la Segunda Guerra Mundial sirvió como propaganda en contra del nazismo alemán, durante la llamada Guerra Fría, protagonizada por el bloque comunista y capitalista, fue el medio a través del cual, con imágenes divertidas y frases ingeniosas, se desbarato toda ideología que atentaba contra la Estatua de la Libertad y la bandera de Estados Unidos.

jueves, 16 de abril de 2015


RECUERDOS DE UNA ENTREVISTA
 A EDUARDO GALEANO

Lo conocí en noviembre de 1982, en la sala de conferencias de la Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo, donde asistió para presentar la traducción al sueco de su libro Las venas abiertas de América Latina. Me preguntó de dónde era. Le dije que era boliviano. Él cerró sus ojos claros, se arregló la gorra y dijo con voz de locutor: ¿Y de qué parte de Bolivia? De Llallagua, le contesté. Tengo muy buenos recuerdos de ese pueblo minero, acotó.

Luego me pidió acompañarlo hasta la puerta de entrada, porque tenía ganas de fumarse un cigarrillo. Apenas salimos, me habló de doña Domitila de Chungara, de esa mujer que se llenaba de coraje a costa de reducir su miedo y de la importancia de los sindicatos mineros, capaces de dar lecciones de lucha a los demás sindicatos del mundo. Allí mismo me contó que en una ocasión, los mineros le metieron al interior de la mina en Siglo XX, a una galería que tenía casi cuarenta grados de temperatura, y donde, a tiempo de pijchar la coca y sorber tragos de aguardiente, le preguntaron cómo era el mar. Entonces él, como todo artesano palabrero, se las ingenió para contarles cómo era el mar. Escogió las palabras apropiadas de modo que los mineros, empapados de sudor por las altas temperaturas, sintieran las palabras como si de veras las olas del mar les refrescara la cara y el cuerpo. También me contó que un día, mientras caminaba por la plaza de Llallagua, la mujer de un minero, al verlo con la pinta de gringo, lo confundió con un cura y quiso llevarlo a su casa para que le diera la última bendición a su marido, que estaba muriéndose con los pulmones reventados por la silicosis.

Cuando le solicité una entrevista, Galeano me miró dubitativo por un instante y, calculando mis veinticuatro años de edad, contestó algo así como: hazme las preguntas que quieras, pero en los lugares donde tengo programadas las charlas. Así lo hice. Le seguí los pasos durante dos días y me metí en todos los locales donde habló de los pormenores de su emblemática obra Las venas abiertas de América Latina y sobre el compromiso del escritor con su realidad y su tiempo; circunstancias que aproveché para hacerle preguntas que fueron respondidas con elocuencia y conocimiento de causa.

Recuerdo que en la sala de conferencias, y mientras relataba que su libro fue censurado por las dictaduras militares, nos llegó la noticia de que la Academia Sueca decidió conceder el galardón del Premio Nobel Literatura a Gabriel García Márquez. La noticia la dio a conocer en voz alta la escritora uruguaya Ana Luisa Valdés, quien formaba parte de la editorial Nordan, conformada por un grupo de exiliados uruguayos. La sala explotó de alegría y en sonoros aplausos, en tanto Galeano permaneció quieto en su asiento, como si la noticia le hubiese llegado a destiempo.

Al día siguiente, en la conferencia que dictó en la sala del Instituto de Estudios Latinoamericanos, ante una multitud necesitada de sus análisis lúcidos y su voz orientadora, hizo gala de su destreza verbal, casi siempre salpicada de metáforas y figuras de dicción. Los asistentes, con las mismas expectativas de quienes esperan las palabras de un mesías, lo aplaudieron por su visión particular en torno a las dictaduras militares, el saqueo imperialista y de lo mal que se trataba a los sudamericanos en España, donde él mismo estaba exiliado desde 1976, tras el golpe militar protagonizado por Jorge Rafael Videla, quien lo añadió en la lista de los condenados por el Escuadrón de la Muerte.

Esa tarde, a medida que recorríamos por una de las avenidas principales de Estocolmo, rumbo a la librería y cafetería Branting, donde tenía prevista una charla con un grupo de suecos, se quejó de que en España lo ninguneaban los doctores encargados de la cátedra de historia sobre América Latina. Me dijo que nunca lo invitaron a las aulas de las universidades, aunque los estudiantes leían “Las venas abiertas de América Latina”, como texto de referencia en la facultad de historia.

Recuerdo que vestía de manera modesta y daba la impresión de ser un fumador empedernido, porque, entre disertación y disertación, preguntaba si había un lugar de fumadores en el local. En la cafetería y librería Branting, que era propiedad del Partido Socialdemócrata Sueco, al no existir una sala destinada para los fumadores, se vio obligado a salir a la calle, donde fumó arrimado contra la pared y soportando los vientos helados del otoño escandinavo. 

En todas las charlas que dio, entre aplausos, bromas y risas, capté sus palabras en una grabadora de bolsillo y luego transcribí sin quitarle ni agregarle nada, en forma de una entrevista, que meses después se publicó tanto en Presencia Literaria de Bolivia como en el semanario Liberación de Suecia. Esta misma entrevista, sin embargo, no quisieron publicarla en el periódico El Deber de Santa Cruz, ya que su redacción de cultura me devolvió los papeles mecanografiados unas semanas más tarde, junto a una nota que decía: Sr. Montoya. Le sugerimos que, por favor, nos envíe entrevistas a autores más conocidos en nuestro medio.

Desde ese hecho curioso, han transcurrido más de tres décadas, y el Galeano que por entonces no era tan conocido como el Galeano de hoy, ha hecho correr mucha tinta en los medios de comunicación, porque sus libros se han vendido como pan caliente, llenándolo de fama y de fans, ya que sus buenos textos, escritos con una increíble economía de palabras, han dado la vuelta el mundo, traducidos a más de una veintena de idiomas.

Eduardo Galeano, a varios años de haber escrito Las venas abiertas de América Latina, en sesenta días y sesenta noches, con aciertos y desaciertos, estaba imbuido esos días en una lectura más profunda sobre la historia de nuestro continente, para terminar de escribir lo que llegaría a constituir su trilogía: Memoria del fuego, publicada entre 1982 y 1986, y cuyo primer volumen, Los nacimientos, fue publicado por la editorial uruguaya Del Chanchito, pocos meses antes de que lo conociera en Estocolmo.

Ya se sabe que las obras de este prolífico autor, que rompen con los géneros ortodoxos clasificados por los doctores de la literatura, se encuentran a medio camino entre el periodismo y la literatura, entre la realidad y la ficción. Sus relatos breves, a veces escritos en prosa poética y amena, son un rescate de la memoria colectiva, pero también un repaso cronológico de la historia de América Latina, donde se mezclan las luchas políticas con los mitos, las leyendas y los ritos de las culturas ancestrales.

