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viernes, 24 de febrero de 2017


EL INTENDENTE MUNICIPAL DE LLALLAGUA

Cuando retorné a la ciudad de Llallagua, después de muchos años de ausencia, vi en todos los noticieros de la televisión local la imagen de un hombre uniformado, que respondía al nombre de Arturo Bautista. Poco después me enteré de que era el intendente municipal, quien se ocupaba de organizar operativos para controlar el ordenamiento del tráfico vehicular y la calidad de los alimentos en los mercados; una actividad que, a su vez, consistía en reubicar a los vendedores ambulantes y minoristas en nuevos campos feriales, para evitar que realicen su actividad comercial allí donde los peatones tenían dificultades para transitar de un lado a otro, ya que tanto los transportistas como los comerciantes avasallaban arbitrariamente las aceras y calzadas.

Un personaje visible en la ciudad

Desde aquella primera ocasión en que lo vi en la pantalla chica, se me hizo una costumbre verlo casi todos los días en los noticieros, informando sobre las peripecias de su trabajo a los pobladores, quienes, de tanto verlo y escucharlo, lo conocen como si fuera un miembro más de su familia, así no sepan cuántos años tiene y en qué calle vive, si tiene o no familia, si disfruta de algún pasatiempo fuera de su trabajo y si está o no conforme con su labor de intendente municipal.

Arturo Bautista, como todo funcionario del orden público, lleva una libreta de apuntes en el bolsillo y una cartilla con las ordenanzas bajo el brazo; luce la seriedad de una autoridad con potestad y está siempre ataviado con su uniforme de “policía municipal”, para que no lo confundan con cualquier hijo de vecino. Aunque en su caso, no creo que nadie lo confunda con el cartero, el heladero o el oficial de la Escuela de Policías, habida cuenta de que, de tanto aparecer en los informativos de la televisión local, se ha convertido no sólo en un personaje visible, sino que también en una parte del ornamento de la ciudad, donde brilla con su presencia, su inconfundible uniforme de color azul, engalanado con sus inscripciones bordadas en el brazo y el pecho de su chamarra, la gorra con visera calada hasta las cejas y la mirada al acecho de los infractores.

Siempre que se lo ve merodeando por plazas y calles, unas veces solo y otras junto a sus compañeros de la Intendencia, causa revuelo entre los infractores reincidentes que, apenas lo divisan a la distancia, se ponen con los nervios de punta y esconden la cabeza como el avestruz, en un intento por esquivar el control de los intendentes, porque saben que ellos, que son las máximas autoridades del orden público, tienen carta blanca para hacer cumplir las ordenanzas municipales con todo el peso de la ley.

Con las ordenanzas municipales en mano

El amigo Arturo Bautista, en cumplimiento de sus atribuciones, intenta socializar y aplicar a raja tabla las normas de urbanismo establecidas por la Intendencia, que es el brazo operador del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, no sin antes discutir con los comerciantes, transportistas y propietarios de locales de expendió de comidas y bebidas alcohólicas que, como en acto de desacato y rebeldía, incumplen olímpicamente las ordenanzas municipales, como si estuvieran en tierra de nadie, donde no impera la ley sino el libre albedrío.

Una tarde, mientras el autotransporte hacía de las suyas en la Plaza 6 de agosto, lo detuve en seco y, extendiéndole la mano amiga, lo felicité por su encomiable labor. Él apretó mi mano y me agradeció por el gesto.

–Así estés rodeado de varios enemigos entre los transportistas y comerciantes, puedes contar con mi apoyo y solidaridad –le dije con franqueza–. Yo pienso también que es necesario imponer el orden, la limpieza y el reordenamiento vehicular…

Él asintió con un movimiento de cabeza y, despidiéndose de prisa, como estresado por el cumplimiento del deber, prosiguió su camino calle abajo, con un montón de tareas pendientes, como controlar el comercio informal, inspeccionar el tráfico vehicular, supervisar el precio y la calidad de los alimentos, para garantizar la inocuidad alimentaria de la población que, acéptese o no, es la más favorecida por la acción de la unidad de la Intendencia municipal.
   
Sin embargo, para cualquiera que ande y desande por las calles principales de Llallagua, parece que de nada sirve el haber socializado las ordenanzas municipales, el haber concientizado a los comerciantes y conductores de autos “chutos”, ya que la anarquía y el desorden siguen a la orden del día, ante la mirada pasiva de los ciudadanos de a pie.

Los operativos en calles y mercados

Arturo Bautista, que controla las calles en horario diurno y nocturno, da la impresión de tener la mano dura y ser dueño de una personalidad insobornable, aunque en el fondo de su alma es un ser sencillo y sensible. Si actúa de manera implacable es simplemente por cumplir con su trabajo, que está respaldado por las ordenanzas municipales que deben cumplirse por las buenas o por las malas.


Sus operativos tienen la finalidad de poner orden en la ciudad, limpiando las calles de vendedores que ejercen el comercio informal y exigiendo orden en el tránsito vehicular, para que los peatones, tanto niños como adultos, tengan mayor espacio para movilizarse de una calle a otra y de una acera a otra. Y no como ocurre ahora que, tanto los conductores como los tenderos, obstruyen el paso de los peatones, quienes tienen que pelearse cotidianamente con los transportistas y comerciantes, que congestionan el espacio público como si fuese su propiedad privada y no un bien colectivo de toda la población.

Los miembros de la Intendencia, que no hacen otra cosa que exigir disciplina, higiene y responsabilidad, son los más criticados y vilipendiados por transportistas y comerciantes, que no dudan en agredirles verbalmente, como una forma de poner resistencia a la incautación de sus productos comerciales o negarse a pagar las sanciones pecuniarias, que les duele en el bolsillo y en el alma, aun sabiendo que su modo de proceder infringe la normativa municipal y que se merecen una sanción estipulada por ley.

Controles “sorpresa” en locales clandestinos

En cierta ocasión, cuando le hicieron una entrevista en uno de los canales de la televisión local, Arturo Bautista contó que durante ese día realizaron un control “sorpresivo” del manipuleo de los alimentos y el estado de los mismos. Demostró, con pruebas contundentes en la mano, que decomisó algunos productos que no contaban con el registro sanitario y tenían la fecha de vencimiento caducada. Habló con voz dubitativa y con un gesto que denotaba cierta desilusión, lo que me hizo suponer que no tuvo un buen día ni una tarea fácil, y que se ganó más enemigos entre los comerciantes, quienes son capaces de vender incluso piedras del río como si fueran piedras preciosas.

Cuando un día lo encontré en la terminal de autobuses, sin su uniforme de “policía municipal”, lo aborde por la espalda y aproveché para reiterarle mis agradecimientos por la tesonera labor que realiza contra viento y marea. Él se sorprendió al verme y me contó que estaba con permiso del trabajo. Fue entonces que le pregunté en son de broma:

–Dime una cosa, Arturo. Si todos los días te buscas tantos insultos y enemigos entre los infractores de la ley, ¿qué te dice tu esposa cuando llegas a casa? Supongo que no siempre estás de buen humor, ¿verdad? ¿O las broncas te las haces pagar con ella?...

Él, asediado por mis preguntas, se limitó a esbozar una sonrisa amable, dio un paso atrás y nada me contestó.

En una población en constante crecimiento demográfico, es normal que proliferen los bares clandestinos y las cantinas nocturnas, que funcionan sin licencia en las zonas periféricas de la ciudad, donde los jóvenes, bajo los efectos de las bebidas espirituosas, protagonizan escenas de escándalo y hasta de violencia desenfrenada. Es entonces que la unidad de la Intendencia desata una “batida” en bares y cantinas. De las inspecciones “sorpresas” no se salvan las discotecas ni los karaokes que tienen las puertas abiertas hasta altas hora de la noche; cuando en realidad, según reza la ordenanza, está prohibido que los locales de servicio público atiendan a los clientes después de las once de la noche.

