viernes, 25 de septiembre de 2015


LA MALQUERIDA Y EL DIABLO

En un pueblito encajonado en la serranía, que parecía esculpido en las rocas y bañado por el polvo del tiempo, las callejuelas eran desérticas y el silencio, bajo un cielo permanentemente encapotado, era similar a la de un camposanto abandonado, hasta que, una mañana de cerrada llovizna, en que el viento soplaba como nunca, llegó un hombre montado a caballo.

Los curiosos asomaron la cara a la ventana y, entre el chapoteo provocado por el pasitrote del animal, vieron a un jinete que avanzaba con la cabeza gacha, como enfrentándose a las ráfagas de la lluvia. Nadie le vio la cara, porque llevaba el sombrero alón calado hasta las cejas y el cuello de la chaqueta suspendida hasta el pabellón de las orejas.

Los vecinos, una vez que cesó la lluvia y el pueblo retornó a la rutina, se enteraron de que el jinete se apeó en la puerta de la Malquerida, una cholita joven, coqueta y apetecida, que llegó al pueblo una vez que contrajo matrimonio con un muchacho del lugar, quien, por razones de trabajo, vivía en una mina cercana, donde pasaba al menos cinco días a la semana, pensando en su esposa, la Malquerida, y en el dinero que necesitaba para cancelar las deudas contraídas en los preparativos de la boda.

La Malquerida, presa de su orgullo y altanería, nunca se llevó bien con los vecinos desde el primer en día que se instaló en la modesta casa que su esposo heredó de sus padres; por eso, como suele ocurrir en un pueblo chico, acostumbrado a las tradiciones comunitarias del ayni y la mink’a (relación y trabajo recíprocos), la tenían aislada como a una enferma en cuarentena y le apodaron la Malquerida.

Cuando su marido retornó del trabajo, como todos los viernes al caer la noche, los amigos lo abordaron en la callejuela llena de neblina y le contaron que, durante su ausencia, un desconocido, que llegó montado a caballo, se apeó delante de su casa, donde su joven esposa, ataviada con sus mejores atuendos de chola, le hizo pasar como si lo hubiese conocido desde siempre, y que desde entonces no se los volvió a ver ni de noche ni de día.

El joven minero, un mocetón de contextura musculosa, ojos diminutos y nariz aguileña, apenas recibió la mala noticia como un balde de agua fría, sintió un aturdimiento que, por un instante, se apoderó de sus sentidos. Luego se ruborizo como una estufa encendida, pero no de celos, sino de coraje. Se despidió de los amigos y se endilgo hacia su casa arreando la neblina por delante. ¿Cómo pudo meterme cuernos a tres meses de nuestro matrimonio?, se dijo,  a medida que avanzaba deslizándose por el terreno barroso. Si todo lo que me contaron es cierto, entonces es una falta de respeto a mi persona, una conducta reprochable y un acto inaudito que no tiene perdón de Dios...

Se plantó delante de la puerta de su casa, sacó el llavero de la bolsa de Calcuta, colgada de su hombro derecho, y, decidido a descubrir infraganti a su esposa en una situación de infidelidad, entró en la habitación salpicando el piso con las botas llenas de barro. Ahí nomás, un súbito ventarrón, que surgió de la nada, lo suspendió en el aire, lo sopló como a una pluma y lo sacó volando por la ventana, hasta tumbarlo de espaldas en el lodo del patio, cerca de la pocilga de los cerdos.

El minero, con algunas rasmilladas que le ardían en la espalda como si le hubiesen echado puñados de brasa candente, se quedó aterrado por lo que acababa de suceder, pero una vez que se cargó de valor, se puso de pie, dispuesto a entrar otra vez en su casa, para saber qué demonios estaba pasando en su interior, donde todo quedó patas arriba; los muebles, las fotografías del día de la boda y hasta los mecheros de acetileno.

Su esposa no dio señales de vida, por cuanto supuso que estaría en el dormitorio, ajena a todo lo acontecía a su alrededor. Empujó la puerta y, al abrirse con un enervante chirrido en las bisagras, diviso a un hombre sentado sobre la cama, con una sonrisa que lo iluminaba todo; tenía la cabellera recogida en cola de caballo, sombrero alón, mostachos de caballero de fina estampa, traje de gamuza negra y botas con espuelas en los talones. Junto a él yacía su esposa, la Malquerida, tendida sobre un círculo de sangre todavía fresca, con las polleras levantadas hasta la cintura, las piernas abiertas y las trenzas alborotadas sobre la cara. Aunque respiraba, daba la impresión de estar muerta, habitada por un espíritu maligno o transportada a otras dimensiones.