A su estilo depurado y compromiso político obedece el hecho de contar con miles de seguidores y admiradores, que en un determinado momento intentamos pensar y escribir como él, con ese mismo desparpajo característico de los grandes escritores, que son como la miel en medio de un enjambre de abejas. Mi obsesión por su obra llegó a tal extremo que, de tanto leerlo y releerlo, lo tenía como a un fantasma persiguiéndome hasta en los sueños, quizás, porque estaba convencido de que en Bolivia hacía falta, más que los escritores de literatura light, un Eduardo Galeano, muchos, muchísimos Galeanos, para reescribir la historia oficial y rescatar la memoria secuestrada de un país que busca su identidad perdida, sin dejar de soñar con un proceso de cambio y descolonización.

Como constatarán, mi admiración por su prosa fue tan grande que, a veces, intenté escribir como él, como cuando Borges intentó escribir como Kafka, hasta que se dio cuenta de que Kafka ya había existido, aunque en este oficio, no siempre grato, los escritores jóvenes aprendemos a caminar de la mano de otro escritor más brillante y fogueado en el mundo de las letras, como quienes viven acechados por la tentación de plagiar textos, técnicas y estilos literarios, incluso a riesgo de perder su nombre propio por pretender parecerse al otro.

Por suerte, desde que dejé de ser un joven ingenuo e indocumentado, me liberé de la sombra de este autor que admiré con infinita pasión, porque, como él mismo enseñaba, aprendí a andar con mis propios pies y a pensar con mi propia cabeza. De todos modos, le agradezco por haberme ayudado a ver la luz entre las tinieblas de los sistemas de dominación, por haberme enseñado a descubrir la grandeza que se esconde en las pequeñas cosas y, sobre todo, por haberme estimulado a rescatar la memoria secuestrada de los sin nombre, de los sin voz, de esa gente humilde que habla poco, porque hasta las palabras les duele como estocadas en el alma, como hoy nos duele su dolorosa partida, ¡ah!, pero tal vez sea mejor pensar que su muerte no es verdad, ya que Eduardo Galeano, como diría José Martí, ha cumplido bien la obra de su vida, y si su muerte fuera verdad y si de veras no estuviera ya con nosotros, entre nosotros, al menos sus libros seguirán teniendo vida como la memoria viva de América Latina. 

lunes, 13 de abril de 2015


LA CHINA SUPAY EN EL ALTO

En uno de mis viajes a la Villa Imperial de Potosí, el artista Edwin Callapino me entregó la estatuilla de la China Supay, la amante celosa y seductora del Tío de la mina. Me la traje en el autobús hasta la ciudad de El Alto, empaquetada en un cartón cuyo rótulo advertía: Contenido frágil.

No la miré sino hasta que llegué a casa. Me aguanté la curiosidad con irresistible paciencia, como quien espera y desespera por descubrir la sorpresa escondida en un embalaje parecido a un regalo de Navidad. Además, quería darle una grata sorpresa al Tío, quien estaba esperándola ansioso desde  hace tiempo, con unas ganas locas de estrecharla contra su fornido cuerpo y, acuñándola con su reverendo miembro, amarla con fuerza salvaje y ardiente pasión.

Ni bien la saqué del cartón, el Tío se quedó fascinado ante la belleza de la China Supay, cuyos descubiertos senos le hicieron galopar el corazón. Y, como todo libertino aficionado a los excesos de la carne, no tardó en examinarle el trasero con la cara encendida por la lujuria, calculando el grosor de sus muslos y el diámetro de su cintura. Al final, como la China Supay estaba despojada de su bombacha, el Tío le clavó la mirada en la concavidad húmeda de su cuerpo.

La China Supay, aunque es fría en apariencia, pero caliente a la hora de ofrecer su cuerpo al hombre que le dedique su vida y amor, no se molestó por las miradas libidinosas ni los gestos imprudentes de su amado amante. Estaba acostumbrada a exhibir sus encantos en los Carnavales, donde forma parte de los danzarines de la diablada, que representan la lucha entre el Bien y el Mal, entre Dios y Satanás.

En los Carnavales, ella luce una máscara de mujer coqueta, una tentadora sonrisa y dos pequeños cuernos en la frente; sus ojos grandes y celestes tienen una expresión pícara, sus pestañas son largas y revueltas, sus labios de granate, carnosos, seductores y entreabiertos, dejan entrever una dentadura tan perfecta como el arco de cupido. Así, flanqueada por Lucifer y Satanás, avanza dando brincos en zigzag, como si dibujara una serpiente reptando hacia el mismísimo infierno. En la danza es vigilada por el Arcángel San Miguel y acompañada por osos, cóndores y diablos que encarnan los siete pecados capitales.

La China Supay no baila sólo por devoción a la Virgen del Socavón, sino para conquistar el amor del Arcángel San Miguel, quien, a pesar de ser su rival y el rival del Tío, es su amor platónico, el amor de sus amores, pero un amor imposible al fin y al cabo, porque si ella, lejos de hechizar a los hombres con el movimiento provocativo de sus nalgas y senos, encarna los atributos de un ser infernal, el Arcángel San Miguel es dueño de una apariencia atractiva, corazón incorruptible y espíritu tranquilo, atributos preferidos por Dios.

Sin embargo, la China Supay, con su blonda cabellera flotando al aire, no deja de enseñarle las tetas ni las piernas en el recorrido por las calles de la ciudad, como si quisiera hacerle caer en la tentación, pero el Arcángel San Miguel, consciente de que es el guerrero de Dios y guardián de los reinos celestiales, la esquiva una y otra vez, como un santo enfundado en traje inmaculado; máscara de ángel celestial, casco invulnerable, coraza azul, blusa de seda blanca, falda corta, botines de media caña, escudo plateado y espada en ristre.

Todos saben que la China Supay, como no encuentra ninguna razón para que una mujer se consagre a la virtud de la castidad, atenta contra las buenas costumbres sexuales y pone en jaque a los hombres que la acosan en los Carnavales, intentando manosearla donde no deben y probar el elixir que ella guarda celosamente para el Tío de la mina, el único macho capaz de hacerla navegar en las estrellas y el único ser incapaz de renunciar a los placeres de la carne.