Una labor para precautelar la salud ciudadana

Si la unidad de la Intendencia, en sus regulares recorridos, más conocidos como “peinados”, encuentra a un propietario que no cuenta con su licencia de funcionamiento legal otorgado por el gobierno municipal, pasan a requisar el local de rincón a rincón y, si por alguna casualidad detectan bebidas alcohólicas adulteradas y de dudosa procedencia, no vacilan en confiscarlos para preservar la seguridad de los consumidores que, muchas veces, por falta de control, se vacían las botellas de “veneno” entre pecho y espalda.

Arturo Bautista, en su afán por mejorar el sistema administrativo de los comerciantes y precautelar la salud de la ciudadanía, realiza operativos de inspección en los mercados en los que, casi siempre, encuentra productos alimenticios en mal estado, que son una verdadera amenaza contra el bienestar de los consumidores; al menos, si nos atenemos a las determinaciones de las instituciones encargadas en el verificativo del control de los productos alimenticios. Por si fuera poco, en estos operativos no están libres del control ni las balanzas; si las encuentran descalibradas o “robadas”, debido a que las vendedoras tienen el objetivo de ganar un poco más a costa del desequilibrio, las decomisan hasta que las vendedoras se comprometen a no volver a vulnerar las ordenanzas emitidas por la Alcaldía.  

No pocas veces se lo vio inspeccionar restaurantes y puestos de comida ligera. Si éstos presentan un ambiente insalubre, falta de higiene en la manipulación de los alimentos o cocinas en pésimas condiciones, decomisa las ollas, platos, vasos y utensilios que no cumplen con los mínimos requisitos de salubridad. Y para que nadie le reclame por los objetos decomisados, creyendo que él y sus colegas se los llevan a casa o los venden en un “mercado negro”, Arturo Bautista convoca a la prensa para demostrar que los mismos son reducidos a nada por las ruedas de un camión de alto tonelaje.

Un ejemplo como funcionario municipal

El intendente Arturo Bautista, al margen de ser persona reservada y hasta reticente, da la impresión de ser un empleado público honesto, modesto e insobornable, como muy pocos individuos en una sociedad atravesada transversalmente por la corrupción y la desidia. Es, sin lugar a dudas, uno de los pocos funcionarios municipales que cumple con su deber a pie juntillas, sin esperar que nadie lo alague ni lo premie. Lo importante es hacer cumplir las sanciones estipuladas por el Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, acomodándose a la altura de quienes, en las buenas y en las malas, haga calor o haga frío, están siempre dispuestos a emprender una batalla para que el municipio tenga un aspecto más atractivo y presentable.

Por lo demás, desde el día en que nos conocimos en persona, nos saludamos cada vez que nos cruzamos en la calle, como si fuésemos dos viejos amigos, dos Quijotes empeñados en seguir luchando contra molinos de viento. No será fácil reordenar el comercio ni el transporte, pero tampoco será imposible. Todo dependerá de que todos y cada uno de los pobladores hagamos conciencia de que una ciudad ordenada y limpia es siempre un poquito mejor que una ciudad desordenada y sucia. 

viernes, 6 de enero de 2017


LA CASA DE JAIME MENDOZA EN UNCÍA

La primera vez que leí la novela En las tierras del Potosí, siendo aún estudiante de secundaria, me llamó la atención el saber que su autor había vivido en las poblaciones mineras de Llallagua y Uncía, ubicadas en la Tercera Sección Municipal de la Provincia Rafael Bustillo del Departamento de Potosí. No podía imaginarme que un escritor chuquisaqueño, médico de profesión y literato de vocación, hubiera decidido asentarse en las tierras de lo que antes fuera el emporio del magnate minero Simón I. Patiño, en cuyos hospitales, tras egresar de la Universidad Mayor Real y Pontífice San Francisco Xavier de Chuquisaca en 1901, con su tesis de grado titulada La tuberculosis en Sucre, prestó sus servicios para atender a los mineros aquejados de silicosis y a sus familias necesitadas de atención médica.
   
Tuvieron que pasar muchos años, casi cuatro décadas, para que me animara a viajar a Uncía para conocer la casa donde vivió este precursor del realismo social minero en la literatura boliviana. Así fue como una mañana, mientras el sol caía a plomo sobre las montañas jaspeadas de diversos colores y matices espectaculares de Llallagua, abordé un taxi en la Plaza 6 de Agosto -cerca de la Escuela Jaime Mendoza, en cuyas aulas aprendí a leer y escribir entre tirones de patilla y reglazos en la palma de las manos-, con destino al municipio de Uncía, donde se encuentra la fortaleza que Patiño regaló a su esposa Albina, como lugar de residencia y prueba de su amor. En la actualidad, este portentoso palacio, con arcos barrocos, estructura canteada con pilares y detalles arquitectónicos de estilo francés e inglés, es el Museo Histórico Simón I. Patiño.

En esta misma urbe están el Museo Etnográfico Ayllus del Norte de Potosí; la Planta generadora de energía a Diesel, los motores traídos desde Alemania en 1901, el Ingenio Miraflores, los hornos de tostación de minerales y otras instalaciones metalúrgicas de la entonces próspera empresa La Salvadora. Aunque ya no existen los campamentos mineros ni funciona la estación del ferrocarril Uncía-Machacamarca, que empezó a construirse en 1912, este patrimonio histórico de la edad dorada de la minería boliviana, enclavado cerca de los cerros Espíritu Santo y Juan del Valle, sigue teniendo un fuerte poder de atracción para los turistas nacionales y extranjeros.

No es para menos, si se piensa que fue en uno de estos cerros, donde Juan del Valle, prospector de la Corona Española, rastreó en 1564, a 4.516 msnm, los mismos yacimientos que sus coterráneos explotaban en el Cerro Rico de Potosí, pero la suerte no estuvo de su parte. Entonces se dirigió a sus huestes, que lo seguían a lomo de mulas y caballos, y les dijo: ¡Esto es una Uncía! (moneda romana de ínfimo valor), y, sin haber logrado su ambicioso cometido, dio marcha atrás, heredándole su nombre al cerro que, tres siglos y medio después, se convertiría en la región más próspera de la nación, ya que en las faldas del cerro Juan del Valle, abiertas a fuerza de combos, barretas y dinamitas, Simón I. Patiño encontró la veta más rica de estaño del mundo. Así fue como el Metal del diablo, despreciado por el prospector de la Corona Española, convirtió a Patiño en el Rey del Estaño y a Uncía en el imán de los cazadores de fortuna.

Un recorrido entre cerros y pampas

Durante el recorrido por la carretera diagonal Jaime Mendoza, actualmente asfaltada, no dejaba de contemplar los cerros ni las áridas pampas que, en mi infancia y adolescencia, recorrí una infinidad de veces a pie o en camioneta, para asistir al Cine Municipal, los balnearios de aguas termales, la festividad patronal de San Miguel, los encuentros deportivos entre el Colegio Primero de Mayo y el Colegio Rafael Bustillo, y cada  vez que transportaba el estaño escondido en los bolsillos de una faja amarrada alrededor de mi magra cintura que, debidos a los barquinazos de la camioneta en los baches del tortuoso camino, me dejaba sin aliento y con las caderas adoloridas. Además, aún sin haber cumplido los diez años de edad y por órdenes categóricas de mi abuelo, tenía que regresar a preguntar el porcentaje de la ley del mineral, que se había entregado en las oficinas de la COMIBOL en Uncía.

