miércoles, 13 de enero de 2021


UNA DOLOROSA DESPEDIDA DE UN ENTRAÑABLE AMIGO

En plena época de pandemia, las redes sociales me trajeron la fatal noticia del deceso de mi entrañable amigo José Pepe Ramírez. Nos conocimos desde la infancia, fue mi compañero de curso en la escuela primaria Jaime Mendoza y luego en el colegio Primero de Mayo de la población de Llallagua, al norte del departamento de Potosí.

Lo recuerdo como a un alumno aplicado en los estudios. Era uno de los mejores alumnos en la escuela y el colegio. No en vano fue varias veces el abanderado del colegio y, a finales de año, uno de los estudiantes que se llevaba casi todos los premios que concedían los profesores de las diferentes asignaturas, así que le faltaban manos para sostener los libros y diplomas que los educadores apilaban sobre sus brazos.

Algunas veces me tocó hacer los deberes escolares en su casa, ante la mirada atenta de sus padres. Nunca se vinculó en la actividad política en los años de la dictadura militar de los años 70, aunque dentro de su corazón sentía una enorme solidaridad con las personas comprometidas con la realidad social de los más desposeídos.

Mientras los demás estudiantes andábamos inmiscuidos en actividades subversivas, Pepe Ramírez ocupaba su tiempo libre jugando tenis en la cancha de Siglo XX; de modo que no era raro verlo recorrer por la plaza 6 de Agosto y la calle Linares ataviado de blanco, desde los tenis hasta la gorra, para practicar el deporte blanco, sin más armas que una raqueta y una botella de agua fría que cargaba en un bolsón colgado en bandolera.

Algunos fines de semana, se lo veía asistir a las salas de cine, siempre en compañía de su hermanita, mientras los demás muchachos nos íbamos al cine en compañía de nuestras enamoradas. ¡Toda una aventura de adolescencia!

Cuando mis compañeros de promoción terminaban los estudios de secundaria, yo me encontraba en la cárcel, por eso no tuve la suerte de compartir con Pepe Ramírez los festejos de los estudiantes que culminaron el año escolar entre bombos y platillos. Sin embargo, no me cabía la menor duda de que a Pepe Ramírez le deparaba la vida un futuro digno de un excelente profesional.

Cuando retorné de mi exilio en Europa, me enteré de que estaba trabajando como médico ginecólogo obstetra. Lo primero que pensé es que él trabajaba con aquello que los demás nos divertimos. Después me puse a pensar de que Pepe Ramírez, con la paciencia y la sapiencia que lo caracterizaba, era uno de los mejores médicos en su especialidad y uno de los mejores presidentes del Comité Científico del Colegio Médico Departamental de La Paz.

Su vocación de médico ya lo tenía como por herencia, porque tuvo la suerte de haber nacido en un hogar donde sus padres le inculcaron los principios de responsabilidad ante los estudios y el trabajo. Que vistiera de mandil blanco no era ninguna novedad, ya que sus progenitores vestían también con mandil blanco; su papá como médico odontólogo y su mamá como enfermera en la botica municipal de Llallagua.

Ahora que José Pepe se nos anticipó en el largo camino hacia el más allá, no nos queda más que despedirlo como a ese leal compañero que fue en vida, porque un eximio profesional y un gran ser humano, como fue Pepe en el ámbito familiar, profesional y social, no nace cada día y  mucho menos en un mundo donde nos hacen falta seres humanos con los dones y las virtudes que atesoraba mi entrañable amigo José Pepe Ramírez Napoleón Tapia.

¡Paz en su tumba por los siglos de los siglos!

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