El Tío entiende y tolera las irreverencias de la China Supay, incluidos sus atrevimientos más extravagantes que concitan la crítica de los devotos de la Virgencita del Socavón; es más, él mismo me contó que en cierta ocasión, cuando demostraba una danza llena de piruetas y saltos, como si no quisiera quemarse los pies en las brasas del infierno, tuvo la osadía de dejar escapar de su mano una blanca paloma y de su blanca blusa una blanca teta, aureolada por un pezón rosado, tan propio en las mujeres que superan el rubio platinado.
La China Supay  no soporta la hipocresía ni la doble moral. Es la que mejor simboliza el secreto que cada mujer guarda en el fondo de su alma, en el oscuro pozo del subconsciente. Si la mujer calla, la China Supay habla como bruja deslenguada; si la mujer llora, la China Supay ríe a mandíbula batiente; si la mujer sufre, la China Supay se regocija con el dolor de los hombres; si la mujer goza de la vida y el amor, la China Supay goza junto con ella, por ser el fiel reflejo del yo profundo de una mujer que se mira en el espejo.
La China Supay, que simboliza la lujuria y el pecado, tiene el cuerpo esculpido de carne ideal en el que todo es bueno y bello, tan bello que perturba la razón y levanta el animal en reposo de cualquiera que la mire por adelante o por atrás. No hay hombre sobre la faz de la tierra que no se enamore del fulgor de su belleza; digo fulgor, porque todo su cuerpo es luminoso como una lámpara; más todavía, puedo aseverar que su enigmática belleza, hecha de miel y de fuego, puede abrirle incluso las puertas del Paraíso.
La China Supay será también ama y señora en mi casa, pero como quiero que baile en esa suerte de ballet infernal, que es la danza de la diablada, ejecutada por los seres llegados de los avernos y por el Tío de la mina, quien se muestra en los Carnavales con su traje de Lucifer, le pediré al mejor mascarero y artesano de Oruro confeccionar un traje de lujo para la China Supay, que ahora mismo está semidesnuda, con sus intimidades expuestas a la vista de todos.
Me imagino que su traje estará compuesto por diadema de oro y gemas preciosas, blusa escotada, corpiño brocado, minipollera decorada con dragones bordados con hilo Milán, medias nylon, bombacha con encajes, cetro de mando y pañoleta al cuello; sus botas de taco alto, caladas en la parte trasera y hasta la pantorrilla, llevarán aplicaciones de realce, como un chorizo que simboliza el órgano genital masculino, para que todos sepan que la sexualidad de la China Supay es voraz como las llamas del infierno. Y, como es natural, para engalanar su aspecto de diablesa, llevará alhajas con engastes de pedrería en las orejas, el cuello y los dedos.
Mientras esto ocurra, y con todo el respeto que se merece el Tío, ch’allaré por la feliz estadía de los dos, augurándoles eterno amor y eterna vida, aunque sé que ellos, que son mis huéspedes de honor, llegaron a mi casa para revelarme los secretos escondidos en el baúl de sus recuerdos que, más recuerdos, son el crisol donde se fundieron los cuentos, mitos y leyendas de la tradición oral de los mineros. 

miércoles, 1 de abril de 2015


EFEMÉRIDE DE LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

El Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, que se celebra cada 2 de abril desde 1967, coincide con la fecha de nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen (Odense, 2 de abril de 1805 - Copenhague, 4 de agosto de 1875), quien dedicó su talento a la creación de obras que han perdurado a lo largo de los años en la memoria de sus lectores.

Esta efeméride, justificada desde todo punto de vista, está patrocinada por el IBBY (International Board on Books for Young People o, su equivalente en español, Organización Internacional para el Libro Infantil y Juvenil), cuya principal motivación consiste no sólo en promocionar los libros destinados a los niños y jóvenes, sino también para reconocer la dedicación y capacidad creativa de sus autores en cada uno de los países, donde se estableció una filial correspondiente al IBBY, para garantizar el derecho que tienen los niños a contar con una literatura que, más que tener un carácter didáctico y de censo-moral,  cumpla con la función de recrear sus pensamientos, sentimientos y, sobre todo, alimentar su fantasía, que es uno de los motores en la formación de su sensibilidad e inteligencia.

La Literatura Infantil y Juvenil ha tenido un galopante desarrollo en los últimos decenios, gracias al trabajo coordinado de escritores, psicopedagogos, editores y lectores, que pusieron todo su empeño en destacar la importancia de los libros que combinan los textos y las imágenes en una obra de arte, que despierta el interés de los lectores y estimulan el hábito de la lectura, acercando a los niños al mundo mágico de una de las literaturas que, tras haber sido una gran desconocida en el mundo editorial, ha pasado a acaparar la atención del mundo del libro, donde actualmente abunda su producción y genera enormes beneficios.

Desde mediados del siglo XX, aparte del aumento del número de premios literarios de Literatura Infantil y Juvenil, se han realizado varios eventos internacionales de autores y editores, en los que se han dilucidado temas referentes a su importancia y los objetivos a seguir, con resultados que han sido favorables para la producción de libros elaborados desde una perspectiva artística y lúdica.

Las instituciones estatales y privadas interesadas en el tema, además de incentivar el hábito de la lectura, tienen la finalidad de que la producción de la literatura infantil no se quede en el reflejo de los mitos, leyendas y cuentos provenientes de la tradición oral, sino que abarque otros aspectos que contribuyen a la formación intelectual de los jóvenes y niños, con temas que versan sobre los valores humanos y culturales, el mundo de los sueños y deseos, que son inherentes a su experiencia cotidiana y las aspiraciones propias de su mundo imaginario.

La Literatura Infantil y Juvenil, aun no teniendo la finalidad de adoctrinar ni moralizar la conducta de sus lectores, debe apuntalar su intelecto y capacidad tanto crítica como creadora, con la esperanza de que los textos e imágenes les permitan aprehender mejor su mundo cognitivo y reflejar las ilusiones de su fuero interno. Sólo una literatura hecha con intenciones auténticas y temas universales logra perpetuarse en la mente de los pequeños lectores, quienes son un puñado de emociones vivenciales y otro puñado de conocimientos adquiridos en las páginas de los libros.

La celebración del Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, lejos de ser una fecha memorable como las epopeyas de la historia universal, es un día que sirve para recordar que los niños tienen derecho a contar con una literatura hecha a la medida de su desarrollo integral y para reflexionar en torno a los libros hechos con amor y fantasía, con el único afán de saciar el alma sedienta de los niños.

La Literatura Infantil y Juvenil, cada 2 de abril de cada año, se regocija y viste de gala, para celebrar una efeméride dedicada a los autores y lectores de los libros que son los cimientos de nuestro hábito de la lectura y las alas que echan a volar nuestra imaginación por los remotos lindes de un mundo hecho de pasiones y fantasías. Por eso mismo, las instituciones educativas, las autoridades de gobierno y los promotores culturales, están en la obligación de programar actividades concernientes al ámbito de la Literatura Infantil y Juvenil, con el propósito de que el libro, más que ser un objeto ajeno a los niños, sea el mejor compañero de sus vidas, habida cuenta de que el libro, a pesar de los peros habidos y por haber, es un maestro que enseña y no regaña, un fiel compañero en las buenas y en las malas, un cofre de tesoros escondidos y un amigo con quien comparten las aventuras de la imaginación.

miércoles, 18 de marzo de 2015


ENSAYOS DE MONTOYA EN VERSIÓN DIGITAL

La editorial danesa Aurora Boreal, con sede en la ciudad de Copenhague, acaba de editar la versión digital de El eco de la conciencia, libro de ensayos del escritor boliviano Víctor Montoya.