La tranca, ubicada en las afueras del pueblo, donde antes se requisaba a los rescatiris, que vivían del negocio ilícito de los minerales, ahora daba la bienvenida a los visitantes interesados en conocer la historia de esta población que, junto al auge de la industria minera de principios del siglo XX, fue el escenario donde se organizó el primer sindicato minero del país, al amparo de las corrientes ideológicas del anarquismo, marxismo y nacionalismo revolucionario. De modo que no es casual que en estas tierras se haya protagonizado también la primera huelga en la Empresa Patiño, el 29 de abril de 1918, reclamando la jornada de ocho horas y el aumento salarial, y se haya perpetrado la primera masacre minera en 1923.


Al cabo de vencer los siete kilómetros desde Llallagua, el taxi paró en la Plaza 6 de Agosto de la Capital Folklórica del Departamento de Potosí; una urbe que sobrevive gracias a la agricultura, la ganadería y el comercio, como sujeta a una economía informal que nada tiene que ver con la época de esplendor de la empresa La Salvadora, que Simón I. Patiño compró a una compañía chilena en 1897, para así tener bajo su control la mayor producción de estaño en el país. Lo cierto es que Uncía perdió su importancia económica, social y política desde que la industria minera se desplazó hacia la población de Llallagua, que desde las primeras décadas del pasado siglo se transformó en el nuevo epicentro de las actividades que antes florecieron en Uncía.  

En la plaza de los recuerdos

Al bajar del taxi, miré en derredor, como quien retorna después de una larga travesía al lugar añorado en la lejanía, y encontré, a primera vista, varias referencias que quedaron fijadas en mi memoria, remontándome a mis años de pubertad y adolescencia, a esos años en los que solía viajar de Llallagua a Uncía, los días domingos y pasado el mediodía, en una camioneta que levantaba polvareda a lo largo del camino pedregoso y accidentado. No quería perderme la función de matiné en el Cine Municipal, en cuya sala de asientos cómodos y paredes elegantes, vi las mejores películas de cowboy, como El bueno, el feo y el malo, Por un puñado de dólares y Por unos dólares más, protagonizadas por el legendario pistolero Clint Eastwood.

Pero todo eso fue en otra época, porque ahora, la fachada del Cine Municipal de estilo francés, que funcionaba como tal desde los años 40 de la centuria pasada, se estaba desmoronando como un castillo de arena ante la mirada indiferente de sus habitantes y autoridades ediles. A mí no me quedó más remedio que mirarlo con sublime nostalgia, pues no podía entender cómo un importante edificio, que significó tanto para urbanización de Uncía, tenía las paredes a punto de caerse contra las aceras de las calles Chayanta y Potosí.

En esta plaza, en otrora dominada por los inmigrantes croatas, a quienes mi abuelo los llamada despectivamente tikllosos (sin color ni gracia), sorbí los helados batidos a mano y comí las tawa-tawas (masitas parecidas al churro español) más sabrosas que vendían las señoras de mantas y polleras. Eso sí, nunca llegué a saber el porqué mi abuelo los llamaba tikllosos a los croata-yugoslavos, salvo el hecho de que llegó a conocerlos muy bien en los pleitos que sostuvo con más de uno de ellos por cuestiones de minas y linderos de terreno, habida cuenta de que mi abuelo, en su condición de inmigrante chuquisaqueño y buscador de fortunas, se avecindó en este pueblo, donde compró sus mejores revólveres y caballos, y donde incluso nació mi madre un 26 de mayo de 1932. Pero el sobrenombre de tikllosos, que a mí me sonaba como a una rara enfermedad llegada de allende los mares, fue un secreto que mi abuelo se llevó hasta la tumba. 

Algunos de los inmigrantes, que llegaron a estas serranías con la ilusión de hacer Las Américas, levantaron los edificios más emblemáticos del casco antiguo del municipio, como el Hotel Uncía, construido en la última década del siglo XIX por el croata Jorge Granic. Desde entonces, el Hotel pasó por manos de varios propietarios y administradores, comenzando por el comerciante Gregorio Luksic, quien fue socio y empleado de su coterráneo Granic. Lo penoso es que este Hotel de dos plantas, cuya categoría era de tres estrellas para su época, pasó a ser la Caja Nacional de Seguridad Social tras la revolución de 1952 y, con el paso del tiempo, se redujo a una estructura vieja, que fue demolida sin pena ni gloria, como otras construcciones que quedaron reducidas a escombros, como en las ciudades bombardeadas o abandonadas a su suerte.

Espero que esto no suceda con la casa construida por Pedro Versalovic en 1895, en plena esquina de la Plaza 6 de Agosto, que constituye una verdadera joya arquitectónica que debe conservarse para la posteridad, convirtiéndola en el Palacio Municipal de Artes de la Capital de la Provincia Bustillo. Ya sé que muchos han pensado en demolerla con afanes comerciales y de lucro, olvidándose de que los edificios son también reliquias del pasado histórico de un pueblo, un patrimonio que debe conservarse contra viento y marea, para evitar que la historia de Uncía no se pierda entre las brumas del olvido. 

Rumbo a la casa del escritor

Al cabo de un tiempo en la Plaza 6 de Agosto, recordé la principal razón por la que viajé a Uncía y, sin perder más tiempo, me dirigí bajo un sol ardiente hacia la casa donde vivió el ilustre médico y escritor Jaime Mendoza, un hombre consagrado al estudio metódico y enemigo del ocio mundano.

Luego de caminar por la calle Villazón y atravesar por la Plaza Alonso de Ibáñez (más conocida como la Plaza del Minero), que son testigos mudos del grandioso pasado de este pueblo que, tras la caída estrepitosa de la industria minera, pareciera desmoronarse por dentro y por fuera, poquito a poco y sin resistirse al inexorable paso del tiempo, avisté la casa de Jaime Mendoza, ubicada en la zona 2 de la antigua calle Libertad (hoy calle 9 de Abril).


La pequeña  vivienda, con techo de calamina y una ventana de un metro por un metro y medio, no parece tener otro atractivo que el de haber sido la residencia del escritor de la primera novela minera en Bolivia. La fachada, de color blanco y café, está relativamente conservada, probablemente, gracias a las numerosas refacciones que sufrió o, probablemente, porque las autoridades decidieron en algún momento de lucidez mental conservarla como una suerte de atractivo turístico, a pesar de que el escritor no recibió en vida ningún reconocimiento oficial de parte de las autoridades uncieñas.

La casa que habitó Jaime Mendoza, con su esposa y sus hijos Martha y Gunnar, tiene sobre la puerta el Nro. 39 y en la parte superior tres plaquetas recordatorias; dos de ellas dedicadas al escritor; una de 1989 y otra de 2003. En esta misma casa nació en 1914 su hijo Gunnar, quien, estimulado por la actividad intelectual de su padre, realizó desde su juventud una prolífica labor como historiador, bibliógrafo y archivista tanto en la Casa de la Moneda en Potosí como en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia en Sucre. No en vano el rectorado de la Universidad Mayor Real y Pontífice San Francisco Xavier de Chuquisaca, en representación de algunas facultades, colocó una plaqueta en su memoria y en cuya inscripción se lee: Hace cien años en esta casa nació el eminente historiador, bibliógrafo y archivista don: Gunnar Mendoza Loza… Eterna gratitud a su vida y obra por la cultura boliviana. Uncía, 3 de septiembre del 2014.

De la Guerra del Acre a Llallagua

Por sus antecedentes biográficos se sabe que antes de establecerse en esta casa, donde escribió las primeras obras de su vasta producción científica y literaria, partió junto a una tropa de soldados con destino a la Guerra del Acre, un conflicto limítrofe y bélico entre Bolivia y Brasil (1903 - 1905), en el que ambas naciones se disputaron un territorio rico en árboles de caucho y yacimientos auríferos. Jaime Mendoza ofició como médico de soldados y siringueros (trabajadores encargados de extraer la goma de las siringas); una valiosa experiencia que le sirvió para reflexionar sobre la geopolítica boliviana y escribir su novela Páginas bárbaras.