–Así que por fin llegaste –dijo el desconocido, y, seguidamente, emitió algunas palabras en lenguas pretéritas.

El minero, intentado apaciguar el tormento nacido en su alma, le preguntó quién era, y el desconocido, que seguía sentado sobre la cama, con los ojos encendidos por su presencia, le contestó:

–Eso qué importa por ahora, si la maldición, como la muerte, entra por igual en la choza de los pobres que en la mansión de los ricos.

El minero no supo qué decir, pero estaba seguro que el hombre que tenía enfrente no era un simple mortal, sino un ser con propiedades sobrehumanas, pues era cuestión de escucharlo un instante para darse cuenta que era dueño de una mente prodigiosa, que deslumbraría a cualquiera que lo viera u oyera.

–¿Qué quieres con mi mujer? –preguntó el minero–. ¡Entrégamela tal cual la encontraste!…

–No te la entregaré –contestó–. Ahora es mía, solamente mía.... Ella me pertenece desde antes de que se revolcara contigo, desde que sucumbí ante los bajos instintos de mi cuerpo, desde entonces no puedo resistirme a sus caricias ni palabras y ando como perdido en los furtivos juegos de su lujuria.

–Eso no puede ser. Ella es mi esposa y tienes que devolvérmela antes de que cometa una locura... –suplicó el minero, golpeándole con los puños en el pecho.

El desconocido, consciente de que el odio se alimenta de los celos y los celos de un corazón herido, se echó a reír como burlándose de su adversario. Después lo apartó de un manotazo y desafió:

–¡Acércate y tómala! Si ella te sigue amando, te elegirá; de lo contrario, la dejarás en paz y permitirás llevármela hasta mi reino, que está construido debajo de nuestros pies, como una mina llena de fuego, azufre y tormento.

–¿Por qué me haces esto?

–Porque fui el primero en trajinar su cuerpo y quitarle su honor. La noche que la hice mía, entre los matorrales donde ella salió a desaguar, las luces del cielo fueron las únicas testigos de aquel desaforado amor que me dejó en vilo.

El minero, a esas alturas de la disputa, parecía haber perdido la cordura, al extremo de que al desconocido empezó a verlo en varias formas y tamaños, como si su imagen no correspondiera a la realidad, sino a una ilusión óptica, capaz de producir un desorden en el cerebro, como cuando se consume varias copas de licor, hasta que se produce una distorsión de los objetos; por eso, a ratos, lo veía como a una bestia infernal y, a ratos, como a una persona normal.

–Si eres valiente, quítamela de una vez –dijo el desconocido, hipnotizándolo con la mirada.

–No lo puedo hacer, si apenas puedo moverme y hablar –se justificó. Seguidamente, añadió–: Tú tienes que ser el diablo, ¿verdad?

El desconocido asintió con la cabeza y volvió a sonreír, pero esta vez dejando entrever las brillantes gemas engastadas en sus colmillos.

El minero cambió el tono en la voz y, como si estuviese delante de la muerte, balbuceó:

–Si tú eres el príncipe de las tinieblas, el que lo puede y lo sabe todo, entonces será en vano disputar contigo el amor de una mujer y enfrentarme a tus poderes satánicos…

El  diablo soltó una breve carcajada, apoyó los puños sobre la cama y se incorporó con la levedad de una pluma.

El minero, aunque sentía un inmenso dolor al saber que perdería a su esposa para siempre, como si dejara caer de sus manos una preciada perla, se dio por vencido y aceptó su derrota con resignación. Ni qué hacer, con ella lo perdió todo, ¡todo! Todo lo que fue un gran amor, terminaría muy pronto en el infierno. Miró en derredor, dio media vuelta en dirección a la puerta y salió de su casa, con lágrimas en los ojos y un hondo pesar en los sentimientos. Escuchó a sus espaldas un suspiro que parecía maldecirlo, pero él no volvió la mirada y tomó un rumbo desconocido, como quien corre sin llegar a ninguna parte.

El diablo levantó el cuerpo semidesnudo de la Malquerida, la sacó del dormitorio como un costal de papas, ganó la callejuela a zancadas y la aseguró con una cincha de cuero sobre las grupas del caballo, un extraño animal que solía esperar a su amo con los arreos encima, sin beber agua ni probar forraje alguno.

En el pueblo no había un alma y el tiempo parecía haberse detenido de manera inexplicable. El diablo montó de un brinco y, rompiendo el espeso manto de la neblina, cabalgó por donde vino, hasta desvanecerse como una misteriosa criatura, mientras a lo lejos, detrás de los cerros, se desataba una tempestad entre truenos y relámpagos. 

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