La obra fue publicada por primera vez en 1994, mientras el autor residía en Suecia, tras haber sido exiliado por la dictadura militar en 1977. El libro no circuló en Bolivia, debido a varios factores propios de la época, manifestó Montoya.

Los ensayos incluidos en El eco de la conciencia, que cuentan con una rigurosa bibliografía y subtítulos ordenados de manera didáctica, abordan temas de interés general, tratados con honda sensibilidad humana y compromiso social.

El libro, escrito con pasión intelectual y agilidad estilística, reúne seis ensayos que invitan a reflexionar, desde una perspectiva histórica, política y social, sobre aspectos tan diversos como la historia de la mujer, las funciones latentes de la educación, el atropello a los derechos de los niños, las teorías de la biología racial y el desarrollo de la guerrilla del Che en Bolivia.

El eco de la conciencia es la tercera obra de Víctor Montoya en versión digital. Las otras dos, Cuentos en el exilio y la novela El laberinto del pecado, fueron publicadas en 2013 por la editorial española Literatúrame.

Víctor Montoya, nacido en La Paz, en 1958,  es escritor, periodista cultural y pedagogo. Autor de novelas, cuentos, ensayos y crónicas. Dirigió las revistas literarias PuertAbierta y Contraluz. Su obra está traducida a varios idiomas y tiene cuentos publicados en antologías internacionales. Escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos.

Los interesados en descargar el libro, pueden acceder al sitio Web de la Editorial Aurora Boreal, ingresando a la siguiente dirección electrónica: http://www.auroraboreal.net/aurora-boreal/editorial-aurora-boreal/2002-el-eco-de-la-conciencia

lunes, 16 de marzo de 2015


REVELACIÓN DE ESCRITORAS BOLIVIANAS

Kathy S. Leonard, lingüista, catedrática, fotógrafa e investigadora estadounidense, es autora de Una revelación desde la escritura: entrevistas a narradoras bolivianas y Una revelación desde la escritura: entrevistas a poetas bolivianas, publicados el año 2001 por la Editorial Peter Lang Publishing en Nueva York. Dos antologías que registran, sobre la base de entrevistas, la vida y obra de veinticuatro narradoras y poetas bolivianas.

En su juventud, tras haber vivido una infancia solitaria y reprimida en California, tomó la decisión de lanzarse al vértigo de un mundo desconocido, con el único propósito de enfrentarse a las nuevas sensaciones y desafíos que le planteaba la vida. Así, perceptible a las nuevas experiencias y conocimientos, recorrió por varios países de Latinoamérica, registrando con su cámara fotográfica las diversas imágenes de un continente contradictorio y fascinante. Más tarde, en su calidad de lingüista, y ansiosa por conocer otras vidas, otros idiomas, otras razas y culturas, sus pasos la llevaron a Argentina, México, Guatemala, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia, donde supo descubrir el tesoro escondido de un país que, aun siendo uno de los más pobres en términos económicos, es rico en materias primas, cultura y geografía.

En Bolivia experimentó la mágica combinación entre las regiones bajas del trópico y las majestuosas montañas del altiplano, y encontró culturas milenarias y variaciones lingüísticas que estimularon su pasión por el estudio de los idiomas ancestrales y el modus vivendi de las comunidades que sobrevivieron a la colonización y el desprecio. En este país andino realizó también el sueño de entrevistar a las narradoras y poetas contemporáneas, con el fin de llevárselas en su maleta hacia el Norte, donde publicó dos libros con el material que acopió a base de una grabadora y computadora portátiles.

Kathy S. Leonard, con el entusiasmo y la expectativa de siempre, ha estado en Bolivia para presentar el fruto de sus investigaciones, lo mejor de su voluntad de acero y su experiencia profesional, sin pedir nada a cambio, acaso ni los agradecimientos por el fecundo trabajo que desarrolló en provecho de la difusión de la literatura boliviana en su país de origen. De paso, como todo corazón violentamente apasionado por lo novedoso y desconocido, rompió una vez más las fronteras nacionales y las franjas de distorsión que impone la realidad de los países donde se funden con la misma intensidad el esplendor del pasado precolombino y el presente neoliberal, como si fuesen las dos caras de una misma moneda.

¿Qué le llamó la atención en la literatura femenina de Bolivia? Pienso que ese carácter sencillo, introspectivo y rotundo que brota de los versos y relatos de quienes se sobreponen a los dictados de la censura inoficial y los prejuicios sociales. Kathy S. Leonard, autora de Una revelación desde la escritura, sabe de algún modo que en estas escritoras, de talento innato y virtudes a toda prueba, está concentrada la sabiduría popular, pues ellas reflejan la situación concreta de la mujer boliviana -obrera, campesina, ama da casa, intelectual-, a partir de una experiencia individual y colectiva.

Esta catedrática de idiomas, sencilla y afectiva, se acercó a la literatura boliviana con sensibilidad e inteligencia, pensando en la necesidad de rescatar lo que es rescatable. De ahí que el resultado de su investigación sea óptimo y, por lo tanto, digno de ser conocido no sólo por los estudiosos de la literatura, sino también por los lectores en general, pues las páginas de los dos volúmenes de Una revelación desde la escritura, cargadas de sorpresas y experiencias vividas, son fuentes que destilan la savia de la creatividad y el saber femenino en Bolivia. 

Está por demás señalar que esta estudiosa de la literatura hispanoamericana es un puñado de sentimientos, que se abre cual un ramillete de flores ante un pueblo que aprendió a amar desde la primera vez que llegó sin conocer a nadie, pero seducida por el misterio de enfrentarse a una geografía maravillosa y a una población que ya entonces le hacía ecos en su pecho. Así, estando en el aeropuerto de El Alto, una mañana lluviosa de febrero de 1996, sin más recursos que un equipaje, una cámara fotográfica, una computadora portátil y un libro-guía para turistas norteamericanos, comprendió que ingresaba a un territorio conmovedor e inolvidable. Ella misma, recordando sus primeras impresiones, nos revela en la introducción de los libros: Bajé del avión con las piernas inseguras y los pulmones apretados, luchando por respirar a unos 12,500 pies de altura y entré en un mundo que hasta hoy no ha dejado de maravillarme.