Se sabe, asimismo, que al término de la Guerra del Acre, retornó a la población de Llallagua en 1905. Todo hace pensar que no sólo lo hizo porque amaba estas tierras del emporio estannífero de la empresa de Simón I. Patino, sino también porque en estas tierras había encontrado al amor de su vida en Matilde Loza, una joven apuesta y oriunda de Chayanta, población que por entonces tenía más habitantes que Uncía y Llallagua. El mismo Jaime Mendoza, refiriéndose a su retorno en uno de sus escritos, apuntó: No había olvidado las tierras y gentes entre las cuales inicié mi carrera (…) Apenas libre después de la expedición al Acre y cuando bien pude escoger otras mejores situaciones que se me ofrecían, preferí regresar modestamente a Llallagua, a seguir trabajando entre seres anónimos y desheredados (Mendoza, J., 2014, p. 23).

Cuesta imaginarse que el médico y escritor Jaime Mendoza, nacido en Sucre el 25 de julio de 1874, se haya establecido por voluntad propia en este pueblo de contrastes sociales y raciales, donde unos tenían todo y otros no tenían nada. Esta realidad, sin embargo, hizo aflorar su vena humanista y su faceta de filántropo. En su cuento Muerte de un chileno en Llallagua (1906), se advierte su actitud de buen samaritano, pues aparte de solidarizarse con la trágica situación de un extranjero, que jamás dejó de abrigar las esperanzas de retornar a su país, una vez hecho realidad el sueño de un rápido enriquecimiento, lo atendió de un tifus que melló su salud física y mental, como si fuese su médico de cabecera y durmiendo en una cama adicional que hizo disponer en la misma habitación, hasta que el joven chileno, agonizante entre delirios, fiebres y accesos de tos, falleció entre sus brazos. Según Jaime Mendoza, el santiaguino Bernardo Cifuentes, aficionado a la poesía y el teatro, se extinguió junto con el último cabo de vela que iluminaba el triste escenario de este drama en que se aunaban la enfermedad, el desamparo, la lejanía del hogar y el truncamiento de una vida en flor (Poppe, R., 1983, p. 24).

Esta dramática experiencia y muchas otra más que vivió como médico de la Compañía Estannífera de Llallagua, le llevaron a asumir una postura más humana ante las tragedias que enlutaban a las familias mineras. Por cuanto es lógico afirmar que la filosofía médica de Jaime Mendoza era consecuente con su personalidad humanista, ya que no dudaba en combinar el aspecto social con el científico, consciente de que un médico no podía ni debía olvidarse del sufrimiento del paciente y de las consecuencias psicológicas que la enfermedad podía causar en éste y su entorno familiar.

En 1906 viajó a Chile, donde conoció al escritor cruceño Gabriel René Moreno, quien, al saber que Mendoza escribió versos desde los nueve años de edad, lo estimuló a seguir en su actividad literaria.
Encuentro con Alcides Arguedas en París
Jaime Mendoza, después de haber trabajado por años en los centros mineros de Uncía y Llallagua, donde varios jóvenes citadinos fueron a parar como el personaje de su novela, atraídos por la fascinación de que se ganaba el dinero a manos llenas, se ausentó por un tiempo a la Ciudad Luz, en esa metrópoli que, a principios del siglo XX, fue la meca de los intelectuales latinoamericanos. En París cursó estudios de especialización y asistió a tertulias literarias; circunstancias en las que conoció a Alcides Arguedas, quien, a tiempo de sugerirle que cambiara el título de su novela, de Martín Martínez a En las tierras del Potosí, escribió un elogioso prólogo para la primera edición.

Una vez publicado el libro en una imprenta de Barcelona en 1911, Jaime Mendoza fue considerado uno de los precursores de la corriente del llamado realismo social, no sólo porque abogaba a favor de los oprimidos, sino también porque describía la realidad minera con un asombroso naturalismo, como lo hicieron otros autores latinoamericanos, que incursionaron en la temática indígena y proletaria. No en vano el poeta nicaragüense Rubén Darío, refiriéndose a la temática de su novela, lo llamó el Gorki americano.

El autor de Raza de bronce y Pueblo enfermo, que entabló una buena amistad con Jaime Mendoza en París, lo recordó muchos años después de la siguiente manera: En tarde de canícula, se nos presentó en una caverna de los bulevares, donde tenemos costumbre de reunirnos algunos paisanos a beber cerveza, uno de ellos, acompañado de un hombrecito menudo, y nos lo presentó con gesto displicente.

El doctor Mendoza, compatriota nuestro.

Era éste un hombre de pequeña talla, endeble, lampiño casi, pálido, de aspecto tímido, de edad indefinible, porque a simple vista parece pasar de los treinta, y su prematura calvicie y sus arrugas hacen pensar en los cuarenta. Iba vestido muy simplemente de negro y hablaba con voz queda, embarazada y aún tropezando; pero no daba, ni de lejos, la impresión de pertenecer a esa categoría de gente que viven en nuestros pobres y desmantelados poblachos la oscura vida de los seres sin cultura y sin ideales, absorbidos sólo con la preocupación del dinero… No hace al caso decir, ni yo me acordaría exactamente, lo que en la mencionada tarde hablamos con el desconocido paisano quien seguía con ojos indolentes el curiosos espectáculo del bulevar; y probablemente olvidara su nombre pasado este ocasional encuentro si días después no se repitiese éste, y tras breve charla no me preguntase con tono indiferente y sonriendo no sin cierta malicia:

Usted qué… (aquí algunos cumplimientos)… querría me hiciese el favor de decirme si me sería fácil editar un libro.

Lo miré no sin cierta sorpresa.

¡Cómo! ¿Tiene usted un libro para publicar?

Sí, señor.

E inclinó la cabeza, enrojeciendo levemente.

¿Y qué clase de libro es?

Entonces mi paisano, con voz algo tímida, habló:

Un pequeño libro que he compuesto en mis ratos de ocio… Soy médico, he vivido algunos años entre los mineros y he visto que esa vida es un poco triste. En las minas de nuestro país hay ciertas costumbres que van modificándose gradualmente y que acaso acabarán por desaparecer del todo; y antes de que tal suceda, creo que se debe hacer obras que en cierta manera fijen esas costumbres dentro del tiempo… Además, yo le tengo cariño a esa tierra, allí he pasado parte de mi juventud y ganando el pan que como, y es en mí una deuda de gratitud, con esas gentes humildes y desgraciadas contar algo de su vida.

¿Podría usted leerme su libro? le pregunté repentinamente, interesado por su hablar simple y cuerdo.

¡Por qué no!

Y me lo leyó una tarde, y como la impresión que dejase en mí fue profunda, híceme su amigo, y desde entonces, ya en su casa o en la mía, no cesábamos de estar juntos y de cambiar pareceres y opiniones, hasta el día en que, tras breve conocimiento, lo despedí en la estación de un ferrocarril... (Montoya, V., 1991, p. 31).

Jaime Mendoza, a diferencia de Alcides Arguedas, tenía una personalidad introspectiva y un amor desmedido por el terruño que lo vio nacer. Nunca vio en la colectividad boliviana a un pueblo enfermo, tampoco compartió la tesis de que los indios y cholos eran leones sin melena o batracios gigantes; por el contrario, en su libro El macizo boliviano, afirmó: El medio hace al hombre y que, al margen de considerar a la montaña como factor importante en la creación de Bolivia, estaba convencido de que el espíritu del hombre andino era semejante a la grandeza de su paisaje y, por eso mismo, una poderosa fuerza llamada a cambiar el curso de la historia.