Kathy S. Leonard, como pocas investigadoras extranjeras, primero se zambulló en las tradiciones y costumbres ancestrales de la cultura boliviana, para luego hablar de éstas con propiedad y conocimiento de causa; es más, a diferencia de los turistas trashumantes, tuvo la certeza de escarbar la superficie de un territorio desconocido, para hallar los tesoros que andaba buscando intuitivamente. Así encontró la riqueza cultural de un país multifacético y un hermoso cofre literario que por mucho tiempo permaneció en el silencio y el olvido, sobretodo esa parte que corresponde a las artesanas de la palabra escrita, cuyas voces hoy aparecen registradas en dos antologías de indudable calidad ética y estética.

Esta amiga de Bolivia y los bolivianos, que domina el idioma español como si fuese su lengua materna, puso una piedra fundamental en el trayecto de varias escritoras que no siempre cuentan con el respaldo de las instituciones culturales ni el beneplácito de sus colegas varones, quienes olvidan con frecuencia considerarlas en las antologías y los textos de estudio, quizás porque  todavía viven sujetos a los atavismos culturales y al prejuicio de que la literatura de las mujeres es menor o peor literatura que la cultivada por los hombres.

De modo que la elaboración de estos dos volúmenes, que le tomó seis años de investigación y trabajo obsesivo, es un desafío contra los estamentos de una sociedad relativamente conservadora, donde perviven los resabios de un sistema patriarcal, que no siempre supo ponderar la inteligencia y creatividad femeninas. Por eso mismo, esta catedrática de la Universidad Estatal de Iowa en la ciudad de Ames, consciente de su labor intelectual y su propuesta emancipadora, no dudó en rescatar del silencio aquellas voces que no siempre encontraron ecos en su entorno social. En tal virtud, rescató lo más representativo de la prosa y poesía femenina actual, puesto que las autoras consignadas brillan con luz propia en la constelación de la literatura nacional; más todavía, algunas de ellas lograron consolidar obras que poco a poco se van abriendo un espacio merecido en el contexto de la literatura universal.

Según los datos proporcionados en Una revelación desde la escritura, nos enteramos que el proyecto de las entrevistas surgió en 1994, año en el que, buscando con fascinación y esmero los cuentos de autoras latinoamericanas para incluirlas en las antologías Fire from the Andes: Short Fiction by Women from Bolivia, Ecuador and Perú (1997) y Cruel Fictions, Cruel Realities: Short Stories by Latin American Women Writers (1998), entró en contacto con algunas narradoras bolivianas, cuyo registro escritural y capacidad creativa cautivó su intelecto y corazón, y condujo sus indagaciones hacia el seno de una de las literaturas más secretas e interesantes del continente americano.


El descubrimiento de este cofre literario, que deslumbró uno de los puntos más neurálgicos de su quehacer profesional, hace pensar que por fin halló lo que anduvo buscando a ciegas, a tientas. De ahí que sus palabras cobran vida cuando dice: Durante mis investigaciones descubrí una gran cantidad de mujeres que escribían y publicaban en Bolivia, tanto narradoras como poetas, la mayoría desconocidas en su propio país. Cuando me di cuenta de que no sería posible incluir más que unas cuantas obras en la antología, y como no deseaba pasar por alto a tantas autoras con talento, tomé la decisión de continuar mi trabajo con escritoras bolivianas y producir dos volúmenes de entrevistas, uno de narradoras y otro de poetas. Pero algo más, aparte de las entrevistas, hubo la necesidad de incluir en los volúmenes una breve biografía, una ficha bibliográfica, una fotografía y un ejemplo de la obra de cada una de las autoras que integran Una revelación desde la escritura, dos maravillosos libros que registran la vida y obra de veinticuatro escritoras de reconocido prestigio en el ámbito de la literatura nacional.

El volumen dedicado a las poetas destaca los nombres de: Yolanda Bedregal (La Paz, 1916); Alcira Cardona Torrico (Oruro, 1926); Matilde Casazola Mendoza (Sucre, 1943); Gladys Dávalos Arze (Oruro, 1950); Mery Flores Saavedra (La Paz, 1935); Blanca Garnica (Cochabamba, 1944); Norma Mayorga de Villarroel (La Paz, 1950); María Soledad Quiroga (Chile, 1957); Rosario Quiroga de Urquieta (Cochabamba, 1950); Mónica Velásquez Guzmán (La Paz, 1972) y Blanca Wiethüchter (La Paz, 1947).

El volumen dedicado a las narradoras incluye los nombres de: Virginia Ayllón Soria (La Paz, 1958); Velia Calvimontes Salinas (Cochabamba, 1935); Patricia Collazos Bascopé (La Paz, 1951); Elsa Dorado de Revilla (Oruro, 1931); Beatriz Kuramoto (Santa Cruz, 1954); Beatriz Loayza Millán (La Paz, 1953); Rosa Melgar de Ipiña (Beni, 1910); Blanca Elena Paz (Santa Cruz, 1953); Martha Peña de Rodríguez (Santa Cruz); Giovanna Rivero Santa Cruz (Santa Cruz, 1972); Roxana Sélum (Beni, 1959); Alison Spedding (Inglaterra, 1962) y Gaby Vallejo Canedo (Cochabamba, 1941).

Kathy S. Leonard, sin lugar a dudas, sabía desde un principio que para conocer mejor a las autoras había que reunir no sólo una muestra significativa de sus obras, sino también sus opiniones respecto al rol de la mujer boliviana en el contexto cultural en general y literario en particular. Esta inquietud la llevó a entrevistar varias veces a cada una de las escritoras, quienes, desde sus hogares o fuentes de trabajo, accedieron a contestar las preguntas, convencidas de que esta era una excelente oportunidad para difundir sus obras más allá de las fronteras nacionales.

Asimismo, consciente de que la literatura femenina boliviana era poco conocida en el contexto internacional, decidió ampliar las entrevistas con el fin de abordar temas que resultaran reveladores y novedosos. Ella misma nos lo explica en la introducción de los libros: Pedí a las escritoras que hablaran de su producción literaria respecto a una variedad de elementos: las limitaciones culturales que hubieran tenido que superar; el efecto que la situación socio-política actual dentro de Bolivia pudiera haber tenido respecto a su producción literaria; si los varios movimientos femeninos han afectado a su obra; qué relación tienen con otros escritores, hombres, mujeres, dentro de su propio país y en el exterior; si según su opinión hay una diferencia entre el punto de vista literario de hombres y mujeres; y cuáles son los problemas que han encontrado al intentar publicar sus obras en Bolivia. Otras preguntas, de naturaleza personal, tienen el propósito de iluminar o clarificar la producción literaria de la autora. Por ejemplo: ¿De qué manera influyó su niñez en la decisión de ser escritora?; ¿cómo se considera a sí misma como persona y como escritora?; ¿cómo maneja el papel multifacético de madre-esposa-trabajadora-escritora?; ¿cómo integra su vida familiar a su vida literaria?

Como podrá apreciar el lector, las preguntas planteadas por Kathy S. Leonard tuvieron el firme propósito de revelarnos el mundo personal y profesional de las autoras entrevistadas; una tarea que no estuvo libre de dificultades, puesto que mientras ella vivía en Estados Unidos, las escritoras residían en los diferentes departamentos de Bolivia, un hecho que la obligó a viajar tres veces consecutivas al laboratorio de sus investigaciones para culminar su proyecto, que hoy es una suerte de sueño que se hizo realidad gracias a su trabajo tesonero y su amor desmedido por un país donde encontró las respuestas a sus preguntas, y un gran estímulo para proseguir con sus investigaciones en el apasionante campo de la literatura.

lunes, 9 de marzo de 2015


EMIGRACIÓN Y ASILO POLÍTICO

El drama de la emigración y el exilio es tan antiguo como el hombre. Ya desde tiempos remotos, los humanos se vieron obligados a abandonar sus lugares de origen y acogerse en otros, debido a razones religiosas, étnicas, políticas o económicas.

La traducción de un viejo papiro, que descifró el egiptólogo francés Joseph Chaves, nos permite conocer que el primer exiliado egipcio fue Sinuhé, quien vivió alrededor del año 200 a. de C. El pueblo judío conoció el éxodo interminable desde un principio, por eso su historia está hecha de múltiples migraciones; unas debidas a la guerra y otras a su religión. En la antigua Grecia se estableció el destierro, donde se destinaba a las personas no gratas, mediante una votación popular. En el Imperio Romano se desterró al poeta Ovidio y en el destierro nació Dante, pero la víctima más famosa del exilio fue Cristo.

De Florencia expulsaron a Leonardo de Vinci, quien le recordó al autor de El Príncipe, Nicolás Maquiavelo, su situación de exiliados: Para todos, tú y yo somos extranjeros, intrusos, vagabundos sin hogar, eternos desterrados. El que no es igual a los demás, está solo contra todos, porque el mundo está hecho para el vulgo y no admite nada fuera de lo vulgar. Eso es lo que nos ocurre a nosotros, mi buen amigo.

El exilio era común en la Edad Media, ahí tenemos el poema épico del Cid Campeador, el mismo que fue desterrado por el rey Alfonso, acusado de haberse adjudicado una parte del tributo que pagaron los moros de Andalucía.

En el siglo XIX, las luchas por el naciente socialismo llevaron a sus principales líderes, como Marx, Lenin y Trotsky, a buscar asilo político en otros países, y durante la segunda mitad del siglo XX, el concepto exilio adquirió un carácter universal. Los refugiados formaban legiones de hombres que vivieron el síndrome aplastante de la sociedad, la nostalgia, el rencor y la locura. El siglo XX es el siglo de los refugiados, pues a lo largo de más de 90 años, las guerras y la pobreza provocaron olas de personas que se desplazaron de su terruño natal por fuerzas ajenas a su voluntad.

En 1921 se creó una organización para ayudar a los refugiados y, tras la Segunda Guerra Mundial, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) definió en 1951, en el artículo primero de sus estatutos básicos, enmendado por el Protocolo de 1967, lo que se entiende por refugiado: Una persona que, debido a un miedo fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, membrecía de un grupo social o de opinión política en particular, se encuentra fuera de su país de nacimiento y es incapaz, o, debido a tal miedo, no está dispuesto a servirse de la protección de aquel país; o de quien, por no tener nacionalidad y estar fuera del país de su antigua residencia habitual como resultado de tales eventos, es incapaz, debido a tal miedo, de estar dispuesto a volver a éste.

Si se entiende que el asilo humanitario es la práctica de ciertas naciones de aceptar en su suelo a inmigrantes que se han visto obligados a abandonar su país de origen debido al peligro que corrían por causas políticas, raciales, religiosas, guerras civiles, catástrofes naturales y otros, lo lógico es deducir que el refugiado debe contar tanto con derechos como con responsabilidades en el país que lo acoge según las normas establecidas por los convenciones internacionales.

Los refugiados se ven forzados a huir porque no disponen de la suficiente protección por parte del gobierno de su propio país; más todavía, en naciones como Francia, Canadá y Estados Unidos, en las cuales los activistas de Derechos Humanos son más persistentes, se ha logrado conceder el estatuto de refugiadas, por ejemplo, a mujeres que han sufrido mutilaciones genitales o que correrían el riesgo de sufrirlas si acaso permanecían en sus países de origen, lo mismo que se ha concedido el derecho de asilo a personas homosexuales perseguidas por sus preferencias sexuales.

Según los convenios internacionales, las naciones con mayor estabilidad socioeconómica están obligadas a conceder asilo humanitario y no pueden ni deben devolver por la fuerza a un refugiado a su país de origen por el peligro que le significa. Sin embargo, a pesar de todas estas convenciones, son muchas las naciones que desobedecen estos acuerdos y cometen atropellos contra la dignidad, expulsando de manera forzosa a las personas que solicitan asilo humanitario.

Los refugiados políticos, junto a quienes buscan la reunificación familiar, superan en un 10% a los inmigrantes por motivos económicos. En algunos países, como en Francia, los Países Bajos, Noruega y Suecia, la proporción de refugiados políticos es mucho más alta.

En los años 70 el número de demandas de asilo se estableció en un promedio de 30.000 personas por año. Diez años después, esta cifra superaba a 400.000 personas, en 1991 ACNUR contaba con 570.000 demandas de asilo. Una ola gigantesca que ya entonces avanzaba arrasando todas las leyes comunitarias en materia de migración. Actualmente, y por primera vez en muchos años, Europa es el principal teatro de un éxodo masivo, incluyendo a las personas provenientes de la ex Yugoslavia y del norte de África.

Desde entonces, la población desarraigada es cada vez mayor en el mundo. El número de inmigrantes a otros países se eleva a más de 100 millones. La mayor parte proceden de los países del llamado Tercer Mundo. Más de 1 millón de personas emigran cada año de un país a otro y un número casi equivalente solicita asilo político.

Los países desarrollados han establecido una cuota de refugiados a los que están dispuestos a conceder asilo, generalmente como resultado de un conflicto armado en curso. Desde la última década del siglo XX, la mayoría de estos refugiados provienen de Irán, Irak, Palestina, Afganistán, Ruanda, Burundi, Sudán, Congo, Sáhara Occidental, Albania, Tíbet, América Latina y la antigua Yugoslavia.

En Centroamérica existen cientos de miles de refugiados, sobre todo, guatemaltecos y salvadoreños. Todos dejaron sus tierras a raíz de la guerra tramada por EE.UU. contra los ejércitos de liberación nacional. Miles de aldeas desaparecieron entre llamas, miles fueron asesinados y torturados, y miles viven aún en la incertidumbre provocada por la guerra y la persecución. Los que lograron refugiarse en países vecinos como México, Costa Rica y Honduras, viven en condiciones infrahumanas, sin derecho a seguridad ni ayuda social.