El argumento de la novela

En las tierras del Potosí narra los avatares de Martín Martínez, chuquisaqueño y estudiante de leyes, quien decide marcharse a las minas de Llallagua, donde se asegura que hay abundante riqueza. No obstante, una vez en el lugar, tras un largo recorrido a lomo de mula, encuentra una vida dura, llena de accidentes, enfermedades, injusticias sociales, borracheras desenfrenadas y frustraciones sentimentales. Según Alcides Arguedas, quien fue el primero en leer el manuscrito que le proporcionó el autor, se trata de una novela objetiva, cuyo vigor y realismo social no fueron superados por ninguna otra novela hispanoamericana.


La novela incluye varios personajes remarcables, como Lucas, un mozuelo que roba estaño y lo revende para ayudar a los pobres; Claudina, una atractiva mujer de pollera dedicada como palliri al lavado del mineral, con quien Martín tiene un amorío, hasta el día en que ella lo traiciona y huye con su amante; el médico de las minas, quien, por sus razonamientos y observaciones de la dantesca realidad de los mineros -expuestos durante largas jornadas a trabajar en ambientes insalubres y condiciones precarias, sin seguridad laboral, beneficios sociales ni maquinarias apropiadas para explotar las vetas-, pareciera proyectar los valores humanos y principios ideológicos del autor de En las tierras del Potosí.

La novela, dividida en quince capítulos, tiene la clara intención de denunciar abiertamente la explotación despiadada de los mineros, quienes son sometidos a trabajos inhumanos sin pagas decentes ni garantías laborales. La obra, desde el año de su publicación, ha iniciado el ciclo de la llamada literatura minera y ha servido para abogar a favor de la causa de los trabajadores del subsuelo. Por eso mismo, y con legítimo derecho, se lo considera uno de los documentos histórico-literarios más fidedignos que se han escrito jamás acerca de los mineros bolivianos.

Jaime Mendoza, aparte de lo expuesto En las tierras de Potosí, mostró su preocupación por otros aspectos concernientes a la situación social de los obreros, registrados en varias de sus obras. Su hijo Gunnar, tras una minuciosa investigación, nos recuerda: Entre su numerosa producción bibliográfica al respecto hay que mencionar sus conferencias ´Por los obreros`, estudio, inédito, de los dos ejemplares típicos del proletariado boliviano, el minero y el siringuero; ´El comunismo` y ´Temas sociales bolivianos`, sobre los problemas emergentes de la crisis minera de 1928 y 1929 en Bolivia; más todavía, Jaime Mendoza, preocupado por el bienestar social de los habitantes de Llallagua y Uncía, impulsó la fundación de los primeros hospitales y escuelas, las primeras sociedades mutuales de trabajadores, de beneficencia y de deportes.

El furor de las críticas

Como en todo análisis de una obra literaria no faltaron las controversias y las críticas correspondientes. Una de las más importantes es la que se refiere a la perspectiva desde la cual fueron contempladas las costumbres de las familias mineras, que no son retratadas en su verdadera dimensión, debido a que fueron observadas por un médico de clase media que, por mucho que lo intentó una y otra vez, no logró penetrar en el espíritu más profundo del indígena que se proletarizó tras irrumpir la gran industria minera en el norte de Potosí, con todas las características que implica un sistema de producción capitalista. Es decir, el proletario percibe un salario a cambio de su fuerza de trabajo y adquiere una conciencia de clase, se organiza en sindicatos revolucionarios que no sólo defienden los intereses socioeconómicos de los obreros, sino que, a su vez, representa una amenaza para los intereses de la oligarquía minera y los consorcios imperialistas interesados en saquear los recursos naturales en las montañas de Llallagua y Uncía.

No faltaron los críticos que compararon la novela de Jaime Mendoza con La Vorágine, del escritor colombiano José Eustaquio Rivera, tanto por la temática social como por la intensidad dramática, pero no así por la emoción y la altura estética. El historiador Enrique Finot consideró la obra como mediocre, aunque con fuerza y realismo. Asimismo, afirmó que tenía un «título antiliterario pero lleno de sugestión». El escritor Fernando Díez de Medina, coincidiendo con la opinión vertida por otros críticos literarios, se refirió a la obra como extraída de la realidad y a su estilo como enérgico y directo, pero poco artístico.

Guillermo Lora, uncieño de nacimiento, en La frustración del novelista Jaime Mendoza, texto insertado en su libro Ausencia de la gran novela minera, afirmó que la obra de Mendoza adolecía de muchos errores, que reflejaban la incapacidad creativa del autor y su desconocimiento del mundo minero. Por ejemplo, apuntó que en la novela no se escribe sobre las afamadas montañas de Llallagua y Uncía, cuyas extrañas manaron ingentes cantidades de estaño, convirtiendo en ricos a unos pocos y en pobres a los mineros, quienes pagaban con sus vidas la codicia de los barones del estaño. Tampoco se describe al minero en su ambiente natural: el interior de la mina, donde los trabajadores, antes de empezar a horadar la roca, le rinden tributo al Tío, que es el salvador de vidas y el celoso guardián de los minerales, y, lo que es peor, no se presenta a la clase obrera en función a su rol histórico-social, armada con un alto grado de conciencia política y capaz de acaudillar la revolución proletaria.

En síntesis, Guillermo Lora, quien redactó la Tesis de Pulacayo en una de las casas de Uncía, opina que no puede existir una novela minera sin montaña ni mineros, sobre todo, si se considera que la montaña, cuyos socavones se han tragado miles de pulmones desde que se abrieron como enorme bostezos de hambre, debe constituirse en el escenario natural de la historia relatada y los mineros deben ser los principales protagonistas de la novela; dos elementos sustanciales que están ausentes En las tierras del Potosí. Por lo tanto, en palabras de Lora: es una novela frustrada porque no alcanza la vida, la tragedia y el heroísmo de los mineros y menos los estremecimientos dolorosos del proletariado de parte de la arruinada clase obrera (Lora, G., 1979,  p. 130).

Otras facetas del autor

Jaime Mendoza, después de la publicación de En las tierras del Potosí, intensificó su labor como escritor e investigador, incursionando en varios géneros literarios que, con el correr de los años, lo convirtieron en uno de los autores imprescindibles en la constelación de las letras bolivianas.

Aparte de las novelas Páginas bárbaras, Los malos pensamientos y El lago enigmático, tiene en su haber una cuantiosa obra dedicada al campo de la investigación científica e histórica, como El macizo boliviano, Una historia clínica, Apuntes de un médico, El factor geográfico en la nacionalidad boliviana y La tragedia del Chaco, entre otras.

Este hombre de hábitos sencillos y corazón noble, que en lugar de haber sido abogado o sacerdote, optó por ser médico y escritor desde su adolescencia, vivió en Uncía por más de una década, hasta su restitución a Sucre en 1915. Fue entonces que deslumbró a propios y extraños con otras facetas de su personalidad. Ejerció importantes cargos públicos en la arena política, llegó a ser rector de la Universidad Mayor Real y Pontífice San Francisco Xavier y Senador por el departamento de Chuquisaca, entre  1931-36. Terminada su gestión parlamentaria, fue designado  Director del Manicomio Nacional Pacheco en Sucre. Los estudiantes le asignaron el título de Maestro de la Juventud; un título que le colmó de orgullo, pero que no le dio ninguna compensación monetaria, quizás, porque tuvo la desgracia de vivir en una época en que la actividad intelectual era menos valorada que en la actualidad.
   
Ahí tenemos a su coterráneo Tristán Marof, cuyo verdadero nombre era Gustavo Adolfo Navarro, quien no sólo fundó en Uncía el primer Partido Socialista de Bolivia y lanzó la consigna: Minas al Estado y Tierras al Indio, sino que también tuvo toda la razón cuando dijo: En los pueblos poco desarrollados, el escritor es una especie de faquir que lo sabe todo, y por saber demasiado muere de hambre. Éste, probablemente, fue el caso de Jaime Mendoza, ya que él, como la mayoría de los escritores bolivianos, conoció la pobreza y la pobreza lo acompañó hasta la muerte, aun cuando tenía un salario como médico, catedrático y funcionario público, que en ocasiones le permitió gozar de una modesta comodidad tanto en Uncía como en su ciudad natal, pero sin haber logrado amasar la misma fortuna que los magnates del estaño, ni haber recibido el reconocimiento oficial de parte del Estado nacional por su intensa actividad literaria y sus aportes en el campo de las ciencias humanas.

Con todo, lo importante es que Jaime Mendoza nunca se arrepintió de los pasos que dio ni de las decisiones que tomó en su vida, ya que de todas ellas sacó experiencias que le sirvieron para elaborar sus obras, como cuando escribió En las tierras del Potosí, donde plasmó en letras de molde las vivencias y los recuerdos de su juventud en Uncía y Llallagua, recuerdos que permanecieron para siempre en su memoria.

Su hijo, el historiador y archivista Gunnar Mendoza Loza (1914-1994), en una evocación a su padre, escribió sobre los años juveniles del novelista, ya postrado en su lecho de muerte a los 65 años de edad: Jaime Mendoza conservaba intactos los recuerdos de antaño, como el derrocamiento de Arce, la Guerra Federal, las minas de Llallagua en manos de chilenos, sus juergas en hoteles y chicherías de Uncía junto a obreros y comerciantes sirios, eslavos, italianos, administradores de las empresas, y sus amigos de Colquechaca y Chayanta (Arratia, Beltrán, Salinas, Barrón, etc.) que habitaban Uncía por entonces (Mendoza, G., 2014, p. 7).

A modo de reflexión y colofón

Al alejarme de la casa de Jaime Mendoza, con la idea fija de retornar en otra ocasión, tuve la extraña sensación de haber retrocedido en el tiempo y haberme ubicado en el preciso lugar donde se escribió la primera novela del realismo social minero, En las tierras del Potosí, una obra que leí en mi adolescencia, más por obligación que por iniciativa propia, como parte de la asignatura de literatura correspondiente al ciclo medio de educación secundaria.


Después de haber visto la casa de nuestro Gorki americano, que hoy está catalogada como una atracción turística en la población de Uncía, pude comprender que la grandeza de este autor, que no se separó del papel ni del lápiz hasta la hora de su muerte, acaecida el 26 de enero de 1939, radicaba en su genuina humildad y en su profunda sensibilidad para percibir las injusticas sociales, que para él eran las peores lacras de una sociedad hecha a golpes de egoísmo e insensatez. No es casual que este escritor, como muy pocos autores bolivianos de su época, hizo del niño un tema en su creación literaria, reflejándolos en cuentos y composiciones poéticas; ahí tenemos, por ejemplo, su poema El huérfano (1915) y su novela Los héroes anónimos, sobre un niño que hizo la campaña del Acre contra el Brasil, así como sus canciones infantiles (música y letra, que permanecen aún inéditas).

Ahora bien, lo que no atino a entender es el porqué Jaime Mendoza, ya postrado en el lecho y antes de exhalar el último suspiro, pidió que el epitafio grabado en su tumba fuera una estrofa de su poema La muerte, que dice: Y tal es mi sola ambición/ mi solo anhelo de gloria/ de vivir no en la memoria/ pero sí en el corazón (Mendoza, G., 2014, p. 7), cuando todos sabemos que este encumbrado escritor, a casi un siglo de su deceso, está tan vivo en el corazón como en la memoria de quienes vivimos en las poblaciones mineras del norte de Potosí, donde fue ambientada su primera novela que, a pesar de las críticas habidas y por haber, contribuyó decisivamente en el conocimiento de la realidad minera de principios del siglo XX.

Por lo demás, cabe sugerir que el gobierno autónomo municipal de la Capital Folklórica del Departamento de Potosí, en uso de sus específicas atribuciones, se preocupe mucho más en conservar la casa de Jaime Mendoza y, al mismo tiempo, en promocionarla como un auténtico patrimonio histórico y cultural de la población de Uncía, donde actualmente tiene más visitas la Chicharronería de doña Marujita en la calle Sucre, que la casa del célebre escritor de En las tierras del Potosí en la calle 9 de Abril.

Bibliografía:

Lora, Guillermo: Ausencia de la gran novela minera, Ed. El Amauta, La Paz, 1979, pp. 254.

Mendoza, Gunnar; Muerte de Jaime Mendoza, Ed. La Patria, Cultural El Duende, Oruro, 2/ 02/ 2014, pp. 12.

Mendoza, Jaime: Resumen biográfico , Ed. Piedra de Agua, Revista bimestral de la Fundación del Banco Central de Bolivia, Año 2, Nr. 6, La Paz, mayo y junio de 2014, pp. 62.

viernes, 13 de mayo de 2016


MUSEO LEÓN TROTSKY

A pesar de no existir lengua capaz de describir las emociones del alma, debo confesar que sólo dos veces caminé con pies de plomo: cuando conocí a Guillermo Lora y visité el Museo León Trotsky, años después de que Nikita Kruschev leyó en el XX Congreso del Partido Comunista el sensacional informe sobre los crímenes perpetrados por Stalin y antes de que la Perestroika y el Tribunal Supremo de la antigua Unión Soviética decidieran rehabilitar a los viejos dirigentes bolcheviques, quienes fueron desterrados y asesinados durante las purgas de los años 30, acusados de contrarrevolucionarios, espías de la Gestapo y traidores de la revolución y el Estado socialistas.

La primera vez que llegué a México, en octubre de 1984, lo primero que resplandeció en mi mente fue la idea de visitar el escenario donde vivió y murió el artífice de la revolución bolchevique. Estando en Coyoacán, una tarde calurosa y polvorienta, me presenté en el Museo León Trotsky. 

No muy lejos de la entrada, en una de las columnas del garaje, había una placa de mármol en memoria a Robert Sheloon Harte, secretario de Trotsky, quien, durante el atentado tramado por la banda de Alfaro Siqueiros, fue herido, capturado y posteriormente asesinado.

En la mitad del jardín, sobre el tupido césped del prado, se levantaba majestuosa la tumba donde se guardaban las cenizas del autor de La revolución permanente y su esposa, y en una pared fronteriza, entre árboles y flores, estaban las puertas y ventanas blindadas, y las elevadas garitas que parecían apuntalar la inmensidad del cielo.

Luego de escrutar en derredor, crucé el patio a paso lento, como si el hecho de estar donde estuvo el organizador del Ejército Rojo, acosado por los mercenarios de Stalin, me reconfortara las ideas y fortaleciera la conciencia. Alcancé la puerta blindada, antecedida por un cuarto donde había una cama con un sarape artesanal, y entré en la recámara modesta y sencilla de Trotsky y Natalia. Adentro, busqué en las paredes los orificios provocados por el impacto de las balas. No atiné a contarlos porque mi mirada quedó clavada en la cama destrozada por las ráfagas.

En el estudio de Trotsky, tuve la sensación de que el tiempo se quedó fijo. Todo estaba intacto: los cuatro casquillos de bala, el estante con las obras escogidas de los clásicos del marxismo y una Enciclopedia Soviética de principios del siglo XX. También se conservaba la pequeña cama cubierta con un sarape, donde Trotsky solía descansar en sus horas de trabajo y, por supuesto, el escritorio arrimado contra una ventana por donde se filtraba la luz y el aire.