En Sudamérica cerca de 200.000 chilenos abandonaron su país tras el sangriento golpe militar de 1973, y cada vez es mayor el número de chilenos que salen al exterior por razones económicas. La dictadura militar argentina lanzó al exilio a más de 200.000 personas. En Uruguay el 25% de la población vivió en el exilio durante la dictadura militar que secuestró, desapareció, torturó y asesinó a sus opositores. Bolivia y Paraguay siguieron su ejemplo durante la denominada Operación Cóndor.

De los 156.000 refugiados que viven en el sur de Asia, en carpas que parecen hongos brotados después de la lluvia, viven 126.000 en Tailandia. Estos refugiados provienen de Laos, Kampuchea y Vietnam. En Hong Kong existen 9.000 refugiados acosados por una estricta vigilancia policial, lo propio ocurre en Malasia, Filipinas e Indonesia.


Según datos registrados por el ACNUR, uno de cada diez refugiados en el mundo es africano. Tres de los cinco millones viven en el cuerno oriental de África, y la preocupación principal de éstos es la sobrevivencia, puesto que están amenazados por el calvario de la sequía y la hambruna. En esta catástrofe, que es la mayor de todos los tiempos, se cuentan por millares los niños, mujeres y ancianos que se desplazan bajo un implacable sol en busca de comida; es como si el tiempo se hubiese detenido para estas masas humanas, inmersas en una situación alarmante, sin vínculo alguno con sus medios de origen y que pierden hasta el rastro de sus pueblos. Y, sin embargo, esperan el fin de la odisea en cuyo curso se han desmembrado familias enteras.

Los desplazados internos son aquellas personas obligadas a huir de sus hogares debido a alguna crisis pero que, a diferencia de los refugiados, permanecen dentro de las fronteras de su país de origen. A finales de 2006 se estimaba que su número total ascendía a 24,5 millones repartidos en 52 países, alrededor de la mitad de los cuales serían africanos. Esto resulta especialmente dramático si tenemos en cuenta que un desplazado interno sufre una situación mucho más vulnerable que otra que haya conseguido cruzar una frontera territorial y que pueda, por lo tanto, acceder con más facilidad a la protección internacional.

Con todo, contrariamente a los que muchos creen, no son los países industrializados los que acogen a la mayor cantidad de refugiados, sino los que están en vías de desarrollo, especialmente los más pobres de Asia y África. Según datos proporcionados por el ACNUR, en 2004, los cinco países principales de acogida de refugiados son Pakistán (1,1 millones), Irán (985.000), Alemania (960.000), Tanzania (650.000) y Estados Unidos (452.500). En España, la mayoría de los refugiados provienen de los países del África subsahariana, en tanto en Ecuador buscan refugio los colombianos desplazados por el conflicto armado entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y los paramilitares.

En los campos de refugiados de África, los niños son los más afectados. Centenares de ellos, con las cabezas de pequeños ancianos y los cuerpos raquíticos, se debaten contra el hambre, y centenares aguardan que algún médico los socorra en las tiendas de campaña. Entretanto, los de Sudán siguen bebiendo las aguas contaminadas de los ríos cercanos y los de Makela siguen esperando, entre nubes de moscas y polvo, que algún milagro los salve de la sequía y la muerte.

En Sudán meridional, tras seis años de guerra civil, donde las fuerzas insurgentes se han lanzado al ataque de poblaciones civiles, violando a mujeres y robando los ganados, se calcula que la guerra ha costado ya la vida de más de 1 millón de sudaneses. De una población de 5 millones de habitantes, 2,5 millones han huido de la guerra abandonando sus pertenencias en su lugar de origen.

Simultáneamente a los graves problemas que afectan a Sudán, Etiopía y Somalia, la sequía se ha extendido a Kenia; uno de los paraísos de moda para los turistas europeos ansiosos por practicar submarinismo y safaris fotográficos. En los últimos años, Kenia acogió a 250.000 refugiados procedentes de Somalia y del sur de Etiopía. En total, la sequía incide en 130 millones de africanos, de los cuales 60 millones presentan un serio peligro a causa de la hambruna.

La guerra, en países como Angola, ha obligado a grandes cantidades de gente a abandonar sus campos de cultivo para vivir dentro de los cinturones de seguridad creados en torno a las ciudades. De modo que en África, donde las catástrofes naturales contribuyeron a acentuar lo que el hombre consiguió por medio de la violencia y las armas, existen millones de seres humanos que sobreviven al borde de la extinción.

En Somalia, que tiene un capítulo especial en los anuarios informativos, aproximadamente 500 personas mueren cada día de hambre y con heridas de bala; en Etiopía, la inestabilidad política se balancea en una cuerda floja y la supervivencia de 4 millones de individuos depende de la ayuda internacional; en Mozambique, convaleciente de una guerra civil que duró 30 años, los 16 millones de mozambiqueños tampoco se libran del desastre; en Liberia, la guerra ha provocado 20.000 muertos en los últimos años y casi la mitad de los 2 millones de liberianos se han refugiado en los países limítrofes; en Yibuti, antigua Somalia francesa, los 400.000 habitantes de los clases issa y afars viven inmersos en un sangriento enfrentamiento civil, lo mismo que en Burundi y Ruanda, donde la guerra entre grupos étnicos ha dejado un reguero de muertos y 1,5 millones de refugiados que se replegaron hacia zonas fronterizas. 

En los países del antiguo bloque soviético, que han dado un giro a las relaciones geopolíticas en Europa, se ha desatado una ola de inmigración sin precedentes. La invasión rusa en la República de Chechenia y la guerra en los Balcanes son algunos de los ejemplos de este éxodo inexorable. En la ex Yugoslavia, donde los bombardeos del ejército serbio-federal dejaron a varias ciudades convertidas en escombros, huyeron cada día miles de personas en busca de refugios seguros. Este drama humano constituyó uno de los movimientos de refugiados más graves que Europa experimentó desde la Segunda Guerra Mundial y el más grande del mundo desde el éxodo kurdo.

En consecuencia, esta caravana interminable de emigrados y refugiados es uno de los mayores atentados contra la dignidad humana y exige un capítulo aparte en la historia de las naciones afectadas por las catástrofes naturales, los conflictos bélicos, la persecución política, la inestabilidad socioeconómica, las discriminaciones raciales, sexuales y religiosas.

jueves, 5 de marzo de 2015


¿TIENE ALMA LA MUJER?