En ese cuarto me pareció sentir el latido de su corazón en cada cosa: en los papeles escritos de su puño y letra, en la lupa, en los libros apilados sobre el escritorio y en los cilindros de cera, que él usaba para grabar en el dictáfono. En ese pequeño escritorio, donde todas las cosas tenían un lugar específico, me llamó la atención sus lentes característicos yaciendo con los cristales rotos sobre una bandeja. A ratos, creía oír su voz como si me transmitiera el mensaje de que sus enemigos no eliminaron sus ideas con su muerte, porque no hay muerte que pueda contra la fortaleza de la conciencia.

Al salir del estudio, entré en el comedor, donde los muebles seguían conservando su ubicación y originalidad. Levanté la cabeza y, sobre el marco de la puerta de la cocina, observé los impactos de la ráfaga que los atacantes dispararon a quemarropa, intentando aminorar el denuedo del revolucionario y apoderarse de sus archivos y los originales de la biografía de Stalin, que Trotsky escribía con pelos y señales.

En la última sala había una biblioteca, donde trabajaban su secretaria y sus colaboradores. A la izquierda había un estante con los libros de su esposa Natalia y, en el estante de enfrente, los libros de trabajo de sus colaboradores, y muchas de las publicaciones que el líder bolchevique recibió en vida y que su mujer las ordenó con pasión y cuidado.

Cuando abandoné la biblioteca y gané el patio, bajo el sol que desparramaba la sombra de los árboles y las torres de observación, un peso extraño se apoderó de mis pies, mientras una voz que me seguía de cerca, arrastrándose desde el escritorio de Trotsky, me recordó que la experiencia que penetra por los ojos se perpetúa como llama encendida en la memoria. 

sábado, 24 de mayo de 2014


RÉQUIEM PARA LOS CAÍDOS EN LA MASACRE
MINERA DE MILLUNI

Hace tiempo que tenía pensado conocer este centro minero que, como tantos otros desparramados en nuestra extensa cordillera, me llamó la atención desde el día en que leí un testimonio que daba cuenta de una masacre perpetrada por el régimen dictatorial del general René Barrientos Ortuño. 

La cuenca de Milluni se encuentra aproximadamente a una hora de viaje desde la ciudad de El Alto, siguiendo por la ruta pedregosa y polvorienta que conduce en dirección a Chacaltaya. En el trayecto es posible divisar, a través del parabrisas y las ventanillas laterales del vehículo, el imponente paisaje de la cordillera, con sus montañas de picos nevados, donde se alza como el rey de reyes el majestuoso Huayna Potosí, situado en la provincia Pedro Domingo Murillo del Departamento de la Paz.

La imponente belleza de la montaña

El Huayna Potosí (Joven Potosí, en aymara), con sus más de 6 mil metros de altura, se yergue como una roca cubierta de hielo y nieve, rasgando la cúpula celestial que se impone con su propia majestuosidad. Apenas se lo contempla a la distancia, entran ganas de coronar su cima en medio de un torbellino de amor a la aventura y la naturaleza. Parece un lugar hecho para el deleite de los turistas dispuestos a ascender la montaña por los agrietados glaciares, con botines llenos de crampones en la planta, pantalones abiertos en mil cremalleras, cazadoras abarrotadas de bolsillos y una mochila a manera de equipaje.

Al borde de la carretera, entre Milluni y la población de Zongo, se encuentra el campamento base del Huayna Potosí, que a diario es visitado por gente que desea disfrutar del panorama de los glaciares y sus alrededores, a pesar de que el efecto invernadero y los cambios climáticos aceleraron el deshielo en los últimos años.

El Huayna Potosí, por su altura y belleza, es la preferida por los montañistas, quienes son dueños de un estilo de vida suicida, que les permite contemplar el mundo desde las alturas, luego de realizar ascensiones riesgosas en afán de materializar sus sueños; es más, una vez que alcanzan la cima de la montaña, que parece recortada contra el azulino aguayo del cielo, me imagino que se lanzan al vacío deslizándose por la nieve sobre esquís sujetos a la suela de los botines y haciendo escalofriantes proezas, gracias a la gravedad y la sensación de estar jugando con la muerte.

El encanto de las lagunas

Si el andinismo se expresa con todo su poder de sugerencia en el Huayna Potosí, no son menos espectaculares los glaciares que, desde siempre, se descuelgan por la falda de las montañas, hasta confluir en las lagunas que yacen a sus pies, conformando un paisaje que, a pesar de su escasa vegetación de altura, como la paja brava y los musgos, y la presencia de algunas aves como las palomas y los halcones, llama la atención de los visitantes que se enfrentan al macizo de la Cordillera Real.

El terreno agreste de Milluni tiene rasgos peculiares, que lo diferencian de otras regiones andinas, no sólo por estar situado cerca del nevado, donde se sienten las rachas de aire frío, sino también por el ruido cantarín de las corrientes de agua cristalina que confluyen en lagunas de colores, rodeadas de rocas de la edad terciaria y montañas acariciadas por los rayos del sol que, en los días de cielo despejado, ilumina los nevados con un fulgor que deslumbra el alma y la mirada.

Se dice que las aguas de las lagunas son variables; es decir, los riachuelos que las alimentan varían según la estación del año y las condiciones climáticas. De ahí que no resulta casual que el nombre de Milluni provenga del vocablo aymara millu, cuya connotación permite definir el color marrón claro, rojizo, rubio, castaño y oscuro, que son las tonalidades características de cada una de las lagunas que, además de su singular encanto, encierran la magia y los misterios de una cultura milenaria.


Los campamentos mineros

Es estas áridas tierras del altiplano, donde todavía se perciben las ruinas de los campamentos, las chatarras del ingenio y las paredes de una casa que sirvió como posta médica, se desarrolló una intensa actividad minera y se ejecutó una de las masacres más horrendas registradas en la historia del movimiento obrero boliviano a mediados del siglo XX.

En la cuenca de Milluni, que hoy es un centro minero fantasma desde el Decreto 21060 y la relocalización, los trabajadores aprendieron a soportar las inclemencias del tiempo; el congelamiento del agua y las avalanchas de nieve sopladas por el viento. Las condiciones de vida no eran las más favorables, pero ellos aprendieron a ponerle buena cara al mal tiempo.

La mina empezó a funcionar como empresa privada en 1920, con escasos recursos y pocas familias, entre ellas algunas de origen inglés que, tras haber invertido su capital en la minería, explotaron y exportaron el estaño bajo la administración de la Fabulosa Mines Consolidated, que entre sus socios accionistas tenía nada menos que al príncipe Felipe de Gran Bretaña.

Desde entonces, y gracias al auge de la minería, la población se multiplicó y se multiplicaron también las ambiciones de amasar fortunas. Se levantaron oficinas de administración cerca de la bocamina, campamentos sobre la carretera a Zongo y se fundó el Sindicato de Trabajadores Mineros de Milluni, el mismo año en que se aprobó la histórica Tesis de Pulacayo (1946), ese documento revolucionario que definió los principios ideológicos de la clase trabajadora y la estrategia que debían seguir para conquistar sus reivindicaciones laborales, sociales y económicas.

Se abrió también la mina Campana, ubicada en el camino hacia el nevado Huayna Potosí, y se logró equipar un ingenio de concentración de minerales, al mismo tiempo que se construyó, para cumplir con algunas de las necesidades básicas de las familias mineras, una escuela, una cancha de fútbol, un frontón de pelota de mano, una pulpería, un templo y un cementerio, donde eran enterrados los trabajadores que fallecían con los pulmones destrozados por la silicosis.

Los mineros de Milluni, conscientes de que formaban parte del proletariado nacional, participaron en la revolución de 1952 y se afiliaron a la Central Obrera Boliviana (COB), con el firme propósito de defender sus derechos sindicales y conquistar sus reivindicaciones socioeconómicas. Estaban convencidos de que la fuerza radicaba en la unidad  y que la liberación de los trabajadores sería obra de ellos mismos.


La masacre minera de 1965

Todo transcurría con normalidad en los campamentos de Milluni, hasta que el ejército, por órdenes expresas de Alto Mando Militar Boliviano y con el beneplácito del régimen dictatorial de René Barrientos Ortuño, hizo su ingreso por tierra y aire la mañana del 24 de mayo de 1965.

Las tropas, llegadas en caimanes desde la ciudad de La Paz, tenían órdenes de ocupar los campamentos, con la finalidad de poner en jaque a los supuestos actos subversivos del sindicato. Los pobladores, al percatarse de la presencia de los uniformados en las cercanías, no tardaron en hacer correr la voz de alarma. Entonces los mineros, movilizándose como un solo hombre, se armaron con dinamitas, fusiles Máuser y explosivos (preparados con pólvora, arena y vidrios), y se aliaron con los ciudadanos de la comunidad de Zongo, para organizar una resistencia armada contra la intervención militar.  

Como en todo conflicto beligerante, en el que se enfrentaban de manera desigual los mineros y los organismos de represión del gobierno, se hizo circular el rumor de que la Fuerza Aérea Boliviana tenía órdenes de bombardear los campamentos. El objetivo principal del ataque con avionetas y tanquetas, aparte de sembrar el pánico y el terror entre las familias mineras, era acallar la Radio Huayna Potosí, apresar a los dirigentes sindicales y frenar la huelga de hambre que había declarado la Central Obrera Boliviana (COB).

Los mineros, para evitar el bombardeo contra la emisora, que por entonces transmitía los acontecimientos en cadena nacional, detuvieron a cuatro soldados y los ataron en las antenas de la radio. Asimismo, mientras unos cumplían con la misión de custodiar la radio y los campamentos, otros se daban a la tarea de derribar al menos a una avioneta que sobrevolaba como un moscardón de metal entre montaña y montaña.

La lucha fue enconada en los sectores de Trapiche y Viudani, lugares donde los trabajadores hicieron sus trincheras y levantaron barricadas para enfrentarse a las tropas del ejército que, levantando nubes de polvo a lo largo del camino, llegaban en caimanes, prestos a posesionarse del centro minero y declararlo bajo jurisdicción militar.

Los trabajadores, sin contar con armamento apropiado, cedieron en sus posiciones, sin poder resistir el ataque de las avionetas Mustang, que empezaron a disparar ráfagas de ametralladoras. La derrota de los mineros era inminente. La furia de los interventores se intensificó al ver a cuatro de los suyos atados en las antenas de la radio. Las avionetas descargaron su arsenal contra los mineros y los soldados, en cumplimiento de las órdenes emanadas por sus superiores, no dudaron en disparar contra los mineros atrincherados en la oposición.

Una vez doblegada la resistencia, se desató la masacre. Las bajas de los mineros fueron muchas y la sangre saltó por todos lados, como por todos lados estaban los cuerpos de los muertos; en los ríos, las montañas, la cuenca e incluso enterrados en sus propias trincheras por el impacto de los explosivos. No en vano algunos de los sobrevivientes cuentan que las rocas, las lagunas y los nevados del Huayna Potosí fueron testigos mudos de esa horrenda tragedia en la que los mineros ofrendaron sus vidas a la causa de la justicia social, mientras resistían con valor y coraje a los embates de la dictadura militar de René Barrientos Ortuño.


El desolado cementerio de los mineros

Los cuerpos de las víctimas de la masacre fueron sepultados en el cementerio general de Milluni, donde también descansan los restos de sus viudas, hijos y compañeros que, aun a pesar de haber sobrevivido a la matanza, murieron vencidos por la vejez, las enfermedades y el mal de todos los mineros: la silicosis.

Todos los que visitan el nevado Huayna Potosí pueden ver, cerca de la tranca de Milluni y frente a una renovada cancha de fútbol, el cementerio solitario y abandonado sobre una loma. El camposanto, que es lo primero que salta a la vista cuando uno llega a la cuenca minera, no tiene entrada ni salida, pero sí un principio y un final.

En medio de las tumbas llama la atención un letrero en homenaje a los asesinados, con una leyenda que reza: Gloria a los caídos en la masacre del 24 de mayo de 1965. Se nota que en este espacio, dedicado a los muertos, trascurrió el tiempo de manera inexorable, porque en las derruidas tumbas, más que vasijas con flores y placas conmemorativas, abundan los deshechos, la vegetación silvestre y la tierra acumulada por las ráfagas del viento. 

Este apacible y sagrado lugar, conocido como el cementerio de los mineros, se caracteriza por tener las tumbas construidas al estilo de pequeñas viviendas, como si se tratase de un pequeño pueblo, cuyo telón de fondo está constituido por una cadena de montañas y la cumbre nevada del Huayna Potosí que, con la cabeza cubierta por un blanquecino manto, parece un centinela encargado de velar el cementerio las veinticuatro horas del día.  


Preservar la memoria histórica

En la actualidad, y tras el decreto de relocalización firmado por el expresidente Víctor Paz Estenssoro en 1985, la actividad minera acabó en manos de una pequeña cooperativa integrada por algunos comunarios que, al constatar que las galerías iban quedando abandonadas y los campamentos desmantelados, decidieron reactivar la producción minera, no sólo porque Milluni tiene aún recursos naturales escondidos en el vientre de las montañas, sino también porque posee el mérito de haber sido testigo de la masacre de 1965 y del esplendor minero del siglo pasado.

Ya se sabe que el antiguo complejo minero, que fue reducido a escombros desde fines del siglo XX, dejó una serie de consecuencias que afectaron tanto a los trabajadores como al medio ambiente, pues mírese por donde se mire, la cuenca de Milluni, como el resto de las regiones en las cuales se explotaron recursos naturales, presenta graves secuelas en el ecosistema terrestre y acuático, como es el caso de las lagunas y la represa, donde las piedras están cubiertas por desechos químicos de wólfram y níquel, que en otrora se extrajeron de los socavones. Lo increíble es que, a pesar del deterioro medioambiental en la región, se ven manadas de llamas y ovejas pastando en las orillas cubiertas por una flora escasa y contaminada por los químicos que se usaron en el ingenio de concentración de minerales.

Ahora bien, sin sucumbir en el pesimismo ni la desidia, cabe señalar que la cuenca de Milluni, debido a todo lo que representa en la constelación de la minería nacional, reúne todas las condiciones para ser considerada como un lugar de peregrinación turística; por ser una de las joyas patrimoniales con las que cuenta el municipio de El Alto, por encontrarse a los pies del impresionante Huayna Potosí y por la singular belleza del cementerio minero que, a espaldas del olvido de propios y extraños, ostenta singulares tumbas en medio de un paisaje que parece haber sido pintado por un artista de la paleta y el pincel.

Por último -y esto a manera de sugerencia-, valga recordarles a las autoridades edilicias que si se quiere rescatar y preservar la memoria histórica de este valeroso centro minero, será conveniente ejecutar un proyecto para construir un museo o repositorio en la urbe alteña, donde puedan exhibirse las fotografías y los documentos concernientes a la empresa minera de Milluni. Tampoco estaría por demás que, a través de una Ordenanza Municipal, se institucionalice el 24 de mayo de 1965 como fecha histórica, en justo homenaje a la memoria de los caídos en la masacre, que quedó escrita con sangre en los anales de la historia del movimiento obrero boliviano.