En muchas épocas y culturas se puso en duda la condición humana de la mujer. Se usó y abusó de ella como si fuese un objeto cualquiera. Los hombres, en algunas civilizaciones, no estaban convencidos de que la mujer fuera enteramente una criatura humana, y en el Concilio de Mâcon, en el siglo IV de nuestra Era, se discutió frenéticamente si acaso la mujer tenía alma, habiéndose resuelto la cuestión por una escasa mayoría.

La Iglesia Católica, que ejerció un poder omnímodo sobre el mundo feudal y constituyó la única institución educativa hasta los albores del capitalismo, fue la primera en predicar que la opresión de la mujer era algo natural, pues en el Génesis se dice que, por haber desobedecido al Creador y haber incurrido en el pecado, estaba condenada a vivir sometida a la autoridad del hombre. Asimismo, los Diez Mandamientos del Antiguo Testamento no se refieren, en realidad, más que al hombre, mencionándose a la mujer solamente en el noveno, confundida con los criados y animales domésticos.

Según el cristianismo, la mujer depende del hombre no sólo porque fue creada de una de las costillas de éste, sino también porque a través de ella entraron los males en la Tierra, sobre cuyas premisas se fundamentaron las doctrinas misantrópicas de la continencia y la negación a la carne. La mujer estaba considerada como apóstol del diablo y como amenaza potencial para los intereses espirituales del hombre. De modo que, durante el auge del romanticismo y la caballerosidad hacia la mujer, se cometieron discriminaciones tan brutales como el uso del cinturón de castidad. Los romanceros dan cuenta de que los caballeros, antes de partir a las cruzadas, dejaban a sus mujeres en los conventos por razones de honor.

Las mismas instituciones, encargadas de tender un manto negro sobre la sexualidad femenina, se encargaron de pregonar la idea de que la mujer decente no tenía sensaciones de placer sexual y que su órgano genital era un orificio oscuro y sucio, que no debía mirarse ni tocarse.

El celibato, como requisito fundamental para el sacerdocio, era sinónimo del desprecio por el cuerpo y el sexo. La Iglesia impuso a sus feligreses una vida de abstinencia de las relaciones sexuales, puesto que en los tiempos paganos de la antigüedad se consideraba el celibato como algo más honroso que el matrimonio. Esta idea de pureza religiosa ha aumentado la tendencia a quitar valor al matrimonio y envilecer las relaciones sexuales, y ha llevado a que centenares de sacerdotes y monjas se esforzaran por llevar una vida entre votos de castidad.

El dogma de la perenne virginidad de María, que representa ante todo un modelo eminente y singular de maternidad, ha perpetuado la idea de que las relaciones sexuales son inmundas. Una tradición católica y ortodoxa, de hace unos quince siglos atrás, sostiene que María fue siempre virgen, lo que hace suponer que ella y José nunca tuvieron relaciones sexuales, y que los hermanos de Cristo eran en realidad sus primos. Esta idea consolidó la tradición del celibato para monjas y sacerdotes, aunque algunas investigaciones confluyen en señalar que los cuatro evangelios canónicos proporcionan evidencias concordantes de que Cristo tuvo verdaderos hermanos y hermanas en su familia. Por cuanto se debe aceptar el claro testimonio bíblico de que, después del parto de María, José llevó una vida conyugal normal con ella y engendró otros hijos e hijas. Además, esta controversia indujo a la teología a reflexionar en torno a esa mentalidad tan arraigada entre los católicos, quienes consideran que el placer es algo malo, que deteriora, que es mejor el sacrificio y que al cuerpo es mejor ofrecerle palos que placer.

Los reformadores del siglo XVI, quienes encontraron en Martín Lutero a su máximo exponente, rechazaron el celibato religioso y la concepción de que la mujer era un ser maligno, pero, a su vez, propagaron la retrógrada teoría de que la mujer estaba hecha por naturaleza para una vida de servidumbre y sumisión, y que dentro de la familia debía obedecer al marido, habida cuenta de que el hombre es la imagen y gloria de Dios, y ella la gloria del hombre.

El matrimonio se trocó en el único sacramento capaz de dignificar a la mujer ante el hombre y la sociedad. Una mujer fuera del matrimonio valía tanto como una mujer que no podía traer hijos al mundo. Jean-Jacques Rousseau estaba consciente de que el único lugar donde la mujer podía realizarse y existir como individuo, o sea como ciudadana, era dentro del contexto familiar. Por eso era costumbre que la mujer se case relativamente joven, y que, una vez desposada, se ocupe de los deberes del hogar y la educación de los hijos.

Desde la antigüedad, la mujer culta y dedicada a la vida profesional estaba vista como un ser indeseable, anormal y poco femenina; en cambio, una mujer que vivía como ángel de la guarda del hogar, dedicada a la maternidad y la felicidad del marido, encajaba perfectamente en los cánones de la Iglesia. En primer lugar, la mujer debía ser devota, ya que si amaba y obedecía a Dios, amaría y obedecería también a su marido; y, en segundo lugar, la mujer debía cultivar la elegancia social y, sobre todo, la tolerancia, ya que una mujer jovial, amable y de carácter afable -en especial para con el marido- evitaría toda violencia y furor.

Por otro lado, cabe añadir algunas líneas sobre la imagen creada por la Iglesia respecto a la mujer detestable y la mujer venerable, pues ésta es una de las lápidas que más ha pesado sobre la mujer en el mundo cristiano, y, aunque los historiadores admiten que los primeros cristianos no adoraban ni veneraban a mujer alguna, se sabe que desde el esclavismo se identificó a las mujeres con dos arquetipos: lo malo y lo bueno. Es decir, con dos tipos de mujeres diametralmente opuestas: una es Eva y la otra es María. La primera se asocia con la impureza, el pecado, la maldad y la sexualidad; en tanto la segunda se asocia con la pureza, la obediencia, la inocencia y la mediadora entre la divinidad y la humanidad.

Todo arranca de la creencia de que Eva escuchó a Satanás por medio de la serpiente y María escuchó a Dios en boca del ángel Gabriel. Eva fue expulsada del paraíso por pecadora, condenada a ser dominada por el hombre y a parir con dolor; en tanto María, quien no recibió mancilla y concibió sin pecado original, fue declarada bendita entre todas las mujeres. Así, Eva es la pecadora y María la purificadora, o como dice el refrán: la muerte a través de Eva y la redención a través de María.

La sociedad patriarcal se aprovechó de estos valores ético-morales promovidos por la veneración a la Virgen María y su imagen, para conservar los valores tradicionales relacionados con los valores machistas de la sociedad, como ser la castidad, obediencia y sumisión; más todavía, estos arquetipos permanecen latentes en el subconsciente colectivo, ya que se sigue nombrando a Eva cuando se trata de censurar la conducta de las mujeres que no aprecian la limpieza moral o se rebelan contra el sistema patriarcal en defensa de sus legítimos derechos.